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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

martes, 19 de enero de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 22

Ataque brutal y Huida de Viena.

Decidieron no decirle nada a Paula de momento acerca del manuscrito de Crowley, en previsión de posibles filtraciones o de que a Emil se le antojara conseguirlo para él.

Antes de ir a dormir, intentaron averiguar algo más sobre aquel extraño "Mr Rowe", mencionado solo de pasada en toda la información sobre Crowley; pero nada, para frustración de todos, aparte de la información de dominio público en la que se hacía referencia a las personas que estuvieron alrededor del supuesto mago en el momento de su muerte no hubo manera de encontrar nada más sobre el individuo.

 —Ya sabéis que yo opto por que visitemos la tumba de Crowley en Escocia —dijo Tomaso, con los ojos rojos de mirar al monitor— y comprobemos de una vez por todas si está realmente enterrado allí; pero otra opción —añadió— es ir a Hastings, donde se supone que murió, encontrar el lugar exacto, y ver lo que podemos averiguar sobre el tal Rowe.

 —Podríamos consultar los registros de aquella época en los hospitales y las iglesias —afirmó Sigrid—, quizá averigüemos algo de interés —"y quizá necesitemos en ese caso la ayuda de Jesús, porque en lo que respecta a la bibliomancia, ya no tengo nada que decir", pensó.

Acordaron preocuparse de eso una vez que regresaran a Londres, y se retiraron a descansar lo mejor que pudieran. Pero a las dos y media de la mañana, Patrick y Sigrid fueron despertados por unos golpes en la puerta de su habitación.

 —¿Pero quién demonios llama a esta hora? —espetó el profesor.

 —Sullivan, Olafson, abran la puerta rápido, soy Travis —dijo al otro lado la voz de Pearson, el oniromante.

Cuando Sigrid abrió la puerta pasando el pestillo de seguridad, vio efectivamente a Pearson y a Didier Dufresne allí plantados, con pinta de urgencia.

 —Estamos en peligro. Recojan sus cosas como un rayo y vengan a la habitación de Paula, tienen diez minutos, ni uno más —se limitó a decir, iniciando su marcha antes de acabar la frase—. ¡Ah, y avisen a sus compañeros!

Pocos minutos después el grupo al completo llegaba al pasillo de la habitación de Paula, que justo en ese momento salía de la suite escoltada por unos cuantos miembros del grupo. Anaya les informó, mientras se ponían en movimiento:

 —Han llamado del anterior hotel. Al parecer, Marius —se refería a Marius Eichmann, uno de los alemanes del grupo— consiguió reclutar a un miembro del personal, que le ha llamado hace unos veinte minutos. Alguien ha ido allí a buscarnos, y no de buenas maneras precisamente.

 —¿Y dónde está el resto? —preguntó Derek, extrañado de no ver en el pasillo al grupo de Paula al completo.

 —Nos esperan abajo, ya deben de haber traído los coches. ¡Vamos!

Bajaron a toda prisa a un vestíbulo de recepción prácticamente vacío, dada la hora que era. Aparte de una pareja que parecía dormitar en un sofá, solo estaba Sally, apoyada en el mostrador de recepción: lo primero que había hecho Tomaso cuando le habían despertado había sido llamar a la periodista advirtiéndole de todo, así que ella había bajado a dejar el hotel. "Teníamos que haberla incluido en el grupo, joder", pensó el italiano, intercambiando una mirada con ella; "ahora, ¿qué vamos a hacer?".

No se detuvieron. Supusieron que alguien del grupo se había encargado ya de arreglar los papeles y la cuenta, y salieron al exterior por la puerta giratoria; allí les esperaban cuatro SUVs, tres de ellos con un conductor del grupo y con un par de miembros más esperando en la acera. Mientras la compañía metía el poco equipaje en los maleteros y se repartía en grupos, Patrick se apresuró a abordar el cuarto vehículo para ponerse al volante. Pero una sensación estremecedora lo detuvo: algo en su interior le gritó que no subiera a ese coche.

 —¡Quietos! —increpó a sus compañeros—. No subáis a este coche, no subáis... algo va a pasar.

Derek, Tomaso y Sigrid, conocedores de las especiales corazonadas de Patrick, se detuvieron en el acto. Los Hijos de Mitra ya se habían metido en otro vehículo y algunos de los que todavía estaban en la calle lo miraron extrañados.

Pocos segundos después, Derek atisbaba por el rabillo del ojo un fogonazo procedente de algún punto alto y lejano, y escuchaba un sonido inconfundible.

 —¡Al suelo! ¡¡Todos al suelo!! —gritó, forzando a todos a su alrededor a zambullirse.

Tras un fuerte zumbido, el cuarto coche, el que Patrick les había prevenido de abordar, estalló con una fuerte explosión. "¿¿Un maldito misil??", pensó Derek, "¡¿en serio?!". Se giró a tiempo de ver cómo un helicóptero que había aparecido desde detrás de un edificio soltaba un segundo proyectil.

 —¡Cuidado! ¡¡Otro más!! —exclamó alguien.

Una segunda explosión reventó el tercer coche, donde ya se encontraban Elliot Saunders, Mara Kirstein y Tine Kunst. 

 —¡¡Arrancad, arrancad!! —rugió Derek mientras se ponía en pie. Los neumáticos de los dos vehículos restantes chirriaron cuando se pusieron en marcha—. ¡¡Los demás, vamos, al hotel!!

Los vidrios de las ventanas y la puerta giratoria del hotel habían reventado por la deflagración, y los que todavía no habían subido a los coches (Derek, Sigrid, Tomaso, Patrick, Paula, Anaya, Simonsson, Pearson, Jonathan y Didier Dufresne) se precipitaron al interior del edificio. Disparos de ametralladora de gran calibre resonaron en el exterior. Tomaso se acercó lo máximo posible a Sally, que había encontrado refugio en el mostrador de recepción, pero soltó una maldición cuando vio tres o cuatro tipos vestidos con uniforme paramilitar accediendo al hall desde la parte de detrás. Se refugió tras el mobiliario, igual que  hicieron Derek y los demás, y sacó su arma.

Un tipo ataviado con un elegante traje y con pinta peligrosa apareció detrás de los paramilitares, que comenzaron a disparar sus subfusiles. Derek, Tomaso, Jonathan y Didier se enzarzaron en el tiroteo, mientras el tipo trajeado de más allá sonreía satisfecho, y parecía hacer gestos.

Sigrid vio cómo Paula, detrás de un macizo de plantas, gesticulaba de forma extraña y parecía susurrar algo... y de repente, la hermana de Emil se llevó las manos a la cabeza y su rostro se transformó en un rictus de dolor. Igual que Anaya, Pearson y Simonsson, que la imitaron en el mismo instante. Patrick y Sigrid, por su parte, empezaron a sentir un fuerte dolor de cabeza, aunque no tan incapacitante como lo que estaban sufriendo los otros.

De repente, el tipo trajeado hizo unos aspavientos exagerados y, juntando sus manos, que comenzaron a brillar, las extendió hacia delante. "¿Pero qué demon...?", pensó Tomaso, "¿¿Una bola de fuego??". Efectivamente, una canónica bola de fuego tomó forma al instante ante las manos del desconocido y se precipitó hacia donde estaba el grupo. No obstante, el lanzamiento no fue preciso, porque en el último instante, el individuo se sorprendió por algún motivo y la bola fue a estrellarse a unos cuatro metros de altura en la pared de la fachada principal; el grupo fue afectado por algunas quemaduras, pero ninguna de gravedad. Casi en el mismo instante en que el tipo lanzaba la bola de fuego, supieron el motivo de su distracción: una figura atravesaba a una velocidad endiablada la puerta giratoria, destrozando una parte de la estructura y saltando de mesa en mesa. Jirones de sombras en movimiento envolvían al intruso, que gritaba con voz grave. "Está cambiado", pensó Patrick, "pero joder, es Adrian White". Efectivamente, el miembro del equipo de Paula que había desaparecido en el combate contra los colosos surgidos del suelo reaparecía, y aunque estaba evidentemente poseído y ahora demostraba su poder, había concedido un respiro al grupo, pues a medida que avanzaba por el vestíbulo, todas las luces se apagaban, incluidas las de emergencia. Jonathan aprovechó para disparar al gran acuario que presidía la parte interior del vestíbulo, destrozando uno de sus paneles y añadiendo más caos a la escena debido al agua que se derramó por doquier. En ese instante a la luz que proporcionaban los destellos de los disparos, vieron cómo White arrancaba prácticamente de un golpe la cabeza de uno de los paramilitares y cogía del cuello al tipo trajeado.

 —¡Vamos! —ordenó Derek, sacando a todos de su ensimismamiento—. ¡Aprovechemos ahora! ¡A los ascensores! ¡Ayudad a Paula y los demás!

Dicho y hecho, Tomaso se reunió con Sally mientras Jonathan, Patrick, Sigrid y el propio Derek ayudaban a los que habían sufrido lo que fuera que hubiera sido aquello. El dolor intenso había cesado y se sentían mejor, pero estaban al borde de la inconsciencia, así que prácticamente tuvieron que llevarlos en volandas hasta los ascensores alumbrándose como pudieron con los móviles. En el exterior se oyeron varios derrapes de vehículos. Derek, que había quedado rezagado, pudo ver al menos tres furgones de los que empezaban a bajar tipos armados y con chalecos de kevlar. 

 —¡Deprisa! ¡Vienen más! Por las escaleras, ¡vamos, vamos!

En breves segundos se encontraban en el parking, donde por fortuna todavía estaba el vehículo que Derek había alquilado. Tomaso se encargó de "tomar prestado" discretamente un segundo vehículo, y repartidos entre los dos coches, consiguieron salir rápidamente y esquivar al helicóptero que rondaba el hotel, pero que afortunadamente desaparecía detrás de una esquina cuando ellos salieron.

 —Dios mío Paula —dijo Anaya—, sea quien sea el que ha hecho esto, tiene muchísimo poder.

 —Hay que llamar a Emil inmediatamente, creo que esto nos supera —respondió Paula.

Tras hablar con Emil y comunicarse a través de móvil (sin dejar de conducir en ningún momento), finalmente decidieron salir del país por carretera, y se dirigieron al este, hacia Alemania. Afortunadamente, los dos SUVs que habían arrancado precipitadamente tras las explosiones se encontraban sanos y salvos, y pudieron reunirse todos en una estación de servicio a unos ciento cincuenta kilómetros de Viena. Los Hijos de Mitras saludaron al grupo con cara de alivio, y Eichmann y Gardet no pudieron disimular su pesar por los caídos. Tras compartir lo que había ocurrido en el hotel, continuaron camino, con los móviles abiertos.

 —Esto es un golpe muy duro —dijo Paula, descorazonada y agotada—. Elliot, Mara y Tine muertos en la explosión, y Adrian transformado en un demonio se ha ido por su cuenta. Y aún me parece que hemos tenido suerte, dadas las circunstancias.

 —Agradéceselo a las corazonadas de Patrick —contestó Sigrid—; si no nos llega a advertir de no subir al coche, ahora no estaríamos aquí.

 —Es cierto, Patrick, debemos agradecértelo todos. Estoy segura de que Emil...

No pudo acabar la frase; Patrick la interrumpió:

 —Joder, ¿no creéis que tiene que haber un topo? —el profesor estaba inmerso en uno de sus procesos introspectivos, y apenas había prestado atención a las palabras de sus compañeras.

 —¿Cómo? —preguntó Anaya, sorprendida.

 —Un topo, un topo, entre nosotros —contestó algo irritado Patrick.

 —Normalmente diría que no —continuó Paula—, pero visto lo visto ya no pondría la mano en el fuego.

 —Pararemos en un par de horas en una estación de servicio —dijo Derek, intercambiando una mirada con Patrick—, allí podremos comprobarlo.

Aproximadamente dos horas más tarde paraban en una estación de servicio, tal como había anunciado Derek. Allí, en un sitio discreto de la cafetería, fueron interrogando a los miembros del grupo uno a uno, con la atenta supervisión de Lucas y Anaya. Una vez que todos hubieron pasado por la criba, ninguno manifestó haber reconocido a un infiltrado. Pero Patrick y el resto del grupo recibían al cabo de un rato un mensaje de texto que rezaba:

El topo es Simonsson, no hay duda

Patrick sonrió; Anaya y Gardet habían fingido durante los interrogatorios no reconocer a ninguno como el traidor, pero habían esperado a acabar para no levantar sospechas. Se alojaron en un motel cercano, donde se asignó una habitación a Simonsson y a Dufresne, y organizaron una reunión en el plazo de una hora en la habitación de Paula, donde el resto de la compañía acudiría un poco antes para tender una trampa al traidor.

Pero llegó la hora de la "reunión", ya con todo el grupo reunido, y ni Simonsson ni Dufresne aparecieron. Tras esperar unos diez minutos, Derek, Tomaso, Marius y Anaya fueron a buscarlos a su habitación. Llamaron a la puerta y no obtuvieron contestación, así que la echaron abajo.

 —¡Mierda! —exclamó Derek. Dufresne se encontraba tendido en el suelo, con el rostro horriblemente hundido, irreconocible, en un charco de sangre. La ventana estaba abierta.

Tomaso corrió a asomarse. Fuera estaba oscuro, ya era de noche, y un tupido bosque se alzaba a pocos centenares de metros, cubierto por la nieve. Hacía mucho frío.

 —Imposible seguirlo por aquí —dijo Tomaso, sacudiendo la cabeza.

 —Registremos su equipaje —ordenó Derek, sin mucho entusiasmo. Efectivamente, su equipaje no contenía nada revelador.

Registraron también los coches donde, en uno de ellos, Tomaso encontró el móvil de Simonsson.

 —He recordado —dijo el italiano— que Simonsson se había hecho el remolón al bajar del coche, y mirad: seguro que había escondido el móvil en este recoveco para transmitir nuestra posición. 

 —A estas alturas, seguro que ya deben de estar viniendo hacia aquí —anunció Derek, que miró a Paula—: debemos marcharnos inmediatamente.

Tras dejar escondido el móvil en un matorral se pusieron de nuevo en marcha, agotadísimos; pero no tenían más remedio que continuar si no querían sufrir una nueva emboscada. Tomaron un desvío hacia el norte para evitar que los enemigos extrapolaran su posición.

 —Lo que no acabo de entender —dijo Paula cuando ya llevaban un rato de carretera; su voz sonaba hueca, exhausta—, es tal despliegue de medios simplemente para quitarnos de en medio a nosotros. Quien sea se ha arriesgado mucho. Por Dios, ¡han lanzado misiles en pleno casco urbano de Viena!

 —¿Y qué me dices del tipo del hotel? —continuó Anaya—. ¿Habías visto a alguien capaz de lanzar una maldita bola de fuego? ¡Una bola de fuego!

 —Quizás —Jesús Cerro, uno de los más descansados, dirigió una mirada de complicidad a sus compañeros de vehículo— haya entre nosotros alguien cuyas habilidades les interesen (o teman) especialmente.

 —Es posible —respondió Sigrid—, pero eso ya es mucho elucubrar...

 —En cualquier caso —interrumpió Paula, cambiando de tema... ¿o quizá no?—, quiero agradecerle su inestimable colaboración, señor Sullivan —Patrick rebulló en su asiento, incómodo—. Estoy segura de que en el futuro será un valioso colaborador para Emil.

 

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