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miércoles, 25 de mayo de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 3

Ataque Frontal. Una vieja amiga
Tras la charla con Michael, Tomaso fue informado por los criados de que el señor McMurdock ya había llegado. Al parecer, había pasado la noche fuera; y así era, pero en circunstancias algo extrañas: Robert no recordaba nada desde el momento en que le había colgado el teléfono a Michael la noche anterior hasta que había aparecido hacía escasos minutos en la verja de su mansión. Uno de sus hombres de seguridad, alertado, lo sacó de la ensoñación en la que aparentemente se encontraba inmerso. No era la primera vez que ocurría, así que tampoco cogió al servicio desprevenido.

Poco después, recuperado de la impresión aunque bastante cansado, Robert recibía a Tomaso en su despacho. El italiano le contó todo lo que había descubierto la noche anterior en su investigación en Internet: las menciones a la nueva inquisición y Alex Abel y la multitud de discusiones que había leído en torno al "loco suicida" del Excelsior -los medios habían recurrido a la explicación de un loco sin relación alguna con el jihadismo para no hacer cundir el pánico-. Unas aludían a un episodio similar sucedido en Tel Aviv en el 99, y otras hacían referencia a que había podido tratarse de una "Ascensión", fuera lo que fuera aquello. Decidieron llamar al resto del grupo para compartir la información con ellos; mientras Tomaso se encargaba de llamar a Derek, Robert llamaría a Patrick. Pero Robert no llegó a realizar la llamada: en esos instantes a solas, su cerebro empezó a racionalizar el episodio nocturno y su mente no pudo resistir el estrés: se desconectó durante unos minutos, dejándolo en estado catatónico. Cuando se recuperó vio a su alrededor a algunos miembros del servicio, a Michael y a Tomaso, que lo miraban con preocupación. Michael le dijo que había estado intentando llamar a su psicólogo, Rhyckon Larsen, pero había sido imposible contactar con él.

Aliviados al ver que Robert se recuperaba, el servicio volvió a sus quehaceres. El empresario y Michael salieron para tener una conversacion privada, a petición del segundo, y Tomaso se quedó en el despacho para llamar a Patrick, siguiendo la sugerencia de Robert. A solas con Michael en otra estancia, este le planteó sus sospechas hacia el grupo de "nuevos amigos" que había hecho, y la posibilidad de que los sueños hubieran sido inducidos para que confiara en ellos. También expresó su molestia respecto a la actitud de Robert respecto a él, porque últimamente parecía sospechar de sus acciones; llevaban años juntos, y no quería que existieran dudas respecto a su lealtad; pero algo en el tono de Michael le decía a Robert que había algo más, algo que su amigo parecía querer decir pero no llegaba a hacerlo. Antes de que Robert pudiera replicar su respuesta, llegó Charlie, uno de los miembros del servicio de seguridad, alegando que el señor McMurdock estaría muy interesado en ver una de las grabaciones. Robert y Michael entraron en la sala de monitores, y allí Charlie les enseñó cómo Tomaso, en el despacho de Robert, había estado trasteando en el teléfono fijo y sacando unas fotos, seguramente averiguando los últimos números a los que se había llamado. En ese momento, Michael pasó a explicar a Robert todo lo que había sucedido la noche anterior con Travish McHale y los “nuevos clientes”: le habló de la filtración que había habido y cómo había llegado Tomaso para arreglarlo todo; incluso algunos de los presentes lo habían reconocido y lo habían llamado “Mr. Fixer”, en referencia a su capacidad para arreglar las cosas. En opinión de Michael, Tomaso tenía estrechos lazos con los círculos mafiosos de Nueva York, quizá incluso más que eso. Preocupado pero no excesivamente sorprendido, Robert encargó a Michael que fuera a hablar con Tomaso con instrucciones específicas mientras él esperaba en el solarium a Patrick y a Derek.

En el despacho, siguiendo las instrucciones de Robert, Michael se sinceró con Tomaso, diciéndole que le había visto en una grabación y que debería tener con cuidado; también afirmó que Robert no sabía nada de aquello y así seguiría, pero que tendría que destruir las fotos que había tomado. Tomaso destruyó las fotos, pero no sin antes aprender de memoria el último número de teléfono, el que debía de pertenecer al psicólogo de Robert.

Reunido ya en el solarium con Robert, Tomaso quiso evitar malentendidos, y le reveló que había querido ayudarle a localizar a Rhyckon Larsen mediante el número de teléfono; su agencia le permitía tener muchos contactos que le podrían ayudar a localizarlo. McMurdock se dio por satisfecho con la explicación y prefirió no insistir en el tema. Enseguida llegaron Derek y Patrick.

Les llamó la atención la cojera de Patrick, y los rasguños que tenía en la cara y los brazos, así que este les contó toda su aventura en el hospital, lo extraño de los agentes del FBI que guardaban la planta de los heridos en el Excelsior y su precipitada huida, durante la que se había torcido un tobillo. Tomaso sugirió a Patrick que enviara fuera de la ciudad a sus seres queridos al menos temporalmente, con un gesto que dejó claro para el profesor de filosofía que el italiano era mucho más que un manager de modelos; no pudo evitar sugerir tal cosa, y las tensiones afloraron en una fuerte conversación que, por fortuna, acabó calmándose. De todas formas, Patrick siguió la sugerencia de Tomaso y llamó a una asombrada Helen para decirle que se marchara unos días.

A continuación fueron Derek y Tomaso los que compartieron sus experiencias de la pasada noche. El primero les habló del accidente que habían sufrido sus hombres; los hechos extraños parecían estar multiplicándose últimamente, y eso le llenaba de inquietud. Además, hizo una breve llamada para enterarse de si Patrick Sullivan había sido puesto en busca y captura: al poco su secretaria le respondía diciéndole que no, no había ninguna orden con ese nombre; esto alivió a todos.

Pero la conversación dio un giro inesperado cuando Tomaso expuso lo que había averiguado en su investigación en internet la pasada noche, igual que había hecho antes con Robert. Al mencionar a Henry Clarkson, todos dieron un respingo. Tanto Patrick como Derek y Tomaso habían conocido en el pasado a un tal Henry Clarkson, que había jugado un papel más o menos importante en sus vidas, y todas sus descripciones coincidían en señalarlo como un hombre de unos sesenta años aunque habían conocido al individuo en épocas muy distintas, separadas en el caso más extremo por tres décadas de diferencia. Robert también les habló de la experiencia de Michael en la cárcel, donde también conoció a Henry Clarkson, de aspecto idéntico al que describían. Pero el propio Robert era un cabo suelto: nunca había conocido a nadie por ese nombre; la clave vino con la descripción física de Clarkson y la memoria de Tomaso: con un chasquido de dedos, el italiano se apresuró a coger papel y lápiz, e hizo unos cuantos garabatos para demostrar su teoría: ¡el nombre del psicólogo de Robert, Rhyckon Larsen, no era sino un anagrama de Henry Clarkson!

Siguieron unos momentos de silencio, pues este hecho sí que fue definitivo para que todos se convencieran de que algo desconocido les unía y no tenían ni idea de por qué. Las animosidades quedaron aparte en favor de una muda reflexión de reconocimiento común.

Pocos minutos después, Robert invitaba a Michael a unirse a la comida, considerando que el hecho de que hubiera conocido también a Clarkson lo ponía en la misma situación que a ellos. Por supuesto, el compañero de Robert abrió mucho los ojos al enterarse de todo esto, y afirmó que desde luego, alguien que conocía la localización del extraño monolito del que ya les habían hablado en una ocasión anterior no podía ser una persona normal. Discutieron largo y tendido sobre qué o quién podía ser en realidad el tal Henry Clarkson. Robert se mostró convencido de que debía de ser una especie de ángel, enlazando con el concepto de “Ascensión” que Tomaso también había descubierto en los foros ocultistas.

Durante la conversación se hicieron también alusiones al comportamiento que Michael había tenido los últimos días, y finalmente Robert lo confrontó directamente, preguntándole por qué le había ocultado información sobre AIFC y WCA. La tensión fue demasiado para Michael, que se había ido mostrando cada vez más y más nervioso, y reaccionó de un modo que no esperaban: rompió a llorar y a gritar, encogiéndose sobre sí mismo pidiendo perdón a Robert:

 —¡Yo no quería hacerlo! ¡¡¡No quería hacerlo, te lo juro Robert!!! ¡¡¡Ellos me obligaron!!!

Quedó en el suelo, con la mirada perdida. Patrick trató de recuperarlo lo mejor que supo, con terapia de choque; al cabo de unos minutos Michael reaccionó violentamente. Con la mirada perdida todavía, exclamó:

 —¡Oh, no! ¡Venían para acá, estarán a punto de llegar! ¡Corred! ¡¡¡Correeeeeed!!!

En un instante se incorporó y corrió hacia el interior de la casa, con el resto del grupo inmóvil y confundido por lo que había pasado. ¿Qué quería decir? Se miraron extrañados.

Tomaso vio un punto en el cielo. Un punto que dejó pronto de serlo para revelar una figura que se acercaba. Haciendo visera con la mano lo pudo distinguir: un helicóptero. Completamente negro, y extrañamente silencioso. Lo señaló a los demás. El helicóptero tardó sólo unos segundos en hacerse claramente visible.

Y sólo unos pocos más en empezar a disparar.

El infierno se desató en la parte trasera de la mansión. Balas de un calibre desmesurado empezaron a silbar alrededor del grupo, que superada la primera impresión corrió hacia el interior de la mansión al completo, entre chispas y polvo. Robert intentó organizar al servicio y el personal de seguridad para poner a todos a salvo, pero no pudo evitar que varios criados fueran alcanzados por los enormes proyectiles; la visión de la carnicería fue demasiado para algunos de ellos. Robert comenzó a correr sin control, y Tomaso, presa de una rabia irracional, volvió a salir al exterior para disparar contra el helicóptero de forma suicida. Afortunadamente, Derek pudo arrastrarlo de nuevo al interior de la casa mientras varios militares se descolgaban ya del aparato. Corrieron hacia la parte delantera de la mansión, pero tuvieron que detenerse: a través de la ventana pudieron ver cómo dos hummers habían reventado la verja y varios militares o miembros de las fuerzas especiales vestidos de negro se acercaban hacia la puerta con una carga explosiva. Volvieron hacia atrás, y recordando una de las órdenes que Robert había gritado al servicio, comenzaron a buscar la entrada al garaje. No tardaron en encontrarla y en conseguir un coche, en cuyo asiento de conductor se encontraba Michael, en un estado de nervios tal que no había acertado a arrancarlo. Apartándolo, Patrick se hizo cargo del volante mientras los demás se acomodaban. Chirriando ruedas salieron de allí; un par de militares, que se dirigían a asegurar la salida del parking, les dispararon, hiriendo levemente a Tomaso y a Derek.

Poco después reconocían la figura de Robert corriendo por el arcén de la carretera. Al subirlo al vehículo les habló de su embarcadero, y hacia allí se dirigieron. Subieron al barco con los miembros del servicio y de seguridad que habían logrado llegar y zarparon hacia el centro del lago. Una vez tranquilos, Robert se dirigió a sus empleados y les ordenó que regresaran una temporada a sus casas; pagaría sus sueldos pero les concedía un permiso indefinido; alegó desconocer lo que había sucedido y no podía darles más detalles.

Unas horas después, Tomaso consiguió un coche haciendo uso de su natural seductor y se dirigieron a la oficina de Derek, la sede de la CCSA en el barrio de Tribeca.

Los hombres de Derek se preocuparon al ver el aspecto de su jefe, pero éste no sólo los tranquilizó al respecto, sino que aprovechó para reunirlos y dirigirles una charla para calmar sus dudas respecto a la agencia, como había hablado el día anterior con Jonathan.

Mientras Patrick trataba de sacar de su shock mental a Michael (que durante el viaje hacia el embarcadero había quedado inconsciente y ya no había despertado), Tomaso y Robert charlaron un rato a solas en uno de los despachos vacíos de la agencia. Y en esta conversación se sinceraron completamente sobre sus verdaderas naturalezas y actividades. Cuando Tomaso le comentó la multitud de escenas extrañas en las que el “Polvo de Dios” parecía estar involucrado, Robert le rebatió con todo convencimiento de que esa droga no tenía efectos adversos más allá que el anhelo de sentir sus efectos y que en sí no era algo que pudiera provocar los efectos de los que le hablaba Tomaso. Éste no pudo sino sentirse satisfecho con la explicación del empresario.

Patrick consiguió que Michael saliera de su inconsciencia, pero no de su estado de shock, que el profesor de filosofía diagnosticó a vuelapluma como catatonia. Después volvió a reunirse el grupo al completo. Patrick, harto de las “mentiras” (según él) de Tomaso y Derek, volvió a perder el control de su temperamento. Para tranquilizarlo, lo encerraron en lo que a todas luces era una sala de interrogatorios; esto tuvo el efecto contrario que pretendían, y aún molestó más a Patrick porque, ¿para qué demonios necesitaba una agencia sanitaria una maldita sala de interrogatorios? El profesor blasfemó y golpeó el cristal repetidas veces, hasta que consiguió calmarse y pidió disculpas.

Después de conversar brevemente sobre las pérdidas de memoria de Robert (que él achacaba a motivos esotéricos, pues le sucedían desde que había tocado el monolito), agotados, se acomodaron lo mejor que pudieron en la oficina y durmieron.

Por la mañana, al volver a encender su móvil, Patrick se sorprendió cuando vio que tenía unas cuantas llamadas perdidas desde el número de Sigrid. Esperanzado con que la anticuaria hubiera podido recuperarse de la explosión y salir del hospital, le devolvió la llamada. El teléfono sonó mucho rato antes de que alguien lo descolgara, y al otro lado sonó la voz de Sigrid, temblorosa:

 —¿Patrick?¿Patrick?¿Qué sucede? Está todo muy oscuro, y tengo frío, por favor, ¡ayúdame!

A continuación, la voz distorsionada de un hombre amenazó al profesor con que si quería volver a ver a su amiga con vida, debería acudir con el resto de sus “amigos” al motel Green Oaks, en la milla 73 de la carretera 363.

miércoles, 11 de mayo de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 2

Reunión y Accidente
Los nombres que figuraban en el libro de registro eran los siguientes: Dulce da Silva (a la que Patrick tuvo la oportunidad de conocer muy bien los días anteriores a la explosión), Emil Jacobsen, Frederic Turang, Duncan Arcen y Jack Lambert. Además, según Robert, el membrete del libro correspondía al escudo de armas de la familia Worthington, una rancia saga que se remontaba a los tiempos de la época colonial, antiguos aristócratas ingleses radicados en Delaware con extensas propiedades en los estados circundantes, entre ellos Nueva York.

Poco más tarde, conectado a Internet, Tomaso averiguó que Emil Jacobsen era uno de los coleccionistas de libros más importantes de Europa y que poseía una renombrada librería en Londres. También descubrió que Duncan Arcen era un abogado del bufete Weiss, Crane & Assocs, especializado en casos de estafa. Investigó también sobre la familia Worthington, pero la cantidad de información presente en internet lo superó de momento. Leyó sobre la enorme mansión de la familia en Wilmington y un poco más sobre la empresa de su propiedad que se encargó de la subasta, Worthington’s Classy, pero no obtuvo en claro más que información de dominio público, y nada comprometedor.

Por la tarde, Patrick y Robert se reunían en el club de campo de este último para compartir la información sobre la contabilidad de AIFC. Ante lo que Robert le contó, Patrick insistió en la necesidad de mantener a Michael bajo una estrecha vigilancia, y el magnate de Chemicorp no pudo sino mostrarse de acuerdo con él.

Derek, por su parte, llamó a su oficina y encargó a su secretaria Linda, que se pusiera en contacto con la policía para intentar conseguir el listado de heridos en el hotel.

Por la noche, se reunieron para cenar en Chez Louis, invitados por Tomaso. Se trataba de uno de los mejores restaurantes de la ciudad, sito en Tribeca, y por lo que se podía ver, Tomaso era cliente habitual y tratado con deferencia. No les dio tiempo a conversar durante mucho tiempo antes de que Derek recibiera una llamada de trabajo. Sus hombres le instaban a acudir a la esquina de 34 con Park Av., porque habían seguido la pista a una reunión de los traficantes que venían investigando desde hacía unas semanas. Así que Hanson se disculpó y se marchó rápidamente. Justo a continuación, Tomaso recibía otra llamada. Le urgían a acudir a 34 con Park, porque habían descubierto una filtración en las comunicaciones de cierta reunión que se estaba celebrando en un restaurante en aquel punto. No tuvo más remedio que disculparse y salir rápidamente para atender sus asuntos, previa carga a su cuenta de todo lo que se consumiera en la mesa. Una vez en la calle, subió rápidamente a su coche y condujo como loco hacia allí.

Y pocos segundos después era Robert quien recibía otra llamada. Michael le instaba a acudir a 34 con Park Av., porque estaban teniendo problemas en la negociación con Travis McHale, uno de sus contactos, y no trabajaría más con ellos si no se encontraba en persona con él. Robert se lo tomó con mucha calma, y Michael tuvo que insistir varias veces hasta que se decidió a reaccionar. Esa tranquilidad le permitió conversar unos veinte minutos a solas con Patrick, donde la bebida comenzó a correr abundantemente.

Con el fluir de la bebida, el escaso control que le quedaba a Patrick saltó por los aires. Sacó de su bolsillo la pequeña papelina que había estado tocando discretamente durante su conversación con Robert y la miró fijamente mientras este último conversaba con una camarera. Como siempre, el rostro de vikingo impreso en rojo sobre el plástico parecía mirarle acusador; tras unos instantes de duda, por fin se decidió a levantarse e ir al baño. Todo esto había sido presenciado por uno de los camareros, que siguió a Patrick al baño, fingiendo un encuentro con él. El camarero resultó ser conocedor de la extraña droga, y no sólo eso, sino que le dijo a Patrick que sabía que el polvo era muy difícil de conseguir pero que él podría hacerlo por un precio adecuado; obviamente, el profesor de filosofía se mostró muy interesado, y el camarero, que dijo llamarse simplemente “Bob” lo emplazó en el restaurante pasadas tres noches desde entonces. Bob se negó tajantemente a las insistentes demandas de Patrick de realizar el intercambio en otro sitio, alegando que el restaurante era el entorno más seguro para ello. Sin más, el camarero se marchó y dejó a Patrick con su subidón. Cuando éste volvió a la mesa bajo los increíbles efectos del Polvo, pudo ver e interpretar claramente el aura de Robert: su visión le decía que el magnate era en el fondo una buena persona, y que ejercía en aquel momento una influencia brutal en su vida, además de que separar sus caminos podría tener consecuencias desastrosas para ambos. Poco después, Robert se marchaba, atendiendo las insistentes llamadas de Michael, y Patrick se quedaba, observando su alrededor con la profunda comprensión que la droga le proporcionaba.

Mientras tanto, Tomaso llegaba al punto que le habían indicado, y haciendo uso de varias artimañas consiguió entrar discretamente. Allí se encontró con los reunidos (Michael entre ellos), que aunque se mostraron hostiles al principio, enseguida comprendieron con quién estaban hablando y se avinieron a hacer caso de lo que les decía. Desalojaron rápidamente el reservado donde se encontraban y salieron poco a poco, con toda la discreción de que fueron capaces.

Derek llegaba pocos minutos después a la furgoneta desde la que sus hombres trataban de seguir los movimientos de los traficantes. Allí, los agentes Stuart y Monica le informaron de que la reunión parecía haber acabado prematuramente y que sus compañeros Jonathan y Mark habían salido en persecución de uno de los coches en los que los maleantes habían abandonado la escena; seguían manteniendo contacto con ellos por radio. Informados del rumbo a tomar, pusieron inmediatamente en marcha la furgoneta, siguiendo las indicaciones de los agentes. Cuando informaban de que estaban a punto de llegar al puente de Manhattan, la comunicación se cortó. Segundos después, la emisora de la policía comunicaba un accidente al norte de Manhattan Bridge; la preocupación de Derek se confirmó cuando llegaron a la esquina de Canal Street: el coche de sus hombres se había estrellado contra un edificio. Afortunadamente, aunque Mark tenía que ser trasladado a un hospital, ninguno de los dos tenía daños graves y Jonathan, que se encontraba magullado pero en buen estado, les hizo notar el estado de los neumáticos del coche: los cuatro se encontraban reventados (no pinchados, ¡reventados!), y eso había sido la causa del accidente. Todas las ruedas parecían haber estallado a la vez, y a pesar de eso en la carretera no encontraron restos de clavos o cualquier otra cosa que pudiera haber provocado tal desastre. “Otro jodido hecho extraño que sumar a la lista”, pensó Derek. Jonathan puso palabras a los pensamientos de su jefe, y le contó que los “muchachos” estaban preocupados por las cosas sin explicación que habían visto últimamente; también sugirió que no sería una mala idea reunirlos a todos para intentar subir un poco la moral y rebajar el nivel de preocupación. Derek asintió, pensativo.

Por la noche, Tomaso se dedicó a cribar la información de las páginas ocultistas que había conseguido la tarde anterior. Concretamente, consiguió entrar en una de las protegidas tras superar una serie de acertijos lógicos (y no tan lógicos) y utilizar algunos trucos sucios que alguien le había enseñado en el pasado. Obviamente, no se trataba de una página de esoterismo y charlatanes al uso. Buceando en varias conversaciones y subforos, pudo llegar a descubrir conversaciones muy crípticas y menciones a Alex Abel, la Nueva Inquisición y la explosión en el Excelsior. Sobre este hecho, algunos decían que había sido “muy parecido a lo de Israel en el 99”, y otros que podría haberse tratado de “una Ascensión”. Todo aquello no tenía mucho sentido para Tomaso, toda vez que no encontró absolutamente ninguna referencia a una explosión parecida en el 99 en Israel que no hubiera sido contrastada como acto terrorista. Pero sus ojos se abrieron mucho cuando leyó aún otra conversación, donde alguien proponía la idea de que “debía de ser cosa del ‘Freak’ o algún otro ‘duque’”, y otra persona respondía que no lo creía, porque que se supiera, “en Manhattan sólo conozco a uno que se atreva a desafiar la ‘prohibición’: un tal Henry Clarkson”. Henry Clarkson, el viejo que lo había puesto en camino hacia el Excelsior… Tomaso tomó nota de todos los datos de los que fue capaz y cerró rápidamente la sesión, tomando precauciones para no ser rastreado.

Michael no volvió esa noche a casa de Robert. Según le dijo por el móvil, no estaba seguro de que la policía no lo estuviera siguiendo, y pasaría la noche de pub en pub asegurándose de que nadie lo siguiera.

Por la mañana, Derek enviaba a su mujer y a sus hijos fuera de la ciudad, a casa de unos familiares de Maggie en Buffalo. A continuación acudió a la oficina, donde Linda le informó de que la lista de heridos y las visitas al hospital habían sido restringidas por el FBI, así que habían podido averiguar muy poco. Sí que habían investigado sobre la matrícula del coche que Jonathan y Mark habían seguido, y resultó ser de un coche de alquiler de una empresa en Brooklyn. Cuando Jonathan y Derek se preparaban para ir a investigar a la empresa de alquiler, éste recibió una llamada al móvil: se trataba de Philip Ackerman, su amigo y congresista. Philip le llamaba desde un teléfono seguro, y lo instó a poner la televisión. Los informativos estaban dando una noticia urgente: en el congreso se había presentado una moción de ley para instaurar la identificación estatal única; la idea era instaurar un documento de identidad único en todo el país, para acabar con la posibilidad del anonimato de los maleantes. Ackerman mostró su rechazo con la iniciativa y dejó entrever ciertos motivos ocultos que le preocupaban aún más que el pisoteo de los derechos civiles. Informó a Derek de que pensaba desplazarse a Nueva York al día siguiente aprovechando ciertos actos oficiales, y que deberían reunirse un rato antes de la hora de comer. Así lo acordaron.

Entre tanto, Patrick decidió acudir al hospital para intentar enterarse del estado de Sigrid. El hospital estaba abierto, pero la segunda planta, donde se encontraban las víctimas del Excelsior, estaba clausurada y custodiada por agentes del FBI. Un par de agentes impidieron el paso de Patrick, que insistió vehementemente en que le dejaran conocer el estado de “su amiga Sigrid”. Un tercer agente pareció escuchar durante unos momentos su pinganillo y a continuación instó a los otros dos a dejar pasar a Patrick. Éste fue escoltado por dos agentes a través del pasillo, y a mitad de camino tuvo un mal presentimiento; las auras de aquellos hombres transmitían una sensación muy acusada de traición, y no quiso arriesgarse más. Haciendo uso de su especial carisma, consiguió que los hombres le permitieran “ir al baño”. Afortunadamente, el servicio tenía ventanuco y además lo suficientemente amplio como para que Patrick pudiera pasar por él. Con un gran esfuerzo y algo de suerte, consiguió descolgarse hasta el suelo, aunque sufrió una dolorosa torcedura en un pie. Atravesando varios pasillos de mantenimiento y disimulando su cojera lo mejor posible, consiguió salir del hospital camuflado entre la gente por la puerta principal. Antes de alejarse pudo observar cómo dos coches con dos agentes cada uno vigilaban atentamente el flujo de personas que entraban y salían, quizá alertados por su huida. Por suerte pudo desaparecer sin más contratiempos.

Esa misma mañana, Tomaso se dirigió a la mansión de Robert esperando que fuera Michael quien saliera a recibirlo después de su encuentro de la noche anterior. Y así fue. Michael le agradeció su ayuda de la noche anterior y Tomaso, por su parte, intentó sonsacarle todo lo que supiera sobre la extraña droga que llamaban “Polvo de Dios”, insistiendo también en saber si Robert estaba enterado. A Michael le costó mucho soltar prenda, por supuesto. Afirmó que había muchísima gente interesada en el Polvo, y que no podía trascender más información. Preguntó a Tomaso si “era Abel quien lo enviaba”, a lo que éste respondió con un rotundo “no”. Ante esta negativa, Michael sugirió a Tomaso que quizá le interesaría reunirse con “cierta gente” que seguramente estarían muy agradecidos de poder colaborar con él. Esto fue como un caramelo para la especial curiosidad de Tomaso, que por supuesto respondió afirmativamente. Como despedida, Michael ofreció al italiano una papelina del Polvo, que Tomaso rechazó tajantemente. Este se marchó con una sensación confusa, preocupado pero a la vez intrigado por la nueva perspectiva, y con la sensación de que Robert no tenía demasiada idea de en qué andaba metido su hombre de confianza.


jueves, 28 de abril de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 1

Nuevos encuentros

Una explosión tuvo lugar en la última planta del hotel Excelsior. La gente se detuvo, mirando aterrada y temiendo un ataque terrorista. Cascotes y cristales comenzaron a caer a lo largo de todas las calles circundantes.



El taxi en el que viajaban Robert y su hombre de confianza, Michael, derrapó cuando un cascote cayó cerca y los vehículos circundantes comenzaban a frenar. Tras un frenazo de varios metros acabó chocando contra otro taxi que circulaba por delante, y que un par de segundos antes había impactado contra un tercero por delante de él. Robert sintió un momento de terrible deriva emocional cuando del taxi de delante salía uno de los hombres que aparecían en sus sueños desde hacía dos meses, y aún más acusado cuando del taxi que circulaba por delante del primero salía otro de ellos. El primer hombre era joven, alto y fuerte, de barbilla partida, vestido con un carísimo traje; el segundo era mayor que el primero, fuerte, rubio rojizo y también bien vestido. La atención de Robert se desvió de los extraños conocidos cuando su padre le gritó a su lado que tenía que ayudarle, con una mueca de desesperación. La mente de Robert se quebró durante unos instantes.

Tomaso salió del taxi tras comprobar que el taxista se encontraba bien a pesar de lucir una brecha en la frente. Aquello parecía increíble; ¿un ataque terrorista en pleno corazón de Nueva York después del 11S? No podía creerlo. Se quedó petrificado durante unos instantes, mirando a lo alto del hotel. A su lado, Derek salía a los pocos instantes del taxi, con expresión angustiada. Si su padre y su hermana estaban allí… no quería ni pensarlo; salió corriendo hacia el hotel, enseñó su credencial al primer policía con el que se encontró y poco menos que lo apartó de su camino de un empujón.

Tomaso se fijó en el taxi de detrás, del que ya había salido por el otro lado Michael al exterior, y en cuyo interior Robert se encontraba mirando a su lado con expresión de terror. El joven inmigrante italiano se acercó, interesándose por el estado del hombre, que sólo acertó a murmurar sin sentido cuando lo ayudó a salir del coche. A continuación, Tomaso se dirigió corriendo hacia el hotel, a ver qué podía averiguar sobre Dan Simmons y de paso quizá ayudar en algo.

Pocos momentos después, Robert, ya recuperado de su estupor (aunque todavía asombrado de haber visto a su difunto padre pidiéndole ayuda) intentó alejarse de la escena, como ya hacía mucha gente aconsejada por los policías que iban llegando. Sin embargo, algo se lo impidió; una sensación extraña que lo convenció de que algo iría muy mal si dejaba pasar aquella oportunidad de unirse a sus compañeros en el sueño. Así que instó a Michael a seguirle a toda prisa hacia el hotel, donde pronto llegaron al perímetro de seguridad que las fuerzas de seguridad habían establecido, a pocos metros de Tomaso y Derek. Este último se encontraba discutiendo acaloradamente con una oficial de policía, intentando que lo dejara acceder a la escena, enseñándole algún tipo de credencial que él creía que le daba derecho al acceso pero que no pudo convencer de lo mismo a la oficial. De lo alto caían cenizas y papeles, y a algunos de ellos les llamó la atención la cantidad de restos de tarjetas de visitas que caían, casi todas pertenecientes a trabajadores del bufete de abogados Weiss, Crane & Assocs.

Casi hombro con hombro con los otros dos, Robert intentó convencer a la policía de que lo dejaran pasar para ayudar; esto no pasó desapercibido para Tomaso, que enseguida empatizó con las intenciones del exitoso hombre de negocios y también intentó convencer a los policías de que los dejaran ayudar, sin éxito.

Y ya empezaban a aparecer por la puerta principal los primeros evacuados y heridos. Algunas ambulancias y unidades de cuidados móviles ya habían conseguido acceder a la escena y recibían a las primeras víctimas. Una mujer de aspecto nórdico (Sigrid) era arrastrada semiinconsciente hasta una camilla en la unidad más alejada; justo antes de que se perdiera de vista tras los vehículos, Robert y Tomaso pudieron ver, inquietos, cómo una enfermera se inclinaba sobre ella y se llevaba el dedo a los labios, en un gesto que la instaba a callar; no sabían cómo explicarlo, pero el gesto no parecía reconfortante, como habría sido habitual, sino más bien… amenazador.

Poco después Robert reconocía a otro de los integrantes del grupo de su sueño: un hombre enjuto, con barba de varios días (Patrick), que llevaban en una camilla mientras gritaba incoherencias producto del trauma; entre frases incoherentes y nombres varios, el propio Robert y Tomaso pudieron escuchar “Dan Simmons, Dan Simmons, ¡el Hombre Malo!”, “¡Pídanle ayuda!”. El joven italiano se mostró muy interesado por estas palabras, pero no pudieron hacer nada antes de que metieran al hombre en una ambulancia y se lo llevaran al hospital.

Tomaso también se acercó a Derek, interesándose por la vehemencia con que el hombre parecía querer acceder al hotel, y ejerciendo de apaciguador de los ánimos, que iban caldeándose por momentos. Esto permitió que los tres hombres se conocieran y se presentaran formalmente, y que intercambiaran tarjetas.

Durante toda la escena, Michael se mostró más nervioso de lo normal, insistiendo a Robert para que se fueran de allí, lo cual no había paso desapercibido para este. Finalmente, ante la imposibilidad de sacar nada en claro, decidieron marcharse, acompañados de Tomaso, que había entablado una interesante conversación con Robert. Apenas se habían alejado cuatro bocacalles cuando, aprovechando su situación en “tierra de nadie” (estaban lo suficientemente lejos del hotel para que no hubiera curiosos y lo suficientemente cerca para que no hubiera cautos), fueron abordados por tres personas que surgieron de repente de una esquina. Los encabezaba un hombre negro, fuerte y bien vestido; otro hombre blanco y rubio y una mujer vestida con abrigo largo que a todas luces ocultaba una escopeta recortada lo flanqueban. El hombre negro los invitó a acompañarlos sin ofrecer resistencia, pues quería “presentarles a unos amigos”. La mujer reforzó la sugerencia mostrando un trozo de su recortada retirando el faldón de su abrigo, a lo que Robert reaccionó mal; echó mano de su pistola lo más rápido que pudo; pero no fue lo bastante rápido; mientras Tomaso saltaba para empujar al hombre negro contra la tía de la escopeta, el individuo alto extendió una mano hacia Robert, que instantáneamente sintió como si le fuese a explotar la cabeza; falló su disparo y cayó de rodillas al suelo, casi perdiendo la consciencia. El hombre negro esquivó a Tomaso, que habría recibido de lleno el tiro de la recortada si no hubiera sido porque alguien alcanzó a la mujer en un brazo con un disparo: era Derek, que se había acercado al ver algo raro en el encuentro y se había decidido a ayudarles, acudiendo a la carrera. Tomaso se giró mientras el negro acudía a ayudar a la mujer, para encontrarse con que el bigardo ahora extendía su mano hacia él y contraía sus dedos; al instante, el corazón del joven pareció oprimido y ralentizado, causándole un dolor indescriptible; al igual que le había pasado antes a Robert, Tomaso cayó al suelo de bruces, con un dolor sordo que se extendía con cada latido hasta su cerebro. Un nuevo disparo de Derek silbó muy cerca del tipo alto y atrajo definitivamente la atención de la policía, así que el individuo que los capitaneaba les ordenó retirarse, cosa que hicieron en un visto y no visto.

Protegidos por la limitada ascendencia que Derek parecía tener sobre los policías, éstos no les plantearon más problemas y fueron conducidos hasta el hospital para comprobar su integridad física. Allí pudieron compartir la experiencia y conocerse un poco mejor. Una vez finalizadas las pruebas, decidieron visitar al hombre que habían sacado en camilla gritando el nombre de Dan Simmons, uno de los pocos que permanecían conscientes después del traumático suceso. Patrick despertó bajo supervisión médica para encontrarse con los tres desconocidos, que comenzaron a plantearle preguntas sobre el suceso de la forma más amable que les fue posible. La conversación no fue muy productiva, debido a la desconfianza de Patrick por los desconocidos que le planteaban las preguntas y su estado de confusión tras la explosión; no obstante, sirvió para que Robert repartiera tarjetas entre todos ellos, insistiéndoles en que le llamaran para concertar una reunión.

Patrick fue dado de alta dos días después, y poco más tarde el grupo se reunía en la mansión de Robert en Westchester. Lo primero que llamó la atención de los demás fue la cantidad de menciones y premios que colgaban de las paredes de Robert por motivos humanitarios; sin duda, el director ejecutivo de Chemicorp era generoso con los más desfavorecidos, y era fundador de no pocas ONGs de ayuda al desarrollo. Robert no tardó en sincerarse y en contarles todo lo relativo al sueño que había venido teniendo los últimos dos meses. Patrick, que había vivido una experiencia onírica parecida las semanas anteriores, enseguida empatizó con él. Abierta la puerta de la sinceridad, Derek también contó que en el momento de la explosión se dirigía hacia el hotel porque alguien había secuestrado a su padre y a su hermana, amenazando con hacerles daño si no iba para allá; desconocía el interés que nadie pudiera tener porque apareciera en el Excelsior. Tomaso también les contó que se dirigía hacia el hotel para encontrarse con un cliente, un tal “Dan Simmons”; Patrick lo miró con algo de recelo, pero no pudo por menos que simpatizar también con el joven italiano, que parecía un poco superado por la situación. Bebiendo de la excelente bodega de Robert, también compartieron las diversas experiencias aparentemente inexplicables que habían tenido en su vida; eso les unió aún más, y generó un incipiente sentimiento de confianza. Patrick soltó por fin la lengua y les dio prácticamente toda la información sobre el submundo ocultista que había averiguado en los últimos días junto a Sigrid y Malcolm: les habló del grupo que llamaban “Nueva Inquisición”, del multimillonario negro que los financiaba y de Dan Simmons, el líder de otro grupo llamado “La Representación”, y que gustaba de llamarse a sí mismo “El Hombre Malo”. También les contó su experiencia en la subasta, las agitadas y violentas noches de su estancia en el hotel y finalmente del artefacto explosivo, detonado cuando alguien acusó a los gestores de estar subastando falsificaciones. Todos se miraron con inquietud ante las nuevas revelaciones.

En un momento dado, sonó la alarma de la mansión, y todos dieron un brinco, sobresaltados. El personal de seguridad se encargó de la “amenaza”; no era más que un vagabundo que se había colado saltando el muro; parecía gritar amenazante, pero no alcanzaron a oírlo. Según palabras de Robert, desde hacía un par de semanas había pasado ya varias veces, no se explicaba por qué. Este hecho contribuyó a aumentar la sensación de inquietud del grupo.

Mientras los vigilantes expulsaban al intruso, Derek recibía una llamada al móvil: era su mujer. Su padre y su hermana habían aparecido sanos y salvos, sin recordar nada de lo que les había sucedido los últimos dos días. Fue un alivio, pero también una fuente de extrañeza, porque no comprendían quién podía haberse tomado la molestia de secuestrarlos para luego dejarlos libres sin motivo aparente. Felicitando a Derek, dieron por terminada la reunión, intercambiando tarjetas y números de móvil y emplazándose para otro encuentro en breve.

De vuelta a casa, Tomaso contactó con su primo, el padre Dominic. Con el espíritu inquieto por la información proporcionada por el resto del grupo, el joven le pidió consejo. Contra lo que Tomaso había pensado, Dominic se mostró sinceramente intrigado por todo aquello, y para mayor sorpresa, le dijo a su primo que quizá pudiera ponerlo en contacto con alguien que seguramente conocería el sórdido mundo del que le había hablado. Besándose en las mejillas al más puro estilo italiano, se despidieron.

Patrick pasó la noche con Helen, que le reprochó el que no la hubiera llamado en días, y más cuando parecía evidente que había sufrido un accidente de algún tipo. Quitándole importancia al asunto, Patrick pasó por fin una noche tranquilo y en compañía. La mañana siguiente, el profesor de filosofía revisó el correo por primera vez en varios días. Entre las cartas, había una que le llamó la atención: llevaba el remitente de AIFC (American Initiatives For Children), y en ella le explicaban que el trámite de adopción de Guadalupe “Lupita” Hernández debía ser interrumpido por “circunstancias ajenas a nuestra voluntad”. Más adelante le explicaban que la aldea de Lupita había sufrido el ataque de un grupo paramilitar (¿narcos?) y había desaparecido. El corazón de Patrick sufrió un vuelco. En un momento de lucidez se dio cuenta de que la dirección remitente de AIFC coincidía con la del bufete de abogados Weiss, Crane & Assocs. Qué casualidad. Una investigación más a fondo en la hemeroteca le reveló más cosas: AIFC estaba gestionada por Weiss, pero era propiedad ni más ni menos que de ¡Robert McMurdock! Ni corto ni perezoso, se plantó en la mansión de éste, que accedió a ayudarle gustoso. Robert encargó a Michael que averiguara todo lo que pudiera sobre el asunto; al parecer, la información sobre el ataque era verídica, y muchos de los menores de la aldea, si no todos, habían desaparecido; además, parecía que había habido varios ataques de la misma índole.

Patrick no pudo dejar de fijarse en el extraño nerviosismo de Michael, y transmitió sus dudas a Robert sobre si podían fiarse de él. Robert afirmó rotundamente, y acto seguido encargó a su mano derecha que investigara junto a “Josh” (uno de los contables) los libros de contabilidad de AIFC, pues hasta entonces ni siquiera había sabido que esa ONG era suya, cosa que le irritó.

Mientras Michael investigaba las cuentas, Robert reunió de nuevo al grupo al completo, para seguir con la conversación e interesarse por el estado de todos. Derek hizo una proposición interesante: para averiguar más sobre todo lo que habían hablado en su anterior reunión, un posible curso de acción era viajar a Inglaterra en busca de un antiguo conocido suyo, Sir Ian Stokehall, un hombre muy sabio que parecía conocer secretos más allá del alcance de la gente “normal”.

Unas horas después, Michael hacía acto de aparición, asegurando que la información contable de AIFC parecía estar en perfecto orden. Patrick, excelente lector de las intenciones de la gente, seguía sospechando y no se fiaba de las palabras de Michael. Y transmitió sus sospechas a Robert, que esta vez decidió tener en cuenta. El propio Robert se reunió con Josh para revisar personalmente la contabilidad; al viejo chupatintas le costó demasiado encontrar un DVD que se suponía había acabado de revisar unos minutos antes, lo que contribuyó a aumentar la suspicacia de su jefe. Tras varias revisiones aleatorias, la contabilidad sin duda estaba en orden, pero el experto ojo de Robert no dejó escapar el hecho de que aquellas cuentas no pertenecían a AIFC, sino a alguna otra de las muchas ONGs de su propiedad. Prefirió no decir nada, y se llevó el DVD, dejando que Josh se marchara a su casa a descansar. Revisándolo más tarde con un gestor independiente, éste le advirtió de la presencia de un archivo encriptado en una remota carpeta del disco. Algo olía a podrido allí...

Entre tanto, Patrick, Tomaso y Derek se desplazaron al hotel Excelsior con la intención de colarse e investigar sobre los hechos previos a la explosión. El modelo italiano se dio cuenta al instante de que alguien los seguía, así que dio las vueltas que fueron necesarias hasta que estuvo convencido de haber despistado a quien quiera que fuera su perseguidor. Cuando llegaron al hotel, lo encontraron cerrado al público, algo lógico, porque sólo habían pasado cuatro días desde el evento. No les costó mucho burlar la seguridad e infiltrarse en el edificio. La policía lo había revisado todo ya, y en las habitaciones de los asistentes a la subasta no pudieron encontrar nada. En la planta donde había tenido lugar la subasta el espectáculo era dantesco; estaba todo destrozado, y se podían ver manchas de sangre y trozos de ropa por todas partes. Allí tuvieron más suerte: incrustado en una rejilla de ventilación encontraron un trozo del libro de registro de las pujas, del que obtuvieron algunos nombres y un trozo del membrete de los organizadores.


martes, 12 de abril de 2016

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 35

Hacia el norte (VI). Torre del Sol

Continuaron avanzando a través del accidentado terreno, evitando en la medida de lo posible el camino. Atravesaron barrancos, bosquecillos y promontorios, hasta que establecieron el campamento al anochecer. No tardaron en avistar un grupo de luces, antorchas sin duda, no muy lejos de donde se encontraban, pero por suerte el tiempo les benefició y la ligera lluvia que había caído durante casi todo el día se convirtió en una poderosa tormenta. Eso borró cualquier posibilidad de que los encontraran, con lo que, aunque la noche fue húmeda y fría, también fue tranquila y pudieron descansar en una pequeña cueva.

Paladín de Vestän
El día siguiente no pudieron seguir moviéndose. La lluvia no perdió un ápice de intensidad e impidió cualquier tipo de movimiento por parte del grupo; la noche no fue mejor, y la mañana siguiente tampoco; pero a mediodía comenzaron a abrirse los primeros claros. Sin embargo, decidieron permanecer donde estaban un día más, pues el terreno estaba tan embarrado que el viaje se habría hecho durísimo.

Fue la siguiente jornada cuando definitivamente decidieron levantar el campamento y ponerse en marcha a través de las colinas que se erguían hacia el norte. El camino transcurrió sin sobresaltos, excepto por un par de malas caídas, en una de las cuales Yuria se torció una muñeca que le hizo llegar el brazo en cabestrillo durante un tiempo.

La siguiente mañana, Daradoth avistó una nube de polvo a lo lejos; haciendo uso de sus sentidos agudizados, pudo comprobar que pertenecían a un grupo bastante numeroso de caballos a buen paso, sin duda viajando por la calzada principal. Tras remontar varios cerros, llegaron de nuevo a la vista del camino, que había caracoleado hasta cruzarse de nuevo en su ruta. No tardaron en reconocer el rastro del nutrido grupo de jinetes que habían pasado hacía pocas horas por allí, de camino hacia el sur. Mientras el resto del grupo acampaba, Daradoth avanzó algunos kilómetros hacia el sur, para tratar de averiguar algo. Fue cuando volvía a reunirse con sus compañeros cuando se encontró de frente con un grupo de jinetes acompañados de infantes y perros procedente del norte; por suerte pudo evitarlos mientras pasaban por el camino hacia el sur.

Dado el volumen de buscadores que se habían movilizado para encontrarlos, decidieron volver a viajar de noche durante un tiempo. A las pocas horas pudieron avistar un campamento a la vera del camino, instalado en una granja y con varias hogueras que iluminaban los alrededores. Lucían estandartes con el emblema de Torre del Sol; no les quedó más remedio que volver atrás, viajar de día y volver a atravesar las colinas, campo a través. Durante tres jornadas caminaron así, librando arroyos, barrancos y accidentes varios. El tercer día, parte del grupo no pudo evitar despeñarse; Yuria volvió a hacerse daño en la mano lesionada, y Torgen y Gedastos tuvieron heridas más graves, con conmociones en la cabeza que les impidieron avanzar durante horas.

Más adelante, en una aldea que atravesaba el camino, pudieron ver un campamento de tamaño considerable que se alzaba controlando a los viajeros. Por la disposición y las idas y venidas de los soldados, se trataba sin duda de un campamento base que servía como centro a las patrullas de búsqueda que peinaban los alrededores en busca del grupo. Ante la imposibilidad de seguir campo a través, decidieron hacer uso de maquillaje y picaresca para superar el control. Maquillándose para que no los reconocieran y robando varios carros de comerciantes y campesinos consiguieron superar con mayor o menor facilidad el control de los soldados. Pero la mala suerte quiso que en el último carromato cargado con balas de heno en el que viajaban Yuria y Taheem viajara en realidad un polizón totalmente ajeno al grupo; cuando los guardias pincharon con sus lanzas a través de la paja y alguien se quejó con un agudo grito, la pareja se miró, decidiendo en una fracción de segundo lo que tenían que hacer: la ercestre y el vestalense saltaron del pescante y corrieron como alma que lleva el diablo; los guardias no acertaron a reaccionar con la suficiente rapidez y quedaron atrás.

Varios cientos de metros más adelante se reunieron con el resto del grupo, que se unió a ellos en su huida. Siguieron por el camino, pero si querían evitar ser capturados debían salir de él lo antes posible. Symeon encontró una senda difícil de percibir por la que salieron precipitadamente de la calzada. El sendero los llevaba a un pequeño valle por el que discurría un riachuelo; los primeros ladridos de perros se podían escuchar a lo lejos, aunque seguramente los despistarían unas horas todavía. Llegaba un momento en el que el riachuelo desaparecía en un macizo de zarzas, y no continuaba fluyendo más adelante: se introducía bajo tierra, bajo la colina que se alzaba ante ellos. Tras meditarlo unos minutos, decidieron intentar seguir el curso de agua subterránea, para tratar de despistar definitivamente a sus perseguidores. Con muchas dificultades provocadas por las zarzas, la oscuridad y el salto de agua que se transformaba en unos pequeños rápidos subterráneos, utilizaron las cuerdas para asegurar la zambullida. Una exploración previa de Yuria había revelado una gruta más allá de los rápidos, que se adentraba en las profundidades de la colina.

Haciendo uso del artefacto que los enanos habían fabricado para Yuria no tuvieron dicultades en secarse y preparar antorchas. Caminaron durante varias horas a través de diversas estancias, pasillos, recovecos y desniveles. Y resultó que tuvieron suerte, pues la ruta los conducía directamente hacia el norte, acercándolos de nuevo al camino; salieron al exterior por la falda de una colina que permitía ver la calzada y una aldea junto a ella. Dieron un rodeo evitando la aldea y se incorporaron de nuevo al camino principal.

Tras descansar y caminar unas cuantas horas más, por fin avistaron a lo lejos los destellos que revelaban la presencia de Torre del Sol. Contra todo pronóstico, el grupo no tuvo demasiados problemas para pasar desapercibido entre tierras de cultivo, granjas y aldeas, y adentrarse en el valle al que daba paso la enorme ciudadela.

Symeon decidió separarse temporalmente del grupo e infiltrarse en la ciudadela para intentar averiguar información de interés; en la posada donde estuvo bebiendo y contemporizando con los parroquianos, se quedó de piedra cuando entró a la estancia un vestalense ataviado con peto plateado y un gran alfanje, que despedía un aura de poder tangible: no tardó en averiguar, no sin inquietud, que se trataba de un paladín de Vestán. La gente no tardó en acercarse al guerrero sagrado, pidiendo sus bendiciones, besándole las manos y alabando la grandeza de Vestán. Symeon decidió no permanecer mucho más en la posada, incómodo ante la presencia de alguien así; tras averiguar también que el Badir se encontraba alojado en la fortaleza con sus prisioneros, partió en busca del resto del grupo.

Una vez reunidos, atravesaron el valle hasta el otro extremo, donde unas colinas suaves daban paso a la última etapa de su viaje dentro del Imperio: las Praderas de Emhebb, una enorme llanura que se extendía cientos de kilómetros en todas direcciones. Y así, comenzaron la que sería la etapa más tranquila de todo su viaje hacia el norte. Atravesando infinidad de granjas (pues las praderas eran un territorio óptimo de labranza) transcurrieron varios días. Las únicas incidencias reseñables durante esta etapa fueron dos: el segundo día, un grupo de jinetes acompañados de un clérigo al galope hacia el norte, y la noche del tercer día, al intentar Symeon encontrar rastros de los centauros en el Mundo Onírico se topó en cambio con uno de los Sabuesos Oscuros, al que por suerte pudo despistar a tiempo.

Al cabo de una semana de viaje llegaron a la vista de la Quebrada de Irpah. El terreno se iba haciendo más abrupto hasta llegar a las primeras estribaciones de la cordillera que rodeaba la Quebrada. Ésta se encontraba guardada, como ya sabían, por la fortaleza de Sar’Sajari y el muro que protegía el acceso desde el norte, que los vestalenses llamaban Evra’in’Doharr. Al grupo no le quedó más remedio que acampar a cubierto mientras ideaban algún plan para burlar la vigilancia de los vestalenses y adentrarse en la Quebrada; por suerte, los esfuerzos de la guarnición se dirigían hacia el norte y no hacia el sur, donde ellos se encontraban, con lo que no tuvieron grandes problemas para pasar desapercibidos. La tercera noche hizo acto de aparición un grupo bastante grande de jinetes, alumbrado con antorchas pero a todas luces cabalgando más velozmente de lo que les habrían permitido normalmente la tenue iluminación. Los jinetes iban encabezados por uno de los extraños clérigos pálidos, un extranjero, y por uno de los engendros del Mausoleo de Ra’Khameer que el Ra’Akarah había resucitado. Frente a éste, corrían dos sabuesos de tamaño extraordinario, tan grandes como ponys.

La fortaleza, el gran muro más allá y la torre más pequeña en el otro extremo de la quebrada suponían un obstáculo impresionante para el grupo, y desde luego no iba a ser fácil averiguar cómo superarlo...


 

FIN DE LA PRIMERA TEMPORADA


... 



domingo, 10 de abril de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Dramatis Personae

He aquí el reparto de Personajes Jugadores para la nueva temporada de El Día del Juicio.

Patrick Sullivan.
Doctor en filosofía, 35 años.
Intelectual despistado en busca de la Verdad, últimamente se ha visto envuelto en acontecimientos extraordinarios que le han hecho replantearse sus convicciones.







Sigrid Olafson.
Anticuaria, 47 años.
Ecologista y erudita habla varios idiomas. Perfeccionista y muy crítica, es atractiva aunque la traiciona un ligero aire de superioridad.






Robert McMurdock.
Ejecutivo y químico, 34 años.
Es uno de los mayores filántropos del noreste de los Estados Unidos, creador de varias ONGs y director ejecutivo de Chemicorp, una de las mayores empresas químicas del mundo.






Tomaso Belgrano.
Modelo y gourmet, 34 años.
El atractivo de Tomaso es innegable, hijo de inmigrantes italianos gusta siempre de ir vestido de forma elegante y guardar sus formas de caballero.






Derek Hansen.
Director de la CCSA en NY, 40 años.
Luchador incansable por los derechos sociales, Derek es un coleccionista compulsivo de mapas antiguos que odia la violencia y trata por todos los medios de solucionar los conflictos a su alrededor, con una fortuna fuera de lo común por lo general.