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jueves, 17 de julio de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 1

Funeral en Rheynald
Una ligera lluvia caía sobre la multitud congregada en Rheynald. Tanto nobles como plebeyos se habían dado cita en la fortaleza fronteriza para atestar un patio interior donde el cardenal Wadryck Pryenn presidía la ceremonia funeraria de lord Walran Rheynald. Valeryan daba gracias por la lluvia que disimulaba las lágrimas que no podía evitar derramar mientras transportaba el féretro lentamente a través de la multitud junto a sus amigos juramentados, con los que había huido hacía varios meses de una prisión vestalense. De tanto en tanto, alguna mujer entre la multitud entonaba espontáneamente un cántico fúnebre esthalio, y todos ellos sin excepción erizaban el vello y provocaban un vuelco en los corazones. La madre de Valeryan, lady Edyth, lloraba desconsoladamente acompañada por sus otros hijos Woddan y Juwyth. Valeryan pensó en Eygène, el segundo de los hermanos, y lo maldijo íntimamente por encontrarse ausente en el funeral de su propio padre. Junto a lady Edyth se encontraba también Symeon, al que algunos de los presentes todavía lanzaban miradas de recelo, a pesar de que sabían que se había convertido en un amigo inseparable de Valeryan.

Mientras el féretro realizaba su desesperantemente lento recorrido entre los congregados hacia el altar donde esperaba el cardenal junto con dos clérigos venidos especialmente de la Sede Clerical para la ocasión, una enorme figura llevando de las riendas a un no menos enorme caballo atravesaba el portón que daba acceso al patio de armas, ataviada con la túnica y la armadura de los paladines de Emmán. Symeon no pudo sino sobresaltarse ante el tamaño de aquel orgulloso exponente de la Iglesia Emmanita; las miradas de los presentes también comenzaron a volverse hacia él a medida que cundía el rumor de su entrada. Aldur entregó las riendas de su castrado a un mozo de cuadras y se quedó plantado en actitud solemne, entonando rezos a su señor Emmán en honor del fallecido. Los congregados murmuraban sin parar: si todos los paladines de Emmán eran como aquél y habían decidido ayudarles en la guerra, la victoria estaba asegurada.

El centro de atención en que se había convertido Aldur permitió a Daradoth entrar discretamente en el patio y situarse bajo una de las muchas balaustradas que rodeaban el patio, siempre encapuchado. Afortunadamente, la lluvia hacía que muchos de los congregados tuvieran sus capuchas alzadas y Daradoth no llamara la atención. Sin embargo, un golpe de viento lo descapuchó brevemente, apenas un par de segundos que permitieron a Symeon darse cuenta de la verdadera naturaleza del extraño: sin duda se trataba de un elfo; y su gracia en los movimientos no hacían sino corroborar su percepción. Un hecho extraordinario, sin duda; decidió acercarse a él lo antes posible, curioso por saber qué podía haberle llevado allí.

Finalmente, el féretro terminó su peregrinaje y llegó al pie del altar, deteniendo los tambores y los murmullos que se habían iniciado ante la presencia del paladín. Fue el cardenal Wadryck quien tomó la palabra, exaltando las virtudes de lord Walran y loando a Emmán, que sin duda les había otorgado su bendición al haberles enviado tan orgulloso miembro de la orden de sus paladines. Acto seguido invitó a Aldur a acercarse y a decir unas palabras; Aldur asintió, un poco compungido pero voluntarioso, y profirió un breve discurso que exaltó los corazones y provocó gestos de aprobación en los presentes, que todavía lo miraban asombrados. Sus dos metros cuarenta y la coraza con la que iba equipado lo convertían en una visión gloriosa para los fieles emmanitas, muchos de los cuales veían en él poco menos que un titán. El propio Valeryan olvidó por un momento la pena, inspirado por las palabras y la presencia del paladín, al que agradeció su presencia y con el que se citó más tarde.

Tras Aldur tomaron la palabra con sendos discursos el padre Hender y el padre Thergald. El primero hizo un discurso de exaltación de los valores emmanitas, de xenofobia y de llamada a la muerte de los vestalenses, algo que no fue muy del gusto de Aldur ni de Valeryan. Sus palabras escondían un profundo odio y fanatismo que, si cuajaban en las mentes del pueblo, podrían hacer que la guerra se les fuera fácilmente de las manos. Por el contrario, Thergald tuvo una intervención más discreta, con una oración a Emmán y un breve discurso mucho más moderado que el de su compañero, un discurso que incluso se podría calificar de pacifista que levantó algunas palabras de recriminación en la multitud y también en el padre Hender. Pero antes de que la cosa fuera a más, el cardenal tomó de nuevo la palabra y con unas palabras inspiradoras, dio su bendición para que lord Walran fuera enterrado en el túmulo junto a sus antepasados.

Cuando el féretro fue depositado en la fosa y enterrado, fue cuando Valeryan empezó a recibir el pésame de todos los congregados, por turno, mientras se dirigía hacia el interior del castillo. Muchos de los presentes se disculpaban por haber acudido en lugar de sus señores, pues muchos de ellos estaban enfermos. Las dos o tres primeras veces, Valeryan no le concedió importancia, pero al menos ocho de los presentes le informó de la enferemedad de sus señores, lo que le hizo interesarse. Más tarde averiguaría que los síntomas que presentaban los enfermos eran idénticos a los que había tenido su padre, algo bastante extraño. Recibió las condolencias de muchos marqueses, barones y señores, y también de los duques de Estigia y la duquesa Rhyanys de Gwedden, acompañada de su hijo Elydann. La duquesa, a simple vista una mujer madura poco atractiva, cambió completamente al hablar con Valeryan; al sonreírle, el joven creyó ver el sol en sus ojos, y la Luz en sus labios y dientes. ¿Como podía no haber reparado antes en esta mujer? La duquesa parecía ejercer esa influencia en los demás presentes también: su mera presencia los eclipsaba y los alegraba. Tras darle el pésame, la mujer se retiró y todo volvió a ser gris para Valeryan, que volvió a ver alejarse a una mujer entrada en años e incluso algo encorvada.

Mientras tanto, Symeon había conseguido acercarse al elfo, y se dirigió abiertamente hacia él. Daradoth decidió no esquivarle, pues lo reconoció al instante como un Errante, y también le picó la curiosidad en lo tocante a encontrar a uno de ellos allí, solo y, al parecer, asentado. Tras presentarse e informarse mutuamente con evasivas de sus asuntos allí, Symeon acordó con Daradoth que saldría más tarde junto a lord Valeryan para encontrarse con él y seguramente ofrecerle un alojamiento en el castillo.
Aldur, bajo la lluvia, contempló la escena intrigado, mientras sostenía una conversación con el cardenal Wadryck. Éste era "buen amigo" del padre Markald, con quien Aldur se carteaba a menudo. Mantuvieron una interesante conversación sobre los preceptos emmanitas y las cruzadas.

Al poco tiempo, Symeon salía de nuevo al patio de armas acompañado de Valeryan. La lluvia había arreciado y hacía todo mucho más discreto. El joven noble dio un respingo de sorpresa al ver el verdadero aspecto del elfo. Symeon ayudó al encuentro como maestro de ceremonias, y al poco, entraban al castillo seguidos a distancia prudencial por Aldur. Tras acomodar a Daradoth en una discreta habitación, Valeryan y Symeon salieron al pasillo para encontrarse cara a cara con Aldur, que presentó sus respetos al nuevo lord de Rheynald y expuso su misión allí para ayudar en lo que estaba por venir. Por supuesto, Valeryan aceptó la ayuda de Aldur y lo sellaron con un apretón de manos y una bendición emmanita. Varios curiosos se habían asomado a la gran puerta del Salón de Bailes donde se encontraba la gran mayoría de nobles reunidos en espera de ser convocados para el banquete nocturno en honor del fallecido. El sonido de las charlas les llegaba claro desde el salón. Y en ese momento hizo acto de aparición lady Rhyanys, la duquesa de Gwedden, llevada del brazo por su hijo. Para sorpresa de Symeon, la actitud de sus compañeros cambió radicalmente. De la seriedad con que estaban hablando pasaron a sonreír sinceramente a la duquesa, que expresó sus esperanzas en el nuevo señor de Rheynald y alabó las aptitudes del paladín de Emmán. Éste se sintió extrañamente enaltecido por las palabras de la mujer; enervado, juró cumplir con los designios de Emmán aplastando al enemigo vestalense, y sacó su gran espada a dos manos, gritando "¡POR LA VICTORIA!¡POR EMMÁN!". La risa de lady Rhyanys se propagó por el pasillo, cristalina, y llegó hasta el salón. Alguien secundó el grito del paladín, y después alguien más, hasta que en el salón al completo y los reunidos en el pasillo gritaban a pleno pulmón: "¡POR EMMÁN!¡POR EMMÁN!¡POR EMMÁN!". Symeon miraba todo, estupefacto. Fuera lo que fuera aquello, había exaltado a los presentes hasta extremos indecibles, pero él permanecía tranquilo. Finalmente, el senescal Elydann (con el mismo nombre que el hijo de la duquesa) pareció romper el momento al anunciar que la cena estaba preparada. Los gritos se fueron apagando, mientras muchos se miraban extrañados y la duquesa se dirigía del brazo de su hijo hacia el Salón Principal, acompañada por un todavía arrebolado Aldur.

La cena transcurrió agradablemente. En un momento dado, el juglar Rodren de Seggal, amigo jurado de Valeryan, comenzó a cantar con una voz cristalina, demostrando su origen sermio. Cantó canciones de guerra y de amor, con las que los presentes vibraron y lloraron. Incluso Valeryan y Daradoth se sorprendieron al oír la representación del juglar. A pesar de que el joven noble había oído cantar antes a su amigo, algo aquella noche hizo que su actuación fuera especialmente memorable, y que sus palabras y notas fueran dignas de los mejores bardos. La pasión de Emmán interpretada al laúd y el arpa levantó escalofríos entre los presentes, y devino en un solemne silencio que ponía los pelos de punta. En ese momento, lady Rhyanys tomó la palabra, con voz queda y respetuosa: “¿No lo notáis, lord Valeryan? ¿No lo notáis en los huesos, en las entrañas? Ha sucedido algo aquí hoy… ha sucedido algo que no sé explicar, pero muchas de vuestras ilustrísimas ya sabéis que la gracia de Emmán me concedió cierta capacidad de precognición que no sé explicar en absoluto. Hoy ha habido aquí encuentros, coincidencias, que estoy segura que van a cambiar el destino de muchos de nosotros, quizá del país, incluso de Aredia entera; espero que para mayor gloria de Nuestro Señor.”

Los comensales se miraron unos a otros, meditando las palabras de la duquesa. La mayoría sabía que ella no emitía esas premoniciones a la ligera, y alguien lanzó un vítore. Pronto, la sala estallaba en gritos exaltados y aclamaciones a Esthalia y a Emmán. Hasta que Rodren reanudó su actuación y todo volvió a la normalidad.

Tras el banquete, tuvo lugar un corto baile durante el que los nobles pudieron dedicarse a intercambiar información y hablar de sus diferentes situaciones. El estado de los muchos señores enfermos preocupaba a la mayoría. Valeryan se incorporó a una reunión de varios marqueses donde se encontraban el marqués de Strawen, el poderoso marqués de Arnualles Robeld de Baun, el marqués de Kwadd, el señor de Waddal, el marqués de Eghenn, el marqués de Egwadd y algún otro. Comentaron a Valeryan la necesidad de empezar ya con las cruzadas, y la inutilidad de la decisión del rey de retrasarlas. Algunos con más convicción que otros, abogaban por una política de hechos consumados: realizar una incursión en el Imperio Vestalense y así, cuando el rey Randor viera el éxito obtenido, no tendría más remedio que autorizar a los nobles a comenzar la guerra santa. El nuevo marqués de Rheynald sospechó que muchos de aquellos señores nobles tenían en sus pupilas el brillo de las riquezas que esperaban conseguir fruto de la invasión, y que la gloria de Emmán quedaba en un segundo plano para muchos de ellos; a punto estuvo de soltar algún improperio, pero fue prudente y se contuvo. Poco tiempo después, todo el mundo se retiró a sus aposentos.

Symeon no pasó una buena noche. Tuvo algunos de sus sueños vívidos, y algo que le había sucedido en contadas ocasiones desde su llegada a Rheynald: una sensación realmente incómoda de mareo y embotamiento durante su experiencia onírica.

La mañana trajo una desagradable sorpresa: poco después de desayunar, un sirviente informaba a Valeryan que la duquesa Rhyanys se encontraba enferma esa mañana, decía palabras sin sentido y no parecía percibir su entorno. A Valeryan le dió un vuelco el corazón: los mismos síntomas que su padre, pero mucho más rápidamente. Corrió, junto a Symeon y Aldur a ver a la duquesa. Efectivamente, estaba aquejada de la extraña enfermedad que parecía afectar sólo a nobles influyentes de la frontera. Valeryan pidió consejo y ayuda a Daradoth, pero éste tampoco supo explicar el origen de aquel mal. Sin embargo, Symeon sí tenía ciertas sospechas, que compartió de manera velada con el resto… algo referente a un mundo de sueños y gente capaz de acceder a él cuando dormía. Según él, algunos vestalenses parecían haber desarrollado tal capacidad y aquello quizá fuera alguna artimaña suya. Palabras de incredulidad brotaron de todas las bocas, excepto de Daradoth, que, corroborando las palabras de Symeon, acabó con cualquier objeción. No estaba claro que aquello fuera obra de alguien en el Mundo Onírico, pero ello no quitaba razón a las palabras del Errante. El ánimo en toda la fortaleza se ensombreció cuando trascendió la noticia de la enfermedad de la duquesa. Quizá su profecía de la noche auguraba malos tiempos, en lugar de la gloria de Emmán.

Valeryan dio órdenes a sus soldados para que peinaran la zona en un radio de varios kilómetros, informando de cualquier cosa que pareciera sospechosa. Mientras tanto, a media mañana, recibía la visita de Alexadar Stadyr, marqués de Strawen. El noble, uno de los más influyentes de la frontera, le preguntó por su opinión sobre la conversación tan comprometida de la noche anterior. Strawen a su vez le confió que le parecía una locura, y que los designios del rey o de la reina no deberían ser discutidos por ellos. Acto seguido, pasó a hablar con palabras más crípticas: “¿Qué pensaríais si os dijera que hay un enemigo mucho peor que los vestalenses que escapa a nuestra atención?” —dijo. Ante esta pregunta, Valeryan se mostró mucho más interesado por los pensamientos de Strawen, pero éste no soltó prenda. Aduciendo que la información era muy sensible como para tratarla a la ligera, Stadyr sugirió a Valeryan tener una reunión en un par de semanas en terreno neutral, a lo que Valeryan accedió.

Poco después de mediodía, un soldado llegaba sin aliento para transmitir un mensaje a Valeryan. En una de las estribacoines de las montañas del sur de Rheynald habían encontrado cuatro cadáveres, al parecer de vestalenses. El grupo se desplazó rápidamente hasta el bastión sur, donde les proporcionaron caballos; en pocos minutos se encontraban en la escena: un discretísimo campamento con los restos de una hoguera en un agujero, y cuatro cadáveres de vestalenses ataviados con extrañas capas iridiscentes que los disimulaban en el entorno. Según Symeon, sin duda aquellos debían ser los que habían estado rondando en sueños por la fortaleza. Por desgracia, ya no había manera de sacar ninguna información de ellos. Quemaron los cadáveres y volvieron al castillo.

El día transcurrió sin más novedad. En apenas 48 horas tendría lugar la ceremonia de toma de posesión de Valeryan y todo volvería a la normalidad, al menos en lo que a habitantes de Rheynald se refería. Pero la noche trajo nuevas sorpresas.

Symeon fue el primero. En sueños, sintió una amenaza tan grande, que despertó con un grito y empapado en sudor, con el corazón latiéndole tan fuerte que dolía. Daradoth también vio su meditación interrumpida: una sensación de malignidad había eclipsado la comezón que sentía continuamente desde que había avistado Rheynald. Un escalofrío lo hizo salir de la habitación, para encontrarse en el pasillo con Valeryan, Aldur y Symeon, que había avisado a sus compañeros del peligro. Algo se disparó en la percepción natural de Daradoth, una sensación inexplicable de miedo y frío en lo más profundo de su mente; diciendo en susurros que la duquesa se encontraba en peligro, salió corriendo a una velocidad inalcanzable para los demás, que a su vez corrieron en pos suyo. Cuando llegó a la puerta de los aposentos de la duquesa, los guardias se estremecieron visiblemente al reconocer el rostro de un elfo ante ellos, pero no quisieron dejarle pasar hasta que por el pasillo apareció lord Valeryan, gritando que se apartaran. Al hacerlo, Daradoth abrió la puerta con su espada en la mano, y lo que vieron en el interior les dejó helados. Lo primero, un vestalense vestido con una capa que parecía borrarlo por momentos de la visión, que parecía seriamente indispuesto, apoyado en la pared. Los dos guardias que velaban el sueño de lady Rhyanys se encontraban muertos a los pies de la cama, y ante ésta, una figura de espaldas que levantaba a la duquesa en brazos, una figura totalmente vestida de negro, con el pelo largo y blanco, que al oir la puerta abrirse se giró hacia ellos: en el inconfundible rostro de un elfo, una nariz aguileña y unos ojos rojos como ascuas les helaron la sangre; casi sintieron cómo el tiempo se detenía y las sombras de su alrededor crecían cuando aquel individuo que no podía ser sino un dios oscuro les miró y esbozó una levísima sonrisa. Pero tras lo que les costó dar un leve parpadeo, en la estancia ya no había nadie, ni vestalense, ni duquesa, ni elfo maligno. Y las luces de la estancia parecieron ganar en intensidad con su ausencia.

Sin darles tiempo a pensar en lo que habían visto, un guardia llegó, gritando a pleno pulmón: “¡¡mi señor, mi señor, un ejército a las puertas!!”. Las campanas de la Iglesia tocaban a rebato.

lunes, 7 de julio de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Prólogo




PRÓLOGO

Aredia, año 311 de la Era Emmanita.
El Reino de Esthalia vive una época convulsa. Mientras el rey Randor prepara sus Cruzadas contra el infiel Imperio Vestalense, varias herejías emmanitas se han originado en el norte del reino, herejías que han hecho que el inicio de las Cruzadas se retrase para frustración de su aliado el Reino de Sermia y de los nobles fronterizos, que cada vez soportan más presión en los pasos entre ambas naciones.
Lord Walran de Rheynald, uno de los más importantes protectores de la frontera, ha muerto después de una extraña y fulminante enfermedad que ha acabado con su vida en pocos días, y su hijo, Valeryan, tiene que tomar el mando de la casa y aprestar la legión destinada en sus tierras. Muchos de los nobles del sur del reino se han reunido en Rheynald para dar su despedida a lord Walran y seguramente también para tratar otros asuntos menos honorables. El corazón de Valeryan rebosa de rabia y de un intenso sentimiento de venganza contra los vestalenses que lo tuvieron prisionero hasta hace poco junto a varios de sus compañeros y el errante Symeon.

Mientras tanto, varios viajeros se aproximan a Rheynald, desconocedores del destino que les aguarda...


DRAMATIS PERSONAE

Valeryan de Rheynald, noble esthalio y guardián de la frontera.
Symeon el errante, del pueblo de los Buscadores.
Aldur Astherion, un gigantesco paladín de emmán.
Daradoth Ithaulgir, un noble elfo de Doranna, viajando por Aredia.
Yuria Meristhenos, oficial y científica ercestre.

jueves, 26 de junio de 2014

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Temporada 1 - Capítulo 27

Tras dejar en ruinas la mansión de Antonov, los hombres de Von Klausen transportaron al grupo hasta la península de Crimea, donde Polaris tenía una base cerca del puerto militar de Sebastopol. Allí, Thomas y el grupo se encontraron por fin con Von Klausen. Sin dudarlo, compartieron con el alemán (casi) todo lo que les había sucedido las últimas semanas; le hablaron de UNSUP, de la trama conspiranoica en la que estaban metidos, de los seres demoníacos, del uranio y los hechos extraños en África. Von Klausen permaneció escéptico ante muchos de los hechos, pero les creyó en lo que respectaba a UNSUP y sus influencias. De hecho, hacía tres días él mismo había sufrido un atentado contra su vida del que salió ileso por pura suerte. Además, toda su colección de reliquias antiguas y esotéricas había sido robada; y sus medidas de seguridad no eran moco de pavo, alguien había utilizado medios muy avanzados para poder apoderarse de ellas. Lo único que le quedaba estaba guardado en una caja fuerte en un banco de Berlín. Ante la mención de tal colección, Mulder abrió mucho los ojos y los oídos.

Ante la insistencia del grupo y sobre todo de Mulder, von Klausen les reveló cuáles eran las reliquias que le quedaban: una Biblia Negra, el Manuscrito Voynich, y la que consideraba la estrella de su colección: un diario secreto de la campaña africana de Napoleón, del que conocían su existencia sólo un puñado de personas. Thomas, por su parte, expuso a von Klausen la necesidad de reunirse con Novikov y los demás en San Petersburgo en un plazo de dos semanas, a lo que el alemán accedió reticentemente.

El siguiente paso que dieron fue viajar a Berlín, para consultar los libros de von Klausen en el Staatbank de la capital alemana. Los incunables resultaron ser una valiosa fuente de información sobre rituales infernales y datos ocultos sobre la estancia de Napoleón en Egipto. Sobre todo les llamó la atención un pasaje, que se incluye a continuación:

El Cairo, 28 de Julio de 1798
Una victoria gloriosa. Los mamelucos no eran rival para nuestros valientes y disciplinados soldados. Las Grandes Pirámides fueron testigo de una victoria espléndida que será registrada en los anales de la Historia. Egipto no tardará en caer, y después Siria y Oriente Medio. Los ingleses tiemblan ante nuestro avance, y hacen bien, pues no podrán detenernos. Ahora es tiempo de pausa y de iniciar la búsqueda. Sulkowski me aconseja establecer un campamento con los sabios al pie de la pirámide más cercana al río; así lo haré.
Si mi búsqueda tiene éxito, me convertiré sin duda en el digno sucesor de Alejandro, y colmaré a mis fieles de riquezas. Desde luego, Sulkowski confía en ello. No obstante, aunque ha probado su lealtad en combate, ese aire de misterio y de distancia del polaco me repele. Espero que esté en lo cierto en cuanto a sus suposiciones. El equipo que hemos traído ha ido en detrimento del número de soldados, y eso puede ser un error fatal.

El Cairo, 31 de Julio de 1798
La búsqueda prosigue a buen ritmo. La primera de las pirámides contempla un gran campamento al que hemos incorporado a buena parte de la población local. Según Sulkowski, los cristianos coptos sienten especial curiosidad por nuestras actuaciones y podrían llegar a ser un problema, pues se muestran bastante hostiles. Pero con diez mil buenos soldados en la zona, no entiendo qué es lo que hay que temer.
Eso sí, debo aprovisionar la tropa del este, para ello los víveres de Tebas [… datos de logística áridos y aburridos…]

El Cairo, 5 de Agosto de 1798
¿Acaso esta búsqueda está condenada al fracaso? Me he obsesionado demasiado, y mi falta de atención ha hecho que ese maldito Nelson haya acabado con nuestra flota. Brueys ha probado ser un inepto, y si no hubiera muerto en la batalla yo mismo le habría quitado la vida.
Para colmo, diez de los sabios han fallecido en un accidente esta mañana. Pero la recompensa merece la pena…

El Cairo, 10 de Agosto de 1798
A pesar de que siento que estamos cerca, hemos de partir ya. La búsqueda sigue siendo infructuosa, pero no puedo dejar que los Otomanos cierren nuestra retaguardia. La tropa del este se ha portado bien, y el norte está asegurado, pero nuestro siguiente paso debe ser cruzar el canal y pacificar palestina y Siria, como estaba previsto. No quiero desviarme de los deseos del Directorio.
Dejaré a Sulkowski y a Lombard al mando de un regimiento y de los sabios más aptos para la búsqueda. Espero que tengamos noticias suyas pronto.

Durante su estancia en Berlín, O'Hara recibió una llamada de la Fundación von Klausen: de la propia Edith von Klausen, sobrina de Jürgen. Para sorpresa de Thomas, la mujer le dijo que por desgracia su tío había fallecido en un accidente y que ahora el dinero que manejaba el financiero pertenecía a la Fundación y deberían celebrar una reunión urgentemente. Sin saber muy bien qué hacer o decir, O'Hara se disculpó diciendo que llamaría en otro momento porque estaba muy ocupado. Después recibió otra llamada de Friedrich Müller (otro miembro del consejo de la fundación), que le informaba más o menos de lo mismo. Al parecer Jürgen estaba siendo víctima de un complot de su propia familia. Tras poner la información en común y superar la incredulidad y la ira iniciales, acordaron que lo mejor sería celebrar una cita en 48 horas en la sede de la Fundación, en Frankfurt, y así lo acordó Thomas con Edith mediante la preceptiva llamada telefónica.

McNulty, por su parte, recibió una llamada del Sinn Feyn, que deseaban pedirle un favor. Tras hablar con su mujer y su hijo y comprobar que estaban bien, Jonas accedió y realizó junto a Finnegan un viaje relámpago a Bruselas. Allí se encontró con un viejo conocido, John Green, que le dio un sobre. Cuando más tarde lo abrió, se quedó helado: en el sobre había una foto de Jürgen von Klausen y el encargo de acabar con su vida. Finnegan compartió con Jonas su inquietud y su desconfianza acerca de von Klausen, y este último aprovechó el viaje y la intimidad que les proporcionaba para relatar a Jack la verdad sobre su vida pasada: su pasado terrorista, y su más reciente pasado como asesino al que incluso habían contratado para acabar con el propio Finnegan. Los lazos entre los dos se estrecharon así un poco más. McNulty telefoneó a Arthur Sullivan, intentando averiguar quién había contratado a su organización para acabar con von Klausen; lo único que le pudo dar Sullivan fue un número de cuenta; más tarde, McNulty proporcionaría el número de cuenta a O'Hara y éste descubriría que la cuenta se encontraba a nombre de Westchester Associates. También hizo una llamada a Novikov; si no acababa con la vida de von Klausen necesitaría sacar a su familia de Belfast lo antes posible, para lo cual pidió ayuda al ruso. Éste contestó afirmativamente, y que le indicaría qué hacer lo antes posible.

Mientras tanto, Jessica recibía por teléfono la respuesta de Ben Katzowitz a una petición de información con la que éste le advirtió de que von Klausen había participado años atrás en actividades de grupos neonazis. Y que Polaris había incurrido en varios casos de crímenes de guerra que habían quedado impunes. O'Hara tambíen recibía una llamada informativa de Novikov en la que le informaba de que más de la mitad de World Interlaced pertenecía a empresas relacionadas con von Klausen, un hecho inquietante como poco.

Cuando se reunieron de nuevo, Jessica hizo un aparte con McNulty, y le contó lo del pasado neonazi de von Klausen, que deberían vigilarlo pero le parecía que podían fiarse de él. Tras unos momentos de indecisión (Jonas se sintió seriamente tentado a cumplir el encargo del Sinn Feyn hasta el último momento) McNulty se reunía con Jürgen y le revelaba todo lo que había pasado durante el viaje, incluido el encargo de matarle. Von Klausen llegó incluso a sonreír, ante la cantidad de amenazas que de repente se cernían sobre su persona. Agradeció profundamente su sinceridad a Jonas y le dijo que no quedaría sin recompensa. El irlandés le pidió a cambio la puesta a salvo de su familia; por supuesto, Jürgen le dijo que haría todo lo que pudiera, pero Gran Bretaña no era como Ucrania o África, y había que resolver ciertos asuntos diplomáticos o ser extremadamente sigilosos en la operación.

Al poco, McNulty recibía la llamada de Novikov. En Edimburgo había dos helicópteros, dos pilotos y dos hombres esperando su llegada y sus instrucciones. Le había resultado imposible conseguir algo más, pero allí los tenía a su entera disposición.

A las pocas horas, se aireó en televisión una entrevista que von Klausen había concedido poco después del accidente a una periodista, así que anularon los planes de la reunión en la Fundación, porque ya no tenía razón de ser. Al intentar contactar con los sobrinos del alemán, éstos no dieron señales de vida. En la conversación que derivó después, McNulty sugirió a von Klausen que O'Hara sería un director perfecto para su fundación, y que debería considerarlo. Lejos de rechazar la idea, el magnate alemán la aceptó casi inmediatamente, para sorpresa de todos. Pronto tomaría las medidas necesarias.

El día siguiente, McNulty se despidió de los demás, diciendo que debía partir hacia Edimburgo para rescatar a su familia. No pidió ayuda. No obstante, a pesar de ello, el resto del grupo al completo le exigió aceptar su compañía e ir todos juntos; Jonas no pudo evitar dejar escapar alguna que otra lágrima ante la lealtad de aquellos compañeros que, sin duda, se habían convertido en sus amigos.

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 2 Capítulo 9

Acusados. El juicio por combate
Mientras el grupo estaba discutiendo la conveniencia de ser acompañados o no por el presunto ex-maestre, una potente voz los conminó a salir inmediatamente del vagón donde se encontraban. Al salir, se sorprendieron al ver que se encontraban rodeados por una veintena de capas doradas, cuyo capitán les instó a dejar las armas y les informó de que estaban arrestados por alta traición. Todos suspiraron, sabiéndose víctimas de otro tejemaneje de sus enemigos. Por su parte, el enjuto individuo que había estado hablando con ellos se había escabullido a un lugar discreto y permanecía observando la escena desde una distancia prudencial.

Fueron conducidos hasta la Fortaleza Roja, donde tras unas horas de espera daría inicio el juicio. Cuando entraron al salón del Trono, no pudieron evitar encogerse ante la presencia de todos los allí reunidos. El rey, la reina, el consejo del rey al completo, los Lannister, la Guardia Real, muchos de los nobles presentes en Desembarco del Rey y una pequeña multitud de plebeyos a los que se había permitido la entrada. El rey Robert parecía hastiado de todo aquello, todo lo contrario que los Seabreeze, que sentían que en aquel momento se jugaban no sólo el futuro de su casa, sino también de sus vidas. El Gran Maestre Pycelle pasó a exponer los motivos por los que se encontraban allí: alta traición por tráfico de Fuego Valyrio e intento de atentar contra la vida del rey.

Las acusaciones y las alegaciones en defensa de los Seabreeze llegaron largo tiempo. Ancel llevó el grueso de las conversaciones, como no podía ser de otra manera, y durante el proceso se hizo evidente (para aquellos expertos en esas lides) que todo aquello no era sino obra de lord Baelish. Largo rato se debatió sobre la inocencia o culpabilidad de los Seabreeze, y muchos fueron los testigos implicados, entre ellos el propio Roben Tudbury, que nunca llegó al muro gracias a la intervención de Meñique, o de Orten Lugus, un viejo conocido de la casa.

Cuando la acusación llegó a un punto muerto y quedó en la palabra de los Seabreeze contra la de todos los demás, se hizo evidente que se requerían medidas desesperadas para que no fueran condenados a vestir el negro o algo peor. Jeremiah y Breon exigieron un Juicio por Combate. Entonces fue cuando el rey Robert empezó a mostrar algo de interés, incorporándose en su asiento, y expresó su acuerdo con tal idea. Tras consultar unos momentos el consejo real, la acusación y el propio rey, se aceptó el Juicio por Combate, pero el delito era de tal calibre que el combate se dirimiría en un Juicio a Siete. Siete guerreros que apoyarían a los Seabreeze se enfrentarían a siete campeones de la acusación. Tenían dos días para recabar los apoyos que necesitaran.

Tras mucho intentar buscar apoyos, los Seabreeze consiguieron finalmente la ayuda de Ser Loras Tyrell y de lord Beric Dondarrion. Sin embargo, les faltaba un guerrero para completar el grupo de siete, y no había mucha gente que pareciera dispuesta a apoyarles. Finlamente consiguieron el séptimo guerrero nada más y nada menos que en la persona de Ser Barristan Selmy, el lord Comandante de la Guardia Real, por motivos que no venían a cuento.

Llegó así el momento en el patio de armas de la Fortaleza Roja, ante una multitud enardecida. Jeremiah, Breon, Ancel, Allyster, Loras, lord Beric y Ser Barristan se enfrentarían a los guerreros de la acusación: Ser Gregor Clegane la Montaña, Ser Jaime Lannister, Ser Aron Santagar, Ser Jacelyn Bywater, Ser Lothor Rykker y los Kettleback, Osfryd y Osmund. Lo malo es que Jeremiah se encontraba gravemente herido de la refriega en el burdel, y ser Allyster también tenía algunas contusiones que dejaban a los Seabreeze en una aparente inferioridad.

Pero cuando empezó el combate, se demostró que ambos grupos no se encontraban en condiciones tan dispares. Ser Barristan se enfrentó a La Montaña, Breon a Jaime Lannister, Jeremiah a Jacelyn Bywater, Ancel a ser Lothor Rykker, Allyster a Osfryd Kettleback, Loras a Osmund y lord Beric a Ser Aron Santagar. Tras unos minutos de tanteo, La Montaña se lanzó rugiendo hacia ser Barristan, que pareció sucumbir a sus potentes golpes; pero el anciano caballero era un hombre de amplios recursos y pronto dio la vuelta al combate. Breon no pasó apenas dificultades ante Jaime Lannister, que recibió en un par de ocasiones fuertes golpes del mandoble del caballero de Rocagrís. Por su parte, Ancel se deshacía de ser Lothor y lord Beric de ser Aron, mientras que ser Loras pasaba serios apuros con ser Osmund y Allyster con ser Osfryd. Jeremiah, a pesar de sus heridas, resistió como una roca ante ser Jacelyn, y finalmente, con la ayuda de los que habían triunfado en sus enfrentamientos individuales, el grupo de la acusación cayó derrotado. Para frustración de Breon, ser Jaime no llegó a morder el polvo, sino que salvó los muebles resistiendo hasta que todos sus compañeros estuvieron derrotados o rendidos. En ese momento, el matarreyes, que había sufrido dos feas heridas del espadón de Breon, hizo un gesto de impotencia e histriónicamente manifestó su rendición. Con esto, el grupo de los Seabreeze se alzaba con la victoria, entre los vítores del público, y gestos divididos de aprobación y rechazo entre los nobles congregados.



De vuelta en el Salón del Trono, los Seabreeze recibían -de nuevo- las efusivas felicitaciones del rey Robert y las más discretas de lord Varys. Y también las disculpas del Gran Maestre y de los nobles que habían dudado de ellos; no así de lord Petyr Baelish, que había encontrado alguna excusa para encontrarse ausente de la ciudad en ese momento, pero que manifestó sus disculpas mediante una nota que leyó el Gran Maestre. Restablecido el honor de los Seabreeze, los mejores maestres se asignaron para restañar las heridas de los combatientes, y el viaje de la comitiva real al norte seguiría los planes establecidos: el día siguiente sería el día de la despedida, como estaba previsto.

jueves, 15 de mayo de 2014

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 2 Capítulo 9

Preparativos para el viaje
Jeremiah y Vanna llegaron primero a la posada. La mujer se encontraba bastante malherida, así que Ancel decidió salir en busca de un maestre junto a uno de sus guardias. Al poco de salir Ancel llegó Allyster, que había evitado miradas indiscretas moviéndose por callejuelas secundarias; le acompañaba Roslyn, la joven muchacha que había sacado del burdel. Tras interesarse por el estado de los heridos, dejó a Roslyn con ellos y bajó a la sala común de la posada, para vigilar el entorno; la decisión probó ser acertada, pues al poco hacían acto de aparición tres individuos que traerían problemas.

A los tres individuos los pudo ver Breon desde la distancia, pues volvía del conflicto en el burdel acompañado por Garrett. Tres jinetes armados y con armadura descabalgaban frente a la posada y entraban apresuradamente, dejando los caballos al cuidado de un cuarto individuo, un muchacho que tenía toda la pinta de ser un escudero. El caballero del león se acercó al chico, y le interrogó acerca del propósito de sus compañeros allí; el escudero se estremeció visiblemente, y claramente mintió al decir que no lo sabía, así que Breon decidió amenazarlo violentamente, desenvainando su espada. El chico fue presa del terror y huyó entre las patas de uno de los caballos; Breon, impulsivamente, lanzó un mandoble al cuello del animal y lo derribó, pero no fue suficiente para atrapar al escudero. La gente en la calle se detuvo, mientras el resto de caballos se encabritaba.

Mientras tanto, en el interior, uno de los individuos se había acercado al posadero y hecho un aparte con él en la trastienda, mientras los otros dos permanecían apoyados en la barra, observando la sala con aire de superioridad; al parecer, ninguno reparó en Allyster. Pasaron unos momentos hasta que se pudo oír el jaleo que Breon había armado en el exterior. Los dos tipos de la barra desenvainaron y salieron precipitadamente del local mientras el resto de gente se agolpaba en puerta y ventanas para poder ver la calle, cosa que Allyster aprovechó para acercarse sigilosamente a la trastienda. Entró con la espada en la mano y precuación, y menos mal que fue así, pues el tipo que se había llevado al posadero estaba esperándole tras la puerta. Un destello en la hoja del presunto caballero lo delató. El combate fue difícil, pero el reducido espacio de la estancia redundó en favor de Allyster, que con un arma mucho más ligera acabó abatiendo a su enemigo; el posadero, por su parte, había permanecido apartado y tembloroso en una esquina; según dijo, el tipo había preguntado por su grupo, pero no le había dicho nada de interés; Allyster no sabía si fiarse, pero finalmente decidió dejar en paz al hombre.

En el exterior, los dos hombres que habían salido de la posada se habían enfrentado a Breon y Garrett. Resultaron ser bastante diestros con sus espadas, y el resultado de la lucha, aunque favorable a los Seabreeze, fue costoso, pues Garrett sufrió varias heridas bastante feas.

El escándalo no pasó desapercibido, y cuatro capas doradas acudieron a los pocos momentos a la posada, mientras Allyster, Breon y Garrett subían rápidamente a sus habitaciones. Al llegar los guardias, todos se pusieron en tensión, pues si estaban a sueldo de Meñique seguro que iban a tener muchos problemas. Afortunadamente no fue así, y tras una tensa conversación en la que el oficial de los guardias interrogó a los Seabreeze acerca de las muertes de la planta baja y la calle, éstos les convencieron de que todo había sido en legítima defensa y no sabían por qué habían sido atacados. Los capas doradas parecieron satisfechos con la explicación y se marcharon sin poner más problemas. Ancel, que ya había vuelto, sugirió abandonar la posada y trasladarse al campamento donde la comitiva real se estaba congregando para partir hacia Invernalia; todos se mostraron de acuerdo y pronto, las habitaciones de los Seabreeze quedaron vacías, Jeremiah compraba un lujoso vagón para el viaje (de tal manera que la dificultad de las tiradas de recuperación para Vanna y Jeremiah se reduciría a 12), y establecieron su campamento en el propio vagón, junto a los demás viajeros. Una vez en el campamento, Jeremiah contrató los servicios de un buen maestre de otra casa, que también viajaría con ellos (5D en curación). Breon, por su parte, hizo todo lo posible por ponerse en contacto con Varys antes de partir, pero no tuvo éxito en sus intentos, el eunuco parecía esquivarlo.

En el campamento, Allyster mantuvo una interesante conversación con Roslyn, que le proporcionó bastante información. La muchacha había llegado hacía pocos días al burdel, y todavía la estaban adiestrando cuando Allyster la sacó de allí. Su conocimiento de la puerta secreta por la que había escapado el grupo de hombres encapuchados se debía a que el día anterior había visto aparecer por ella a varios hombres: uno de ellos coincidía enteramente con la descripción de lord Petyr Baelish, y otro con el Gnomo, Tyrion Lannister; Meñique iba describiendo al Gnomo el burdel, y después le presentó a las chicas, para que eligiera las que más le gustasen. Respecto a los hombres que habían torturado a Vanna, no podía decir demasiado porque siempre iban encapuchados fuera de la habitación donde la retenían; sólo pudo decir que uno tenía el labio superior partido y le faltaban un par de dientes (y que había intentado violarla, y lo habría conseguido si no hubiera sido por la intervención de la señora Lysa), y otro tenía una cicatriz en ceja y ojo, y un lunar asqueroso en la mejilla.

El día siguiente, apareció ante su vagón un hombre maduro y enjuto, casi completamente calvo y de nariz aguileña. Las miradas más perspicaces pudieron ver que en el cuello lucía señales como las que dejaban las cadenas de maestre, pero no llevaba la cadena en sí misma. Se encontró con Breon y Vanna, y se presentó con la frase "vengo de parte de un amigo común, que se disculpa por no haber podido acudir, ser Breon". Acto seguido, se ofreció a prestarles su servicios, acompañándoles en su viaje hacia el Norte. Esto desató una discusión en el grupo, entre los que eran partidarios, junto a Breon, de que el tipo les acompañara en el viaje, y los que se oponían frontalmente, como Vanna, que no se fiaba de él. Según la mujer, había establecido unas palabras clave para las comunicaciones con Varys, y el extraño no tenía ni idea de ellas, así que no confiaba en que el eunuco lo hubiera enviado realmente.