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jueves, 26 de marzo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 17

Creá, la Ciudad del Cielo

Las desgracias no habían acabado con la desaparición de Aldur. Al cabo de unos minutos, se apercibieron de que Valeryan no había despertado desde el paso de la tormenta, y se aprestaron a ayudarlo. Pero no hubo forma posible de despertar al joven conde. Había entrado en un coma profundo, o quizá su mente se había ido con el sobrenatural remolino negro, no había forma de saberlo. Entristecidos, encomendaron a Faewald y a Sharëd la tarea de llevar a su amigo inconsciente hasta el campamento de los Errantes de Aravros y Fahjeem. Preveían una estancia larga en Creá, así que allí podrían volver a encontrarse; Taheem dio a su hermano instrucciones para encontrarlos una vez que llegaran a la Ciudad del Cielo, y a continuación todos se despidieron con un abrazo, jurando honrar la memoria de sus dos amigos perdidos.

Más o menos una semana fue lo que duró la travesía por el desierto hasta el oasis de Jeghá. Allí se encontraron con que un pueblo que antaño se había erigido junto a la vegetación se encontraba totalmente arrasado. Entre los restos calcinados se erguían multitud de piras como las que ya habían visto a la entrada de Jeaväh, con los restos de personas atadas a postes con claros signos de haber sido quemadas vivas. Además, se respiraba un ambiente extraño; era fácil percibir poder en el ambiente, una especie de palpitación que afectaba sobre todo a Daradoth y a Galad, los más sensibles a lo sobrenatural. Tras tomar todas las precauciones imaginables con el agua del acuífero, decidieron marcharse sin tardanza, evitando lo que fuera que hubiera sucedido allí.

Se dirigieron hacia la que debía ser la última parada de su viaje antes de llegar a Creá: el modesto pueblo llamado Shaïr. Otra vez sintieron los mismos escalofríos cuando vieron el mismo tipo de piras de castigo a la entrada del pueblo. Galad y Taheem se adelantaron para investigar el terreno antes que los demás. La gente se encontraba congregada en la plaza principal, a la que la pareja no tuvo problemas para acceder. Allí se estaba celebrando un juicio público. Varios soldados vigilaban que no se desencadenara ningún disturbio. Al parecer, tres reos estaban siendo juzgados acusados de brujería, ante el malestar de la multitud congregada.

Tras unos breves alegatos, los tres fueron considerados culpables del delito de hechicería, y como tales les correspondería ser quemados en sendas piras. Pero sonriendo, el capitán convertido en juez les anunció que el Supremo Badir, con la intención de celebrar sus esponsales con su nueva esposa, había ordenado que ningún reo más fuera ajusticiado por brujería, sino que debían ser conducidos a Creá, donde el Badir en persona los examinaría con ayuda de la cúpula de la Iglesia vestalense.

Galad consiguió entablar una breve conversación con una anciana: ésta les comentó que los tres presos eran unos asesinos de niños y la mayoría del tiempo tenían los ojos negros y unas garras como ganchos; evidentemente exageraba, pero les llamó la atención que la vieja echó la culpa de aquello a las “extrañas tormentas” que tenían lugar desde hacía pocos meses y que hacía desaparecer a la gente y las cosas. Desde que habían empezado a desencadenarse, las cosas no andaban bien por allí.

Discretamente, reservaron habitación en la posada, donde más tarde se reunieron con los demás. En la taberna era habitual que entraran los soldados destacados en el pueblo a refrescarse, y eso aumentaba la tensión con los lugareños. Multitud de rumores llegaron a los oídos del grupo: habladurías sobre las tormentas negras, la boda del Supremo Badir con una bella noble sureña, extraños sueños que los habitantes del pueblo parecían compartir... Pudieron oír también cómo algunos soldados comentaban los movimientos que se estaban produciendo en la frontera con Sermia. En un momento dado, uno de los civiles presentes, familiar de uno de los reos juzgados y completamente borracho, increpó a los soldados de malos modos. Una trifulca estalló, y el hombre ebrio fue arrestado y llevado por los soldados a su campamento.

Tras una noche de descanso, salieron lo antes posible de Shaïr, ya dirigiéndose hacia Creá.

Dos jornadas de descanso tranquilas fueron el preámbulo para la peor situación vivida por el grupo desde el inicio de su viaje. El amanecer del tercer día sintieron cómo el viento les azotaba y la claridad del día se oscurecía con los signos de la formación de una nueva tormenta negra. Se apresuraron a recoger el equipo y huir de ella, cuando pudieron sentir cómo otra tormenta se formaba en el sentido contrario. Unos instantes de indecisión bastaron para que pudieran sentir cómo una tercera tormenta se formaba aún más cerca de ellos, y a continuación una cuarta. No tenían escapatoria posible, y se pertrecharon lo mejor que pudieron, rezando para salir con vida de aquello. No tardaron en quedar inconscientes por los efectos de las tormentas; Daradoth notó cómo su poder crecía insoportablemente, y lo desbordó, hundiéndolo también en las tinieblas de la inconsciencia.

Todos despertaron en un entorno de luz grisácea y difusa. Para muchos de ellos, era su primera experiencia en el Mundo Onírico, y no fue en las condiciones más agradables. Sin apenas tiempo para reaccionar, tras reconocerse unos a otros, la luz pareció menguar, y zarcillos de sombras los envolvieron, haciéndolos estremecerse con un frío que helaba el alma. Una especie de palpitación lo envolvía todo, y no tardaron en comprobar que aumentaba de intensidad a cada segundo. Algo los empujaba, una presencia que los aterraba y los atería. Las sombras la envolvían, pero era siniestra y terrible, tenía sin duda varios brazos, y su empuje les ocasionaba incluso dolor físico; Yuria y Taheem se quedaron paralizados de terror, mientras que Galad parecía perder el control de sí y una mancha en su hombro empezaba a brillar con una luz plateada y cegadora. Pronto, el resplandor se extendía por todo su cuerpo y sentía el poder recorrer sus venas. Una voz retumbó en sus tímpanos, poderosa y causante de mucho dolor:

 —Acéptame, hermano. Naciste para esto, aunque no lo sepas. ¡Acéptame y sirve a tu verdadero señor!

Cuando parecían a punto de no resistirlo más y de fallecer por aquél frío oscuro, algo tiró de ellos de una manera brutal. Sólo Symeon y Daradoth retuvieron la consciencia lo suficiente para ver unas figuras plateadas en forma de centauro que se alejaban a la velocidad del pensamiento.

Despertaron con la luz del mediodía, alejados unos pocos kilómetros hacia el norte de allí donde les había sorprendido la tormenta. Afortunadamente, pudieron recuperar los camellos suficientes para continuar su camino y llegar a Creá.

La ciudad era bellísima, sin duda. Capiteles y cúpulas se alzaban por doquier, y los majestuosos Santuarios dominaban el paisaje. Se integraron con la marea de personas que llegaban desde todas direcciones y se sorprendieron al ver una urbe cosmopolita: además de vestalenses, se veían personas de piel negra del sur, pigmeos de lugares remotos, nómadas y beduinos de los desiertos más recónditos de Aredia, y algunas figuras estrafalarias que no acertaron a identificar. La ciudad hervía de vida, y de expectación por la futura llegada del Ra’Akarah.

Ya alojados gracias a las influencias de Taheem, se enterarían de que el plazo estimado para la llegada del Mesías era de dos meses y medio. Tenían tiempo por tanto de investigar la ciudad y prepararse bien para lo que se avecinaba.

Ante lo variopinto de las gentes reunidas en Creá, Daradoth decidió mostrarse abiertamente para que comenzaran a propagarse los rumores de la presencia de un elfo en la ciudad. Lo que más le llamó la atención fue que, cuando se acercaba a los Santuarios, comenzaba a sentir el mismo picor que había sentido al acercarse a Rheynald por primera vez. “Interesante”, pensó el elfo. Galad, sin problemas para hacerse pasar por vestalense más allá de los que su altura o su porte le pudieran ocasionar, decidió pasar gran parte del tiempo en la biblioteca de los Santuarios. Symeon realizó varios intentos sobre el Mundo Onírico y se encontró con que le resultaba casi imposible acercarse siquiera a los Santuarios, exactamente igual que lo que le sucedía en Rheynald.

Al cabo de varios días, Galad encontró algo relacionado con la mancha de su hombro: el mismo símbolo. Le habían permitido el acceso a las salas de material más sensible y allí encontró un viejo manuscrito de los antiguos enclaves élficos del lago Írsuvil. Estaba escrito en Cántico, y no lo pudo entender; tampoco le permitieron sacar el pergamino de allí, obviamente, así que decidió copiarlo, cosa que hizo de forma medianamente aceptable al cabo de un tiempo.

Mientras tanto, Daradoth había sido abordado por el cardenal Ikhran, sorprendido de la presencia de un elfo en Creá. Después de las típicas preguntas interesándose por su presencia allí, el cardenal le ofreció alojamiento en el Palacio del Sumo Vicario, honrado por tan noble visitante. Daradoth aceptó, y a partir de entonces fue con muchísimo cuidado al reunirse con sus compañeros.

Al cabo de un par de días tuvo la oportunidad de traducir el pergamino que Galad había copiado un tanto burdamente, pero lo suficiente como para que el elfo tradujera su contenido:

“Temed, ¡oh Hijos de las Estrellas! a aquellos marcados con este símbolo [el símbolo del hombro de Galad], pues su poder liberará a las fuerzas de Señor de las Mentiras y desencadenará a las Legiones Infernales de la Sombra. Con ayuda de la Luz [...] ”

A todas luces sinceramente sorprendido, Galad explicó con consternación la historia de su nacimiento: los padres que lo habían criado no habían sido realmente sus padres biológicos, sino que al parecer, un buhonero les había encomendado al bebé después de encontrarlo en el linde de los Bosques Esselios. No tenía ni idea de qué significaba aquello.

Varias jornadas después, algo llamó la atención de Daradoth en la residencia del Palacio del Vicario: una caravana de varios carruajes y soldados entraba en el recinto. Y sus estandartes eran sin ningún género de dudas, ercestres. Desde la distancia pudo ver cómo los dos nobles que encabezaban la delegación, un hombre y una mujer, eran fuertemente escoltados a presencia del Sumo Vicario, que los recibió en compañía de algunos de sus cardenales. ¿Qué habrían venido a hacer allí? Daradoth rebulló, inquieto.


jueves, 12 de marzo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 16

Hacia el corazón del Imperio
Cuando se levantaban de sus asientos tras aplaudir a rabiar la función, Aldur no pudo evitar reparar en una figura conocida entre el público. Allí, varias filas más adelante y a la derecha se encontraba sin duda su antiguo compañero novicio en Emmolnir, Galad Talos. Iba ataviado al más puro estilo vestalense, y claramente acompañado de otros dos hombres; la duda asaltó a Aldur y al resto del grupo cuando compartió con ellos la identidad de su conocido: ¿se trataba de otro paladín enviado por la torre, o de un verdadero converso vestalense?
Por su parte, en su asiento, Galad también reconoció enseguida la enorme figura de su antiguo compañero. Aldur no era una presencia que pasara desapercibida fácilmente. Decidió esperarlos discretamente pero haciéndose notar.

Reunidos los dos grupos, unas pocas palabras susurradas disimuladamente bastaron para convencer a Aldur de que Galad se encontraba en el imperio en misión de la Torre, al igual que Averron, con quien se habían encontrado hacía varias semanas en Edeshet. Cuando llegaron al campamento, el resto del grupo se mostró reticente hacia los recién llegados; para acallar cualquier fricción, los dos paladines canalizaron un hilillo de poder el uno hacia el otro para convencerse completamente de que ambos seguían siendo fieles a Emmán. Realizado el pequeño ritual, ya no hubo duda de que ambos pertenecían al mismo bando y todo se tranquilizó.

El día siguiente se reunieron con Serena tal y como habían acordado, y ésta los condujo a presencia de maese Meravor, el dueño del circo. Daradoth dejó que el resto de sus compañeros se entrevistaran con Meravor, mientras él se dirigía al encuentro de los enanos Narak y Zandûr. Los enanos no se fiaban de los humanos y habían rechazado conversar con Yuria, por lo que el elfo se dirigió a ellos con la maqueta que la ercestre había construido modelando su proyecto de un globo volador. Aunque Narak rechazó la petición de Daradoth de encontrarse con la mujer, Zandûr se quedó mirando fijamente la maqueta y aceptó intercambiar ideas. Satisfecho, Daradoth se alejó hacia el carromato de Meravor, donde sus compañeros llevaban ya rato departiendo.

La conversación con Meravor giró alrededor de la posibilidad de que el grupo se incorporase a la caravana en su camino hacia Creá. Lógicamente, Meravor se mostró desconfiado ante tal petición, y comenzó a interrogarles -junto con su esposa- sobre cuál era el verdadero motivo por el que se encontraban allí, y por qué querían llegar a Creá con su circo. Mientras hablaba con ellos, Daradoth pudo sentir desde el exterior cómo alguien utilizaba el poder dentro del carromato, así que corrió hacia allí con una daga en la mano y abrió la puerta. Ante la irrupción, la mujer de Meravor dejó caer la bandeja con pastas y té que llevaba a la mesa y el dueño del circo se puso en pie sobresaltado. Al hombre de largas patillas no le gustó nada la irrupción y el secretismo que sus contertulios habían guardado; les pidió educada pero firmemente que se marcharan de allí, mientras otros miembros de la compañía hacían acto de presencia, alertados por el alboroto. No tuvieron más remedio que volver al campamento, frustrados por cómo se habían desarrollado los acontecimientos.

De vuelta en el campamento decidieron que viajarían a Creá a través del desierto, como habían hecho hasta entonces, y no se complicarían más la vida. Pero al atardecer, Yuria y Daradoth aún hicieron una nueva visita al circo, para hablar con Zandûr. Mientras se dirigían allí por un camino diferente -ya que habían trasladado su campamento en previsión de algún problema-, a la entrada de la ciudad pudieron ver dos grandes piras que ya habían sido consumidas por el fuego que llamaban la atención porque sobre ellas se podían ver los restos de dos cuerpos que habían sido encadenados a sendos postes y quemados. La cantidad de huellas que había alrededor demostraba que las dos personas habían sido quemadas delante de una multitud, sin duda en una ejecución pública. Pasaron de largo con un escalofrío.

Zandûr se encontró con ellos e intercambió ideas con Yuria de buena gana, impresionado por el proyecto que la mujer pretendía llevar a cabo. Le dijo que le ayudaría en la medida de sus posibilidades; Yuria le explicó más o menos lo que necesitaba para calentar el aire del interior, y Zandûr se citó con ellos en Creá dentro de algunas semanas, cuando el circo llegara allí. Esperaba que para entonces ya tendría listo el dispositivo que Yuria necesitaba. Por supuesto, la ercestre acordó darle todos los detalles del invento en el futuro para que él también pudiera crear su propio ingenio.

Antes de partir, Galad le hizo llegar una carta a Serena de parte de Symeon informándola de su viaje y de sus esperanzas de encontrarse en Creá. Además, por la noche, tuvo lugar una interesante conversación que comenzó versando sobre las “brujerías” que parecía ser capaz de obrar Meravor. Para los paladines y Valeryan, sólo Emmán era capaz de proporcionar el poder necesario para obrar “milagros”; todo lo demás no eran sino trucos o artes oscuras. Harto de tal estrechez de miras, Daradoth utilizó sus capacidades mágicas para hacer volver invisible la chaqueta de Galad. Demostraba así que no sólo el poder de Emmán era el existente en el mundo, y les habló de los diferentes reinos de Poder, de la Esencia, la Canalización y el Mentalismo, y de cómo él era capaz de manipular el primero de ellos. El resto no tuvo más remedio que aceptar lo que les decía, rendidos ya a la clara evidencia. Tras esto, bebiendo unos tragos, Faewald soltó la lengua y expuso su temor de que el rey Randor no los hubiera enviado a otra cosa que la muerte, quizá sabedor de sus contactos con Strawen y la reina; Valeryan aceptó la posibilidad, pero aún así seguiría adelante con su deber.

El viaje por el desierto transcurrió tranquilo, hasta la cuarta jornada. El amanecer del cuarto día volvió a azotarlos una de las tormentas negras que ya les habían afectado en la travesía del Mar Cambiante. El primero de esos fenómenos que sufrían Galad y sus acompañantes apenas les dio tiempo a prepararse. El viento comenzó a sacudirlos violentamente y a los pocos instantes ya se veían envueltos en las tinieblas y el frío. Todos cayeron inconscientes en un intervalo de tiempo corto. Symeon, en su inconsciencia, despertó en el Mundo Onírico. Al poco rato, notó a alguien a su lado: no era otro que Galad, la última incorporación del grupo. Se saludaron con un gesto, y mientras el Errante intentaba explicar al paladín dónde se encontraban, un escalofrío los sacudió, afectando fuertemente la descontrolada imagen onírica de Galad; una fuerte presencia física se acercaba hacia ellos; podían sentirla empujando, y también el frío intenso que la acompañaba. Symeon trató por todos los medios de sacarlos de allí mediante sus exóticas habilidades, pero aunque consiguió retrasar la aproximación de lo que quiera que fuera aquello, no consiguió dejarlo atrás. Empezaron a notar dolor, un dolor muy real, e incluso una sensación de entumecimiento causada por el frío; todo ello mientras el empuje de la presencia les hacía complicado guardar el equilibrio. Una especie de zumbido que pronto se convirtió en un grave bramido comenzó a oirse; la luz grisácea característica de aquella realidad parecía hacerse más tenue conforme la presencia se acercaba. De repente, una mancha plateada comenzó a brillar en el hombro de Galad, contrastando con la translucidez del resto de su cuerpo, la mancha aparecía clara, sólida y destellante; y Galad ya no parecía él: sus ojos se habían vuelto también plateados y comenzó a henchirse de poder a ojos vista. Symeon intentó llevárselo de allí una vez más, pero no pudo, pues el contacto del paladín le quemaba como hierro al rojo. “Naciste para esto, acéptalo”, oyó claramente Symeon en una voz oscura y rotunda. Sin duda, era la poderosa presencia que debía de estar dirigiéndose a Galad.

Cuando parecía que Galad estaba a punto de estallar, un nuevo actor entró en escena. Una veloz figura plateada se lanzó hacia las sombras que envolvían la presencia que se aproximaba, gritando “¡¡¡detente, engendro!!!”. Symeon se volvió, sorprendido, y pudo ver que se trataba de Aldur. El enorme y bravo paladín se lanzó contra las sombras, que lo envolvieron; al cabo de unos instantes, todo pareció estallar en una explosión de luz blanca.

La tormenta había pasado; todos despertaron poco a poco. Y, desesperados, descubrieron que Aldur no se encontraba ya junto a ellos. No pudieron descubrir ni rastro del paladín.

jueves, 12 de febrero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 15

Jeaväh. Una actuación extraordinaria.
Decidieron optar por no utilizar el transbordador a plena luz del día y cruar el río de noche, así que entraron en la única taberna que parecía existir en la pequeña barriada a este lado del río y pasaron el resto de la tarde bebiendo e intentando escuchar todos los rumores posibles. Daradoth se acercó discretamente al embarcadero para echar ojeadas al otro lado del río, y en una de ellas algo le llamó claramente la atención: en la orilla opuesta, hacia el norte, se levantaba por sobre los tejados de la ciudad una carpa, la carpa de un circo.

Cuando preguntaron al tabernero acerca de la carpa del otro lado, éste se extrañó de la pregunta mirando a Taheem y se encogió de hombros: por todos era conocido que los artistas, juglares, circos y demás estaban permitidos dentro de las fronteras del imperio, al igual que los peregrinos conversos (a esta afirmación siguió una mirada de complicidad del hombre). El tabernero les habló acto seguido de su intención de ir a visitar el circo sin falta, pues la gente que ya había ido estaba dispuesta a volver: hablaban de enanos que creaban fuego y de actuaciones sin par, y eso en Jeaväh, una ciudad secundaria de vestalia, era algo fuera de lo común que no había que perderse.

Al caer la noche procedieron a ralizar la travesía del transbordador, que más alla de un precio abusivo no supuso un gran problema. Al otro lado del embarcadero dos guardias se encargaban de supervisar la carga y las intenciones de quienes les parecieran sospechosos, pero la pareja no parecía poner mucho interés en su trabajo, con lo que el grupo pudo adentrarse en Jeaväh sin mayores complicaciones. Decidieron seguir el camino que parecía más discreto, la orilla del río hacia el norte, caminando entre modestas cabañas de pescadores. Aunque pasarían muy cerca del circo no creían que tendrían problemas, y podrían salir discretamente de la ciudad. Sin embargo, la enconada curiosidad de Symeon supuso un problema. Al oír Yuria unas voces que hablaban en un idioma extraño y cuyo tono se parecía al entrechocar de piedras y que al poco se silenciaban con un chasquido de fuego, Symeon decidió internarse en la trastienda de la compañía ambulante. Atravesando con un extremado sigilo varias jaulas de animales y recios vagones, sus ojos casi se le salen de las órbitas al presenciar cómo una muchacha metía prisa a dos individuos de poblada barba que no superaban el metro treinta, pero que eran extremadamente recios. Sin duda, estos dos debían de pertenecer a la raza de los legendarios enanos; pero esta sorpresa palidecía en comparación con otra: para los ojos de Symeon, la muchacha era a todas luces una Buscadora. Una Buscadora allí, en aquel lugar, donde no podía esperarlo. No pudo resistirlo. Cuando ella y los enanos comenzaron a caminar y se acercaron a él, salió de las sombras, intentando presentarse; pero los enanos no dieron opción: empezaron a gritar con voces potentes y rasposas, y el tono amenazante junto con los intentos de hacerse oír de Symeon llegaron en el exterior a oídos de los demás. Sin dudarlo, Valeryan se lanzó al rescate de su amigo, atravesando la valla y accediendo al interior del campamento. Eso empeoró las cosas, pues los enanos hicieron honor a su fama, y una llamarada golpeó en el rostro al marqués de Rheynald, que lo dejó inconsciente. Por suerte, la muchacha Errante, que dijo llamarse Serena, consiguió calmar los ánimos de sus dos compañeros, recordándoles que debían actuar en pocos minutos e instando al grupo a marcharse antes de que llegaran a la escena más miembros de la troupe. Intercambió unas breves y emotivas palabras con Symeon y éste pudo llegar al acuerdo de volver a verse al día siguiente a orillas del río. Después de aquello, salieron cautelosamente de la ciudad, alejándose lo suficiente para acampar a salvo.

El día siguiente, más o menos a la misma hora, se encontraron de nuevo con Serena. Ésta intentaba tapar con su pelo un moratón en la mejilla izquierda, pero sin éxito. Según ella, se lo había hecho mientras arreglaba la valla con maese Thoran. La valla efectivamente estaba arreglada, así que decidieron no darle más importancia. Serena, confortada por la presencia de otro miembro de su pueblo, les contó cómo su caravana había sido masacrada inmisericordemente, y cómo maese Meravor la había acogido en su circo, protegiéndola así de todo peligro. Por ello, le estaba profundamente agradecida.

Las mentes de los personajes comenzaron a pensar en no atravesar más desiertos amparados por un viaje a la sombra de la carpa del circo, y al plantear a Serena la posibilidad de tener una reunión con maese Meravor, ésta les dijo que haría todo lo que estuviera en su mano por arreglarles una reunión para el día siguiente. Según ella, Meravor era un hombre buenísimo, dispuesto a ayudar a cualquiera, y no creía que tuviera problemas en encontrarse con ellos. Una reunión antes era imposible, pues estaba a punto de empezar la sesión nocturna habitual, y Meravor se encargaba del último y espectacular número.

Intrigados por las maravillas de las que hablaba la gente, Yuria, Valeryan, Taheem y Symeon decidieron asistir a la actuación. Y no les defraudó. Las acróbatas, los equilibristas, ¡los juglares! Las historias y canciones de estos últimos elevaban y hundían al público en una montaña rusa de emociones que no creían posible. Ante la Historia de dos Amantes la mayoría de la gente rompió a llorar, pero cuando la actuación terminó con El caballero del Brazo de Acero todo el mundo rompió aplaudir después de sentir cómo sus corazones se henchían con los últimos coros. Los enanos Narak y Zandûr tampoco defraudaron; desde luego, parecían crear el fuego de la nada: rayos, muros, círculos, dibujos de extrañas aves fénix aparecían tras unos extraños gestos; la gente los aplaudió a rabiar. Y cuando creían que no podían más, llegó la actuación de lord Meravor, el hipnotista. Entre sombras, Meravor, un hombre bien parecido, de fuerte presencia y largos bigotes conectados con las patillas, sorprendió al público presente. Hizo aparecer animales de la nada, treletransportó a un par de muchachas que lo ayudaban, y realizó un par de trucos espectaculares; la apoteosis final vino cuando, sin adornos, anunció que iba a volar, y así lo hizo. El público seguía las evoluciones del mago volador por el aire. Todos, con una excepción; Yuria, estupefacta, miraba cómo Meravor se alejaba caminando tranquilamente mientras el resto del público miraba al techo, siguiendo las evoluciones de algo que ella simplemente no veía. Eso deslució un poco la actuación para ella, pero cuando fuera lo que fuera aquello acabó, el público, incluyendo a Taheem, Symeon y Valeryan, se puso en pie y aplaudió a rabiar a todos los artistas, que salieron a saludar ante el requerimiento de su audiencia. No cabía duda de que el espectáculo era grandioso y superaba a cualquier otro que los presentes hubieran visto. Quizá eso nutría abundantemente las arcas de la compañía, pero seguramente no era lo mejor para emprender un viaje discreto hacia Creá…

jueves, 29 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 14

Sentencia y Baile. Llegada a Jeaväh.

Mientras los conducían ante el consejo,Valeryan, indignado, gritó que aquello era un ultraje, e intentó oponerse a aquella situación. Sin embargo, Aldur le susurró al oído que temía que Symeon se suicidara si no se sentía liberado de sus pecados por sus compatriotas, así que Valeryan decidió ver qué sucedía.

El juicio a Symeon se desarrolló de una manera bastante informal, en el espacio que rodeaban los carromatos semihundidos en la arena. Era evidente para todos que tal acontecimiento tenía lugar en muy raras ocasiones, con lo que nadie tenía muy claro lo que debía hacer, y se notaba que en ocasiones improvisaban. En primer lugar, Aravros expuso el caso por el que se encontraban allí reunidos en asamblea. Según dijo, el mayor castigo que podría sufrir Symeon era someterlo al “ostracismo”, grabándole la “marca del olvido” a fuego en la mejilla (bajó la mirada y rebulló al mencionar este castigo). Acto seguido, Symeon pasó a relatar la historia de cómo él y su esposa habían robado el fragmento del Libro de Aringill expuesto en los Santuarios de Creá, y cómo eso había devenido en la persecución y posterior masacre de la muchos Errantes que en ese momento se encontraban en Vestalia. Todos los presentes se miraron, incómodos.

El jurado estaba compuesto por el consejo de la caravana, compuesto por Lauvos, Daevros, Stalar, Mirabel, y Nínive. Excepto las dos mujeres (Mirabel y Nínive) los miembros del consejo eran demasiado jóvenes para pertenecer a él si las circunstancias hubieran sido normales; sobre todo Stalar, que fue el que más crítico y agresivo se mostró en todo momento respecto al castigo que merecía Symeon. Según reveló, su familia había muerto por la persecución de Buscadores que había desencadenado el robo de Symeon. Por supuesto, se mostró partidario de ostracizarlo. Todo el grupo intervino en defensa de Symeon en sucesivos turnos de palabra, y sus argumentos y la capacidad de liderazgo de Valeryan resultaron decisivos para convencer a los presentes.

Mientras el jurado se retiraba a deliberar, Fajjeem se acercó al grupo. Al oir la revelación de Symeon sobre el Libro de Aringill su curiosidad de erudito había despertado. Les preguntó si tenían alguna idea de dónde se podía encontrar el libro en aquellos momentos. Los ojos del vestalense brillaban de interés; y mientras le preguntaba a Symeon acerca del paradero del libro, Daradoth sintió una sensación extraña, como si se le erizara el vello de la nuca. Aquel hombre utilizaba algún tipo de poder que posiblemente ni él mismo comprendiera. Decidieron acabar la conversación rápidamente.

Por otro lado, Yuria se sobresaltó cuando sintió que alguien tiraba de una de sus pistolas. Al girarse, se encontró con el rostro asustado de un niño que salió corriendo y se refugió entre las faldas de su madre. Ésta se mostró consternada cuando Yuria le contó lo que había hecho su hijo y le pidió disculpas, que la ercestre aceptó. Al cabo de un rato, en agradecimiento por su amabilidad, la madre del niño le trajo a Yuria una deliciosa empanada, que devoró con la boca hecha agua por el suculento aroma. Pronto empezó a sentir los efectos de la comida, que sin duda albergaba ingredientes secretos: sus sentidos se hicieron mucho más agudos, y su mente empezó a hilar pensamientos frenéticamente. No pudo evitarlo y comenzó a diseñar de forma febril, dibujando sin ton ni son a la velocidad del rayo. Al cabo de un rato, cuando el cansancio hizo mella en ella y no le quedó más remedio que sentarse y dormitar, alguien le devolvió los papeles en los que había dibujado unas cosas extrañísimas [Nota: entre ellas, el diseño de un globo aerostático, que Yuria todavía no sabe muy bien qué es, por su tirada de “100”]. Tendría que pedirle a la madre del niño alguna empanada más...

El jurado hizo acto de presencia de nuevo, y tras tomar asiento y acabar de reunir a la asamblea, Aravros se puso en pie e hizo saber a los presentes su veredicto. No encontraban a Symeon merecedor del castigo de ostracismo, pero sí consideraban que el robo había desencadenado la muerte de muchos errantes y lo declaraban culpable. su castigo sería hacer todo lo posible para devolver el libro cuanto antes a sus legítimos propietarios, los clérigos de Creá. Mientras no completara tal tarea, no podría unirse a ninguna caravana de Buscadores, ni adoptar ni ser adoptado por ninguno de ellos, ni contraer matrimonio, ni participar en ninguno de sus ritos ni festividades. En breve se tomarían las medidas necesarias para propagar la sentencia a otras caravanas. Aunque tal veredicto era bastante duro para un Errante, Symeon suspiró aliviado por haber compartido su carga con sus congéneres. Pero en el tiempo futuro la sentencia probaría ser una dura prueba para Symeon.

Por la noche, la caravana celebró un baile para celebrar la llegada de los invitados. Aunque no fue una Ceremonia de Búsqueda en toda regla, tuvo el habitual efecto embriagador que los bailes de los Errantes provocaban en todos los extranjeros a su cultura. Symeon, obedeciendo el castigo que le habían impuesto, se mantuvo apartado, aunque encontró el modo de bailar a su vez: accediendo al Mundo Onírico, bailó con los breves destellos de realidad que identificaban a sus congéneres, con lágrimas en los ojos. Las mujeres errantes hacían honor a su fama, y pronto Aldur se retiró, preocupado por la lujuria que sentía crecer en su interior. El resto se dejó llevar por la vorágine de la fiesta, y pronto intentaron algo más que bailar con las muchachas, que sin embargo tenían prohibido cualquier tipo de contacto carnal esa noche. Pronto empezaron a circular más empanadas como la que antes había comido Yuria, y eso los hizo disfrutar aún más de la fiesta. Los hombres Errantes no estaban sometidos a las mismas restricciones que las muchachas, así que Yuria se dejó llevar a una noche de sudor y lujuria en la que yació con hasta tres errantes (que pudiera recordar).

Tras pasar una de las mejores noches de sus vidas, el día siguiente vino acompañado de una sensación de pérdida infinita (además de una fuerte resaca), como siempre les pasaba a los extraños que participaban en los bailes de los Buscadores. Tras reponerse un poco, acudieron a hablar con Fajjeem, para preguntarle por el colgante que llevaba (pues Symeon tenía en su poder uno igual) que lo identificaba como miembro de la Liga del Saber, por las extrañas tormentas y algunos asuntos más de los que debía de poder informarles como erudito que era. En un momento dado de la conversación, mientras hablaban de las “Tormentas Negras” -así las llamaba Fajjeem-, el anciano se quedó mirando durante unos momentos a Yuria, anonadado. Cuando Symeon preguntó a Fajjeem acerca de cómo entrar a formar parte de la Liga, éste le preguntó si se consideraba preparado, y le hizo varias preguntas aparentemente sin importancia; pero entonces la conversación derivó en un diálogo entre Symeon y Fajjeem sobre asuntos trascendentales de filosofía y metafísica. Sin darse cuenta, diez horas transcurrieron entre argumentos y réplicas. Al acabar, Symeon se encontraba mentalmente exhausto. Fajjeem lo miró valorativamente y, afirmando, le dijo que se dirigiera a la Gran Biblioteca de Doedia, donde debería encontrarse con el Gran Bibliotecario Svadar y decirle las palabras “el pergamino es dorado y plateado para mí”. No sabía si quedaban todavía muchos Sapientes, pero el bibliotecario le pondría en contacto con ellos, si podía. Por su parte, Yuria consiguió deducir el significado de los bocetos que alguien había metido en sus bolsillos después de dibujarlos: un globo que volaba; pero todavía no supo cómo podría llevarlo a cabo, debería estudiar el diseño más a fondo.

Tras mucho discutir sobre cómo ayudar a la caravana, decidieron que lo más seguro era que siguieran permaneciendo allí, ocultos de ojos indiscretos, y les dejaron una docena de monedas de oro con las que podrían sobrevivir un par de meses si los vestalenses podían seguir trayéndoles provisiones discretamente. Tras una emotiva despedida continuaron viaje, acompañados de Taheem y Sharëd.

Al cabo de unos días, tras algún que otro avistamiento de los enormes pájaros sin consecuencias, llegaron a la vista del enorme río Ladtarim, y de la ciudad de Jeaväh, que se extendía en la orilla opuesta. En la orilla más cercana se había levantado un suburbio alrededor del amarradero del transbordador que facilitaba el cruce del río.


viernes, 16 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 13

Movilización inesperada y nuevos aliados

Finalmente, tras mucho discutirlo, el grupo optó por no incorporarse a ninguna de las caravanas de peregrinos que viajaban hacia Creá. En vez de eso, decidieron seguir viajando solos y a través del desierto, así que aprovecharían la jornada para aprovisionarse de los suministros que necesitaban en mercados y tiendas lo más discretamente posible.

Mientras Valeryan y Yuria se encontraban en uno de los varios mercados de los alrededores de Edeshet y el resto permanecía a la espera en la posada, comenzaron a sonar trompetas por toda la ciudad. La gente alrededor de la pareja en el mercado y dentro de la posada corrían hacia las fuentes de los sonidos, pues estos anunciaban que los heraldos del Badir de Ahemmu estaban a punto de promulgar un edicto o anunciar algún hecho importante. Valeryan y Yuria acudieron a la plaza donde se podía ver al heraldo y algunos guardias en lo alto de una plataforma, esperando a que se reuniera la multitud. Por supuesto, se quedaron en un discretísimo segundo plano, intentando no llamar la atención.

Una vez se acalló el clamor de las trompetas, el heraldo pasó a anunciar una orden del badir; en resumidas cuentas, ésta instaba a todo varón en edad de empuñar un arma a acudir a los centros de guardia en un plazo de tres días para formar una leva que partiría en pocas jornadas hacia el frente de batalla. La incomparecencia acarrearía penas de prisión. El discurso estuvo adornado por una arenga enalteciendo los valores vestalenses y el advenimiento del Ra’Akarah, que llevaría al imperio a una victoria aplastante. Los rumores de indignación fueron creciendo alrededor de Valeryan y Yuria, que intentaron sonsacar algo más a la gente allí reunida. Al parecer, hacía varios lustros que no se daba la orden de formar una leva en las tierras del imperio, y la gente no estaba nada contenta. Muchos de los presentes se apresuraron a marcharse para salir de la ciudad cuanto antes, y la pareja decidió acudir rápidamente a la posada para establecer un curso de acción.

Allí no hubo lugar a mucha discusión. Decidieron enseguida que debían marcharse, y sin dilación se dirigieron hacia los establos mientras Valeryan saldaba cuentas con la posadera e intentaba sonsacarle más información. Pero la mujer, apocada y discreta no pudo serle de mucha ayuda, sólo alcanzó a recomendarle que tuvieran cuidado porque seguramente en esos momentos el señor de Edeshet estaría aprestando guardias alrededor de la ciudad. Una generosa entrega de monedas por parte de Valeryan aseguró el silencio de la mujer, y éste corrió hacia los establos. Allí ya se encontraban los demás con los camellos casi preparados. El establo estaba medio vacío, se notaba que muchos de los huéspedes ya se habían marchado, espoleados por el anuncio de la leva.

Una pareja de vestalenses se encontraba también allí, sacando sus caballos y ensillándolos. En un momento dado, inesperadamente, el más alto de los dos se acercó al grupo y les saludó. Se presentó a sí mismo como Taheem, y a su acompañante como su hermano Shared. Con aire de complicidad, Taheem les hizo notar que se presentaban a sí mismos como un grupo de peregrinos extranjeros convertidos, pero no llevaban ningún guía espiritual vestalense consigo, lo que denotaba su desconocimiento de la situación en el imperio y las normas tácitas que imperaban en los peregrinajes a Creá por parte de extranjeros. Además, les hizo notar que la presencia entre ellos de un errante, de un gigante y de un ser extraño (un elfo) no les beneficiaba para nada. Acto seguido, Taheem pasó incluso a ofrecerse a acompañarles; tenía cierto bagaje como aprendiz de los caminos de la Fe, y podría hacerse pasar por su guía hacia la Ciudad Santa. La desconfianza acudió al grupo, sobre todo a Daradoth, cuyo ojo experto le revelaba que aquel hombre era mucho más de lo que parecía, pues la gracia de sus movimientos lo delataba como un espadachín extremadamente hábil. No obstante, tras deliberarlo unos momentos, los personajes decidieron que con las debidas precauciones podrían beneficiarse de la compañía de los dos hermanos y aceptaron la oferta.

Taheem y Shared partieron de inmediato, deseosos de no perder tiempo, y quedaron con el grupo en una granja de las afueras. Al grupo le llamó la atención que además de sus caballos de montar, llevaban un enorme percherón cargado hasta los topes con lo que parecía agua y provisiones. Los personajes tardaron algo más al tener que cargar la mayoría de sus suministros todavía, pero en cuestión de media hora estaban ya en camino, alerta por lo que pudieran encontrar.

No tardaron en atravesar lo poco que había hasta la granja. En el camino, pudieron ver cómo una de las caravanas de peregrinos que había intentado huir era detenida por un grupo de guardias, que recurrieron a un conato de violencia para deternerlos.

Pronto llegaron a la vista de la granja donde habían estblecido la cita con los hermanos vestalenses, y mientras se acercaban, vieron que sin duda habían tenido problemas: los dos estaban montados en sus alazanes, rodeados de cinco cuerpos caídos. Se trataba de cinco guardias de la ciudad, y uno de los Inquisidores; éste todavía se encontraba con vida, aunque herido, y eso levantó ciertas sospechas en Daradoth. Valeryan se encargó de acabar con él discretamente, aplastando su cráneo con la pezuña de su camello.

Sin más contratiempos, tras una hora y media siguiendo el camino, se desviaron y comenzaron a atravesar la zona semidesértica que rodeaba a Edeshet. El viaje fue tenso al principio, pero con el paso de las horas la situación se fue relajando, y poco a poco los extraños fueron descubriendo información unos de otros. Los hermanos hablaban estigio con un fuerte acento y, para sorpresa de Yuria y Aldur, un fluido ercestre.

La primera noche se desarrolló una conversación algo tensa cuando los vestalenses plantearon el tema de la confianza, interesados en si podían confiar en el grupo. Tras muchos tiras y aflojas (convencidos también por la presencia de Symeon en el grupo, por razones que serán evidentes más adelante), finalmente los ánimos se calmaron y Taheem decidió sincerarse con ellos. Symeon no pudo disimular su sorpresa cuando los hermanos les revelaron que su presencia en Edeshet se debía a que necesitaban llevar suministros a una caravana de errantes que se encontraba escondida en medio del desierto, protegida por unos pocos vestalenses que no comulgaban con los crueles edictos que se habían promulgado en el imperio últimamente. Taheem y Shared pertenecían al susodicho grupo de guardianes. Los hermanos se habían acercado al grupo al reconocer la presencia Symeon, un errante, con ellos. El silencio se hizo durante unos momentos; Shared desenvainó su espada y con gráciles movimientos se dirigió hacia Symeon; el grupo se puso en guardia, pero se relajaron al ver que clavaba su espada en la arena ante el errante y se arrodillaba, con lágrimas acudiendo a sus ojos. Le pidió perdón encarecidamente. Taheem también murmuró unas palabras de arrepentimiento en vestalense, y pasó a contarles el porqué de aquella acción: los dos hermanos habían servido en la guardia de élite de los Santuarios del Sumo Capellán de Creá, y a lo largo de los años habían cometido algunos actos reprobables, entre ellos la muerte de muchos errantes, hasta que finalmente habían encontrado la iluminación y habían renunciado a seguir con aquello. Symeon, con los ojos vidriosos, les preguntó acerca de la caravana a la que había pertenecido, y también sobre su esposa, pero no supieron darle ninguna información reveladora.

El día siguiente, Daradoth, Taheem, Shared y Valeryan acordaron entrenar un rato con sus espadas. Durante el entrenamiento, fue evidente para el elfo que los vestalenses habían recibido un adiestramiento en combate que iba mucho más allá de lo habitual. Era más evidente en Taheem, con mucho el mejor espadachín de los dos. Ante la insistencia en las preguntas, finalmente el vestalense dio a entender tácitamente que efectivamente los Señores de la Esgrima de las leyendas no habían desaparecido completamente y aún quedaban unos pocos; en ningún momento reconoció ser uno de ellos, y su espadas por otra parte no lucían ningún distintivo, pero la evidencia era difícil de negar. También reveló que había pasado una larga temporada en Ercestria y por eso hablaba tan bien el idioma. Aquellos dos hermanos eran ciertamente interesantes...

La noche del segundo día, Symeon, cuyo pasado había sido dolorosamente removido por las confesiones de los dos hermanos, no pudo aguantar más el peso solitario de sus secretos, y decidió compartirlos en confesión emmanita con el hermano Aldur. No estaba preparado todavía para compartir con el resto del grupo su vergüenza, y de momento se liberaría con el secreto de confesión. Le contó a Aldur la historia de sus robos de reliquias, su obsesión por los artefactos antiguos, y cómo él y su esposa habían irrumpido en los Santuarios de Creá, llevándose el fragmento original del Libro de Aringill. Cuando los Guardias de Creá y los Susurros acudieron para reclamarlo, su esposa había huido con el libro, y su caravana fue masacrada. No sólo eso, sino que aquello degeneró en una espiral de violencia y el asesinato de casi todos los errantes en el Imperio. Symeon sentía que era el culpable de la muerte de cientos, quizá miles de errantes, y aquello estaba a punto de acabar con él. Aldur aceptó su confesión y le otorgó el perdón de Emmán, además de palabras de consuelo, lo que sirvió para calmar la ansiedad de Symeon y hacer más soportable su pena. Tenía que compartir aquello con sus amigos, pero no estaba preparado para que lo juzgaran aún.

A todo esto le siguieron cuatro días más de camino, tras los que llegaron al oasis de Itzar’Hakeem, bastante transitado pero por el que pasaron sin problemas. Tras refrescarse y descansar un poco, siguieron cinco horas más de discreta marcha por el desierto a través de multitud de dunas, hasta que finalmente divisaron lo que eran indudablemente carromatos de errantes, descoloridos por el sol y semienterrados en la arena. Al llegar al círculo de carros, algo sorprendió y horrorizó a Symeon a partes iguales: varios jóvenes errantes se encontraban recibiendo clases de combate con espada de un instructor vestalense. En total se veían aproximadamente una docena de vestalenses acompañando a la caravana; a todas luces insuficientes en caso de sufrir un ataque. Tras levantar miradas curiosas de los acampados, se acercó rápidamente a ellos el líder de los vestalenses reunidos allí: un hombre de avanzada edad pero no anciano todavía, que saludó efusivamente a Taheem y Shared. Lo primero que llamó la atención de Valeryan, Symeon y Faewald fue el colgante en forma de pergamino que colgaba del cuello del vestalense. Éste se presentó como Fajjeem, y confirmó sus sospechas: era uno de los miembros de la Liga del Saber. Según les explicó, los miembros de su hermandad también habían caído víctimas de los edictos que se habían promulgado últimamente en el Imperio, y varias heridas y vendas que lucía él mismo así lo atestiguaban; sólo se había podido salvar gracias a la intervención de Taheem y su hermano. Contentos de encontrar a gente moderada y no haberse metido de cabeza en una trampa, todos se dirigieron al carromato del líder de la caravana, Aravros. El anciano sonrió al ver a recién llegados, pero presentaba un aspecto general de abatimiento y varios vendajes que atestiguaban las dificultades que habían atravesado él y su pueblo últimamente.

Tras las presentaciones se desarrolló una conversación de intercambio de experiencias, en la que Fajjeem les reveló que antes de ser perseguido, había sido uno de los componentes rotativos del Consejo de Palacio en Denarea, y se encontraba en la corte en el momento del advenimiento del Ra’Akarah, un hombre bastante normal por otra parte, pero con un poder de convicción más allá de toda medida. La gente decía que había llegado desde el cielo, que había caminado sobre las aguas y que había resucitado a varios muertos de un poblado arrasado en la frontera con Sermia. Tras un largo rato, Symeon pidió con aire sombrío que lo dejaran a solas con Aravros. Los demás se extrañaron pero respetaron su deseo y salieron del carromato.

Acto seguido, Symeon procedió a contar su historia al anciano errante, cuya consternación fue en aumento hasta casi derramar lágrimas de tristeza. Symeon le transmitió su deseo de ser sometido a juicio por el consejo de la caravana. Aunque Aravros no quería considerarlo como culpable y su voluntad era de perdonarle, se plegó a los deseos de expiación de Symeon y le aseguró que transmitiría su petición al consejo, por otra parte diezmado y compuesto casi todo él de miembros más jóvenes de lo que desearía.

El grupo no tardó en tener una tienda a su disposición, y allí se derrumbaron para descansar, agotados.

Al atardecer, un enviado del consejo apareció reclamando la presencia de Symeon para someterse a juicio. El resto del grupo intercambió miradas de extrañeza, y acompañó al cabizbajo errante hasta el carromato de Aravros, frente al cual se había reunido el consejo. Cuando, ante el sombrío silencio de Symeon, preguntaron a sus acompañantes de qué cargos se le acusaba, estos sólo respondieron con una palabra: “genocidio”.