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jueves, 12 de febrero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 15

Jeaväh. Una actuación extraordinaria.
Decidieron optar por no utilizar el transbordador a plena luz del día y cruar el río de noche, así que entraron en la única taberna que parecía existir en la pequeña barriada a este lado del río y pasaron el resto de la tarde bebiendo e intentando escuchar todos los rumores posibles. Daradoth se acercó discretamente al embarcadero para echar ojeadas al otro lado del río, y en una de ellas algo le llamó claramente la atención: en la orilla opuesta, hacia el norte, se levantaba por sobre los tejados de la ciudad una carpa, la carpa de un circo.

Cuando preguntaron al tabernero acerca de la carpa del otro lado, éste se extrañó de la pregunta mirando a Taheem y se encogió de hombros: por todos era conocido que los artistas, juglares, circos y demás estaban permitidos dentro de las fronteras del imperio, al igual que los peregrinos conversos (a esta afirmación siguió una mirada de complicidad del hombre). El tabernero les habló acto seguido de su intención de ir a visitar el circo sin falta, pues la gente que ya había ido estaba dispuesta a volver: hablaban de enanos que creaban fuego y de actuaciones sin par, y eso en Jeaväh, una ciudad secundaria de vestalia, era algo fuera de lo común que no había que perderse.

Al caer la noche procedieron a ralizar la travesía del transbordador, que más alla de un precio abusivo no supuso un gran problema. Al otro lado del embarcadero dos guardias se encargaban de supervisar la carga y las intenciones de quienes les parecieran sospechosos, pero la pareja no parecía poner mucho interés en su trabajo, con lo que el grupo pudo adentrarse en Jeaväh sin mayores complicaciones. Decidieron seguir el camino que parecía más discreto, la orilla del río hacia el norte, caminando entre modestas cabañas de pescadores. Aunque pasarían muy cerca del circo no creían que tendrían problemas, y podrían salir discretamente de la ciudad. Sin embargo, la enconada curiosidad de Symeon supuso un problema. Al oír Yuria unas voces que hablaban en un idioma extraño y cuyo tono se parecía al entrechocar de piedras y que al poco se silenciaban con un chasquido de fuego, Symeon decidió internarse en la trastienda de la compañía ambulante. Atravesando con un extremado sigilo varias jaulas de animales y recios vagones, sus ojos casi se le salen de las órbitas al presenciar cómo una muchacha metía prisa a dos individuos de poblada barba que no superaban el metro treinta, pero que eran extremadamente recios. Sin duda, estos dos debían de pertenecer a la raza de los legendarios enanos; pero esta sorpresa palidecía en comparación con otra: para los ojos de Symeon, la muchacha era a todas luces una Buscadora. Una Buscadora allí, en aquel lugar, donde no podía esperarlo. No pudo resistirlo. Cuando ella y los enanos comenzaron a caminar y se acercaron a él, salió de las sombras, intentando presentarse; pero los enanos no dieron opción: empezaron a gritar con voces potentes y rasposas, y el tono amenazante junto con los intentos de hacerse oír de Symeon llegaron en el exterior a oídos de los demás. Sin dudarlo, Valeryan se lanzó al rescate de su amigo, atravesando la valla y accediendo al interior del campamento. Eso empeoró las cosas, pues los enanos hicieron honor a su fama, y una llamarada golpeó en el rostro al marqués de Rheynald, que lo dejó inconsciente. Por suerte, la muchacha Errante, que dijo llamarse Serena, consiguió calmar los ánimos de sus dos compañeros, recordándoles que debían actuar en pocos minutos e instando al grupo a marcharse antes de que llegaran a la escena más miembros de la troupe. Intercambió unas breves y emotivas palabras con Symeon y éste pudo llegar al acuerdo de volver a verse al día siguiente a orillas del río. Después de aquello, salieron cautelosamente de la ciudad, alejándose lo suficiente para acampar a salvo.

El día siguiente, más o menos a la misma hora, se encontraron de nuevo con Serena. Ésta intentaba tapar con su pelo un moratón en la mejilla izquierda, pero sin éxito. Según ella, se lo había hecho mientras arreglaba la valla con maese Thoran. La valla efectivamente estaba arreglada, así que decidieron no darle más importancia. Serena, confortada por la presencia de otro miembro de su pueblo, les contó cómo su caravana había sido masacrada inmisericordemente, y cómo maese Meravor la había acogido en su circo, protegiéndola así de todo peligro. Por ello, le estaba profundamente agradecida.

Las mentes de los personajes comenzaron a pensar en no atravesar más desiertos amparados por un viaje a la sombra de la carpa del circo, y al plantear a Serena la posibilidad de tener una reunión con maese Meravor, ésta les dijo que haría todo lo que estuviera en su mano por arreglarles una reunión para el día siguiente. Según ella, Meravor era un hombre buenísimo, dispuesto a ayudar a cualquiera, y no creía que tuviera problemas en encontrarse con ellos. Una reunión antes era imposible, pues estaba a punto de empezar la sesión nocturna habitual, y Meravor se encargaba del último y espectacular número.

Intrigados por las maravillas de las que hablaba la gente, Yuria, Valeryan, Taheem y Symeon decidieron asistir a la actuación. Y no les defraudó. Las acróbatas, los equilibristas, ¡los juglares! Las historias y canciones de estos últimos elevaban y hundían al público en una montaña rusa de emociones que no creían posible. Ante la Historia de dos Amantes la mayoría de la gente rompió a llorar, pero cuando la actuación terminó con El caballero del Brazo de Acero todo el mundo rompió aplaudir después de sentir cómo sus corazones se henchían con los últimos coros. Los enanos Narak y Zandûr tampoco defraudaron; desde luego, parecían crear el fuego de la nada: rayos, muros, círculos, dibujos de extrañas aves fénix aparecían tras unos extraños gestos; la gente los aplaudió a rabiar. Y cuando creían que no podían más, llegó la actuación de lord Meravor, el hipnotista. Entre sombras, Meravor, un hombre bien parecido, de fuerte presencia y largos bigotes conectados con las patillas, sorprendió al público presente. Hizo aparecer animales de la nada, treletransportó a un par de muchachas que lo ayudaban, y realizó un par de trucos espectaculares; la apoteosis final vino cuando, sin adornos, anunció que iba a volar, y así lo hizo. El público seguía las evoluciones del mago volador por el aire. Todos, con una excepción; Yuria, estupefacta, miraba cómo Meravor se alejaba caminando tranquilamente mientras el resto del público miraba al techo, siguiendo las evoluciones de algo que ella simplemente no veía. Eso deslució un poco la actuación para ella, pero cuando fuera lo que fuera aquello acabó, el público, incluyendo a Taheem, Symeon y Valeryan, se puso en pie y aplaudió a rabiar a todos los artistas, que salieron a saludar ante el requerimiento de su audiencia. No cabía duda de que el espectáculo era grandioso y superaba a cualquier otro que los presentes hubieran visto. Quizá eso nutría abundantemente las arcas de la compañía, pero seguramente no era lo mejor para emprender un viaje discreto hacia Creá…

jueves, 29 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 14

Sentencia y Baile. Llegada a Jeaväh.

Mientras los conducían ante el consejo,Valeryan, indignado, gritó que aquello era un ultraje, e intentó oponerse a aquella situación. Sin embargo, Aldur le susurró al oído que temía que Symeon se suicidara si no se sentía liberado de sus pecados por sus compatriotas, así que Valeryan decidió ver qué sucedía.

El juicio a Symeon se desarrolló de una manera bastante informal, en el espacio que rodeaban los carromatos semihundidos en la arena. Era evidente para todos que tal acontecimiento tenía lugar en muy raras ocasiones, con lo que nadie tenía muy claro lo que debía hacer, y se notaba que en ocasiones improvisaban. En primer lugar, Aravros expuso el caso por el que se encontraban allí reunidos en asamblea. Según dijo, el mayor castigo que podría sufrir Symeon era someterlo al “ostracismo”, grabándole la “marca del olvido” a fuego en la mejilla (bajó la mirada y rebulló al mencionar este castigo). Acto seguido, Symeon pasó a relatar la historia de cómo él y su esposa habían robado el fragmento del Libro de Aringill expuesto en los Santuarios de Creá, y cómo eso había devenido en la persecución y posterior masacre de la muchos Errantes que en ese momento se encontraban en Vestalia. Todos los presentes se miraron, incómodos.

El jurado estaba compuesto por el consejo de la caravana, compuesto por Lauvos, Daevros, Stalar, Mirabel, y Nínive. Excepto las dos mujeres (Mirabel y Nínive) los miembros del consejo eran demasiado jóvenes para pertenecer a él si las circunstancias hubieran sido normales; sobre todo Stalar, que fue el que más crítico y agresivo se mostró en todo momento respecto al castigo que merecía Symeon. Según reveló, su familia había muerto por la persecución de Buscadores que había desencadenado el robo de Symeon. Por supuesto, se mostró partidario de ostracizarlo. Todo el grupo intervino en defensa de Symeon en sucesivos turnos de palabra, y sus argumentos y la capacidad de liderazgo de Valeryan resultaron decisivos para convencer a los presentes.

Mientras el jurado se retiraba a deliberar, Fajjeem se acercó al grupo. Al oir la revelación de Symeon sobre el Libro de Aringill su curiosidad de erudito había despertado. Les preguntó si tenían alguna idea de dónde se podía encontrar el libro en aquellos momentos. Los ojos del vestalense brillaban de interés; y mientras le preguntaba a Symeon acerca del paradero del libro, Daradoth sintió una sensación extraña, como si se le erizara el vello de la nuca. Aquel hombre utilizaba algún tipo de poder que posiblemente ni él mismo comprendiera. Decidieron acabar la conversación rápidamente.

Por otro lado, Yuria se sobresaltó cuando sintió que alguien tiraba de una de sus pistolas. Al girarse, se encontró con el rostro asustado de un niño que salió corriendo y se refugió entre las faldas de su madre. Ésta se mostró consternada cuando Yuria le contó lo que había hecho su hijo y le pidió disculpas, que la ercestre aceptó. Al cabo de un rato, en agradecimiento por su amabilidad, la madre del niño le trajo a Yuria una deliciosa empanada, que devoró con la boca hecha agua por el suculento aroma. Pronto empezó a sentir los efectos de la comida, que sin duda albergaba ingredientes secretos: sus sentidos se hicieron mucho más agudos, y su mente empezó a hilar pensamientos frenéticamente. No pudo evitarlo y comenzó a diseñar de forma febril, dibujando sin ton ni son a la velocidad del rayo. Al cabo de un rato, cuando el cansancio hizo mella en ella y no le quedó más remedio que sentarse y dormitar, alguien le devolvió los papeles en los que había dibujado unas cosas extrañísimas [Nota: entre ellas, el diseño de un globo aerostático, que Yuria todavía no sabe muy bien qué es, por su tirada de “100”]. Tendría que pedirle a la madre del niño alguna empanada más...

El jurado hizo acto de presencia de nuevo, y tras tomar asiento y acabar de reunir a la asamblea, Aravros se puso en pie e hizo saber a los presentes su veredicto. No encontraban a Symeon merecedor del castigo de ostracismo, pero sí consideraban que el robo había desencadenado la muerte de muchos errantes y lo declaraban culpable. su castigo sería hacer todo lo posible para devolver el libro cuanto antes a sus legítimos propietarios, los clérigos de Creá. Mientras no completara tal tarea, no podría unirse a ninguna caravana de Buscadores, ni adoptar ni ser adoptado por ninguno de ellos, ni contraer matrimonio, ni participar en ninguno de sus ritos ni festividades. En breve se tomarían las medidas necesarias para propagar la sentencia a otras caravanas. Aunque tal veredicto era bastante duro para un Errante, Symeon suspiró aliviado por haber compartido su carga con sus congéneres. Pero en el tiempo futuro la sentencia probaría ser una dura prueba para Symeon.

Por la noche, la caravana celebró un baile para celebrar la llegada de los invitados. Aunque no fue una Ceremonia de Búsqueda en toda regla, tuvo el habitual efecto embriagador que los bailes de los Errantes provocaban en todos los extranjeros a su cultura. Symeon, obedeciendo el castigo que le habían impuesto, se mantuvo apartado, aunque encontró el modo de bailar a su vez: accediendo al Mundo Onírico, bailó con los breves destellos de realidad que identificaban a sus congéneres, con lágrimas en los ojos. Las mujeres errantes hacían honor a su fama, y pronto Aldur se retiró, preocupado por la lujuria que sentía crecer en su interior. El resto se dejó llevar por la vorágine de la fiesta, y pronto intentaron algo más que bailar con las muchachas, que sin embargo tenían prohibido cualquier tipo de contacto carnal esa noche. Pronto empezaron a circular más empanadas como la que antes había comido Yuria, y eso los hizo disfrutar aún más de la fiesta. Los hombres Errantes no estaban sometidos a las mismas restricciones que las muchachas, así que Yuria se dejó llevar a una noche de sudor y lujuria en la que yació con hasta tres errantes (que pudiera recordar).

Tras pasar una de las mejores noches de sus vidas, el día siguiente vino acompañado de una sensación de pérdida infinita (además de una fuerte resaca), como siempre les pasaba a los extraños que participaban en los bailes de los Buscadores. Tras reponerse un poco, acudieron a hablar con Fajjeem, para preguntarle por el colgante que llevaba (pues Symeon tenía en su poder uno igual) que lo identificaba como miembro de la Liga del Saber, por las extrañas tormentas y algunos asuntos más de los que debía de poder informarles como erudito que era. En un momento dado de la conversación, mientras hablaban de las “Tormentas Negras” -así las llamaba Fajjeem-, el anciano se quedó mirando durante unos momentos a Yuria, anonadado. Cuando Symeon preguntó a Fajjeem acerca de cómo entrar a formar parte de la Liga, éste le preguntó si se consideraba preparado, y le hizo varias preguntas aparentemente sin importancia; pero entonces la conversación derivó en un diálogo entre Symeon y Fajjeem sobre asuntos trascendentales de filosofía y metafísica. Sin darse cuenta, diez horas transcurrieron entre argumentos y réplicas. Al acabar, Symeon se encontraba mentalmente exhausto. Fajjeem lo miró valorativamente y, afirmando, le dijo que se dirigiera a la Gran Biblioteca de Doedia, donde debería encontrarse con el Gran Bibliotecario Svadar y decirle las palabras “el pergamino es dorado y plateado para mí”. No sabía si quedaban todavía muchos Sapientes, pero el bibliotecario le pondría en contacto con ellos, si podía. Por su parte, Yuria consiguió deducir el significado de los bocetos que alguien había metido en sus bolsillos después de dibujarlos: un globo que volaba; pero todavía no supo cómo podría llevarlo a cabo, debería estudiar el diseño más a fondo.

Tras mucho discutir sobre cómo ayudar a la caravana, decidieron que lo más seguro era que siguieran permaneciendo allí, ocultos de ojos indiscretos, y les dejaron una docena de monedas de oro con las que podrían sobrevivir un par de meses si los vestalenses podían seguir trayéndoles provisiones discretamente. Tras una emotiva despedida continuaron viaje, acompañados de Taheem y Sharëd.

Al cabo de unos días, tras algún que otro avistamiento de los enormes pájaros sin consecuencias, llegaron a la vista del enorme río Ladtarim, y de la ciudad de Jeaväh, que se extendía en la orilla opuesta. En la orilla más cercana se había levantado un suburbio alrededor del amarradero del transbordador que facilitaba el cruce del río.


viernes, 16 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 13

Movilización inesperada y nuevos aliados

Finalmente, tras mucho discutirlo, el grupo optó por no incorporarse a ninguna de las caravanas de peregrinos que viajaban hacia Creá. En vez de eso, decidieron seguir viajando solos y a través del desierto, así que aprovecharían la jornada para aprovisionarse de los suministros que necesitaban en mercados y tiendas lo más discretamente posible.

Mientras Valeryan y Yuria se encontraban en uno de los varios mercados de los alrededores de Edeshet y el resto permanecía a la espera en la posada, comenzaron a sonar trompetas por toda la ciudad. La gente alrededor de la pareja en el mercado y dentro de la posada corrían hacia las fuentes de los sonidos, pues estos anunciaban que los heraldos del Badir de Ahemmu estaban a punto de promulgar un edicto o anunciar algún hecho importante. Valeryan y Yuria acudieron a la plaza donde se podía ver al heraldo y algunos guardias en lo alto de una plataforma, esperando a que se reuniera la multitud. Por supuesto, se quedaron en un discretísimo segundo plano, intentando no llamar la atención.

Una vez se acalló el clamor de las trompetas, el heraldo pasó a anunciar una orden del badir; en resumidas cuentas, ésta instaba a todo varón en edad de empuñar un arma a acudir a los centros de guardia en un plazo de tres días para formar una leva que partiría en pocas jornadas hacia el frente de batalla. La incomparecencia acarrearía penas de prisión. El discurso estuvo adornado por una arenga enalteciendo los valores vestalenses y el advenimiento del Ra’Akarah, que llevaría al imperio a una victoria aplastante. Los rumores de indignación fueron creciendo alrededor de Valeryan y Yuria, que intentaron sonsacar algo más a la gente allí reunida. Al parecer, hacía varios lustros que no se daba la orden de formar una leva en las tierras del imperio, y la gente no estaba nada contenta. Muchos de los presentes se apresuraron a marcharse para salir de la ciudad cuanto antes, y la pareja decidió acudir rápidamente a la posada para establecer un curso de acción.

Allí no hubo lugar a mucha discusión. Decidieron enseguida que debían marcharse, y sin dilación se dirigieron hacia los establos mientras Valeryan saldaba cuentas con la posadera e intentaba sonsacarle más información. Pero la mujer, apocada y discreta no pudo serle de mucha ayuda, sólo alcanzó a recomendarle que tuvieran cuidado porque seguramente en esos momentos el señor de Edeshet estaría aprestando guardias alrededor de la ciudad. Una generosa entrega de monedas por parte de Valeryan aseguró el silencio de la mujer, y éste corrió hacia los establos. Allí ya se encontraban los demás con los camellos casi preparados. El establo estaba medio vacío, se notaba que muchos de los huéspedes ya se habían marchado, espoleados por el anuncio de la leva.

Una pareja de vestalenses se encontraba también allí, sacando sus caballos y ensillándolos. En un momento dado, inesperadamente, el más alto de los dos se acercó al grupo y les saludó. Se presentó a sí mismo como Taheem, y a su acompañante como su hermano Shared. Con aire de complicidad, Taheem les hizo notar que se presentaban a sí mismos como un grupo de peregrinos extranjeros convertidos, pero no llevaban ningún guía espiritual vestalense consigo, lo que denotaba su desconocimiento de la situación en el imperio y las normas tácitas que imperaban en los peregrinajes a Creá por parte de extranjeros. Además, les hizo notar que la presencia entre ellos de un errante, de un gigante y de un ser extraño (un elfo) no les beneficiaba para nada. Acto seguido, Taheem pasó incluso a ofrecerse a acompañarles; tenía cierto bagaje como aprendiz de los caminos de la Fe, y podría hacerse pasar por su guía hacia la Ciudad Santa. La desconfianza acudió al grupo, sobre todo a Daradoth, cuyo ojo experto le revelaba que aquel hombre era mucho más de lo que parecía, pues la gracia de sus movimientos lo delataba como un espadachín extremadamente hábil. No obstante, tras deliberarlo unos momentos, los personajes decidieron que con las debidas precauciones podrían beneficiarse de la compañía de los dos hermanos y aceptaron la oferta.

Taheem y Shared partieron de inmediato, deseosos de no perder tiempo, y quedaron con el grupo en una granja de las afueras. Al grupo le llamó la atención que además de sus caballos de montar, llevaban un enorme percherón cargado hasta los topes con lo que parecía agua y provisiones. Los personajes tardaron algo más al tener que cargar la mayoría de sus suministros todavía, pero en cuestión de media hora estaban ya en camino, alerta por lo que pudieran encontrar.

No tardaron en atravesar lo poco que había hasta la granja. En el camino, pudieron ver cómo una de las caravanas de peregrinos que había intentado huir era detenida por un grupo de guardias, que recurrieron a un conato de violencia para deternerlos.

Pronto llegaron a la vista de la granja donde habían estblecido la cita con los hermanos vestalenses, y mientras se acercaban, vieron que sin duda habían tenido problemas: los dos estaban montados en sus alazanes, rodeados de cinco cuerpos caídos. Se trataba de cinco guardias de la ciudad, y uno de los Inquisidores; éste todavía se encontraba con vida, aunque herido, y eso levantó ciertas sospechas en Daradoth. Valeryan se encargó de acabar con él discretamente, aplastando su cráneo con la pezuña de su camello.

Sin más contratiempos, tras una hora y media siguiendo el camino, se desviaron y comenzaron a atravesar la zona semidesértica que rodeaba a Edeshet. El viaje fue tenso al principio, pero con el paso de las horas la situación se fue relajando, y poco a poco los extraños fueron descubriendo información unos de otros. Los hermanos hablaban estigio con un fuerte acento y, para sorpresa de Yuria y Aldur, un fluido ercestre.

La primera noche se desarrolló una conversación algo tensa cuando los vestalenses plantearon el tema de la confianza, interesados en si podían confiar en el grupo. Tras muchos tiras y aflojas (convencidos también por la presencia de Symeon en el grupo, por razones que serán evidentes más adelante), finalmente los ánimos se calmaron y Taheem decidió sincerarse con ellos. Symeon no pudo disimular su sorpresa cuando los hermanos les revelaron que su presencia en Edeshet se debía a que necesitaban llevar suministros a una caravana de errantes que se encontraba escondida en medio del desierto, protegida por unos pocos vestalenses que no comulgaban con los crueles edictos que se habían promulgado en el imperio últimamente. Taheem y Shared pertenecían al susodicho grupo de guardianes. Los hermanos se habían acercado al grupo al reconocer la presencia Symeon, un errante, con ellos. El silencio se hizo durante unos momentos; Shared desenvainó su espada y con gráciles movimientos se dirigió hacia Symeon; el grupo se puso en guardia, pero se relajaron al ver que clavaba su espada en la arena ante el errante y se arrodillaba, con lágrimas acudiendo a sus ojos. Le pidió perdón encarecidamente. Taheem también murmuró unas palabras de arrepentimiento en vestalense, y pasó a contarles el porqué de aquella acción: los dos hermanos habían servido en la guardia de élite de los Santuarios del Sumo Capellán de Creá, y a lo largo de los años habían cometido algunos actos reprobables, entre ellos la muerte de muchos errantes, hasta que finalmente habían encontrado la iluminación y habían renunciado a seguir con aquello. Symeon, con los ojos vidriosos, les preguntó acerca de la caravana a la que había pertenecido, y también sobre su esposa, pero no supieron darle ninguna información reveladora.

El día siguiente, Daradoth, Taheem, Shared y Valeryan acordaron entrenar un rato con sus espadas. Durante el entrenamiento, fue evidente para el elfo que los vestalenses habían recibido un adiestramiento en combate que iba mucho más allá de lo habitual. Era más evidente en Taheem, con mucho el mejor espadachín de los dos. Ante la insistencia en las preguntas, finalmente el vestalense dio a entender tácitamente que efectivamente los Señores de la Esgrima de las leyendas no habían desaparecido completamente y aún quedaban unos pocos; en ningún momento reconoció ser uno de ellos, y su espadas por otra parte no lucían ningún distintivo, pero la evidencia era difícil de negar. También reveló que había pasado una larga temporada en Ercestria y por eso hablaba tan bien el idioma. Aquellos dos hermanos eran ciertamente interesantes...

La noche del segundo día, Symeon, cuyo pasado había sido dolorosamente removido por las confesiones de los dos hermanos, no pudo aguantar más el peso solitario de sus secretos, y decidió compartirlos en confesión emmanita con el hermano Aldur. No estaba preparado todavía para compartir con el resto del grupo su vergüenza, y de momento se liberaría con el secreto de confesión. Le contó a Aldur la historia de sus robos de reliquias, su obsesión por los artefactos antiguos, y cómo él y su esposa habían irrumpido en los Santuarios de Creá, llevándose el fragmento original del Libro de Aringill. Cuando los Guardias de Creá y los Susurros acudieron para reclamarlo, su esposa había huido con el libro, y su caravana fue masacrada. No sólo eso, sino que aquello degeneró en una espiral de violencia y el asesinato de casi todos los errantes en el Imperio. Symeon sentía que era el culpable de la muerte de cientos, quizá miles de errantes, y aquello estaba a punto de acabar con él. Aldur aceptó su confesión y le otorgó el perdón de Emmán, además de palabras de consuelo, lo que sirvió para calmar la ansiedad de Symeon y hacer más soportable su pena. Tenía que compartir aquello con sus amigos, pero no estaba preparado para que lo juzgaran aún.

A todo esto le siguieron cuatro días más de camino, tras los que llegaron al oasis de Itzar’Hakeem, bastante transitado pero por el que pasaron sin problemas. Tras refrescarse y descansar un poco, siguieron cinco horas más de discreta marcha por el desierto a través de multitud de dunas, hasta que finalmente divisaron lo que eran indudablemente carromatos de errantes, descoloridos por el sol y semienterrados en la arena. Al llegar al círculo de carros, algo sorprendió y horrorizó a Symeon a partes iguales: varios jóvenes errantes se encontraban recibiendo clases de combate con espada de un instructor vestalense. En total se veían aproximadamente una docena de vestalenses acompañando a la caravana; a todas luces insuficientes en caso de sufrir un ataque. Tras levantar miradas curiosas de los acampados, se acercó rápidamente a ellos el líder de los vestalenses reunidos allí: un hombre de avanzada edad pero no anciano todavía, que saludó efusivamente a Taheem y Shared. Lo primero que llamó la atención de Valeryan, Symeon y Faewald fue el colgante en forma de pergamino que colgaba del cuello del vestalense. Éste se presentó como Fajjeem, y confirmó sus sospechas: era uno de los miembros de la Liga del Saber. Según les explicó, los miembros de su hermandad también habían caído víctimas de los edictos que se habían promulgado últimamente en el Imperio, y varias heridas y vendas que lucía él mismo así lo atestiguaban; sólo se había podido salvar gracias a la intervención de Taheem y su hermano. Contentos de encontrar a gente moderada y no haberse metido de cabeza en una trampa, todos se dirigieron al carromato del líder de la caravana, Aravros. El anciano sonrió al ver a recién llegados, pero presentaba un aspecto general de abatimiento y varios vendajes que atestiguaban las dificultades que habían atravesado él y su pueblo últimamente.

Tras las presentaciones se desarrolló una conversación de intercambio de experiencias, en la que Fajjeem les reveló que antes de ser perseguido, había sido uno de los componentes rotativos del Consejo de Palacio en Denarea, y se encontraba en la corte en el momento del advenimiento del Ra’Akarah, un hombre bastante normal por otra parte, pero con un poder de convicción más allá de toda medida. La gente decía que había llegado desde el cielo, que había caminado sobre las aguas y que había resucitado a varios muertos de un poblado arrasado en la frontera con Sermia. Tras un largo rato, Symeon pidió con aire sombrío que lo dejaran a solas con Aravros. Los demás se extrañaron pero respetaron su deseo y salieron del carromato.

Acto seguido, Symeon procedió a contar su historia al anciano errante, cuya consternación fue en aumento hasta casi derramar lágrimas de tristeza. Symeon le transmitió su deseo de ser sometido a juicio por el consejo de la caravana. Aunque Aravros no quería considerarlo como culpable y su voluntad era de perdonarle, se plegó a los deseos de expiación de Symeon y le aseguró que transmitiría su petición al consejo, por otra parte diezmado y compuesto casi todo él de miembros más jóvenes de lo que desearía.

El grupo no tardó en tener una tienda a su disposición, y allí se derrumbaron para descansar, agotados.

Al atardecer, un enviado del consejo apareció reclamando la presencia de Symeon para someterse a juicio. El resto del grupo intercambió miradas de extrañeza, y acompañó al cabizbajo errante hasta el carromato de Aravros, frente al cual se había reunido el consejo. Cuando, ante el sombrío silencio de Symeon, preguntaron a sus acompañantes de qué cargos se le acusaba, estos sólo respondieron con una palabra: “genocidio”.


viernes, 2 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 12

Un viejo conocido
Ante la intensa desazón que le había causado la experiencia extrasensorial mientras había estado inconsciente, Aldur no tuvo más remedio que compartirla con el resto del grupo; el desahogo le vino bien, y para su sorpresa, Daradoth le dio una gran importancia, pues el elfo vio en su “sueño” trazas de una maldad ancestral de la que los eruditos elfos hablaban en ocasiones. Volvieron a discutir sobre el “Enemigo”, el enemigo con mayúsculas, que sin duda era algo más importante a lo que enfrentarse que aquellos vestalenses que batallaban por su religión. Aldur también compartió su frustración por no haber sabido distinguir a Emmán de un ser a todas luces maligno, y eso le preocupaba, pues le hacía plantearse si era digno de la gracia de su Señor. Los demás le tranquilizaron, y aunque el apoyo de sus amigos sirvió para calmarlo, no quedó tranquilo del todo.

La conversación sobre el enemigo mayor derivó después hacia Daradoth, que fue una vez más cuestionado sobre los motivos que le habían llevado a emprender un viaje tan largo y cuál era la situación en Doranna. El elfo planteó que quizá pudieran conseguir apoyo de su gente en Doranna, para lo cual igual sería buena idea viajar hasta allí; Valeryan se interesó sobremanera por la argumentación de Daradoth, e intentó sonsacar más información: le preguntó al elfo si su puesto era alto entre sus semejantes, si era un príncipe o algo así, a lo que Daradoth contestó negativamente; Symeon también preguntó, haciendo una analogía con Valeryan y ante las críticas del elfo a la misión que estaban llevando a cabo, si Daradoth seguiría las órdenes de su rey como lo estaba haciendo el noble Esthalio; la respuesta de Daradoth a esa pregunta fue un breve silencio, que planteó aún más dudas sobre el origen de su viaje.

Tras un par de días de duro pero tranquilo viaje por el desierto, el amanecer de la tercera jornada les saludó con un hecho inesperado: un extraño remolino oscuro se formaba hacia el oeste, a mucha altura. Más que oscuro, el remolino parecía rasgar el cielo azul del amanecer, dejando ver a su través un cielo estrellado y nocturno; a pesar de la innegable belleza del fenómeno, la brisa que comenzaba a levantarse procedente de aquel punto los hizo salir de cualquier ensoñación y huir lo más deprisa que pudieron a través de la arena y las dunas. Pasadas un par de horas, podía verse ya claramente que el remolino a lo lejos se convertía en un pequeño tornado que iba in crescendo rápidamente. Sin duda, se trataba del germen de una de las brutales tormentas sobrenaturales que parecían estallar en aquellos desiertos. Cuando el viento arreció y la arena empezó a azotarles, azuzaron aún más a los camellos; la mala suerte se cebó con Symeon, cuyo camello se rompió una pata y él mismo se desgarró algunos tendones en el hombro, retrasando su camino mientras recibía los cuidados de Aldur y de Faewald.

Por suerte, pudieron escapar de la tormenta con poco más que unos leves mareos, pues ésta se marchó en dirección contraria a ellos mientras se formaba. Poco después, entre el viento y la arena veían una decena de cuervos aparecer por el horizonte, y dirigirse hacia la nueva tormenta. Ocultándose como pudieron parecieron escapar a su atención, y nunca los vieron volver.

Tras cuatro jornadas más de marcha llegaban, agotados y quemados por el sol a Edeshet. La ciudad, un nudo de comunicaciones en medio del desierto, se asentaba sobre un trozo de tierra fértil alimentada por varios oasis y corrientes subterráneas, y tras atravesar varias granjas desperdigadas, fueron Symeon y Valeryan los que abrieron camino y reservaron habitaciones en una posada. Al atardecer, el grupo al completo entró en la ciudad y se dirigió a conseguir un anhelado descanso. Aquí y allá pudieron ver grupos organizados en campamentos, y lo poco que pudieron entender de lo que allí se decía les reveló que la mayoría eran cónclaves de peregrinos que viajaban (o que iban a iniciar viaje) juntos hacia Creá para ver al Ra’Akarah y recibir su bendición. Además, mientras veían todo esto, algo más serio llamó su atención: un carromato y varios jinetes que vestían ropajes negros y que lucían la enseña de los Heraldos de Vestän. La visión de los inquisidores les hizo arrebujarse en sus túnicas y capuchas, y por suerte, entre tanta gente, no llamaron su atención. Más tarde se enterarían de que en Edeshet se encontraba una de las Casas de Heraldos más importantes de todo el Imperio. Ya en la posada, en la sala común algo llamó la atención de Aldur, pero el cansancio hizo que no pudiera distinguir qué; sólo pensaba en una cama y una tinaja de agua que echarse por encima. Fue después, cuando ya llevaba un par de horas dormido cuando cayó en la cuenta de lo que había visto: uno de los presentes en la sala común de la taberna tenía el rostro de uno de sus antiguos compañeros novicios (y más tarde paladín), Averron. Se despertó lleno de lucidez y bajó a la sala común, pero a aquellas horas intempestivas ya no había nadie. No obstante, más tarde por la noche, alguien llamó a la puerta de su habitación, mientras Daradoth hacía guardia y el resto dormía (Aldur entre ellos). Daradoth abrió para encontrarse cara a cara con un desconocido vestido como vestalense y de aspecto indefinido que preguntaba por Aldur. Por supuesto, el elfo sospechó de sus intenciones y le hizo marcharse.

El día siguiente lo dedicaron a conseguir provisiones y equipo, y Aldur compartió con los demás la presencia en Edeshet de su compañero paladín. Su descripción coincidía con la del individuo al que Daradoth no había querido recibir en la habitación; aunque dedicaron el resto del día a buscarlo, no pudieron dar con él; tampoco podían mostrarse mucho, pues Aldur y, en menor medida, Daradoth, llamaban la atención allí donde iban y no querían provocar más problemas de los imprescindibles.

Pero por la noche se repitió la escena, y Averron vovió a llamar a la puerta de la habitación del grupo. Con un silencio contenido, Aldur y él se abrazaron, ambos reconfortados por la presencia de un antiguo amigo. En susurros, Averron contó que no estaba solo, le acompañaban al menos otro paladín y varios Hijos de Emmán; el Gran Maestre los había enviado tras un intenso adiestramiento en el idioma y las costumbres vestalenses para averiguar lo que pudieran de aquel misterioso Ra’Akarah e intentar infiltrarse en las filas enemigas. Incluso habían sido circuncidados para no levantar ningún tipo de sospecha. También les contó que él y sus compañeros se encontraban en una de las caravanas de peregrinos que iba a partir hacia Creá el día siguiente. Aldur, por su parte, aunque no explicó en su totalidad los detalles de su presencia allí, dejó claro que la intención era hacer algo muy drástico con el Ra’Akarah, lo que asomó una expresión de preocupación al rostro de Averron. Tras desearse suerte mutuamente y una breve oración a Emmán, Averron se marchó esperando que se unieran a su caravana la jornada siguiente o verles sanos y salvos más tarde.
Y así quedó el grupo de nuevo a solas, planteándose la conveniencia de practicarse realmente la circuncisión y quizá unirse a la caravana de peregrinos de Averron y los demás.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 11

Tormentas
El desastre de no encontrar el oasis los puso ante una grave disyuntiva: continuar camino arriesgándose a que en la siguiente parada les pasara lo mismo, o asegurarse y volver hacia atrás, perdiendo dos semanas de viaje. En el primer caso, Symeon no estaba seguro de que pudieran llegar con vida al final del viaje, pero en el segundo corrían el riesgo de exponerse a ser capturados por los vestalenses que ya debían de haber dado orden de busca y captura contra ellos.

Finalmente optaron por la opción de volver atrás, aunque Symeon planteó la posibilidad de utilizar el agua contenida en la joroba de los camellos para hacer posible el viaje.

Tras dos jornadas transcurridas de camino de vuelta, Daradoth pudo avistar a tiempo a dos de los enormes cuervos exploradores, pero mantuvieron siempre una gran distancia y no parecieron apercibirse de la presencia del grupo. El tercer día de camino tuvo lugar un evento más preocupante: una nueva tormenta que, aunque no se acercó a ellos, sí les provocó mareos y ligeras náuseas. Yuria fue la única, que, mirando a los demás extrañada, no pareció sentir ningún efecto adverso. La vista de la tormenta a lo lejos bastaba para amedrentarlos; en verdad debía de tratarse de fenómenos sobrenaturales, pues no creían que la fuerza de la naturaleza bastara para provocar aquellos fenómenos.

El día siguiente, mientras atravesaban penosamente las dunas esperando no encontrarse con ninguna sorpresa desagradable, Valeryan le señaló algo a Daradoth, algo en lontananza que había brillado, llamando su atención. Acercándose un poco, el elfo no tardó en reconocer un oasis, para consternación de Symeon, que juraba que en los mapas no figuraba ningún oasis en aquella posición. Pero sin duda se trataba de uno, y para aún mayor frustración del errante, sin duda se trataba del oasis del que, cuatro días atrás, no habían podido encontrar rastro. Era como si se hubiera movido de sitio; si aquello lo provocaban aquellas tormentas, razón de más para evitarlas.

Dejando de lado las preocupaciones por un momento, se regocijaron por poder refrescarse, bañarse y beber agua fresca y clara. Pero al poco rato, Daradoth daba la voz de alarma: tres cuervos se acercaban al pequeño bosquecillo. Todos corrieron a esconderse, camuflando también a los camellos. Los tres cuervos descendieron a poca distancia de los árboles, y se posaron con un estruendoso aleteo. Volvieron a ver la misma disposición: los extraños jinetes quedaban a lomos de los pájaros, mientras los dos vestalenses de cada uno descendían al suelo. Uno de los vestalenses se acercó, con cuidado y cara de extrañeza, y tocó varias hojas de arbustos y el tronco de un árbol. Relajándose a ojos vista, se giró hacia sus compañeros y en su áspero idioma les dijo “no hay que preocuparse, es real”. Los vestalenses empezaron a discutir entre ellos, diciendo que aquello era increíble y no entendían qué podía haber pasado. “Si los jinetes hablaran nuestro idioma, quizá podrían explicarnos esto”, dijeron. Acto seguido, tras beber y refrescarse, volvieron a los cuervos y remontaron el vuelo de nuevo. El grupo suspiró aliviado.

Tras la marcha de los vestalenses, aprovecharon para forrajear y buscar algunas hierbas útiles que se criaban en los oasis, y reaprovisionarse de agua. Aquello les permitiría volver a retomar la dirección original, y así lo hicieron, dirigiéndose de nuevo hacia el este.

Tras diez duros días de viaje, pudieron avistar a lo lejos el segundo oasis, afortunadamente no había desaparecido, y se alegraron por ello. Pero las sonrisas no acudieron a sus rostros, pues alrededor del oasis había un ejército vestalense acampado. Aldur apretó los puños, frustrado, y Valeryan chasqueó la lengua. No tuvieron más remedio que desmontar y refugiarse tras una duna, a salvo de las miradas de los enemigos, mientras la noche caía e improvisaban un refugio. Decidieron esperar para ver si las tropas levantaban el campamento y continuaban viaje. Pero algo imprevisto sucedió antes de que llegara el día siguiente: una nueva tormenta estalló de repente, sorprendiendo al ejército y provocando de nuevo que el grupo sintiera sensaciones extrañísimas. La tormenta era especialmente fuerte, y no tardaron en ser sepultados por la arena, mientras Symeon, Valeryan, Faewald, Aldur y Daradoth caían inconscientes uno a uno. Incluso Yuria sintió esta vez los efectos, suponía que debido a la intensidad del fenómeno y la prolongada exposición.

La inconsciencia envió a Aldur a un mundo distinto, quizá una esfera superior, donde una luz le tocó y le reconfortó. Extasiado, sintió cómo la Luz le tocaba físicamente, elevándolo a las alturas y diciéndole que se abriera a ella. ¿Acaso aquello no podía ser otra cosa que Emmán? Aldur abrió su ser a aquella Luz, aquella presencia majestuosa que sin duda lo acogería en su seno, llevándolo a un plano superior de existencia y bañándolo en su gloria… o quizá no, pues la Luz pronto comenzó a proyectar sombras, sombras que tocaron su alma y la congelaron, haciéndole sentir una agonía que apenas fue capaz de soportar. Una risa resonó en los más recónditos recovecos de su mente, burlándose de él y sus creencias: “SI TODOS SOIS TAN FÁCILES DE CONVENCER SERÁ INÚTIL TEMEROS, Y MUY FÁCIL ACABAR CON VOSOTROS”. Las carcajadas fueron en aumento hasta convertirse en un chillido absolutamente insoportable, mientras una mano helada agarraba lo más profundo del espíritu de Aldur e intentaba arrancarlo.

A oscuras en la tremenda ventisca, Aldur gritaba y se agitaba, sangrando profusamente por la nariz. Desesperados, en la más absoluta oscuridad, Yuria y Daradoth intentaban que el refugio no se hundiera bajo el peso de la arena; pero el elfo se sentía cada vez más y más mareado, y el aura que lo rodeaba aumentaba de intensidad, permitiendo que Yuria pudiera ver en la penumbra cómo se derrumbaba, con gritos de dolor; la propia Yuria no pudo aguantar sola el peso de la arena, y la lona se precipitó sobre ellos, aplastándolos, mientras la ercestre comenzó a respirar con dificultad debido a los fuertes vómitos que la sacudieron.

Daradoth no sabía lo que estaba ocurriendo; sentía un dolor indescriptible, y algo dentro de él parecía a punto de reventarlo y volverlo del revés. Afortunadamente, el joven elfo comprendió a tiempo lo que le sucedía, e intentó canalizar aquella mare que lo desbordaba en algo útil, mientras las venas de sus brazos y su cuello se tensaban como cables y su cabeza ardía con todas las llamas del infierno.



***



El silencio los envolvió de repente, con un estruendo sordo. La calma se hizo a su alrededor y el peso de la arena sobre ellos desapareció. Symeon, Yuria, Faewald y Valeryan recuperaron la consciencia, sorprendidos, mientras Aldur brillaba intensamente en el centro de la burbuja protectora que había erigido contra la tormenta, y gritaba. Un grito mudo que no eran capaces de oír, pero que se notaba en la carne, en los huesos. Aldur dejó de estremecerse mientras la sombra que le helaba el alma parecía escurrirse fuera de él gritando “¡NOOOOOOOOOO!”. El paladín recuperó la consciencia agarrotado, dolorido y con la sensación de haber sido mancillado, pero vivo al fin y al cabo.

Tras un intervalo de tiempo que nadie fue capaz de calcular, finalmente el aura que rodeaba a Daradoth desapareció, su rostro pareció relajarse, y cayó de bruces, inconsciente. La tormenta ya había pasado y se encontraban al raso, bajo un hermoso cielo estrellado, pero claramente desplazados hacia el sur unas diez leguas según los cálculos de Symeon.

Tras socorrer a Daradoth y descansar unas horas, se apresuraron a volver al oasis donde la tormenta les había sorprendido. Como esperaban, el ejército vestalense también había sido afectado, y sólo quedaban unos pocos restos de él alrededor del oasis, que por suerte había permanecido inalterado, aunque la mayoría de los árboles habían sido arrancados de cuajo. Capturaron a un superviviente, intentando sonsacarle información sobre sus propósitos y aquellas extrañas tormentas, pero no les pudo dar ninguna información útil.

Tras reunir varios camellos que se encontraban por los alrededores y reaprovisionarse de agua y comida, reanudaron su viaje hacia Edeshet conspicuos y pensativos. Sobre todo Aldur y Daradoth, cuyas respectivas experiencias habían dejado una marca que tardarían en borrar, si es que podían hacerlo.