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jueves, 20 de abril de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 24

Tomaso secuestrado
Los vídeos mostraban a los asaltantes apareciendo en el hotel directamente en el segundo piso y desapareciendo también a la misma altura cuando huían. Las últimas imágenes eran de la escalera de la tercera a la segunda planta, y ya no aparecían más. El grupo dedicó la siguiente hora y media a buscar alguna prueba de por dónde habían huido sus enemigos; las salidas de emergencia estaban cerradas y no parecían forzadas, y el ascensor lo mismo. Tampoco las puertas de las habitaciones o las ventanas presentaban signos de haber sido forzadas. Finalmente desistieron y aceptaron pasar el resto de la noche en una planta diferente del hotel.

Por la mañana partieron sin dilación en tren hacia Barcelona. En la estación de la ciudad condal se dedicaron a investigar discretamente, y consiguieron el testimonio de un revisor que afirmaba haber visto hacía dos o tres días a una pareja tan pintoresca como la que Sigrid y sus compañeros describían. Pero eso fue todo; sin más pistas, se alojaron en un buen hotel y dedicaron la siguiente jornada a hacer averiguaciones en el aeropuerto, en las estaciones de tren y en la línea de ferrys. También asistieron a una conferencia que se impartía en la asociación cátara de la ciudad, ante las sospechas de Tomaso de que el secuestrador pudiera tener algo que ver con los herederos de los cátaros. Pero ninguno de sus intentos tuvo éxito. Tampoco Omega Prime pudo ayudar a averiguar en qué hotel se habían alojado.

Tras no tener éxito con las reservas de hoteles de alta calidad, Tomaso decidió como medida desesperada comenzar a llamar a todos los hostales más humildes que se encontraban cercanos a las estaciones de tren de la ciudad. Preguntaba por sus “parientes”, un hombre negro con ojeras y una joven rubia de ojos azules. Más o menos cuando ya había contactado con una docena, la voz al otro lado le respondió bruscamente: “creo que debería hablar con la policía”. Dejó de llamar a más sitios y reunió a sus compañeros; creía que habían encontrado lo que buscaban. Una breve búsqueda en los periódicos de los últimos tres días reveló que en una de las habitaciones del hostal había aparecido un cadáver que, aparentemente, se había suicidado.

En el hostal se encontraron con un chico joven que aunque no estaba muy dispuesto a hablar del incidente sí desveló algunas cosas. Entraron Patrick y Sigrid, y consiguieron averiguar que el cadáver había sido encontrado en la ducha de la habitación hacía un par de días, después de que Esther y Pierre hubieran dejado la habitación; esta todavía se encontraba precintada por la policía. Cuando Sigrid reveló que era la madre de la muchacha que se había alojado en la habitación junto al hombre negro, el recepcionista se tornó más suspicaz; le extrañaba que ella no acudiera corriendo a la policía para enterarse de todo. Ante una hostilidad cada vez mayor, decidieron marcharse; el chaval les dijo que si querían saber más, por la tarde era el turno de su padre y quizá podría decirles más cosas.

Tomaso y Jonathan tomaron el relevo de sus compañeros: fingieron estar de visita en la ciudad y alquilaron una habitación. Pasado un rato, entraron a la habitación del siniestro ignorando los precintos policiales (habían conseguido hacerse con la llave en recepción). Tomaso buscó por toda la estancia durante unos minutos, sin encontrar nada de interés; al abrir el agua caliente en el lavabo para que el vapor revelara posibles mensajes ocultos escritos en el espejo, efectivamente surgió uno, pero por desgracia había sido borrado; se apreciaban todavía algunos restos de letras, pero insuficientes para deducir nada. En ese momento, el italiano oyó un ruido fuera, como un cuerpo cayendo al suelo; a los pocos segundos, el pomo de la puerta empezó a moverse lentamente: alguien intentaba entrar discretamente. Sin apenas tiempo para pensar, Tomaso se situó tras la puerta. Esta se abrió lentamente casi en su totalidad, y durante unos segundos de gran tensión permaneció inmóvil, con alguien al otro lado. Decidió salir y atacar por sorpresa.

Se encontró frente a frente con un tipo rubio, alto y muy fuerte, que lucía varias cicatrices en rostro y manos. En una de ellas llevaba un bisturí. Tomaso dirigió un fuerte puntapié a la rodilla del tipo, que habría hecho que cualquiera se tambaleara, pero este no pareció inmutarse. Acto seguido, tocó el estómago de Tomaso con su mano. Y la agonía de este fue infinita; sabía que era imposible, pero notó cómo la mano del tipo se introducía en su cuerpo y luego un dolor indescriptible, como si le revolviera todos los órganos internos; cayó al suelo inconsciente, sólo a tiempo de ver otro hombre en el pasillo detrás del rubio que arrastraba a Jonathan hacia una habitación.

Mientras tanto, el resto del grupo se había quedado tomando algo en un bar al otro lado de la avenida. Pasados unos minutos, un taxi monovolumen aparcaba a la puerta del hostal, bloqueando la vista. Derek y Patrick se escoraron para poder tener línea de visión, y a los pocos segundos pudieron ver cómo del hostal salían tres hombres que ayudaban a moverse a otros dos que parecían borrachos o inconscientes; estos no eran otros que Tomaso y Jonathan.

Derek corrió para avisar a una patrulla de policía que había visto en una calle cercana, y Patrick se apresuró a parar otro taxi. Se inició así una breve persecución en coche y a pie mientras los policías avisaban del secuestro a las patrullas cercanas. Los secuestradores pudieron esquivar a los policías que les salieron al paso, pero tras girar un par de esquinas provocaron un fuerte accidente en una avenida, donde implicaron a cerca de una veintena de coches. Derek, Robert, Sigrid y Patrick llegaron a la escena del accidente: los coches habían invadido la acera, varias terrazas de bares habían sido arrasadas, y pudieron ver unos cuantos muertos y heridos. Entre el caos, acertaron a identificar el coche de los secuestradores, volcado en medio de la calle. De los asaltantes no había ni rastro, ni tampoco de Tomaso, pero Jonathan se encontraba allí; lo debían de haber dejado para poder huir más rápidamente. Sally y Francis se encargarían de llevar a Jonathan a un hospital mientras el resto iba en persecución de los secuestradores. Una mancha de sangre los puso sobre el rastro, que los llevó al aparcamiento de un centro comercial cercano. Bajaron por las escaleras hasta el segundo sótano, donde un fuerte acelerón los sobresaltó; corrieron hacia el sonido y llegaron a la rampa casi a la vez que un coche que transportaba a Tomaso y a los tres extraños; Derek arrojó un extintor sobre el parabrisas del vehículo, pero no tuvo éxito en detenerlo. El copiloto sacó una pistola y el grupo no tuvo más remedio que ponerse a cubierto mientras resonaban un par de disparos. Se miraron, desesperados. Al salir del centro comercial dieron parte a las patrullas de policía cercanas que se dirigían al lugar del accidente. Pero prefirieron no quedarse más tiempo del necesario, y se escabulleron enseguida.

Por suerte, Tomaso todavía llevaba encima el móvil de la CCSA. Haciendo uso de su propio móvil, Derek visualizó la señal emitida por el primero. Cogieron un taxi y la siguieron. La señal se detuvo en un lugar determinado durante unos veinte minutos, y al cabo de un rato volvió a ponerse en marcha para detenerse ya definitivamente en un lugar alejado un par de kilómetros del primero.

El último lugar resultó ser un contenedor de basura situado a las afueras de la ciudad. Allí se encontraba la chaqueta de Tomaso, manchada de sangre, con el móvil en el bolsillo interior.

Tras recuperar el móvil, se dirigieron al lugar donde se había detenido por primera vez la señal. Era un edificio de oficinas al norte de la ciudad. En el gran mostrador de recepción les aseguraron que no había entrado por allí nadie con la descripción que les proporcionaban, así que decidieron preguntar al vigilante del aparcamiento del edificio. Tras soltar un par de cientos de euros, efectivamente les confirmó que el coche que le describieron había entrado en el aparcamiento hacía aproximadamente una hora. Al preguntarle cómo habían entrado, el vigilante les contó que poco antes de su llegada había recibido una visita de un ejecutivo de Altamira Inversiones para que les franqueara el paso sin que tuvieran que detenerse.

Efectivamente, Altamira Inversiones era una de las empresas del edificio, concretamente la que ocupaba el último piso, el duodécimo. Se pusieron en contacto con Sally para que investigara todo lo que pudiera sobre ella, y en poco más de cinco minutos la periodista les devolvía la llamada: Altamira se encontraba participada por un holding de empresas cuyo principal participante era Weiss, Crane & Associates. Se miraron unos a otros, preocupados; si Tomaso se encontraba en el interior del edificio tendrían que entrar, y no iba a ser nada fácil.


Por si todo aquello no era suficiente, Sally les envió un enlace a un vídeo de Youtube. El vídeo era de una noticia emitida por la Fox, en la que se informaba de que “el grupo terrorista de hackers Omega Prime” había “atacado varios centros de datos del gobierno y de entidades financieras” con la intención de “provocar el caos, acabar con el orden establecido y con el estilo de vida americano”. A continuación, se presentaba un vídeo presuntamente grabado por Omega Prime en el que un hacker ataviado con su máscara característica reivindicaba el ataque. Por supuesto, según Sally, desde Omega Prime le habían asegurado que ellos no tenían nada que ver con aquello...

viernes, 14 de abril de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 23

Paul van Dorn
Por la tarde, Sigrid, Patrick, Tomaso, Derek y Robert se desplazaron a Salamanca para visitar al hijo pequeño de la anticuaria, Eyrik, que se encontraba allí cuidado por sus abuelos paternos. Sus todavía suegros preguntaron a Sigrid acerca de Ramiro, y para su consternación no les pudo responder más que con evasivas.

Por la noche se dedicaron a intentar encontrar conexiones de toda la información de que habían hecho acopio en los últimos días; la única conexión que pudieron encontrar, muy tenue, fue que la ciudad natal de uno de los psicomagos colegas de François Lebeau era Narbona, que había sido una de las ciudades importantes del movimiento cátaro en la edad media. Otra de las cosas que les llamó la atención es que las oscuras referencias que habían encontrado hacía unas semanas a la “ascensión” de Tel Aviv habían desaparecido por completo de la red.

El día siguiente volvieron a Madrid para encontrarse con Paul Van Dorn en el restaurante que había sugerido Sigrid; al igual que habían hecho el día anterior con el judío, Derek, Jonathan y Robert (camuflado) permanecerían separados y alerta. El librero se mostró extremadamente educado y les presentó a sus acompañantes (aparte de dos guardaespaldas que habían quedado en el exterior del reservado): una niña de doce años que presentó como Meryl, y un adusto y fornido hombretón que se hacía llamar Mr. Thorn. Mientras se presentaban, les fueron servidas las bebidas; la niña que acompañaba a Van Dorn hizo un gesto hacia el vaso del librero, pero este la detuvo; a continuación, sugirió al grupo que no bebieran sin hacer antes lo mismo que él iba a hacer. Acto seguido, Van Dorn dio un giro horario de 360 grados a su vaso y susurró una palabra; a continuación, un segundo giro antihorario y otra palabra; esperó hasta que todos le hubieron imitado discretamente. Según les dijo, como muestra de buena voluntad acababa de enseñarles un pequeño ritual para librar cualquier bebida de sustancias tóxicas en disolución; el éxito del ritual dependía del poder inherente de cada individuo, pero era efectivo en un gran porcentaje. Este gesto agradó al grupo, e hizo que la conversación discurriera sin hostilidad.

Van Dorn no se anduvo con rodeos; manifestó su conocimiento del interés que el grupo había despertado en el “submundo ocultista”, y expresó su deseo de establecer una alianza, preferiblemente en unos términos que pusieran a Sigrid y los demás a su servicio, al menos temporalmente. El grupo, evidentemente, se mostró reticente ante tal posibilidad, cosa que el librero ya esperaba debido al más que probable conflicto de intereses en el futuro. Él sabía (como ya sabía bastante gente, al parecer) que Robert era el origen del Polvo de Dios, y que Sigrid tenía relación con él. El simulacro del magnate que habían presentado públicamente en televisión y que presuntamente se retiraba del mundo de los negocios no había engañado a Van Dorn: para su ojo experto, era evidente que aquello era un autómata fabricado con artes ocultas para intentar atraer al verdadero Robert a la luz; ante la mención de aquello, Patrick rebullón en su asiento, extremadamente incómodo. También les habló de la traición que había sufrido por parte de varios miembros de su “equipo”, entre ellos Nikos Kostas, que incluso atacó su Biblioteca. Con la mención de “Biblioteca” dirigió una mirada cómplice a Sigrid, que esta no entendió muy bien, y veladamente dejó entrever que creía que Sigrid tenía también una “Biblioteca” propia. Evidentemente, era una referencia a algún concepto Bibliomántico, y Van Dorn se sorprendió cuando Sigrid no pareció saber de lo que hablaba, pero al mismo tiempo se sintió más seguro.

Siguiendo con las muestras de buena voluntad, Van Dorn decidió darles más información: por la descripción que le hicieron del hombre que había secuestrado a Esther, el librero neoyorquino les aseguró que debía de tratarse de un “Oniromante”, un tipo de “adepto” que extraía su poder de los sueños o, más bien, de la falta de ellos. Entre los poderes de los oniromantes figuraba la capacidad de hacer creer a los extraños que en realidad eran amigos de toda la vida; eso explicaría por qué Esther pareció seguir voluntariamente al extraño francés.

A continuación, Paul Van Dorn puso una importante carta sobre la mesa: ofreció al grupo la posibilidad de iniciarlos en los secretos de la “magia posmoderna” a cambio de la susodicha alianza. Era una oferta muy tentadora, y tendrían que pensarlo. El problema era lo que Van Dorn pedía a cambio: un suministro regular de Polvo de Dios; la parte buena era que no les había exigido la fórmula, pero era algo que tendrían que pensar muy bien; además, en las actuales circunstancias les era imposible cumplir con esa parte del trato.

Cuando Sally, a requerimiento de Van Dorn, explicó cómo había llegado a trabar amistad con los demás y el acoso que había sufrido por parte de agentes desconocidos, la conversación volvió a derivar a Nikos Kostas y sus motivos para traicionar al bibliomante; según dijo este, Nikos seguramente pertenecía a una antigua organización encargada de proteger los secretos del mundo ocultista. No quiso dar más información; Van Dorn revelaba algunas cosas, pero se callaba muchas otras; jugaba con ello como garantía de que el grupo se aviniera a una alianza bajo sus términos. Pero sí advirtió a Sally sobre la inconveniencia de destapar todo aquello. Sigrid y los demás le hablaron de su encuentro con Kostas en la academia militar; le revelaron prácticamente todo lo que había sucedido allí y lo que le había sucedido a Daniel, el hijo de Sigrid. Van Dorn los miró, preocupado e interesado a la vez. Una referencia muy oscura había acudido a su mente: la Lengua Alter. Les contó una historia que había adquirido tintes de superchería: la de los gemelos Alter que, abandonados a su suerte por sus crueles padres, habían desarrollado una lengua que había vuelto loco a más de uno, y que según se contaba, tenía efectos muy perjudiciales en el tejido de la propia realidad. La historia concordaba con las pistas que les había dado el móvil rescatado por Francis Kittle.

También les habló de Alex Abel, el líder de la Nueva Inquisición, y de los “Illuminati”. Según Van Dorn, Abel había ingresado recientemente en las filas del Club Bilderberg y eso había introducido un grado más de caos en el submundo ocultista. Y fueron los Illuminati los que habían secuestrado a Sigrid después de la explosión en el Excelsior. Por otra parte, como ya habían supuesto, Abel tenía a medio FBI controlado por sus efectivos.

Con la oferta de la alianza en el aire y abierta, se despidieron. Pero la partida de Van Dorn y sus acompañantes fue bastante accidentada. Al detectar algunos elementos sospechosos en el exterior, volvieron a entrar al restaurante para advertir al grupo de que estuvieran alerta al marcharse. Derek y los demás pudieron ver cómo sí que era cierto que alguien seguía a Van Dorn cuando subió al coche; por suerte nadie pareció seguirles a ellos.

De vuelta en su hotel, pasaron a discutir la conveniencia de la alianza con Van Dorn, pero Robert puso pronto fin a aquello; sin el komerievo que le llegaba desde Rusia era imposible fabricar más Polvo de Dios, y por tanto también imposible satisfacer las exigencias del trato.


De madrugada, Sigrid despertó, alertada por un ligero ruido. Con la tenue luz que entraba del pasillo pudo ver cómo habían forzado la puerta de la habitación y un individuo de físico imponente entraba, mientras otro esperaba en la entrada. Gritó. El hombre extendió su mano hacia ella, y se quedó inmóvil cuando algo no pareció salir como esperaba. Tomaso salió al pasillo, alertado por el grito de su amiga; ante la puerta de su habitación vio un hombre menudo y una mujer, que se giró hacia él. Corrió lo más rápido que pudo hacia ellos, pero algo pasó en el camino; sintió una sensación extraña y de repente se encontró corriendo en sentido contrario, hacia la ventana del final del pasillo. Derek lo vio pasar extrañado cuando salió de la habitación con el arma en la mano; para entonces el trío de extraños ya había empezado a correr hacia las escaleras, perseguido por Patrick, más adelantado, que de todos modos no pudo hacer nada para detenerlos, así que escaparon sin más violencia. La cerradura de la habitación de Sigrid y Sally no había sido forzada en absoluto, y sin duda los tres asaltantes eran los mismos que habían sido grabados por las cámaras de la tienda hacía un par de noches.

viernes, 31 de marzo de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 22

Madrid y el extraño judío
Sigrid, con el rostro lívido, enseñó el mensaje de correo electrónico a sus compañeros. Evidentemente, ella no admitiría nada que no fuera viajar a Madrid inmediatamente en busca de su hija Esther; después de sopesar el resto de opciones que tenían someramente, reservaron los billetes de avión para el día siguiente, lo más pronto que fue posible.

Yuval Sayas/Simeon Bar Yohai
También decidieron que el viaje a Madrid sería el momento ideal para que Sigrid tuviera la reunión pendiente con Paul Van Dorn, postergada ya durante demasiado tiempo. Patrick volvió a expresar sus reticencias a tratar con un tío del que Sigrid decía que era tan poderoso y con tan pocos escrúpulos, pero finalmente la necesidad de encontrar un aliado fue más fuerte y la anticuaria llamó por teléfono al librero a su móvil personal. Van Dorn dijo estar muy ocupado al día siguiente, pero viajaría a Madrid dos días después en su jet privado para encontrarse con Sigrid en un lugar público y discreto.

Se desplazaron a Madrid sin avisar previamente a Lucía, la dependienta de la tienda de Sigrid, para evitar posibles escuchas. Una vez en la capital española, quedaron con ella en un restaurante donde podrían disponer de un reservado, para así de paso seguirla y comprobar que nadie la seguía. Derek y Jonathan permanecerían separados del grupo para poder reaccionar en caso de que sufrieran algún ataque y poder vigilar discretamente posibles sospechosos.

Lucía rompió a llorar cuando vio a Sigrid, y se abrazó a ella desconsolada. Tras tranquilizarse, fue presentada al resto del grupo y entraron en detalles. La dependienta relató el episodio entre sollozos; insistió en que el rostro del hombre (de raza negra) daba miedo de lo demacrado y ojeroso que estaba, en contraposición a su forma de vestir, bastante elegante. Habló con Esther breves instantes y parecían conocerse, con lo que no juzgó necesario intervenir cuando la muchacha lo acompañó a la calle. Patrick recurrió a varios trucos para lograr que Lucía se relajara y recordara las cosas con más claridad: así les pudo concretar que el hombre parecía hablar con acento francés y que se presentó como “Pierre”.

La siguiente parada que hicieron fue en la tienda, donde intentaron encontrar alguna pista que les aclarara algo de lo que les había sucedido, pero sin éxito. Tras encargar a Lucía que siguiera abriendo la tienda normalmente, se dirigieron al piso de Sigrid.

Ya en su casa, investigaron sobre los contactos de Esther en las redes sociales, y Tomaso repasó sus círculos en la universidad, y posibles hechos fuera de lo común en el campus o en el mundillo de las antigüedades. No encontraron nada.

Al poco tiempo, Derek y Jonathan llamaron por teléfono. Alguien a quien ya habían visto rondar en la tienda mientras el grupo había estado allí, había aparecido de nuevo. Se encontraba en un café justo al otro lado de la calle. Patrick, Sigrid y Tomaso bajaron para confrontarlo directamente.

Sigrid y Patrick se sorprendieron al entrar en el café y reconocer al individuo: era un hombre maduro, en torno a los cincuenta años, que sin duda había estado en la subasta y al que habían visto varias veces antes de la explosión. No se andaron con rodeos y se acercaron a la mesa, mientras el individuo parecía disfrutar despreocupadamente de su taza de té. Al preguntarle por qué les estaba siguiendo, el hombre, impertérrito, respondió que parecían interesarle a mucha gente, y que era extraño que con los pocos medios que parecían tener hubieran sido de los pocos que habían salido bien librados de la explosión en el Excelsior. Se presentó como Yuval Sayas, aunque tanto Patrick como Sigrid estaban seguros de que ese no era su verdadero nombre; en alguna ocasión lo habían oído mencionar durante la subasta, pero no conseguían recordarlo. En la conversación que siguió, Sayas preguntó insistentemente sobre sus creencias religiosas y por lo que dijo dedujeron que se trataba de un numerólogo, quizá de un cabalista, pues era bastante evidente su origen judío. Su frase favorita era la de “los números no mienten”, y en varias ocasiones mencionó que los números le habían revelado la importancia del grupo en los acontecimientos que se estaban desarrollando. En un momento dado, Sayas se dirigío a Sigrid y le hizo una críptica pregunta: quería saber qué era para ella una determinada secuencia de números y letras griegas que detalló lentamente. Sigrid no pudo responder, y eso minó su autoestima [disparó su estímulo del miedo] y salió precipitadamente del local. Tomaso salió detrás de ella para tranquilizarla. Sigrid volvería pasado un tiempo; mientras tanto, Patrick aprovechó para intentar que el hombre arrojara toda la luz posible sobre la oscuridad de lo que les rodeaba. Insinuó la mutua ayuda una posible alianza entre ellos, a lo que Sayas no dijo que no, pero tampoco que sí; humilde, le sugirió que buscara aliados entre gente más poderosa que él, porque según dijo, él no era más que un simple estudioso en busca de conocimiento. Aseguraba que prefería no inmiscuirse en el sórdido mundo de las facciones enfrentadas que eran capaces de emplear la “magia posmoderna”. Patrick también insinuó que por sus palabras parecía tener mucho más de los cincuenta años que aparentaba, a lo que el judío hizo oídos sordos.

Poco después de regresar Sigrid y Tomaso, este le preguntó a Sayas sin más ambages “qué ascensión se había producido en Tel Aviv en el 99”. Sayas lo miró fijamente unos momentos y dijo que casi con total seguridad había sido la del “Guerrero Sagrado”. La conversación derivó luego a lo que había sucedido en la subasta y la explosión en el Excelsior; el judío estaba seguro de que la bomba había sido cosa de Alex Abel, que “no era más que un avatar frustrado con demasiado dinero”, y que había tenido la intención de hacer “una limpieza en el submundo ocultista”. Abel había intentado ascender y por algún motivo el proceso se había frustrado.

Por último, Sayas ofreció a Sigrid su ayuda para ponerla en la pista de su hija a cambio de que le dejara entrar al sótano de su tienda, donde guardaba las posesiones más valiosas. La anticuaria aceptó, desesperada por encontrar a Esther.

A primera hora de la mañana recibieron una llamada telefónica de Lucía; alguien había irrumpido en la tienda durante la noche, y las cámaras habían grabado la escena. La alarma no había sonado y habían abierto la caja fuerte del sótano. Se desplazaron allí rápidamente. Las imágenes mostraban cómo dos hombres y una mujer habían entrado en la tienda sin que sonara la alarma, y se habían dirigido al despacho, donde habían revuelto todo, y al sótano, donde habían ojeado todos los libros y antigüedades; uno de los hombres se había agachado ante la caja fuerte y había sido capaz de abrirla en aproximadamente un minuto: según Tomaso, demasiado tiempo si conocía la combinación y demasiado poco para forzarla con medios mundanos. Finalmente, se habían llevado el ordenador del despacho y algunas estatuillas valiosas del antiguo Egipto. Claramente, buscaban información más que robar mercancía. Dejaron a Lucía encargada de hablar con la policía, mientras ellos se dirigían al encuentro de Yuval Sayas.

Este les aseguró que, según sus cálculos, Esther había sido trasladada a Barcelona, y en el presente o un futuro próximo sería trasladada al sur de Francia. Pasadas un par de horas, cuando la policía ya había abandonado la tienda, Sigrid franqueó el paso de Sayas al sótano de su tienda. Este realizó una rápida exploración de los objetos y, sobre todo, los libros, y apenas media hora después hacía un gesto de negación con la cabeza mientras murmuraba en hebreo (que Sigrid pudo entender): “pues no lo entiendo”. Agradeciéndoles haber podido echar un vistazo, se despidió; Tomaso y Sigrid le proporcionaron sus teléfonos, y la despedida dejó entrever que era posible que no tardaran mucho en volverse a encontrar.

Sigrid estaba impaciente por seguir la pista de Esther, pero tendría que contenerse, porque la reunión con Paul Van Dorn no sería hasta el día siguiente, no creía que fuera buena idea retrasarla de nuevo...

miércoles, 22 de marzo de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 21

La Biblioteca de Sigrid
Descartando como opción seguir vigilando las naves de American Initiatives For Children al considerarla demasiado arriesgada, pasaron a discutir cuál debía ser su próximo destino. Barajaron varias opciones, pero las más consistentes eran sin duda las de Japón, Londres y Noruega. Kittle había oído cómo el propietario del móvil que habían desencriptado, el tal Rüdiger Pressler, había informado de que su próximo destino sería “el grupo objetivo de Japón”; y ahora contaban con las coordenadas exactas (o eso esperaban) del lugar al que los presuntos neonazis se dirigirían. También barajaron la opción de Londres a instancia de Derek; este ya les había hablado de su “mentor”, lord Ian Stokehall, y la firme posibilidad de que el aristócrata arrojara algo de luz sobre todo aquello que les estaba ocurriendo durante las últimas semanas.

Una página del De Occultis Spherae
Pero finalmente la opción elegida fue Noruega; más concretamente, Oslo. Sigrid fue muy vehemente al respecto: en Oslo se encontraba su biblioteca personal, en gran parte heredada de su abuelo. La biblioteca albergaba volúmenes antiguos y raros, y aseguraba que podrían darles mucha más información. Además, en la propia Oslo se encontraba el club al que se hacía referencia en la información del móvil hackeado: el Corazón Oscuro, propiedad del tal Terje Nikolic.

No obstante, el factor que les hizo decantarse definitivamente por Oslo fue una revelación que Sigrid no pudo contener más: con un escalofrío disimulado contó al resto que en su biblioteca se encontraba el único tomo inglés existente del De Occultis Spherae, el libro que todo el mundo parecía estar buscando. No le hacía ninguna gracia volver a ver aquel libro, pero la gravedad de los acontecimientos que les rodeaba la decidió a contar su historia: relató cómo había leído casi en su totalidad el libro de pequeña, y los hechos extraños que habían rodeado el suceso, mencionando de paso el trance por el que había pasado su familia después de la muerte de su hermano. Sin duda, aquel no era un libro normal, y albergaba un gran poder.

El viaje a Oslo fue relativamente rápido, excepto por la escala en París, que casi acaba con los nervios de algunos miembros del grupo. Creyendo que algunas personas estaban siguiéndolos, tomaron todas las precauciones que pudieron e hicieron el viaje aún más tenso. Cuando se convencieron de que nadie les seguía y que todo habían sido imaginaciones suyas, se dirigieron a la biblioteca de Sigrid. Esta había trasladado hacía muy pocos años la biblioteca desde la casa de campo de su abuelo a un lujoso y protegido edificio de apartamentos en uno de los mejores barrios de Oslo. Los volúmenes antiguos se deterioraban en exceso en el viejo caserón, y se había visto obligada a encontrar un entorno más salubre para ellos, a la par que más seguro.

El guardia de seguridad reconoció a Sigrid cuando la vio, y la saludó amablemente. Eso le facilitó las cosas, puesto que no llevaba la tarjeta de acceso encima. Cuando la anticuaria le pidió una copia de la tarjeta, apenas le puso problemas (sólo tuvo que pedir permiso a la central y verificar la identidad de Sigrid con unas preguntas rutinarias).

El complejo era realmente lujoso, y estaba vigilado por cámaras de seguridad. Sigrid pasó la tarjeta por el sensor y pulsó una combinación en la puerta de su apartamento; con un suspiro de alegría, abrió la puerta y pasó a su biblioteca. No entendía muy bien por qué, pero estar en presencia de sus libros la reconfortaba más que ningunan otra cosa en el mundo. El apartamento estaba completamente adaptado para sus volúmenes. El recibidor había sido respetado para no dejar ver la biblioteca desde el exterior, así como el aseo y algún despacho; el resto había sido despejado formando una gran estancia para dar cabida a múltiples estantes y vitrinas donde se encontraban los ejemplares. También se podían ver un par de mesas grandes, varias sillas y sillones, y material de escritura.

Los libros más delicados y en peor estado de conservación se encontraban en vitrinas de cristal expresamente preparadas para tal efecto. Según contó Sigrid, algunos de los libros más antiguos de su abuelo no habían resistido las condiciones de su viejo caserón y se habían destruido en el traslado, pero la inmensa mayoría se encontraba allí, su valiosísimo tesoro particular. Y el más valioso de todos, el De Occultis Spherae, se encontraba en una caja fuerte disimulada tras unas estanterías; Sigrid no se decidió a sacar el libro todavía de su reclusión; la sola idea le ponía los pelos de punta.

Durante varios días se dedicaron a investigar sobre todos los temas en los que se habían visto implicados.

Sobre los vikingos, los abenaki, y el monolito

Iniciaron la investigación con los símbolos de los abenaki y el extraño monolito negro. Sigrid no tardó en localizar los trabajos del islandés Sebastian Stallard que, como ya había recordado someramente, mencionaba las relaciones de los vikingos con los habitantes del nuevo mundo. Su propio abuelo había resultado ser un apasionado del trabajo de Stallard y había hecho su propio trabajo de investigación sobre el asunto, que también les vino de perlas. Los escritos de Stallard databan de mediados del siglo XIX y mencionaban sin ningún tipo de ambigüedad el monolito negro que el grupo había visto bajo la mansión en Québec. Stallard se acercaba de una manera inusitada a los relatos de la saga de Vinland, y hablaba (sin citar fuentes, casi como si él mismo hubiera sido testigo de ello) de la estrecha relación que los vikingos llegados a Terranova habían mantenido con los nativos algonkinos de la zona, sobre todo con los abenaki. Había incluso un pasaje que Stallard aseguraba estar transcrito desde un manuscrito nórdico; en él, alguien llamado Folkard hablaba de “extraños hombres” que “danzaban alrededor de una enorme roca negra que traía los peores horrores a sus enemigos, y que les permitía invocar los espíritus de sus antepasados como horripilantes y depravadas sombras de ultratumba”. En los trabajos del abuelo de Sigrid encontraron también referencias al monolito negro, y cómo había conseguido pruebas de que los nazis, en concreto la Hermandad de Thule, habían intentado un desembarco clandestino en Canadá para investigar la veracidad de la existencia del artefacto.

También se hacía referencia a otro objeto: el Obelisco Negro de Salmanasar III, un obelisco tallado por los asirios cerca del primer milenio antes de Cristo. El obelisco se encontraba hoy en día en el Museo Británico, y el abuelo de Sigrid elucubraba con la posibilidad de que fuera una especie de “retoño” o “copia menor dormida” del monolito de los abenaki. Aseguraba que, si se ejecutaban ciertos rituales en presencia del obelisco (no especificaba cuáles), este se activaba de alguna manera (tampoco especificaba cuál, o las notas se habían perdido).

En algunos de los libros, el propio Stallard había hecho anotaciones en los márgenes y en folios adjuntados: registraba los comentarios sobre el monolito de los nativos de Québec más ancianos, y la búsqueda del propio Stallard; las anotaciones eran cada vez más incoherentes, pero algunas del final les llamaron poderosamente la atención:

”[...] hemos grabado todas las protecciones que hemos podido; [...] la última barrera es la casa, sé que una mansión así puede llamar la atención, pero necesitamos una estructura capaz de albergar la disposición necesaria de los símbolos [...]. Los guardianes no están de acuerdo, pero gracias a las protecciones podremos mantenerlos a raya; no podemos permitir que eso escape [...]”

La documentación incluía un registro de los símbolos utilizados por los abenaki y también de los extraños glifos alterados por las influencias vikingas y desconocidas que habían sido grabados en las paredes de la gruta bajo la mansión. Según Stallard, si los símbolos se utilizaban con la debida aptitud y conocimiento, eran capaces de proteger de los horrores sobrenaturales. Para regocijo del grupo, tras la contraportada de uno de los libros de Stallard había unos folios describiendo (en islandés antiguo, reconocido a duras penas por Sigrid) las reglas que debían seguirse para emplear los símbolos. Les costaría un tiempo traducirlo convenientemente y entenderlo, pero no dudaban de que lo conseguirían.

Sobre el "De Occultis Spherae"

Varios volúmenes de la biblioteca hablaban del Occultis. La historia del libro se perdía en la bruma de los tiempos, pero la versión aceptada era que se había escrito en latín por un “enigmático” pueblo poco después del nacimiento de Cristo, y que al principio formaba parte de una serie de seis volúmenes a la que se referían como “La Hexalogía”. Según las fuentes, sólo el Occultis habría sobrevivido hasta el presente, en forma de una copia en inglés realizada en el siglo XVII. La historia implicaba a un monje llamado Richard de Glastonbury, del que se decía que había leído el libro en su totalidad y que le había costado la cordura, a los Cátaros del sur de Francia, de los que se decía que habían poseído la Hexalogía hasta la Cruzada que acabó con ellos y sus posesiones, y al propio sir Isaac Newton, que habría dado cobijo a un Richard de Glastonbury acusado de satanismo y que incluso podría haber sido el autor de la transcripción inglesa. La creencia general era que el Occultis era un compendio de poderosos rituales para alterar la realidad. La experiencia de Sigrid así la llevaba a creerlo, aunque no recordaba haber leído ningún ritual en el libro, la simple lectura había provocado las horribles alteraciones; de lo que estaba segura la anticuaria era de que el libro no debería ser leído, sobre todo leído en su totalidad, pues según su opinión escapaba a la comprensión y, por supuesto, al control de cualquier mente humana.

Un silencio reverente se hizo en la estancia cuando Sigrid abrió la caja fuerte y puso el denostado libro en la mesa ante los demás; Sally tuvo un escalofrío, y Tomaso lo miró ávidamente. El italiano hizo un aparte con Sigrid: argumentó que él seguramente era ll persona adecuada para leer el Occultis, pues según le confesó, cuando era muy joven ya había leído otro de los tomos que, precisamente, se guardaba bajo llave en las estanterías de Sigrid: El Tomo Negro. La noruega no estaba de acuerdo con la afirmación, y advirtió a Tomaso que el Tomo no llegaba ni a la suela de los zapatos al otro libro; era verdad que el volumen que había leído su compañero albergaba extrañas explicaciones acerca del Mal, argumentadas de una forma poco convencional que ponía el corazón en un puño, pero el Occultis era otra cosa completamente distinta, era un texto que tenía vida propia, formando una especie de bucles que te atrapaban y que intentaban arrastrarte a leerlos… las explicaciones no hacían justicia a la realidad. Tomaso no quedó muy convencido, y su obsesión por el conocimiento que ocultaba aquel libro no disminuyó, pero prefirió hacer caso a su amiga y dejarlo para otra ocasión.

Hubo algunos intentos de leer sólo breves fragmentos del libro, pero en todos los casos el lector era atrapado por el texto, y prefirieron evitar más problemas.

Sobre Rituales y Anticristos

Patrick
dio con una clave más en la investigación [01 en tirada de documentación]. Siguiendo un pálpito, pidió a Sigrid que leyeran juntos uno de los libros guardados bajo llave. El libro estaba en latín, y las habilidades de Patrick con el idioma eran limitadas; pero el título sí lo entendió: se trataba del Ritualia et Antichristus (Rituales y Anticristo).

El profesor de filosofía resultó estar en lo cierto acerca de la importancia de la obra. Esta hablaba de los rituales que serían necesarios en “la época en la que la gente podría hablar sin verse” (una de las muchas profecías al estilo de Nostradamus que el libro albergaba) para expulsar al Mal, al Anticristo, de su posición de poder. Para sorpresa de los lectores, uno de los rituales hacía referencia a algo llamado “los Nacidos Relevantes”. El ritual se refería a estos como las “personas nacidas en un ordinal de importancia metafísica”. Se referían al ordinal numérico que esa persona ostentaba respecto al total de población viva en el momento en que nacía; es decir, la persona que en el momento de nacer fuera la persona número tres mil millones, sería un Nacido Relevante; la que ostentara el seis mil millones, también; la número 5.555.555, y así sucesivamente. Básicamente, los ordinales de importancia eran los miles de millones redondos, y los números compuestos por el mismo dígito.

Por fin algo cobraba sentido, ahora comprendían el concepto de “Nacido Relevante”; lo que no les cuadraba era que los neonazis estuvieran buscándolos para expulsar al Anticristo… ¿o quizá no eran capaces de ver el cuadro en su totalidad?


*****


Fue al anochecer del sexto día de investigación cuando Sigrid se dio cuenta por fin de que tenía un montón de correos electrónicos sin leer. Uno de ellos, de una antigüedad de un par de días, le llamó especialmente la atención: era un correo de la dependienta de su tienda de antigüedades en Madrid, Lucía Ríos, y en el asunto ponía "¡Ayuda! ¡Señora Olafson, urgente!". El cuerpo del mensaje rezaba así:


Estimada señora Olafson.

Estoy muy preocupada por usted. He intentado ponerme en contacto, pero su móvil lleva varios días apagado o fuera de cobertura, y en su casa nadie me contesta. Hace cosa de tres días entró a la tienda un hombre extraño, con pinta de no haber dormido en semanas, unas ojeras y un rostro demacrado que daban miedo. Yo estaba en la trastienda y su hija Esther atendiendo a los clientes, y lo vi todo a través del espejo de la entrada. El extraño le dijo algo a su hija, y ella salió con él a la calle. Pude oír algo a duras penas. Oí que mencionaba algo así como “salvarte”, “secuestrada”, y “el libro”. Creo que tenía acento extranjero. Luego ella lo acompañó voluntariamente. Aunque me preocupé, no quise intervenir, pues parecían conocerse. Sin embargi, Esther no volvió por la noche, ni al día siguiente. Llamé a la policía entonces. Pero han pasado tres días y sigue sin aparecer.


No sé qué hacer; he llamado a la policía y se han puesto a ello, pero no me han dado muchas esperanzas. Voy a cerrar la tienda hasta que me conteste. Espero que lo haga.

Ya sabe dónde encontrarme.
Un saludo, Lucía.




viernes, 3 de marzo de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 20

Regreso a Monterrey. La información del móvil.
El camino fue más duro de lo esperado. A pesar de contar con la guía de Pedro, el pastor de Villatrinidad, la lluvia hizo acto de aparición y dificultó la caminata campo a través; el grupo tuvo un par de pequeños accidentes, en los que Sigrid se lastimó una mano y Kittle un pie.

Villatrinidad
Finalmente, avistaron la colina sobre la que se levantaba la aldea de Tres Santos. Era de noche, y la aldea estaba a oscuras casi totalmente, excepto por una luz intensa que, según les dijo Pedro, se encontraba situada en la plaza central del pueblo. No les fue difícil deducir que la luz correspondía a los focos de varios coches. Derek y Jonathan decidieron adelantarse junto a Pedro para investigar. Cuando se encontraban a un kilómetro escaso del pueblo, dos disparos y gritos en la lejanía confirmaron sus sospechas: los tipos de los todoterrenos negros debían de estar allí. La sangre de los agentes de la CCSA hirvió, y su resistencia a acudir en ayuda de los necesitados y combatir los abusos los paralizó; sintieron que se traicionaban a sí mismos al no acudir en ayuda del pueblo, pero no podían hacerlo sin ser descubiertos, y no querían meterse de cabeza en una trampa. Tras una hora y media, reunían los ánimos par volver con el resto del grupo.

Poco tiempo después, las luces de la plaza central del pueblo se desvanecieron y decidieron recorrer el camino que les quedaba para entrar al pueblo. Efectivamente, la culpabilidad y la ira de los agentes se acentuó cuando vieron que en la plaza del pueblo había tenido lugar un episodio de violencia, con torturas e interrogatorios. Pedro resultó fundamental para evitar que los lugareños los recibieran a pedradas; con la guía del pastor, no tuvieron problemas para ser aceptados por la gente y reunirse con el alcalde en la cantina. Este les explicó que los tipos de los coches negros habían preguntado por un grupo de extranjeros que no debían de ser otros sino ellos. Por suerte para el grupo, Tres Santos sólo habían oído hablar de ellos someramente.

Estaban destrozados; después de un buen plato de sopa, les ofrecieron refugio y aunque las condiciones eran de extrema pobreza, después del camino y la lluvia agradecieron disponer de catres a cubierto donde reponer fuerzas. Por la mañana conocieron a las dos madres de Tres Santos a cuyas hijas, aproximadamente de la misma edad que Lupita, habían secuestrado los extranjeros. Durante la mañana llegaron varios habitantes de Villatrinidad, con la noticia de que los extranjeros les habían dejado en paz después de la partida del grupo, y su testimonio de los hechos del día anterior hizo que Patrick y los demás fueran aceptados ya sin reticencias como “buena gente”.

Después de charlar un buen rato y recabar testimonios del día de los secuestros que no aportaron en realidad nada nuevo, el alcalde les ofreció un par de viejos coches para que se pudieran marchar a Monterrrey; pero los de Villatrinidad informaron de que el cruce que salía a la carretera “principal” (que en realidad era una mísera comarcal) estaba estrechamente vigilado por dos de los todoterrenos negros, apostados a un lado de la carretera.

Mientras discurrían cómo podían evitar la vigilancia de los todoterrenos, Jonathan no pudo soportarlo más. Airado, dijo:

—¡¿Pero qué cojones?! ¡Esta es nuestra oportunidad de ayudar de verdad a esta gente! ¡Vamos a por ellos y acabemos con esto de una puta vez!

El grupo se miró entre sí. Derek y Tomaso se encogieron ante la íntima vergüenza de haber pensado abandonar la zona subrepticiamente, pero enseguida secundaron las palabras del agente adicto a la acción. Y Robert se puso manos a la obra: con todo el material casero que pudo reunir, consiguió fabricar dos pequeñas bombas y dos cócteles molotov. Las bombas, bien utilizadas, causarían la suficiente conmoción para que los demás pudieran acercarse y pillar por sorpresa a los enemigos.

Pocas horas después, al atardecer, guiados por un par de pastores y acompañados por tres o cuatro lugareños con las armas que el grupo había conseguido en Villatrinidad, se acercaban al cruce todo lo silenciosamente que pudieron.

Desde la vegetación, los pastores lanzaron las latas de gasolina con las bombas caseras fabricadas por Robert. Y el resultado fue mucho mejor de lo esperado: no sólo causaron conmoción, sino que explotaron en los mismísimos parabrisas de los todoterrenos, hiriendo de gravedad a algunos de los tipos y facilitando así el trabajo de Derek y los demás. El director de la CCSA, Tomaso, Jonathan y un par de lugareños armados con escopetas dieron cuenta de los aturdidos enemigos, víctimas también de los cócteles molotov, y pronto no quedó ni uno de ellos en pie; por desgracia no pudieron mantener a ninguno con vida para interrogarlo.

Una vez sofocado el incendio de los cócteles y las bombas, el grupo estableció su propio puesto de vigilancia durante toda la noche; pero nadie apareció y decidieron marcharse a descansar mientras algunos aldeanos hacían guardia. Por la mañana les informaron de que a eso de las nueve había aparecido a lo lejos un todoterreno negro que se había detenido en la distancia y tras unos breves instantes, había dado media vuelta. Seguramente ya no tendrían efectivos suficientes para enfrentarse a una resistencia organizada.

Ante la situación, se mostraron inseguros sobre si abandonar el lugar o permanecer en él, pero la insistencia de Sally en que debían poner cuanto antes el teléfono a disposición de Omega Prime para desencriptarlo pronto convenció a todos. Se despidieron de los aldeanos emocionadamente y después de que estos les desearan mucha suerte en su búsqueda de Lupita, partieron en los destartalados coches hacia Monterrey. Antes decidieron dar una vuelta por la población más grande, San Jacinto, y en un ramalazo de suerte se encontraron con dos todoterrenos negros aparcados ante una casa que debía de ser el cuartel general de los tipos aquellos. Tras unos momentos de duda, decidieron encargar a alguien que avisara a las aldeas de Villatrinidad de la localización de los extranjeros y no tomar más cartas en el asunto.

Llegados a Monterrey, se pusieron en contacto con Rodrigo Aguirre, el detective que habían contratado para vigilar las naves de AIFC. Con tono adusto, Aguirre les contó que en el segundo turno de vigilancia, parte de su equipo habían desaparecido sin dejar rastro; cuando él y otro compañero iban a tomar el relevo en la vigilancia, no había ni rastro del resto ni del hardware de vigilancia, así que había optado por no seguir con el operativo. Le pagaron por sus servicios y le pidieron que permaneciera atento por si tenían que volver a contactar con él.

Poco después siguieron las instrucciones que Sally había recibido de Omega Prime y conectaron de forma segura el teléfono que había conseguido Francis Kittle, que ahora era un adlátere del grupo. Tras unas pocas horas, los Prime enviaban todos los archivos y contraseñas que habían podido desencriptar, sobre todo adjuntos de correos descargados y nunca borrados; según los hackers, aunque no había sido fácil desencriptar la información del teléfono y este era una pieza de tecnología bastante avanzada, les había ayudado mucho el hecho de que no era el primero que hackeaban con exactamente las mismas características. Después de bucear en la información toda la tarde, al anochecer Sigrid, Patrick y Sally compartían con el grupo todo lo que habían podido sacar en claro entre archivos medio borrados y texto en varios idiomas. Los hechos que habían podido deducir eran los siguientes:

  • El dueño del móvil tenía por nombre Rüdiger Pressler
  • Existía un grupo de personas al que los neonazis llamaban algo así como “los Nacidos Relevantes”
  • En varios sitios se repetía un grupo de datos y coordenadas gps que tenía algo que ver con los nacidos relevantes. Eran estos:
    • 7.000.000.000 - Mujer, 5-6 años - [coordenadas en México] (Las coordenadas de las cercanías de Villatrinidad)
    • 6.666.666.666 - Hombre, 8-9 años - [coordenadas en Bangladesh]
    • 6.000.000.000 - Hombre, 17 años - [coordenadas en EEUU]
    • 5.000.000.000 - Hombre/Mujer?, 28 años - No hay coordenadas
    • 4.444.444.444 - Mujer, 35 años - [coordenadas en China]
    • 3.000.000.000 - Hombre, 54 años -[coordenadas en Japón]
  • Varios correos intercambiados con un tal Terje Nikolic, de Noruega.
  • Varios correos en los que se mencionaba a Terje Nikolic, y se hacía referencia a la conveniencia de “una alianza con él y sus sanguijuelas” porque “probablemente tengamos que enfrentarnos a quien nos puso en la pista”. También se mencionaba un posible lugar de reunión: “El Corazón Oscuro”, que una breve búsqueda identificó como un exclusivo pub de Oslo.
  • Texto: “el coleccionista Emil Jacobsen sería una posible fuente de información, se rumorea que posee el diario perdido de Napoleón. Quizá incluso el De Occultis Spherae. Si esto es así, en breve va a recibir muchas visitas inesperadas”.
  • Texto: ”no me fío de la mujer portuguesa, tiene algo que no me gusta. Pero creo que ella puede ser la mejor fuente de información”.
  • Texto: ”También podríamos intentar encontrar a alguien que pueda hablar la Lengua Alter; según mis fuentes, sus palabras son capaces de debilitar el Velo y revelar la Estadosfera. Tened los ojos y los oídos bien abiertos por si acaso”..
  • Texto: ”Pero debemos evitar a Abel y su gente. Nos darían más problemas que otra cosa.”
  • Búsquedas recientes en el móvil: “el Corazón Oscuro”, “Rituales de Impostación”, “Ascensiones”, “Siberia”, “Sonehenge”, “Emil Jacobsen”, “Paul Van Dorn”, “Québec”, “Abenaki”.
  • Varias conversaciones en las que se hacía referencia a "el Círculo Neosuabo". Y algunos nombres recurrentes, que se referían como importantes para algo llamado "Neue Ordnung" ("Nuevo Orden", en alemán): el ya mencionado Terje Nikolic, Franz Liszt, Daniel Simmons, Max Aurel, Otto Clemens, Stuart Marks, Marie Deschamps, Valentine Weiss, Alexander Crane.
  • Una vez que "el Círculo Neosuabo" reuniera a los Nacidos Relevantes, parecía claro que los trasladarían a algún sitio en Canadá, Siberia, Stonehenge o Egipto. Lo que harían con ellos después no se detallaba.

jueves, 16 de febrero de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 19

Villatrinidad
Continuaron con la vigilancia de la sede de AIFC durante un par de jornadas más. El siguiente día y la siguiente noche no pareció haber tráfico fuera de lo común como el que habían observado la madrugada anterior. Desde la el otro lado de la autovía que rodeaba el polígono consiguieron ver un enorme muro que rodeaba el recinto, y una explanada de cemento despejada que podría servir perfectamente como helipuerto. Por otro lado, tras una breve visita al registro de la propiedad, averiguaron que la totalidad de las naves colindantes con las de AIFC pertenecían a una misma empresa: una multinacional norteamericana llamada TRANSMER; aquello olía definitivamente a podrido. Y sus sospechas se acentuaron aún más cuando la mañana del día siguiente hicieron acto de presencia en el polígono dos coches de policía que se dirigieron directamente hacia las oficinas de AIFC. Los dos policías del primer coche entraron al recinto y a la media hora salieron, marchándose sin más; no pudieron evitar pensar en sobornos o algún otro tipo de corruptela.

Evaluando toda la información que habían reunido juzgaron imposible infiltrarse en el recinto, así que decidieron partir hacia Villatrinidad, la aldea en la que había sido secuestrada Lupita. Antes de marchar hacia allí, contrataron los servicios de un detective privado de Monterrey, Rodrigo Aguirre, para que contratara un equipo y mantuvieran vigilancia sobre la nave de AIFC durante las 24 horas del día; le advirtieron con buen criterio que no deberían utilizar dispositivos móviles cerca del lugar. En unos días contactarían con él para que les informara de los acontecimientos.

Ese mismo día Sigrid mantuvo una conversación telefónica más calmada con Paul van Dorn. El librero le habló de algunos asuntos extraños que habían ocurrido a su alrededor y de, según sus palabras, la traición de Nikos Kostas —no entró en más detalles sobre este tema—, que ya no se encontraba a su servicio desde entonces. Sigrid también le habló a su vez de algunos de los hechos extraños que le habían sucedido en las últimas semanas, sobre todo la situación en que había vuelto a la consciencia después de la explosión en el hotel, rescatada por sus amigos en un motel de carretera tras haber sido drogada. Muchos asistentes a la subasta estaban todavía retenidos por el FBI en paradero desconocido, lo que indignaba a van Dorn. La conversación volvió al tema de Nikos Kostas, de quien van Dorn reveló a Sigrid que no se trataba de un “Bibliomante”, sino de un “Plutomante”. Aunque la anticuaria se negaba a reconocer su ignorancia sobre tales asuntos, su insistencia en la explicación le ganó un comentario condescendiente de van Dorn y una sugerencia velada de que “podría enseñarle muchas cosas si entraba a su servicio”. Para finalizar, acordaron concertar una reunión, ahora sí, en firme.

Cuando Sigrid compartió su conversación con van Dorn con el resto del grupo, aprovechó para recordar los acontecimientos de la subasta y los objetos que en ella se habían mostrado, sobre todo del libro llamado De Occultis Spherae, que todo el mundo parecía desear sobremanera. Sobre el concepto “plutomante”, bastaba tener conocimientos básicos de griego para traducirlo literalmente como “mago del dinero”; de esta manera, ya tenían dos claves: “bibliomante = mago de los libros”, y “plutomante = mago del dinero”. Fuera lo que fuera lo que demonios significara aquello. Respecto a reunirse con Van Dorn, Robert y Patrick dieron su opinión en contra, porque no se fiaban del librero; Sally, en cambio, invitó a meditarlo bien, pues se encontraban en una situación en la que necesitaban aliados urgentemente, y por lo que había dicho Van Dorn parecía posible que fuera sincero.

Hicieron en todoterreno el viaje hasta Villatrinidad, que les llevó gran parte del día; la aldea se encontraba en una región remota de la región de Tamaulipas, y lo tortuoso de los caminos en la última parte del recorrido hicieron que más de uno se mareara. Pocos kilómetros antes de llegar pudieron ver desde la pista por la que circulaban otra aldea hacia su derecha (debía de tratarse de la aldea de Rentemar), y en sus afueras tres todoterrenos negros que parecían fuera de lugar allí; se apresuraron a llegar a su destino.

Justo antes de entrar al pueblo se encontraron con un pastor acompañado de un niño, que en cuanto los vio soltó un fuerte silbido. El hombre se presentó como Pedro, y como era la única que sabía hablar español, fue Sigrid quien se dirigió a él. Aunque el mexicano se mostró suspicaz al principio, por alguna causa la anticuaria le cayó inmediatamente bien, y cuando le presentó a Patrick como el padre adoptivo de Lupita y afirmó que habían venido a investigar lo que había sucedido con la niña, a Pedro se le humedecieron los ojos y expresó su más sincera admiración por lo que estaban haciendo; a Patrick debía de importarle mucho Lupita si había sido capaz de llegar hasta allí. Pedro dejó al niño que le acompañaba al cargo de las cabras (y también de “vigilar el camino”) y montó en uno de los dos coches del grupo.

Al entrar a Villatrinidad las miradas de los lugareños hicieron evidente para el grupo que si no hubieran estado acompañados por Pedro, seguramente los habrían recibido a pedradas. Sin embargo, el pastor se encargó de que la actitud del pueblo cambiara radicalmente en pocos minutos. Les explicó las razones de por qué estaban aquí los gringos, y que no eran colaboradores de “aquellos que se habían llevado a las niñas”. En la cantina se reunieron con el alcalde y pronto se agolpaba un nutrido grupo de curiosos en la puerta y ventanas. Mientras comían un plato de reconstituyentes frijoles, el alcalde les habló de lo que había sucedido semanas atrás un grupo de paramilitares había llegado y con fuerte violencia había raptado a todas las niñas de entre cinco y seis años de Villatrinidad y de las aldeas colindantes. Mientras explicaba esto, un parroquiano medio borracho de una mesa cercana le increpó:

—¡Alcalde, debería llevarlos a ver al gringo! —el alcalde le dirigió al tipo, llamado Pablo, una mirada fulminante que hizo que se callara, pero ya era tarde, el compañero de mesa de Pablo también insistió. Al alcalde tampoco le parecía del todo mala idea, así que les habló de Francis Kittle, uno de los voluntarios de AIFC que se encontaba todavía en Villatrinidad.

Kittle se encontraba en la casa de Remedios, una de las habitantes del pueblo, que se encontraba un poco más arriba en la montaña, a unos quinientos metros pasada la aldea. Hacia allí se dirigieron, dejando atrás a los curiosos, acompañados por el alcalde. Kittle era un norteamericano de veintipico años, que lucía un aparatoso vendaje en la pierna y se ayudaba de una muleta. Tras hacer las pertinentes presentaciones y vencer los recelos iniciales, Kittle les relató su experiencia. Según decía, el personal de AIFC había recibido órdenes de desalojar la zona aproximadamente una semana antes del incidente; a pesar de que su coordinadora, Selley Robbins, insistió en que debían marcharse porque la cosa iba a ponerse muy fea (ahora que lo pensaba, estaba “demasiado” convencida), Francis optó por quedarse porque lo consideraba una obligación, y no sería la primera vez que unos narcos o unos proxenetas atacaban las aldeas de la región. Pero la cosa resultó ser mucho peor; con el personal de AIFC ya ausente excepto por Francis, un grupo de paramilitares extranjeros hizo acto de aparición, pertrechados mucho mejor que cualquier narco o tratante; y algunos de ellos hablaban en alemán. Kittle era capaz de entenderlo, porque había estado un año de Erasmus en Frankfurt. Herido gravemente en una pierna y escondido entre unas rocas, había sido capaz de escuchar una conversación (en alemán) al móvil de uno de los oficiales, que había afirmado que “pronto estarían preparados para partir en busca del siguiente grupo objetivo”. Pocos segundos más tarde, el oficial era atacado por algunos de los enrabietados oriundos y dejaba caer el móvil, que Francis se había apresurado a coger. Con un rápido gesto, echó mano al bolsillo y sacó el aparato, un teléfono de ultimísima generación, en el que se adivinaba un sensor de retina. Pocos minutos después de recoger el móvil, había caído inconsciente y las siguientes dos semanas las pasó aquejado de fuertes fiebres; aunque los lugareños habían querido llevarlo a un hospital, él se había negado, no lo consideraba seguro. Por supuesto, el móvil, que se había apagado al caerse, no había sido encendido de nuevo para evitar rastreos; pero en los últimos días se habían visto todoterrenos sospechosos recorriendo la zona, y sospechaban que podían estar buscando el móvil.

En la conversación también intervino Remedios, la propietaria de la casa donde habían escondido a Kittle, hablando entre sollozos de cómo le habían arrebatado a su hija y herido de muerte a su marido. Sigrid no pudo soportarlo y cayó presa de un llanto incontrolable y crisis de ansiedad.

Aparte de todo lo anterior, Kittle también les comentó que había visto ciertos tatuajes en alguno de los paramilitares que le recordaban a los símbolos de la antigua Sociedad de Thule de los nazis; el grupo intercambió miradas de reconocimiento; eran los mismos símbolos que habían visto en los germanos ante el monolito en Canadá. Al explicar a Francis lo que hacían allí y sus experiencias previas, este accedió a darles el móvil para su investigación y también a su sugerencia de sacarlo de allí de forma discreta.

Un silbido llamó la atención de todos. Al bajar por el camino y girar un recodo, pudieron ver que en la plaza, ante la cantina, habían aparcado varios coches de policía. Al lado de sus todoterrenos. Por un momento se plantearon huir campo a través, pero entonces oyeron los gritos de la gente del pueblo, maltratada al ser interrogada. Y para agravar la situación, a varios kilómetros de distancia subían lentamente por el camino un par todoterrenos negros.

Decidieron apresurarse. Remedios prestó una escopeta a Tomaso y Derek, Jonathan y Robert empuñaron sus pistolas. No preguntaron. Cuando vieron que el primer policía que los vio echaba mano a su arma, dispararon primero. Tomaso se adelantó a todos, y haciendo uso de la escopeta y las artes marciales acabó con un par; Derek, Jonathan y Robert quitaron de enmedio algunos más, y finalmente entraron a la cantina; algunos aldeanos lucían moratones y sangre resultado del interrogatorio, y el único policía restante amenazaba con matar a una muchacha si no le dejaban ir. Un certero disparo de Derek acabó con él. Sin pausa, derramaron gasolina a la entrada del pueblo y le prendieron fuego para dificultar la llegada de los dos todoterrenos. El alcalde les conminó a marcharse, asegurándoles que ellos podrían lidiar con la nueva amenaza, así que optaron por ello. Montaron en los coches y se dirigieron montaña arriba; les acompañaba Pedro, el pastor que los había recibido, que podría guiarlos campo a través hasta la aldea de Tres Santos; tras recoger a Francis, se adentraron en los vericuetos de la estribación montañosa hasta que tuvieron que abandonar los coches y seguir a pie. Mientras caminaban, Patrick preguntó al renqueante ex voluntario de AIFC (que caminaba ayudado por Tomaso, al igual que Sigrid, todavía no recuperada de su operación en Cuba, era ayudada por Derek) si conocía el nombre de alguno de los otros padres adoptivos de niñas de Villatrinidad. Kittle respondió que sólo sabía de otro padre que fuera a adoptar una niña del pueblo, un tal Sergio Correa Cabezas; no tenía muy claro de dónde era, pero estaba casi seguro de que era europeo, y con ese nombre, seguramente español.

jueves, 26 de enero de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 18

La operación de Sigrid. Monterrey.
El día siguiente Sigrid recibió un nuevo correo de Paul van Dorn, preguntando de nuevo si iban a encontrarse en breve. Tomaso intentó rastrear la ruta del mensaje, pero no tuvo éxito y acabó borrándolo.

También intentaron establecer comunicación telefónica con James Hawk, el otro hijo de Abornaz, pero cada vez que mencionaban algo en relación con su padre o con su infancia, el capataz reaccionaba agresivamente y colgaba el teléfono. Sopesaron la idea de desplazarse hasta el lugar donde se encontraba, pero finalmente decidieron no perder más el tiempo y salir hacia Cuba cuanto antes, donde esperaban poder encontrar un especialista que extirpara el parásito que habían detectado en la columna vertebral de Sigrid.

Ya en su hotel no les costó prácticamente nada conseguir una recomendación fiable: les hablaron del doctor Manríquez, un experto neurocirujano de un hospital al sur de la ciudad. Tras algunos problemas con la recepcionista, Sigrid consiguió que la recibieran a través de urgencias, donde uno de los encargados les recibió cuando mostraron su interés en “realizar una generosa donación para los fondos del hospital”. La suma acordada finalmente fue de trescientos mil dólares; el doctor Manríquez, después de ver las resonancias y hacer sus propias pruebas previó una operación difícil, larga y peligrosa. Y así fue. Poco más de cuarenta y ocho horas después, la anticuaria noruega entraba en el quirófano. Fueron necesarias dos intervenciones, porque en la primera el doctor tuvo que interrumpir al surgir algún tipo de complicación. La segunda intervención se prolongó durante interminables horas, pero finalmente el doctor se reunió con el resto del grupo y les informó de que todo había salido bien. Era posible que hubiera quedado alguna secuela en la mente de Sigrid o en sus funciones motoras, pero creía que si existían serían revertibles con el tiempo. El parásito fue confiado al doctor para su estudio, a condición de que transmitiera al grupo vía correo electrónico todos los datos que descubriera.

Finalmente, Sigrid sí tuvo algunas secuelas: su capacidad motora se vio mermada y no podría andar durante días, quizá semanas; y también sufrió secuelas psicológicas: no tardaron en apercibirse de que la anticuaria empezó a estar aquejada de una fuerte dislexia. Tras varios exámenes, los doctores determinaron que esta última necesitaría un plazo mucho más largo para sanar mediante tratamiento psicológico, y era posible que nunca llegara a desaparecer; pero aunque esta era una mala noticia, consideraron mucho más importante que aquel parásito ya no se encontrara en el interior de su amiga.

Permanecieron varios días más en Cuba mientras Sigrid se recuperaba de la operación; durante esas jornadas, Patrick intentó someter a su compañera de fatigas a tratamiento intensivo, pero no consiguió ninguna mejora apreciable. La dislexia era realmente acusada, y lo que más deseaban es que no afectara al bloqueo que el psicomago Rémy Lebescque había puesto en la mente de Sigrid.

Durante esos días, la anticuaria recibió un nuevo correo de Van Dorn, que también decidió ignorar por el momento.

Una vez Sigrid estuvo en las mínimas condiciones para viajar, partieron hacia México. Lo primero que hicieron fue visitar a Finley Hughes, el embajador de Estados Unidos. Ackerman había cumplido lo prometido y ya había contactado con él, avisándole de la visita de Derek y sus compañeros. El embajador se comprometió a contactar con el jefe de la policía de Tamaulipas, la región donde se encontraba la aldea de Lupita, y les dio una información que no conocían: American Initiatives For Children, a pesar de haberse retirado del terreno del noreste, conservaba una delegación en Monterrey. Al oír esto, el grupo tuvo claro cuál sería su próximo paso.

Alquilaron un coche tras el vuelo a Monterrey y se dirigieron a las oficinas de AIFC. La ONG poseía dos naves con edificios anexos en un polígono industrial a varios kilómetros de distancia. Una de las naves parecía abandonada, como la mayoría de las que había en el polígono, y uno de los edificios era claramente el que servía como oficina principal. Estableciendo turnos de vigilancia desde un edificio abandonado, pudieron contar una media docena de guardias de seguridad, y una cámara de circuito cerrado en la puerta. La primera noche de control pudieron observar cómo un camión llegaba, se abría la puerta de la nave (que parecía servir de aparcamiento de vehículos grandes), y entraba.

El día siguiente salieron dos camiones de la nave, uno de ellos el que había entrado la noche anterior. Además, entró una furgoneta. También pudieron observar el cambio de turno de los guardias, y contar una veintena de empleados que entraban y salían del edificio de oficinas.

La segunda noche pudieron ser testigos de movimientos más sospechosos. Al poco de pasar la medianoche, llegaba una furgona negra de gran tamaño. De ella bajó un individuo que habló con los guardias de seguridad. Éstos abandonaron el edificio; una vez que se marcharon, varios tipos armados en plan paramilitar salieron del vehículo, tomando posiciones alrededor. Poco después llegó un Hummer que entró directamente al aparcamiento. Al cabo de varias horas, salía el Hummer encabezando una comitiva de la que formaba parte junto con dos camiones que le siguieron hacia la salida del polígono.

Antes del amanecer los hombres armados se marcharon, retornaron los guardias de seguridad y todo pareció volver a la normalidad. Desde luego, un tráfico muy sospechoso para una ONG dedicada a ayudar a los niños necesitados...


jueves, 19 de enero de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 17

La investigación de Abornaz
Tras volver Tomaso y Patrick del sanatorio compartieron con el grupo lo extraño del comportamiento de Abornaz Hawk, y elucubraron durante un rato qué podían ser aquellas sombras que dibujaba. Durante la larga conversación Patrick pudo por fin visualizar el aura de Derek; como había sospechado, el aura del director de la CCSA no era como la del común de los mortales: variaba en su forma, parecía pulsar y oscilar alrededor de sus compañeros. La revelación de este hecho convenció a Patrick de que era Derek el que servía de protección al grupo de alguna forma extraña que no alcanzaba a comprender. Al mencionar este hecho, la reunión devino finalmente en una sesión de sinceridad, en la que todos los integrantes del grupo al completo decidieron que compartirían con los demás todos los hechos ocultos de su pasado. Derek volvió a recordar lo extraño de la entrega de los manuscritos por parte de sus padres adoptivos, y lo oscuro de las circunstancias de su nacimiento y primeras jornadas de vida, no sabía de qué manera podría haber afectado eso a su aura.

Más tarde, Tomaso decidió contactar con sus amistades de Nueva York y solicitarles que enviaran documentación falsa para todo el grupo. No tuvo demasiados problemas en contactar con quien podía proporcionársela, pero necesitarían al menos cinco días para hacérsela llegar, días que deberían permanecer en Montreal.

Durante ese tiempo decidieron aprovechar para profundizar más en el trabajo del doctor Hawk. La noche del primer día Patrick se reunió con Robert para debatir la posibilidad de conseguir más Polvo de Dios; esto hizo que el grupo se reuniera de nuevo para que Robert les explicara algo más sobre el proceso de creación de la droga: necesitaba un elemento exótico que había probado ser imposible de sintetizar y que le proporcionaba Georg Lazarev, un amigo de su círculo de coleccionistas de sustancias exóticas desde Rusia. El magnate no conocía más detalles sobre el elemento, sólo que Georg se lo enviaba a cambio de una buena suma de dinero regularmente desde Rusia o, en ocasiones, desde algún país de la antigua órbita soviética. Robert planteó la posibilidad de viajar a Tel Aviv para contactar con otros miembros de su círculo de coleccionistas (dejó traslucir su posible implicación sentimental con una de ellas) e intentar seguir el rastro de Lazarev, desaparecido desde hacía semanas.

La siguiente jornada comenzaron a atar algunos cabos en el trabajo de Abornaz. Llegados a cierto punto, Sigrid apreció cómo sin un motivo aparente, el doctor había empezado a viajar por el remoto noreste de la región de Québec. Más tarde descubrirían, por referencia a trabajos de otros autores, que tal desplazamiento parecía estar motivado por un cisma en el seno de la tribu abenaki por el que una parte de ellos fueron exiliados hacia el norte de sus tierras de origen. Tal cisma había sido (según las disquisiciones de Abornaz) motivado por la influencia de las creencias vikingas sobre una parte de los abenaki, oscuras creencias que habían provocado el enfrentamiento con los nativos más ortodoxos. Un sobre conteniendo material diverso marcaba el momento donde Abornaz y sus compañeros habían descubierto por fin la mansión perdida en medio de ninguna parte. Unas viejas cintas medio aplastadas llamaron la atención de Sigrid, que se las llevó y en el hotel pidió medios para poder oírlas. La mayoría de la cinta estaba en mal estado y lo único que se alcanzaba a oír eran zumbidos, pero en algunas partes, la voz de un Abornaz mucho más joven hablaba.

“...los guardianes nos están siguiendo ya hace días… Pierre está muy mal...”

“...esto es demasiado, tenemos que volver… se sale de todas las escalas, tenemos que encontrar un modo de arreglar esto...”

“...la muerte de la mujer de Pierre ha sido definitiva, no sé qué más hacer...”

“...son abenaki, estoy seguro… si son mis antepasados debería poder contactar con ellos... debió de ser el monolito, sí, debió de ser eso, de alguna manera me puso en contacto con ellos… no puedo, no puedo, no puedo soportarlo más; si oyes esto, John, no pienses que estoy loco, por lo que más quieras...”

“...desconfío de todos… no puedo soportarlo más… obligaré a Pierre a irse, esto está acabando con nosotros… no quiero que mis hijos sufran daño, quizá sea sólo una casualidad, pero la muerte de sus hijos...”

“...debemos destruirlo… no sé cómo hacerlo, pero debemos encontrar la manera...”

El grupo se miró con inquietud cuando Sigrid les leyó la transcripción. Las cintas habían sido aplastadas, mojadas y desgastadas, y había sido bastante difícil sacar algo en claro, eso debía de ser lo que había hecho que la gente de la universidad las ignorara y simplemente las metiera en las cajas de Hawk. Durante la reunión, Sigrid planteó la posibilidad de viajar a un nuevo destino: su tierra natal, Noruega, donde disponía de una biblioteca privada que aseguró que le sería de utilidad para deducir más cosas a partir del trabajo del doctor.

Tomaso y Sally dedicaron su tiempo en adelante a investigar sobre noticias en los posibles destinos del grupo: Burdeos, donde se había trasladado Pierre, el compañero del doctor Hawk; París, donde se encontraban los psicomagos; Roma, donde suponían que se encontraba Daniel; Noruega, donde Sigrid quería consultar su bibliteca; San Francisco, donde habían estado destinados los agentes del FBI que mencionaban al padre Jan Borkowski durante los disturbios; Tel Aviv; el noreste de México, e Inglaterra. No descubrieron nada que les hiciera desistir de viajar a ninguno de ellos. Para complicar más las cosas, Sally propuso Cuba como un destino ideal de cara a extirpar cuanto antes el parásito que la resonancia había descubierto en la nuca de Sigrid. Fuera lo que fuera aquello, había que sacarlo de su cuerpo cuanto antes.

Sobre el final de la documentación, Abornaz había empezado a dibujar las primeras sombras que parecían atormentarlo. Lo que parecía claro era que hacía entre veintiún y veintitrés años atrás había habido muchas muertes: la mujer (en un accidente de tráfico) y los hijos (de cáncer) de Pierre, algunos de los compañeros de expedición de los doctores, y la esposa de Abornaz. Entre los documentos encontraron también la tarjeta de un terapeuta hipnotizador al que parecía haber estado visitando el doctor; tras una breve investigación, averiguaron que tanto el terapeuta como toda su familia habían perdido la vida en un extraño incendio en su domicilio. Demasiadas muertes en breve período. También obtuvieron un listado de los símbolos que habían visto en la caverna del monolito, con una serie de significados que el doctor les había asignado: todos tenían que ver con los conceptos de protección, de eternidad, inmensidad, divinidad y tiempo.

Se volvieron a reunir con John Hawk para darle su versión de los progresos que habían hecho con los documentos de su padre, por supuesto mucho más edulcorada que la realidad. En la conversación, salió a la luz que John tenía un hermano mayor: Jason, que trabajaba en una maderera en el extremo este de la península de Labrador. John también les habló de la difícil infancia que habían pasado debido a la obsesión de su padre, y por último decidieron enseñarle los símbolos extraños de la gruta bajo la mansión, con los significados que les había atribuido su padre. John les confirmó que los conocía, pero que todos los estudiosos habían conocido en que no eran más que una invención de su padre, no había ninguna referencia a ellos en ningún sitio y el viejo doctor nunca había podido (en realidad no había querido, como el grupo sabía) dar una referencia clara de su origen. Tomaso intentó confortar a Hawk diciéndole que ellos habían ya habían visto aquellos símbolos en algunas fotos, pero este no dio mucho crédito a las palabras del italiano. Volviendo a abordar el tema de su infancia, John les contó que su padre parecía obsesionado con la seguridad de sus hijos después de la muerte de su madre, que debido a ello se trasladaban constantemente de domicilio y que siempre les obligaba a llevar colgado al cuello un atrapasueños (costumbre que el joven doctor todavía conservaba, enseñándoles el que llevaba en ese momento). En concreto, recordaba una ocasión donde el comportamiento de su padre se había hecho definitivamente extraño: en una de las casas que habitaron, una casa de madera en medio del campo, en un par de frías mañanas de invierno John pudo ver cómo su padre daba tres vueltas a la casa caminando hacia atrás; nunca se atrevió a sacar el tema ante Abornaz, y de hecho lo había olvidado hasta esta conversación con el grupo; todos se miraron, inquietos; John simplemente lo explicó como uno de los signos de la locura que había crecido en el interior de su padre debido a su obsesión y el dolor de la pérdida de su esposa.

Finalmente, Tomaso recibió la documentación que le enviaron sus contactos de Nueva York a un apartado postal. Se reunieron para evaluar todos los posibles destinos de nuevo, y Sally aprovechó para enseñarles un vídeo de un canal de economía donde se podía ver a Robert y a Michael dando una conferencia de prensa para anunciar el traspaso de responsabilidades. Una levísima irregularidad en el parpadeo del Robert de la televisión los convenció de que se trataba de un sustituto artificial; alguien que no supiera la verdad lo achacaría simplemente a nerviosismo o a quizá a una irritación ocular, pero el grupo sabía cosas que el común del pueblo ignoraba; Patrick se quedó petrificado, aterrado por la posibilidad de que hubiera máquinas capaces de sustituir a las personas. Robert también, al ver la trampa que le habían tendido.

Una vez superado el shock decidieron ser pragmáticos y dedicarse a planear sus acciones. Finalmente, la opción de México fue la elegida, no sin opiniones en contra. Derek decidió ponerse en contacto con el congresista Ackerman y preguntarle si podían confiar en alguien en el país sureño. Discutieron sobre el asunto de Robert McMurdock, sobre el que Derek le proporcionó toda la información; Ackerman manifestó su incomprensión, porque se le ocurrían al menos trescientos empresarios más influyentes que McMurdock que sus enemigos podrían haber suplantado; Derek no le dijo nada sobre la relación de Robert con el Polvo de Dios, por supuesto. Cambiando de tema, Philip le confirmó que si viajaba a México podría ponerse en contacto con el embajador Finley Hughes, que gozaba de su total confianza; en breves minutos se pondría en contacto con él para hablarle de la visita de Derek. El congresista también le pidió a Derek que no desapareciera del mapa y que estuviera localizable para volver a Nueva York si era necesario, pues sospechaba que sus enemigos estaban tramando algo contra la CCSA y pronto intentarían una ofensiva para sacarla de la circulación. No sabía ni cómo ni cuándo, pero tenía sospechas bien fundadas sobre ello.

miércoles, 4 de enero de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 16

La Universidad de Montreal. Van Dorn llama.
Antes de decidirse a partir hacia México o Europa, decidieron que debían averiguar más datos sobre la relación entre los vikingos y los abenaki, y para ello, en teoría estaban en el lugar ideal. Haciendo una pequeña búsqueda en internet, se encontraron con que precisamente en la universidad de Montreal se encontraba uno de los mayores expertos sobre el tema, si no el mayor: el doctor John Hawk, que además era descendiente de nativos americanos canadienses.

En la Universidad, el doctor Hawk les atendió amablemente, y en una distendida conversación mientras tomaban un café mencionó a su padre. Su padre, el doctor Abornaz Hawk, había estado obsesionado durante décadas (¡más de cincuenta años!) con la relación entre los vikingos y los abenaki en una época muy anterior a la llegada de Eric el Rojo a Vinland; a estas alturas, John afirmaba con lágrimas asomando a sus ojos que todavía no entendía por qué su padre había estado convencido de tal relación, ni por qué tal cosa había llegado a convertirse en una obsesión de la magnitud que afectó a su padre. De hecho, tal obsesión había acabado por erosionar la relación de Abornaz con su más estrecho colaborador, Pierre Nicolás, que hace unos veinte años abandonó la investigación y se marchó a Francia hacía más o menos veinte años.

Muy amablemente, utilizando sus influencias, John concedió al grupo acceso a la biblioteca y también al reservado donde se encontraba toda la documentación de la investigación de su padre. Les comentó también que la biblioteca había dado un plazo breve para que John se llevara todo el material, pues la mayoría eran escritos estériles que no habían dado ningún fruto científico y había que despejar espacio en el edificio. Sigrid y Patrick se apresuraron a devorar toda la información que pudieran de los más de cincuenta años de investigación. Derek y Tomaso ayudarían en lo que pudieran. Tomaso investigó un poco sobre el colaborador del padre de John, el tal Pierre Nicolás, y efectivamente, hacía 23 años que se había trasladado a una plaza en la Faculad de Historia de Burdeos; además, parecía que había renunciado a publicar, pues su actividad se reducía a dar clases y poco más.

Más tarde, hablando más profundamente acerca de su padre, John reconoció (con una actitud ya no tan amistosa) que estaba recluido en un sanatorio mental. No quiso darles más detalles, pues cuando el grupo manifestó su deseo de visitar al doctor Hawk padre, John lo rechazó y se cerró en banda sobre el tema.

Esa misma tarde recibieron un enlace a un vídeo en la nube que enviaba el padre Borkowski. En el vídeo se podía ver a Daniel sano y salvo, aunque aquejado del extraño mal. Todo a su alrededor era oscuro y la cámara no parecía poder penetrar las tinieblas que provocaba. La mente de Sigrid no se vio afectada apenas por la visión, lo que mostraba el buen trabajo que había hecho Lebescque. Por lo demás todo parecía normal; sin embargo, minutos más tarde, Omega Prime les revelaba que aunque el vídeo no había sufrido manipulación en sus imágenes, sí que había evidencia de que alguien había borrado los datos de localización GPS. Esto indujo a sospechar al grupo de la veracidad del vídeo, o al menos de su localización en Boston.

Por su parte, Robert, extrañado porque ya hacía más de veinticuatro horas que no recibía mensajes ni llamadas relacionadas con el trabajo, decidió ponerse en contacto con sus consejeros más allegados. Todos ellos reaccionaron de forma más o menos parecida: la primera impresión fue de extrañeza por la llamada de Robert, y por información que parecía desconocer. Algunos de ellos incluso le respondieron de malas maneras porque “no eran estúpidos” y “no les gustaba que les tomara el pelo”. Otros aguantaron la conversación a pesar de su extrañeza, y eso permitió a Robert hacerse una imagen general de la situación. Según le habían confirmado, él mismo se encontraba en esos momentos, o escasa media hora antes, en Nueva York; además, había dado las órdenes necesarias para la cesión de todos sus derechos, propiedades y capital (excepto las ONG y todo lo inocuo) a Michael Stevenson, el que había sido su mano derecha durante tantos años. Incluso ya habían aparecido noticias en algunos medios económicos, dado lo insólito de tal decisión; según parecía, Robert había anunciado que se dedicaría en adelante sólo a obras filantrópicas.

Cuando el químico puso en común con el resto del grupo todos los detalles de sus conversaciones, enseguida salió a relucir la posibilidad de que hubieran sustituido a Robert por un doble. Dado lo que sabían gracias al vídeo que les había enseñado Philip Ackerman, no podían ni siquiera descartar que tal doble no fuera sino un ente artificial. Se miraron unos a otros, preocupados.

La mañana siguiente, mientras Robert decidía si marcharse de nuevo solo hacia Nueva York o no, Sigrid se estremeció cuando reconoció en el correo electrónico un mensaje de su antiguo enemigo, Paul van Dorn. El librero la instaba a ponerse en contacto con él ante la imposibilidad de hacerse con ella en el número de móvil que tenía. Por fin alguien importante y relacionado con su vida anterior a la subasta daba señales de vida. Con el corazón palpitándole, llamó al despacho de van Dorn; su secretaria pasaba en pocos segundos la llamada. La conocida voz de van Dorn al otro lado del auricular, por extraño que pareciera, reconfortó a Sigrid. La conversación fue breve, y en ella ambos expusieron su deseo de encontrarse en una reunión. Sigrid quería concertar una reunión en algún lugar de Europa, a lo que van Dorn no se opuso, pero de todas formas, el librero le proporcionó unas coordenadas donde podrían reunirse antes si ella lo deseaba. Las coordenadas se encontraban en algún lugar al norte del estado de Nueva York, lugar que debía corresponder a la mansión de veraneo de van Dorn o algún sitio cercano. Se despidieron educadamente.

Cuando Tomaso y Derek volvieron al hotel después de dejar a Patrick y Sigrid en la Universidad, se encontraron con que Robert había vuelto a desaparecer. Tomaso le llamó y no le fue difícil averiguar que se había dirigido al aeropuerto con la intención de volver a Nueva York. Afortunadamente, pudieron localizar rápidamente al magnate y hacerle entrar en razón: si volvía a Nueva York lo peor no sería que lo mataran, sino que lo capturaran o torturaran y le sacaran el secreto del Polvo de Dios. Gracias a su elocuencia, Robert entró en razón y decidió volver con sus compañeros.

Mientras tanto, la revisión de la pequeña parte del trabajo de Abornaz Hawk no había dado los frutos deseados. Aparte de algunas referencias al alfabeto de símbolos abenaki, Patrick y Sigrid no descubrieron nada interesante aún. Por la tarde, se dirigieron a una clínica privada donde Sigrid por fin pudo hacerse una resonancia de la nuca. Los médicos se mostraron sorprendidos. La anticuaria tenía un extraño cuerpo óseo adosado en la juntura de dos de sus vértebras a la altura de la nuca; además, algunos ligeros destellos mostraban la presencia de filamentos que partían desde el “parásito” a través del sistema nervioso de Sigrid, filamentos biológicos que contenían una ligerísima proporción de metal. Por un momento, Sigrid fue presa de la desesperación; los doctores no sabían qué podría acarrear la extirpación de una cosa tan extraordinaria, pero si realmente se trataba de un parásito, recomendaban extirparlo cuanto antes, además de poner el caso en conocimiento de expertos. Sigrid y Patrick salieron de allí rápidamente, dando las gracias a todos, sin querer que el asunto tuviera más transcendencia.

Tras reunirse con el resto del grupo e informarles sobre el parásito, Patrick y Tomaso decidieron visitar subrepticiamente al padre del doctor Hawk. Sally no había tardado en averiguar en qué sanatorio psiquiátrico se encontraba, y hacia allí fueron. Fingiendo ser un cliente interesado en ingresar a su padre, Tomaso pudo seducir a Laura Kraller, la encargada de nuevos clientes. Aprovechando tal cosa, Patrick subió hasta la planta donde se encontraba Hawk, que en psiquiátrico era apodado “el doctor”, y consiguió que una enfermera le franqueara el paso. Como le había dicho la enfermera, encontró a Abornaz dibujando; al parecer, estaba obsesionado y era su única interacción con el exterior. Siempre dibujaba lo mismo: una ominosa sombra humanoide en cada hoja de rayaba, rodeada por extraños símbolos (estos sí que variaban de folio a folio). Patrick reconoció las extrañas figuras al instante: se trataba sin duda de los símbolos que habían visto en la caverna del monolito. A pesar de los esfuerzos de Patrick el anciano no salía de su rutina de dibujo, hasta que el profesor decidió pintar un símbolo él mismo en un folio. En ese momento, el doctor se detuvo y lo miró fijamente, pero no hizo nada más. Observando un poco más, Patrick descubrió un portarretratos con una foto antigua en él, pero enseguida reconoció la imagen: sin duda se trataba de la remota mansión bajo la que se encontraba el monolito. Sin pensarlo demasiado, Patrick la cogió y en ese instante, el doctor pareció sufrir un ataque de pánico; empezó a chillar y a llorar como un poseso. Tras el incidente, Tomaso y Patrick fueron expulsados del lugar sin contemplaciones.