Resistiendo el Asedio. Llegan Refuerzos.
El viaje de ida y vuelta de Galad a Eskatha le llevaría en torno a diez jornadas, sin contar la preparación logística y la reunión de los paladines. Confiaban en que el general a quien Daradoth había confrontado mantuviera la sugerencia forzada de no atacar en siete días, pero aun así no sería suficiente para contar con que los paladines reforzaran la defensa.
Viendo lo prolongada que iba a ser su ausencia, Galad dio órdenes al capitán Suras para dar un pequeño rodeo hacia el sur. El Empíreo llegó a sí a Doedia, la capital de Sermia, donde la reina Irmorë, la duquesa Sirelen, los bardos y el resto de nobles lo recibieron con todos los honores.
—Hace poco recibimos el mensaje de lady Ilaith —dijo la reina—. Estamos preparando todo para que la legión del Ducado de Filtar parta hacia Esthalia en unas horas.
—Precisamente iba a enviar la nota lacrada cuando nuestros vigías avistaron el dirigible —añadió la duquesa.
Galad también aprovechó para mantener una breve conversación con los paladines que habían dejado destacados en Doedia, que se alegraron sobremanera al verlo. Le contaron algo inquietante:
—Hace unos días sucedió algo muy extraño. Hubo un temblor de tierra, fue como un terremoto, pero... fue como algo...
—Algo elástico —añadió otro de los paladines—. El castillo pareció alargarse, y luego encogerse. Fue realmente singular.
«Debió de ser el terremoto que observamos desde el Empíreo, esa especie de ola en la tierra», pensó Galad, que intentó tranquilizar a sus compañeros:
—Cosas extrañas están sucediendo por toda Aredia, hermanos; pero con la voluntad de Emmán de nuestra parte, todo se arreglará. Confiad en mí.
Aquellas sencillas palabras tuvieron un efecto impresionante; los paladines parecieron erguirse y sus ojos brillar con el fulgor de la fe.
Sin tardanza, Galad se puso de nuevo en marcha hacia Eskatha, informando a Daradoth a través del Ebiryth de que pronto llegaría una legión desde el sur.
En Rheynald, los enemigos seguían con la construcción de máquinas de asedio y preparando sus tropas, pero en los siguientes días no parecieron tomar ninguna acción ofensiva. «Menos mal», pensó Daradoth, «es preferible que Symeon no tenga que utilizar la Espada del Dolor, por lo que pueda pasar».
Un par de días después de la partida de Galad, Symeon se dirigió a reunirse con Azalea, Stavros y el resto de los errantes. La muchacha se alegró muchísimo cuando lo vio, y se abrazó a él. Bastante rato, para turbación de Symeon, que intentó olvidar a Ashira mientras aspiraba el suave aroma a jazmín de Azalea. Tras la alegría inicial, los errantes no pudieron ocultar su sorpresa ante el aspecto de Symeon; más alto, más recio, más... impresionante. Tras asegurarse de que todo estaba bien en el campamento apelotonado dentro de los muros, esa misma noche decidió entrar al mundo onírico. Nada más dejar su yo de vigilia y entrar en la dimensión superior, el errante notó que el suelo a sus pies estaba inestable, como si fuera a quebrarse en cualquier momento; le costaba horrores mantenerse en pie, y notaba que, inminentemente, el firme se iba a hundir. Nirintalath, en su aspecto de muchacha, lo observaba sin denotar emociones. Alargó su mano hacia ella, presa del pánico, recordando la vez anterior que había sucedido esto y que se había hundido hacia lo que suponía que era la dimensión de Dolor.
Gritó, desesperado, y haciendo uso de todo lo que había aprendido durante los últimos meses consiguió aguantar lo suficiente para salir sano y salvo, aunque profundamente agitado, al mundo de vigilia. Daradoth, vigilando, solo había visto cómo Symeon se agitaba inquieto un par de segundos. El errante despertó, convulso.
La sexta noche desde la partida de Galad, sobre las tres de la madrugada, Daradoth se encontraba inspeccionando el muro del bastión norte tras haber descansado en el breve sueño de los elfos. De pronto, por pura casualidad, algo llamó su atención. Se asomó entre las almenas y vio cómo varias figuras vestidas con ropajes oscuros estaban escalando el muro. Dio la voz de alarma y desenfundó a Sannarialäth, que refulgió con su luz plateada. Varias figuras habían conseguido llegar al pasaje del muro, y el cuello de uno de los guardias fue atravesado por una flecha. Pero no eran enemigos para la habilidad de combate de Daradoth, y tras un par de muertos, el resto huyó sin oponer demasiada resistencia.
—Querían probar las defensas, sin duda —dijo Daradoth, cuando más tarde se reunió con Yuria y los demás.
—Reforzaremos los puntos de luz, ya que no disponemos de más guardias —anunció la ercestre.
El día siguiente al de esta escaramuza, poco antes de mediodía, unos cuernos resonaron en el valle del sur de Rheynald. Cuernos sermios. Por fin llegaba la legión de Fíltar que había enviado la reina Irmorë. Daradoth y Yuria pronto lo confirmaron visualmente, y la guarnición estalló en vítores de júbilo. Al frente de la legión, bajo el orgulloso estandarte del águila de Fíltar, marchaban dos caballeros esthalios, viejos conocidos del grupo en Doedia.
Improvisando una plataforma y un transportador a base de bueyes y mulas, consiguieron librar la muralla sur y permitir que la legión entrara en Rheynald, entre exclamaciones de regocijo y alivio contenido de los residentes. Yuria saludó cortésmente a los dos caballeros esthalios y a los capitanes sermios, y se aprestó a dar las órdenes pertinentes. Ahora sí que sería imposible que los enemigos tomaran la fortaleza al asalto.
*****
A bordo del Empíreo, Egrenia anunció por fin el avistamiento de Eskatha. El dirigible descendió sobre la colina noble, donde Galad se encontró rápidamente con Ilaith, Meravor y otros delegados. El paladín puso al día de la situación a lady Ilaith, le habló del sitio de Rheynald y la llegada de una legión Sermia como refuerzo, y lo que habían averiguado acerca del paradero de la reina Armen.
—No obstante, mi señora —dijo—, necesito trasladar a Rheynald al máximo número de paladines de Osara para aliviar la presión y, si es necesario, pasar a la ofensiva.
—Muy bien, entonces, seguimos adelante con el plan. Ya envié los mensajes pertinentes a Doedia, al príncipe Progerion, a Karela Cysen y a los Kenkad. En un par de días estaremos embarcando legiones en los dromones.
—Hay que tener cuidado —advirtió Galad—, pues habrá galeones negros en las costas esthalias.
—Sí, no tenía dudas sobre ello. Desembarcaremos en Krül y atacaremos por tierra. En otro orden de cosas —continuó Ilaith tras unos segundos de pausa—, me preocupa la financiación de nuestros ejércitos. El suministro de kuendar se ha detenido completamente, y el de oro se ha visto sumamente afectado por los problemas en las minas de las Darais. Según dijo Symeon, es un problema en el mundo onírico, así que querría que le transmitieras la gran urgencia de ese asunto; necesito que os encarguéis de ello en cuanto sea posible. Si no, en cuestión de un par de meses, nuestros ejércitos destacados en el extranjero pueden quedar desabastecidos.
—Perded cuidado, me encargaré de ello.
Tras hablar con Aznele Ereven y con Orestios y prometer a Ilaith que con Rheynald liberado trasladarían rápidamente a los paladines al frente, a mediodía del día siguiente, Galad partía a bordo del Empíreo con el Horizonte junto a ellos repleto de paladines emmanitas y osaritas.
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Previendo la posible filiación de los dos caballeros argion a la causa del rey Randor, Symeon y Yuria hicieron un aparte con ellos, planteándoles la dureza de la situación actual y la traición de la que, junto con Valeryan, habían sido objeto en el pasado. Los caballeros, que llevaban mucho tiempo fuera del reino, se mostraron resistentes a aceptar una traición de su rey, pero finalmente el errante y la ercestre parecieron convencerles de la necesidad de enfrentarse a Robeld de Baun y encontrar a la reina. Una vez resuelto ese tema, Yuria se dedicó de lleno a evaluar sus fuerzas.
—Con esta legión reforzándonos, somos perfectamente capaces de levantar este asedio y mandar a nuestros enemigos al Erebo.
—De hecho —informó Egwann de Vauwas, el castellano, con una ligera sonrisa—, en cuanto vieron que recibíamos tropas de refuerzo, esos bastardos se han puesto a cavar fortificaciones.
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"Uf, no contaba con esto", pensó Galad, impaciente. El retorno a Rheynald estaba siendo más lento y desesperante que la ida a Eskatha, pues los dirigibles tenían que adaptarse a la velocidad del enorme Horizonte, repleto de ocupantes. Hacía rato que había caído la noche, y sobrevolaban la depresión del Bair, las bellísimas y extensísimas tierras de cultivo que regaba el río del mismo nombre y sus millares de afluentes.
De súbito, precedido por un molesto picor en la nuca y una especie de curvatura en el aire, un brutal sonido que después Galad juraría identificar como un titánico rugido retumbó desde todos los lugares y desde ninguno. Sus tímpanos parecieron a punto de estallar y se tapó los oídos, aunque de poco sirvió tal gesto. Aun así, la enorme fortaleza y voluntad de Galad le permitió resistir el repentino mareo y nauseas que le provocó la onda de choque y el propio sonido, de un volumen insoportable. A su alrededor, la mayoría de la tripulación (¡incluyendo a su padre Garedh!) cayó inconsciente sobre la cubierta. En el Horizonte parecía estar sucediendo lo mismo. Galad hincó una rodilla y cerró los ojos. En la negrura, entrevió por un instante una enorme bestia draconiana que parecía azotar el mundo entero con sus alas y su cola. Tras unos segundos, notó a través de los párpados una subida tremenda de luz ambiente. Hizo acopio de toda su tenacidad para abrir los ojos, parpadeando rápidamente por la intensa luz. Era de día. Un día vibrante, caluroso y luminoso. El sol estaba en lo alto, pero... ¿vibraba? Sí, vibraba claramente, no estaba fijo. Galad volvió a cerrar los ojos.
Tras un par de minutos de indescriptible agonía, el sonido cesó. Conteniendo sus náuseas y recomponiéndose rápidamente, hizo reaccionar al capitán y la tripulación y consiguió que los dirigibles finalmente aterrizaran. Once personas, entre paladines (tres de Osara y seis de Emmán) y marinos (dos), no pudieron recuperarse del trance, entrando en un coma que Galad no pudo hacer nada por remediar. «Oh, Emmán bendito», pensó. «¿Acaso no va a haber más remedio que acabar con todo antes de que no haya vuelta atrás? Tiene que haber otra forma; pero cada vez veo menos opciones».
Un par o tres de horas después, ya lo suficientemente recuperado, Galad informó a sus amigos de lo que había sucedido a través del Ebiryth.
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En Rheynald, Yuria y los demás, de acuerdo con lady Edith, Ewann y Siegard Brynn, organizaron un encuentro con los generales de las legiones enemigas. Haciendo uso de los poderes que le permitían sobrevolar el campo de batalla, Daradoth había visto las máquinas de asedio terminadas y abundancia de munición tras las filas enemigas, así que era hora de acabar con aquello; realmente no creían que los paladines fueran necesarios.
La contestación no fue la esperada por el grupo.
—Han dicho que tienen que pensarlo —dijo el mensajero que habían enviado.
Las dudas del porqué de aquella contestación se despejaron al caer la tarde. El sonido de varios cuernos anunció la llegada de otras dos legiones enemigas desde el noreste, enarbolando los estandartes con el símbolo del yelmo del marqués de Arnualles.
—Deberíamos atacar ahora —urgió Daradoth—. Antes de que se asienten y se organicen.
—Pero no podemos precipitarnos —respondió Yuria—. No podemos lanzar a la gente a través de la puerta a lo loco. Galad debe de estar a punto de llegar.
—Es fácilmente comprobable. —Daradoth sacó el búho de ónice—. Galad, ¿me oyes?
—Sí, aquí estoy —respondió el búho, reproduciendo las palabras del paladín.
—¿Os falta mucho para llegar? Los enemigos han recibido dos legiones de refuerzo, y posiblemente haya más en camino.
—Según Egrenia, estamos a poco más de tres horas de travesía.
Yuria pensó rápidamente, y trazó un plan:
—En cuanto lleguéis, sobrevolad el campamento enemigo y que los paladines de Osara utilicen sus poderes divinos. Si no me equivoco, harán caer una especie de estrellas fugaces sobre los enemigos. Aprovecharemos la distracción para que Daradoth teleporte a Symeon a la explanada y utilice los poderes de la espada.
—Entendido. Iremos todo lo deprisa que sea posible.
Un par de horas después se empezaban a escuchar los primeros estallidos y a ver los primeros resplandores de las espectaculares estrellas que los paladines de Osara invocaban desde el cielo.
—¿Preparado? —preguntó Daradoth a Symeon.
Symeon desenvainó a Nirintalath. Un incómodo zumbido sordo hizo que todos los presentes, excepto Yuria, rebulleran nerviosos.
Daradoth canalizó la Esencia hacia Symeon, y el errante desapareció, para aparecer inmediatamente allá abajo, a unos treinta metros de las murallas. Daradoth lo podía ver perfectamente; el resto solo veía el ligero fulgor verdemar de la espada. El errante se movió a la velocidad del rayo hacia el campamento enemigo, y alzó sobre su cabeza la Espada del Dolor.
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| Symeon con Nirintalath |
