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domingo, 12 de octubre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 7

Una nueva Fe
Aldur salió al frente de su compañía, compuesta por dos centenares de infantes comandados por los capitanes Ergald y Hárno, cincuenta cazadores al mando de Torrhen, el jefe de perreras de Rheynald y veinte jinetes de caballería de la legión destinada a Rheynald, con el capitán Khorald de Marlanta a su frente.

Nada más salir de Rheynald, pusieron rumbo hacia Jorwen, un pueblo de tamaño medio que se encontraba en el linde del gran bosque de Rowen, en la ruta que Aldur juzgó más probable que los supervivientes de Colina Roja seguirían. La cabalgata transcurrió plácida hasta mitad de camino, momento en el cual Torrhen hizo notar a Aldur unos puntos en el cielo que se movían contra el viento; sin duda, los enormes cuervos de los que había hablado el soldado de Colina Roja y que ya habían avistado los vigías de Rheynald. A partir de entonces, miradas preocupadas se lanzaban continuamente al cielo, que por otro lado se cubrió de nubes e hizo más difícil los avistamientos. Pero de vez en cuando uno de los pájaros bajaba por debajo de la capa nubosa y los cazadores lo señalaban, nerviosos. Afortunadamente, la presencia de los pájaros se limitó a labores de observación y no tuvieron ningún problema en el camino; por fin, tras atravesar varias granjas y cruzarse con algunos viajeros, llegaron a las afueras de Jorwen.

Por lo visto, el rumor de su llegada había cundido entre los lugareños, pues a la entrada del pueblo ya había una comitiva esperándoles: las fuerzas vivas del pueblo, compuestas por el alcalde Faldric, el sacerdote Shurann y tres comerciantes y artesanos llamados Algert, Faedric y Woldan. A su alrededor se había reunido una pequeña multitud curiosa por ver al ya famoso paladín de Emmán de lord Valeryan, gritando por que les diera su bendición. Con una sonrisa, el alcalde Faldric le pidió disculpas por el alboroto y lo llevó a la posada de su propiedad, donde podrían hablar más calmadamente. Durante el camino, Aldur lanzaba gestos de bendición a la plebe, que eran recibidos con gritos de agradecimiento. El alcalde también rogó a Aldur que disculpara la ausencia de alguien más importante, pues el marqués de Jorwen estaba aquejado de la extraña enfermedad que ya había acabado con la vida del marqués de Rheynald, y su hijo se hallaba ausente. Ya en la posada, el consejo preguntó al paladín por los motivos de tan agradable visita, y Aldur no tuvo problema en contarles que iba al rescate de los supervivientes de Colina Roja. Cuando el consejo se enteró de que pensaba adentrarse en el bosque, sus rostros se ensombrecieron y le contaron que en los últimos tiempos habían sufrido varias desapariciones de habitantes del pueblo en la espesura. Preocupado por tal información, Aldur dio órdenes para que varias patrullas vigilaran el entorno del pueblo por si eran atacados. Por supuesto, a Aldur y a sus oficiales les ofrecieron alojamiento gratis en la posada; los hombres acamparían en la plaza anexa.

A las dos de la mañana, el capitán Ergald despertó a Aldur. Una de las patrullas había capturado a un chiquillo que intentaba salir a hurtadillas del pueblo. El paladín salió al aire helado de la plaza para interrogar al muchacho, sujeto por uno de sus hombres. Pero el chico no soltó prenda, no hablaba por mucho que le insistiera o intimidara. En ese momento, Shurann el sacerdote hizo acto de aparición en la plaza, y se acercó hacia donde estaban. El cura no tardó en reconocer al chico como su monaguillo, Mark. En voz baja para que el muchacho no se enterara, el padre Shurann contó a Aldur que Mark era un poco retrasado, que casi nunca hablaba, y que gustaba de torturar animales, por eso sus hombres debían de haberlo encontrado saliendo hacia el bosque a cazar alguno. Satisfecho con la explicación y apenado por el muchacho, Aldur lo dejó ir y volvió a su cama.

Por la mañana temprano, Aldur y sus hombres se aprestaron para salir hacia el bosque, a la vista del consejo y los habitantes del pueblo, que se reunieron para despedirlos. Intercambiando unas palabras de despedida, Aldur tuvo un destello de duda, y preguntó al padre Shuran qué hacía a las dos de la mañana con el frío que hacía paseando por el pueblo. Éste le respondió que estaba aquejado de insomnio, palabras que rubricaron los comerciantes y el alcalde. Aldur se despidió y montó a caballo, pero no muy convencido, así que se concentró e imploró a Emmán que le descubriera a los enemigos que le rodeaban. Y obtuvo respuesta: en el grupo del consejo del pueblo había dos enemigos, dos apóstatas a su fe. El sacerdote era uno, sin duda; lo malo es que no estaba seguro de quién podía ser el otro, así que llamando a varios de sus hombres y a algunos de la guardia del pueblo (soldados del marqués de Jorwen) se acercó al consejo. El paladín intentó no faltar a la verdad: les contó que Emmán le había hablado y varios de ellos se encontraban en peligro, así que debían ser confinados para su seguridad. Dejó a diez de sus hombres y la guardia de la ciudad custodiando al consejo, con órdenes estrictas de no dejarlos salir bajo ninguna circunstancia hasta que él volviera del bosque.

Hecho todo lo anterior, el contingente partió, adentrándose en la vegetación dispersa al principio. Sin embargo, pronto se hizo difícil viajar a caballo y tuvieron que poner pie en tierra y quitarse algunas piezas de armadura. El primer día de viaje pasó y acamparon en la humedad de la espesura, sin contratiempos.

A las pocas horas de retomado el camino por la mañana, un grupo de cazadores llegó apresurado, informando a Aldur de que habían visto un campamento hacia el norte. No le pudieron dar más detalles, pues lo único que habían visto eran varios hombres y alguna tienda, pero por el sonido que habían escuchado se trataba de bastante gente. Aldur dio al instante las instrucciones para envolver la zona en una pinza que cerrarían en el último momento. Tras un avance tenso, un grito se oyó cercano, y el sonido de espadas chocar comenzó. Aldur gritó la orden de avanzar, y el caos estalló. El entorno, oscuro y lleno de vegetación, contribuyó a aumentar tal confusión; Aldur se vio envuelto junto a su grupo en un combate contra varios hombres, claramente esthalios lo que le causó confusión e incluso le pareció ver algún niño correr. Superado el primer obstáculo, siguieron avanzando y se dieron de bruces con otro grupo, que les esperaba empuñando sus armas. Lo que parecía un grupo de soldados vestidos con restos de armaduras se encaraba hacia ellos mientras un grupo de cuatro clérigos, claramente emmanitas, se parapetaba tras los primeros. Los clérigos no cesaban de gritar que detuvieran aquella locura, que no tenía ningún sentido luchar entre hermanos; ante eso, Aldur también gritó órdenes de cesar las hostilidades, pero no pudo evitar que los enemigos, acorralados, cargaran contra ellos. Aún así, tras unos momentos de violencia, las órdenes del paladín y las peticiones de los clérigos calmaron a los contendientes y poco a poco se hizo el silencio, mientras los grupos se gritaban la situación unos a otros. Los lamentos de mujeres y niños se podían oir por la espesura; Aldur se precipitó a ayudar cuando oyó el llanto de una mujer que gritaba que salvaran la vida de su pequeño. El paladín hizo todo lo que pudo, pero no pudo salvar al chiquillo, y en ese momento vio que algunos niños más habían muerto. Rompió a llorar, ante las miradas de amigos y extraños; profirió un gutural grito y en ese momento, Emmán brilló a través de él: todos los presentes sintieron un fuerte y doloroso empuje procedente de la enorme figura y muchos de ellos cayeron al suelo; algunas ramas se quebraron y un par de árboles se prendieron fuego espontáneamente; tal fue la rabia del paladín ante la muerte de inocentes. Cayó de rodillas y al poco tiempo una mano se posaba en su hombro, consolándole. Era uno de los clérigos que había visto con los enemigos, que le sonreía, profiriendo palabras de absolución. Aldur agradeció profundamente la comprensión de aquel sacerdote desconocido al que se unieron los otros tres en un gesto de apreciación.
Cuando se recuperó pudo ver cómo todos, tanto conocidos como extraños, le miraban con un temor reverencial y una devoción renovada. Tal gesto le ganó la simpatía de los presuntos enemigos, y todos se pusieron a trabajar codo con codo para tratar a los heridos y enterrar a sus muertos, pocos afortunadamente. Los clérigos presentaron a Aldur y al cabecilla de su grupo, Sir Valdann de Sothar. En el ínterin, varias fórmulas rituales empleadas por los clérigos y las quemaduras en el dorso de sus manos o en sus muñecas hicieron evidente para el paladín que el grupo de extraños profesaba una herejía de la religión emmanita: la de aquellos que se hacían llamar Inmaculados. Y así se lo confirmaron: aquel campamento pertenecía a un grupo de refugiados de la herejía Inmaculada, cuyos pueblos habían sido arrasados por lord Egmund de Grothan al frente de dos legiones del rey, siguiendo las órdenes de éste. Sir Valdann se lo contó con lágrimas en los ojos, recordando cómo su familia había sido masacrada por soldados que no tenían ninguna compasión, y habían llevado a cabo realmente un genocidio. Aldur sintió una pena inmensa, y sugirió a los Inmaculados que viajaran con él a Rheynald a su vuelta. Sin embargo, éstos estaban tan cansados de persecuciones que no aceptarían si Aldur no juraba públicamente protegerlos con su vida. El paladín no lo dudó un instante y con su estentórea voz, juró proteger a aquellas personas con su vida si era necesario; levantó vítores entre los soldados, los ancianos y las mujeres de los Inmaculados, y para su sorpresa, sus propios hombres también lo aclamaron, entregados totalmente a su liderazgo.

Cuando todo se calmó, tuvo lugar una interesante conversación entre los clérigos y Aldur, referente a la masacre de los kathnitas (otra herejía emmanita) en la que habían participado hacía varios años los clérigos de Emmán. Eso les hacía sentirse incómodos, pues no sabían cómo iba a reaccionar la orden de los paladines ante la promesa de Aldur.

—Yo no soy la orden —contestó el paladín, con gesto grave y convicción en sus ojos.

Confortados por sus palabras, pero visiblemente preocupados, los sacerdotes y sir Valdann acordaron acompañar a Aldur en su vuelta a Rheynald, donde según el paladín, lord Valeryan les otorgaría refugio sin duda. Así que Aldur envió a los Inmaculados al sur, a un punto concreto donde los recogerían cuando regresaran de su misión. Los Inmaculados partieron con muchas caras de ilusión renovada entre sus filas.

Esa noche Aldur descansó en un duermevela incómodo, y al llegar la mañana le informaron de algo extraño: una patrulla había desaparecido sin dejar rastro. Desplazados al lugar donde debían de estar haciendo la ronda la noche anterior, un grupo de cazadores descubrió varios raspones en la corteza de los árboles circundantes, pero extrañamente, ningún signo de violencia ni de enfrentamiento. Habían desaparecido sin más. Diciéndose que debían acabar con aquella misión cuanto antes, Aldur puso en marcha a sus hombres.

Tras caminar varias horas seguidas, al atardecer ya se podía distinguir el sonido del agua del río Rowen. Un grupo de exploradores informó de su descubrimiento precipitadamente a los capitanes y a Aldur. Al otro lado del vado hacia el que se dirigían se alzaba un gran campamento con estilo claramente vestalense. Y estaban despejando un trozo de bosque y erigiendo una construcción de piedra; al parecer querían quedarse allí a largo plazo. Además, habían visto una especie de cercado con prisioneros y tres personas crucificadas (todavía vivas) a la orilla del río.

Tras enviar varias patrullas en busca de signos de presencia de lord Aryenn sin éxito, los exploradores confirmaron a Aldur que los prisioneros del campamento vestalense debían de ser los supervivientes de Colina Roja. Así que el paladín decidió enviar un pequeño grupo de sus mejores hombres para que rápidamente pudieran rescatar a lord Aryenn al menos, ante la imposibilidad de sacar a los prisioneros en su totalidad. Sin embargo, cuando el resto de su contingente se encontraba ya levantando su campamento e iniciando la marcha hacia el sur, uno de los enviados volvió, afirmando que Aldur debía acudir junto a ellos, pues algo raro estaba sucediendo. El paladín llevó consigo a sus oficiales, dejando al resto de los soldados en espera. Al llegar a la orilla del río, efectivamente lo que vio le puso los pelos de punta. Un hombre, vestatalense, al otro lado del río, se encontraba declamando extrañas palabras en un idioma desconocido ante los tres crucificados, flanqueado por sendos engendros que Aldur no pudo identificar más que como “lobos de sombras”. Mucho más grandes que un lobo normal, parecían desvanecerse un momento y concretarse al siguiente, fundiéndose en la noche, pero lo que era invariable eran sus ominosos ojos rojos y sus fauces oscuras. Los árboles parecían inclinarse amenazadoramente hacia Aldur y sus compañeros, y una niebla sobrenatural se levantaba todo alrededor; aquí y acullá se podían ver pequeños zarcillos de bruma que los buscaban y rozaban su piel. Sus hombres, esperando en esta parte del río, se habían quedado dormidos, sin duda inducidos por aquella extraña niebla. Unos cuantos zarandeos les devolvió la consciencia y los puso de nuevo alerta. Todo el mundo miraba a Aldur en busca de consejo, inquietos por lo que estaban viendo, a todas luces un acto de brujería maligna. Afortunadamente, lo que había afectado a sus hombres también parecía afectar al campamento, y no se veía un alma alrededor.

En un momento dado, el hechicero pareció darse cuenta de la presencia de alguien al otro lado del río, mirando fijamente hacia donde se encontraba Aldur. Uno de los lobos de sombras cruzó la corriente, flotando sobre el agua. Y con un rugido se lanzó hacia delante. Los hombres de Aldur, alentados por el paladín, se enfrentaron valientemente a él, pero sus armas no parecían hacer mella en el engendro. Así que Aldur invocó el poder de Emmán y con un esfuerzo supremo consiguió asestar finalmente un golpe que hizo desvanecerse a la criatrua. Pero todo ello ya había llamado la atención del segundo lobo y del hechicero, que interrumpió la ceremonia que estaba llevando a cabo. Aldur dio la señal que había convenido previamente con sus cazadores, y tres de ellos salieron rápidamente de su escondite, lanzando una lluvia de flechas sobre el hechicero. Algunas de ellas alcanzaron a la figura desprevenida, que cayó al suelo sin estrépito. El segundo lobo fue un reto aún más duro que el anterior, y tres de los hombres de Aldur cayeron muertos uniéndose a uno que ya había matado el primer lobo; pero finalmente el paladín pudo abatirlo con uno de sus ataques sagrados. Corriendo todo lo deprisa que pudieron, cruzaron el río y descolgaron a los crucificados. Sin embargo, alguien en alguna parte dio la voz de alarma, y no pudieron continuar liberando prisioneros. El capitán Hárno reconoció entre los crucificados a lord Aryenn y su hijo, con lo que se dieron por satisfechos con recuperar al noble señor de Colina Roja y se retiraron mientras llegaba el contingente de Rheynald en su ayuda.

Los vestalenses no los siguieron, y a duras penas pudieron mantener con vida a lord Aryenn y los otros dos, pero finalmente llegaron al lugar donde les esperaban los Inmaculados para posteriormente salir del bosque, llegando a Jorwenn algo maltrechos. Allí se encontraron con los soldados que habían dejado y nuevos soldados del duque Elydann que habían acudido a la llamada de Aldur. Sin más contemplaciones, el paladín ordenó que los sacaran de la posada y los llevaran a Rheynald. En pocas horas avistaban por fin la fortaleza de lord Valeryan, mientras una comitiva de jinetes que lucía el estandarte real se cruzaba con ellos, viajando hacia el sureste.

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 6

Una Visita Inesperada

Valeryan tomó las disposiciones necesarias para que sólo un grupo reducido de guardias pudiera acceder al complejo subterráneo y para iluminar los nuevos niveles descubiertos. Con la estancia ya iluminada, pudieron observar mejor los detalles: las runas de gran tamaño talladas en la pared no estaban en realidad talladas, sino que consistían en un material iridiscente incrustado de alguna manera en la roca; además, no cabía duda de que el gran bloque de mármol situado en el centro y sepultado en gran parte por rocas, era alguna especie de sarcófago. En la parte superior del trozo visible se podían observar dos piernas talladas, calzadas con botas altas. Desde luego, si era un sarcófago en realidad, debía de albergar a alguien enorme, de la talla de un gigante de al menos seis metros de alto; además, por más que investigó Daradoth, no fue capaz de encontrar ninguna abertura que permitiera abrir la tapa ni uno de los laterales: parecía tallado de una sola pieza. Lo que sí percibió gracias a sus habilidades fue el poder que albergaban las runas, difuminado y disminuido, supuso que por el tiempo y los desperfectos. El sofocante calor no permitía hacer grandes esfuerzos allí abajo, y el agotamiento hacía pronto mella en todos ellos, lo que dificultaba la investigación.

En el exterior, lo primero que oyó Yuria fueron los rumores acerca de derrumbes bajo la Torre de la Iglesia. Extrañada, se dirigió hacia allí y al encontrarse por el camino con Valeryan, éste se lo explicó todo. Por supuesto, el noble no tuvo inconveniente en que la mujer bajara, por el contrario se dirigía a proponérselo cuando la encontró. Recuperada de la sorpresa, semidesnuda debido al calor, la ercestre estudió con ojo experto la estancia y los derrumbes, y a petición de Valeryan comenzó a hacer cálculos sobre el despeje de la estancia. Según ella, podrían abrir un túnel en la roca avanzando un metro cada tres o cuatro días aproximadamente. Pocas horas más tarde, un número seleccionado de trabajadores comenzaría a trabajar en la excavación, y se daban las órdenes necesarias para propagar el rumor de que lo que se había descubierto eran en realidad los túneles que los vestalenses estaban cavando para socavar los cimientos de la fortaleza.

Con la intención de que le ayudaran a expandir el rumor, Symeon visitó a Ravros en el campamento improvisado de los errantes, donde se veían cada vez más carromatos construidos. Aquella noche correspondía a una de las muchas fiestas que el pueblo errante celebraba, y se estaba celebrando un baile. Symeon miró hacia donde las parejas danzaban alrededor de los fuegos con una punzada en el corazón. Ravros le ofreció de nuevo un hogar en su caravana, si él así lo deseaba, pero Symeon contestó con evasivas, muy amablemente y profundamente agradecido al viejo patriarca; Ravros no puso pegas al esparcimiento del rumor, y aseguró que al día siguiente todo el mundo hablaría de las minas descubiertas. Despidiéndose del viejo, Symeon hizo gesto de marcharse, pero en ese momento vio a Azalea, bellísima como siempre y bailando con varios jóvenes de un atractivo innegable. Se unió al baile, ante la sincera sonrisa de la muchacha; pronto, Symeon se embriagó con la danza; un cambio de pareja, otro, y otro; una vuelta y un paso lateral, la mano de una muchacha cogiendo la suya… recordó, y una lágrima asomó a sus ojos; la muchacha que se encontraba ante él se dio cuenta y lo miró con preocupación, y acto seguido Symeon rompió a llorar calladamente; la chica, dándose cuenta de su tristeza lo abrazó, y él recibió su contacto con gratitud. Al instante regresó al presente y apartando gentil pero firmemente a la muchacha, se marchó entre sollozos.

Al llegar a su habitación, Symeon decidió entrar de nuevo al Mundo Onírico para intentar averiguar algo sobre la estancia subterránea y, por qué no, evadirse de los dolorosos recuerdos. Contra todo pronóstico, consiguió acceder a él, pero seguía tan inestable o más que las noches anteriores: pronto se encontraba cayendo en un vacío infinito y llegando a un océano de color verde azulado que le causó un dolor insoportable. Por la mañana no despertó.

Tras el desayuno, un sirviente avisó a Valeryan de que Symeon no despertaba esa mañana. Efectivamente, su buen amigo se encontraba en un coma profundo del que no parecía poder salir. Sin saber muy bien qué hacer, Valeryan convocó a Daradoth, que comentó algo sobre el Mundo Onírico, y llamó también a Ravros, el patriarca errante, que apareció con un bellísima muchacha de bucles negros azabache y olor a jazmín que se presentó ante lord Valeryan como Azalea Stavroslâva. Al ver a Symeon postrado en la cama, el rostro de la muchacha se ensombreció al instante, transmitiendo su preocupación. El sanador de Rheynald, Storan, sólo acertó a proponer un tratamiento con sanguijuelas, ante lo que Ravros propuso llamar a su propia curandera, Rosa. La mujer, ya madura, investigó a fondo el cuerpo de Symeon, y a los pocos segundos, llamaba la atención de los presentes sobre una especie de venitas o sarmientos de color verde azulado que surgían de las axilas de Symeon, y que parecían crecer lentamente; desgraciadamente, Rosa no conocía tratamiento para aquello que fuera que aquejaba al joven errante. Valeryan, preocupado por su amigo y deduciendo la relación entre Azalea y Symeon, susurró al oído de la muchacha que intentara traerlo de vuelta, que le hablara para ver si reaccionaba de alguna manera. Azalea no lo dudó ni un instante y se sentó en la cama, inclinándose sobre el oído de Symeon y cogiendo su mano. El contacto físico pareció causar una reacción extraña en la muchacha. Entró en una especie de trance y su rostro adquirió enseguida un rictus de dolor; lágrimas acudieron a su rostro, y empezó a temblar hasta que fue apartada de Symeon. Sin aliento, susurró que el pobre debía de estar pasando un infierno si era aquello lo que sentía. Mientras Azalea se recuperaba, Daradoth y los demás intentaron conectar con Symeon igual que lo había hecho ella, pero sin éxito. Así que Azalea no tuvo más remedio que volver a intentarlo, y lo hizo de buen grado; se le notaba genuinamente preocupada por el joven. A los pocos instantes de coger la mano de Symeon, Azalea comenzó a estremecerse de dolor. Aun así, se sobrepuso y comenzó a susurrar en su oído.

Perdido en un infierno de dolor verdemar, Symeon oyó a lo lejos una voz familiar; una voz deformada por las punzadas ardientes de millones de alfileres en su piel, pero aun así familiar. Guiado por la voz y con la esperanza de alcanzar a su propietaria, cuyo rostro comenzaba a tomar forma difusa en su mente, Symeon se esforzó de una manera de la que nunca se habría creído capaz, y consiguió llegar a la orilla de aquel océano metafísico, mientras varias figuras de su pasado le rogaban que no se marchara, que se quedara con ellos en la oscuridad que lo rodeaba ahora. Por un momento sintió el deseo de abandonarse allí, pero la voz era insistente, no cejaba en su empeño de guiarlo.

Con un estertor, Symeon recuperaba la consciencia a la vez que Azalea caía inerte por el dolor y Daradoth la sujetaba. La muchacha lo había conseguido; no sabían muy bien qué había hecho, pero Symeon estaba vivo y con un sueño estable, lo que alegró a todos. Mientras Rosa se quedaba a cuidar a Azalea en otra estancia, Daradoth, Valeryan y Ravros permanecieron con Symeon hasta que éste despertó, media hora después. Aliviados, le explicaron lo que había hecho Azalea, y al punto Symeon salió a buscarla, bamboleante y sin recordar apenas nada de su sueño. Se sentó en la cama de la muchacha, profundamente agradecido, y besó su frente mientras le susurraba que su dulce voz le había mostrado el camino; ella despertó levemente y sonrió al reconocer en la bruma del sueño el rostro de Symeon; le pidió que se quedara con ella, y el errante se recostó, quedándose dormido también casi al instante. Rosa, que había estado cuidando de Azalea, se marchó discretamente.

Mientras tanto, Valeryan y los demás partieron para ir al encuentro del marqués de Strawen, con el que se había citado poco después del funeral para tratar de algún asunto desconocido que requería de un sitio discreto. Tras una ligera cabalgata, pronto llegaron a la casa de pastores donde les esperaba lord Alexadar. Éste se encontraba acompañado por su hijo, Alexann, y se reunió a solas con Valeryan. La información que Strawen transmitió a Valeryan era tan sensible, que al volver de la reunión prefirió no compartirla con nadie hasta que no hubiera meditado bien sus consecuencias. El camino de vuelta transcurrió en un silencio sepulcral, mientras el señor de Rheynald meditaba sobre lo que le había dicho Strawen.

Al llegar al Rheynald, el duque Elydann se interesó por las razones de su ausencia. Valeryan le respondió con evasivas, diciendo que había ido a conseguir refuerzos del marqués de Strawen para ayudarles en su lucha. Elyhdann, más avispado de lo que Valeryan se imaginaba, se ofendió al considerar que el marqués de Rheynald le estaba ocultando algo y se marchó airado.

A continuación, el grupo tuvo una reunión de urgencia (todos excepto Aldur, que se encontraba ausente). Valeryan les contó lo que le había revelado el marqués de Strawen, y recalcó la importancia que tendría una decisión. Alexadar le había hablado de la inconveniencia de las cruzadas, pues en unas costas que no había querido precisar, pero muy cercanas a su posición, había naufragado un barco de la Confederación de Príncipes Comerciantes llevando a bordo un cargamento que demostraba que estaban a punto de enfrentarse a un enemigo mucho más grande que los vestalenses. De hecho, lo mejor según la reina (contraviniendo las órdenes del rey) sería hacer la paz con los vestalenses para prepararse para lo que viniera. El marqués había hablado de elfos oscuros -muertos- a bordo del barco, de seres horriblemente deformados, de cartas portadas por los elfos en un idioma desconocido pero sin duda horrible, de una bolsita de unas extrañas gemas negras fuertemente custodiadas, y de una daga negra que era lo más protegido del barco. Sin duda, debía de tratarse de un objeto terrible, pues Strawen se había mostrado especialmente vehemente en lo que se sentía cuando uno se encontraba en presencia de la daga. Daradoth se estremeció al oír esto; les habló de las Kothmorui, las dagas oscuras de los kaloriones, pero sin duda aquella no podía ser una de ellas… ¿o sí? Strawen también había hablado de extraños rumores que llegaban del lejano norte, más allá del Pacto de los Seis, acerca de un reino llamado “Cónclave del Dragón”, que al parecer preparaba un ataque a gran escala contra el Pacto, que quizá estuviera relacionado con todo aquello. Valeryan pasó a evaluar las consecuencias: alinearse con la reina y Strawen supondría traicionar al rey, y aquello no sabía a donde podía llevarles; lo cierto es que Strawen le había prácticamente convencido, y le había convocado a otra reunión en un plazo indeterminado junto con otros nobles en un sitio por determinar; Valeryan había accedido a acudir a la cita, así que de momento lo dejarían todo en suspenso hasta que esa reunión se celebrara, y decidirían entonces. Daradoth se encontraba intrigado y nervioso por la revelación, y afirmó vehementemente que si se daba tal conflicto contra el enemigo desconocido, debían ser los elfos los que comandaran las filas de sus ejércitos. Los demás se miraron incómodos ante las grandilocuentes palabras y la insistencia del elfo, pero no dijeron nada.

Tras la reunión, Symeon volvió a encontrarse con Azalea, pidiéndole que le recordara algo de lo que había pasado. La muchacha le habló de vaguedades, en realidad, de una sensación de dolor verdemar intensísima, de presencias extrañas y de una especie de mano imaginaria que había tendido a Symeon para sacarlo de allí. Symeon expresó de nuevo su profundo agradecimiento.

El día siguiente por la mañana llegaba a Rheynald un emisario real, anunciando una comitiva que llegaría a Rheynald en dos días, con órdenes del rey Randor. Valeryan ordenó que prepararan todo para recibirlos con honores.

Mientras esperaban al enviado del rey, intentaron abrir un agujero en el sarcófago; el herrero más fuerte con el que contaban lo golpeó con un pico de hierro, y no fue muy buena idea: el sarcófago pareció estallar allí donde había recibido el golpe, impactando a todos los presentes y destrozando el pico que lo había golpeado; el herrero tuvo que ser llevado urgentemente a los sanadores. Durante unos minutos, todos quedaron cegados y ensordecidos.

Durante esos dos días, Symeon pasó gran parte del tiempo con Azalea, sintiéndose cada vez más atraídos el uno por el otro.

En el momento previsto, llegó el enviado real, entre fanfarrias y grandilocuentes anuncios. La comitiva estaba formada por el líder, Sir Carven de Rowal, el gran maestre de la orden Argion lord Gwintar de Hasalon, el general de los Argion Sir Awald de Tharenn, y algunos caballeros más entre los que se encontraba Sir Wodhran de Narvan. Tras los recibimientos y bienvenidas adecuados, el grupo y el duque Elydann se reunieron con la comitiva ansiosos por saber cuáles eran las órdenes que el rey deseaba transmitir al señor de Rheynald. A petición de Sir Carven, se reunieron en un lugar especialmente seguro, y entonces vino la sorpresa.

Quitándose un par de postizos, Sir Wodhran reveló su verdadera identidad: se trataba ni más ni menos que del propio rey, Lord Randor Undasil, cabeza insigne de la casa Undasil, señor de Esthalia, defensor del reino y abanderado de Emmán en la tierra. Al punto, Valeryan y los demás pusieron rodilla en tierra, intimidados por la magnitud de la figura que tenían delante; lord Randor era todo lo que se suponía que debía ser un rey: alto, fuerte, atractivo, con una personalidad magnética que cautivaba allá donde iba. Daradoth fue el único que respondió con una sencilla reverencia, ante la mirada de reprobación del rey y sus acompañantes; hasta que descubrieron su verdadero origen. Tanto lord Randor como sus acompañantes se interesaron por los asuntos que podían haber traído a un representante de la legendaria raza élfica a Rheynald, y las explicaciones que dieron los personajes (por supuesto no muy concretas) parecieron satisfacerle. Superada la sorpresa de la presencia de Daradoth, el rey pasó a exponerles sus órdenes, pues realmente había venido con una misión para Valeryan y su cada vez más famosa “pintoresca compañía”. La fama de Rheynald había crecido como la espuma en el reino a raíz de su enconada defensa del paso, y las maravillas que se contaban de lord Valeryan y sus ayudantes habían decidido al rey a hacer aquel viaje para conocer de primera mano su destacado baluarte y los objetos de las habladurías. Según sus palabras, por sus proezas y sus pasados, eran los más adecuados para llevar a cabo la misión que les iba a encomendar. Pasó a hablar del Ra’Akarah, el profeta vestalense y la inspiración que causaba en sus enemigos; el grupo respondió que ya conocían la información acerca de él y de su peligro. Conforme hablaban, Valeryan se fue imaginando qué pretendía el rey que hicieran, pero cuando la petición se concretó, no pudo por menos que sentir algo de temor y frustración. Lord Randor quería que Valeryan, Symeon y quien tuviera que acompañarles se adentraran en Vestalia y acabaran con la vida del maldito profeta que había exaltado los corazones vestalenses hasta tal punto de atreverse a golpear con una fuerza inaudita la frontera Esthalia. Según la información que tenía, el Ra’Akarah estaba en esos momentos comenzando un viaje de peregrinaje desde Denarea hasta los Santuarios de Creá, y se presentaba ante ellos una oportunidad inmejorable de acabar con su vida (o capturarlo si era posible). Sería Valeryan el encargado de organizarlo todo para traerle la cabeza del Profeta, tenía fe ciega en él y su capacidad; y, según sus palabras, viendo la valía de los hombres de los que se había rodeado, estaba seguro de que tendría éxito. Mientras tanto, varias legiones se dirigían al frente para contener los puntos donde los vestalenses habían roto la línea de fortalezas esthalias.

Varias horas después, tras enseñar al rey el estado de la fortaleza y los bastiones y conseguir una promesa de tropas de refresco, la comitiva real partía con el monarca de nuevo disfrazado. Tras entregar al duque el mando de la fortaleza mientras se encontraban fuera, el grupo se reunió para prepararlo todo, digiriendo todavía la importancia de la misión que les habían encomendado…




jueves, 25 de septiembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 5

Las Catacumbas
La primera decisión que tomaron fue la de enviar a una compañía de caballería y dos de infantería al Nido de Halcones para protegerlo; si las fuerzas vestalenses giraban hacia el suroeste desde Colina Roja, el Nido sería el primer obstáculo que encontraran, y dificultaría su avance hacia Rheynald. El duque se mostró de acuerdo con el plan. Además, decidieron enviar un grupo de jinetes para que se internara en los bosques y buscara a lord Aryen, el señor de Colina Roja, por si era cierto que había decidido buscar refugio en Rheynald.

Aldur se reunió con el castellano, Sir Egwann, y le preguntó por el punto más profundo del castillo; el paladín también estaba intrigado sobre por qué percibía la Gracia de Emmán más cercana en aquel lugar. Tras meditarlo unos momentos, Egwann respondió que en su opinión, el punto más profundo bajo la ciudadela debían de ser los varios niveles de calabozos que se encontraban bajo la Torre de la Iglesia. Hacia allí se dirigió Aldur. La Torre recibía su nombre por encontrarse justo al lado de la iglesia del castillo; era una torre maciza y opulenta, y su aspecto la confirmaba como la torre más antigua del Castillo, la primera que fue erigida en Rheynald. Por el camino se le unió Symeon, que se encontraba buscando por su parte símbolos extraños en los recovecos de la construcción.

Al ver aparecer al masivo paladín, los guardias de la puerta lo miraron con anhelo e imploraron su bendición. Aldur se la dio sin dudarlo (canalizando hacia ellos un punto de poder) y los dos se alzaron con el brillo reconfortante de la Fe en sus ojos. Ya dentro de los calabozos, el paladín hizo lo mismo con el encargado, Osfrald, que le franqueó el paso sin problemas, aunque advirtiéndole que, con su tamaño, quizá iba a tener dificultades para moverse allá abajo. Con un gesto de apreciación, Aldur y Symeon bajaron hasta el primer nivel de la prisión. Lo primero que notaron fue el calor. Varios guardias se encontraban presentes, vigilando que todo fuera bien; más o menos tres cuartos de las celdas se encontraban ocupadas por prisioneros. Tras buscar un rato, decidieron bajar al segundo nivel donde el calor fue en aumento y el espacio se estrechaba, y donde se custodiaba a algunos prisioneros más peligrosos que los de arriba; el número de guardias disminuyó drásticamente y tampoco encontraron nada de interés. Así que bajaron al tercer nivel, el destinado a los acusados de alta traición, donde el calor aumentó aún más y sólo había un guardia que apenas salía de allí: Toldric. Al verlo, comprendieron el porqué de la elección de aquel trabajo: el hombre estaba aquejado de hidrocefalia y su rostro y su cuerpo se mostraban contrahechos, horriblemente deformados; cuando Toldric pidió su bendición a Aldur y éste se la dio, no pudo evitar derramar copiosas lágrimas de alegría. Tanto Aldur como Symeon sintieron una enorme lástima de aquel hombre destinado a vivir en las tinieblas del subsuelo por miedo a que lo viera la gente del exterior, pero continuaron con su búsqueda. En aquel nivel Aldur ya tenía que caminar seriamente encorvado y apenas cabía por los estrechos pasillos. Y para sorpresa de ambos, Toldric les reveló que aún se podía descender más, hasta niveles en desuso a los que ni él descendía.

Symeon decidió bajar al cuarto nivel, pero la estrechez del paso hizo imposible que Aldur hiciera lo mismo, así que decidió salir a avisar a los demás mientras Symeon exploraba allí abajo. El Errante pudo ver los restos de unas obras que debían haberse iniciado hacía muchos años, intentando habilitar otro nivel de calabozos, pero que al final se habían abandonado. Más allá de los primeros metros excavados por las manos de antiguos obreros, se hizo evidente la naturaleza original de aquellos subterráneos: la multitud de nichos en las paredes los reveló como lo que eran sin duda: unas catacumbas; una gran necrópolis de varios niveles cuyos pisos superiores se habían habilitado como prisión. Aquello debía encerrar muchos secreto, sin duda. Ávido de saber, Symeon comenzó a recorrer el lugar palmo a palmo, ya sin ropa debido al agobiante calor.

En el exterior, mientras Yuria no conseguía de momento la reparación de la primera puerta, Aldur corrió a buscar a Daradoth y a Valeryan.

Valeryan mantuvo una intensa conversación con el padre Ryckar. Al preguntarle por qué su padre había desistido tan rápidamente de pelear por el cargo de comandante en jefe de los ejércitos y por cuál iba a ser la localización exacta de la Catedral que quería construir su abuelo, el clérigo respondió que ignoraba ambas respuestas, y parecía sincero. Pero lo más interesante fue que al llegar Valeryan al encuentro de Ryckar, éste se encontraba rezando con energías renovadas después de sus intención de quitarse la vida, con un fervor intenso en sus ojos. El padre le contó que Emmán le había hablado en sueños, instándole a recuperarse y a renovar su Fe, pues lo iba a necesitar en el futuro inmediato luchando en Su nombre. El fanatismo comenzaba a hacer mella sin duda en Ryckar, y eso preocupó en cierto grado a Valeryan, que temió que el padre se hubiera vuelto loco; aunque bien podía ser que estuviera en lo cierto y Emmán le hubiera hablado en sus sueños. En cierto punto de la conversación, un mensajero urgió a Valeryan para acudir a la Torre Norte. Así lo hizo, y allí unos vigías preocupados le informaron de que habían visto una sombra en el cielo; tras unos momentos, un guardia señaló un punto en el cielo, y los demás vigilantes taparon sus ojos con una mano: efectivamente, decían, allí estaba, un pájaro como un cuervo pero enorme. A pesar de que se esforzó, Valeryan no alcanzó a verlo, algo lógico, pues allí estaban los hombres con mejor vista de Rheynald. Wylledd, que se había convertido en guardaespaldas personal del noble, también dijo verlo. Preocupado, Valeryan partió en busca de Daradoth, con la intención de que los sentidos del elfo pudieran revelar más información.

Daradoth había pasado varias horas buscando entradas a túneles o algo parecido en el exterior de la fortaleza, sin éxito. Al poco de desistir en su búsqueda Aldur se encontró con él, informándole de lo extraños que le habían parecido los calabozos. La curiosidad se despertó en el elfo, que instó a Aldur a que le acompañara hasta allí. Por el camino se encontraron con Yuria, que se interesó por la búsqueda del elfo; la mujer tenía intenció de charlar un rato a solas con Daradoth, y ante la imposibilidad de hacerlo decidió acompañarles. A los pocos momentos aún tuvieron un encuentro más, esta vez con Wylledd, el amigo de Valeryan, que les informó de la sombra que habían visto sobrevolar la fortaleza. Daradoth intentó avistar algo, pero no consiguió ver nada, en parte impelido también por la impaciencia que le producía la curiosidad por los calabozos. Mientras caminaba, el elfo les habló de las Águilas Gigantes de antaño, que habían desaparecido hacía siglos, y de sus extraordinarios combates contra los dragones; pero aquello no parecían águilas, dijo Wylledd, sino más bien cuervos.

Mientras Daradoth entraba a las catacumbas, el resto fue a ver de nuevo al jinete que había huido de Colina Roja. Allí se encontraron con él, pero definitivamente había perdido el juicio. Al acercarse e interpelarlo, había empezado a gritar, encorvándose en actitud catatónica. Así que desistieron de sacarle cualquier tipo de información; dejando a las Hermanas del Salvador encargadas de comunicarles cualquier mejora en el estado del hombre, para que pudieran hablar con él.

En las catacumbas, Daradoth se encontró con Symeon, y comenzaron unas horas de intensa búsqueda en los tres niveles que habían quedado abandonados por debajo de los calabozos. Mientras tanto, Yuria y sus herreros y masones consiguieron arreglar la puerta en el exterior.

Durante la cena, Faewald, uno de los íntimos amigos de Valeryan, reveló que había investigado en las cosas de Yuria, y confirmó que la mujer era en realidad quien decía ser, pues tenía una hoja de servicios y papeles que la confirmaban como oficial Ercestre. Valeryan miro con reprobación a su amigo, pero siguió escuchando. La otra cosa que había llamado la atención de Faewald era que Yuria poseía varios mapas: algunos del ártico arédico que revelaban su pasado como exploradora, y lo más extraño: unas hojas de navegación y mapas de tierras allende el océano, hacia el oeste, unas tierras desconocidas para todos. Valeryan le reprochó levemente el que hubiera entrado en los aposentos de la mujer sin su permiso, pero le agradeció la información y tomó nota mental de ella.

En mitad de la noche, un nuevo mensajero llegaba al castillo. Lucía el blasón de Arnualles en su sobreveste, y llegaba agotado. Sin perder un segundo, transmitió el mensaje a Valeryan: Robeld de Baun, el marqués de Arnualles, había caído enfermo con los síntomas que ya eran de todos conocidos, mientras se dirigía hacia el frente con una de las legiones. Los rostros de todos los presentes revelaron su consternación. El duque apretó las mandíbulas.

La mañana siguiente, ante la ausencia de noticias, decidieron enviar un grupo más nutrido de tropas para buscar a Aryenn Rhegen y los supervivientes de Colina Roja. Doscientos lanceros, cincuenta ballesteros, veinticinco cazadores y varios jinetes de caballería partirían comandados por Aldur. Mientras esto se decidía, y durante gran parte de la noche pasada, Daradoth y Symeon seguían enfrascados en su exploración de las catacumbas, con un calor que los agotaba rápidamente y unas estrecheces que dificultaban aún más cualquier movimiento. Antes de partir al frente de las tropas, Aldur recogió su enorme castrado de las cuadras, y allí se encontró con el mozo de cuadras que lo había recibido por primera vez en Rheynald, que había cuidado al caballo extraordinariamente bien. El muchacho se llamaba Aldric, pero todos le llamaban “podrido” debido al mal estado de sus dientes. El paladín sacó una moneda de plata y se la dio al muchacho, que lo miró con una actitud de devoción absoluta; en ese momento, Aldur sintió algo especial en el chiquillo, no sabía qué, pero sin duda se trataba de algo extrarodinario; revolviéndole los pelos con un gesto cariñoso, se dijo que pasaría más tiempo con él cuando volviera a Rheynald. Quizá podría hacer un buen paladín de aquel muchacho feúcho.

A mediodía, durante la comida, Faewald dio lugar a una incómoda conversación al interesarse por los verdaderos motivos por los que Yuria y Daradoth se encontraban en Rheynald. Concretamente, preguntó al elfo si era algún tipo de rebelde en su tierra, o quizá un desterrado. Daradoth respondió con una negativa, y razonando su constestación, convenció al hombre de que estaba equivocado. Acto seguido, los buscadores, que mostraban un aspecto bastante demacrado, volvieron a las catacumbas para continuar la búsqueda.

Al atardecer, Daradoth encontró por fin algo. Desde el fondo de uno de los túneles más estrechos pasaba un hilillo de aire, y empujando la pared, ésta cedió, revelando una puerta extremadamente bien disimulada, tanto que parecía obra de Enanos. Gritó para avisar a Symeon, pero no obtuvo respuesta, así que pasó lentamente. Pero el suelo no resistió su peso, y entre una lluvia de roca y arena, cayó varios metros hacia abajo, hasta que una superficie dura pero afortunadamente arenosa detuvo su caída, dejándolo sin aliento unos segundos. La oscuridad lo envolvía todo; tras asegurarse de que no tenía nada roto, se puso en pie. El ambiente era allí sofocante, hacía un calor intenso, aunque la atmósfera no estaba tan cargada, pero no veía nada. No obstante, ahora la sensación que experimentaba desde que había avistado Rheynald era definitivamente más intensa.

El estruendo del derrumbe había alertado a Symeon, que acudió corriendo mientras enviaba algunos guardias para que alertaran a lord Valeryan. Al cabo de unos minutos, Symeon y Valeryan se reunían con Daradoth en el fondo del pozo abierto por el derrumbe, de unos veinte metros de profundidad, y a la luz de las antorchas pudieron ver una gran estancia, obra sin duda de manos expertas en el trabajo de la piedra, llena de una escritura rúnica extraña y con una gran plataforma de mármol en su centro, que parecía un sarcófago enorme. La estancia estaba llena de rocas y arena procedentes de varios derrumbes, y la mitad más alejada se encontraba cegada por escombros que impedían poder seguir progresando.

viernes, 29 de agosto de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 4

Resistiendo (II). La caída de Colina Roja.
Tras la inquietud provocada por las revelaciones que Symeon había descubierto en el antigo depósito de pergaminos, el grupo pasó a cosas más terrenales, preocupándose de nuevo por la defensa de Rheynald y la forma de alargarla hasta que llegaran los refuerzos necesarios. Volvió a salir a colación la sugerencia de Yuria sobre la acumulación de sal y azufre (fuera lo que fuera este último, pues era una sustancia desconocida para muchos de ellos). Según les informó la ercestre, el azufre era una sustancia que se conseguía en la boca de volcanes dormidos y no era nada fácil de conseguir, pero si Valeryan conseguía algunos kilos, no se arrepentiría. El joven noble sabía por sus viajes que la tecnología ercestre era la más avanzada de continente, y había oído habladurías de sus logros, así que decidió que lo mejor sería hacer caso a la mujer. La sal no debía ser un problema grave de conseguir, saldría cara pero nada más; para el azufre, Valeryan decidió enviar con una importante suma de dinero a un comerciante de confianza de la ciudad, Dowal Bruenn, al puerto más cercano de la Confederación de Príncipes Comerciantes para intentar conseguir el máximo número de kilos de azufre posibles.

A continuación, el grupo celebró una reunión, convocando a Symeon, que se encontraba en la biblioteca, al padre Ryckard y a los cuatro “grandes” de servicio en el castillo (Siegard, Hawald, Egwann y Elydann), encargados de cada una de las áreas militares y administrativas. Intrigados por los descubrimientos de Symeon, pidieron los planos del castillo y trataron de descubrir algún recoveco o estancia antiguos, cegados o no descubiertos, pero no tuvieron éxito. Daradoth también hizo pública la extraña sensación que le había invadido desde que había avistado Rheynald, y lo que le inquietaba que pudiera haber algo bajo la fortaleza que la provocara. Aldur también sentía a Emmán más cerca, según contó. Se hicieron muchas suposiciones y se habló de las pocas pistas que se tenían, pero no llegaron mucho más allá.

Tras la reunión, Aldur y Daradoth volvieron a mantener una conversación sobre asuntos religioso-metafísicos, donde el elfo reveló información al paladín que abrió un mundo de nuevas posibilidades para éste. Daradoth habló de Eudes, el avatar de la guerra, y Aldur se mostró horrorizado porque existiera una deidad consagrada a tal fin, pero el “joven” elfo le habló de la Sombra, y de que no todas las guerras tenían por qué ser injustas si se libraban contra el Mal mismo. Para su sorpresa, Daradoth comenzaba a sentirse a gusto en compañía del paladín, algo que nunca habría dicho de un humano, pero la franqueza y amplitud de miras del enorme joven le agradaban mucho.

Valeryan decidió por fin hablar francamente con el padre Ryckard acerca del nombre que su propio padre le había revelado en su lecho de muerte: el padre Ibrahim. Al mencionarlo, el anciano clérigo se puso nervioso a ojos vista, y poco menos que rompió a llorar. Pero no quiso revelar nada; antes quería que Valeryan permitiera que el hermano Aldur le tomara confesión. Valeryan accedió, pero puso una vigilancia permanente al cura, preocupado por si intentaba alguna tontería.

Symeon habló con Ravros, y le pidió que tuviera a su gente muy alerta por si veían algo raro en el interior de Rheynald; el líder de los errantes accedió, por supuesto, y observó con una sonrisa el encuentro “casual” que Symeon provocó con la joven errante Azalea cuando se alejaba hacia el castillo. La sonrisa de la muchacha parecía sincera, y sus ojos lo volvían loco. El olor a jazmín lo embriagaba, y tuvo que contenerse para no estrecharla entres sus brazos; en lugar de eso, quedaron para verse esa noche o la siguiente, si era posible. Symeon se alejó hacia la biblioteca con el corazón palpitándole fuertemente en el pecho.

Yuria, por su parte, se había ido a comprobar el muro en busca de debilidades y de recovecos desconocidos (teniendo en cuenta la información de la biblioteca), y lo que encontró fue algo muy diferente. En cierto punto, el muro se había agrietado extrañamente, y ciertos ruidos bajo el suelo delataron lo que sucedía: ¡el enemigo había llegado ya bajo el muro con sus minas, y ya estaba acumulando cerdos en el túnel para hacerlo explotar! Pero tal cosa parecía imposible: no podía hacer más de dos días desde que habían comenzado a excavar, ¿¿y habían recorrido más de cien metros?? Sin embargo, las señales eran claras, así que Yuria dio inmediatamente la voz de alarma, y al instante, Aldur y un grupo de hombres comenzaban a cavar a toda prisa para intentar abrir un hueco en la mina y evitar la explosión. Y así sucedió in extremis: un fogonazo impactó a los cavadores y uno de ellos sufrió una muerte horrible; afortunadamente para Aldur, el paladín sufrió una ligera quemadura que sanaría en pocos días. Acto seguido, se dieron órdenes para inyectar agua y rocas en el hueco y salvar así el muro; pero al instante una voz de alarma alertaba de elefantes acercándose, y taladros que intentarían derribar el muro. Al subir a las almenas pudieron ver que, efectivamente, una gran fuerza asaltante se aproximaba, con los enormes taladros diseñados para destrozar las junturas de la roca en ristre; por doquier empezaron a caer también las enormes bolas de barro cocido y brea incendiaria. No obstante, el evidente fracaso de los mineros hizo flaquear el ataque que evidentemente se había lanzado para aprovechar el boquete que la explosión dejaría en el muro, y a los pocos minutos, la fuerza enemiga se retiraba, consternada por la falta de un hueco que atacar en la enorme barrera.

Pero no hubo apenas tiempo de celebrar la victoria ni de hablar de lo extraño que era que los vestalenses hubieran cavado más de cien metros de túnel en apenas cuarenta y ocho horas, pues un mensajero llegaba sin aliento desde el bastión sur, informando de que estaban a punto de sucumbir ante el empuje enemigo. El muro exterior ya había caído, y la situación era desesperada. Valeryan y los demás se pusieron inmediatamente al frente de una compañía de la legión y partieron al instante. Elydann, el nuevo duque de Gweden, quiso unirse a la compañía, pero con su facilidad de palabra, Valeryan le convenció de quedarse y custodiar Rheynald en su ausencia (por supuesto, con la secreta supervisión de Siegard Brynn).

Una columna de humo se elevaba desde donde se encontaba el bastión. Cuando llegaron, efectivamente el muro había caído y el combate tenía lugar en el interior de la fortaleza. Afortunadamente, había ocurrido algo no previsto por los enemigos: una parte de la colina sobre cuya falda se asentaba el bastión se había desprendido y había obstaculizado el avance de sus fuerzas, lo que había permitido a Valeryan llegar a tiempo. Al punto, el joven noble rugió la orden de carga, y se lanzaron a la refriega como un torbellino de muerte que primero detuvo a los vestalenses y luego rompió sus líneas, acorralándolas contra el improvisado muro de piedra que había causado el derrumbe. La guarnición y la legión aclamaron por igual a Valeryan, y gritos de ardor Emmanita se alzaron por doquier. Por suerte, habían conseguido salvar el día. Pero se enfrentaban a algo muy peligroso, si los enemigos eran capaces de cavar tan rápido.

De vuelta a Rheynald, Symeon tuvo su encuentro con Azalea, un encuentro extremadamente agradable durante el que pasearon y rieron; el errante pensó en besar a la muchacha, pero decidió que era demasiado pronto, y esperó.

Aldur tomó en confesión al padre Ryckard, que le pidió el perdón por sus actos horribles de juventud y le contó lo que había pasado hacía aproximadamente cuarenta años. Aldur le concedió el perdón y no pudo evitar fijarse cuando el anciano se alejaba en que un cuchillo había aparecido en una de sus manos. Antes de que pudiera dar la voz de alarma, Valeryan apareció y saludó al clérigo, que rompiendo a llorar tiró el cuchillo, diciendo ser un cobarde. Al parecer, había pretendido suicidarse varias veces durante los últimos años, pero nunca había tenido el valor suficiente. A solas con Valeryan, le contó todo lo que habían urdido entre Arnualles, su abuelo, su padre y él mismo: le habló de la comitiva de clérigos herejes asesinados y de los niños que también fueron asesinados. El padre Ibrahim era un alto cargo de la iglesia en aquella época y cabecilla del complot, pero no tenía ni idea de dónde podía encontrarse ahora. Tranquilizando al padre, Valeryan se despidió de él y se aprestó para una nueva defensa del castillo.

La noche cayó, y con ella Symeon intentó entrar al Mundo Onírico, algo que no hacía desde hacía tiempo. Y lo consiguió, pero no fue una sensación agradable como otras veces -cosa que por otra parte ya se temía por los intentos que había hecho los últimos días-, sino una sucesión de caídas y golpes (no en el sentido físico, por supuesto) que lo aturdieron y casi acaba con él. Todo empezó con un fuerte mareo y una sensación de desplome a través de un manto blanco y gelatinoso, manto que dio lugar a un entorno de color verdemar y a un dolor indescriptible que casi acaba con el errante; recuperó la consciencia cuando una enorme mano le cogió el antebrazo, que al instante le empezó a arder y a ser aplastado; no podía ver nada en medio de una dolorosa ceguera blanca, pero el propietario de aquella enorme mano que agarraba todo su antebrazo debió comenzar a agitarlo como a un pelele, haciendo el dolor casi insoportable; afortunadamente, lo soltó y Symeon cayó al vacío, un vació insondable que no podía ver pero sí sentir, que turbó su mente y conmovió su alma casi hasta el punto de la muerte.

Symeon despertó, sudado y gritando. Ciego durante unos instante, recuperó la visión a los pocos minutos, pero las sensaciones que había experimentado lo dejaron temblando y perturbado varias horas. El grupo se reunió de madrugada, convocados por Symeon, que con dificultades, les contó la horrible experiencia y les reveló su capacidad de viajar en sueños; también les contó lo que había descubierto acerca de unas ruinas que ya existían en el enclave original donde se levantó Rheynald. Yuria y Aldur se mostraron más escépticos, y Valeryan un poco molesto por no haberse sincerado Symeon antes con él, pero la vehemencia de Daradoth cuando oyó hablar del Mundo Onírico, y lo extraño de todo lo que había pasado recientemente acabaron por convencerles de la veracidad de las palabras del errante. Decidieron organizar tres o cuatro grupos de guardias para explorar cada recoveco del castillo y del muro e intentar encontrar algo fuera de lugar que les diera alguna clave de lo que sucedía en Rheynald. Symeon también sugirió que quizá las minas habían llegado bajo el muro de Rheynald tan rápido porque los túneles ya existían y pertenecían a las ruinas bajo la colina.

Tras dos días más o menos tranquilos, unos cuernos anunciaron la llegada de la fuerza de lord Elydann. La legión de Ústurna llegaba para ponerse bajo el mando del nuevo duque de Gweden. Acto seguido, lord Elydann se reunía con Valeryan para conversar sobre la guerra y sobre el hecho de que el duque esperaba de Valeryan un apoyo incondicional y la obediencia debida. Por supuesto, el joven marqués de Rheynald tranquilizó al duque en ese aspecto y le ofreció todo su apoyo. Lord Elydann estaba preocupado por si Arnualles o algún otro intentaba maniobrar políticamente contra él, y así se lo hizo notar a Valeryan, que volvió a ofrecerle su apoyo y a tranquilizarle. A continuación, se reunió el alto mando al completo, incluyendo a Yuria y a Aldur. Lord Elydann se mostraba partidario, ahora que contaban con dos legiones, de atacar rodeando los bastiones norte y sur, pero Yuria se mostró contraria, pues no creía que fuera buena idea abandonar la protección de los muros; mientras los vestalenses no pidieran refuerzos, con dos legiones sumadas a la guarnición de Rheynald podrían resistir todo el tiempo que hiciera falta, y esperaban más refuerzos de Arnualles y los demás. Gracias a las habilidades sociales de Valeryan y a los evidentes conocimientos de Yuria (a la que el duque miró valorativamente al acabar al reunión) en el arte de la guerra, lord Elydann aceptó esperar. Se decidió destinar una parte de la guarnición bajo la supervisión de Yuria a mantener bajo vigilancia constante el muro en prevención de posibles nuevas minas.

Otro problema al que se enfrentaban era el número de guardias que se encontraban muertos en cada amanecer. Cinco guardias habían sido encontrados muertos sin signos de violencia la primera noche, y seis la siguiente. No tenían más remedio que pensar en los Susurros de Creá.

Esa tarde, llegaba un mensajero, agotado, lleno de polvo y con los ojos desorbitados; su conversación no era coherente, y lo único que hacía era repetir una y otra vez que Colina Roja había caído, atacada por "cuervos gigantes", que lord Thewenn había muerto y que lord Aryenn había huido hacia Rheynald. Algo le había pasado a ese hombre, que lo había trastornado de un modo tremendo. Lo pusieron bajo los cuidados de las Hermanas del Salvador, en el hospital de la ciudad, y enviaron un grupo de jinetes para contrastar la información; lo de los "cuervos gigantes" era algo ciertamente preocupante...

jueves, 14 de agosto de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 3

Resistiendo. La Biblioteca.
En la mesa de guerra presidida por el marqués de Arnualles, se hicieron los preparativos y los planes necesarios para resistir un asedio prolongado. Se enviaron mensajeros al resto de fortalezas fronterizas para dar y obtener información de su estado lo antes posible. La inmensa mayoría de los nobles partiría inmediatamente a sus tierras, y Robeld de Baun prometió a Valeryan enviar una parte importante de sus tropas lo antes posible. Algunos de los caballeros y nobles menores reunidos en Rheynald decidieron quedarse a luchar, reclamando tropas propias mediante mensajeros. Lord Elidann, el hijo de la duquesa de Gweden, decidió quedarse también, aprendiendo el arte de la guerra y reclamando tropas a su vez.

En la calma del mediodía, Valeryan se reunió con Yuria, con la intención de conocer un poco más a la mujer. Estaba claro por lo que había demostrado que sus conocimientos de logística y estrategia eran amplios y por tanto ratificaba el cargo de oficial que sus ropas sugerían. Pero no podía dejar el mando de su ejército en manos de una desconocida, así que intentó informarse más sobre ella; sin embargo, Yuria se mostró bastante opaca en cuanto a revelar alguna información. Así que Valeryan decidió confiar la misión de descubrir más cosas sobre el pasado de la ercestre a Hawald, su capitán de la guardia, que ya había hecho buenas migas con la extranjera. Hawald pasó largo tiempo con ella en las horas que siguieron, mientras Yuria aplicaba sus conocimientos de ingeniería a la reparación de las puertas de caballería, y su misión fue un éxito: la ercestre le reveló bastantes datos sobre su pasado y el porqué de su presencia en Rheynald. Valeryan se enteraría más tarde por boca del capitán que Yuria había sido más o menos “desterrada” de Ercestria por desavenencias con altos cargos militares; la mujer demostraba tener un dominio enorme de la táctica en batalla, además de logística, estrategia e ingeniería, y de alguna manera había llegado al convencimiento de que debía renovar el sistema de combate de su país natal; eso la había enfrentado a ciertos elementos influyentes y había acabado por tener que abandonar el país. Hawald también transmitió a su señor que, en su opinión, podían fiarse de la mujer, pues le parecía que se mostraba obsesionada por demostrar su valía y eso podía revertir en mucho bien para la casa de Rheynald.

Symeon pasó largas horas en la biblioteca, intentando recabar información sobre el Ra’Akarah vestalense. Mientras tanto, Aldur se reunió con los Errantes para asegurarse de que estaban bien y eran respetados. Los dos se encontraron cuando Symeon se dirigía hacia la biblioteca, y éste pidió al paladín que transmitiera a Valeryan lo que había descubierto sobre el Mesías vestalense. Aldur no lo pensó un instante, inquieto por la revelación, y se dirigió a toda prisa a hablar con el marqués. La mesa de guerra ya se estaba disgregando, y Valeryan se encontraba manteniendo una conversación con el hijo de la duquesa de Gwedenn, de la que se mantuvo prudentemente apartado. Elidann se mostró indignado por la facilidad que la que todos los nobles habían olvidado la desaparición de su madre, y reclamó la ayuda de Valeryan para encontrarla. Había oído rumores muy extraños sobre lo que había pasado por la noche en los aposentos de su madre y quería confirmación. Valeryan no se atrevió a mentir, y confirmó los rumores, asegurándole que no se había olvidado en absoluto de la duquesa, pero que tenían preocupaciones más acuciantes de las que ocuparse. Lord Elidann se calmó con las explicaciones de Valeryan; quería saber más sobre lo que había pasado, pero Valeryan no pudo darle más información que la que tenía, así que el duque en funciones se retiró. Una vez acabada la conversación, Aldur transmitió a Valeryan la información que le había confiado Symeon. El señor de Rheynald abrió mucho los ojos, y se mostró algo incrédulo, pero unas cuantas preguntas entre los refugiados huidos de Vestalia confirmaron la historia: el Ra’Akarah se había hecho carne y según los vestalenses, los llevaría a la victoria. El ánimo de Valeryan se ensombreció; rechinó los dientes y miró al cielo. Aldur desenvainó su espada y la clavó en el suelo, poniendo una mano sobre la cruz del pomo e invitando a Valeryan a hacer lo mismo; el marqués puso su mano enguantada sobre la del paladín, y así sellaron silenciosamente un pacto de amistad y lucha contra los enemigos de Emmán.

Mientras tanto, Daradoth había seguido pululando por la fortaleza, intentando encontrar el origen de aquella extraña sensación que le había invadido desde que había avistado la ciudadela. En algún momento le había parecido estar a punto de encontrar alguna clave que le condujera al origen de todo aquello, pero fueron falsas alarmas. En un momento dado, cuando salía a toda prisa de uno de los sótanos de Rheynald, alguien lo increpó, saludándolo. Se trataba de lord Elidann, el hijo de la duquesa de Gwedenn, a la que el extraño elfo (para Daradoth a todas luces el kalorion llamado Trelteran) se había llevado la noche anterior. El duque quería recuperar a su madre a toda costa, con lo que quería toda la información que el elfo pudiera darle. Había acudido a él ya que los rumores decían que el que se había llevado a su madre parecía un extraño elfo. Daradoth no quitó del todo las esperanzas a Elidann, pero sí le dijo que su madre podía encontrarse muy lejos ya a aquellas alturas, y que lo mejor sería preocuparse por sobrevivir a la guerra que tenían encima, pues el joven lord tenía ante sí ahora una gran responsabilidad; ante la insistencia del duque, también dio información sobre la Sombra, sus comandantes (llamados kaloriones), y sobre la leyenda de Trelteran, el más poderoso de ellos. Por supuesto, Elidann se mostró escéptico al principio, pero lo cierto es que Daradoth estuvo muy convincente, y finalmente el humano le creyó; aquello parecía increíble, ¿la Sombra? ¿Kaloriones? Pero lo cierto es que la información salía directamente de la boca de un elfo, el pueblo largo tiempo desaparecido, con lo que Elidann acabó afirmando y retirándose tras una extremadamente cortés despedida. Mientras se marchaba, Daradoth insistió de nuevo en la gran responsabilidad que tenía ahora como duque de Gwedenn, con la guerra a sus puertas.

El día siguiente, mientras Yuria se encontraba totalmente absorbida por su labor en el arreglo de las puertas con los herreros y masones procedentes de la ciudad, Valeryan reunía al resto del grupo. En el exterior, las rocas volvían a amartillar los muros de Rheynald. El joven noble pidió la firme ayuda de los presentes en los trances que se avecinaban, y la necesidad de defender los ideales de Emmán frente al nuevo mesías que los vestalenses afirmaban tener. Daradoth aprovechó para iniciar una conversación sobre metafísica y religión, en la que hizo revelaciones que no gustaron a todos los presentes, particularmente a Valeryan; su afirmación de que Emmán no era el único dios verdadero no fue bienvenida, por lo que optó por dejar la conversación para algún momento posterior. El elfo también habló sobre lo ocurrido en los aposentos de lady Rhyanys hacía dos noches; les habló de la Sombra, de las antiguas Guerras de la Hechicería, de los comandantes de los ejércitos oscuros y de Trelteran. También expuso sus sospechas acerca de que el Ra’Akarah pudiera ser uno de esos “kaloriones”, como él los llamaba. Con la conversación derivando a derroteros de sorpresa e incredulidad a partes iguales, un sirviente apareció gritando y reclamando a lord Valeryan en el muro, pues una comitiva vestalense se acercaba a Rheynald enarbolando bandera blanca.

El grupo al completo subió al Muro, junto con Yuria, Sir Hawald y lord Elidann. Unos treinta jinetes a caballo se detuvieron a unas decenas de metros del muro principal. Valeryan demostró hablar un fluido vestalense en las breves frases que intercambió con la comitiva, y no pudo evitar la sensación de que el cabecilla le recordaba a alguien. El joven marqués no alargó mucho la conversación: los vestalenses le instaron a rendir el castillo para mayor gloria de su Ra’Akarah, y tras un breve intercambio de agrias respuestas, Valeryan dio la orden de disparar a los ballesteros; algunos de ellos se miraron dubitativos, y Aldur, Daradoth y Symeon abrieron mucho los ojos; pero Valeryan no vaciló: con su estentórea voz rugió de nuevo la orden de disparar, y varias docenas de venablos volaron hacia la comitiva, causando la muerte de varios de ellos y la huida de otros tantos. ¿Quiénes se creían que eran aquellos malnacidos para exigirle rendir el castillo? ¿Acaso no temían la justicia de Emmán? Él se encargaría de mostrársela. Ante las miradas reprobatorias de todos los de su alrededor sintió un escalofrío de arrepentimiento, pero aun así sostuvo sus miradas, desafiante. Daradoth, Aldur y Symeon se marcharon sin decir una palabra, dejando claro su descontento con la actitud de Valeryan. Yuria quedó mirando la escena, pensativa.

Ante lo que había sucedido, Symeon fue a conversar con Ravros y los Errantes, para sugerirles marcharse de allí lo antes posible. La acción de Valeryan podía desencadenar una cruel matanza, y se sentiría mejor si sus compatriotas se marchaban hacia el norte, lejos de aquella guerra; además aprovechó para sincerarse con el anciano y contarle parte de su historia pasada, interesándose por si habían visto a alguno de sus parientes, a lo que Ravros respondió negativamente. Mientras intentaba convencer al líder Errante, una muchacha llamó su atención, una joven Buscadora bellísima que le sonreía y que se acercó a él cuando acabó de departir con Ravros. La muchacha decía llamarse Azalea, y siempre con una bellísima sonrisa y un olor a jazmín que casi vuelve loco de deseo a Symeon, se interesó en su historia. Symeon prefirió ser cortés y despedirse lo más rápidamente posible de ella, pero su sonrisa y los bucles de su pelo negro azabache quedaron grabados a fuego en su mente. Al regresar al castillo, Symeon se encontró de nuevo con Valeryan, con el que pensaba mantener una conversación sobre lo ocurrido, pero no fue necesario: el noble, reunido también con Hawald, reconoció que se sentía incómodo con lo ocurrido, y que había sido fruto de un arrebato; también se mostró preocupado por si había heredado el carácter de su padre.

Aldur y Daradoth mantuvieron una breve conversación después del desgraciado incidente en el muro. Aquello no había gustado a ninguno de los dos, e intercambiaron sus impresiones. El elfo sugirió que quizá sería buena idea que Aldur mantuviera unas charlas sobre sus creencias con Valeryan. Daradoth también habló al paladín de la extraña sensación, aquella comezón, que le había invadido en cuanto había avistado Rheynald. Hasta entonces Aldur no se había dado cuenta, pero era cierto que quizá en Rheynald notaba la Luz de Emmán más cercana. Sí que era extraño.

Poco después, uno de los dos grupos de exploradores que previamente habían enviado a investigar al ejército asediante volvían a Rheynald. Informaron de que el ejército vestalense se componía aproximadamente de cinco mil efectivos al mando del shaikh de Issakän,  Hafeereth ra'Issakh, con Ibraham ra'Koreen, el antiguo señor de Shia'Ohmagar como general. Claro, de aquello le sonaba el cabecilla de la comitiva a Valeryan; sin duda debía de tratarse de Muraham, el hijo de Ibraham, cuya fortaleza los Rheynald habían arrasado hacía unos quince años, en la primera expedición en la que participó Valeryan. También llegó un mensajero del bastión norte informando de la precariedad de su situación, ante lo que Yuria se trasladó allí para encargarse de las defensas; tras sopesar los pros y los contras de la defensa del bastión norte, aconsejó destinar allí a 200 hombres de la legión, cosa que se hizo sin tardanza; Yuria también recomendó acumular una gran cantidad de sal y azufre en ambos bastiones, y aunque Valeryan no entendió para qué, decidió colaborar con la mujer, enviando sirvientes en busca de todo lo que pudieran acumular.

Entre tanto, Symeon pasó la mayor parte de los días en la biblioteca de la iglesia, intentando recopilar información sobre el Mesías vestalense, y por pura casualidad, mientras movía unos libros de sitio, una estantería se vino abajo, revelando un agujero en la pared. Al parecer había habido un derrumbe muchos años atrás que nadie se había preocupado en despejar, sino que se había construido una pared delante. Los ladrillos cedieron fácilmente, dejando un hueco por el que cabía un brazo. Excitado, Symeon tocó papel al otro lado: rollos de pergamino, sin duda. Al otro lado del edificio, Aldur y Valeryan habían coincidido en la iglesia para rezar ante el altar de Emmán. En una breve conversación, el segundo se mostró preocupado por lo que había pasado en el muro, pues no quería caer en los mismos pecados que su padre. En ese momento, un movimiento borroso entre los bancos de la iglesia llamó su atención, y se giraron cuando oyeron la voz de Symeon gritar desde la biblioteca. Otro destello reveló una figura borrosa cerca de ellos: no podía tratarse sino de Susurros de Creá, la hermandad de asesinos vestalense; Valeryan llamó a los guardias a voz en grito, que en breves momentos hicieron acto de aparición, mientras Aldur y él corrían para ayudar a Symeon. El Errante había sido apuñalado por sorpresa en un costado, afortunadamente sin gravedad. Era extraño que los famosos asesinos de Creá fallaran en su propósito, pero gracias a Emmán que habían podido salir de aquello sin mayores consecuencias. Los Susurros suponían un reto para la defensa de la fortaleza, deberían extremar las precauciones. De hecho, como más tarde les informarían, diez guardias perdieron la vida durante la noche a manos de atacantes desconocidos; debían idear algo para protegerse de los Susurros o poco a poco irían diezmándolos. Era extraño que la hermandad atacara tan organizadamente en una operación militar, pero si el Ra’Akarah había aparecido, podría haberlos convencido de que colaboraran con el ejército.

Cuando se hizo la calma, Symeon les habló de su descubrimiento. Un brillo acudió a los ojos de Aldur, también ávido de conocimiento, pero el Errante se aseguró de leer primero todos los manuscritos. Descubrió un rollo de pergaminos que hablaba de la creación de la ciudadela de Rheynald; en el manuscrito se hacía un informe detallado de la multitud de extraños arrebatos de locura e improbables accidentes en su construcción. Otro de los manuscritos, en un estado penoso, relataba las extrañas leyendas sobre la región que databan de los tiempos de los minorios, los hombres ancestrales: en él se hablaba de seres enormes que rozaban las nubes y que eran capaces de destruir las montañas con su ira. También de extrañas construcciones que parecían flotar en el aire y que más parecían producto de los delirios de un loco que de algo real. Todo tipo de historias extrañas que no parecían tener ninguna conexión con la realidad, pero que hacían pensar a Symeon que Rheynald no se encontraba en un lugar cualquiera...