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jueves, 19 de enero de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 17

La investigación de Abornaz
Tras volver Tomaso y Patrick del sanatorio compartieron con el grupo lo extraño del comportamiento de Abornaz Hawk, y elucubraron durante un rato qué podían ser aquellas sombras que dibujaba. Durante la larga conversación Patrick pudo por fin visualizar el aura de Derek; como había sospechado, el aura del director de la CCSA no era como la del común de los mortales: variaba en su forma, parecía pulsar y oscilar alrededor de sus compañeros. La revelación de este hecho convenció a Patrick de que era Derek el que servía de protección al grupo de alguna forma extraña que no alcanzaba a comprender. Al mencionar este hecho, la reunión devino finalmente en una sesión de sinceridad, en la que todos los integrantes del grupo al completo decidieron que compartirían con los demás todos los hechos ocultos de su pasado. Derek volvió a recordar lo extraño de la entrega de los manuscritos por parte de sus padres adoptivos, y lo oscuro de las circunstancias de su nacimiento y primeras jornadas de vida, no sabía de qué manera podría haber afectado eso a su aura.

Más tarde, Tomaso decidió contactar con sus amistades de Nueva York y solicitarles que enviaran documentación falsa para todo el grupo. No tuvo demasiados problemas en contactar con quien podía proporcionársela, pero necesitarían al menos cinco días para hacérsela llegar, días que deberían permanecer en Montreal.

Durante ese tiempo decidieron aprovechar para profundizar más en el trabajo del doctor Hawk. La noche del primer día Patrick se reunió con Robert para debatir la posibilidad de conseguir más Polvo de Dios; esto hizo que el grupo se reuniera de nuevo para que Robert les explicara algo más sobre el proceso de creación de la droga: necesitaba un elemento exótico que había probado ser imposible de sintetizar y que le proporcionaba Georg Lazarev, un amigo de su círculo de coleccionistas de sustancias exóticas desde Rusia. El magnate no conocía más detalles sobre el elemento, sólo que Georg se lo enviaba a cambio de una buena suma de dinero regularmente desde Rusia o, en ocasiones, desde algún país de la antigua órbita soviética. Robert planteó la posibilidad de viajar a Tel Aviv para contactar con otros miembros de su círculo de coleccionistas (dejó traslucir su posible implicación sentimental con una de ellas) e intentar seguir el rastro de Lazarev, desaparecido desde hacía semanas.

La siguiente jornada comenzaron a atar algunos cabos en el trabajo de Abornaz. Llegados a cierto punto, Sigrid apreció cómo sin un motivo aparente, el doctor había empezado a viajar por el remoto noreste de la región de Québec. Más tarde descubrirían, por referencia a trabajos de otros autores, que tal desplazamiento parecía estar motivado por un cisma en el seno de la tribu abenaki por el que una parte de ellos fueron exiliados hacia el norte de sus tierras de origen. Tal cisma había sido (según las disquisiciones de Abornaz) motivado por la influencia de las creencias vikingas sobre una parte de los abenaki, oscuras creencias que habían provocado el enfrentamiento con los nativos más ortodoxos. Un sobre conteniendo material diverso marcaba el momento donde Abornaz y sus compañeros habían descubierto por fin la mansión perdida en medio de ninguna parte. Unas viejas cintas medio aplastadas llamaron la atención de Sigrid, que se las llevó y en el hotel pidió medios para poder oírlas. La mayoría de la cinta estaba en mal estado y lo único que se alcanzaba a oír eran zumbidos, pero en algunas partes, la voz de un Abornaz mucho más joven hablaba.

“...los guardianes nos están siguiendo ya hace días… Pierre está muy mal...”

“...esto es demasiado, tenemos que volver… se sale de todas las escalas, tenemos que encontrar un modo de arreglar esto...”

“...la muerte de la mujer de Pierre ha sido definitiva, no sé qué más hacer...”

“...son abenaki, estoy seguro… si son mis antepasados debería poder contactar con ellos... debió de ser el monolito, sí, debió de ser eso, de alguna manera me puso en contacto con ellos… no puedo, no puedo, no puedo soportarlo más; si oyes esto, John, no pienses que estoy loco, por lo que más quieras...”

“...desconfío de todos… no puedo soportarlo más… obligaré a Pierre a irse, esto está acabando con nosotros… no quiero que mis hijos sufran daño, quizá sea sólo una casualidad, pero la muerte de sus hijos...”

“...debemos destruirlo… no sé cómo hacerlo, pero debemos encontrar la manera...”

El grupo se miró con inquietud cuando Sigrid les leyó la transcripción. Las cintas habían sido aplastadas, mojadas y desgastadas, y había sido bastante difícil sacar algo en claro, eso debía de ser lo que había hecho que la gente de la universidad las ignorara y simplemente las metiera en las cajas de Hawk. Durante la reunión, Sigrid planteó la posibilidad de viajar a un nuevo destino: su tierra natal, Noruega, donde disponía de una biblioteca privada que aseguró que le sería de utilidad para deducir más cosas a partir del trabajo del doctor.

Tomaso y Sally dedicaron su tiempo en adelante a investigar sobre noticias en los posibles destinos del grupo: Burdeos, donde se había trasladado Pierre, el compañero del doctor Hawk; París, donde se encontraban los psicomagos; Roma, donde suponían que se encontraba Daniel; Noruega, donde Sigrid quería consultar su bibliteca; San Francisco, donde habían estado destinados los agentes del FBI que mencionaban al padre Jan Borkowski durante los disturbios; Tel Aviv; el noreste de México, e Inglaterra. No descubrieron nada que les hiciera desistir de viajar a ninguno de ellos. Para complicar más las cosas, Sally propuso Cuba como un destino ideal de cara a extirpar cuanto antes el parásito que la resonancia había descubierto en la nuca de Sigrid. Fuera lo que fuera aquello, había que sacarlo de su cuerpo cuanto antes.

Sobre el final de la documentación, Abornaz había empezado a dibujar las primeras sombras que parecían atormentarlo. Lo que parecía claro era que hacía entre veintiún y veintitrés años atrás había habido muchas muertes: la mujer (en un accidente de tráfico) y los hijos (de cáncer) de Pierre, algunos de los compañeros de expedición de los doctores, y la esposa de Abornaz. Entre los documentos encontraron también la tarjeta de un terapeuta hipnotizador al que parecía haber estado visitando el doctor; tras una breve investigación, averiguaron que tanto el terapeuta como toda su familia habían perdido la vida en un extraño incendio en su domicilio. Demasiadas muertes en breve período. También obtuvieron un listado de los símbolos que habían visto en la caverna del monolito, con una serie de significados que el doctor les había asignado: todos tenían que ver con los conceptos de protección, de eternidad, inmensidad, divinidad y tiempo.

Se volvieron a reunir con John Hawk para darle su versión de los progresos que habían hecho con los documentos de su padre, por supuesto mucho más edulcorada que la realidad. En la conversación, salió a la luz que John tenía un hermano mayor: Jason, que trabajaba en una maderera en el extremo este de la península de Labrador. John también les habló de la difícil infancia que habían pasado debido a la obsesión de su padre, y por último decidieron enseñarle los símbolos extraños de la gruta bajo la mansión, con los significados que les había atribuido su padre. John les confirmó que los conocía, pero que todos los estudiosos habían conocido en que no eran más que una invención de su padre, no había ninguna referencia a ellos en ningún sitio y el viejo doctor nunca había podido (en realidad no había querido, como el grupo sabía) dar una referencia clara de su origen. Tomaso intentó confortar a Hawk diciéndole que ellos habían ya habían visto aquellos símbolos en algunas fotos, pero este no dio mucho crédito a las palabras del italiano. Volviendo a abordar el tema de su infancia, John les contó que su padre parecía obsesionado con la seguridad de sus hijos después de la muerte de su madre, que debido a ello se trasladaban constantemente de domicilio y que siempre les obligaba a llevar colgado al cuello un atrapasueños (costumbre que el joven doctor todavía conservaba, enseñándoles el que llevaba en ese momento). En concreto, recordaba una ocasión donde el comportamiento de su padre se había hecho definitivamente extraño: en una de las casas que habitaron, una casa de madera en medio del campo, en un par de frías mañanas de invierno John pudo ver cómo su padre daba tres vueltas a la casa caminando hacia atrás; nunca se atrevió a sacar el tema ante Abornaz, y de hecho lo había olvidado hasta esta conversación con el grupo; todos se miraron, inquietos; John simplemente lo explicó como uno de los signos de la locura que había crecido en el interior de su padre debido a su obsesión y el dolor de la pérdida de su esposa.

Finalmente, Tomaso recibió la documentación que le enviaron sus contactos de Nueva York a un apartado postal. Se reunieron para evaluar todos los posibles destinos de nuevo, y Sally aprovechó para enseñarles un vídeo de un canal de economía donde se podía ver a Robert y a Michael dando una conferencia de prensa para anunciar el traspaso de responsabilidades. Una levísima irregularidad en el parpadeo del Robert de la televisión los convenció de que se trataba de un sustituto artificial; alguien que no supiera la verdad lo achacaría simplemente a nerviosismo o a quizá a una irritación ocular, pero el grupo sabía cosas que el común del pueblo ignoraba; Patrick se quedó petrificado, aterrado por la posibilidad de que hubiera máquinas capaces de sustituir a las personas. Robert también, al ver la trampa que le habían tendido.

Una vez superado el shock decidieron ser pragmáticos y dedicarse a planear sus acciones. Finalmente, la opción de México fue la elegida, no sin opiniones en contra. Derek decidió ponerse en contacto con el congresista Ackerman y preguntarle si podían confiar en alguien en el país sureño. Discutieron sobre el asunto de Robert McMurdock, sobre el que Derek le proporcionó toda la información; Ackerman manifestó su incomprensión, porque se le ocurrían al menos trescientos empresarios más influyentes que McMurdock que sus enemigos podrían haber suplantado; Derek no le dijo nada sobre la relación de Robert con el Polvo de Dios, por supuesto. Cambiando de tema, Philip le confirmó que si viajaba a México podría ponerse en contacto con el embajador Finley Hughes, que gozaba de su total confianza; en breves minutos se pondría en contacto con él para hablarle de la visita de Derek. El congresista también le pidió a Derek que no desapareciera del mapa y que estuviera localizable para volver a Nueva York si era necesario, pues sospechaba que sus enemigos estaban tramando algo contra la CCSA y pronto intentarían una ofensiva para sacarla de la circulación. No sabía ni cómo ni cuándo, pero tenía sospechas bien fundadas sobre ello.

miércoles, 4 de enero de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 16

La Universidad de Montreal. Van Dorn llama.
Antes de decidirse a partir hacia México o Europa, decidieron que debían averiguar más datos sobre la relación entre los vikingos y los abenaki, y para ello, en teoría estaban en el lugar ideal. Haciendo una pequeña búsqueda en internet, se encontraron con que precisamente en la universidad de Montreal se encontraba uno de los mayores expertos sobre el tema, si no el mayor: el doctor John Hawk, que además era descendiente de nativos americanos canadienses.

En la Universidad, el doctor Hawk les atendió amablemente, y en una distendida conversación mientras tomaban un café mencionó a su padre. Su padre, el doctor Abornaz Hawk, había estado obsesionado durante décadas (¡más de cincuenta años!) con la relación entre los vikingos y los abenaki en una época muy anterior a la llegada de Eric el Rojo a Vinland; a estas alturas, John afirmaba con lágrimas asomando a sus ojos que todavía no entendía por qué su padre había estado convencido de tal relación, ni por qué tal cosa había llegado a convertirse en una obsesión de la magnitud que afectó a su padre. De hecho, tal obsesión había acabado por erosionar la relación de Abornaz con su más estrecho colaborador, Pierre Nicolás, que hace unos veinte años abandonó la investigación y se marchó a Francia hacía más o menos veinte años.

Muy amablemente, utilizando sus influencias, John concedió al grupo acceso a la biblioteca y también al reservado donde se encontraba toda la documentación de la investigación de su padre. Les comentó también que la biblioteca había dado un plazo breve para que John se llevara todo el material, pues la mayoría eran escritos estériles que no habían dado ningún fruto científico y había que despejar espacio en el edificio. Sigrid y Patrick se apresuraron a devorar toda la información que pudieran de los más de cincuenta años de investigación. Derek y Tomaso ayudarían en lo que pudieran. Tomaso investigó un poco sobre el colaborador del padre de John, el tal Pierre Nicolás, y efectivamente, hacía 23 años que se había trasladado a una plaza en la Faculad de Historia de Burdeos; además, parecía que había renunciado a publicar, pues su actividad se reducía a dar clases y poco más.

Más tarde, hablando más profundamente acerca de su padre, John reconoció (con una actitud ya no tan amistosa) que estaba recluido en un sanatorio mental. No quiso darles más detalles, pues cuando el grupo manifestó su deseo de visitar al doctor Hawk padre, John lo rechazó y se cerró en banda sobre el tema.

Esa misma tarde recibieron un enlace a un vídeo en la nube que enviaba el padre Borkowski. En el vídeo se podía ver a Daniel sano y salvo, aunque aquejado del extraño mal. Todo a su alrededor era oscuro y la cámara no parecía poder penetrar las tinieblas que provocaba. La mente de Sigrid no se vio afectada apenas por la visión, lo que mostraba el buen trabajo que había hecho Lebescque. Por lo demás todo parecía normal; sin embargo, minutos más tarde, Omega Prime les revelaba que aunque el vídeo no había sufrido manipulación en sus imágenes, sí que había evidencia de que alguien había borrado los datos de localización GPS. Esto indujo a sospechar al grupo de la veracidad del vídeo, o al menos de su localización en Boston.

Por su parte, Robert, extrañado porque ya hacía más de veinticuatro horas que no recibía mensajes ni llamadas relacionadas con el trabajo, decidió ponerse en contacto con sus consejeros más allegados. Todos ellos reaccionaron de forma más o menos parecida: la primera impresión fue de extrañeza por la llamada de Robert, y por información que parecía desconocer. Algunos de ellos incluso le respondieron de malas maneras porque “no eran estúpidos” y “no les gustaba que les tomara el pelo”. Otros aguantaron la conversación a pesar de su extrañeza, y eso permitió a Robert hacerse una imagen general de la situación. Según le habían confirmado, él mismo se encontraba en esos momentos, o escasa media hora antes, en Nueva York; además, había dado las órdenes necesarias para la cesión de todos sus derechos, propiedades y capital (excepto las ONG y todo lo inocuo) a Michael Stevenson, el que había sido su mano derecha durante tantos años. Incluso ya habían aparecido noticias en algunos medios económicos, dado lo insólito de tal decisión; según parecía, Robert había anunciado que se dedicaría en adelante sólo a obras filantrópicas.

Cuando el químico puso en común con el resto del grupo todos los detalles de sus conversaciones, enseguida salió a relucir la posibilidad de que hubieran sustituido a Robert por un doble. Dado lo que sabían gracias al vídeo que les había enseñado Philip Ackerman, no podían ni siquiera descartar que tal doble no fuera sino un ente artificial. Se miraron unos a otros, preocupados.

La mañana siguiente, mientras Robert decidía si marcharse de nuevo solo hacia Nueva York o no, Sigrid se estremeció cuando reconoció en el correo electrónico un mensaje de su antiguo enemigo, Paul van Dorn. El librero la instaba a ponerse en contacto con él ante la imposibilidad de hacerse con ella en el número de móvil que tenía. Por fin alguien importante y relacionado con su vida anterior a la subasta daba señales de vida. Con el corazón palpitándole, llamó al despacho de van Dorn; su secretaria pasaba en pocos segundos la llamada. La conocida voz de van Dorn al otro lado del auricular, por extraño que pareciera, reconfortó a Sigrid. La conversación fue breve, y en ella ambos expusieron su deseo de encontrarse en una reunión. Sigrid quería concertar una reunión en algún lugar de Europa, a lo que van Dorn no se opuso, pero de todas formas, el librero le proporcionó unas coordenadas donde podrían reunirse antes si ella lo deseaba. Las coordenadas se encontraban en algún lugar al norte del estado de Nueva York, lugar que debía corresponder a la mansión de veraneo de van Dorn o algún sitio cercano. Se despidieron educadamente.

Cuando Tomaso y Derek volvieron al hotel después de dejar a Patrick y Sigrid en la Universidad, se encontraron con que Robert había vuelto a desaparecer. Tomaso le llamó y no le fue difícil averiguar que se había dirigido al aeropuerto con la intención de volver a Nueva York. Afortunadamente, pudieron localizar rápidamente al magnate y hacerle entrar en razón: si volvía a Nueva York lo peor no sería que lo mataran, sino que lo capturaran o torturaran y le sacaran el secreto del Polvo de Dios. Gracias a su elocuencia, Robert entró en razón y decidió volver con sus compañeros.

Mientras tanto, la revisión de la pequeña parte del trabajo de Abornaz Hawk no había dado los frutos deseados. Aparte de algunas referencias al alfabeto de símbolos abenaki, Patrick y Sigrid no descubrieron nada interesante aún. Por la tarde, se dirigieron a una clínica privada donde Sigrid por fin pudo hacerse una resonancia de la nuca. Los médicos se mostraron sorprendidos. La anticuaria tenía un extraño cuerpo óseo adosado en la juntura de dos de sus vértebras a la altura de la nuca; además, algunos ligeros destellos mostraban la presencia de filamentos que partían desde el “parásito” a través del sistema nervioso de Sigrid, filamentos biológicos que contenían una ligerísima proporción de metal. Por un momento, Sigrid fue presa de la desesperación; los doctores no sabían qué podría acarrear la extirpación de una cosa tan extraordinaria, pero si realmente se trataba de un parásito, recomendaban extirparlo cuanto antes, además de poner el caso en conocimiento de expertos. Sigrid y Patrick salieron de allí rápidamente, dando las gracias a todos, sin querer que el asunto tuviera más transcendencia.

Tras reunirse con el resto del grupo e informarles sobre el parásito, Patrick y Tomaso decidieron visitar subrepticiamente al padre del doctor Hawk. Sally no había tardado en averiguar en qué sanatorio psiquiátrico se encontraba, y hacia allí fueron. Fingiendo ser un cliente interesado en ingresar a su padre, Tomaso pudo seducir a Laura Kraller, la encargada de nuevos clientes. Aprovechando tal cosa, Patrick subió hasta la planta donde se encontraba Hawk, que en psiquiátrico era apodado “el doctor”, y consiguió que una enfermera le franqueara el paso. Como le había dicho la enfermera, encontró a Abornaz dibujando; al parecer, estaba obsesionado y era su única interacción con el exterior. Siempre dibujaba lo mismo: una ominosa sombra humanoide en cada hoja de rayaba, rodeada por extraños símbolos (estos sí que variaban de folio a folio). Patrick reconoció las extrañas figuras al instante: se trataba sin duda de los símbolos que habían visto en la caverna del monolito. A pesar de los esfuerzos de Patrick el anciano no salía de su rutina de dibujo, hasta que el profesor decidió pintar un símbolo él mismo en un folio. En ese momento, el doctor se detuvo y lo miró fijamente, pero no hizo nada más. Observando un poco más, Patrick descubrió un portarretratos con una foto antigua en él, pero enseguida reconoció la imagen: sin duda se trataba de la remota mansión bajo la que se encontraba el monolito. Sin pensarlo demasiado, Patrick la cogió y en ese instante, el doctor pareció sufrir un ataque de pánico; empezó a chillar y a llorar como un poseso. Tras el incidente, Tomaso y Patrick fueron expulsados del lugar sin contemplaciones.


viernes, 23 de diciembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 15

Un retorno accidentado. Psicomagia.
Con la intención de volver a Nueva York lo antes posible, Robert llamó a varias compañías para contratar un vuelo chárter privado. Consiguió un par de posibilidades, un vuelo que saldría la siguiente noche, y un vuelo al mediodía del día siguiente compartido con un equipo de hockey hielo. Decidieron optar por el primero, para salir cuanto antes. Pero algunas horas más tarde, Robert recibía una llamada diciendo que el vuelo de la noche se había cancelado por mal tiempo (el avión no había podido llegar a Quebec) y el vuelo del equipo de hockey también había experimentado problemas debido al mal comportamiento del pasaje. La mujer que hablaba por teléfono insistió en que, si Robert le daba su localización, intentaría encontrarle otro vuelo en un aeródromo cercano. Aquello no le olió bien al magnate ni al resto de sus compañeros, así que decidieron prescindir de los servicios de la compañía.

Por su parte, Sigrid se dedicó a buscar un buen psicoanalista en la provincia. No fue cosa fácil, pero finalmente encontró uno en Montreal. Advirtió al profesional que la había atendido en Nueva York para que contactara con el canadiense y que por favor le explicara su caso de manera que no comprometieran demasiado la versión real de lo que le ocurría.

Mientras tanto, Sally y Derek investigaron la secuencia de números que Sigrid había arrancado del diario del grupo neonazi que habían encontrado en la mansión. Enseguida informaron a Patrick de que los números correspondían exactamente con las coordenadas de la aldea de Lupita, su futura hija adoptiva, y algunas poblaciones más alrededor de la suya. Aquello introducía un factor nuevo en la ecuación de las extrañas desapariciones de niños de cinco años en México.

Alternativamente al vuelo charter, decidieron comprar billetes para un vuelo normal a las siete de la tarde. No llegarían a cogerlo, porque a eso de las dos del mediodía, Tomaso recibía una nueva llamada de su primo Dominic: el párroco le advertía de que sabía con toda seguridad que habían sacado al hijo de Sigrid de Estados Unidos, y que todo apuntaba a que lo habían embarcado hacia Italia. Se temía lo peor respecto al niño, no sería el primero sacrificado en brutales exorcismos, según los rumores.

Con esta nueva información, decidieron reunirse de nuevo con Sigrid. Había cambio de planes, no viajarían a Nueva York con urgencia, porque no se fiaban de los controles a los que pudieran estar sometidos los aeropuertos. Juzgaron que lo más acertado sería dirigirse a Montreal para visitar al psicoanalista que Sigrid había encontrado; una vez que el estado mental de la anticuaria se fortaleciera (si es que eso era posible), ya podrían pasar a tratar el tema de su hijo sin ambages.

En el ínterin, Robert pidió a Sally que Omega Prime investigara sobre posibles bufetes de abogados en Ottawa y alrededores que no estuvieran implicados en posibles asuntos sucios, con Weiss, Crane & Associates, con UNSUP, o con los Illuminati. Pero al cabo de varias horas, Omega Prime respondía tajantemente: habían investigado multitud de bufetes de las zonas de Ottawa y de Quebec, y muchos del noreste de los Estados Unidos, y no había ni uno solo que en tercer o cuarto grado no tuviera conexiones con los enemigos del grupo o se hubiera visto envuelto en un escándalo o caso que tuviera que ver con sus trapicheos.

Derek contactó por la línea segura con el congresista Ackermann para que les recomendara un bufete de abogados de confianza fuera de la esfera de influencia de sus enemigos. El congresista aprovechó para poner al día a Derek de las iniciativas legislativas que se estaban tomando, de los grupos que se habían formado en el congreso, y le pidió que no descuidara la agencia y que, si era posible, ampliara su personal de cara a una posible crisis en el futuro cercano. Sin embargo, ni siquiera el bufete que Ackermann sugirió al grupo resultó estar limpio; Omega Prime pronto descubrió relaciones de su personal con asociados de Weiss Crane y clientes de Unsup. No parecía haber ningún sitio donde los tentáculos de los Illuminati no llegaran. Más de un centenar de bufetes habían sido investigados ya, y en todos existían relaciones de tercer o cuarto grado con los adversarios.

Llegaron a Montreal. Tras un par de días, Sigrid consiguió por fin que la secretaria del psicoanalista Rémy Lebescque le diera una cita. El psicólogo de Nueva York había contactado con él, y Lebescque le había hecho un hueco en cuanto había podido. La consulta no era una consulta al uso, pudieron ver multitud de objetos y arreglos que enseguida relacionaron con los cultos de santería caribeños, lo que no les causó una grata impresión. El aspecto de Rémy tampoco contribuyó a ello: al anunciar la secretaria la llegada del grupo, el menudo canadiense francoparlante salió del interior de la consulta. De pelo negro como el carbón, bajo de estatura aunque de complexión fuerte, lucía una poblada barba y una melena recogida en una trenza, con unas gafas redondas de cristales tintados que le daban un aspecto algo grotesco. Sus manos estaban llenas de anillos e incluso su ropa parecía fuera de lugar, extrañamente elegante en comparación con el resto de su aspecto físico. Les dio la bienvenida en inglés con un ligero acento francés, y les hizo pasar a su estudio.

Allí, Lebescque les explicó sus métodos más ortodoxos, y cómo había optado por la senda del psicoanálisis, una técnica denostada en los últimos tiempos pero que para él era la única vía de tratar ciertos traumas. No tardaron en darse cuenta de que Lebescque era un hombre extremadamente inteligente y aún más perspicaz; enseguida pareció advertir que en la dolencia de Sigrid había más de lo que el psicoanalista de Nueva York y ella misma le habían explicado. A Patrick le pareció que la mejor opción sería sincerarse y para causar el menor impacto posible, explicó todo el problema discretamente a Rémy. Entonces éste pasó a otro nivel; les habló de su formación en algo llamado “Psicomagia”, una nueva vía de curación de trastornos mentales; éste método había sido inventado pocos años atrás por el famoso Alejandro Jodorowsky ("sí, sí, el de las pelis y los cómics"), pero su método había sido reformulado y ampliamente mejorado por una comunidad de psicoanalistas franceses de cuyas filas había formado parte en aquella época Lebescque. Por lo que Patrick le había contado, este era un caso claramente apto para tratarlo con esa técnica, que reforjaría los procesos mentales de Sigrid e intentaría darle un nuevo punto de partida para que su psique se reconstruyera.

El proceso de tratamiento de Sigrid fue más duro de lo que Lebescque hubiera imaginado nunca. Con la ayuda de Patrick trataron a la anticuaria durante el resto del día, gran parte de la noche y parte del día siguiente. Lebescque estuvo a punto en un par de ocasiones de ser absorbido por la influencia del extraño idioma que se había adueñado de la mente de Sigrid y que sólo una ligerísima barrera implantada en Nueva York había podido mantener a raya. Tuvieron que descansar varias veces, porque las reservas de Rémy estuvieron a punto de agotarse. No obstante, finalmente, “estimulando los centros de dislexia” o algo así, el psicomago recompuso con éxito la psique de Sigrid y consiguió apartar de su inconsciente la influencia del idioma. Lebescque cobró una fuerte suma por el enorme esfuerzo y todas las consultas que había tenido que cancelar durante las 36 horas que había durado el tratamiento. No creía que se tratara de una curación definitiva, y se mostraba preocupado por aquello tan extraño que habitaba en la mente de la mujer y, por lo que le habían dicho, también de su hijo. Les dijo que no se veía capaz de repetir tal tratamiento si sufría una recaída, al menos no él solo. Si necesitaban repetir el proceso, habría que contactar con sus compañeros franceses y realizar una sesión múltiple; pero era posible que tal recaída ni siquiera se produjera; su mente era ahora fuerte y contaba con los medios para reprimir la invasión que había sufrido.

Se despidieron del psicomago, dando las gracias a Rémy por el titánico esfuerzo. A continuación, se dirigieron a cenar (una cena abundante en el caso de Sigrid y Patrick, para recuperar fuerzas). Más tarde, Tomaso, atormentado por la decisión de haber confiado a Daniel a la tutela del padre Borkowski, le contaría en privado a la anticuaria toda la verdad sobre su hijo. Por suerte, Lebescque parecía haber hecho bien su trabajo, y más allá del disgusto de Sigrid, no sucedió nada más.

Volvieron a evaluar todos los cursos de acción que se presentaban ante ellos. Lupita, Daniel y la relación que Sigrid había descubierto el día anterior entre los indios Abenaki y los primeros vikingos llegados a Terranova y Canadá. Decidieron como primer paso contactar con el padre Borkowski. Contra lo que se esperaban, el padre respondió al teléfono y no les puso ninguna traba en acudir a Boston si querían ver al niño. Finalmente, decidieron que Borkowski les haría llegar un vídeo demostrando que Daniel se encontraba en buen estado (aparte de su evidente problema) y que posiblemente se reunirían en Nueva York para tratar el asunto.


jueves, 1 de diciembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 14

Implosión. Nacimiento y muerte de un Universo.
Por suerte [punto de destino] Sigrid se dio cuenta a tiempo y pudo empujar a Patrick cuando sus dedos apenas habían rozado la superficie del hexaedro. Eso lo salvó de un destino fatal, y al cabo de un tiempo recuperaba la consciencia; con la cabeza embotada, eso sí.

Investigaron todos los alrededores. La cosa se dificultaba al no poder alejarse en demasía del monolito, pues en ese momento su mente se abría al infinito universo que lo circundaba y que no alcanzaban a comprender muy bien. En la cara norte de la caverna (o lo que creían que era el norte) había un derrumbe que claramente taponaba lo que en otro tiempo debía haber sido un pasaje, quizá a otra galería o quizá al exterior. Por otra parte, descubrieron que además de los extraños símbolos que poblaban la práctica totalidad de la caverna y que aparecían también en las posesiones heredadas de Derek, otro tipo de símbolos había sido tallado en suelo y estalagmitas en las cercanías del derrumbe, prácticamente formando un camino sobre los primeros ideogramas. A Sigrid no le costó reconocer estos segundos signos: sin duda pertenecían a una variante ritual de la escritura de una tribu de nativos americanos llamados Abenaki. La anticuaria no pudo decir mucho más aparte de esto, aunque creía recordar que la región donde se encontraban distaba en unos cientos de kilómetros de las tierras que habían habitado los Abenaki. Los símbolos amerindios parecían formar una especie de camino desde el derrumbe (antes pasaje) hasta el monolito, pero por más que intentaron encontrar una explicación, sobre todo Tomaso caminando sobre ellos, tocándolos o cualquier otra cosa, el resultado siempre era el mismo: al alejarse un poco caían en el vacío espacial y tenían que volver a presencia del monolito. Lo único que sacaron en claro por la disposición de todo lo visto era la secuencia de los acontecimientos: el monolito era sin duda lo más antiguo del lugar; luego, alguien había grabado durante años, quizá siglos, las paredes, suelo y salientes casi completamente con los símbolos desconocidos; más tarde se habían grabado los símbolos indios y por fin, se había producido el derrumbe y más tarde se había construido la casa encima de todo.

Después de horas de elucubración y frustración, Patrick decidió por fin sentarse y utilizar una de sus dosis de Polvo de Dios. Como siempre que consumía la sustancia, su mente se abrió, pero esta vez aún más… el Monolito aparecía más claro, más… perturbador; le pareció percibir su inmensidad, y en su interior comenzarona asomarse planetas, estrellas y galaxias; cúmulos enteros que vibraban con una frecuencia primordial y que parecían llamar a Patrick a su eternidad. Sigrid avisó a sus compañeros del estado del profesor de filosofía; había visto cómo esnifaba una de las dosis de polvo, y ahora estaba con los ojos muy abiertos mirando el monolito, completamente ido. Se dirigieron hacia él, pero antes de que Derek pudiera llegar a su lado, en cuestión de una fracción de segundo, Patrick estaba de pie ante el hexaedro, con una mano extendida.

Patrick era vagamente consciente de los lentísimos movimientos de sus compañeros a su alrededor mientras avanzaba hacia el objeto primordial. Estaba a punto de tocarlo, cuando el efecto de la droga empezó a remitir. La percepción de la vibración de los componentes primordiales de la materia bajó a su vez, y el monolito dejó de ejercer su atracción sobre el profesor. Cuando pudo recuperarse describió todo lo que había visto al resto del grupo, y su convencimiento de que podría enfrentarse al monolito si tomaba la suficiente dosis del Polvo, una dosis que permitiera a su mente abarcar la inmensidad del cuerpo cúbico.

Y así lo hizo. Las cuatro dosis que le quedaban subieron por su nariz sin pausa. Y su mente se expandió como nunca lo había hecho. Volvió a sentir todo lo anterior, pero aún más amplificado; podía sentir las cuerdas que componían la creación contenida en el monolito (y las de su propio mundo) vibrando. Extendió la mano y tocó una de las caras. Una explosión fuera de toda mesura lo recibió, una explosión primordial y absoluta que arrasó con su ser y lo convirtió en uno con la creación, aunque no con su creación, sino con una extraña, regida por leyes totalmente diferentes a las que él conocía; la gravedad, la luz, la velocidad... todo era distinto, y sin embargo igual, pero la frecuencia de vibración era lo que no cuadraba; sin duda, Patrick vibraba en una frecuencia distinta de todo aquello que le rodeaba; de todo aquello que tocaba mientras en el mundo real tocaba la cara lisa y oscura del monolito. La explosión pronto devino en expansión y en frío, en caos, en orden, en infinitud. Podía sentir la vibración en cada fibra de su ser; estrellas lo aplastaban y a la vez lo hacían expandirse quitándole el aliento; sus sentidos dejaron de transmitir sensaciones inteligibles. Sin duda su mente ya habría explotado sin lo que fuera aquel polvo que había esnifado hacía millones de años. Mundos se creaban y se destruían, trillones de vidas se encendían y apagaban casi al instante, entes que ni la mente del Dios más salvaje habría podido llegar a imaginar tomaron forma y se desvanecieron masacrando millones de vidas, y finalmente trescientas treinta y tres figuras lo rodearon. Algunas de ellas muy parecidas (si no iguales) a las que ya habían visto en el pasillo del piso superior de la academia militar donde el hijo de Sigrid había caído víctima de la Lengua del Clero Primordial, un idioma que sólo debería utilizarse en el Día del Juicio Final, el día en que el Universo acabaría y debería reencarnarse, como estaba a punto de pasar. Las extrañas figuras contemplaron la creación desde su atalaya metafísica, y sin un gesto, sin una palabra, detuvieron la vibración; la negrura estuvo a punto de consumir a Patrick, pero no todo estaba acabado. Un hilillo de vibración permanecía, atraído por un segundo hilo mucho más fuerte y vibrando en una frecuencia distinta, la frecuencia del propio Patrick. El primer hilillo se dirigió a su encuentro, y contra todo pronóstico no fue aplastado, sino que se hizo más fuerte, rodeando al segundo. El encuentro creció y devino en un conflicto que Patrick comprendió que debía detener; se interpuso entre las dos vibraciones, y con un esfuerzo supremo que casi acaba con él consiguió separarlas. El primer hilo se retrajo, y el segundo dejó de vibrar al instante, dejando a Patrick con un vacío que no pudo soportar, y que lo sumió en la oscuridad del olvido.

Lo único que vio el resto del grupo fue que en menos de un segundo Patrick se levantaba, tocaba el monolito y caía desmayado. Sin embargo, antes de caer inconsciente, algo sucedió a su alrededor. Una corriente de aire y una ligera atracción tiró de ellos hacia el hexaedro, nada que no pudieran evitar con un leve esfuerzo. Todos se abalanzaron a interesarse por el estado de Patrick.

Una voz gritó tras ellos algo ininteligible, hablando sin duda en idioma alemán. Por puro acto reflejo, Derek y Tomaso se irguieron, preparados para enfrentarse con lo que fuera. Las figuras que permanecían congeladas en el tiempo alrededor del monolito realizando aquella especie de ritual cobraron vida, y la mujer que había estado grabando la escena gritaba sorprendida. El resto parecían confundidos, y los cuatro individuos que habían visto en posición de tocar el monolito cayeron de espaldas.

A continuación siguió una media hora de tensión durante la cual Tomaso y Derek consiguieron aplacar los ánimos del grupo contrincante, explicando su presencia allí como la de meros aficionados al ocultismo (explicación que también proporcionó el otro grupo, a todas luces sin intención de revelar su verdadera naturaleza). Les explicaron lo que había pasado, y que en realidad les habían salvado de su congelación en el tiempo. La mujer, que se presentó como Sandra y que era la líder a todas luces, parecía no querer más problemas de los estrictamente necesarios y aplacó los ánimos de su grupo. Un grupo compuesto por personas de varias nacionalidades europeas y por estadounidenses, todos capaces de hablar un perfecto alemán y, los no nativos, un más que correcto inglés.

Finalmente, haciendo uso de unos dispositivos electrónicos borraron la información de todos los móviles (que habían empezado a funcionar correctamente en el momento en que Patrick se había desvanecido) e intercambiaron (¡¡¡!!!) información de contacto para compartir información. Por supuesto, también pidieron de vuelta el "diario" que los personajes habían cogido de una de las mochilas. En un momento dado, alguien se acercó a Sandra y le susurró algo; la mujer se volvió extrañada hacia Derek, con la cabeza ladeada, y le preguntó si era huérfano o quizá adoptado. Derek se sorprendió y respondió con evasivas; pero cuando Patrick despertara horas después, informado del hecho y extrañado por las palabras de la mujer, intentaría siempre que pudiera visualizar el aura de su amigo (cosa que no pudo hacer).

En una calma tensa, salieron de la mansión. Los extraños espacios a los que se habían enfrentado, el "universo de la caverna" y el sótano eterno habían vuelto a la normalidad, pero los cadáveres de los compañeros de aquellos que creían miembros de la Sociedad Thule seguían allí.

Mientras todo esto sucedía, Robert seguía esperando en el exterior, fuera del perímetro donde dejaban de verse las estrellas. Durante ese rato, pudo ver cómo salían de la casa dos grupos de personas diferentes que luego se perdían detrás de la colina para no volver a aparecer por el camino, y un par de horas más tarde pudo oir el ya característico ruido de árboles apartándose al paso de alguna criatura enorme. Sin mover un músculo, nadie ni nada detectó su presencia, pero eso sí, pudo oír cómo el segundo agente de la CCSA, el que había escapado corriendo junto a él cuando se habían enfrentado al ser pálido, profería un grito de pánico procedente del lugar donde el coloso que apartaba árboles se dirigía. Robert decidió continuar en su escondite hasta que por el camino aparecieron por fin el resto de integrantes del grupo, apresurados. Se unió a ellos y se dirigieron rápidamente hacia el río, para coger los coches antes de que los contrincantes se les adelantaran.

Sin más contratiempos llegaron a los coches. Mientras subían a ellos, pudieron ver pasar varios helicópteros dirigiéndose en dirección a la mansión. Antes de marcharse, seguiría un intento infructuoso de Derek, Jonathan (el agente de la CCSA que quedaba) y Sigrid por encontrar al agente que Robert había escuchado gritar. Ya anocheciendo, salieron hacia Québec. Durante el viaje, Patrick les contó su experiencia, tan vívidamente que los dejó sin habla. Fuera lo que fuera aquello, lo discutirían largo y tendido más tarde. Sigrid, por su parte, anotó lo poco que recordaba del diario de los alemanes: lo que eran a todas luces varias direcciones y una serie de números que le habían llamado la atención: varias parejas de números con varios decimales, que se relacionaban con una flecha con el número 6666666. No tenía ni idea de qué querría decir aquello, pero lo anotó por si acaso antes de que se le olvidara.

En el hotel de una ciudad cercana a la capital francófona, Tomaso recibió por fin una llamada, que le pareció la primera que recibía en siglos: era su primo Dominic, el padre Bonelli. Estaba realmente agitado. Pedía perdón a Tomaso por no haberle llamado antes, pero afirmaba haber recibido órdenes claras de la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, su conciencia le había impedido callar por más tiempo. Dominic expresó sus sospechas de que Daniel, el hijo de Sigrid, se encontraba en un serio peligro, no estaba seguro de que Borkowski o la propia iglesia no fueran a hacerle algo malo; si algún miembro de la jerarquía se enteraba de que estaba diciéndole esto a un laico, sería expulsado. Tomaso intentó tranquilizar a su primo, y se reunió con el resto del grupo aparte de Sigrid para decidir un plan de acción. Finalmente, decidieron dar a la anticuaria la siguiente explicación: por temas personales, Derek, Robert y Tomaso tendrían que viajar en un vuelo privado a Nueva York; Sigrid debería quedarse con Patrick, Jonathan y Sally para investigar un poco más sobre el terreno acerca de los indios Abenaki, sus símbolos y sus creencias. Además, así permanecerían a salvo fuera de Estados Unidos mientras los "hombres de acción" se encargaban de poner en orden sus asuntos y volver lo antes posible.

jueves, 17 de noviembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 13

El Monolito
Seguían sin saber nada de Robert y del segundo agente desde que habían salido corriendo alejándose del gigante pálido que habían encontrado en la arboleda, pero tenían que seguir moviéndose, así que Patrick hizo todo lo que pudo para sacar a Sigrid de su estado de fuga cuanto antes.



La anticuaria repetía sin cesar una letanía ininteligible para sus compañeros, aterrada ante la visión de su propia muerte, aunque pronto comenzó a oír, ahogada y lejana, la voz de Patrick, que la guiaba hacia la luz de la cordura. Sintió como si emergiera a la superficie del mar después de haber pasado largo tiempo ahogándose sin remisión, todo para oír ya consciente el aullido de dolor, o quizá de terror, del profesor de filosofía. Derek se volvió sobresaltado: Patrick había sido atravesado por una especie de tentáculo compuesto de sombras que se extendía desde la puerta trasera de la casa, y al punto otro tentáculo brotaba del suelo y se dirigía hacia Sally; la muchacha gritaba, aterrada por lo que sucedía, y el suelo temblaba, a punto de estallar. Por suerte, Derek pudo empujar a tierra a Sally esquivando gran parte del impacto del tentáculo, aunque no todo. Y a continuación, mientras Patrick sentía un frío intenso que partiendo de su pecho se extendía a todo su cuerpo y le entumecía apagando su voz, el suelo estalló en un remolino de decenas de tentáculos que arrojaron al grupo a varios metros con un fuerte temblor. Jonathan, el agente de la CCSA que quedaba con ellos, disparaba como un poseso al tentáculo que atravesaba a Patrick, mientras gritaba de terror. Y en ese momento, detonó otro sonido: un helicóptero. Un helicóptero de combate se acercaba a la mansión y disparaba balas de un calibre desproporcionado contra ella; no tuvieron más remedio que echarse al suelo para evitar ser desintegrados por los proyectiles. Cuando Derek levantó la cabeza, todos se miraban, extrañados: ni rastro del helicóptero o de los tentáculos; una nueva alucinación, o visión de una realidad alternativa, o del futuro, o lo que demonios fuera aquello. El estrés, sin embargo, era muy real, y comenzaba a hacer mella en ellos: les costó un rato más reanimar a Sally y a Sigrid.

Mientras estaban haciéndolo, un bramido ensordecedor que procedía del bosque les hizo taparse los oídos. El horrible alarido parecía proferido por un millar de gargantas, y tenía una potencia tal que parecía capaz de hacerles explotar la cabeza; los árboles de la colina empezaron a sacudirse y a troncharse, dejando paso a algún tipo de ser que no podía ser otra cosa que horrible. El segundo alarido les aturdió aún más que el primero, y decidieron no esperar más: se internaron bruscamente en la casa a través del ventanal más cercano. La sensación de vértigo que habían sufrido la primera vez volvió, pero por supuesto la prefirieron a lo que fuera que hubiera habido allá fuera. Los vértigos sacudieron con especial virulencia a Sigrid y a Patrick, que quedaron unos minutos inconscientes; luego sólo recordarían que durante ese rato habían tenido sueños de vidas alternativas, pero nada concreto.

Rodearon varios escombros y consiguieron salir por fin al vestíbulo principal, donde se alzaban las grandes escaleras que daban acceso a los pisos superiores. Detrás de las escaleras era donde se encontraba la puerta que daba acceso al sótano, según las indicaciones de Robert. Nada más salir al vestíbulo, Patrick pudo ver a través de los ventanales delanteros que los bosques canadienses habían sido sustituidos por un paisaje mucho más extraño: un entorno que sólo podía calificarse como lunar, y una multitud de seres blancos (algunos incluso mucho más grandes que los que habían visto con anterioridad) se encontraba mirando (o eso parecía, pues no tenían rasgos que lo denotaran) fijamente al caserón. Prefirió no alertar a los demás sobre esto y giraron hacia el fondo del vestíbulo, para dar la vuelta a las enormes escaleras. Derek y Sally iban delante y absortos en observar su entorno no se dieron cuenta, pero el resto del grupo sí pudo ver otra escena ominosa a través de los ventanales traseros: ni rastro de los bosques canadienses; los ventanales eran aberturas al infinito, a la vasta inmensidad de algún lugar del Universo donde podían ver un ser primigenio y aberrante, compuesto de millares, quizá millones de tentáculos oscuros que extendía hacia una multitud de planetas, donde acababa sistemáticamente con todos los seres vivos que los habitaban. El grupo podía sentir el dolor de todos estos seres concentrado, latiendo en sus entrañas. Quedaron absortos durante unos segundos, hasta que Derek y Sally consiguieron hacerles reaccionar (muy a duras penas, pues Tomaso y Sigrid fueron realmente afectados por la experiencia.

Ya ante la puerta, una puerta recia, de madera negra, Derek y Sigrid se sorprendieron al ver los símbolos tallados en su superficie: sin lugar a dudas, pertenecían al mismo idioma que los símbolos del mapa heredado por Derek que Sigrid había empezado a estudiar. Apenas había empezado la anticuaria a calcar los símbolos en unas hojas de papel que todavía había podido rescatar de su mochila, cuando oyeron una potente voz procedente de la parte delantera de la casa.

 —¡¡¡¿Robert?¿Patrick?¿Derek?!!!¡¡¡¿Estáis ahí arriba?!!! —Patrick se estremeció cuando reconoció la voz de Dan Simmons, el Hombre Malo. Afortunadamente no los podía ver, pues la gran escalera se interponía en medio de la estancia.

Pasos de botas militares se oyeron subir por la escalera, pasos que pararon al llegar al primer descansillo, justo encima de las cabezas del grupo. Simmons empezó a rugir órdenes:

 —¿Oís eso?¿¿¿Lo oís??? ¡Tú, arriba! ¡Y tú, abajo!

Acto seguido, el hombre que bajaba la escalera empezaba a soltar ráfagas con un fusil de asalto, ráfagas que cesaron de repente cuando se oyó algo parecido a una hoja de acero cortar el aire y clavarse en su cuerpo. Simmons y el otro individuo corrieron hacia arriba, profiriendo gritos de pánico. ¿Era posible que en otro momento u otra realidad se hubieran aliado con el Hombre Malo?

Dejando a un lado los pensamientos inútiles, Derek tiró de la recia puerta, que se abrió de forma soprendentemente suave. Al pasar, Sigrid tocó la extraña madera, y en el acto su mano empezó a entumecerse, sensación que se empezó a extender por su brazo; más tarde se enteraría de que Derek no había notado tal sensación, lo que desataría aún más interrogantes.

Una antigua escalera de madera se adentraba en un sótano en apariencia normal, pero que pronto daba lugar a una situación fuera de lo común: llegaba un momento en el que las paredes laterales se hundían en la oscuridad y desaparecían, dando paso a un lugar aberrante, una eternidad de oscuridad con el suelo de madera que se extendía hasta donde alcanzaba la vista (que a la luz de las linternas no iba más allá de unos pocos metros). Hicieron varias veces la prueba de volver a subir la escalera, y efectivamente siempre llegaba un momento en que las paredes y la puerta de salida volvían a aparecer, lo cual les tranquilizó un tanto. Otro factor que contribuyó a su malestar fue que en el momento en que la oscuridad los engullía pudieron sentir una especie de latido que hacía vibrar su ser, un latido que parecía venir de todas partes y de ninguna.

Desde la base de la escalera, a la luz de las linternas, justo al límite de su rango de visión, se podía adivinar un par de cuerpos en el suelo. Temerosos de que todo el grupo abandonara la escalera, que en esos momentos se les antojaba como un faro en medio de la oscuridad, un par de ellos se adelantaron a inspeccionar los cadáveres: uno de los cuerpos lucía el rostro devorado por algún tipo de animal enorme, y el otro tenía la cabeza seccionada de forma excesivamente limpia, igual que el doble de Sigrid que habían visto en el exterior de la casa. Ambos individuos estaban desnudos y presentaban un físico musculoso. Les extrañó que sobre la piel los fallecidos llevaran tatuados multitud de símbolos de imaginería nazi (aunque se notaba que eran símbolos más modernos que los de la segunda guerra mundial, los calificaron como “nazis actuales”). Desde el punto donde se encontraban estos cuerpos ya se podía divisar, también al límite del alcance de las linternas, un tercer cadáver en línea recta desde la escalera. Derek y Patick se adelantaron esta vez, dejando a dos pequeños grupos atrás, Jonathan y Sally con el primer grupo de cadáveres y Tomaso y Sigrid en la escalera. Cuando el primer grupo llegaba al tercer cadáver, Sigrid y Tomaso comenzaron a sentirse incómodos y a oír leves respiraciones detrás suyo, que empezaron siendo contadas con los dedos de una mano pero que pronto se convirtieron en multitud, como una muchedumbre que los estuviera observando; no lo pudieron soportar y sin girarse salieron corriendo. Al acercarse de nuevo a la escalera, Derek y Patrick no detectaron respiraciones, pero vieron uno de los entes blancos, que se desplazaba al ritmo del latido omnipresente, teleportándose a pocos metros cada vez en direcciones aleatorias.

El ser blanco no parecía darse cuenta de su presencia, y finalmente desapareció del límite de visión. Decidieron reorganizarse de nuevo, y Derek y Sigrid inspeccionaron el tercer cadáver: más o menos era igual que los primeros, aunque esta vez estaba vestido y parecía que se había suicidado, pero con los mismos símbolos de imaginería nazi. Sigrid detectó un símbolo extraño común en todos ellos que no identificó con ningún tipo de nazis en principio, pero que seguramente los debía de identificar como miembros de alguna organización. Y desde este cadáver se podía ver más allá, en línea recta con la escalera de nuevo, un tercer grupo de cuerpos. Decidieron por fin abandonar la escalera y dirigirse en grupo hacia los nuevos cuerpos. Y pronto tuvieron la sensación de pisar algo blando.

Al alumbrar el suelo, se encontraron con el horror de encontrarse sobre un mar de centenares de miles, quizá millones de cadáveres. Cadáveres escuálidos, con un rictus de horror en sus rostros fenecidos. Sonó un estremecedor estruendo procedente de arriba, del cielo azul que ahora los cubría; el sonido era de tal magnitud que los aplastaba contra los cadáveres bajo sus pies, haciéndoles resbalar y hundiéndolos cada vez más entre los muertos. Tras casi sucumbir al horror y sin llegar a encontrar en ningún momento tierra firme bajo la pila de cadáveres, volvieron a verse rodeados de oscuridad, ante el tercer grupo de muertos del “sótano”. La tensión acumulada era mucha, y algunos de ellos comenzaban y a mostrar ticks en sus rostros o en su cuerpo debido al estrés. El tercer grupo estaba compuesto por dos mujeres y un hombre, una de ellas vestida y los otros dos desnudos; volvían a repetirse los tatuajes nazis en mayor o menor medida, y el símbolo que Sigrid había identificado. También habían sufrido muertes violentas. Pero había algo diferente: para su sorpresa, Sigrid identificó en la mujer desnuda multitud de texto tatuado en arameo, que parecían oraciones de protección a algún tipo de dioses. Le habría gustado dedicar más tiempo a estudiarlos, pero era tiempo que no tenían, y además Derek advertía en ese momento que unos pocos metros más allá se encontraba una escalera de caracol metálica que debía de ser la que Robert les había dicho que descendía a las grutas inferiores. A todos les pasó lo mismo: la escalera no era apreciable hasta que prácticamente se encontraban encima de ella.

Se encontraban agotados, pero aun así iniciaron el descenso por los estrechos escalones. Pocos metros más abajo se quedaron helados al ver que una figura, un hombre, se encontraba congelado en el gesto de subir corriendo, saltando varios escalones de una vez con una pistola en la mano. Cualquier acción que realizaban sobre las ropas o las pertenencias del individuo se revertía en brevísimos instantes, y era imposible afectarle a él de ninguna manera. Aun así, consiguieron esquivarlo y seguir bajando. Pero a medida que descendían el “latido” que ya habían notado continuamente en el sótano fue aumentando de intensidad, conmoviendo cada célula de sus cuerpos y haciendo que Sigrid y Patrick no pudieran resistirlo. Tuvieron que subir de nuevo a lo alto de la escalera para descansar y reponer fuerzas durante unas pocas horas.

Ya recuperados, volvieron a descender, esquivando al tipo que había quedado congelado en la escalera. Esta vez pudieron resistir la presión que sobre ellos ejercía el extraño latido y bajaron más de lo que habían previsto. En un momento dado, la escalera desapareció y se encontraron flotando en medio del Universo; estrellas y galaxias se extendían a su alrededor, y ellos podían acercarse a ellas con un solo pensamiento. Y allí, en el centro de todo aquello, a años luz de distancia, flotaba un monolito colosal, un cubo que brillaba negro como la noche, pequeño al principio; no obstante, a medida que se iban acercando a él con el simple poder de sus pensamientos, el monolito se hacía más grande; más y más grande, hasta que ya no pudieron abarcarlo con la vista. Sin duda era tan grande como una estrella, quizá más. Justo cuando pensaban que alargando un brazo podrían tocar su superficie, el Universo desapareció, dejando paso a una caverna enorme pero que les agobió después de la experiencia vivida. Toda la caverna lucía inscripciones en paredes, techo, estalagmitas y demás, escritas en los mismos símbolos que la puerta y el mapa de Derek; aquello sin duda era un tesoro arqueológico de una magnitud que heló a Sigrid. Y ante ellos, el monolito: una roca lisa, negra, un hexaedro perfecto de tres metros de arista. Se miraron, acongojados por la experiencia vivida; todo estaba tranquilísimo a su alrededor, y el latido había desaparecido. Alrededor del cubo había once figuras congeladas en el tiempo de forma semejante a la que habían visto en la escalera. En cada lateral del monolito, una persona desnuda alargaba su brazo, no sabían si a punto de tocar el objeto o justo después de haberlo tocado. Casi todos con símbolos nazis en sus pieles. Una mujer se encontraba congelada en la acción de grabar con su móvil la escena, y varios hombres más en actitudes difíciles de descifrar. Sus mochilas y equipo seguían amontonadas en un rincón, pero no dieron mucha información al grupo sobre sus motivaciones.

Después de mucho pensarlo, de intentar averiguar sin éxito qué había sucedido allí para que se hubiera desatado aquel caos y de argumentos y contraargumentos, Patrick decidió tocar el monolito. Y cayó inconsciente al instante, su corazón latiendo débilmente y su respiración apenas perceptible… no volvió a despertar.