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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

viernes, 9 de noviembre de 2018

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 42

En Busca de Derek (IV). La ventisca. Huida.
Timofei Nóvikov
La huida a través de la ventisca fue dantesca, durísima. Poco después de salir del complejo de Vitaria, Tomaso trastabillaba y se apartaba del grupo. Patrick no tardó en hacer lo mismo. A Sigrid le costó dios y ayuda dar con sus compañeros en la infernal noche, pero finalmente lo consiguió [punto de destino]. Primero encontró a Patrick y luego a Tomaso, justo cuando las luces de un vehículo blindado aparecieron entre la niebla y desde un altavoz les increparon gritándoles algo en ruso. Jonathan y Patrick pudieron escabullirse, no así Sigrid y Robert. Por suerte portaban pistolas y Robert tenía gran destreza utilizándolas. Cuando las puertas del vehículo se abrían para dejar paso a algún soldado, sendos certeros disparos acertaron en el foco que les apuntaba, dejando la escena a oscuras; una lluvia de balas de gran calibre se desató a su alrededor cuando la ametralladora del vehículo comenzó a disparar prácticamente a ciegas, pero por suerte no sufrieron ningún impacto y pudieron volverse a perder en la noche y la niebla.

Tras reunirse todos y descansar unos minutos, ya con Patrick y Tomaso relativamente repuestos de sus vínculos al trauma, decidieron adentrarse en la devastación que tanto daño les había hecho en el camino de ida. Pero quedarían a una distancia prudencial del centro, manteniendo en la medida de lo posible una ruta circular.

Y así, atados unos a otros y con todo el cansancio del mundo, caminaron unas cuantas horas a través de árboles inclinados, hasta que la nieve cedió bajo los pies de Sigrid y todos cayeron al vacío rodeados de una lluvia de escombros, hielo y barro. Encendieron las linternas y tras asegurarse de que todos estaban bien, la luz reveló una especie de cueva, o más bien un túnel. A un lado tenían el derrumbe, que había cegado la salida y el paso por aquella parte, y al otro, el túnel se alargaba hasta la oscuridad; lo llamaron túnel y no cueva o caverna, porque parecía estar tallado con una cuchilla: las paredes eran lisas como si hubiera pasado por allí una tuneladora. Sin embargo, el material era blando; cuando Patrick escarbó un poco en las paredes, se desprendió algo de tierra de ellas. La abertura parecía tener una ligerísima pendiente descendente hacia la oscuridad, y todos dieron un respingo cuando se dieron cuenta de que no proyectaban sombras en aquel lugar. La luz de las linternas parecía pasar limpiamente a través de ellos. Sin embargo, la temperatura, que se había hecho más bien agradable, y el extremo cansancio que habían acumulado en su huida les hizo decidirse a dormir antes que cualquier otra cosa.

Tras un intervalo de sueño reparador, el grupo al completo se "despertó" en un entorno desconocido e inquietante. Se miraron los unos a los otros, dándose cuenta de que debían estar dormidos todavía, y miraron a su alrededor: una cúpula inmensa de cielo estrellado se levantaba sobre ellos; solamente contemplarla hacía que perdieran el equilibrio, tal era su inmensidad y su inabarcabilidad. Y alrededor, nada; únicamente un suelo pulido de color negro que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. A falta de otras ideas, comenzaron a caminar. Caminaron durante una eternidad, hasta que a lo lejos distinguieron que, en una línea recta perfecta, el suelo cambiaba de color y se convertía en blanco. Y en el extremo del suelo blanco vieron una figura borrosa por la distancia. El corazón de Patrick dio un vuelco cuando al acercarse pudo distinguir el rostro de Lupita, su futura hija adoptiva. Corrió hacia ella, y se quedó a varias decenas de metros de distancia, junto con el resto de sus compañeros, en el suelo negro. No sentían ningún deseo de pisar suelo blanco, aunque veían a  la niña sufrir. Lupita estaba llorando desconsoladamente, lo que martilleó profundamente el corazón de Patrick. Cuando el profesor le preguntó qué le pasaba, ella respondió entre sollozos "Papá, ¿por qué me has abandonado?". A Patrick se le cayó el alma a los pies.

El resto del grupo lo miraba confundido, pues para ellos no había nadie allí, solamente Patrick era capaz de ver a la niña; el resto solo veía el inmenso suelo blanco que se extendía de nuevo hasta donde eran incapaces de alcanzar a ver. De repente, el profesor se sobresaltó cuando desde la penumbra detrás de Lupita, apareció bruscamente un hombre japonés de mediana edad, que se arrodilló en el suelo suplicando algo; Patrick no lo pudo entender, pues no hablaba el idioma, pero se le notaba desesperado por algo. Sus sospechas se confirmaron cuando tras preguntar a Lupita si le estaban haciendo daño, esta respondió que sí, que "había allí personas malas". A medida que iba viendo cosas Patrick las iba contando a sus compañeros, así Sigrid pudo caer en la cuenta de que entre la lista de personas que habían bautizado como los "Nacidos Relevantes" buscadas por el Círculo Neosuabo, se encontraban los datos de un japonés de cincuenta y tantos años, que podría ser aquel que estaba viendo su amigo. Lupita también le explicó que entre la "gente mala" que la rodeaba había muchos que hablaban en un idioma "raro y feo"; también describió un reciente viaje en barco y su traslado a "un sitio junto al mar, donde hace mucho calor".

Patrick decidió, contra todos sus instintos, que tenía que atravesar aquella línea y pasar del suelo negro al blanco. E intentó convencer a sus compañeros, aunque ni él mismo se mostraba convencido; el proceso mental requerido fue muy complejo y minucioso, pero finalmente Patrick consiguió convencerse a sí mismo y a los demás de que podían pasar al otro lado; y así lo hicieron.

En cuestión de pocos instantes sintieron la materialización, o quizá la aproximación a una velocidad inimaginable, de unas presencias abrumadoras, inefables. Con una especie de manotazo metafísico los devolvieron violentamente (y muy dolorosamente) como si de peleles se tratara al espacio con el suelo de color negro. Y despertaron.

En el túnel habían dormido a gusto calientes por fin, pero ahora, los más sensibles entre ellos, Tomaso, Patrick y Sigrid sintieron que desde la oscuridad, desde la parte profunda del túnel, su muerte se acercaba. No sentían pánico ni terror, solo un convencimiento de que si se quedaban allí en pocos minutos habrían muerto junto con todos sus compañeros.

Desesperados, excavaron en el derrumbe, con Jonathan y Tomaso demostrando su superioridad física arrancando rocas y hielo. Pero la nieve se reponía en todo momento, no había forma de abrir un hueco, así que decidieron bucear a través de ella. Después de que Sigrid casi muriera en el intento fue Tomaso el que salió al exterior, ya bien equipado con ropa y cuerdas. Haciendo uso de ellas, el resto del grupo no tardó en salir por fin al exterior. La sensación de muerte inminente había desaparecido, pero era de día y la ventisca ya se había esfumado, así que decidieron alejarse a toda prisa. Una vez que salieron de la zona de la devastación, cuando los relojes dejaron de volverse locos, calcularon que debían de haber cuatro o cinco días de tiempo real dentro de aquel túnel. El tiempo debía de transcurrir de otra manera allí, o quizá el sueño los había transportado de una manera extraña. Cuando los teléfonos reaccionaron, aparecieron los registros de multitud de llamadas perdidas y se apresuraron a contactar con Sally, Esther, Francis y Pierre. La periodista y la hija de Sigrid les tranquilizaron asegurándoles que estaba todo bien, pero que durante aquellos días habían aparecido varias personas por el hotel preguntando por ellos; que ellos supieran, los recepcionistas no habían revelado ninguna información gracias a las generosas propinas que les habían pagado. Por la descripción que Sally les proporcionó, reconocieron a uno de los extraños como el mexicano ayudante de Dan Simmons; al resto no supieron situarlo por la descripción física.

Al cabo de un par de días de penosa caminata llegaron por fin a la vista del lugar donde habían quedado en encontrarse con sus cuatro compañeros (un punto en una carretera más o menos alejada de Vogorovo). Y para su sorpresa, desde la distancia vieron que no solo se encontraban allí ellos, sino que  estaban acompañados de varios extraños, con tres todoterrenos en total —uno más de los que esperaban— aparcados a un lado de la carretera. Por suerte (o no?) no parecían coaccionados ni amenazados; de hecho, como pudieron ver con los binoculares, se encontraban hablando amistosamente, de modo distendido. Los extraños eran dos hombres y una mujer, uno de ellos maduro, canoso, vestido elegantemente y con una perilla señorial en su rostro. Tomaso se sobresaltó cuando, a través de los prismáticos, vio que el hombre se giraba hacia ellos y, con una sonrisa, les hacía gestos para que se acercaran... pero a juicio del italiano, era imposible que los hubiera visto a simple vista desde aquella distancia. Se miraron unos a otros, preocupados. Cuando llamaron a Esther por móvil para aclarar aquello, la muchacha les dijo que simplemente eran unos caballeros y una señora muy amables que querían tener una conversación. Se miraron de nuevo, evaluando la posibilidad de que Esther y los demás estuvieran bajo un influjo sobrenatural, cosa que ya había ocurrido en el pasado.

No obstante, el instinto de protección de Sigrid hacia su hija pudo más que su instinto de conservación, así que la noruega decidió acercarse. Tomaso la acompañó, y Patrick, Robert y Jonathan prefirieron mantenerse alejados por si acaso.

Sigrid y Tomaso fueron recibidos de forma muy agradable por el hombre canoso, que lucía exquisitos modales de aristócrata antiguo. Se presentó como Timofei Nóvikov, un "hombre de negocios y buen samaritano". Se disculpaba por aparecer de aquella manera, pero necesitaba asegurarse de que hablaba con Sigrid y los demás —"el dolor de cabeza de los Illuminati", dijo— para exponer su oferta y después tratar los temas más tranquilamente en un sitio más agradable y cómodo. Poco después de que el hombre empezara a hablar, Tomaso y Sigrid ya estaban convencidos de sus buenas intenciones, quizá "demasiado" convencidos. Sus palabras, desde luego, ayudaban. Según el ruso (supusieron que era ruso), les quería hacer una oferta que no podrían rechazar, pero quería que estuviera presente el grupo al completo, y en un sitio más adecuado: les habló de un lujoso restaurante en Krasnoyarsk donde podrían reunirse a dos días vista. Si a mediodía de ese día no aparecían por el restaurante, Nóvikov no les molestaría más, pero (y este fue el único momento en que su gesto se volvió algo más serio) "tampoco toleraría que se interpusieran en su camino". Como gesto de buena voluntad, alargó a Sigrid un pequeño objeto. Se trataba de una miniatura con forma de escarabajo a la que Nóvikov llamó "bicho atrapa-balas". Acto seguido sometió a Sigrid a una prueba: hizo que su compañero le disparase (con previo aviso) y ante el estupor de la anticuaria, el escarabajo salió disparado de su mano, haciendo rebotar el proyectil. Tras esto, Nóvikov y sus compañeros se marcharon, expresando sus deseos de colaboración con el grupo en el futuro.

Tras reunirse y discutirlo largamente, el grupo decidió evitar la reunion con Nóvikov, y contactaron con Anne Rush. La mujer dijo no conocer al tal Timofei Nóvikov, pero les ordenó tajantemente no reunirse con él. Era la primera vez que Anne les daba una orden de manera tan terminante, y aunque les sorprendió, la mayoría de ellos estuvo de acuerdo con ella.

Así que el día siguiente partieron hacia Ucrania, donde se encontraron con John Tradtford, que les proporcionó el transporte necesario para llegar a Burdeos. Una vez allí, Robert no tardó en establecer un laboratorio que le permitiría sintetizar el Polvo de Dios para intentar encontrar de una vez por todas a Derek.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 17

La Asamblea de Eskatha (V).Mervan y los esthalios.
El Comerciante Suarren
El día siguiente por la mañana, Suarren acudió a reunirse en las afueras orientales de Eskatha  con Torevan. Galad, Symeon y Faewald lo acompañaban junto con algunos hombres de Ilaith ejerciendo como su guardia personal. Torevan también llevaba una guardia de una docena de hombres, además de ir acompañado por su hija Elidh y por su contable Dethius. Un día y medio de cabalgada les esperaba para llegar a Sugelia y encontrarse con el esclavista que Suarren había inventado.

Previamente, Yuria y Taheem habían partido de madrugada al mando de una cincuentena de hombres de Tarkal con la intención de tender una emboscada a Torevan en un punto alejado de cualquier población que la ercestre había calculado cuidadosamente con la ayuda de detallados mapas de la zona.

La emboscada, más o menos a tres cuartos de camino, no les planteó demasiados problemas. La superioridad numérica y las ballestas de los guardias de Ilaith pronto hicieron desistir a los guardias de Torevan de oponer ninguna resistencia; además, cuando Symeon se llevó bruscamente a la hija del comerciante de su lado, este pareció perder su ánimo de combate. Con los prisioneros ocultos bajo mantas en varios carromatos, llegaron por fin a Sugelia y se dirigieron directamente a la mansión del rico comerciante Estheoras, que ya había alojado a la delegación de Tarkal en su camino hacia Eskatha. De hecho, Ilaith les había dado una importante cantidad de joyas para pagar a Estheoras por los gastos que ocasionaran los prisioneros mientras los mantenía retenidos en sus dominios, y por supuesto Yuria se las entregó en el interior de un pequeño cofre.

En la mansión de Estheoras llevaron a cabo un pequeño interrogatorio a Torevan, haciéndole creer mediante algunas argucias que estaban torturando a su hija en una habitación cercana. El comerciante no resistió prácticamente nada, derrumbándose en cuanto oyó el primer grito fingido, y narró todas y cada una de las depravaciones que había llevado a cabo en Asyra Sottran. Verdaderas barbaridades que hicieron asomar una mueca de asco a la cara de Galad y casi hacen a Yuria vomitar. No conocía a nadie más que visitara la isla, solo a Suarren, eso lo juraba y perjuraba, pero acordó declarar en la Asamblea si no hacían daño a Elidh, su hija. El resultado había sido bueno, y el día y medio de vuelta a Eskatha con Torevan prisionero y oculto transcurrió sin incidentes.

Duque Woderyan Estigian
Mientras tanto, en la sede de Tarkal Daradoth e Ilaith se reunían con la delegación esthalia para transmitirles toda la información que Progerion les había dado sobre la reunión entre Robeld de Baun y Agiond, y los planes que tenía el primero. El duque Estigian se mostró consternado por la revelación, y sus compañeros rebulleron de agitación, preocupados por el curso que tomaban los acontecimientos. Ilaith y Daradoth aprovecharon el momento para estrechar relaciones con ellos y convencerlos de que la princesa de Tarkal y lady Armen deberían colaborar en los trances que se avecinaban.

Ya con los demás de vuelta y con Torevan a buen recaudo en los sótanos de la sede, llegó un mensaje procedente de la sede de Krül, de parte del príncipe Vanius. No le había quedado más remedio que apresar a uno de los hombres de Agiond, que había acudido a reunirse con Alyss. La mujer no había traicionado los nuevos acuerdos, pero por lo visto la falta de información había agitado a la delegación de Bairien y alguien había acudido a conversar con ella. No habían tenido tiempo de reaccionar y precipitadamente habían decidido encerrar al hombre hasta decidir qué hacer. Discretamente, visitaron a Vanius y le tranquilizaron, asegurándole que arreglarían aquello.

Más tarde, Symeon se reunía con Noelan y Galad paseaba por un discreto jardín con Eudorya. Los gestos de amor de la pareja, a pesar de la reticencia de Eudorya, eran cada vez más difíciles de reprimir, y la guardia de eunucos de la muchacha tenía cada vez más trabajo para separarles y hacerles guardar las formas. Según dijo Eudorya, la actitud de su padre hacia Ilaith había parecido empeorar un poco desde que Nimthos había recibido la visita de Agiond y la delegación de Bairien un par de días atrás. Por su parte, Noelan reveló a Symeon que Velonia Wodrenn había estado reuniéndose por su cuenta con las delegaciones de Bairien y Nimthos, cosa que el errante no tardó en compartir con el resto del grupo.

Esa noche, tras discutir largo y tendido sobre las alianzas a establecer y las acciones a realizar, recibieron una nueva visita de la delegación esthalia. El asunto del marqués de Arnualles había convencido al duque Estigian de que había llegado el tiempo de revelar sus cartas y establecer las alianzas necesarias. Aunque no había recibido todavía contestación de la corte de Nátinar (era imposible, pues solo hacía dos días que había enviado los halcones con la información), como Grande de Esthalia, Alto Miembro de la Corte y Guardián del Reino tenía la prerrogativa de ejercer acciones diplomáticas con plenas labores ejecutivas en tiempo de crisis. Así que transmitió su deseo de celebrar un encuentro a tres bandas entre su grupo, la delegación de Tarkal al mando de Ilaith, y la delegación de Mervan al mando de Nercier Rantor.

De madrugada, la reunión se celebró en la sede de Tarkal, ante la impaciencia de Ilaith y la desorientación del resto de la delegación, que no llegaban a entender muy bien el porqué de aquel encuentro. No obstante, tales dudas quedaron aclaradas sin demasiada tardanza, pues el duque Estigian tomó la palabra para comentar la estrecha relación que unía a Mervan con Esthalia, y su condición de "principado satélite" del Reino. Mervan era el as en la manga de Esthalia para una posible futura acción de guerra contra la Confederación (Esthalia tenía varias legiones destacadas en Mervan, según dijeron), y la actitud de Tarkal unida a la situación con Robeld de Baun le habían convencido para plantear una alianza que incorporase a Ilaith a la lucha que se avecinaba. "Así que después de todo", pensó Yuria, "el príncipe Nercier no era tan apático como aparentaba".

Tras superar la sorpresa por la revelación, las dotes diplomaticas pronto hicieron acto de presencia en las palabras de Ilaith, Delsin, Ernass y los demás. Pronto se encontraron discutiendo cómo tratar de sacar el máximo provecho de sus respectivas fuerzas y conocimientos, y por supuesto una de las primeras cosas que se acordó fue que Mervan apoyaría la candidatura de Ilaith a la Gerencia de la Confederación (y veladamente, se dejó entrever que quizá algo más) para conseguir su apoyo a Esthalia y el abandono del comercio con el Káikar y el Cónclave y el tráfico de esclavos. Pero la tensión volvió a hacer acto de aparición cuando, después de que el duque preguntara cuál era la actitud de los elfos en todo aquel embrollo e Ilaith le contestara que Daradoth era un diplomático "en avanzadilla" que había accedido a aliarse con Tarkal, el elfo preguntó a Woderyan directamente acerca del conflicto entre sus majestades el Rey Randor y la Reina Armen. La actitud de los esthalios cambió radicalmente, y las sonrisas previas tornaron en gestos serios mientras que Nercier y sus compañeros miraban hacia ellos en busca de alguna explicación. No pasó mucho tiempo antes de que los esthalios se despidieran y acabaran el encuentro precipitadamente.

Poco tiempo después, Symeon  establecía sendos círculos de aviso en el Mundo Onírico alrededor de la sede de Mervan y la residencia de la delegación esthalia, y Galad se reunía con lady Ilaith para intentar averiguar cómo dar al traste con el compromiso entre Eudorya y el príncipe Deoran de Ladris. Con la ayuda de Keriel Danten, la experta en leyes de la delegación de Tarkal, acordaron que lo más adecuado sería tratar el asunto en la Asamblea, pues tal compromiso podría llevar a un aumento intolerable de poder de los dos principados. Sería trabajoso, pero existía la posibilidad de llegar a buen puerto si demostraban que Eudorya no estaba dispuesta a renunciar al principado de Nimthos, o si conseguían hacer abdicar a Gisaus.

A media mañana del día siguiente se reunieron por fin con la delegación de Bairien, con Agiond Ónethas a la cabeza, flanqueado por sus hijos Progerion y Surelion y su hermano Esthian. La reunión fue fría y educada, y se trataron asuntos puramente comerciales. Agiond aprovechó para acabar con algunos de los intercambios entre Tarkal y Bairien, como Ilaith ya había sospechado, así que esta no hizo nada por mantenerlos, pues prefería acabar con el trámite rápidamente.

Por la tarde se reunieron de nuevo con la delegación de Mírfell, intentando negociar con el príncipe Verthyran la concesión de uno solo de los principados de sus primos en lugar de los dos, pero se mostró poco receptivo y a instancias de Ernass decidieron dejar la negociación para una reunión posterior.

Por la noche, la ronda de Symeon por el Mundo Onírico no reveló nada anormal, y por su parte Galad pidió inspiración a Emmán para que le enviara visiones en su sueño sobre la familia Athalen, los gerentes del principado de Nimthos...

jueves, 18 de octubre de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 16

La Asamblea de Eskatha (IV)
Cuando volvió de su reunión con Noelan, Symeon realizó su habitual rutina de vigilancia en el Mundo Onírico. Y prácticamente por casualidad tuvo una sensación novedosa: una especie de resonancia silenciosa partía desde la situación de la sede de Tarkal en el Mundo Onírico en todas direcciones. Alguien había situado una especie de "baliza localizadora onírica" justo donde ellos se encontraban alojados. La estudió a fondo, y por suerte pudo deducir cómo había sido creada; de ese modo no le costó demasiado deshacerla. Con suerte, nadie habría podido detectarla todavía.

Improvisando aún más, el errante creó un "círculo de aviso" —no se le ocurrió un nombre mejor— alrededor de la representación onírica de la sede de Tarkal. Confiaba en que si alguien (o algo) se acercaba lo suficiente con la intención de poner otra baliza, el círculo se lo haría notar.

Por la mañana, Daradoth convocó a Alexann a la sede. Este llegó al cabo de un par de horas y el elfo dio un paseo con él por los jardines. Hablaron sobre su padre, la Daga Negra objeto de tantas suposiciones, y la lealtad de la delegación esthalia. Alexann conocía todos los detalles sobre la (según sus palabras) "maligna daga", y también aseguró que la reina le había dado órdenes de "salvaguardarla con su propia vida si era necesario". Con palabras esquivas confirmó que la mayoría de los esthalios enviados a la Confederación eran sin duda fieles seguidores de la reina Armen, excepto el cardenal y el caballero argion que al menos aparentemente mantenían una postura de neutralidad, suponía que debido a sus respectivos cargos. Como ya le había revelado hacía un par de jornadas, volvió a insistir en que la delegación había sido enviada allí a instancias de la reina para evaluar la fiabilidad de la Confederación y tomar medidas todo lo duras que fueran necesarias en caso de que no lo fueran; evidentemente, la reina no habría enviado al duque Estigian no fuera de su total confianza. Daradoth asintió, satisfecho, y aprovechó para hablar de una posible alianza entre Armen e Ilaith. No obstante, toda la información sobre lo que estaba pasando en el Kaikarésta (el complejo de cavernas bajo el Káikar) era cierta.

Tras la reunión con Alexann, la delegación de Tarkal fue convocada al completo a presencia de Ilaith para decidir cuál iba a ser su curso de acción con la delegación de Undahl. Tras discutir los pros y los contras, decidieron que se reunirían con ellos. Además, también se organizó una reunión con la delegación esthalia cuando Daradoth habló de los posibles intereses comunes de Ilaith y Armen.

A mediodía sonaron las trompetas y las campanas del distrito portuario. Las delegaciones de Bairien y Krül por fin hacían acto de aparición en Eskatha. La multitud se reunió para ver pasar a los príncipes Agiond Ónethas, Vanius Eloras y sus respectivos séquitos. El grupo acudió a contemplar el paso de la comitiva, preocupados por sus posibles acompañantes, pero todo parecía en orden; Progerion cabalgaba al lado de su padre y no había representantes de la Sombra en sus filas. Se miraron, aliviados. Desde un discreto segundo plano, Galad invocó la gracia de Emmán para detectar posibles enemigos en los integrantes de los séquitos; Agiond Ónethas y Gisaus Athalen (la delegación de Nímthos había salido a recibir a Bairien en gesto de deferencia) eran a todas luces enemigos de su religión, así como algunos miembros más de la comitiva. El paladín tomó buena nota.

Mientras tanto, Suarren se encontraba con Taheem y Symeon en una taberna de lujo realizando sus habituales pesquisas para encontrar a los comerciantes que había visto en Asyra Sottran. Y por fin reconoció a uno de ellos cuando entró por la puerta: Torevan Aeras, de Ladris. Haciéndose el encontradizo, Suarren le mintió acerca de unos negocios que se traía entre manos con un comerciante de esclavos que traía "mercancía muy jugosa". A Torevan se le iluminaron los ojos cuando oyó que en la caravana de esclavos había niños... una mueca de asco abría acudido a los rostros de Symeon y Taheem, sentados en una mesa cercana, si hubieran entendido el idioma demhano, pero lo único que podían hacer era confiar en Suarren y velar por su seguridad. Hablando de otras cosas mientras bebían, Torevan reveló que no se encontraba en la delegación del príncipe Deoran de Ladris debido a ciertos negocios urgentes de los que había tenido que ocuparse, y mostró su frustración al comprobar que la Asamblea se había retrasado tanto que efectivamente le habría dado tiempo de asistir. Los dos comerciantes quedaron para el día siguiente en una taberna de la parte alta para concretar sus negocios. Poco rato después, Symeon compraba una cantidad considerable de drogas narcóticas por si surgía la oportunidad de usarlas con Torevan.

Al atardecer, llegó un mensajero a la sede. Un senescal buscó rápidamente a Yuria, a la que el recién llegado entregó un trozo de papel cuidadosamente doblado. El mensaje estaba en clave, y la entrega a Yuria había sido realizada con toda la intención. La ercestre no tuvo demasiados problemas para descifrarlo una vez que entendió la clave. En el mensaje, Progerion Ónethas convocaba con urgencia a Ilaith a una hora de la noche en un discreto jardín de la parte oriental de la ciudad. A la hora especificada se encontraban con el príncipe heredero de Bairien, todos vestidos discretamente. Con gesto serio y en voz baja, Progerion reveló que el retraso de sus delegaciones había sido provocado por la llegada de un inesperado visitante a su principado: Robeld de Baun, marqués de Arnualles, uno de los nobles más importantes y reconocidos del reino de Esthalia. Todos se miraron sorprendidos, pues lord Robeld debía de ser prácticamente el único noble esthalio que había sobrevivido a la extraña enfermedad que había acabado con la vida de un número considerable de ellos. El marqués había acudido a Bairien con la intención de buscar aliados para sus ambiciones, que resultaron ser muy elevadas. No quería otra cosa que hacerse con el Trono del León (el trono de Esthalia) y ya contaba con el apoyo de "gran parte de los nobles fronterizos del sur del reino", según sus palabras. Por supuesto, el padre de Progerion ya había empezado a elucubrar sobre los posibles beneficios de una guerra abierta en Esthalia y su situación en el bando ganador, y seguramente su intención era proponer algún tipo de acuerdo con Robeld de Baun en la Asamblea.

Agradeciendo a Progerion la información que les había revelado e informándole a su vez de sus planes con Suarren y los comerciantes, el grupo e Ilaith se marcharon en silencio, extremadamente preocupados por las noticias.

Después pasaron a desarrollar un plan para capturar al comerciante Torevan. En la reunión del día siguiente, Suarren afirmó que el esclavista se encontraba en la ciudad de Sugelia, por donde el grupo ya había pasado de camino a Eskatha. Mintió diciendo que el presunto mercader de esclavos no había podido acudir a Eskatha debido a la naturaleza "peculiar" de su mercancía -que incluía niños-. Así, aprovecharían el viaje para hacerse con Torevan y que nadie lo echara en falta en unos cuantos días al menos.

Esa misma mañana tuvo lugar la reunión con la delegación de Undahl. Al llegar a su edificio, lo primero que llamó la atención de Yuria fue la alta proporción de ástaros que formaban parte de sus filas. Tras la recepción y el acomodo en la Sala Principal, el encuentro transcurrió en términos educados pero extremadamente tensos. La elfa oscura, a la que el príncipe Rakos presentó como Helitzzë, estuvo prácticamente todo el tiempo callada y mirando valorativamente a toda la delegación tarkalia, mientras que el minotauro Hrarrh'Snagh intervino algo más, con voz brusca y estentórea pero luciendo unos modales bastante adecuados. Además, en la delegación de Undahl había otras dos personas que llamaban la atención, un vikingo que permaneció silencioso y un kairk ya casi anciano llamado Svalden Theukas. Yuria le saludó efusivamente, pues lo reconoció como el renombrado cartógrafo que era ante la sorpresa del hombre; la ercestre le felicitó, pues muchos de los mapas que había utilizado en sus primeros años en el ejército habían sido obra suya. Aunque el príncipe Rakos intentó disimular, no pudo evitar un leve movimiento de ceja cuando Yuria reconoció al kairk, al igual que su tío abuelo Hegrolius e Ilaith. Svalden sonrió, halagado, y dirigió muchas palabras amables a "una muchacha tan agradable e inteligente"; parecía increíble que estuviera sentado del mismo lado que una elfa oscura y un minotauro. Cuando se iba a sincerar sobre su presencia en la delegación de Undahl, alguien lo interrumpió e impidieron que continuara la conversación.

Llegados al punto culminante de la conversación, la oferta del príncipe de Undahl fue bastante clara: ofrecía una parte de la explotación de kregora a Ilaith a cambio de su apoyo militar prácticamente incondicional para futuras campañas. El asunto les causó muy mala espina, y las palabras del príncipe dejaban entrever que además de estar enterado de los últimos avances de Tarkal en materia militar le preocupaba una posible alianza de Ilaith con "elementos indeseados", refiriéndose a Daradoth y los elfos. La princesa de Tarkal respondió con evasivas, haciendo gala de sus extremadamente afiladas dotes diplomáticas y dialécticas, y sin llegar a ningún acuerdo concreto, la reunión acabó y volvieron a su sede. Las sensaciones eran diversas: unos pensaban que la reunión había ido mejor de lo esperado mientras el resto no estaba tan seguro. Daradoth reveló también que tanto el extraño artilugio parecido a un sonajero que la elfa oscura portaba en la cintura como la torques que el minotauro lucía en el poderoso cuello contenían una cantidad de poder que no podía determinar. Galad, por su parte, también compartió con ellos que Emmán le había revelado como enemigos de su fe a casi todos los acompañantes de Rakos, excepto al vikingo, a Svalden y al propio hermano del príncipe, Borevan Ternal.

Por la noche, Symeon no tardó mucho en recibir el aviso del círculo de detección que había puesto alrededor de la representación onírica de la sede, así que se apresuró a acudir allí. Durmiéndose casi al instante, no le costó nada entrar a la realidad del sueño. Y allí estaba, una figura encapuchada pero sin el suficiente control —al igual que él— para ocultar su identidad en un estado de tensión, con lo que en pocos segundos Symeon la reconoció como Helitzzë, la elfa oscura de la delegación de Undahl. Los instantes siguientes fueron frenéticos: Symeon la retuvo, la atacó y la encadenó, intentando infligirle todo el "daño" posible, mientras ella se desplazaba, se zafaba e intentaba hacer lo propio con él. Finalmente, la elfa consiguió escapar del Mundo Onírico bastante dañada, a juicio del errante. Con suerte no entraría allí en varios días.

La mañana siguiente tuvo lugar la reunión de rigor con la delegación de Krül, a la que Ilaith acudía sin muchas expectativas, pues todo el mundo sabía que el príncipe Vanius Eloras, cuñado de Agiond Ónethas (aunque ya viudo), no era sino un títere de este último. La reunión empezó con las conversaciones de trámite en las que se notaba que Vanius asumía su papel de príncipe de paja y mecanizaba las respuestas y las expresiones. Pero el grupo tenía planes muy distintos en su trato con el príncipe de Krül. Pronto, Galad, Yuria y Daradoth empezaron a tratarlo como tratarían a cualquier otro príncipe, a lo que se notaba que Vanius no estaba acostumbrado. Ilaith se sumó a la actitud de sus compañeros, comprendiendo al instante lo que trataban de hacer, y por supuesto Meravor contribuyó a potenciar los efectos de sus palabras. El vino empezó a correr más rápidamente, con el príncipe Eloras encontrándose cada vez más a gusto (Meravor sonreía de medio lado). En un momento dado, todos se sobresaltaron cuando Vanius rompió a sollozar quejándose amargamente de que llevaba veinticinco años siendo el pelele del príncipe Agiond (y denostado por los otros príncipes) porque este tenía pruebas de que Vanius había matado a su esposa y hermana del primero. Cuando se dio cuenta de lo que había dicho, Vanius pareció encogerse de puro terror, así que Daradoth decidió hacer un aparte con él y procurar que recuperase la compostura; una más que inspirada charla persuasiva del elfo hizo que Vanius se irguiera de nuevo y entrara en una situación de confianza con él (quizá también por la influencia previa de Meravor). Daradoth lo convenció para que saliera de una vez de los faldones de Agiond y se aliara con Ilaith, de una forma muy discreta, eso sí. Vanius aceptó, por supuesto, y también le confió que estaba en posesión de cierta información (sobre Asyra Sottran) que podía acarrear la caída en desgracia de Agiond. Daradoth sonrió.

Una dificultad añadida era que en la delegación de Krül había dos miembros que portaban el apellido Ónethas: un hombre, Storas, y una mujer, Alyss. Familiares del príncipe Agiond, quizá eran informadores de Bairien, así que todos se fijaron en ellos durante el episodio de rabia de Vanius. Alyss lo había mirado con seriedad e incredulidad, mientras que Storas había tenido una mueca más socarrona y sonriente. El príncipe volvió a la sala acompañado de Daradoth con una actitud muy diferente de la que había tenido al marcharse. Anunció sus planes de acuerdo con lady Ilaith y su intención de recuperar el status de Krül como principado de pleno derecho; Ilaith, por supuesto, le prometió que a cambio le apoyaría en sus pretensiones. Acto seguido, pasó a mirar fijamente a los Ónethas, Storas y Alyss. Para sorpresa de todos, Storas aplaudió ligeramente y se rió, afirmando que ya era hora de que Vanius "tuviera los arrestos" de enfrentarse a su tío. Anunció su apoyo incondicional al príncipe y sus mejores deseos. Todos se miraron aliviados; ahora sólo quedaba el escollo de Alyss, que se mostraba aterrada por lo que se hablaba allí. No obstante, finalmente, con la presencia de Ilaith, la persuasión de Galad y la influencia de Meravor, Alyss dio su brazo a torcer; aun así, Vanius les aseguró que pondría a los dos Ónethas bajo la vigilancia de personas de su confianza. Se le notaba con mucha más confianza en sí mismo.

Una vez que la delegación de Krül se marchó, todos se felicitaron por el resultado de una reunión que, de suponer a priori intranscendente, había resultado ser extremadamente productiva. Sin embargo, el encuentro había durado más de seis horas, y eso tenía que haber llamado sin duda la atención del resto de delegaciones, cuyos encuentros con Vanius apenas llegaban a la media hora, o ni siquiera tenían lugar.

viernes, 5 de octubre de 2018

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 41

En Busca de Derek (III). Tunguska.
Tras dejar a Yurkov (el jefe de producción de Vitaria-Krakovia) en un paraje remoto sin zapatos para que tardara en llegar a cualquier punto desde el que pudiera establecer comunicación, salieron de Polonia en coche cruzando la frontera con Alemania.

Desde allí decidieron viajar a Tunguska para buscar directamente el origen del komerievo, y se pusieron a buscar vuelos con el destino más cercano posible. Tunguska parecía haber sido hasta hace poco un sitio turístico, incluso con un aeropuerto a pocos kilómetros de donde se había producido el evento; varias reseñas y blogs de viajeros así lo atestiguaban. Pero el aeropuerto debía de haber sido cerrado hacía poco, pues no encontraron un solo vuelo que los pudiera llevar allí. Lo más cercano que encontraron como destino de viajes aéreos en la actualidad era la ciudad de Krasnoyarsk. Desde allí, un  tren los podría llevar hasta la más bien pequeña localidad de Vorogovo (a unos 300 kilómetros del sitio del evento), y allí alquilarían un 4x4 con el que esperaban poder llegar al sitio del evento y por ende, al lago donde se encontraba el komerievo.

Vorogovo

Los contactos de Tomaso no tardaron más que unas pocas horas en tramitar sendos visados de acceso a Rusia para cada miembro del grupo, y en poco más de un día llegaban a Vorogovo, donde les recibió un frío intenso (ya casi era invierno). Allí alquilaron un par de vehículos todoterreno y se dirigieron hacia el norte. Pero no habían recorrido ni dos kilómetros cuando los detuvo un control que al principio les pareció policial pero que no tardaron en identificar como militar. Los militares les dieron el alto, muy amables, y uno de ellos en un perfecto inglés les explicó que la carretera estaba cerrada pues se había clausurado el acceso a Tunguska por motivos que no les podía explicar. El grupo dio la vuelta y volvió a Vorogovo.

Esa misma noche, mientras se encontraban discutiendo en su hotel qué debían hacer, un estruendo en el exterior llamó la atención de Sigrid. Llamó a todos los demás para que observaran por la ventana; tres enormes camiones de transporte ártico atravesaban el pueblo escoltados por dos vehículos blindados del ejército. Los camiones lucían la enseña de Vitaria, que ya habían podido ver en Krakovia. Salieron atropelladamente al exterior y montaron en los todoterrenos, tomando la dirección sur por la que habían salido los enormes camiones.

No sin problemas debido a la nieve acumulada y a la tormenta que dificultaba la conducción, siguieron a la comitiva hasta las inmediaciones de una base militar cercana a Krasnoyarsk. Se acercaron a pie para ver si podían identificar algo, hasta que al cabo de unos minutos, un avión Antonov del ejército ruso remontó el vuelo. Suponiendo que el cargamento debía de haber sido trasladado a la aeronave y ante la imposibilidad de entrar en la base, decidieron regresar a Vorogovo.

La siguiente noche, una noticia que se reprodujo en todos los medios llamó su atención. El embajador de Alemania en Estados Unidos, asistente a un acto en la sede de Naciones Unidas, había sido víctima de un atentado que había acabado con su vida. De momento nadie había reclamado el atentado, que había sucedido hacía escasas horas.

Después de comprar el equipo adecuado para sobrevivir unos cuantos días al raso en Siberia, salieron por la noche con los todoterrenos campo a través hasta donde pudieron llegar, que no fue demasiado lejos. Continuaron el viaje a pie con la intención de llegar a Tunguska a través de los bosques. Por suerte, los primeros días hizo buen tiempo, pero los inmensos bosques los despistaron y dieron algunas vueltas en círculo, lesionándose Robert un tobillo durante sus largas caminatas. El cuarto día comenzó a nevar copiosamente, pero ya consiguieron llegar al límite del área donde el meteorito había tenido su efecto. Dejaron atrás el bosque "normal" y comenzaron a caminar entre árboles inclinados y, finalmente, tumbados. Era increíble que durante más de cien años no hubieran crecido nuevos árboles en la zona y los que estaban tumbados todavía se conservaran, pero así era. Y aún más extraño era que conforme avanzaban, los árboles tumbados parecían encontrarse en un mejor estado de conservación.

Más o menos cuando llevaban recorridos unos veinte kilómetros adentrándose en el extraño paisaje, notaron un cambio en el entorno; no se veía, ni se oía, simplemente lo sintieron. Algunos notaron ganas de vomitar, y otros unos escalofríos intensos. Pero no se arredraron, y continuaron caminando. Adentrados ya unos cuarenta kilómetros en aquella desolación, notaron un efecto ya realmente intenso. Sigrid vio algo a su alrededor que le hizo gritar de pánico, y se desmayó; más tarde no se acordaría en absoluto de lo que había visto y que le había causado el desvanecimiento. El resto del grupo consiguió aguantar la extraña sensación física, pero transcurridos unos minutos, comenzaron a tener visiones espantosas; Patrick vio varios seres mecánicos que los acechaban, pensando (¡pensando!) cómo atacarles, mientras que Tomaso se vio a sí mismo a varios metros de distancia, siendo maltratado por su padre, hasta que él mismo disparó a la cabeza a aquel bastardo que lo había maltratado durante tantos años.  Toda la escena era presenciada por unas figuras enormes y translúcidas, algunas de ellas encapuchadas, como la que alzaba su mano hacia Patrick en un gesto mudo instándole a detenerse. Más tarde supondrían que lo que habían visto había sido una rasgadura en la realidad que les había permitido ver a algunos miembros del Clero Invisible de la Estadosfera. El profesor de filosía increpó a la figura que lo conminaba a detenerse, y entonces la figura le respondió; pero no era una voz lo que oyó, sino una oleada de puro dolor, que le hizo taparse los oídos, y caer al suelo de rodillas con lágrimas en los ojos, igual que Jonathan y Robert. De repente, el entorno se volvió calmado y silencioso, casi se podría decir que vacío, y lo único que destacaba en él era un brillante meteorito dirigiéndose hacia donde estaban; las figuras del Clero Invisible se reunieron en un círculo, contemplando la caída del cuerpo celeste en un silencio sepulcral; Tomaso se arrodilló a rezar, y Patrick se levantó e intentó acercarse más al punto donde suponía que el meteorito impactaría. Y este cayó finalmente, en silencio, un silencio sobrenatural; no obstante, el grupo sintió todo el dolor y la destrucción en sus propias carnes y mentes, y Patrick, Tomaso y Jonathan cayeron inconscientes. Robert salió corriendo de la zona como alma que llevaba el diablo.

Entre Robert y un recuperado Jonathan, consiguieron sacar al resto de allí y alejarlos del epicentro de la zona del bólido. La salud mental de Patrick y Tomaso se había quebrado, y costó muchas horas que pudieran reaccionar. No obstante, finalmente lo hicieron y aunque no podrían actuar al cien por cien debido a sus traumas adquiridos, pudieron continuar su camino.

Rodearon penosamente la zona desolada durante los siguientes dos días mientras la nieve caía sin cesar, inmisericorde. Por suerte, los teléfonos vía satélite que les había proporcionado el congresista Ackerman funcionaban perfectamente y podían ir informando a Sally, Esther y Francis (que se habían quedado en Vorogovo) de su situación, a la vez que encontrar consuelo en sus palabras. Finalmente, remontaron una loma y pudieron ver el primer signo de civilización en varios días: un complejo de construcción reciente (de hecho, todavía en obras) se alzaba a la orilla de un pequeño lago. El complejo mostraba signos de actividad y signos de presencia militar. A las pocas horas, ya habían podido calcular que el recinto albergaba unas sesenta personas, entre ellas una veintena de militares.

La base de Tunguska


En los intervalos que les permitía la nieve, con ayuda de los binoculares pudieron ver que un par de botes repetían periódicamente una travesía desde uno de los edificios del complejo (donde supusieron que se encontrarían los despachos de los científicos y el laboratorio principal) hasta un punto del lago donde un par de buzos se sumergían durante una hora aproximadamente. Durante ese período cargaban unas cuantas rocas pequeñas en el bote, y volvían a la base. De allí debían de extraer el komerievo.

Lo que hizo que Robert no pudiera reprimir una mueca de asombro fue ver a Georg, su supuesto amigo, quien le proveía de komerievo desde hacía tanto tiempo y desaparecido hacía unos meses, impartiendo órdenes a los científicos y los pilotos de los botes. Ninguna coacción, Georg se movía libremente y la gente parecía obedecer sus órdenes. ¿Le habrían ofrecido dinero? ¿Le habrían amenazado? En cualquier caso, eso ahora no importaba, lo único que importaba era conseguir el polvo rojizo.

La mañana del segundo día de su vigilancia llegaron al complejo los tres camiones que habían seguido hasta la base militar de Krasnoyarsk, y un helicóptero. De este se apeó un oficial del ejército que se marchó transcurridas un par de horas. No los descubrieron por un pelo.

La noche del segundo día el clima empeoró realmente. Aún aguantaron un día más, pero al atardecer del día siguiente decidieron pasar a la acción; amparados por la ventisca, se acercaron al complejo y no les costó demasiado atravesar la maltratada valla. Patrick no pudo reprimir acercarse al bar de la instalación (en la planta baja de la residencia, donde los habitantes del lugar dormían) para hacerse con una botella de whisky. A continuación se dirigieron al laboratorio en unas condiciones de visibilidad penosas, que en realidad les beneficiaban; no se veían militares en el exterior.

Con varias patadas de Jonathan y Tomaso consiguieron reventar una de las puertas del edificio junto al muelle donde se encontraban amarrados los botes; el italiano y el agente se quedaron apostados en la entrada, vigilando para que no les cogieran por sorpresa, mientras Sigrid, Patrick y Robert recorrían el edificio. Se desorientaron durante unos minutos buscando el laboratorio, pero finalmente pudieron encontrarlo, justo cuando fuera se oyeron un par de disparos. Oyeron a Tomaso gritando que se dieran prisa, y así lo hicieron. Robert entró al laboratorio y, experto químico, enseguida identificó un vial donde goteaba un líquido; lo vació rápidamente en una redoma que encontró cerca y les explicó que, una vez evaporado el líquido, quedaría una pequeña cantidad de komerievo que con suerte le permitiría sintetizar varias decenas de dosis de Polvo de Dios. Corrieron hacia la salida, donde Jonathan y Tomaso habían sido heridos pero habían conseguido contener a los atacantes; sin embargo, ya se oía cómo arrancaban uno de los vehículos blindados, así que decidieron adentrarse rápidamente en la ventisca mientras la oscuridad de la noche lo tragaba todo...




jueves, 27 de septiembre de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 15

La Asamblea de Eskatha (III)
La reunión con los esthalios continuó de una manera más informal mientras comían y bebían, y Yuria quedó a solas con el duque Estigian quien, quizá animado por la bebida, sugirió que no le parecía bien que la esthalia y sus compañeros hubieran "cambiado de bando" abandonando Rheynald y permaneciendo en Tarkal. Yuria no tuvo más remedio que soltar la lengua; con la ayuda de Symeon y de Faewald, que corroboraron su historia, habló al duque de la misión suicida que el rey Randor les había encargado con intenciones poco claras y grave riesgo para su seguridad. El duque se quedó con la boca abierta al escuchar su odisea y enterarse de que en realidad habían sido ellos los que habían atentado contra el Ra'Akarah provocando el caos en el Imperio Vestalense y muy probablemente la detención de los ataques contra Esthalia. Lord Woderyan confirmaría aún más tarde la historia con el testimonio de Daradoth, y aunque no pidió disculpas a Yuria por su actitud, reconoció que comprendía entonces el motivo de su defección. No obstante, expresó su firme esperanza de que el grupo decidiera en un futuro cercano volver a Rheynald para defender Esthalia de sus enemigos. Daradoth le aseguró que no habían "abandonado" Esthalia, sino que en realidad estaban defendiéndola en el lugar y del modo que les parecía más efectivo; el duque asintió, aunque con aire escéptico.

Jasireth Derthad
Durante la conversación, Daradoth, Galad y Symeon intentaron por todos los medios sonsacar a los esthalios cuál era el objeto de su lealtad, si el rey Randor o la reina Armen. Pero no hubo ningún signo de preferencia por parte de los diplomáticos. Sin embargo, la mención del barco calcinado y de la mercancía que transportaba (a todas luces refiriéndose a la Daga Negra de la que les había hablado hacía unos meses el marqués de Strawen) les inclinaba a pensar que la lealtad de los emisarios era para con la reina. Si era así, estaban en el mismo bando.

Esa noche, Symeon volvió a vigilar el Mundo Onírico, como cada noche posterior y anterior, sin detectar nada fuera de lo normal.

El día siguiente comenzó la segunda ronda de contactos, y por la mañana, el grupo se dirigió a un punto acordado para reunirse con Jasireth Derthad, la anciana que había formado parte del séquito del príncipe Knatos de Armir. Eskatha hervía de actividad, como casi cualquier día del año, y los caballos apenas podían ir al paso entre la multitud. En una de las plazas que atravesaron unos mendigos se cruzaron en su camino. Uno de ellos, con un salto imposible, atacó a Daradoth con una daga, haciéndole un pequeño corte. El elfo, revolviéndose, dio a su vez un salto hacia donde el atacante había empezado a correr y lo persiguió entre el gentío. El resto lo siguió como pudo, pero todo se complicó cuando empezaron a llover flechas, el "mendigo" desapareció y Daradoth sufrió otra herida en la espalda. Finalmente pudieron escabullirse por una calle secundaria y llevarse al elfo, que había caído afectado por los filos untados de veneno. Lo llevaron rápidamente hasta la sede de Tarkal, donde el conocimiento de los venenos de Symeon les permitió encontrar rápidamente el antídoto y no tener que lamentar hechos más graves.

Se reunirían poco después para comentar la agresión; tenían pocas dudas de que debía de haber sido cosa de la delegación de Undahl, quizá de la elfa oscura. Quitando de en medio a Daradoth, restaban una baza muy importante a los planes de Ilaith, y esa era sin duda su intención.

El segundo intento, llevado más en secreto, con menos gente en las calles y utilizando señuelos para despistar a posibles atacantes, tuvo éxito y llegaron sin mayores problemas al bosquecillo donde se encontraron con Jasireth. Habían informado a la anciana de su contratiempo y esta se mostró interesada en el estado de Daradoth. Suerte de la resistencia al veneno de los elfos.

La conversación con la anciana fue bastante difícil, pues quería saber todos los detalles sobre las verdaderas y últimas intenciones de Ilaith, y ellos se mostraron muy dubitativos respecto a compartir tanta información. Pero finalmente todas las cartas se pusieron sobre la mesa y efectivamente reconocieron que la Intención de Ilaith era convertirse en reina; a partir de ese momento, Jasireth adoptó un tono más suave y entró de lleno en la negociación. La anciana les ayudaría convenciendo a Knatos de votar a favor de la Gerencia de Ilaith (se mostró absolutamente convencida de que no le costaría mucho convencerlo), y a cambio la actual princesa de Tarkal la ayudaría a instaurar a Seberan Voreas como el nuevo príncipe de Armir. Para lograrlo, Jasireth utilizaría sus múltiples contactos para facilitar la invasión de Armir por parte de Tarkal. Con leves sonrisas y apretones de manos, el trato fue sellado y se despidieron.

Por la tarde, la delegación de Tarkal con el grupo al completo se reunió de nuevo con el príncipe de Mervan, Nercier Rantor, y su séquito. La esthalia Velonia Wodrenn se mostró igual de hostil hacia las negociaciones con Ilaith, y el príncipe continuó con su actitud pasiva respecto a cualquier acción política, lo que casi saca de sus casillas a Yuria y Daradoth. Todos los intentos por investigar su relación con Esthalia o algún negocio oculto fueron infructuosos: por lo que parecía, Nercier era realmente un príncipe pasivo en demasía, y un comerciante sin ningún negocio sucio o inmoral. Se mostraba partidario de la neutralidad a toda costa. Partidario de Agiond Ónethas, bajo cuya gerencia "todos habían prosperado", cuando fue revelada la intención de Ilaith de convertirse en gerente él no mostró ninguna emoción reseñable; simplemente, no veía la ventaja de una respecto al otro. Galad tomó entonces la palabra, e intentó conmover al príncipe de Mervan con un emocionante discurso sobre un mundo mejor y más justo, y la posibilidad de ayudar a los más desfavorecidos, cosa que tanto Ilaith como los emmanitas perseguían. Al inicio del discurso, Velonia exhibió una actitud reticente y combativa, pero dada la naturaleza de la diatriba de Galad, su condición de emmanita y —supusieron— la influencia de Meravor consiguieron que finalmente escuchara con atención y permaneciera en silencio el resto de la reunión. El discurso pareció dejar pensativo a Nercier, que por fin varió un poco su actitud, prometiendo que pensaría profundamente sobre el asunto.

Otro día transcurrió sin que Suarren pudiera encontrar a ninguno de los comerciantes que estaba buscando por la ciudad, para desesperación del grupo. Y cuando volvieron a la sede de Tarkal se encontraron con que habían recibido una invitación de Rakos Ternal, príncipe de Undahl, convocándolos a una reunión en su sede. Daradoth, por supuesto, mostró toda la vehemencia posible en su oposición a reunirse con aliados de la Sombra. Por su parte, Symeon se reunió con Noelan de los Ruevos para pedirle que influyera en la medida de lo posible en Velonia a favor de Ilaith, a lo que el errante se comprometió; el discurso de Galad también había calado hondo en él.


jueves, 6 de septiembre de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 14

La Asamblea de Eskatha (II)
Symeon y Taheem salieron con Suarren a recorrer la ciudad en busca de alguno de los comerciantes  perturbados visitantes de Asyra Sottran de los que el mirfellense había hablado a Galad en sus largas conversaciones. Tanto el errante como el vestalense tenían la enorme traba del desconocimiento del idioma, pero aún así acompañaron al comerciante por si este se metía en algún lío. Por desgracia, esa jornada Suarren no pudo hallar ninguna pista que le indicara el paradero de los susodichos.

La Confederación de Príncipes Comerciantes



Mientras tanto, Daradoth y Galad acudieron a la sede de Nimthos con la intención de hablar con los ástaros Dûnethar y Cirantor. Se hicieron acompañar de Ernass Kyrbel, el negociador de lady Ilaith, para que les ayudara con los idiomas. Una vez en la sede fueron recibidos con cortesía por el servicio y saludados afablemente por los ástaros, que se mostraron halagados por recibir la visita de un elfo de Doranna (no tanto la de un ástaro "extranjero", pero tuvieron cuidado de no ser desagradables). Aparte de las formalidades tuvieron muchas palabras agradables para Daradoth, lo que relajó la actitud de este, suspicaz en un principio. Tras los saludos y las preguntas curiosas de los ástaros acerca de la presencia de Daradoth y la situación en Doranna, el elfo pasó a discutir el tema por el que había llevado a cabo aquella visita: el motivo de la presencia de dos ástaros del Pacto de los Seis en Eskatha formando parte de la delegación de Nimthos. Los páctiros afirmaron que se encontraban allí para tratar de hacer que la Confederación dejara de comerciar con el Cónclave del Dragón y cualquiera de sus aliados; Dûnethar y Cirantor llevaban aproximadamente cinco meses en Eskatha aprendiendo el idioma y las costumbres, y hacía un mes del último mensaje que habían recibido desde el Distrito de Galmia, pero la situación en la frontera del norte era extremadamente tensa, y —esto lo comentó exclusivamente a Daradoth y Galad— tenían sospechas e informes que hablaban de un portal que se había abierto al norte del cabo Kern en el Cónclave del Dragón, cerca del ártico. Daradoth rebulló, incomodado por la revelación. Los ástaros también contaron que las escaramuzas fronterizas se habían incrementado de forma drámatica el último año, y que en las brumas del otoño había testigos que afirmaban haber visto criaturas largo tiempo desaparecidas de la faz de Aredia.

Continuaron loando a lord Gisaus Athalen por su amabilidad con ellos permitiéndoles formar parte de su delegación para que pudieran exponer su petición de que la Confederación detuviera los contactos con el Cónclave. Daradoth y Galad se miraron, pensando en qué podía ganar lord Gisaus de todo aquello; el príncipe de Nimthos no tenía demasiado trato con el Cónclave, y seguramente impedir a otros principados aquellos contactos contribuiría a perpetuar a su principado como el más rico de la Confederación. Esa era la ventaja más evidente. Con la promesa de mantener el contacto, Galad y Daradoth se despidieron de los ástaros y volvieron a la sede de Tarkal. Aunque Galad se entretuvo un rato más en el edificio, pues consiguió tener unos minutos a solas con Eudorya. Esta le habló entre sollozos de la imposibilidad de seguir adelante con su amor, debido a su compromiso con Deoran Ethnos, el príncipe de Ladris. Galad sintió un peso en el corazón al oír aquello, y no pudo reprimir dar un beso apasionado a la muchacha; le prometió que lo arreglaría de alguna manera y que volvería a verla en breve. Se marchó cuando algunos guardias eunucos ya corrían preocupados hacia Eudorya.

Yuria intentó visitar a la delegación Esthalia recién llegada a la ciudad, pero no se encontraban en su residencia. Así que les dejó un aviso para que visitaran la sede de Tarkal lo antes que pudieran.

Por la tarde, Delsin había concertado visita con la delegación de Adhëld, pero no tuvieron más remedio que postergarla cuando Ilaith recibió una petición urgente por parte de la delegación de Ladris para reunirse con ellos. En poco tiempo, Deoran Ethnos encabezaba su comitiva y llegaba a la sede de Tarkal. De la quincena de consejeros que le acompañaban, al menos diez llevaban el apellido Ethnos, tal era la supremacía de su familia en el principado de Ladris. Cuando se presentaron, Galad dirigió una mirada valorativa hacia el príncipe Deoran, prometido a la mujer que amaba; apretó los dientes y se tragó la bilis que acudía a su garganta, entonando una oración silenciosa a Emmán.

Tras pasar muy rápidamente la charla informal y la etiqueta propia de aquellas reuniones, Deoran pronto adoptó un gesto serio y pasó a exponer a Ilaith sus preocupaciones. Al parecer, el príncipe Rakos de Undahl se había reunido con ellos el día anterior ofreciéndoles cuantiosas riquezas y posibilidades de jugosos contratos comerciales a cambio de que le cedieran su parte de explotación de los yacimientos de kregora de las islas occidentales. Y no era al único a quien le había propuesto tal cosa: Undahl quería hacerse claramente con el monopolio de la explotación de la kregora. Lo que no había gustado nada a Deoran era el tono veladamente amenazador que Rakos había utilizado durante la negociación, con aquella siniestra elfa oscura y el amenazador minotauro respaldándole. Así que había decidido acudir a Ilaith, pues —Deoran bajó la voz— conocía los planes que la princesa de Tarkal tenía para llevar a cabo en aquella Asamblea y quería prestarle su apoyo a cambio de que una vez fuera investida Gerente, parara los pies a las ambiciones de Undahl y permitiera a Ladris hacerse con una cuota mayor de explotación de kregora.

Ilaith mantuvo el gesto impasible ante la revelación de que Deoran conociera sus planes (¿habría un espía en sus filas?), pero su voz se endureció. Sin embargo, era posible que aquella filtración hubiera jugado en su favor, pues allí estaba Ladris ofreciendo su apoyo a la investidura. Además, era evidente que Deoran conocía no solo sus planes para llegar a ser Gerente, sino también su ambición de convertirse en Reina, pues un Gerente no sería capaz de llevar a cabo lo que le estaba pidiendo. Muchos factores haría falta valorar en la oferta de Ladris, y con la promesa de volverse a reunir con una respuesta, se despidieron.

Cuando el grupo quedó ya a solas, discutieron largo y tendido sobre la oferta de Deoran y la posibilidad de que más gente supiera de los verdaderos planes de Ilaith; habría que entrar en acción lo antes posible. Se mostraron también de acuerdo (Daradoth insistió de forma extremadamente vehemente) en que una vez que Ilaith ascendiera, habría que obligar más pronto que tarde a los príncipes a cortar sus relaciones con el Cónclave del Dragón y cualquier otro servidor de la Sombra. Eso les iba a acarrear de seguro problemas con algunos de sus aliados; tendrían que pensar en el modo de resolver esa pérdida de ingresos y convencerlos a todos de la necesidad de ello.

Al anochecer, los ástaros Dûnethar y Cirantor acudieron a la sede como les habían pedido Galad y Daradoth para hablar con Ilaith y el resto de sus compañeros. Aparte de la mención al portal de cabo Kern, la pareja reveló todos los detalles que ya habían hablado con el elfo y el paladín. Daradoth hizo un gesto de asentimiento cuando mencionaron su intención de pedir el corte de relaciones de la Confederación con el Cónclave y, posiblemente, conseguir su apoyo militar y/o logístico. Grandes riquezas estaban de seguro esperando en el Cónclave, riquezas que podrían compartir con los Príncipes, si estos colaboraban en la derrota del enemigo. Una larga conversación siguió para discutir el curso de acción de los acontecimientos: Ladris y algún aliado más no se mostrarían cómodos deteniendo los tratos con el Cónclave, y no podían arriesgarse a perder apoyos. Acordaron que el anuncio de Ilaith debería ser anterior a la petición de los ástaros, y que estos deberían ser discretos acerca de sus intenciones en la Asamblea.

Tras la reunión, Symeon se dirigió a reunirse con el errante Noelan, en la sede de Mervan. Preocupado por el bienestar de los miles de errantes que Noelan calculó que el príncipe Nercier había acogido, Symeon habló de Tarkal, de Ilaith y de la posibilidad que tenía de proteger mejor a su pueblo. Además, tenía "el pálpito" de que algo iba a pasar y Mervan no iba a ser el mejor lugar para que los errantes estuvieran a salvo. Noelan se removió incómodo, porque se encontraba muy agradecido al príncipe Nercier y en cualquier caso la decisión del traslado a Tarkal no la podía tomar él, sino el Consejo de Patriarcas de las caravanas. Por supuesto, en todos los demás aspectos Noelan apoyaría a Symeon, pues "eran hermanos y como hermanos se comportarían". Symeon se prometió a sí mismo acudir al Consejo de Patriarcas para intentar convencerlos de su traslado a Tarkal.

Por la mañana llegó a su sede la delegación de Adhëld, con el príncipe Wontur Serthad a la cabeza. Fue con mucho la delegación más hostil a Ilaith; la inmensa mayoría de los acompañantes de Wontur eran tipos de mala catadura (entre ellos un vikingo), con tatuajes y cicatrices que intimidarían al más pintado. Toda la reunión transcurrió con una tensión subyacente que estuvo a punto de hacer saltar a más de uno; quizá era aquello lo que querían, ser atacados durante el encuentro para desprestigiar a Ilaith; por suerte no lo consiguieron. ¿Quizá Wontur también estaba informado de los planes de Ilaith? La delegación de Adhëld se marchó de malas formas, con varios pactos de comercio acabados y rutas comerciales cortadas, para frustración de Delsin y Ernass.

Suarren tampoco tuvo éxito ese día tratando de encontrar a los otros comerciantes, y la tarde transcurrió tranquila, sin ninguna reunion, pues no había ninguna delegación disponible.

La siguiente mañana recibieron la visita de la delegación de Armir, con Knatos Tilad al frente. Lo primero que les llamó la atención fue el colgante que llevaba en el pecho, con una cantidad considerable de kregora, mucho mayor que la que lucía Ilaith en su frente. A pesar de que Knatos expresó su malestar por la "peculiar actitud" de Ilaith al llevar en su séquito a dos altos cargos militares,  la reunión transcurrió por cauces agradables (un alivio tras la visita de Adhëld), y al cabo de un par de horas pasaron al patio para hablar más distendidamente mientras comían. En un momento dado, Yuria se quedó a solas con una anciana que formaba parte de la delegación de Armir, Jasireth Derthad, que había demostrado destellos de gran inteligencia durante las negocaiciones.

 —No creáis que no veo la necesidad de lo que Ilaith tiene intención de hacer —dijo de repente la anciana, con voz queda. Y acto seguido se marchó sin dar tiempo a decir nada a una más que sorprendida Yuria. ¿Sería aquella una posible aliada?

Yuria compartiría más tarde sus impresiones con el grupo, y acordaron que deberían intentar recabar el apoyo de Jasireth discretamente.

A media tarde recibieron la visita de los representantes de Trapan. En el séquito de Hampyor Kenkad no había ni un solo miembro femenino, y como no tardarían en comprobar, ello iba acorde con sus ideas sobre las mujeres. Entre sus acompañantes figuraban dos kairks, Gundar Rausen y Kleas Segehën, ambos comandantes de sendas compañías mercenarias. Fue un encuentro bastante anodino, del que fue imposible sacar conclusiones definitivas; Hampyor se oponía en principio a cualquier cambio en la estructura de los principados, pero por su actitud, los compañeros de Ilaith sugirieron que deberían mantener encuentros posteriores para intentar encontrar alguna vía para convencerle.

Por fin, esa noche recibieron la visita de la delegación de Esthalia. Alexann Stadyr reconoció de inmediato a Faewald, que había visitado recientemente sus tierras,  y a Daradoth. Y enseguida también a Yuria y a Symeon, a quienes recordaba de la reunión con su padre y Valeryan. Este hecho, unido a que no hubiera ningún kairk en la sala y que Alexann asegurara que aquellos reunidos allí eran de la total confianza de su padre Alexadar, hizo que el duque Woderyan Estigian se relajara y dejara de utilizar las medias palabras con las que había comenzado la conversación. De esta manera, pronto revelaron el propósito de su viaje a Eskatha y su presencia en la Asamblea. Según las palabras del duque —una de las personas más poderosas de su país—, Esthalia (no concretó en ningún momento si el rey o la reina a pesar de que Daradoth lo preguntó directamente de manera muy poco discreta) sospechaba que "el enemigo", refiriéndose al Cónclave del Dragón y el propio Káikar, estaban utilizando los complejos subterráneos del kaikarésta con oscuras intenciones. El kaikarésta era como llamaban los nativos del Imperio del Káikar a los diferentes complejos de cavernas subterráneas que se adentraban profundamente en el subsuelo del brazo oeste del continente. El duque habló también de cierto barco encontrado calcinado y varado en las costas del Káikar con cierta "mercancía peligrosa" y con una tripulación, también consumida por el fuego, que distaba mucho de ser humana (el barco del que les había hablado ya hacía meses el marqués de Stadyr, el padre de Alexann).  La cuestión era que querían lograr la colaboración de la flota de la Confederación para explorar los accesos al kaikarésta, y plantear que la Asamblea prohibiera la colaboración de sus tropas y naves en lo que fuera que estuviera pasando en el kaikarésta.

Después de unos segundos de valorativo silencio, Ilaith les ofreció toda la colaboración que fuera necesaria, lo que hizo asomar alguna que otra sonrisa en la comitiva esthalia y dio paso a una conversación más distendida; aunque con un gesto aún serio, los esthalios revelaron que no habían recibido un trato tan amable por parte de las delegaciones de Armir, Trapan y Ladris.

Más tarde, en conversación privada, Alexann explicó a Daradoth que la verdadera razón de su estancia allí (aunque el duque de Estigia no había mentido en ningún momento sobre la situación del kaikarésta) era evaluar cuán fiable era la Confederación y cuán profundos eran sus lazos con "el enemigo" para estimar si se debía realizar alguna acción diplomática o incluso militar contra ella. Lady Armen no confiaba en los Príncipes, y la presencia en Eskatha de una elfa oscura y un minotauro de seguro agravaría la situación.

jueves, 30 de agosto de 2018

Aredia Reloaded
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Temporada 2 - Capítulo 13

La Asamblea de Eskatha (I).
Una visitante inesperada
El grupo se dirigió raudo a bordo del Empíreo a encontrarse con lady Ilaith. Tuvieron que esperar a que la princesa llegara a la mansión que les había indicado a través del búho de ónice en las afueras de Sugelia. La espera transcurrió sin incidencias y finalmente, un par de días después, se reunían con Ilaith en los jardines de la mansión del barón Estheoras, que había ofrecido hospitalidad a la princesa con la esperanza de lograr algún acuerdo comercial ventajoso.

Después de que Ilaith y Estheoras trataran sus asuntos económicos, este se despidió, dejándolos para tratar sus asuntos. Decidieron que enviarían al Empíreo de vuelta a Tarkal con la misión de entregar el búho de ónice a Davinios; de esa forma podrían reclamarlos para una recogida de emergencia si era necesario. Faewald sacó a relucir un problema que le preocupaba: ¿cómo podían asegurarse de que lady Ilaith no fuera poseída por uno de los kaloriones? Ya lo habían visto suceder en el pasado, y no quería que la princesa ganara un poder excesivo si era vulnerable a la Sombra. Entonces Yuria sacó a relucir la pequeña esquirla de kregora que Ilaith lucía engarzada en su diadema, y pasaron a debatir si aquello sería suficiente para resistir una posible posesión. La gerente de Tarkal escuchó con atención todos los pormenores de la conversación, satisfecha de haber confiado sus asuntos y protección a aquel variopinto grupo. Entregó su diadema a Galad cuando este se la pidió para hacer la prueba de su potencia, y el paladín comenzó a marearse a los pocos segundos de sostener el objeto. Evidentemente, no era tan fuerte como el colgante de Yuria, que ya lo había dejado inconsciente de forma instantánea en el pasado, pero se aferraron a la esperanza de que un kalorion que intentara poseer a Ilaith se vería afectado y debería abandonarla; también era posible que le diera tiempo a desprenderse de la diadema y se materializara la posesión, así que pidieron a lady Ilaith que aumentara la cantidad de kregora de su joya; esta se comprometió a hacerlo. Quedaba pendiente la cuestión de si se trataba de una cuestión de cantidad o de calidad, pero de momento tendría que bastar. A sugerencia de Yuria, también acordaron una pregunta y respuesta secretas que sólo conocería Ilaith y (en teoría) no podría responder si era poseída. A continuación le informaron de la presencia de su prisionero, el comerciante Suarren de Mírfell, y debatieron qué hacer con él. Evidentemente, lo tendrían que llevar a Eskatha (cuidando de que nadie lo reconociera, pues formaba parte del consejo de su principado) y lograr una confesión que fuera creíble ante la Asamblea para hacer caer a Agiond en desgracia. Tanto Delsin Aphyria como Ernass Kyrbel se mostraron de acuerdo en que aquello sería suficiente para lograrlo, pero siempre que el testimonio fuera creíble. Verían cómo podrían conseguirlo a su debido tiempo, fuera con drogas o con otros métodos.

Cada una de las noches siguientes, Galad se reuniría durante varias horas con Suarren para intentar que se arrepintiera de sus pecados y viera la Luz de Emmán; quizá así se aviniera a colaborar con ellos durante la Asamblea.

El día siguiente la comitiva embarcó en dos dromones junto con la guardia de 300 soldados que acompañaba a Ilaith, y en poco más de un día, tras atravesar los controles pertinentes, llegaban a Eskatha. La ciudad hervía de actividad, como siempre; comerciantes participando en subastas, puestos callejeros de comida, visitantes de todos los rincones del continente, esclavos atareados de aquí para allá ataviados con sus túnicas negras y sus velos y un tráfico naval tan intenso que era casi imposible de organizar. Los empleados encargados de la organización de la Asamblea que les recibieron en el muelle les informaron de que ya se encontraban en Eskatha casi todas las delegaciones, excepto la de Undahl, que debía de estar a punto de llegar, y la de Bairien y Krül, que se retrasaría un poco más, pues el príncipe Ónethas había enviado un mensaje pidiendo excusas porque se retrasarían un par de jornadas; el cónclave se tendría que retrasar, por tanto, hasta que todas las delegaciones estuvieran presentes en la capital.

El hemiciclo de la Asamblea coronaba la colina de la ribera occidental del río Malvor, y anexas a él se encontraban las sedes que cada uno de los príncipes utilizaba en sus visitas a la ciudad. Las sedes mostraban más o menos lujos según la riqueza relativa de cada principado, y destacaban por tanto la de Nimthos y la de Bairien; Ilaith miró valorativamente la sede de Tarkal, con mirada anhelante. Su pose era regia, y la multitud se giraba al paso de la primitiva, claramente impresionados por la princesa y su comitiva, que incluía ¡un elfo, un enano y dos paladines! Los rumores de que Ilaith contaba con el favor de elfos, enanos y paladines pronto se propagarían por la ciudad, como ella misma y sus consejeros deseaban. Prefirió hacer que los bardos Sermios permanecieran en un segundo plano anónimo, de momento. A Suarren lo llevaron camuflado entre los guardias. Más o menos a mitad de ascensión hacia la sede, la delegación de Korvan salió a su encuentro, para saludarles y presentarles sus respetos; según les contó Ilaith, la costumbre dictaba que tendrían que tener un encuentro previo con cada delegación para tratar asuntos comerciales y de variada índole. Karela Cysen era la aliada más firme de Ilaith, y ambas delegaciones se saludaron cordialmente. La princesa iba acompañada de su marido, el kairk Theovan Devrid, vestido con traje oscuro de cuello alto, al más puro estilo del Káikar. Los korvanos se interesaron especialmente por Daradoth, como no podía ser de otra manera, y lo bombardearon a preguntas, siempre de forma educada; el elfo respondió con evasivas a la mayoría de ellas.

Ya cerca de la sede de Tarkal otra delegación salió a su encuentro, con la bandera de Mírfell ondeando sobre ella. Trasladaron a Suarren hacia las filas de atrás, temerosos de que Verthyran Kenkad, príncipe mercader de Mírfell, reconociera al miembro ausente de su consejo. En la comitiva de Kenkad llamaba la atención un enorme y simpático yrkanio de estentórea voz vestido con las telas arrolladas típicas de su tierra que se presentó como Rowen had'Helwar. Tras presentarse los respetos correspondientes de forma educada y recordar por parte de Kenkad su trato con Ilaith para concederle los principados controlados por sus primos, la comitiva siguió su camino hacia su sede, en la que se aposentaron al atardecer. Esa misma noche, Galad se encontró por tercera vez consecutiva con Suarren para hacerle ver lo equivocado de sus actos, y su elocuencia tuvo por fin efecto: el comerciante se quebró y rompió a llorar, arrepintiéndose de aquello en lo que se había convertido y recordando los tiempos de su inocencia moral; comenzó a rezar fervorosamente con Galad, viendo la Luz de Emmán como su tabla de salvación, las lágrimas aflorando sin cesar a sus mejillas. Tras varias horas de oración, Galad le prestó el pequeño libro de plegarias que llevaba encima desde su última estancia en Emmolnir y lo dejó con palabras de consuelo. El paladín estaba preocupado por si el comerciante intentaba suicidarse, aunque le había insistido en que el suicidio no era del agrado de Emmán, así que dejó unos guardias a su cuidado; afortunadamente, pues efectivamente desbarataron el único intento de suicidio que Suarren llevó a cabo. No obstante, por la mañana el comerciante se mostraba ya más tranquilo y con la esperanza de la fe en Emmán en sus ojos. Por supuesto, haría todo lo posible para desbaratar el complejo de Asyra Sottran y a sus dueños, y aceptó de buen grado declarar en el hemiciclo durante la asamblea. Todos se alegraron de no tener que recurrir a métodos más drásticos. Mientras tanto, Symeon, que cada noche entraba al mundo onírico para acercarse y contactar con Nirintalath, lo hizo también esa jornada para investigar un poco su entorno. La realidad onírica de Eskatha era, como en el mundo de vigilia, un hervidero de actividad, con gente apareciendo y desapareciendo por doquier. Afortunadamente, nada extraño llamó la atención del errante.

El día siguiente, los diplomáticos de Ilaith concertaron encuentros de cortesía con las delegaciones de Nimthos y de Ëvenlud. Como era costumbre, el principado considerado económicamente inferior (de forma tácita o no) se desplazaba a la sede del principado más poderoso. Así que Tarkal se desplazó hasta la sede de Nimthos, donde se encontraron con Gisaus Athalen y su séquito, en el que se encontraba su hija Eudorya acompañada en todo momento de la guardia de eunucos esclavos. Al verla, el corazón de Galad se aceleró, al igual que el de ella al reconocerlo de su estancia en Creä. Varias horas transcurrieron durante el encuentro, en el que Ilaith y Gisaus discutieron largo y tendido sobre temas antiguos y nuevos. Por su discurso, enseguida se hizo evidente para todos la buena relación que unía a Gisaus con Agiond Ónethas; aquel sería un hueso muy duro de roer. Dos miembros de la delegación de Nimthos llamaban especialmente la atención: Dûnethar y Cirantor, ambos ástaros procedentes del distrito de Galmia, del Pacto de los Seis; ninguno reveló demasiada información sobre su relación con Gisaus o su presencia allí. Por fin, Galad y Eudorya tuvieron un momento a solas. Ella se sorprendió al reconocerlo como paladín de Emmán y al oír su verdadero nombre, pues había utilizado otra identidad en el Imperio Vestalense, pero la pasión seguía siendo intensa entre los dos. Se sintieron el uno al otro y se besaron levemente, pero no podían arriesgarse a más allí; quedaron en encontrarse por la noche en una de las dársenas del puerto este para poder hablar con algo más de libertad (toda la libertad que le permitiera su guardia de eunucos, claro). Hablaron someramente sobre las dudas que Eudorya decía que albergaba su padre acerca de lady Ilaith y su peligrosidad; Galad intentó disipar la reticencia de Eudorya hacia Ilaith, y consideró que lo consiguió al menos de forma parcial.

Por la tarde, recibieron la visita de la delegación de Ëvenlud. La encabezaba Diyan Kenkad, una mujer madura, alta y extremadamente delgada. Era prima lejana de Verthyran Kenkad, el príncipe de Mírfell, con quien ya se habían encontrado de camino a su sede, y la acompañaban entre otros su hermana Melara, y un tal Seraethus Ternal, que por el apellido debía de ser familiar del príncipe de Undahl; este parentesco sería confirmado durante la conversación por el propio Seraethus, que no puso muy buena cara cuando le mencionaron al príncipe Rakos. La conclusión que sacaron después del encuentro fue que Deryan se mostraba contraria a alterar cualquier ápice del statu quo existente, pero que quizá con un soborno lo suficientemente jugoso pudieran hacer que cambiara de opinión al respecto.

Por la noche, Suarren ya se mostraba más tranquilo y considerando a Galad su consejero espiritual. El paladín le preguntó acerca de otros posibles implicados de alto rango en las perversiones de Asyra Sottran, y el comerciante respondió que solo conocía a dos o tres comerciantes que podrían encontrarse en aquel momento en Eskatha, aunque no de alto rango; pero podría contactar con ellos e intentar sonsacarles algo de información. Dio los nombres a Galad, y acordaron que tratarían de buscarlos para intentar averiguar algo más.

Siempre que tenía un rato libre Symeon salía a explorar la ciudad junto con Taheem, y en una de esas batidas, al anochecer, un enorme revuelo en el puerto oeste les llamó la atención. Acudieron rápidamente, abriéndose paso a codazos entre la multitud. La expectación era causada por la delegación de Undahl, que por fin había llegado a Eskatha. El vestalense y el errante abrieron mucho los ojos y sintieron un vuelco en el corazón cuando vieron por fin a la comitiva ante sus ojos. La delegación de Undahl era encabezada por el príncipe Rakos Ternal, fornido, apuesto, de pelo moreno y barba aceitada, con una presencia que rivalizaba con la de Ilaith. Pero no era el príncipe el que levantaba tanto revuelo, sino sus acompañantes; detrás de él, con movimientos felinos y elegantes, caminaba ¡una elfa oscura! Su pelo rubio platino, sus ojos violetas y su tez olivácea no dejaban lugar a dudas. Lucía unos ropajes de cuero extremadamente ajustados (a juicio de Symeon aquellas hebillas debían de causarle un dolor considerable), un daga larga a un costado, y una especie de artilugio cilíndrico que despedía un brillo fosforescente al otro costado. Y por detrás de la elfa oscura, con el resto de la delegación, una figura enorme, de unos dos metros y medio de alto, llamaba aún más poderosamente la atención. Un humanoide enorme con cabeza de toro y una cornamenta amenazadora, rebufando mientras caminaba: un minotauro. Al parecer, Rakos había decidido revelar sin tapujos su alianza con el Cónclave del Dragón y, por ende, con la Sombra. Aquello anunciaba problemas, vaya si los anunciaba. Cuando, de vuelta en la sede, compartieron el episodio con el resto del grupo, todos se miraron cariacontecidos, pues aquello seguramente complicaría aún más las cosas...

Mientras tanto, Galad había acudido a su encuentro con Eudorya lejos de allí, en el puerto oriental. El paladín le narró toda la odisea desde que habían salido de Creä hasta su encuentro en Eskatha, que la muchacha escuchó con extrema atención, viviendo cada momento. Galad aprovechó para hablarle del conflicto ancestral de Luz y Sombra y de que estaban a punto de verse en medio de algo muy grande, algo que los superaba a todos, y le habló también de la importancia de Ilaith en dicha refriega. Las palabras de Galad calaron hondo en la mente de Eudorya, que incluso no pudo evitar temblar de temor ante lo que le decía; se abrazaron y se besaron, reconfortándose mutuamente, aunque los eunucos se apresuraron a separarlos. Eudorya confirmó por otra parte la excelente relación de Agiond con su padre, y le habló de las frecuentes visitas que Gisaus realizaba a los dominios del príncipe de Bairien, quizás excesivamente frecuentes... esta era una información que Galad juzgó importante compartir con el resto, y así lo hizo.

Ya reunidos todos, pasaron a discutir la conveniencia de reunirse con la delegación de Undahl, reunión a la que Daradoth se opuso radicalmente. Finalmente, decidieron no convocar ningún encuentro con ellos, y ya decidirían qué hacer en caso de recibir una invitación de su parte. Symeon volvió a acceder al Mundo Onírico para ver si algo había cambiado con la llegada de la Sombra a Eskatha, pero para su alivio no detectó nada fuera de lo normal.

La mañana siguiente se dirigieron a la sede de Mervan para reunirse con Nercier Rantor y su séquito. Mervan y Tarkal eran principados considerados muy parejos, pero Ilaith decidió tener la deferencia de acudir a su sede; Mervan, como ya sabían, era la espina clavada en su plan y así lo volvió a manifestar, sin ocultar el malestar que le provocaban sus intenciones. Según sus palabras, Nercier era un buen hombre y no le gustaba tener que utilizarlo como una marioneta; pero la lucha contra la Sombra exigiría muchos sacrificios, y el del príncipe de Mervan no sería el último.

Fueron recibidos correctamente por Nercier y sus acompañantes. El príncipe tenía lazos estrechos con Esthalia, pues sus ascendientes eran oriundos de aquel reino, y de hecho en su séquito abundaban los esthalios. Pero lo que más llamó la atención del grupo es que en la delegación mervanita también había ¡un errante! Symeon lo saludó con su fórmula ritual, contento y extrañado a la vez. El errante, que se hacía llamar Noelan de los ruevos ("ruevos" era el nombre de una caravana errante), le explicó que Mervan había acogido en sus tierras a un gran número de sus congéneres expulsados del Imperio Vestalense y rechazados por los barones de Élorend de Sermia. El acontecimiento había sido tan importante, que el príncipe había decidido incluir a uno de ellos en su séquito para exponer sus problemas en la Asamblea.

Nercier Rantor era un hombre sabio y cultivado, y su motivación era vivir una vida tranquila; no quería problemas con nadie. Desde que había subido al poder en Mervan el principado había experimentado una mengua de su poder, y aunque sus comerciantes no estaban del todo contentos, su pueblo vivía feliz. Yuria mantuvo una conversación larga e interesante con Velonya Wodrenn, una de las esthalias en la delegación, y tras ella sacó en claro que a esta no le gustaba nada lady Ilaith; no tenía claros los motivos, pero así era.

Pocas horas más tarde, un mensajero llegaba a la sede para informar de que había llegado a puerto una delegación del reino de Esthalia, compuesta por el duque Woderyan Estigian, su hijo Woddar, Alexann Stadyr (el hijo del marqués Alexadar, conocido del grupo), el cardenal Wadryck Pryenn y sir Garenn de Bayr, caballero de la orden Argion... ¿cuáles serían los motivos por los que habían acudido a Eskatha en plena Asamblea de los Príncipes?


miércoles, 22 de agosto de 2018

Aredia Reloaded
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Temporada 2 - Capítulo 12

Asyra Sottran. El primer vuelo del Empíreo.
Los paladines de Davinios fueron recibidos con honores por parte de Ilaith y su corte. Se les asignó una antigua mansión reformada adecuadamente en el interior del primer anillo de la fortaleza, en la parte este de la colina, cerca de los paladines de Osara. Con palabras de agradecimiento, Davinios y Galad formalizaron un compromiso de alianza con lady Ilaith. Galad cedió el protagonismo a Davinios en la ceremonia pública, pues optó de momento por la discreción para no enemistarse frontalmente con la Torre; era posible que en algún momento del futuro tuviera que acceder al complejo o necesitar algún favor, y no era conveniente que le vetaran como habían hecho ya con su amigo recuperado. Galad y Davinios, empatizando por la situación, habían recuperado por fin su antigua amistad y eso hizo muy felices a ambos; no obstante, la cojera de Davinios permanecería como un recordatorio de lo que había sucedido en un pasado ya perdonado.

El Dirigible "Empíreo"


Cuando Symeon retornó de su viaje a la Gran Biblioteca, Ilaith convocó una reunión con todos ellos y su consejo. Trataron el asunto del Mundo Onírico y el ataque a que habían sido sometidos hacía tres semanas; el errante dio todos los detalles que pudo y Yuria enumeró los posibles efectos que el ataque había podido tener en el mundo de vigilia. Finalmente, Symeon aseguró que desgraciadamente, de momento no tenían los medios para hacer frente a aquellos ataques y lo único que podían hacer era confiar en la espada verdemar para rechazarlos. A continuación les explicó lo que había averiguado sobre la espada, que era una creación de Trelteran y su nombre era "La Espada del Dolor" o "Nirintalath". Este último era el nombre de un "espíritu de Dolor" que el kalorion había imbuido en tan bella arma. Daradoth rebulló en su asiento, incómodo por la revelación, y miró a los demás, que prestaban atención a las palabras del volodh. Symeon habló de cómo percibía él a Nirintalath en el Mundo Onírico y de lo peligrosa que era con sus "estallidos de Dolor", y afirmó que estaba consiguiendo acercarse más a ella, con lo que tenía la esperanza de que el espíritu rechazara los ataques de los esbirros de la Sombra hasta que ellos pudieran conseguir los medios necesarios para hacerlo por sí mismos. Acto seguido, les habló también de lo que había averiguado sobre la Espada del Profeta, y de su convencimiento de que no era en realidad la espada que había empuñado ra'Khameer.



A continuación, lady Ilaith pasó a tratar el tema de la asamblea de la Confederación en Eskatha, a la que deberían asistir en escasas tres semanas. Les explicó a todos sus planes para hacerse con la Corona de Aredia y convertirse en la más importante mandataria del continente con la intención de ayudar después a Daradoth en sus aspiraciones en Doranna. Sin embargo, primero habría que empezar por obtener el control de la propia Confederación de Príncipes Comerciantes y convertirlos en la fuerza principal de la Luz. El primer paso sería convertir a Ilaith en la Gerente de los Príncipes, rango que en la actualidad ostentaba Agiond Ónethas, del principado de Bairien. Les explicó que contaba con la cooperación de su hijo, Progerion Ónethas, y con la alianza de tres de los trece principados: Bairien (en caso de resolver la sustitución de Agiond por Progerion), Krül (de facto, Bairien y Krül estaban controlados por la familia Ónethas) y Korvan, cuya princesa, Karela Cysen, era una firme partidaria de las ideas de Ilaith. Esperaba una oposición firme de los principados de Nimthos, Ëvenlud, Trapan y Undahl, y una posición más neutral de Mírfell y Ladris. Por otro lado, los planes de Ilaith pasaban por la invasión de los principados de Adhëld, Armir y Mervan una vez que hubiera sido investida Gerente y contara con los apoyos suficientes. En concreto, Mervan era un punto sensible en su plan, pues Ilaith pretendía ganar su apoyo para luego invadirlo y utilizarlo para pactar con Semathâl; esto hizo sentirse muy incómodo a Daradoth. A Ilaith le constaba que Adhëld y Armir estaban negociando con el Cónclave del Dragón y traficando con kregora, con lo que sus invasiones estaban más que justificadas y contarían con el apoyo de Korvan; era posible que la princesa Karela supusiera una traba en el futuro si su ambición crecía, pero ya se encargarían de eso a su tiempo. Les informó de los otros principados que comerciaban con el Cónclave o con esclavos y con los que no deberían tener escrúpulos: Nimthos, Undahl y Ladris, además de los ya mencionados Adhëld y Armir. Les habló también de la casa Kenkad, y de su control sobre tres de los principados; Verthyran Kenkad, de Mírfell, estaría dispuesto a apoyar a Ilaith si sus otros dos primos caían en desgracia y obtenía sus títulos. La conversación sobre la situación política y como deberían afrontar las negociaciones con cada principado fue prolongada y bastante densa.


Una vez presentada la situación, se acordó la representación que viajaría con lady Ilaith hasta Eskatha: los propios Yuria, Galad, Daradoth y Symeon; maese Meravor; el enano Nezar; el mariscal Loreas Rythen; la habilísima política Delsin Aphyria; el experto negociador Ernass Kyrbel; la prima de Ilaith Keriel Danten; y sus guardianes el maestro de esgrima Khain Malabailos y la paladín de Osara Aznele Eneven. Dos bardos sermios acompañarían también a la comitiva, de incógnito, pues Ilaith no quería revelar tan pronto su as de Sermia. Evidentemente, el grupo que viajaría a la "capital" sería mucho mayor, pero esos serían los representantes de Tarkal en el hemiciclo (princesa y doce consejeros). Los paladines, Nezar y Daradoth darían cuenta de los "poderosos aliados" de Tarkal, y los políticos se encargarían de abrir el camino, para lo que la ayuda de Meravor sería valiosísima.

Una vez que Ilaith se hiciera con la Gerencia de los Principados, la siguiente fase del plan consistiría en cambiar el sistema de gobierno para convertirse en reina, o mantener el título de gerente pero otorgándole los poderes análogos al título de rey. Ilaith confiaba en tener para entonces la confianza de al menos tres cuartos de los principados, pero si se consideraba necesario, habría que considerar posibles nuevas invasiones.


Finalmente, Ilaith volvió al tema de los principados de Bairien y Krül y la sucesión "forzosa" con la que tendrían que ayudar a Progerion a hacerse con el título de su padre Agiond. La princesa de Tarkal tenía una misión para el grupo, pues no se fiaba de nadie más para llevarla a cabo. Les reveló que Progerion y ella mantenían encuentros frecuentemente. Además, el joven estaba prometido con una noble Sermia, Eferë Serastil, e Ilaith tenía las llaves para que aquel compromiso llegara a buen puerto gracias a sus relaciones con la nobleza Sermia. El caso era que Progerion afirmaba estar en posesión de una información que, debidamente tratada, podría provocar la caída en desgracia de su padre. Solo la revelaría en el momento en que se fuera a realizar alguan acción con ella, y ahí es donde entraba el grupo. Deberían reunirse con Progerion y seguir sus instrucciones para averiguar lo que fuera de aquel asunto. Cuando surgió el problema de mantener una comunicación más o menos frecuente, Daradoth sacó a relucir el búho de ónice que habían encontrado en las ruinas de Margen. Aunque le costó un par de días sintonizar con el artefacto, finalmente pudo cargarlo para poder comunicar con lady Ilaith en un radio de 600 kilómetros.

Afortunadamente, a pesar del retraso por la sintonización de Daradoth, el grupo contaba ahora con el Empíreo, el dirigible que había creado Yuria para facilitar sus viajes con el beneplácito de Ilaith. Para mantener la existencia de los dirigibles en secreto, viajarían a una altura segura, y seguirían una rutina de descensos y ascensos nocturnos en parajes despejados. El viaje hasta las inmediaciones de Tárkavel fue rápido y tranquilo, superados los primeros miedos a volar de algunos de los componentes del pasaje. Una vez allí, se reunieron con el apuesto Progerion en la casa solariega de uno de sus nobles de confianza, y este les informó de lo que sabía. Les habló de la conocida isla de Asyr Ethos en el principado de Undahl, que se consideraba un centro de placer y perversión donde la gente acaudalada podía hacer realidad sus fantasías. Algunos miembros del grupo ya conocían la existencia de esa isla, donde no todo lo que se llevaba a cabo satisfaría una moralidad media. Progerion entonces les reveló la existencia de una segunda isla, Asyra Sottran, en su propio principado de Bairien y cuya existencia su padre guardaba en un estricto secreto para un círculo de contactos muy selecto. A Progerion le constaba que las perversiones llevadas a cabo en Asyr Ethos no eran nada comparadas con las perpetradas en la isla de su padre. Si el grupo conseguía pruebas de la existencia de esa isla y de las depravaciones adecuadas, podrían conseguir que en la asamblea de Eskatha su padre abdicara en su favor, o bien que el propio hemiciclo nombrara forzosamente a Progerion nuevo príncipe de Bairien. El joven heredero les emplazó para informarles puntualmente de cualquier información que pudiera serles útil en su investigación en los días venideros; sin embargo, el hecho de que apenas bajaron del Empíreo los siguientes días, imposibilitó tales encuentros.





Los siguientes seis días fueron bastante caóticos. Se acercaron a una distancia segura de la isla, donde vieron un complejo parecido a una especie de monasterio enorme con un pequeño muelle de atraque a donde llegaban pequeños botes desde el continente. Dos barcos de guerra guardaban la isla en todo momento, alternándose en la guardia del muelle y las rondas alrededor de ella. Symeon accedió un par de noches al Mundo Onírico para observar la zona, y le sobrecogió la resonancia corrupta y malsana de Asyra Sottran en aquella realidad. Averiguaron que el acceso a la isla se realizaba desde un pequeño pueblo a unas cinco horas a caballo desde la capital Tárkavel, donde una flotilla de botes trasladaba a los clientes. Recorrieron los caminos desde la capital al pueblecito y la ruta marítima hasta la isla varias veces, hasta que finalmente, el sexto día de guardia tuvieron por fin la oportunidad que buscaban. Consiguieron seguir con éxito uno de los pequeños veleros que transportaba a algún cliente que volvía desde la isla al continente, y decidieron ejecutar un abordaje desde el aire. No fue fácil, pero finalmente Daradoth y Taheem accedieron a la embarcación de forma espectacular, el elfo con un salto sobrenatural y Taheem descendiendo ágilmente por una cuerda. La tripulación no planteó problemas para los dos expertos espadachines y los pivotes de ballesta lanzados por Galad y Yuria, que se deshicieron de dos de los guardias limpia e inmediatamente. La tripulación de marineros se rindió en pocos segundos, algunos de ellos tirándose al mar, aterrados por el espectáculo del abordaje del dirigible y la caída de los guardias.

En el camarote de popa viajaba un comerciante del principado de Mírfell al que le horrorizaba la idea de dar alguna información sobre la isla a aquellos extraños. Pero un poco de intimidación y de daño físico (¡aplicado por, entre otros, Symeon!) consiguió que soltara la lengua. Todos se miraron horrorizados cuando el bastardo afirmó que había acudido a la isla a darse un banquete de carne de bebé. Daradoth se sintió tentado de atravesarlo con la espada, pero la mano de Taheem en su hombro lo tranquilizó. Tras escuchar algunas de las depravaciones que se llevaban a cabo en la isla, todos coincidieron en que era necesario deponer a Agiond y para ello transportarían a aquel malnacido hasta Eskatha, para que diera su testimonio y quizá poner en la picota al actual gerente.

Después de trasladar al comerciante (que decía llamarse Suarren) al Empíreo, llevaron el barco a una playa remota donde lo barrenaron y dejaron a los marineros, que previsiblemente no serían rescatados hasta dentro de unas semanas. Daradoth informó a lady Ilaith de sus logros a través del búho de ónice, y esta les emplazó a reunirse en Sugelia, una pequeña ciudad al noreste de Eskatha, donde planificarían su curso de acción.