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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

viernes, 21 de octubre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 11

Hacia el monolito
Los sacerdotes se reunieron con el grupo para indagar algo más sobre los hechos extraños que le habían sucedido a Daniel, y la conversación acabó derivando hacia la revelación de todos los acontecimientos que Tomaso y sus compañeros habían vivido en los últimos días. Les hablaron de la gente de habilidades extraordinarias, del evento en el bar, de Henry Clarkson, del Hombre Malo… este último llamó especialmente la atención de Borkowski, que no entendía cómo alguien podía hacerse llamar así. Lo que los clérigos sacaron en claro fue que el grupo estaba inmerso cual peón en una especie de juego de ajedrez que no comprendían. El polaco tomó notas de todo lo narrado, para su estudio posterior, y tras largo rato se despidió, dando un plazo de veinticuatro horas para que el grupo decidiera si se llevaba al niño a Boston.

El problema era que Sigrid no parecía tener sus facultades mentales en su mejor momento, ni por asomo. Y nadie quería la responsabilidad de decidir qué hacer con el niño. Tras un intento de retirarle el sedante que acabó con Sigrid profiriendo insultos sin pronunciar ni una sola palabra en un idioma mundano, Derek decidió contactar con John Stamos, un psiquiatra que había colaborado en alguna ocasión anterior con la CCSA. Afortunadamente, John no hizo demasiadas preguntas y además resultó ser un psicoanalista innovador y fuera de serie, uno de los pocos que seguía trabajando en ese campo. Entendió la situación de Sigrid, y haciendo uso de técnicas de inducción mental mediante grabaciones y de hipnosis, hizo que la anticuaria consiguiera instalar “barreras” en su cerebro para poder reprimir (aunque a duras penas) las palabras que reptaban en su mente en un plazo de poco más de un día. Eso sí, Stamos les advirtió que sería necesario renovar el tratamiento cada pocos días.

Sin embargo, ante la imposibilidad de que Sigrid reaccionara dentro del plazo que les había dado Borkowski, Derek tomó por la mañana la decisión de trasladar al niño a Boston. Junto con Tomaso, llevaron a Daniel a la iglesia, y se hicieron acompañar de dos agentes que irían a Boston escoltando al cura.

A mediodía, Tomaso pidió a Omega Prime que blindaran sus cuentas bancarias contra posibles bloqueos y ataques, a lo que los hackers se pusieron sin vacilar. Por otra parte, Sally apareció unas horas después de que Borkowski se llevara a Daniel a Boston. Había hecho unas investigaciones y había encontrado en una caché de un blog perdido lo que buscaba: una noticia aparecida en un periódico australiano (periódico que ya no existía) sobre un “evento zombi” en el sureste del país oceánico. Lo curioso es que la noticia no pertenecía a un medio amarillista o de dudosa reputación, sino a un periódico que parecía haber sido serio y de una tirada considerable. La noticia hablaba de cómo los muertos habían comenzado a levantarse en un éxtasis extraño, y aparecía una foto: en ella se veía un grupo de paramilitares en primer plano haciendo gestos hacia la cámara, y detrás de ellos asomaban los hombros y la cabeza de una figura que sin duda se trataba del padre Borkowski; además, el alzacuellos que lucía en la imagen lo delataba al cien por cien. Para más inri, el periódico donde había aparecido la noticia había cerrado de repente unos meses después de su publicación. Sally anunció su intención de contactar con Omega Prime para ver qué podían averiguar sobre el pasado del cura.

Por la tarde, bajo la supervisión de Stamos, a Sigrid le fue retirado toda dosis de sedante, y el tratamiento había funcionado: aparentemente, conseguía reprimir todo pensamiento que la llevara a pensar en su hijo o en la lengua. Patrick pasó de soslayo sobre el hecho de que Borkowski se hubiera llevado a Daniel, y la mente de Sigrid evitó pensar sobre ello dos veces.

Al atardecer, después de que los dos agentes que habían acompañado al padre Borkowski a Boston volvieron con un informe rutinario, salieron por fin hacia el monolito montados en dos todoterrenos, uno de la CCSA y otro adquirido expresamente por Robert.

La noche la pasaron en un hotel de la frontera con Canadá. De madrugada, Sally llamaba a la puerta de Derek, con una tablet en la mano. Omega Prime le había enviado todas las referencias que habían encontrado sobre el padre Borkowski, extremadamente difíciles de encontrar: la noticia de los zombis había sido lo primero, por supuesto; tras ella varias cosas más. Una foto de baja calidad donde aparecía Borkowski junto con otros jóvenes sacerdotes siendo bendecidos por el Papa Juan Pablo II, vistiendo un hábito con un par de bandas blancas verticales. Algunos oscuros correos electrónicos que se referían a los disturbios de San Francisco en los 90; estos disturbios se achacaban en general a la homofobia, pero en estos informes se mencionaba a “la Orden”, a Jan Borkowski y a la posibilidad de que estuviera allí para atentar en contra de los intereses de “los Durmientes”. Por último, unos escaneos de unos informes de un agente del FBI destacado en San Francisco llamado Jonathan Lennox. Los informes iban dirigidos al superintendente Paxton, e insistían sobre los hechos extraños que rodeaban los disturbios de San Francisco y su desacuerdo en “silenciar a la opinión pública”. En alguno de los informes se mencionaba a un sacerdote polaco de apellido “Borkaski o Barkowski”, cuya descripción correspondía inequívocamente al cura, y que actuaba junto con otros sacerdotes que tenían la particularidad de ir armados y realizar actos reprobables. En algún otro se mencionaba a alguien llamado “El Freak”, del que se decía que tenía mucho que ver en todo aquel follón, y a quien Lennox calificaba como “una especie de semidiós, capaz de los más extraordinarios actos”. Lennox fue despedido poco después de los acontecimientos de San Francisco, y se encontraba en paradero desconocido, y Paxton se encontraba ahora ocupando un cargo en la cúpula de la NSA.

Con el grupo reunido y la información compartida, Sally mencionó que lo más lógico para ella sería hablar con otros agentes o ex-agentes del FBI que hubieran estado destacados en San Francisco en la época del sacerdote, y ver qué podían averiguar. Todos estuvieron de acuerdo con la propuesta. A las pocas horas, Omega Prime enviaba por correo electrónico un listado de agentes que se encontraron en San Francisco durante los disturbios.

Muy temprano por la mañana continuaron el viaje. Al poco de cruzar la frontera comenzó a llover, y la lluvia se prolongaría todo el día. Atravesaron gran parte de la región de Quebec, dejando atrás las grandes poblaciones y adentrándose en los bosques, siempre acompañados por la cortina de agua. Salieron de las carreteras principales y se adentraron por vías cada vez en peor estado, agravado por la lluvia. Los árboles se erguían a su alrededor, majestuosos e impasibles. Durante horas condujeron por valles y laderas, dejando muy atrás la última aldea. Cuando Robert calculaba que sólo debían de estar a unos quince o veinte kilómetros de la mansión con el monolito, la escasa visibilidad jugó una mala pasada a Patrick, que conducía el primer coche: tras una curva descendente se encontró de frente con un coche aparcado en el camino; dio un volantazo, y resbaló en el barro, quedándose al borde de los restos de un puente que otrora había cruzado el río que ahora venía crecido. Sin embargo, Derek, que conducía el segundo coche, también se vio sorprendido e impactó al vehículo de delante, haciendo que cayera a la corriente. Siguieron unos minutos fríos y angustiosos, tras los que Tomaso, Sally y Derek consiguieron rescatar a Patrick, Robert y Sigrid.

Una vez pasado el momento crítico, evaluaron la situación: el todoterreno de Patrick había quedado inutilizado en el río (aunque afortunadamente pudieron salvar el material), pero a cambio, en medio del camino había un todoterreno aún mejor y más grande que el suyo con las llaves puestas y abierto. Se refugiaron rápidamente de la lluvia, dieron al contacto y funcionó; así que encendieron la calefacción y encontraron algo de alivio. Cuando investigaron un poco más pudieron ver que no había nada en el vehículo: ni documentación, ni equipo, nada.

El problema ahora era que tendrían que continuar a pie, al estar el puente de piedra derrumbado. Robert recordaba que el puente estaba en pie cuando él y Michael habían visitado el monolito, así que se tenía que haber derrumbado recientemente.



jueves, 6 de octubre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 10

Robert en peligro. El enviado del Vaticano.
Al atardecer, Patrick le pidió a Derek una conversación discreta, lejos de los oídos del resto del grupo. Le comentó que era consumidor habitual del Polvo de Dios, y que hacía tiempo que se había agotado. Estaba intentando buscar más, e insinuó que quizá la CCSA tuviera existencias que guardara como pruebas. Desafortunadamente, Derek le confirmó que la CCSA nunca había podido conservar el polvo, porque al abrir los plásticos envasados al vacío en los que se comerciaba, enseguida se degradaba y no quedaban restos aprovechables. También le comentó que en las escenas donde se sospechaba que se había consumido el Polvo se encontraba un ligerísimo remanente de radiactividad; nada peligroso para la salud (al menos el resto que quedaba tras su consumo), pero eso les hacía pensar que la droga tenía algún tipo de ingrediente inestable que hacía posible su conservación al aire libre más allá de unos pocos minutos. Patrick, por su parte, compartió sus experiencias con el polvo con Derek, hablándole de los extraordinarios efectos que causaba en él y su habilidad de ver las auras de las personas, y también de los efectos que parecía tener en personas con capacidades algo más… “extraordinarias”. El director de la CCSA NY escuchó con interés y tomó buena nota de todos los datos.

Un par de horas más tarde, una de las administrativas de la agencia aparecía ante Patrick con un paquete que había traído un mensajero de FEDEX a su nombre. Abrió el sobre acolchado y se encontró con una discreta caja de cartón. Al abrirla se quedó anonadado: en el interior había media docena de papelinas (de plástico envasado al vacío) de Polvo de Dios, con el inconfundible sello del vikingo rojo en ellas, y una nota. La leyó enseguida: “Procura que te dure un tiempo, porque va a ser muy difícil conseguir más en breve”. Patrick buscó al instante a Derek y le comentó el extraño envío, y además le proporcionó una de las papelinas para su posible estudio posterior.

Mientras tanto, Tomaso había enviado un mensaje a Robert con el fin de encontrarse con él en un bar del centro, y poco más tarde tomaban un café frente a frente. El italiano le comentó las intenciones que tenía el grupo de visitar el monolito y quería preguntarle si él los acompañaría a visitarlo y estudiarlo. La conversación transcurrió agradablemente durante unos pocos minutos, hasta que Tomaso se puso en guardia cuando su sentido del peligro le avisó de que un encapuchado estaba sin duda observándolos desde la otra parte de la avenida. Pidiendo a Robert que se quedara tranquilo y tomándose el resto de café, salió por la parte trasera del restaurante, un antiguo callejón con discreto acceso a la avenida. Rodeando una manzana, avistó por fin al sospechoso, con la capucha de la sudadera echada. Sin embargo, éste ya se había puesto en marcha, acercándose rápidamente hacia el bar y esnifando claramente una papelina de droga; otro encapuchado cruzaba por otra esquina, sin duda con intención de unirse al primero. Además, un hombre vestido impecablemente, con sombrero y chaqueta, ya se encontraba prácticamente en la entrada. Ante la imposibilidad de acercarse corriendo y discretamente, decidió desviarse y esquivar a los desconocidos. Mientras hacía esto, llamó a Derek, y le gritó que saliera rápidamente de allí, pues estaba convencido de que estaba en peligro; al instante vio a Derek aparecer por la puerta delantera; pero antes de que pudiera dar más que unos pocos pasos, algo sucedió. La gente alrededor del primer encapuchado desconocido comenzó a derrumbarse en el suelo mientras gritaban desesperados. Robert se sintió extraño durante un momento, y al instante sintió su piel arder; al mirarla, vio cómo empezaban a brotar bambollas y a reventar, con un dolor insoportable; cayó al suelo. Tomaso no entendía lo que sucedía, los afectados gritaban y se revolvían sin motivo aparente a sus ojos. El tercer extraño que había visto antes, el trajeado, cogió a Robert del suelo y lo introdujo en el bar, del que todo el mundo había salido al oír el escándalo; los otros dos lo siguieron rápidamente.

Con rapidez, Tomaso volvió a entrar por la puerta de atrás. Los dos encapuchados esperaban en la sala delantera del bar haciendo guardia, mientras el tercero había desaparecido junto con Robert. Se acercó a la puerta del baño, que estaba entreabierta. Pudo atisbar cómo el desconocido del traje extraía una aguja del cuello de Robert. Decidió irrumpir, golpeando al hombre por sorpresa. Sin embargo, resultó ser un hueso más duro de roer de lo que había creído y la trifulca se alargó más de lo previsto, lo que permitió acercarse a los otros dos. Uno de ellos hizo que Tomaso sintiera unas náuseas que casi lo incapacitan, y justo en ese momento alguien disparó al otro lado de la puerta, hiriendo al segundo encapuchado. Varios hombres con equipo paramilitar habían irrumpido en el bar y se enfrentaron a los tres primeros. Tomaso, encañonado por cuatro hombres con fusiles de asalto no pudo más que levantar las manos y dejarse arrastrar, mientras le hacían cargar con Robert. Salieron al callejón trasero, desde donde ya se podía ver un todoterreno negro esperándoles; llegaron al pequeño arco que daba acceso a la calle, y en ese momento un segundo vehículo apareció a toda velocidad, estampándose contra el todoterreno y llevándose por delante a dos de los paramilitares. Alguien gritó y alguien más lanzó un aullido de dolor, y en ese momento el joven italiano decidió que lo mejor era salir de allí. Consiguió escabullirse cargando a Robert y refugiarse entre los matorrales de un pequeño parquecillo unas pocas manzanas más allá. Agotado y sumamente dolorido llamó a Derek por el móvil encriptado.

Derek movilizó a algunos de sus hombres, y procedieron rápidamente a la extracción de Tomaso y Robert. Patrick les acompañó. En pocos minutos llegaban a la manzana donde se encontraba el parquecillo y salían del coche alertados por una seña de Tomaso. Mientras tanto, Patrick permanecía en el interior del coche, y algo llamaba su atención: un hombre encapuchado que se acercaba a unos cien metros por una bocacalle. El aura del desconocido no dejaba lugar a duda de sus extraordinarias capacidades, y además se acercaba directamente hacia ellos; sin embargo, a los pocos segundos el encapuchado se detenía, aparentemente confuso. No hubo tiempo para más: Tomaso y Robert ya estaban en los coches mientras a lo lejos se oían las sirenas de ambulancias y coches de policía, y partieron rápidamente. Al poco rato Patrick compartiría con ellos su visión del desconocido y su capacidad para ver auras.

Al llegar a la oficina se reunieron con Sigrid, que había permanecido allí preocupada por su hijo. Robert permanecía inconsciente, suponían que debido a lo que le habían inyectado. Tomaso recibió un mensaje de su primo: el enviado del Vaticano había llegado por fin; sonriendo, el italiano compartió la información con Sigrid, intentando tranquilizarla, porque creía que el recién llegado podría ayudarles con el problema de Daniel.

Poco después Robert despertaba, aunque no en las mejores condiciones: medio atontado, enseguida se dieron cuenta de que le habían inoculado algún tipo de sustancia para anular la voluntad. La conversación que siguió reveló por fin informaciones sumamente interesantes. Robert reconoció ser el creador de la droga conocida como Polvo de Dios, y les habló de un extraño mineral que componía la base de su fórmula; recientemente había destruido todas las existencias excepto la media docena de dosis que había enviado a Patrick. El profesor de filosofía se sorprendió al oír esto, nunca habría creído que Robert fuera tan considerado con él. Cuando Robert se espabiló pocos minutos más tarde, Patrick le agradeció su objeto.

Tomaso y Derek se marcharon para encontrarse con el enviado del Vaticano. En la iglesia los recibió Dominic, el primo de Tomaso, y en sus dependencias les presentó a Jan Borkowski, oriundo de Polonia y hombre de confianza del Vaticano en el noreste de los EEUU. Jan era un hombre en buena forma, cerca de los cuarenta y de ojos azules, vestido con camisa y pantalón negros. Tras unas breves presentaciones, Jan reconoció que se dedicaba a estudiar los fenómenos extraños que pudieran presentarse en el noreste del país y reportarlos al Vaticano. No era en realidad uno de los mejores exorcistas, pero estaba autorizado a llevar a cabo el ritual y si era necesario podría pedir refuerzos; todo ello lo hacía en deferencia al padre Bonelli, al que había conocido durante su juventud en Roma. Poco después, Tomaso, Derek y los dos sacerdotes llegaban a las dependencias de la CCSA.

Mientras Derek y Tomaso habían estado fuera, Omega Prime había enviado a Sally algunas grabaciones de “ecos de radio” —fuera lo que fuera aquello— que se habían obtenido en la escena del caos que había envuelto a Robert. Al parecer, un montón de gente se había congregado alrededor de la cafetería buscando a Robert, y entre ruido de estática se podían oír voces afirmando “lo tenemos”, o “¡seguidlos!¡Que no se lo lleven”. Casi al final de la grabación se podía reconocer a alguien diciendo: “¡Lo he localizado!¡Lo tengo de nuevo!”, de nuevo estática y al cabo de otros pocos segundos: “¡Lo he perdido! ¡Tienen algún tipo de escudo que me impide sentirlo!”. A partir de ahí las transmisiones policiales cubrían cualquier otra conversación.

Decidieron dejar el tema de Robert aparcado con la llegada del padre Borkowski. Éste pidió una información exhaustiva sobre Daniel, su infancia y su estado mental. Sigrid estuvo a punto de perder la paciencia por la aparente irrelevancia de muchas preguntas, y empezó a proferir cada vez más palabras en la extraña lengua. Este hecho y la información que le dieron sobre el “lenguaje viviente” decidió por fin a Borkowski a trabar contacto con el niño en la sala de interrogatorios. El sacerdote pareció sobrecogido por el aspecto que presentaban las inmediaciones, con la oscuridad casi palpable y las luces mortecinas. Tuvieron que sacar a Sigrid a rastras de la sala cuando intentó hablar con su hijo y no pronunció ni una sola palabra reconocible. Borkowski se equipó con su estola púrpura, el crucifijo y el agua bendita, y pasó a la sala. Tomaso se puso los auriculares para poder escuchar; durante unos minutos, el cura habló al niño en latín y en inglés, lo tocó con su crucifijo y lo roció con agua bendita; por su parte, el niño se limitó a hablar en su lengua, sin parecer asustado o enojado. A los cuatro minutos, decidieron que era peligroso que el sacerdote continuara en al sala, así que Tomaso y el biólogo encargado de sedar al niño pasaron a la sala. Al entrar, notaron una sensación realmente extraña, parecida a la que habían sentido en la primera planta de la academia militar: algo parecido aun vértigo acompañado de una sensación de ignorancia que los puso enfermos; el biólogo cayó inconsciente, mientras Tomaso se tambaleaba y vomitaba violentamente. Borkowski los ayudó a salir de allí, sin compartir su malestar.

Ya recuperados, pidieron la opinión de Borkowski y Bonelli. Este último no acertó a sugerir gran cosa, pues estaba profundamente conmovido por lo que había presenciado. El polaco respondió que no creía que se tratase de una posesión, pues el joven no había respondido como se esperaba al crucifijo ni al agua bendita, ni siquiera a las exhortaciones en latín. No obstante, debido a la urgencia que el grupo tenía por salir del país, sugirió el traslado de Daniel al Convento de las Hermanas Clarisas de Boston, donde la Iglesia disponía de instalaciones para tratar este tipo de casos extraños. Él se ofreció a contactar con otros sacerdotes que podrían visitar al niño en el convento. Patrick veía esta opción como la más viable, aún más después de observar las auras de los dos sacerdotes y no detectar nada extraño en ellas.