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jueves, 21 de julio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 7

La Academia Militar Valley Forge (II). Un Idioma Extraño.

Niños en Valley Forge
 
En Albany, Robert se reunió con los abogados del bufete Jackson, Fairbanks & Others. Llegó a un acuerdo con ellos por el que harían todo lo posible para desvincular las pocas empresas que a Robert le interesaba sacar del acuerdo con Himmel im Erde e investigarían cualquier atisbo de ilegalidad en la operación. Manifestó su deseo de dejar de recibir los servicios de Weiss Crane y transferir todas sus operaciones a los de Albany, cosa con la que éstos no se mostraron demasiado entusiasmados, pero la suma en juego era considerable y “verían cómo encargarse de ello”.

Después de la reunión, Robert se encargó de tratar con los contactos de Michael para no interrumpir el flujo de negocio; pero la falta de material para la fabricación seguía siendo un problema para la distribución, y volvió a intentar ponerse en contacto con Georg; no tuvo éxito. Ante ello, decidió llamar a Judith, que seguía en Tel Aviv y tan bella como siempre. La israelí también se mostró preocupada por la desaparición de su amigo común; ella le dijo que tenía familia en Rusia y que haría lo que pudiera por encontrar al joven desaparecido. No obstante, Robert empezó a prepararse mentalmente para un próximo viaje a Moscú, quizá con escala en Israel.

Por la noche, Robert puso rumbo a Canadá, junto con dos de sus guardaespaldas y Michael, para llevar a éste al psiquiátrico con el que ya había contactado previamente. No notó en ningún momento que los hombres de Derek habían estado siguiendo todos sus movimientos desde su salida de Nueva York.

Mientras tanto, en Wayne, Pennsylvania, el resto del grupo encontraba algunas dificultades para poder pasar el segundo control de policía y militares. Pero al ver que en los maleteros de los coches (coches de la CCSA) llevaban todo tipo de equipación para defensa NBQ con el logotipo de la CCSA, los guardias dejaron de lado las reticencias y permitieron el acceso de los dos coches, que se detuvieron en el aparcamiento. Los hombres del segundo coche, agentes de la CCSA, permanecieron en el parking a la espera y como apoyo, mientras el resto se enfundaba en los trajes y se dirigía hacia el centro de control que habían establecido los militares unos metros más allá.

Allí se reunieron con el director del centro, George Ripley, y diferentes autoridades de la policía militar, policía civil y el ejército. A Derek le seguía extrañando la rapidez con la que se había dado la alarma sanitaria sin que aparentemente ningún funcionario de sanidad hubiera acudido al lugar. Y lo rápido que se había movilizado al ejército, aunque se tratara de una emergencia en un centro militar, también llamaba la atención; deberían darse prisa porque aquello olía a cuerno quemado.

En el centro de control, el director y los oficiales les informaron de lo que había sucedido. Los alumnos del bloque “C” habían empezado a comportarse de forma extraña unas semanas atrás, hablando en un idioma que parecían haber inventado por mera diversión. Al principio no le dieron importancia, pero cuando varios miembros adultos del personal del centro empezaron a utilizar también palabras en aquel idioma las cosas empezaron a volverse preocupantes. Era muy extraño; el ambiente en el bloque había empezado a ser más enrarecido, la luz menos brillante, hasta que directamente las tinieblas se habían apoderado de él; los alumnos se habían hecho cada vez más reclusivos, apartándose de los demás, y finalmente la noche anterior, tanto algunos adolescentes como algunos adultos habían atacado violentamente al personal que había intentado sacarlos de allí, incluso con algunas armas de fuego. Acto seguido habían llamado a las autoridades pertinentes y en poco más de media hora se decretaba la alerta sanitaria no se sabía muy bien por parte de quién.

Todo aquello apestaba a ocultismo y a conspiración, pero el hijo de Sigrid se encontraba alojado en el bloque C, y ella no se marcharía de allí sin Daniel. Patrick y Tomaso manifestaron su firme deseo de acompañarla y ayudarla a sacar al chaval de allí. Despidiéndose apresuradamente de los oficiales, que por otra parte se encontraban muy ocupados desalojando a todos los internos, se dirigieron hacia el bloque

Un escalofrío los recorrió. Tal y como les habían dicho, el efecto ya era visible desde el exterior: en medio de la noche, el edificio se encontraba inmerso en una extraña penumbra que los focos de los militares traspasaban a duras penas. Se acercaron a la puerta principal, y al adentrarse en las tinieblas sus corazones se estremecieron; Sigrid no pudo aguantar y tuvo que alejarse, causándoles un retraso que los puso muy nerviosos; pero finalmente, con ayuda de Patrick pudo reponerse y volver a la puerta principal, donde Tomaso rompió el cristal y les facilitó el acceso al vestíbulo. Sus pequeñas linternas apenas alumbraban la oscuridad; encendieron las luces, pero al igual que los focos del exterior apenas generaban un resplandor mortecino.

No tardaron en ver a los primeros dos niños en el vestíbulo. Sombríos y serios, transmitían una sensación de congoja a la que el grupo consiguió sobreponerse. No tardaron en hablar, en un idioma que ninguno pudo reconocer, ni siquiera comparar a algún otro. Las palabras parecieron introducirse en las mentes de Derek y Patrick, y comenzaron pronto a entender qué decían los niños: preguntaban si se iban a quedar, y si pretendían sacarlos de allí. Poco después los chavales salían corriendo y el grupo seguía su camino; llegaron al pie de unas escaleras que conducían a las habitaciones del primer piso, donde se hospedaba Daniel. Un niño más pequeño que los anteriores estaba allí, sentado en el último escalón; se sobresaltaron al verle, pues la penumbra apenas dejaba visibilidad un par o tres de metros. El niño les empezó a preguntar acerca de su estancia allí y de sus intenciones, en aquel grotesco lenguaje. Las palabras se movían en la mente de Patrick, que se quedó con la mirada perdida durante varios minutos, y Tomaso y Derek también notaron cómo se enroscaban en su interior. Mientras el niño hablaba, el techo tenuemente iluminado pareció cobrar vida con multitud de sombras que comenzaron a pasar a toda velocidad de una parte a otra; el grupo fue capaz de reconocer algunas de ellas: un verdugo, un rey, un peregrino, un monje… Tan rápido como aparecieron, desaparecieron cuando el techo se envolvió de nuevo en penumbra. Todo acabó cuando el niño, frustrado por la falta de caso del grupo, comenzó a gritar y se alejó adentrándose en las sombras. Pero eso sólo había sido un pequeño prólogo para lo que encontrarían en el primer piso, totalmente alterado cuando llegaron: el pasillo no parecía tener suelo pisable, sino que se abría a un profundo espacio vacío, y las puertas de las habitaciones habían sido sustituidas por una especie de singularidades, como agujeros de gusano, que se dilataban y encogían en una inmensidad que sus mentes no alcanzaban a comprender; en un momento dado, de uno de los agujeros de gusano surgió una figura enorme, majestuosa, que sólo pudieron calificar como “cósmica”; la luz de millones de estrellas brillaba en su interior, y toda su silueta era una ventana a la inmensidad del universo. Sin embargo, lo que representaba la silueta en sí no era difícil de reconocer: a todas luces representaba el epítome de lo que habría sido un verdugo en la edad media: la capucha, el hacha… en la inmensidad indescriptible que era la figura, esos detalles eran fácilmente adivinables, lo que quizá la hacía aún más difícil de comprender.

Por suerte, antes de que las mentes del grupo estallaran en una explosión de entendimiento, todo desapareció y volvió a la normalidad, sin causa aparente y sin solución de continuidad. Tras unos segundos de aturdimiento, Sigrid reaccionó y se dirigió a la carrera hacia la habitación de Daniel. Mientras se dirigían hacia allá, Derek pudo ver por el rabillo del ojo que una de las habitaciones de su izquierda no era tal, sino que la puerta era una ventana a una vista de un inmenso desierto donde millares de personas se encontraban hacinadas en campos de refugiados muriendo de hambre y sed. Le picó la curiosidad, pero prefirió no detenerse.

Cuando llegaron a la habitación del hijo de Sigrid, ésta estaba en perfecto orden, con todo recogido y ningún detalle de color visible: austera y oscura. De Daniel no había rastro por ningún lado, así que decidieron seguir buscando. Al salir al pasillo, de nuevo el vértigo de lo incomprensible. El corredor ya no era tal, sino un enorme palacio cuyas simples dimensiones estuvieron a punto de volverlos locos; y alrededor del palacio centenares de plataformas se alzaban; y sobre cada una de ellas, una figura análoga a la que habían visto aparecer en el pasillo antes. Y podían distinguirlas todas: un rey, un tirano, un verdugo, una mujer con alas, un peregrino, una madre con su hijo en brazos… Tomaso y Sigrid se echaron de rodillas al suelo, soportando a duras penas la inmensidad de aquello. En breves instantes todo desapareció de nuevo, y fue en su mayoría olvidado por sus pobres mentes humanas y racionales. Pero la sensación de que allí estaba ocurriendo algo muy gordo persistía, y se apresuraron aún más.

Tras descender a la planta baja y tener algún encuentro más con niños y adolescentes, por fin oyeron voces al fondo de un pasillo. En ese momento pudieron ver a través de una ventana cómo llegaban a la parte trasera del bloque varios coches, civiles y militares; las voces de los hombres de Derek a través del pinganillo confirmaban sus sospechas: según decían, habían llegado más agentes de sanidad y militares y habían tenido que retirarse discretamente; tras dar las órdenes pertinentes, Derek y el resto se dirigieron a través del pasillo para desembocar en la sala de conferencias. Allí se encontraban reunidos todos los alumnos del bloque, y en el estrado algunos adultos y los adolescentes más mayores, algunos de ellos con armas. Hablaban en el idioma extraño, por supuesto, y parecían muy tranquilos. Todos se callaron de repente cuando el grupo apareció superando a los niños que vigilaban la puerta. Y entonces, hablaron todos a la vez, provocando un torrente de palabras en sus mentes que casi los sumen en la inconsciencia. Tomaso y Patrick fueron casi completamente poseídos por la lengua en ese momento [punto de destino de Sigrid]. Justo entonces comenzaron a oírse disparos en la parte delantera del edificio; poco a poco, calmadamente, los adultos y adolescentes del estrado fueron saliendo para dirigirse a defender a los suyos, y Tomaso y Patrick se incorporaron a ellos. Derek tuvo que actuar: dejó inconsciente a Patrick, pero a Tomaso no pudo alcanzarlo; mientras, Sigrid había encontrado a su en el anfiteatro de asientos. Confiando en que Tomaso podría cuidar de sí mismo, salieron de allí.

Segundos después, uno de los muchachos recibía un tiro en la cabeza al lado de Tomaso. Éste salió de su ensoñación [punto de destino] y de repente fue consciente de que estaba arriesgando su vida. Al lado de la entrada, varios civiles disparaban sus armas; unos cuantos militares yacían en el suelo con disparos en la espalda, Tomaso supuso que asesinados por los mismos civiles que ahora se cebaban con los adolescentes. El joven italiano se sorprendió al reconocer entre los civiles al tal Nikos Kostas, que el día anterior había hablado con sus compañeros en la cafetería; no pareció reconocer a Tomaso, que durante el encuentro había estado discretamente sentado en la barra. Propinando una fuerte patada a un tipo que tenía cerca, se impulsó hacia la parte de atrás. Salió por la misma puerta que el resto del grupo, alcanzándolos rápidamente. A pesar de que algunos civiles indicaron a un grupo de militares que los persiguieran, finalmente se reunían con los hombres de Derek y lograban escapar, con Daniel debidamente inmovilizado. Les llevaría horas asimilar aquella experiencia.

De vuelta a Nueva York, Derek recibía una llamada de sus hombres, informándole de que Robert había estado reunido varias horas en un bufete de abogados de Albany y luego reuniéndose con varias personas. En ese momento se dirigía hacia Canadá con Michael Stevenson y un par de guardaespaldas; y lo más raro era que al menos tres coches más se encontraban siguiendo los movimientos del magnate. Derek, cansado de aquello, ordenó que tomaran todas las medidas necesarias para traer a Robert a la oficina. De madrugada, los hombres de Derek esquivaban al resto de perseguidores, entraban en el hotel y sedaban a los guardaespaldas de Robert. Al despertar a éste y pedirle que los acompañara a la CCSA, el empresario pidió permiso para llamar a su jefe, y se lo concedieron: llamó indignado a Derek, y éste le aseguró que le tenía que contar algo muy gordo que les había ocurrido. A mitad de conversación Robert dejó de hablar; se había quedado con la mirada perdida, ante lo que los agentes pidieron instrucciones a su jefe. Las órdenes siguieron siendo las mismas (además de dejar instrucciones a los guardaespaldas para que llevaran a Michael al psiquiátrico), y pocas horas después aparecían en la oficina llevando a Robert en su estado de ausencia.

Mientras tanto, durante ese tiempo, el resto del grupo se reunió en la sala de interrogatorios para hacer pruebas con lo que podían recordar de la extraña lengua de la academia, mientras mantenían a Daniel sedado. Intentaron escribir algunas palabras, pero al transcribir a papel, al poco rato se daban cuenta de que lo que escribían era inglés. Además, cada vez que pronunciaban algunas palabras o escuchaban la grabación, sus mentes parecían traicionarles y empezar a formar nuevas palabras, así que prefirieron poner un punto y aparte en aquella investigación. Por su parte, Tomaso y Sally se dedicaron a investigar sucesos parecidos, pero no encontraron nada igual, únicamente algunas referencias a exorcismos.

Tras salir de su estado de ausencia, Robert despertó en la sala de reuniones de la CCSA, donde una agente lo vigilaba. Pronto se reunía el grupo al completo. Volvieron a preguntar a Robert sobre esos extraños estados de fuga, y éste volvió a contar que no había sufrido ninguno desde el tratamiento de Rhyckon Larsen/Henry Clarkson. Y que se habían originado al tocar el extraño monolito negro del que le había hablado Michael tras su estancia en la cárcel. Después de contar a Robert todo lo que les había ocurrido en la academia, la conversación derivó de nuevo hacia el extraño monolito. Quizá podrían hacer una visita rápida a la mansión donde decía Robert que se encontraba...

viernes, 8 de julio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 6

Nikos Kostas. La Academia Militar de Valley Forge.
Aprovechando que se encontraban a solas, Derek enseñó su posesión más preciada (a la vez que extraña) a Sigrid: el presunto mapa con extraños caracteres que alguien había hecho llegar a sus padres junto a él cuando todavía no era más que un bebé. Los ojos de la anticuaria centellearon cuando se dio cuenta de lo valiosa que debía de ser aquella pieza. Tras unos minutos de recapacitación, reconoció los caracteres a pesar de no tener conocimiento alguno de ellos: sin lugar a dudas había visto un conjunto de ellos en el mapa de Platón que se había puesto a la venta en la subasta del Excelsior. Los símbolos parecían influenciados por el egipcio antiguo y quizá por el arameo. La diferencia de la que estaba convencida era que en el mapa de Platón los símbolos parecían tener un carácter meramente decorativo, pero en este “mapa” —Sigrid tenía sus dudas acerca de poder llamarlo así— sí que parecían ser un texto real. Poco más podía decir del pergamino sin consultar obras de referencia en alguna biblioteca. Derek le agradeció la información, y le dio permiso para hacer algunas fotos y seguir con la labor de documentación.

También le enseñó el manuscrito que acompañaba al “mapa”, escrito ya en papel (aunque antiguo) con los mismos símbolos que aparecían en este. Sigrid lo fotografió minuciosamente, a la espera de poder investigarlo con tranquilidad.

Derek y Tomaso tuvieron después una comprometida conversación. El italiano se sinceró respecto a su profesión y su relación con el mundo de la mafia neoyorquina, aunque afirmó no participar en los asuntos más sangrientos. Se sinceró como muestra de buena voluntad, y así la aceptó Derek, que decidió confiar en que su mujer y sus hijos estarían a salvo en la mansión italiana donde vivía la hermana de Tomaso.

Mientras tanto, Sigrid recibía una llamada al móvil: se trataba de ¡Mark Archer! Por fin recibía noticias de uno de sus contactos anteriores a la explosión del hotel. Archer le transmitió su alegría al saber que estaba bien y la citó en una cafetería de Brooklyn. Hacia allí salieron Sigrid, Derek, Patrick y Tomaso. Archer se alegró sinceramente de ver a su colega anticuaria y acto seguido comentaron todo lo que había pasado en el hotel: Mark se había salvado milagrosamente al haber bajado a su habitación para coger unos papeles. Al ver correr a unos tipos con armas hacia la planta de arriba decidió no salir, y cuando se desató el caos corrió por las escaleras de servicio y huyó. A ojos de Patrick parecía sincero. Mientras Sigrid le preguntaba por los demás asistentes, alguien entró en la cafetería, un hombre vestido incluso mejor que Tomaso (que se había quedado apartado tomando algo en la barra discretamente) acompañado de dos tipos trajeados que parecían montañas. Se dirigió a la mesa, poniendo a todos los presentes en guardia. Mark Archer lo reconoció enseguida, y le estrechó la mano; lo presentó como Nikos Kostas. Sigrid reconoció el nombre: el millonario griego, estrecho colaborador del anticuario y librero Paul van Dorn, que también había estado presente en la subasta. Kostas presentaba algunos cortes en la cara, supuestamente testimonio de la explosión, y se disculpó ante Archer, pues según afirmó, lo había estado siguiendo con la esperanza de averiguar más cosas de lo sucedido en la subasta. El griego sonrió, e instantáneamente todos los presentes se sintieron (¿anormalmente?) cómodos con su presencia; parecía un tipo honesto y dispuesto a ayudar. Intentó averiguar todo lo que pudo sobre lo sucedido en la subasta, y ver si el grupo podía conducirle a alguien que supiera algo más. Se mencionó a Alex Abel y la Nueva Inquisicion, a los extraños gemelos Angel y Amir, que hicieron perder el control de los presentes la segunda noche, y lo extraño de que Sigrid fuera la única a la que habían dejado salir del hospital después de que el FBI decidiera poner la planta en aislamiento. No obstante, la vehemencia de Sigrid insistiendo en su ignorancia sobre lo que podía haber ocurrido y acerca de quién era aquella gente de la Nueva Inquisición pareció convencerle y decidió dejarles su tarjeta, despedirse (educadamente y pagando la cuenta) y marcharse.

Poco después se despedían también de Mark, deseándole suerte.

Desde la cafetería, Patrick se marchó directamente al restaurante con cuyo camarero había quedado varios días antes para conseguir más Polvo de Dios. Sin embargo, una vez allí el chaval no pudo venderle nada; aseguraba que hacía días se había interrumpido el suministro y no tenía nada para él. Las habilidades sociales de Patrick salieron a la luz con toda su fuerza, y consiguió convencer al camarero para que le diera el nombre de su suministrador. Tras hablar con un par de tipos y hacer unas cuantas averiguaciones, por fin llegó al que parecía el camello de más alto nivel, un tal Travish McHale. Pero la casa donde vivía, a las afueras de la ciudad, estaba fuertemente custodiada por tipos armados, así que decidió desistir de su intento de conseguir la droga y dejarlo para otro día. El alcohol debería bastar esa noche.

Entre tanto, Tomaso y Sally habían estado investigando sobre los nombres de todos los implicados en la subasta que Sigrid les había dado, pero no tuvieron éxito en descubrir nada que no fuera del dominio público.

Ya en la oficina, Patrick mencionó a la agente de la CCSA Stephanie (que había demostrado previamente su valía al averiguar hechos muy poco evidentes sobre Lupita y la situación en México) el nombre del narcotraficante, Travish McHale; seducida por la labia del procesor, Stephanie le reveló que el tal McHale había estado implicado hacía un par de noches en una operación de la CCSA, pero que ésta había sido frustrada debido a una filtración y la llegada de elementos imprevistos a la escena.

Robert se marchó a Albany por la mañana para encontrarse con los abogados, seguido de cerca por los hombres que lo vigilaban, que informaban puntualmente a Derek. Los agentes tambíen informaron de un trasiego de vehículos importante donde Robert se alojaba.

Más tarde, Derek, Patrick y Sigrid se dirigieron a una clínica privada para realizar el TAC de esta última y descartar que tuviera algún tipo de chip insertado en el cuerpo. Cuando todo estaba ya preparado, Patrick tuvo una horrible sensación de peligro y detectó en las auras de los doctores y enfermeros una clara intención de traición. Al punto, instó a sus compañeros a salir de allí sin hacer preguntas. El personal intentó por todos los medios retenerlos, y Derek incluso llegó a las manos con un guardia de seguridad; tras unos segundos de pelea y tensión, consiguieron salir a la calle, donde un par de vehículos frenaban bruscamente y tipos trajeados los abandonaban; Derek sacó su arma y comenzó a disparar. Eso les hizo ganar el tiempo suficiente para correr hasta la esquina y coger un taxi que les sacó de allí rápidamente. La intuición de Patrick había funcionado una vez más, por suerte.

A salvo en la oficina (bueno, todo lo a salvo que pudieran estar dada la situación), Sigrid aprovechó para llamar de nuevo a Valley Forge y ver cómo iban los trámites para que su hijo Eirik se marchara de allí. No esperaba lo que ocurrió. No hubo manera de hacerse con nadie en el bloque donde se encontraba internado Eirik, y todo el mundo con el que la transferían le contestaba dándole largas, diciendo que había problemas en las comunicaciones y excusas varias. Desde luego, algo no iba bien en la academia, y Sigrid no estaba segura de que tuviera algo que ver con las conexiones o la tecnología.

La anticuaria transmitió su preocupación al resto del grupo; cuando les contó todas las cosas extrañas que le habían puesto como excusa, todos empatizaron con ella y acordaron dirigirse hacia Valley Forge para sacar a Eirik de una vez por todas de allí y poder así abandonar el país. No esperaron, y pronto dos coches de la Agencia, uno con el grupo al completo (excepto Robert) y otro con agentes de Derek, tomaban la carretera hacia Wayne, Pennsylvania, a unos 150 km al suroeste de Manhattan. Poco después de tomar el desvío de la pequeña carretera que conducía al complejo, fueron detenidos por un control militar. Los soldados les explicaron que el acceso a la academia estaba restringido porque se había declarado una emergencia sanitaria. Automáticamente, Derek les enseñó su credencial de la CCSA y con un poco de charlatanería, entre él y Patrick convencieron a los militares de que todos ellos trabajaban para la agencia; tras consultar con un superior, los soldados les permitieron pasar. Además avisarían al segundo control que se encontraba a la entrada de su llegada.

Poco después avistaban el complejo, y el segundo control militar que se encontraba ante la verja de la entrada, equipados con mascarillas de protección.


viernes, 24 de junio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 5

El congresista Ackerman y la verdad sobre la CCSA
Durante el desayuno, con Robert de vuelta ya en la oficina de la CCSA, el grupo conversó acerca de la oferta que Himmel im Erde había ofrecido por Chemicorp y de cuál habría de ser su siguiente movimiento. Patrick manifestó su deseo de dirigirse a México para averiguar todo lo posible sobre su ahijada, contraviniendo las exigencias que los desconocidos les habían pretendido impone; los demás consiguieron convencerle para no actuar precipitadamente y meditar antes y de forma conjunta sus decisiones.

Durante la mañana, una de las agentes de Derek, Stephanie, apareció con novedades sobre la situación de México. Después de realizar una encomiable labor cruzando datos de distintos informes y noticias más o menos oscuras, Stephanie había podido deducir que en la zona de México donde vivía Lupita, varias poblaciones cercanas habían sido atacadas por no se sabía muy bien quién. La teoría más plausible era la de un grupo de narcos paramilitares, pero nadie lo afirmaba con rotundidad. Además, varias docenas de niñas de entre cuatro y seis años habían desaparecido de esos poblados, en un radio de pocos kilómetros. Abrumado por la cantidad de datos y la pericia que su subalterna había demostrado para cotejarlos, Derek la felicitó efusivamente. El descubrimiento de Stephanie, unido a las amenazas de los desconocidos, reafirmaron al director en su convicción de que antes de México deberían viajar a cualquier otro sitio, como por ejemplo a Inglaterra, para visitar a su antiguo conocido, sir Ian Stokehall; como ya había expuesto en alguna ocasión anterior, tenía la esperanza de que el aristócrata les pudiera revelar algo más de información.

Tomaso, por su parte, se marchó a visitar a su primo, el párroco Bonelli. Al manifestarle su intención de abandonar el país con urgencia, Dominic se mostró preocupado y expuso a su vez que en los últimos días parecía haber gente extraña rondando por la iglesia: creía que lo tenían bajo vigilancia, y algunos no habituales demasiado reservados se habían incorporado a las liturgias diarias. Tomado lo tranquilizó, y le aseguró que esa gente se marcharía en cuanto él dejara el país; mientras tanto, dejaba a Dominic encargado de cuidar a su madre. Se despidió y cerró el resto de sus asuntos.

A mediodía, Derek acudió por fin a reunirse con su amigo, el congresista Philip Ackerman. Después de cambiar varias veces de coche a instancias de los miembros del personal de seguridad, llegó a un discreto sitio al este del Bronx donde le esperaba Ackerman acompañado de una mujer joven, desconocida para Derek. Se saludó efusivamente con su amigo, que le presentó a la joven: se trataba de Sally Whitfield, periodista; ante el gesto de desconcierto de Derek, Philip se apresuró a explicarle que Sally le había sido de mucha ayuda pero que eso la había puesto en peligro, y había tenido que traerla a Nueva York. El congresista pasó a realizar una larga exposición sobre cosas extrañas que estaban ocurriendo en el congreso y las altas esferas políticas de los Estados Unidos. Día sí y día también se aprobaban confidencialmente medidas que de haberse hecho públicas habrían tenido un fuerte impacto en la opinión pública: movimientos de tropas, desplazamiento de armas, intervenciones militares… Sally había colaborado en la intención de exponerlas al público, y por eso ahora necesitaba desaparecer un tiempo, así que dejaba encargado a Derek de velar por su seguridad. La iniciativa de la identificación única, por ejemplo, era del dominio público, pero lo que poca gente sabía era que se había hecho en connivencia con los gobiernos de Rusia y de China, que estaban aplicando medidas similares. Además, le habló de lo que en realidad había pretendido al crear la CCSA: tener un organismo independiente de las grandes agencias que se encargara de todos los hechos extraños que estaban sucediendo últimamente. Los hechos extraños de los que Derek también le habló se habían multiplicado en los últimos meses en Washington e incluso en el entorno del gobierno, y eso preocupaba seriamente al congresista, que por otra parte se había apresurado a aglutinar en torno a sí un pequeño grupo de opositores a la política que se estaba llevando a cabo. Gente con miembros amputados, desangrada sin heridas visibles, personas que se comportaban como animales, otros que decían haber visto cómo un tío reventaba a otro con sólo señalarlo con el dedo… los acontecimientos aparentemente sobrenaturales se habían hecho frecuentes y eso no podía ser bueno. Ackerman también se mostró compungido al afirmar que había perdido la lealtad de las delegaciones de la CCSA en Los Ángeles y Chicago, y que sólo confiaba plenamente en Nueva York, donde Derek era el director. El punto álgido de la conversación llegó cuando el congresista dirigió un gesto a uno de sus hombres y éste acercó un portátil, donde el primero insertó un lápiz USB y arrancó la reproducción de un vídeo. El vídeo había sido filmado con una cámara oculta en los servicios del congreso, algo totalmente ilegal, pero que Ackerman, como miembro del comité de seguridad había creído conveniente hacer contraviniendo algunas leyes. A los pocos segundos de grabación, entraba en el servicio el congresista George Patterson, aquejado de una acusada cojera. Cerró la puerta principal del aseo y se situó ante el espejo. Acto seguido se quitaba la chaqueta y la camisa y comenzaba a hurgar en su costado; los ojos de Derek se abrieron mucho cuando, fuera de toda duda, el congresista parecía abrir literalmente sus carnes sin provocar una hemorragia y dejar ver un pequeño brillo en su interior; tras unos segundos de manipulación, volvía a ponerse la ropa y la cojera había desaparecido. Aquel vídeo demostraba que Patterson, al menos en parte, no era humano. Eso convenció totalmente a Derek de lo acertado de las elucubraciones de su amigo.

Con gesto serio, Philip entregó un maletín a Derek: contenía unos cuantos chips que insertados en el correspondiente teléfono encriptaban la comunicación de la forma más segura que existía. A partir de entonces no se comunicarían si no era de aquella manera. Derek también aprovechó para poner al tanto al congresista de su posible salida del país, pero sólo por unos días. Éste insistió en que no la prolongara demasiado, porque seguramente lo necesitaría en el futuro próximo. Al fin, se despidieron y Derek se llevó a Sally a la oficina.

Robert habló con Tomaso por teléfono, dado su bagaje, para intentar convencer al italiano de provocar un “accidente” que quitara de enmedio a los bastardos de Himmel im Erde. No obstante, Tomaso se opuso a tal método, lo que no dejó de sorprender a Robert. Tomaso sí atendió la segunda petición de Derek: que alguien de confianza registrara la sede de WCA; pero cuando el joven contactó con sus amigos de la mafia, todos se opusieron a tal cosa: WCA eran quienes se encargaban de arreglarles todos los asuntos legales.

De vuelta todos en la oficina, Derek les explicó (sin revelar la identidad de su amigo) lo que había averiguado. Presentó a Sally y les contó la verdad sobre la CCSA, de la que él mismo se había enterado hacía un par de horas escasas. La agencia se había creado para ser un organismo aparte de FBI, CIA y NSA, que estaban llenas de influencias de dudosas intenciones, lo que coincidía con los acontecimientos que habían vivido últimamente. Les contó lo de los hechos extraños (incluyendo el vídeo, que turbó profundamente a Patrick y provocó su consumo de una papelina de Polvo de Dios), y que el congresista le había contado que los documentos de la identificación única estarían equipados con chips que seguramente luego pretenderían implantar en las personas. Todos miraron a Sigrid y su dolor de nuca, escamados, pero la detección que habían llevado a cabo había dado resultados negativos y tendrían que volver a intentarlo con más medios (quizá con un TAC).

Tras unos segundos de silencio, Tomaso sugirió que todos los sentados a la mesa deberían sincerarse y exponer sus secretos a los demás. En ese momento, Robert recibió (muy oportunamente) una llamada de Alton Cook, instándole a reunirse; así que el ejecutivo aprovechó para excusarse y ausentarse. Derek, escamado, encargó a dos de sus agentes que lo siguieran.

Con Robert ausente ya, Sally pidió un portátil para presentar a unos amigos al grupo. Tapó la cámara para no revelar las identidades de los presentes y a los pocos segundos, un tipo con una máscara de V de Vendetta se veía en pantalla. Sally lo presentó como “Z”, del grupo de hackers Omega Prime. Gracias a ellos, Sally había podido escapar de un atentado contra su vida, y desde entonces se habían dedicado a ayudar a Ackerman en su particular cruzada. El grupo no tardó en pedirles los primeros trabajos: registros sobre los hermanos desaparecidos de Patrick e información sobre ocultismo y niños de 5 años.

Mientras Sigrid hablaba con la academia militar para sacar a su hijo de allí lo antes posible, Robert se reunía con Alton Cook, Ethan Ward, Michael Johnson y Shelley Goodal. Todos se mostraban en contra de vender la empresa y pedían un curso de acción común. Según Cook, Erde und Mahl era una empresa alemana ya operativa durante la Segunda Guerra Mundial, encargada del desarrollo de armas experimentales. Más tarde fue absorbida por multinacionales, fusionada, comprada… pero extrañamente siempre salió a flote el mismo nombre. Era una empresa de perfil bajo, extremadamente estable en bolsa, y no entendía por qué ahora se interesaban tanto por Chemicorp. Ethan Ward reveló que algunos de los miembros que se mostraban a favor de la venta (los hermanos Callum y Liah Woodman, y Mason Rose) estaban siendo coaccionados de alguna manera para vender su paquete de acciones. Fuentes que no reveló le habían enseñado ciertos correos electrónicos comprometedores, y estaba muy seguro de lo que decía. Robert sumó rápidamente; entre los presentes y los coaccionados sumaban un 54% de las acciones, suficiente para oponerse a la venta.

Acabada la reunión y muy preocupado, Robert tomó la decisión de desvincular sus empresas “fetiche” del grupo Chemicorp, para evitar su venta. Contactó con un bufete en Albany, y concertó una cita para el día siguiente.

jueves, 9 de junio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 4

Encuentros en la sombra. Una oferta sospechosa
Tras hacer algunos preparativos e investigaciones, partieron hacia el motel Green Oaks, siguiendo las instrucciones que la distorsionada voz había indicado a Patrick por teléfono. Derek encargó a un grupo de sus hombres que les siguiera a varios minutos de distancia por si ocurría algo.

El Motel Green Oaks
Partieron en dos coches, Derek en un cuatro por cuatro y el resto en un coche convencional. Se aseguraron de que nadie les seguía, y a pocos kilómetros del punto de encuentro intentaron acercarse por caminos distintos. Derek se desvió, tomando unas sendas que habían visto en imágenes satélite, pero no tardó en encontrarse con una barrera que le impedía el paso; un gran tronco bloqueaba el sendero que conducía hacia el motel por el este, y era evidente que alguien lo había situado así para evitar visitas inesperadas. El agente no tuvo más remedio que volver a la carretera y alcanzar a sus compañeros a toda prisa. Estos llegaron sin problemas al hotel, tras tomar el desvío que indicaba un desvencijado poste anunciador. Llegaron a la altura del edificio de recepción, donde una barrera impedía el paso. Tomaso levantó la barrera y pudieron echar un primer vistazo al lugar; el motel estaba abandonado desde hacía unos años, y el camino describía una amplia curva a cuya vera se levantaban una docena de bungalows, cada cual más desvencijado. No pudieron dejar de notar que una de las casas lucía un aspecto más cuidado que las otras. El camino se curvaba hasta volver hasta el edificio de recepción y la barrera. Cuando llegaban de nuevo a la entrada pudieron oír un motor: Derek llegaba por el camino, pisando a fondo.

Fuera de los coches pudieron disfrutar de una visión más amplia del lugar. A pocos metros se alzaba un poste de iluminación, y el ojo experto de Derek no tardó en detectar que sobre cada uno de los destrozados focos se encontraban cámaras en perfecto estado que seguramente estarían grabando cada uno de sus pasos.

Tras discutirlo unos instantes, y ante la manifiesta ausencia de cualquier presencia indeseada, decidieron entrar al bungalow que habían reconocido como más cuidado. Condujeron con todo el cuidado y el sigilo del mundo hasta la puerta. Pero una vez allí no se anduvieron con chiquitas: la puerta estaba cerrada, así que la reventaron con una escopeta recortada. Al abrir la puerta, la escena que contemplaron no era en absoluto lo que esperaban. La luz estaba encendida en la amplia estancia, que había sido vaciada y tenía por todo mobiliario una mesa con media docena de sillas. Y tres televisores colgados de sendas paredes. Patrick se estremeció cuando en uno de ellos reconoció la silueta de Sigrid, al parecer inconsciente pero viva. En las otras dos pantallas se podía ver la silueta de dos hombres en penumbra. Uno de ellos —la voz distorsionada— les invitó a pasar y sentarse a la mesa; así lo hicieron, mirando suspicazmente alrededor.

Lo primero que hicieron los desconocidos, ambos con la voz alterada, fue disculparse ante Robert y los demás por lo sucedido el día anterior en la mansión; les aseguraron que los responsables de tamaño salvajismo habían sido “debidamente amonestados” y apartados de su camino. A continuación siguió una conversación salpicada de amenazas veladas (y no tan veladas) sobre el papel que el grupo estaba tomando en ciertos acontecimientos que escapaban a su comprensión, en un entorno al que los desconocidos se refirieron como “círculos ocultistas” o “mundo oscuro”. Exigieron también detalles sobre lo sucedido en la subasta y no respondieron a ninguno de los requerimientos del grupo. Durante su discurso, se refirieron específicamente a cada uno de los presentes con distintos argumentos: se preguntaron qué hacía un señor como Robert con tales compañeros; a Derek le exigieron que acabara con la relación que le unía con el congresista Philip Ackerman; a Patrick le amenazaron con acabar con él si intentaba encontrar a “la niña” (Lupita, obviamente) y a Tomaso le dieron a entender que podrían perjudicar su vida de formas que no alcanzaría ni a imaginar. Para no llevar a cabo sus amenazas (según afirmaban estaban cansados de muerte y cadáveres), todo lo que pedían era que el grupo se apartara de los asuntos ocultistas en los que se estaban entrometiendo, y que salieran del país y mantuvieran un perfil bajo en adelante; además, como ya habían mencionado, que Derek cortara su contacto con Ackerman y que Patrick se olvidara definitivamente de Lupita. Se deberían marchar del país a Europa, a Sudamérica o a donde quiera que fuera, pero lo importante es que no volvieran a cruzarse en su camino.

—Podrán encontrar a su amiga en el edificio de recepción, sana y salva. Tomen esto como un acto de buena voluntad por nuestra parte —con esta frase, los televisores y la luz se apagaron, dejando al grupo en una incómoda penumbra.

Salieron de allí a toda prisa, y pudieron ver otro helicóptero negro como el que les había atacado muy arriba, apenas un punto. Como les habían dicho, en una mecedora situada en el porche del edificio de recepción se encontraba Sigrid, totalmente sedada. La recogieron y se largaron sin entretenerse.

Ya en las oficinas de la CCSA Sigrid consiguió recuperar la consciencia totalmente y recordar todo lo sucedido durante la subasta. Se alegró al reconocer a Patrick, y se apresuró a llamar a sus hijos y su marido. Éste no contestó a sus llamadas, y sus hijos parecían estar bien, aunque preocupados. En concreto, Daniel le comentó algunas cosas que le habían parecido extrañas en la academia militar y Sigrid, preocupada, envió algunos mensajes con la intención de sacarlo de allí durante unos meses.

Más calmada, la anticuaria se reunió con el resto del grupo para compartir sus experiencias mutuas. Durante la conversación, acabado el efecto de los sedantes, Sigrid comenzó a notar un dolor leve pero punzante en la nuca, como en algunos otros sitios de su cuerpo; no habían sido pocos los cascotes que la habían alcanzado en la explosión, y diversos moratones y brechas cosidas así lo atestiguaban. No obstante, en la nuca no parecía tener ninguna cicatriz.

Poco después, Robert recibía una llamada de uno de los miembros del consejo de administración de Chemicorp que menos odiaba, Alton Cook. El hombre le instaba a correr a la central “si quería conservar su empresa”. Aterrado, Robert ni siquiera se despidió de los demás; salió como una exhalación y no tardó en llegar a la sede, en el distrito financiero. Entró sin ceremonias en la sala de reuniones del consejo, donde doce de los catorce miembros le esperaban ya, avisados por recepción. Lewis Griffith, el subdirector del consejo y una de las personas más detestadas por Robert, le presentó a los dos únicos desconocidos presentes: Joel Harrod y Susan Coburn, de la multinacional Erde & Mahl. Robert arqueó las cejas: E&M era una empresa muy poco conocida, pero sobe la que él sí había investigado en el pasado; llamaba la atención su nivel de cotización en bolsa, un nivel estable incluso en épocas de crisis. Griffith le expuso también la situación: E&M estaba interesada en adquirir Chemicorp, ofreciendo por el paquete de acciones de control la bonita suma de un billón de dólares, además algunas otras prebendas complementarias. A continuación, pasaron a discutir los detalles de la posible operación, en un tira y afloja que duró un par de horas.

Mientras tanto, Patrick, indignado por la condescendencia con que habían sido tratados, decidió oponerse con todas sus fuerzas a aquellos malnacidos que intentaban controlarlos. Así que se reunió con Tomaso, a todas luces mucho más que un representante de modelos, y le pidió ayuda para tratar de encontrar a Lupita, investigar la situación en México, y averiguar algo más sobre el mundo ocultista. Derek, por su parte, recibía un mensaje de Robert pidiéndole que averiguara todo lo que pudiera sobre una empresa llamada Erde & Mahl.

Durante la conversación en la que los representantes de Erde & Mahl expusieron los detalles de la adquisición de Chemicorp, a Robert le quedaron claras algunas posturas: siete de los miembros del consejo (entre ellos Lewis Griffith) se posicionaban claramente a favor de la venta, y dos de ellos, Alton Cook y Nathan Ward, se mostraron absolutamente en contra. Cook expuso a Robert en voz baja sus sospechas de que algo olía a podrido en la rapidez con la que Griffith quería solventar la transacción, y que no iba a consentir que aquello tuviera lugar.

Una vez finalizada la exposición y limados varios puntos de fricción expuestos por los consejeros, Harrod y Coburn se despidieron de los reunidos. El primero, sonriente, estrechó la mano de Robert y se inclinó para poner su otra mano en su hombro.

—Tengo esperanzas de que lleguemos a un acuerdo satisfactorio para todos, señor McMurdock —dijo Harrod, e inclinándose aún más, susurró—, y más teniendo en cuenta que pronto tendrá que salir del país.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 3

Ataque Frontal. Una vieja amiga
Tras la charla con Michael, Tomaso fue informado por los criados de que el señor McMurdock ya había llegado. Al parecer, había pasado la noche fuera; y así era, pero en circunstancias algo extrañas: Robert no recordaba nada desde el momento en que le había colgado el teléfono a Michael la noche anterior hasta que había aparecido hacía escasos minutos en la verja de su mansión. Uno de sus hombres de seguridad, alertado, lo sacó de la ensoñación en la que aparentemente se encontraba inmerso. No era la primera vez que ocurría, así que tampoco cogió al servicio desprevenido.

Poco después, recuperado de la impresión aunque bastante cansado, Robert recibía a Tomaso en su despacho. El italiano le contó todo lo que había descubierto la noche anterior en su investigación en Internet: las menciones a la nueva inquisición y Alex Abel y la multitud de discusiones que había leído en torno al "loco suicida" del Excelsior -los medios habían recurrido a la explicación de un loco sin relación alguna con el jihadismo para no hacer cundir el pánico-. Unas aludían a un episodio similar sucedido en Tel Aviv en el 99, y otras hacían referencia a que había podido tratarse de una "Ascensión", fuera lo que fuera aquello. Decidieron llamar al resto del grupo para compartir la información con ellos; mientras Tomaso se encargaba de llamar a Derek, Robert llamaría a Patrick. Pero Robert no llegó a realizar la llamada: en esos instantes a solas, su cerebro empezó a racionalizar el episodio nocturno y su mente no pudo resistir el estrés: se desconectó durante unos minutos, dejándolo en estado catatónico. Cuando se recuperó vio a su alrededor a algunos miembros del servicio, a Michael y a Tomaso, que lo miraban con preocupación. Michael le dijo que había estado intentando llamar a su psicólogo, Rhyckon Larsen, pero había sido imposible contactar con él.

Aliviados al ver que Robert se recuperaba, el servicio volvió a sus quehaceres. El empresario y Michael salieron para tener una conversacion privada, a petición del segundo, y Tomaso se quedó en el despacho para llamar a Patrick, siguiendo la sugerencia de Robert. A solas con Michael en otra estancia, este le planteó sus sospechas hacia el grupo de "nuevos amigos" que había hecho, y la posibilidad de que los sueños hubieran sido inducidos para que confiara en ellos. También expresó su molestia respecto a la actitud de Robert respecto a él, porque últimamente parecía sospechar de sus acciones; llevaban años juntos, y no quería que existieran dudas respecto a su lealtad; pero algo en el tono de Michael le decía a Robert que había algo más, algo que su amigo parecía querer decir pero no llegaba a hacerlo. Antes de que Robert pudiera replicar su respuesta, llegó Charlie, uno de los miembros del servicio de seguridad, alegando que el señor McMurdock estaría muy interesado en ver una de las grabaciones. Robert y Michael entraron en la sala de monitores, y allí Charlie les enseñó cómo Tomaso, en el despacho de Robert, había estado trasteando en el teléfono fijo y sacando unas fotos, seguramente averiguando los últimos números a los que se había llamado. En ese momento, Michael pasó a explicar a Robert todo lo que había sucedido la noche anterior con Travish McHale y los “nuevos clientes”: le habló de la filtración que había habido y cómo había llegado Tomaso para arreglarlo todo; incluso algunos de los presentes lo habían reconocido y lo habían llamado “Mr. Fixer”, en referencia a su capacidad para arreglar las cosas. En opinión de Michael, Tomaso tenía estrechos lazos con los círculos mafiosos de Nueva York, quizá incluso más que eso. Preocupado pero no excesivamente sorprendido, Robert encargó a Michael que fuera a hablar con Tomaso con instrucciones específicas mientras él esperaba en el solarium a Patrick y a Derek.

En el despacho, siguiendo las instrucciones de Robert, Michael se sinceró con Tomaso, diciéndole que le había visto en una grabación y que debería tener con cuidado; también afirmó que Robert no sabía nada de aquello y así seguiría, pero que tendría que destruir las fotos que había tomado. Tomaso destruyó las fotos, pero no sin antes aprender de memoria el último número de teléfono, el que debía de pertenecer al psicólogo de Robert.

Reunido ya en el solarium con Robert, Tomaso quiso evitar malentendidos, y le reveló que había querido ayudarle a localizar a Rhyckon Larsen mediante el número de teléfono; su agencia le permitía tener muchos contactos que le podrían ayudar a localizarlo. McMurdock se dio por satisfecho con la explicación y prefirió no insistir en el tema. Enseguida llegaron Derek y Patrick.

Les llamó la atención la cojera de Patrick, y los rasguños que tenía en la cara y los brazos, así que este les contó toda su aventura en el hospital, lo extraño de los agentes del FBI que guardaban la planta de los heridos en el Excelsior y su precipitada huida, durante la que se había torcido un tobillo. Tomaso sugirió a Patrick que enviara fuera de la ciudad a sus seres queridos al menos temporalmente, con un gesto que dejó claro para el profesor de filosofía que el italiano era mucho más que un manager de modelos; no pudo evitar sugerir tal cosa, y las tensiones afloraron en una fuerte conversación que, por fortuna, acabó calmándose. De todas formas, Patrick siguió la sugerencia de Tomaso y llamó a una asombrada Helen para decirle que se marchara unos días.

A continuación fueron Derek y Tomaso los que compartieron sus experiencias de la pasada noche. El primero les habló del accidente que habían sufrido sus hombres; los hechos extraños parecían estar multiplicándose últimamente, y eso le llenaba de inquietud. Además, hizo una breve llamada para enterarse de si Patrick Sullivan había sido puesto en busca y captura: al poco su secretaria le respondía diciéndole que no, no había ninguna orden con ese nombre; esto alivió a todos.

Pero la conversación dio un giro inesperado cuando Tomaso expuso lo que había averiguado en su investigación en internet la pasada noche, igual que había hecho antes con Robert. Al mencionar a Henry Clarkson, todos dieron un respingo. Tanto Patrick como Derek y Tomaso habían conocido en el pasado a un tal Henry Clarkson, que había jugado un papel más o menos importante en sus vidas, y todas sus descripciones coincidían en señalarlo como un hombre de unos sesenta años aunque habían conocido al individuo en épocas muy distintas, separadas en el caso más extremo por tres décadas de diferencia. Robert también les habló de la experiencia de Michael en la cárcel, donde también conoció a Henry Clarkson, de aspecto idéntico al que describían. Pero el propio Robert era un cabo suelto: nunca había conocido a nadie por ese nombre; la clave vino con la descripción física de Clarkson y la memoria de Tomaso: con un chasquido de dedos, el italiano se apresuró a coger papel y lápiz, e hizo unos cuantos garabatos para demostrar su teoría: ¡el nombre del psicólogo de Robert, Rhyckon Larsen, no era sino un anagrama de Henry Clarkson!

Siguieron unos momentos de silencio, pues este hecho sí que fue definitivo para que todos se convencieran de que algo desconocido les unía y no tenían ni idea de por qué. Las animosidades quedaron aparte en favor de una muda reflexión de reconocimiento común.

Pocos minutos después, Robert invitaba a Michael a unirse a la comida, considerando que el hecho de que hubiera conocido también a Clarkson lo ponía en la misma situación que a ellos. Por supuesto, el compañero de Robert abrió mucho los ojos al enterarse de todo esto, y afirmó que desde luego, alguien que conocía la localización del extraño monolito del que ya les habían hablado en una ocasión anterior no podía ser una persona normal. Discutieron largo y tendido sobre qué o quién podía ser en realidad el tal Henry Clarkson. Robert se mostró convencido de que debía de ser una especie de ángel, enlazando con el concepto de “Ascensión” que Tomaso también había descubierto en los foros ocultistas.

Durante la conversación se hicieron también alusiones al comportamiento que Michael había tenido los últimos días, y finalmente Robert lo confrontó directamente, preguntándole por qué le había ocultado información sobre AIFC y WCA. La tensión fue demasiado para Michael, que se había ido mostrando cada vez más y más nervioso, y reaccionó de un modo que no esperaban: rompió a llorar y a gritar, encogiéndose sobre sí mismo pidiendo perdón a Robert:

 —¡Yo no quería hacerlo! ¡¡¡No quería hacerlo, te lo juro Robert!!! ¡¡¡Ellos me obligaron!!!

Quedó en el suelo, con la mirada perdida. Patrick trató de recuperarlo lo mejor que supo, con terapia de choque; al cabo de unos minutos Michael reaccionó violentamente. Con la mirada perdida todavía, exclamó:

 —¡Oh, no! ¡Venían para acá, estarán a punto de llegar! ¡Corred! ¡¡¡Correeeeeed!!!

En un instante se incorporó y corrió hacia el interior de la casa, con el resto del grupo inmóvil y confundido por lo que había pasado. ¿Qué quería decir? Se miraron extrañados.

Tomaso vio un punto en el cielo. Un punto que dejó pronto de serlo para revelar una figura que se acercaba. Haciendo visera con la mano lo pudo distinguir: un helicóptero. Completamente negro, y extrañamente silencioso. Lo señaló a los demás. El helicóptero tardó sólo unos segundos en hacerse claramente visible.

Y sólo unos pocos más en empezar a disparar.

El infierno se desató en la parte trasera de la mansión. Balas de un calibre desmesurado empezaron a silbar alrededor del grupo, que superada la primera impresión corrió hacia el interior de la mansión al completo, entre chispas y polvo. Robert intentó organizar al servicio y el personal de seguridad para poner a todos a salvo, pero no pudo evitar que varios criados fueran alcanzados por los enormes proyectiles; la visión de la carnicería fue demasiado para algunos de ellos. Robert comenzó a correr sin control, y Tomaso, presa de una rabia irracional, volvió a salir al exterior para disparar contra el helicóptero de forma suicida. Afortunadamente, Derek pudo arrastrarlo de nuevo al interior de la casa mientras varios militares se descolgaban ya del aparato. Corrieron hacia la parte delantera de la mansión, pero tuvieron que detenerse: a través de la ventana pudieron ver cómo dos hummers habían reventado la verja y varios militares o miembros de las fuerzas especiales vestidos de negro se acercaban hacia la puerta con una carga explosiva. Volvieron hacia atrás, y recordando una de las órdenes que Robert había gritado al servicio, comenzaron a buscar la entrada al garaje. No tardaron en encontrarla y en conseguir un coche, en cuyo asiento de conductor se encontraba Michael, en un estado de nervios tal que no había acertado a arrancarlo. Apartándolo, Patrick se hizo cargo del volante mientras los demás se acomodaban. Chirriando ruedas salieron de allí; un par de militares, que se dirigían a asegurar la salida del parking, les dispararon, hiriendo levemente a Tomaso y a Derek.

Poco después reconocían la figura de Robert corriendo por el arcén de la carretera. Al subirlo al vehículo les habló de su embarcadero, y hacia allí se dirigieron. Subieron al barco con los miembros del servicio y de seguridad que habían logrado llegar y zarparon hacia el centro del lago. Una vez tranquilos, Robert se dirigió a sus empleados y les ordenó que regresaran una temporada a sus casas; pagaría sus sueldos pero les concedía un permiso indefinido; alegó desconocer lo que había sucedido y no podía darles más detalles.

Unas horas después, Tomaso consiguió un coche haciendo uso de su natural seductor y se dirigieron a la oficina de Derek, la sede de la CCSA en el barrio de Tribeca.

Los hombres de Derek se preocuparon al ver el aspecto de su jefe, pero éste no sólo los tranquilizó al respecto, sino que aprovechó para reunirlos y dirigirles una charla para calmar sus dudas respecto a la agencia, como había hablado el día anterior con Jonathan.

Mientras Patrick trataba de sacar de su shock mental a Michael (que durante el viaje hacia el embarcadero había quedado inconsciente y ya no había despertado), Tomaso y Robert charlaron un rato a solas en uno de los despachos vacíos de la agencia. Y en esta conversación se sinceraron completamente sobre sus verdaderas naturalezas y actividades. Cuando Tomaso le comentó la multitud de escenas extrañas en las que el “Polvo de Dios” parecía estar involucrado, Robert le rebatió con todo convencimiento de que esa droga no tenía efectos adversos más allá que el anhelo de sentir sus efectos y que en sí no era algo que pudiera provocar los efectos de los que le hablaba Tomaso. Éste no pudo sino sentirse satisfecho con la explicación del empresario.

Patrick consiguió que Michael saliera de su inconsciencia, pero no de su estado de shock, que el profesor de filosofía diagnosticó a vuelapluma como catatonia. Después volvió a reunirse el grupo al completo. Patrick, harto de las “mentiras” (según él) de Tomaso y Derek, volvió a perder el control de su temperamento. Para tranquilizarlo, lo encerraron en lo que a todas luces era una sala de interrogatorios; esto tuvo el efecto contrario que pretendían, y aún molestó más a Patrick porque, ¿para qué demonios necesitaba una agencia sanitaria una maldita sala de interrogatorios? El profesor blasfemó y golpeó el cristal repetidas veces, hasta que consiguió calmarse y pidió disculpas.

Después de conversar brevemente sobre las pérdidas de memoria de Robert (que él achacaba a motivos esotéricos, pues le sucedían desde que había tocado el monolito), agotados, se acomodaron lo mejor que pudieron en la oficina y durmieron.

Por la mañana, al volver a encender su móvil, Patrick se sorprendió cuando vio que tenía unas cuantas llamadas perdidas desde el número de Sigrid. Esperanzado con que la anticuaria hubiera podido recuperarse de la explosión y salir del hospital, le devolvió la llamada. El teléfono sonó mucho rato antes de que alguien lo descolgara, y al otro lado sonó la voz de Sigrid, temblorosa:

 —¿Patrick?¿Patrick?¿Qué sucede? Está todo muy oscuro, y tengo frío, por favor, ¡ayúdame!

A continuación, la voz distorsionada de un hombre amenazó al profesor con que si quería volver a ver a su amiga con vida, debería acudir con el resto de sus “amigos” al motel Green Oaks, en la milla 73 de la carretera 363.