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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 8 de febrero de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 5

Aucte. Lord Theodor Gerias
Durante un descanso, Orestios y Galad aprovecharon para mantener una conversación sobre los viejos tiempos y los amigos comunes. Galad se interesó, como siempre que volvía a Emmolnir, por el estado de su viejo amigo de la infancia Davinios. Orestios le contó que en los últimos meses, Davinios había optado por una ausencia prolongada de la Torre por su desacuerdo en ciertas políticas que se estaban adoptando; como muy bien sabía Galad, su descontento había empezado con la masacre de los kathnitas hacía ya varios años, y había seguido aumentando con cada conflicto —religioso o no— en el que los paladines de Emmán se habían embarcado. Además, desde hacía pocos meses se venía produciendo otro hecho que había incrementado el malestar de Davinios y de algunos otros paladines, entre ellos el propio Orestios: dos de los Pastores de Emmán (la "policía" de los paladines), el hermano Ragnur y la hermana Elyse, afirmaban que su dios les hablaba en sueños prácticamente todas las noches. Según ellos, Emmán se mostraba descontento con la actitud de sus hijos más fieles; las huestes de Emmolnir deberían mostrarse mucho más activas en su expansión, multiplicar su número de forma mucho más rápida y recurrir a cualquier medio a su disposición para difundir Su Palabra y hacerla suprema en toda Aredia. Esta narración hizo rebullir de preocupación a Galad.

El puerto de Aucte

Después de comentar por encima las diferentes corrientes de opinión que se estaban desarrollando en la torre y cómo podía ello afectar al desempeño de las tareas realmente importantes de los paladines, Orestios dio a entender que Davinios estaba creando su propia facción en las filas de los paladines. No estaba seguro de hasta qué punto Emmolnir se acercaba a un cisma, o si el Círculo Interno pondría solución a la división interna, pero intentaría mantener a Galad informado de la situación en la medida en que le fuera posible. Ambos se santiguaron pidiendo fuerzas a Emmán, y a continuación Orestios anunció con una sonrisa que se había ofrecido voluntario para acompañar al contingente de paladines a luchar contra los invasores vestalenses a la Región del Pacto, con la esperanza de poder combatir de nuevo codo a codo con Galad; este hizo un gesto de asentimiento, agradeciendo en silencio las palabras de su amigo.

Poco después el grupo se reunía con el Gran Maestre Wentar y con el Consejo de Emmolnir. El Gran Maestre anunció su intención de poner a Galad al frente del contingente que habían solicitado como comandante, aunque este expresó sus reservas a tal nombramiento al albergar dudas sobre si podría acompañar a las tropas durante todo su viaje (tenían más misivas que entregar y más ayuda que recabar). Ante esa afirmación, el Consejo planteó la posibilidad de que las cartas fueran entregadas por otras personas mientras Galad guiaba a las tropas a la victoria en nombre de Emmán. El grupo se planteó la separación, aunque era demasiado pronto para tomar una decisión; lo evaluarían llegado el momento. Trataron varios temas y finalmente el Gran Maestre lacró una carta de poderes con la que se permitía a Galad negociar el transporte de las tropas en nombre de la Torre Emmolnir.

Yuria planteó la posibilidad de no viajar a Aucte para negociar el transporte, dado su estatus de exiliada, pero se juzgó que era imprescindible su conocimiento del ejército y de la sociedad ercestre para poder llevar a cabo la negociación con éxito.

Salieron de madrugada hacia donde había quedado atracado el Raudo, el balandro del Pacto de los Seis que les había traído a Emmolnir. A bordo del navío llegaron al amanecer al puerto de Aucte. Una ciudad ni demasiado grande ni demasiado pequeña despertaba en esos momentos. Un pequeño risco sobre el que se alzaba una fortificación separaba claramente el puerto civil del puerto militar. Atracaron en uno de los muelles libres del puerto civil. El puerto estaba dominado por un edificio de estilo típicamente ercestre, que no era sino la sede de la Compañía de Comercio de Doedia, la compañía que tenía prácticamente el monopolio del comercio marítimo ercestre y de las misiones de su flota civil. Según les explicó Yuria, la Compañía de Comercio, o, como se conocía a sus miembros más vulgarmente, "los cocodo" habían llegado a acumular un poder que no debía ser despreciado; se encargaban de casi todos los contratos de construcción de navíos del país (de hecho, mientras se acercaban al puerto habían visto cómo en el dique seco de la parte militar se estaba construyendo un nuevo galeón) y tenían incluso una flota privada de naves militares. De momento no habían planteado ningún problema a Ercestria, pero ya en los tiempos en los que Yuria había detentado su puesto de oficial se habían alzado voces que avisaban de los posibles peligros que los cocodo podían suponer para la corona en el futuro.

Se dirigieron a la posada que se encontraba cerca del lugar donde habían atracado, la única visible en aquella parte de la ciudad, ansiosos por tomar algo que les calentara el cuerpo. Daradoth se tapó con su capucha, se cubrió con abundante ropa y fingió encontrarse lesionado y enfermo para evitar levantar sospechas acerca de su raza. Symeon no llegó a tal extremo pero también adoptó una actitud discreta. El salón-taberna se encontraba bastante en calma, dada la temprana hora. Pero ya había un buen fuego en el hogar que reconfortó al instante al grupo, y una muchacha joven los atendió muy amablemente y les puso unos tazones de caldo que devoraron. Alrededor, varias mesas estaban ocupadas. Tres de ellas estaban ocupadas claramente por armadores dedicados a sus diversos quehaceres; todos ellos lucían la torques que los identificaba como miembros de la Compañía de Comercio de Doedia. Uno de ellos, un hombre alto y recio, había estado departiendo con media docena de capitanes y ya solo contaba con la presencia de uno de ellos. Galad y Yuria se acercaron a negociar con él. Maese Esteren resultó ser un súbdito ercestre que albergaba profundos prejuicios contra la orden de paladines de Emmán, así que la negociación no llegó a una conclusión satisfactoria.

Pero mientras se encontraban negociando con Esteren, Yuria se quedó helada a ojos vista. En una mesa al fondo, había reconocido a un hombre que la miraba valorativamente mientras se mesaba una elegante perilla. Aquel hombre era sin duda lord Theodor Gerias, general de los ejércitos del Arven (la frontera occidental de Ercestria) y quien había expuesto el turbio pasado de la mujer ante el Consejo Militar que la exilió. ¿Qué hacía allí, tan lejos de su cuartel general? Y sin duda la había reconocido; la desesperación comenzó a hacer mella en la ercestre, pero Galad la ayudó a recomponerse con un gesto cómplice.

Dejaron a Esteren de forma brusca y volvieron a la mesa con sus compañeros. Apenas dio tiempo a Yuria de explicar la situación a los demás porque en pocos momentos una mujer se acercaba a ella y le decía con poco más que un susurro que "su señor" la invitaba a un trago, si tenía a bien acompañarla. La antigua militar se reunió en la mesa del fondo con el regio y maduro hombre y sus dos acompañantes; efectivamente, se trataba de lord Theodor, que la saludó y le presentó a su sobrina Saeria (la mujer que se había acercado a invitarla) y a Deir'a'Dekkan, un adastrita con varias cicatrices que lucía un tatuaje de un ave en la mitad de su rostro y que tenía una mirada torva y peligrosa. Poco después se incorporaba a la conversación Stophan Vardas, el hombre de confianza del general. Contra todo pronóstico, este se mostró muy amable y se interesó por las causas de la presencia de Yuria en Aucte y por sus experiencias en los últimos meses. Ella no quería bajo ninguna circunstancia irritar al general, pues en cualquier momento podía denunciarla a los guardias que habían entrado en el salón y se encontraban tomando cerveza caliente en la barra. Así que le hizo un resumen de sus pasadas peripecias y de las razones que la habían traído de nuevo hasta Ercestria.

Los ojos de Yuria dejaron ver su sorpresa cuando lord Theodor le reveló que ya no era ni general ni lord. La invitó a subir a su habitación para poder hablar más discretamente, y así lo hicieron. El antiguo general relató cómo su hijo Alexandras había traicionado al reino filtrando secretos para algún agente externo desconocido. Y no sólo eso, sino que el maldito había huido del reino llevándose consigo una compañía entera de soldados, algunos de ellos equipados con armas de última tecnología; y no solo eso, sino que al mismo tiempo habián desaparecido (posiblemente secuestrados) dos de los científicos más brillantes de Amenarven. La traición había sido de tal magnitud que el Consejo del Reino había extendido sus sospechas hasta el propio lord Theodor, y el proceso había acabado con la condena a muerte de varias personas, entre ellas el comandante de la guarnición de Udarven, a quien se había encontrado culpable de permitir el embarque de Alexandras y sus tropas. Lord Theodor habían conseguido evitar la pena capital gracias a la negociación de la duquesa lady Eleria Amernos con el propio rey Nyatar. Finalmente se decidió que Theodor podría ver su buen nombre restablecido si encontraba a su hijo y a los traidores a tiempo para evitar una filtración catastrófica. Así que formalmente, el proceso acabó con su exilio, igual que había sido el caso de Yuria meses atrás. Y sus investigaciones acerca del agente externo le habían llevado a Aucte, donde se había encontrado con un callejón sin salida en sus pesquisas.

Mientras tanto, Galad y Symeon se habían reunido en otra de las mesas con dos armadores que se encontraban repasando cuentas, maese Varidhos y maese Toravan. Varidhos resultó ser un firme simpatizante de los paladines de Emmolnir, pues en el pasado habían salvado a su hija de una muerte segura, así que la conversación fue como una seda casi desde el principio. El armador quiso serles sincero y les reveló que su carga se había podrido en las bodegas y habían tenido que deshacerse de ella, así que les hizo una oferta más que justa por prestarles sus barcos. Unas 220 monedas de oro por tres semanas de servicio y seis transportes. El grupo extendió una letra con la carta lacrada de Emmolnir y en breves momentos se había extendido y firmado el contrato, sellado con un fuerte apretón de manos.

Acto seguido Yuria y sus acompañantes bajaban de nuevo al salón y se reunían con el resto del grupo, que ratificaron la historia de los últimos meses que la ercestre había contado al antiguo general y a la que a este le costaba dar crédito. Después de las presentaciones formales y la sorpresa por descubrir la presencia de un elfo y un errante, se puso en común la información y se pasó a discutir la posibilidad de una ayuda mutua. Yuria seguía siendo una firme patriota y la traición de Alexandras iba contra todo aquello en lo que creía. Además, quizá fuera su oportunidad de restablecer su honor y quizá su puesto. Pero resultó excederse en su celo por ayudar, porque en un momento dado de la conversación no pudo sino recordar las crípticas palabras de lady Ilaith, la Princesa Comerciante, cuando se despidió de ella creyendo que era una espía ercestre: "recuerdos para lady Eleria", dijo. Y era imposible que nadie pudiera relacionar a Eleria con la red de espías si no tenía acceso a información privilegiada; además, Ilaith había afirmado que se quería rodear de las mejores mentes y personas sobre la faz de Aredia en previsión de "lo que se avecinaba". Las palabras surgían de los labios de Yuria, atropelladas, pero con sentido, casi sin pensar. Mostrándose bastante convencida, relacionó la traición de Alexandras con lady Ilaith, del Principado de Tarkal. Todos la escuchaban con atención, sobre todo lord Theodor, que tras unos segundos de silencio instó a Yuria y por extensión, al grupo completo, a acompañarle en viaje a Tarkal para comprobar si su hijo efectivamente había trabado contacto con la Princesa Ilaith. Aunque intentaron convencerlo por todos los medios posibles para que les ayudara en el conflicto de la Región del Pacto, la posición de lord Theodor fue inamovible: para él lo más urgente era que los secretos militares de Ercestria no cayeran en manos extranjeras; después de todo lo que habían invertido en evitarlo, era una vergüenza que su propio hijo fuera quien acabara con todo aquello y extraer a los dos científicos secuestrados (o acabar con ellos) era la tarea que ahora tenía la máxima prioridad.



jueves, 18 de enero de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 4

Hacia Emmolnir
La reunión de Inilêth y Phâlzigar no se extendió demasiado. Acto seguido, el capitán convocó al consejo y los oficiales de la fortaleza en una reunión que resultó mucho más larga que la anterior. Transcurrido un tiempo más o menos prolongado, el grupo fue convocado a presencia del consejo de Svelêm por un suboficial.

Región del Pacto

En la Sala del Consejo, el capitán y sus adláteres les invitaron a sentarse en la larga mesa para tratar temas de “la máxima urgencia”. Primero les refirió su conversación con la capitana Inilêth; la comandante de Jenmarik se había reunido con la delegación vestalense y estos habían ofrecido un pacto: garantizar la independencia de la Región a cambio del libre paso a través de sus territorios. Pero esa no era la peor parte; lo peor era que como parte del pacto habían exigido la entrega “del elfo y todos aquellos que lo acompañan en su viaje desde tierras del Imperio”. La decisión debería ser transmitida al anochecer del segundo día desde entonces en la cabecera del valle, donde el general del ejército vestalense se reuniría con ambos capitanes. Evidentemente, Phâlzigar se había visto forzado a contemporizar y no oponerse frontalmente a Inilêth para no incurrir en su ira y una posible represalia, pero tranquilizó al grupo asegurándoles que no pensaba entregarles y que disponía de los medios necesarios para sacarlos de allí sin que Inilêth lo supiera.

A continuación, el capitán y su consejo en pleno pidieron la ayuda del grupo. Evidentemente, las negociaciones de paz se iban a prolongar unos cuantos días, si no semanas, pues después de la primera reunión habría que convocar al general Imradûn para que acordara los términos del pacto, y Phâlzigar iba a hacer todo lo posible por alargar el proceso. La primera acción ya había sido tomada, que era enviar mensajeros a todos los capitanes que él consideraba leales. La segunda acción requeriría la colaboración de Daradoth y sus compañeros. El consejo de Svelêm les solicitaba encarecidamente que portaran varias cartas que escribiría el propio Phâlzigar para varios destinatarios: el rey de Darsia (uno de los reinos que componía el Pacto de los Seis) y por extensión al Alto Consejo del Pacto, a los señores elfos de Doranna, al rey Rûmtor de la Corona del Erentárna, al rey Randor de Esthalia y a los paladines de la Torre Emmolnir, aprovechando la presencia de uno de ellos allí. La labor del grupo sería intentar volver con refuerzos para oponerse al ejército vestalense lo antes posible, antes de que las negociaciones hubieran finalizado; en ese momento, Phâlzigar utilizaría su influencia para convocar a los Leales y oponerse a la invasión vestalense, cuya intención era claramente atacar Doranna.

Les fue imposible negarse, por supuesto. La amenaza vestalense era algo más que un ejército terrenal, y deberían hacer todo lo posible para evitar que extendieran su esfera de influencia. Algunos de los miembros del consejo sonrieron abiertamente cuando Daradoth y Galad asintieron. Phâlzigar escribiría otra carta para el comodoro Mardabêth, a quien tendrían que encontrar en la fortaleza de Phazannâth, para que les proporcionara un barco. Y la misma carta debería llegar también a manos del capitán Anithôr para que le enviara discretamente 200 efectivos para poder defender adecuadamente Svelêm llegado el caso. Quedaba a elección del grupo a dónde dirigirse primero en busca de refuerzos.

El giro inesperado de los acontecimientos requirió una nueva reunión del grupo mientras Phâlzigar redactaba y lacraba sus cartas. Decidieron que partirían hacia la Torre Emmolnir, por simples cuestiones de cercanía y de influencia. Los paladines de Emmán serían los únicos que podrían llegar a Svelêm en un tiempo razonable y podrían oponer una resistencia efectiva -o eso esperaban- a los pájaros y los hechiceros vestalenses. Además, Galad creía que podría contar con una cierta ascendencia sobre ellos cuando compartiera el relato de sus peripecias en el Imperio Vestalense.

Salieron de madrugada a través de túneles escondidos en la montaña, acompañador por Narik, el senescal de Svelêm, y dos soldados de confianza, Banâth y Agradân. A caballo no tardaron en llegar al pueblo de Ystragen, donde un pequeño bote los llevó a través del lago Aranth y los ríos Harvanth y Herlen hasta Villa Gaviota sin mayores complicaciones. Durante todo el viaje habían podido observar el intenso tráfico de carromatos que recorrían los caminos que bordeaban los ríos y de botes de suministros que se dirigían a las diferentes fortalezas.

En lo alto de Villa Gaviota se erigía el castillo de Phazannâth, a cuyo pie no tardaron en encontrar al comodoro Mardabêth. Este pareció profundamente honrado de conocer a Daradoth, un noble entre los elfos, y en cuanto leyó la carta de Phâlzigar se puso a su disposición; los condujo al interior del castillo, donde se podía observar cómo pululaba gente de ambas corrientes: unos con blasón en la hombrera y otros sin él. Daradoth se mostró con sus mejores galas y en todo su esplendor élfico, lo que llamó la atención de hasta el último habitante de la parte de Villa Gaviota al sur de la desembocadura del Herlen. Los niños corrían siguiendo a la comitiva gritando en su propio idioma algo que sin duda debía significar “elfo”.

El capitán Anithôr no tardó en recibirlos junto a sus oficiales en la Sala del Consejo. Con la ayuda de la traducción de Narik y de los conocimientos de anridan de Anithôr pudieron entenderse de forma aceptable. Narik alargó la carta de Phâlzigar al capitán, que permaneció con gesto serio al leerla. Cuando expuso la situación ante su consejo, su senescal pareció oponerse a debilitar Phazannâth para ayudar a una “causa perdida”. Cada uno de los presentes dio sus razones a favor o en contra del envío de refuerzos ante el rostro calmado de Anithôr, que finalmente desalojó la sala, quedándose a solas con Daradoth, Galad, Narik y su propio castellano, Barthân.

El capitán cambió el gesto adusto de su rostro por otro de una mayor preocupación, y expuso su situación a los reunidos. Enviar dos centenares de soldados a Svelêm podría ser interpretado en el futuro como una traición, con lo que arriesgaba su puesto, su carrera y posiblemente su vida. Necesitaba —principalmente como un desahogo emocional— que el grupo le diera alguna garantía de que iban a volver con los refuerzos que necesitaban. El autoconvencimiento de Galad acerca de la ayuda que les prestarían los paladines les ayudó sobremanera a convencer al capitán de que los refuerzos llegarían. Este volvió a lucir su rictus inescrutable y dispuso las órdenes necesarias para que el grupo se encontrara a las pocas horas (después de descansar y asearse adecuadamente) en el balandro Raudo -su navío más rápido- tripulado por una veintena de marineros a las órdenes del capitán de navío Yozâr.

En unos pocos días atravesaban el estrecho de Tramartos esquivando la miríada de barcos pesqueros que faenaban en aquellas aguas y cruzaron al mar Armaras, donde al poco se hicieron visibles las grandes tormentas del sur, en la ruta hacia Paraíso. Yuria guiaba al piloto en busca de la ensenada que les permitiría acceder al río Ristelios para remontarlo hasta Emmolnir. Pero antes de que pudieran avistar la ensenada hizo acto de aparición un galeón de la flota ercestre. Según Yuria, más al este, en la desembocadura del río Harus, se encontraba el puerto de Aucte, cuartel general de la flota austral de Ercestria. No era una gran flota, pero los pocos barcos con que contaba eran de buena calidad; y así lo atestiguaba el galeón que se aproximaba. Yuria tuvo buen cuidado de pemanecer oculta en la bodega en todo momento, y el encuentro no revistió problemas una vez que los ercestres comprobaron que un auténtico paladín de la Torre Emmolnir viajaba a bordo. Incluso los guiaron hasta la ensenada del Ristelios. Remontaron el río hasta donde el balandro fue capaz y continuaron el viaje (sólo unos pocos kilómetros) a pie dejando al capitán Yozâr esperándolos.

Galad pudo sentir enseguida el fortalecimiento de la presencia reconfortante de su dios conforme se iban acercando a la sede de los paladines. El hermano Orestios gritó de alegría y sorpresa al reconocer a su viejo amigo de la infancia Galad, al que todos creían muerto en su misión al Imperio Vestalense. Se abrazaron, y Galad le presentó al resto del grupo, insistiendo en la urgencia que tenían por reunirse con el Gran Maestre Wentar. Entraron en la Torre, donde ya se había corrido la voz de su llegada y los novicios y los iniciados se reunieron para contemplar al grupo, curiosos por la presencia de un elfo y un errante. El hermano Averron, con quien se habían encontrado en su viaje por tierras del Imperio Vestalense, corrió al encuentro de Galad y lo saludó con efusividad, así como al resto del grupo. Era el único de los infiltrados en el Imperio que había conseguido volver a Emmolnir, del resto no se había tenido noticia hasta el día de hoy. Los condujeron a unas dependencias donde pudieron descansar y asearse, y ponerse ropas decentes por fin. Galad se enfundó en una túnica de paladín con emoción contenida, feliz de encontrarse por fin en su hogar.

Mientras el resto del grupo se aseaba, Galad se reunía con el Círculo Interno de los paladines, es decir, el Gran Maestre, el Señor de los Pastores de Emmán Spetros, y los otros cinco paladines de la Primera Orden (los paladines de Emmán se componían de órdenes: la Primera Orden era la más importante y la Cuarta la menor; informalmente se consideraba a los Iniciados la Quinta Orden y a los Novicios la Sexta). Galad pertenecía a la Tercera Orden de los paladines y era la primera vez que se encontraba ante el Círculo Interno a solas, lo que le incomodaba en cierta medida. Pero pronto se sintió más a gusto cuando narró la historia de su viaje por el Imperio Vestalense, su encuentron con el resto del grupo y su peripecia con el Ra’Akarah en Creä. Los reunidos se miraban, asombrados y a la vez emocionados, pues Galad estuvo especialmente inspirado en su narración de los hechos. Aprovechando la atención de sus superiores, les explicó también el problema metafísico que Daradoth le había explicado repetidas veces: el enfrentamiento de Luz y Sombra, la materialización de los kaloriones y las sospechas de que el ejército vestalense se encontraba dirigido por los generales de la Sombra. Daradoth y Symeon fueron convocados a presencia del círculo poco después, y corroborando las palabras de Galad, dieron una explicación mucho más profunda del conflicto entre Luz y Sombra y la existencia de otros planos de realidad como el Mundo Onírico, donde la Sombra tenía mayor libertad de acción. Les explicaron que, lo quisieran o no, todos formaban parte de un conflicto mucho mayor que lo que los ejércitos terrenales daban a entender, y aparentemente los paladines de alto rango fueron totalmente convencidos de que Emmán debía interceder a favor de la Luz sin querían que sus valores tuvieran algún porvenir en el mundo futuro. Galad aprovechó para entregar con gran ceremonia la carta del capitán Phâlzigar (redactada en ercestre gracias a la ayuda de una traductora), que lord Wentar y los demás leyeron ávidamente.

Acto seguido fue anunciado el ascenso de Galad a paladín de Segunda Orden ante la emoción del esthalio. La ceremonia fue el día siguiente a mediodía, tras una noche de vigilia en la que Galad tuvo que velar sus nuevas armas y armadura. La ceremonia fue muy emotiva, llena de oraciones y cánticos; uno de los paladines de Primera Orden relató la hazaña de Galad (y de sus compañeros) por la que se había decidido saltar los protocolos y concederle el honor de ascenderlo a la Segunda Orden, que pasaba a estar compuesta así por 24 miembros. La gente prorrumpió en hurras cuando se narró la muerte del Ra’Akarah pero mostró su preocupación cuando Daradoth y Symeon procedieron a explicar el contexto del conflicto entre Luz y Sombra y la posibilidad de que aquello no fuera más que el principio de una larga guerra. Y entonces tomó la palabra Yuria, que haciendo gala de una más que notable formación militar hiló una poderosa arenga llamando a la guerra contra la Sombra que enervó los corazones de todos los fieles de Emmán  provocó vítores y gritos de "¡Victoria!¡Victoria!¡Por Emmán, a la victoria!".

Con los ánimos mas calmados y tras cantar un Réquiem por el alma del hermano Aldur, fallecido heroicamente en tierras vestalenses, se procedió a la investidura de Galad. Se le hizo entrega formalmente de su nueva espada, colgante y sobreveste consagrados a Emmán. Vítores y cánticos que erizaban el vello se elevaron cuando se giró hacia sus hermanos y levantó su espada y su colgante con un rugido, gritando el nombre de Emmán.

Al atardecer, el grupo se reunió de nuevo con el Círculo Interno y una representación de cada una de las órdenes. Tras discutir durante un tiempo, se decidió que acudirían en ayuda de la Región del Pacto 50 paladines, 40 iniciados y 300 hijos de Emmán. El siguiente problema sería transportarlos, ante lo que Yuria mencionó la posible ayuda que les podrían proporcionar los ercestres de Aucte.

viernes, 5 de enero de 2018

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 3

Jenmarik y Svelên. Los “Terrenales”
Guiados por Symeon a través de vericuetos escarpados pudieron esquivar sin mayores problemas el asedio de Êmerik. El corazón de Daradoth rugió de rabia cuando vio que las cabezas de dos de los elfos prisioneros habían sido untadas en brea y clavadas en picas ante las puertas de la fortaleza, pero no tuvo más remedio que tragarse su orgullo y continuar su camino hacia el norte.

Pocos kilómetros después la Quebrada se abría definitivamente en el amplio Valle de Irpah, que descendía hasta unas extensas llanuras que se podían ver a lo lejos. El valle se encontraba protegido por dos fortalezas gemelas visibles en una cota más baja que la que ocupaban actualmente, a más de diez kilómetros de distancia. Más tarde se enterarían de sus nombres: la fortaleza occidental se llamaba Jenmarik y la oriental era conocida como Svelên.

Svelên, una de las fortalezas gemelas

Daradoth decidió adelantarse hacia la fortaleza que se veía a la derecha, Svelên. Un camino lo condujo a través de la vegetación y posteriormente se bifucaba, conduciendo a cada una de las fortalezas. Tras cruzarse con un par de carruajes llegó sin mayor problema a las puertas de Svelên y no tardó en ser recibido por su comandante, el capitán Phâlzigar. El elfo no hablaba lândalo, así que fue necesaria la presencia de una traductora de anridan para poder entenderse. Tras presentar sus respetos y dar la bienvenida a un representante del “Pueblo Ancestral” el capitán confirmó que habían recibido a los mensajeros de Êmerik, pero estaban esperando otro tipo de confirmación que debían proporcionarle en caso de un ataque, y esa confirmación no había sido recibida (se refería a la almenara de Êmerik, pero no quiso revelarlo a la primera de cambio). Daradoth insistió en que su presencia allí debía servir como confirmación de que efectivamente se había producido un ataque, y al parecer consiguió convencer al capitán y su consejo. Sin tardanza, el elfo partió a la cabeza de un grupo de jinetes en busca del resto de sus compañeros; no tardó en avistar unos familiares puntos en el cielo sobre el valle: los corvax habían traspasado la frontera del Imperio y se encontraban ya sobre ellos. Los ignoró y se apresuró a reunirse con sus compañeros y conducirlos al interior de la fortaleza.

Una vez en Svelên y tras haberles permitido asearse, el grupo se reunió con el capitán Phâlzigar y su consejo, compuesto por el castellano Zibar, el maestro de armas Udannâth y el senescal Nârik. Poco más pudieron hacer antes de presentarse a sí mismos (tras establecerse el vestalense como idioma más extendido allí y con la ayuda de un par de traductores) antes de que los guardias del castillo hicieran sonar sus cuernos para anunciar la visita de Inilêth, la capitana de la fortaleza de Jenmarik, convocada por el capitán Phâlzigar.

Inilêth era una mujer aguerrida y curtida por el paso de los años, y llegó acompañada de su consejo. Lo primero que llamó la atención de Yuria fueron sus uniformes. Los soldados de Svelên lucían en la pechera los seis escudos de los reinos que componían el Pacto de los Seis, y en la parte superior de su brazo el escudo del reino del que eran oriundos. Sin embargo, la comitiva que acompañaba a la capitana de Jenmarik y ella misma, no lucían ningún escudo de origen en sus hombreras. Este hecho resultaría ser de mayor importancia de lo que la ercestre había creído en un principio. El capitán presentó al grupo a los recién llegados, que fruncieron el ceño cuando reconocieron a Galad como paladín de Emmán, y no fueron todo lo respetuosos que cabría haber esperado hacia Daradoth.

Cuando relataron sus vivencias de las últimas semanas, lo primero que hizo Inilêth fue manifestar suspicacia. No alcanzaba a entender que hacía un grupo tan variopinto como aquel en el imperio vestalense, y menos en Creä cuando el Ra’Akarah era una amenaza mayor que nunca. Era, cuanto menos, extraño. Tampoco se mostró demasiado receptiva cuando pasaron a discutir la más que probable invasión que se les venía encima por parte de los vestalenses. No se mostró impresionada cuando le hablaron de los pintorescos ejércitos que habían visto y de los enormes pájaros llamados corvax; incluso se mostró algo despectiva, aunque finalmente pareció creer el relato cuando se convocó a los emisarios que habían traído las noticias de Êmerik. Sin embargo, no consiguieron un compromiso claro de la capitana en materia de defensa, y menos cuando Yuria, una supuesta experta en asuntos militares, dio el consejo de retirarse de las fortalezas y buscar un nuevo punto de defensa [pifia en organización militar]. Lo que sí quedó claro es que mientras que Svelên contaba con poco más de doscientos efectivos, Jenmarik contaba con más de 800; aunque esto llamó la atención de Yuria y los demás, prefirieron no comentarlo hasta más adelante, dada la tirantez que podía percibirse entre Phâlzigar e Inilêth. Cuando se retiraron a descansar, agotados, los dos capitanes quedaron todavía unas horas discutiendo en privado.

Fue la mañana siguiente cuando Daradoth y Galad obtuvieron explicaciones a las cuestiones sin responder. El capitán quiso mostrar así su respeto a ambos. Al parecer, la capitana Inilêth y la inmensa mayoría de su guarnición pertenecían a un movimiento nacionalista y ateo que se había dado en llamar “Los Terrenales”. Por contraposición, aquellos que no estaban de acuerdo con las ideas de los Terrenales se hacían llamar “Los Fieles”. El capitán les contó la historia: la Región del Pacto (así se llamaba la tierra donde se encontraban) nunca había sido demasiado cuidada por los gobiernos centrales de la coalición, y en los últimos decenios la cosa había ido aún a peor. Enzarzados en rencillas internas y preocupados por controlar la política del continente, la Región del Pacto había sido descuidada y ello había provocado que un antiguo movimiento, el de los Terrenales (un movimiento del que Phâlzigar no podía datar el origen, aunque se sospechaba que tenía alguna relación con la Caída de Lândalor), se hubiera popularizado en grado sumo. Los Terrenales siempre se habían caracterizado por una renuncia a los poderes divinos y a las razas míticas, a quienes se calificaba de “causantes de todo lo malo que había sucedido en el mundo”. Este movimiento de ateísimo y antimiticismo se había visto potenciado últimamente al añadírsele la idea de la independencia de la Región del Pacto. Con el paso de los años, gran parte de la población y los soldados destinados allí ya eran oriundos de la Región y se habían sumado a las filas Terrenales para conseguir la independencia de los poderes centrales, lejanos y despreocupados. Esa era la razón por la que la delegación de Inilêth no había lucido ninguna bandera en sus hombreras. La guarnición de Svelên tampoco estaba libre de miembros de los Terrenales, aunque Phâlzigar había conseguido mantener la disciplina y que lucieran los blasones.

El caso era que hacía unas semanas, el Pacto de los Seis había ordenado que las tres cuartas partes de las tropas destinadas en la Región se trasladaran al norte para hacer frente a una nueva amenaza procedente del Cónclave del Dragón. Estas amenazas no eran raras, y más o menos cada cincuenta o sesenta años se requería el traslado masivo de tropas al reino de Arlaria para tratar con ellas; pero en ninguna ocasión se habían requerido tantas tropas como esta vez, lo que era bastante alarmante, y más con la amenaza del Ra’Akarah vestalense en el sur. Según les informó el capitán, las tropas enviadas al norte habían sido constituidas sin miembros de los Terrenales. Phâlzigar tenía la sospecha de que el general Imradûn, el mando supremo de los ejércitos en la Región, había abrazado la causa Terrenal y había compuesto el ejército de refuerzo prácticamente solo con Fieles. Esa era la razón de que la guarnición de Jenmarik, que normalmente contaba con 1000 efectivos, ahora albergara 800, y que Svelên solo contara con 200. Galad y Daradoth se miraron, preocupados.

Más tarde, mientras el grupo se encontraba reunido evaluando la situación, oyeron sonar cuernos de nuevo, esta vez con un tono de alarma. Se precipitaron al exterior y subieron a la torre más cercana para ver cómo tres corvax sobrevolaban la extensión de terreno que se encontraba entre las dos fortalezas gemelas. Cuando estuvieron seguros de haber captado la atención de las guarniciones, los jinetes lanzaron varias bolas de fuego y relámpagos al bosquecillo que crecía alrededor del río, con clara intención intimidatoria. Los soldados comenzaron a murmurar y a mirarse preocupados. El capitán Phâlzigar intercambió una mirada de reconocimiento y de preocupación con Daradoth. Yuria aprovechó para presentar al comandante varios diseños que había ideado la noche anterior para fabricar escorpiones con una carcasa (una especie de esfera) que les permitiría moverse en tres dimensiones. El capitán los evaluó apreciativamente aunque sin entender nada, pero visto lo visto, puso a Yuria en contacto con el maestro carpintero para empezar a trabajar en ello lo antes posible.

A los pocos minutos hacían acto de presencia por el camino del centro del valle dos comitivas de sesenta jinetes cada una, que se dividieron para dirigirse cada una a una fortaleza. Traían la noticia de la caída de Êmerik e instaron a la guarnición a rendirse, pues no tenía ninguna oportunidad de resistir ni a su grandioso ejército ni a sus jinetes de corvax. Symeon se sorprendió cuando a través de una aspillera pudo ver cómo la fortaleza Jenmarik abría sus puertas y dejaba pasar a la comitiva a su interior. Por supuesto, Phâlzigar rechazó los términos de la rendición e instó a los vestalenses a marcharse, cosa que hicieron. Avisados por Symeon, todos, incluido el capitán, pudieron ver (muy claramente gracias a la lente de Yuria) cómo la comitiva abandonaba Jenmarik transcurrida una hora aproximadamente. Phâlzigar expresó su preocupación acerca de que los Terrenales pudieran llegar a algún tipo de acuerdo con los vestalenses a cambio de garantizar la independencia de la Región.

Preocupados por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, el grupo decidió que abandonaría Svelên cuanto antes para dirigirse hacia el norte y viajar a la Torre Emmolnir, la sede de los paladines de Emmán, preferiblemente en barco para que Symeon pudiera curar sus heridas. Faewald fue quien puso la voz discordante, insistiendo en que lo que deberían hacer era acudir o bien a lady Ilaith o bien a lady Armen, la reina de Esthalia, quien, les recordó, estaba en posesión de una de aquellas dagas negras que Daradoth llamaba kothmorui.

Mientras discutían su destino, la capitana Inilêth volvía a hacer acto de presencia ante las puertas de la fortaleza para reunirse con el capitán Phâlzigar.


viernes, 15 de diciembre de 2017

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 2

Huida del Imperio

Pasaron la noche escondidos en el granero, pero decidieron cambiar de ubicación cuando por la mañana oyeron bullicio de niños y adultos que trabajaban en la recogida de la cosecha. Antes de que llegara el atardecer, se trasladaron discretamente hasta la granja quemada que Daradoth había visto previamente. La granja ya parecía de por sí un escondite perfecto, pero aún lo fue más cuando Symeon descubrió una bodega intacta bajo los escombros, protegida por una discreta puerta que se levantaba mediante una argolla.

Antes del descubrimiento de la bodega, la aguda vista de Daradoth y la lente de Yuria les permitieron avistar a lo lejos, hacia el sureste, una visión preocupante: cuatro de los monstruosos Corvax sobrevolaban una nube de polvo (que habría pasado desapercibida de no ser por la lente) que sin duda debía de pertenecer a un ejército en movimiento. La situación empeoraba por momentos.

Por la noche, Daradoth decidió acercarse a Sar’Sajari en solitario, haciendo uso de sus especiales habilidades de infiltración, para pasar el Evra’in’Doharr —el muro fronterizo— y avisar a los ejércitos del Pacto de los Seis de la amenaza que se les aproximaba desde el sur. No tuvo demasiadas dificultades en conseguir su objetivo, y tras una caminata de veinte kilómetros a la velocidad endiablada de la que era capaz el ligero elfo, llegaba por fin a la vista de una fortaleza, de la que más tarde le informarían de su nombre: Êmerik.

La reticencia inicial de los vigilantes (que no parecían estar muy alerta) se convirtió en asombro y más tarde en respeto al reconocer la raza de Daradoth una vez que hizo acto de presencia un oficial capaz de defenderse en anridän, el idioma común élfico. No tardaron en conducirlo a presencia del capitán Anâthadre. Se reunieron con el castellano Zenarâk, que era el que hablaba un anridän más fluido, y con el maestro de armas Nilbanâth, que mantuvo una actitud menos respetuosa hacia Daradoth que sus compañeros; no llegó a ser escandalosa, pero el elfo notó su falta de deferencia. Este expresó su preocupación por la aparente falta de efectivos en la guarnición de la fortaleza, aunque comprendía que era difícil mantener un cuerpo numeroso tras décadas de paz, pero la respuesta de Anâthadre le sorprendió, por inesperada: gran parte de los efectivos de la Región habían sido reclamados por los generales del Pacto para hacer frente a una amenaza en el lejano norte; el capitán no conocía más detalles. A continuación, Daradoth pasó a hacer referencia al pequeño contingente procedente de la Corona del Erentärna con el que se había encontrado en el Imperio Vestalense, con la esperanza de que hubieran pasado hacia el sur por alguna otra parte que no fuera la Quebrada y su grupo pudiera encontrar tal alternativa. Sin embargo, Anâthadre le confirmó que efectivamente lord Amâldur había pasado por allí hacía un par de meses de paso hacia el sur en misión diplomática. Pero ni el capitán de la fortaleza ni los miembros de su consejo dejaron entrever en ningún momento que supieran que con los ástaros de Amâldur viajaban también varios elfos y una centaura. Seguramente habrían pasado discretamente, sin salir de los vagones. Por fin, Daradoth pasó a tratar el motivo principal de su presencia allí: la amenaza vestalense. Después de referirse someramente a los acontecimientos de Creä alrededor del Ra’Akharah Habló a los páctiros de los dos ejércitos que se encontraban al borde de la frontera, de los enormes pájaros con espolones comandados por los extraños extranjeros, de los Susurros de Creá y su capacidad de entrar en los sueños y afectar a la gente desde ellos; el capitán rebulló preocupado, pero mostró sus manos en un gesto de impotencia, aunque acordó que enviaría mensajeros hacia el norte para avisar al Consejo Regional al despuntar el alba.

Entre tanto, Symeon también decidió acercarse a Sar’Sajari en solitario para evaluar más a fondo las posibilidades del grupo de traspasar la frontera. Se le erizó el vello de la nuca cuando al acercarse a cierta distancia de la fortaleza pudo escuchar un coro de voces que entonaban cánticos y oraciones. Un ritual se estaba llevando a cabo dentro del bastión principal, y en cuestión de minutos una especie de remolino de nubes oscuras y relampagueantes se concentraba en la vertical del complejo, tapando el cielo estrellado. Este mismo remolino de nubes y rayos era contemplado en ese momento con preocupación por Daradoth desde las almenas de Êmerik.

Symeon no pudo resistirlo. Haciendo gala de su extraordinaria habilidad y capacidades de latrocinio, trepó a lo alto de uno de los muros exteriores y entre las sombras pudo atisbar de forma parcial el patio de armas del bastión principal, donde se habían erigido varias piras con la forma de estrella de once puntas que ya habían visto en su viaje hacia el norte. Los gritos de la gente que estaba siendo quemada viva en ellas le encogieron el corazón, mientras los cánticos se tornaban ensordecedores y por encima de ellos, varios clérigos del Fuego Purificador imploraban a Vestän que acogiera en su seno a aquellos pecadores que lo habían traicionado. Los ribetes de llamas de sus túnicas brillaban con un fulgor extraño, sin duda de índole sobrenatural. De vez en cuando, el errante podía avistar a un paladín de Vestän que arengaba al público congregado, que parecía enardecerse cada vez que el paladín se dirigía a ellos. Se respiraba el poder en el ambiente.

— Te veo. TE ESTOY VIENDO —las poderosas palabras que resonaron en la mente de Symeon lo aturdieron y nublaron su visión.

Al instante comprendió lo que pasaba: alguien se comunicaba con él desde el Mundo Onírico; si era así, lo mejor sería huir. Trastabilló como pudo hasta el borde del muro y se dejó caer, acosado por la atronadora voz. Por el rabillo del ojo pudo ver deslizarse una sombra descendiendo del muro: un Susurro de Creä. Con el corazón escapándosele del pecho, corrió con toda su alma, apenas notando el tobillo que se había lesionado al caer de la muralla. Por fortuna, su rapidez no le falló esta vez, y consiguió despistar al vestalense. Al amanecer volvía a la bodeja de la granja donde sus compañeros esperaban preocupados, y tras recibir una rudimentaria cura por parte de Galad se derrumbó agotado y presa de un intenso dolor en el tobillo.

El día siguiente, Yuria, Galad y Taheem aprovecharon para acercarse a una distancia prudencial del ejército que viajaba bajo los Corvax, que ya se habían adelantado a la columna y llegado a Sar’Sajari. Lo que vieron les dejó de piedra: enormes elefantes y extraños animales con cuernos en el hocico acompañaban a un contingente de rasgos variopintos donde destacaban muchos soldados de piel negra, procedentes de las selvas y desiertos del lejano sur.

Por la noche volvió Daradoth, que les informó del magro resultado de su viaje. Desde luego, no le había parecido que los páctiros estuvieran preparados para rechazar lo que sus compañeros le contaron que se estaba aproximando por el sureste, ni siquiera para rechazar al contingente del badir.

Al acercarse cerca del mediodía a Sar’Sajari, vieron que la puerta principal del Evra’in’Doharr se encontraba abierta. El ejército del badir se encontraba ya acampado dentro del complejo y una parte de él parecía haber pasado hacia el norte. Al atardecer se confirmarían sus sospechas al regresar una columna de doscientos jinetes con una delegación de páctiros con los ojos vendados (pero no prisioneros) entre los que Daradoth reconoció al capitán Anâthadre. Viendo que las batidas habían relajado su vigilancia, decidieron pasar la noche en el lugar donde se encontraban, desde donde tendrían alguna oportunidad de ver o percibir cualquier novedad que se produjera en la fortaleza. Unas horas después, la delegación diplomática del Pacto se marchaba de nuevo hacia el norte escoltada por un grupo de jinetes. Poco después, establecieron los turnos de guardia pertinentes y descansaron.

Symeon despertó sobresaltado por una increpación: “¡AHORA! ¡RÁPIDO!” —la voz de la soñadora centaura se propagaba como una ola por todo el Mundo Onírico. Symeon contempló sus brazos cambiantes: se encontraba en el mundo de los sueños. Se acercó rápidamente hacia la fortaleza, mientras varias decenas de una especie de centellas plateadas hacía lo mismo: centauros que habían venido a ayudar a su señora, sin duda. La gente de la fortaleza empezaba a materializarse de repente en el Mundo Onírico y eran abatidos por las figuras plateadas. Symeon miraba a su alrededor, extasiado por lo que veía. Sin duda, era testigo de un acontecimiento extraordinario. El errante se acercó hacia la presencia de la centaura, pero una de las siluetas plateadas se lo impidió y, de hecho, le atacó; por suerte consiguió despertarse a tiempo de evitar su -más que posible- destino fatal.

Se apresuró a despertar a aquellos de sus compañeros que se encontraban durmiendo, y con las mínimas palabras les contó lo que estaba sucediendo. En ese momento repararon en los leves sonidos que les llegaban de la fortaleza: gritos y caos. En pocos minutos varias hogueras se habían encendido para iluminar el complejo y se notaba una intensa actividad.

Gracias a sus grandes capacidades, Symeon fue capaz de volver a dormir en pocos segundos y acercarse de nuevo al bastión principal, aunque de una manera mucho más lenta debido al embotamiento de su mente; tras unos momentos que le parecieron años, llegó al patio de armas, donde el centauro lo había tomado por enemigo y atacado. Mientras trataba de orientarse para acercarse a la centaura, una presencia abrumadora le impactó. Un hombre y una mujer hacían acto de presencia en el patio de armas, apenas preocupados por las estelas plateadas que iban de aquí para allá. Sus siluetas estaban perfectamente definidas, lo que denotaba un control de sus habilidades mucho mayor que las suyas propias. La mujer era bellísima, la más bella que Symeon hubiera visto jamás, con una larga melena azabache, unos ojos violeta y unos labios carnosos que en otras circunstancias le habrían quitado el sentido. El hombre era harina de otro costal; por la descripción que Daradoth les había dado en el pasado, lo reconoció al instante: sus ojos rojos, su pelo blanco y su nariz aguileña lo identificaban: Trelteran, el kalorion que se había llevado de Rheynald a la duquesa Rhianys. La mujer pronto se convirtió en una sombra grisácea que arrasaba con las figuras plateadas que encontraba a su paso, y Trelteran desapareció sin más.

El resto del grupo se había acercado a la fortaleza (cargando con el cuerpo dormido de Symeon), y en ese momento, Galad y Daradoth tuvieron una sensación extraña, que se superponía a la sensación ominosa que toda la fortaleza emanaba desde que se había perpetrado el salvaje ritual de las piras. Sin que el grupo lo supiera, Trelteran se había materializado en el mundo real, pues el velo entre mundos había sido debilitado por la ceremonia, y le fue entregada la lady centaura. Cuando el kalorion volvió a materalizarse en el Mundo Onírico, giró su mirada hacia donde se encontraba Symeon, aunque sin conseguir verlo; el errante decidió despertar al punto.

—¡Vamos! ¡Es ahora o nunca! —gritó alguno de ellos.

Efectivamente, el caos que imperaba en la fortaleza y la puerta del muro abierta ofrecían una oportunidad que no volvería a presentarse. Daradoth decidió que la empresa de rescatar a los elfos prisioneros no tenía ninguna esperanza de llegar a buen término, así que guió al grupo por el camino más seguro que él ya había seguido. Tuvieron además la fortuna de encontrar un carro volcado del que habían caído ropas de soldados y se apresuraron a vestirlas. Alguien gritó desde los muros increpándolos, y Galad respondió en un perfecto vestalense cualquier excusa que se le ocurrió. Se alejaron sin más contratiempos, a toda velocidad y ayudándose los unos a los otros. Por fin habían salido del Imperio.

Poco después avistaban hogueras y a su calor el ejército de varios centenares que rodeaba Êmerik. Por suerte, la fortaleza del Pacto se alzaba sobre un promontorio alrededor del cual el desfiladero se ensanchaba de forma ostensible, así que deberían ser capaces de rodear al contingente amparándose en las sombras de la noche.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 1

Ante Sar’Sajari. Retirada.

Tras pasar tres días a una distancia prudencial de Sar’Sajari, la tercera noche Symeon y Taheem decidieron acercarse a explorar. Ya habían intentado otear las rutinas de la guarnición con ayuda de la lente ercestre de Yuria, pero los recovecos del terreno y la propia construcción se lo habían impedido.

Sar'Sajari
Amparados en la oscuridad, no les costó atravesar la vaguada que daba acceso a la Quebrada y acercarse hasta el muro del otro lado, el Evra’in’Doharr. Symeon creyó reconocer el punto más vulnerable: un trozo de muralla que, sobre uno de los promontorios, se alzaba menos alta sobre el nivel del suelo, apenas unos seis metros, y que además ofrecía una buena superficie para trepar. Según su criterio, Taheem y él no tendrían problemas en atravesarlo, pero el resto del grupo era harina de otro costal, y seguramente aquella sería una barrera formidable. Aprovecharon también para observar las idas y venidas de los guardias del complejo, pero no pudieron sacar nada en claro: la frecuencia de paso era muy variable y el número de guardias también. Al cabo de un par de horas decidieron volver.

Más tarde, Daradoth pudo observar a lo largo de la madrugada cómo varios grupos de exploradores con perros salían de la fortaleza en dirección sur, claramente en batidas de búsqueda, seguramente intentando encontrarlos a ellos. Por suerte, su agudeza visual combinada con la lente de Yuria les permitía pernoctar a una distancia considerable y ninguno de los grupos pareció acercarse al lugar donde se encontraban.

Symeon decidió escudar su sueño, y en un momento de la noche se despertó alertado por una especie de perturbación que había impactado contra su escudo; por suerte nada pasó más allá del sobresalto.

A mitad de mañana, todos se sobresaltaron al ver en el suelo la sombra de algo que pasaba ante el sol. Al girarse, un escalofrío se apoderó de ellos al reconocer la silueta de uno de los monstruosos pájaros que ya habían encontrado antes en el viaje: un Corvax. Aunque el animal (o sus jinetes) no dieron señales de haber detectado la presencia del grupo, estos decidieron mover el campamento para evitar posibles sorpresas. Symeon y Taheem exploraron el contorno en busca de un sitio adecuado, y ese retraso probó ser un error: mientras se disponían a partir después de que la pareja hubiera vuelto de su reconocimiento, de la fortaleza salió una columna de jinetes que se dirigió directamente hacia donde ellos se encontraban. Además, a los pocos segundos, el Corvax alzaba el vuelo desde una de las torres.

A duras penas, refugiándose en bosquecillos, rodeando pequeñas lomas y renunciando a alguna que otra mula, consiguieron despistar a sus perseguidores y esquivar milagrosamente la vigilancia del ave. Gracias a las habilidades de Daradoth, las mulas parecieron correr más que nunca, por lo que todos dieron gracias. No fueron pocas las ocasiones en las que Galad tuvo que echar una mano a Yuria ante las dificultades del camino, pero durante varias horas consiguieron esquivar a los enemigos.

Llegaron finalmente a la vasta extensión de llanuras, granjas y terrenos de cultivo que se extendía hacia el suroeste. Presionándose a sí mismos para mantener un ritmo endiablado, aprovecharon los cultivos de maíz y de frutales para mantenerse a cubierto. Durante la dura caminata, con la ayuda de la lente ercestre pudieron ver acercarse a lo lejos, por el camino por el que habían venido hacía varios días desde el sur, el contingente de tropas comandada por el badir de Agherêk que escoltaba los vagones donde presuntamente tenían retenidos a los elfos y la señora de los centauros. Si se dirigían a Sar’Sajari quizá tuvieran una nueva oportunidad de intentar rescatarlos; pero ahora tenían otras preocupaciones más urgentes.

Finalmente se refugiaron en un granero que prefirieron ante una granja quemada y abandonada. En el granero pudieron descansar, agotados y doloridos por el fuerte ritmo que se habían impuesto durante casi un día entero. Desde su cómoda atalaya entre la paja pudieron ver uno de los grupos de batida que habían visto salir de madrugada pasar peligrosamente cerca, pero por suerte no se acercaron al granero en ningún momento. Durante la noche, Galad pidió la inspiración de Emmán para que lo guiara en sueños en la labor de traspasar el muro de Sar’Sajari; el paladín se hundió en un incómodo y oscuro sueño, donde se alzaba sobre un vacío en el que solo existía el muro, un muro que cada vez se hacía más enorme. Como dos exhalaciones, Symeon y Taheem surgían de detrás suyo y se aprestaban a la labor de escalar la pared, pero esta se hacía cada vez un poco más alta, impidiéndoles coronarla; finalmente, cuando consiguieron llegar arriba, un cuervo comenzó a picar sus manos, causándoles atroces heridas; cuando todo parecía perdido y Galad debía decidir si salvar a Symeon o a Taheem de una muerte segura, apareció una poderosa lady centaura que los rescató. Eso fue lo que el paladín pudo recordar por la mañana, y lo que compartió con el resto del grupo.

Por la mañana, Daradoth se acercó para inspeccionar de cerca al contingente del badir que habían visto el día anterior. No tuvo demasiados problemas con sus habilidades de ocultación y la ausencia de perros (puesto que parecían habérselos llevado para realizar las batidas). Como ya había visto la vez anterior, el badir iba al frente viajando en carromatos cerrados y los vagones con los prisioneros se resguardaban en el centro de la comitiva. De vuelta con el grupo, intentaron encontrar algún modo de detener la marcha del ejército del badir; Yuria se devanó los sesos sobremanera, pero dada la escasez de recursos con que contaban y lo numeroso del ejército (unos mil efectivos), se antojaba una tarea imposible.


jueves, 2 de noviembre de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 35

La Central de Vamma
El grupo se encontró con la disyuntiva de decidir a qué lugar acudir, la presa de Vamma o la central térmica de Mongstad, todavía a medio construir.

Central Hidroeléctrica Vamma

Lo primero que intentaron fue contactar con los hackers de Omega Prime, pero entonces salió a la luz una noticia de una antigüedad de un par de días que hasta entonces les había pasado desapercibida. Una importante cadena norteamericana mostraba un vídeo donde varias personas estaban siendo detenidas, con chaquetas sobre sus cabezas. El titular rezaba: “Detenidos varios miembros del grupo ciberterrorista Omega Prime”. Era una muy mala noticia para el grupo; el informativo volvía a poner el vídeo que ya habían visto hacía unos días en el que un tipo con la máscara típica de OP reivindicaba los ciberataques a las sedes del pentágono, la CIA y el gobierno. No obstante, tenían problemas más acuciantes ahora mismo.

Descartada la opción de Omega Prime, decidieron alquilar una avioneta pilotada para sobrevolar ambas zonas. En un plazo de tan solo siete horas todos los indicios recogidos apuntaban a que sus amigos se encontraban retenidos en la central hidroeléctrica al este de Oslo. Uno de los helicópteros de la corporación UNSUP se encontraba estacionado junto a la presa, y varios coches en el aparcamiento también apuntaban a que era el lugar de interés correcto.

Se desplazaron en coche hasta el pueblo más cercano a la presa, donde habían reservado alojamiento en una casa rural. Dejaron allí a Esther y arropados por la oscuridad de la madrugada se dirigieron hacia la central. No tardaron en encontrar en el camino un puesto de vigilancia tras una puerta que abría paso a través de una verja electrificada. Aprovechando la cobertura de los árboles, se dividieron en dos grupos: uno quedó junto a la caseta de vigilancia que se encontraba junto a la puerta y que no tardaron en averiguar que habitaban dos hombres. Derek, Tomaso y Patrick consiguieron tras muchos esfuerzos abrir un agujero en la alambrada con una cizalla, pero los chispazos alertaron a los guardias. Tras jugar un rato al gato y al ratón en el intenso frío que precedía al alba y la densa niebla que se estaba levantando, el episodio acabó con uno de los guardias inconsciente y un coche con refuerzos que llegaba a la caseta de la verja, alertado por el segundo guardia. Pero para entonces el grupo al completo había pasado ya por el hueco de la alambrada y se dirigía a toda prisa al edificio principal de la presa.

Las compuertas se acababan de abrir para aliviar el exceso de agua y el estruendo era considerable. Superando el aturdimiento inicial llegaron al aparcamiento, donde un par de furgonas negras se encontraban estacionadas entre otros vehículos.

En el edificio principal se podían ver luces encendidas en un varias ventanas, y unos focos alumbraban las entradas principales, aunque a duras penas podían penetrar la niebla matutina. Aun así, uno de los hombres de Dulce fue abatido por un francotirador. Se apresuraron a forzar la puerta principal y entrar en el edificio; un segundo disparo pasó a pocos centímetros de la cabeza de Sigrid antes de que entraran. Encontraron poca resistencia hasta llegar a la primera de las grandes escaleras que se encontraban a lo largo pasillo que recorría el elongado complejo. No tardaron en oír pesados pasos que bajaban los escalones; se dividieron en dos grupos que se apostaron a ambos lados del pasillo. No fue difícil abatir al primer hombre, que aunque bajó prevenido, no estaba preparado para encontrar tantos enemigos. Pero la muerte del primero fue el detonante para que se desatara el caos; desde las escaleras un número indeterminado de enemigos abrió fuego de armas automáticas, haciendo que los dos grupos tuvieran que alejarse, agobiados por el polvo y las equirlas que saltaban de las paredes. El grupo de Sigrid, Tomaso y Derek, se metió a la desesperada en una de las habitaciones del pasillo cuando desde el otro lado del corredor aparecieron más enemigos; un par de granadas dieron cuenta de los nuevos llegados a la escena, y unos segundos de calma siguieron a la explosión; en el silencio, resonó un disparo, y alguien gritó:

—¡Uno de vuestros amigos ya ha muerto, ¿cuántos más tendrán que hacerlo?!

Para corroborar las palabras del tipo, un chillido que indudablemente profirió Sally les heló la sangre. No tenían muchas opciones, así que Derek decidió arriesgar; según él, el gemido de Sally había sonado arriba, seguramente en el primer descansillo de la escalera; y por lo que le parecía entender en las señas de uno de los hombres de Dulce al otro lado del pasillo, la mayoría de los paramilitares se encontraba al pie de ellas. Así que si calculaba bien (y su suerte le ayudaba, como casi siempre parecía pasar) podría sembrar la suficiente confusión para entrar e intentar salir bien parados de aquello. No lo pensó más: cogió la última granada que le tendió Sigrid y la lanzó hacia la escalera. Apenas unos segundos después de la fuerte explosión, Derek gritaba "¡¡¡adelante!!!", y le siguieron sus propios compañeros, Dulce y los secuaces de esta. La granada había sido más efectiva de lo que había pensado; apenas quedaba algún paramilitar en pie que fue fácilmente abatido (aunque uno de los hombres de Dulce fue herido en el intercambio). Por la escalera se escuchaba cómo huían varias personas, y de sus amigos no había ni rastro, excepto del pobre Ethan, que era el que había tenido la desgracia de perder la vida. Subieron a toda prisa, dejando las lamentaciones para más tarde.

Dulce y Sigrid quedaron las últimas, y no se dieron cuenta de que desde la otra entrada habían hecho acto de presencia varios tipos más. El que iba en cabeza encañonó a la anticuaria en la cabeza, pero Dulce se acercó a él y consiguió simular un beso mientras susurraba unas palabras. Sigrid la sujetó cuando pareció debilitarse tanto que perdió pie; el enemigo pareció confundido, pero a los pocos segundos se revolvía contra sus compañeros, disparándoles como un loco. Esto les permitió ganar el tiempo necesario para reunirse con sus amigos y que los hombres de dulce acabaran con el resto (y causó la baja de otro más).

Cuando llegaron al primer piso pudieron ver cómo uno de los paramilitares intentaba forzar una de las puertas que daban al pasillo, mientras que al fondo de este desaparecían varias figuras, mientras otro controlaba la escalera y empezaba a dispararles. Desde la habitación que estaban intentando forzar, alguien abrió y efectuó un disparo que acabó con uno de ellos. El otro tipo se hizo fuerte detrás de una puerta y abrió varias ráfagas que derivaron en un punto muerto. Al cabo de pocos minutos el último paramilitar había desaparecido aprovechando la cobertura de la puerta y el grupo se precipitó a la habitación, donde se encontraron con Sally, Robert y Gerard. La periodista se deshizo en lágrimas cuando vio entrar a Tomaso y a Derek; se abrazó a ellos y les contó que sus captores habían matado a Ethan y habían estado también a punto de matarla a ella. Robert, aunque adusto como siempre, dejó traslucir la alegría en su rostro y les criticó por haber tardado tanto, pero con unas palmadas amistosas y una expresión de alivio. Gerard, por su parte, les preguntó por Anne, a lo que ellos respondieron con evasivas.

No podían dejar de moverse. Les costó un rato recuperar los teléfonos especiales de Robert y de Sally de la habitación del jefe de aquellos tipos (un tal Hans, según les informó la periodista); en la habitación encontraron una caja fuerte que no fueron capaces de abrir, y una sofisticada jaula de Faraday donde se encontraban los móviles. Ya en el pasillo, no tardaron en ver por uno de los amplios ventanales que el helicóptero no se encontraba donde había estado estacionado. Intentaron subir a la azotea, y a los pocos segundos una ametralladora de gran calibre intentaba alcanzarlos; gracias a la niebla no acabó muerto ninguno de ellos, pero tuvieron que volver atropelladamente al interior del edificio.

Decidieron atravesar el complejo hacia la otra parte de la presa, y esto resultó ser una buena idea. Atravesando varios túneles de mantenimiento atajaron hasta una discreta salida en la parte sur donde no encontraron resistencia. El sonido de motores delataba varios vehículos acercándose, con lo que se internaron campo a través, alejándose del lugar. Poco después, llamaban a Esther y la muchacha los recogía con su furgoneta en un punto acordado. Se derrumbaron en los asientos y en el propio suelo del vehículo, exhaustos.






miércoles, 18 de octubre de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 34

Opciones y Decisiones
Tras unos momentos que les sirvieron para recuperar aliento mientras todos se reunían en las sombras del parque, Dulce da Silva acabó su conversación telefónica y dijo:

—Debemos apresurarnos. Aquí no estamos a salvo, pronto nos encontrarán si no nos movemos —un gesto de uno de sus guardaespaldas hizo que mirara hacia un extremo del parque y sonriera—. ¡Ah! Ya están aquí, muy bien.

Varios taxis se habían detenido cerca de allí y Dulce les instó a seguirla hacia ellos. Derek siguió a Dulce sin dudarlo, acarreando a un exhausto y derrotado Tomaso. Los demás dudaron, y se miraron preocupados. Sin importarle si Dulce lo escuchaba, Patrick expresó sus dudas acerca de la fiabilidad de la portuguesa. Anne miró a los demás con los ojos muy abiertos, con una mirada muy significativa. Tras unos segundos de silencio, le hizo una seña a Bernard y salieron corriendo hacia la oscuridad. Sigrid y Patrick permanecieron indecisos hasta que Dulce, que se encontraba ya a decenas de metros de distancia, los instó de nuevo a seguirla. Decidieron acompañar a Derek y Tomaso tras ella.

Al montar en los taxis, Dulce notó la falta de varios miembros del grupo, y mostró su extrañeza cuando Derek le contestó sin aparente preocupación que habrían optado por marcharse.

Los taxis salieron de la ciudad y se dirigieron a una población cercana a través de carreteras poco transitadas. Cuando los taxistas atendieron a sus radios con la intención de revelar hacia dónde se dirigían, los guardaespaldas de Dulce se lo impidieron de no muy buenos modos; quizá —pensó Sigrid— los taxistas pertenecían al entramado de Terje Nikolic y por eso no querían que revelaran su posición. Finalmente llegaron a un paraje de lujosas mansiones ampliamente espaciadas y atravesaron una de las recargadas verjas. Una finca de enorme extensión albergaba una casa victoriana. Mientras Dulce los conducía hacia el interior, Patrick no pudo evitar notar que los taxistas eran retenidos por varios hombres armados que los habían recibido al llegar. Cuando más tarde el profesor se interesó por el tema, Dulce le respondió que “evidentemente, los taxistas no han vuelto a su trabajo”; Patrick no averiguó a ciencia cierta si eso significaba la muerte de los conductores, pero resultó casi convencido de que así era.

En el interior, varios “sirvientes” (a los ojos de Derek iban evidentemente armados) les mostraron sus habitaciones y cuando a los pocos minutos se reunieron con Dulce en una sala habilitada a tal efecto les sirvieron algo de comer, cosa que agradecieron. Sigrid dejó a su hija durmiendo plácidamente tras las emociones vividas.

La conversación, tras comentar el episodio del club nocturno y dar las gracias a Dulce por ayudarles a rescatar a Esther, comenzó, como no podía ser de otra manera, con la portuguesa preguntándoles por “el libro”. Sigrid le comentó que el De Occultis Spherae ya no le pertenecía, sino que era de la mujer que se había marchado antes de subir a los taxis; y como Dulce requería, le comentó su paradero (el hotel donde se habían alojado). Subrepticiamente, la mujer encargó (aunque sin muchas esperanzas) a varios de sus hombres acudir al lugar y conseguir el incunable. Sigrid también reveló que, hacía muchos años, había leído el libro con un resultado nefasto; Dulce permaneció pensativa. Aprovecharon a continuación para comer y comentar los hechos sucedidos hacía varias semanas en la subasta del hotel Excelsior; acto seguido, cada uno se retiró a su habitación. Todos excepto Derek, que pidió a Dulce prolongar un rato más su charla. Dulce sonrió porque de todas maneras le iba a proponer a Derek lo mismo. Recordaron la conversación que habían tenido en los aseos del Corazón Nocturno acerca del verdadero origen de Derek, y crípticamente le propuso ir con ella a Lisboa para visitar a “gente más sabia”. Derek le aseguró que partiría con ella hacia Lisboa si antes conseguían rescatar a sus amigos que habían sido secuestrados; Dulce podría ser de gran ayuda en tal empeño. Tras meditarlo durante unos instantes, Dulce aceptó, y afirmó con una de sus maravillosas sonrisas que Derek podría “unirse por fin a las filas de sus congéneres”.

Al cabo de un rato, alguien llamó a la puerta de Sigrid. Dulce entró en su habitación cuando le permitió el paso. Estaba intrigada por lo que Sigrid había contado de que hacía años que había leído el De Occultis Spherae y por que aún conservara la cordura. Sigrid aclaró que no había leído el libro en su totalidad, aunque sí lo suficiente para sentir cosas muy extrañas; al preguntarle qué había sentido al leerlo, Sigrid contestó que “dolor” y “una sensación apocalíptica” (ocultando así parte de la información). Acto seguido y para sorpresa de la anticuaria, Dulce le preguntó (aparentemente) preocupada por su estado, tanto físico como anímico. Informó también a Sigrid de que el libro ya no se encontraba donde le había dicho, pero que tenía evidencias de que había estado allí, así que le agradeció que no le hubiera mentido al respecto. También se interesó por el estado de Esther, felicitando a la anticuaria por su recuperación y afirmando que se alegraba mucho por ella. Se miraron fijamente. Sigrid no pudo evitar que su boca encontrara la calidez de los labios carnosos y tersos de Dulce. Lentamente se tocaron y se desnudaron, y Sigrid tuvo por vez primera sexo con otra mujer, una experiencia que dio un resultado altamente satisfactorio y que la hizo estremecerse profundamente de placer. A continuación, con Esther a salvo, cayó en el sueño más reparador que había tenido en mucho tiempo.

Aproximadamente una hora después, Dulce entraba en la habitación de Patrick. Sin muchos preámbulos, el profesor se vio envuelto en la espiral de sensualidad que parecía envolver siempre a la mujer, y descendió de nuevo a los abismos del placer físico. A continuación, más relajados, tuvieron una conversación donde hablaron sobre el mundo donde se habían metido Patrick y sus amigos desde la subasta y en la que este intentó desesperadamente sacar algo de información. Dulce mencionó el trato al que había llegado con Derek por el que el americano la acompañaría a Lisboa después de ayudarlos a rescatar a sus amigos secuestrados. También mostró su interés porque Patrick la acompañara, ofreciéndole conocimiento. A esto, el profesor tenía muy difícil negarse, y como muestra de buena voluntad sacó a relucir su habilidad de percibir las auras de las personas. Por primera vez, Patrick vio a Dulce desconcertada, aunque solo por unos breves segundos. Ella no tardó en pedirle que intentara ver su aura, y Patrick así lo hizo: pudo sacar en claro que Dulce era una de las personas más complejas que había conocido, y que había vivido mucho más de lo que aparentaba. Por supuesto, su aura revelaba un poder considerable, aunque quizá no tanto como la de Anne Rush. Y además, una parte de su aura le recordaba a la de Derek; era evidente que tenían algo en común. Patrick solamente reveló a la portuguesa vaguedades de lo que había percibido, pero esta se dio por satisfecha, y lo miró con un interés renovado.

Ya por la mañana, Dulce se encontró con Tomaso. Se mostró extrañada, porque sabía que el italiano era aquel al que el día anterior había atropellado el camión, y estaba extrañamente recuperado. Cuando Tomaso contestó que tenía sospechas de que podía haber sido cosa de Anne, la compañera que había escapado, Dulce pareció perder el interés por su milagrosa recuperación.

Alguien despertó a Sigrid de las profundidades del sueño, suavemente. Alguien decía algo. Lentamente, reconoció las palabras: “¡Mamá!¡Mamá!”. Abrió los ojos y dio un salto de alegría. Abrazó a su hija después de observarla unos instantes, llorando. Ella respondió a su abrazo; por fin estaban juntas. En pocos minutos puso en antecedentes a Esther de su situación y de los acontecimientos recientes; la joven lo encajó todo sorprendentemente bien; su carácter era recio.

Se reunieron con Dulce de nuevo durante el desayuno. La portuguesa manifestó ya firmemente su decisión de ayudarles a encontrar y liberar a sus amigos a cambio de que Derek y Patrick la acompañaran a Lisboa y “formaran parte de su fuerza”. Por supuesto, no pondría obstáculos a que los demás los acompañaran. La perspectiva de desvelar uno de los mayores mitos de la antigüedad (¡atlantes!) animaba a Sigrid a acompañar a sus amigos.

Antes de aceptar definitivamente la ayuda de Dulce intentaron explorar otras opciones para rescatar a sus amigos, que consistían básicamente en que Tomaso se pusiera en contacto con sus amigos de los bajos fondos. Sin embargo, Noruega estaba muy lejos de su entorno y no tuvieron más remedio que aceptar la ayuda de la portuguesa. El italiano también aprovechó para enviar un mensaje a Anne Rush, que no contestaba al teléfono, informándole de la situación. Patrick, por su parte, había enviado la localización de la mansión a Anne cuando habían llegado al lugar, y la noche anterior se lo había advertido a Dulce como muestra de buena voluntad. Además, Patrick aprovechó para percibir el aura de Tomaso, y le sorprendió encontrarse con un aura prístina, de un blanco brillante, donde sólo se dejaban ver leves retazos de bajos instintos; sin duda, aquella aura revelaba al italiano como la persona de mayor bondad que Patrick hubiera visto nunca. A requerimiento de Tomaso, el profesor le reveló que su aura era especial, única.

A continuación, el grupo se reunió para discutir qué hacer, entablando así una larga conversación sopesando los pros y los contras de sus opciones. Se enfrentaron por la decisión moral de aliarse con Dulce, lo que representaba traicionar a Anne, que se había acercado a ellos con buena voluntad, al contrario que todos los demás hasta entonces; solo cuando Dulce había notado en ellos sus capacidades especiales se había mostrado cercana y sincera, y no tan manipuladora como cuando la habían conocido en la subasta; dieron vueltas y vueltas a estos dilemas morales, pero tal y como estaban las cosas, parecía inevitable la alianza con Dulce y su gente. Mientras hablaban, Tomaso navegaba con ahínco y finalmente consiguió hacerse con información muy relevante sobre los tentáculos de WCA en Escandinavia, y concretamente de UNSUP Corp. Evaluando los datos, Sigrid pudo deducir que, si realmente eran WCA los que retenían a sus amigos, los lugares más probables para ello eran la Central Térmica de Mongstad o la central hidroeléctrica Vamma, en el río Glomma; ambas propiedades de una filial de una filial de UNSUP; ambas declaradas zonas restringidas y ambas provistas de helipuerto.


jueves, 7 de septiembre de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 33

El Corazón Oscuro (II). Dulce da Silva.
Entraron al club acompañados de los dos albinos y la mujer. Los recibieron dos tipos enormes y musculosos que no mostraban los rasgos albinos tan comunes allí. Uno de ellos saludó al tal Nicolai y al otro tipo, Michael; en inglés (el idioma que era la norma en el interior de aquel lugar) les preguntó extrañado por la cantidad de compañía tan inusual que traían, mirando suspicazmente a Sigrid, Anne y los demás. Ante la irregularidad de la situación solicitaron la presencia de otro individuo cercano, alto y con rasgos albinos, que se presentó como Alexander; la sonrisa socarrona del tipo dejaba entrever esos colmillos extrañamente desarrollados que lucían los albinos del lugar, y sus ojos revelaban la sospecha de que el grupo no pertenecía a sus congéneres. Por suerte, Anne Rush utilizó sus habilidades (todavía activas) para que no les pusieran pegas, igual que había hecho en el exterior con Nicolai y su compañero. Con un escalofrío incontrolable, Sigrid oyó cómo Alexander susurraba al oído de Anne, felicitándola por la “cantidad de rebaño” que había traído al Corazón.

El Corazón Oscuro

Accedieron por fin a la sala principal del local. Era un sitio a todas luces lujoso en extremo; al fondo se podía ver la pista de baile, donde un DJ pinchaba música electrónica. Alrededor de la pista de baile, mesas y reservados donde la penumbra era la norma. Tras pasar el pasillo en forma de “L” de la entrada, se encontraron en una especie de lounge desde donde se veía gran parte del local.

El corazón de Patrick dio un vuelco cuando en una de las mesas laterales reconoció sin atisbo de duda el rostro de Dulce da Silva, la “anticuaria” que habían conocido en la subasta del hotel Excelsior; parecía que había pasado toda una vida desde aquello, y sólo habían transcurrido tres meses escasos. Patrick llamó la atención de Sigrid, que no tardó en reconocer a la mujer. Dulce presentaba el mismo aspecto que había tenido en la subasta, sin los rasgos albinos, y se encontraba acompañada de dos hombres recios y no-albinos, y de un tipo albino con el pelo engominado.

Dulce da Silva cambió la expresión de repente; su habitual sonrisa de superioridad dejó paso a un gesto serio, y se giró para mirar fijamente a Patrick y a Sigrid. Unos segundos de tensión transcurrieron hasta que Patrick notó un mordisco en la garganta, Sigrid recibió una estocada en la espalda, y Derek fue atacado por varias figuras en la penumbra que rajaron su vientre y comenzaron a beber su sangre. La vida se les escapó en borbotones de sangre y mordiscos que arrancaban trozos de su carne y poco a poco se hundieron en la oscuridad de la muerte....

Tomaso despertó, gritando y sudoroso. Pierre entró en la habitación como un rayo, sobresaltado por el grito, y su gesto de preocupación se tornó en otro de extrañeza cuando vio a Tomaso de pie, aparentemente recuperado de sus heridas. El italiano le explicó el sueño que había tenido, y su absoluta seguridad de que sus compañeros se encontraban en un peligro de muerte. En ese momento, él mismo se dio cuenta de que el dolor había remitido en gran parte, y no por causa de los sedantes, porque se encontraba totalmente despierto y alerta. Algo extraño había sucedido, pero no era momento de pararse a pensar. Urgió a Pierre para que le ayudara a quitarse los vendajes y las escayolas, ante el asombro del francés. Cuando estuvo preparado, Tomaso salió hacia el local nocturno; Pierre no le acompañó, porque tenía órdenes estrictas de Anne de vigilar el De Occultis Spherae.

Tras darle varias vueltas, Tomaso decidió trepar hasta las oficinas que había en el segundo piso de otro edificio del mismo bloque del Corazón Nocturno y entrar por una ventana. Seguramente habría alarmas, así que tendría que moverse con rapidez. Pasó de largo el primer piso, donde parecía haber varios tipos trabajando; no sin dificultades, llegó al segundo piso, donde rompió un cristal y se deslizó al interior. Atravesó la oficina buscando el patio de manzana interior que habían visto en los planos que habían conseguido en la oficina de registro. Le llamó la atención que aquella oficina parecía completamente simulada: los ordenadores y los monitores que había encima de las mesas ni siquiera tenían cable de alimentación, y las sillas estaban sin usar. Mejor que mejor; si allí no trabajaba nadie, tendría menos problemas.

Dulce da Silva se limitó en realidad a mirar al grupo de reojo y a esbozar una media sonrisa que no desentonó con su gesto habitual. El grupo decidió separarse; llamaban demasiado la atención allí parados. Sigrid se marchó al servicio, seguida por Derek, que se quedó en la puerta con aire distraído. El resto (Patrick, Anne y Gerard) se marcharon a tomar una copa en la barra que había en un lateral del club.

Al cabo de unos momentos, Dulce se plantaba ante Derek, con gesto aparentemente divertido y con su abrumadora belleza en su zénit. Unas crípticas palabras iniciaban la conversación: “nunca había visto a nadie tan puro como tú”; acto seguido, la mujer soltó una parrafada en un idioma completamente desconocido para él. Al ver la cara de desconcierto del americano, Dulce soltó una deliciosa y contenida carcajada, al tiempo que preguntaba: “Oh, por favor, no tienes ni idea, ¿verdad?”. En realidad, Derek sabía que había algo especial en él desde el momento en el que se habían encontrado en los subterráneos de la mansión en Quebec con la neonazi alemana, pero era verdad que no sabía qué lo hacía tan especial. El neoyorquino se vio irremisiblemente atraído al juego de seducción de Dulce, aunque consiguió no soltar prenda acerca de los motivos que le habían llevado allí con dos viejos conocidos de la portuguesa. Pocos minutos después, Derek y Dulce hacían el amor en uno de los aseos mientras Sigrid escuchaba toda su conversación, escondida.

Al igual que había sucedido hacía meses con Patrick, Derek sintió que al hacer el amor con la bellísima portuguesa su fuerza vital parecía pasar a ella, dándole más energía. Pero no podía parar, hasta que llegó el punto culminante, en el que el americano estuvo seguro de que ella se apropiaba de algún tipo de poder. Cuando el éxtasis hubo pasado, Dulce pidió a Derek que mirara fijamente su anillo. Y Derek vio; su punto de vista era el de un bebé naciendo, y aunque luego no lo recordaría tan claramente, en ese momento supo con certeza que sufría una regresión hasta el momento de su propio alumbramiento. Sintió el frío de la noche, y vio las estrellas en el cielo. En un círculo de enormes piedras, doce personas encapuchadas rodeaban a su madre. Las túnicas lucían símbolos que brillaban con la luz de la luna, símbolos que reconoció por haberlos visto en el mapa que tan celosamente guardaba. Un par de Rolls Royce muy antiguos se encontraban aparcados en las inmediaciones, y varias hogueras alumbraban la escena. El dolor de sus pulmones al abrirse se hizo insoportable, y lloró. Alguien lo cogió por los pies, y una daga se alzó sobre él. Lloró mucho más, hasta que sintió un tirón que lo sacó de su ensoñación. Dulce lo miraba, especialmente interesada.

En la barra, Patrick pidió una bebida. El barman lo miró extrañado y a continuación miró a Anne, maquillada como albina. Cuando Anne dio su confirmación, el tipo sirvió la bebida, no sin dirigir una mirada acusadora a Patrick. O sea, que eran realmente “rebaño”... Un escalofrío recorrió su espalda. Al cabo de pocos minutos, el roce de una uña recorría el rostro de Patrick, provocándole un cosquilleo. Una mujer albina se había acercado a ellos y lucía la inquietante sonrisa de colmillos largos.

 —¿Puedo llevármelo un ratito? —preguntó a Anne, lánguidamente.

Patrick se negó a acompañarla, lo cual pareció una violación de protocolo que indignó a la mujer. Con un gesto, reclamó la presencia de otro tipo pálido, que resultó ser Alexander, con el que ya habían hablado en la entrada. Detuvo al trío, que ya se había levantado de la barra, y se mostró extrañado de que Anne (a la que creía conocer de hace tiempo) no hubiera seguido el protocolo. Para evitar que fueran expulsados o algo peor, la inglesa no tuvo más remedio que ceder a las pretensiones de la desconocida y dejar que Patrick la acompañara. Volvió con Gerard a la barra. Mientras Patrick acompañaba a la mujer hacia la parte posterior del local, donde parecía haber un área realmente privada, se les unieron dos mujeres y dos hombres, todos ellos con la misma palidez que su acompañante.

Mientras tanto, Tomaso había conseguido acceder al patio interior, descolgándose hasta el macizo de árboles. Amparándose en las sombras, evitó a un par de guardias de seguridad y llegó hasta la que debía de ser la puerta de emergencia que salía al patio interior desde el club nocturno. En una de las ventanas del segundo piso pudo ver un tipo fumando mirando al exterior y un segundo de espaldas a la ventana. Tomaso corrió hacia la puerta, y en ese momento se encendieron todas las luces del patio. No se detuvo; al abrir la puerta de emergencia sonó un pitido delator, y pronto pudo oír cómo desde la izquierda se acercaban pasos. Corrió hacia la derecha. Tras recorrer un largo pasillo, llegó hasta una pesada cortina. La apartó y atravesó una sala envuelta en una densa penumbra en uno de cuyos rincones parecía haber dos tipos bebiendo la sangre de las muñecas de una muchacha joven, quizá demasiado. El italiano hizo de tripas corazón y siguió corriendo, siempre discreto e intentando no hacer ruido. Al otro lado de la sala atravesó un segundo cortinaje, que le dio acceso a un pasillo más corto. Al fondo del tramo de pasillo pudo ver varias personas, ¡y una de ellas era Patrick! Al abrirse la puerta de la sala a la que iban a entrar, pudo ver que por todo mobiliario tenía un diván y varias sillas alrededor de él, todo de un lujo extremo. Alguien acababa de limpiar, pero debajo del diván había quedado un poco de sangre, que convenció a Patrick de las intenciones de sus acompañantes.

Uno de los acompañantes de Patrick salió despedido contra la pared, mientras otra recibía un fuerte impacto. Pronto reconoció a Tomaso, milagrosamente recuperado de sus heridas y repartiendo golpes a diestro y siniestro. El profesor empuñó su pistola, e intentó librarse del otro tipo que quedaba consciente, uno más grande que el primero. Este demostró ser algo fuera de lo normal, pues recibió hasta cuatro disparos antes de que pareciera notar los efectos. Por suerte para Patrick, tampoco era demasiado rápido y pudo evitar la mayoría de sus golpes antes de que Tomaso pudiera ayudarle. Corrieron otra vez hacia el exterior, desandando los pasos de Tomaso.

Dulce y Derek salieron al lounge del club, y ella lo hizo sentarse a su mesa. Le presentó al individuo albino que estaba sentado con ella: Terje Nikolic. Así que aquel era el dueño del club, y Dulce estaba en una larga conversación con él, interesante. Nikolic tenía un marcado acento del este de Europa, su traje era carísimo y hacía gala de una educación impecable. Dulce lo tranquilizó, asegurándole que Derek era de total confianza, y continuaron su conversación. Hablaron sobre la “muchacha rubia” (claramente Esther) y los métodos que usarían para trasladarla. En ese momento, inesperadamente, Dulce mencionó el hecho de que Derek había venido acompañado por Sigrid Olafson y Patrick Sullivan. Reveló que Sigrid no era otra que la madre de Esther, con lo que quizá no hiciera falta el traslado de la muchacha. Al preguntar a Derek por su relación con sus dos compañeros, este dijo que los había conocido apenas dos meses atrás e intentando disimular aseguró que significaban poco para él.

Cuando Nikolic expuso sus reservas a “tratar aquellos temas delante de un extraño”, Dulce le respondió que Derek no era un extraño, sino un “congénere”, lo que hizo que este aún se pusiera más nervioso.

 —Es un atlante, y de una pureza extraordinaria —Dulce dijo estas palabras con expresión solemne, contrastando con su languidez habitual, y observó la reacción de Derek, que, aturdido todavía por las visiones que había tenido al mirar la piedra del anillo de Dulce, no pudo más que poner una mueca de estupefacción un tanto ridícula.

Antes de que nadie pudiera continuar hablando, alguien susurró algo al oído de Nikolic, que miró fijamente al mensajero y se levantó, disculpándose por unos minutos. Se marchó rápidamente hacia el interior del local, haciendo gestos a varios secuaces para que le acompañaran. El hombre se movía demasiado rápido, más de lo que sería posible caminando para una persona normal.

Dulce se levantó y llamó la atención de Sigrid, que acababa de salir de los aseos. La mujer le ofreció asiento y con una sonrisa expresó su extrañeza por que la anticuaria hubiera sobrevivido a la explosión, pero le aseguró que se alegraba de ello. Pronto pasó a cosas más serias: Dulce aseguraba que sabía dónde estaba Esther, y a cambio del “libro”, la llevaría hasta ella. Sigrid respondió que el libro ya no le pertenecía, ante el gesto de desaprobación de la portuguesa. Entonces, esta le ofreció darle el paradero de Esther a cambio del paradero y el propietario del libro. Derek intervino en la conversación, asegurando que el libro pertenecía ahora al Conde de St. Germain, y todo lo que conocían era gente que podría intentar ponerla en contacto con él. Dulce abrió mucho los ojos, y tras pensarlo unos momentos, esbozó una mueca divertida y los invitó a acompañarla al interior del local. No tuvieron problemas para acceder, con los poderes que parecía tener Dulce.

El revuelo que habían causado Tomaso y Patrick resultó de gran ayuda para no encontrar resistencia. Subieron por unas escaleras y llegaron a un apartamento de la segunda planta, donde abatieron al tipo que vigilaba. No tardaron en encontrar a Esther, atada a una silla y con los ojos rojos de llorar. Sigrid y la muchacha se abrazaron, pero no tuvieron mucho tiempo de disfrutar: salieron rápidamente y en otro apartamento recuperaron el móvil de Tomaso, que Derek pudo localizar a pesar de estar apagado. Al salir por las escaleras, oyeron unos golpes tras una puerta; les costó abrirla, pero una vez que lo hicieron, Tomaso y Patrick, que habían despistado a sus perseguidores tras recorrer un pequeño laberinto de pasillos, cámaras frigoríficas, cocinas y trastiendas, se unieron a ellos.

Poco después, el grupo al completo (Anne y Gerard salieron del local cuando les enviaron un mensaje) se encontraba a resguardo en la vegetación de un parque cercano acompañado por Dulce da Silva y sus dos secuaces, mientras la portuguesa hablaba por teléfono.