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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

domingo, 5 de julio de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 27

Juramentos y Cenizas

La reunión en Gwartan continuó durante largo rato después de que Armen e Ilaith hubieran aceptado, con todas las cautelas posibles, colaborar en la liberación de Esthalia. Afuera, en las calles de la ciudad recién tomada, la victoria reciente se mezclaba con el olor acre de madera quemada, sudor, barro y metal. Dentro de la mansión que Ilaith había convertido en centro de mando, el ambiente era solemne.

Sobre la mesa se extendían varios mapas. Esthalia aparecía dividida en líneas de avance, fortalezas marcadas, regiones en disputa y nombres demasiado cargados de historia: Rheynald, Usturna, Arwex, Strawen, Estigia, Gwartan. El reino de Armen era ya un cuerpo abierto, y cada decisión prometía cerrar una herida a costa de abrir otra.

El Reino de Esthalia

 Aldur fue el primero en romper el tono prudente de la conversación.

—Me parece bien todo lo que decís sobre Usturna —dijo, con la voz grave y contenida—, pero yo no voy a abandonar a los fieles emmanitas a su suerte.

Ilaith lo miró con una mezcla de respeto y dureza.

—No quiero sonar brusca, hermano Aldur, pero no voy a enviar tropas a una ciudad que quizá ya no exista.

La frase cayó con peso entre todos.

Symeon, que había contemplado la representación onírica de Usturna, guardó silencio durante un instante antes de hablar. La imagen del bosque muerto seguía viva en su memoria: troncos sin hojas, ramas secas, ausencia de vida, y aquella sensación de que algo no había muerto, sino que estaba siendo borrado.

—El problema de Usturna no es solo la muerte —dijo al fin—. Es la nada. Todo lo que esa mancha alcanza deja de ser. Si enviamos hombres sin saber qué ocurre allí, quizá no salvemos a nadie y perdamos a muchos más.

—Si no hacemos nada —respondió Aldur—, nos pondremos al nivel de los paladines de Emmolnir, de brazos cruzados mientras otros sufren.

Galad bajó la mirada. Aquellas palabras le tocaron en lo profundo de su ser más de lo que habría querido admitir. También él pensaba en los fieles emmanitas de Usturna, en los perseguidos, en los que quizá se habían refugiado esperando una ayuda que nunca llegaría. Pero también pensaba en la espada, en la mancha de inexistencia, en el horror que habían desatado.

—No podemos precipitarnos —dijo—. Que haya gente sufriendo no significa que podamos salvarla lanzándonos a morir. La Sombra ataca en mil lugares a la vez. Mueren paladines, mueren seguidores de Emmán y muere gente que ni siquiera conoce su nombre. Precisamente por eso no podemos desperdiciar nuestras vidas.

Aldur apretó la mandíbula.

—Yo no he dicho que vayáis todos. He dicho que yo volveré.

Yuria lo miró con severidad.

—Perfecto. Vuelve. Pero no esperes que te diga que eso es sensato.

La tensión creció durante unos segundos. Aldur no se movió. Galad sintió el impulso de reprenderlo, de abrazarlo o de suplicarle que no se dejara arrastrar por aquella culpa. No hizo ninguna de las tres cosas.

—Si Emmán te ha devuelto a nosotros —dijo Symeon, más bajo, contemporizando—, tal vez no sea para que caigas por una ciudad condenada. Quizá sea para que salves algo mucho mayor.

Aldur no respondió. Se apartó de la mesa y salió de la tienda, llevando consigo su dolor y su obstinación.

Armen, que había seguido el intercambio con atención creciente, esperó a que la lona de la entrada volviera a caer.

—Espero que podáis controlar a vuestro hermano —dijo, sin dureza, pero con preocupación evidente—. Para mí ahora la prioridad es Arwex. —Pronunció el nombre con un matiz distinto. Ya no era solo una fortaleza. Era una esperanza—. Creo que mi hijo puede estar allí —continuó—. Retenido, protegido, escondido... no lo sé. Pero es la última posibilidad razonable. Además, si conseguimos el favor de los caballeros Argion, tendremos medio reino ganado.

—¿Y si su favor ya está comprometido? —preguntó Daradoth.

Armen respiró hondo.

—Los Argion tienen tres juramentos. Silencio sobre los asuntos del reino. Lealtad absoluta al trono, no al rey. Y compromiso contra toda traición y herejía. El trono no es Randor. Tampoco soy solo yo. El trono es Esthalia. Si consigo que lo recuerden, quizá todavía podamos salvar algo.

Ilaith escuchaba con los dedos entrelazados, sin intervenir demasiado. Sus ojos iban de Armen a los mapas, de los mapas a Yuria, de Yuria a Daradoth.

—Entonces habrá que moverse deprisa —dijo al fin—. Pero no solo hacia Arwex. Si queréis recuperar Esthalia, majestad, no bastará con que la Orden os escuche. Necesitáis a los antiguos Grandes del Reino.

Armen asintió.

—El marqués de Strawen. El duque Estigian. Los demás, si aún pueden ser alcanzados. Randor podrá haberles quitado sus títulos, pero para mí siguen siendo Grandes del Reino.

—Enviar pájaros sería lo más rápido —sugirió Ilaith.

Armen negó con la cabeza.

—No harían caso. No como deben. Sería mejor enviar mensajeros en persona, y preferiblemente, nobles.

Yuria, que llevaba un rato examinando los mapas con la mirada de quien no ve nombres sino distancias, suministros y ángulos de ataque, señaló el Empíreo.

—O podemos usar el dirigible. No hay medio más rápido ni más seguro para llevar emisarios de peso.

Armen e Ilaith se volvieron casi al mismo tiempo hacia Daradoth, como si ambas esperaran que el elfo terminara inclinando el tablero hacia uno u otro lado. Daradoth sintió con claridad el peso de aquella doble atención. No era solo política. Era la Vicisitud, el eco de esa fuerza que los había arrastrado a todos, de un modo u otro, hacia la causa de la Luz.

—Debemos recuperar Esthalia cuanto antes —dijo Daradoth—. Y el Empíreo es una ventaja demasiado importante para no usarla. Si no utilizamos las ventajas de que disponemos, ¿para qué las tenemos?

—El Empíreo correrá riesgos —advirtió Ilaith.

—Todo corre riesgos ya.

Armen apoyó una mano sobre el mapa.

—Yo no me quedaré aquí cruzada de brazos mientras mi hijo puede estar en Arwex.

—Bien, no creo que podáis encontraros en un lugar más seguro que con nosotros —respondió Galad.

Eso zanjó la cuestión, al menos por el momento. Arwex sería el destino. Pero antes debían descansar, reparar lo que aún pudiera repararse y entender mejor el estado de un continente que parecía resquebrajarse por todas partes.

Aquella noche, Daradoth estableció contacto con los elfos del Vigía. La conversación con Irainos no trajo alivio. Desde el lejano norte llegaban rumores inquietantes: exploradores de las regiones cercanas al Cónclave del Dragón hablaban de enormes sombras que se movían con la nieve. Las primeras nevadas habían caído ya sobre las estepas de Mágléria y las tierras fronterizas, pero no eran nevadas normales. Algo parecía deslizarse dentro de ellas, oculto en el blanco, acompañado por fenómenos que nadie sabía interpretar.

—Las tropas enemigas están contenidas por ahora —le comunicaron—. Hay una calma tensa. Pero quizá solo sea la calma que precede a la tormenta.

Daradoth compartió la noticia con los demás. Otro frente. Otra amenaza. Otro fuego en un horizonte que ya ardía demasiado.

Esa misma noche, Galad rezó, pidiendo el favor de Emmán.

No pidió victoria ni gloria. Como otras veces, pidió una visión. Quería saber qué había ocurrido con el hijo de Armen en la noche de la emboscada.

El sueño acudió de manera fragmentaria y terrible. Un niño caía en un abismo. Tres o cuatro brazos descendían hacia él, intentando alcanzarlo. Luego otras manos, surgidas de la oscuridad, apartaban a las primeras. Una sola mano conseguía aferrarlo. Todo se detenía entonces, justo antes de revelar si aquella mano lo salvaba o lo arrastraba hacia una caída distinta.

Al despertar, Galad no supo qué era peor: ignorar el destino del muchacho o saber que alguien lo había tomado.

La mañana siguiente, mientras Yuria, Armen e Ilaith revisaban la situación logística, la crudeza de la guerra volvió a imponerse sobre cualquier consideración moral. Las tropas de la Federación avanzaban deprisa, pero un ejército no se alimentaba con legitimidad ni con juramentos. Hacían falta grano, rutas seguras, barcos, salarios, herraduras, tela, madera, aceite, medicina. Hacía falta dinero.

Y el dinero llevaba a las minas.

Durante demasiado tiempo habían aplazado aquel problema. Las minas que debían sostener parte del esfuerzo de la Federación estaban afectadas por fenómenos extraños. Los informes hablaban de mineros apáticos, melancólicos o violentos; de sueños perturbados; de fallos constantes en la maquinaria; de una producción cada vez menor. Si aquello seguía así, Ilaith podría ganar batallas y aun así perder la guerra por hambre, impagos y descomposición del abastecimiento.

Yuria estudió rutas, columnas y tiempos con una precisión que hizo callar incluso a los oficiales más veteranos. Señaló pasos, posibles emboscadas, líneas de suministro vulnerables y formas de retrasar a las fuerzas enemigas que descendían desde el norte. Ilaith la observaba con una mezcla de orgullo, interés y cálculo. En aquella guerra, Yuria no era solo una aliada: era una herramienta estratégica de primer orden.

Pero mientras los generales hablaban de víveres y legiones, Daradoth pidió hablar a solas con Ilaith.

La encontró en un momento de breve descanso, aunque en ella el descanso rara vez parecía real. La Canciller tenía la mirada cansada y el gesto atento, como si incluso en reposo siguiera calculando distancias y consecuencias.

—Mi señora, os pido que seáis honesta. ¿Qué planes tenéis para Aredia? —preguntó Daradoth.

Ilaith no fingió no entender.

—Dirigir la causa de la Luz —respondió—. Al menos en lo que a los humanos respecta.

—Eso ya lo habíamos hablado. Pero imagino que os habéis dado cuenta de que la reina Armen quizá no esté de acuerdo. Y con los demás reyes o líderes de otros países pasará lo mismo. ¿Cómo pensáis gestionarlo?

—Con vuestro apoyo, por supuesto.

Daradoth sostuvo su mirada.

—No podéis utilizar mi posición para conseguir poder sobre el resto. Podéis intentarlo, pero yo no puedo permitirme perder futuros aliados por una guerra interna sobre quién va a liderar a los humanos.

Ilaith no se ofendió. Al contrario, pareció complacida de que la conversación llegara por fin al lugar que ambos habían estado evitando.

—Mi intención es proclamarme emperatriz —dijo, totalmente sincera.

No lo dijo con grandilocuencia, ni con vergüenza. Lo dijo como quien expresa una conclusión estratégica.

—Es la única forma que veo de derrotar a la Sombra —continuó—. Un mando unificado, fuerte, capaz de coordinar reinos que, de otro modo, se devorarían entre sí mientras el enemigo avanza. La Federación ya está bajo mi mando. Sermia, en la práctica, también se ha situado bajo mi liderazgo. Ercestria tendrá que escuchar. Esthalia será decisiva.

—Una cosa es vuestro deseo —replicó Daradoth— y otra que el resto de Aredia lo acepte.

—Por eso contaba con vos. Encabezaréis a los elfos y avalaréis mi candidatura, igual que en la última gran alianza con el Imperio Trivadálma.

Daradoth entrecerró los ojos.

—Sabéis que me considero con potestad para hablar de los elfos, pero no hablo en nombre de todos ellos. He sido cristalino con vos en eso.

—Y confío en vuestra palabra.

—Precisamente por eso deberíais hablar con Armen ahora. Antes de que recupere Esthalia. Si la ayudamos a reunir a los Grandes del Reino, a recuperar a su hijo y a levantar un ejército fuerte, luego se sentirá con poder para trataros de igual a igual. Y entonces saltarán chispas.

Ilaith guardó silencio.

—¿Puedo contar con vos como garante? —preguntó al fin.

—Con mi apoyo, sí. Pero no en una imposición.

—En absoluto. No quiero subordinados temerosos, sino seguidores convencidos. Nunca forzaría a Armen a hincar la rodilla, quiero que jure con convencimiento. Entonces, reunamos al resto.

El encuentro que siguió fue menos solemne y mucho más áspero. Daradoth, Galad, Symeon y Yuria escucharon cómo Ilaith exponía, sin rodeos, su ambición imperial. No quería tributos ni homenajes vacíos. Quería autoridad. Quería que, llegado el momento, si había que desplazar tropas esthalias a otra región de Aredia, Armen aceptara hacerlo por el bien de una guerra mayor. Quería evitar que los reinos humanos actuaran como piezas sueltas mientras la Sombra los rodeaba. Y que sus "vasallos" comprendieran sin ningún atisbo de duda que ella era la mejor opción y la más válida para liderar las fuerzas humanas de la Luz.

Yuria fue la más favorable a comprenderla. Veía en Ilaith a una líder capaz, preparada, informada y dispuesta a tomar decisiones que otros no se atreverían ni a formular. Pero Galad y Symeon insistieron en que la Luz no podía actuar como la Sombra. No podían imponer obediencia bajo el disfraz de salvación, insistiendo en ello aunque Ilaith ya lo había expuesto. Si Armen aceptaba, debía hacerlo porque creyera de verdad que la Canciller era la mejor opción, no porque se sintiera acorralada, agradecida o manipulada.

—Debemos hacerle ver que la Luz no impone —dijo Galad—. La Sombra obliga. Nosotros no deberíamos hacerlo.

—Pero la Luz también necesita decidir —respondió Ilaith—. Si cada reino conserva su orgullo intacto y actúa por separado, perderemos todos.

La discusión giró durante un rato en torno a palabras: emperatriz, liderazgo, pacto de fidelidad, alianza, obediencia, coordinación. Ninguna parecía limpia. Todas arrastraban un peligro.

Al final acordaron hablar con Armen.

La reina acudió acompañada por la dignidad que parecía recomponerse en ella a cada hora que pasaba. Todavía había cansancio en sus ojos, pero también una nueva firmeza. Había sido secuestrada, manipulada, humillada en lo más íntimo de su voluntad. Y, sin embargo, no se había quebrado; allí estaba.

Antes de que Daradoth planteara el asunto central, Ilaith sacó un objeto y lo depositó sobre la mesa.

Era una banda o diadema sencilla, adornada con una pieza oscura que no parecía exactamente una gema. Su superficie absorbía la luz de una forma extraña, como si estuviera hecha de piedra volcánica, metal opaco o un material que no perteneciera del todo al mundo común.

—Majestad —dijo Ilaith—, me gustaría que aceptarais este presente. Es kregora. No es infalible, pero os ayudará a resistir ataques sobrenaturales e influencias como la que sufristeis con Selene.

Armen miró el objeto con cautela.

—¿Hubiese evitado lo que me ocurrió?

—Tal vez no por completo —respondió Ilaith—. Pero os habría ayudado.

Galad asintió con gravedad.

—Ponéosla, majestad. Y no dejéis de llevarla.

Armen tomó la diadema y se la colocó. Durante un instante pareció sentirse incómoda bajo el peso simbólico del regalo. Luego levantó la cabeza.

—Gracias. Pero presiento que no me habéis llamado solo por esto.

Daradoth tomó la palabra.

—Majestad, Aredia se encuentra en una situación gravísima. Y empeorará. Necesitamos que todas las fuerzas de la Luz se unan y combatan juntas, sin importar origen, raza o credo. Tendremos que hacer alianzas que, en circunstancias normales, quizá jamás consideraríamos. Y para que eso funcione hace falta un liderazgo claro.

Mientras hablaba, la Vicisitud se tensó.

Todos notaron el familiar tirón metafísico en el vello de sus nucas.

No fue un hechizo, ni una orden, ni una coacción en el sentido vulgar de la palabra. Fue algo más profundo y difícil de resistir: una corriente invisible que hacía que las palabras parecieran más verdaderas, que el aire se volviera más denso, que las luces de la tienda brillaran con más fuerza y las sombras se recortaran con una nitidez casi insoportable. La estancia pareció más grande de lo que era. Como si no estuvieran solo en la estancia de una mansión, sino en el centro de un acontecimiento destinado a dejar marca.

Armen miró a Daradoth. Luego a Ilaith. Su respiración se agitó ligeramente.

—¿Qué queréis decir exactamente?

Daradoth no esquivó la respuesta.

—Que Lady Ilaith debe liderar esta guerra. La Federación se ha transformado bajo su mando. Sermia, la reina Irmorë, actúa ya bajo su liderazgo. Vos sois, o seréis, la representante legítima de Esthalia. Pero si cada poder actúa por separado, fracasaremos. Queremos conocer vuestra opinión.

Armen sostuvo la mirada de Ilaith.

—¿Me pedís que hinque la rodilla?

—No —respondió Daradoth antes de que Ilaith pudiera hacerlo—. No deberíais hincar la rodilla ante nadie. Sois reina. No hablamos de impuestos ni de despojaros de vuestro reino. Hablamos de tropas, de decisiones estratégicas, de sacrificios. Puede llegar un momento en que, por el bien de toda la guerra, haya que pedir a Esthalia algo terrible. Abandonar una región, desplazar fuerzas lejos, aceptar una pérdida para evitar una catástrofe mayor. En esos momentos debe haber una persona que decida con visión global. Creemos que esa persona es Ilaith.

Armen giró lentamente hacia Galad.

—Vos sois el brazo de Emmán.

Galad sintió el peso de esa frase con una incomodidad casi física.

—Así me consideran algunos —respondió—, aunque otros no quieran aceptarlo.

—¿Estáis de acuerdo con esto?

El paladín no respondió de inmediato. Pensó en Usturna, en Rheynald, en los Inmaculados, en los paladines de Emmolnir que quizá apoyaban a Randor. Pensó en Ilaith, en su ambición y en su lucidez. Pensó en Armen, en el hijo perdido y en la dignidad de una reina que apenas acababa de recuperar su propia alma.

—Creo que la Sombra está arraigando en Esthalia —dijo al fin—. Y, al igual que Daradoth y todos los presentes, creo que necesitamos una dirección clara para combatirla. No os digo que debáis someteros por gratitud. Solo que, si aceptáis, debe ser porque lo veis como la mejor opción.

Ilaith intervino entonces, con voz más suave de lo habitual.

—No os pido nada a cambio de lo que estoy haciendo. Liberar a vuestro hijo, si está cautivo, y ayudaros a liberar Esthalia no depende de vuestra respuesta. Lo haré por la Luz, no por una cadena de favores. Si aceptáis mi liderazgo, debe ser por voluntad propia.

Aquello pareció afectar a Armen más que cualquier argumento. La reina miró a Ilaith durante largo rato. Entre ambas mujeres pasó algo que ninguno de los presentes pudo traducir del todo: admiración, recelo, reconocimiento, cálculo.

—Sois una de las pocas personas a las que empiezo a admirar —dijo Armen al fin—. Si esto es así, tenéis mi lealtad y mi afecto. Y mi fidelidad.

Ilaith no sonrió, pero sus ojos se iluminaron.

—Entonces...

—Pero os pido una cosa —la interrumpió Armen—. No puedo hacer un juramento público. No todavía. Si los Argion, los Grandes del Reino o mis enemigos supieran que he declarado fidelidad a un poder exterior antes de recuperar Esthalia, jamás lograríamos unir el reino. Sería fatal.

—Por supuesto —aceptó Ilaith—. Contaba con ello.

Armen apoyó una mano sobre el pecho. Yuria, Symeon, Galad y Daradoth sintieron vértigo ante el remolino metafísico que los envolvió de repente, y que solo ellos podían percibir.

—Por mi honor y por la esperanza que albergo de renacer en Emmán, hago voto de que, cuando Esthalia vuelva a estar bajo mi autoridad, formalizaré este juramento.

La Vicisitud se aquietó poco a poco. Las luces recuperaron su tamaño natural. La tienda volvió a ser una tienda. Pero todos sabían que algo había cambiado.

Había nacido un imperio que todavía no podía pronunciar su propio nombre.

La reunión concluyó mejor de lo que muchos habían esperado. Quizá demasiado bien. Nadie ignoraba que el tirón metafísico había favorecido aquel acuerdo, aunque tampoco podían asegurar que Armen no hubiera llegado a la misma conclusión sin él. Las circunstancias la empujaban en esa dirección: estaba sola, su hijo desaparecido, su reino fracturado, su legitimidad amenazada y la Sombra enraizada en Esthalia.

Pero el éxito de la conversación no trajo paz al grupo.

Al contrario.

Cuando se quedaron a solas, surgió un asunto que llevaba tiempo aguardando bajo la superficie: los gemelos de sangre imperial, aquella otra carta oculta en el tablero de Aredia. Si Ilaith pretendía proclamarse emperatriz, ¿debía conocer la existencia de posibles herederos vinculados a la antigua legitimidad Trivadálma? ¿Era una información que podía ayudarla, permitiéndole protegerlos, unirlos a su causa o incluso convertirlos en instrumento de una alianza? ¿O podía ponerlos en peligro, transformándolos en obstáculos para una mujer que acababa de confesar su deseo de liderar toda Aredia humana?

Yuria defendió que ocultar algo así a Ilaith era una forma de traición. Para ella, la Canciller había demostrado, una y otra vez, que actuaba con honor y visión. No había masacrado a sus enemigos cuando podía hacerlo. No había destruido a los príncipes comerciantes que se le opusieron; los había integrado, convencido o neutralizado políticamente. Había apostado su poder, sus recursos y su futuro por una guerra que no le habría hecho falta librar si hubiese preferido enriquecerse desde Tarkal.

—No podemos pedirle confianza si le ocultamos una carta así —dijo Yuria—. Si de verdad creemos que está con la Luz, debemos tratarla como aliada.

Symeon no compartía esa seguridad.

—Una cosa es confiar —replicó— y otra poner en sus manos la vida de personas que pueden convertirse en amenazas para su ambición. Ilaith quiere ser emperatriz. Nos lo acaba de decir. Si sabe que existen otros con un derecho simbólico mayor, quizá no los mate, pero los controlará, los presionará, los usará.

Galad fue todavía más duro. No acusaba a Ilaith de maldad, pero veía con creciente preocupación la devoción de Yuria hacia ella.

—La miras como si no pudiera equivocarse —dijo—. Como si su ambición fuera siempre virtud porque está al servicio de la Luz. Pero sigue siendo ambición.

Yuria se tensó.

—No la estoy adorando. Estoy siendo honesta con alguien que nos ha apoyado desde el principio.

—Y nosotros te estamos pidiendo que no se lo digas —respondió Galad—. Si aun así lo haces, estarás confiando más en ella que en nosotros.

Aquello abrió una grieta mucho más íntima que cualquier desacuerdo estratégico. No era solo Ilaith. Era la confianza dentro del propio grupo. Qué podía ocultarse, cuándo, por qué, y a quién. Symeon había guardado secretos antes. Daradoth no siempre decía todo lo que sabía. Galad tenía sus propios abismos. Pero ahora, con el proyecto imperial de Ilaith sobre la mesa, cada silencio parecía más peligroso.

La discusión no terminó con una decisión clara. Terminó, más bien, con cansancio, resentimiento y una certeza desagradable: la Luz también podía fracturarse desde dentro.

Antes de partir, Daradoth pidió hablar a solas con Armen. Quería saber cómo se sentía después de la conversación con Ilaith, si se había sentido forzada, si la Vicisitud la había arrastrado más allá de su voluntad.

La reina lo recibió con una serenidad que no parecía fingida.

—Me siento bien —dijo—. Abrumada, quizá. Pero creo que era necesario.

—No quiero que penséis que os hemos impuesto nada.

—No soy tan fácil de imponer, lord Daradoth.

El elfo aceptó la corrección con una leve inclinación de cabeza.

—Entonces permitidme deciros algo más. Puede llegar un momento en que os pidamos sacrificios terribles. Poner en riesgo vuestra tierra, desplazar tropas, abandonar una región para salvar otra. No lo haremos por dañar Esthalia ni por reducir vuestra fuerza. Si ocurre, será porque creemos que es necesario contra enemigos que superan todo cuanto conocíais. Y lo tendréis que hacer, pues vuestro juramento os vinculará a Ilaith para siempre.

Armen escuchó sin apartar la mirada.

—Eso son las guerras —respondió—. Nada que no sepa ya. Pero ahora necesito contactar con los Grandes del Reino. Para mí siguen siéndolo, aunque Randor les haya arrebatado títulos y honores. Necesito poner Esthalia en pie otra vez.

—Eso queremos también nosotros.

Daradoth señaló entonces la diadema de kregora.

—No dejéis de llevarla. Nunca. Ni siquiera mientras dormís, si podéis evitarlo.

—¿Tan importante es?

—Lady Ilaith salvó su vida gracias a un objeto semejante. Evitó ser poseída por un kalorion. Y lo que os hizo Selene no será el último intento de quebrar vuestra voluntad.

Luego, tras una breve vacilación, Daradoth se subió la pernera y mostró la herida de su muslo. La vieja lesión seguía allí, oscura, obstinada, como si el cuerpo se negara a reconocerla del todo.

—Esto me lo hizo una daga negra como la que vos custodiabais. Una kothmor. Galad puede sanar heridas mediante el poder de Emmán, pero esta no se cierra como debería. Estas son las cosas de las que hablamos cuando decimos que nos enfrentamos a algo más que una guerra humana.

Armen palideció ligeramente.

—Entonces, esa daga...

—Es un artefacto maligno. La propia Sombra. Y si Robeld, Selene o el Brazo Oscuro la conservan, sigue siendo una amenaza.

—Si es que siguen vivos —murmuró Armen.

Nadie respondió a eso. La esperanza de que la nada de Usturna hubiera devorado también a sus enemigos era demasiado tentadora para ser fiable.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, el Empíreo fue reparado por completo. Yuria no se conformó con devolverlo al estado anterior: supervisó refuerzos, revisó líneas, ordenó ajustes y consiguió que se instalara un arpón en proa con giro amplio, además de defensas de madera que pudieran elevarse o bajarse según la situación. No era una fortaleza volante, pero estaba mejor preparado para sobrevivir a otro encuentro con horrores alados.

Mientras tanto, Aldur insistía en Usturna. No de forma teatral, sino constante, como una oración repetida. No podían dejar a los fieles allí. No podían aceptar que una ciudad entera hubiera sido condenada sin siquiera mirar atrás.

Al final decidieron acercarse a la ciudad.

No con todo el peso de la fuerza principal, ni con tropas, ni con intención de entrar en la ciudad a ciegas. Usarían el Surcador, que Ilaith seguía usando como su medio de transporte principal, para una exploración rápida mientras el Empíreo terminaba de quedar listo. Pero antes de eso, Symeon quiso observar otro lugar que amenazaba con devorar sus planes: las minas.

Entró en el Mundo Onírico con cautela, ocultando su presencia todo cuanto pudo. El viaje no fue sencillo. Ya no podía moverse por aquel ámbito como antes, y cada salto le recordaba que, en los sueños, las distancias no eran solo distancia. Al aproximarse a la región de las minas, percibió una presencia colosal.

Allí estaba.

Otra criatura inmensa, tentacular, cubierta de incontables ojos o de algo que la mente de Symeon interpretó como ojos porque necesitaba algún nombre para el horror. Grande como una montaña, o como una ciudad agazapada en el sueño. No gritaba como la criatura de Usturna, pero su mera presencia deformaba el ámbito onírico a su alrededor.

Symeon se mantuvo lejos.

Buscó otras presencias. Al principio solo obtuvo fogonazos, destellos breves que desaparecían como luciérnagas cubiertas por una mano. Insistió. Entonces percibió dos grupos, ambos al sur de la criatura, a varios kilómetros de distancia. Varias presencias en cada uno, quizá tres, quizá más. Estaban ocultas, observando o esperando. No pudo saber si vigilaban a la criatura, si la controlaban, si la temían o si buscaban lo mismo que ellos.

Aquello bastó, y Symeon regresó sin acercarse más.

—La criatura sigue allí —informó a los demás—. Y no está sola. Hay grupos ocultos cerca. No sé quiénes son. No sé si la vigilan, si la atraen o si pretenden llegar a algo que hay en las minas. Pero si esa cosa permanece allí, es porque algo la retiene. Algo está transgrediendo la realidad, como ocurría con las pirámides o con nuestras intervenciones más peligrosas.

La conversación derivó hacia viejos temores: las estructuras antiguas, los experimentos de la Era Legendaria, los elfos desaparecidos, los objetos que podían llamar a criaturas del sueño. Si en las minas había una pirámide, un nexo o una herida semejante, tal vez pudieran cerrarla. Pero hacerlo implicaría aproximarse a una criatura capaz de quebrar la mente de los durmientes y quizá algo más.

Esa noche, Symeon habló con Nirintalath.

Le explicó lo que había visto y la posibilidad de tener que acercarse físicamente a las minas. Le dijo también que, si percibía peligro para ella, se alejaría de la zona aunque eso significara dejar atrás a los demás durante un tiempo.

La Espada del Dolor lo miró desde su forma de muchacha verdemar, con esa mezcla de fragilidad y abismo que siempre hacía difícil recordarla como arma.

—Tu deseo de protegerme es loable —dijo—. Pero hay un fin mayor.

—Lo sé. Y aun así, si veo el menor riesgo para tu integridad, te apartaré.

—Acércame cuando llegue el momento.

Symeon no prometió obedecer.

El Surcador partió al anochecer, elevándose lo suficiente para evitar miradas indiscretas. El viaje hacia el norte fue tenso y frío. Desde las alturas, Esthalia parecía un territorio desfigurado por cicatrices: caminos vacíos, aldeas con humo apagado, campos sin cosechar, fortalezas que ya no respondían al mismo señor que semanas atrás.

Antes de aproximarse físicamente a Usturna, Symeon volvió a entrar en el sueño.

Desde una elevación onírica contempló la representación de la ciudad. El bosque muerto seguía allí, pero ahora distinguió pequeñas llamas blancas, débiles, dispersas, como velas consumiéndose a gran distancia. No ardían con fuerza. Se desvanecían. Symeon comprendió lo que eran, o creyó comprenderlo: restos de presencias, vidas debilitadas, personas que todavía no habían desaparecido por completo.

Cuando despertó, su rostro bastó para que los demás supieran que las noticias no eran buenas.

—Todavía hay algo —dijo—. Llamas blancas, muy débiles. Como personas desvaneciéndose. Si quedan supervivientes, no tienen mucho tiempo.

Aldur cerró los ojos. Galad apretó los dientes.

El Surcador continuó acercándose. A media tarde, Usturna apareció al fin bajo ellos.

No parecía una ciudad conquistada.

Parecía una ciudad muerta.

Desde la distancia, sus calles estaban vacías. No había humo vivo en los hogares, ni movimiento en las plazas, ni actividad en el puerto. Al aproximarse más, el olor llegó incluso hasta la nave: carne muerta, animales reventados por la descomposición, agua estancada, enfermedad. La ciudad entera despedía el hedor de algo que había caído de golpe y había quedado abandonado al sol.

Con los catalejos, vieron cadáveres en las calles. No unos pocos. Muchos. Demasiados. Algunos yacían cerca de puertas abiertas, otros en mitad de caminos, otros junto a carros detenidos, o sobre ellos. En los campos cercanos distinguieron un carro de granjero que jamás había llegado a la ciudad: el hombre seguía sentado con las riendas en las manos, muerto; los bueyes habían caído delante, todavía uncidos; las gallinas aparecían dispersas, también sin vida.

No había sido solo el sueño.

Lo que había ocurrido en Usturna había alcanzado el mundo despierto.

—Es como en el campamento errante —murmuró Symeon—. Los gritos. El sueño. La muerte extendiéndose.

Aldur lloró en silencio.

Galad no supo qué decirle. Ninguno de los argumentos de los días anteriores servía ya para nada ante aquella visión. La prudencia seguía siendo necesaria, pero la prudencia no consolaba a los muertos.

Se acercaron con extremo cuidado a la ciudadela y a las casas solariegas de los alrededores, sin descender todavía. Daradoth, con la mirada aumentada por sus instrumentos, localizó una propiedad rodeada por un muro. En el centro se levantaba una casa noble menor, quizá de algún terrateniente o servidor de la ciudad. En un espacio despejado cercano, algo llamó su atención.

—Una cruz —dijo.

Al principio pensó que alguien la había dibujado. Luego comprendió que no. Eran restos quemados: matojos, ramas o haces de paja dispuestos deliberadamente en forma de cruz, consumidos ya, pero todavía reconocibles desde el aire por quien supiera mirar.

Una señal.

Una llamada.

—Tenemos que bajar —dijo Galad.

El Surcador descendió con lentitud. Nadie habló durante la maniobra. Las armas fueron revisadas, las protecciones invocadas, las miradas dirigidas una y otra vez hacia las calles muertas de Usturna y hacia la ciudadela donde la mancha de inexistencia había abierto su herida.

Cuando tocaron tierra cerca de la casa, lo primero que vieron fueron varias personas arrodilladas. Parecían haber estado rezando. Algunas habían caído hacia delante; otras permanecían ladeadas, como muñecos abandonados por una mano cruel. La cruz quemada seguía allí, muda, desesperada, apuntando al cielo desde una ciudad que ya no sabía pedir ayuda de otra forma.

Y entonces comprendieron que Usturna no había terminado de morir.

Todavía quedaba algo.

Y por eso mismo, quizá, el horror tampoco había terminado.

 

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