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jueves, 16 de abril de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 18

Creá, la Ciudad del Cielo (II). El Archiduque.
Durante los primeros días de estancia del grupo en Creá pudieron experimentar los placeres de los baños públicos vestalenses, un lujo al alcance de toda la población al que no les costó aficionarse.

También les llamó la atención la maestría que los vestalenses habían alcanzado en la creación de espejos. Los espejos del resto de Aredia palidecían en comparación con la nitidez y claridad de los vestalenses; sólo los espejos ercestres se les podían comparar.

Galad y sus dos compañeros, Torgen y Gedastos, se hicieron visitantes habituales de los baños; previamente a su misión habían sido circuncidados y no temían ser descubiertos como impostores, al contrario que el resto del grupo. Yuria, por su parte, también se aficionó, y visitaba regularmente los baños femeninos (en tiempos recientes los vestalenses habían decidido separar los baños públicos por sexos, al contrario de lo que era habitual hacía años). La ercestre no tardó en trabar contacto con otras mujeres, sobre todo con la madura Fajeema y la jovencita Sorahid. Tras conocerse y convencerlas de que era una extranjera conversa, las mujeres se extrañaron de que no visitara habitualmente la mezquita, así que Yuria no tuvo más remedio que aceptar su invitación a hacerlo; desde entonces, no pudo evitar visitar prácticamente todos los días los baños y asistir a la oración en la mezquita.

Por otro lado, en una de sus visitas a los baños, los compañeros de Galad le llamaron la atención sobre la mancha de su hombro. Haciendo uso de los perfectos espejos vestalenses, el semblante del paladín transmitió cierta preocupación cuando vio los cambios sufridos por su “antojo”: parecía que éste se había expandido en multitud de filamentos que salían radialmente en forma de rayos de sol, extendiéndolo por su espalda y su brazo. Puso rápidamente una toalla sobre él.

Una vez asentados, Galad pasó a intentar comunicar con los contactos que le habían proporcionado en la Torre. Primero lo intentó con una florista llamada Najeera. En su lugar, encontró a la hija de ésta, Surey. La muchacha, sin poder evitar los sollozos, le contó que su madre había sido asesinada por unos maleantes mientras estaba haciendo un reparto; la habían violado y deformado horriblemente en el ataque. Tras dar su pésame a Surey, Galad se marchó, enojado por los hechos.

Daradoth siguió con sus excursiones a la ciudad. No tardó en darse cuenta de que un par de tipos le seguían sin disimulo, seguramente asignados a su protección por el cardenal Ikhran. Lo que realmente le preocupó fue ir dándose cuenta progresivamente de la pequeña multitud que parecía seguirle a todos lados disimuladamente. En un momento dado, un hombre educado, bien vestido y con claro acento ercestre le invitó a “reunirse con su señor” en la taberna del jabalí negro. Tras pensarlo unos momentos y dar unas cuantas vueltas tratando de despistar a sus perseguidores, el elfo decidió acudir. El mismo individuo que se había acercado a él en la calle lo condujo junto a otro tipo, un vestalense, a través del doble fondo de un armario, corredores, callejones y puertas, a una discreta casa cercana. Allí, aunque Daradoth ya lo había supuesto, fue una sorpresa reunirse con los cabecillas de la delegación ercestre que había llegado varias jornadas antes a la ciudad: el sirviente presentó a la pareja: el nombre de la mujer era Rania Talos; el hombre, que lucía una perfectamente recortada perilla, no era otro que el Archiduque Galan Mastaros. Tras las presentaciones tomaron asiento y trabaron el primer contacto. Tratándose de un elfo, el archiduque había decidido acudir al encuentro personalmente, cosa que no habría hecho ni de lejos en circunstancias normales. Mastaros se interesó por los motivos de la estancia de Daradoth en Creá, y le preguntó si venía en representación diplomática del pueblo elfo, con los ojos brillantes por el interés. El ercestre le confirmó que habían venido en misión diplomática y aunque Daradoth contestara negativamente, se mostraba convencido de que el motivo de su visita era el mismo. Los diplomáticos también le preguntaron por sus compañeros de viaje ercestres, cosa que hizo que Daradoth enarcara una ceja, y el archiduque expresó su deseo de repetir los encuentros y ganarse su confianza para poder ser lo más sinceros posible. La conversación tocó temas diversos, y pronto derivó también hacia el Ra’Akarah y la importancia que podría tener su advenimiento para el resto de Aredia; la voz de Mastaros dejaba traslucir algo de preocupación, algo quizá cuidadosamente calculado, y Daradoth decidió ser todo lo prudente que pudiera; el archiduque quería saberlo todo acerca de aquel mesías, y transmitió al elfo que confiaba en que pudieran intercambiar información y colaborar en desentrañar todo aquel asunto, aprovechando los conocimientos sobre lo arcano que seguro debía tener un habitante de Doranna. Tras casi dos horas de conversación, ambos expresaron su esperanza de volver a verse pronto. Algo sí le había quedado claro a Daradoth: el archiduque actuaba como valido del rey Nyatar, tenía plenos poderes para tomar decisiones que afectaran a las alianzas y el futuro ercestres, y eso lo convertía en una pieza extremadamente poderosa en el tablero.

La jornada siguiente, Galad acudió a encontrarse con su segundo contacto, el tratante de caballos Verrahim. Tenía un establo cerca del zoco, pero al llegar allí, el paladín se lo encontró cerrado. Ni rastro de Verrahim a pesar de que lo buscó insistentemente. Al cabo de un par de días, preguntando en el zoco, un viejo que vendía baratijas junto a su hijo le dio la información que buscaba: su amigo Verrahim había desaparecido hacía un par de semanas, y él mismo había visto cómo un grupo de hombres se habían llevado sus caballos; no iban vestidos como guardias, pero el viejo estaba convencido de que eran guardias de los Santuarios. Frustrado por la noticia de la desaparición de su segundo contacto, Galad hizo el gesto secreto de contacto con los confidentes al viejo; éste no pareció darse por aludido, pero para gran sorpresa del paladín, el maduro hombre que se encontraba a su lado, su hijo, le respondió. Cuando más tarde se encontró con él a solas, el hombre, llamado Akhran, le informó de que había dejado el servicio de confidente de la Torre ante las repetidas desapariciones de otros; debía de haber un traidor entre ellos, o eran muy ineptos y se habían delatado sin pretenderlo. Preocupado por estas palabras, Galad se despidió de él.

Poco después de retornar al Palacio Vicarial, Daradoth fue convocado a presencia del Sumo Vicario en persona. Por fin tenía el tiempo necesario para recibir a ese famoso elfo que había aparecido en Creá varios días atrás. Tuvieron una breve conversacion en presencia del cardenal Ikhran, que después acompañó a Daradoth de visita a los Santuarios por petición del elfo. Visitaron las capillas, vieron esculturas y reliquias varias. Además, visitaron la parte cerrada al público, donde se guardaban las reliquias realmente valiosas, que Daradoth miró con súbito interés. Allí, en lo profundo de los Santuarios, la comezón que sentía el elfo se notaba más claramente; sus ojos casi se salen de las órbitas cuando en una de las salas en penumbra pudo distinguir una columna dentro de una vitrina; a todas luces era de estilo élfico, y antigua, muy antigua. Al acercarse a ella, la confusión se adueñó de Daradoth, pues le pareció que oía una especie de melodía que nadie más sentía. Era como si su ser estuviera compuesto de pequeñas cuerdas que alguien tañera desde un lugar desconocido, una sensación muy extraña; era evidente para él que la columna vibraba de poder. Le pareció mejor mantener la discreción respecto a aquel asunto. Los vestalenses no parecían darle la importancia que merecía, y era mejor así. También pudo ver unas pulseras de espinas y varias armas, pero nada comparado a la columna. Después, Ikhran le franqueó el paso a la parte interna de la Biblioteca. Grimorios y pergaminos en Cántico y Minorio asomaban por todas partes. Se prometió volver a visitar aquello.

Pasados unos días, los hombres del archiduque Galan Mastaros volvieron a convocarlos, esta vez al grupo entero. Tras las revueltas habituales para despistar a los perseguidores y atravesar pasillos, pasadizos y puertas secretas, tuvo lugar la reunión. Galad parecía extrañamente tenso, y echaba miradas de soslayo a la mujer, a Rania, al igual que ella. Ambos eran ercestres, y para Symeon y Yuria, era evidente que tenían algún asunto pendiente. Yuria fue efusivamente saludada por ambos diplomáticos, expresando su pesar por la situación en la que se encontraba y, más adelante en la conversación, promesas de un futuro mejor. Estuvieron departiendo largo rato, hablando de posibles intereses comunes, posibles intenciones ocultas y la situación que se respiraba en el Imperio y el resto del continente. En un momento dado, Daradoth decidió poner las cartas sobre la mesa y pasar a temas más trascendentes: les habló de la Sombra y de sus sospechas de que se estaban enfrentando a un enemigo mucho mayor del que creían todos. Su intensidad, su honesta preocupación por lo que les acechaba y la vehemencia de sus palabras [persuasión 99+] llegaron a convencer a los ercestres. No podía saber en qué grado les había afectado su discurso, pero a juzgar por el largo silencio que se hizo cuando al fin terminó su explicación, a Galan y Rania les habían preocupado genuinamente las revelaciones de Daradoth. Rania aconsejó a Galan investigar aquello en profundidad, y el archiduque asintió. Rápidas palabras establecieron un acuerdo de mutua ayuda entre las partes, y a petición del grupo, Mastaros les aseguró que haría lo que pudiera para garantizarles el acceso discreto a los Santuarios.