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miércoles, 25 de julio de 2012

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Temporada 1 - Capítulo 2

Secuestro. El contacto se estrecha.

Sin perder tiempo, el inspector jefe James Finnegan, hermano de Jack, los llevó en su coche hasta el piso de Thomas en la calle 67, frente a Central Park. Al incorporarse McNulty al grupo, Jack se lo presentó a su hermano, que lo miró suspicazmente.

No tardaron más de un cuarto de hora en llegar. Sólamente uno de los tres ascensores funcionaba [punto de Relato de Thomas] a duras penas. Los más fuertes físicamente empezaron a subir por las escaleras, mientras Thomas y John subían en el ascensor, que sufría unos preocupantes traqueteos. Tras lo que pareció una eternidad, estos últimos llegaron antes a la planta 15, donde se encontraba el piso. La puerta estaba cerrada y sin señales de haber sido forzada. Cuando llegaron los que subían por la escalera se encontraron con un Thomas presa de una pequeña crisis de ansiedad, mientras James pedía calma y pensaban en qué hacer. En un momento dado oyeron un fuerte ruido proveniente de las escaleras superiores, y McNulty y Gibbon se apresuraron a subir. Mientras, James, Jack y Thomas entraron en la casa de éste. Ni rastro de su mujer ni su hermana, y para colmo, el conserje estaba en el suelo del comedor, con un disparo en la sien y una pistola en la mano, en una postura de aparente suicidio.

Cuando McNulty y Gibbon se acercaban a la azotea del edificio, el ascensor se paró. Por suerte [Punto de Relato], Jonas encontró el modo de salir por la parte superior. Un fuerte ruido de aspas de helicóptero se hizo claro y evidente, así que corrieron por las pocas escaleras que conducían a la terraza, provista de piscina y unos cuantos arbolitos. A lo lejos divisaron un helicóptero, que se alejaba rápidamente; fuera lo que fuera lo que había pasado allí, habían llegado tarde.

La policía llegó al poco tiempo, varios efectivos de Manhattan -entre ellos el capitán Joel Gordon-, ya que Finnegan había pedido refuerzos antes de entrar al edificio. Durante los interrogatorios a cada uno de los personajes, que fueron largos y llenos de tensión, McNulty y Gibbon tuvieron un roce especialmente fuerte, que hizo que surgiera una animosidad peligrosa entre ellos. A partir de las declaraciones de Thomas, Jack se hizo un esbozo del organigrama de Campbell & Weber, y preguntó al ejecutivo si había conocido a Susan Ward hacía unos meses. En primera instancia, Thomas no recordó a la mujer, pero enseguida hizo memoria. Sí, era cierto que la señorita Ward había hablado con él haría unos tres meses, sobre unas posibles denuncia por estafa y malversación hacia su compañía. Al informarle Finnegan de que Susan había muerto más tarde ese mismo día, Thomas se mostró compungido y le dio su más sentido pésame.

En uno de los pequeños recesos en las conversaciones, O'Hara y Gibbon recibieron sendos mensajes de texto de un origen desconocido: "Sea discreto. Muy discreto", rezaban. Parecía que los estuvieran vigilando. Thomas lo tomó al pie de la letra y a partir de entonces intentó no dar más información, pero John Gibbon, indignado, enseñó lo que había recibido al capitán Gordon. No tardó en recibir un segundo mensaje que simplemente decía "Bang!". Este segundo mensaje fue definitivo y John empezó a considerar seriamente dejar de colaborar con la policía. Poco después recibía la llamada de James Molinaro, que le dijo que no se preocupara, que le pondrían toda la escolta y protección que hiciera falta; había hablado con el capitán Johansson de la policía de Staten Island y todo estaba acordado; debería acudir a la comisaría y hablar con él.

Mientras tanto, el móvil de Jonas había registrado más de veinte llamadas perdidas de Smith.

Pocas horas más tarde, John llegaba a la comisaría de Staten Island, donde le aseguraron que el capitán Johansson se encontraba indispuesto y había tenido que marcharse. En su lugar, le pasaron con el teniente Duval. El teniente tranquilizó a un John muy nervioso, que además insistió en la necesidad de investigar a un tal Jonas McNulty que le parecía muy sospechoso. Duval le aseguró que ya habían enviado escoltas a su casa para guardar a su familia, así que John se marchó a reunirse con su familia. Al salir de la comisaría, recibió una llamada, de nuevo de un número desconocido: "no escarmientas, eh?" —dijo una voz al otro lado del teléfono. A continuación, un grito de su hermana le heló la sangre en las venas. Llegó a casa con el rostro blanco, muy nervioso. La frialdad de su mujer no contribuyó a mejorar las cosas, así que optó por tomar tranquilizantes y dormir.

Por su parte, Thomas se trasladó junto a su hijo Bobby -que había llegado a media tarde a casa y había sido atendido por un psicólogo- a una suite del hotel Excelsior, donde estarían vigilados en todo momento por un agente en la puerta y en el interior.

Jack y Jonas se metieron en la cafetería junto al edificio de Thomas, donde mantuvieron una larga conversación sobre el asunto. Desde luego, algo olía a sumamente podrido allí. Tras alguna que otra cerveza, Jonas decidió sincerarse y confesó a Jack que había tenido "algún que otro tonteo" con el IRA hacía varios años, pero que era cierto que había sido policía en Dublín. A mitad de conversación, Jonas decidió coger por fin el teléfono a Smith en una de sus muchas llamadas: obviando el cabreo impresionante de su compañero, quedó con él de malas maneras en la pensión a medianoche.

Fue entonces cuando la pareja reparó en una camioneta que se había detenido al otro lado de la calle, y el ocupante miraba fijamente hacia el portal de Thomas. Su conductor, aparentemente un mendigo, no tardó en bajar y acercarse como si estuviera en trance sin apartar la vista del portal. Al echar un vistazo a la cabina de la camioneta, Jonas pudo ver que el asiento del conductor rebosaba de revistas de temática paranormal. A continuación se reunió con Jack, que se había acercado al mendigo. Éste se había internado por un callejón lateral del edificio, y miraba hacia arriba, comportándose como un lunático; no paraba de murmurar "han estado aquí, han estado aquí...". A McNulty le dio muy mala espina y se apartó. Cuando Jack intentó detenerlo, el mendigo, un hombre entrado en la madurez, de unos cuarentaytantos o cincuenta años, sólo acertó a gritar "¡nononononono! ¡muerte! ¡muerte! ¡helicópteros!", una letanía que no dejaba de repetir. Al final decidieron dejarlo marchar para no llamar demasiado la atención. Pero consiguieron algo: en uno de los bolsillos de su gabardina encontraron una tarjeta de visita muy deteriorada, donde sólo se alcanzaba a leer "Westchester Assoc".

Pasada la medianoche, Jonas se dirigió a la pensión, a donde entró con todo el sigilo del mundo. Llegó a su habitación sin ser visto. En la habitación de Smith, la contigua, se oía la televisión con un volumen altísimo. Al revisar la pistola de la cómoda, vio que le habían quitado el cargador. Por suerte [Punto de Relato] había pegado con cinta aislante unos cargadores y una pistola de repuesto tras la cisterna del water. Decidió saltar del balcón de una habitación al de la otra. Allí se encontró con Terence agarrado a una botella vacía de whisky, dormido babeando y con la tele a toda marcha. El cabrón estaba borracho como una cuba. No tuvo problemas para quitarle el arma, engatillarlo y atarlo con el cordel de la cortina. Comenzó a interrogarlo acerca de Sergei y sus contactos, pero Smith no le pudo dar ninguna información que McNulty no conociera ya, aparte de que Sergei había llamado y al mencionar el trabajo que Smith no conocía, éste se había cagado en todo. Alguien llamó a la puerta: una voz con acento del este de Europa preguntó si todo iba bien, que bajara la puta televisión. McNulty fingió y bajó la voz de la tele; eso apaciguó a los rusos mientras él seguía interrogando a Smith. Se oyó un móvil sonar, y al poco llamaban a la puerta de nuevo. Esta vez no pudo disimular y empezaron a patear tanto la puerta de esa habitación como la de la contigua. Tenía que salir de allí. Se oyeron los gritos de la casera quejándose, un "pew", y no más quejas. Por suerte, en la parte trasera había escaleras de incendio [Punto de Relato] y salió como alma que lleva el diablo, mientras un disparo acallaba los gritos de Smith y algunas balas pasaban silbando muy cerca.

¿A dónde podría dirigirse ahora? No le quedaba más remedio que acudir al único "amigo" que conocía. Jack lo recibió medio dormido, y al ver su aspecto lo dejó entrar rápidamente. Se sirvieron unas copas, y entonces el policía fue sacudido por lo que le dijo su nuevo amigo, que se sinceró contándole lo de Susan Ward y su implicación en el asunto. También lo del IRA. Jack reaccionó violentamente, pero McNulty consiguió apaciguarlo, haciéndole pensar en la situación. Bebieron juntos hasta el amanecer.

Por la mañana, John recibió la llamada del teniente Duval: el tal McNulty parecía limpio, aunque su hermano y su padre habían estado estrechamente vinculados al IRA y habían sido encarcelados en varias ocasiones. Sí era cierto que McNulty había pertenecido al cuerpo de policía de Dublín, pero hacía un par de años que lo había dejado. John colgó el teléfono, pensando que eso no coincidía con lo que McNulty había dicho: según él, el nombre de Jennifer O'Hara había aparecido en una investigación hacía pocas semanas, pero si hacía años que ya no era policía...

Escamado por todo lo que había sucedido el día anterior, John llamó a Jack Finnegan, que se encontraba vistiéndose, resacoso. Quedaron para más adelante ese mismo día, ante las dificultades que le había planteado acudir a la policía "convencional". A continuación Finnegan se trasladó hasta la comisaría 88th Precinct para la entrevista con la psicóloga que deseablemente le valdría el alta médica. La doctora Julia White, una mujer muy atractiva, juzgó adecuado que Jack volviera al servicio activo, así que Jack, entre murmullos de sus compañeros, se presentó ante su hermano. Éste le devolvió su arma y, en petit comité, le permitió seguir con el caso de Susan durante un par de semanas, pero le exigió la máxima discreción. Jack no tardó en concertar sendas citas con Dorothy St.James y Leopold Croix-Parker, de Campbell & Weber, y en obtener algo de información sobre Sergei Yurikov, de quien Jonas le había hablado la noche anterior. Al parecer, era ucraniano y era un pez gordo dentro del terrorismo internacional. Alguien con quien habría que tener mucho cuidado. También averiguó la dirección del dueño de la camioneta que conducía el mendigo loco con el que se habían encontrado la noche anterior.

De vuelta a casa de Jack, McNulty escupió el café del desayuno cuando, ojeando el periódico, dio con la noticia sobre un incendio la pasada noche en el edificio de la pensión donde se había encontrado alojado, y en una esquina de la foto que acompañaba el texto pudo ver la silueta del mismo mendigo de la noche anterior, observando fijamente la escena.

Thomas acudió a su oficina, aparentando normalidad. Allí, su secretaria Lisa le dio inmediatamente una memoria USB que un tal Joey de informática había dejado para él. Al poco de sentarse a examinarlo, Lisa le pasó la llamada de Joey. Esa misma mañana había recibido una carta de despido de Leopold. A Thomas se le ensombreció el ánimo, e inmediatamente llamó a su compañero inversor. Leopold le aseguró que el tal Joey había hackeado sus bases de datos y había filtrado información de sus clientes, aunque no conocía el destinatario. Thomas respiró aliviado. Convocó a Joey a su despacho, y sospechando que estaban siendo vigilados, le echó una buena bronca mientras ponía una nota en su mano. En ella le pasaba palabras tranquilizadoras y le aseguraba que seguiría trabajando para él. Acto seguido, se puso a investigar los balances contenidos en la memoria USB. Enseguida se hicieron evidente a sus ojos las irregularidades del cliente de Leopold Westchester Associates. Desvíos de fondos poco claros a Japón, Sudáfrica, Alemania, Ucrania, Canadá y algunos otros países, fondos ingentes que estaba claro que no podían pertenecer a un bufete por famoso que fuera. Westchester representaba a multitud de empresas, y seguro que los nombres de muchas de ellas no aparecían en aquellos balances y registros. Efectivamente, las fuentes de los fondos de inversión no constaban en ningún apartado, a excepción de unas cuantas que no podían proveer ni de lejos todo el capital que manejaba el bufete.

Tras guardar la memoria USB en la cámara acorazada de su banco, Thomas dedicó el resto de la mañana a poner en marcha el plan al que había estado dando vueltas últimamente: ultimó los detalles del alquiler del pequeño y discreto apartamento que había encontrado en Bronx con nombre falso, consiguió unos móviles nuevos para él y para Joey, y alquiló también un apartado de correos para la correspondencia secreta.

viernes, 20 de julio de 2012

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 1 Capítulo 13

¡Capturados!

Pero el gozo de los pescadores cayó en un pozo cuando Ancel le dijo a Ledwig, el anciano, que necesitaría su barco de pesca para viajar hasta Quiebramar. Al anciano le temblaban los labios, y más cuando el primogénito Seabreeze le contestó que no sabía cuándo podrían devolvérselo. Y sin ofrecer nada a cambio. Al viejo no le quedó más remedio que aceptar, por supuesto, pero el nieto lanzó miradas afiladas de odio al grupo que nadie pareció advertir.

Botes de pescadores
Esa noche fueron despertados en su sueño por una veintena de soldados con armaduras desiguales y armados con ballestas. Los pescadores se habían ido y ellos, medio dormidos y sin las armaduras puestas no pudieron ofrecer apenas resistencia. Fueron despojados de todas sus posesiones, conducidos a una parte del campamento de asedio cercana a las letrinas y arrojados a un hoyo excavado en la tierra mojada, tapado por un entramado de tablones y cadenas que hacía las veces de prisión. Allí pasaron algo más de dos días en la oscuridad total, oliendo a excrementos y durmiendo en el barro. Comían las pocas frutas podridas que les tiraban. Por toda compañía tenían a otra persona que ya estaba allí antes, con la cara destrozada y las piernas rotas. Era un mercenario que había cometido el error de robar a sus compañeros; la muerte se lo llevaría pronto, era lo mejor que podría pasarle.

Transcurrido un tiempo que al grupo le fue imposible de calcular, las continuas súplicas de Vanna por salir de allí y que habían acabado quebrándole la voz parecieron surtir efecto. Fue sacada del pozo por un estrecho resquicio que abreiron los guardias. Éstos la condujeron agotada a presencia de ser Jon Wylde, el comandante del pequeño ejército. La acribillaron a preguntas que Vanna pugnó por no contestar mientras le ofrecían un muslo de pollo. Sin embargo, no tuvo más remedio que contestar algunas de ellas, como por ejemplo, dónde se encontraba Melina Raer. Al enterarse de que la habían llevado a Caparazón Recio, un fugaz gesto de consternación apareció en el rostro del comandante. A no tardar, devolvieron a Vanna al agujero.

Unas horas después fue el turno de Ancel. Convocado por Jon Wylde, lo arrastraron hasta su pabellón. El líder del ejército se encontraba con ser Baeron Connington -el comandante del ejército Seabreeze- , un tal Mikken Yelmofrío y el tyroshi Daario Naharis, líder de los Cuervos de la Tormenta destacados en el asedio de Escollera. Mientras le conducían hacia allí, el ojo experto de Ancel se fijó en todo lo que pudo; las catapultas estaban casi terminadas. La única razón por la que parecían no estarlo ya era por la incesante lluvia que impedía trabajar en condiciones a los ingenieros. Una vez en el pabellón, fue saludado lacónicamente por ser Baeron, que le dio socarronamente recuerdos de parte de lord Jeron. Tras hacerle tantas preguntas como a Vanna y no poder quebrantar su silencio, fue devuelto al agujero sin contemplaciones.

Campamento de asedio, más o menos :)
Jeremiah fue el último que se llevaron. Ser Jon volvió a hacerle las mismas preguntas, confirmando definitivamente el paradero de Melina Raer y la forma en que habían llegado a la isla. Tras el interrogatorio, el comandante Wylde transmitió al Seabreeze los deseos de su padre de que renunciara a su hermano y su madre y aceptara el manto de heredero, jurándole fidelidad. Jeremiah [punto de destino sacrificado] fingió aceptar a cambio de llevarse a todos los demás a Quiebramar, por supuesto acompañado por una escolta de soldados Wylde y mercenarios. Contra todo pronóstico, Jon Wylde aceptó sus condiciones. Tras estrechar sus manos, el capitán entregó a Jeremiah el mensaje que su padre había enviado donde daba las órdenes respecto a sus hijos y su mujer. El Seabreeze disimuló el hecho de que no sabía leer, pero una vez reunido con Berormane, éste se la leyó en voz alta. Para sorpresa del joven, la carta estaba escrita por el "fiel sirviente" de lord Jeron, ¡¡Voredyn Ryth!!. El ojo experto del maestre no tardó en ver algo raro en la carta. Efectivamente, había algún tipo de código oculto en sus palabras. Aunque tardó unas horas en descifrarlo completamente, pronto se hizo evidente su mensaje: Voredyn instaba a "quien lo entendiera" a ponerse en contacto con su hermano Meravon Ryth, banquero del Banco de Hierro de Braavos. Desde luego, un contacto que les permitiera acceso a tal cantidad de dinero sería muy útil.

La noche anterior a su partida en barco hacia Quiebramar decidieron que era imprescindible sabotear la construcción de las catapultas para ganar algo de tiempo. La lluvia los escudaría en su cometido. Ancel consiguió salir del pabellón donde los custodiaban vistiéndose como Berormane, y a cambio de un puesto fijo en el consejo Seabreeze, la promesa de una buena cantidad de dinero y su amistad, [punto de destino gastado] consiguieron convencer al jefe de los ingenieros Seabreeze, Mooton, para que saboteara las catapultas. Por la mañana, tres de las cuatro catapultas aparecieron reventadas, y la tercera maltrecha. Se corrió la voz de que las lluvias las habían hinchado y que las cuerdas que se habían empleado eran de mala calidad. Aquello daría un respiro a lord Edgar.

El viaje a Quiebramar era de poco más de veinte kilómetros, tiempo insuficiente para convencer a algunos de los guardias que los custodiaban de que cambiaran de bando. Jeremiah intentó reunirse a solas con el capitán Seabreeze que comandaba la galera, sin éxito. Al llegar a las inmediaciones del puerto de Quiebramar, varias galeras salieron a su encuentro para escoltarlos: dos Seabreeze, una de Tarth y una cuarta con el estandarte de los Mertyn, cosa que les sorprendió. En ese momento, el vigía dio un grito de alarma, confundido [punto de destino de Vanna]: una veintena de galeras con el estandarte Seabreeze se acercaban a velocidad de combate desde babor. El corazón de los personajes se aceleró, y una ligera sonrisa afloró a sus rostros; ¡las galeras Tyrell llegaban con un par de jornadas de adelanto!


martes, 17 de julio de 2012

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Temporada 1 - Capítulo 1

Encuentro.

Jennifer O'Hara
Jonas McNulty amaneció temprano, dispuesto a acudir a Campbell & Weber para investigar algo más sobre Thomas O'Hara. Uno de los jefazos de la empresa, al parecer. Hacía poco más de cuarenta y ocho horas que había abierto el sobre que alguien había depositado en la casilla de correos de parte de Sergei. Jennifer O'Hara, hermana de Thomas. ¿Por qué la querrían muerta? Jonas no estaba dispuesto a que ocurriera lo que había ocurrido hacía unos meses, cuando Smith había asesinado a sangre fría sin su consentimiento. Quizá era hora de cambiar su vida, y empezaría en ese momento. El cabrón de Smith entró en la habitación, bebido como siempre. Terence Smith era el compañero que le habían impuesto cuando había empezado a trabajar para Sergei hace poco más de un año, y tenía a Jonas hasta las pelotas. No era nada más que un puto psicópata al que le encantaba matar y beber, y quizá alguna otra depravación que McNulty prefería no saber. El trabajo en la empresa de entretenimiento infantil estaba acabando con la paciencia de Smith, y se mostraba cada vez más agresivo. "¿Estás seguro de que todavía no hemos recibido ningún encargo?" —preguntó. A Jonas no le costó mentir y asegurarle que no había nada para ellos todavía; Smith rezongó, pero lo dejó tranquilo después de unos momentos de tensión.

A McNulty no le gustaba moverse por el distrito financiero, se encontraba fuera de lugar, pero decidió salir cuanto antes. Cuando salía de la pensión del distrito portuario donde se encontraban alojados, la voz de Smith volvió a increparlo.

— ¿A dónde vas con tanta prisa? —Smith escupía un poco de salivilla con cada palabra. Asqueroso.

Jonas inventó una excusa y salió. Vio que Smith le seguía, pero un cambio rápido de taxi bastó para despistarlo.

Jack Finnegan se sentía agotado. Había pasado los tres últimos meses dándole vueltas a la muerte de su compañera, Susan Ward, asesinada de un tiro en la cabeza. De su coche incendiado había rescatado unas notas y una grabadora que no había podido salvar del fuego. Dormir poco más de dos horas por noche destrozaba los nervios de cualquiera, y en comisaría le habían dado la baja por depresión. Aunque ya se sentía mucho mejor, seguía obsesionado y pernoctando dándole vueltas a la información que había caído en sus manos. Iba en contra de las órdenes de su hermano James, el comisario jefe, seguir en la investigación, pero no iba a dejar así aquello. Por fin, hacía un par de días que había encontrado un nombre: Campbell & Weber, una empresa de inversión en el distrito financiero de Manhattan. Así que, dispuesto a aclarar aquello, llevaba dos días vigilando la puerta del edificio donde se encontraba desde la cafetería que había justo enfrente. ¡Y mira qué casualidad! A media mañana entró por la puerta uno de sus nuevos conocidos de Brooklyn, Jonas McNulty, un tipo raro que se dedicaba a entretener niños en fiestas. Aunque ante el ojo experto de Jack Jonas se mostró incómodo al principio, se saludaron efusivamente y pidieron unas cervezas, riendo y comentando la casualidad que los había llevado allí. Su mutua simpatía por la tierra irlandesa y el rencor a los británicos les había hecho empatizar rápidamente. McNulty inventó una excusa y Jack sí que habló más abiertamente de Campbell & Weber.

Thomas O'Hara llevaba preocupado unas semanas. La procedencia del dinero que manejaba Campbell & Weber y, sobre todo, el de sus otros dos colegas Investor Managers parecía cada vez más sucia. Hacía un tiempo que había pedido la ayuda de Joey Wright, uno de los informáticos de la empresa, con quien al parecer compartía un apego por la legalidad que iba más allá de otras lealtades. Joey había hackeado las bases de datos, y los listados que hacía llegar a Thomas cada vez eran más preocupantes. Sobre todo había un cliente, el bufete Westchester Associates, que apestaba por los cuatro costados. También había tenido buen cuidado de aislar el capital de ciertos clientes por si necesitaba dejar precipitadamente a sus socios; lo sentía por su suegro, pero no estaba dispuesto a colaborar con una empresa cuyo capital podía proceder de fuentes delictivas. Se encontraba recalculando unos balances cuando su secretaria, Lisa Berg, le pasó una llamada urgente. Era su hermana Jennifer. Apenas podía entenderla porque hablaba entre sollozos:

— Tienen a Nora, Thomas. Se la han llevado y no sé qué han hecho con ella. Llego a las doce y media en autobús.

Thomas quedó muy preocupado, y excusándose ante Lisa, se marchó rápidamente a la estación de Bronx a esperar la llegada del autobús procedente de Boston.

John Gibbon había tenido una agenda muy atareada en los últimos días. El presidente de distrito Molinaro se mostraba muy activo en la movilización del electorado, y ya se rumoreaba que quería presentarse a la alcaldía de Nueva York cuanto antes. Como miembro de su gabinete, John veía allí la oportunidad de progresar y colaborar en el saneamiento de Estados Unidos, como un buen republicano. La recuperación de los valores tradicionales era fundamental para volver a ser una nación respetada y sana. Pero hacía un par de días había recibido una escueta llamada, de una voz distorsionada:

— Tenemos a su hermana Nora. Cuidado con lo que hace. Espere instrucciones.

Nora. Su hermana más pequeña. Era cierto que se había convertido en una especie de hippy, pero aun así era su hermana. Sin dudarlo un momento, llamó a la policía, que inmediatamente había montado un dispositivo de escucha en su teléfono, con dos agentes atendiéndolo día y noche.

Jack Finnegan, John Gibbon,
Jonas McNulty y Thomas O'Hara

 Inventando una excusa, McNulty dejó a Finnegan y se metió en el edificio de enfrente. En la entrada le pusieron algunos problemas, pues su pinta con chupa de cuero y tejanos dejaba algo que desear, pero alegando que era un repartidor que traía un pedido pudo subir rápidamente a la planta 25, donde se encontraba Campbell & Weber. Las secretarias de recepción tampoco se mostraron muy receptivas, pero la labia de Jonas se impuso y finalmente, aunque le dijeron que el señor O'Hara había salido, lo dirigieron a su secretaria, Lisa Berg. Jack no tardó en seguir a Jonas, entrando en el edificio con muchos menos problemas. En recepción, incluso una secretaria, Jenny Milton, le hizo ojitos y le dio su tarjeta. Mientras tanto, McNulty había trabado contacto con la secretaria de Thomas, a la que instantáneamente había caído mal por sus rudos modales. Cuando Jack entró en el despacho y lo encontró allí se sorprendió, pero un gesto cómplice de Jonas le hizo guardar silencio. Jack se presentó como policía y concertó una cita para dentro de dos días con O'Hara. Acto seguido se marchó sin cambiar palabra con Jonas. Éste, tras un tira y afloja intenso con Lisa, consiguió que la secretaria llamara por teléfono a Thomas, diciéndole que había alguien que quería hablar con él urgentemente. McNulty consiguió citarse a las seis de la tarde con O'Hara en la cafetería de enfrente, tras lo cual se marchó rápidamente; había inventado la milonga de que tenía una furgoneta con un reparto a nombre de O'Hara y no quería que llamar la atención de los de seguridad. En la salida se encontró con Jack, que le preguntó qué demonios hacía él allí. Jonas se lo contaría tomando unas cervezas. Así que se sentaron en la cafetería de enfrente a la espera de que acudiera Thomas O'Hara.

En la estación de autobuses, por fin llegó el procedente de Boston. Tras unos instantes de angustia, al fin bajó Jennifer, que al ver a Thomas corrió a abrazarlo entre sollozos. Él la tranquilizó y se dirigieron a coger un taxi, no sin antes fijarse que dos tipos con gafas de sol y muy serios los seguían. Aquello empezaba a no gustarle a Thomas, que se situó junto a un coche patrulla en la puerta de la estación. Finalmente, pudieron coger un taxi que les llevó a su casa frente a Central Park sin más incidentes. Cuando estuvo duchada y tranquila, Jennifer le contó que había sido testigo del secuestro de una compañera suya en la ONG de Boston American Iniciatives For Children. Unos hombres la habían metido en un coche a la fuerza, golpeándola. Nora Gibbon y ella nunca habían tenido mucha relación, pero hacía varios días que la muchacha se había mostrado más cercana y con un aire muy preocupado; había repetido en varias ocasiones que tenían que hablar a solas cuando tuvieran algo de tiempo. Y en la huida habían intentado atropellarla; de hecho, le dolía una cadera. Thomas llamó al instante a un médico para que atendiera a su hermana, y de repente cayó en la cuenta del apellido de su compañera secuestrada: Gibbon. Hacía poco que Thomas había conseguido un nuevo cliente: John Gibbon, del partido republicano de Staten Island. Tras un par de llamadas, confirmó sus sospechas: Nora era la hermana de John. Sin perder tiempo, llamó a éste por teléfono. Para su sorpresa, Gibbon se mostró frío y calculador, rozando la psicopatía en su opinión, pero le informó de todo lo que sabía.

John trataba de guardar la compostura mientras los policías grababan su conversación con O'Hara. Finalmente quedó con él a las siete de la tarde en la cafetería de enfrente de Campbell & Weber. Los policías le pusieron un micro y le llevaron al punto de reunión, donde esperarían fuera por si tenían que intervenir.

Jack y Jonas se sentaron en la cafetería a comer. Se entabló una larga conversación entre ambos, durante la cual McNulty reveló su condición de policía en Dublín y que había acudido al edificio siguiendo el nombre de Jennifer O'Hara. Enseguida, Jack llamó a su hermano para pedirle el favor de que averiguara todo lo posible sobre Jennifer O'Hara. James lo reprendió por seguir haciendo averiguaciones, pero le aseguró que haría todo lo que pudiera. Siempre tenía tiempo para su hermano, aunque se encontraba muy ocupado con la ola de crímenes rituales. Precisamente en ese momento se encontraba en la escena de uno de ellos, con las entrañas del cadáver dispuestas sobre un altar entre velas e ídolos extraños. Qué asco de trabajo. Era posible que debido a ese tema, Jack tuviera que reincorporarse antes de lo previsto a su puesto. Jack le agradeció su ayuda de todo corazón, quería mucho a su hermano, que siempre se mostraba comprensivo y dispuesto.

Cuando ya llevaban varias cervezas, Jonas recibió una llamada al móvil: Smith. Le montó una bronca de las gordas. Al parecer, se había enterado de alguna manera de que hacía ya un par de días que habían recibido un encargo y él no se había enterado. Con un seco "que te jodan" McNulty dio por terminada la conversación. Puso el móvil en silencio y volvió con Jack, ocultando su preocupación.

Tras un par más de cervezas, Jack se sinceró con McNulty y le contó lo de su compañera asesinada y las sospechas que le habían llevado a investigar a Campbell & Weber. Poco antes de las seis recibió la llamada de su hermano que le dio toda la información de Jennifer O'Hara, que trabajaba en una ONG en Boston y tenía como compañera a Nora Gibbon, la hermana de un político republicano que había sido reportada como desaparecida. Interesante.

Poco después, tras dejar a su hermana y a su mujer en casa, hizo acto de presencia Thomas O'Hara. La tensión durante la conversación se podía cortar con un cuchillo. Los irlandeses se presentaron como policías y preguntaron por su hermana y la ONG. Thomas insistió una y otra vez en que deberían ir a comisaría, y aunque Jack lo puso en línea directa con su hermano, el ejecutivo siguió en sus trece. Aunque cada vez se iba suavizando más y se mostraba un poco más colaborador, no quiso revelar demasiada información. Casi sin darse cuenta, pasó una hora y apareció en la cafetería John Gibbon, andando muy recto y muy serio, actitud que mantuvo durante toda la conversación. A McNulty, paranoico en extremo, le pareció muy rara esa forma de comportarse en alguien cuya hermana acababa de ser secuestrada, pero prefirió callar. Gibbon contestó educadamente a sus preguntas, pero también insistió en que era necesario...

¡BOOOOOOOOOOOOOMMMMMMMM!


Una fuerte explosión sacudió la calle, reventó el cristal de la cafetería, que cayó como lluvia sobre los reunidos, y el techo se resquebrajó y cayó. Los oídos les pitaban y apenas oían nada. Jack se encogió y no pudo reaccionar, con sus traumas disparados. Había gente ensangrentada por todas partes. En la calle, un par de personas destrozadas y un coche ardiendo. McNulty los hizo reaccionar y los sacó de allí rápidamente. Al salir, John pudo ver que el coche que ardía era el mismo en el que habían estado esperando los dos policías que le acompañaban. Le entraron ganas de vomitar. Jonas los condujo hacia el edificio de Campbell & Weber, donde entraron rápidamente mientras coches de policía llegaban a la escena. Cuando reaccionó, Jack llamó a su hermano, que le aseguró que acudiría rápidamente.

Pitándole todavía los oídos, Thomas llamó a su casa para asegurarse de que todo iba bien. Le contestó Jennifer; mientras hablaban,la mujer de Thomas, Anne, se oía de fondo hablando con un hombre.

— Todo va bien, Thomas. Han venido un par de agentes del FBI de tu parte —dijo la muchacha.
— ¿FBI? ¡Yo no he llamado al FBI! ¿Cómo...? —el teléfono se cortó, con un pitido continuo.

Thomas se quedó petrificado, y se dirigió a los demás, gritando que tenían que ir a su casa, su mujer y su hermana estaban en peligro. ¡Y posiblemente su hijo! ¡No!

La policía estaba dispuesta a preguntarles cuando llegó el hermano de Jack, el comisario jefe Finnegan de la 88th Precinct. Para entonces, McNulty había conseguido alejarse un poco del grupo y se encontraba cotilleando la escena del crimen...

jueves, 5 de julio de 2012

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Reparto de PJs


Bueno, por fin tenemos el reparto inicial de Personajes Jugadores para la primera temporada de La Verdad os hará Libres.

El grupo queda como sigue:


JACK FINNEGAN (Pablo)

Descendiente de irlandeses y veterano de la Guerra del Golfo, ahora ejerce de detective de homicidios en la policía en Brooklyn, junto a su hermano James.
JOHN GIBBON (Eric)

Prometedor político republicano nacido en Pennsylvania, de ideología conservadora radical e impulsor del Tea Party en el estado de Nueva York.
Forma parte del equipo de James Molinaro, presidente del distrito de Staten Island.
JONAS McNULTY (Jose)

Irlandés de nacimiento y ex-miembro de una organización que por ahora permanecerá en secreto, ha viajado mucho en los últimos años y ahora trabaja en Nueva York entreteniendo a los niños en eventos infantiles.
THOMAS O'HARA (Salva)

Gerente e Investment Manager de la empresa co-fundada por su suegro, Campbell & Weber Investments Inc., anda últimamente dándole vueltas a la limpieza del origen del capital que maneja su empresa.