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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 19 de febrero de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 21

Resistiendo el Asedio. Llegan Refuerzos.

El viaje de ida y vuelta de Galad a Eskatha le llevaría en torno a diez jornadas, sin contar la preparación logística y la reunión de los paladines. Confiaban en que el general a quien Daradoth había confrontado mantuviera la sugerencia forzada de no atacar en siete días, pero aun así no sería suficiente para contar con que los paladines reforzaran la defensa.

Viendo lo prolongada que iba a ser su ausencia, Galad dio órdenes al capitán Suras para dar un pequeño rodeo hacia el sur. El Empíreo llegó así a Doedia, la capital de Sermia, donde la reina Irmorë, la duquesa Sirelen, los bardos y el resto de nobles lo recibieron con todos los honores.

—Hace poco recibimos el mensaje de lady Ilaith  —dijo la reina—. Estamos preparando todo para que la legión del Ducado de Filtar parta hacia Esthalia en unas horas. 

—Precisamente iba a enviar la nota lacrada cuando nuestros vigías avistaron el dirigible —añadió la duquesa.

Galad también aprovechó para mantener una breve conversación con los paladines que habían dejado destacados en Doedia, que se alegraron sobremanera al verlo. Le contaron algo inquietante:

—Hace unos días sucedió algo muy extraño. Hubo un temblor de tierra, fue como un terremoto, pero... fue como algo...

—Algo elástico —añadió otro de los paladines—. El castillo pareció alargarse, y luego encogerse. Fue realmente singular.

«Debió de ser el terremoto que observamos desde el Empíreo, esa especie de ola en la tierra», pensó Galad, que intentó tranquilizar a sus compañeros:

—Cosas extrañas están sucediendo por toda Aredia, hermanos; pero con la voluntad de Emmán de nuestra parte, todo se arreglará. Confiad en mí.

Aquellas sencillas palabras tuvieron un efecto impresionante; los paladines parecieron erguirse y sus ojos brillar con el fulgor de la fe.

Sin tardanza, Galad se puso de nuevo en marcha hacia Eskatha, informando a Daradoth a través del Ebiryth de que pronto llegaría una legión desde el sur.

En Rheynald, los enemigos seguían con la construcción de máquinas de asedio y preparando sus tropas, pero en los siguientes días no parecieron tomar ninguna acción ofensiva. «Menos mal», pensó Daradoth, «es preferible que Symeon no tenga que utilizar la Espada del Dolor, por lo que pueda pasar».

Un par de días después de la partida de Galad, Symeon se dirigió a reunirse con Azalea, Stavros y el resto de los errantes. La muchacha se alegró muchísimo cuando lo vio, y se abrazó a él. Bastante rato, para turbación de Symeon, que intentó olvidar a Ashira mientras aspiraba el suave aroma a jazmín de Azalea. Tras la alegría inicial, los errantes no pudieron ocultar su sorpresa ante el aspecto de Symeon; más alto, más recio, más... impresionante. Tras asegurarse de que todo estaba bien en el campamento apelotonado dentro de los muros, esa misma noche decidió entrar al mundo onírico. Nada más dejar su yo de vigilia y entrar en la dimensión superior, el errante notó que el suelo a sus pies estaba inestable, como si fuera a quebrarse en cualquier momento; le costaba horrores mantenerse en pie, y notaba que, inminentemente, el firme se iba a hundir. Nirintalath, en su aspecto de muchacha, lo observaba sin denotar emociones. Alargó su mano hacia ella, presa del pánico, recordando la vez anterior que había sucedido esto y que se había hundido hacia lo que suponía que era la dimensión de Dolor. 

Gritó, desesperado, y haciendo uso de todo lo que había aprendido durante los últimos meses consiguió aguantar lo suficiente para salir sano y salvo, aunque profundamente agitado, al mundo de vigilia. Daradoth, vigilando, solo había visto cómo Symeon se agitaba inquieto un par de segundos. El errante despertó, convulso.

La sexta noche desde la partida de Galad, sobre las tres de la madrugada, Daradoth se encontraba inspeccionando el muro del bastión norte tras haber descansado en el breve sueño de los elfos. De pronto, por pura casualidad, algo llamó su atención. Se asomó entre las almenas y vio cómo varias figuras vestidas con ropajes oscuros estaban escalando el muro. Dio la voz de alarma y desenfundó a Sannarialäth, que refulgió con su luz plateada. Varias figuras habían conseguido llegar al pasaje del muro, y el cuello de uno de los guardias fue atravesado por una flecha. Pero no eran enemigos para la habilidad de combate de Daradoth, y tras un par de muertos, el resto huyó sin oponer demasiada resistencia.

—Querían probar las defensas, sin duda  —dijo Daradoth, cuando más tarde se reunió con Yuria y los demás.

—Reforzaremos los puntos de luz, ya que no disponemos de más guardias —anunció la ercestre.

 El día siguiente al de esta escaramuza, poco antes de mediodía, unos cuernos resonaron en el valle del sur de Rheynald. Cuernos sermios. Por fin llegaba la legión de Fíltar que había enviado la reina Irmorë. Daradoth y Yuria pronto lo confirmaron visualmente, y la guarnición estalló en vítores de júbilo. Al frente de la legión, bajo el orgulloso estandarte del águila de Fíltar, marchaban dos caballeros esthalios, viejos conocidos del grupo en Doedia.

Improvisando una plataforma y un transportador a base de bueyes y mulas, consiguieron librar la muralla sur y permitir que la legión entrara en Rheynald, entre exclamaciones de regocijo y alivio contenido de los residentes. Yuria saludó cortésmente a los dos caballeros esthalios y a los capitanes sermios, y se aprestó a dar las órdenes pertinentes. Ahora sí que sería imposible que los enemigos tomaran la fortaleza al asalto.

***** 

A bordo del Empíreo, Egrenia anunció por fin el avistamiento de Eskatha. El dirigible descendió sobre la colina noble, donde Galad se encontró rápidamente con Ilaith, Meravor y otros delegados. El paladín puso al día de la situación a lady Ilaith, le habló del sitio de Rheynald y la llegada de una legión Sermia como refuerzo, y lo que habían averiguado acerca del paradero de la reina Armen.

—No obstante, mi señora —dijo—, necesito trasladar a Rheynald al máximo número de paladines de Osara para aliviar la presión y, si es necesario, pasar a la ofensiva.

—Muy bien, entonces, seguimos adelante con el plan. Ya envié los mensajes pertinentes a Doedia, al príncipe Progerion, a Karela Cysen y a los Kenkad. En un par de días estaremos embarcando legiones en los dromones.

—Hay que tener cuidado —advirtió Galad—, pues habrá galeones negros en las costas esthalias.

—Sí, no tenía dudas sobre ello. Desembarcaremos en Krül y atacaremos por tierra. En otro orden de cosas —continuó Ilaith tras unos segundos de pausa—, me preocupa la financiación de nuestros ejércitos. El suministro de kuendar se ha detenido completamente, y el de oro se ha visto sumamente afectado por los problemas en las minas de las Darais. Según dijo Symeon, es un problema en el mundo onírico, así que querría que le transmitieras la gran urgencia de ese asunto; necesito que os encarguéis de ello en cuanto sea posible. Si no, en cuestión de un par de meses, nuestros ejércitos destacados en el extranjero pueden quedar desabastecidos.

—Perded cuidado, me encargaré de ello.

Tras hablar con Aznele Ereven y con Orestios y prometer a Ilaith que con Rheynald liberado trasladarían rápidamente a los paladines al frente, a mediodía del día siguiente, Galad partía a bordo del Empíreo con el Horizonte junto a ellos repleto de paladines emmanitas y osaritas.

*****

Previendo la posible filiación de los dos caballeros argion a la causa del rey Randor, Symeon y Yuria hicieron un aparte con ellos, planteándoles la dureza de la situación actual y la traición de la que, junto con Valeryan, habían sido objeto en el pasado. Los caballeros, que llevaban mucho tiempo fuera del reino, se mostraron resistentes a aceptar una traición de su rey, pero finalmente el errante y la ercestre parecieron convencerles de la necesidad de enfrentarse a Robeld de Baun y encontrar a la reina. Una vez resuelto ese tema, Yuria se dedicó de lleno a evaluar sus fuerzas.

—Con esta legión reforzándonos, somos perfectamente capaces de levantar este asedio y mandar a nuestros enemigos al Erebo. 

—De hecho —informó Egwann de Vauwas, el castellano, con una ligera sonrisa—,  en cuanto vieron que recibíamos tropas de refuerzo, esos bastardos se han puesto a cavar fortificaciones.

*****

"Uf, no contaba con esto", pensó Galad, impaciente. El retorno a Rheynald estaba siendo más lento y desesperante que la ida a Eskatha, pues los dirigibles tenían que adaptarse a la velocidad del enorme Horizonte, repleto de ocupantes. Hacía rato que había caído la noche, y sobrevolaban la depresión del Bair, las bellísimas y extensísimas tierras de cultivo que regaba el río del mismo nombre y sus millares de afluentes.

De súbito, precedido por un molesto picor en la nuca y una especie de curvatura en el aire, un brutal sonido que después Galad juraría identificar como un titánico rugido retumbó desde todos los lugares y desde ninguno. Sus tímpanos parecieron a punto de estallar y se tapó los oídos, aunque de poco sirvió tal gesto. Aun así, la enorme fortaleza y voluntad de Galad le permitió resistir el repentino mareo y nauseas que le provocó la onda de choque y el propio sonido, de un volumen insoportable. A su alrededor, la mayoría de la tripulación (¡incluyendo a su padre Garedh!) cayó inconsciente sobre la cubierta. En el Horizonte parecía estar sucediendo lo mismo. Galad hincó una rodilla y cerró los ojos. En la negrura, entrevió por un instante una enorme bestia draconiana que parecía azotar el mundo entero con sus alas y su cola. Tras unos segundos, notó a través de los párpados una subida tremenda de luz ambiente. Hizo acopio de toda su tenacidad para abrir los ojos, parpadeando rápidamente por la intensa luz. Era de día. Un día vibrante, caluroso y luminoso. El sol estaba en lo alto, pero... ¿vibraba? Sí, vibraba claramente, no estaba fijo. Galad volvió a cerrar los ojos.

Tras un par de minutos de indescriptible agonía, el sonido cesó. Conteniendo sus náuseas y recomponiéndose rápidamente, hizo reaccionar al capitán y la tripulación y consiguió que los dirigibles finalmente aterrizaran. Once personas, entre paladines (tres de Osara y seis de Emmán) y marinos (dos), no pudieron recuperarse del trance, entrando en un coma que Galad no pudo hacer nada por remediar. «Oh, Emmán bendito», pensó. «¿Acaso no va a haber más remedio que acabar con todo antes de que no haya vuelta atrás? Tiene que haber otra forma; pero cada vez veo menos opciones».

Un par o tres de horas después, ya lo suficientemente recuperado, Galad informó a sus amigos de lo que había sucedido a través del Ebiryth

***** 

En Rheynald, Yuria y los demás, de acuerdo con lady Edith, Ewann y Siegard Brynn, organizaron un encuentro con los generales de las legiones enemigas. Haciendo uso de los poderes que le permitían sobrevolar el campo de batalla, Daradoth había visto las máquinas de asedio terminadas y abundancia de munición tras las filas enemigas, así que era hora de acabar con aquello; realmente no creían que los paladines fueran necesarios.

La contestación no fue la esperada por el grupo.

—Han dicho que tienen que pensarlo —dijo el mensajero que habían enviado.

Las dudas del porqué de aquella contestación se despejaron al caer la tarde. El sonido de varios cuernos anunció la llegada de otras dos legiones enemigas desde el noreste, enarbolando los estandartes con el símbolo del yelmo del marqués de Arnualles.

—Deberíamos atacar ahora —urgió Daradoth—. Antes de que se asienten y se organicen.

—Pero no podemos precipitarnos —respondió Yuria—. No podemos lanzar a la gente a través de la puerta a lo loco. Galad debe de estar a punto de llegar.

—Es fácilmente comprobable. —Daradoth sacó el búho de ónice—. Galad, ¿me oyes? 

—Sí, aquí estoy —respondió el búho, reproduciendo las palabras del paladín.

—¿Os falta mucho para llegar? Los enemigos han recibido dos legiones de refuerzo, y posiblemente haya más en camino.

—Según Egrenia, estamos a poco más de tres horas de travesía.

Yuria pensó rápidamente, y trazó un plan:

—En cuanto lleguéis, sobrevolad el campamento enemigo y que los paladines de Osara utilicen sus poderes divinos. Si no me equivoco, harán caer una especie de estrellas fugaces sobre los enemigos. Aprovecharemos la distracción para que Daradoth teleporte a Symeon a la explanada y utilice los poderes de la espada.

—Entendido. Iremos todo lo deprisa que sea posible.

Un par de horas después se empezaban a escuchar los primeros estallidos y a ver los primeros resplandores de las espectaculares estrellas que los paladines de Osara invocaban desde el cielo.

—¿Preparado? —preguntó Daradoth a Symeon.

Symeon desenvainó a Nirintalath. Un incómodo zumbido sordo hizo que todos los presentes, excepto Yuria, rebulleran nerviosos.

Daradoth canalizó la Esencia hacia Symeon, y el errante desapareció, para aparecer inmediatamente allá abajo, a unos treinta metros de las murallas. Daradoth lo podía ver perfectamente; el resto solo veía el ligero fulgor verdemar de la espada. El errante se movió a la velocidad del rayo hacia el campamento enemigo, y alzó sobre su cabeza la Espada del Dolor.

Symeon con Nirintalath


miércoles, 21 de enero de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 20

Rheynald bajo Asedio

Una mirada rápida de Symeon le confirmó que tanto los inmaculados como los errantes que habían acampado en el exterior de los muros, habían podido ponerse a salvo antes de que el asedio hubiera tenido lugar.

—Cómo nos alegramos de veros de nuevo aquí  —dijo lady Edith.

—Y nosotros, mi señora —le contestó Symeon—. Y más aún en estas circunstancias, nos alegra ver que estáis todos bien.

—Afortunadamente no se han lanzado todavía al asalto —intervino Egwann—, porque no sé si los muros de la parte esthalia podrían contenerlos.

—Por la mañana los inspeccionaremos y haremos lo que podamos para reforzarlos —contestó Yuria, dirigiéndose hacia el interior de la fortaleza.

Allí les pusieron en antecedentes y les detallaron las fuerzas con las que contaban. Poco más de cuatrocientos soldados para defender Rheynald, el muro, y el bastión norte, más un centenar de hombres que habían aportado el pueblo y los inmaculados. No creían que el propio marqués de Arnualles estuviera entre las tropas, pues a estas alturas ya lo habrían visto; al fin y al cabo, Rheynald no era más que una fortaleza fronteriza.

—Si no fuera por esas ruinas que descubrimos hace unos meses bajo los calabozos, estaría de acuerdo con vos —dijo Symeon, consciente de la ligera comezón en su nuca—. Pero eso hace que Rheynald no sea una fortaleza común y corriente.

—¿Creéis que están aquí por eso? 

—No lo sé, pero no podemos descartar nada. Cierto es que si fuera por eso, seguramente habrían dedicado más tropas a la labor. 

—El caso es que hace unos días —continuó Egwann— se cortó el flujo de suministros desde Gweden, aunque hemos acumulado buenas reservas, y con los pozos de agua calculo que podríamos resistir un asedio durante varios meses. Y cuando llegaron las tropas enemigas, hace dos jornadas, enviaron una delegación a las puertas, exigiendo nuestra rendición y sometimiento a Robeld de Baun. De momento, hemos estado ganando tiempo, pero ya están construyendo ingenios de asedio imaginándose nuestra respuesta.

Rheynald

 

—¿Quién habla en nombre del marqués?  —inquirió Symeon.

—Los generales de las legiones, se llaman Gothald de Yrthen y Neylann Sarthos. 

—¿Y tenéis alguna idea de cuál puede ser el paradero de la reina? —intervino abruptamente Daradoth.

—Lo último que sabemos es que fue capturada por las fuerzas de Arnualles, y Nátinar Sur tomada y ocupada —contestó lady Edith. 

—También llegaron algunos rumores —añadió Siegard Brynn, aclarándose la voz—, que descartamos por demasiado fantasiosos, sobre que Arnualles cuenta en su ejército con efectivos capaces de hacer explotar bolas de fuego y de invocar relámpagos y tormentas. A la luz de todo lo que nos habéis contado últimamente, no creo que se deban ignorar a la ligera. 

Galad susurró quedamente al oído de Yuria:

—Podríamos levantar el asedio relativamente rápido trayendo el Horizonte con carga plena de paladines, de Osara preferiblemente —la ercestre asintió con un gesto, de acuerdo con el paladín.

—Al amanecer haremos una evaluación completa y decidiremos el curso de acción —anunció Yuria—. Ahora, debemos descansar; pero antes, me gustaría hacer una visita a la excavación.

—Por supuesto; confiamos plenamente en vosotros.

En el camino hacia los restos subterráneos Symeon aprovechó para entablar una rápida conversación con el padre Ryckar, que confirmó que desde hace unos meses no tenía contacto con la Iglesia ni con los clérigos amigos.

—Además, por lo que he oído —añadió el cura—, la Iglesia quiere crear un estado independiente, ha declarado apóstatas a los paladines de Emmán, e incluso ha contratado mercenarios del Káikar para luchar en su favor. Han perdido totalmente el norte.

—Nos dejáis de piedra, padre —dijo Symeon, mirando a los demás—; muy bajo hay que caer para contratar kairks por la causa emmanita. En fin, nos encargaremos de ello a su debido tiempo.

También hicieron una breve visita a Valeryan, donde comprobaron el bienestar de su amigo y Galad evaluó la situación de cara a un posible intento de curación. El anterior, en la caravana errante, había resultado casi en una catástrofe sin retorno, y no quería volver a repetir los mismos errores. «He de prepararme bien para esto», pensó, y sin más dilación se dirigieron al antiguo mausoleo soterrado.

En la entrada de los antiguos calabozos (que ahora se habían trasladado par dejar sitio a la excavación, y a su vez había sido detenida por la guerra) oyeron una voz familiar, ligeramente siseante. Era Toldric, el muchacho deforme, que abrazó con fruición a Yuria cuando esta se acercó con una sonrisa radiante.

—Soñé... soñé que volvíais esta noche —dijo el muchacho, como siempre emocionado en presencia de Yuria—, y aquí estáis.

—Así es, vamos a solucionar toda esta situación, Toldric. ¿Te siguen tratando bien? 

—Sí, mi señora, me tratan bien. Excelente. Gracias.

Bajaron al subterráneo por un pasaje mucho más amplio que el que utilizaron la primera vez, con las mismas sensaciones de calor intenso y de comezón en la nuca. En la primera ocasión solamente Daradoth había podido sentir el ligero picor, pero ahora los cuatro lo sentían. Y, lo que es más, allí bajo, Galad sentía mucho más cercano el poder de Emmán, como un faro que casi lo deslumbraba. 

Ahora, a la luz de las revelaciones del diario de Avaimas, Yuria lo veía todo con una perspectiva renovada. El aspecto general del lugar, la falta de ángulos y la presencia del sarcófago hizo que sacara una conclusión clara:

—Este lugar no debió de ser una de las pirámides. Estoy convencida de que se trata más bien de un mausoleo titánico; en el libro, Avaimas los menciona de pasada, dando a entender que fueron los precursores de las ûrzaûmnos. Seguramente —prosiguió—, dentro del sarcófago estará el cadáver de un titán perfectamente preservado, que sería parte de un ritual para "la ascensión a las esferas superiores de existencia", sea eso lo que sea.

—¿Y no da ninguna clave para abrir estos sarcófagos en el libro? —preguntó Symeon.

—No, ninguna; pero si esto es una tumba y dentro está el cuerpo de un titán preservado, algo me dice que no sería muy buena idea abrirla. 

Tras unos instantes de silencio pensativo, a Daradoth se le ocurrió algo:

—Quizá podríamos hacer uso de nuestras habilidades con la Vicisitud para "ver" qué hay más allá del derrumbe, o más bien, qué hay bajo él —sugirió. 

—Es una buena idea —coincidió Galad.

Se concentraron durante unos segundos, sintiendo el entorno e intentando ignorar el agobiante calor para abrir su mente a la realidad subyacente. Fue Galad quien consiguió expandir su percepción lo suficiente para sentir las ya familiares (aunque siempre abrumadoras) hebras de realidad.

—Lo tengo —dijo el paladín, intentando poner sus pensamientos en orden—, estoy sintiéndolo... más allá de las rocas hay un segundo sarcófago, y más allá... hay otro. Y otro. Y otro... creo que hay unos diez sarcófagos. Y más allá... unos hilos extraños, una vibración más... tensa.

Describió lo mejor que pudo lo que sentía en esos hilos extraños, que, según su mente lo racionalizaba, parecían vibrar longitudinalmente en lugar de transversalmente, y prolongarse hacia "arriba", hacia muy "arriba".

—Creo que eso que describes correspondería a un artefacto de gran poder —dijo Symeon, con la voz entrecortada, pues el esfuerzo de concentración para intentar sentir la Vicisitud lo había dejado víctima de una dolorosa migraña, igual que Yuria, que era presa de vómitos. Decidieron dejarlo ahí por el momento y retirarse a descansar; había sido un día muy largo.

 

La mañana siguiente discutieron la conveniencia de traer a los paladines desde Eskatha en el Horizonte.

—Pero antes —dijo Yuria—, creo que deberíamos evaluar la posibilidad de capturar a uno de los generales enemigos.

—¿Creéis que realmente tenemos los medios para ello? —preguntó Siegard, enarcando una ceja.

—Creo que sí —Yuria miró a Daradoth—. Daradoth tiene unos recursos muy interesantes. ¿No es así?

—Podríamos intentarlo —afirmó lacónicamente Daradoth. 

Pocas horas después sobrevolaban con el Empíreo el campamento enemigo, muy arriba a salvo de miradas indiscretas, haciéndose una idea de la cantidad de guardias y el terreno que se encontraría Daradoth en su incursión.

Y ya caída la noche, con una luna casi oculta que permitiría a Daradoth moverse en la oscuridad, el elfo descendió volando silenciosamente desde el dirigible. Encauzó un poco de Esencia hacia los dos guardias que custodiaban la tienda del general, y estos sonrieron cuando se retiró la capucha y les mostró su rostro, recordándolo como a un buen amigo. 

—Necesito entrar —dijo, intentando parecer amable.

—Por supuesto —uno de ellos se hizo a un lado.

El general dormía, con una mujer al lado. Daradoth los despertó, canalizando un poco más de su poder. Ambos se relajaron después del sobresalto inicial al ser sacados de su sueño.

—¿Qué haces aquí a estas horas?  —preguntó el general rascándose un ojo, como si lo conociera de toda la vida.

—Es que tengo mucha urgencia. Necesito encontrar a su majestad la reina Armen, ¿no tendrás alguna pista de su paradero?

—Pero maldición, ¿tan urgente es? Lo último que sé es que se encontraba en los calabozos de la ciudadela de Usturna. Lo deberías saber tan bien como yo, ¿no?

—No lo recordaba. ¿Y su hijo? ¿Sabes algo de él?

—Al parecer, desapareció sin dejar rastro cuando apresaron a la reina, hace como un mes.

Daradoth también pudo obtener otras piezas de información: Robeld de Baun había enviado siete legiones a pacificar la frontera sur, y tenía la intención de hacerse cargo de Esthalia, al ser el rey un inútil y un traidor por retirar los títulos de Grandes del Reino. 

—Y, según he oído por ahí, Arnualles cuenta con tropas... especiales. ¿Las has podido ver? 

—Ah, ya sé qué quieres decir. Sí, últimamente ha habido unos rumores sobre galeones negros que han llegado a los puertos de Usturna y Gweden, y por lo que parece han traído refuerzos que han hecho que nuestras fuerzas sean imparables. Robeld de Baun pronto gobernará Esthalia —sonrió—. En estos momentos debe de estar marchando ya sobre la capital.

—¿Y sabrías con cuántas legiones? 

—Una veintena.

—Lo que no entiendo es por qué estáis esperando tanto tiempo a asaltar esa fortaleza —movió la cabeza hacia el sur.

—Si en un par de días no se han rendido, lanzaremos el ataque.

—Más vale ser precavido, creo que será mejor que construyáis el máximo número posible de máquinas de asedio, quizá mejor esperar una semana —canalizó un poco más de Esencia, notando cómo la idea tomaba forma en la mente del general.

Se despidió educadamente, deseando que su sugerencia fuera seguida —«aunque va a ser muy difícil», pensó—, y volvió al Empíreo sin mayores problemas.

Pocas horas después, el Empíreo partía hacia Eskatha de nuevo, con Galad y Taheem a bordo, encargados de traer a tantos paladines (sobre todo de Osara) como fuera posible. 

 

jueves, 8 de enero de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 19

Esthalia en Apuros

—Con todo esto, ya me queda claro por qué ningún elfo parece recordar nada sobre la Guerra de la Fractura ni nada relacionado —dijo Daradoth, pensativo.

—Y me hace plantearme también la conveniencia de luchar ciegamente por Luz —Yuria miró a Daradoth valorativamente, aunque este pareció no darse cuenta—, cuando afectó de una forma tan retorcida a tantos elfos poderosos. Pero sin duda, la alternativa es mucho peor.

 

Unos días antes de que Yuria acabara el descifrado y la lectura del diario de Avaimas, Daradoth había tenido una seria conversación con Ethëilë. Le planteó la necesidad de aceptar la oferta de la reina Arëlieth para someterse a la ceremonia de la Comunión de Sangre y, si todo salía bien, contraer matrimonio con ella. Como la joven princesa ya le había dicho en alguna conversación anterior, ella no tenía ningún problema siempre que Daradoth tuviera claro que era un matrimonio de conveniencia y siguiera enamorado de ella. Finalmente tendría que divorciarse, por supuesto. Daradoth, locamente enamorado de ella, se escandalizó ante el mero hecho de sugerir lo contrario. Un apasionado beso selló la decisión.

Poco después, Daradoth utilizó el Surcador para desplazarse a Tarkal y reunirse con la reina. Tras ponerla al día de los últimos acontecimientos e interesarse por el estado de todos los que allí se encontraban alojados, fue al grano:

—Creo que ha llegado el momento de implicar a los elfos en la cruzada contra la Sombra, mi señora. Por ello, he decidido aceptar vuestra oferta y someterme a la Comunión de Sangre y unir nuestras fuerzas.

—Me alegra oír eso —Arëlieth tuvo buen cuidado de que su satisfacción no se transmitiera a su rostro en demasía—, y ahora por fin podremos dar su merecido a esos arribistas.

—Me preocupa ahora la preparación de nuestro retorno. ¿Cuánto tiempo creéis que necesitaremos? ¿Tenéis algún plan?

—Evidentemente, tendremos que entrar subrepticiamente, y empezar por intentar recuperar mi reino. Harganäth sería la mejor opción, pues Rechelorn es gobernado por esa traidora de Angrid. Respecto a la Comunión, creo que el rey Aldarien podría ser un buen testigo. 

—El padre de Ethëilë.

—Correcto. Llevar a su hija será seguro un punto a favor, dados los tiempos que corren. Y estoy segura de que se sorprenderá cuando te vea esta vez. —¿Era su imaginación, o realmente hubo un destello de flirteo en la mirada cautivadora que le lanzó Arëlieth?—. Estoy segura.

—Por otra parte —Daradoth prefirió cambiar de tema rápidamente—, seguimos con el problema del Orbe de Curassil y la redoma con el alma de Ecthëlienn.

—Ya hemos hablado sobre eso, y creo que hay varias opciones para no necesitar el orbe. Si fuera tú, estaría mucho más preocupado por poner a Doranna bajo nuestro yugo. Déjame pensar unos días y planificar todo bien.

Eskatha, la capital de la Federación

Por otra parte, durante la semana en que Yuria había estado absorbida por la decodificación del manuscrito, Galad se había debatido entre visitar o no a Eudorya. Finalmente, espoleado por el calor de los sentimientos renacidos, decidió que lo haría, y se dirigió hacia el Arca, la ciudadela de Eskatha, donde se encontraba la sede de la princesa comerciante de Nímthos. Los guardias de la fortaleza no pusieron ningún impedimento al paso del famoso Galad, paladín de Emmán, que empezó a notar los familiares tirones metafísicos a un lado y a otro. Algunos de los guardias incluso estallaron en vítores. La gente se giraba ante su presencia, magnífica con la armadura y la túnica emmanita. El puño de Églaras sobresalía sobre su hombro derecho. Los senescales se apresuraron hacia el interior cuando el paladín expresó su deseo de reunirse con la princesa Eudorya, en una situación que a Galad le pareció incluso un poco ridícula, dada la exagerada deferencia con la que se manejaban.

Poco después, Galad era anunciado y precedido por dos senescales a la sala principal, donde, en el sitial, se sentaba Eudorya. «Está más hermosa de lo que podía recordar, incluso en mis sueños». Varias damas de compañía la rodeaban, y parecía departir con una mujer de alto rango. Todas ellas lo miraron mientras se acercaba, mudándose sus expresiones desde la seriedad hasta una especie de admiración que lo incomodó en cierta medida. A su alrededor, sentía la energía curvarse, invisible para el resto de los presentes. Eudorya, que al verlo había incluso fruncido el ceño, para cuando Galad llegó a la altura del sitial ya lo miraba con anhelo, los ojos algo vidriosos por la emoción. «Si es algo que estoy haciendo, no lo controlo, perdonadme todos», pensó el paladín.

—¿Podemos hablar a solas? —preguntó Galad.

No hizo falta ninguna orden, ningún gesto. Nada más el paladín había pronunciado estas palabras, los presentes se marcharon, dejando a solas a la pareja en cuestión de segundos.

—Estoy... abrumada —acertó a decir Eudorya tras unos segundos—. Has cambiado mucho, Galad.

—He pasado por mucho —sonrió. 

—Te eché de menos. Te odié. Y ahora me odio a mí misma por ello. 

Eudorya se levantó para acercarse a él, hasta que sus cuerpos se rozaron. «Bendito Emmán, esta mujer no puede ser nada más que un ángel». Galad tragó saliva, y continuó:

—He oído de tus próximos esponsales.

—Me abandonaste. Me presionaron. Mi corazón se rompió y no tuve más remedio que ceder.

—Lo siento, y no cumplí mi palabra. Pero el mundo entero está en juego en la guerra contra la Sombra, y sigo sintiendo lo mismo por ti, si no algo más.

—Una palabra tuya bastará para que cambie todo. 

—La tienes. Sí. Pero ten en cuenta que el mundo me necesita, y quizá no podemos estar juntos como tú... como nosotros deseamos. Yo quiero estar contigo, pero habrá problemas, y es una decisión que debes tomar tú.

—Sí. Ahora lo entiendo. La decisión está tomada. Mi compromiso está roto. Te amo a ti. Pero tendremos que casarnos en no muy largo plazo.

—Pero esto tendrá consecuencias...

—Ahora mismo no me importa ninguna consecuencia —se apretó contra él.

Se abrazaron y besaron ardientemente, mientras un torbellino metafísico los envolvía en el límite de la percepción de Galad. 

Ya más tranquilos, con la situación más calmada mientras comían algo, hablaron de cuál sería la forma menos traumática de cancelar el compromiso con Nercier Rantor, pues tal acto enojaría a lady Ilaith si no iban con cuidado. La boda estaba prevista para primavera, a unos seis meses vista.

—Tenemos margen, pero cuanto más se aproxime la fecha, peor será. Creo que los sentimientos de Nercier hacia mí son mayores que los míos hacia él.

—Sin embargo, debemos pensar cómo hacerlo con mucha precaución. 

—Quizá deberíamos... deberías... hablar directamente con él.   

—Sí, puede que sea lo mejor. 

 

Durante esa semana también llegaron varios informes de personas en distintos puntos de Eskatha que no habían despertado de su sueño, de todos los barrios y clases sociales, sin nada en común. Symeon, que todos los días compartía unas pocas horas con su hermana Violetha, dio algunas pautas para que la gente durmiera más segura, y no pudo evitar pensar en Ashira y los kaloriones con un escalofrío. El errante, que acompañó a Daradoth en su viaje a Tarkal y atraía miradas cuando la gente veía la espada de vidrio verdemar en su cintura, también aprovechó para supervisar la evolución de la nueva Guardia Esotérica. Los jóvenes que la formaban habían progresado bastante en el último par de meses, para su satisfacción.

 

Pocas horas después de que Yuria anunciara el fin de su investigación y compartiera con el resto del grupo lo que había descubierto en el manuscrito, Ilaith los convocó para una reunión de urgencia.

—No sé si recordáis a Alexann Stadyr —empezó la canciller—. El hijo del marqués de Strawen, de Esthalia, que acudió a Eskatha con poderes para firmar una alianza con la reina Armen y mediar en una posible triple entente con Ercestria.

—Sí —contestó Yuria.

—Ese pacto se firmó unos meses atrás, y Alexann lleva varios días insistiendo en tener una reunión conmigo. Y sé lo que me va a pedir. Evidentemente, querrá que haga honor a la alianza y pedirá una intervención militar en Esthalia. Como poco, para liberar a la reina. Y, sinceramente, creo que si tenemos que llevar a buen término la lucha contra la Sombra, no podemos permitirnos tener una Esthalia inestable, o incluso en el bando opuesto. Así que os he convocado aquí porque quiero que tratemos este asunto consensuadamente.

Ante estas palabras, Daradoth insistió en la necesidad que seguían teniendo de encontrar un arma efectiva y fiable contra los insectos demoníacos; Ilaith volvió a insistir en las alternativas que tenían: los paladines y Nirintalath. Symeon se mostró convencido de que Nirintalath era una alternativa válida, pero el problema era que no estaría en el frente continuamente, como sí estaría el Orbe.

—También es cierto que Nirintalath nos da una certeza de uso, mientras que no tenemos la seguridad de poder recuperar el Orbe, vayamos a donde vayamos y descubramos lo que descubramos —intervino Galad.

—Además —añadió Yuria—, el Orbe también necesitaría transporte, seguramente menos rápido que el Empíreo

—Lo único que quería era insistir en que no debemos perder de vista el objetivo original de nuestro viaje. 

A continuación, se convocó a Alexann Stadyr, que llegó en pocos minutos a la sala. Se le notaba la preocupación en el rostro, y el poco descanso que encontraba en las noches. Tras unas pocas palabras hablando de la situación en su país, Ilaith lo interrumpió:

—Sir Alexann, no tenéis que preocuparos por transmitirnos la necesidad de actuar, soy la primera convencida, y creo que todos los presentes también, de que necesito una Esthalia fuerte para prevalecer —«¿"necesito"?», pensó Syemon—. No obstante, pienso que nuestro primer paso debería ser saber dónde está su majestad la reina. Ni siquiera estamos seguros de que siga en el continente. Y, si obtenemos un resultado favorable, lo siguiente sería coordinarnos con Sermia para una acción conjunta.

Los ojos de Ilaith comenzaron a brillar con anhelo cuando recorrió con la mirada a los presentes y se giró hacia Daradoth:

—Y, quién sabe —continuó—, si una vez incorporada Ercestria a la alianza, podríamos firmar un acuerdo de colaboración emulando al del antiguo Imperio Trivadálma.

Galad pensó en ese momento en los gemelos que guardaba el padre Ibrahim y rebulló un poco inquieto. Yuria pareció leer la mente del paladín; «lo que deberíamos hacer es casar a Ilaith y a Alestor, el heredero; así se acabarían todos nuestros problemas», pensó. Desechando el pensamiento, volvió a la conversación:

—Sé que recalco lo evidente, pero liberar a la reina sería solamente el principio de una campaña larga. Esthalia está dividida en cuatro bandos (rey, reina, Robeld de Baun y la Iglesia), lo que es bueno, pues están fragmentados, pero también implicará tener que derrotar a cada uno de ellos. A no ser que venzamos rápidamente a uno o dos, y podamos negociar con los restantes. 

—La opción más clara que puedo ver —intervino Ilaith tras unos segundos de silencio— es llevar al grueso de nuestras tropas en dromones hasta Gweden, pues supongo que su flota también estará fragmentada, y que Sermia ataque a través del ducado de Fíltar el sur de la marca de Arnualles. De hecho, Krül y Gweden están conectados por tierra, y podríamos abrir otro frente. ¿Estás de acuerdo conmigo, Yuria?

—Sí, lo habéis expuesto perfectamente. Todo esto siempre que el Imperio Vestalense esté sumido en el caos. 

—Muy bien. Con el Surcador y el Nocturno podemos enviar mensajeros para coordinarnos con la reina Irmorë y organizar un ataque conjunto. Seguro que colabora con nosotros, pues tiene razones para creer que Datarian escapó hacia Arnualles. Pero antes, debemos asegurarnos de no luchar por una causa perdida; sin Armen todo sería mucho más difícil, pues careceríamos de una justificación legal.

—Tememos también —intervino con su voz cansada Alexann Stadyr— que declaren la muerte de la reina Armen y que entonces, su heredero, el príncipe de diez años Matwann, se una a su padre. En estos momentos no tengo ni idea de dónde está el príncipe, que normalmente estaba con su madre.

La reunión se prolongó varias horas, donde se evaluaron varios cursos de acción, con sus ventajas e inconvenientes. Finalmente, el grupo acordó viajar a Rheynald como primer paso.

Ya en petit comité, Ilaith añadió:

—No olvidéis que tenemos otro grave problema: el kuendar y el oro. El flujo de oro se ha reducido a poco más de la mitad, y el kuendar prácticamente ya no llega. Esas minas del norte están realmente afectadas. Intentaré encargarme del asunto mientras estáis fuera.

—Podríais hacerlo, mi señora  —dijo Symeon—, pero sé de buena tinta que el problema que las aqueja no es mundano, sino probablemente onírico, así que me quedaría más tranquilo si esperaseis a nuestro regreso.

—Entonces, no alarguéis el viaje en demasía.

—No lo haremos. 

Así que, el día siguiente, partieron con el Empíreo. Hicieron una pequeña parada en Tarkal para recoger a Garedh y a Ethëilë (la reina Arëlieth e Ilwenn no quisieron volver a pasar un número indefinido de semanas en un camarote reducido), y en breve tiempo continuaron hacia Rheynald, a donde llegaron varios días más tarde.

Daradoth llamó la atención del grupo con urgencia.

—Maldición. La fortaleza está asediada. Y si no me equivoco, los estandartes pertenecen a Robeld de Baun. 

—Así es —confirmó Symeon tras echar un vistazo con la lente ercestre. 

—Parece que hay un par de legiones al asedio —dijo Yuria, evaluando la situación rápidamente—.  Tendremos que esperar a la noche.

—No es mala idea —intervino Faewald—, pero además, sugiero que descendamos en el bastión norte, que está a un kilómetro y medio más o menos, y atravesemos andando por la muralla que lo une a la fortaleza principal.

—Sí, muy buena idea Faewald —le sonrió Yuria—. Eso haremos.

 Haciendo uso de sus habilidades, Daradoth avisó a los defensores del bastión de la inminente llegada del dirigible, con lo que no tuvieron problemas para descender discretamente. Caminaron a lo largo del muro hasta la fortaleza sin ningún problema, y al otro lado ya se encontraban esperándolos lady Edyth, Siegard Brynn, Egwann de Vauwas, Rodren, Wylledd y Yaronn.