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miércoles, 28 de septiembre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 60

A pesar de sus intenciones de que el plan que habían trazado fuera definitivo, no pudieron negar los múltiples cabos sueltos que quedaban y tanto Ar'Kathir como lord Ergialaranindal -sobre todo este último- expresaron sus reticencias y su desacuerdo en la estrategia que los personajes querían llevar a cabo. Al ilvo le molestaba sobre todo el requerimiento que le hicieron para destinar aún más de sus hombres en los frentes de Ercestria que estaban al borde del punto de ruptura. No quería defenderse más, ni malgastar más vidas de ilvos en "mantener las líneas". Según él, era hora de pasar al ataque. Duro y al corazón. Si tomaban Ovam conseguirían cortar las líneas de suministros de la Sombra al menos temporalmente, y tendrían una distracción perfecta para evitar la caída de los frentes Ercestrios, de Haster o de Emmolnir. Los doscientos barcos ilvos atracados inútilmente en Haster podrían establecer un bloqueo alrededor del portal de la Sombra que pocos marinos podrían librar. Tras Ovam, si conseguían establecer un asedio en Aghesta, el Cónclave del Dragón estaría asfixiado y la Sombra no tendría más remedio que desviar tropas hacia allí.

Ante la vehemencia y, por qué no decirlo, la aparente sensatez de los argumentos de un consumado estratega como lord Ergialaranindal, parte de los presentes lo apoyó. Ar'Kathir entre ellos, así como algunos de los elfos. Los vestalenses creían que era una locura, no así Ordreith, velado y representando a los Susurros, que se mostraba de acuerdo con cualquiera de los dos planes, deseando entrar en acción. Los paladines y lord Rûmtor apoyaban en cambio el ataque directo a Puerto Reghtar.

En cualquier caso, Demetrius sería incapaz de crear portales con Mandalazâr al menos durante dos días, pues debía reponerse del esfuerzo realizado, con lo que cualquier plan debería aplazarse. Lo seguirían discutiendo más tarde. Lo que sí decidieron fue que los elfos deberían dispersarse controladamente alejándose de Emmolnir para evitar que sucumbieran a los ataques de Urion. El kalorion ya debía saber a esas alturas que se habían congregado en los alrededores de la torre, y la logística para mantener a tantas personas alerta era demasiado complicada. Dicho y hecho, los elfos comenzaron una marcha hacia Dánara, la capital, en espera de ser reunidos de nuevo, con el único fin de dificultar su localización por parte de los kaloriones.

Cuando la reunión acabó, Ezhabel y Demetrius acordaron que ya era momento de ir en busca de Zôrom, el herrero -alquimista- enano que les había dado un plazo de quince días para reactivar el poder de la extraña Daga de abstruso nombre enanil y que resumían llamándola "La Cuarta Hermana". Heratassë los transportó hasta la ciudadela enana donde Zôrom se encontraba trabajando. Allí les informaron de que en las últimas dos semanas no habían sufrido ataques importantes de la Sombra, apenas meras escaramuzas. Zôrom los recibió con una amplia sonrisa mientras les informaba de que "tenía algo muy hermoso que enseñarles". Expectantes, siguieron al enano a los talleres, donde sacó de un arcón un pequeño bulto envuelto en gruesas telas de terciopelo negro. Tanto Ezhabel como Demetrius comenzaron a oir en sus mentes una ahogada canción, apenas distinguible. Zôrom retiró parsimoniosamente las telas para mostrar la espectacular daga, que centelleaba con una luz estelar.
  —¿Lo sentís? —preguntó, con los ojos muy abiertos por la emoción.

Vaya si lo sentían. La Daga parecía hecha de pura Luz solidificada. Era como si alguien hubiera llenado un objeto con su forma con la pura Esencia de la Luz. Un poema cantado resonaba por los rincones de su mente, un poema que hacía arder sus corazones y enervaba su voluntad. Heratassë los observaba con curiosidad, aparentemente sin ser afectado. Resistiendo la conmoción que le causó la visión del objeto, Ezhabel lo cogió y lo volvió a envolver, haciendo reaccionar a Demetrius. Todavía podían oir el maravilloso cántico en sus mentes, pero lo suficientemente difuminado para que no les afectara.

En otro orden de cosas, Ezhabel le contó a Zôrom la visión que Ayreon había tenido sobre él. Que en algún momento tendría que volver a forjar a Nirintalath. El enano la miró sorprendido y a la vez confuso. Él no sabía cómo hacer tal cosa, aunque se pondría inmediatamente a averiguar cómo. Cumpliendo la promesa que le habían hecho al herrero, Ezhabel y Demetrius esperaron mientras recogía sus pertenencias y lo llevaron con ellos.

Heratassë los trasladó hasta Nímbalos, la ciudadela del Erentárna, donde fueron recibidos por Avaimas y Férangar. Les informaron de que el ejército de la Sombra que se encontraba congregado al pie de la montaña no había hecho movimiento alguno desde hacía varias semanas. Por suerte, ya que sin lord Rûmtor allí el campo de fuerza no se podía mantener levantado. Decidieron que Rûmtor debería volver cuanto antes a Nímbalos. Ezhabel interpeló a Avaimas acerca de la posibilidad de volver a forjar a Nirintalath. El viejo elfo contestó que él no sabría hacerlo, era muy ducho en las artes de la canalización y la focalización -lo que quiera que fueran tales cosas-, pero la imbucción -llamó así al "imbuido"-, y concretamente la de espíritus, nunca había sido un área en la que destacara. Así que se despidieron de Avaimas y Férangar y volvieron a Emmolnir.

El padre Ibrahim y el hermano Unzhiel visitaron a Ayreon en su despacho, mientras daba el visto bueno a multitud de informes. Para sorpresa del Gran Maestre, ambos se mostraron de acuerdo en que quizá fuera una buena idea atacar Ovam, con tantas almas que se podían convertir para la causa emmanita. Ayreon no tuvo más remedio que prometerles que al menos lo tendría en cuenta.

Cuando Ezhabel volvió a la Torre transportada por Heratassë, la conmoción se adueñó del complejo. Todos los paladines comenzaron a oir un poema celestial que los hizo hervir por dentro y que los instaba a acabar con la Sombra. Ayreon sintió la exaltación también, incluso más que sus hombres. Diríase que mucho más. El Gran Maestre corrió hacia los aposentos de la semielfa, mientras sus "hijos" lo detenían en cada pasillo para preguntarle qué sucedía. Envió sirvientes para que los paladines se reunieran en el patio enseguida. Tres paladines jóvenes lo siguieron a distancia hacia las habitaciones.

Mientras tanto, en los aposentos de Ezhabel ésta le había entregado la Daga a Demetrius para que intentara averiguar sus secretos con ayuda de sus poderes bárdicos. Al cogerla, los presentes se sintieron sobrecogidos. Ayreon y sus tres paladines llegaron en ese momento a la escena. Ya en la estancia, observaron cómo la piel de Demetrius brillaba con un fulgor níveo y sus ojos se habían vuelto totalmente blancos. El bardo sentía en su interior una fuerza inusitada, y se veía invadido por esa especie de poema rítmico que ahora tomaba forma alrededor de todas las cosas. Ya no veía objetos y personas: veía jirones de Luz y algún retazo de Sombra, y alrededor de ella, las palabras, o mejor dicho, los sonidos del poema que las envolvían y las formaban. No sabía explicarlo mejor. Era como si estuviera henchido de la propia esencia de la Luz. Le costó horrores mantener la concentración, pero finalmente pudo acceder a sus capacidades. Lo único que pudo averiguar con lo abrumados que tenía los sentidos era que la Daga no estaba conectada de ninguna manera con la Esfera Celestial; debía de ser algo mucho más profundo. Haciendo un esfuerzo supremo, devolvió la daga a Ezhabel, que la recogió de nuevo con los terciopelos. La sensación de vacío que se adueñó de Demetrius fue casi insoportable, muy cercana a lo que se sentía cuando se dejaba de escuchar la música que se escuchaba al tañer Mandalazâr.

Superada la primera impresión, Ayreon sintió una atracción irresistible hacia el extraño objeto. Era necesario que lo tuviera, a toda costa. Se abalanzó hacia ella, ante el súbito temor de Ezhabel, que evitó que la cogiera, tal era la expresión del rostro del paladín. Aquella mujer no podía ser otra cosa que una agente de la Sombra, si persistía en su empeño de no entregarle el objeto, pensó Ayreon. La amenazó. Ezhabel no podía creerlo, pero la amenazó.

Fuera, los tres paladines que habían seguido a Ayreon oyeron los gritos, y reclamaron entrar. Ante la oposición de Ezhabel y Demetrius, el Gran Maestre ordenó que entraran. La puerta de la estancia reventó dando paso a un brillo intenso, mientras se adivinaba en el límite de la audición un eco de fanfarrias celestiales y el vello se erizaba: los paladines se habían enlazado, y se situaron tras Ayreon en actitud amenazante. Y éste no los detenía. Increíble.

La tensión fue haciéndose mayor a medida que llegaban más paladines a la escena. También hizo acto de presencia Heratassë, que con expresión torva preguntó qué pasaba y se situó entre Ayreon y Ezhabel. Llegó Selene, que permaneció en la puerta, asombrada, y también Elsakar, que intentó tranquilizar a Heratassë y a Ayreon. El poema no parecía afectar en absoluto a Elsakar, y tampoco a Heratassë ni a Selene.
  —Ezhabel, deja ya de fingir y revela tu verdadera filiación —dijo divertida la kalorion, ante el asombro de todos y cada uno de los presentes.

Por suerte, nadie creyó las palabras de Selene, que quedaron en agua de borrajas. Para su frustración, pues había visto una buena ocasión de atraer a Ezhabel hacia sí, o al menos, de sembrar la incertidumbre en el seno del grupo. Ayreon tendría más tarde una charla con ella sobre el asunto, en la que sacó en claro que definitivamente era mala idea fiarse de Selene con la cantidad de poder que había acumulado sobre sí.

Pero en aquellos momentos, el Gran Maestre prestó oídos a las palabras de la kalorion y, profundamente irritado, mencionó el anillo de Trelteran que Ezhabel todavía llevaba consigo, y su posible traición a la Luz. El brillo sobre los paladines se hizo más intenso, así que Heratassë decidió sacar a la semielfa de allí, teleportándose ambos a varios kilómetros fuera de la Torre. Con la euforizante sintonía ausente de sus mentes, Elsakar pudo tranquilizar los ánimos, y Ayreon y los demás volvieron en sí. Se deshicieron en disculpas por su actitud, pero no habían podido obrar de otra forma.

En el exterior, Ezhabel le dio las explicaciones pertinentes a Heratassë, que las aceptó de buen grado. La semielfa empuñó la daga, que a pesar de que la afectó lo hizo en menor medida que a Demetrius y mucho menos que a Ayreon. Pero tampoco pudo desentrañar sus misterios [01].

Ayreon se dirigió a los paladines convocados en el patio de armas, ya en ausencia de la canción. Intentó explicarles lo mejor que pudo los extraños acontecimientos y, sabiendo que no podría evitar habladurías por parte de los paladines que habían estado presentes, habló de una poderosa arma contra la Sombra. También dio una explicación más o menos satisfactoria, aunque llena de suposiciones, sobre qué era aquél extraño poema que los había llenado de euforia. Tras sus palabras, vítores y gritos de alegría llenaron la Torre. Los kaloriones presentes, Selene, Carsícores y Murakh, rebulleron incómodos.

En sus aposentos, Demetrius recibió la visita de Azalea. Su esposa le informó de que había decidido aceptar la oferta de Selene, para el inmenso pesar del bardo. La kalorion había empezado a adiestrarla, y ella había demostrado tener gran potencial: ya era capaz de hacer luz y caminar en sueños. La consternación de Demetrius fue mayúscula. Conocía a su mujer y sabía lo inútil que era tratar de apartarla de Selene si ya había tomado una decisión. Tendría que convencerla con inteligencia y paciencia.

Ya más calmados, Demetrius, Selene, Leyon y Ayreon se reunieron lejos de injerencias externas, y la semielfa tendió la daga al paladín, que la cogió con un temblor producto de la exaltación. Una luz intensísima rodeó a Ayreon, tanto, que tuvieron que apartar la mirada por un instante. Sus ojos eran dos centellas relampagueantes y su cabello una cascada luminosa de fuego dorado. Sintieron calor, tanto en su piel como en su corazón, un calor reconfortante. Ayreon percibió como molestas moscas tres jirones de Sombra en la Torre junto con varias manchas, que identificó como los kaloriones y sus apóstoles. A duras penas reprimió el deseo de acabar con ellos inmediatamente. Pero otro jirón llamó su atención, en el patio de armas, que no identificó con nadie conocido. Se teleportó allí al punto, ante las miradas de sus paladines, que se volvieron hacia él, envueltos una vez más con el poema y con los corazones a punto de salirse de sus pechos. Los demás fueron teleportados por Heratassë unos segundos después al patio de armas justo a tiempo de ver cómo un rayo de Luz purísima surgió de la palma de Ayreon, desintegrando a uno de los aprendices de paladín. Seguramente era un amigo de la Sombra, si no un apóstol camuflado. Un rugido de rabia surgió de la garganta de lo que ahora era Ayreon, instando a los paladines a acabar con los kaloriones alojados allí. Heratassë se lo llevó al instante de allí, volviendo al lugar del exterior. El dragarcano intentó dejar inconsciente al paladín, golpeándolo con todas sus fuerzas, pero sus envites apenas tuvieron efecto.

Anochecía. A lo lejos, alrededor de la Torre, un portal se abrió, y luego otro, y otro más, ante la euforia de Ayreon. Los portales escupían girones y retazos de Sombra en forma de trolls, humanos, elfos oscuros, demonios y quizá hasta dragones. En la Torre resonaron las campanas, advirtiendo de una invasión. Los paladines se enlazaron, formando círculos conectados directamente a la Esfera Celestial. Demetrius aprestó a Mandalazâr y todos montaron a caballo para salir a defender a los vestalenses, ercestres y elfos apostados alrededor de Emmolnir. No fue una lucha excesivamente difícil. Ayreon era una flecha plateada de destrucción que con la ayuda de los demás reunidos allí acabó con los enemigos en cuestión de minutos. Heratassë, Demetrius y el propio Ayreon retorcieron la realidad para cerrar cuantos portales se abrían, hasta que no aparecieron más. Al fin Urion se había decidido a atacarles, encontrándose con varias sorpresas. Seguramente a partir de ahora sería más prudente, o lo que era peor, más artero.

Varios paladines encontraron a Ayreon yaciendo en la hierba, apenas respirando. Ezhabel recuperó la Daga, tirada a su lado. Fue necesaria una docena de paladines enlazados y un trago del Grial proporcionado por Ibrahim para insuflar un hálito de vida en el cuerpo del Gran Maestre Paladín, mientras sus compañeros esperaban preocupados a los pies de su cama.

Ibrahim les informó de la recuperación de Ayreon. Se interesó por la historia de la Daga, y Demetrius se la narró con todo lujo de detalles.
  —Si ese objeto, ese... ente permite ver la Sombra en las personas, puede probar ser una ayuda inestimable para nuestros objetivos —dijo.
  
—Pero debemos ser prudentes —respondió Ezhabel—, pues parece que produce unos efectos de euforia muy peligrosos, cuya intensidad no sabemos aún de qué depende. Mas sí, es de suponer que será una gran baza contra la Sombra.

Y hablando de la Sombra...ahora que lo pensaban, Carsícores, Murakh y Selene no habían intervenido en el conflicto del exterior.

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