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martes, 14 de julio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 24

Creá, la Ciudad del Cielo (VIII). Las Reliquias. La Biblioteca incendiada.
Tras realizar varios experimentos más con el talismán de Yuria, les quedó definitivamente clara la utilidad que tenía. Viendo su efecto sobre Galad, Daradoth no quiso sujetarlo, ni siquiera tocarlo. Sí lo hizo Symeon, sobre el que el colgante no pareció ejercer efecto alguno. Galad aún afinó más, y notó que el colgante no entraba en funcionamiento por el contacto, sino cuando estaba a escasos centímetros de su piel. Desde luego, si tenía el mismo efecto sobre todos, pensaban utilizarlo en el asunto del Ra’Akarah.

Durante todas aquellas jornadas, Symeon siguió intentando establecer su red en los bajos fondos; fracasados sus intentos anteriores, trató de establecer vínculos con los niños ladronzuelos del este de la ciudad, y ahí sí que obtuvo sus frutos. Dando unas monedas aquí y allá, finalmente los niños le hablaron de uno de sus compañeros, de la misma raza que Symeon. Éste se mostró sumamente interesado y consiguió que le presentaran al niño, Hérados. Tras varios días de encuentros, el niño finalmente condujo a Symeon a presencia de su “tío Sarahëd”. Por supuesto, éste, que parecía ser el coordinador de todos aquellos pilluelos, mostró una desconfianza extrema hacia el errante en primera instancia. Pero unas cuantas monedas y una vehemente conversación cambiaron su predisposición, más cuando Symeon le confió que estaba a punto de dar un golpe importante y necesitaba que los bajos fondos de la ciudad se lo permitieran. Sarahëd lo introdujo entonces al mundo (escaso) de los ladrones de Creä. Éstos estaban sometidos a mucha presión últimamente debido a la llegada del Mesías, pero la creciente población de la ciudad había aliviado algo su situación y había facilitado que volvieran a operar. Symeon fue conducido a presencia del “Gran Hombre”, que se presentó en la penumbra y no reveló en ningún momento su nombre: tres monedas de oro le permitirían cometer los robos que quisiera en la ciudad, y a cambio de otras diez, los allí reunidos le dieron su palabra de facilitarle la huida de Creä después de su “golpe maestro” (debería darle 10 monedas de oro a cierto individuo en cierto sitio para que los guiara de forma segura hasta el exterior). Además, Symeon consiguió comprar la libertad de Hérados por otra moneda de oro; adoptó al niño como su pupilo y lo llevó a la posada donde se alojaba.

Yuria siguió con sus regulares visitas a los baños en compañía del grupito que la había adoptado como amiga, y en una de las ocasiones, lady Ilaith volvió a unirse a ellas. La Princesa Comerciante volvió a insistir en su generosa oferta, y Yuria le habló de que no estaba sola allí y debería consultarlo. Ilaith la instó de nuevo a darle una contestación rápidamente, pues no sabía qué podía ocurrir con la llegada del Ra’Akarah a Creä y quería contar con ella lo antes posible. Yuria le prometió darle una contestación lo más pronto posible.

Durante aquellos días, Galad aprovechaba cualquier ocasión para pasar tiempo con Eudorya. En un par de ocasiones, sus flirteos y furtivas caricias estuvieron a punto de dar lugar a algo más, pero el paladín se contuvo, en un alarde de autocontrol. No obstante, por otro lado, durante sus conversaciones Eudorya reveló píldoras de información muy interesantes: al parecer, la mayoría de los Príncipes Comerciantes anhelaban la guerra que el Ra’Akarah traería al continente con toda probabilidad; Progeryon distaba mucho de estar de acuerdo y desconfiaba de Ilaith porque ésta estaba congregando a su alrededor mucha gente valiosa, mucho poder a su alrededor, y no cesaba de reclutar individuos que juzgaba útiles para sus intereses.

Y el momento de la visita de Daradoth a la parte prohibida de los Santuarios llegó por fin. Convocado por un sirviente, se reunió en la puerta oeste de los Santuarios con el cardenal Misdahäd, otros dos clérigos y dos de los peligrosos asesinos llamados Susurros de Creä, envueltos en sus capas camaleónicas. Poco después de entrar en el complejo de los museos, los dos clérigos que acompañaban al cardenal comenzaron a entonar oraciones en un quedo susurro, que no cesaron ya hasta que llegaron a su destino. Y el destino probó estar bien protegido: primero, una puerta de madera y acero, con dos guardias a cada lado; después atravesaron una segunda puerta más pequeña pero aún más recia y con dos guardias más, que daba acceso a una sala desde donde bajaba una estrecha escalera de caracol custodiada por aún otros dos guardias. La sensación que Daradoth sentía de fondo cuando se acercaba a los Santuarios y que ya había sentido también en Rheynald hacía meses se incrementaba. Y aún más cuando bajaron por la larguísima escalera de caracol, atravesando cuatro puestos de guardia con dos guardias en cada uno de ellos, a todas luces especialmente adiestrados para aquellas condiciones de vigilancia. La extraña comezón devino en un molesto zumbido que llegó en algún momento a nublar los pensamientos del elfo, pero tras varios segundos de desconcierto, pudo encontrar el modo de apartarlo en un rincón de su mente; y sin embargo, ahí seguía, insistente, como adviertiéndole de algo. Tras el cuarto tramo de escaleras llegaron a una nueva sala de guardia, donde los escalones acababan y eran sustituidos por una especie de montacargas operado por los propios vigilantes mediante una serie de poleas. El grupo bajó en turnos, primero el cardenal con un clérigo y luego Daradoth junto a un Susurro. Cuando el montacargas llevaba bajando unos metros, el zumbido de su mente se apagó de repente; fue una sensación extraña, un alivio seguido por una sensación de pérdida; Daradoth notaba que su poder, su Esencia, se escapaba de su ser; con un esfuerzo titánico consiguió resistir la sensación y permanecer consciente, pero no sabía cuánto tiempo lo conseguiría. Llegaron a la base, donde se abría una caverna artificial, a todas luces muy antigua, con grabados que Daradoth no reconoció. Podrían ser grabados élficos antiguos, pero no estaba seguro, y en su estado no encontraba la concentración necesaria para pensar. Los clérigos cesaron en sus oraciones, y el cardenal Misdahäd pidió a los guardias de la puerta que les abrieran; acto seguido, se giró hacia Daradoth y en lo que le pareció una fórmula ritual, le dijo:

—Os invito a entrar a este santuario libremente y en paz.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, mientras sentía que su lucidez se iba desvaneciendo con cada segundo que pasaba, Daradoth se apresuró a atravesar el -sorprendentemente- sencillo portal. Accedió a una magnífica sala subterránea, bellamente orlada y tallada, que sin duda había sufrido un gran desgaste desde su creación. Pero no quiso distraerse con la arquitectura: se centró en la media docena de reliquias que, en sendos altares, se encontraban distribuidas por la sala. Más rápido de lo que le hubiera gustado debido al creciente mareo, Daradoth contempló los objetos, mientras el cardenal le relataba algo de la historia de cada uno. El primero era un libro, pero no cualquier libro, sino el Vrítero original, la escritura sagrada de los vestalenses, inspirada a los escribas por el propio Vestán y que se guardaba a salvo de posibles expolios; el segundo era una gran espada de bellísima hoja, una empuñadura blanca y la guarda en forma de alas. Según le dijo Misdahäd no era otra que la espada que empuñó el Padre del Imperio, el profeta Khameer, cuando liberó a los vestalenses del yugo Sermio. El tercer objeto dejó helada la sangre de Daradoth: una daga negra enteramente tallada con runas y que sospechó de ser una kothmorui, una Daga Negra de la Sombra. La única explicación que el cardenal dio sobre aquel objeto fue que era peligroso y por eso lo habían guardado allí, donde parecía serlo menos. El cuarto objeto, al fondo de la sala y separado de los demás era una bella espada de hoja verdemar reposando sobre unas telas, que el cardenal contó que habían encontrado en unas extrañas ruinas de una antigua ciudadela en la orilla este del lago Irsuvil; Misdahäd advirtió a Daradoth que no se acercara demasiado, pero éste, en su apresuramiento, ya lo había hecho; oyó una voz en su mente que aún le aturdió más, que decía algo como “sácame de aquíiiiii, ¡libérame, por favor!”. ¿Era su cabeza que le jugaba una mala pasada, o la espada acababa de hablarle? Los Susurros, cuyas capas habían dejado de hacer su efecto de camuflaje desde que habían bajado por el montacargas, lo alejaron hacia el siguiente objeto. Éste, en el lado opuesto a la Daga Negra, era un bastón de ébano, también negro como la noche, bellísimamente trabajado y tallado; Misdahäd contó que había sido encontrado cerca de la espada verde, en las mismas ruinas, y que aunque no sabían qué era había sido depositado allí pues también era peligroso, al igual que la Daga. El sexto objeto era una especie de relicario, un colgante, del que Daradoth no alcanzó a oír la historia, pues en ese momento trataba con todas sus fuerzas de mantener la consciencia; a los pocos segundos se desplomaba, desprovisto del contacto con la Esencia.

Daradoth despertó ya en el Palacio, muy débil, ante la sorpresa del cardenal Ikhran, que no creía que un elfo fuera a ser afectado de aquella forma por las entrañas del Santuario. Nadie parecía saber muy bien qué pasaba en aquel subterráneo, aunque podían sospecharlo.

Ya recuperado Daradoth y reunido el grupo, el elfo tuvo un encontronazo con Symeon al discutir acerca del cambio de actitud que el último había sufrido a raíz de su última experiencia onírica. Gracias a la mediación de Yuria, la cosa no fue a mayores y todo volvió a la normalidad. Daradoth aprovechó entonces para contarles todo lo que había visto en los Santuarios, lo extremadamente protegidos que estaban y sus sospechas de una zona “libre de poder” que dificultaría el acceso a cualquiera capaz de sentirlo.

Un par de días después, se anunciaron bandos por toda la ciudad: alguien había intentado atentar contra la vida del Ra’Akarah y se instaba a todos los fieles de Creä a transmitir sus sospechas a la autoridad competente sobre la presencia de posibles amenazas para el Mesías en la ciudad; pero debía tratarse de sospechas fundadas, porque se castigaría duramente a aquellos que simplemente buscaran poner en un aprieto a sus vecinos.

También pudieron ver cómo llegaban a la ciudad un par más de comitivas de prisioneros aherrojados, acusados de brujería.

Pocos días antes de la presunta fecha de llegada del Ra’Akarah fueron contactados por fin por Ishfahan, el antiguo compañero de Taheem. Por fin había llegado el momento de colarse en los Santuarios, pues había conseguido sobornar a todos aquellos que estarían de guardia la noche anterior a la fecha esperada. Los condujo a través del monasterio, presentándolos (excepto a Daradoth) a todos aquellos que deberían franquearles el paso a partir de entonces. Ya en el interior del complejo, Ishfahan les indicó los puntos muertos en los ángulos de visión de los vigilantes, y las torres y almenas donde éstos se encontraban; Symeon lo memorizó todo perfectamente. Una vez en la Basílica, Ishfahan se despidió cuando le dieron el resto del dinero, indicándoles dónde encontrarlo si necesitaban algo. El grupo se dedicó a recorrer la basílica y el entorno del púlpito público desde donde seguramente el Ra’Akarah se dirigiría a sus hordas de fieles. Descubrieron así varios túneles cegados que partían de tres de los templos situados en la explanada principal, que podrían usar como escondite; pero la visita fue algo accidentada, y en el interior de la basílica, Taheem tuvo que dar cuenta de uno de los clérigos que se acercó peligrosamente a ellos. Viendo el desastre en que se podía convertir la noche y las dificultades que tendrían para entrar de nuevo a los Santuarios si se descubría el cuerpo, un plan se fue gestando en las mentes de Daradoth y Symeon. Ambos habían oído de diferentes fuentes en las jornadas anteriores que el Ra’Akarah seguramente daría la orden de quemar los libros de la biblioteca, así que decidieron salvar todo lo que pudieran. Con las habilidades arcanas de Daradoth y las más mundanas de Symeon y Yuria, consiguieron -de una forma muy accidentada- entrar a la biblioteca. Acto seguido, esquivando a los guardias, se dirigieron hacia la parte reservada, donde una puerta impedía el acceso; además, una alarma estaba claramente conectada a la puerta, lo que dificultaba aún más las cosas. No obstante, tras muchos minutos de intentos, finalmente consiguieron abrirla, mientras al otro lado se oía una voz, trémula e interrogante: “¿Quién está ahí? Sakhëed, ¿eres tú?”. Galad intentó disimular, contestando afirmativamente, pero no lo consiguió, y el anciano que había hablado empezó a gritar pidiendo ayuda, con lo que el paladín tuvo que irrumpir violentamente en la habitación; dos clérigos, uno anciano y otro más joven, lo miraron aterrados, horrorizados por alguien que empuñaba una espada en aquel recinto sagrado; a Galad y Daradoth no les costó nada reducirlos, dejarlos inconscientes y atarlos. Su suerte en esa noche continuó siendo inmensa, y ningún guardia acudió alertado por los gritos del anciano.

Acto seguido, pasaron a seleccionar los libros que “salvarían del Ra’Akarah”. No podían arriesgarse a que el Mesías Vestalense destruyera aquellos tesoros. Con las capacidades de Daradoth sería posible hacer pasar los grandes tomos por otra cosa, y los pergaminos deberían ir dentro de bolsas y ropas. Pero otro problema había surgido: no podían marcharse sin más dejando a los clérigos atados, el cadáver en la Basílica y varios libros ausentes. Con dolor y remordimiento inmenso (los clérigos eran víctimas inocentes en todo aquello y Yuria tuvo que acabar con ellos a espaldas del resto), arrastraron el cadáver de la basílica hasta la biblioteca y a continuación provocaron un incendio que previsiblemente borraría todo rastro de que habían estado allí y haría que todo pareciera un desafortunado accidente.

Aprovechando la confusión del incendio, con los hechizos de íncursión de Daradoth no tardaron en salir del complejo a través del monasterio y llegar a salvo a la ciudad, mientras en lo alto de la colina de los santuarios resplandecía con intensidad la gran almenara en la que se había convertido el ala reservada de la biblioteca...


miércoles, 24 de junio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 23

Creá, la Ciudad del Cielo (VII). Symeon despierta. Un extraño amuleto.

Eudorya Athalen de Nïmthos
Galad atravesaba los jardines de la mansión del Shaikh dirigiéndose a su habitual asignación de guardia de los huéspedes Príncipes Comerciantes, mientras éstos se encontraban inmersos en una conversación relativamente acalorada, sostenida en su propio idioma. Bajo unas enredaderas, protegiéndose del calor, se habían reunido Progeryon, Eudorya y Déor de Ladris, junto con algunos sirvientes. Los conocimientos de estigio del paladín le permitieron entender algunos fragmentos sueltos de la discusión que le resultaron sumamente interesantes: de la boca de un acalorado Progeryon salían las palabras “alta tración” y “no debemos”, “honor y deber”; a Déor se le notaba cada vez más alterado, mirando continuamente alrededor y contestando al joven príncipe de una forma algo brusca; Eudorya ejercía sin duda de intermediaria entre los dos, intentando calmar los ánimos e instándoles continuamente a bajar la voz. La conversación acabó cuando otro de los Príncipes, Knatos de Armir, se acercó al grupo. Todo pasó a ser más distendido y, finalmente el grupo se disolvió; Eudorya hizo ademán de acercarse a Galad, pero pareció pensárselo mejor y dando media vuelta se alejó en dirección contraria.

Más tarde, en la posada, se reunía el grupo al completo ante el lecho de Symeon, donde éste se agitaba inquieto y sufriendo contenidamente. Galad intentó ayudarle: tocando la mano del errante inconsciente canalizó hacia él un Aura de Protección. Lo siguiente no lo esperaba: una oleada de retroceso en forma de frío intenso invadió al paladín, que se mareó, sintiendo que algo iba tremendamente mal; el dolor de cabeza le provocó una mueca de dolor; pero al instante, la sensación cambió de manera que Galad no podría explicarlo más tarde, una sensación mucho más placentera y de seguridad, que lo confudió pero a la vez tranquilizó.

A medida que la transcurría la tarde, Symeon fue presa de unos espasmos cada vez más incontrolados y bruscos. A Yuria y Daradoth sólo se les ocurrió ir al circo en busca de Serena, la Errante; en el pasado, otra Errante, Azalea, había podido ayudar a Symeon en un trance parecido, y no sabían si aquello era común a todas ellas; ante la falta de una alternativa mejor, se desplazaron a la gran explanada donde el circo estaba levantando su carpa y se reunieron con Serena. Pero ésta se aterró cuando le sugirieron salir del recinto para cruzar media ciudad vestalense. Según les contó la muchacha, el camino hasta Creá había sido muy duro, tanto los dos enanos como maese Meravor habían sido acusados de brujería por un inquisidor, y mucha gente los había tratado como tales desde entonces. Así las cosas, Serena no entendía por qué Meravor había seguido insistiendo en marchar hacia Creá y meterse en el ojo del huracán. Pero aunque algunos miembros de la troupe habían planteado su incomodidad, Meravor gozaba de un gran ascendiente ante todos ellos y los había convencido de acudir a Creá, donde llevarían a cabo “la mejor función de su vida”. Yuria preguntó a la chica dónde se encontraban los enanos entonces, y ésta le respondió que no tenía ni idea; pero a todas luces, estaba mintiendo. Decidieron no insistir más y en lugar de sacar a la errante del recinto, traer a Symeon lo más discretamente que pudieran, al atardecer.

Serena la huérfana
Cuando estaban preparándolo todo para llevar a Symeon al circo, éste se incorporó de un salto, chorreando de sudor y con un fuerte alarido que puso a todos en guardia. Cuando Yuria acudió a ayudarle, el errante le propinó un violento empellón que la lanzó contra la pared, mientras él caía hacia atrás y quedaba tumbado, agotado y sin resuello. Durmió toda la noche.

Por la mañana, la memoria sobre lo que había sucedido en el Mundo Onírico era esquiva para el Errante, que sólo pudo balbucear leves impresiones de lo que le había sucedido en su inconsciencia, y mencionar algo acerca de unas figuras sombrías comandadas por una silueta irreconocible que parecía tener siempre una fuerte luz detrás. Con el paso de las horas, Symeon iría recobrando la memoria de lo que había sucedido, y compartiría la experiencia con el grupo (aunque éstos no sabrían si se guardaba algo para sí). Varias figuras lo habían hecho prisionero y había conseguido escapar con la ayuda de un desconocido. No obstante, la actitud del Errante parecía haber cambiado desde que despertara: se mostraba más agresivo y algunos comentarios impropios del pacifismo de los errantes sembraron la duda en el grupo.

Más tarde, Yuria y Symeon, acompañados por Daradoth con un hechizo de ocultación, se dirigían al circo para intentar encontrarse con los enanos. Antes, Symeon pudo hablar con Serena, que se alegró sobremanera de verla (al contrario que Symeon, que parecía relativamente frío y distante). La muchacha le contó de nuevo los problemas que habían tenido por el camino, y veladamente le reveló en qué carromato se encontraban los enanos, que evidentemente seguían en el circo. Y aún siguieron hablando algo más, con la sugerencia de Serena de que ella y Symeon podrían incorporarse a alguna caravana de Buscadores cuando todo aquello pasara; Daradoth se sobresaltó cuando escuchó la respuesta de Symeon: lejos de mostrarse anhelante y feliz de que la muchacha le propusiera aquello, el Errante contestó con escuetos monosílabos y pasó a explicar por qué creía que su pueblo había estado equivocado hasta entonces, y que quizá deberían usar medios menos pacíficos para resolver los problemas; habría que reunir a su pueblo y definitivamente “cambiar las cosas”; Daradoth se quedó petrificado por la forma de hablar de su amigo; realmente le había ocurrido algo que lo había cambiado profundamente.

Daradoth hizo un aparte con Symeon cuando éste se despidió de Serena. Le reveló que lo encontraba demasiado cambiado como para ser un hecho normal, ante lo que Symeon no reaccionó bien y acabó con el intercambio bruscamente.

De vuelta a la posada, Symeon buscó a Galad para que lo confesara, como ya había hecho en el pasado con Aldur. Amparado por el secreto de confesión, el Errante contó al paladín cómo sentía estar traicionando a su pueblo al mostrarse más receptivo hacia las armas y la violencia, y al creer que todos los errantes deberían alzarse en armas; ahora creía en aquello sin duda y eso era lo que más lo aterraba.

Poco después, Fajeema hacía acto de aparición en la posada buscando a Yuria; la vestalense pretendía que todo volviera a la normalidad entre ellas, después del asunto de la tela varlagh. Yuria aceptó sus disculpas y retomaron la rutina de las visitas a los baños y la mezquita.

Después tuvo lugar la reunión que tenían pendiente entre el grupo, el Shaikh y la delegación ercestre. La reunión discurrió de una forma muy abstrusa, muy difícil. Después de que su petición fuera rechazada por los ercestres y la mujer del gobernador, el grupo pretendía que fuera lord Esmahäd quien les proporcionara las doscientas monedas de oro que solicitaba el antiguo compañero de Taheem, Ishfahän. Por supuesto, el shaikh necesitaba garantías, pues esa cantidad era una pequeña fortuna de la que no podía desprenderse así como así; cuando oyó al grupo mencionar un posible objeto de poder que el Ra’Akarah podía pretender conseguir al llegar a Creá, el gobernador pidió que le proporcionaran tal objeto a cambio. A esto, claro, el grupo se negaba, con lo que la conversación llegó varias veces a un punto muerto del que no creían que podrían salir.

Pero finalmente se llegó a un acuerdo, con la ayuda de la mediación ercestre; el grupo al completo tendría la ayuda del shaikh por que aceptaron realizar el juramento formal (especialmente vinculante en el caso del paladín). Juraron que intentarían por todos los medios a su alcance, fuera o no fuera el verdadero Ra’Akarah el individuo que se acercaba a Creá, impedir su llegada al poder (matándolo, desenmascarándolo o como fuera). Protegían así los intereses del shaikh y el desequilibrio en Aredia, todo en uno. No era el acuerdo más ventajoso que se podía obtener, pero era un acuerdo.

Mientras sus compañeros asistían a la reunión con los ercestres y el gobernador, Daradoth se había quedado en el Palacio Arzobispal; evitaría así que el shaikh lo relacionara con los demás, por si acaso. Pidió una audiencia con el Sumo Vicario y le fue concedida. El elfo tenía una petición que hacer: deseaba acceder a la parte prohibida de los Museos de los Santuarios. El Sumo Vicario se negó en primera instancia, preguntándole qué esperaba encontrar allí, pero ante la insistencia de Daradoth transigió; el día siguiente, el Cardenal Misdahäd, le acompañaría en su acceso a los Museos, pero previamente, Daradoth debería jurar formalmente que no desvelaría a nadie nada de lo que allí pudiera ver. El elfo consiguió evitar a tiempo que una sonrisa asomara en su rostro.

Con la sensación agridulce del acuerdo alcanzado con el shaikh, se dirigieron ya de noche al circo, donde los artistas se encontraban ya preparando sus respectivas funciones. Sin demasiados problemas pudieron acceder al recinto interior y llegar al carromato de Narak y Zandûr. Tras saludarse fríamente, Zandûr presentó su artilugio a Yuria. Se trataba de una especie de farolillo que, con el pensamiento adecuado, lanzaba una lengua de fuego por uno de sus extremos; con eso Yuria podría calentar el aire de su globo. Como había prometido, proporcionó una copia de los planos al enano, y a continuación éste pasó a explicarle a la ercestre cómo usar el aparato. Sin embargo, Yuria no fue capaz de sacar ni la más mísera llama del artefacto; no así Daradoth o Galad, que con suma facilidad lo hicieron arder. Por más que lo intentó, Yuria no fue capaz de hacerlo funcionar, lo que acrecentó aún más las sospechas del grupo de que algo en Yuria impedía la canalización del poder en su persona. Aún así, dándoles las gracias, Yuria guardó el pequeño aparato y la conversación derivó a los problemas que la troupe había tenido en su periplo hacia Creá; los enanos confirmaron las palabras de Serena y la extrañeza que les causaba que Meravor hubiera insistido en viajar hasta allí. Comentaron entonces las extrañas habilidades de Meravor, su verdadera naturaleza y sus posibles intenciones al ir hasta Creá, pero los enanos no pudieron confirmar nada.

Ya reunidos, Yuria decidió revelar sus cartas y confirmar algo que había venido sospechando desde la ceremonia de circuncision de Daradoth. Se quitó el colgante que le había regalado su tía Orestia e hizo la prueba de sacar fuego del artilugio de Zandûr; efectivamente, allí estaba: una llama firme y potente. Se puso el colgante de nuevo y fue incapaz de sacar ni el más mínimo rescoldo; los demás se miraron, extrañados. A petición de Galad, Yuria le dejó el colgante, y todos se precipitaron a ayudar al paladín cuando éste se desplomó inconsciente por los efectos de la joya. Más tarde les explicaría que había sido como si su ser se volcara al colgante hasta dejarlo agotado.

Después de un silencio meditabundo, todos coincidieron en que aquel objeto debía, de alguna manera, absorber el poder de su alrededor y anularlo; era algo que ni siquiera sabían que pudiera existir, pero quizá también algo que podía ayudarlos en lo que estaba por venir…


viernes, 12 de junio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 22

Creá, la Ciudad del Cielo (VI). Una mujer poderosa. ¿Resurrecciones?.

Según lady Ilaith, Fajeema y su esposo Rashid le habían ofrecido un nuevo producto, la tela de los varlagh por la que se había interesado Yuria unos días atrás. El comerciante, que ya tenía algunos acuerdos con los varlagh, había llegado en pocos días a formalizar unos tratos por los que se hacía con el monopolio de la tela, instado por su mujer, a su vez intrigada por la curiosidad que había despertado en su amiga ercestre. Y tras la conversación que Ilaith habia mantenido con Yuria, la intriga por la utilidad que ésta le querría dar a la tela también había hecho mella en ella. La princesa comerciante se había dado cuenta de la gran capacidad de Yuria para la innovación militar, y quería saber por qué motivo se había mostrado tan sumamente interesada en algo aparentemente tan mundano. Durante toda la explicación, Fajeema había mostrado un rostro culpable, pues evidentemente había traicionado la confianza de Yuria a sus espaldas.

Taheem, antiguo guardia y
Señor de la Esgrima
Cuando Yuria requirió quedarse a solas con lady Ilaith, ésta no se lo pensó e hizo salir a todo el mundo de la habitación. A cambio de la sinceridad de la ercestre, la princesa también se sinceró: explicó que los tiempos que se avecinaban eran inciertos, que el Ra’Akarah podía complicar mucho la situación en Aredia, y que las relaciones entre los propios Príncipes Comerciantes eran tirantes. Así que había decidido prepararse para lo que fuera que se avecinara, y rodearse de las mejores mentes y soldados que fuera posible conseguir; por supuesto, estaba interesada en los servicios de Yuria como comandante de sus tropas, y si ésta aceptaba, además de la previsible gloria que podría ganar, tendría riquezas como nunca había llegado a imaginar. Ante esto, Yuria tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para permanecer impasible y responder a Ilaith con respuestas vagas para dejar el asunto en suspenso. A continuación explicó a la princesa su idea del globo aerostático, y las posibilidades que podría tener para las operaciones militares y el transporte. Para contrastar informacion y opiniones, lady Ilaith convocó a su mejor asesor científico, un antiguo marino del Imperio del Káikar de cabeza despoblada y largo bigote, llamado Methan. Durante la conversación, el kairk no dejó de poner trabas a las explicaciones científicas de Yuria, basándose en sus conocimientos de náutica, pero la vehemencia y los superiores conocimientos de la ercestre terminaron por silenciar al hombre. Ilaith sonrió, complacida por la confirmación de no haberse equivocado con Yuria, y renovó su oferta por los servicios de la mujer. Yuria consiguió darle largas y dejar el asunto pendiente hasta que pasara todo el asunto del Ra’Akarah, pero mientras se dirigía a reunirse con el resto del grupo, su sonrisa era amplia; no era mala cosa que alguien tan poderoso como Ilaith se hubiera dado cuenta de su verdadera valía. Por supuesto, no todo eran buenas noticias: según había afirmado la princesa comerciante, no iba a renunciar a hacerse con el comercio de la exótica tela, e iba a aceptar el trato con Rashid; así que si la promesa de riquezas y gloria no era suficiente, tenía otro factor de presión: la única manera de que Yuria pudiera construir su globo aerostático era ponerse bajo las órdenes de Ilaith y tener así acceso ilimitado a las reservas de la manufactura varlagh, que ellos llamaban verr-ko-intag.


Cuando Yuria abandonaba la preencia de Ilaith, ésta se despidió con una inesperada frase: “recuerdos para lady Eleria”. La ercestre no pudo sino esbozar una sonrisa al sentirse halagada: Ilaith creía que era una espía de Ercestria nada más y nada menos que bajo el mando directo de la jefa del servicio; pero su sonrisa se borró enseguida cuando cayó en la cuenta de que el puesto de Eleria era un secreto de estado y se suponía que nadie debía saber que ella era la cabeza de su espionaje. Sin embargo, tenía preocupaciones más acuciantes y eso sería algo de lo que ocuparse más adelante.

Horas más tarde, con el grupo reunido al completo, Yuria les explicó todo lo que había sucedido durante la conversación con Ilaith y la generosa oferta que le había hecho. El grupo tomó la noticia con cautela, y para sorpresa de todos, fue Faewald quien se mostró más a favor de considerarla seriamente. Desde el principio del viaje, el hermano de sangre de Valeryan y Symeon había tenido el convencimiento de que el rey les había encomendado aquella misión para conducirlos a su muerte, y según sus palabras, quizá ya era tiempo de buscar nuevos horizontes fuera de Esthalia. Además, expresó su temor de que cuando volvieran a Rheynald, el duque o el hermano de Valeryan hubieran ocupado el puesto de éste al frente de la marca. Esto hizo pensar al resto sobre el futuro si conseguían sobrevivir al Ra’Akarah.

Después pasaron a compartir las experiencias extrasensoriales que la mayoría de ellos, excepto Yuria, habían sentido durante la ceremonia de circuncisión de Daradoth. La conversación derivó hacia la extraña resistencia que Yuria exhibía ante los fenómenos sobrenaturales, y dedicaron unos minutos a intentar clarificar aquel asunto. Daradoth intentó canalizar poder hacia ella, sin éxito, y al preguntársele, afirmó que no creía llevar nada encima que fuera capaz de hacerla inmune a tales fenómenos, pero pensaría seriamente sobre aquello. Todos sospecharon que Yuria sabía más de lo que afirmaba conocer, pero decidieron darle tiempo para sincerarse.

Poco rato después, al anochecer, se reunieron en un lugar discreto con Ishfahän, el antiguo compañero de Taheem en la guardia de los Santuarios. Como este último les había dicho, Ishfahän había perdido a un hermano a manos de los Inquisidores, acusados de brujería, y no sólo eso, sino también un par de parientes más. El hombre albergaba un odio profundo hacia los inquisidores y el giro que había adoptado el vestalismo con los últimos decretos; justo lo que necesitaban, sin duda. Pero lograr que les ayudara a entrar a los Santuarios traicionando a sus superiores era harina de otro costal, y el vestalense les preguntó insistentemente por sus motivaciones hasta que Faewald, desesperado, decidió contarle la verdad y revelarle su intención de matar al Ra’Akarah o, al menos, desenmascararlo como un farsante. Unos segundos de tenso silencio siguieron a esta revelación, hasta que Ishfahän movió la cabeza afirmativamente y cada uno de ellos lanzó un imperceptible suspiro de alivio. Sin embargo, el guardia afirmó que aquello no sería fácil y seguramente necesitaría rehacer su vida lejos de allí si les ayudaba; su ayuda tendría un precio: 100 monedas de oro para él y otras 100 para sobornos y posibles gastos imprevistos. El grupo se miró con preocupación; no reunían ni de lejos aquella suma, pero aquello era demasiado importante para dejarlo pasar por unas cuantas monedas, así que estrecharon la mano de Ishfahän, cerrando el trato.

Discutiendo después los pormenores, Ishfahän les sugirió que se olvidaran de los túneles bajo la colina, pues desde unos meses a esta parte, la mayoría habían sido cegados o cerrados con rejas; algunos seguían abiertos, pero la vigilancia era demasiado numerosa e intensa como para plantearse pasar por allí; no obstante, intentaría sobornar a suficientes guardas para poder pasar por uno de ellos si era necesario; pero la opción más segura pasaba por atravesar la parte oriental de los Santuarios, el monasterio donde los monjes cumplían sus votos más difíciles. Pero sin el dinero no se podría hacer nada. Se despidieron, acordando un lugar de reunión donde proporcionarían el dinero al guardia.

Tras esto, los ercestres convocaron al grupo a una reunión clandestina, como siempre. En el lugar se encontraron con Rania Talos y uno de los hombres de confianza del duque, con cara de preocupación. Los habían convocado porque tenían noticias que darles: desde varias fuentes muy fiables, les había llegado un preocupante rumor; meses atrás no le habrían dado importancia, tachándolo de exagerado y fantasioso, pero la conversación que habían tenido semanas atrás con Daradoth había cambiado la percepción que ahora tenían de todo. Al parecer, el Ra’Akarah y toda su comitiva se habían detenido en el Mausoleo de Ra’Khameer. En él se encontraban enterrados los descendientes de Khameer, el profeta y mártir fundador de la religión vestalense. Hasta ahí todo normal. El problema es que, según se contaba, el Ra’Akarah había invocado y canalizado el poder de Vestán y habían conseguido resucitar a los descendientes de Khameer, que ahora le acompañaban en su peregrinaje, como silenciosos guardianes de la Fe. La noticia era en verdad inquietante si era cierta, y en esto insistía vehementemente Rania. Daradoth sintió un escalofrío, preocupado por lo que podía significar aquello, y compartió sus preocupaciones con el resto. Que Rania también les contara que cada vez recibían menos informaciones de sus contactos en la Comitiva Sagrada aún contribuyó a preocuparlos aún más.

Al atardecer, Symeon decidió por iniciativa propia viajar a través del Mundo Onírico hasta el Mausoleo de Ra’Khameer, para investigar que podía estar sucediendo allí.

Y no fue una buena idea.

En las inmediaciones del Mausoleo todavía se encontraba acampada la comitiva del Ra’Akarah, con todo lo que eso significaba si éste era un ente de Poder o un servidor de la Sombra. En cuanto Symeon se Deslizó a través de la realidad onírica hasta las cercanías del monumento (que se mostraba claro y brillante en aquella realidad), pudo ver una pequeña multitud de figuras grises y borrosas alrededor; y lo peor, una fuerte presencia que le erizó el vello y le causó escalofríos, una presencia que a su vez se mostró sorprendida y soltó una imprecación al percibir al Errante. Éste intentó concentrarse para Deslizarse lejos de allí en cuanto percibió la amenaza, mientras giraba la cabeza para verla; no pudo ver mucho, pues la presencia se mostraba como una silueta oscura con una luz brillante detrás, un efecto que Symeon no tenía ni idea de cómo lograr tan perfectamente. Se desesperó cuando su Deslizamiento no tuvo efecto; algo le impedía progresar, algo lo retenía en aquel lugar; la presencia soltó una queda risa. No era oponente para aquel ser.

Por la mañana, Symeon no despertó. Por más que intentaron despertarlo, no lo consiguieron. Aquello sí que era un problema grave, pues Yuria supuso que algo le había sucedido en aquél Mundo Onírico que el Errante era capaz de visitar en sueños.

En el exterior, una alegre musiquilla y varios payasos anunciaban por fin una noticia que el grupo había estado esperando con ansiedad: el circo de maese Meravor llegaba por fin a Creá.


viernes, 5 de junio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 21

Creá, la Ciudad del Cielo (V). Circuncisión y conspiraciones.

Cuando el grupo investigó un poco más, pululando por el campamento de las tropas de los Príncipes Comerciantes, se les hizo evidente que el contingente era esperado por los dirigentes vestalenses. Por lógica, una división de tropas como aquella no podía pasar inadvertida a través de medio país. Yuria y Symeon, los más versados en política y saber mundano, compartieron con los demás sus conocimientos acerca del número de principados comerciantes, su forma de gobierno mediante Cámara de Representantes, y sus sospechas de que aquello no era sino una delegación diplomática enviada para honrar los acuerdos de la Confederación con el Imperio; estas sospechas se confirmarían más tarde. En el Palacio Vicarial, conversando con varios clérigos, Daradoth se interesó por el hecho de que los Comerciantes fueran bien recibidos en Creá a pesar de no ser vestalenses, dado el fanatismo que los monjes mostraban con las gentes de a pie. Un par de miradas suspicaces le dieron a entender que no era buena idea seguir por ese camino. Algunas horas más tarde, la lujosa delegación salía del Palacio Vicarial y se dirigía a la Mansión del shaikh, escoltados por él en persona; se alojarían en la residencia del gobernador civil y no en el palacio del Sumo Vicario.

Santuarios de Creâ


Symeon siguió intentando hacer contactos en los bajos fondos con los pequeños ladronzuelos y pillastres varios, pero un par de monedas allí y la bolsa asomando por allá hicieron que tuviera que desistir momentáneamente en su empeño al descubrir varios sujetos que lo seguían con la intención de robarle y quién sabía qué más.

Daradoth se reunió con el cardenal Ikhran. El clérigo le confirmó que los Príncipes Comerciantes habían enviado una delegación, y que si era voluntad del Badir Supremo admitir infieles en sus tierras ellos no eran quiénes para oponerse.

Lady Ilaith Meral, Princesa Comerciante de Tarkal
La vida de Yuria después del incidente con la caravana de prisioneros pronto volvió a la rutina que ya había establecido en Creá. Tras el shock que supuso el episodio, su grupo de nuevas “amigas”, encabezado por Fajeema y Sorahid volvió a recomponerse y a visitar baños y tiendas con asiduidad. Pero a los pocos días, una nueva mujer se unió al grupo. Para la enorme sorpresa de Yuria, Fajeema le presentó a una nueva amiga, elegante, madura y bella, que no era otra que lady Ilaith Meral, Princesa Comerciante monarca de Tarkal. Durante la visita a los baños, Yuria notó como sus acompañantes habituales se desvivían por agradar a la princesa; la mayoría de ellas eran esposas de ricos mercaderes, y veían en la princesa una oportunidad de que sus maridos se enriquecieran aún más. Sin embargo, lady Ilaith huía de tales atenciones, e incluso parecían desagradarla según los expertos ojos de Yuria. Ésta no pudo sino sentirse a gusto desde el principio con la Princesa; la mujer de larguísimo pelo negro era inteligentísima y su mirada reflejaba la velocidad de sus pensamientos. Además, Ilaith enseguida adivinó el interesante pasado que Yuria ocultaba, y su animada charla y segundas intenciones acabaron por desarmar a la ercestre, que finalmente, casi sin darse cuenta, desveló más información de la que pretendía sobre su pasado. Yuria, además, animada por el interés y la actitud de la mujer, se pasó casi dos horas hablando acerca de sus ideas sobre tácticas y teorías militares. Para cuando se dio cuenta del tiempo que había estado hablando, Ilaith ya había despedido de su presencia al resto de aburridas mujeres, y Yuria calló incómoda; no obstante, se sintió ampliamente reconfortada cuando Ilaith calificó a los ercestres de “estúpidos” por haber forzado el exilio de una “joya visionaria” como ella. No pudo evitar que una sonrisa asomara en su rostro normalmente serio. Tras ello, las dos mujeres se despidieron con un beso y promesas de un pronto reencuentro.

Mientras Galad se dirigía a acompañar a lady Yuridh en su asignación periódica de protección a la esposa del shaikh, vio que ésta se encontraba en compañía de nuevos inquilinos de la casa. Varias damas de compañía y guardianes eunucos rodeaban a una bellísima joven de pelo negro y ojos felinos cuyos pómulos se arrebolaron visiblemente al acercarse el paladín. Yuridh se la presentó: la joven era Eudorya Arthalen, la hija del Príncipe Comerciante señor de Nimthos, uno de los principados más ricos de la Confederación. Las chispas de la atracción saltaron con el primer contacto de Galad y Eudorya; en la breve conversación formal que mantuvieron, ella no dejó de jugar con un bucle de su pelo, y el paladín apenas pudo dejar de mirar a sus maravillosos ojos. En un aparte, lady Yuridh dejó claro a Galad que esa muchacha podría tener gran importancia en el futuro; y ella los había puesto en contacto, así que esperaba que no desaprovechara la ocasión de sacar algo de tajada de la situación. En los días siguientes, con la ayuda de la esposa del shaikh no fue difícil que Galad entablara un par de discretas conversaciones con Eudorya; el paladín la interrogó lo más discretamente que le fue posible acerca del motivo de la presencia de la delegación en el Imperio Vestalense, la situación política en la Confederación y demás.

La atracción y el flirteo de la pareja iba en aumento con cada conversación sucesiva, y finalmente, un atardecer, no lo pudieron evitar y se besaron. Galad sintió enervarse cada fragmento de su ser, y el deseo creció peligrosamente para sus votos. Afortunada o desafortunadamente, cuando ya se encontraba estrechando a Eudorya entre sus brazos, ésta lo rechazó, apartándose a un lado y sollozando. El paladín sintió cosas que no le gustaban en su interior cuando la princesa le reveló que estaba prometida con un importante miembro de la nobleza de su país, y no podía hacer aquello, pues quería llegar pura al matrimonio; no era una exigencia, pero sí algo ampliamente aprobado por las costumbres de su país. Tranquilizándose, Galad la consoló y, aunque volvieron a besarse, no dejaron que la cosa fuera a mayores.

Y varios días después llegaba una nueva delegación a Creä. Un grupo nutrido de jinetes, cerca de un centenar de hombres serios y magníficos, hizo acto de aparición por el camino del norte. La gente no los recibió con ovaciones y sonrisas, como a los Príncipes Comerciantes; en su lugar, al paso de los enormes caballos, murmuraban y miraban con recelo. El grupo los reconoció sin tardanza: los orgullosos jinetes eran ástaros, Altos Hombres del Pacto de los Seis. Miraban orgullosos a su alrededor, con rostros lampiños salvo en contadas excepciones y gemas sostenidas por cordeles sobre el centro de sus frentes. Equipados con armadura y luciendo armas de gran calidad, sin lugar a duda eran militares; como más tarde se enterarían, procedían de la llamada “Región del Pacto”, una franja de tierra al norte del Imperio Vestalense que en pasado había impedido la expansión de éste a través de la península sur de Tramartos. La visión de los soldados era, sin lugar a dudas, intimidatoria; profundos ojos grises escrutaban a los presentes, haciendo sentir incómodo a aquel con cuya mirada se cruzaban; los caballos de guerra, los más enormes y lustrosos que el grupo hubiera visto, ayudaban a hacer aún más impresionante la altura y robustez de los Páctiros. Como antes habían hecho los Príncipes Comerciantes, se reunieron en la explanada principal ante los Santuarios con las fuerzas vivas de la ciudad al completo. Y ese no fue un encuentro relajado como había sido el de los Príncipes; enseguida surgieron las tensiones y, por requerimiento de los recién llegados, todos los inquisidores presentes en la delegación tuvieron que volver grupas y retornar al Palacio Vicarial, para indignación de los clérigos. Tras la resolución de la disputa, los páctiros fueron acompañados por el Sumo Vicario, el Shaikh y varios cardenales al interior del Palacio.

Daradoth fue convocado poco después a presencia del Sumo Vicario. Al enterarse de la presencia de un Alto Elfo en la ciudad, los páctiros habían reclamado al momento su presencia, intrigados. Al entrar a la sala principal, Daradoth se sintió un poco intimidado al volverse hacia él todas las miradas, sobre todo las profundas de los ástaros, pero mantuvo el paso firme y el porte erguido, como correspondía a un alto elfo entre simples humanos. Se sorprendió cuando los astari se levantaron en muestra de respeto y le saludaron formalmente; su sorpresa fue aún mayor cuando iniciaron una conversación en un Cántico (con fuerte acento). Se presentaron como lord Amâldir, comandante de los ejércitos del Pacto, Menelzâr, Tanadrik y Manalkhîbar. Por supuesto, como muchos antes de ellos, se interesaron por el motivo de la presencia de un elfo allí, emocionados pero a la vez preocupados con la idea de la salida de los elfos de Doranna. Lord Amâldir incluso le preguntó si era un noble entre los suyos, si deberían postrarse ante él; Daradoth estuvo a punto de contestar afirmativamente, pero se limitó a confirmar que sí era de noble cuna pero que no debían postrarse ante él por el momento (¡por el momento!). Mientras tanto, el malestar cundía en la sala; a los vestalenses no les gustaba ni un ápice que la conversación de la que eran anfitriones se estuviera desarrollando en un idioma que no conocían, e insistieron repetidas veces en que los ástaros y el elfo utilizaran el idioma vestalense. Cuando uno de los cardenales, el llamado Alakhem, insistió por enésima vez, lord Amâldir se giró y le ordenó callar con voz estentórea. La tensión se pudo palpar en la sala. Daradoth buscó instintivamente su espada, olvidando que no la llevaba. Siguieron unos segundos más de conversación en cántico, en la que Amâldir se interesó por la circuncisión y aceptación del vestalismo de Daradoth, cosa que le extrañaba. El elfo le dio una rápida explicación y, para calmar los ánimos, volvieron a utilizar el vestán. Así, Daradoth fue testigo de excepción del encuentro diplomático entre páctiros y vestalenses, donde los primeros explicaban que habían venido a presenciar el magno acontecimiento del advenimiento del Mesías y dieron a entender que no admitirían un pretendiente a desestabilizar el continente. Los vestalenses optaron por la prudencia y no dar respuestas agresivas; dieron la bienvenida a los páctiros a la ciudad y les ofrecieron alojamiento; pero éstos lo rechazaron, preferían acampar con sus tropas en las afueras, al norte. Acto seguido, Daradoth los acompañó hasta su campamento, haciendo caso omiso de las múltiples personas que los seguían por la ciudad. En el campamento, a salvo de oídos indiscretos, Daradoth les habló de tiempos pasados, de la amenaza de la Sombra y de sus sospechas acerca de que el Ra’Akarah no fuera sino uno de los kaloriones. Los ástaros abrían los ojos cada vez más con cada revelación; no llegaron a conceder mucho crédito a la teoría del kalorion, pero juraron que se mantendrían ojo avizor y no consentirían bajo ningún concepto que el Ra’Akarah despertara en los vestalenses deseos de supremacía, y menos si lo hacía en nombre de la Sombra.

Pocas horas después, el grupo al completo se reunía en una discreta taberna para ponerse al día de los últimos acontecimientos. Taheem traía buenas noticias: gracias al duque ercestre, había conseguido contactar con uno de sus antiguos compañeros, Ishfahan; éste había perdido un hermano, ajusticiado por la acusación de brujería, y veía muy posible que los ayudara a acabar con toda aquella locura. Acordaron reunirse con él después de la ceremonia de circuncisión de Daradoth, que se celebraría al día siguiente.

Y así, amaneció el día de la ceremonia de la primera circuncisión de un elfo sobre la faz de Aredia. La ceremonia se celebraría en la Basílica de Vestán, y desde primera hora de la mañana, una multitud ya se congregaba en el interior del recinto de los Santuarios y se extendía por las Escaleras del Cielo y la Explanada de los Peregrinos hasta perderse entre los edificios. Los monjes y cardenales habían tomado posiciones y el Sumo Vicario en persona oficiaría la ceremonia y realizaría el corte, un honor reservado a muy pocos. Dentro de la Basílica, los altos cargos vestalenses, el clero de alto rango y los enviados de diferentes países (Príncipes Comerciantes, páctiros y otros) obervaban expectantes; Galad gozaba de una posición privilegiada, como guardia de la esposa del shaikh. Multitud de monjes habían tomado posiciones en los diferentes altares y púlpitos de todo el recinto de los santuarios e incluso en el exterior.

Tras la oración y presentación inicial, proferida por el Sumo Vicario y repetida por los clérigos del exterior para que todo el mundo pudiera oírla, los cánticos empezaron a oírse como un susurro. Pero pronto el susurro aumentó de intensidad, y las loas a Vestán se pudieron oír por toda la ciudad. La luz pareció aumentar de intensidad en el interior de la basílica, y en el exterior, un ligero viento fresco comenzó a soplar. Los cánticos aumentaron aún más; y aún más; y aún un poco más, y el éxtasis de Fe de los vestalenses aumentaba a la par. Daradoth comenzó a sentirse extraño; percibía todo con mucha más claridad, y sentía cómo la fuerza de los miles de vestalenses reunidos se unía de una manera inexplicable; Galad alzó la vista sin saber muy bien por qué, pues una luz reclamaba su atención allí arriba. La luz fue en aumento, quemando sus ojos pero haciéndole sentir mejor de lo que se había sentido en su vida fuera de la Torre; sin duda se trataba de la Luz de Emmán, que se acercaba a él con un fuego purificador que lo llevaría hasta su presencia; las lágrimas hicieron acto de presencia en sus ojos. En el exterior, Yuria sintió fuertes pinchazos en el pecho, justo donde el colgante de su padre hacía contacto con la piel, y Symeon sufrió otro ataque de vértigo cuando la pirámide que ya había visto en el Mundo Onírico se materializó sobre él y lo cegó con su fulgor; Yuria tuvo que ayudarle para evitar que cayera. Los cánticos aún subieron más en intensidad, apagando cualquier otro sonido, hasta que todos los creyentes vestalenses presentes se fundieron en la armonía; los enviados extranjeros se encontraban confusos (algunos de los páctiros parecían encontrarse sufriendo un éxtasis parecido al de Galad), Daradoth preocupado por la dimensión sobrenatural que había adoptado todo, y Galad, ante la mirada extrañada de lady Yuridh, lloraba y sonreía, y cuando estaba a punto de arrodillarse para aceptar el fuego purificador, los cantos cesaron. Y la sensación de pérdida fue dura, aunque pronto pasó la sensación, a tiempo para escuchar el sermón que el cardenal Ikhran dirigió a la multitud justo antes de que sonaran los cascabeles que colgaban del bisturí del Sumo Vicario, anunciando el corte que convertía al elfo en un creyente de su Fe. El regocijo se extendió como la pólvora; gritos de “¡Bendito seas!”, “¡Vestán es grande!” y “¡El reino del Ra’Akarah será con todos!” se alzaron por doquier y todos aclamaron a Daradoth cuando hizo acto de aparición, acompañado del Sumo Vicario. Varios cardenales tomaron la palabra, y la ceremonia acabó con una diatriba del propio Sumo Vicario, que exaltó los corazones de todos los presentes mostrándoles el primero de los elfos que engrosaba sus filas, y que marcaba el inicio de una alianza que les llevaría al triunfo; los páctiros se miraron entre sí y a Daradoth, preocupados e indignados a partes iguales por la clara manipulación política del acto. A esto siguió una nueva oleada de cánticos, pero con efectos mucho más moderados que los anteriores, que poco a poco fueron poniendo fin a la impresionante ceremonia; en verdad se había removido un gran poder durante la celebración, lo que preocupaba sobremanera al grupo. El resto del día, Daradoth recibiría multitud de visitas y felicitaciones, que acabarían por hastiarle.

Más tarde ese mismo día, Yuria fue convocada por lady Ilaith a la casa del shaikh, donde se alojaba. La ercestre se sorprendió cuando llegó al lugar y la condujeron a una sala donde se encontraban lady Ilaith, Eudorya, varias personas más desconocidas, y Fajeema y su marido Rashidh. Le tranquilizó que la Princesa Comerciante le sonriera, ofreciéndole asiento. Acto seguido expuso los motivos por los que la había convocado:

—Os agradecería que fuerais tan amable de exlicarme por qué os interesasteis tanto el otro día en la tela de la que me ha hablado Fajeema, amiga mía.


martes, 19 de mayo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 20

Creá, la Ciudad del Cielo (IV). Nuevos contactos.
Durante su estancia en la mansión del shaikh, Galad intentó varios acercamientos al capitán de la guardia, Ahmaräd ra’Khoreen, con la intención de averiguar sus inclinaciones religiosas y su grado de fanatismo. Tras varios intentos estériles, consiguió entablar una conversación larga y distendida con él, y en ella se hizo evidente que Ahmaräd no era un fanático ni mucho menos, sino todo lo contrario, un hombre pragmático y preocupado mucho más por los asuntos terrenales que los filosóficos. Sondeando un poco más, a Galad le quedó también claro que el capitán era fiel ante todo a su señor el shaikh, que su lealtad para con el Imperio no le andaba a la zaga, y que albergaba poco menos que odio hacia los emmanitas. Sería un hueso duro de roer.

Symeon consiguió por fin entrar al Mundo Onírico, por primera vez desde que habían llegado a Creá, donde algo le dificultaba sobremanera traspasar el velo. Aun con todo, sólo consiguió entrar de forma muy somera, manteniendo a duras penas su presencia allí. Al principio, “despertado” en su habitación, todo pareció normal. La sorpresa vino cuando salió al “exterior” y giró una de las cambiantes esquinas que aparecían y desaparecían. De repente, una enorme mole ocupó todo su campo de visión, sustituyendo la colina donde se alzaban los Santuarios en el mundo real. Una pirámide dorada, colosal, ricamente ornamentada, se alzaba como una montaña ante él. Su tamaño le causó vértigo y su tremendo fulgor lo dejó ciego en un instante; al punto sintió la caída y despertó en su cama, con la visión empañada. Su corazón latía desbocado, aquello significaba algo, y algo muy importante, así que, aturdido, corrió para compartir lo que había visto con los demás. Todos se mostraron interesados y confundidos, pero ni siquiera Taheem pudo dar alguna pista sobre qué podía significar aquello.

Daradoth, por su parte, en una de sus visitas a la biblioteca consiguió pasar al apartado privado de las reliquias sagradas, intrigado todavía por la extraña columna de estilo pseudoélfico que había visto allí hacía unos días. Intimidando a uno de los estudiosos que pululaban por el lugar consiguió acceder y conseguir algo de información; pero nadie parecía saber nada sobre aquel misterioso resto arqueológico que llevaba allí largo tiempo.

También se celebró una nueva reunión con el duque Galan Mastaros y Rania Talos. En ella, el valido del rey Nyatar les informó de que tenía multitud de informes de sus agentes que apuntaban a la confirmación sin discusión de las palabras de Daradoth acerca de un enemigo mayor del que se dejaba entrever. Concretamente, les hablaron de varios milagros presenciados ante el Ra’Akarah, como plantas que crecían como por arte de magia, lluvia que aparecía de la nada, sueños colectivos y sucesos similares. Normalmente, Mastaros y su ayudante no habrían prestado oídos a tales informes, pero la diversidad de sus procedencias y las coincidencias tan enormes, además del discurso que Daradoth había hilado tan vehementemente varias jornadas antes, les producía un estremecimiento. Todo ello se agravaba por diversas masacres de miles de personas que habían tenido lugar al paso del Mesías en nombre de la Fe, quizá ordenadas por él mismo o sus adláteres.

Una vez puestos en antecedentes, Mastaros compartió con ellos su convencimiento de que algo grave estaba a punto de suceder, y que debían hacer algo. Les preguntó cuál era su plan una vez se les franqueara el acceso a los Santuarios, y realmente el grupo no supo qué responder, pues todavía no tenían un plan concreto. A pesar de ello, el duque ratificó su intención de ayudarles y facilitarles el acceso al complejo para que pudieran estudiar el entorno. Daradoth planteó la posibilidad de desenmascarar al Ra’Akarah como un impostor tomando inconsistencias con las Escrituras; en ese momento, Rania fue la que tomó la palabra; la ercestre había estudiado hasta la última palabra de los libros sagrados más conocidos junto con varios colaboradores, y expresó su convicción de la imposibilidad de desacreditar al Ra’Akarah tomando aquella vía. Todos los pasajes con referencias al Mesías eran lo suficientemente vagos como para que se pudiera argumentar a favor y en contra de ellos. Lo único que era invariable era la necesidad de que el Enviado peregrinara hasta Creá y fuera aceptado y reconocido por su pueblo. Si el pueblo no lo reconocía, no podría erigirse como lo que pretendía. Pero aquello se antojaba imposible, en vista de los miles de personas que se incorporaban a su séquito cada día, y el apoyo del Supremo Badir.

Taheem informó de sus progresos en los contactos con sus antiguos compañeros, pero estaba resultando una misión difícil, pues muchos de ellos estaban ya muertos o no servían en Creá. Lo que sí había descubierto es que quedaban en los Santuarios muy pocos Susurros, pues la mayoría se encontraban en los diversos frentes o en otras misiones. Eso, desde luego, eran buenas noticias para el éxito de la infiltración.

Al término de la reunión, mientras se dirigían hacia la posada donde se encontraban alojados, una voz conocida los increpó amistosamente: Sharëd y Faewald habían vuelto; abrazos y apretones de manos se sucedieron rápidamente, y a continuación les informaron de que todo había ido bien: Valeryan se encontraba a salvo con los Errantes y ellos habían tenido un viaje tranquilo por los caminos. Los refuerzos eran bienvenidos, desde luego.

Al cabo de un par de días, el shaikh Esmahäd volvió a Creá. Tras atender sus asuntos pendientes, Galad consiguió reunirse con él con la mediación de su esposa Yuridh. La conversación transcurrió en un clima de tensión, pues Yuridh presentó a Galad a su marido como “algo más que un guardia”, y Esmahäd sospechó desde un principio lo que quería decir. Ante las tentativas de Galad de afrontar el tema de su lealtad de forma discreta, él contestó abruptamente; no le gustaban los juegos de espionaje y prefería tratos directos y abiertos, no andarse con ingeniosos juegos de palabras o segundas intenciones. Hablando del Ra’Akarah como “nuestro amigo de azul”, Esmahäd dejó claro que no le gustaba lo que estaba pasando, y estaba muy enfadado y dolido por lo que había pasado recientemente en el Imperio. Pero de ahí a traicionar a su país iba un mundo. Ante la mención de sus amigos y las masacres fanáticas, el shaikh se quedó pensativo; quizá ahí estaba su punto débil. Sin embargo, enseguida reaccionó, argumentando que aunque el Sumo Vicario se entrometía demasiadas veces en los asuntos civiles de la ciudad, no quería ponerse en su contra, pues seguramente eso sería su perdición. No obstante, con mucho esfuerzo, Galad pareció convencer al gobernador de la necesidad de desenmascarar a ese Ra’Akarah que había traído tanta inestabilidad al Imperio. Esmahäd no se mostró en desacuerdo, pero prefirió postergar el asunto, alegando que en las próximas semanas iba a estar muy ocupado sacando a su esposa del lío en el que se había metido; iba a tener que hablar con mucha gente y mover muchos hilos, y cuando todo aquello acabara, podrían reunirse de nuevo, con sus compañeros al completo.

Cuando Galad se reunió con el resto del grupo para informarles de cómo se había desarrollado la reunión con el shaikh, acordaron que lo mejor sería que la próxima reunión fuera un encuentro a tres bandas incluyendo a Esmahäd, a los ercestres del duque y a ellos mismos. Esperaban que el apoyo de los ercestres pusiera más presión para que el gobernador colaborara. Contactarían con Mastaros e intentarían concertar el encuentro en un plazo razonable.

En su siguiente visita a la biblioteca, Daradoth percibió algo anormal desde el primer momento, cuando vio que en la puerta no sólo se encontraba el guardia que vigilaba habitualmente, sino que había tres guardias más acompañándole. El guardia habitual susurró algo a los otros, y éstos franquearon el paso al elfo sin problemas. El vestíbulo estaba tranquilo, pero en cuanto Daradoth entró a la primera sala, pudo ver varias figuras de espaldas ataviadas con los ropajes habituales de los clérigos, y cómo alguien describía el contenido de la estancia a una importante figura. Temiendo que aquella pequeña multitud no era otra que el séquito del Lord Inquisidor, interesado en el contenido de la biblioteca, Daradoth se deslizó a las sombras de otra sala y esperó hasta que todo se calmó.

Saliendo de su habitual visita a la mezquita, a Yuria y sus amigas les llamó la atención una larga comitiva muy peculiar. Ya se había congregado una multitud para presenciarla, pero aún así consiguieron abrirse camino hasta un lugar desde el que podían verla con todo lujo de detalles. Más de doscientas personas, encadenadas de pies y manos, con telas en la cabeza para impedirles ver o hablar, eran conducidas por varias decenas de guardias hacia el Palacio Vicarial. Cerrando la comitiva viajaban a caballo una media docena de jinetes pintorescos, que lucían extravagantes peinados y ropas, además de extraños tatuajes en sus rostros y brazos; al instante Yuria los reconoció: eran idénticos a los jinetes de los enormes cuervos negros. Como acto reflejo, levantó la vista hacia el cielo, y se estremeció cuando vio varios puntos en lo alto, pequeñísimos, pero que sin duda era un grupo de aquellos demoníacos pájaros observando la escena desde lo alto. La multitud aclamaba a los guardias, y pronto se levantó un clamor de alabanza a Vestán y al Ra’Akarah; muchos de los presentes se dirigían a los presos con palabras como “¡El Ra’Akarah salvará vuestras almas!” o “¡Vestán os perdonará y os acogerá!”. Yuria no tardó en descubrir que aquel nutrido grupo de prisioneros debían de haber sido acusados de brujería, como todos los quemados en las hogueras que habían visto, y habían visto sus vidas perdonadas por la reciente decisión del Badir Supremo de reunirlos en Creá para ponerlos en presencia del Mesías.

Los gritos de la multitud se convirtieron en un rugido de fanatismo ensordecedor. De súbito, una explosión a pocos metros de donde se encontraban las mujeres desató una ola de pánico. Varias personas se vieron envueltas en llamas y corrieron incendiando a otros de su alrededor; los gritos de alabanza pasaron a convertirse en aullidos de terror mientras los caballos de los guardias se encabritaban y una oleada de gente enloquecida amenazaba con arrasar todo a su paso, entre otras cosas a Yuria, que ya no veía a sus compañeras por ningún lado. Por pura suerte, y con la ayuda de algún desconocido, la ercestre pudo evitar caerse y ser aplastada por miles de pies. Mientras era arrastrada por la mutitud, le dio tiempo a ver cómo uno de los extraños jinetes alargaba la mano hacia el punto del que había procedido la explosión, donde un hombre se encontraba arrodillado, exhausto y con las ropas quemadas en un círculo de cenizas; sólo un leve impacto denotó que el jinete había utilizado algún tipo de poder sobrenatural. Desde el portal donde Yuria pudo refugiarse, vio cómo los guardias cogían al infeliz desnudo e inconsciente y lo encadenaban junto al resto de presos. A los pocos minutos, varios clérigos llegaron para difundir la palabra de Vestán y tranquilizar a la multitud, que se dispersó con un sabor amargo y varios muertos.

Ya en el Palacio Vicarial, un sirviente llamó a la puerta de Daradoth. El Lord Inquisidor, Su Ilustrísima Eminencia Hareem ra’Ilhalab, deseaba reunirse con él. El elfo no se demoró, y a los pocos minutos entraba al despacho de Hareem, una estancia que se había despojado de cualquier tipo de lujo superfluo y que revelaba claramente los gustos austeros del maduro hombre de escaso cabello y profundos ojos verdes. Por supuesto, la conversación versó, como otras antes que ella, sobre la sorpresa del inquisidor ante la presencia de un elfo allí, y la investigación de sus motivos, algo de lo que Daradoth comenzaba a estar hastiado, pero que requeriría toda la paciencia del mundo si quería salir con bien de aquello. El elfo negó (pero sin cerrar todas las puertas) acudir a Creá como representante de su raza, sino que estaba allí a título personal, como creyente Vestalense; no obstante, al afirmar que todos sus congéneres creían en vestán (cosa cierta, por otra parte), los ojos de Hareem casi se llenaron de lágrimas. El clérigo le hizo recitar el Juramento de Fe vestalense, y Daradoth lo hizo sin problemas, pues para él no era sino una versión menor del juramento de Salvación Universal, y Taheem se lo había repetido una y otra vez al grupo durante su viaje. Acto seguido, Hareem le preguntó si ya se había circuncidado, a lo que Daradoth, claro, respondió negativamente. Los ojos del inquisidor brillaron. Acordaron que en el plazo de una semana llevarían a cabo el ritual de circuncisión de Daradoth nada menos que en la Basílica de los Santuarios, todo un honor. Evidentemente, Daradoth vio en aquello más una maniobra política que religiosa, pero considerando la circuncisión un mal menor en comparación con los beneficios que podría obtener, accedió.

Dos jornadas después, la ciudad se conmovió con un nuevo acontecimiento. Una enorme caravana hacía acto de aparición por el camino del oeste. Cuernos, trompetas y tambores anunciaban su paso, y varios juglares se encargaban de anunciar a sus señores. Todos ellos vestidos con ricas sedas e hilo de oro. Sus claras voces pregonaban la llegada de una delegación de Príncipes Comerciantes. A los pocos minutos, por donde habían pasado los juglares y músicos, desfilaba la delegación en sí. La riqueza y la ostentación eran máximas; los Príncipes habían acudido a honrar al ra’Akarah haciendo gala de toda su riqueza y poder. Vagones tirados por los mejores caballos lucían los estandartes de la Confederación, y junto a los juglares anunciaban la presencia de los príncipes de Bairien, de Mírfell, de Nimthos, de Tarkal, de Ladris y de Armir. Decenas y decenas de elefantes barritaban y cargaban enormes habitáculos con personas y mercancías, y una compañía de soldados acompañaba a sus señores, acampando antes de entrar en la ciudad. Otros posibles aliados del ra’Akarah hacían acto de presencia, y lo que el grupo sabía de ellos (la Daga Negra mencionada por el marqués de Strawen había sido encontrada en un barco naufragado de la Confederación) no ayudaba precisamente a hacerles sentirse más tranquilos…