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martes, 19 de mayo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 20

Creá, la Ciudad del Cielo (IV). Nuevos contactos.
Durante su estancia en la mansión del shaikh, Galad intentó varios acercamientos al capitán de la guardia, Ahmaräd ra’Khoreen, con la intención de averiguar sus inclinaciones religiosas y su grado de fanatismo. Tras varios intentos estériles, consiguió entablar una conversación larga y distendida con él, y en ella se hizo evidente que Ahmaräd no era un fanático ni mucho menos, sino todo lo contrario, un hombre pragmático y preocupado mucho más por los asuntos terrenales que los filosóficos. Sondeando un poco más, a Galad le quedó también claro que el capitán era fiel ante todo a su señor el shaikh, que su lealtad para con el Imperio no le andaba a la zaga, y que albergaba poco menos que odio hacia los emmanitas. Sería un hueso duro de roer.

Symeon consiguió por fin entrar al Mundo Onírico, por primera vez desde que habían llegado a Creá, donde algo le dificultaba sobremanera traspasar el velo. Aun con todo, sólo consiguió entrar de forma muy somera, manteniendo a duras penas su presencia allí. Al principio, “despertado” en su habitación, todo pareció normal. La sorpresa vino cuando salió al “exterior” y giró una de las cambiantes esquinas que aparecían y desaparecían. De repente, una enorme mole ocupó todo su campo de visión, sustituyendo la colina donde se alzaban los Santuarios en el mundo real. Una pirámide dorada, colosal, ricamente ornamentada, se alzaba como una montaña ante él. Su tamaño le causó vértigo y su tremendo fulgor lo dejó ciego en un instante; al punto sintió la caída y despertó en su cama, con la visión empañada. Su corazón latía desbocado, aquello significaba algo, y algo muy importante, así que, aturdido, corrió para compartir lo que había visto con los demás. Todos se mostraron interesados y confundidos, pero ni siquiera Taheem pudo dar alguna pista sobre qué podía significar aquello.

Daradoth, por su parte, en una de sus visitas a la biblioteca consiguió pasar al apartado privado de las reliquias sagradas, intrigado todavía por la extraña columna de estilo pseudoélfico que había visto allí hacía unos días. Intimidando a uno de los estudiosos que pululaban por el lugar consiguió acceder y conseguir algo de información; pero nadie parecía saber nada sobre aquel misterioso resto arqueológico que llevaba allí largo tiempo.

También se celebró una nueva reunión con el duque Galan Mastaros y Rania Talos. En ella, el valido del rey Nyatar les informó de que tenía multitud de informes de sus agentes que apuntaban a la confirmación sin discusión de las palabras de Daradoth acerca de un enemigo mayor del que se dejaba entrever. Concretamente, les hablaron de varios milagros presenciados ante el Ra’Akarah, como plantas que crecían como por arte de magia, lluvia que aparecía de la nada, sueños colectivos y sucesos similares. Normalmente, Mastaros y su ayudante no habrían prestado oídos a tales informes, pero la diversidad de sus procedencias y las coincidencias tan enormes, además del discurso que Daradoth había hilado tan vehementemente varias jornadas antes, les producía un estremecimiento. Todo ello se agravaba por diversas masacres de miles de personas que habían tenido lugar al paso del Mesías en nombre de la Fe, quizá ordenadas por él mismo o sus adláteres.

Una vez puestos en antecedentes, Mastaros compartió con ellos su convencimiento de que algo grave estaba a punto de suceder, y que debían hacer algo. Les preguntó cuál era su plan una vez se les franqueara el acceso a los Santuarios, y realmente el grupo no supo qué responder, pues todavía no tenían un plan concreto. A pesar de ello, el duque ratificó su intención de ayudarles y facilitarles el acceso al complejo para que pudieran estudiar el entorno. Daradoth planteó la posibilidad de desenmascarar al Ra’Akarah como un impostor tomando inconsistencias con las Escrituras; en ese momento, Rania fue la que tomó la palabra; la ercestre había estudiado hasta la última palabra de los libros sagrados más conocidos junto con varios colaboradores, y expresó su convicción de la imposibilidad de desacreditar al Ra’Akarah tomando aquella vía. Todos los pasajes con referencias al Mesías eran lo suficientemente vagos como para que se pudiera argumentar a favor y en contra de ellos. Lo único que era invariable era la necesidad de que el Enviado peregrinara hasta Creá y fuera aceptado y reconocido por su pueblo. Si el pueblo no lo reconocía, no podría erigirse como lo que pretendía. Pero aquello se antojaba imposible, en vista de los miles de personas que se incorporaban a su séquito cada día, y el apoyo del Supremo Badir.

Taheem informó de sus progresos en los contactos con sus antiguos compañeros, pero estaba resultando una misión difícil, pues muchos de ellos estaban ya muertos o no servían en Creá. Lo que sí había descubierto es que quedaban en los Santuarios muy pocos Susurros, pues la mayoría se encontraban en los diversos frentes o en otras misiones. Eso, desde luego, eran buenas noticias para el éxito de la infiltración.

Al término de la reunión, mientras se dirigían hacia la posada donde se encontraban alojados, una voz conocida los increpó amistosamente: Sharëd y Faewald habían vuelto; abrazos y apretones de manos se sucedieron rápidamente, y a continuación les informaron de que todo había ido bien: Valeryan se encontraba a salvo con los Errantes y ellos habían tenido un viaje tranquilo por los caminos. Los refuerzos eran bienvenidos, desde luego.

Al cabo de un par de días, el shaikh Esmahäd volvió a Creá. Tras atender sus asuntos pendientes, Galad consiguió reunirse con él con la mediación de su esposa Yuridh. La conversación transcurrió en un clima de tensión, pues Yuridh presentó a Galad a su marido como “algo más que un guardia”, y Esmahäd sospechó desde un principio lo que quería decir. Ante las tentativas de Galad de afrontar el tema de su lealtad de forma discreta, él contestó abruptamente; no le gustaban los juegos de espionaje y prefería tratos directos y abiertos, no andarse con ingeniosos juegos de palabras o segundas intenciones. Hablando del Ra’Akarah como “nuestro amigo de azul”, Esmahäd dejó claro que no le gustaba lo que estaba pasando, y estaba muy enfadado y dolido por lo que había pasado recientemente en el Imperio. Pero de ahí a traicionar a su país iba un mundo. Ante la mención de sus amigos y las masacres fanáticas, el shaikh se quedó pensativo; quizá ahí estaba su punto débil. Sin embargo, enseguida reaccionó, argumentando que aunque el Sumo Vicario se entrometía demasiadas veces en los asuntos civiles de la ciudad, no quería ponerse en su contra, pues seguramente eso sería su perdición. No obstante, con mucho esfuerzo, Galad pareció convencer al gobernador de la necesidad de desenmascarar a ese Ra’Akarah que había traído tanta inestabilidad al Imperio. Esmahäd no se mostró en desacuerdo, pero prefirió postergar el asunto, alegando que en las próximas semanas iba a estar muy ocupado sacando a su esposa del lío en el que se había metido; iba a tener que hablar con mucha gente y mover muchos hilos, y cuando todo aquello acabara, podrían reunirse de nuevo, con sus compañeros al completo.

Cuando Galad se reunió con el resto del grupo para informarles de cómo se había desarrollado la reunión con el shaikh, acordaron que lo mejor sería que la próxima reunión fuera un encuentro a tres bandas incluyendo a Esmahäd, a los ercestres del duque y a ellos mismos. Esperaban que el apoyo de los ercestres pusiera más presión para que el gobernador colaborara. Contactarían con Mastaros e intentarían concertar el encuentro en un plazo razonable.

En su siguiente visita a la biblioteca, Daradoth percibió algo anormal desde el primer momento, cuando vio que en la puerta no sólo se encontraba el guardia que vigilaba habitualmente, sino que había tres guardias más acompañándole. El guardia habitual susurró algo a los otros, y éstos franquearon el paso al elfo sin problemas. El vestíbulo estaba tranquilo, pero en cuanto Daradoth entró a la primera sala, pudo ver varias figuras de espaldas ataviadas con los ropajes habituales de los clérigos, y cómo alguien describía el contenido de la estancia a una importante figura. Temiendo que aquella pequeña multitud no era otra que el séquito del Lord Inquisidor, interesado en el contenido de la biblioteca, Daradoth se deslizó a las sombras de otra sala y esperó hasta que todo se calmó.

Saliendo de su habitual visita a la mezquita, a Yuria y sus amigas les llamó la atención una larga comitiva muy peculiar. Ya se había congregado una multitud para presenciarla, pero aún así consiguieron abrirse camino hasta un lugar desde el que podían verla con todo lujo de detalles. Más de doscientas personas, encadenadas de pies y manos, con telas en la cabeza para impedirles ver o hablar, eran conducidas por varias decenas de guardias hacia el Palacio Vicarial. Cerrando la comitiva viajaban a caballo una media docena de jinetes pintorescos, que lucían extravagantes peinados y ropas, además de extraños tatuajes en sus rostros y brazos; al instante Yuria los reconoció: eran idénticos a los jinetes de los enormes cuervos negros. Como acto reflejo, levantó la vista hacia el cielo, y se estremeció cuando vio varios puntos en lo alto, pequeñísimos, pero que sin duda era un grupo de aquellos demoníacos pájaros observando la escena desde lo alto. La multitud aclamaba a los guardias, y pronto se levantó un clamor de alabanza a Vestán y al Ra’Akarah; muchos de los presentes se dirigían a los presos con palabras como “¡El Ra’Akarah salvará vuestras almas!” o “¡Vestán os perdonará y os acogerá!”. Yuria no tardó en descubrir que aquel nutrido grupo de prisioneros debían de haber sido acusados de brujería, como todos los quemados en las hogueras que habían visto, y habían visto sus vidas perdonadas por la reciente decisión del Badir Supremo de reunirlos en Creá para ponerlos en presencia del Mesías.

Los gritos de la multitud se convirtieron en un rugido de fanatismo ensordecedor. De súbito, una explosión a pocos metros de donde se encontraban las mujeres desató una ola de pánico. Varias personas se vieron envueltas en llamas y corrieron incendiando a otros de su alrededor; los gritos de alabanza pasaron a convertirse en aullidos de terror mientras los caballos de los guardias se encabritaban y una oleada de gente enloquecida amenazaba con arrasar todo a su paso, entre otras cosas a Yuria, que ya no veía a sus compañeras por ningún lado. Por pura suerte, y con la ayuda de algún desconocido, la ercestre pudo evitar caerse y ser aplastada por miles de pies. Mientras era arrastrada por la mutitud, le dio tiempo a ver cómo uno de los extraños jinetes alargaba la mano hacia el punto del que había procedido la explosión, donde un hombre se encontraba arrodillado, exhausto y con las ropas quemadas en un círculo de cenizas; sólo un leve impacto denotó que el jinete había utilizado algún tipo de poder sobrenatural. Desde el portal donde Yuria pudo refugiarse, vio cómo los guardias cogían al infeliz desnudo e inconsciente y lo encadenaban junto al resto de presos. A los pocos minutos, varios clérigos llegaron para difundir la palabra de Vestán y tranquilizar a la multitud, que se dispersó con un sabor amargo y varios muertos.

Ya en el Palacio Vicarial, un sirviente llamó a la puerta de Daradoth. El Lord Inquisidor, Su Ilustrísima Eminencia Hareem ra’Ilhalab, deseaba reunirse con él. El elfo no se demoró, y a los pocos minutos entraba al despacho de Hareem, una estancia que se había despojado de cualquier tipo de lujo superfluo y que revelaba claramente los gustos austeros del maduro hombre de escaso cabello y profundos ojos verdes. Por supuesto, la conversación versó, como otras antes que ella, sobre la sorpresa del inquisidor ante la presencia de un elfo allí, y la investigación de sus motivos, algo de lo que Daradoth comenzaba a estar hastiado, pero que requeriría toda la paciencia del mundo si quería salir con bien de aquello. El elfo negó (pero sin cerrar todas las puertas) acudir a Creá como representante de su raza, sino que estaba allí a título personal, como creyente Vestalense; no obstante, al afirmar que todos sus congéneres creían en vestán (cosa cierta, por otra parte), los ojos de Hareem casi se llenaron de lágrimas. El clérigo le hizo recitar el Juramento de Fe vestalense, y Daradoth lo hizo sin problemas, pues para él no era sino una versión menor del juramento de Salvación Universal, y Taheem se lo había repetido una y otra vez al grupo durante su viaje. Acto seguido, Hareem le preguntó si ya se había circuncidado, a lo que Daradoth, claro, respondió negativamente. Los ojos del inquisidor brillaron. Acordaron que en el plazo de una semana llevarían a cabo el ritual de circuncisión de Daradoth nada menos que en la Basílica de los Santuarios, todo un honor. Evidentemente, Daradoth vio en aquello más una maniobra política que religiosa, pero considerando la circuncisión un mal menor en comparación con los beneficios que podría obtener, accedió.

Dos jornadas después, la ciudad se conmovió con un nuevo acontecimiento. Una enorme caravana hacía acto de aparición por el camino del oeste. Cuernos, trompetas y tambores anunciaban su paso, y varios juglares se encargaban de anunciar a sus señores. Todos ellos vestidos con ricas sedas e hilo de oro. Sus claras voces pregonaban la llegada de una delegación de Príncipes Comerciantes. A los pocos minutos, por donde habían pasado los juglares y músicos, desfilaba la delegación en sí. La riqueza y la ostentación eran máximas; los Príncipes habían acudido a honrar al ra’Akarah haciendo gala de toda su riqueza y poder. Vagones tirados por los mejores caballos lucían los estandartes de la Confederación, y junto a los juglares anunciaban la presencia de los príncipes de Bairien, de Mírfell, de Nimthos, de Tarkal, de Ladris y de Armir. Decenas y decenas de elefantes barritaban y cargaban enormes habitáculos con personas y mercancías, y una compañía de soldados acompañaba a sus señores, acampando antes de entrar en la ciudad. Otros posibles aliados del ra’Akarah hacían acto de presencia, y lo que el grupo sabía de ellos (la Daga Negra mencionada por el marqués de Strawen había sido encontrada en un barco naufragado de la Confederación) no ayudaba precisamente a hacerles sentirse más tranquilos…


viernes, 8 de mayo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 19

Creá, la Ciudad del Cielo (III). Yuridh. Grimorios.


Grimorios en la Biblioteca de los Santuarios

En un arranque de sinceridad, Galad reveló al resto del grupo cuál era su relación con Rania Talos, la acompañante del duque ercestre. No compartían apellido por casualidad, pues la mujer no era otra que su madre adoptiva. Según la historia, un buhonero había encontrado al bebé Galad en el linde de los Bosques Esselios y la familia Talos había accedido a quedarse con él, apenados por su situación. Eso era todo lo que Galad decía saber sobre su nacimiento y posterior adopción.

Los días siguientes, Yuria continuó asistiendo a los rezos y los baños con sus nuevas amigas, lo que le permitió conocer en profundidad la ciudad y visitar cada uno de los mercados que se instalaban en sus diferentes barrios. En uno de ellos, el mercado de mercancías exóticas de Shamara, la ercestre descubrió algo que la fascinó. Una pareja de ancianos de piel oscura y dientes blancos como perlas procedentes de la región varlagh estaban haciendo una exhibición de una tela ignífuga y muy resistente. La tela podía ser expuesta largo tiempo al fuego sin que éste prendiera en ella, era muy resistente a los desgarros y además era muy ligera. Algo ideal para el proyecto de globo que tenía en mente. Se interesó por ella, y los varlaghs, en un vestalense con fuerte acento, le contaron que era una tela que sólo se podía obtener en el lejano sur, que sólo ellos tenían el secreto para tratarla y poder coserla, y que bajo ninguna circunstancia iban a revelar ese secreto. El precio era prohibitivo: seis monedas de plata por metro cuadrado; Yuria calculaba que necesitaría unos 600 ó 700 para poder elevar la carga que tenía intención de transportar, pero aún así lo compraría. El problema era que los ancianos sólo disponían de una media docena de metros allí. Yuria prometió volver en breve para acordar la compra de la tela que necesitaba. Todo el episodio sucedió bajo la atenta mirada de Fajeema y Sorahid, sorprendidas de que Yuria se mostrara tan interesada en aquel material.

Mientras Symeon seguía explorando discretamente la ciudad en busca de lugares discretos y vías de escape, Daradoth pudo ver cómo una comitiva de Inquisidores llegaba a alojarse al Palacio Vicarial; por supuesto, no se dejó ver en ningún momento.

Una jornada posterior, recién caída la noche, apareció en la posada Akhran, el hijo del contacto retirado de Galad, con extrema urgencia por encontrar al paladín. Con palabras entrecortadas, el vestalense les contó que acababan de secuestrar a “uno de sus compañeros” que podría revelar información muy sensible. Preocupados por aquello, Galad y los demás accedieron a ayudar al joven. Éste les condujo a través de callejones y oscuros rincones hasta una plaza, en cuyo extremo opuesto se alzaba ¡la puerta principal del Palacio Vicarial! El muro del palacio estaba vigilado por una media docena de guardias armados con algo parecido a alabardas, y algunas farolas de aceite alumbraban tenuemente la escena. A los pocos minutos, por una de las calles confluyentes, hicieron acto de aparición tres jinetes, vestidos abiertamente con la librea de la Guardia de Palacio; el tercero llevaba un cuerpo (a todas luces con vida) envuelto en una manta sobre el pomo de su silla. Akhran, que había estado todo el episodio preso de un estado de nervios evidente, no se lo pensó dos veces y cargó contra los enemigos. El resto le siguió. Afortunadamente, Taheem les había acompañado, y el vestalense se empleó a fondo en el combate que siguió conteniendo a los guardias del muro, aunque no quiso mostrar abiertamente sus habilidades en la esgrima. Gedastos sufrió una fea herida mientras los guardias restantes daban la voz de alarma en palacio. En el interior, Daradoth oyó el escándalo y saliendo a uno de los balcones pudo ver la escena en el exterior. Los jinetes fueron duros de derribar, pero el grupo por fin pudo dominarlos y huir rápidamente de la escena (separándose y huyendo unos a caballo, otros a pie) con el secuestrado.

Galad y Taheem ayudaron a Gedastos a llegar a la posada, entre gemidos de dolor del joven. Al poco llegó Torgen, y finalmente Symeon, que fue el que, saltando ágilmente al caballo, había sacado al secuestrado de allí. Su sorpresa fue mayúscula cuando resultó que el secuestrado no era un hombre, sino una mujer. Su nombre era Yuridh, y no era nada menos que ¡la esposa del gobernador de Creá!. Los primeros instantes fueron muy tensos al enterarse de su posición social, aunque Akhran no hacía más que decirles que se calmaran. Un gesto de Yuridh hacia Galad y unas pocas palabras tranquilizaron los ánimos: la mujer era un agente de la Torre en Creá; al menos Akhran no había mentido en eso. Era evidente que los dos tenían un affair amoroso, y, según sus propias palabras, los guardias habían irrumpido en la habitación donde se encontraban para sus encuentros carnales por sorpresa; afortunadamente, Akhran había podido saltar por una ventana y acudir en busca de la ayuda del grupo. Pero la seguridad de Yuridh ahora estaba comprometida y debía regresar a su mansión lo antes posible; su esposo se encontraba de viaje, pero no tardaría en volver.

Y Yuridh aún les dio otra información valiosa: según ella, su esposo el gobernador, el shaikh Esmahäd, no comulgaba bien con las nuevas políticas desarrolladas en el imperio ni con las continuas intromisiones del Sumo Vicario en los asuntos civiles de la ciudad, y creía que sería receptivo a un acercamiento por parte de Galad. Además, después de meditarlo largamente, acordaron que Galad, Torgen, Gedastos y Akhran pasarían a servir en su casa como parte de su guardia, donde se encontrarían más seguros. Y así lo hicieron. El mayordomo del gobernador enarcó una ceja cuando su señora llegó con nuevos reclutas para la guardia de su esposo, pero se abstuvo de presentar objeciones.

Con la connivencia de Yuridh, fue fácil para Galad colarse en el despacho del gobernador en busca de información. Tras varios intentos, consiguió abrir unos cajones cerrados con llave: en ellos pudo encontrar correspondencia del gobernador con varias personalidades donde se expresaba claramente su malestar con los últimos decretos y políticas del Badir. Al parecer, Esmahäd tenía jugosos negocios con la comunidad de inmigrantes de Creá y otras ciudades que se habían ido al traste con el decreto de expulsión. Además, amigos personales suyos habían sido expulsados o incluso algo peor. Galad esbozó una sonrisa al confirmar lo que Yuridh había dicho, pero aun así debería ser extremadamente cuidadoso; una cosa es que alguien estuviera en desacuerdo con sus dirigentes y otra muy distinta que fuera capaz de traicionarlos. La sonrisa se borró de su rostro al leer una carta remitida por un tal Akhred: en ella, éste advertía a Esmahäd que no debía fiarse de su mujer, pues le constaba que estaba reuniéndose subrepticiamente con gente de dudosa reputación.

Después de muchos días y muchas noches en vela, tras ver una hoja movida por el viento, Yuria consiguió deducir cómo dirigir su ingenio volador: las variaciones de altura deberían ser suficientes; Ya casi lo tenía.

Daradoth, con su fino discurso y haciendo uso de algo de sus “habilidades especiales”, pudo convencer al cardenal Ikhran para que le permitiera el acceso a la parte restringida de la Biblioteca. Y su corazón sufrió un vuelco cuando pudo ver lo que se ocultaba allí. Antiguos grimorios y manuscritos élficos y minorios, algunos en un estado más que aceptable; debían de datar de los tiempos de la colonización sermia del brazo sur, y los vestalenses no sabían el valor incalculable de aquellos libros y pergaminos; no debían de saberlo, o no los tendrían escondidos y olvidados. Cuatro volúmenes cuyo título rezaba (en Cántico Antiguo) “Sobre la Esencia”, el diario de un antiguo maestro alquimista y constructor elfo codificado con alguna clave que habría que descubrir, “La Amenaza de la Sombra”, “Otros Mundos”, “Sobre los Sueños”, “El Arte de la Inscripción Rúnica”, “Panteones y Héroes”, y muchos libros de historia y otras materias hicieron las delicias de Daradoth las jornadas siguientes, en las que se centró sobre todo en el primer y segundo volúmenes de “sobre la Esencia”. Mientras los leía, podía notar como algo se recolocaba en su mente, y cada vez era capaz de detectar de una manera más clara su fuente de poder. Además, los grimorios hablaban de unas “corrientes ocultas de la Esencia” que a veces devenían en furiosas tormentas de aspectos variados; Daradoth comenzó a sospechar que las tormentas oscuras que habían sufrido en el desierto podían tener que ver algo con aquello.

jueves, 16 de abril de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 18

Creá, la Ciudad del Cielo (II). El Archiduque.
Durante los primeros días de estancia del grupo en Creá pudieron experimentar los placeres de los baños públicos vestalenses, un lujo al alcance de toda la población al que no les costó aficionarse.

También les llamó la atención la maestría que los vestalenses habían alcanzado en la creación de espejos. Los espejos del resto de Aredia palidecían en comparación con la nitidez y claridad de los vestalenses; sólo los espejos ercestres se les podían comparar.

Galad y sus dos compañeros, Torgen y Gedastos, se hicieron visitantes habituales de los baños; previamente a su misión habían sido circuncidados y no temían ser descubiertos como impostores, al contrario que el resto del grupo. Yuria, por su parte, también se aficionó, y visitaba regularmente los baños femeninos (en tiempos recientes los vestalenses habían decidido separar los baños públicos por sexos, al contrario de lo que era habitual hacía años). La ercestre no tardó en trabar contacto con otras mujeres, sobre todo con la madura Fajeema y la jovencita Sorahid. Tras conocerse y convencerlas de que era una extranjera conversa, las mujeres se extrañaron de que no visitara habitualmente la mezquita, así que Yuria no tuvo más remedio que aceptar su invitación a hacerlo; desde entonces, no pudo evitar visitar prácticamente todos los días los baños y asistir a la oración en la mezquita.

Por otro lado, en una de sus visitas a los baños, los compañeros de Galad le llamaron la atención sobre la mancha de su hombro. Haciendo uso de los perfectos espejos vestalenses, el semblante del paladín transmitió cierta preocupación cuando vio los cambios sufridos por su “antojo”: parecía que éste se había expandido en multitud de filamentos que salían radialmente en forma de rayos de sol, extendiéndolo por su espalda y su brazo. Puso rápidamente una toalla sobre él.

Una vez asentados, Galad pasó a intentar comunicar con los contactos que le habían proporcionado en la Torre. Primero lo intentó con una florista llamada Najeera. En su lugar, encontró a la hija de ésta, Surey. La muchacha, sin poder evitar los sollozos, le contó que su madre había sido asesinada por unos maleantes mientras estaba haciendo un reparto; la habían violado y deformado horriblemente en el ataque. Tras dar su pésame a Surey, Galad se marchó, enojado por los hechos.

Daradoth siguió con sus excursiones a la ciudad. No tardó en darse cuenta de que un par de tipos le seguían sin disimulo, seguramente asignados a su protección por el cardenal Ikhran. Lo que realmente le preocupó fue ir dándose cuenta progresivamente de la pequeña multitud que parecía seguirle a todos lados disimuladamente. En un momento dado, un hombre educado, bien vestido y con claro acento ercestre le invitó a “reunirse con su señor” en la taberna del jabalí negro. Tras pensarlo unos momentos y dar unas cuantas vueltas tratando de despistar a sus perseguidores, el elfo decidió acudir. El mismo individuo que se había acercado a él en la calle lo condujo junto a otro tipo, un vestalense, a través del doble fondo de un armario, corredores, callejones y puertas, a una discreta casa cercana. Allí, aunque Daradoth ya lo había supuesto, fue una sorpresa reunirse con los cabecillas de la delegación ercestre que había llegado varias jornadas antes a la ciudad: el sirviente presentó a la pareja: el nombre de la mujer era Rania Talos; el hombre, que lucía una perfectamente recortada perilla, no era otro que el Archiduque Galan Mastaros. Tras las presentaciones tomaron asiento y trabaron el primer contacto. Tratándose de un elfo, el archiduque había decidido acudir al encuentro personalmente, cosa que no habría hecho ni de lejos en circunstancias normales. Mastaros se interesó por los motivos de la estancia de Daradoth en Creá, y le preguntó si venía en representación diplomática del pueblo elfo, con los ojos brillantes por el interés. El ercestre le confirmó que habían venido en misión diplomática y aunque Daradoth contestara negativamente, se mostraba convencido de que el motivo de su visita era el mismo. Los diplomáticos también le preguntaron por sus compañeros de viaje ercestres, cosa que hizo que Daradoth enarcara una ceja, y el archiduque expresó su deseo de repetir los encuentros y ganarse su confianza para poder ser lo más sinceros posible. La conversación tocó temas diversos, y pronto derivó también hacia el Ra’Akarah y la importancia que podría tener su advenimiento para el resto de Aredia; la voz de Mastaros dejaba traslucir algo de preocupación, algo quizá cuidadosamente calculado, y Daradoth decidió ser todo lo prudente que pudiera; el archiduque quería saberlo todo acerca de aquel mesías, y transmitió al elfo que confiaba en que pudieran intercambiar información y colaborar en desentrañar todo aquel asunto, aprovechando los conocimientos sobre lo arcano que seguro debía tener un habitante de Doranna. Tras casi dos horas de conversación, ambos expresaron su esperanza de volver a verse pronto. Algo sí le había quedado claro a Daradoth: el archiduque actuaba como valido del rey Nyatar, tenía plenos poderes para tomar decisiones que afectaran a las alianzas y el futuro ercestres, y eso lo convertía en una pieza extremadamente poderosa en el tablero.

La jornada siguiente, Galad acudió a encontrarse con su segundo contacto, el tratante de caballos Verrahim. Tenía un establo cerca del zoco, pero al llegar allí, el paladín se lo encontró cerrado. Ni rastro de Verrahim a pesar de que lo buscó insistentemente. Al cabo de un par de días, preguntando en el zoco, un viejo que vendía baratijas junto a su hijo le dio la información que buscaba: su amigo Verrahim había desaparecido hacía un par de semanas, y él mismo había visto cómo un grupo de hombres se habían llevado sus caballos; no iban vestidos como guardias, pero el viejo estaba convencido de que eran guardias de los Santuarios. Frustrado por la noticia de la desaparición de su segundo contacto, Galad hizo el gesto secreto de contacto con los confidentes al viejo; éste no pareció darse por aludido, pero para gran sorpresa del paladín, el maduro hombre que se encontraba a su lado, su hijo, le respondió. Cuando más tarde se encontró con él a solas, el hombre, llamado Akhran, le informó de que había dejado el servicio de confidente de la Torre ante las repetidas desapariciones de otros; debía de haber un traidor entre ellos, o eran muy ineptos y se habían delatado sin pretenderlo. Preocupado por estas palabras, Galad se despidió de él.

Poco después de retornar al Palacio Vicarial, Daradoth fue convocado a presencia del Sumo Vicario en persona. Por fin tenía el tiempo necesario para recibir a ese famoso elfo que había aparecido en Creá varios días atrás. Tuvieron una breve conversacion en presencia del cardenal Ikhran, que después acompañó a Daradoth de visita a los Santuarios por petición del elfo. Visitaron las capillas, vieron esculturas y reliquias varias. Además, visitaron la parte cerrada al público, donde se guardaban las reliquias realmente valiosas, que Daradoth miró con súbito interés. Allí, en lo profundo de los Santuarios, la comezón que sentía el elfo se notaba más claramente; sus ojos casi se salen de las órbitas cuando en una de las salas en penumbra pudo distinguir una columna dentro de una vitrina; a todas luces era de estilo élfico, y antigua, muy antigua. Al acercarse a ella, la confusión se adueñó de Daradoth, pues le pareció que oía una especie de melodía que nadie más sentía. Era como si su ser estuviera compuesto de pequeñas cuerdas que alguien tañera desde un lugar desconocido, una sensación muy extraña; era evidente para él que la columna vibraba de poder. Le pareció mejor mantener la discreción respecto a aquel asunto. Los vestalenses no parecían darle la importancia que merecía, y era mejor así. También pudo ver unas pulseras de espinas y varias armas, pero nada comparado a la columna. Después, Ikhran le franqueó el paso a la parte interna de la Biblioteca. Grimorios y pergaminos en Cántico y Minorio asomaban por todas partes. Se prometió volver a visitar aquello.

Pasados unos días, los hombres del archiduque Galan Mastaros volvieron a convocarlos, esta vez al grupo entero. Tras las revueltas habituales para despistar a los perseguidores y atravesar pasillos, pasadizos y puertas secretas, tuvo lugar la reunión. Galad parecía extrañamente tenso, y echaba miradas de soslayo a la mujer, a Rania, al igual que ella. Ambos eran ercestres, y para Symeon y Yuria, era evidente que tenían algún asunto pendiente. Yuria fue efusivamente saludada por ambos diplomáticos, expresando su pesar por la situación en la que se encontraba y, más adelante en la conversación, promesas de un futuro mejor. Estuvieron departiendo largo rato, hablando de posibles intereses comunes, posibles intenciones ocultas y la situación que se respiraba en el Imperio y el resto del continente. En un momento dado, Daradoth decidió poner las cartas sobre la mesa y pasar a temas más trascendentes: les habló de la Sombra y de sus sospechas de que se estaban enfrentando a un enemigo mucho mayor del que creían todos. Su intensidad, su honesta preocupación por lo que les acechaba y la vehemencia de sus palabras [persuasión 99+] llegaron a convencer a los ercestres. No podía saber en qué grado les había afectado su discurso, pero a juzgar por el largo silencio que se hizo cuando al fin terminó su explicación, a Galan y Rania les habían preocupado genuinamente las revelaciones de Daradoth. Rania aconsejó a Galan investigar aquello en profundidad, y el archiduque asintió. Rápidas palabras establecieron un acuerdo de mutua ayuda entre las partes, y a petición del grupo, Mastaros les aseguró que haría lo que pudiera para garantizarles el acceso discreto a los Santuarios.

jueves, 26 de marzo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 17

Creá, la Ciudad del Cielo

Las desgracias no habían acabado con la desaparición de Aldur. Al cabo de unos minutos, se apercibieron de que Valeryan no había despertado desde el paso de la tormenta, y se aprestaron a ayudarlo. Pero no hubo forma posible de despertar al joven conde. Había entrado en un coma profundo, o quizá su mente se había ido con el sobrenatural remolino negro, no había forma de saberlo. Entristecidos, encomendaron a Faewald y a Sharëd la tarea de llevar a su amigo inconsciente hasta el campamento de los Errantes de Aravros y Fahjeem. Preveían una estancia larga en Creá, así que allí podrían volver a encontrarse; Taheem dio a su hermano instrucciones para encontrarlos una vez que llegaran a la Ciudad del Cielo, y a continuación todos se despidieron con un abrazo, jurando honrar la memoria de sus dos amigos perdidos.

Más o menos una semana fue lo que duró la travesía por el desierto hasta el oasis de Jeghá. Allí se encontraron con que un pueblo que antaño se había erigido junto a la vegetación se encontraba totalmente arrasado. Entre los restos calcinados se erguían multitud de piras como las que ya habían visto a la entrada de Jeaväh, con los restos de personas atadas a postes con claros signos de haber sido quemadas vivas. Además, se respiraba un ambiente extraño; era fácil percibir poder en el ambiente, una especie de palpitación que afectaba sobre todo a Daradoth y a Galad, los más sensibles a lo sobrenatural. Tras tomar todas las precauciones imaginables con el agua del acuífero, decidieron marcharse sin tardanza, evitando lo que fuera que hubiera sucedido allí.

Se dirigieron hacia la que debía ser la última parada de su viaje antes de llegar a Creá: el modesto pueblo llamado Shaïr. Otra vez sintieron los mismos escalofríos cuando vieron el mismo tipo de piras de castigo a la entrada del pueblo. Galad y Taheem se adelantaron para investigar el terreno antes que los demás. La gente se encontraba congregada en la plaza principal, a la que la pareja no tuvo problemas para acceder. Allí se estaba celebrando un juicio público. Varios soldados vigilaban que no se desencadenara ningún disturbio. Al parecer, tres reos estaban siendo juzgados acusados de brujería, ante el malestar de la multitud congregada.

Tras unos breves alegatos, los tres fueron considerados culpables del delito de hechicería, y como tales les correspondería ser quemados en sendas piras. Pero sonriendo, el capitán convertido en juez les anunció que el Supremo Badir, con la intención de celebrar sus esponsales con su nueva esposa, había ordenado que ningún reo más fuera ajusticiado por brujería, sino que debían ser conducidos a Creá, donde el Badir en persona los examinaría con ayuda de la cúpula de la Iglesia vestalense.

Galad consiguió entablar una breve conversación con una anciana: ésta les comentó que los tres presos eran unos asesinos de niños y la mayoría del tiempo tenían los ojos negros y unas garras como ganchos; evidentemente exageraba, pero les llamó la atención que la vieja echó la culpa de aquello a las “extrañas tormentas” que tenían lugar desde hacía pocos meses y que hacía desaparecer a la gente y las cosas. Desde que habían empezado a desencadenarse, las cosas no andaban bien por allí.

Discretamente, reservaron habitación en la posada, donde más tarde se reunieron con los demás. En la taberna era habitual que entraran los soldados destacados en el pueblo a refrescarse, y eso aumentaba la tensión con los lugareños. Multitud de rumores llegaron a los oídos del grupo: habladurías sobre las tormentas negras, la boda del Supremo Badir con una bella noble sureña, extraños sueños que los habitantes del pueblo parecían compartir... Pudieron oír también cómo algunos soldados comentaban los movimientos que se estaban produciendo en la frontera con Sermia. En un momento dado, uno de los civiles presentes, familiar de uno de los reos juzgados y completamente borracho, increpó a los soldados de malos modos. Una trifulca estalló, y el hombre ebrio fue arrestado y llevado por los soldados a su campamento.

Tras una noche de descanso, salieron lo antes posible de Shaïr, ya dirigiéndose hacia Creá.

Dos jornadas de descanso tranquilas fueron el preámbulo para la peor situación vivida por el grupo desde el inicio de su viaje. El amanecer del tercer día sintieron cómo el viento les azotaba y la claridad del día se oscurecía con los signos de la formación de una nueva tormenta negra. Se apresuraron a recoger el equipo y huir de ella, cuando pudieron sentir cómo otra tormenta se formaba en el sentido contrario. Unos instantes de indecisión bastaron para que pudieran sentir cómo una tercera tormenta se formaba aún más cerca de ellos, y a continuación una cuarta. No tenían escapatoria posible, y se pertrecharon lo mejor que pudieron, rezando para salir con vida de aquello. No tardaron en quedar inconscientes por los efectos de las tormentas; Daradoth notó cómo su poder crecía insoportablemente, y lo desbordó, hundiéndolo también en las tinieblas de la inconsciencia.

Todos despertaron en un entorno de luz grisácea y difusa. Para muchos de ellos, era su primera experiencia en el Mundo Onírico, y no fue en las condiciones más agradables. Sin apenas tiempo para reaccionar, tras reconocerse unos a otros, la luz pareció menguar, y zarcillos de sombras los envolvieron, haciéndolos estremecerse con un frío que helaba el alma. Una especie de palpitación lo envolvía todo, y no tardaron en comprobar que aumentaba de intensidad a cada segundo. Algo los empujaba, una presencia que los aterraba y los atería. Las sombras la envolvían, pero era siniestra y terrible, tenía sin duda varios brazos, y su empuje les ocasionaba incluso dolor físico; Yuria y Taheem se quedaron paralizados de terror, mientras que Galad parecía perder el control de sí y una mancha en su hombro empezaba a brillar con una luz plateada y cegadora. Pronto, el resplandor se extendía por todo su cuerpo y sentía el poder recorrer sus venas. Una voz retumbó en sus tímpanos, poderosa y causante de mucho dolor:

 —Acéptame, hermano. Naciste para esto, aunque no lo sepas. ¡Acéptame y sirve a tu verdadero señor!

Cuando parecían a punto de no resistirlo más y de fallecer por aquél frío oscuro, algo tiró de ellos de una manera brutal. Sólo Symeon y Daradoth retuvieron la consciencia lo suficiente para ver unas figuras plateadas en forma de centauro que se alejaban a la velocidad del pensamiento.

Despertaron con la luz del mediodía, alejados unos pocos kilómetros hacia el norte de allí donde les había sorprendido la tormenta. Afortunadamente, pudieron recuperar los camellos suficientes para continuar su camino y llegar a Creá.

La ciudad era bellísima, sin duda. Capiteles y cúpulas se alzaban por doquier, y los majestuosos Santuarios dominaban el paisaje. Se integraron con la marea de personas que llegaban desde todas direcciones y se sorprendieron al ver una urbe cosmopolita: además de vestalenses, se veían personas de piel negra del sur, pigmeos de lugares remotos, nómadas y beduinos de los desiertos más recónditos de Aredia, y algunas figuras estrafalarias que no acertaron a identificar. La ciudad hervía de vida, y de expectación por la futura llegada del Ra’Akarah.

Ya alojados gracias a las influencias de Taheem, se enterarían de que el plazo estimado para la llegada del Mesías era de dos meses y medio. Tenían tiempo por tanto de investigar la ciudad y prepararse bien para lo que se avecinaba.

Ante lo variopinto de las gentes reunidas en Creá, Daradoth decidió mostrarse abiertamente para que comenzaran a propagarse los rumores de la presencia de un elfo en la ciudad. Lo que más le llamó la atención fue que, cuando se acercaba a los Santuarios, comenzaba a sentir el mismo picor que había sentido al acercarse a Rheynald por primera vez. “Interesante”, pensó el elfo. Galad, sin problemas para hacerse pasar por vestalense más allá de los que su altura o su porte le pudieran ocasionar, decidió pasar gran parte del tiempo en la biblioteca de los Santuarios. Symeon realizó varios intentos sobre el Mundo Onírico y se encontró con que le resultaba casi imposible acercarse siquiera a los Santuarios, exactamente igual que lo que le sucedía en Rheynald.

Al cabo de varios días, Galad encontró algo relacionado con la mancha de su hombro: el mismo símbolo. Le habían permitido el acceso a las salas de material más sensible y allí encontró un viejo manuscrito de los antiguos enclaves élficos del lago Írsuvil. Estaba escrito en Cántico, y no lo pudo entender; tampoco le permitieron sacar el pergamino de allí, obviamente, así que decidió copiarlo, cosa que hizo de forma medianamente aceptable al cabo de un tiempo.

Mientras tanto, Daradoth había sido abordado por el cardenal Ikhran, sorprendido de la presencia de un elfo en Creá. Después de las típicas preguntas interesándose por su presencia allí, el cardenal le ofreció alojamiento en el Palacio del Sumo Vicario, honrado por tan noble visitante. Daradoth aceptó, y a partir de entonces fue con muchísimo cuidado al reunirse con sus compañeros.

Al cabo de un par de días tuvo la oportunidad de traducir el pergamino que Galad había copiado un tanto burdamente, pero lo suficiente como para que el elfo tradujera su contenido:

“Temed, ¡oh Hijos de las Estrellas! a aquellos marcados con este símbolo [el símbolo del hombro de Galad], pues su poder liberará a las fuerzas de Señor de las Mentiras y desencadenará a las Legiones Infernales de la Sombra. Con ayuda de la Luz [...] ”

A todas luces sinceramente sorprendido, Galad explicó con consternación la historia de su nacimiento: los padres que lo habían criado no habían sido realmente sus padres biológicos, sino que al parecer, un buhonero les había encomendado al bebé después de encontrarlo en el linde de los Bosques Esselios. No tenía ni idea de qué significaba aquello.

Varias jornadas después, algo llamó la atención de Daradoth en la residencia del Palacio del Vicario: una caravana de varios carruajes y soldados entraba en el recinto. Y sus estandartes eran sin ningún género de dudas, ercestres. Desde la distancia pudo ver cómo los dos nobles que encabezaban la delegación, un hombre y una mujer, eran fuertemente escoltados a presencia del Sumo Vicario, que los recibió en compañía de algunos de sus cardenales. ¿Qué habrían venido a hacer allí? Daradoth rebulló, inquieto.


jueves, 12 de marzo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 16

Hacia el corazón del Imperio
Cuando se levantaban de sus asientos tras aplaudir a rabiar la función, Aldur no pudo evitar reparar en una figura conocida entre el público. Allí, varias filas más adelante y a la derecha se encontraba sin duda su antiguo compañero novicio en Emmolnir, Galad Talos. Iba ataviado al más puro estilo vestalense, y claramente acompañado de otros dos hombres; la duda asaltó a Aldur y al resto del grupo cuando compartió con ellos la identidad de su conocido: ¿se trataba de otro paladín enviado por la torre, o de un verdadero converso vestalense?
Por su parte, en su asiento, Galad también reconoció enseguida la enorme figura de su antiguo compañero. Aldur no era una presencia que pasara desapercibida fácilmente. Decidió esperarlos discretamente pero haciéndose notar.

Reunidos los dos grupos, unas pocas palabras susurradas disimuladamente bastaron para convencer a Aldur de que Galad se encontraba en el imperio en misión de la Torre, al igual que Averron, con quien se habían encontrado hacía varias semanas en Edeshet. Cuando llegaron al campamento, el resto del grupo se mostró reticente hacia los recién llegados; para acallar cualquier fricción, los dos paladines canalizaron un hilillo de poder el uno hacia el otro para convencerse completamente de que ambos seguían siendo fieles a Emmán. Realizado el pequeño ritual, ya no hubo duda de que ambos pertenecían al mismo bando y todo se tranquilizó.

El día siguiente se reunieron con Serena tal y como habían acordado, y ésta los condujo a presencia de maese Meravor, el dueño del circo. Daradoth dejó que el resto de sus compañeros se entrevistaran con Meravor, mientras él se dirigía al encuentro de los enanos Narak y Zandûr. Los enanos no se fiaban de los humanos y habían rechazado conversar con Yuria, por lo que el elfo se dirigió a ellos con la maqueta que la ercestre había construido modelando su proyecto de un globo volador. Aunque Narak rechazó la petición de Daradoth de encontrarse con la mujer, Zandûr se quedó mirando fijamente la maqueta y aceptó intercambiar ideas. Satisfecho, Daradoth se alejó hacia el carromato de Meravor, donde sus compañeros llevaban ya rato departiendo.

La conversación con Meravor giró alrededor de la posibilidad de que el grupo se incorporase a la caravana en su camino hacia Creá. Lógicamente, Meravor se mostró desconfiado ante tal petición, y comenzó a interrogarles -junto con su esposa- sobre cuál era el verdadero motivo por el que se encontraban allí, y por qué querían llegar a Creá con su circo. Mientras hablaba con ellos, Daradoth pudo sentir desde el exterior cómo alguien utilizaba el poder dentro del carromato, así que corrió hacia allí con una daga en la mano y abrió la puerta. Ante la irrupción, la mujer de Meravor dejó caer la bandeja con pastas y té que llevaba a la mesa y el dueño del circo se puso en pie sobresaltado. Al hombre de largas patillas no le gustó nada la irrupción y el secretismo que sus contertulios habían guardado; les pidió educada pero firmemente que se marcharan de allí, mientras otros miembros de la compañía hacían acto de presencia, alertados por el alboroto. No tuvieron más remedio que volver al campamento, frustrados por cómo se habían desarrollado los acontecimientos.

De vuelta en el campamento decidieron que viajarían a Creá a través del desierto, como habían hecho hasta entonces, y no se complicarían más la vida. Pero al atardecer, Yuria y Daradoth aún hicieron una nueva visita al circo, para hablar con Zandûr. Mientras se dirigían allí por un camino diferente -ya que habían trasladado su campamento en previsión de algún problema-, a la entrada de la ciudad pudieron ver dos grandes piras que ya habían sido consumidas por el fuego que llamaban la atención porque sobre ellas se podían ver los restos de dos cuerpos que habían sido encadenados a sendos postes y quemados. La cantidad de huellas que había alrededor demostraba que las dos personas habían sido quemadas delante de una multitud, sin duda en una ejecución pública. Pasaron de largo con un escalofrío.

Zandûr se encontró con ellos e intercambió ideas con Yuria de buena gana, impresionado por el proyecto que la mujer pretendía llevar a cabo. Le dijo que le ayudaría en la medida de sus posibilidades; Yuria le explicó más o menos lo que necesitaba para calentar el aire del interior, y Zandûr se citó con ellos en Creá dentro de algunas semanas, cuando el circo llegara allí. Esperaba que para entonces ya tendría listo el dispositivo que Yuria necesitaba. Por supuesto, la ercestre acordó darle todos los detalles del invento en el futuro para que él también pudiera crear su propio ingenio.

Antes de partir, Galad le hizo llegar una carta a Serena de parte de Symeon informándola de su viaje y de sus esperanzas de encontrarse en Creá. Además, por la noche, tuvo lugar una interesante conversación que comenzó versando sobre las “brujerías” que parecía ser capaz de obrar Meravor. Para los paladines y Valeryan, sólo Emmán era capaz de proporcionar el poder necesario para obrar “milagros”; todo lo demás no eran sino trucos o artes oscuras. Harto de tal estrechez de miras, Daradoth utilizó sus capacidades mágicas para hacer volver invisible la chaqueta de Galad. Demostraba así que no sólo el poder de Emmán era el existente en el mundo, y les habló de los diferentes reinos de Poder, de la Esencia, la Canalización y el Mentalismo, y de cómo él era capaz de manipular el primero de ellos. El resto no tuvo más remedio que aceptar lo que les decía, rendidos ya a la clara evidencia. Tras esto, bebiendo unos tragos, Faewald soltó la lengua y expuso su temor de que el rey Randor no los hubiera enviado a otra cosa que la muerte, quizá sabedor de sus contactos con Strawen y la reina; Valeryan aceptó la posibilidad, pero aún así seguiría adelante con su deber.

El viaje por el desierto transcurrió tranquilo, hasta la cuarta jornada. El amanecer del cuarto día volvió a azotarlos una de las tormentas negras que ya les habían afectado en la travesía del Mar Cambiante. El primero de esos fenómenos que sufrían Galad y sus acompañantes apenas les dio tiempo a prepararse. El viento comenzó a sacudirlos violentamente y a los pocos instantes ya se veían envueltos en las tinieblas y el frío. Todos cayeron inconscientes en un intervalo de tiempo corto. Symeon, en su inconsciencia, despertó en el Mundo Onírico. Al poco rato, notó a alguien a su lado: no era otro que Galad, la última incorporación del grupo. Se saludaron con un gesto, y mientras el Errante intentaba explicar al paladín dónde se encontraban, un escalofrío los sacudió, afectando fuertemente la descontrolada imagen onírica de Galad; una fuerte presencia física se acercaba hacia ellos; podían sentirla empujando, y también el frío intenso que la acompañaba. Symeon trató por todos los medios de sacarlos de allí mediante sus exóticas habilidades, pero aunque consiguió retrasar la aproximación de lo que quiera que fuera aquello, no consiguió dejarlo atrás. Empezaron a notar dolor, un dolor muy real, e incluso una sensación de entumecimiento causada por el frío; todo ello mientras el empuje de la presencia les hacía complicado guardar el equilibrio. Una especie de zumbido que pronto se convirtió en un grave bramido comenzó a oirse; la luz grisácea característica de aquella realidad parecía hacerse más tenue conforme la presencia se acercaba. De repente, una mancha plateada comenzó a brillar en el hombro de Galad, contrastando con la translucidez del resto de su cuerpo, la mancha aparecía clara, sólida y destellante; y Galad ya no parecía él: sus ojos se habían vuelto también plateados y comenzó a henchirse de poder a ojos vista. Symeon intentó llevárselo de allí una vez más, pero no pudo, pues el contacto del paladín le quemaba como hierro al rojo. “Naciste para esto, acéptalo”, oyó claramente Symeon en una voz oscura y rotunda. Sin duda, era la poderosa presencia que debía de estar dirigiéndose a Galad.

Cuando parecía que Galad estaba a punto de estallar, un nuevo actor entró en escena. Una veloz figura plateada se lanzó hacia las sombras que envolvían la presencia que se aproximaba, gritando “¡¡¡detente, engendro!!!”. Symeon se volvió, sorprendido, y pudo ver que se trataba de Aldur. El enorme y bravo paladín se lanzó contra las sombras, que lo envolvieron; al cabo de unos instantes, todo pareció estallar en una explosión de luz blanca.

La tormenta había pasado; todos despertaron poco a poco. Y, desesperados, descubrieron que Aldur no se encontraba ya junto a ellos. No pudieron descubrir ni rastro del paladín.