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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 5 de enero de 2023

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 34

Nudos en la Vicisitud. Nímbalos. Una Decisión complicada.

Daradoth, Yuria, Symeon, Galad, Faewald, Taheem y Arakariann fueron conducidos en estado de shock de vuelta a Eryn'Mauthrän. Yuria estaba totalmente empapada; Daradoth tenía el brazo derecho impregnado de sangre, y sus ropas tambíen lucían múltiples manchas; Galad gemía, entrando y saliendo de la inconsciencia debido a las heridas que le habían sido infligidas; Symeon, que había sido presa de los nervios y también se encontraba empapado, pudo ver cómo los hidkas, con ayuda de Eraitan y los demás, los conducían a una acogedora casa donde los desvistieron, trataron sus heridas y síntomas, y los pusieron a descansar.

Al cabo de unas horas empezaron a reaccionar por fin. Poco a poco, fueron compartiendo sus vivencias respectivas durante el arrebato de la ceremonia. Faewald se había visto convertido en un comandante de la Sombra, y Taheem había hecho perder la vida a todos los seres que alguna vez había querido. Todos se estremecían al recordar su experiencia. Symeon tomó la palabra:

—No puedo dejar de sentir la incómoda sensación de que, aun habiéndose tratado de un episodio breve y que ahora estamos en una existencia totalmente diferente, todo ha sido real, y no una ilusión, ni un viaje en el tiempo. Es como si simplemente, la realidad... o lo que los hidkas están llamando la "Vicisitud" hubiera cambiado por unos momentos nuestras vidas. ¿Os pasa lo mismo?

Todos asintieron.

—Me aterra eso —dijo Faewald—. Poder convertirme en el depravado en el que me vi transformado. No, no quiero ni pensarlo...

—Bueno —añadió Galad—. Es posible que se haya tratado de una prueba que nos ha puesto Emm... los Avatares, quiero decir, o Luz, o quizá la propia Vicisitud. Creo que nos ayudará pensar eso.

Todos asintieron de nuevo.

Poco después llegaban para interesarse por ellos Cireltar, Neraen, Alynyth y Renarion. A los tres primeros, oficiantes de la ceremonia, incluso con su extraño aspecto, se les notaba extremadamente cansados. Cireltar fue el primero en hablar:

—Buenos días. Nos alegramos de ver que ya os encontráis recuperados. Solo queríamos informaros de que la ceremonia fue un éxito. —Rebuscó entre sus ropas y mostró el orbe al grupo—. Aquí está, el Orbe de Curassil totalmente libre de Sombra.

Galad recibió el objeto. Efectivamente, tenía un brillo hipnótico, y ni rastro de la pátina de Sombra con la que lo habían conocido.

—Por desgracia —continuó Cireltar— tenemos que lamentar la pérdida de tres de nuestros congéneres que no pudieron soportar la reacción de Sombra.

—Mis más sinceras gracias, mis señores —agradeció Daradoth—. No tengo palabras para expresar nuestra gratitud por todo el esfuerzo que habéis hecho. Y si necesitáis cualquier cosa, no tenéis más que pedirla.

Los hidkas guardaron silencio unos segundos. Finalmente, Alynyth rompió el silencio:

—Lo que necesitamos saber es... qué os sucedió allá arriba. Tuvo que ser algo muy grave para que hayamos tenido que tratar vuestras heridas psíquicas y físicas hasta el límite de nuestras capacidades.

Daradoth les contó lo que le había sucedido, seguido por todos los demás. Las narraciones se prolongaron una media hora, y tras unos segundos de silencio, Cireltar habló:

—Eso que visteis es algo realmente extraordinario. Algo que no debería haberle ocurrido a nadie que no pertenezca a la raza hidka. Habéis sido víctimas de un Shae'Nadharas, un... dejad que encuentre las palabras... una "Tensión del Nudo"...

—Pero —interrumpió Symeon—, ¿es algo que ha pasado? ¿Que pasará? ¿O es una vida alternativa que hemos vivido?

—No, no es otra vida —contestó Neraen—. Es... —miró a Renarion—. Bueno, creo que lo mejor sería convocar a esta reunión a Rheesha y Elannion. Como os digo, esto es algo extraordinario, y necesitamos la sabiduría de otros hidkas.

En pocos minutos, otros dos hidkas mujeres, Rheesha y Elannion, llegaban a la casa. Todos tomaron asiento alrededor de la mesa, pues la conversación hasta ahora había tenido lugar de pie.

—Vamos a intentar explicaros esto de la forma más sencilla posible —dijo Elannion, cuando le hubieron explicado por fin todo el episodio que había afectado a los extranjeros—. Tengo entendido que ya habéis entrado en contacto con el concepto "Vicisitud". Pues bien, la Vicisitud es... digamos... como un tapiz donde se borda todo lo que existe. Entendedme bien, esto es solo una simplificación muy grosera para no extenderme durante horas en conceptos metafísicos. En ese "tapiz", cada uno de nosotros, cada planta, cada animal, cada roca, tiene su propia parte, formada por un cierto número de tejidos que divergen, confluyen, se cortan, se bifurcan... las variaciones son infinitas. Cuando los hidkas llevamos a cabo el ritual de la Ascensión, accedemos a esa urdimbre, donde las entidades primigenias Luz y Sombra se encuentran profundamente imbricadas.

»La Vicisitud es el principal campo de batalla de ambas, donde luchan por cada hilo que alguna vez se ha creado. Nadie tiene el conocimiento de por qué esto es así o cuando se produjo tal solape de Luz y Sombra con el tejido primigenio, pero es lo que sucede.

»El caso es que, en la ceremonia que ejecutamos con el Orbe, lo que tuvimos que hacer (y vuelvo a simplificar muchísimo los hechos) fue "cortar" los hilos de Sombra y "alargar" o "unir" los de Luz. Esto puede dar lugar a cambios inesperados en la realidad, debido al retroceso violento que se origina por parte de los Primigenios, pero en ningún caso deberían ser tan trascendentales como lo que os sucedió a vosotros. Que, por otra parte, ha sido absolutamente real —ante esta afirmación, todos rebulleron incómodos—. Parece ser que, por algún motivo desconocido, os habéis convertido en nudos fundamentales del tapiz, nudos que, ante algunas variaciones pueden experimentar lo que llamamos Shae'Nadharas, un evento raro pero no imposible. ¿Qué opinas, Rheesha?

—Estoy de acuerdo —respondió su compañera—. Por lo que explicasteis de vuestras tribulaciones en Essel, deduzco que Luz acumuló sobre vosotros un número ingente de tejidos que os han convertido en algo muy especial, algo que solo sucede una vez en milenios fuera de la raza hidka. Si os parece bien, podemos examinaros a fondo para ver si deducimos más cosas.

El grupo accedió sin dudas, y las hidkas abrieron su ojo frontal. Los observaron durante un par de minutos, haciéndoles sentir la incomodidad que sentían siempre que los observaban con el tercer ojo. Finalmente, Rheesha tomó la palabra:

—Efectivamente, vuestra... "urdimbre" se ha convertido en algo extraordinario. Algo realmente complejo, con confluencias y bifurcaciones que escapan incluso a nuestra percepción. Vuestra urdimbre es ahora muy potente, e incluso nosotros estamos imbricados en ella; seguramente —miró a Cireltar y Neraen, sin atisbo de reproche alguno— nuestros sabios accedieron rápidamente a vuestras peticiones de ayuda debido a ello. Vuestro nudo en el tapiz es tan potente que ni siquiera los de los hidkas los igualan. Debéis tener mucho cuidado en el futuro, pues vuestras acciones implicarán en el futuro la modificación de un número infinito de "tejidos" que tendrán efectos muy profundos en la realidad. Y ahora seréis seguramente un objetivo importante para Sombra, que intentará disputaros a Luz.

Al grupo le costó un largo período asimilar estas revelaciones. Plantearon multitud de preguntas; a algunas de ellas, pudieron encontrar respuesta en los hidkas, pero otras quedaron sin aclaración.

Finalmente, superada la sorpresa de la revelación y satisfechos con las dudas aclaradas, Symeon retomó el tema original:

—Entonces, ¿podríamos contactar ya con Athnariel? ¿El Orbe está restaurado?

—Es posible que podáis contactar con él —dijo Neraen—. Pero dudo que podáis sacar algo en claro de él, ni mucho menos su poder, si quien sintonice con él no es el elegido... el Brazo de Oltar.

—Bien, veremos cómo abordar esa parte en cuanto estemos recuperados.

Una vez zanjado este tema, Renarion sugirió al grupo si sería posible que ellos mediaran con el rey Aldarien de Lasar y el rey Orcalas de Eriniol para que dejaran de enviar delegaciones importunándolos. Daradoth, que se sintió extremadamente halagado, no tuvo más remedio que rechazar la petición, alegando que un exiliado como él y un antiguo príncipe como Eraitan no harían más que agravar las cosas, tanto políticamente como con los hidkas.

Una vez que estuvieron completamente restablecidos el día siguiente, asistieron al funeral de los hidkas muertos durante la ceremonia para presentar sus respetos. No pudieron evitar el llanto durante el acto, pues fue extremadamente emotivo y hermoso. Tras expresar de nuevo su profundo agradecimiento a Renarion y el consejo, el grupo se despidió de ellos, algunos con lágrimas en los ojos ante la perspectiva de abandonar aquel lugar paradisíaco. Symeon acordó con ellos el poder ponerse en contacto a través del mundo onírico, y acto seguido se marcharon.

Ya a bordo del Empíreo, Daradoth mantuvo una conversación con Arëlen e Ilwenn. Informó a la antigua reina de que debían marcharse de Doranna urgidos por las circunstancias, y era libre de permanecer allí si lo deseaba.

—Entiendo por vuestras palabras —dijo ella— que pensáis volver en el futuro.

—Sí —contestó Daradoth—. Pero quizá pasen varios años antes de hacerlo; hay cosas más urgentes que reclaman nuestra atención.

—¿Pero pensáis hacerlo?

—Sin duda —«aunque quizá no sea tan buena idea», pensó, recordando el episodio de traición que había vivido durante la ceremonia de Ascensión.

—Entonces, después de haber esperado más de ocho siglos, unos años más serán solo una brizna. Os acompañaremos. ¿Ilwenn?

—Ya no lo veo —contestó la otra elfa—, pero el otro día vi sobre vos una corona y un río de sangre. Juzgad vos mismo. Por mi parte no tengo nada que me ate aquí, sea pues.

Galad recordó al resto que tenían en el Empíreo varias cartas escritas por el comandante Phâlzigar para los "señores elfos de Doranna" y para el "rey Rûmtor del Erentárna". Estaban cerca de los destinatarios, y quizá era el momento de entregarlas. Decidieron que sería buena idea aprovechar para dar un rodeo a Doranna por el sur, e intentar entregar la carta destinada al rey Rûmtor.

Esa misma noche y tras comentarlo con Eraitan, Symeon decidió entrar al mundo onírico para intentar contactar de nuevo con Athnariel. Se durmió con su facilidad habitual y pronto se encontró en el entorno grisáceo ya familiar para él. La plataforma voladora que era la representación del Empíreo era cada vez más elaborada. Destellos aquí y allá revelaban a los viajeros del dirigible soñando. Ante él, sentado con piernas y brazos cruzados, se encontraba Athnariel, una figura enorme con músculos de acero e impresionantes alas plegadas en semicírculo a su alrededor, cabello largo y ojos dorados que dejaban escapar una especie de humillo hacia los lados; una visión estremecedora, acentuada por el halo de luz difusa que lo envolvía. Más allá, en proa, con las no menos impresionantes alas plegadas a su espalda, podía ver a Dirnadel, el arcángel de Eraitan, mirando hacia lontananza.

Symeon también pudo notar otra presencia: una figura tremendamente difuminada e inestable, en el lugar donde debía encontrarse Daradoth. Sin duda, debía tratarse de Ecthërienn. También podía ver destellos intermitentes de sus amigos, Galad y Daradoth, aun cuando se encontraban despiertos; eso era muy extraño, y tendría que ver con los cambios que los hidkas habían mencinado. «Ya habrá otro momento para dedicarlo a estas cosas», pensó; ahora, la presencia de Athnariel reclamaba toda su atención.

—Hola, mi señor —dijo el errante—. Mi nombre es Symeon. Nos conocimos hace poco, cuando os sacamos de Essel. Sois Athnariel, arcángel de Oltar, si no me equivoco.

—En efecto —contestó el sobrecogedor ser. Su voz iba acorde con su físico: dura, arrolladora.

—¿Recordáis algo de los Santuarios? La Sombra os infectó, y no erais vos mismo.

—No recuerdo nada de lo que habláis, mortal.

Efectivamente, Athnariel no parecía recordar nada de lo sucedido en los últimos siglos, tal había sido la potencia de la ceremonia hidka. Symeon intentó sonsacarle acerca de conseguir el favor de Oltar para poder utilizar su poder en el mundo de vigilia, pero el arcángel, lacónico en grado sumo, se limitó a decir: 

—Si Ecthërienn ya no está, mi señora Nambaríma —otro de los nombres de la avatar— tendrá que elegir.

—Está bien —zanjó Symeon, que miró al cielo, y añadió—: Espero que estéis ahí, mi señora, y nos ayudéis pronto.

El errante despertó, y compartió todo con sus compañeros. Tendrían que continuar con su viaje y luego acudir al Vigía.

La tercera jornada llegaron a la vista de un inmenso monte, parecido al volcán que ya habían visto en las islas Ganrith, pero el doble de extenso. La cumbre se perdía entre las nubes, altísima. Sobrevolaron la costa occidental de la península Caday, con varios asentamientos dispersos, y pronto vieron los primeros pueblos y puestos de guardia en la falda de la gran montaña. Yuria empezó a remontar hacia arriba, ascendiendo progresivamente hacia donde había calculado que se encontraba la ciudadela de Nímbalos.

La Ciudadela de Nímbalos

 

Justo antes de llegar a la cobertura de nubes, Yuria y Daradoth llamaron la atención de los demás. Dos águilas gigantes con sendos jinetes se acercaban rápidamente.

—La Guardia de Águilas de Nímbalos —anunció Daradoth—. Había olvidado que existía. Ondead bandera blanca, ¡rápido!

La tripulación se aprestó a seguir las órdenes de Daradoth, lo que pareció impedir que las águilas les atacaran, acercándose más lentamente. Eso permitió que el elfo identificara tranquilamente a uno de los jinetes. No pudo sino esbozar una sonrisa al reconocer a Ghêrronn, uno de sus mejores amigos cuando había realizado el servicio en los Pasos de Kesarn. Pensó en las palabras de los hidkas respecto a la Vicisitud. Gritó su nombre al reconocerlo.

—¡¿Daradoth?! ¿De verdad eres tú? ¡Estás muy cambiado! —gritó el ástaro mientras su águila daba vueltas al Empíreo—. ¡¿Qué demonio de ingenio es este que te transporta?!

—¡Te lo explicaré en otro momento! ¡Ahora necesitamos ver a vuestro rey!

Ghêrronn les indicó un punto donde anclar el dirigible para hablar más tranquilamente y así lo  hicieron. Daradoth y él se dieron un fuerte abrazo, recordando su profunda amistad.

—¡Qué cambiado estás! Tienes hasta canas. Me enteré de lo que te había pasado, nunca creí las acusaciones, pero viendo a tu dama —miró hacia Ethëilë, asomada a la borda del Empíreo— lo comprendo.

Daradoth le explicó por qué se encontraban allí, y le mostró la carta.

—Pues me temo que el rey no podrá recibiros, no se encuentra en Nímbalos. No sé si habréis oído hablar de los nuevos llegados, los que se hacen llamar a sí mismos ilvos.

—Sí, ya nos hemos enterado.

—Son una máquina de guerra. Han atravesado el océano Argivio y destrozado la mitad de nuestra flota. Además, han traído consigo grifos, wivernas e incluso creo que algún dragón. De momento son imparables. Ya hemos solicitado ayuda a Doranna. Así que, como comprenderéis, será imposible que la Corona pueda prestar ninguna ayuda al Pacto.

—¿Podríamos entonces entregar esta carta a otra persona?

—Sí, supongo que podéis dársela al castellano, a lord Avranôr. Por ser quien eres, os escoltaremos hasta allí.

Y así lo hicieron. Entraron en la magnífica Ciudadela de Nímbalos y, en un breve encuentro, hicieron entrega de la carta de Phâlzigar a lord Avranôr. Pocas horas más tarde, se encontraban de nuevo en el Empíreo poniendo rumbo hacia el Valle del Exilio.

*****

Más o menos a mitad del viaje, les llamó la atención una gran columna de tropas ercestres que viajaba hacia el suroeste por las praderas del centro del país. Seguramente se dirigirían a la frontera con el Káikar, siempre en litigio.

La novena jornada avistaron la familiar niebla que cubría permanentemente la localización del Valle. Allí fueron recibidos con regocijo por los miembros del Consejo, que escucharon con ansiedad y atención todos los detalles de los hidkas y la ceremonia. No dudaron en expresar su admiración por las hazañas del grupo. Incluso les ofrecieron un puesto en el consejo del Vigía, que rechazaron educadamente. Respecto al orbe, Irainos se mostró profundamente agradecido.

—Sentimos profundamente las vidas hidkas perdidas en el proceso —dijo el líder del Vigía.

Daradoth sacó la redoma que albergaba el alma de Ecthërienn de su bolsillo.

—Como ya os hemos explicado —dijo, refiriéndose a la narración de los hechos que ya habían referido unos minutos antes—, al parecer solamente el Brazo de Oltar podrá esgrimir el poder de Athnariel. Y el alma de Ecthërienn se encuentra encerrada aquí. Ya planteamos a los hidkas la posibilidad de restaurarlo en un cuerpo, y las implicaciones parecieron preocuparles.

—Realmente —manifestó Annagraenn—, el orbe no nos sirve de nada entonces si no encontramos el Brazo de Oltar. Y tengo la sensación de que, mientras Ecthërienn siga con vida, no vamos a encontrar a ningún otro. Por tanto, he aquí la decisión que tenemos que tomar: ¿acabamos definitivamente con la vida de Ecthërienn o intentamos restaurar su alma en un cuerpo de alguna manera?

El silencio se hizo en la sala.

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