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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

lunes, 17 de noviembre de 2025

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 16

Batallas en Undahl (III)

—Otro problema —dijo Ilaith en la reunión de urgencia que siguió— es que entre los prisioneros que han tomado se encuentra el príncipe Deoran Ethnos y algunos miembros de su corte. Si no queremos provocar un levantamiento en Ladris, deberíamos hacer todo lo posible por rescatarlos.

—Perdonadme, mi señora —la atajó Yuria—, pero esa cuestión la veo fuera de toda consideración por el momento. Si llega el momento en que tenemos que amainar las corrientes políticas en Ladris nos encargaremos, pero el problema militar es lo que en estos momentos debe requerir toda nuestra atención.

Ilaith permaneció pensativa durante unos momentos. «¿Habrá llegado Yuria al límite de su paciencia al fin?», pensó Symeon.

—Sí, tenéis razón, Yuria —reconoció Ilaith, afirmando con la cabeza—. Como siempre. 

«Nunca dejará de sorprenderme esto».

Se entabló a continuación una conversación acerca del curso a seguir, donde varios se preguntaron las razones de que las tropas se hubieran retirado a la costa en lugar de tomar la capital. Yuria dio varias posibles causas: fallos en la coordinación, retrasos de la flota, o quizá, tras el fracaso en capturar o asesinar a Ilaith, intentar asestar un golpe estratégico en Eskatha u otra capital.

—En cualquier caso, no podemos arriesgarnos a que embarquen y nos ataquen en otro punto. Dad orden a las tropas de ponerse en marcha inmediatamente —ordenó Yuria—. Los enfrentaremos en el valle.

—Sí, tenemos que aprovechar que los elfos peregrinos han tomado su propio camino y se han separado de ellos —coincidió Galad.

Tras un descanso de cinco horas para evitar entablar combate por la noche, las tropas se pusieron en marcha, coordinando el paso para llegar a la boca del valle con la luz del amanecer.

A la luz de las antorchas, las legiones avanzaron por ambas orillas del río a través de un terreno benigno y abierto que no les ocasionó mayores problemas en su rápida marcha. Los dirigibles fueron desplegados varios kilómetros en retaguardia, alerta ante posibles incursiones enemigas que hicieran uso de portales. Ilaith cabalgaba enfundada en una trabajada armadura lacada de negro al lado de Yuria y el resto.

La placidez de la marcha se vio interrumpida poco antes del amanecer. Después de haber pasado de largo varias aldeas y puertos de pescadores, por fin el terreno empezó a abrirse hacia el mar. Pero la visibilidad no mejoró. Lejos de eso, empeoró. El sol se intuía levantándose sobre el horizonte oriental, pero todo se veía empañado por una niebla de color oscuro.

Y la niebla se hacía cada vez más densa. El vello de la nuca de Daradoth se erizaba, y en su espalda notaba los escalofríos familiares por la presencia de Sombra.

—Esto da al traste con nuestros planes  —se lamentó Yuria.

—Malditos sean esos engendros —maldijo Daradoth.

Detuvieron el avance para reevaluar la situación. 

—Ahora somos vulnerables a cualquier ataque. Rythen, Gerias, dad órdenes para formar en posición de defensa heptante, como os enseñé hace unos días.

«¿Qué demonios será la "defensa heptante"?», pensó Galad. «Realmente Yuria ha ganado ascendiente más allá de toda oposición. El mariscal y el general acatan sus órdenes sin rechistar. Increíble».

Symeon planteó la posibilidad de que él mismo y Daradoth se infiltraran para encargarse de quien quiera que estuviera extendiendo aquella bruma sobrenatural, pero la idea era demasiado arriesgada.

—Deberíamos retroceder —sugirió Daradoth.

—¿No creéis que lo han hecho para retrasarnos y marcharse en los barcos? —preguntó Symeon.

—Es posible, pero no deberíamos arriesgarnos —contestó Galad—. Nos han estado observando con esos malditos cuervos, y creo que saben exactamente dónde estamos y cuántos somos.

—Además, si pudierais atacar al enemigo sin que os vieran, ¿no lo haríais? —inquirió Yuria, haciendo el silencio. 

—Tal como lo veo —continuó Galad al cabo de unos momentos—, si no queremos retirarnos, nuestra única posibilidad es desplegar a los paladines en vanguardia y pedir ayuda a Emmán para que nos permita detectar a los engendros; ya sabéis que es uno de los dones de los que disponemos. Y, una vez que los detectemos —bajó la voz instintivamente—, podemos usar nuestras habilidades como Shae'Naradhras para deshacer esta maldita niebla.

—Me parece muy buena idea —dijo Yuria—. Es evidente que ellos esperarán que nos demos la vuelta y nos retiremos, y apostaría a que ya se están moviendo para atacarnos desde el norte, lo que sería nuestra retaguardia. Si hacemos lo que sugiere Galad, tendremos el factor sorpresa de nuestro lado. Siempre que podamos deshacer la bruma, por supuesto. 

Todos estuvieron de acuerdo en llevar a cabo el plan. Se aprestaron los paladines a varios cientos de metros en el frente, y el grupo se preparó en un pequeño promontorio del terreno, listos para concentrarse e intuir las hebras de la realidad. 

Más o menos a las nueve de la mañana, un grupo de paladines dio la voz de alarma. Los enemigos venían desde el norte, como había supuesto Yuria. Las tropas se aprestaron para el combate, prevenidos sus comandantes de los planes de contraataque.

El grupo se concentró en lo alto de la elevación, protegidos por Taheem, Faewald y la guardia de élite de Ilaith.  Y esta vez fue Yuria la que expandió su consciencia lo suficiente.

—¿Lo notáis? —dijo—. Miles... millones... no sé, más, hilos de Sombra invadiéndolo todo. 

—Yo los siento —dijo Daradoth—, pero no consigo  alcanzarlos para cortarlos. ¿Tú sí?

—Sí... creo que sí. Voy a cortarlos.

—Adelante. Es nuestra única posibilidad.

Yuria manipuló las hebras y alteró las innumerables vibraciones que las rodeaba, cortando una cantidad enorme de hilos y provocando lo que percibió como una reacción en cadena.

La niebla desapareció, y el sol brilló por fin, apenas se veían nubes en el cielo. El contingente de ogros y elfos oscuros se detuvo a varios centenares de metros de distancia, confundido. Miles de engendros de la Sombra era más de lo que podía manejar la voluntad de Daradoth, cuya visión se tornó roja casi al instante de verlos; empuñó a Sannarialáth, que brilló como plata líquida, y se lanzó al combate.

—¡Ahora! ¡Al ataque! —bramaron los generales, que habían estado esperando ese momento.

Galad corrió a ponerse al frente de los paladines, seguido por Symeon, y con una silenciosa plegaria empuñó a Églaras, mientras sus hermanos se enlazaban. Al punto sintió la presencia divina de Norafel, pero esta vez el arcángel no lo avasalló ni pareció regir sus actos. Galad, en cambio, notó como si alguien lo agarrara abrazándolo del pecho y lo llevara, a la velocidad del pensamiento, hacia arriba.

La calma era total, y la quietud blanquecina inducía al autoconocimiento absoluto. A su lado, una presencia imponente, celestial, primigenia, que emanaba un aura gloriosa de virtud que lo llenó de bienestar y calor reconfortante.

Emmán.

No pudo ver su rostro. Una luz divina y cegadora emanaba de los pliegues de la capucha de su túnica etérea. A su lado, otras dos figuras ataviadas de forma parecida, con los rostros también invisibles por luz de distintos tonos. Tras estas tres, otros tres seres célicos de mayor tamaño, con alas de luz pura y presencia avasalladora. Arcángeles.

Galad se encontraba sobrepasado por la situación, pero muy feliz. No podía apartar la vista del rostro de su Dios, incluso cuando le quemaba y le cegaba. Para su regocijo, Él le habló, con una voz polifónica,  atronadora pero tranquila, severa pero amable:

—Debes comprender, hijo mío, que solo hay una opción. No hay ninguna otra solución. Sé que tu mente mortal no es capaz de abarcar eones de tiempo insondable y universos de espacio inabarcable, pero ten por seguro que es lo único que podemos hacer. Quiero que veas la necesidad, y quiero que llegado el momento lo hagas sin dudar. Pues yo soy la virtud y la gloria, y hablo con verdad. Y de otra manera, todo se destruirá y no habrá posibilidad de sanarlo. Ahora ve y haz lo que tengas que hacer.

Algo tiró de Galad hacia abajo esta vez. Al volver en sí, solo había pasado un instante, un segundo. Los paladines cantaban cánticos en honor de Emmán, y ya lanzaban su poder hacia los enemigos. La fuerza de Norafel se unía a él y lo henchía de poder. Se lanzó al combate.

Yuria, saliendo del estupor que le había provocado cortar los hilos de Sombra, se encontró  con la batalla dispuesta. Su ojo experto evaluó la situación a su alrededor, y sonrió. «Tal como había previsto».

Una Kothmor, una de las dagas negras de los kaloriones, pasó a escasos centímetros de Daradoth, que reaccionó apartándose por pura mezcla de instinto y suerte. Al menos, ver la muerte tan cerca le permitió recuperar el autocontrol. A lo lejos, Symeon pudo ver cómo la daga que casi impacta a su amigo volvía a la mano de una elfa oscura que comandaba una de las legiones del flanco derecho. Daradoth, se lanzó al frente de las tropas intentando alcanzar a su atacante. Galad, alertado por Symeon, dio órdenes a un círculo de paladines para actuar contra la comandante, y el errante activó los poderes de su diadema, aturdiendo y derribando a los enemigos a su alrededor.

La elfa oscura, viendo a Daradoth acercarse a ella, sonrió y extendió su mano hacia el elfo, mientras gritaba algo y parecía envolverse en sombra. Daradoth comprendió enseguida lo que sucedía, e interpuso a Sannarialáth, haciendo un uso intuitivo de su aura de Luz. Con un leve escalofrío notó que algo chocaba contra ella y se disipaba. La elfa cambió el gesto por uno de estupefacción; esta vez fue Daradoth quien sonrió. Lanzó la espada, que se convirtió en un relámpago plateado extremadamente veloz e hirió a la elfa en un hombro. Cruzaron la mirada, y cuando ella estaba a punto de actuar, un rayo de luz pura procedente del círculo de paladines le impactó, causando una explosión de esquirlas luminosas. La elfa rugió con un grito de dolor, y fue despedida hacia atrás, perdiéndose entre las filas de sus tropas.

Desde su posición, Yuria podía ver en el centro del despliegue enemigo un área de penumbra que delataba la presencia del Brazo desconocido, pero de momento resultaba imposible llegar hasta él.  Comenzó a dar órdenes para que las tropas a la izquierda maniobraran y apoyaran al centro.

La batalla estalló en toda su crudeza, con los enemigos fuera de posición debido al ataque inesperado de las fuerzas de la luz y el sol brillando en lo alto. El flanco izquierdo de la sombra no pudo resistir la potencia del flanco derecho de las tropas de Ilaith, con el grueso de las legiones, los paladines, Daradoth, Galad y Symeon luchando en ese lado y la elfa oscura fuera de combate; la resistencia no llegó ni a las dos horas completas.

Poco después, con el centro de los enemigos acosado por la superioridad de tropas aliadas, la elfa oscura armada con la kothmor y rodeada de sombra reapareció con una guardia de elfos oscuros vestidos de forma extravagante. Y por fin pudieron avistar a lo lejos una figura alta y robusta envuelta en un aura de penumbra y armada con una gran lanza que parecía causar estragos entre sus soldados.

No obstante, sin su flanco izquierdo los enemigos no pudieron aguantar mucho tiempo y al cabo de un par de horas más no tuvieron más remedio que tocar a retirada. Yuria dio orden a parte de sus tropas de perseguirlos y acabar con tantos de ellos como se pudiera antes de que llegaran al mar.

Poco antes había llegado la noticia de que un contingente de tropas enemigas se acercaba desde el sur, unas dos legiones en total, pero su avance se había ralentizado al disiparse la niebla. Cuatro legiones y media se dirigieron a su encuentro al mando de Loreas Rythen, con los paladines y el grupo, mientras Yuria encabezaba a las tropas que perseguían a los enemigos hacia el norte. 

Las tropas del sur no pudieron ofrecer mucha resistencia, pues no había muchos ogros ni elfos oscuros en sus filas. Se hicieron multitud de prisioneros, y por fin las tropas de la luz pudieron celebrar una gran victoria en el campo de batalla. «Ahora es momento de ir tras ese brazo y la elfa oscura, y aplastarlos totalmente», pensó Galad.


lunes, 3 de noviembre de 2025

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 15

Batallas en Undahl (II)

Con ayuda del catalejo pudieron ver claramente cómo los enemigos habían destacado un contingente al otro lado del vado, donde se encontraban fortificando mediante zanjas y estacas la orilla del río. Estaba claro que no iban a poder cruzar por allí. 

Convocaron urgentemente a Gerias y al resto de generales de las legiones para transmitir el próximo plan de acción. Yuria lo expuso todo sucintamente:

—Con la situación actual, cruzar el vado no es una opción, y las legiones enemigas tienen el paso expedito prácticamente hasta Safelehn. Debemos avisar a Ilaith y reorganizar nuestras tropas. Por suerte, tenemos los dirigibles.

—Enviemos rápidamente al Empíreo para que movilice la legión intermedia y nos sirva de refresco; y que cruce el río —sugirió Galad.

—Sí, buena idea, lo haremos. —Mientras los edecanes desplegaban un mapa, pensó unos instantes y a continuación se dirigió a Orestios y a Aznele, que parecían totalmente agotados—: Embarcad inmediatamente a todos los paladines en el Horizonte, que descansen lo que puedan mientras nos movemos.

En poco más de una hora las tropas estaban preparadas, y los dirigibles descendieron lo más lejos posible del cruce del río. Mientras los paladines embarcaban en el Horizonte y varios mensajeros hacían lo propio en el Empíreo, Yuria dio instrucciones muy concretas al capitán Suras.

—Una vez que hayáis dejado a los mensajeros en el punto acordado para que reúnan a todos los destacamentos de la legión, dirigíos rápidamente a Safelehn. Faewald os acompañará para informar a Ilaith de que salga de allí rápidamente con el Nocturno. Y después regresad, tan rápido como podáis. Muchas cosas dependen de vos, Suras, no me falléis.

—Perded cuidado, mi señora —dijo el capitán, irguiéndose orgulloso—, en pocas horas regresaré a vos.

Poco después, sin apenas descanso, Yuria puso a Gerias al frente de las tropas en marcha hacia el norte. Mientras tanto, ella misma, Galad, Symeon y Daradoth recorrerían la ribera oriental del río a bordo del Horizonte, para intentar observar desde una altura prudencial a los enemigos.

No pasó mucho tiempo antes de que sucediera algo. Un leve resplandor a lo lejos llamó la atención de Daradoth, que se apresuró a observar con la lente ercestre. El resplandor parecía proceder de una gran roca, o quizá del espacio entre dos grandes rocas. Un grupo de jinetes enemigos se encaminó hacia él, desapareciendo cuando llegó a su altura. 

—Maldición —compartió con los demás—. Creo que son capaces de transportar a sus tropas mediante portales —observó más allá, para ver si detectaba la salida, pero no pudo ver nada.

—Eso son muy malas nuevas —dijo Symeon—. Confiemos en que su alcance sea limitado, si no, Suras no será capaz de llegar a tiempo a Ilaith.

El errante entró al mundo onírico, para asegurarse de que los enemigos no estaban utilizando portales a través de él. Y así fue, el porta debía de ser puramente mágico, no había rastro en el mundo onírico. Aprovechó para conversar brevemente con Nirintalath, anunciando que el momento estaba a punto de llegar. Norafel aparecía también a bordo de la manifestación del dirigible, encogido y ausente.

De nuevo en la cubierta del Horizonte, Galad sugirió al resto:

—Visto que avanzan rápidamente gracias a esos portales y están dejando el campo libre, quizá podríamos aprovechar para reunir y reorganizar la legión que se comportó tan heroicamente. Seguramente sus soldados estarán disgregados por las colinas de allá abajo.

—Sí, muy buena idea —coincidió Symeon.

Y así lo hicieron. Emplearon el resto de la noche en encontrar supervivientes de las legiones que se habían enfrentado al otro lado del vado con las fuerzas de la Sombra, y que habían tenido un comportamiento tan bravo. Pronto vieron los primeros puntos de luz correspondientes a fogatas de pequeños grupos, y para el amanecer ya habían conseguido reunir un contingente de cuatrocientos soldados junto al cauce del río, incluyendo entre ellos al general de la "legión de los héroes",  Worhen Surasen, herido en varias partes del cuerpo, que fueron tratadas inmediatamente por las habilidades divinas de Galad. El general se sintió algo avergonzado, pero también orgulloso, ante tamañas atenciones, y ante las sinceras felicitaciones que el grupo le dio por su comportamiento. Incluso algunos oficiales no pudieron contener las lágrimas al recordar la dureza de la batalla, donde habían sido superados en número por mucho.

—Me aseguraré personalmente de que todos vosotros tengáis la condecoración que os merecéis de las propias manos de lady Ilaith —les dijo Yuria, enardeciéndolos—. Pero ahora no hay tiempo que perder. En cuanto hayáis descansado, debéis partir hacia el norte y esperar en la fortaleza del segundo puente. Allí esperaréis tropas e instrucciones.

—Por descontado, nos pondremos en marcha lo antes posible. 

Plenamente satisfechos, el grupo puso rumbo al oeste para unirse a las tres legiones que viajaban hacia el norte a lo largo del otro lado el río. En la intimidad de su camarote, Daradoth pudo por fin acabar de asimilar los conocimientos presentes en el libro llamado "De las Vías de la Luz", que habían encontrado hacía ya muchos meses en Essel. Se concentró, y vio con una sonrisa cómo sobre la palma de su mano aparecía una pequeña esfera que iluminó su entorno. Ufano, apoyó la cabeza en la pared y aprovechó para dormir.

El día siguiente se unieron a las tropas en la fortaleza occidental del antiguo puente sobre el río, ahora destruido. Por la noche, una enorme bandada de cuervos los sobrevoló durante demasiado tiempo.  

—Sin duda nos están vigilando —dijo Symeon—. Y lo peor es que es posible que ya hayan visto el Horizonte

—Pero —objetó Daradoth— no sabemos si nos vigilan directamente a través de los ojos de los pájaros, o son estos los que después les informan. No perdamos la esperanza, y asumamos esto último; quizá el dirigible quede fuera de su entendimiento.

—Espero que sea así.

La mañana siguiente, los ingenieros enanos, ayudados por cuantos soldados fueron necesarios, se pusieron a construir un puente de pontones que  facilitaría el paso de tropas entre las fortalezas, sirviendo como sustituto del antiguo puente de piedra. Mientras tanto, el Horizonte serviría como puente volante y transportaría tantas tropas como pudiera a lo largo de todo el día, acortando el tiempo de cruce. Cada hora era vital. Más o menos a mediodía, la "legión de los héroes" llegaba a la fortaleza del otro lado, reuniéndose con las tropas que ya habían cruzado. A lo largo de todo el día, varias bandadas de cuervos sobrevolarían sus campamentos, no tan numerosas como la primera que habían visto.

Por la tarde, con el sol todavía alto, los vigías informaron de dos dirigibles que se aproximaban desde el noreste. El Empíreo y el Surcador. Yuria sonrió. «Como esperaba, Ilaith no ha huido, sino que ha venido donde se siente más segura: con nosotros».

Saludaron efusivamente a la canciller, vestida adecuadamente con ropa de campaña. Iba acompañada de su guardia personal de maestros de esgrima y de la pareja de paladines de Osara que siempre la protegía.

—Siguiendo vuestras instrucciones —miró a Yuria— di orden de que se disgregara el campamento de Safelehn, reestructurándolo en el punto que me indicasteis en vuestro mensaje. —Yuria había tenido buen cuidado de no compartir aquel punto con nadie, para evitar filtraciones.

Acto seguido pusieron al día a lady Ilaith de sus planes y las capacidades de los enemigos, y le dieron todos los detalles de la situación. 

La mañana del día 1 de agosto, las legiones completaron su paso sobre el río. Al otro lado, se incorporó al contingente con todos los honores a la legión del general Surasen. El general y sus soldados fueron oficialmente saludados y honrados por Ilaith y Yuria en un breve e informal acto donde se les prometieron las más altas condecoraciones una vez se consiguiera la paz. Poco después, las tropas reanudaban la marcha hacia el norte y el día siguiente se encontraron por fin dos legiones encabezadas por Loreas Rythen, a las que habían mandado marchar hacia el sur. 

Después de incorporarlas al orden de batalla y poner a Rythen al corriente de la situación y de todo lo que había sucedido, Yuria dirigió una mirada valorativa a su ejército. «Seis legiones y media», pensó; «en otras circunstancias la habría juzgado una fuerza impresionante, pero en esta ocasión no sé si bastarán. Y debemos redoblar la marcha». 

Tras dar las órdenes pertinentes, el grupo se volvió a embarcar en el Empíreo, acercándose rápidamente hacia Safelehn. Cuando se acercaban a las montañas, vieron grandes columnas de humo alzándose hacia el noreste.

—Eso debe de ser Safelehn —estimó Daradoth.

Ganaron altura para evitar la vista de los elfos oscuros, y se acercaron hacia la ciudad. Llegaron al anochecer. Daradoth alzó la lente ercestre y observó. La mayoría de la ciudad parecía haber caído y las llamas se alzaban por doquier.

—Parece que la ciudadela resiste todavía —informó el elfo—. Pero no parece que pueda hacerlo por mucho tiempo, dos de las torres ya han sido destruidas, y la muralla parece maltrecha. Y allá... —Daradoth calló por unos instantes, los demás vieron cómo apretaba los dientes—. Por Nassaröth bendito...  un reptil volador acaba de alzarse sobre la torre principal, ¡y ha exhalado una bocanada de fuego!

—¡¿Un dragón?! —exclamó Symeon, que intuía a duras penas la lengua de fuego sobre la ciudadela—. Si es así...

—No, no creo que sea un dragón. No parece tan grande. Y ahí veo otro. 

—Wivernas entonces.

—Creo que así las llamaban en la antigüedad, sí.

—Extraordinario —susurró Fajjeem, que se afanaba en tomar notas. 

Daradoth bajó el catalejo, y todos se miraron con preocupación. 

—Ahora sí que dependen de nosotros —dijo firmemente Faewald, mirando la espada alada en la espalda de Galad y la caja con incrustaciones de kregora que custodiaba Symeon.

—Sin duda —corroboró Yuria. 

—Pero no sé de qué manera podemos ayudarles —Galad parecía atormentado.

—No podemos, Galad. Tranquilo —lo consoló Daradoth—.  Debemos volver lo antes posible y traer a los paladines y las legiones. —Apretó los labios y añadió en voz baja—: Hay que acabar con ellos de una vez por todas. —«Hasta el último de esos malnacidos», pensó. 

De mala gana y compungidos,  pusieron rumbo hacia el suroeste.

Mientras así lo hacían, Daradoth recibió un mensaje a través del Ebyrith, que se había llevado Arakariann a bordo del Surcador, y que se encontraba más al sur. Al parecer, el extraño grupo de seis elfos se encontraba aproximadamente a una jornada de viaje al sur de Safelehn, dirigiéndose hacia el oeste. «Entonces, ¿no son capaces de detectar a Ilaith?».

—Alejaos de ellos, Arakariann, son muy peligrosos —advirtió Daradoth, que luego se giró hacía sus compañeros—. Arakariann está viendo al grupo de seis elfos, al suroeste de aquí, ya le he advertido que se aleje. No sé si podríamos intentar algo.

—Voy a intentar detectarlos —anunció Symeon, que a continuación cerró los ojos y se concentró.

No tardó en sentir las incontables hebras vibrando a su  alrededor, y la pequeña perturbación que provocaban los peregrinos elfos pronto tuvo ecos en ellos. La siguió, casi imperceptible, hasta que sentir la inmensa maraña de hilos y nudos que componían a los extraños seres.

—Los estoy sintiendo —informó—. Y creo que puedo alterarlos para que dejen de ser un problema.

—Mucho cuidado Symeon —advirtió Yuria—. Ya sabéis lo que pasó cuando encontramos a Valerian. 

Symeon empezó a manipular y cortar filamentos. Pronto sintió cómo una extraña fuerza se oponía a lo que estaba haciendo, y una sensación extraña que solo supo calificar como una especie de latigazo de frío. Aun a pesar de la oposición, siguió intentando cortar y anular, pero la tensión fue demasiada, y finalmente optó por dejar aquello, pues no estaba seguro de que, debido a la presión ejercida para vencer aquella resistencia no perdiera el control en algunos cortes y derivara en un desastre. Tampoco podía olvidar la presencia de los titanes oníricos que parecían acudir ante la presencia de cualquier alteración de la vicisitud.

—No me atrevo a seguir. Me costaba mucho mantener el control de lo que hacía. Esa resistencia que he sentido... era muy extraña. Fría. Temo pensar que fuera Sombra.

—Seguro que lo era —terció Galad—. Sombra está imbricada en todo. Aunque no sean seres de Sombra, es posible que ella los proteja. Mi duda es si pueden ser redimidos.

—Yo pienso que sí lo pueden ser —la imagen de Ashira vino por un segundo a la mente de Symeon—. Por eso no traté de borrar su existencia, solo borrar de alguna manera sus recuerdos y ver si así podía borrar también su odio a la Luz. No sé cuáles habrán sido los efectos reales.

—Hiciste bien. Ahora debemos continuar. Y estar más alerta.

Decidieron continuar junto a las tropas y, cuando llegaron dos jornadas más tarde a Safelehn, la ciudad ya había caído. Sorprendentemente, los enemigos no habían dejado ninguna guarnición ni oposición. Se habían llevado bastantes prisioneros y habían saqueado el tesoro y los víveres, pero no habían tomado posiciones. Los supervivientes informaron al grupo de que las tropas de la Sombra, una vez acabada la batalla, habían partido hacia el norte.

—¿Hacia el norte? ¿Por qué viajarían hacia el norte? —se preguntó Galad en voz alta.

Yuria abrió los ojos cuando pareció darse cuenta de algo.

—Barcos. Maldición, van hacia la bahía. Allí se puede atracar. ¡Vamos, debemos ponernos en marcha! 

Tras descansar  brevemente, las tropas se pusieron en marcha a primera hora.

—¿Enviamos a los dirigibles en avanzada?  —sugirió Ilaith, que ya se había reunido con ellos.

—A estas alturas ya no podemos estar seguros de que los desconozcan —contestó Yuria, pensando en las numerosas bandadas de cuervos que habían avistado en los últimos días—. Es mejor ser cautos. Enviaremos solo al Surcador, con Daradoth.

A Daradoth no le hizo falta una travesía de muchos kilómetros para, con ayuda del catalejo, ver  que el amplio valle se abría aún más hasta el mar, y allí en la costa ver atracados más de media docena de enormes galeones negros. Y más cerca, el contingente de la Sombra, que parecía haber sido reforzado con más tropas. Parecía que una de las legiones estaba embarcando, o quizá desembarcando. Volvió al punto para informar a sus amigos.

—Si los han reforzado con más tropas —dijo Yuria— no hay razón para creer que se van a retirar. Pero debemos decidir si los enfrentamos a marchas forzadas intentando cogerlos por sorpresa o nos acercamos con más calma y preparación. Todo depende de cuáles sean sus intenciones.