Translate

Publicaciones

La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 5 - Capítulo 30

Arwex. Bajo la Piedra de los Argion.

La noche envolvía Dahier cuando el Empíreo abandonó las proximidades de la capital ducal y puso rumbo hacia Arwex.

Lady Erwinna no viajaba con ellos. Como representante plenipotenciaria de Aleyre Shotald tendría que organizar su propio séquito y presentarse ante los Argion de la forma que correspondía a una enviada oficial de la duquesa. Tardaría probablemente un par de jornadas más en llegar. A bordo del dirigible viajaban, en cambio, Alexadar Stadyr, Armen y los compañeros de la reina.

Y nadie ignoraba que estaban a punto de introducirse en un lugar potencialmente hostil.

—Quizá deberíamos considerar una posibilidad —dijo Yuria mientras el Empíreo avanzaba entre la oscuridad—. Que todo esto sea una manera de reunir en un único lugar a quienes puedan resultar incómodos para Randor.

Armen la miró.

—¿Pensáis que el juicio es una trampa?

—No necesariamente. Pero van a concentrarse en Arwex casi todos los antiguos Grandes y buena parte de la nobleza más importante de Esthalia. Si el rey quisiera aprovechar la ocasión para librarse de algunos…

Alexadar negó lentamente con la cabeza.

—Los nobles convocados son, en su mayoría, partidarios de Randor. Wartan, Uterlan, Maral, Rowal… No tendría sentido reunirlos para asesinarlos.

—Es posible que ese no sea el propósito inicial —intervino Galad—. Pero si aparecemos nosotros, y especialmente si aparece Armen, las cosas podrían cambiar.

Faewald recordó algo todavía más importante.

—Arwex pertenece a los Argion. No creo que la Orden permita que el rey convierta su sede en un matadero.

Aquello constituía una cierta garantía, aunque nadie sabía hasta dónde llegaba realmente la independencia de los caballeros.

Armen permaneció pensativa.

—No voy a presentarme inmediatamente. Primero averiguaremos qué pruebas existen contra Woderyan y qué posición mantiene cada uno de los nobles. Cuando llegue el momento adecuado, apareceré.

—Entonces entraremos como séquito de Alexadar —dijo Symeon.

—Exactamente.

El marqués asintió. La cuestión siguiente era cómo presentarse.

Podían abandonar el Empíreo a cierta distancia y llegar a caballo o incluso a pie, pero aquella posibilidad eliminaba una de sus mayores ventajas: el impacto que su presencia podía provocar. En los últimos días habían comprobado hasta qué punto los elfos, los paladines y el propio dirigible alteraban cualquier encuentro diplomático.

—Debemos llegar con el Empíreo —opinó Alexadar—. Los demás nobles acudirán con decenas o centenares de soldados. Nosotros no disponemos de una comitiva semejante. La nave compensará esa diferencia.

—Randor ha ordenado vigilar los ingenios voladores —recordó Galad.

—Pero llegará bajo mi estandarte —respondió el marqués—. Si alguien pregunta, Daradoth es uno de mis aliados y la nave pertenece a su gente.

El elfo alzó una ceja.

—¿A mi gente?

—¿Creéis que alguno de ellos sabe cómo viajan los elfos?

Symeon sonrió.

—Para ellos puede ser perfectamente una nave élfica.

Daradoth no pareció especialmente entusiasmado con la mentira, aunque reconoció su utilidad.

Armen intervino antes de que la discusión continuara.

—Además, no olvidéis la impresión que causáis todos vosotros. Estáis demasiado acostumbrados a vuestra propia apariencia. Un elfo, varios paladines de Emmán, un Maestro del Saber cargado de reliquias y un gigante como Aldur no forman precisamente una comitiva corriente.

Symeon dirigió una mirada a su bastón.

—Supongo que uno acaba acostumbrándose.

—Pero los demás no.

Alexadar decidió cómo los presentaría. Symeon aparecería como Maestro del Saber y consejero erudito del marqués; Galad, como consejero espiritual y hombre de confianza; Yuria ocultaría cualquier elemento de su indumentaria que pudiera relacionarla directamente con los ejércitos ercestres y sería presentada como una noble extranjera vinculada a su casa. Daradoth no necesitaba ningún artificio, sería Lord Daradoth Ithaulgir, aliado del marqués de Strawen.

Eso bastaría.

Armen, mientras tanto, permanecería oculta en el Empíreo.

Durante la noche viajaron hacia el norte y el nordeste. El amanecer surgió detrás de la cordillera de las Amaryn.

Las montañas dominaban todo el horizonte oriental como una gigantesca muralla de piedra. Sus picos se elevaban por encima de las nubes, formando una barrera prácticamente infranqueable. Más allá se encontraba Paraíso, pero pocas personas habían conseguido atravesar aquellas montañas y regresar para contarlo. Las leyendas hablaban de expediciones desaparecidas, pasos que terminaban bajo aludes y valles de los que ningún viajero había vuelto.

Ni siquiera el Empíreo podría cruzar fácilmente aquellos picos.

A medida que avanzaban hacia Arwex, el terreno comenzó a elevarse. Los grandes campos de Dahier fueron dejando paso a bosques cada vez más extensos. Después llegaron las colinas, los pastos de altura y los valles estrechos por los que discurrían caminos sinuosos.

El viento también aumentó.

Las corrientes procedentes de las montañas sacudieron el dirigible varias veces, obligando a Yuria a reducir altura.

Finalmente encontraron una calzada mejor construida que las demás.

—Ese es el camino de Arwex —dijo Alexadar.

Lo siguieron desde el aire.

Al cabo de un tiempo aparecieron cuatro poblaciones desperdigadas por los valles. Se encontraban separadas por varios kilómetros, pero todas parecían vinculadas a la fortaleza. Eran lugares de comerciantes, artesanos, agricultores y pastores que abastecían a la Orden.

Y, sobre una enorme elevación rocosa, apareció Arwex.

La sede de los caballeros Argion no se parecía a ninguna fortaleza que hubieran contemplado anteriormente.

Una parte considerable de sus estructuras había sido excavada directamente en la montaña. El resto estaba construido con enormes sillares de una piedra de color gris oscuro que, bajo la lluvia, adquiría un brillo casi metálico. Desde lejos podía parecer acero.

No tenía las grandes torres destinadas a dominar un campo de batalla ni las elaboradas defensas de una fortaleza fronteriza. Nunca había necesitado cumplir semejante función. Arwex se encontraba en el corazón de Esthalia, protegida por las montañas y por la propia reputación de quienes la habitaban.

Era, más que un castillo, una gigantesca residencia fortificada. Austera, antigua e inmutable.

El mal tiempo contribuía a reforzar aquella impresión. Una lluvia fina cubría la montaña y las nubes bajas envolvían las zonas superiores del complejo.

Pero lo que realmente llamó su atención fue lo que había alrededor.

Arwex estaba abarrotada.

Habían surgido campamentos a ambos lados de los caminos. Centenares de tiendas cubrían las laderas y columnas de soldados entraban y salían constantemente. Había carruajes, caballos, carros de suministros y comitivas nobiliarias esperando alojamiento.

Arwex, sede de los caballeros Argion

Y sobre cada campamento ondeaban estandartes.

Yuria y los demás reconocieron inmediatamente los de Wartan, Uterlan, Maral y Rowal.

Los principales ducados que combatían del lado de Randor ya habían enviado representantes.

También había multitud de enseñas menores: baronías, marcas y señoríos vinculados a aquellas casas.

Tres de ellas pertenecían a importantes linajes de Estigia.

—Los vasallos de Woderyan —murmuró Symeon—. Brannor, Caerhest y Kelvorn.

Alexadar observó los pendones.

—Algunos de los nobles que lo acusaron deben de encontrarse ya aquí.

La desaparición del duque había dejado un vacío demasiado grande. Cada familia importante de Estigia tenía ahora algo que perder o ganar con el juicio.

—Y quizá alguno espere convertirse en el próximo señor del ducado —dijo Yuria.

Nadie respondió. No necesitaban decirlo.

Decidieron hacer exactamente aquello que habían planeado.

El Empíreo comenzó a descender frente a Arwex con el estandarte de Strawen desplegado sobre la cubierta.

Los efectos fueron inmediatos.

Los soldados de los campamentos comenzaron a señalar hacia el cielo. Sonaron voces de alarma. Decenas de hombres corrieron hacia las posiciones de guardia y sobre los muros aparecieron caballeros Argion armados con ballestas.

En los campamentos más cercanos ocurrió lo mismo.

Cuando el dirigible se encontraba todavía a varias decenas de metros del suelo, al menos medio centenar de arqueros y ballesteros lo apuntaban.

Una voz surgió desde la entrada.

—¡Identificaos! ¡Ninguna nave puede aproximarse a Arwex sin autorización del Consejo!

Alexadar se adelantó hasta la borda.

—¡Soy Alexadar Stadyr, marqués de Strawen! ¡Acudo a Arwex para asistir al juicio de Woderyan Estigian! ¡Permitidnos poner pie en tierra! —gritó, mientras Armen se cubría con una capa y desaparecía en el camarote del capitán.

Daradoth entregó el búho de ónice a Suras.

—Permaneced atentos. Si ocurre algo, quiero que podamos comunicarnos inmediatamente.

El Empíreo descendió hasta quedar unos diez metros sobre el terreno. Lanzaron un ancla y uno de los marineros aseguró la nave de manera que pudiera liberarse con rapidez en caso de emergencia.

Entonces comenzó el descenso.

Galad fue uno de los primeros.

Bajó con la sobreveste de paladín de Emmán perfectamente visible y el escudo de su dios expuesto. Cuando faltaba poco más de un metro para alcanzar el suelo, abandonó la escala de un salto y aterrizó delante de quienes los observaban.

Alexadar descendió detrás.

Después llegó Symeon, bajando con sorprendente agilidad mientras sujetaba su extraordinario bastón.

Yuria los siguió, mucho más discretamente vestida.

Faewald y varios de los demás fueron formando alrededor del marqués una pequeña comitiva.

Entonces llegó el momento de Daradoth.

El elfo miró hacia abajo.

Durante demasiado tiempo había tratado de pasar inadvertido. Había ocultado su naturaleza, evitado provocar reacciones innecesarias y reducido al mínimo las demostraciones de poder.

Aquella vez hizo exactamente lo contrario. Tomó a Ethëilë del brazo y ambos descendieron volando.

Un murmullo recorrió los campamentos.

Después se convirtió en cientos de voces.

—¡Hechicería!

—¡No!¡Son elfos!

—¡El Bello Pueblo!

Los dos elfos descendieron lenta y majestuosamente desde el Empíreo, y se posaron junto a Alexadar.

Arakariann bajó después, incorporándose también al grupo.

La presencia de un solo elfo ya habría bastado para convertir su llegada en un acontecimiento. Tres figuras del Bello Pueblo caminando juntas junto al marqués de Strawen provocaron una conmoción difícil de contener.

Algunos soldados se arrodillaron.

Otros realizaron signos de respeto.

Hubo hombres que permanecieron simplemente inmóviles, contemplándolos como si una de las antiguas leyendas de Esthalia hubiera descendido de pronto sobre ellos.

Alexadar observó alrededor.

Por primera vez desde la caída de Strawen pareció recuperar plenamente el porte que correspondía a uno de los antiguos Grandes del Reino. Se irguió, y comenzó a caminar hacia Arwex.

Daradoth ocupó su lado izquierdo.

Los demás los siguieron unos pasos por detrás.

La entrada había conseguido exactamente el efecto que buscaban, todas las miradas estaban puestas en ellos. Antes de que alcanzaran las puertas, tres caballeros Argion salieron a recibirlos.

El primero era sir Haldran de Veghar, juez de frontera de la Orden. Junto a él caminaba sir Beryn de Caldwenn, que ejercía como capellán, y lady Theryn de Gwendar, custodia de las reliquias de Arwex.

Los tres saludaron respetuosamente a Alexadar, pero inevitablemente sus ojos terminaron sobre los elfos.

Haldran hizo el signo de Emmán.

—Es un honor recibiros en Arwex, lord Stadyr. Y un honor extraordinario contemplar con nuestros propios ojos a miembros del Bello Pueblo.

También dedicó unas palabras especialmente cálidas a Galad y Aldur.

—Y es igualmente un honor conocer personalmente a hermanos paladines que tanto han hecho al servicio de nuestro rey y de nuestra fe.

No todos parecían compartir su entusiasmo.

Sir Beryn observó a Daradoth con una atención distinta. No había reverencia en su mirada. Había inquietud.

Yuria lo advirtió, y se acercó discretamente a Galad.

—Ese hombre tiene miedo de Daradoth.

El paladín miró al capellán.

No podía saber el motivo.

Lady Theryn, por el contrario, parecía especialmente interesada en Symeon.

No era difícil comprender por qué.

Sus ojos regresaban una y otra vez al bastón que llevaba el Maestro del Saber y a la diadema que adornaba su cabeza.

Symeon también lo advirtió, pero ninguno dijo nada todavía.

Los tres Argion los condujeron hacia el interior.

A ambos lados del camino continuaban las reverencias, las miradas y los murmullos. Algún soldado pedía la bendición de los paladines. Otros observaban a los elfos con una veneración casi infantil.

Daradoth escuchó numerosas veces la misma palabra.

Elfo.

No pronunciada con miedo, sino con orgullo. Como si el mero hecho de que aquellas criaturas legendarias caminaran por Arwex otorgara una dignidad especial a quienes podían presenciarlo.

La sede de los Argion era todavía más austera por dentro.

No había grandes salones ornamentados ni galerías cubiertas de obras de arte. Todo parecía construido para durar. Muros gruesos, corredores de piedra oscura, puertas pesadas y pequeños ventanucos abiertos en los lugares donde la roca lo permitía. Buena parte de las estancias parecían penetrar directamente en la montaña.

Los condujeron hasta la Sala del Consejo.

Allí los esperaban los hombres y mujeres que decidirían el destino de Woderyan Estigian.

Presidiendo la gran mesa se encontraba lord Gwintar de Hasalon, gran maestre de la Orden Argion. Era un hombre de edad avanzada, barba y cabellos blancos perfectamente cuidados, pero nada en su aspecto transmitía debilidad. Permanecía sentado con la espalda recta y una expresión severa. No necesitaba levantar la voz para imponer su autoridad.

Junto a él estaban algunos de los miembros más influyentes de la Orden: sir Awald de Tharenn, general de los Argion; lady Arveth de Sannor; lady Maelin Stadyr, jurista y custodia de los archivos; y sir Mornal de Veyr.

Alexadar miró a Maelin.

—Bienhallada, prima.

La mujer respondió al saludo con corrección.

Entre los demás caballeros presentes, Symeon descubrió otro rostro.

Y se estremeció.

«¡Eygène de Rheynald!, el hermano de Valeryan», pensó, «así que aquí fue a donde se dirigió al abandonar su tierra natal».

No lo había visto durante los acontecimientos más recientes de Rheynald, pero conocía perfectamente su identidad. También sabía que las relaciones entre Eygène y su hermano jamás habían sido buenas.

Eygène tardó un poco más en reconocerlo, pues Symeon había cambiado mucho.

Pero finalmente sus miradas se cruzaron.

El Argion también reconoció a Faewald.

No hubo saludos.

Solo un silencio desagradable que dejó claro que aquel encuentro podía convertirse en un problema más adelante.

Después, lord Gwintar presentó a los principales nobles convocados.

Estaban representados los ducados de Maral, Uterland, Rowal y Wartan. Entre ellos se encontraba Eladewan Rennos, duque de Wartan, uno de los hombres cuya postura ante los acontecimientos todavía debían determinar.

Los demás nobles observaron a Alexadar con una cortesía bastante menos cálida que la mostrada por los Argion.

Uno de ellos, Alaryan Vausen, el duque de Maral, fue directo.

—No sabíamos que el rey os hubiese convocado, lord Stadyr.

Alexadar percibió inmediatamente el tono. Aquella vieja animosidad seguía existiendo. Antes de que Randor aboliera los Grandes del Reino, algunos duques jamás habían aceptado de buen grado que un simple marqués pudiera situarse políticamente a su misma altura. La estrecha relación de Alexadar con Armen solo había empeorado las cosas.

—Las noticias de este juicio llegaron hasta mí —respondió—. Consideré que un asunto semejante obliga a presentarse a cualquier noble de Esthalia preocupado por el futuro del reino.

—Pero ¿recibisteis una convocatoria del rey?

Alexadar sostuvo la mirada.

—No recibí personalmente una carta. Pero conozco la voluntad de convocar a la nobleza del reino y decidí adelantarme al mensajero.

Algunos de los duques intercambiaron miradas.

—En ese caso —dijo uno—, no estoy seguro de que debamos consideraros parte de esta convocatoria.

Symeon intervino.

—Con el debido respeto, poner en duda la palabra de lord Stadyr equivale a insinuar que miente acerca de la voluntad del rey.

—No tergiverséis mis palabras, Sapiente.

La tensión aumentó.

Hasta que Gwintar habló.

—Hay verdad en las palabras de lord Stadyr.

La sala quedó en silencio.

—No estamos aquí para decidir quién merece conocer los deseos del rey. Si el marqués de Strawen ha considerado que su deber hacia Esthalia exige su presencia, no seré yo quien se la niegue.

Miró a Alexadar.

—Gozáis de mi hospitalidad y de mi invitación a permanecer en Arwex, lord Stadyr. —Miró a su alrededor, hosco—. Esto zanja la discusión.

Los nobles dejaron de discutir.

El gran maestre había hablado. Quedaba, sin embargo, una pregunta evidente.

¿Por qué viajaba Alexadar acompañado por semejante grupo?

El marqués comenzó las presentaciones.

Symeon era un Maestro del Saber que ejercía temporalmente como consejero erudito.

Galad era uno de sus consejeros espirituales y un hombre de absoluta confianza.

Yuria formaba parte de su entorno militar.

Después llegó el turno de Daradoth.

—Y permitidme presentaros a lord Daradoth Ithaulgir, aliado y amigo de mi casa.

Gwintar inclinó respetuosamente la cabeza.

—El honor histórico de recibir a miembros del Bello Pueblo dentro de Arwex es difícil de expresar con palabras.

Daradoth escuchó entonces una voz desde algún punto de la sala, muy baja, casi un susurro.

—No para todos.

Giró ligeramente la cabeza.

Había demasiadas personas para identificar al responsable, así que no reaccionó.

Gwintar continuó:

—Sin embargo, debo reconocer mi curiosidad. Vuestro medio de transporte coincide con ciertas advertencias que hemos recibido. Y vuestra presencia junto al marqués de Strawen resulta… singular.

Daradoth decidió responder.

—Ignoro cuánto sabéis de lo que está ocurriendo más allá de las fronteras de Esthalia.

Las miradas convergieron sobre él.

—Existe una guerra mucho mayor que esta —continuó—. Una guerra que no comenzó con Randor, Armen o Robeld de Baun. Una guerra entre Luz y Sombra.

Habló de los acontecimientos ocurridos en otros lugares de Aredia, de los seres conocidos como kaloriones, de criaturas con un poder capaz de alterar reinos enteros, de la aparición de elfos oscuros y de enemigos que resultaban tan extraordinarios a los ojos humanos como los propios elfos que ahora tenían delante, pero que habían elegido servir a fuerzas completamente opuestas.

Habló también de los conflictos sufridos en la Federación de Príncipes Comerciantes y de las noticias procedentes del Pacto de los Seis.

—Están apareciendo en toda Aredia —dijo—. Y su propósito consiste en desestabilizar los reinos hasta inclinarlos hacia la Sombra.

Explicó que su alianza con Alexadar nacía precisamente de aquello.

—El marqués ha comprendido que lo que está sucediendo en Esthalia forma parte de un conflicto mucho mayor. Él me apoyará en esa lucha y yo lo apoyaré a él. Por eso estoy aquí.

Mientras hablaba, Galad, Symeon y Yuria percibieron algo que ya habían experimentado en otras ocasiones.

La realidad comenzó a tensarse.

Aquel extraño tirón metafísico que aparecía cada vez que Daradoth hablaba abiertamente de Luz y Sombra volvió a manifestarse. Durante un instante pareció que algo invisible intentaba deformar el entorno.

Pero entonces ocurrió algo diferente.

La tensión desapareció, y la realidad volvió a su posición.

Cuando Daradoth continuó hablando, el tirón regresó.

Y volvió a ser rechazado.

Como si alguna fuerza existente en Arwex impidiera que la realidad se deformase libremente.

Los compañeros intercambiaron discretas miradas, pues nunca habían experimentado algo semejante.

Gwintar no pareció advertirlo.

—Es una cuestión interesante —dijo cuando Daradoth terminó—. Y meditaremos sobre vuestras palabras. Pero ahora mismo tenemos delante un asunto mucho más inmediato.

Su mirada se endureció.

—Alta traición.

Alexadar no tardó en pedir autorización para entrevistarse con Woderyan Estigian.

Los Argion confirmaron que el duque se encontraba retenido dentro de Arwex, aunque no en los calabozos. Su rango era respetado: disponía de habitaciones apropiadas, sirvientes y las comodidades correspondientes a su posición.

Pero permanecía bajo vigilancia permanente.

—Quiero hablar con él —dijo Alexadar.

—Podéis hacerlo —respondió Gwintar—. Pero no a solas. Dos jueces de la Orden estarán presentes durante toda la conversación.

—No tengo inconveniente.

Podrían organizar el encuentro al día siguiente.

Todavía faltaban varias delegaciones, entre ellas las representaciones de Dahier y de otro de los antiguos Grandes, por lo que el juicio no comenzaría inmediatamente. 

Gwintar decidió que Alexadar tenía derecho a conocer al menos los fundamentos del proceso. Fue sir Awald de Tharenn quien tomó la palabra.

—Hace varias semanas recibimos una acusación formal contra Woderyan Estigian. Fue presentada por tres de sus propios vasallos.

Eran nobles importantes del ducado: dos marqueses y un barón.

—La acusación iba acompañada por testimonios, documentos y pruebas suficientes para que esta Orden considerara necesario investigar.

—¿Qué se le atribuye exactamente? —preguntó Symeon.

—Alta traición. Connivencia con Robeld de Baun. Contactos no autorizados con poderes extranjeros y colaboración con fuerzas exteriores al reino, entre ellas la Federación de Príncipes Comerciantes.

Alexadar frunció el ceño.

—¿Y esas pruebas se presentarán públicamente?

—Todas.

Los tres nobles estigios encabezarían la acusación y contarían con la colaboración de sir Carven de Rowal, caballero Argion. La defensa de Estigian, sin embargo, no había sido asignada.

—Cualquier caballero o noble podrá hablar en su favor —explicó Awald—. Quien crea que las acusaciones son falsas tendrá ocasión de demostrarlo.

Aquello tranquilizó parcialmente a Alexadar. Al menos en teoría, el procedimiento parecía respetar las formas.

Los Argion no anunciaban una condena, anunciaban un juicio, pero la cantidad de intereses políticos concentrados alrededor de aquel proceso resultaba imposible de ignorar.

Una vez concluida la reunión, los visitantes obtuvieron libertad para recorrer las zonas públicas de Arwex.

Los archivos, las salas donde se custodiaban reliquias, determinadas torres y otros sectores permanecían restringidos.

Cada uno decidió aprovechar las horas restantes de una manera diferente.

Galad buscó la iglesia.

El templo de Arwex era uno de los pocos lugares de la fortaleza que poseía cierta riqueza decorativa. No resultaba ostentoso, pero sí mucho más elaborado que el resto del complejo.

Sir Beryn de Caldwenn ejercía allí como capellán.

Galad rezó durante un tiempo antes de iniciar conversación con él.

—¿Cómo llegan las noticias del frente?

Beryn suspiró.

—Mal. La guerra no va bien.

Habló de rumores acerca de hechiceros entre las tropas de Robeld.

—La magia es una herramienta peligrosa —dijo—. No deberíamos tolerar que semejantes prácticas se extiendan por Esthalia.

Galad lo observó.

—Robeld está aliado con la Sombra. Lo que habéis oído decir a lord Daradoth no es una fantasía.

Beryn mostró evidente incomodidad.

—¿Y debemos confiar en los elfos? Ellos también son hechiceros.

—Son servidores de la Luz.

—Toda esa guerra de Luz y Sombra se me queda demasiado grande, hermano. Prefiero ocuparme de aquello que puedo comprender. Esthalia está en guerra. Tenemos un rey y enemigos a los que derrotar.

—Tarde o temprano esa guerra también llegará hasta vos.

—Quizá.

No parecía convencido.

Galad juzgó más productivo desviar la conversación hacia Armen.

Beryn aceptaba como ciertas las noticias sobre el compromiso con Robeld.

—Hubo testigos. Ella misma habló públicamente en favor del marqués.

—¿Y no os parece extraño?

—Me parece sacrílego. Sigue siendo esposa de Randor.

Sobre Matwann sabía todavía menos.

—El príncipe desapareció. Si sigue vivo, nadie aquí sabe dónde está.

Galad ocultó su decepción.

—Quizá cayera en manos de Robeld.

—Quizá. Pero la desaparición del heredero tampoco habla precisamente bien de la capacidad de la reina para proteger a su familia.

Galad apretó los dientes, aunque no respondió. Todavía no podía revelar la verdad. Rezaron juntos antes de separarse.

Symeon tuvo una conversación muy distinta.

Lady Theryn de Gwendar, acompañada por otro joven caballero Argion, lo encontró antes de que él pudiera buscarla.

—Maestro Symeon —dijo—. Esperaba poder hablar con vos.

Sus ojos fueron directamente hacia el bastón.

—No he podido evitar fijarme en los objetos que portáis. Ese bastón parece casi vivo. Y vuestra diadema desprende un fulgor… poco común.

—Ambos son reliquias obtenidas durante mis viajes —respondió Symeon, sonriendo.

—Soy custodia de las reliquias de Arwex. No únicamente de nuestras reliquias sagradas. También de objetos que podrían resultar peligrosos.

Aquello captó inmediatamente la atención del Maestro del Saber.

—Perded cuidado, pues mis objetos no representan ningún peligro para la gente de bien.

Theryn arqueó una ceja.

—¿Y quién decide quién es gente de bien?

Symeon apoyó una mano sobre el bastón.

—Este procede de un árbol sagrado élfico, lo que ellos llaman Aglannävyr. Me fue entregado por el propio árbol. No aceptaría a un portador entregado a la oscuridad.

No entró en detalles sobre los avatares ni sobre todo cuanto había aprendido acerca de la Luz. Aquella conversación podía durar días.

Theryn escuchó atentamente.

—También he oído hablar de otro objeto —dijo finalmente—. Una daga negra que el marqués de Strawen encontró hace algún tiempo y a la que tanto él como la reina dieron gran importancia.

Symeon se puso serio.

—Sé qué clase de daga es.

—¿Está aquí?

—Que yo sepa, no.

Explicó únicamente lo imprescindible sobre aquellos artefactos, las kothmorui, y su relación con la Sombra.

La Argion frunció el ceño.

—Entonces esa historia que lord Daradoth acaba de contar…

—Es real. Y he visto personalmente lo que esas fuerzas pueden hacer.

Le habló de Sermia, del ataque sufrido por el reino, y de personas capaces de destruir naciones desde dentro.

—Por eso os digo algo más —continuó—. La Sombra busca reliquias. Si aquí custodiáis objetos poderosos, existe la posibilidad de que alguien intente arrebatároslos.

Theryn permaneció unos instantes en silencio.

—Tenemos varias reliquias peligrosas, algunas guardadas aquí desde hace siglos.

Symeon clavó la mirada en ella.

—¿Cuáles?

—No puedo decíroslo.

—¿Las habéis visto utilizarse?

—No. Algunas llevan aquí mucho tiempo. Sabemos que son peligrosas porque las crónicas dicen que influyeron negativamente sobre quienes las portaron.

—Quisiera examinarlas.

—Necesitaríais el permiso de lord Gwintar.

—Entonces se lo pediré.

Theryn no pareció convencida de que el gran maestre fuese a concederlo. Symeon formuló otra pregunta.

—¿Por qué se construyó Arwex precisamente aquí?

La mujer pareció sorprendida.

—Porque este es el hogar de nuestra Orden.

—Me refería a por qué este lugar concreto.

—No sabría decíroslo —parecía confundida—. Nunca me lo había planteado.

—Hay algo extraño aquí.

—¿Extraño?

—No necesariamente malo. Pero diferente.

Theryn no pudo ayudarlo, y se separaron con la promesa de continuar aquella conversación.

Daradoth también trató de acercarse a lord Gwintar.

El gran maestre aceptó recibirlo brevemente, aunque dejó claro que los preparativos del juicio apenas le dejaban tiempo.

El elfo preguntó por la historia de la Orden y por la posibilidad de recorrer la fortaleza.

—En otras circunstancias me agradaría hablar largamente con vos —respondió Gwintar—. Pero comprenderéis que tengo demasiadas obligaciones.

—Por supuesto.

—Podéis visitar las zonas públicas de Arwex. Las áreas restringidas permanecerán cerradas, como para cualquier otro visitante.

Daradoth aceptó.

Su verdadero interés, en cualquier caso, había empezado a ser otro. Desde que había hablado ante el Consejo no podía dejar de pensar en la extraña resistencia que había sentido en la realidad, así que comenzó a recorrer Arwex.

Examinó los corredores, los muros, los calabozos y las partes más antiguas excavadas directamente en la montaña.

No percibía ninguna presencia hostil. No sentía hechizos activos ni alteraciones que pudiera identificar fácilmente.

Pero la piedra llamaba su atención.

Aquel material gris parecía metal bajo determinada iluminación. Era extremadamente duro y no se correspondía con ninguna roca que reconociera.

Finalmente decidió concentrarse y abrir sus sentidos a la estructura de la realidad.

Y estuvo a punto de sentirse abrumado, nunca la había percibido con semejante claridad.

Normalmente, la realidad se manifestaba ante aquella facultad como una trama de vibraciones, hebras entrelazadas en constante movimiento. No eran hilos visibles, sino una forma en que su mente interpretaba algo demasiado abstracto para comprenderlo de otro modo.

En Arwex era diferente.

Las hebras estaban ordenadas.

Verticales.

Horizontales.

Perfectamente alineadas.

Formaban una especie de malla ortogonal que se extendía por las estructuras y el entorno de la fortaleza. Una cuadrícula. Por otra parte, la Vicisitud continuaba existiendo con normalidad alrededor de los seres vivos. Personas, animales y plantas producían las vibraciones caóticas habituales.

Pero la montaña, la fortaleza, los muros... Todo aquello permanecía dentro de una matriz rígida. Estable. Como si allí la realidad estuviera obligada a comportarse de una manera concreta.

Daradoth abrió los ojos.

—Así que eras tú…

Miró la piedra.

Aunque inmediatamente comprendió que estaba adelantándose. No sabía si aquella roca producía el fenómeno. Podía suceder exactamente lo contrario. Quizá la piedra fuera extraña porque llevaba siglos sometida a aquella estructura.

Investigó cuanto pudo, y descubrió que los sillares más antiguos procedían de una cantera de la propia montaña. Hacía décadas que apenas necesitaban extraer nuevas piedras.

La razón resultaba extraordinaria: los muros prácticamente no se deterioraban. Ni siquiera los conocedores de minerales supieron darle una explicación satisfactoria. La roca era simplemente… así.

Daradoth guardó una nota mental. Tendrían que investigar aquella cantera.

Cuando regresaron al Empíreo esa noche, Armen los esperaba.

La primera pregunta de la reina fue inevitable.

—¿Habéis averiguado algo de Matwann?

Galad negó con la cabeza.

—Nada.

El rostro de Armen se ensombreció.

—Entonces sigue en alguna parte.

Nadie quiso responder. No tenían ninguna prueba de que estuviera vivo, pero tampoco de que hubiera muerto.

Después, comenzaron a compartir lo aprendido.

Galad explicó la posición de Beryn y la profunda desconfianza de algunos Argion hacia la magia y los elfos.

—Son extremadamente conservadores —dijo—. Creen en Emmán, pero cualquier cosa que escape a su doctrina les provoca suspicacia.

—No todos —señaló Symeon.

Explicó su conversación con lady Theryn.

—Custodian reliquias peligrosas.

—¿Qué clase de reliquias? —preguntó Yuria.

—No quiso decírmelo. Solo que algunas afectaron negativamente a quienes las utilizaron, "según las crónicas". No sé cuánto tiempo llevarán en Arwex.

—Eso podría significar cualquier cosa —dijo Galad.

—O podría significar exactamente lo que parece.

Symeon recordó la daga negra.

—Y saben que Alexadar encontró una kothmor. Al menos existen rumores.

Aquello resultaba inquietante.

Si los Argion llevaban generaciones almacenando artefactos peligrosos, Arwex podía contener objetos que interesaran enormemente a la Sombra.

Fue el turno de Daradoth para contar lo que había descubierto. Describió la malla, las hebras ordenadas y la extraordinaria estabilidad de la realidad.

—Eso explicaría lo que ocurrió mientras hablabas ante el Consejo —dijo Symeon—. Sentimos el tirón habitual, pero algo lo corrigió.

—Exactamente.

—¿La piedra?

—No lo sé con seguridad, diría que sí.

Daradoth miró hacia la montaña, visible más allá de la borda.

—Puede que la roca estabilice la realidad. Puede que la realidad de este lugar haya transformado la roca. O que ambas cosas procedan de una tercera causa.

Yuria cruzó los brazos.

—¿Podría impedir alteraciones mágicas?

—Quizá.

—¿Incluso cerrar una de esas esferas negras?

Daradoth permaneció en silencio. Era una posibilidad fascinante, pero extremadamente prematura.

—Primero debemos comprender qué tenemos delante.

También discutieron la posibilidad de probar algún hechizo dentro de Arwex. Si la realidad estaba tan rígidamente estructurada, quizá la magia funcionara de una forma diferente.

Pero recordaban demasiado bien lo ocurrido en otros lugares donde las reglas de la realidad estaban alteradas, así que decidieron no experimentar todavía.

—Mañana intentaré hablar individualmente con los nobles —dijo Daradoth—. Ahora que saben quién soy, pocos se negarán a recibirme.

Symeon sonrió.

—Eso era precisamente lo que intentaba explicarte en San Odran.

El elfo lo ignoró.

Alexadar regresó al asunto verdaderamente urgente.

—Necesitamos saber qué pruebas existen contra Woderyan. Y decidir cuándo debe aparecer Armen.

La reina permaneció junto a la borda.

Allí abajo, decenas de hogueras iluminaban los campamentos de las casas más poderosas de Esthalia.

En alguna habitación de aquella montaña, Woderyan Estigian esperaba un juicio por alta traición.

En otras cámaras, los Argion custodiaban reliquias que quizá llevaban siglos sin ver la luz.

Y bajo todo aquello, la propia realidad parecía haber sido obligada a formar líneas rectas.

Arwex había sido levantada para proteger el orden de Esthalia. Pero ninguno de ellos sabía todavía qué clase de orden protegía realmente aquella montaña.

  

No hay comentarios: