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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF


"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

viernes, 16 de agosto de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 2

Ilaith Canciller
Después de la experiencia con la posesión de Daradoth y de Nercier Rantor, Ilaith se reunió sin pérdida de tiempo con el príncipe Deoran Ethnos de Ladris y la princesa Diyan Kenkad de Ëvenlud. Los tres dirigentes se mostraron de acuerdo en proporcionar a todos los príncipes presentes en Eskatha una cantidad de kregora análoga a la que Ilaith lucía en su frente, y que parecía ayudar a evitar las posesiones de la Sombra. El día siguiente se repartieron diez anillos a aquellos de los príncipes que no poseían el mineral.

Galad y Eudorya tuvieron una reunión nocturna que a partir de entonces se convertiría en habitual, para comentar los acontecimientos de las últimas jornadas y darse consejo mutuo. La bisoña princesa de Nímthos expuso los problemas que tendrían las ambiciones de Ilaith en las filas de su consejo, y la necesidad que tenía de maniobrar con cuidado para evitar posibles levantamientos de los comerciantes nimthosi. Hablaron también de su amor y de su posible casamiento; era necesario planificar los esponsales rápidamente si no querían que posibles pretendientes se interpusieran entre ellos y las necesidades políticas obligaran a tomar decisiones no deseadas. Además, Galad seguía siendo fiel a su voto de castidad prematrimonial y aquello les permitiría por fin intimar de forma adecuada. Lo primero sería anunciar su compromiso públicamente, y acordaron hacerlo en un plazo corto pero en el momento justo.

Por la noche, Symeon escudó su sueño como era habitual, pero después de la experiencia en la reunión prefirió no exponerse al Mundo Onírico; la Luz sabía cuántas presencias indeseadas —y poderosas— podría encontrarse allí.

El día siguiente llegó por fin la reanudación de la Asamblea, con Ilaith como gerente. Apenas dejaron tiempo a reaccionar a nadie, y con un breve discurso a modo de prólogo, la princesa de Tarkal expuso la urgente necesidad de un cambio en la estructura política de la Confederación. Manifestó la necesidad de un nuevo cargo al que llamarían "canciller" y que tendría una prevalencia mucho mayor que la del actual "gerente". Los principados dejarían de tener tanta libertad, pero a cambio formarían un todo unitario mucho más fuerte para enfrentarse a las nuevas amenazas que habían surgido. 

Para hacer más impresionante su demostración de fuerza, Ilaith cedió la palabra primero a la barda Aythera Aldan —esta vez vestida de acuerdo a su estatus y con el pergamino dorado bien visible—, que habló en nombre de las Leyendas Vivientes y del reino de Sermia, otorgando su apoyo a Ilaith como cabeza de la Confederación; a continuación tomó la palabra Alexann Stadyr, que cumplió el papel que le había encargado el duque Estigian a la perfección: con vehementes palabras mostró el "apoyo" y "profunda voluntad de cooperación" del reino de Esthalia hacia "lady" Ilaith —era la primera vez que alguien daba tal tratamiento a la princesa de Tarkal o cualquiera de los príncipes comerciantes—. Los murmullos iban in crescendo en la sala, pero un aura de inevitabilidad se había extendido ya por ella. Ilaith estaba radiante. Y al parecer, los escribas habían estado muy ocupados las últimas noches, pues Delsin y sus colaboradores repartieron entonces copias de la gruesa Ley de Cancillería que habían redactado siguiendo las órdenes de su princesa.

Entonces llegó la parte más aburrida de la sesión: la lectura de la nueva ley, que se alargó varias horas. Los expertos legales de cada delegación tomaban sus notas y departían entre sí. Yuria y los demás se desesperaron, presas de la burocracia en su estado más puro.

Contra todo pronóstico, fue Progerion quien más objeciones puso a la ley (aparte de Wontur Serthad y la delegación de Armir, claro, que se oponían frontalmente a un cambio en la política de la Confederación), y hubo que corregir varios puntos para evitar lo que el gobernante de Bairien calificaba como "excesos en las atribuciones" del cargo. Se acordó entre otras cosas que el cargo sería elegible cada 2 años en tiempo de paz y cada cuatro años (si era posible) en tiempo de crisis. Así que Ilaith se aseguraba de momento un mandato de cuatro años. Esta matización pareció tranquilizar en cierta medida los ánimos de Armir y Adhëld, y finalmente los ugieres dieron por terminada la sesión, anunciando la celebración de la votación para el mediodía del día siguiente.

Por la noche, la delegación de Tarkal se reunió para acordar las maniobras militares que deberían ponerse en marcha inmediatamente, pero tras varias horas de discusión, la disparidad de opiniones y el agotamiento de todos los presentes hizo que Ilaith les instara a continuar aquella discusión una vez que se hubiera aprobado la ley de Cancillería y pudieran hablar con el resto de sus aliados.

El mediodía siguiente se celebró la votación después de que los leguleyos formalizaran los ajustes acordados por los príncipes en la maratoniana jornada anterior. Casi todo el mundo aplaudió o golpeó en la mesa cuando los votos positivos de Krül, Bairien, Nímthos, Ladris, Ëvenlud, Mervan, Korvan, y la propia Tarkal designaron a Ilaith como la primera Canciller de la Federación (no ya Confederación) de Príncipes Comerciantes.

Ilaith, majestuosa, subió al estrado para declamar uno de los discursos más importantes de su vida, y no defraudó. Aplicando a fondo todas sus habilidades de retórica expuso lo orgullosa que se sentía de sus "compatriotas" —ya podían llamarse así, pues habían puesto las bases para un estado unificado— y de la valentía que habían mostrado al atreverse a dar aquel paso. Acto seguido expuso su agenda de preferencias: castigar duramente a los principados rebeldes, asegurar las islas de kregora (una promesa que había hecho a sus aliados de Ladris) y dificultar las maniobras de la Sombra en su entorno colaborando con todos aquellos que se pusieran de parte de la Luz. Tranquilizó también a los príncipes de Armir, Ladris y Adhëld sobre el futuro de sus operaciones con la kregora y con los esclavos; evidentemente, el comercio de esclavos pasaba a estar prohibido a partir de entonces y era posible que el suministro de kregora tardara en restablecerse unos meses, pero se aplicarían las debidas exenciones sobre los impuestos y se otorgarían las facilidades necesarias para que los principados más afectados por el establecimiento de la Cancillería no vieran disminuida su prosperidad.

Además, Ilaith anunció la aplicación inmediata de uno de los puntos de la nueva ley: la conversión de Eskatha en Ciudad Abierta, repartida entre todos los principados, y el traslado de la capital del Nímthos a la ciudad de Serathia. Por supuesto, todo ello discutido previamente con Eudorya con la mediación de Galad.

Cuando la nueva canciller terminó su discurso, todo el mundo aplaudió.

Por la noche, Ilaith convocó un Concilio de Guerra en el Hemiciclo al que acudieron todos los príncipes y sus consejeros militares. Los príncipes de Ëvenlud y Ladris estaban especialmente preocupados por sus tierras, pues se encontraban encerrados entre los principados rebeldes. Ilaith y Yuria atendieron sus peticiones y les tranquilizaron alegando que se entraría en acción rápidamente para salvaguardar su integridad, y para eso estaban allí.

Se otorgó a Loreas Rythen el título de Comandante Supremo de los Ejércitos de la Confederación y a Theovan Devrid (marido de Karela Cysen y almirante de Korvan) el de Almirante Supremo de las Flotas. Fue un nombramiento de urgencia y no tuvo toda la pompa que la ocasión requería, pero todos fueron comprensivos al respecto.

A continuación se extendió un gran mapa de la Confederación provisto por Eudorya, y con la voz cantante de Loreas, Yuria y Galad, se procedió a trazar los planes necesarios para la reunificación de la Federación. Se acordó que, aparte de la defensa de Ladris y Ëvenlud, se enviaría una flota de 50 naves de guerra y dos legiones a asegurar las islas de kregora, y se procedería a enviar el grueso de las tropas con la intención de tomar Trapan en un plazo no superior a un mes. Yuria, haciendo gala de una visión estratégica fuera de lo normal, repartió los despachos necesarios para iniciar la invasión de Trapan en no más de diez días desde la fecha.


Tropas movilizadas para el enfrentamiento con los rebeldes.
Representadas en escala de legiones esthalias (1 águila = 1 legión)

Una vez puesta en marcha la movilización de tropas y los planes se hubieron trazado y sincronizado, el grupo, acompañado del cartógrafo Heddard Theuvos, se embarcó en el dirigible Empíreo para explorar la situación en las islas de kregora. Afortunadamente, el clima les fue favorable (para alivio de Yuria, que no sabía cómo reaccionaría la aeronave en caso de sufrir una tormenta en alta mar) y en poco más de seis días avistaban las islas.

Lo primero que pudieron divisar, siempre con la ayuda del catalejo ercestre y la profunda visión élfica de Daradoth, fue una patrulla de tres barcos de guerra, a todas luces del tamaño de galeones. No tuvieron problemas para evitar este primer obstáculo, investigar el primero de los islotes donde pudieron ver las plataformas y barcazas que revelaban una explotación de kregora, y pasar después a la segunda masa de tierra, más grande, y con una explotación más importante. Allí, anclados cerca de la instalación, se erguían dos enormes galeones negros cuya forma ya habían visto en su viaje alrededor del brazo sur del continente. Sin duda, naves de la Sombra procedentes del Cónclave del Dragón.

No pudieron explorar más a fondo, pues un escalofrío recorrió la espina dorsal de Daradoth cuando, a instancias de Symeon, que dijo haber oído una especie de graznido distante, identificó a lo lejos un familiar punto negro que volaba contra el viento hacia ellos: un corvax, una de aquellas aves infernales que les habían acechado en su viaje por el Imperio Vestalense. Sin dejar pasar ni un segundo, el elfo dio la voz de alarma y con una fuerte llamarada el dirigible se elevó por encima de la línea de nubes; Galad y Daradoth rezaron en silencio para no haber sido descubiertos: a bordo del dirigible serían presa fácil para uno de aquellos pájaros y sus jinetes. Por fortuna no fueron perseguidos pero aquello terminó de decidirles a girar en redondo y volver hacia la seguridad de Eskatha. Siete días más tarde aterrizaban en un prado cercano a la capital. En teoría, la ofensiva para la invasión de Trapan debía de llevar ya tres días en marcha...


viernes, 2 de agosto de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 1

El Camino a la Cancillería
Tras el baño de multitudes y un merecido descanso, la delegación de Tarkal al completo se reunía de nuevo en su Sede.

Heddard Theuvos,
marino y cartógrafo del Káikar
Ilaith mostró su preocupación por el asunto de Nercier Rantor, el príncipe de Mervan, que había resultado ser un falso peón en el juego que se desarrollaba en Eskatha. No obstante, quitó hierro a sus palabras aludiendo a la relación con Eshtalia: según ella, si podía llegar a una relación de confianza con el reino de los emmanitas, no creía que tuvieran problemas con la lealtad de Nercier.

Y tras el breve preludio del problema Nercier, la princesa de Tarkal expuso el asunto que más le preoocupaba en ese momento: preguntó a sus consejeros si les parecía buena idea que, aprovechando la improbable victoria y la fama de la que ahora gozaban, propusiera inmediatamente (la siguiente asamblea se había convocado para dentro de dos días) la aprobación de una ley para convertir su cargo de Gerente en el cargo de Canciller con muchas más potestades que el primero. Evitaba así la palabra "reina" y sus posibles connotaciones indeseables para los asistentes a la Asamblea. Delsyn y Ernass ya estaban ultimando el primer borrador de esa ley, en previsión de los acontecimientos.

Pasaron a evaluar cuáles eran los principados que les brindarían su apoyo en caso de la propuesta de la Ley de Cancillería, y llegaron a la conclusión de que podrían contar con el apoyo de Korvan (Karela Cisen), Krül (Vanius Eloras), Ëvenlud (Diyan Kenkad),  Mervan (Nercier Rantor), Nímthos (Eudorya Athalen), Bairien (Progerion Ónethas) y ellos mismos. Aun cuando Armir (Knatos Tilad) y Adhëld (Wontur Serthad) votaran en su contra y sobre Ladris (Deoran Ethnos) albergaran dudas, todavía contarían con los suficientes apoyos para sacar adelante la ley sobre el total de principados, incluso considerando a los ausentes. Para disipar cualquier género de dudas, Ilaith guardaba en la manga su estrecha relación con el reino de Sermia; no hacía falta recordar que en la mesa donde se encontraban se sentaban desde el principio dos bardos sermios de incógnito: Harethann Rehen y Aythera Aldan. Como ya sabía bien Symeon, esta última escondía entre los pliegues de su ropa el pergamino dorado que la revelaba como miembro de las respetadas Leyendas Vivientes. Todo apuntaba a que era el momento ideal para que Ilaith revelara sus aspiraciones, así que decidieron que en la siguiente asamblea se propondría la aprobación de la nueva ley; además, tendrían que hablar previamente con los ugieres para asegurar que los principados traidores no se tuvieran en cuenta de cara al total de votos.

Una vez tomada la decisión de hacer pública la aspiración de Ilaith, Daradoth y Yuria recordaron también el principio de acuerdo al que habían llegado con Alexann Stadyr, miembro de la delegación esthalia e hijo del marqués de Strawen: una posible alianza con la reina Armen. No tenían demasiado claro si aquella alianza los beneficiaría o perjudicaría, pero la apuesta era clara y tendrían que ir avanzando pasos en ese sentido, aun a riesgo de que el ganador en el conflicto que se avecinaba fuera el rey Randor o el propio marqués de Arnualles. Decidieron que cuando los esthalios se marcharan a su reino, les acompañaría Keriel Danten, el primo de Ilaith, consumado político. Tendría la misión de insistir en que fueron ellos los que informaron en primera instancia del problema con Robeld de Baun y ganarse así el favor tanto de Armen como de Randor.

También se mencionó la falta de rastros de la anciana Jasireth Derthad, que se suponía que les iba a facilitar el apoyo del principado de Armir. Decidieron dejar el asunto de lado por el momento, pero no olvidarlo.

Symeon volvió a reunirse con Noelan de los Ruevos para compartir algo de tiempo con su gente y volver a interesarse por el estado de su pueblo. Noelan le confirmó que los errantes en el principado de Mervan debían de contarse ya por millares, y que era posible que hubieran llegado allí algunos miembros de su antigua caravana. El rostro de su maldita esposa, Ashyra, acudió a la mente de Symeon desde sus oscuros recuerdos... algún día ajustaría cuentas con ella... algún día.

Pocas horas después el grupo y la gente de Ilaith se reunían con Nercier Rantor y sus consejeros. No se anduvieron con rodeos, y deseando que reinara un clima de total confianza entre los dos principados, Ilaith expuso crudamente su deseo de votar la ley que la proclamara Canciller de la Confederación.  Nercier esbozó una ligera mueca que no supieron si interpretar como sonrisa o preocupación.

 —Normalmente me habría opuesto con todas mis fuerzas a tamaña pretensión, mi señora —dijo el príncipe de Mervan—. Sin embargo, los tiempos cambian, y con ellos debemos cambiar nosotros y nuestras voluntades, así que —miró a sus consejeros, algunos de los cuales no se mostraban tan convencidos como él ante la revelación— podéis contar con nuestro apoyo.

Un suspiro de alivio fue disimulado por la mayoría de miembros de la delegación de Tarkal. El primer paso estaba dado. Acto seguido, Nercier pasó a explicar su relación con Arzsan del Clan de la Crin Blanca y la situación en la que se encontraban en ese momento los semathâlios y el resto de pueblos del sur. Miradas de preocupación se cruzaron cuando el príncipe de Mervan les explicó que de unos años a esta parte, muy lejos al sureste, se había establecido un nuevo poder. El grupo rebulló intranquilo al recordar las torres y enormes arcos que se estaban construyendo en los estrechos de Akkra, por donde habían navegado procedentes de la Región del Pacto, y también al recordar los dromones que habían avistado en la costa de las tierras varlagh. Según Nercier, ese nuevo estado había dado en llamarse "Señorío de Batania", pero no era más que una serie de enclaves militares del Cónclave del Dragón. Los ástaros renegados habían aprovechado lo remoto de aquellas tierras para establecer una base de operaciones y aglutinar con cierto grado de éxito a todos los pueblos considerados "bárbaros" del brazo sur de Aredia. De esta manera, por el sur se había extendido el nombre "Gran Imperio de las Cinco Naciones" para designar una improbable alianza de los jinetes de Semathâl, los Bárbaros Batanios, los Varlagh, los Sureños (habitantes de los desiertos) y el propio Señorío de Batania. Esa alianza estaba realmente materializándose, y a pesar de que había traído mayor estabilidad y prosperidad (a las clases dominantes), los ástaros exigían una plena dedicación a su causa, que no todo el mundo veía con buenos ojos. Así, muchos de los semathâlios, entre ellos el clan de Arzsan, que rendían el culto al caballo y cuyo dios no era sino el mismo cielo, no admitían señores terrenales que les dictaran lo que debían o no debían hacer; según ellos, no eran "esclavos de nadie" e iban solo donde el viento les dictaba. Nercier y Arszan se conocían desde muchos años atrás, y el príncipe había aprovechado la reticencia del señor de los jinetes para atraerlo hacia su bando y luchar contra los arribistas del Señorío. El problema era que al haberse enfrentado a las huestes de la Sombra, su gente estaba ahora en peligro, y Nercier expresó la necesidad de acoger a su pueblo en las tierras de la Confederación, quizá en la depresión del Bair donde había enormes pastos, al menos mientras se prolongara el conflicto.

La preocupación de Nercier por los semathâlios parecía genuina, para sorpresa de Ilaith y muchos de los presentes. Así que la princesa aceptó la sugerencia de su homólogo de Mervan prometiéndole que, como Canciller, se encargaría personalmente de honrar su acuerdo por muchas reticencias que plantearan el resto de príncipes. Se enviaron al punto mensajeros para movilizar a la gente de Arzsan y ponerlos en marcha hacia el norte. Se evitarían así sangrientas represalias por parte de los enemigos.

Sonriendo, Nercier alargó la mano para estrechar el antebrazo de Ilaith en un gesto de reconocimiento mutuo. Pero antes de que pudiera extender su brazo, se desplomó, dormido, sobre la mesa. En el mismo instante, Ilaith cayó dormida también, así como Galad, Daradoth, Delsyn, y más de la mitad de los reunidos. Yuria no notó nada extraño, y Symeon, a pesar de sentir que los párpados le pesaban una tonelada víctimas de una sensación de sueño abrumadora, consiguió resistir despierto.

Yuria, Symeon y Taheem se levantaron en el acto, sorprendidos.  A los pocos segundos, Nercier y Daradoth despertaban, pero saltaba a la vista para aquellos que los conocían que habían cambiado. La puerta de la sala se abrió violentamente y dos guardias irrumpieron, esgrimiendo sus alabardas y corriendo hacia donde se encontraba Ilaith. En la sala estaban prohibidas las armas, pero Yuria siempre llevaba encima sus pistolas, bien escondidas, y Symeon también tenía su bastón cerca. La ercestre desenfundó lo más rápido que pudo y con sendos disparos afortunados acabó con los guardias, que estuvieron a punto de herir gravemente a la princesa de Tarkal. Mientras tanto, Symeon se había movido como un rayo y haciendo gala de su gran agilidad había llegado a la puerta donde rechazó a un tercer guardia controlado y consiguió atrancarla.

Nercier, tras unos momentos de duda, pareció decidirse y correr hacia la ventana. ¿Se iba a lanzar por ella? Yuria gritó algo a Taheem, y este saltó por encima de la mesa; esquivando velozmente  a los dormidos, detuvo al príncipe poseído. Mientras tanto, Daradoth gesticulaba de forma extraña y hablaba en un idioma desconocido y oscuro; extendiendo su brazo, intentó afectar a Yuria con un hechizo; la ercestre sintió una pequeña descarga procedente del colgante de su cuello, y cómo algo resbalaba extremadamente cerca de su piel, pero sin tocarla. Tanto ella como quien fuera que se encontrara en la mente de Daradoth quedaron estupefactos. El huésped del elfo no tardó en reaccionar, sin embargo. Esta vez habló en el mismo idioma desconocido, pero a voz en grito, y con gestos mucho más exagerados.

Daradoth veía toda la escena aterrado. Su cuerpo no le respondía, y sentía como su mente era desplazada por una presencia mucho más poderosa y oscura. Era como encontrarse encerrado en una pequeña y fría celda que se estrechaba cada vez más. Por unos momentos estuvo a punto de rendirse a la presión, pero pronto reaccionó e intentó debatirse, a pesar de que se sentía como una hormiga debía sentirse al inentar mover un castillo.

El segundo hechizo de Daradoth fue mucho más potente, y se sintió como una oleada de poder. Yuria sintió una descarga bastante más intensa de su colgante, y la misma sensación de deslizamiento cerca de su piel. Pero el resto de los presentes en la sala no resistió tan bien, sus almas fueron temporalmente desplazadas de sus cuerpos y todos quedaron inconscientes, incluyendo a Taheem y Symeon. Yuria miró a su alrededor, asustada. Daradoth y Nercier se miraron, sorprendidos por la resistencia de la ercestre. Y frustrados. Daradoth alargó su brazo de nuevo y un torrente de fuego salió disparado hacia Yuria, que se protegió con los brazos, encogiéndose. El mismo efecto: una leve descarga y el fuego pasando a su alrededor sin tocarla. Se palpó a sí misma, sorprendida pero a la vez eufórica. Al ponerse en pie de nuevo, vio que el huésped de Daradoth había quedado unos momentos pensativo, mientras Nercier corría a coger una de las alabardas de los guardias y esgrimirla contra la inconsciente Ilaith.

Daradoth, el verdadero Daradoth —al menos era lo que él creía— luchó contra el frío y la oscuridad. La celda en la que se encontraba apenas le dejaba respirar... "¿acaso necesito respirar?", pensó. Y gritó; gritó con todas sus fuerzas, intentando deshacerse del frío y el horror. Ahí estaba la luz, ahí estaba su cuerpo...

Yuria tuvo que tomar una decisión rápida.  Viendo pasivo y con la mirada perdida al poseedor de Daradoth, corrió con todas sus fuerzas hacia Nercier, que estaba a punto de atravesar a Ilaith con la alabarda. Yuria resbaló, pero por pura casualidad [Punto de Destino] eso la benefició y consiguió golpear con su codo en la nuca del príncipe de Mervan; lo suficiente para que este cayera al suelo y dejarlo inconsciente al tocarlo con su colgante.

De repente, el silencio se había hecho en la sala, solo roto por los guardias del exterior, que golpeaban la puerta para derribar la barricada de Symeon. Sin embargo, varios de los reunidos habían empezado ya a reaccionar y despertaban del sueño, entre ellos la barda sermia Aythera; comprendiendo rápidamente la situación, comenzó a cantar con una voz sedosa y suave; Yuria sintió un escalofrío al escucharla; Aythera era una Leyenda Viviente y hacía honor a su título. Poco a poco el ruido del exterior se fue apagando a medida que los guardias quedaban inconscientes —o quizá libres de su posesión—.

Yuria se giró y pudo ver a Daradoth de rodillas en el suelo y encorvado sobre sí mismo. La experiencia de posesión debía de haber sido tremendamente traumática... por suerte habían podido salir bien de aquello; la ercestre dio silenciosamente las gracias a su padre por el increíble regalo que le había hecho al otorgarle aquel colgante, y se dirigió a atender a su amigo elfo.

*****

Pasaron varias horas antes de que la reunión pudiera reanudarse con todos los presentes más o menos recuperados. Los ataques habían sido dirigidos claramente hacia Ilaith y Nercier, y era como si los demás no hubieran importado en absoluto, lo que permitió que no sufrieran ninguna baja grave. Tampoco entendían por qué, si los kaloriones (no creían que hubiera nadie más con el poder suficiente para un acto como aquel) eran capaces de hacer lo que habían visto, les habían atacado justo cuando se encontraban en una reunión con más gente que les pudiera proteger; no encontraron explicación alguna. Discutieron sobre cómo encontrar una defensa contra aquel tipo de ataques, pero lo único que sacaron en claro fue que habría que proporcionar a todos los príncipes leales un poco de kregora, pues esta había parecido funcionar para evitar la posesión de Ilaith.

Nercier e Ilaith retomaron su pacto de colaboración y pudieron por fin sellarlo al estrechar sus brazos. La delegación de Mervan se marchó como un firme aliado.

Ya a solas, Yuria explicó al resto del grupo lo que había sucedido en la sala. Daradoth rebulló incómodo, agitándose dentro de él sensaciones que no quería volver a experimentar. Cuando mencionó cómo el fuego elemental había pasado a su alrededor sin causarle ningún daño, una luz se encendió en los recuerdos de Symeon. Recordó haber leído algo sobre unos artefactos llamados "talismanes de nulificación", hechos de un extraño material negro y cuyo origen se perdía en la bruma de los tiempos anteriores a la edad de los elfos. Según les explicó, había llegado un momento en el que los elfos, los hidkas y los enanos se habían puesto de acuerdo para destruirlos todos, y se creía que así habían desaparecido todos ellos. Realmente si se trataba de uno de aquellos talismanes, había sido un valiso regalo de su padre. Yuria volvió a hablar del mapa con las extrañas islas que obraba en su posesión, y todos se mostraron de acuerdo en que deberían visitarlas cuando tuvieran tiempo y supieran dónde se encontraban.


Poco después los guardias de la sede de Tarkal anunciaban la llegada de un muchacho que portaba una carta destinada a Yuria, y que solo la entregaría en mano. La ercestre le dio una moneda al chiquillo, que se marchó con una sonrisa de oreja a oreja, y abrió el lacre. La carta estaba firmada por H.T. y rezaba así:

Mi señora, que la Gracia sea con vos.
Pude escapar de puro milagro y temo por mi vida. Me encuentro en El Capricho de la Doncella, en Sherk.
No sé cuánto tiempo podré estar aquí.

Que Alhiman os guarde.

La frase final era una fórmula habitual de despedida en el Imperio del Káikar, así que a Yuria le quedaron pocas dudas: H.T. eran las iniciales de Heddard Theuvos, el viejo cartógrafo kairk que acompañaba a la delegación del príncipe Rakos Ternal de Undahl.

Aun a riesgo de tratarse de una trampa, se apresuraron a buscar al hombre, que quizá les podría proporcionar una buena información acerca de los planes de Ternal y la Sombra. Por fortuna, no se trataba de ninguna trampa y Theuvos se encontraba realmente en la posada que había indicado, con un par de compañeros. En un viaje rapidísimo volvieron a la sede de Tarkal sin más incidencias, al abrigo de la noche.

Una vez a salvo, Heddard, con su habitual gesto de mesarse el largo bigote, les explicó que hacía tiempo que su camino, el del Imperio y el de la Confederación habían divergido, pero que no había encontrado el momento de abandonarlos. Ahora, con Ilaith fuerte y gente que le parecía mucho más recta al frente de la Confederación (y, sobre todo, capaz de protegerle de los muchos enemigos que lo buscarían a partir de ahora) había aprovechado para escapar discretamente. Yuria le tranquilizó con la más sincera de sus sonrisas; ella había admirado siempre el trabajo de aquel anciano, y ahora lo tenía por compañero. Los conocimientos del kairk también les serían útiles si en algún momento tenían que investigar el kaikarésta o los territorios del Imperio. De momento, su conocimiento de las islas de kregora probó su utilidad cuando confirmó que el contorno de las islas dibujadas en el mapa del padre de Yuria no correspondían con ninguna de las islas de las explotaciones del mineral; y lo podía decir con total seguridad, pues él mismo se había encargado de cartografiar la mayoría de ellas. Por lógica, las islas de Yuria debían de encontrarse, por tanto, aún más hacia el oeste o hacia el sur (si es que era verdad que su padre las situaba en el Océano Astario).

Aquella misma noche se reunieron de nuevo con la delegación de Esthalia. El duque Estigian y los nobles renovaron su compromiso con Ilaith y la Confederación, que juzgaban ahora en buenas manos, y anunciaron su retorno a Nátinar. Decidieron por otra parte que en Eskatha se quedaría Alexann como delegado. A su vez, como ya habían decidido los de Tarkal en una conversación anterior, Keriel Danten acompañaría a los esthalios a su patria natal con poderes para la negociación. Y para honrar la alianza que había negociado el duque como valido de Esthalia, este dio autorización a Alexann para anunciar en el Hemiciclo el apoyo de Esthalia a las aspiraciones de Ilaith a la Cancillería. La Gerente de la Confederación sonrió complacida, y miró al grupo con un destello de orgullo en sus ojos.


jueves, 18 de julio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 2

Buscando Respuestas
Llegó el día de  Nochebuena. Patrick había "despertado" a su nueva vida la madrugada del día 22 de diciembre, el solsticio de invierno, justo cuando había tenido lugar el ritual de Tunguska, y tanto él como Sigrid, acompañados de sus parejas, decidieron visitar a sus respectivos hijos poseídos por demonios. Ambos se encontraban custodiados casualmente (o quizá no tan casualmente) en el mismo convento, el convento de la Iglesia del Redentor, en Brooklyn. Patrick prefirió interactuar mínimamente con Lupita, muy a su pesar; por su parte, Sigrid consiguió entablar unos momentos de conversación con su hijo a través de la  ventana de su habitación, e incluso pudo acariciarlo con lágrimas en sus ojos cuando él le pidió que lo sacara de allí; pero cuando el adolescente cogió la mano de su madre con una fuerza excesiva, sus ojos se tornaron sombras y su voz cambió a un tono más grave para proferir varias blasfemias, la monja supervisora dio una orden al guardián, que liberó a Sigrid del agarrón y cerró la ventana. El peso de los acontecimientos y los nuevos recuerdos cayó de lleno sobre la anticuaria, que sufrió una crisis de ansiedad. Afortunadamente, Patrick consiguió aliviarla con unos minutos de charla.

Convento de la Iglesia del Redentor


El día siguiente, después de pasar una noche agridulce con sus familias, todos se reunieron de nuevo en la sede de la CCSA. Decidieron echar un vistazo entre todos a los informes sobre los que el congresista Ackerman había llamado la atención de Derek. No tardaron en poner en común los nombres de los principales sospechosos de cada caso: Edward H.(Henry) Freeman, Henry Count y Rebecca Clarkson. Intercambiaron miradas de preocupación, pero también una renovada esperanza acudía a sus ojos; alguna parte del nombre de Henry Clarkson aparecía en cada uno de los sospechosos... ¿Qué querría decir aquello? No lo sabían, pero estaban dispuestos a averiguarlo. No había fotos ni de Clarkson ni de Freeman, y donde debería haber estado la foto de Count adjunta al dossier, alguien la había perdido o arrancado. Así que la apariencia de los sospechosos les era esquiva. En los expedientes Clarkson y Freeman se daban algunos datos sobre los posibles domicilios de los sospechosos, pero muy vagamente; el dato más fiable estaba en el dossier de Count; en él se reseñaba que este se encontraba ingresado en el hospital psiquiátrico Grasshopper Hills, sito en el condado de Westchester; Sigrid se sintió extraña al reconocer el nombre del sanatorio donde su hermana había estado internada en su anterior vida. Al parecer, los doctores habían diagnosticado a Henry Count con el único caso conocido en el mundo de Dejà Vu constante, lo que le incapacitaba para llevar una vida normal; eso, unido al hecho de que lo perseguían los acontecimientos extraordinarios, había provocado que el estado lo internara en una habitación de vigilancia intensiva.

Mientras departían acerca de los nombres y de lo extraño de la ausencia de fotos surgió el tema de las diferencias en el mundo en que vivían en ese momento y el de su vida anterior; era evidente que todo parecía más... oscuro, más sombrío, en esta nueva realidad; sin duda, los demonios presentes durante la ceremonia de Tunguska habían tenido algo que ver con ello. Además, Patrick sugirió que deberían tener claro qué había cambiado en los hechos históricos de uno y de otro. En esto, los conocimientos de Sigrid resultaron importantes, puesto que era la única con los conocimientos (y recuerdos) de historia necesarios procedentes de la realidad anterior. Varios hechos resultaron haber cambiado entre una encarnación de la realidad y otra: primero, la existencia del Imperio Bizantino se había prolongado al menos un par de siglos más que en la realidad anterior, y además su disolución se había producido de forma pacífica, disgregándose en estados más pequeños o anexándose a los de su alrededor; se decía que los bizantinos habían contraído matrimonio con las líneas sucesorias de todos los reinos y estados importantes de la historia. Además, algo había cambiado a partir del reinado del emperador León IV, conocido como "el Jázaro" (¡ese nombre otra vez!). Mientras que en la realidad anterior León había sido asesinado por Juan I Tzimiskes, en esta existencia había sido totalmente al revés. De esa manera, la dinastía de León (descendientes de los Jázaros por el matrimonio de los padres de León, Constantino V e Irene Tzitzak) había perdurado hasta el final del Imperio... Por otro lado, como más tarde averiguaría Tomaso, en varias páginas web conspiranófilas se hablaba de que la sangre de León se había mantenido pura hasta la actualidad, y que sus descendientes formaban la élite que controlaba el mundo en la sombra. Y no solo eso, sino que a lo largo de la historia se les conectaba con multitud de movimientos relacionados con la brujería, artes ocultas y filosofías esotéricas; incluso se afirmaba en algunas fuentes que el Gran Mago y otrora Gran Maestre del Ordo Templi Orientis Aleister Crowley no era sino uno más de los descendientes de la línea jázara. El corazón de Tomaso latió más rápido; ¿era posible que aquello fuera el origen de todo Mal?

Al parecer, los Jázaros, de los que ya les habían hablado Anne Rush y St. Germain antes de Tunguska, debían de haber conseguido al menos uno de sus objetivos con el ritual, si todo aquello era cierto.

Las diferencias en la historia no acababan allí; Sigrid también encontró disparidades en la Revolución Francesa, el Imperio de Napoleón, la Segunda Guerra Mundial (que se había prolongado un par de años más) y la Unión Soviética, pero no parecían tan importantes como las encontradas en la línea del Imperio Bizantino. También encontraron referencias al Conde St. Germain en esta realidad, referencias datadas en los siglos XVII y XVIII, semejantes a las de la realidad anterior.

Poco antes de la hora de comer, y a petición de Tomaso, los cuatro se trasladaron al domicilio de Sally. Allí, los tres compañeros del italiano corroboraron y apoyaron la historia que le había contado a la periodista, y a ella, tras muchos años de confianza, no le quedó otro remedio que creerlos. No tardó en preguntarles acerca de detalles de "la otra realidad", interesándose por qué relación tenían, cómo era ella... tras responderle lo mejor que pudieron, le prometieron que harían todo lo que fuera posible para que recordara. Poro otra parte, después de que Patrick le explicara los detalles de la recreación de la existencia, Sally se quedó pensativa; a los pocos momentos, se levantó, diciendo que había recordado algo. Cuando regresó, llevaba en la mano un ejemplar de la revista llamada Nuevo Amanecer, que Tomaso conocía muy bien, pues trataba sobre temas esotéricos y ocultistas. En la portada podía leerse el título de varios artículos que daban a entender que los articulistas estaban bastante bien informados sobre la realidad del Submundo Ocultista... así lo daban a entender títulos como "El poder simbólico de los Libros" y  "Parásitos dimensionales: ¿entre nosotros?". Pero el artículo que más llamaba la atención era uno titulado "¿Es esta realidad una farsa?", firmado por un tal ¡H. Clarkson! La "H" correspondía al nombre "Howard", pero otra vez se trataba de una casualidad demasiado extraña. En el artículo, Clarkson hacía referencias a la recreación cíclica del Universo y a una figura que el grupo entendió que correspondía al Conde St Germain.

Tras una breve investigación, Sally y Tomaso averiguaron que el tal Howard Clarkson había sido asesinado poco después de la publicación de su artículo, hacía un par de meses. Su cara había resultado destrozada y no había fotos de él ni ningún registro en internet antes de su colaboración en Nuevo Amanecer, así que metieron al articulista en el mismo saco que los sospechosos de la CCSA.

Al atardecer se trasladaron por fin al sanatorio "Grasshopper Hills" con la intención de visitar al tal Henry Count. Pero las identificaciones de la CCSA probaron no ser lo suficientemente intimidatorias, así que el encargado de planta les impidió el paso sin una orden judicial. El grupo se reunió con uno de los doctores encargados del tratamiento de Count, un tal Williams, intentando convencerle de que había un problema de alerta sanitaria relacionado con él, pero no lo consiguieron.

 —Vaya, alguien ha metido la pata aquí —dijo el doctor Williams, con cara de pocos amigos.

El doctor les mostró el informe de Count que traía consigo, y justamente donde debería haber estado su rostro en la foto, alguien había derrmado un poco de café que impedía su identificación. La frustración fue en aumento cuando, consultando el dossier informático, todas las fotos del paciente parecían haberse corrompido. Increíble.

Para complicar aún más la situación, Derek pudo ver por el rabillo del ojo cómo uno de los dos guardas de seguridad que les habían recibido en la entrada sacaba una foto del grupo mientras hablaban con el doctor. El guarda se marchó rápidamente, sin dar tiempo a reaccionar al director de la CCSA NY. Finalmente, Patrick consiguió un acuerdo con el doctor por el que le permitirían echar un rápido vistazo a la habitación de Count al menos para tratar de identificarlo físicamente; así lo hicieron, pero en los breves segundos en los que permitieron la apertura de la puerta de la habitación Patrick no pudo ver al paciente, porque se encontraba sentado en un sillón de espaldas; parecía que las casualidades conspiraban para que no pudieran ver el rostro de ninguno de los sospechosos de los expedientes. Ante la negativa del doctor y los vigilantes a abrir de nuevo la puerta debido a la peligrosidad de interactuar con Count, Patrick desistió y se marchó, frustrado.
 
Escamados por cómo se habían desarrollado los acontecimientos en el sanatorio, Derek y Jonathan decidieron quedarse por la noche para vigilar. Alejaron el vehículo (en las calles de la zona no había prácticamente automóviles aparcados, mucho menos por la noche) y se apostaron tras unos arbustos. Efectivamente, tal y como habían supuesto, no tardó mucho en haber movimiento. Sobre la una de la madrugada, varios vehículos hacían acto de aparición: dos coches de policía encabezando y cerrando una comitiva compuesta por dos todoterrenos negros y una ambulancia, en completo silencio. Transcurridos cuarenta minutos, la comitiva se marchó por donde había venido, igual de discreta.

El día siguiente, Derek consiguió con algunos problemas una orden judicial para poder visitar a Henry Count en el sanatorio, aunque el grupo ya no tenía muchas dudas de que debían de haberlo trasladado. Y así era: una vez que llegaron allí, otro de los doctores encargados de su supervisión les confirmó que el paciente había sido trasladado por la noche. En el registro informático figuraba su traslado a eso de la una de la mañana con destino al hospital militar de Saint John. Al parecer, los traslados nocturnos no eran la norma, pero tampoco podía decirse que fuera algo excepcional. Irritados, pidieron que les dejaran ver las grabaciones de seguridad de la noche anterior, y contra todo pronóstico, los encargados accedieron. Tomaso sintió un escalofrío cuando de uno de los todoterrenos bajó un tipo delgado, cetrino y bien vestido que identificó como Salvatore Leone. Salvatore era el hijo de don Francesco Leone, uno de los mafiosos más importantes del estado de Nueva York, que había contratado sus servicios en más de una ocasión. Nadie más del grupo reconoció a ningún otro de los individuos que salieron de los coches. Al cabo de una media hora, la comitiva volvió a salir del hospital llevando en una camilla al que debía ser Henry Count; no obstante, fueron incapaces de identificarlo porque en ningún momento su rostro fue captado por la cámara: durante todo el intervalo de grabación algún obstáculo (uno de los guardianes, su propio pelo...) interfería en la visión de su cara. Y eso era todo; un equipo de enfermeros y tipos trajeados se había llevado de un sanatorio mental a un interno bajo la supervisión de un importante mafioso... aquello apestaba a podrido.

Por supuesto, más tarde se trasladarían al hospital de Saint John, pero antes querían hablar con el guardia de seguridad que les había tomado la foto el día anterior. Al infomarse de que el guarda no entraría hasta el turno de noche, decidieron ir a su casa; su nombre (Robert Heart) y dirección fueron proporcionados por uno de los celadores a cambio de unos pocos billetes.

El tal Heart resultó vivir en un edificio de apartamentos bastante aceptable en Bronx. El grupo no tardó en plantarse en el rellano ante su puerta. Dentro, se oía la televisión. Llamaron al timbre varias veces, pero no recibieron contestación alguna. Así que Tomaso y Derek decidieron echar la puerta abajo. Algunos vecinos salieron al rellano e increparon al grupo por el ruido, aunque los ánimos se acallaron cuando se identificaron como "agentes federales". Derek y Tomaso se quedaron petrificados cuando accedieron al apartamento y vieron a Heart y a las que debían de ser su mujer y su hija muertos sobre sus platos de comida, en una mesa ante el televisor. Todo daba a entender que la familia había sido envenenada, seguramente con la bebida; una inspección rápida reveló un broche con motivos orientales que se apresuró a recoger. Parecía estar hueco y seguramente había contenido el veneno que acabó con la vida de los tres comensales. En la habitación del matrimonio encontraron dinero y armas, y justo antes de que llegara la policía a la escena se apropiaron del teléfono de la mujer; el de Robert había desaparecido, como ya esperaban.

Tras esquivar sin mayores problemas a la policía gracias a su condición de agentes federales y dando unas erráticas explicaciones sobre emergencias sanitarias, se dirigieron al hospital militar donde la comitiva nocturna había trasladado a Henry Count. Allí no tuvieron problemas en acceder utilizando la orden judicial y en que les permitieran acceder a la habitación de Count. Este no hablaba, mostraba un estado de catatonia bastante avanzasdo. Patrick por fin pudo ver su rostro, pero su aura delataba una normalidad que no coincidía con los sucesos extraordinarios que provocaba. Sin duda habían ingresado allí a un sustituto; eran bastante parecidos físicamente, por lo poco que habían podido ver de espaldas y en fotos corrompidas, pero sin duda aquel no era Henry Count. Decidieron disimular y marcharse satisfechos con lo que habían visto, por si acaso alguien los observaba, pero por dentro la desesperación era mayúscula.

Visitaron también la empresa a la que pertenecía la ambulancia que presuntamente había trasladado al paciente desde Westchester (y que, como les informó Tomaso, pertenecía a la familia Leone), pero el joven que estaba allí a cargo no parecía saber nada, ni les puso ningún impedimento para inspeccionar el vehículo, que se encontraba allí aparcado. Tampoco extrajeron ninguna información útil del GPS, así empezaron a darle vueltas a la idea de que quizá tendrían que acudir directamente a la única pista que tenían, a Salvatore Leone.



martes, 9 de julio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 1

Una Nueva Encarnación
Poco después del amanecer Patrick encontró por fin las fuerzas necesarias para ponerse en marcha después de asimilar la paradoja de su nueva vida no vivida. Afortunadamente, la existencia de sus amigos hacía vibrar un pequeño rincón de su mente y esperaba poder reunirse con ellos pronto.


Derek, Patrick, Sigrid y Tomaso

Mientras desayunaba en una cafetería cercana, el profesor casi se atraganta cuando vio un programa matutino en la televisión donde presentaban al "excelentísimo alcalde de Nueva York" ¡¡¡Dan Simmons!!! Dio un respingo, pero mantuvo la calma; era posible que Simmons fuera una persona completamente diferente en esta existencia; esperaba que así fuera.

Tras un par de averiguaciones, descubrió que Derek seguía siendo el director de la CCSA en Nueva York en esta encarnación; eso le facilitaría las cosas. Llamó a la oficina, donde le dijeron que resultaría imposible que el director Hansen lo recibiera por encontrarse de baja laboral; si lo deseaba, podría encontrarse con la subdirectora Margaret Berger. Patrick rechazó el encuentro con la subalterna y recurrió a su lazo kármico con Derek para intentar encontrarlo por pura intuición. Fue costoso, pero tras dar algunas vueltas llegó por fin al edificio donde debía de encontrarse su amigo; su vínculo así lo revelaba.

*****

Derek bebió un sorbo de su vaso de whisky, preocupado porque tenía la sensación de que el rostro de su compañera —y amante— Susan se estaba difuminando en sus recuerdos. Ya hacía dos meses que la había encontrado muerta en aquella cochambrosa habitación de hotel, a ella y Ethan Philips, otro valioso agente de la CCSA. El congresista Ackerman le había obligado a coger unos meses de descanso mientras se alargara el tratamiento psicológico, pero él no había cejado en su empeño de investigar qué había pasado. Poco antes de su muerte, Susan le había telefoneado diciéndole que en la guantera de su coche tenía una copia del informe sobre sus pesquisas; había gente realmente importante implicada en "algo muy gordo". Después de gritar desesperado por la muerte de Susan en la habitación del hotel, había corrido al coche, que se encontraba en llamas, y había podido salvar algunos de sus papeles. Con paciencia y mucho cuidado por su mal estado, había conseguido deducir algunos nombres: Dan Simmons (el alcalde), Tomaso Belgrano (este nombre le sonaba de algo), Alex Abel (un multimillonario de color bastante conocido), y un tal Edward Freeman (totalmente desconocido para él). Se estaba rompiendo la cabeza desde hacía días intentando descubrir alguna conexión entre ellos, pero de momento no había tenido éxito. Y ahora alguien llamaba al timbre de su puerta.

Patrick tuvo que insistir tres o cuatro veces antes de que Derek reaccionara, algo molesto por la interrupción. Pero cuando el director de la CCSA abrió la puerta, el enfado pasó para dar paso a otro sentimiento... una especie de... reconocimiento familiar. Así las cosas no hizo falta mucha insitencia para que hiciera caso de la petición de Patrick de salir juntos a tomar algo a una cafetería cercana. Allí, el profesor le contó a Derek la verdadera historia de su vida, lo que habían pasado juntos y lo que había sucedido en Tunguska. La extrema elocuencia de Patrick tuvo su efecto al cabo de una media hora: los recuerdos acudieron en tropel a la mente de Derek, que tuvo que contener un gesto de dolor y una sensación de náuseas que casi da con él en el suelo. Patrick llevó a su amigo hasta los servicios, donde tuvo que aplicar al máximo sus conocimientos de psicología para que este no colapsara. Al cabo de un rato, tras haberse abrazado y derramado alguna lágrima, volvían a la mesa para evaluar qué había sucedido y cómo reunirían de nuevo al grupo. Por otro lado, Derek puso al día a Patrick de la tragedia que había vivido (¿o no vivido?) recientemente, y la investigación que estaba llevando a cabo.

Todo aquello convenció a Derek de que ya era hora de regresar a la CCSA para ponerse al mando de las operaciones y poder emplear sus recursos para encontrar al resto de sus amigos e intentar arreglar la situación; Patrick se mostraba convencido de que la existencia se aproximaba a un desastre y la palabra de su amigo bastaba para poner todo su empeño en remediar aquello. Ya en la CCSA, Derek presentó al profesor como un nuevo agente (realmente lo contrató)  experto en psicología. Gracias a su carisma y a la excelente presentación que hizo Derek, Patrick cayó en gracia a todos los reunidos, que le acogieron de forma muy cálida. Haciendo uso de los recursos de la agencia no les costó averiguar la direción de Sigrid, un lujoso ático junto a Central Park. Con Tomaso no hubo tanta suerte, así que dejaron su descripción a un par de agentes a los que encargaron su búsqueda en las bases de datos.

*****

Sigrid parloteaba sin cesar al teléfono cerrando un importante negocio para Emil Jacobsen, haciendo uso de los contactos proporcionados por Paul van Dorn. Si cualquiera de ellos otro se enteraba de sus relaciones con el otro, sin duda se cabrearían, y eso hacía que el rostro de la anticuaria esbozara una sonrisa de superioridad. Casi compensaba los recientes problemas que había tenido con la administración por evasión fiscal. Afortunadamente, los bibliomantes tenían trucos suficientes para que sus denuncias desaparecieran como por arte de magia, nunca mejor dicho; ya tenía suficientes problemas con la posesión de Daniel y su custodia en aquel puñetero convento del Bronx.

Tuvo que interrumpir la conversación cuando el conserje llamó por la línea interna; a través de la cámara de recepción le informó de que había dos hombres que deseaban encontrarse con ella. Al ver a Patrick y a Derek a través de la imagen, Sigrid tuvo una sensación que solamente pudo calificar de "extraña". No supo por qué, pero le dijo al conserje que los dejara subir. Pocos instantes más tarde, abría la puerta ella misma, rechazando con un gesto displicente a su mucama. La sensación en sus entrañas e aguzó aún más cuando tuvo a los extraños en persona ante ella; sin saber todavía muy bien por qué, los invitó a pasar. Esta vez Patrick no lo tuvo tan fácil. La aversión de Sigrid por el desorden material y espiritual no dejó que hablara más que unos pocos minutos antes de que ella, horrorizada, los invitara a abandonar su apartamento. Patrick, buen conocedor del carácter de su amiga, juzgó que sería mejor marcharse y volver a intentarlo pasado un tiempo prudencial, mientras asimilaba lo poco que había podido relatarle hasta el momento.

De vuelta a la CCSA, la subdirectora Berger tenía noticias: la descripción que habían dado de Tomaso coincidía con el retrato de un sospechoso realacionado con la mafia italoamericana del que solo constaba el apodo "Mr. Fixer". Un rápido vistazo al retrato permitió que lo identificaran sin ninguna duda como Tomaso. Por desgracia, no había ni rastro de algo parecido a una dirección; eso sí, llamaba la atención que había sido visto en las inmediaciones del crimen de la agente Susan.

Al carecer de ninguna pista, Derek y Patrick decidieron intentar utilizar el vínculo kármico tal y como el profesor había hecho para encontrar a Derek en primera instancia.

*****

Tomaso se encontraba en una de sus cafeterías preferidas, compartiendo un café con su amiga (en realidad, algo más que amiga) Sally Whitfield. La información que ella le proporcionaba solía serle de gran utilidad, gracias a ese grupo de hackers con el que se encontraba siempre en contacto, los  Omega Prime. Siempre había noticias nuevas en las páginas web conspiranoicas que aparecían y desaparecían en cuestión de días. Ahora mismo le estaba ayudando a averiguar por qué sus contactos en la familia parecían mostrarse tan reticentes a encontrarse con él. Todo había empezado hacía un par de meses, con el asesinato de la tipa aquella... Susan Sanders creía recordar que se llamaba, una especie de agente federal edulcorada... no había podido llegar a tiempo, pero aquello no podía eclipsar años de arreglos con éxito... ¿o sí? Había alguien moviendo los hilos muy arriba, seguro, y si alguien podía averiguar quién, esa era Sally y su grupito de frikis informáticos...

Cuando vio aparecer por la puerta al tío de la barba y al rubio nórdico sintió un escalofrío. La sensación que siguió fue extraña, pero en realidad agradable. Era como si los conociera de toda la vida, aunque estaba seguro de que nunca los había visto. Sin entender muy bien por qué, invitó a sentarse a su mesa a Patrick y a Derek, y a petición de estos, Sally se marchó para que pudieran hablar a solas.

Tuvieron una larga conversación durante la que Tomaso no pareció reaccionar de ningún modo, a excepción de esa sensación de familiaridad que reconoció sentir. Así que Patrick decidió pasar a cosas mayores; haciendo uso (bastante peligroso) de su habilidad de alteración del continuo, consiguió inundar la mente de Tomaso con sus recuerdos. El italiano no pudo llevarlo tan bien como lo había hecho Derek, y se vio colapsado por el súbito aluvión de memorias. Hubieron de sacarlo de allí entre sollozos y mareos, y no pudo reaccionar más que al cabo de un par de horas. Le parecía increíble lo que había pasado, pero abrazó a sus amigos estrechamente, con ese sentimiento de complicidad que daba el sospechar que serían de los poquísimos en el mundo que sabían lo que había sucedido realmente con la Creación, si es que realmente había algún otro que lo recordaba.

Por la tarde, Tomaso iría a sincerarse con Sally mientras Patrick llamaba a la Universidad para informar que dejaría de asistir algunos días y visitaba el convento (en Bronx) donde tenían bajo custodia a Lupita. A Sally le costó mucho creer la historia de su amigo, pero ante la insistencia de este comenzó a dudar. Tomaso comprendía su reticencia; si él hubiera estado en el lugar de ella, seguramente habría reaccionado mucho peor. A Patrick le permitieron ver a Lupita a través de un estrecho ventanuco; no pudo observarla durante mucho rato, pues no se parecía en nada a la dulce niña que había amado (o no) los pasados años. Las posesiones parecían estar a la orden del día en esta nueva encarnación de la existencia, al menos desde los pasados cien años o cosa así; en el convento se encontraban custodiados varias decenas de niños, y solo en la ciudad de Nueva York había al menos una docena más de edificios parecidos a este.

El día siguiente, reunidos de nuevo los tres, se dirigieron a visitar de nuevo a Sigrid. Patrick volvió a insistir durante el desayuno en que debían actuar porque la existencia estaba... "mal". Estaba seguro de que la realidad se encontraba en un estado inestable y que no iba a hacer más que ir a peor. No sabía realmente qué significaban exactamente sus palabras, solo que podía sentir esa especie de inestabilidad metafísica de fondo que abocaba a la existencia al desastre.

Sigrid volvió a recibirles en su apartamento con algo de impaciencia, porque justo en ese momento se estaba arreglando para una importante comida con Emil Jacobsen, con otros libreros y con Franz Liszt, ministro de cultura de Austria. Esta vez no se andaron con chiquitas: recurrieron a los recuerdos más traumáticos de la anticuaria para intentar hacerla reaccionar; mencionaron a su hijo Daniel, la lengua Alter, su período de posesión, su tratamiento de choque... y por fin su mente se abrió. El impacto sobre su consciencia fue incluso mayor que el de sus compañeros, pues ella había sido (o no sido) una persona mucho peor en esta encarnación. Su Yo sufrió mucho con aquella revelación, pero afortunadamente se encontraban en un sitio privado y seguro y pudo emplear todo el tiempo que fue necesario para asimilar los recuerdos y recuperarse. Evidentemente, tuvieron que excusarla ante Emil Jacobsen fingiendo una enfermedad repentina.

Cuando Sigrid se recuperó lo suficiente fue el momento del emotivo reencuentro; el cuarteto estaba al completo por fin. El silencio cómplice se alternó con la charla preocupada en la que intentaron decidir su curso de acción. Hablaron sobre Tunguska, sobre el Conde St. Germain, sobre las sensaciones apocalípticas de Patrick, y sobre el Polvo de Dios. Al parecer, en aquella realidad, Robert se había retirado de la vida pública hacía unos pocos años, y el Polvo era mucho más raro de ver.

A media tarde alguien llamó al timbre. La cámara reveló la presencia en el vestíbulo de Emil Jacobsen y los libreros Jack y Rose. Y tenían pinta de cabreados. Sigrid los recibió con ropa de casa y fingiendo encontrarse fatal, mientras el resto del grupo se ocultaba. Finalmente, Emil y los demás se marcharon, poco convencidos y bastante molestos.

Se trasladaron a la CCSA, donde Derek les concedió un pase de colaborador, y este recibió una llamada de Philip Ackerman. El congresista dio la bienvenida al director, y tras asegurarse de que se encontraba recuperado de su trauma con Susan llamó su atención sobre tres casos que la subdirectora Berger había tramitado durante su ausencia. Los casos resumían la esencia de aquello para lo que había sido creada la CCSA, puesto que todos ellos giraban alrededor de sujetos implicados en sucesos extraordinarios, quizá incluso sobrenaturales. Cada sujeto tenía un nombre real y un nombre en clave; los nombres en clave eran "Extraño", "Extremadamente Peligrosa", e "Inestable". El corazón de Derek dio un vuelco cuando leyó el nombre real del tercer sujeto, de Inestable: Edward Freeman. El cuarto nombre, desconocido, que figuraba en los papeles del informe de Susan... tendría que estudiar aquello más a fondo. Además, aquello le recordó que Tomaso también figuraba entre los implicados. Derek también aprovechó la llamada del congresista para preguntarle por su relación personal con el alcalde, Dan Simmons. Ackerman no respondió otra cosa sino lo que el grupo esperaba: nunca se había llevado bien con Simmons, porque era un tipo sucio. Su carisma empequeñecía cualquier asunto turbio que lo implicara, pues la gente lo adoraba; pero Ackerman afirmaba que eran conocidos por un pequeño círculo los contactos del alcalde con la mafia, los yakuza, las tríadas y quién sabía qué más; se rumoreaba (en voz muy muy baja) que él mismo era la cúspide de un imperio del crimen de extensión internacional.



viernes, 21 de junio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 48

El Día del Juicio
Una vez que Anne Rush y la mayoría de Hijos habían llegado a Moscú, se convocó una reunión en el restaurante del hotel para decidir los pasos a seguir. El hotel había sido reservado en su totalidad por St. Germain, así que los reunidos estaban a salvo de oídos indiscretos (a excepción del propio personal del hotel, debidamente desalojado durante aquellos cónclaves).

Derek, Patrick, Sigrid y Tomaso

Durante el encuentro, se intentó hacer un recuento de todos los posibles aliados que podrían conseguir; Patrick mencionó a los Atlantes, Tomaso a los Adeptos de San Miguel (aunque tuvo cuidado de no revelar su nombre ni su naturaleza de momento, fiel al juramento que les había hecho en su juventud) y también a Jan Borkowski y la Orden de San Cecilio. Sigrid, por su parte, informó de que ya había contactado con los librero Van Dorn y Jacobsen y estaba esperando una contestación. Dan Simmons también informó que sus contactos con "sus amigos japoneses" y "sus colegas norteamericanos" seguían por buen camino.

El grupo también describió con todo lujo de detalles su odisea en Tunguska de hacía un par de meses. A medida que iban relatando la experiencia, los rostros de los reunidos expresaban una mayor preocupación. Si aquel lugar provocaba unas visiones y unas experiencias tan extremas —dijo Anne Rush— no podrían sobrevivir sin algún tipo de protección. Acto seguido pasaron a evaluar sus alternativas, y mientras se discutía sobre cómo entrar a la devastación del lugar, Patrick recordó que Lazarev y los rusos estaban extrayendo una gran cantidad de komerievo con la intención evidente de crear Polvo de Dios; eso quería decir que el Polvo debía de proteger de alguna manera de las enloquecedoras experiencias sobrenaturales. Y así lo expuso a los presentes. Dan Simmons esbozó una media sonrisa cuando el profesor reveló que les quedaban varias dosis, y que tenían la posibilidad de hacer más. Simmons afirmó que a aquellas alturas era una tontería andarse con tapujos y que él mismo y algunos más de los reunidos allí ya sabían que era Robert quien fabricaba el Polvo. Revelada aquella información, pronto se harían los preparativos para que Robert dispusiera de un laboratorio lo antes posible.   También se decidió que con las dosis disponibles se llevaría a Tunguska a dos sujetos de prueba para ver si la sustancia realmente era efectiva para protegerse de los efectos de la Estadosfera. Como Robert afirmó que, por su experiencia, más de una dosis de Polvo era inútil en una persona "normal", se decidió que los sujetos de prueba serían un "normal", John Ashton, y un adepto, Gerard. El día siguiente partirían junto con media docena de Hijos hacia Tunguska. Esa noche, ya a solas, tendría lugar una fuerte discusión entre Sigrid y Patrick por decidir cuántas de las cuatro dosis de las que disponían se proporcionarían para la prueba, y finalmente el profesor se marcharía molesto a emborracharse, arrojando las bolsitas de polvo rojo al suelo.

Una vez zanjado ese tema, Derek continuó ofreciendo opciones sacando de su bolsillo la esquirla del monolito que habían conseguido en la casa del profesor Nicholas. Lanzó al aire la cuestión de si a alguien se le ocurría cómo usar aquello. St Germain rebulló incómodo al reconocer el pequeño fragmento, pero no pudo encontrar ninguna utilidad para él. Solo que, según él, cuando acabaran con el asunto de Tunguska, "habría que dedicar todos los esfuerzos posibles a destruir aquel monolito del que hablaban".

También se mencionó la situación en Roma, pero aquello ya eran demasiados problemas para ser tratados a la vez. Así que, de madrugada ya, se desconvocó la reunión con diversos encargados de conseguir todos los aliados posibles, entre ellos varios de los miembros del grupo.

La mañana siguiente, Derek conseguía contactar por fin con Dulce da Silva, a la que expuso toda la situación e insistió sobre su gravedad. Consiguió convencerla de ello sin muchas dificultades, y ella le aseguró que haría todo lo posible por que "Cardoso" (el líder Atlante, Daniel Cardoso) accediera a mantener una conversación.

Previamente, Tomaso había hablado de madrugada con Jan Borkowski, a quien también había expuesto la situación en Tunguska y el posible apocalipsis al que se enfrentaban. Fue lo suficientemente incisivo para convencer a Jan de la urgencia de la situación y celebrar una reunión con él en el pueblecito cercano a su villa al norte de Roma. Así mataría dos pájaros de un tiro: se reuniría con Borkowski e intentaría contactar con los Adeptos de San Miguel.

Poco antes de mediodía, Sigrid recibía una llamada de Ramiro. Este puso el manos libres, y acto seguido, al otro lado de la línea saludaron Paul Van Dorn, Emil Jacobsen, Ian Stokehall, Jack y Rose y algunos más. Tras una primera tentativa fallida en la que los libreros colgaron el teléfono sospechando una trampa, la insistencia de Ramiro pudo vencer sus suspicacias. Sigrid se mostró gravísima en su exposición de la situación, y aquello pareció tener su efecto sobre los reunidos. Derek se unió a la conversación un poco más tarde, y saludó efusivamente a Stokehall, que pareció alegrarse sinceramente de oírle. Tras meditar unos momentos las palabras de Sigrid, los libreros y Stokehall le prometieron llamar de nuevo cuando hubieran discutido entre ellos el mejor curso de acción. No pasarían más de un par de días antes de que contactaran de nuevo con Sigrid y manifestaran su intención de acudir a Moscú en breve plazo; y no solo eso, sino que también les acompañaría la "familia Hamilton" y varios miembros de los Durmientes. Un éxito mayor que el esperado.

En Italia, Tomaso, Derek, Sally, Sigrid y Esther llegaban sin mayores complicaciones a la villa del primero. Allí Derek abrazó largamente a sus hijos y su mujer, y todos pudieron sentir por primera vez en meses una atmósfera de paz y felicidad. Tanta, que cada un de ellos sintió en algún momento la tentación de tomar un descanso indefinido allí; pero las urgencias eran grandes, y el deseo quedó simplemente en eso. La hermana de Tomaso y su esposo seguían en paradero desconocido, y aprovechó el tiempo para consolar a sus sobrinos. El día siguiente a su llegada se reunían con Jan Borkowski en la iglesia del pueblecito cercano; el polaco apareció con cinco hermanos de San Cecilio y su aspecto denotaba un agotamiento extremo. Tomaso y Derek consiguieron convencerle de la urgencia de lo que estaba sucediendo en Tunguska, a pesar de las reticencias del sacerdote. Según Borkowski, la Orden era el baluarte más poderoso en contra de los que abogaban por la destrucción total de Roma, y su partida sería catastrófica. Pero sus interlocutores le aseguraron que Tunguska superaba en importancia a todo, asi que Borkowski decidió acompañarles a Moscú con una docena de hermanos, y dejar al padre Luis Sierra al mando de las operaciones en la capital italiana.

Durante los siguientes dos días, Tomaso se dedicó a transitar el camino de peregrinos en el que había encontrado por primera vez a los miembros de los Adeptos de San Miguel. Rezó intensamente para que el Señor le pusiera en contacto con ellos, y, según él, sus súplicas fueron oidas, pues dos hombres lo detuvieron en el camino y le preguntaron acerca de "sus urgencias".

El día siguiente, Tomaso se personaba en una villa que le habían indicado los dos extraños. Allí reconoció a varios de los adeptos de San Miguel que le habían consolado muchos años atrás, y las lágrimas afloraron a sus ojos. Derek le acompañaba, ya que le habían dado permiso para traerlo. Ambos, adiestrados por Anne Rush y ya casi expertos, reconocieron entre los presentes a un par de Avatares (el avatar del "Creyente", y el avatar del "Hombre Santo", aunque ni Derek ni Tomaso llegaron a conocer los detalles de sus arquetipos). Los ojos de los Miguelitas brillaron cuando la pareja les habló de lo que estaba sucediendo en Tunguska. Su líder, un hombre alto y moreno llamado Ángelo, planteó si no sería aquella la prueba definitiva que Dios les enviaba para proteger al mundo del Mal Supremo, y los reunidos no tardaron en convencerse de que así era. Así que Tomaso y Derek volvían por la noche a su residencia con el compromiso de los Miguelitas de viajar con ellos a Moscú. Todo parecía ir a pedir de boca en la búsqueda de aliados en Italia.

Mientras tanto, en Moscú, Robert trabajaba ya a toda prisa en su laboratorio para crear unas 80 dosis de Polvo de Dios, las que el komerievo restante le permitía. Patrick se refugiaba en el bar del hotel más horas al día de las que sería conveniente; no obstante, eso le permitió estrechar su relación con Henry Clarkson, que siempre daba buenos consejos, y sobre todo trabar contacto con Stephanie Favre, la Hija de St. Germain que se había enfrentado a la autómata Tina Lovac en el museo d'Orsay. El profesor se sorprendió al descubrir a una joven inteligente, cultivada y refinada, y notaba que junto a ella sonreía más de lo que lo había hecho en los últimos seis meses. El tercer día que cenaron (y bebieron) juntos acabaron acostados en la habitación de Patrick (que se empezaba a sentir intensamente atraído por ella), donde este besó las cicatrices de Stephanie dulcemente y acabaron haciendo el amor dejándose llevar por la pasión.

Tras la reunión con los Adeptos de San Miguel, Derek recibía por fin la llamada de Dulce y de Cardoso. Los atlantes estaban preocupados por los ataques que habían recibido últimamente. Por los helicópteros que Dulce describió, los atacantes habían sido sin duda enviados por UNSUP. Como en ocasiones anteriores, Derek les habló del asunto Tunguska y no tardó en convencerles de la gravedad de la situación, avalado por la confianza de Dulce en él. Cardoso aceptó viajar a Moscú en el plazo de una semana. Derek colgó el teléfono, agotado pero satisfecho, mientras su mujer lo abrazaba desde detrás.

En Moscú, Patrick mantenía una charla con Dan Simmons. Le preguntó acerca del tal Timofei Novikov y la conveniencia de intentar conseguirlo como aliado. El Hombre Malo pareció más alterado de lo que nunca lo había visto Patrick cuando empezaron a hablar del ruso. Le aseguró que Novikov era una persona extremadamente peligrosa y uno de los pocos que habían sido capaces de "darle una tunda", y "una tunda especialmente fuerte". Se notaba el rencor en sus palabras, pero también la sinceridad cuando Simmons le dijo que Novikov tenía su propia agenda y era absolutamente incontrolable, ni siquiera por St. Germain.

Por fin, transcurrida poco más de una semana, Tomaso y los demás volvieron de Italia acompañados de Borkowski y los suyos y de los Adeptos de San Miguel. Poco después hacía acto de aparición otra pequeña multitud encabezada por los libreros, que se hacían acompañar de un nutrido número de guardaespaldas (entre ellos Mr Thorn y Meryl Shepherd), la familia Hamilton, Ian Stokehall y los Durmientes. Stokehall y Derek se saludaron con alegría contenida pero sinceramente, y más tarde mantuvieron una larga conversación sobre los años pasado. Con los Durmientes venía un viejo conocido, Nikos Kostas, y otro más, Simeon Bar Yohai, a quien habían conocido en Madrid.

El día siguiente el hotel se llenaba definitivamente con la llegada de los atlantes, encabezados por Dulce da Silva e Isabela Cardoso, hermana de Daniel, y con los aliados de Dan Simons, los yakuza japoneses y las bandas norteamericanas.

Las dos jornadas siguientes hubo dos reuniones multitudinarias en el restaurante del hotel que se prolongaron durante casi todo el día. En ellas, Van Dorn, el mayor experto en rituales de los reunidos (a excepción del propio St. Germain, que tenía un conocimiento intuitivo) afirmó que lo que quisiera que fuese aquel ritual del Tunguska debía de encontrarse ya en marcha (de ahí los seísmos), y que sin duda, la fecha límite de la que disponían era el solsticio de invierno. También trataron el tema de las pruebas: el grupo que había viajado a Tunguska ya había vuelto, y la misión había sido un gran fracaso. Bernard Tasse, el adepto, había tomado dos dosis del Polvo y tras adentrarse en la zona no había vuelto; el otro individuo, Ashton, había caído a los pocos minutos en un estado catatónico y habían tenido que correr a sacarlo de allí. Con las cosas así, a petición de Henry Clarkson, Patrick no tuvo más remedio que revelar su extraordinaria capacidad de alterar el Continuo.

 —Es posible que con la potencia que me proporciona el Polvo, pueda utilizar mi capacidad de alterar la realidad para proteger a toda la comitiva —dijo con reticencia el profesor. Tras unos segundos de silencio, todo el mundo empezó a hablar acaloradamente.

Muchos expresaron su preocupación por lo inseguro que parecía aquel método para entrar a Tunguska, otros transmitieron su confianza ciega en Patrick y St. Germain, y finalmente consiguieron mantener una conversación civilizada con los pros y los contras de aquel método. En realidad, no les quedaba más remedio que confiar en que funcionara, pues no tenían ninguna otra alternativa.


Cuando apenas faltaban un par de días para el solsticio, entre silencios incómodos y rostros adustos, la comitiva partía en caravana a bordo de una veintena de vehículos hacia Krasnoyarsk. Iban a llegar muy justos si realmente el solsticio era el límite de tiempo del que disponían, como había dicho Van Dorn. Además de algo cansados, porque evitaron detenerse en ninguna población de camino a Tunguska. Evitando los controles de carretera gracias a las capacidades de los oniromantes, llegaron por fin al límite sur de la desolación. De las 120 personas que habían viajado a Krasnoyarsk, un contingente de unas setenta, entre las que se contaban efectivos de los yakuza, los gangsters americanos, los atlantes, la CCSA, los Adeptos de San Miguel, los Hijos de St. Germain, la Orden de San Cecilio y los libreros, se aprestó a adentrarse en la zona mientras el resto quedaría allí formando una especie de "campamento base". Esperaron a que Patrick consumiera las dosis pertinentes de Polvo (tres en concreto) y estabilizara sus habilidades. Pocos minutos después, con un extraño resplandor rojizo en sus ojos, el profesor asentía y los Hijos de St. Germain daban la orden de avanzar, con el propio St. Germain protegido en el centro del pequeño ejército junto a Patrick y Derek, y con Dan Simmons acompañándole como su sombra.

A medida que se adentraban en el área devastada, Patrick notaba cómo la realidad iba ejerciendo una presión cada vez mayor sobre su "burbuja" de realidad. Pronto la presión se fue tornando en un regular y creciente batir que distraía sus sentidos. Cada dos horas aproximadamente, renovaba la dosis de Polvo.

Pronto empezaron los problemas. Nada más entrar en la devastación del antiguo evento, la tormenta de nieve había dejado de existir y sobre sus cabezas podían ver, con un poco de vértigo, el cielo oscuro sin estrellas. Y cuando apenas llevaban recorridos unos pocos kilómetros, empezaron a ver y notar una especie de "jirones de nieve" que se movían sin viento y parecían danzar alrededor de ellos. Según los libreros, aquello debía de ser lo que los rusos llamaban "Beliyye Teni" ("Sombras Blancas"). Aquellas sombras tenían la capacidad de congelar el alma de los humanos y hacer que se unieran a ellas, y pronto, una parte de la comitiva empezó a caer. Una de las primeras en quedar inconsciente fue Stephanie Favre, y a requerimiento de Patrick, Derek la cargó sobre un hombro para no dejarla atrás; aunque allí no había tormenta, el frío seguía siendo intenso, y sin la protección de Patrick, todo aquel que dejaran atrás no tardaría en enloquecer.

Durante varias horas caminaron con la agonía de ver cómo algunos de sus seres queridos quedaban atrás, tendidos sobre el suelo helado. Finalmente, llegaron al lugar donde los rituales de Sigrid revelaban que se encontraba el libro, pero no había rastro de nada ni de nadie. Patrick luchaba contra los embates que amenazaban con hundir su protección. Pronto dedujeron, recordando los túneles a los que habían caído en su anterior visita a la zona, que el libro se debía de encontrar en algún subterráneo, así que se aprestaron a buscarlo. En el ínterin, Stephanie, su hermano y algunos más que habían caído y el resto había juzgado demasiado valiosos para dejar atrás, fueron despertando.

Tras aproximadamente una hora, alguien dio la voz de alarma. Desde detrás de un macizo de rocas a a poco menos de un kilómetro de distancia había empezado a aparecer gente. En principio parecían humanos, pero pronto se dieron cuenta, por la velocidad con que algunos se movían hacia ellos, que no todos debían de serlo. Con un rugido, Tomaso y Dan Simmons corrieron al frente seguidos de los yakuza para oponerse a los que llegaban. Desde atrás, los adeptos y los religiosos comenzaron a lanzar sus pequeños rituales y pronto se unían también a la lucha. Se emplearon a fondo. Las figuras que se movían tan rápido no eran sino demonios, que manifestaban sus poderes descaradamente, suponían que ayudados por la especial situación de la realidad en aquella zona. La lucha fue cruenta y pronto empezó a diezmar las filas de los yakuza y los gangsters. Dan Simmons se encontró con un demonio enorme y el golpe que este le propinó en el esternón lo lanzó varias decenas de metros hacia atrás, para preocupación del grupito que acompañaba a St. Germain. Derek abandonó este grupo cuando se incorporó también a la lucha. Cuando ante los ojos del director de la CCSA Dan Simmons parecía a punto de sucumbir a las garras del demonio que lo había abatido, un brutal rayo negro procedente del este arrancó la cabeza del engendro. Un tercer grupo se incorporaba a la lucha, rodeados de una nube de pequeños ingenios mecánicos: Timofei Novikov y sus acólitos atacaban a un lado y a otro indistintamente, con una fuerza y un poder que no parecían poder ser igualados.

Mientras tanto, Patrick y el conde se dirigían sin detenerse hacia el macizo de rocas donde suponían que estaba la entrada de la que no paraba de salir aquella gente. Además de los demonios, y los efectos arcanos de la gente de Novikov, las balas sonaban a su alrededor, respondidas por disparos de sus propios hombres.

Desde un punto indeterminado en su retaguardia, alguien dio la voz de alarma: ¡¡¡Misil!!! Alguien equipado con un lanzamisiles había lanzado un proyectil hacia la zona donde se encontraba St. Germain; con un esfuerzo que le hizo sangrar la nariz, Patrick consiguió desviarlo evitando que causara bajas masivas en sus filas. Antes de que sus hombres pudieran acabar con el enemigo fuertemente armado, un segundo misil fue disparado. De nuevo Patrick desvió su trayectoria, aunque esta vez un poco menos, y el impacto afectó a varios de los suyos y de Novikov. La línea de atlantes e Hijos de St Germain entraron por fin de lleno en la refriega y (cayendo muchos en el esfuerzo) unidos a un Dan Simmons potenciado por una dosis de Polvo de Dios, dieron el empuje final necesario para que Patrick y St. Germain llegaran a la entrada de los túneles, de donde seguían saliendo enemigos. Afortunadamente, el vínculo que unía al grupo desde el rescate de Derek era fuerte y consiguió mantenerlos unidos durante toda la travesía hasta acceder a la entrada. Dan Simmons, Derek y Tomaso abrían paso por pura fuerza física hasta que en un momento dado alguien arrojó algo contra St. Germain. Uno de los endemoniados arrojó una pequeñísima esquirla negra muy parecida (si no igual) a la que Derek llevaba en el bolsillo y que había enseñado en la reunión del hotel. La esquirla alcanzó al conde en algún punto, y este se detuvo, lo suficiente como para recibir un tiro en la frente que...

El corazón de Patrick subió casi hasta su boca al ver la muerte de St. Germain tan de cerca, y su reacción fue prácticamente inconsciente e instantánea: sacando fuerzas de no sabía dónde, hizo retroceder el tiempo a su alrededor unos diez segundos, lo justo para poder advertir al conde que se agachara. El esfuerzo hizo que tuviera que consumir una nueva dosis del Polvo. Por fin, un último arreón de Dan Simmons y Tomaso enaltecidos por el Polvo de Dios y un túnel abierto en diagonal gracias a la capacidad de alterar el entorno de Patrick, permitió que el grupo se viera libre de enemigos a su alrededor y pudiera recuperar el aliento. A la escasa luz de sus linternas, se miraron unos a otros, con los músculos agarrotados; el contingente se había reducido al propio St. Germain, Patrick, Sigrid, Tomaso, Derek, Anne Rush y Dan Simmons.

Reanudaron penosamente la marcha, desembocando en otro túnel donde enseguida pudieron oir, además del estruendo de la batalla, cánticos a lo lejos. A medida que se acercaron a ellos pudieron distinguir las palabras, y a Sigrid no le costó reconocer que el idioma era, sin duda, latín. El corazón le dio un vuelco: si aquella gente había encontrado el De Occultis original en latín, sin duda el mundo estaba en un gran aprieto. Instó a sus compañeros a que se apresuraran, compartiendo con ellos sus sospechas.

Finalmente llegaron al final del túnel, una abertura más o menos amplia que se abría a una gran caverna de paredes extrañamente lisas, del tamaño de un campo de fútbol, iluminada por antorchas y fuegos y a la que confluían centenares de túneles como aquel en el que se encontraban. Los cánticos se habían hecho ya estruendosos, y la escena que se desarrollaba les sobrecogió. Al otro extremo de la sala, un hombre de mediana edad, moreno, con barba y ojos azules se sentaba en lo alto de un trono tallado con simbología judía, el único mobiliario presente en la caverna a excepción del atril situado unos tres metros delante y debajo de él,  donde un grupo de cinco personas sostenía el De Occultis Spherae y recitaba los rituales de sus páginas con estentóreas voces. En el centro de la caverna, en una depresión, se podía ver una roca de unos cinco metros de diámetro negra como la más oscura noche, muy parecida al monolito de Quebec. Y alrededor de ella una multitud de personas reunida. Pululando entre la gente distinguieron a Paolo, el hermano de Tomaso poseído por entidades demoníacas, y varios sujetos más con su mismo aspecto; algunos de ellos custodiaban a un grupo de seis personas entre los que Patrick reconoció a ¡Lupita! y a un anciano japonés que ya había visto en su incursión a la Estadosfera. Con las pocas fuerzas que le quedaban y lo poco que le permitía la enorme concentración en protegerse del entorno, susurró a sus compañeros que aquellos debían de ser sin duda los Nacidos Relevantes. Los demonios los mantenían muy cerca de la roca negra, encarados hacia ella. Lupita y otro niño lloraban desconsolados; eso le partía el corazón, y también el de Tomaso. El resto de la congregación lo componían gente en su mayoría desconocida, pero pudieron reconocer a los miembros del círculo neosuabo, varios humanos biomodificados, más poseídos, acólitos de Weiss & Crane (entre ellos ¡¡los propios Valentine Weiss y Alexander Crane!!), un nutrido grupo de avatares, y al otro lado de la roca negra —el corazón de Sigrid se desbocó al ver esto— ¡¡la autómata Tina Lovac sosteniendo a Daniel del Hierro, amordazado!! La anticuaria rebulló, desesperada por no poder correr hacia su hijo.

 —Tenemos que saltar —dijo St. Germain, con urgencia—. Tenemos que detener esto, o la existencia  perecerá. Vamos. ¡Vamos! —se miraron unos a otros, agobiados con la idea de meterse en aquel nido de víboras.

De repente, los cánticos cesaron. El suelo tembló con violencia y las cinco figuras encargadas de su lectura comenzaron a gritar salvajemente, pero de forma metódica. Sin duda debían darse prisa, porque los demonios pusieron en pie a los Nacidos Relevantes y Tina Lovac aflojaba la mordaza de Daniel. Derek lanzó un par de granadas hacia el trono, pero no explotaron (dejaban de funcionar al salir del área de influencia de Patrick), y lo que era peor, revelaron su presencia.

Providencialmente, una gran explosión desde otro de los túneles que desembocaba en la caverna precedió la aparición de varios de los acólitos de Novikov. Una parte de los demonios de Paolo corrieron a enfrentarse a ellos, igual que los acólitos de Weiss & Crane. Era la oportunidad del grupo, pero alguien cercano gritó "¡¡¡Están aquí!!!" refiriéndose a ellos; el resto de demonios corrió hacia su posición. Sin pensarlo más, Tomaso saltó, angustiado por el destino de Lupita y los niños; Derek le siguió de cerca; Dan Simmons saltó tras él con la intención de seguir las órdenes de St Germain y acabar con los Nacidos Relevantes. Mientras tanto, el conde comenzó a disparar contra los Nacidos intentando acabar con ellos antes de que los arrojaran a la piedra negra, pero falló todos sus intentos. Uno de los disparos, dirigido a Lupita, fue interceptado por Tomaso quien, como un titán, arrastraba a cuatro demonios que lo laceraban y lo intentaban derribar; él se los quitaba de encima con golpes más propios de un ente sobrenatural que de un humano, pero otros salían a su encuentro. Dan Simmons, poseído todavía por el éxtasis del Polvo de Dios, consiguió también abrirse paso hasta la fila de Nacidos, donde acabó con la vida de una mujer china poco antes de caer abatido por las descargas de los adeptos de los neosuabos.  Sigrid siguió el ejemplo de St Germain y, muy a su pesar, consiguió abatir de un disparo al anciano japonés. En ese momento, un demonio saltaba sobrenaturalmente hacia el conde y soltaba una pequeña astilla como la que ya le había afectado a la entrada de los túneles; con sus últimas fuerzas, Patrick consiguió desviarla y permitir así que el primer hombre rechazara al enemigo con un fuerte impacto. Entre tanto, Timofei Novikov y sus seguidores hacían una pequeña masacre en las filas de los avatares, que también se defendían cruentamente.


Finalmente la rémora de demonios consiguió tumbar a Tomaso, pero no antes de que este consiguiera gracias a la ayuda de Derek apartar a Lupita del entorno de la roca negra. El suelo tembló, esta vez haciendo que todos perdieran el equilibrio, y un pitido intensísimo taladró sus cerebros; Patrick tuvo que soltar por fin la protección, destrozado por el esfuerzo, y se encogió de dolor, igual que todos los demás.

*****

Despertó en su habitación, con Helen a su lado, con la sensación de que todo había sido un sueño. Se levantó confundido. Fue a la habitación de su hija Lupita antes de recordar que había sido poseída por un demonio y se encontraba custodiada en un convento. Pero eso no lo había vivido... ¿o sí? Algo estaba terriblemente mal, y fue totalmente consciente cuando recordó lo que había sucedido en la caverna en Rusia, su vida pasada y sus amigos —más bien familia—, a los que podía sentir en el fondo de su mente... lloró durante largo tiempo, frustrado, pero al fin se levantó, decidido a corregir lo que fuera que hubiera pasado. Lo primero era reunir el grupo de nuevo... esperaba que, como él, fueran capaces de recordar...


lunes, 3 de junio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 47

En busca del De Occultis Spherae (III). El Conde St. Germain.
Dada la urgencia de Sigrid por llegar a su hijo Daniel lo antes posible y estimando que un incursión en la antigua biblioteca de la orden de Los Descendientes no iba a ser de demasiada utilidad, el grupo decidió partir hacia Nápoles, y de allí dirigirse por carretera hacia Roma. Todos intentaron convencer a la anticuaria una última vez de renunciar a su viaje a Italia, pues los pocos vídeos que les daba  tiempo a ver en las redes sociales antes de que los censuraran daban a entender que la situación en la Santa Sede y ya en una parte importante de Roma era de una gravedad importante.
 
El Conde St. Germain
En poco más de un día desembarcaban de su avión en Nápoles. Cuando se dirigían hacia la salida, Derek y Tomaso hicieron detenerse al grupo, señalando en una dirección determinada. Todos se quedaron helados (sobre todo Patrick, que fue presa del terror) cuando reconocieron a lo lejos a Tina Lovac, la autómata que les había atacado cuando se encontraban reunidos con Anne Rush en el Museo d'Orsay (temporada 2, capítulo 29). Por suerte, la "mujer" no pareció advertir su presencia y continuó su camino sin prestar atención. Vieron que entraba en una empresa de alquier de coches. Sin duda, debía dirigirse también hacia Roma, lo que acentuó la angustia de Sigrid.
 
Alquilaron cuatro grandes vehículos (dado que el grupo se componía de diecisiete personas con la compañía de Andrea Bauer y sus hombres) y partieron por la autovía hacia Roma. Enseguida empezaron a darse cuenta de que en su sentido de la circulación apenas circulaba algún vehículo, mientras que en sentido contrario había tramos colapsados por el tráfico. Y se hacía más evidente conforme se acercaban a a la capital. Debían de haber empezado a evacuar la ciudad; no habían contado con aquello. Empezaron a plantear alternativas para poder  burlar los controles que pudieran encontrar en el camino y poder acceder a la ciudad.

Entonces, un camión que se incorporaba a la autovía giró bruscamente y, derrapando, se cruzó en la carretera. 

Con un respingo, Patrick, que iba en el automóvil de cabeza, pisó a fondo el freno e intentó controlar el vehículo, cosa que aunque consiguió por los pelos, no pudo evitar que recibiera el golpe del coche que circulaba tras ellos. Por suerte, todos pudieron detener los vehículos sin sufrir daños graves.

Mientras se recuperaban, se abrió la puerta del copiloto del camión. De él bajó una figura con andares fatigados, y se dirigió hacia el coche de Patrick, el más cercano. El profesor sintió un escalofrío cuando reconoció en el hombre a Henry Clarkson, un antiguo compañero interno del sanatorio de recuperación de adicciones con el que el resto del grupo había tenido relación de formas muy distintas. 
 
 —¡Qué difíciles sois de encontrar! —dijo el anciano, mientras subía al vehículo y, saludando a Patrick, le instaba a arrancar.
 
Clarkson recomendó al profesor que no se detuviera y saliera de la autovía por la próxima salida, pues a pocos kilómetros había un control militar que sin duda los pondría bajo custodia.

 —El mundo —afirmó, solemne— no puede permitirse ahora que unos soldados inútiles os aparten de vuestro destino.

Patrick y Sigrid se miraron, intentando darles algún significado comprensible a las palabras del viejo Henry, y el primero se apresuró a poner en marcha el vehículo y a instar al resto de la caravana a hacer lo mismo. Derek, que se había quedado de piedra al reconocer también a Clarkson, reaccionó también y siguió rápidamente a Patrick. 

Tras un corto recorrido en el que Patrick intentó (sin éxito) sonsacar más información a Clarkson, salieron de la autovía y se dirigieron a un área de servicio que permanecía relativamente tranquila.

El anciano les confirmó que el intenso tráfico en sentido contrario era debido a que estaban evacuando una gran parte de Roma. Con las nuevas habilidades aprendidas de Anne Rush y los Hijos de St. Germain, se hizo evidente ahora para el grupo que Clarkson era algún tipo de Avatar o Dioserrante. Por sus siguientes palabras, supusieron que se trataba del Dioserrante del Consejero:

 —La razón de mi existencia es dar Consejo —dijo—. Y el Consejo más urgente que debo dar en este momento, es que no vayáis a Roma. Al contrario, deberíais acompañarme a Moscú a conocer a un buen amigo.

Las palabras de Clarkson parecieron mitigar la ansiedad de Sigrid, que recibió de buen grado el consejo.

Mientras preparaban la partida hacia la capital Rusa, Sigrid recibió una llamada de Ramiro, su marido, pues ya le había enviado el número de teléfono seguro. Ramiro le informó de que él, Van Dorn, Jacobsen y algunos de sus seguidores se encontraban en la mansión de Ian Stokehall, en la campiña inglesa, donde el viejo sir les había dado una especie de asilo. Sigrid relató a su marido toda la odisea por la que había pasado Daniel, para preocupación de éste, pero la imposibilidad de ayudarlo era superior a todas las buenas intenciones que pudieran tener. Ramiro le aseguró que pediría consejo a los libreros al respecto.
 
***
 
En el avión con destino a Moscú, en un instante de tranquilidad nocturna, Sigrid se decidió a preguntar a Henry Clarkson acerca de su hermana, pues el anciano había estado ingresado en el mismo sanatorio donde la habían tratado a ella. Sigrid le contó que hacía poco que había desaparecido, secuestrada, y estaba muy preocupada por ella. Henry le contó lo que sabía: la mente de su hermana no era la única mente que habitaba su cuerpo. Al parecer, su hermano gemelo no había muerto en realidad; los dos hermanos habían tenido un vínculo tan fuerte que, cuando el chico perdió la vida, se refugió en su hermana, con lo que ahora, ella servía de huésped para ambos. Por eso su hermana había sido diagnosticada de síndrome de personalidad disociativa. Y no solo eso: durante aquellos años, la mente de su hermano había evolucionado de tal manera, que sin duda se había convertido en alguien genuinamente malvado. Sigrid no pudo evitar que las lágrimas se derramaran por sus mejillas a medida que Clarkson le revelaba todo aquello, hasta que por fin se durmió, agotada por las preocupaciones.

***

Ya en Moscú, Clarkson condujo al grupo al completo al restaurante de un lujoso hotel de cinco estrellas, donde se reunieron con su amigo. Este no resultó ser otro que Jack "Lovejoy" Lambert, un antiguo novio de Sigrid que también había estado presente en la subasta del Excelsior, hacía —aparentemente— tanto tiempo. Y, para rizar el rizo, Lambert estaba compañado de ¡Dan Simmons, el Hombre Malo! A Patrick casi le da algo al verlo, y prefirió sentarse en una mesa aparte para manifestar su desconfianza. Sin embargo, Clarkson les aseguró que no había ningún problema, y el resto del grupo se sentó con ellos.Mientras comían, Lambert sonrió e, irónicamente, no pudo dejar de decir:

 —Con que eras tú quien tenía el De Occultis Spherae, ¿eh Sigrid? Nunca me lo habría imaginado, jajaja. Siempre pensé que debía de tratarse de otra Sigrid.

Sigrid mantuvo la cara de poker, y el resto de la comida (en el caso de Patrick, bebida) transcurrió en su mayoría en un silencio incómodo. Una vez hubieron terminado, Lambert les pidió que le acompañaran a su suite, donde les presentaría a su jefe y podrían hablar más discretamente. Tranquilizados por la presencia de Henry Clarkson, el grupo le siguió.

Mientras Andrea Bauer y sus secuaces vigilaban en el exterior del hotel, el grupo llegaba a la última planta guiado por Lovejoy y Dan Simmons, que estaba intentando limar asperezas. Los condujeron a una suite ante la que hacían guardia dos personas: un hombre y una mujer impecablemente vestidos. No les pusieron problemas para pasar, y accedieron al interior. Patrick mensajeaba a Andrea con todos sus movimientos.

En el  interior de la suite había varios hombres más haciendo guardia, y en una especie de sala de reuniones les aguardaba sentado uno ya entrado en años, con la cabeza rapada pero con un físico envidiable, enfundado en un traje que le quedaba como un guante, que salió de la penumbra para saludarles. Todos sintieron cómo sus profundos ojos azules les traladraban hasta el alma. Aquel hombre no era un avatar, era sin duda algo más.

 —Permítanme que me presente, mi nombre es Robert G. Lorenz. Pero quizá me conozcan por otro apelativo: soy el Conde de St. Germain.

Todos se quedaron helados al estrechar la mano del Conde. Se movía con una gracia impropias no ya de su edad, sino de un humano, y sus ojos... sus ojos dejaban entrever todo lo que había visto desde el principio de los tiempos, y parecía ver mucho más allá del simple físico.

Los invitó a sentarse, y mientras sus hombres relataban el porqué de la presencia del grupo allí, permaneció en un discreto segundo plano, ofreciendo detalles aquí y allí. Según les contaron, estaba a punto de producirse una gran catástrofe metafísica debido a ciertos elementos que tenían intenciones algo dudosas respecto al Conde y al Clero Invisible. En ella tenían parte importante el De Occultis Spherae y, al parecer, Tunguska. Todo ello había hecho que el Conde se hubiera decidido a tomar parte activa en los acontecimientos y estuviera reuniendo todos los aliados posibles, como por ejemplo Dan Simmons, poco interesado en que el Universo se fuera al traste. Les explicaron las luchas de poder y las sucesivas alianzas entre los Jázaros, los Illuminati, el Círculo Neosuabo, la Nueva Inquisición, el Priorato de Sión y una pequeña multitud de bandos más. De entre ellos, los Jázaros y los Neosuabos eran los que habían conseguido encontrar la forma de acabar con el mundo tal y como lo conocían. Habría que impedírselo.

Patrick mencionó a los Nacidos Relevantes y cómo el Círculo Neosuabo había reunido a los nacidos en unas circunstancias especiales con oscuras intenciones. No esperaba que St. Germain reconociera no tener ni idea al respecto. Así que les reveló todo lo que sabía sobre ellos, relacionándolo con el control de población que se pretendía llevar a cabo en Estados Unidos y China. Todos los presentes mostraron su consternación por tal hecho. Y su sorpresa aún fue en aumento cuando Sigrid les narró los detalles de su reciente aventura en la propia Tunguska, su enfrentamiento contra los rusos y sus experiencias extranaturales; Clarkson miró a St. Germain con una sonrisa, y este les revelaba que lo que habían visto eran sin duda la racionalización de la Estadosfera, que era mucho más fuerte en Tunguska desde el "evento" de principios del siglo XX.

Las revelaciones de Patrick y del grupo reafirmaron aún más los planes de St. Germain y sus acólitos: deberían reunir en el más breve plazo posible el mayor número de aliados para llevar a cabo un asalto a Tunguska antes de que fuera demasiado tarde. Anne Rush y el resto de Hijos llegarían en un par de días al hotel. Lambert les pidió en nombre del Conde que si conocían a cualquier elemento que pudiera participar en la lucha, intentaran convocarlo a Moscú. Por supuesto, proporcionó a todos habitaciones en el hotel, que había cerrado por reserva para una "convención" de una empresa llamada "Germaine & Sons". "Fino sentido del humor" —pensaron. 
 
Por otra parte, Dan Simmons envió algunos agentes a investigar en el sur de China las extrañas explosiones, a requerimiento de Patrick y Sigrid.

El día siguiente llegaba Anne Rush acompañada de una docena de Hijos, entre ellos los gemelos Stephanie y Laurant Favre, Bernard y Gerrard, antiguos conocidos del grupo. Eran los pimeros de una cincuentena de Hijos convocados a Moscú. El grupo, por su parte, iba a intentar que Ian Stokehall y los libreros se unieran a su pequeño ejército...