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viernes, 15 de julio de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 10

Salida de Creta.

Tras una conversación en el desayuno, decidieron ponerse en contacto con el culto a Vulcano que sabían presente en Cnossos. Se despidieron de Rentzias y partieron hacia la ciudad.

Tiberio y Cneo conocían al Sumo Sacerdote de la Congregación de Vulcano en Cnossos, Hanon, así que se dirigieron hacia el templo donde se solían reunir. Allí encontraron a una considerable cantidad de gente llevando ofrendas al dios, a los que organizaba un joven vestido con una túnica marrón, uno de los sacerdotes. Le preguntaron por Hanon. El muchacho los miró, extrañados.

  —Hanon ya no está aquí, honorables. Pero podéis hablar con el Sumo Sacerdote Eaco. Le avisaré de vuestra presencia —con una reverencia se retiró al interior del templo.

A los pocos momentos, el joven volvió acompañado por un hombre maduro, con el cráneo totalmente lampiño y unos profundos ojos azules, que les confirmó lo que les había dicho el joven Aris:

  —Es cierto, bienhallados. Nuestro hermano Hanon desapareció hace algunos meses.

Tiberio le preguntó si era posible hablar en un lugar más discreto, no allí delante de los peregrinos. Eaco le respondió que por supuesto, y los condujo rápidamente hasta su casa, cerca de donde se encontraban.

Sentados en el salón de Eaco junto con el joven Aris, el Sumo Sacerdote les relató hechos sumamente preocupantes. Durante los últimos meses, la mayoría de los sacerdotes de vulcano habían enfermado y muerto. A ellos se sumaba la desaparición de Hanon, sin que dejara instrucciones ni pistas sobre su paradero. Apenas quedaban cuatro ya, contando a Aris. La única pista que tenían sobre el paradero del antiguo sumo sacerdote era que alguien le había visto acompañado de una mujer egipcia el día anterior. El testigo había muerto aquejado por las fiebres, así que no podrían hablar con él, pero la opinión generalizada era que Hanon se había fugado con la mujer. Tiberio quería saber de una vez si Eaco era miembro del culto a Vulcano o por el contrario se trataba de un mundano sacerdote. Así que profirió la fórmula ritual que lo identificaba como Teúrgo:

  —Cielo en llamas y sangre carmesí.

Si Eaco hubiera sido un Teúrgo a su vez, habría tenido que contestar "es lo que ocurrirá si los dioses nos abandonan. ¿Qué haremos para remediarlo?", pero no fue así. En lugar de eso, se quedó extrañado mirando a Tiberio; no era miembro del Pacto Secreto, así que no tenía sentido permanecer más tiempo allí.

Tras darle las gracias al sumo sacerdote salieron de la casa. Zenata, agarrada en todo momento a la toga de Cayo Cornelio, le dijo al patricio que aquel hombre le había parecido muy feo. Cuando Cornelio le mencionó que no era para tanto aunque fuera mayor y calvo la niña se giró hacia él, extrañada, y dijo:

  —Pero si tenía el pelo rizado —se refería a Aris, que no sería en absoluto tildado de feo por un ojo adulto e imparcial.

Con los estómagos rugiendo, Lucio y Cornelio se marcharon a comer algo al foro, mientras que Cneo y Tiberio se dirigieron a unos baños públicos para relajarse. En los apodyteria Tiberio quedó algo rezagado mientras se cambiaba. Se puso en pie para dirigirse hacia las termas, y notó el frío filo de un puñal apoyado contra sus riñones. Una voz aflautada preguntó:

  —¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué buscáis a Hanon?

Ante el silencio de Tiberio, el extraño prosiguió:

  —Cielo en llamas y sangre carmesí.

El médico rebulló nervioso un instante, y optó por contestar, revelándose como miembro del Pacto Secreto. El cuchillo se clavó en su carne. Por suerte [punto de destino], dos hombres aparecieron justo en ese instante y gritaron, dando la voz de alarma. El tajo hizo sólo un leve corte y el extraño salió corriendo empujando a Tiberio, que cayó al suelo golpeándose la cabeza.

El grupo se reunió rápidamente. Era mejor que salieran de allí. Se dirigieron al barco de Íctinos Eléusida, anclado en el puerto. Allí deberían estar a salvo. Idara registraría la casa de Eaco en busca de alguna prueba incriminatoria y montaría guardia ante ella para detectar cualquier movimiento sospechoso que tuviera lugar.

Entrada la noche, Zenata despertó a Cayo. Éste pudo ver instantáneamente dos figuras que habían subido al barco y habían asesinado al guardia que Lucio había apostado, cuyo cadáver estaban apartando en esos instantes. Cayo despertó a Lucio Mercio con un gesto. Éste se preparó, al igual que el patricio. Tras deambular unos segundos, las dos sombras parecieron darse cuenta de dónde dormía Tiberio, y se dirigieron hacia él. No tuvieron oportunidad contra dos (ex)militares bien armados y preparados. Tiberio pudo salvar de la muerte a uno de ellos para intentar sonsacarle algo de información, pero no lo suficientemente bien como para hacerle recuperar la consciencia. Los tajos de Lucio y Cayo habían sido profundos, para evitar problemas.

Al volver Idara, les informó de que nadie había salido ni entrado de la casa de Eaco. Además, parecía un hombre honrado, a juzgar por los registros de cuentas que llevaba de la congregación.

El día siguiente decidieron levar amarras rápidamente. Enviaron marineros en busca de agua y provisiones y comenzaron a prepararlo todo. Partieron a las pocas horas, ante los refunfuños de Íctinos, que había llegado a un trato con un comerciante local para llevar un cargamento de melocotones que embarcarían en un plazo de tres o cuatro días. Cornelio le dijo que se haría cargo de las pérdidas, pero que era peligroso quedarse allí. Zarparon sin más dilación.

Íctinos había contratado dos marineros nuevos: uno joven y apuesto y otro más mayor que parecía algo retrasado, pero disciplinado y obediente. Al cabo de un par de días de la travesía hacia Alejandría se hizo casi imposible debido al tiempo, que había ido empeorando poco a poco. Era extraño, pues Tiberio disponía de un don proporcionado por Júpiter que le prevenía de los cambios de tiempo, y esto no lo había previsto. Algo pasaba, y seguramente sobrenatural. Tras algunas pesquisas infructuosas, decidieron interrogar a los dos marineros nuevos, Erato, el joven, y Peleas, el lento, mientras el barco daba violentos bandazos que amenazaban con llevarlo a pique en cualquier momento.

El interrogatorio y la intimidación probaron ser inútiles, hasta que Cornelio ordenó que registraran sus pertenencias personales. Peleas se mostró muy nervioso e intentó impedirlo. Cornelio le dio una bofetada y ordenó atarlo. Cneo y Tiberio encontraron entre las pertenencias del marinero una pequeña cajita plateada, abierta. Una cajita que lucía un trabajo de orfebrería fuera de lo normal y que llevaba abierta. Algunos símbolos relacionaban la cajita con el Culto a Vulcano, a los ojos expertos de los Teúrgos. Volvieron rápidamente a la sala, y enseñaron la cajita a Peleas, que rompió a llorar farfullando que era suya, que se la devolvieran por favor. No hizo falta mucha insistencia para que revelara su origen: la tenía una mujer en el puerto, y era tan bonita que se la pidió, aunque no tenía dinero. La mujer dijo que se la daría si se enrolaba en el Ática y una vez a bordo la mantenía abierta. Tiberio la cerró en el acto, era evidente que era la causante de las dificultades de su viaje.

Cornelio tranquilizó a Peleas. Era evidente que el hombre no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, y era estúpido tomar represalias contra él, pues se limitaba a llorar y a pedir la caja, que era "su tesoro". No fue demasiado difícil para el patricio hacer gala de sus dotes manipulatorias y convencer a Peleas de tomar en lugar de la caja otro objeto que le mostró. El marinero se calmó y volvió contento a sus labores.

A las pocas horas de haber cerrado la caja, la tormenta amainó y el mar se tornó plácido. ¿Era posible que el Culto a Vulcano se hubiera aliado con el Culto a Plutón? La cajita así lo daba a entender, aunque también era posible que los hubieran utilizado o incluso esclavizado. Otro motivo más para ser prudentes.

Por fin, los ciento veinte metros de altura del gran Faro de Alejandría alzándose a lo lejos les indicaron la llegada a la ciudad Egipcia, sede de la Gran Biblioteca.

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