Esthalia en Apuros
—Con todo esto, ya me queda claro por qué ningún elfo parece recordar nada sobre la Guerra de la Fractura ni nada relacionado —dijo Daradoth, pensativo.
—Y me hace plantearme también la conveniencia de luchar ciegamente por Luz —Yuria miró a Daradoth valorativamente, aunque este pareció no darse cuenta—, cuando afectó de una forma tan retorcida a tantos elfos poderosos. Pero sin duda, la alternativa es mucho peor.
Unos días antes de que Yuria acabara el descifrado y la lectura del diario de Avaimas, Daradoth había tenido una seria conversación con Ethëilë. Le planteó la necesidad de aceptar la oferta de la reina Arëlieth para someterse a la ceremonia de la Comunión de Sangre y, si todo salía bien, contraer matrimonio con ella. Como la joven princesa ya le había dicho en alguna conversación anterior, ella no tenía ningún problema siempre que Daradoth tuviera claro que era un matrimonio de conveniencia y siguiera enamorado de ella. Finalmente tendría que divorciarse, por supuesto. Daradoth, locamente enamorado de ella, se escandalizó ante el mero hecho de sugerir lo contrario. Un apasionado beso selló la decisión.
Poco después, Daradoth utilizó el Surcador para desplazarse a Tarkal y reunirse con la reina. Tras ponerla al día de los últimos acontecimientos e interesarse por el estado de todos los que allí se encontraban alojados, fue al grano:
—Creo que ha llegado el momento de implicar a los elfos en la cruzada contra la Sombra, mi señora. Por ello, he decidido aceptar vuestra oferta y someterme a la Comunión de Sangre y unir nuestras fuerzas.
—Me alegra oír eso —Arëlieth tuvo buen cuidado de que su satisfacción no se transmitiera a su rostro en demasía—, y ahora por fin podremos dar su merecido a esos arribistas.
—Me preocupa ahora la preparación de nuestro retorno. ¿Cuánto tiempo creéis que necesitaremos? ¿Tenéis algún plan?
—Evidentemente, tendremos que entrar subrepticiamente, y empezar por intentar recuperar mi reino. Harganäth sería la mejor opción, pues Rechelorn es gobernado por esa traidora de Angrid. Respecto a la Comunión, creo que el rey Aldarien podría ser un buen testigo.
—El padre de Ethëilë.
—Correcto. Llevar a su hija será seguro un punto a favor, dados los tiempos que corren. Y estoy segura de que se sorprenderá cuando te vea esta vez. —¿Era su imaginación, o realmente hubo un destello de flirteo en la mirada cautivadora que le lanzó Arëlieth?—. Estoy segura.
—Por otra parte —Daradoth prefirió cambiar de tema rápidamente—, seguimos con el problema del Orbe de Curassil y la redoma con el alma de Ecthëlienn.
—Ya hemos hablado sobre eso, y creo que hay varias opciones para no necesitar el orbe. Si fuera tú, estaría mucho más preocupado por poner a Doranna bajo nuestro yugo. Déjame pensar unos días y planificar todo bien.
![]() |
| Eskatha, la capital de la Federación |
Por otra parte, durante la semana en que Yuria había estado absorbida por la decodificación del manuscrito, Galad se había debatido entre visitar o no a Eudorya. Finalmente, espoleado por el calor de los sentimientos renacidos, decidió que lo haría, y se dirigió hacia el Arca, la ciudadela de Eskatha, donde se encontraba la sede de la princesa comerciante de Nímthos. Los guardias de la fortaleza no pusieron ningún impedimento al paso del famoso Galad, paladín de Emmán, que empezó a notar los familiares tirones metafísicos a un lado y a otro. Algunos de los guardias incluso estallaron en vítores. La gente se giraba ante su presencia, magnífica con la armadura y la túnica emmanita. El puño de Églaras sobresalía sobre su hombro derecho. Los senescales se apresuraron hacia el interior cuando el paladín expresó su deseo de reunirse con la princesa Eudorya, en una situación que a Galad le pareció incluso un poco ridícula, dada la exagerada deferencia con la que se manejaban.
Poco después, Galad era anunciado y precedido por dos senescales a la sala principal, donde, en el sitial, se sentaba Eudorya. «Está más hermosa de lo que podía recordar, incluso en mis sueños». Varias damas de compañía la rodeaban, y parecía departir con una mujer de alto rango. Todas ellas lo miraron mientras se acercaba, mudándose sus expresiones desde la seriedad hasta una especie de admiración que lo incomodó en cierta medida. A su alrededor, sentía la energía curvarse, invisible para el resto de los presentes. Eudorya, que al verlo había incluso fruncido el ceño, para cuando Galad llegó a la altura del sitial ya lo miraba con anhelo, los ojos algo vidriosos por la emoción. «Si es algo que estoy haciendo, no lo controlo, perdonadme todos», pensó el paladín.
—¿Podemos hablar a solas? —preguntó Galad.
No hizo falta ninguna orden, ningún gesto. Nada más el paladín había pronunciado estas palabras, los presentes se marcharon, dejando a solas a la pareja en cuestión de segundos.
—Estoy... abrumada —acertó a decir Eudorya tras unos segundos—. Has cambiado mucho, Galad.
—He pasado por mucho —sonrió.
—Te eché de menos. Te odié. Y ahora me odio a mí misma por ello.
Eudorya se levantó para acercarse a él, hasta que sus cuerpos se rozaron. «Bendito Emmán, esta mujer no puede ser nada más que un ángel». Galad tragó saliva, y continuó:
—He oído de tus próximos esponsales.
—Me abandonaste. Me presionaron. Mi corazón se rompió y no tuve más remedio que ceder.
—Lo siento, y no cumplí mi palabra. Pero el mundo entero está en juego en la guerra contra la Sombra, y sigo sintiendo lo mismo por ti, si no algo más.
—Una palabra tuya bastará para que cambie todo.
—La tienes. Sí. Pero ten en cuenta que el mundo me necesita, y quizá no podemos estar juntos como tú... como nosotros deseamos. Yo quiero estar contigo, pero habrá problemas, y es una decisión que debes tomar tú.
—Sí. Ahora lo entiendo. La decisión está tomada. Mi compromiso está roto. Te amo a ti. Pero tendremos que casarnos en no muy largo plazo.
—Pero esto tendrá consecuencias...
—Ahora mismo no me importa ninguna consecuencia —se apretó contra él.
Se abrazaron y besaron ardientemente, mientras un torbellino metafísico los envolvía en el límite de la percepción de Galad.
Ya más tranquilos, con la situación más calmada mientras comían algo, hablaron de cuál sería la forma menos traumática de cancelar el compromiso con Nercier Rantor, pues tal acto enojaría a lady Ilaith si no iban con cuidado. La boda estaba prevista para primavera, a unos seis meses vista.
—Tenemos margen, pero cuanto más se aproxime la fecha, peor será. Creo que los sentimientos de Nercier hacia mí son mayores que los míos hacia él.
—Sin embargo, debemos pensar cómo hacerlo con mucha precaución.
—Quizá deberíamos... deberías... hablar directamente con él.
—Sí, puede que sea lo mejor.
Durante esa semana también llegaron varios informes de personas en distintos puntos de Eskatha que no habían despertado de su sueño, de todos los barrios y clases sociales, sin nada en común. Symeon, que todos los días compartía unas pocas horas con su hermana Violetha, dio algunas pautas para que la gente durmiera más segura, y no pudo evitar en Ashira y los kaloriones con un escalofrío. El errante, que acompañó a Daradoth en su viaje a Tarkal y atraía miradas cuando la gente veía la espada de vidrio verdemar en su cintura, también aprovechó para supervisar la evolución. de la nueva Guardia Esotérica. Los jóvenes que la formaban habían progresado bastante en el último par de meses, para su satisfacción.
Pocas horas después de que Yuria anunciara el fin de su investigación y compartiera con el resto del grupo lo que había descubierto en el manuscrito, Ilaith los convocó para una reunión de urgencia.
—No sé si recordáis a Alexann Stadyr —empezó la canciller—. El hijo del marqués de Strawen, de Esthalia, que acudió a Eskatha con poderes para firmar una alianza con la reina Armen y mediar en una posible triple entente con Ercestria.
—Sí —contestó Yuria.
—Ese pacto se firmó unos meses atrás, y Alexann lleva varios días insistiendo en tener una reunión conmigo. Y sé lo que me va a pedir. Evidentemente, querrá que haga honor a la alianza y pedirá una intervención militar en Esthalia. Como poco, para liberar a la reina. Y, sinceramente, creo que si tenemos que llevar a buen término la lucha contra la Sombra, no podemos permitirnos tener una Esthalia inestable, o incluso en el bando opuesto. Así que os he convocado aquí porque quiero que tratemos este asunto consensuadamente.
Ante estas palabras, Daradoth insistió en la necesidad que seguían teniendo de encontrar un arma efectiva y fiable contra los insectos demoníacos; Ilaith volvió a insistir en las alternativas que tenían: los paladines y Nirintalath. Symeon se mostró convencido de que Nirintalath era una alternativa válida, pero el problema era que no estaría en el frente continuamente, como sí estaría el Orbe.
—También es cierto que Nirintalath nos da una certeza de uso, mientras que no tenemos la seguridad de poder recuperar el Orbe, vayamos a donde vayamos y descubramos lo que descubramos —intervino Galad.
—Además —añadió Yuria—, el Orbe también necesitaría transporte, seguramente menos rápido que el Empíreo.
—Lo único que quería era insistir en que no debemos perder de vista el objetivo original de nuestro viaje.
A continuación, se convocó a Alexann Stadyr, que llegó en pocos minutos a la sala. Se le notaba la preocupación en el rostro, y el poco descanso que encontraba en las noches. Tras unas pocas palabras hablando de la situación en su país, Ilaith lo interrumpió:
—Sir Alexann, no tenéis que preocuparos por transmitirnos la necesidad de actuar, soy la primera convencida, y creo que todos los presentes también, de que necesito una Esthalia fuerte para prevalecer —«¿"necesito"?», pensó Syemon—. No obstante, pienso que nuestro primer paso debería ser saber dónde está su majestad la reina. Ni siquiera estamos seguros de que siga en el continente. Y, si obtenemos un resultado favorable, lo siguiente sería coordinarnos con Sermia para una acción conjunta.
Los ojos de Ilaith comenzaron a brillar con anhelo cuando recorrió con la mirada a los presentes y se giró hacia Daradoth:
—Y, quién sabe —continuó—, si una vez incorporada Ercestria a la alianza, podríamos firmar un acuerdo de colaboración emulando al del antiguo Imperio Trivadálma.
Galad pensó en ese momento en los gemelos que guardaba el padre Ibrahim y rebulló un poco inquieto. Yuria pareció leer la mente del paladín; «lo que deberíamos hacer es casar a Ilaith y a Alestor, el heredero; así se acabarían todos nuestros problemas», pensó. Desechando el pensamiento, volvió a la conversación:
—Sé que recalco lo evidente, pero liberar a la reina sería solamente el principio de una campaña larga. Esthalia está dividida en cuatro bandos (rey, reina, Robeld de Baun y la Iglesia), lo que es bueno, pues están fragmentados, pero también implicará tener que derrotar a cada uno de ellos. A no ser que venzamos rápidamente a uno o dos, y podamos negociar con los restantes.
—La opción más clara que puedo ver —intervino Ilaith tras unos segundos de silencio— es llevar al grueso de nuestras tropas en dromones hasta Gweden, pues supongo que su flota también estará fragmentada, y que Sermia ataque a través del ducado de Fíltar el sur de la marca de Arnualles. De hecho, Krül y Gweden están conectados por tierra, y podríamos abrir otro frente. ¿Estás de acuerdo conmigo, Yuria?
—Sí, lo habéis expuesto perfectamente. Todo esto siempre que el Imperio Vestalense esté sumido en el caos.
—Muy bien. Con el Surcador y el Nocturno podemos enviar mensajeros para coordinarnos con la reina Irmorë y organizar un ataque conjunto. Seguro que colabora con nosotros, pues tiene razones para creer que Datarian escapó hacia Arnualles. Pero antes, debemos asegurarnos de no luchar por una causa perdida; sin Armen todo sería mucho más difícil, pues careceríamos de una justificación legal.
—Tememos también —intervino con su voz cansada Alexann Stadyr— que declaren la muerte de la reina Armen y que entonces, su heredero, el príncipe de diez años Matwann, se una a su padre. En estos momentos no tengo ni idea de dónde está el príncipe, que normalmente estaba con su madre.
La reunión se prolongó varias horas, donde se evaluaron varios cursos de acción, con sus ventajas e inconvenientes. Finalmente, el grupo acordó viajar a Rheynald como primer paso.
Ya en petit comité, Ilaith añadió:
—No olvidéis que tenemos otro grave problema: el kuendar y el oro. El flujo de oro se ha reducido a poco más de la mitad, y el kuendar prácticamente ya no llega. Esas minas del norte están realmente afectadas. Intentaré encargarme del asunto mientras estáis fuera.
—Podríais hacerlo, mi señora —dijo Symeon—, pero sé de buena tinta que el problema que las aqueja no es mundano, sino probablemente onírico, así que me quedaría más tranquilo si esperaseis a nuestro regreso.
—Entonces, no alarguéis el viaje en demasía.
—No lo haremos.
Así que, el día siguiente, partieron con el Empíreo. Hicieron una pequeña parada en Tarkal para recoger a Garedh y a Ehëilë (la reina Arëlieth e Ilwenn no quisieron volver a pasar un número indefinido de semanas en un camarote reducido), y en breve tiempo continuaron hacia Rheynald, a donde llegaron varios días más tarde.
Daradoth llamó la atención del grupo con urgencia.
—Maldición. La fortaleza está asediada. Y si no me equivoco, los estandartes pertenecen a Robeld de Baun.
—Así es —confirmó Symeon tras echar un vistazo con la lente ercestre.
—Parece que hay un par de legiones al asedio —dijo Yuria, evaluando la situación rápidamente—. Tendremos que esperar a la noche.
—No es mala idea —intervino Faewald—, pero además, sugiero que descendamos en el bastión norte, que está a un kilómetro y medio más o menos, y atravesemos andando por la muralla que lo une a la fortaleza principal.
—Sí, muy buena idea Faewald —le sonrió Yuria—. Eso haremos.
Haciendo uso de sus habilidades, Daradoth avisó a los defensores del bastión de la inminente llegada del dirigible, con lo que no tuvieron problemas para descender discretamente. Caminaron a lo largo del muro hasta la fortaleza sin ningún problema, y al otro lado ya se encontraban esperándolos lady Edyth, Siegard Brynn, Egwann de Vauwas, Rodren, Wylledd y Yaronn.



