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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

viernes, 14 de octubre de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 68

Durante los días siguientes, Leyon se dedicó a adaptarse a su nuevo rol de dirigente del Imperio Trivadálma. Nombró varios cargos: hizo al senescal Dorton su primer consejero; a lord Agiran su segundo consejero, y a lady Ylma como su tercera consejera. A Dorlen lo nombró gobernador civil de Haster, y a Robeld de Baun como mariscal de los ejércitos del Imperio. Mientras tanto, Demetrius y los demás oyeron las dudas de algunos Rastreadores acerca de la posibilidad de que Selene fuera el albor. Dudas que fueron acalladas rápidamente al mencionar el hecho de que Elsakar la había detenido con su fuerza de voluntad, y Zôrom la había herido con la Daga de la Luz. Adens también transmitió a los personajes la nueva posibilidad que los Rastreadores barajaban: que el advenimiento del Imperio fuera en realidad el albor. Demetrius y Leyon hicieron todo lo posible por que tal idea cobrara fuerza en las mentes de la hermandad de Umbriel.

A lo largo de esas jornadas, prácticamente todos los nobles se postraron de hinojos ante Leyon, haciendo el juramento formal de fidelidad y reconociéndolo como el mandatario supremo de Aredia. Todos excepto lord Nyatar, que le recordó el acuerdo de trato preferente (el cual excluía el vasallaje) que habían negociado. También se llevó a cabo una ceremonia de alianza formal entre los ilvos (que no dudaron en recordar a Leyon su promesa de concesión de tierras), los elfos, los hidkas y el Imperio. La mayoría del pueblo parecía feliz y esperanzado con el futuro.

Todos los días Leyon recibía las continuas visitas de los Padres Santos del Imperio Daarita: Xandor Ereyth, Agraxas Experites, Urayn Ukraxes, Agreres Tuaras, Naxor Muaras y Xorios Tuantares. El resto parecían estar todos sometidos a uno u otro de los primeros. Todos intrigaban para conseguir el favor del emperador y convertirse en el "heredero" del Imperio Daarita incorporado al Imperio Trivadálma. A punto estuvieron de sacar de sus casillas a Leyon en un par de ocasiones.

El tercer día vio cómo el portal entre Haster y Emmolnir se cerraba por fin. Los desplazamientos no podrían ser tan rápidos a partir de entonces, excepto utilizando a Heratassë como transporte.

Demetrius se interesó también por la situación en Aghesta. Allí, lord Ergialaranindal le dijo que habían perdido la pista de los kaloriones localizados en la ciudad, y que ante la presencia de los kaloriones en la ceremonia de coronación posiblemente fuera adecuado no demorar más el ataque. Lo meditarían un par de días. Antes, intentaron abrir un portal de nuevo ante la presencia de Zôrom y Elsakar. Efectivamente, ambos vieron cómo la Vicisitud se negaba a abrir el portal, pero no pudieron concretar por qué. Si Urion había hecho tal cosa, había necesitado un poder inmenso -y acceso a la Vicisitud de alguna forma-.

Interrogaron más profundamente a los Rastreadores acerca de la ceremonia de invocación de la niebla del Palio. Ellos no sabían nada del proceso que siguió Urion, lo único que hicieron fue poner en contacto el poder de Petágoras con el kalorion; no habían sido más que una pieza en el engranaje necesario para abrir la grieta dimensional o lo que quiera que fuera aquello.

A continuación partieron a Aghesta. Allí se reunieron con toda la cúpula militar, y al poco rato apareció Carsícores. El kalorion anunció que debía ausentarse sin dilación. Todos supusieron que se trataba de la nueva situación provocada por Selene, pero Carsícores no quiso hablar más. Ayreon hizo un aparte con él; comprendía la situación, pero atacó al kalorion en su punto débil: estar con Selene iba a suponer mucha menos diversión que viajar con ellos al Palio en busca de Khamorbôlg. Carsícores se paró y lo miró fijamente, serio hasta que una sonrisa afloró a sus labios. Sus dientes puntiagudos convertían su mueca en algo horrible, pero ya conocido para el paladín. El kalorion dijo que haría todo lo posible por volver en dos o tres días. Acto seguido, se marchó.

Así, el ataque a Aghesta se produjo sin la ayuda de Carsícores. Sin embargo, no encontraron mucha resistencia. Ezhabel alimentó a Nirintalath llevando a cabo un estallido de dolor que provocó que algunos apóstoles la atacaran y casi le quitaran la vida. Mientras tenía lugar el ataque, la tierra tembló violentamente y durante largo rato; todos se inquietaron ante la posible aparición de la hidra ancestral de Trelteran, pero no sucedió nada. A las pocas horas, de madrugada, la ciudad había caído. Era evidente que gran parte de las tropas y seres poderosos la habían abandonado. Investigando la ciudadela vieron que en el subsuelo se adentraban una serie de túneles que habían sido cegados muy recientemente, el polvo todavía estaba en el aire. Por allí habían debido de escapar.

Interrogaron a los pocos prisioneros de alto rango que habían hecho, y todos les respondieron que los túneles no estaban abiertos a cualquiera y sólo aquellos que contaban con el permiso de los kaloriones podían entrar en ellos. A continuación se encontraron con el problema de tener cuarenta mil civiles y cinco mil soldados prisioneros; aunque Ezhabel, evidentemente con la Espada del Dolor haciendo estragos en su voluntad, abogó por masacrar a todos y cada uno, el resto del grupo se mostró en contra. Decidieron que liberarían a los civiles y retendrían por el momento a los militares.

De vuelta en Haster, Leyon y los demás recibieron en audiencia a los Iluminados y a los elfos, causantes de la mayoría de los conflictos de la ciudadela. El nuevo emperador medió entre ellos, prometiendo a los Iluminados entrar en campaña pronto y poder hacerse con un botín inmenso, y llamó al orden a los elfos. Una intervención de Ezhabel que sonó demasiado a amenaza condujo sin embargo a un equívoco que puso las cosas extremadamente tensas entre los presentes. La apariencia de la semielfa, en comunión con Nirintalath, hacía que sus palabras adquirieran un matiz extremadamente inquietante. Su aspecto había cambiado a ojos vista en poco tiempo. Por suerte, Leyon, Demetrius y Ayreon pudieron mediar y calmar los ánimos. Todo el mundo se retiró sin altercados, aunque el comandante de los Iluminados no dirigió a Leyon todas las reverencias que el protocolo habría aconsejado. Prefirió ignorar aquel hecho.

Por fin, pasada algo más de una semana desde la coronación, Leyon y Demetrius llevaron a cabo la ancestral ceremonia de exaltación de la grandeza del Emperador: el llys. Centenares, miles de personas se agolparon a los pies del Altar del Corazón (donde también había tenido lugar la ceremonia de coronación), y los guardias tuvieron graves problemas para organizarlas. La ceremonia se prolongó durante unas dieciséis horas, que Leyon aguantó estoicamente. Algunos de los juicios del nuevo emperador no fueron todo lo adecuados que se esperaba, pero con la ayuda del bardo y sus tres consejeros, todo se arregló. Uno de los peticionarios que desfiló ante Leyon no fue otro que lord Turkon Gers, hermano de la emperatriz del Kaikar y que se encontraba confinado en los calabozos acusado de alta traición. Leyon, haciendo gala de una magnanimidad fuera de lo común, lo perdonó y lo rehabilitó. Un pequeño discurso de exaltación hizo que el pueblo profiriera los gritos más exaltados que se habían oído hasta el momento en Haster. Comenzaron a oir cómo varias personas apodaban a Leyon como "el Magnánimo". Al final del día, cuando sonaron las trompetas que anunciaban el final de la ceremonia, el pueblo estaba eufórico. Era el primer llys celebrado en cientos de años y todo parecía estar arreglándose al fin.

Durante algún momento del día, un enviado de Banallêth llegó con un mensaje de la hermana de Ayreon. En él, les advertía que tuvieran cuidado con alguno de los Padres Santos del Imperio Daarita, pues era probable que hubiera un agente de la Sombra entre ellos.

La madrugada siguiente, lord Agiran llegó con noticias. Un halcón había llegado desde el sur anunciando que lord Randor se había levantado en armas contra la Sombra, y requería toda la ayuda que fuera posible. Decidieron que Robeld de Baun, esthalio también, partiría con cuarenta mil efectivos desde Haster para ayudar a Randor. Además también acordaron que tres de los dragones ancestrales de Aghesta se desplazarían hasta la frontera con Esthalia para ayudar a Robeld y trasladar a cierto número de Rastreadores a Emmolnir: allí, haciendo uso del nodo de poder, sintonizarían sus artefactos en forma de pendientes para poder enviarse mensajes telepáticos entre sí y servir de mensajeros entre las fuerzas del Imperio. Por otro lado, los ocho mil vestalenses refugiados en la torre Emmolnir, mil Hijos de Emmán y treinta paladines se pondrían a las órdenes del paladín Lenser y partirían hacia el sur inmediatamente para intentar liberar las poblaciones más cercanas y colaborar en la contención del frente.

Transcurridos dos días, sonaron las campanas de la torre noreste de la ciudadela, que tañían el son de alarma. Corrieron a las murallas. Lo que vieron les sobrecogió. Procedente de la niebla en el horizonte, una gran flota se extendía por el mar Krûsde ante ellos. Navíos de la Sombra, vikingos y mercenarios (entre ellos, barcos de los Alas Grises adastritas) se dirigían hacia Haster a toda vela. Justo cuando Robeld de Baun se había llevado la mayoría de su ejército. Requirieron la vuelta de una parte de las fuerzas, mientras el resto partía hacia el sur con Aglanâth.

Mientras se aprestaban a la defensa, llegó un capitán malherido del cuerpo de montaraces de Haster e informó de que la flota de la Sombra se encontraba estableciendo una cabeza de puente de unos treinta mil efectivos al suroeste de la ciudad, a unos diez kilómetros. Estaban rodeados. Poco después apareció Carsícores, con su eterna e inquietante sonrisa. La Espada del Dolor se volvió loca, reclamando su muerte. Sin embargo, el kalorion dejó rápidamente inconsciente a Ezhabel, evitando el posible peligro. El kalorion aconsejó acabar con aquella maldita niebla cuanto antes. Mientras, la flota de la Sombra había tomado posiciones y había permanecido inmóvil durante varias horas. Ante la posibilidad de que el ataque no fuera inminente, pidieron a Heratassë que los transportara a la Gran Biblioteca de Doedia para buscar el libro de Aringill. Así lo hicieron. Hoid Bexer, Demetrius y Zôrom viajarían mientras los demás se encargaban de la defensa de Haster. De forma sorprendentemente fácil [punto de destino] dieron con el Libro, o con lo que quedaba de él. Muchas de las páginas estaban rotas o destrozadas, pero no tenían nada más. Volvieron rápidamente a Haster, donde Zôrom se puso a estudiar el libro ávidamente junto a Terwaranya y los clérigos de Ammarië.

Entre tanto, Leyon y los demás convocaron a los Padres Santos del Imperio Daarita. Era evidente que alguien informaba a la Sombra de los movimientos de sus tropas y el mensaje que les había enviado Banallêth hacía un par de días era claro al respecto. No tardaron en descubrir que uno de los dirigentes, el tal Urayn Ukraxes, poseía un anillo que le permitía el contacto con algún kalorion. Lo arrojaron a los calabozos.

Khamorbôlg
Al cabo de un tiempo, los montaraces informaron que las fuerzas del suroeste se habían puesto en marcha. Aprestaron sus fuerzas para la batalla, y poco antes del amanecer, una sensación de incredulidad les invadió. Carsícores se puso serio, algo totalmente inusual en él, y miró hacia el mar. Nirintalath se quedó totalmente callada, en tensión en la mente de Ezhabel. Las tropas de la muralla marítima murmuraban. Pronto comprendieron la situación: la flota enemiga se acercaba, y a su frente un enorme barco negro y extraño, que parecía flotar más que navegar. Una arrolladora emanación revelaba en él una presencia que no tardaron en identificar: Khamorbôlg. Otro hecho turbador era que la niebla parecía seguir a la flota en su avance, acercándose a la ciudad. Encargaron la defensa del suroeste a Agiran, mientras ellos tomaban posiciones ante el mar. El poderoso demonio ya era visible como una mancha borrosa de sombras y fuego en la proa del navío, cuya sola presencia se proyectaba empujándolos físicamente. Rugió. El sonido se llevó como un soplo de viento huracanado las esperanzas de muchos de los presentes. Les costó sobremanera convencer a las tropas para que no salieran huyendo; de hecho, algunos lo hicieron. Pero la visión de los elfos y los hidkas, orgullosos en sus puestos, fue inspiradora para otros muchos. Las líneas aguantaron el primer envite, el de la sola presencia física de Khamorbôlg, lo cual ya no era poco.

Frenéticos, preguntaron a Zôrom si había sacado algo en claro del libro de Aringill. El enano respondió que sí, pero le faltaban ciertos flecos y, desde luego, les hacía falta una enorme fuente de poder y seguramente más Rastreadores que les pusieran en contacto con ella. Abandonaron la idea de utilizar el libro de momento.

Ayreon reunió a todos los paladines en Haster y los hizo enlazarse en grupos. Él mismo tomó un lugar. Desenvainaron a Églaras y Ecthelainn. Los bardos, con su Amdawydd al frente tañendo a Mandalazâr, cantaban canciones tras sus líneas; canciones de guerra salvajes y hermosas que hacían vibrar los corazones de los guerreros de la Luz. Los elfos comenzaron a cantar sus canciones de muerte. Los humanos coreaban a los bardos, cada vez más alto. Los hidkas permanecían en silencio, solemnes sobre el pomo de sus enormes espadas, esperando para impartir muerte por doquier. Un rugido ensordecedor, frío intenso y empuje físico hicieron caer a muchos. Khamorbôlg había saltado hacia ellos y le acompañaban multitud de drakken y demonios. Justo ante ellos. Las murallas temblaron y reventaron en varios puntos ante el envite de la Sombra, y la muerte se llevó a muchos buenos guerreros. Los Mediadores asistían como espectadores al evento, inquietos pero impotentes.

Demonios y criaturas de la Sombra empezaron a caer por doquier ante hidkas y elfos, la primera línea de batalla. Willas, Leyon y Robeld de Baun se lanzaron con sus arcángeles, gritando y matando. Willas reía salvajemente. Reía y mataba. Ezhabel desfalleció y fue totalmente poseída por Nirintalath. Sus ojos se tornaron verdemar y el Dolor hizo su aparición, sin distinguir amigo de enemigo. Los demonios caían ante Nirintalath como débiles espigas de trigo. Heratassë mataba, aun conteniéndose, y Carsícores era la muerte encarnada, junto a sus dos apóstoles gemelos. Sin embargo, no podía acercarse a Khamorbôlg, tal era el número de enemigos.

—¡Paladines, por la Luz! ¡¡¡ACABAD CON ÉL!!! —rugió Ayreon con todas sus fuerzas.

Y vaya si mataron. Los paladines dirigieron todas sus fuerzas contra Khamorbôlg, todo el poder que fueron capaces de recibir de su señor Emmán. Empezaron a caer, uno tras otro, dando su vida por el triunfo de la Luz sobre la Sombra. La fuerza que proyectaban sonaba como poderosas fanfarrias en los oídos de los presentes, una electricidad en el ambiente que dolía. Khamorbôlg profirió un horroroso aullido que detuvo por un momento los corazones del ejército de la Luz. Al menos una decena de paladines más cayeron, consumidos por el poder que proyectaban.

De pronto, una silenciosa implosión levantó un fuerte viento hacia el punto donde se había encontrado Khamorbôlg, que no era más que un girón de niebla ahora. Tras unos momentos de indecisión, los bardos de Haster volvieron a cantar y el ejército prorrumpió en vítores, acompañados de estocadas de muerte. Al cabo de unas horas, el ejército de la Sombra, demonios, vikingos, drakken, dragones y humanos se retiraba. Los defensores estaban agotados, pero enardecidos por sus bardos, celebraron el triunfo incluso caídos de bruces en el suelo.

Aclamados como héroes por el pueblo, el día siguiente se celebraron los funerales por los caídos, sobre todo por el heroico sacrificio que habían llevado a cabo los paladines de Emmán. Una docena de ellos había caído en su combate contra Khamorbôlg, y fueron despedidos con los honores más altos del imperio. Mucha gente lloró desconsoladamente, sus sentimientos potenciados por las canciones bárdicas que se alcanzaron a oir hasta el último rincón de la ciudad. A continuación, Leyon y Demetrius se dirigieron a la multitud desde el Altar del Corazón, declarando a los paladines caídos Héroes Imperiales y provocando gritos de júbilo y esperanza. Ayreon, imponente con sus vestiduras de Gran Maestre y orgulloso de sus hombres, tenía otro motivo de preocupación: percibía a Emmán débil ahora; habían absorbido mucho de su poder [16000 Puntos de Poder] y le llevaría tiempo recuperarse. Esperaba que ese hecho no fuera aprovechado por la Sombra.

La peor noticia era que la niebla del Palio se había detenido a poco más de un kilómetro de las murallas de Haster. Pero al menos se había detenido. Lo indudable era que no contaban con mucho tiempo.

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