Translate

viernes, 12 de febrero de 2016

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 33

Hacia el norte (IV). Ashrakän

La noche siguiente volvieron a tener el sueño común de la multitud en Creä. Pero el sueño era… distinto. Las figuras estaban menos definidas, y sus rostros no eran claros como otras veces. Los santuarios que se alzaban en lo alto de la colina también eran distintos, eran menos detallados, por decirlo de alguna manera. Aquí y allá se notaba que una torre no era como debía ser, o que faltaba alguna estatua. La multitud no se giró hacia ellos como otras veces, al parecer incapaz de detectarlos.

El día siguiente apareció una patrulla de exploradores desde el sur con un par de perros cuyos ladridos se podían oír a distancia; el grupo decidió apartarse hasta que se alejaron hacia el norte. Poco después, comenzaban a ver las primeras granjas en el camino hacia Ashrakän. El paisaje había cambiado en pocos días de un terreno abrupto y escarpado a tierras aplanadas y llenas de cultivos.

La noche transcurrió tranquila; la única incidencia fue que Symeon despertó inquieto al haber sentido la llamada de ayuda en el mundo onírico una vez más. Continuaron el camino el día siguiente, y a media mañana, las granjas ya se habían convertido en una visión habitual. A mediodía llegaban a la vista de una parada de postas entre una agrupación de granjas que formaban un trasunto de aldea. Ante la posada de la parada de postas había un soldado clavando algo en un tablón. Al pasar por delante, Daradoth, que iba acompañado en vanguardia por Faewald, se giró discretamente y pudo ver lo que el hombre estaba clavando: los retratos (preocupantemente actualizados) de él mismo y de sus compañeros. El elfo no se detuvo para evitar delatarse más, pero cambió unas palabras con Faewald, que dio la vuelta y se reunió con el resto del grupo más rezagado, instándolos a volver por donde habían venido para evitar que los reconocieran. Varios cientos de metros hacia el sur, el soldado que minutos antes había estado clavando sus retratos en el tablero los superaba, cabalgando al galope por el camino. Poco después giraban de nuevo hacia el norte y se reunían de nuevo en medio de un campo de frutales con Daradoth. Acordaron que a partir de entonces acamparían de día y viajarían de noche, así que se dispusieron a descansar.

Volvieron a compartir el sueño de la turba ante los santuarios, y en esta ocasión los cambios fueron aún más acusados; los congregados eran poco más que borrones en sombras, y los santuarios (para el experto ojo de Yuria) estaban definitivamente incompletos e inexactos; no obstante, algo nuevo apareció en el sueño: varios sabuesos enormes, aunque también poco definidos y borrosos. Uno de ellos se detuvo durante unos segundos ante Galad, husmeando a su alrededor, pero por suerte pasó de largo. En ese momento un destello llamó su atención desde una de las torres de los santuarios. La centaura lady Merediah los observaba fijamente, y su voz resonó en sus mentes, suplicándoles ayuda. Antes de que pudieran reaccionar, Merediah giró bruscamente la cabeza, como si hubiera visto algo, y desapareció. En su lugar apareció una figura encapuchada, algo borrosa; no les dio tiempo a ver más, pues Daradoth y Faewald los despertaron en el mundo de vigilia.

Dogo Onírico


Continuaron el camino por la noche, con Daradoth agudizando su oído con sus habilidades sobrenaturales. Gracias a ello, pudo oír en la lejanía el ladrido de un perro, y una voz que instaba a otra persona a callarlos. Sin duda alguna, uno de los grupos de exploradores que los buscaba. Evitaron acercarse a ellos desviándose del camino por una vaguada en el lado derecho. Dieron un gran rodeo durante varias horas, y tras superar un campo de maíz pudieron ver varios focos de luz: varias decenas de hogueras ardían en la distancia, revelando la presencia de un gran campamento. Volvieron atrás y pasaron el resto de la noche y el día siguiente a salvo entre los cultivos.

La siguiente noche, Daradoth se acercó para investigar el campamento; en efecto, era el contingente que habían visto viajando hacia el norte unos días atrás, que se había detenido en el cruce del camino del norte con el que llevaba a la ciudad de Ashrakän. Sin embargo, los vagones que escoltaban no se encontraban en el campamento. Debían de haberse dirigido a la ciudad. El elfo volvió para informar a sus compañeros, y decidieron que esa misma noche intentarían rodear el ejército por el sur a través de los campos de granjas para entrar en Ashrakän. Pero no contaban con la presencia de perros en las granjas, y que muchas de ellas tenían cercados para evitar que el ganado vagara libremente o que las cosechas fueran saqueadas. Todo ello, unido a las evidentes dificultades que planteaba moverse por la noche con poca luz y una reata de varias mulas y percherones, convirtieron el paseo nocturno en una empresa harto difícil. Un par de granjeros, padre e hijo, los descubrieron; por suerte, Daradoth pudo dormirlos con sus sortilegios y calmar a los perros que los acompañaban. No obstante, los ruidos alarmaron a los guardias del campamento, que se acercaron peligrosamente al grupo. Así que decidieron volver hacia atrás una vez más, y pasar el día a cubierto. Meditaron sobre otra opción: rodear al ejército acampado por el norte; pero el terreno allí estaba compuesto de colinas escarpadas, y si se adentraban allí tendrían que dejar atrás los caballos con seguridad, y posiblemente alguna mula.

Por suerte (o por desgracia, no lo sabían muy bien), la noche siguiente el ejército ya no estaba allí. Habían levantado el campamento y se habían marchado, moviéndose claramente hacia el norte. El grupo tomó entonces el camino que conducía a la ciudad. Tras rodear un par de cerros y recorrer un par de kilómetros la avistaron; Ashrakän se levantaba sobre un par de las colinas que componían el paisaje allí, visible gracias a varias almenaras que ardían en su perímetro y que aparentemente marcaban los puestos de guardia. Se dividieron en parejas mientras el resto del grupo esperaba a una distancia prudencial con la impedimenta: Symeon y Taheem entraron por un lado y Galad y Yuria por otro. Evitaron a los guardias y entraron en la ciudad ya entrada la noche. Afortunadamente, pudieron encontrar a quien les vendiera algo de mercancía: forraje y comida para diez días, y también maquillaje para disimular su aspecto. Acto seguido, se dirigieron a una taberna en busca de rumores; en el camino hacia allí, Yuria se dio cuenta de que había desaparecido de su cinturón su bolsa de monedas, y maldijo su distracción. En la taberna, se enteraron de unos chismorreos sin importancia (por ejemplo, que la hija del Señor de Torre del Sol era un poco “ligera de cascos” y había metido en líos a más de un noble local), pero otros los inquietaron un poco más: se decía que el badir había apresado a varios elfos, y que se dirigía al norte con ellos; había seguido su camino aquella misma mañana.


viernes, 29 de enero de 2016

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 32

Hacia el norte (III)

Continuaron camino hacia Torre del Sol. Symeon aprovechó para hablar durante un largo rato con Taheem, exponiendo sus (inquitantes) ideas sobre el hecho de que los Errantes deberían adoptar una actitud más agresiva y dejar de lado su aversión a las acciones armadas. Después, aprovechando el descanso para comer, hizo un aparte con Galad, para que lo tomara en confesión, pues se sentía culpable por sus nuevas ideas sobre la violencia y su pueblo. El paladín, sabedor de la experiencia que Symeon había tenido hacía unas semanas en el mundo onírico, aprovechó para pedirle que le dejara inspeccionarlo a fondo en busca de posibles marcas como la que el propio Galad había lucido en su espalda y que gracias a su Fe en Emmán había desaparecido, dejando sólo una cicatriz. Symeon no lucía ninguna marca en su piel, pero algo llamó la atención de Galad: el errante tenía un halo de color negro alrededor del iris de los ojos, que definitivamente no debería estar allí; no parecía gran cosa, pero no pudo por menos que inquietar a ambos.

La noche discurrió tranquila y continuaron su viaje temprano. Al atardecer, Taheem expresó en voz alta una nueva duda que le había acosado durante todo el día: opinaba que quizá sería mejor desviarse y llegar al río Ládtarim, para bajar hacia el sur y pasar a través del lago Írsuvil al reino de Sermia. La travesía por el río sería rápida y con suerte podrían esquivar los controles, si es que de hecho los había. Tras discutirlo largo rato, decidieron postergar la decisión hasta el día siguiente. Pero no llegarían a votar, pues la noche no fue tan tranquila como la anterior en absoluto. Ya mientras estaban discutiendo alrededor de la hoguera sobre qué camino sería mejor tomar, Daradoth había sentido como se erizaba el vello de su nuca en una conocida sensación que delataba la utilización de poder arcano, y en este caso debía de tratarse de algo bastante intenso. Después de compartirlo con los demás, durmieron haciendo como siempre turnos de guardia. En la guardia que Daradoth hacía junto a Torgen y Gedastos, Symeon comenzó a agitarse en sueños y a murmurar palabras ininteligibles. A los pocos segundos, se movía violentamente y los demás se acercaron rápidamente; sin embargo, no les dio tiempo a hacer nada, pues Symeon despertó por sí mismo, bastante alterado. Al principio, el errante no recordaba qué era lo que lo había perturbado tanto, pero poco a poco fue recordando; había oído, o más bien sentido, una llamada desgarradora de ayuda, y también había visto ante sí el rostro de la lady centaura suplicándole que fuera a buscarla; acto seguido, Symeon sufrió una especie de tirón que lo alejó bruscamente de lady Merediah; salió del vagón donde ella se encontraba encerrada, que se alejó a su vez, y de algunos individuos que lo rodeaban, y despertó. Con palabras atropelladas, explicó lo que había visto a sus amigos. Apenas había acabado de describir la experiencia, Daradoth detectó un movimiento en su visión periférica. Todos empuñaron sus armas cuando cinco figuras encapuchadas, cinco sombras a todas luces no humanas, aparecieron en la oscuridad de la noche. El combate fue brutal, y muy difícil; Daradoth acabó cayendo extenuado, y Symeon fue malherido antes de que Taheem acabara con la última de las Sombras con la ayuda de Yuria, que utilizó el dispositivo escupefuego de los enanos; sin embargo, antes de que acabara el combate, Galad y Gedastos cayeron dormidos, arrastrados sin duda contra su voluntad al Mundo de los Sueños. Symeon, con una herida que lo mataría en el mundo real sin ayuda, hizo acopio de toda su capacidad y consiguió entrar físicamente al Mundo Onírico [punto de destino]. Allí se encontró con sus amigos, y consiguió cerrar su herida. Pero a los pocos instantes hacían acto de aparición tres figuras en escena; dos de ellas cambiaban su aspecto continuamente, lo que denotaba cierta falta de control, pero la tercera era una presencia bien definida y protegida por una capucha. Symeon oyó una voz en su mente, una voz conocida de tiempos pasados, que lo instaba a marcharse de allí junto a sus amigos; y así lo hicieron, volviendo al mundo real ayudados por un empujón de procedencia desconocida (aunque no tan desconocida para Symeon).

El grupo al completo había sufrido heridas de diversa gravedad. Gracias a los poderes de Galad, las habilidades médicas de Yuria consiguieron estabilizarlas y partir rápidamente, alejándose del lugar hacia las sombras de la noche. El vello de la nuca de Daradoth volvió a erizarse cuando habían recorrido unos pocos cientos de metros; la sensación provenía sin duda del lugar donde habían acampado. Apretaron un poco más el paso, alejándose de allí.

Descansaron en un bosque apartado del camino. Allí hicieron uso de la colección de hierbas que llevaban encima para acabar de reponer fuerzas, y ya refrescados, volvieron hacia el camino, pasando por el lugar donde habían acampado; las cenizas de la hoguera habían sido revueltas, y leves huellas podían verse aquí y allá: alguien había estado intentando encontrarlos. De hecho, Daradoth, que marchaba en vanguardia, descubrió un grupo de exploradores ataviados con el escudo del badir enfrascados en labores de rastreo a la vera de la maltrecha calzada. Se escondió rápida y silenciosamente, y volvió junto a sus compañeros, con los que compartió la información. Desafortunadamente, el elfo no había sido todo lo sigiloso y rápido que creía, y un quedo ruido delató la presencia de intrusos en el bosque. Haciendo uso de sus habilidades, Galad pudo detectar al menos a media docena de enemigos en las inmediaciones. Y enseguida se empezaron a oír los ladridos de perros en la lejanía. No podían permanecer allí ni un minuto más. Con miradas cómplices, actuaron rápidamente. Mientras el resto se escabullía en la vegetación, Galad, Daradoth y Gedastos se lanzaban a la carga para intentar abatir al intruso que el paladín había detectado más cerca. Al llegar, el explorador se había encaramado a un árbol y empuñando una ballesta, alcanzó a Gedastos en el torso, derribándolo. Estuvo a punto de dar la voz de alarma, pero no tuvo el tiempo suficiente: Daradoth realizó un salto sobrenatural entre las ramas y su hoja alcanzó al hombre en pleno corazón, matándolo instantánea y discretamente. Pero los perros se acercaban más, y su número aumentaba. Tenían que pensar en una distracción, y ésta fue proporcionada por el ingenio que los enanos habían fabricado para Yuria. Por fortuna el viento era favorable al grupo, que se situó a sotavento y, en pocos segundos, el fuego escupido por el artefacto saltaba de árbol en árbol, formando un incendio de dimensiones considerables. Eso les proporcionó la cobertura que necesitaban para dejar a sus enemigos atrás y salir al camino de nuevo más hacia el norte. A media tarde llegaban a la vista de la primera granja que anunciaba la proximidad de la ciudad de Ashrakän. La granja estaba calcinada, así que decidieron pasar de largo sin más. Poco después, algo llamaba su atención: una pira humeante bastante grande cercana a la calzada. Unos pocos restos daban a entender que el ejército que marchaba por delante había quemado a varios soldados en ella. Como bien sabían ya, generalmente en el Imperio Vestalense los restos mortales de la gente de pocos recursos eran incinerados. Aquello no parecía otra cosa que una pira mortuoria, no había signos de nada más; Daradoth expresó su sospecha de una posible epidemia que estuviera afectando al contingente que les precedía.

Al día siguiente tuvieron un agradable encuentro con una caravana de mercaderes que se dirigía hacia el sur. Por precaución, varios de ellos, los más reconocibles, se quedaron fuera del camino para que no hubiera problemas. Los mercaderes volvían hacia Creá después de jugosos negocios en Ashrakän. Les hablaron del ejército con el que se habían cruzado, pero no les revelaron nada que no supieran ya.

Mäs tarde llegaban a la vista de otra granja algo apartada del camino pero en perfecto estado, a la que Symeon y Galad se acercaron, pues la herida de Gedastos no tenía buen aspecto y necesitaban remedios con los que tratarla. En la granja les recibió una pareja muy agradable, que no dudó en proporcionarles una cataplasma con la que tratar a Gedastos y en invitarlos a tomar algo de agua, pan y queso. Al preguntarles por la granja calcinada, la pareja les habló de los propietarios, los Hashikh, que habían sido acusados de ser herejes emmanitas. En ese momento, se incorporó a la conversación Yashedh, el hijo mayor de los granjeros, que afirmó con rabia que aquella acusación era una maldita patraña y que los que debían ser quemados sin piedad eran los clérigos del Fuego Purificador. La vehemencia del muchacho contrastó con el gesto de terror de sus padres, que intentaron callarlo por todos los medios. Una vez calmados los ánimos, los granjeros aceptaron las ollas que les ofrecía Symeon como pago por la cataplasma, y el paladín y el errante se despidieron agradecidos.


viernes, 8 de enero de 2016

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 31

Hacia el norte (II)

El grupo al completo excepto Symeon se alejó rápidamente del camino en cuanto vieron aparecer la vanguardia del ejército y lo identificaron como tal. Encontraron refugio en un pequeño barranco excavado por un riachuelo a un par de kilómetros. Fue el errante, con sus habilidades de ocultación, quien pudo ver el ejército en todo su detalle; los vagones que viajaban en el seno de la columna de infantería, fuertemente custodiados, lucían varios ventanucos enrejados y abiertos, pero le fue imposible saber qué contenían.

Tras el paso del contingente, Symeon se reunió con el resto y les explicó con todo lujo de detalles lo que había visto y sus sospechas de que los vagones debían de albergar prisioneros. Estaba empezando a oscurecer, así que decidieron pasar la noche en la ribera del riachuelo. En su turno de guardia, Daradoth pudo oír una conversación entre Taheem y Sharëd mantenida en quedos susurros: en ella, Sharëd exponía sus dudas a Taheem acerca de su presencia allí y el destino que les esperaba acompañando al elfo y los demás; el más joven de los hermanos creía que debían separar su camino del del resto de la comitiva, y volver con los errantes del campamento en el desierto, donde los necesitaban y serían más útiles, y no embarcarse en una aventura de final tan incierto. Daradoth decidió no intervenir.

La mañana siguiente volvieron al camino, y trataron de trabar contacto con los vestalenses del campamento que Symeon había visto en el bosquecillo del este. Tras serias dificultades para ganarse la confianza o, al menos la curiosidad, de los vestalenses, consiguieron trabar contacto con ellos. Les recibió el líder del campamento, Rakheem, a todas luces un antiguo soldado, extrañado por su presencia allí. Les explicó que el campamento lo componían varias familias de refugiados de las aldeas del sur que habían sufrido la brutalidad de los Inquisidores, quemando a sus familiares y amigos en piras, como bien sabían ya los personajes; el propio Rakheem había sido uno de los soldados al mando de los miembros del Fuego Purificador, uno de tantos militares asqueados con aquellas matanzas indiscriminadas; además, eran exterminios ritualizados que se hacían claramente al servicio de aquellos extraños clérigos de piel pálida como el alabastro que habían venido acompañando al Ra’Akarah, donde se sacrificaba a niños, mujeres y ancianos, y cuya finalidad Rakheem no alcanzaba a comprender; así que algunos de los soldados habían desertado y ayudado a escapar a cuantas familias pudieron, formando aquel campamento al que de tanto en tanto todavía llegaban algunos que se habían podido librar de las piras gracias a la ayuda de sus hombres. El antiguo soldado lucía una quemadura en el antebrazo y la mano derechos que se había provocado al rescatar a un niño de una de las piras y que daba fe de sus palabras. Después, debido a los carruajes, el peso de los suministros y la cantidad de gente que albergaban, habían decidido internarse en el bosque y esperar una buena ocasión para iniciar la marcha hacia no sabían muy bien dónde.

Conmovidos por la historia, el grupo ofreció su ayuda a Rakheem, que la aceptó de buen grado; Galad se dedicó a curar a aquellos que lo necesitaban, y Yuria colaboró en la reparación de los carros, ofreciendo consejos sobre cómo mejorar su estructura y las ruedas. Taheem y Sharëd también se emplearon a fondo, ayudando en cuanto pudieron.

Rakheem también les informó de algo que los inquietó: según la versión oficial, el Ra’Akarah no estaba muerto, sino que en última instancia, un arcángel de Vestán se había encarnado en la persona de la esposa del Supremo Badir, lady Sarahid, y había salvado su vida con la ayuda de una poderosa Reliquia guardada en los Santuarios. Y ahora el Mesías se encontraba a salvo en el interior de los Santuarios, reponiéndose de sus heridas. El grupo negó esta versión y narró la suya propia, evitando los detalles de su participación en los hechos, e intentando convencer a los vestalenses del hecho de que habían visto al Ra’Akarah muerto sin ningún género de dudas; con suerte, conseguirían que su versión se propagara. Sin embargo, la descripción de Sarahid como un arcángel de Vestán y la utilización de una reliquia de los Santuarios para salvarlo eran unos detalles que no podían dejar de tenerse en cuenta...

Al anochecer, se despidieron de Rakheem y el campamento; pero no así Sharëd, que expresó ante su hermano y el grupo el deseo de quedarse con sus compatriotas para poder ayudarlos y luego volver al campamento de los Errantes, donde también se encontraría Valeryan, con suerte. Movido por su hermano, Taheem también expresó sus dudas acerca de aquel viaje, afirmó que habría sido más conveniente para su futuro (el del grupo) haberse unido a lady Ilaith y no en aquella precariedad en la que estaban sumidos en ese momento. Yuria y Symeon intentaron convencerlo de que la lucha contra la Sombra no había hecho más que empezar, y que igual que habían encontrado un posible aliado en Ilaith podrían convencer a otros en el futuro para unirse a su lucha; pero no lograron convencer a Taheem, que prefirió quedarse junto a su hermano y ser realmente útil ayudando a los que lo necesitaban. Con pesar, el grupo se despidió de los hermanos que tanto les habían ayudado, y reanudó su camino.

Los siguientes dos días transcurrieron en silencio, con el grupo conmovido en cierta medida por las afirmaciones que había hecho Taheem. Sin embargo, a mitad de mañana de la segunda jornada, recuperaron en cierta medida el buen humor: un hombre se acercaba corriendo a paso vivo hacia ellos desde el sur; Daradoth sonrió cuando reconoció a Taheem, que pronto los alcanzó: finalmente, las palabras de Yuria y los demás lo habían convencido para acompañarlos y ayudarles en su lucha contra la Sombra; saludos emocionados rubricaron sus palabras.

Durante el viaje, siguieron teniendo el sueño recurrente de la multitud en la explanada ante los Santuarios. En algunas ocasiones el sueño era inocuo y la multitud simplemente les ignoraba, pero otras veces , en cierto momento la turba se giraba hacia ellos y les miraba acusadora. La noche de la misma jornada en la que Taheem se reunió de nuevo con el grupo tuvieron el sueño de nuevo, y esta vez más vívido y peligroso: la multitud se giró a mirarles, como siempre, y les señaló mientras gritaba improperios con una voz demoníaca; promesas de muertes horribles salieron de miles de bocas que hablaban como si fueran una sola, y a continuación sintieron la presencia. Una presencia que varios de ellos recordaban haber sentido en una de las tormentas oscuras mientras atravesaban el desierto acercándose a Creá, una presencia física impresionante, que transmitía un frío y un empuje intensos y que sólo podía pertenecer a un ente de una malignidad extrema y una potencia ultraterrena. Algunos fueron presa del terror mientras el cielo en el sueño se fundía en el más oscuro de los negros nocturnos. Afortunadamente, gracias a las habilidades de Symeon y los poderes de Galad, el grupo consiguió despertar antes de que la entidad apareciera; ya en el mundo de vigilia, pudieron ver cómo otro de los torbellinos negros se había formado y se acercaba hacia ellos; levantaron el campamento a toda prisa y se pusieron en marcha en el frío de la noche, recuperando el sueño a la mañana siguiente.

La preocupación cundía en el grupo, pues habían notado que en las últimas ocasiones en las que se habían visto aquejados por el sueño, aquellos que se encontraban de guardia (incluyendo a Daradoth, que como elfo necesitaba dormir mucho menos) habían sido forzados a dormir, aparentemente. Así que decidieron probar a hacer uso del talismán de Yuria, pasándolo a aquellos que tuvieran que hacer guardia y que no se vieran afectados negativamente por él. Pero el talismán resultó ser inútil, pues la noche siguiente volvieron a encontrarse todos en el sueño, aunque la multitud los ignoró, afortunadamente.

Forzados a rebajar el paso para no alcanzar al ejército que marchaba por delante de ellos, el viaje se haría aún más largo. Y tras varias noches de ausencia de sueños o de multitudes que los ignoraban, finalmente una de las noches la turba se giró hacia ellos en idéntico ademán acusador, señalándoles y jurando su muerte. Aunque la mayoría del grupo consiguió salir del sueño rápidamente ayudados por Symeon y Galad, Yuria quedó atrapada, aterrada por la presencia que cada vez se hacía más fuerte, hasta que se convirtió en una enorme sombra que se alzó sobre los santuarios y que apartaba violentamente a la multitud. La enorme sombra se presentó ante ella como Khamorbôlg, uno de los kaloriones, y la tocó. En el mundo de vigilia, el cuerpo de Yuria se convulsionaba violentamente mientras el grupo gritaba desesperado y a Symeon le era imposible conciliar el sueño para ir a buscarla. Finalmente, con un esfuerzo supremo y de nuevo con la ayuda de los poderes de Galad, Yuria consiguió zafarse del toque helado y ardiente de la presencia y despertar, aunque destrozada físicamente por la experiencia.

Con Yuria postrada en una parihuela durante varios días, llegaron a una encrucijada: a la izquierda una señal indicaba el camino hacia Belezeth, el de la derecha conducía a la fortaleza Sar’Kalidh y el del centro se dirigía a Torre del Sol. Fue este último el que tomaron , siguiendo los pasos del ejército que les precedía y con la esperanza de llegar a la Quebrada de Irpah para poder salir del Imperio Vestalense.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 30

Hacia el norte

El camino hacia Irpah
Era urgente que tomaran una decisión, pues no podían quedarse donde estaban indefinidamente. Haciendo unos cálculos a ojo de buen cubero, Symeon estimó que si se dirigían hacia el norte, tendrían por delante un viaje de aproximadamente mes y medio a pie sobre un camino de calidad irregular hasta el inicio del valle que daba acceso a la Quebrada de Irpah, donde esperaban poder burlar la vigilancia vestalense de la fortaleza de Sar’Sajari y encontrarse con los ejércitos del Pacto de los Seis. Ya sin esperanzas de reunirse con Meravor y su troupe, no lo postergaron más y partieron al día siguiente, a pie y con las mulas cargadas con la impedimenta.

El camino hacia el norte era con diferencia el menos transitado de los que salían de Creá, y aunque se cruzaron con varios grupos de viajeros e incluso de soldados, no tuvieron problemas durante las primeras jornadas. Al inicio de la tercera jornada llegaban a la primera aldea a la vera del camino, a cuya altura se había establecido un control del ejército vestalense. Sin apenas tiempo de discutir, Yuria se alejó del camino junto a Sharëd tratando de rodear el control, Daradoth decidió esconderse y utilizar sus habilidades de subterfugio para franquear el paso sin ser visto y los demás continuaron por el camino. Una providencial sombra recortada contra el sol [punto de destino para evitar la horrible muerte de Yuria y Sharëd] puso al grupo sobre aviso de la presencia de los horribles Corvax en las inmediaciones. Tras unos minutos de una tensión casi insoportable, el enorme pájaro acabó alejándose y pudieron atravesar el control.

Symeon, Taheem y Galad, mientras tanto, decidieron entrar en la aldea para ver si podían conseguir suministros. En el pueblo se alzaba un campamento de “refugiados”, gente aterrorizada por la muerte de su Mesías y que había encontrado allí un descanso a manos de un grupo clérigos vestalenses. Además, pudieron conversar con un buhonero que había agotado ya prácticamente sus existencias, pero que les habló de lo horrible que había sido la situación en Creá, con centenares, si no miles, de personas suicidándose en los acantilados de la parte norte de los Santuarios. El viejo comerciante también les comentó el caos que se había apoderado de los alrededores de la ciudad en los días siguientes a la caída; aquella aldea sería pasto de disturbios si no fuera por los militares vestalenses, que habían conseguido imponer la paz. Lo más sorprendente fue que también les dio algo de información sobre los ástaros que habían huido de Creá; según lo que se comentaba, habían dado caza a aquellos traidores en las granjas que quedaban a unas pocas horas hacia el sur, incendiando un par de ellas en el proceso; habían descubierto a varios elfos acompañando a los soldados, y todavía se estaban llevando a cabo batidas para encontrar a los supervivientes. Aquella debía de ser la razón por la que la zona era sobrevolada por los grandes cuervos negros. La noticia dejó helados a los compañeros.

Horas más tarde continuaron su periplo hacia el norte. El buhonero también les había advertido del estado del camino entre un par de puntos, así que intentaron apresurarse en los tramos que se conservaban mejor.

La quinta jornada, con el camino ya casi despejado de viajeros, pudieron oír claramente los cascos de un numeroso grupo de caballos. Bajaron la cabeza y se apartaron a la vera del camino para dejar pasar a una docena de jinetes encabezados por un Inquisidor con paso apresurado. Apenas repararon en ellos. Dos jornadas más tarde, una columna de unos dos centenares de jinetes apareció desde el sur. Al frente de la columna podían verse varios oficiales, un Inquisidor, un Guardián del Paraíso (los clérigos fanáticos del Ra’Akarah) y la sombra de uno de los Susurros. Volvieron a salir del camino, esta vez escondiéndose tras una pequeña arboleda de encinas.

Poco después llegaban a la segunda aldea del camino, con el preceptivo control militar, un poco menos numeroso que el anterior. Volvieron a repetir la operación, con Daradoth rodeando el control; aunque habían tomado precauciones, el día era nublado y un enorme Corvax apareció de repente sobre el elfo. Éste desenvainó su espada, seguro de que el animal y sus jinetes lo habían avistado, preparado para ejecutar uno de sus hechizos; pero para su sorpresa (y gran alivio), tras dar un par de giros sobre su posición, el ave se elevó de nuevo sobre las nubes y no volvió a aparecer.

La tarde del noveno día llegaban a la vista de Feravah, una de las residencias del badir de Ahgherek. Feravah no era en absoluto una aldea, sino una pequeña ciudad, que se extendía desde la falda de las colinas al este del camino hasta varios centenares de metros al oeste. En lo más alto se podía distinguir la casa solariega del badir, una pequeña fortaleza, con varios pendones ondeando. A los pocos minutos, uno de los enormes pájaros negros aparecía desde el sur y aterrizaba en la fortaleza o sus inmediaciones. El control a la entrada de la ciudad fue bastante intenso, y Daradoth, como siempre, lo evitó dando un rodeo antes de ser advertido. No debían de llegar muchos viajeros desde Creá, como ya suponían, y los guardias les pidieron noticias de Creá y la situación. El grupo les hizo creer que eran peregrinos de camino hacia Mrísta, y que hacía muchos días que habían abandonado Creá. Poco después conseguían alojarse en una discreta posada con unos precios desorbitados, y con esfuerzo hacerse con cuatro caballos percherones, forraje y comida. No hubo manera de encontrar un carro, pero dado el precio al que les cobraron los viejos caballos y el forraje, no sabían si habrían podido permitirse comprar uno. Mientras se encontraban negociando por los caballos, algo llamó la atención del grupo (y de media ciudad): tres Corvax alzaban vuelo desde algún lugar cercano a la casa solariega del badir y emprendían vuelo hacia el sur. Symeon pudo escuchar cómo el comerciante susurraba: “por fin se marchan”.

Por la noche, en la posada, Symeon y Galad tuvieron un extraño sueño. En sus respectivas ensoñaciones, se encontraban en una gran plaza desconocida, rodeados de una enorme multitud bajo un cielo nublado. De repente, la multitud se giró para mirarlol, aterradoramente sincronizada, y el cielo se despejó total e instantáneamente. Una sensación extraña sacudió sus cuerpos y al punto despertaron, aturdidos. Desde luego, aquello no podía ser algo natural, y ambos compartieron todos los detalles en busca de alguna cosa que explicara el hecho, sin éxito.

Continuaron el camino durante varias jornadas, y una de las noches en la que dormían al raso, todos compartieron el mismo sueño. Se encontraban en medio de una multitud que aclamaba al Ra’Akarah a plena luz del día; de súbito, la multitud se giraba a mirarlos, silenciosa y amenazante y el claro día se convertía en la más oscura de las noches. La turba gritó, con una voz estruendosa que los aplastó como un alud: “¡La cosa no va a quedar así! ¡Os odio profundamente! ¡Os atraparé en vuestros sueños!”. La multitud se abalanzó sobre ellos, atrapándolos; por suerte, las habilidades de Symeon en el Mundo Onírico le permitieron despertar del trance y, aunque aturdido, consiguió despertar también al resto del grupo, algunos de los cuales sufrían ya un dolor incómodo que les hacía torcer el gesto.

Yuria fue la que mejor reaccionó al despertar, y la primera que notó la suave brisa que procedía del oeste. Mirando con más atención, se le encogió el ánimo; en lontananza podía divisar la formación de una tormenta oscura como la que les habían aquejado en su viaje a través del Imperio. Se apresuró a avisar al resto, que recogieron rápidamente y pusieron en marcha a las mulas. Por suerte, la tormenta no parecía moverse hacia ellos y pudieron alejarse sin más problemas. Al cabo de aproximadamente una hora, en vista de que la tormenta no se aproximaba, decidieron hacer otro alto para poder dormir las horas de sueño que les quedaban mientras Daradoth hacía guardia; al poco rato, la brisa volvía a levantarse, y el elfo notaba sin duda que la tormenta se acercaba; despertó a todo el mundo de nuevo y se pusieron en marcha. Una vez en pie y moviéndose, volvieron a dejar a la tormenta atrás sin más problemas.

Un par de jornadas más tarde, llegaban a la vista de otra aldea. Esta vez no tuvieron problemas, pues la aldea no estaba sólo desierta, sino también quemada. Y se veían piras en una explanada cercana. Al acercarse vieron que, efectivamente, se había despejado un amplio terreno para dar cabida a varias docenas de piras donde se había quemado a gente, y Symeon hizo notar que estaban dispuestas siguiendo el patrón de una estrella de once puntas. Como bien sabía Daradoth, el número once era un número muy relacionado con la Sombra: once kaloriones, cada uno con once Apóstoles, los once rostros de Kôrvegar y las once Sendas Oscuras… invocando la protección de Ammarië, el elfo se unió al resto del grupo, que había descubierto una especie de círculo o quizá de espiral trazada en el centro de la explanada, ya medio borrada.

Tres días más tarde, la escena se repetía en una nueva aldea sembrada también de piras siguiendo el diseño de la estrella de once puntas. La diferencia era que cerca de las piras se había producido sin duda un combate: una multitud de buitres y de cuervos señalaba una concentración de cadáveres de vestalenses y de algunos clérigos; y además, un Corvax y un par de sus jinetes yacían inertes y medio devorados. Según Yuria, era evidente que allí se había producido un enfrentamiento entre los Corvax y los soldados vestalenses; el cuerpo del gran pájaro se encontraba atravesado por multitud de saetas y algunos vestalenses lucían heridas causadas por su pico o sus garras; además había evidencias claras de que en el combate habían participado varios de los ingentes cuervos. Aquello debían de ser buenas noticias.. ¿o no?

Varios días después, por la noche, volvieron a compartir el mismo sueño de la multitud. En esa ocasión, a Symeon le costó un poco más despertarlos, y además se había vuelto a comenzar a formar la tormenta oscura… El errante comenzaba a temer que los estuvieran acechando a través del Mundo Onírico, y que las tormentas se formaran cuando los encontraban, y así transmitió sus sospechas al resto. Deberían vigilar su sueño a partir de entonces.

Pocos días después, a media tarde, ya con el camino despejado de viajeros, con los que se cruzaban sólo un par de veces al día, pudieron ver el humo de varias fogatas. Los árboles eran más tupidos a los lados del camino, así que Symeon se acercó subrepticiamente. Evitando la vigilancia de un hombre que se encontraba en lo alto de un árbol armado con un arco corto, llegó a la vista de un pequeño campamento, con varias tiendas, donde algunos niños jugaban en los alrededores, mujeres se encontraban despedazando conejos y varios hombres reparaban la rueda de un carro. El errante volvió junto al resto del grupo y les explicó lo que había visto. Pero no les dio tiempo a decidir qué hacer, pues al punto comenzaron a oír cascos de caballos, y por uno de los promontorios lejanos apareció la vanguardia de una larga columna de jinetes. Saliendo rápidamente del camino se camuflaron entre la vegetación y al poco podían avistar que, procedente del sur, se acercaba al menos una división de caballería y otra de infantería vestalense. Un pequeño ejército. Los estandartes anunciaban a todas luces que el hombre musculoso y bien parecido que guiaba la columna debía de ser el badir de Ahgherek; además de por guardias y oficiales, iba acompañado de un grupo de hombres muy pálidos entre los que se encontraba el anciano calvo que acompañaba al Ra’Akarah a su llegada a Creá (y que había intentado maldecir, o algo parecido, a Galad en los jardines de los Santurarios). También iban en la columna un grupo de inquisidores, varios clérigos y un grupo de miembros del Fuego Purificador. Otra cosa que llamó la atención del grupo fue que, más o menos en el centro del contingente viajaban varios vagones cerrados fuertemente custodiados.

jueves, 22 de octubre de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 29

Fango y fuego. Anhelando el retorno.

Ni mucho menos se encontraban a salvo todavía. Los maleantes les habían ayudado a salir de Creá, pero ahora se encontraban en campo abierto rodeados de miles de kilómetros de enemigos. Y la búsqueda de los herejes que habían asesinado al Ra’Akarah se había puesto en marcha. Normalmente, dada la distancia a la que se encontaban del núcleo urbano de Creá, no les había supuesto mucho esfuerzo pasar desapercibidos y alejarse sin problemas; pero estas ilusiones dieron al traste en cuanto vieron aparecer el primer Corvax (uno de los enormes pájaros de ojos rojos y garras como cuchillas que cabalgaban los hechiceros extranjeros) a no mucha altura sobre ellos.

Pronto apareció el segundo monstruo volador, y no tuvieron más remedio que permanecer ocultos en la vegetación de las marismas hasta la caída de la noche. Incluso en alguna ocasión tuvieron que sumergirse en las enfangadas aguas, al creer que habían sido avistados. Sin embargo, algo sí debieron de divisar los enemigos, porque a las pocas horas, el olor a humo los alertó; los vestalenses estaban prendiendo fuego a la vegetación para, aparentemente, hacer salir de las marismas a posibles fugitivos. Esto los decidió a ponerse en marcha de nuevo, agotados, empapados, picados por sanguijuelas y mosquitos y con barro hasta en los rincones más recónditos de sus cuerpos. Una noche y un día enteros pasaron en las marismas huyendo de los vestalenses, los cuervos y algún que otro susurro que Symeon pudo detectar a tiempo; Gedastos fue picado en la mano por un escorpión, y tuvieron que hacerle una cura de urgencia. Por fin, la segunda noche salieron de las marismas depués de haber dado un gran rodeo y Daradoth los guió hacia la calzada sur, mientras intentaban librarse del barro seco y la humedad. Multitud de perros se oían aquí y allá, y por fin se integraron en el gentío; una multitud numerosa salía de Creá, después de haber visto frustrado su sueño de conocer al Ra’Akarah; en ocasiones se podían ver cuerpos tumbados que no supieron distinguir si dormían o habían perdido la vida. La calzada estaba flanqueada pro guardias a intervalos irregulares, y pudieron ver cómo un grupo de éstos interrogaba violentamente a un puñado de viajeros, derivando pronto en golpes y amenazas. Esquivando a las patrullas montadas, consiguieron atravesar la calzada y dirigirse hacia el noroeste, hacia el pueblo de Shaïr, para intentar hacerse con algunos camellos y luego partir hacia Esthalia.

Tras dos jornadas de camino llegaban al pueblo, que para su frustración se encontraba ya fuertemente vigilado, con guardias que interrogaban a los sospechosos en el camino que lo atravesaba. Sólo Taheem y Sharëd entraron para conseguir comida y transporte. Al cabo de un par de horas se reunieron de nuevo con el grupo, con cara de frustración. No habían podido conseguir ni un solo camello, pues la demanda era tal que había acabado con las existencias, y la comida estaba controlada y a precios prohibitivos, aunque habían conseguido suministros para varias jornadas. Pero a todas luces insuficiente; andando y con la comida (y sobre todo, la escasa agua) de la que disponían era imposible que encararan el viaje al oeste con garantías si no viajaban por las rutas principales.

Decidieron buscar una ruta alternativa y dirigirse hacia la calzada norte, un camino más modesto y peor conservado, donde esperaban poder encontrarse con Meravor, la compañía y los niños que Symeon había puesto bajo su custodia. Una vez allí, preguntaron a los lugareños si habían visto pasar un circo, pero al parecer nadie había visto ni rastro de él. Sin embargo, después de muchos intentos infructuosos, un viajero que abandonaba Creá les dijo que estaba convencido de que el circo había salido de la ciudad por la salida sur. Todos se miraron, preocupados, ya que Meravor les había asegurado que su intención era partir hacia el norte.

Ante el bloqueo de todas sus posibilidades, decidieron enviar a Symeon de nuevo a Creá para intentar conseguir monturas y comida. Tras muchas dificultades, negociaciones estériles y pagos descabellados, Symeon consiguió comprar bastante comida y una reata de cuatro mulas. Dadas las circunstancias, no estaba nada mal. Durante su estancia en la ciudad, el errante también se había enterado de que el Shaikh y el Sumo Vicario habían unido fuerzas en la búsqueda de los terroristas que habían atentado contra el Mesías, y que muchísima gente (familias enteras) se había suicidado después de los acontecimientos. No obstante, once días habían pasado ya desde el ataque al Ra’Akarah, y la situación parecía haberse calmado un poco.