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martes, 11 de agosto de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 26

Creá, la Ciudad del Cielo (X). La llegada del Ra’Akarah.

Al darse cuenta de la señal dejada por Daradoth, Galad reunió al grupo al completo. Al enterarse del episodio de los calabozos, el elfo mostró su consternación y su preocupación por el estado de sus compañeros. Pero al fin y al cabo habían salido indemnes de todo aquello, con el único revés de haber perdido (esperaban que temporalmente) los libros que habían sacado de la biblioteca; éstos se encontraban con casi total seguridad en el despacho del gobernador, a buen recaudo. Symeon también les informó de la reunión que había acordado con Meravor y el resto del grupo para tratar un posible apoyo mutuo, ante lo que todos se mostraron de acuerdo.

Ishfahäd ra'Khameer, el Ra'Akarah
Por la tarde, Galad tuvo uno de sus ya habituales encuentros con Eudorya a espaldas de su guardia de eunucos. Aparte del flirteo galante (con respeto, por supuesto) que ya venían siendo habituales entre ambos, la princesa volvió a hablarle de las tensiones que afloraban entre los diferentes miembros de su delegación ante la actitud que les habían exigido mantener ante el Ra’Akarah. La postura oficial era la de apoyar las pretensiones del mesías vestalense para convertir a la Confederación en una aliada y poder así beneficiarse económicamente de los acontecimientos; pero Eudorya temía que Progeryon cometiera una locura y se saltara las órdenes recibidas; eso no sería bien recibido por Ilaith y Knatos, los dos miembros de la comitiva más poderosos después del joven príncipe. La tensión de la situación se estaba convirtiendo en algo insostenible, agrabada por el carácter fuerte de Progeryon. Un eunuco llegó justo cuando Galad y la princesa estaban a punto de besarse de nuevo.

Symeon siguió cultivando la red de espías que quería establecer en la ciudad, y con el paso de los días se ganó la lealtad de un puñado de niños, atraídos por las generosas propinas del Errante. Se comprometieron a informarle de cualquier cosa que sucediera fuera de lo común.

El día siguiente tuvo lugar en el circo la reunión entre Meravor y el grupo. Prácticamente todos excepto Daradoth llegaron allí por la tarde, para evitar el toque de queda; el elfo acudió haciendo uso de sus especiales habilidades de infiltración y acecho. En el camino, Symeon tuvo un encontronazo con dos tipos de mala catadura que parecían estar esperándole en una esquina. El errante fue amenazado por el más pequeño de ellos, mientras el otro, un tipo imponente, le lanzaba su porra con un grito; no estaban contentos porque al parecer Symeon estaba “robándoles” a sus pupilos; tendría que tener más cuidado a partir de entonces con qué niños reclutaba.

Ya en la reunión, Meravor compartió con el grupo lo que ya había contado a Symeon: les habló de la extraña pulsión que le había llevado a Creá, y de su incapacidad para explicarla. También les contó que desconocía de dónde procedían sus extraños poderes: un buen día había empezado a utilizarlos y nada más; Daradoth desconfiaba del hombre, pero no pudo descubrir ningún signo de engaño en él. Meravor también les explicó que había ayudado a algunos de ellos a salir de los calabozos porque había sentido que algo iría terriblemente mal si no lo hacía; pero de ahí a ayudarles a acabar con el Ra’Akarah iba un mundo; el jefe del circo no les prometió prestarles su ayuda, como habían supuesto; ya había hecho bastante poniendo en peligro a toda su compañía para llegar a Creá como para participar en un acto de tal magnitud que podría suponer una masacre; no obstante, prometió no desvelar las intenciones del grupo y tampoco descartó su participación, pues sus “sensaciones” eran extrañas y llegaban sin previo aviso. Con una sensación agridulce, el grupo pasó la noche en uno de los carromatos para no tener problemas con la guardia, y Daradoth volvió a sus aposentos en el Palacio Vicarial.Yuria intentó pasar el máximo tiempo posible con Narak y Zandûr, intercambiando ideas.

El día siguiente, ya en la posada, Symeon recibió la visita de Hérados, el niño errante que había convertido en su protegido hacía un par de semanas. El chico iba acompañado de otro niño, un poco más pequeño, al que llamaba ratón. Al parecer éste se había enterado de las generosas propinas del Errante y de su interés en enterarse de cualquier hecho mínimamente interesante. Y realmente tenía información importante que darle: el muchacho se había colado en el campamento de los Ástaros del Pacto de los Seis, y éstos habían recibido una nueva visita. En palabras del chiquillo, eran “hombres que no parecían hombres”. Acompañando a un contingente de Ástaros recién llegado, había llegado un grupo de media docena de aquellos “seres que eran como el elfo que habían circuncidado unos días atras”. Symeon le dio una buena propina, por supuesto; enterarse de que una delegación de elfos había llegado a Creá en secreto bien la valía.

Cuando Symeon compartió la información en privado con Daradoth, éste no se lo pensó dos veces y partió hacia el campamento Páctiro; su primera intención fue pasar haciendo uso de sus hechizos de infiltración, pero los guardias disponían de perros que lo delatarían, así que se presentó abiertamente. Los guardias sospecharon durante unos instantes, pero finalmente lo dejaron pasar a hablar con lord Amâldir. Éste se mostró preocupado al saber que la información de la llegada de los elfos había llegado a oídos de alguien en la ciudad, y no quiso reunir a Daradoth con la “delegación de Doranna”. Pero finalmente, la vehemencia de Daradoth convenció al comandante ástaro, que mandó llamar a uno de sus sirvientes; poco después hacían acto de presencia varias figuras, cuatro de ellas a todas luces élficas. Irvalion, Ellaroth y Aglareth iban acompañados de una mujer semielfa: Ezhabel, una especie de guardaespaldas. Según contaron a Daradoth, venían desde Lasar, enviados por lord Aldarien, quien había hecho oídos sordos a las órdenes de no intromisión de lord Natarin. Por supuesto, le contaban todo aquello gracias a la reputación que el padre de Daradoth tenía como servidor de lord Aldarien y confiaban en su discreción. También le preguntaron por su circuncisión, que Daradoth explicó como algo que tuvo que hacer para conservar la vida, y por “la búsqueda”. A esto, el joven elfo respondió con un rictus de preocupación; por supuesto, continuaba intentando averiguar algo, pero además aprovechó para mencionar la más que probable implicación de Trelteran en la desaparición de los secuestrados y de una duquesa esthalia, y también la posible presencia de un kalorion en todo aquel asunto del Ra’Akarah. Los elfos se miraron, al principio quizá divertidos, pero pronto cambiaron sus amagos de sonrisa por un semblante de preocupación cuando Daradoth les describió a la figura de nariz aguileña que se había llevado a la duquesa Rhyanys de Gwedenn y lo que había venido sucediendo a su grupo durante el viaje. Tras unos minutos de silencio, los elfos se dirigieron gestos de afirmación y decidieron conducir a Daradoth (junto con Amâldir y algunos más) a su propia tienda de campaña, bien camuflada entre las tiendas de los soldados. Durante el camino, como previamente había hecho Amâldir, expresaron su preocupación por cómo había trascendido la información de que un grupo de elfos había llegado a Creá, e instaron a Daradoth a silenciar cualquier fuente de información que llegara a su conocimiento. Por fin, llegaron a la tienda, fuertemente custodiada por soldados de la Corona del Erentárna (el contingente que había venido escoltando a los elfos). Allí, en una especie de camastro inclinado se encontraba una mujer de alta talla, tapada hasta la cintura, como si estuviera enferma; al mostrar los elfos su confianza en el recién llegado, ella se incorporó y dejó atrás la estructura que ocultaba la mitad de su cuerpo; no era otra que lady Merediah, Caminante de Sueños. La mitad del cuerpo de Merediah era de mujer y la otra mitad de caballo, como correspondía a su raza, la orgullosa raza centauriana. Según explicaron a Daradoth, lady Merediah había sentido algo muy oscuro en el Mundo Onírico procedente de aquella zona del continente; poco después se enteraron del presunto advenimiento del Mesías vestalense y de su posible implicación en la sensación de la centaura, que por otro lado no era la única que lo había sentido. Enterado lord Natarin del asunto, el Alto Rey de los elfos había prohibido de momento cualquier tipo de intervención, con lo que Aldarien había decidido no permanecer ciego y sordo a los acontecimientos y enviar a su propia delegación de confianza a escondidas.

Con la promesa de ser discreto acerca de la presencia de los elfos allí, y la promesa de éstos de intentar ayudarle si la cosa se torcía, pues era evidente que los vestalenses iban a utilizar a Daradoth con fines políticos y propagandísticos, éste se despidió.

Y entraron en la última semana antes de la llegada prevista del Ra’Akarah a Creá. Daradoth comenzó a ser adiestrado en el protocolo y la forma de proceder que requerirían las ceremonias. Se le informó de que sería presentado al Salvador poco después de que éste llegara, y que tras el ayuno de purificación que llevaría a cabo, también estaría presente en la Exaltación. Daradoth tragó saliva, preocupado. Durante esa semana se reuniría todas las noches con el resto del grupo, tratando de trazar un plan de acción.

Lady Ilaith preguntó a Galad dónde podría encontrar a Yuria, y se dirigió a su encuentro, para interesarse por su estado; cuando en la conversación subsiguiente Yuria le empezó a hablar del conflicto entre Luz y Sombra y la posible implicación del Ra’Akarah en el, la Princesa se mostró confundida y la ercestre la invitó a reunirse con ella y el resto de sus compañeros. Sin embargo, no todos quisieron acudir, así que el día siguiente se reunían con Ilaith la propia Yuria, Taheem, Sharëd, Faewald y Galad. Ilaith no se sorprendió de encontrar a Galad en aquella reunión, y con veladas palabras dio a entender que sabía que era algo más que un guardia del gobernador. La actitud de los demás hacia él así lo daba a entender. Yuria afirmó que Galad podría explicarle mejor aquel asunto de la Luz y la Sombra, ante lo que Ilaith sonrió, incrédula. Galad optó conveniente revelarse como paladín de Emmán, ante el gesto afirmativo de la Princesa, y su charla resultó ser fuertemente aleccionadora. Haciendo gala de todos sus conocimientos no sólo religiosos, sino también filosóficos, el paladín habló como un verdadero erudito, conmoviendo las creencias de la Princesa, que se quedó pensativa e hizo varias preguntas. No entendía por qué la Luz tenía que ser moralmente superior a la Sombra, pero la vehemencia de Galad y Yuria acalló sus dudas, y sembraron la duda al expresar su temor de que el Ra’Akarah fuera un sirviente de la Sombra. Al día siguiente, Galad sonreiría al enterarse de que Ilaith había pedido a los sirvientes algunos libros de temática filosófica. Quizá habían plantado las semillas para ganar una nueva defensora de su causa.

Dos noches antes de la llegada del Mesías, tras la reunión habitual con el resto del grupo, Daradoth se encaminó de vuelta a sus aposentos en el Palacio Vicarial. Cuando pasaba junto a la Explanada de los Peregrinos al pie de los Santuarios, vio algo que lo sorprendió. En el inicio de las enormes escalinatas de subida a los Santuarios, bajo la tenue luz de la luna, se alzaba una figura solitaria, un hombre que miraba hacia arriba, hacia la entrada al complejo, concentrado con los brazos cruzados. Los guardias no parecían molestarle, a pesar de la vigencia del toque de queda y de la espada que llevaba cruzada en su espalda. Algo extraño sucedía allí, y Daradoth se acercó, curioso y bajo sus hechizos de acecho. Sin embargo, se detuvo con con el corazón desbocado cuando el hombre pareció advertir su avance y giró un poco la cabeza, mirando por encima de su hombro. Tras unos tensos segundos, el individuo volvió a mirar al frente, descruzó los brazos e inició el ascenso con una seguridad fuera de lo común. Un brillo captó la atención de Daradoth, un brillo en la muñeca derecha del extraño; la sangre se heló en sus venas cuando reconoció una pequeña balanza dorada que lo identificaba como un Mediador. Poco después, el Mediador se detenía ante las puertas de los Santuarios, que no tardaban en abrirse y franquearle el paso; los guardias también lo habían reconocido. Daradoth se apresuró a alejarse de allí, preocupado.

El día siguiente, Symeon no tardó en enterarse del rumor que hablaba de la presencia de un Mediador en la ciudad. Normalmente aquello serían buenas noticias, pero en la reunión posterior del grupo, Daradoth les habló de la experiencia que meses atrás había tenido en el reino de Sermia con un Mediador y cómo había emitido un veredicto injusto a todas luces; aquello no parecía posible, pero la explicación de los hechos no dejó muchas dudas acerca de lo inapropiado de la sentencia, lo que hizo que el grupo añadiera una preocupación más a la lista.

Esa misma noche, haciendo uso de los contactos que les había proporcionado Ishfahän, Symeon y Taheem se infiltraron en los Santuarios, dejando en uno de los túneles cegados que habían descubierto, el más cercano al púlpito de la muralla frontal, armas y hábitos de monje.

Durante la última semana, la ciudad se había convertido en un hervidero de gente; las calles abarrotadas, las posadas llenas y multitud de campamentos provisionales se habían levantado alrededor. En los últimos días, la gente había estado yendo y viniendo para poder ver anticipadamente al Ra’Akarah en el camino, pero éste nunca se había mostrado en público. Hasta que, al alba del día siguiente, sonaron las trompetas; el Ra’Akarah, el “Hijo del Creador”, el Mesías vestalense, el Salvador, el Libertador, el Conquistador, hacía su entrada en la ciudad santa de Creá, la Ciudad del Cielo.

El antiguo Ishfahäd ra’Khameer, descendiente del profeta Khameer, ahora llamado Ishfahäd ra’Akarah o, simplemente, el Ra’Akarah, era todo lo que los vestalenses estaban esperando: un Príncipe Guerrero, de regio porte, alto, fuerte y atractivo, vestido con una túnica azul celeste, portando un gran alfanje cruzado en su espalda y a lomos de un extraordinario semental blanco que lo llevaría orgulloso a la Guerra Santa contra los infieles. Incluso el grupo detuvo sus ojos durante un momento sobre el Mesías, fascinados por su aspecto y su prestancia. Alrededor de él marchaban a camello media docena de figuras totalmente tapadas por ropas de los habitantes del desierto: sin duda, su guardia Ra’Khameer, compuesta por los descendientes del profeta que en teoría había resucitado en el Mausoleo. Detrás se podía ver la oronda y sonriente figura de Yrm Ybden, el Supremo Badir y líder del Imperio, acompañado de su bellísima esposa Sarahid ra’Ahrahäd, de pelo negro hasta la cintura, labios carnosos y ojos verdes que expresaban un punto de timidez. Multitud de otros nobles y acompañantes desconocidos para el grupo acompañaban a la comitiva: centenares y centenares de jinetes que habían pugnado por un puesto preferente en la comitiva. Varias figuras lucían las túnicas bordadas con llamas del Fuego Purificador, la hermandad que se dedicaba a castigar con el fuego a los infieles; otros lucían la distintiva túnica negra de los Verdaderos Creyentes, una nueva orden religiosa de la que el grupo había oído hablar recientemente, que no gustaba a los Inquisidores; y aquí y allá, un destello revelaba la presencia de uno de los Susurros de Creá, los asesinos de capas camaleónicas que ya se habían encontrado en los alrededores de Rheynald.

Guardia Ra'Khameer

La comitiva se dirigió a través de la avenida que se había abierto expresamente para su llegada hasta la Explanada de los Peregrinos, donde fue recibida con palabras rituales por las fuerzas religiosas y civiles. La gente gritaba y aclamaba a su Salvador; alrededor del grupo, algunas personas cayeron desmayadas por la emoción mientras Daradoth observaba todo preocupado desde los balcones del Palacio Vicarial y Galad disfrutaba de una posición en primerísima fila gracias a su puesto como guardia del shaikh. Éste disimuló perfectamente y saludó al Ra’Akarah con una profunda reverencia, al igual que el resto de nobles y clérigos reunidos. El Ra’Akarah se giró hacia la multitud agitando la mano y con una amplia sonrisa, lo que todavía enervó más a la multitud, que gritaba “¡Muerte a los infieles!” y “¡Vestán viene!”. Por el rabillo del ojo, Galad pudo ver cómo un miembro de la comitiva sacaba un puñal y daba un paso al frente, a todas luces intentando atentar contra el Mesías. No pudo ir más allá; un Susurro atravesaba limpiamente su nuca con una daga y se lo llevaba disimuladamente de allí.

Entre los gritos enardecidos y las loas de la multitud, el Ra’Akarah efectuó su ascenso a los Santuarios, seguido de los extraños guardias Ra’Khameer y de todo un Imperio.


miércoles, 5 de agosto de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 25

Creá, la Ciudad del Cielo (IX). Consecuencias.

Amparados por el caos que en la ciudad provocó el incendio en los Santuarios consiguieron llegar sin problemas a sus respectivos lugares de descanso: Galad a la mansión del shaikh, Daradoth al Palacio Vicarial y Yuria, Symeon, Taheem y Faewald a la posada. La gente, alarmada, se asomaba a las ventanas para observar el fulgor de la gran hoguera que iluminaba la parte alta de la ciudad.

Cuando Daradoth accedió al pasillo de sus aposentos, pudo ver cómo dos guardias acompañados de un sirviente se encontraban llamando a su puerta, requiriéndole salir. El sirviente lo vio enseguida, con lo que tuvo que disimular. Dijo venir de los jardines, ante las evidentes miradas de susceptibilidad de los guardias: el elfo no llevaba la ropa que en él era habitual (había tenido que usar una muda para poder utilizar los hechizos de ocultación) y además llevaba una espada en el cinto. Contra todo pronóstico, los guardias no insistieron más y Daradoth pudo entrar a sus habitaciones a descansar sin más problemas. Pero una vez dentro, oyó cómo fuera tomaban posiciones de vigilancia; al poco hacía acto de aparición el cardenal Ikhran. Éste también parecía sospechar algo raro de Daradoth, pero sus explicaciones parecieron bastarle; sin embargo, “por su propia seguridad” procedieron a confinar al elfo en sus aposentos y apostaron media docena de guardias cuyo cometido no parecía tanto vigilar que nadie entrara como vigilar que nadie saliera.

Después de descansar, el resto del grupo pasó a afrontar el problema de ocultar los libros que habían salvado de la biblioteca. Intentaron hacerlos pasar a la mansión del gobernador, con la ayuda de su esposa, pero ésta se negó alegando que era demasiado peligroso y que los contables de su esposo controlaban todo lo que entraba y salía de los almacenes. Así que no les quedó más remedio que guardarlos en sus habitaciones de la posada. Alguien tendría que quedarse de guardia con ellos en todo momento para evitar robos indeseados.

El día siguiente a mediodía, poco después de que el grupo despertara, se anunció un bando por toda la ciudad. Los pregoneros anunciaron que, debido al incendio acontecido en los Santuarios se sospechaba de elementos peligrosos en la ciudad, por lo que se establecía el toque de queda en toda la ciudad y se suspendía el derecho de reunión entre ciertas horas hasta la llegada del Ra’Akarah. Todos se miraron, preocupados. Además, el cuerpo completo de guardia se destinaría a labores de patrulla, con lo que a partir de entonces la ciudad se vio infestada de grupos de hombre con uniforme, prácticamente uno en cada esquina de las calles importantes y en muchas de las secundarias; la guardia de los Santuarios y la guardia del shaikh colaborarían en las labores de vigilancia. Los movimientos subrepticios por la ciudad serían mucho más difíciles.

Después de varios intentos fallidos por convencer a los guardias de dejarle salir de sus habitaciones, Daradoth recibió al atardecer la preocupante visita del Heraldo Mayor de Vestän, el lord Inquisidor Hadeen ra’Ilhalab. Iba acompañado del cardenal Ikhran y un par de clérigos menores; el elfo rebulló inquieto. El inquisidor le preguntó por su estancia en los jardines del Palacio Vicarial con una espada al cinto, dando vueltas y revueltas a las respuestas de Daradoth; también mostró sus sospechas por la casualidad que suponía el que precisamente se hubiera quemado la parte de la biblioteca que Daradoth visitaba a diario; pero finalmente, para alivio de éste, sin pruebas que lo implicaran en los acontecimientos de la noche pasada, sus visitantes decidieron marcharse por el momento. Sin embargo, los guardias no se marcharon, y siguieron custodiando a Daradoth.

La mañana del segundo día después del incendio el grupo de la posada bajó a desayunar, como era normal. Symeon enseguida se dio cuenta de que algo no estaba bien en aquella comida, reconoció en ella un potente barbitúrico e instó a sus compañeros a que dejaran de comer; el aviso llegó a tiempo para Faewald y Sharëd, no así para Yuria y Taheem, que en el acto comenzaron a encontrarse mareados. Los clientes de su alrededor se alejaron de ellos, mientras Symeon pudo ver cómo la posadera los señalaba, hablando con un hombre que enseguida empuñó un garrote; varios de los aparentes clientes se abalanzaron sobre ellos, mientras Yuria perdía el conocimiento y Taheem se tambaleaba. Desarmados, Sharëd, Symeon y Faewald se apresuraron para alcanzar las escaleras de subida al primer piso; el primero fue placado por uno de los guardias de incógnito; Faewald fue más rápido y llegó rápidamente a la habitación. Empuñó su espada y salió al encuentro de los guardias, permitiendo a Symeon saltar por una ventana del primer piso y escapar hacia los callejones de los bajos fondos. El propio Faewald resultó malherido en el combate, y Sharëd reducido a la inconsciencia.

Por suerte para el grupo, los guardias que los habían arrestado pertenecían a la guardia de la ciudad, y no a la de los Santuarios, pues de haber sido así, seguramente habrían sido conducidos al Palacio Vicarial y ejecutados al punto. Pero en cambio fueron conducidos a la Mansión del Gobernador, donde éste pudo verlos por casualidad y pudo ejercer influencia sobre los acontecimientos. El shaikh instó a los guardias a mantener en privado el arresto de aquellos individuos y los libros que habían encontrado en sus habitaciones, para que no trascendiera su culpabilidad. Los arrestados fueron conducidos a los calabozos sin tardanza.

Symeon, esquivando a los guardias, pudo reunirse con Galad, que como guardia del gobernador había presenciado todo el trance por el que habían pasado sus compañeros a la llegada a la mansión. Decidieron probar a contactar con Daradoth aquella noche, pero el elfo no hizo acto de aparición, optando por la prudencia en vista de lo estrechamente vigilado que lo tenían.

Tras la incomparecencia de Daradoth, a Symeon le pareció que su única opción era conseguir la ayuda de nuevos aliados y acudir al circo para hablar con maese Meravor. Era un riesgo, pero si conseguía poner en su favor al jefe de la troupe, los poderes de éste probarían ser de una utilidad extrema. Despidiéndose de Galad, partió hacia el recinto formado por los pintorescos carromatos. Serena lo condujo al punto a presencia de lord Meravor, a través de un campamento sin apenas movimiento, temerosos los artistas del toque de queda impuesto en la ciudad. Meravor reconoció enseguida a Symeon de su anterior encuentro, pero contra lo esperado por el Errante, se mostró amable, y su mujer le ofreció asiento y té con pastas. Pero Meravor pronto trocó su gesto amable por uno de preocupación al detectar algo extraño en el Errante que, según sus propias palabras, ni él mismo alcanzaba a comprender. Symeon le explicó su experiencia en el Mundo Onírico, la figura sombría que lo había atrapado y el ritual al que parecían haberlo sometido, interrumpido bruscamente por su viejo conocido. Algo oscuro había anidado en su ser, pero no tenían tiempo de preocuparse por ello en ese momento; Symeon procedió a explicarle las razones de la presencia de su grupo allí, y los acontecimientos que se habían desarrollado desde que habían llegado a Creá; fue totalmente sincero con Meravor, lo que pareció tranquilizar a éste, y le decidió a su vez a ser sincero con el Errante: Meravor había acudido a Creá por una pulsión que ni siquiera él mismo alcanzaba a comprender; algo lo arrastraba indefectiblemente hasta allí, aunque aquello ponía en peligro a muchos miembros de su compañía, pero fuera lo que fuera aquello, le había sido imposible resistirse. Aquello, a los ojos de Symeon, explicaba las críticas que los enanos o Serena habían vertido sobre Meravor al ponerlos en peligro; si es que el hombre no estaba mintiendo, claro; pero Symeon no veía mentira en sus ojos. Una vez establecida la confianza necesaria, Meravor pidió permiso a Symeon para realizar una “exploración más a fondo”, siempre que el Errante le diera su permiso y abriera su mente para que él pudiera “ver”. Los dos hombres se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos, tras los cuales Meravor se mostró a la vez aliviado y preocupado: le dijo a Symeon que había visto en él una buena persona, pero que también había visto una sombra, una imagen oscura de él mismo, agazapada y a la espera de salir. La revelación preocupó a Symeon, pero había asuntos más acuciantes de los que preocuparse de momento: no tardó en pedir a Meravor su ayuda para rescatar a sus amigos y colaborar en su misión; sus habilidades no tendrían precio en lo que estaba por venir. Meravor lo pensó largo y tendido, bebiendo lentamente sorbos de té, en unos minutos que parecieron interminables; finalmente, con unas crípticas palabras, dijo que sentía que algo malo pasaría si no ayudaba a Symeon y sus compañeros en aquel trance, lo que le decidió a aceptar implicarse.

Symeon planteó la idea que había ido madurando durante las últimas horas: con la connivencia de la esposa del gobernador, Galad y algún contacto más, organizarían una fiesta en la mansión del gobernador en la que Meravor sería la estrella invitada; con sus habilidades, debería hacer olvidar la implicación de sus amigos en el incendio y los libros robados, y quizá convencer al gobernador de liberarlos.

Mientras tanto, en la mansión, después de que Galad hubiera tratado a Faewald -por suerte para éste- con sus poderes curativos, el shaikh visitaba a los prisioneros (Yuria, Taheem, Sharëd y Faewald), dirigiéndoles fuertes palabras acerca de su ineptitud y su inconsciencia. Se suponía que tenían que pasar desapercibidos hasta la llegada del Ra’Akarah y lo que habían hecho no les ayudaba precisamente en lo más mínimo. Parecían un estorbo más que una solución a sus problemas, pero intentaría ayudarlos por última vez.

Poco más tarde, recibían la visita de lady Ilaith, interesada por el estado de Yuria. Tras comprobar que la ercestre se encontraba bien, le aseguró que haría lo que pudiera por sacarla de allí. Yuria supuso que tal ayuda no sería concedida sin retribución, pero lo que contaba en ese momento era salir de los calabozos cuanto antes.

Reunidos de nuevo, Symeon le contó a Galad el éxito de su conversación con Meravor, y los planes para la fiesta; Galad los transmitiría más tarde a la esposa del gobernador, que se mostraría encantada de colaborar. El problema sería conseguir de nuevo los libros, pues el gobernador los había guardado a buen recaudo en la mansión. Y silenciar a los guardias que habían visto los libros en posesión del grupo. Pero mejor sería tratar los problemas uno a uno.


***


Dos días después tenía lugar la fiesta, pues lady Yuridh había puesto todo su empeño en ella. Multitud de invitados acudieron al evento, y los guardias que habían participado en el arresto del grupo también se encontraban presentes, asignados a la seguridad. Meravor fue anunciado por Yuridh como un hombre de habilidades extraordinarias y dueño del circo, y pronto comenzó su actuación, sorprendiendo a todos como era lo acostumbrado. Durante el espectáculo aprovechó para utilizar sus extraordinarias habilidades, cambiando los recuerdos de los guardias y convenciendo a todos de la inocencia del grupo. Solucionado aquel asunto, al shaikh no le quedó más que llevar a cabo la pantomima de visitar a los prisioneros un par de veces con un interrogador para después declarar su inocencia y dejarlos en libertad, no sin antes jurar que no les ayudaría más. También mandó arrestar a la posadera, que era quien los había denunciado a la guardia, acusándola de falso testimonio, y se quedó con los libros que el grupo había sacado de la biblioteca.

Pasados varios días, la vigilancia sobre Daradoth se relajó y éste ya pudo utilizar de nuevo sus artes para salir del complejo sin ser advertido. Se dirigió a la posada, preocupado por sus compañeros, pero no pudo encontrarlos. Decidió dejar el aviso acordado para reunirse con Galad lo antes posible.


martes, 14 de julio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 24

Creá, la Ciudad del Cielo (VIII). Las Reliquias. La Biblioteca incendiada.
Tras realizar varios experimentos más con el talismán de Yuria, les quedó definitivamente clara la utilidad que tenía. Viendo su efecto sobre Galad, Daradoth no quiso sujetarlo, ni siquiera tocarlo. Sí lo hizo Symeon, sobre el que el colgante no pareció ejercer efecto alguno. Galad aún afinó más, y notó que el colgante no entraba en funcionamiento por el contacto, sino cuando estaba a escasos centímetros de su piel. Desde luego, si tenía el mismo efecto sobre todos, pensaban utilizarlo en el asunto del Ra’Akarah.

Durante todas aquellas jornadas, Symeon siguió intentando establecer su red en los bajos fondos; fracasados sus intentos anteriores, trató de establecer vínculos con los niños ladronzuelos del este de la ciudad, y ahí sí que obtuvo sus frutos. Dando unas monedas aquí y allá, finalmente los niños le hablaron de uno de sus compañeros, de la misma raza que Symeon. Éste se mostró sumamente interesado y consiguió que le presentaran al niño, Hérados. Tras varios días de encuentros, el niño finalmente condujo a Symeon a presencia de su “tío Sarahëd”. Por supuesto, éste, que parecía ser el coordinador de todos aquellos pilluelos, mostró una desconfianza extrema hacia el errante en primera instancia. Pero unas cuantas monedas y una vehemente conversación cambiaron su predisposición, más cuando Symeon le confió que estaba a punto de dar un golpe importante y necesitaba que los bajos fondos de la ciudad se lo permitieran. Sarahëd lo introdujo entonces al mundo (escaso) de los ladrones de Creä. Éstos estaban sometidos a mucha presión últimamente debido a la llegada del Mesías, pero la creciente población de la ciudad había aliviado algo su situación y había facilitado que volvieran a operar. Symeon fue conducido a presencia del “Gran Hombre”, que se presentó en la penumbra y no reveló en ningún momento su nombre: tres monedas de oro le permitirían cometer los robos que quisiera en la ciudad, y a cambio de otras diez, los allí reunidos le dieron su palabra de facilitarle la huida de Creä después de su “golpe maestro” (debería darle 10 monedas de oro a cierto individuo en cierto sitio para que los guiara de forma segura hasta el exterior). Además, Symeon consiguió comprar la libertad de Hérados por otra moneda de oro; adoptó al niño como su pupilo y lo llevó a la posada donde se alojaba.

Yuria siguió con sus regulares visitas a los baños en compañía del grupito que la había adoptado como amiga, y en una de las ocasiones, lady Ilaith volvió a unirse a ellas. La Princesa Comerciante volvió a insistir en su generosa oferta, y Yuria le habló de que no estaba sola allí y debería consultarlo. Ilaith la instó de nuevo a darle una contestación rápidamente, pues no sabía qué podía ocurrir con la llegada del Ra’Akarah a Creä y quería contar con ella lo antes posible. Yuria le prometió darle una contestación lo más pronto posible.

Durante aquellos días, Galad aprovechaba cualquier ocasión para pasar tiempo con Eudorya. En un par de ocasiones, sus flirteos y furtivas caricias estuvieron a punto de dar lugar a algo más, pero el paladín se contuvo, en un alarde de autocontrol. No obstante, por otro lado, durante sus conversaciones Eudorya reveló píldoras de información muy interesantes: al parecer, la mayoría de los Príncipes Comerciantes anhelaban la guerra que el Ra’Akarah traería al continente con toda probabilidad; Progeryon distaba mucho de estar de acuerdo y desconfiaba de Ilaith porque ésta estaba congregando a su alrededor mucha gente valiosa, mucho poder a su alrededor, y no cesaba de reclutar individuos que juzgaba útiles para sus intereses.

Y el momento de la visita de Daradoth a la parte prohibida de los Santuarios llegó por fin. Convocado por un sirviente, se reunió en la puerta oeste de los Santuarios con el cardenal Misdahäd, otros dos clérigos y dos de los peligrosos asesinos llamados Susurros de Creä, envueltos en sus capas camaleónicas. Poco después de entrar en el complejo de los museos, los dos clérigos que acompañaban al cardenal comenzaron a entonar oraciones en un quedo susurro, que no cesaron ya hasta que llegaron a su destino. Y el destino probó estar bien protegido: primero, una puerta de madera y acero, con dos guardias a cada lado; después atravesaron una segunda puerta más pequeña pero aún más recia y con dos guardias más, que daba acceso a una sala desde donde bajaba una estrecha escalera de caracol custodiada por aún otros dos guardias. La sensación que Daradoth sentía de fondo cuando se acercaba a los Santuarios y que ya había sentido también en Rheynald hacía meses se incrementaba. Y aún más cuando bajaron por la larguísima escalera de caracol, atravesando cuatro puestos de guardia con dos guardias en cada uno de ellos, a todas luces especialmente adiestrados para aquellas condiciones de vigilancia. La extraña comezón devino en un molesto zumbido que llegó en algún momento a nublar los pensamientos del elfo, pero tras varios segundos de desconcierto, pudo encontrar el modo de apartarlo en un rincón de su mente; y sin embargo, ahí seguía, insistente, como adviertiéndole de algo. Tras el cuarto tramo de escaleras llegaron a una nueva sala de guardia, donde los escalones acababan y eran sustituidos por una especie de montacargas operado por los propios vigilantes mediante una serie de poleas. El grupo bajó en turnos, primero el cardenal con un clérigo y luego Daradoth junto a un Susurro. Cuando el montacargas llevaba bajando unos metros, el zumbido de su mente se apagó de repente; fue una sensación extraña, un alivio seguido por una sensación de pérdida; Daradoth notaba que su poder, su Esencia, se escapaba de su ser; con un esfuerzo titánico consiguió resistir la sensación y permanecer consciente, pero no sabía cuánto tiempo lo conseguiría. Llegaron a la base, donde se abría una caverna artificial, a todas luces muy antigua, con grabados que Daradoth no reconoció. Podrían ser grabados élficos antiguos, pero no estaba seguro, y en su estado no encontraba la concentración necesaria para pensar. Los clérigos cesaron en sus oraciones, y el cardenal Misdahäd pidió a los guardias de la puerta que les abrieran; acto seguido, se giró hacia Daradoth y en lo que le pareció una fórmula ritual, le dijo:

—Os invito a entrar a este santuario libremente y en paz.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, mientras sentía que su lucidez se iba desvaneciendo con cada segundo que pasaba, Daradoth se apresuró a atravesar el -sorprendentemente- sencillo portal. Accedió a una magnífica sala subterránea, bellamente orlada y tallada, que sin duda había sufrido un gran desgaste desde su creación. Pero no quiso distraerse con la arquitectura: se centró en la media docena de reliquias que, en sendos altares, se encontraban distribuidas por la sala. Más rápido de lo que le hubiera gustado debido al creciente mareo, Daradoth contempló los objetos, mientras el cardenal le relataba algo de la historia de cada uno. El primero era un libro, pero no cualquier libro, sino el Vrítero original, la escritura sagrada de los vestalenses, inspirada a los escribas por el propio Vestán y que se guardaba a salvo de posibles expolios; el segundo era una gran espada de bellísima hoja, una empuñadura blanca y la guarda en forma de alas. Según le dijo Misdahäd no era otra que la espada que empuñó el Padre del Imperio, el profeta Khameer, cuando liberó a los vestalenses del yugo Sermio. El tercer objeto dejó helada la sangre de Daradoth: una daga negra enteramente tallada con runas y que sospechó de ser una kothmorui, una Daga Negra de la Sombra. La única explicación que el cardenal dio sobre aquel objeto fue que era peligroso y por eso lo habían guardado allí, donde parecía serlo menos. El cuarto objeto, al fondo de la sala y separado de los demás era una bella espada de hoja verdemar reposando sobre unas telas, que el cardenal contó que habían encontrado en unas extrañas ruinas de una antigua ciudadela en la orilla este del lago Irsuvil; Misdahäd advirtió a Daradoth que no se acercara demasiado, pero éste, en su apresuramiento, ya lo había hecho; oyó una voz en su mente que aún le aturdió más, que decía algo como “sácame de aquíiiiii, ¡libérame, por favor!”. ¿Era su cabeza que le jugaba una mala pasada, o la espada acababa de hablarle? Los Susurros, cuyas capas habían dejado de hacer su efecto de camuflaje desde que habían bajado por el montacargas, lo alejaron hacia el siguiente objeto. Éste, en el lado opuesto a la Daga Negra, era un bastón de ébano, también negro como la noche, bellísimamente trabajado y tallado; Misdahäd contó que había sido encontrado cerca de la espada verde, en las mismas ruinas, y que aunque no sabían qué era había sido depositado allí pues también era peligroso, al igual que la Daga. El sexto objeto era una especie de relicario, un colgante, del que Daradoth no alcanzó a oír la historia, pues en ese momento trataba con todas sus fuerzas de mantener la consciencia; a los pocos segundos se desplomaba, desprovisto del contacto con la Esencia.

Daradoth despertó ya en el Palacio, muy débil, ante la sorpresa del cardenal Ikhran, que no creía que un elfo fuera a ser afectado de aquella forma por las entrañas del Santuario. Nadie parecía saber muy bien qué pasaba en aquel subterráneo, aunque podían sospecharlo.

Ya recuperado Daradoth y reunido el grupo, el elfo tuvo un encontronazo con Symeon al discutir acerca del cambio de actitud que el último había sufrido a raíz de su última experiencia onírica. Gracias a la mediación de Yuria, la cosa no fue a mayores y todo volvió a la normalidad. Daradoth aprovechó entonces para contarles todo lo que había visto en los Santuarios, lo extremadamente protegidos que estaban y sus sospechas de una zona “libre de poder” que dificultaría el acceso a cualquiera capaz de sentirlo.

Un par de días después, se anunciaron bandos por toda la ciudad: alguien había intentado atentar contra la vida del Ra’Akarah y se instaba a todos los fieles de Creä a transmitir sus sospechas a la autoridad competente sobre la presencia de posibles amenazas para el Mesías en la ciudad; pero debía tratarse de sospechas fundadas, porque se castigaría duramente a aquellos que simplemente buscaran poner en un aprieto a sus vecinos.

También pudieron ver cómo llegaban a la ciudad un par más de comitivas de prisioneros aherrojados, acusados de brujería.

Pocos días antes de la presunta fecha de llegada del Ra’Akarah fueron contactados por fin por Ishfahan, el antiguo compañero de Taheem. Por fin había llegado el momento de colarse en los Santuarios, pues había conseguido sobornar a todos aquellos que estarían de guardia la noche anterior a la fecha esperada. Los condujo a través del monasterio, presentándolos (excepto a Daradoth) a todos aquellos que deberían franquearles el paso a partir de entonces. Ya en el interior del complejo, Ishfahan les indicó los puntos muertos en los ángulos de visión de los vigilantes, y las torres y almenas donde éstos se encontraban; Symeon lo memorizó todo perfectamente. Una vez en la Basílica, Ishfahan se despidió cuando le dieron el resto del dinero, indicándoles dónde encontrarlo si necesitaban algo. El grupo se dedicó a recorrer la basílica y el entorno del púlpito público desde donde seguramente el Ra’Akarah se dirigiría a sus hordas de fieles. Descubrieron así varios túneles cegados que partían de tres de los templos situados en la explanada principal, que podrían usar como escondite; pero la visita fue algo accidentada, y en el interior de la basílica, Taheem tuvo que dar cuenta de uno de los clérigos que se acercó peligrosamente a ellos. Viendo el desastre en que se podía convertir la noche y las dificultades que tendrían para entrar de nuevo a los Santuarios si se descubría el cuerpo, un plan se fue gestando en las mentes de Daradoth y Symeon. Ambos habían oído de diferentes fuentes en las jornadas anteriores que el Ra’Akarah seguramente daría la orden de quemar los libros de la biblioteca, así que decidieron salvar todo lo que pudieran. Con las habilidades arcanas de Daradoth y las más mundanas de Symeon y Yuria, consiguieron -de una forma muy accidentada- entrar a la biblioteca. Acto seguido, esquivando a los guardias, se dirigieron hacia la parte reservada, donde una puerta impedía el acceso; además, una alarma estaba claramente conectada a la puerta, lo que dificultaba aún más las cosas. No obstante, tras muchos minutos de intentos, finalmente consiguieron abrirla, mientras al otro lado se oía una voz, trémula e interrogante: “¿Quién está ahí? Sakhëed, ¿eres tú?”. Galad intentó disimular, contestando afirmativamente, pero no lo consiguió, y el anciano que había hablado empezó a gritar pidiendo ayuda, con lo que el paladín tuvo que irrumpir violentamente en la habitación; dos clérigos, uno anciano y otro más joven, lo miraron aterrados, horrorizados por alguien que empuñaba una espada en aquel recinto sagrado; a Galad y Daradoth no les costó nada reducirlos, dejarlos inconscientes y atarlos. Su suerte en esa noche continuó siendo inmensa, y ningún guardia acudió alertado por los gritos del anciano.

Acto seguido, pasaron a seleccionar los libros que “salvarían del Ra’Akarah”. No podían arriesgarse a que el Mesías Vestalense destruyera aquellos tesoros. Con las capacidades de Daradoth sería posible hacer pasar los grandes tomos por otra cosa, y los pergaminos deberían ir dentro de bolsas y ropas. Pero otro problema había surgido: no podían marcharse sin más dejando a los clérigos atados, el cadáver en la Basílica y varios libros ausentes. Con dolor y remordimiento inmenso (los clérigos eran víctimas inocentes en todo aquello y Yuria tuvo que acabar con ellos a espaldas del resto), arrastraron el cadáver de la basílica hasta la biblioteca y a continuación provocaron un incendio que previsiblemente borraría todo rastro de que habían estado allí y haría que todo pareciera un desafortunado accidente.

Aprovechando la confusión del incendio, con los hechizos de íncursión de Daradoth no tardaron en salir del complejo a través del monasterio y llegar a salvo a la ciudad, mientras en lo alto de la colina de los santuarios resplandecía con intensidad la gran almenara en la que se había convertido el ala reservada de la biblioteca...


miércoles, 24 de junio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 23

Creá, la Ciudad del Cielo (VII). Symeon despierta. Un extraño amuleto.

Eudorya Athalen de Nïmthos
Galad atravesaba los jardines de la mansión del Shaikh dirigiéndose a su habitual asignación de guardia de los huéspedes Príncipes Comerciantes, mientras éstos se encontraban inmersos en una conversación relativamente acalorada, sostenida en su propio idioma. Bajo unas enredaderas, protegiéndose del calor, se habían reunido Progeryon, Eudorya y Déor de Ladris, junto con algunos sirvientes. Los conocimientos de estigio del paladín le permitieron entender algunos fragmentos sueltos de la discusión que le resultaron sumamente interesantes: de la boca de un acalorado Progeryon salían las palabras “alta tración” y “no debemos”, “honor y deber”; a Déor se le notaba cada vez más alterado, mirando continuamente alrededor y contestando al joven príncipe de una forma algo brusca; Eudorya ejercía sin duda de intermediaria entre los dos, intentando calmar los ánimos e instándoles continuamente a bajar la voz. La conversación acabó cuando otro de los Príncipes, Knatos de Armir, se acercó al grupo. Todo pasó a ser más distendido y, finalmente el grupo se disolvió; Eudorya hizo ademán de acercarse a Galad, pero pareció pensárselo mejor y dando media vuelta se alejó en dirección contraria.

Más tarde, en la posada, se reunía el grupo al completo ante el lecho de Symeon, donde éste se agitaba inquieto y sufriendo contenidamente. Galad intentó ayudarle: tocando la mano del errante inconsciente canalizó hacia él un Aura de Protección. Lo siguiente no lo esperaba: una oleada de retroceso en forma de frío intenso invadió al paladín, que se mareó, sintiendo que algo iba tremendamente mal; el dolor de cabeza le provocó una mueca de dolor; pero al instante, la sensación cambió de manera que Galad no podría explicarlo más tarde, una sensación mucho más placentera y de seguridad, que lo confudió pero a la vez tranquilizó.

A medida que la transcurría la tarde, Symeon fue presa de unos espasmos cada vez más incontrolados y bruscos. A Yuria y Daradoth sólo se les ocurrió ir al circo en busca de Serena, la Errante; en el pasado, otra Errante, Azalea, había podido ayudar a Symeon en un trance parecido, y no sabían si aquello era común a todas ellas; ante la falta de una alternativa mejor, se desplazaron a la gran explanada donde el circo estaba levantando su carpa y se reunieron con Serena. Pero ésta se aterró cuando le sugirieron salir del recinto para cruzar media ciudad vestalense. Según les contó la muchacha, el camino hasta Creá había sido muy duro, tanto los dos enanos como maese Meravor habían sido acusados de brujería por un inquisidor, y mucha gente los había tratado como tales desde entonces. Así las cosas, Serena no entendía por qué Meravor había seguido insistiendo en marchar hacia Creá y meterse en el ojo del huracán. Pero aunque algunos miembros de la troupe habían planteado su incomodidad, Meravor gozaba de un gran ascendiente ante todos ellos y los había convencido de acudir a Creá, donde llevarían a cabo “la mejor función de su vida”. Yuria preguntó a la chica dónde se encontraban los enanos entonces, y ésta le respondió que no tenía ni idea; pero a todas luces, estaba mintiendo. Decidieron no insistir más y en lugar de sacar a la errante del recinto, traer a Symeon lo más discretamente que pudieran, al atardecer.

Serena la huérfana
Cuando estaban preparándolo todo para llevar a Symeon al circo, éste se incorporó de un salto, chorreando de sudor y con un fuerte alarido que puso a todos en guardia. Cuando Yuria acudió a ayudarle, el errante le propinó un violento empellón que la lanzó contra la pared, mientras él caía hacia atrás y quedaba tumbado, agotado y sin resuello. Durmió toda la noche.

Por la mañana, la memoria sobre lo que había sucedido en el Mundo Onírico era esquiva para el Errante, que sólo pudo balbucear leves impresiones de lo que le había sucedido en su inconsciencia, y mencionar algo acerca de unas figuras sombrías comandadas por una silueta irreconocible que parecía tener siempre una fuerte luz detrás. Con el paso de las horas, Symeon iría recobrando la memoria de lo que había sucedido, y compartiría la experiencia con el grupo (aunque éstos no sabrían si se guardaba algo para sí). Varias figuras lo habían hecho prisionero y había conseguido escapar con la ayuda de un desconocido. No obstante, la actitud del Errante parecía haber cambiado desde que despertara: se mostraba más agresivo y algunos comentarios impropios del pacifismo de los errantes sembraron la duda en el grupo.

Más tarde, Yuria y Symeon, acompañados por Daradoth con un hechizo de ocultación, se dirigían al circo para intentar encontrarse con los enanos. Antes, Symeon pudo hablar con Serena, que se alegró sobremanera de verla (al contrario que Symeon, que parecía relativamente frío y distante). La muchacha le contó de nuevo los problemas que habían tenido por el camino, y veladamente le reveló en qué carromato se encontraban los enanos, que evidentemente seguían en el circo. Y aún siguieron hablando algo más, con la sugerencia de Serena de que ella y Symeon podrían incorporarse a alguna caravana de Buscadores cuando todo aquello pasara; Daradoth se sobresaltó cuando escuchó la respuesta de Symeon: lejos de mostrarse anhelante y feliz de que la muchacha le propusiera aquello, el Errante contestó con escuetos monosílabos y pasó a explicar por qué creía que su pueblo había estado equivocado hasta entonces, y que quizá deberían usar medios menos pacíficos para resolver los problemas; habría que reunir a su pueblo y definitivamente “cambiar las cosas”; Daradoth se quedó petrificado por la forma de hablar de su amigo; realmente le había ocurrido algo que lo había cambiado profundamente.

Daradoth hizo un aparte con Symeon cuando éste se despidió de Serena. Le reveló que lo encontraba demasiado cambiado como para ser un hecho normal, ante lo que Symeon no reaccionó bien y acabó con el intercambio bruscamente.

De vuelta a la posada, Symeon buscó a Galad para que lo confesara, como ya había hecho en el pasado con Aldur. Amparado por el secreto de confesión, el Errante contó al paladín cómo sentía estar traicionando a su pueblo al mostrarse más receptivo hacia las armas y la violencia, y al creer que todos los errantes deberían alzarse en armas; ahora creía en aquello sin duda y eso era lo que más lo aterraba.

Poco después, Fajeema hacía acto de aparición en la posada buscando a Yuria; la vestalense pretendía que todo volviera a la normalidad entre ellas, después del asunto de la tela varlagh. Yuria aceptó sus disculpas y retomaron la rutina de las visitas a los baños y la mezquita.

Después tuvo lugar la reunión que tenían pendiente entre el grupo, el Shaikh y la delegación ercestre. La reunión discurrió de una forma muy abstrusa, muy difícil. Después de que su petición fuera rechazada por los ercestres y la mujer del gobernador, el grupo pretendía que fuera lord Esmahäd quien les proporcionara las doscientas monedas de oro que solicitaba el antiguo compañero de Taheem, Ishfahän. Por supuesto, el shaikh necesitaba garantías, pues esa cantidad era una pequeña fortuna de la que no podía desprenderse así como así; cuando oyó al grupo mencionar un posible objeto de poder que el Ra’Akarah podía pretender conseguir al llegar a Creá, el gobernador pidió que le proporcionaran tal objeto a cambio. A esto, claro, el grupo se negaba, con lo que la conversación llegó varias veces a un punto muerto del que no creían que podrían salir.

Pero finalmente se llegó a un acuerdo, con la ayuda de la mediación ercestre; el grupo al completo tendría la ayuda del shaikh por que aceptaron realizar el juramento formal (especialmente vinculante en el caso del paladín). Juraron que intentarían por todos los medios a su alcance, fuera o no fuera el verdadero Ra’Akarah el individuo que se acercaba a Creá, impedir su llegada al poder (matándolo, desenmascarándolo o como fuera). Protegían así los intereses del shaikh y el desequilibrio en Aredia, todo en uno. No era el acuerdo más ventajoso que se podía obtener, pero era un acuerdo.

Mientras sus compañeros asistían a la reunión con los ercestres y el gobernador, Daradoth se había quedado en el Palacio Arzobispal; evitaría así que el shaikh lo relacionara con los demás, por si acaso. Pidió una audiencia con el Sumo Vicario y le fue concedida. El elfo tenía una petición que hacer: deseaba acceder a la parte prohibida de los Museos de los Santuarios. El Sumo Vicario se negó en primera instancia, preguntándole qué esperaba encontrar allí, pero ante la insistencia de Daradoth transigió; el día siguiente, el Cardenal Misdahäd, le acompañaría en su acceso a los Museos, pero previamente, Daradoth debería jurar formalmente que no desvelaría a nadie nada de lo que allí pudiera ver. El elfo consiguió evitar a tiempo que una sonrisa asomara en su rostro.

Con la sensación agridulce del acuerdo alcanzado con el shaikh, se dirigieron ya de noche al circo, donde los artistas se encontraban ya preparando sus respectivas funciones. Sin demasiados problemas pudieron acceder al recinto interior y llegar al carromato de Narak y Zandûr. Tras saludarse fríamente, Zandûr presentó su artilugio a Yuria. Se trataba de una especie de farolillo que, con el pensamiento adecuado, lanzaba una lengua de fuego por uno de sus extremos; con eso Yuria podría calentar el aire de su globo. Como había prometido, proporcionó una copia de los planos al enano, y a continuación éste pasó a explicarle a la ercestre cómo usar el aparato. Sin embargo, Yuria no fue capaz de sacar ni la más mísera llama del artefacto; no así Daradoth o Galad, que con suma facilidad lo hicieron arder. Por más que lo intentó, Yuria no fue capaz de hacerlo funcionar, lo que acrecentó aún más las sospechas del grupo de que algo en Yuria impedía la canalización del poder en su persona. Aún así, dándoles las gracias, Yuria guardó el pequeño aparato y la conversación derivó a los problemas que la troupe había tenido en su periplo hacia Creá; los enanos confirmaron las palabras de Serena y la extrañeza que les causaba que Meravor hubiera insistido en viajar hasta allí. Comentaron entonces las extrañas habilidades de Meravor, su verdadera naturaleza y sus posibles intenciones al ir hasta Creá, pero los enanos no pudieron confirmar nada.

Ya reunidos, Yuria decidió revelar sus cartas y confirmar algo que había venido sospechando desde la ceremonia de circuncision de Daradoth. Se quitó el colgante que le había regalado su tía Orestia e hizo la prueba de sacar fuego del artilugio de Zandûr; efectivamente, allí estaba: una llama firme y potente. Se puso el colgante de nuevo y fue incapaz de sacar ni el más mínimo rescoldo; los demás se miraron, extrañados. A petición de Galad, Yuria le dejó el colgante, y todos se precipitaron a ayudar al paladín cuando éste se desplomó inconsciente por los efectos de la joya. Más tarde les explicaría que había sido como si su ser se volcara al colgante hasta dejarlo agotado.

Después de un silencio meditabundo, todos coincidieron en que aquel objeto debía, de alguna manera, absorber el poder de su alrededor y anularlo; era algo que ni siquiera sabían que pudiera existir, pero quizá también algo que podía ayudarlos en lo que estaba por venir…


viernes, 12 de junio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 22

Creá, la Ciudad del Cielo (VI). Una mujer poderosa. ¿Resurrecciones?.

Según lady Ilaith, Fajeema y su esposo Rashid le habían ofrecido un nuevo producto, la tela de los varlagh por la que se había interesado Yuria unos días atrás. El comerciante, que ya tenía algunos acuerdos con los varlagh, había llegado en pocos días a formalizar unos tratos por los que se hacía con el monopolio de la tela, instado por su mujer, a su vez intrigada por la curiosidad que había despertado en su amiga ercestre. Y tras la conversación que Ilaith habia mantenido con Yuria, la intriga por la utilidad que ésta le querría dar a la tela también había hecho mella en ella. La princesa comerciante se había dado cuenta de la gran capacidad de Yuria para la innovación militar, y quería saber por qué motivo se había mostrado tan sumamente interesada en algo aparentemente tan mundano. Durante toda la explicación, Fajeema había mostrado un rostro culpable, pues evidentemente había traicionado la confianza de Yuria a sus espaldas.

Taheem, antiguo guardia y
Señor de la Esgrima
Cuando Yuria requirió quedarse a solas con lady Ilaith, ésta no se lo pensó e hizo salir a todo el mundo de la habitación. A cambio de la sinceridad de la ercestre, la princesa también se sinceró: explicó que los tiempos que se avecinaban eran inciertos, que el Ra’Akarah podía complicar mucho la situación en Aredia, y que las relaciones entre los propios Príncipes Comerciantes eran tirantes. Así que había decidido prepararse para lo que fuera que se avecinara, y rodearse de las mejores mentes y soldados que fuera posible conseguir; por supuesto, estaba interesada en los servicios de Yuria como comandante de sus tropas, y si ésta aceptaba, además de la previsible gloria que podría ganar, tendría riquezas como nunca había llegado a imaginar. Ante esto, Yuria tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para permanecer impasible y responder a Ilaith con respuestas vagas para dejar el asunto en suspenso. A continuación explicó a la princesa su idea del globo aerostático, y las posibilidades que podría tener para las operaciones militares y el transporte. Para contrastar informacion y opiniones, lady Ilaith convocó a su mejor asesor científico, un antiguo marino del Imperio del Káikar de cabeza despoblada y largo bigote, llamado Methan. Durante la conversación, el kairk no dejó de poner trabas a las explicaciones científicas de Yuria, basándose en sus conocimientos de náutica, pero la vehemencia y los superiores conocimientos de la ercestre terminaron por silenciar al hombre. Ilaith sonrió, complacida por la confirmación de no haberse equivocado con Yuria, y renovó su oferta por los servicios de la mujer. Yuria consiguió darle largas y dejar el asunto pendiente hasta que pasara todo el asunto del Ra’Akarah, pero mientras se dirigía a reunirse con el resto del grupo, su sonrisa era amplia; no era mala cosa que alguien tan poderoso como Ilaith se hubiera dado cuenta de su verdadera valía. Por supuesto, no todo eran buenas noticias: según había afirmado la princesa comerciante, no iba a renunciar a hacerse con el comercio de la exótica tela, e iba a aceptar el trato con Rashid; así que si la promesa de riquezas y gloria no era suficiente, tenía otro factor de presión: la única manera de que Yuria pudiera construir su globo aerostático era ponerse bajo las órdenes de Ilaith y tener así acceso ilimitado a las reservas de la manufactura varlagh, que ellos llamaban verr-ko-intag.


Cuando Yuria abandonaba la preencia de Ilaith, ésta se despidió con una inesperada frase: “recuerdos para lady Eleria”. La ercestre no pudo sino esbozar una sonrisa al sentirse halagada: Ilaith creía que era una espía de Ercestria nada más y nada menos que bajo el mando directo de la jefa del servicio; pero su sonrisa se borró enseguida cuando cayó en la cuenta de que el puesto de Eleria era un secreto de estado y se suponía que nadie debía saber que ella era la cabeza de su espionaje. Sin embargo, tenía preocupaciones más acuciantes y eso sería algo de lo que ocuparse más adelante.

Horas más tarde, con el grupo reunido al completo, Yuria les explicó todo lo que había sucedido durante la conversación con Ilaith y la generosa oferta que le había hecho. El grupo tomó la noticia con cautela, y para sorpresa de todos, fue Faewald quien se mostró más a favor de considerarla seriamente. Desde el principio del viaje, el hermano de sangre de Valeryan y Symeon había tenido el convencimiento de que el rey les había encomendado aquella misión para conducirlos a su muerte, y según sus palabras, quizá ya era tiempo de buscar nuevos horizontes fuera de Esthalia. Además, expresó su temor de que cuando volvieran a Rheynald, el duque o el hermano de Valeryan hubieran ocupado el puesto de éste al frente de la marca. Esto hizo pensar al resto sobre el futuro si conseguían sobrevivir al Ra’Akarah.

Después pasaron a compartir las experiencias extrasensoriales que la mayoría de ellos, excepto Yuria, habían sentido durante la ceremonia de circuncisión de Daradoth. La conversación derivó hacia la extraña resistencia que Yuria exhibía ante los fenómenos sobrenaturales, y dedicaron unos minutos a intentar clarificar aquel asunto. Daradoth intentó canalizar poder hacia ella, sin éxito, y al preguntársele, afirmó que no creía llevar nada encima que fuera capaz de hacerla inmune a tales fenómenos, pero pensaría seriamente sobre aquello. Todos sospecharon que Yuria sabía más de lo que afirmaba conocer, pero decidieron darle tiempo para sincerarse.

Poco rato después, al anochecer, se reunieron en un lugar discreto con Ishfahän, el antiguo compañero de Taheem en la guardia de los Santuarios. Como este último les había dicho, Ishfahän había perdido a un hermano a manos de los Inquisidores, acusados de brujería, y no sólo eso, sino también un par de parientes más. El hombre albergaba un odio profundo hacia los inquisidores y el giro que había adoptado el vestalismo con los últimos decretos; justo lo que necesitaban, sin duda. Pero lograr que les ayudara a entrar a los Santuarios traicionando a sus superiores era harina de otro costal, y el vestalense les preguntó insistentemente por sus motivaciones hasta que Faewald, desesperado, decidió contarle la verdad y revelarle su intención de matar al Ra’Akarah o, al menos, desenmascararlo como un farsante. Unos segundos de tenso silencio siguieron a esta revelación, hasta que Ishfahän movió la cabeza afirmativamente y cada uno de ellos lanzó un imperceptible suspiro de alivio. Sin embargo, el guardia afirmó que aquello no sería fácil y seguramente necesitaría rehacer su vida lejos de allí si les ayudaba; su ayuda tendría un precio: 100 monedas de oro para él y otras 100 para sobornos y posibles gastos imprevistos. El grupo se miró con preocupación; no reunían ni de lejos aquella suma, pero aquello era demasiado importante para dejarlo pasar por unas cuantas monedas, así que estrecharon la mano de Ishfahän, cerrando el trato.

Discutiendo después los pormenores, Ishfahän les sugirió que se olvidaran de los túneles bajo la colina, pues desde unos meses a esta parte, la mayoría habían sido cegados o cerrados con rejas; algunos seguían abiertos, pero la vigilancia era demasiado numerosa e intensa como para plantearse pasar por allí; no obstante, intentaría sobornar a suficientes guardas para poder pasar por uno de ellos si era necesario; pero la opción más segura pasaba por atravesar la parte oriental de los Santuarios, el monasterio donde los monjes cumplían sus votos más difíciles. Pero sin el dinero no se podría hacer nada. Se despidieron, acordando un lugar de reunión donde proporcionarían el dinero al guardia.

Tras esto, los ercestres convocaron al grupo a una reunión clandestina, como siempre. En el lugar se encontraron con Rania Talos y uno de los hombres de confianza del duque, con cara de preocupación. Los habían convocado porque tenían noticias que darles: desde varias fuentes muy fiables, les había llegado un preocupante rumor; meses atrás no le habrían dado importancia, tachándolo de exagerado y fantasioso, pero la conversación que habían tenido semanas atrás con Daradoth había cambiado la percepción que ahora tenían de todo. Al parecer, el Ra’Akarah y toda su comitiva se habían detenido en el Mausoleo de Ra’Khameer. En él se encontraban enterrados los descendientes de Khameer, el profeta y mártir fundador de la religión vestalense. Hasta ahí todo normal. El problema es que, según se contaba, el Ra’Akarah había invocado y canalizado el poder de Vestán y habían conseguido resucitar a los descendientes de Khameer, que ahora le acompañaban en su peregrinaje, como silenciosos guardianes de la Fe. La noticia era en verdad inquietante si era cierta, y en esto insistía vehementemente Rania. Daradoth sintió un escalofrío, preocupado por lo que podía significar aquello, y compartió sus preocupaciones con el resto. Que Rania también les contara que cada vez recibían menos informaciones de sus contactos en la Comitiva Sagrada aún contribuyó a preocuparlos aún más.

Al atardecer, Symeon decidió por iniciativa propia viajar a través del Mundo Onírico hasta el Mausoleo de Ra’Khameer, para investigar que podía estar sucediendo allí.

Y no fue una buena idea.

En las inmediaciones del Mausoleo todavía se encontraba acampada la comitiva del Ra’Akarah, con todo lo que eso significaba si éste era un ente de Poder o un servidor de la Sombra. En cuanto Symeon se Deslizó a través de la realidad onírica hasta las cercanías del monumento (que se mostraba claro y brillante en aquella realidad), pudo ver una pequeña multitud de figuras grises y borrosas alrededor; y lo peor, una fuerte presencia que le erizó el vello y le causó escalofríos, una presencia que a su vez se mostró sorprendida y soltó una imprecación al percibir al Errante. Éste intentó concentrarse para Deslizarse lejos de allí en cuanto percibió la amenaza, mientras giraba la cabeza para verla; no pudo ver mucho, pues la presencia se mostraba como una silueta oscura con una luz brillante detrás, un efecto que Symeon no tenía ni idea de cómo lograr tan perfectamente. Se desesperó cuando su Deslizamiento no tuvo efecto; algo le impedía progresar, algo lo retenía en aquel lugar; la presencia soltó una queda risa. No era oponente para aquel ser.

Por la mañana, Symeon no despertó. Por más que intentaron despertarlo, no lo consiguieron. Aquello sí que era un problema grave, pues Yuria supuso que algo le había sucedido en aquél Mundo Onírico que el Errante era capaz de visitar en sueños.

En el exterior, una alegre musiquilla y varios payasos anunciaban por fin una noticia que el grupo había estado esperando con ansiedad: el circo de maese Meravor llegaba por fin a Creá.