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viernes, 16 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 13

Movilización inesperada y nuevos aliados

Finalmente, tras mucho discutirlo, el grupo optó por no incorporarse a ninguna de las caravanas de peregrinos que viajaban hacia Creá. En vez de eso, decidieron seguir viajando solos y a través del desierto, así que aprovecharían la jornada para aprovisionarse de los suministros que necesitaban en mercados y tiendas lo más discretamente posible.

Mientras Valeryan y Yuria se encontraban en uno de los varios mercados de los alrededores de Edeshet y el resto permanecía a la espera en la posada, comenzaron a sonar trompetas por toda la ciudad. La gente alrededor de la pareja en el mercado y dentro de la posada corrían hacia las fuentes de los sonidos, pues estos anunciaban que los heraldos del Badir de Ahemmu estaban a punto de promulgar un edicto o anunciar algún hecho importante. Valeryan y Yuria acudieron a la plaza donde se podía ver al heraldo y algunos guardias en lo alto de una plataforma, esperando a que se reuniera la multitud. Por supuesto, se quedaron en un discretísimo segundo plano, intentando no llamar la atención.

Una vez se acalló el clamor de las trompetas, el heraldo pasó a anunciar una orden del badir; en resumidas cuentas, ésta instaba a todo varón en edad de empuñar un arma a acudir a los centros de guardia en un plazo de tres días para formar una leva que partiría en pocas jornadas hacia el frente de batalla. La incomparecencia acarrearía penas de prisión. El discurso estuvo adornado por una arenga enalteciendo los valores vestalenses y el advenimiento del Ra’Akarah, que llevaría al imperio a una victoria aplastante. Los rumores de indignación fueron creciendo alrededor de Valeryan y Yuria, que intentaron sonsacar algo más a la gente allí reunida. Al parecer, hacía varios lustros que no se daba la orden de formar una leva en las tierras del imperio, y la gente no estaba nada contenta. Muchos de los presentes se apresuraron a marcharse para salir de la ciudad cuanto antes, y la pareja decidió acudir rápidamente a la posada para establecer un curso de acción.

Allí no hubo lugar a mucha discusión. Decidieron enseguida que debían marcharse, y sin dilación se dirigieron hacia los establos mientras Valeryan saldaba cuentas con la posadera e intentaba sonsacarle más información. Pero la mujer, apocada y discreta no pudo serle de mucha ayuda, sólo alcanzó a recomendarle que tuvieran cuidado porque seguramente en esos momentos el señor de Edeshet estaría aprestando guardias alrededor de la ciudad. Una generosa entrega de monedas por parte de Valeryan aseguró el silencio de la mujer, y éste corrió hacia los establos. Allí ya se encontraban los demás con los camellos casi preparados. El establo estaba medio vacío, se notaba que muchos de los huéspedes ya se habían marchado, espoleados por el anuncio de la leva.

Una pareja de vestalenses se encontraba también allí, sacando sus caballos y ensillándolos. En un momento dado, inesperadamente, el más alto de los dos se acercó al grupo y les saludó. Se presentó a sí mismo como Taheem, y a su acompañante como su hermano Shared. Con aire de complicidad, Taheem les hizo notar que se presentaban a sí mismos como un grupo de peregrinos extranjeros convertidos, pero no llevaban ningún guía espiritual vestalense consigo, lo que denotaba su desconocimiento de la situación en el imperio y las normas tácitas que imperaban en los peregrinajes a Creá por parte de extranjeros. Además, les hizo notar que la presencia entre ellos de un errante, de un gigante y de un ser extraño (un elfo) no les beneficiaba para nada. Acto seguido, Taheem pasó incluso a ofrecerse a acompañarles; tenía cierto bagaje como aprendiz de los caminos de la Fe, y podría hacerse pasar por su guía hacia la Ciudad Santa. La desconfianza acudió al grupo, sobre todo a Daradoth, cuyo ojo experto le revelaba que aquel hombre era mucho más de lo que parecía, pues la gracia de sus movimientos lo delataba como un espadachín extremadamente hábil. No obstante, tras deliberarlo unos momentos, los personajes decidieron que con las debidas precauciones podrían beneficiarse de la compañía de los dos hermanos y aceptaron la oferta.

Taheem y Shared partieron de inmediato, deseosos de no perder tiempo, y quedaron con el grupo en una granja de las afueras. Al grupo le llamó la atención que además de sus caballos de montar, llevaban un enorme percherón cargado hasta los topes con lo que parecía agua y provisiones. Los personajes tardaron algo más al tener que cargar la mayoría de sus suministros todavía, pero en cuestión de media hora estaban ya en camino, alerta por lo que pudieran encontrar.

No tardaron en atravesar lo poco que había hasta la granja. En el camino, pudieron ver cómo una de las caravanas de peregrinos que había intentado huir era detenida por un grupo de guardias, que recurrieron a un conato de violencia para deternerlos.

Pronto llegaron a la vista de la granja donde habían estblecido la cita con los hermanos vestalenses, y mientras se acercaban, vieron que sin duda habían tenido problemas: los dos estaban montados en sus alazanes, rodeados de cinco cuerpos caídos. Se trataba de cinco guardias de la ciudad, y uno de los Inquisidores; éste todavía se encontraba con vida, aunque herido, y eso levantó ciertas sospechas en Daradoth. Valeryan se encargó de acabar con él discretamente, aplastando su cráneo con la pezuña de su camello.

Sin más contratiempos, tras una hora y media siguiendo el camino, se desviaron y comenzaron a atravesar la zona semidesértica que rodeaba a Edeshet. El viaje fue tenso al principio, pero con el paso de las horas la situación se fue relajando, y poco a poco los extraños fueron descubriendo información unos de otros. Los hermanos hablaban estigio con un fuerte acento y, para sorpresa de Yuria y Aldur, un fluido ercestre.

La primera noche se desarrolló una conversación algo tensa cuando los vestalenses plantearon el tema de la confianza, interesados en si podían confiar en el grupo. Tras muchos tiras y aflojas (convencidos también por la presencia de Symeon en el grupo, por razones que serán evidentes más adelante), finalmente los ánimos se calmaron y Taheem decidió sincerarse con ellos. Symeon no pudo disimular su sorpresa cuando los hermanos les revelaron que su presencia en Edeshet se debía a que necesitaban llevar suministros a una caravana de errantes que se encontraba escondida en medio del desierto, protegida por unos pocos vestalenses que no comulgaban con los crueles edictos que se habían promulgado en el imperio últimamente. Taheem y Shared pertenecían al susodicho grupo de guardianes. Los hermanos se habían acercado al grupo al reconocer la presencia Symeon, un errante, con ellos. El silencio se hizo durante unos momentos; Shared desenvainó su espada y con gráciles movimientos se dirigió hacia Symeon; el grupo se puso en guardia, pero se relajaron al ver que clavaba su espada en la arena ante el errante y se arrodillaba, con lágrimas acudiendo a sus ojos. Le pidió perdón encarecidamente. Taheem también murmuró unas palabras de arrepentimiento en vestalense, y pasó a contarles el porqué de aquella acción: los dos hermanos habían servido en la guardia de élite de los Santuarios del Sumo Capellán de Creá, y a lo largo de los años habían cometido algunos actos reprobables, entre ellos la muerte de muchos errantes, hasta que finalmente habían encontrado la iluminación y habían renunciado a seguir con aquello. Symeon, con los ojos vidriosos, les preguntó acerca de la caravana a la que había pertenecido, y también sobre su esposa, pero no supieron darle ninguna información reveladora.

El día siguiente, Daradoth, Taheem, Shared y Valeryan acordaron entrenar un rato con sus espadas. Durante el entrenamiento, fue evidente para el elfo que los vestalenses habían recibido un adiestramiento en combate que iba mucho más allá de lo habitual. Era más evidente en Taheem, con mucho el mejor espadachín de los dos. Ante la insistencia en las preguntas, finalmente el vestalense dio a entender tácitamente que efectivamente los Señores de la Esgrima de las leyendas no habían desaparecido completamente y aún quedaban unos pocos; en ningún momento reconoció ser uno de ellos, y su espadas por otra parte no lucían ningún distintivo, pero la evidencia era difícil de negar. También reveló que había pasado una larga temporada en Ercestria y por eso hablaba tan bien el idioma. Aquellos dos hermanos eran ciertamente interesantes...

La noche del segundo día, Symeon, cuyo pasado había sido dolorosamente removido por las confesiones de los dos hermanos, no pudo aguantar más el peso solitario de sus secretos, y decidió compartirlos en confesión emmanita con el hermano Aldur. No estaba preparado todavía para compartir con el resto del grupo su vergüenza, y de momento se liberaría con el secreto de confesión. Le contó a Aldur la historia de sus robos de reliquias, su obsesión por los artefactos antiguos, y cómo él y su esposa habían irrumpido en los Santuarios de Creá, llevándose el fragmento original del Libro de Aringill. Cuando los Guardias de Creá y los Susurros acudieron para reclamarlo, su esposa había huido con el libro, y su caravana fue masacrada. No sólo eso, sino que aquello degeneró en una espiral de violencia y el asesinato de casi todos los errantes en el Imperio. Symeon sentía que era el culpable de la muerte de cientos, quizá miles de errantes, y aquello estaba a punto de acabar con él. Aldur aceptó su confesión y le otorgó el perdón de Emmán, además de palabras de consuelo, lo que sirvió para calmar la ansiedad de Symeon y hacer más soportable su pena. Tenía que compartir aquello con sus amigos, pero no estaba preparado para que lo juzgaran aún.

A todo esto le siguieron cuatro días más de camino, tras los que llegaron al oasis de Itzar’Hakeem, bastante transitado pero por el que pasaron sin problemas. Tras refrescarse y descansar un poco, siguieron cinco horas más de discreta marcha por el desierto a través de multitud de dunas, hasta que finalmente divisaron lo que eran indudablemente carromatos de errantes, descoloridos por el sol y semienterrados en la arena. Al llegar al círculo de carros, algo sorprendió y horrorizó a Symeon a partes iguales: varios jóvenes errantes se encontraban recibiendo clases de combate con espada de un instructor vestalense. En total se veían aproximadamente una docena de vestalenses acompañando a la caravana; a todas luces insuficientes en caso de sufrir un ataque. Tras levantar miradas curiosas de los acampados, se acercó rápidamente a ellos el líder de los vestalenses reunidos allí: un hombre de avanzada edad pero no anciano todavía, que saludó efusivamente a Taheem y Shared. Lo primero que llamó la atención de Valeryan, Symeon y Faewald fue el colgante en forma de pergamino que colgaba del cuello del vestalense. Éste se presentó como Fajjeem, y confirmó sus sospechas: era uno de los miembros de la Liga del Saber. Según les explicó, los miembros de su hermandad también habían caído víctimas de los edictos que se habían promulgado últimamente en el Imperio, y varias heridas y vendas que lucía él mismo así lo atestiguaban; sólo se había podido salvar gracias a la intervención de Taheem y su hermano. Contentos de encontrar a gente moderada y no haberse metido de cabeza en una trampa, todos se dirigieron al carromato del líder de la caravana, Aravros. El anciano sonrió al ver a recién llegados, pero presentaba un aspecto general de abatimiento y varios vendajes que atestiguaban las dificultades que habían atravesado él y su pueblo últimamente.

Tras las presentaciones se desarrolló una conversación de intercambio de experiencias, en la que Fajjeem les reveló que antes de ser perseguido, había sido uno de los componentes rotativos del Consejo de Palacio en Denarea, y se encontraba en la corte en el momento del advenimiento del Ra’Akarah, un hombre bastante normal por otra parte, pero con un poder de convicción más allá de toda medida. La gente decía que había llegado desde el cielo, que había caminado sobre las aguas y que había resucitado a varios muertos de un poblado arrasado en la frontera con Sermia. Tras un largo rato, Symeon pidió con aire sombrío que lo dejaran a solas con Aravros. Los demás se extrañaron pero respetaron su deseo y salieron del carromato.

Acto seguido, Symeon procedió a contar su historia al anciano errante, cuya consternación fue en aumento hasta casi derramar lágrimas de tristeza. Symeon le transmitió su deseo de ser sometido a juicio por el consejo de la caravana. Aunque Aravros no quería considerarlo como culpable y su voluntad era de perdonarle, se plegó a los deseos de expiación de Symeon y le aseguró que transmitiría su petición al consejo, por otra parte diezmado y compuesto casi todo él de miembros más jóvenes de lo que desearía.

El grupo no tardó en tener una tienda a su disposición, y allí se derrumbaron para descansar, agotados.

Al atardecer, un enviado del consejo apareció reclamando la presencia de Symeon para someterse a juicio. El resto del grupo intercambió miradas de extrañeza, y acompañó al cabizbajo errante hasta el carromato de Aravros, frente al cual se había reunido el consejo. Cuando, ante el sombrío silencio de Symeon, preguntaron a sus acompañantes de qué cargos se le acusaba, estos sólo respondieron con una palabra: “genocidio”.


viernes, 2 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 12

Un viejo conocido
Ante la intensa desazón que le había causado la experiencia extrasensorial mientras había estado inconsciente, Aldur no tuvo más remedio que compartirla con el resto del grupo; el desahogo le vino bien, y para su sorpresa, Daradoth le dio una gran importancia, pues el elfo vio en su “sueño” trazas de una maldad ancestral de la que los eruditos elfos hablaban en ocasiones. Volvieron a discutir sobre el “Enemigo”, el enemigo con mayúsculas, que sin duda era algo más importante a lo que enfrentarse que aquellos vestalenses que batallaban por su religión. Aldur también compartió su frustración por no haber sabido distinguir a Emmán de un ser a todas luces maligno, y eso le preocupaba, pues le hacía plantearse si era digno de la gracia de su Señor. Los demás le tranquilizaron, y aunque el apoyo de sus amigos sirvió para calmarlo, no quedó tranquilo del todo.

La conversación sobre el enemigo mayor derivó después hacia Daradoth, que fue una vez más cuestionado sobre los motivos que le habían llevado a emprender un viaje tan largo y cuál era la situación en Doranna. El elfo planteó que quizá pudieran conseguir apoyo de su gente en Doranna, para lo cual igual sería buena idea viajar hasta allí; Valeryan se interesó sobremanera por la argumentación de Daradoth, e intentó sonsacar más información: le preguntó al elfo si su puesto era alto entre sus semejantes, si era un príncipe o algo así, a lo que Daradoth contestó negativamente; Symeon también preguntó, haciendo una analogía con Valeryan y ante las críticas del elfo a la misión que estaban llevando a cabo, si Daradoth seguiría las órdenes de su rey como lo estaba haciendo el noble Esthalio; la respuesta de Daradoth a esa pregunta fue un breve silencio, que planteó aún más dudas sobre el origen de su viaje.

Tras un par de días de duro pero tranquilo viaje por el desierto, el amanecer de la tercera jornada les saludó con un hecho inesperado: un extraño remolino oscuro se formaba hacia el oeste, a mucha altura. Más que oscuro, el remolino parecía rasgar el cielo azul del amanecer, dejando ver a su través un cielo estrellado y nocturno; a pesar de la innegable belleza del fenómeno, la brisa que comenzaba a levantarse procedente de aquel punto los hizo salir de cualquier ensoñación y huir lo más deprisa que pudieron a través de la arena y las dunas. Pasadas un par de horas, podía verse ya claramente que el remolino a lo lejos se convertía en un pequeño tornado que iba in crescendo rápidamente. Sin duda, se trataba del germen de una de las brutales tormentas sobrenaturales que parecían estallar en aquellos desiertos. Cuando el viento arreció y la arena empezó a azotarles, azuzaron aún más a los camellos; la mala suerte se cebó con Symeon, cuyo camello se rompió una pata y él mismo se desgarró algunos tendones en el hombro, retrasando su camino mientras recibía los cuidados de Aldur y de Faewald.

Por suerte, pudieron escapar de la tormenta con poco más que unos leves mareos, pues ésta se marchó en dirección contraria a ellos mientras se formaba. Poco después, entre el viento y la arena veían una decena de cuervos aparecer por el horizonte, y dirigirse hacia la nueva tormenta. Ocultándose como pudieron parecieron escapar a su atención, y nunca los vieron volver.

Tras cuatro jornadas más de marcha llegaban, agotados y quemados por el sol a Edeshet. La ciudad, un nudo de comunicaciones en medio del desierto, se asentaba sobre un trozo de tierra fértil alimentada por varios oasis y corrientes subterráneas, y tras atravesar varias granjas desperdigadas, fueron Symeon y Valeryan los que abrieron camino y reservaron habitaciones en una posada. Al atardecer, el grupo al completo entró en la ciudad y se dirigió a conseguir un anhelado descanso. Aquí y allá pudieron ver grupos organizados en campamentos, y lo poco que pudieron entender de lo que allí se decía les reveló que la mayoría eran cónclaves de peregrinos que viajaban (o que iban a iniciar viaje) juntos hacia Creá para ver al Ra’Akarah y recibir su bendición. Además, mientras veían todo esto, algo más serio llamó su atención: un carromato y varios jinetes que vestían ropajes negros y que lucían la enseña de los Heraldos de Vestän. La visión de los inquisidores les hizo arrebujarse en sus túnicas y capuchas, y por suerte, entre tanta gente, no llamaron su atención. Más tarde se enterarían de que en Edeshet se encontraba una de las Casas de Heraldos más importantes de todo el Imperio. Ya en la posada, en la sala común algo llamó la atención de Aldur, pero el cansancio hizo que no pudiera distinguir qué; sólo pensaba en una cama y una tinaja de agua que echarse por encima. Fue después, cuando ya llevaba un par de horas dormido cuando cayó en la cuenta de lo que había visto: uno de los presentes en la sala común de la taberna tenía el rostro de uno de sus antiguos compañeros novicios (y más tarde paladín), Averron. Se despertó lleno de lucidez y bajó a la sala común, pero a aquellas horas intempestivas ya no había nadie. No obstante, más tarde por la noche, alguien llamó a la puerta de su habitación, mientras Daradoth hacía guardia y el resto dormía (Aldur entre ellos). Daradoth abrió para encontrarse cara a cara con un desconocido vestido como vestalense y de aspecto indefinido que preguntaba por Aldur. Por supuesto, el elfo sospechó de sus intenciones y le hizo marcharse.

El día siguiente lo dedicaron a conseguir provisiones y equipo, y Aldur compartió con los demás la presencia en Edeshet de su compañero paladín. Su descripción coincidía con la del individuo al que Daradoth no había querido recibir en la habitación; aunque dedicaron el resto del día a buscarlo, no pudieron dar con él; tampoco podían mostrarse mucho, pues Aldur y, en menor medida, Daradoth, llamaban la atención allí donde iban y no querían provocar más problemas de los imprescindibles.

Pero por la noche se repitió la escena, y Averron vovió a llamar a la puerta de la habitación del grupo. Con un silencio contenido, Aldur y él se abrazaron, ambos reconfortados por la presencia de un antiguo amigo. En susurros, Averron contó que no estaba solo, le acompañaban al menos otro paladín y varios Hijos de Emmán; el Gran Maestre los había enviado tras un intenso adiestramiento en el idioma y las costumbres vestalenses para averiguar lo que pudieran de aquel misterioso Ra’Akarah e intentar infiltrarse en las filas enemigas. Incluso habían sido circuncidados para no levantar ningún tipo de sospecha. También les contó que él y sus compañeros se encontraban en una de las caravanas de peregrinos que iba a partir hacia Creá el día siguiente. Aldur, por su parte, aunque no explicó en su totalidad los detalles de su presencia allí, dejó claro que la intención era hacer algo muy drástico con el Ra’Akarah, lo que asomó una expresión de preocupación al rostro de Averron. Tras desearse suerte mutuamente y una breve oración a Emmán, Averron se marchó esperando que se unieran a su caravana la jornada siguiente o verles sanos y salvos más tarde.
Y así quedó el grupo de nuevo a solas, planteándose la conveniencia de practicarse realmente la circuncisión y quizá unirse a la caravana de peregrinos de Averron y los demás.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 11

Tormentas
El desastre de no encontrar el oasis los puso ante una grave disyuntiva: continuar camino arriesgándose a que en la siguiente parada les pasara lo mismo, o asegurarse y volver hacia atrás, perdiendo dos semanas de viaje. En el primer caso, Symeon no estaba seguro de que pudieran llegar con vida al final del viaje, pero en el segundo corrían el riesgo de exponerse a ser capturados por los vestalenses que ya debían de haber dado orden de busca y captura contra ellos.

Finalmente optaron por la opción de volver atrás, aunque Symeon planteó la posibilidad de utilizar el agua contenida en la joroba de los camellos para hacer posible el viaje.

Tras dos jornadas transcurridas de camino de vuelta, Daradoth pudo avistar a tiempo a dos de los enormes cuervos exploradores, pero mantuvieron siempre una gran distancia y no parecieron apercibirse de la presencia del grupo. El tercer día de camino tuvo lugar un evento más preocupante: una nueva tormenta que, aunque no se acercó a ellos, sí les provocó mareos y ligeras náuseas. Yuria fue la única, que, mirando a los demás extrañada, no pareció sentir ningún efecto adverso. La vista de la tormenta a lo lejos bastaba para amedrentarlos; en verdad debía de tratarse de fenómenos sobrenaturales, pues no creían que la fuerza de la naturaleza bastara para provocar aquellos fenómenos.

El día siguiente, mientras atravesaban penosamente las dunas esperando no encontrarse con ninguna sorpresa desagradable, Valeryan le señaló algo a Daradoth, algo en lontananza que había brillado, llamando su atención. Acercándose un poco, el elfo no tardó en reconocer un oasis, para consternación de Symeon, que juraba que en los mapas no figuraba ningún oasis en aquella posición. Pero sin duda se trataba de uno, y para aún mayor frustración del errante, sin duda se trataba del oasis del que, cuatro días atrás, no habían podido encontrar rastro. Era como si se hubiera movido de sitio; si aquello lo provocaban aquellas tormentas, razón de más para evitarlas.

Dejando de lado las preocupaciones por un momento, se regocijaron por poder refrescarse, bañarse y beber agua fresca y clara. Pero al poco rato, Daradoth daba la voz de alarma: tres cuervos se acercaban al pequeño bosquecillo. Todos corrieron a esconderse, camuflando también a los camellos. Los tres cuervos descendieron a poca distancia de los árboles, y se posaron con un estruendoso aleteo. Volvieron a ver la misma disposición: los extraños jinetes quedaban a lomos de los pájaros, mientras los dos vestalenses de cada uno descendían al suelo. Uno de los vestalenses se acercó, con cuidado y cara de extrañeza, y tocó varias hojas de arbustos y el tronco de un árbol. Relajándose a ojos vista, se giró hacia sus compañeros y en su áspero idioma les dijo “no hay que preocuparse, es real”. Los vestalenses empezaron a discutir entre ellos, diciendo que aquello era increíble y no entendían qué podía haber pasado. “Si los jinetes hablaran nuestro idioma, quizá podrían explicarnos esto”, dijeron. Acto seguido, tras beber y refrescarse, volvieron a los cuervos y remontaron el vuelo de nuevo. El grupo suspiró aliviado.

Tras la marcha de los vestalenses, aprovecharon para forrajear y buscar algunas hierbas útiles que se criaban en los oasis, y reaprovisionarse de agua. Aquello les permitiría volver a retomar la dirección original, y así lo hicieron, dirigiéndose de nuevo hacia el este.

Tras diez duros días de viaje, pudieron avistar a lo lejos el segundo oasis, afortunadamente no había desaparecido, y se alegraron por ello. Pero las sonrisas no acudieron a sus rostros, pues alrededor del oasis había un ejército vestalense acampado. Aldur apretó los puños, frustrado, y Valeryan chasqueó la lengua. No tuvieron más remedio que desmontar y refugiarse tras una duna, a salvo de las miradas de los enemigos, mientras la noche caía e improvisaban un refugio. Decidieron esperar para ver si las tropas levantaban el campamento y continuaban viaje. Pero algo imprevisto sucedió antes de que llegara el día siguiente: una nueva tormenta estalló de repente, sorprendiendo al ejército y provocando de nuevo que el grupo sintiera sensaciones extrañísimas. La tormenta era especialmente fuerte, y no tardaron en ser sepultados por la arena, mientras Symeon, Valeryan, Faewald, Aldur y Daradoth caían inconscientes uno a uno. Incluso Yuria sintió esta vez los efectos, suponía que debido a la intensidad del fenómeno y la prolongada exposición.

La inconsciencia envió a Aldur a un mundo distinto, quizá una esfera superior, donde una luz le tocó y le reconfortó. Extasiado, sintió cómo la Luz le tocaba físicamente, elevándolo a las alturas y diciéndole que se abriera a ella. ¿Acaso aquello no podía ser otra cosa que Emmán? Aldur abrió su ser a aquella Luz, aquella presencia majestuosa que sin duda lo acogería en su seno, llevándolo a un plano superior de existencia y bañándolo en su gloria… o quizá no, pues la Luz pronto comenzó a proyectar sombras, sombras que tocaron su alma y la congelaron, haciéndole sentir una agonía que apenas fue capaz de soportar. Una risa resonó en los más recónditos recovecos de su mente, burlándose de él y sus creencias: “SI TODOS SOIS TAN FÁCILES DE CONVENCER SERÁ INÚTIL TEMEROS, Y MUY FÁCIL ACABAR CON VOSOTROS”. Las carcajadas fueron en aumento hasta convertirse en un chillido absolutamente insoportable, mientras una mano helada agarraba lo más profundo del espíritu de Aldur e intentaba arrancarlo.

A oscuras en la tremenda ventisca, Aldur gritaba y se agitaba, sangrando profusamente por la nariz. Desesperados, en la más absoluta oscuridad, Yuria y Daradoth intentaban que el refugio no se hundiera bajo el peso de la arena; pero el elfo se sentía cada vez más y más mareado, y el aura que lo rodeaba aumentaba de intensidad, permitiendo que Yuria pudiera ver en la penumbra cómo se derrumbaba, con gritos de dolor; la propia Yuria no pudo aguantar sola el peso de la arena, y la lona se precipitó sobre ellos, aplastándolos, mientras la ercestre comenzó a respirar con dificultad debido a los fuertes vómitos que la sacudieron.

Daradoth no sabía lo que estaba ocurriendo; sentía un dolor indescriptible, y algo dentro de él parecía a punto de reventarlo y volverlo del revés. Afortunadamente, el joven elfo comprendió a tiempo lo que le sucedía, e intentó canalizar aquella mare que lo desbordaba en algo útil, mientras las venas de sus brazos y su cuello se tensaban como cables y su cabeza ardía con todas las llamas del infierno.



***



El silencio los envolvió de repente, con un estruendo sordo. La calma se hizo a su alrededor y el peso de la arena sobre ellos desapareció. Symeon, Yuria, Faewald y Valeryan recuperaron la consciencia, sorprendidos, mientras Aldur brillaba intensamente en el centro de la burbuja protectora que había erigido contra la tormenta, y gritaba. Un grito mudo que no eran capaces de oír, pero que se notaba en la carne, en los huesos. Aldur dejó de estremecerse mientras la sombra que le helaba el alma parecía escurrirse fuera de él gritando “¡NOOOOOOOOOO!”. El paladín recuperó la consciencia agarrotado, dolorido y con la sensación de haber sido mancillado, pero vivo al fin y al cabo.

Tras un intervalo de tiempo que nadie fue capaz de calcular, finalmente el aura que rodeaba a Daradoth desapareció, su rostro pareció relajarse, y cayó de bruces, inconsciente. La tormenta ya había pasado y se encontraban al raso, bajo un hermoso cielo estrellado, pero claramente desplazados hacia el sur unas diez leguas según los cálculos de Symeon.

Tras socorrer a Daradoth y descansar unas horas, se apresuraron a volver al oasis donde la tormenta les había sorprendido. Como esperaban, el ejército vestalense también había sido afectado, y sólo quedaban unos pocos restos de él alrededor del oasis, que por suerte había permanecido inalterado, aunque la mayoría de los árboles habían sido arrancados de cuajo. Capturaron a un superviviente, intentando sonsacarle información sobre sus propósitos y aquellas extrañas tormentas, pero no les pudo dar ninguna información útil.

Tras reunir varios camellos que se encontraban por los alrededores y reaprovisionarse de agua y comida, reanudaron su viaje hacia Edeshet conspicuos y pensativos. Sobre todo Aldur y Daradoth, cuyas respectivas experiencias habían dejado una marca que tardarían en borrar, si es que podían hacerlo.


jueves, 20 de noviembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 10

Hacia el enemigo (II)
La posada La Flor de Arena prometía descanso y buena comida para el grupo. El amable y orondo posadero y sus tres bellas y coquetas hijas contribuían a dar aquella sensación cuando Yuria, Aldur, Valeryan y sus hermanos juramentados pidieron algo de comer y de beber; aunque la única bebida alcohólica que vendían era cerveza de baja gradación, sería suficiente después del duro camino. Varias otras mesas estaban ocupadas, y el ambiente parecía distendido; aunque al identificarse como extranjeros tres comensales con hábitos negros sentados en otra mesa habían lanzado algunas miradas hacia ellos, pronto volvieron a centrar la atención en sus platos.

Las cosas cambiaron cuando unos minutos después, Daradoth y Symeon entraban en la taberna. El espigado elfo llamó instantáneamente la atención de los tres clérigos de túnicas oscuras, que también reconocieron a Symeon como errante a pesar del empeño con el que ambos trataban de pasar desapercibidos. El resto del grupo podía verlo todo desde su mesa, mientras Daradoth y Symeon se acodaban en la barra de la taberna. Momentos después, uno de los clérigos que Symeon ya había reconocido como Heraldos de Vestän (el equivalente a los inquisidores vestalenses) salío de la taberna, mientras los otros dos se dirigían a la barra, claramente a confrontar a los dos extraños. Nervioso por la línea que estaban tomando los acontecimientos, Valeryan trató de distraer la atención de todos, con un discurso acerca de las virtudes del vestalismo y el anuncio de la ceremonia de circuncisión que estaban a punto de llevar; al oír esto último, Daradoth y Symeon trataron de escabullirse, acercándose a la mesa de los demás y fingiendo interesarse por la ceremonia. Pero no tuvieron éxito, y los Heraldos se acercaron junto a ellos. Así se inició una tanda de preguntas acerca de la razón por la que estaban allí y de sus convicciones religiosas cuyas respuestas no les convencieron. La situación se iba haciendo cada vez más tensa, y estalló cuando el posadero rogó a los clérigos que dejaran en paz a sus clientes, que parecían unos buenos fieles vestalenses y habían venido en paz; al instante, uno de ellos se giró y estrelló el sello que llevaba en uno de sus dedos contra la cara del hombre, que cayó al suelo con una brecha en la frente. Aldur se levantó bruscamente, lo que asustó un poco a los clérigos, pero instado por Yuria, que fingía ser su esposa, volvió a sentarse con los puños crispados. El reconocimiento por parte de Symeon de no ser un converso fue la gota de colmó el vaso, al tener en cuenta el edicto de expulsión de extranjeros: los dos inquisidores instaron a Symeon y a Daradoth a acompañarles, y éstos así lo hicieron; pero antes de atravesar la puerta a través de la cual ya se oían ruidos de gente armada, Daradoth fingió un gran dolor y se abrió un poco la herida de la pierna, que comenzó a sangrar profusamente; esto provocó la indecisión en los vestalenses, que el grupo tuvo que aprovechar al instante.

Aldur agarró a uno de los clérigos clavándole una daga en la espalda, y con un fulgurante movimiento, Daradoth atacó al otro cercenando limpiamente su cuello; la gente empezó a gritar cuando la sangre empezó a manar a chorro desde el cuello del inquisidor decapitado. El posadero, con los ojos muy abiertos, empezó a gritar llamando a la guardia con lágrimas en sus ojos; lo apartaron sin muchos miramientos y se dirigieron a la parte trasera, a las cocinas, mientras las hijas del posadero acudían a ayudar a su padre. Unos minutos antes Yuria ya se había escabullido y salido de la posada por la trastienda en busca de los caballos, y el resto del grupo siguió sus pasos. En las cocinas se encontraron con la que debía ser la mujer del posadero, que salía en esos momentos hacia la sala común con un cuchillo de carnicero en la mano; a pesar de su corpulencia, la mujer no fue un obstáculo para Aldur, que de un empellón la arrojó contra una pared y sin más obstáculos alcanzaron el callejón trasero y rodearon la posada para llegar a los establos, donde Yuria ya tenía la mayoría de caballos preparados.

Su desconocimiento de la ciudad y los rodeos que tuvieron que dar para esquivar las patrullas en las calles les hicieron perder un tiempo precioso, de modo que cuando llegaron a la puerta Este, en ella ya se había reunido un pequeño pelotón de guardias que se había detenido el transito y se aprestaba a cerrar el rastrillo. Sin pensarlo más, cargaron viendo en aquel momento su última oportunidad de poder salir de la ciudad; con la primera carga varios de ellos pudieron pasar de largo y conseguir salir, pero Willedd y Yaronn no lo consiguieron y Valeryan no lo pensó dos veces a la hora de volver a por ellos, así que todos le siguieron de nuevo al combate, justo cuando veían que Yaronn caía malherido del caballo. Desdesperado, Valeryan luchó con denuedo por llegar junto a su amigo, y con la ayuda de Aldur consiguieron levantarlo del suelo y huir in extremis, cuando otro grupo de guardias ya disparaba sus ballestas contra ellos.

Por la noche, ante el aspecto de las heridas de Yaronn, el grupo decidió enviarlo de vuelta a Rheynald acompañado de Wyledd para recuperarse. Ambos se resistieron a volver, pero finalmente la cordura se impuso y se despidieron del grupo; viajarían de noche y evitarían a los extraños todo lo que pudieran.

Acto seguido, el grupo continuó su viaje, dirigiéndose hacia Esstalab, la que habría sido la primera etapa si Valeryan no hubiera insistido en pasar por Issakän. El noble decidió dejar la búsqueda de su medio hermano para un momento mejor, cuando la situación se hubiera calmado en la ciudad.

El segundo día de camino, Daradoth avistó de nuevo uno de los monstruosos cuervos negros y gracias a ello pudieron camuflarse y evitar su detección. Valeryan dio gracias por contar con un elfo en el grupo que era capaz de avistar a aquellos pájaros a tan larga distancia; quizá eso supusiera la diferencia entre la vida y la muerte durante el viaje.

A los pocos días llegaban a la vista de Esstalab. Ésta era una ciudad más pequeña que Issakän, sin murallas ni puertas vigiladas, con lo que no tuvieron mayor problema para pasar desapercibidos entre los viajeros e integrarse. Aldur levantaba miradas sorprendidas aquí y allá, pero nadie osó acercarse a interesarse por el gigantesco hombre de mirada torva y pelo rapado. Tras una breve negociación consiguieron vender sus caballos y comprar varios camellos que les vendrían muy bien para cruzar el desierto, y en un mercadillo local también pudieron hacerse con varias hierbas curativas y otras hierbas más extrañas que el matrimonio que las vendía tenía “sólo para clientes especiales”. Uno de los objetos que compraron fue una extraña flor en un recipiente de vidrio que tenía un aspecto sobrenatural; la vendedora no pudo decirles cuál era su efecto, pues no lo conocía , pero aún así la compraron, intrigados por el leve fulgor y calor que desprendía.

Después de Esstalab, se adentraron en el Mar Cambiante, el desierto que se interponía entre ellos y la siguiente ciudad, Edeshet. Los primeros días transcurrieron tranquilos, con un calor soportable y las molestias lógicas que sufrían por no estar acostumbrados a viajar a lomos de camellos.

El cuarto día se levantó un fuerte viento y al poco, lo que parecía ser una tempestad de arena avanzaba hacia ellos. Pero pronto se hizo evidente que no se trataba de una tormenta cualquiera: lo primero que sintieron fue un frío intensísimo, a todas luces sobrenatural, y cuando la tormenta les alcanzó también lo hizo una sensación de mareo que dejó a varios de ellos inconscientes. A medida que la tormenta rugía sobre ellos, sintieron que sus cabezas estallaban y todo se volvía negro como la más oscura cueva; los relámpagos restallaban a su alrededor, provocando que su vello se erizara y la arena se derritiera; únicamente Yuria soportaba la tormenta con estoicismo, mirando preocupada cómo sus compañeros salían y entraban de la inconsciencia a intervalos, desenterrándolos para que no se asfixiaran cuando quedaban inconscientes. Tras lo que pareció una eternidad, finalmente la tormenta pasó de largo, dejándolos extenuados, pero vivos al menos; los camellos estaban casi completamente enterrados en arena, pero habían resistido bien, con lo que tras descansar unas horas y recuperarse pudieron continuar su camino. No sin preocupación por lo que fuera aquello que les había pasado por encima.

Tras un par de jornadas más, llegaban por fin al punto donde debía encontrarse el oasis que los mapas de Demetrius marcaban y donde debían aprovisionarse de agua y descansar para continuar camino, pero una nueva sorpresa les aguardaba: el oasis no estaba, y todo lo que veían era arena. ¿Era posible que hubiera sido sepultado por las fuertes tormentas?...

viernes, 7 de noviembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 9

Hacia el enemigo
La noche anterior a la marcha hacia el corazón del Imperio Vestalense, Valeryan reveló al resto del grupo su intención de detenerse en la ciudad de Issakän. El juramento que había hecho a su padre en su lecho de muerte le obligaba a detenerse en la ciudad y buscar a su presunto hermano; dejó claro que no quería obligar a nadie a acompañarle, y dio a los demás la opción de esperarle o continuar viaje sin él, pero nadie quiso dejar a Valeryan a su suerte, e insistieron en ayudarle. Issakän se encontraba a apenas ochenta kilómetros de Rheynald, y el desvío que necesitarían hacer no les apartaría mucho de su camino.

Al amanecer, la pintoresca compañía compuesta por Valeryan, Symeon, Daradoth, Yuria, Aldur, Faewald, Yaronn y Wylledd se despedía de sus seres queridos. Symeon se había despedido de Azalea y Ravros la noche anterior; Valeryan se abrazaba a su madre, lady Edith, y a su hermana, Juwyth, prometiéndoles que tendría cuidado y volvería. Lady Edith le transmitió sus dudas acerca del duque y lo poco que se fiaba de su liderazgo. Valeryan le prometió volver lo antes posible. Aldur se despidió de Podrido, que acudió corriendo en cuanto se enteró de que el paladín se marchaba; el enorme hombre prometió que cuando volviera haría a Aldric su escudero y no consentiría que nadie más lo llamara “podrido”. Para confirmar sus esperanzas, Aldur pudo percibir un aura alrededor del muchacho que revelaba el potencial que tenía. Yuria bajó una vez más a los calabozos para dar las últimas instruccinoes del desescombro y despedirse de Toldric. Éste se apenó sobremanera cuando se enteró de la partida de la mujer, y le rogó que tuviera cuidado y volviera pronto; durante un momento, se quedó en total silencio, silencio que coincidió con un breve mareo de Yuria. Acto seguido, lo que dijo sorprendió a la ercestre: Toldric le dijo que si en algún momento encontraba a una mujer de pelo negro y liso hasta la cintura, de ojos verdes y labios carnosos debía huir de ella rápida como el viento. Intrigada por sus palabras, Yuria quiso saber más; Toldric le reveló que a veces veía cosas alrededor de las personas, la mayor parte de las veces cosas que podían ponerlas en peligro, y que desde pequeño lo había ocultado; pero Yuria había sido tan amable con él que sabía que podía confiar en ella. Tomando buena nota mental de las palabras de Toldric, la militar se despidió amablemente de él. Más tarde, durante el viaje, Yuria compartiría la advertencia de Toldric con Daradoth, pero éste se mostró algo escéptico, afirmando que no había que creer todo lo que decía la gente; aun así, Yuria estaría muy atenta por si aparecía la mujer contra la que el deforme carcelero la había advertido…

Pronto, el grupo salía de territorio esthalio más allá del bastión sur, con la intención de evitar a los ejércitos acampados al otro lado del muro. Las tropas vestalenses no supusieron un obstáculo, y pronto llegaban a las inmediaciones de Sar’Edeafar; allí comenzaron a avistar puntos negros en lo alto que delataban a los enormes cuervos que ya habían visto en Rheynald. Intentaron mantenerse a cubierto de la vista de aquellos engendros, pero el terreno semidesértico no hacía que fuera una tarea fácil. A las pocas horas de dejar atrás Sar’Edeafar comenzó a atardecer; se encontraban ya cerca de Issakän, pero no querían llegar de noche, así que tras encontrar un sitio adecuado para acampar, pasaron la noche al raso.

Despertaron con el alba y desayunaron carne seca, pan y algo de queso. Ya se aprestaban a retomar el camino cuando una sombra recortándose contra el sol naciente llamó su atención: uno de los enormes cuervos descendía hacia donde se encontraban, haciéndose cada vez más enorme y revelando una envergadura de alas de al menos veinte metros. Los ojos del cuervo brillaban rojos como ascuas, las garras de sus patas parecían fuertes como el diamante, y las álulas estaban sobrenaturalmente hiperdesarrolladas resultando en espolones de aspecto amenazador. Tres jinetes montaban el enorme animal, dos de ellos armados con ballestas. Cuando el pájaro se posó a unos metros frente a ellos, varios componentes del grupo ya estaban paralizados por el terror que sentían; Daradoth fue especialmente afectado, aunque se sobrepondría más tarde. Al posarse, dos de los jinetes, vestidos como vestalenses, pusieron pie en tierra armados con ballestas, mientras el tercero, también vestido como vestalense pero con un corte de pelo estrafalario y extraños tatuajes en las partes visibles de su piel, se quedaba en el lomo; al parecer, este último era el encargado de dirigir al pájaron en su vuelo; sin embargo, no se veían riendas ni arreos de ningún tipo que le permitieran dicho control.

El grupo fue instado a tirar las armas y sobresaltados por un agudo grito del enorme cuervo así lo hicieron. Acto seguido procedieron a un breve interrogatorio, interesándose por la procedencia y el destino del grupo. Valeryan y Symeon intentaron convencerlos de que no eran sino peregrinos conversos que se dirigían a ver los Santuarios. Pero las explicaciones no convencieron a los exploradores vestalenses, que miraron hacia atrás haciendo un gesto. En ese momento, un fuerte ruido sobresaltó a todos, y uno de los ballesteros se dobló de dolor; Yuria le había disparado con uno de sus extraños artilugios, que ella llamaba “pistolas”. Todos reaccionaron, y se entabló un breve pero sangriento combate: mientras Valeryan y Aldur daban cuenta de los ballesteros, Daradoth realizaba un salto increíble alcanzando una altura de unos cinco metros, buscando derribar al jinete del cuervo. Éste extendió su mano y una descarga eléctrica pasó rozando al elfo, poniéndole los pelos de punta. Con un fluido movimiento, el brazo del jinete fue cercenado por la espada larga de Daradoth, y al instante caía inconsciente al suelo. No obstante, el cuervo tuvo tiempo de revolverse y clavar su pico en el elfo, provocándole una fea herida en el muslo que lo dejaría renqueante durante los siguientes días. Afortunadamente, sin la guía del jinete, el enorme animal remontó el vuelo y desapareció en el horizonte.

Consiguieron capturar vivo a uno de los ballesteros con la intención de sacarle información. Sin embargo, después de un violento interrogatorio no pudo o no quiso darles la información que pretendían, ante lo cual, Valeryan estimó que lo mejor sería quitarle la vida. Algunos de los demás, sobre todo Symeon, se mostraron en desacuerdo con aquella decisión, pero la resolución de Valeryan era firme y el vestalense fue asesinado rápidamente.

Al poco rato, estructurados en dos grupos, llegaban a las puertas de Issakän, una ciudad de unos sesenta mil habitantes, amurallada y muy transitada. Daradoth y Symeon integraban el primer grupo y pudieron acceder sin problemas a la ciudad. Sin embargo, el segundo grupo integrado por los otros seis, fue detenido por los guardias. Justo cuando las preguntas comenzaban a volverse muy comprometidas, el grupo tuvo la suerte de la aparición de un clérigo, el padre Khemel, que se encontraba en los alrededores y había sido convencido por las explicaciones de Valeryan de que eran recién conversos en peregrinaje a Creá. Khemel habló en favor del grupo ante los guardias, instándoles a respetar a todos los fieles vestalenses (aquí el adiestramiento que Symeon había impartido al resto en materia de costumbres vestalenses se reveló fundamental) y más aún a los recién conversos a su Fe. Tras franquearles el paso a la ciudad, el padre les preguntó si ya habían sido circuncidados, como muestra definitiva de su conversión. Ante las respuestas negativas, Khemel se ofreció a llevar a cabo él mismo la ceremonia, si así lo deseaban; tras recomendarles una buena posada, los citó en una de las mezquitas de Issakän para concretar detalles y adiestrarlos en la fe, tras lo cual se despidió de ellos. Valeryan respiró aliviado; por fin se encontraban entre los muros de Issakän y podría comenzar su búsqueda.