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Publicaciones

La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 4 de enero de 2017

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 16

La Universidad de Montreal. Van Dorn llama.
Antes de decidirse a partir hacia México o Europa, decidieron que debían averiguar más datos sobre la relación entre los vikingos y los abenaki, y para ello, en teoría estaban en el lugar ideal. Haciendo una pequeña búsqueda en internet, se encontraron con que precisamente en la universidad de Montreal se encontraba uno de los mayores expertos sobre el tema, si no el mayor: el doctor John Hawk, que además era descendiente de nativos americanos canadienses.

En la Universidad, el doctor Hawk les atendió amablemente, y en una distendida conversación mientras tomaban un café mencionó a su padre. Su padre, el doctor Abornaz Hawk, había estado obsesionado durante décadas (¡más de cincuenta años!) con la relación entre los vikingos y los abenaki en una época muy anterior a la llegada de Eric el Rojo a Vinland; a estas alturas, John afirmaba con lágrimas asomando a sus ojos que todavía no entendía por qué su padre había estado convencido de tal relación, ni por qué tal cosa había llegado a convertirse en una obsesión de la magnitud que afectó a su padre. De hecho, tal obsesión había acabado por erosionar la relación de Abornaz con su más estrecho colaborador, Pierre Nicolás, que hace unos veinte años abandonó la investigación y se marchó a Francia hacía más o menos veinte años.

Muy amablemente, utilizando sus influencias, John concedió al grupo acceso a la biblioteca y también al reservado donde se encontraba toda la documentación de la investigación de su padre. Les comentó también que la biblioteca había dado un plazo breve para que John se llevara todo el material, pues la mayoría eran escritos estériles que no habían dado ningún fruto científico y había que despejar espacio en el edificio. Sigrid y Patrick se apresuraron a devorar toda la información que pudieran de los más de cincuenta años de investigación. Derek y Tomaso ayudarían en lo que pudieran. Tomaso investigó un poco sobre el colaborador del padre de John, el tal Pierre Nicolás, y efectivamente, hacía 23 años que se había trasladado a una plaza en la Faculad de Historia de Burdeos; además, parecía que había renunciado a publicar, pues su actividad se reducía a dar clases y poco más.

Más tarde, hablando más profundamente acerca de su padre, John reconoció (con una actitud ya no tan amistosa) que estaba recluido en un sanatorio mental. No quiso darles más detalles, pues cuando el grupo manifestó su deseo de visitar al doctor Hawk padre, John lo rechazó y se cerró en banda sobre el tema.

Esa misma tarde recibieron un enlace a un vídeo en la nube que enviaba el padre Borkowski. En el vídeo se podía ver a Daniel sano y salvo, aunque aquejado del extraño mal. Todo a su alrededor era oscuro y la cámara no parecía poder penetrar las tinieblas que provocaba. La mente de Sigrid no se vio afectada apenas por la visión, lo que mostraba el buen trabajo que había hecho Lebescque. Por lo demás todo parecía normal; sin embargo, minutos más tarde, Omega Prime les revelaba que aunque el vídeo no había sufrido manipulación en sus imágenes, sí que había evidencia de que alguien había borrado los datos de localización GPS. Esto indujo a sospechar al grupo de la veracidad del vídeo, o al menos de su localización en Boston.

Por su parte, Robert, extrañado porque ya hacía más de veinticuatro horas que no recibía mensajes ni llamadas relacionadas con el trabajo, decidió ponerse en contacto con sus consejeros más allegados. Todos ellos reaccionaron de forma más o menos parecida: la primera impresión fue de extrañeza por la llamada de Robert, y por información que parecía desconocer. Algunos de ellos incluso le respondieron de malas maneras porque “no eran estúpidos” y “no les gustaba que les tomara el pelo”. Otros aguantaron la conversación a pesar de su extrañeza, y eso permitió a Robert hacerse una imagen general de la situación. Según le habían confirmado, él mismo se encontraba en esos momentos, o escasa media hora antes, en Nueva York; además, había dado las órdenes necesarias para la cesión de todos sus derechos, propiedades y capital (excepto las ONG y todo lo inocuo) a Michael Stevenson, el que había sido su mano derecha durante tantos años. Incluso ya habían aparecido noticias en algunos medios económicos, dado lo insólito de tal decisión; según parecía, Robert había anunciado que se dedicaría en adelante sólo a obras filantrópicas.

Cuando el químico puso en común con el resto del grupo todos los detalles de sus conversaciones, enseguida salió a relucir la posibilidad de que hubieran sustituido a Robert por un doble. Dado lo que sabían gracias al vídeo que les había enseñado Philip Ackerman, no podían ni siquiera descartar que tal doble no fuera sino un ente artificial. Se miraron unos a otros, preocupados.

La mañana siguiente, mientras Robert decidía si marcharse de nuevo solo hacia Nueva York o no, Sigrid se estremeció cuando reconoció en el correo electrónico un mensaje de su antiguo enemigo, Paul van Dorn. El librero la instaba a ponerse en contacto con él ante la imposibilidad de hacerse con ella en el número de móvil que tenía. Por fin alguien importante y relacionado con su vida anterior a la subasta daba señales de vida. Con el corazón palpitándole, llamó al despacho de van Dorn; su secretaria pasaba en pocos segundos la llamada. La conocida voz de van Dorn al otro lado del auricular, por extraño que pareciera, reconfortó a Sigrid. La conversación fue breve, y en ella ambos expusieron su deseo de encontrarse en una reunión. Sigrid quería concertar una reunión en algún lugar de Europa, a lo que van Dorn no se opuso, pero de todas formas, el librero le proporcionó unas coordenadas donde podrían reunirse antes si ella lo deseaba. Las coordenadas se encontraban en algún lugar al norte del estado de Nueva York, lugar que debía corresponder a la mansión de veraneo de van Dorn o algún sitio cercano. Se despidieron educadamente.

Cuando Tomaso y Derek volvieron al hotel después de dejar a Patrick y Sigrid en la Universidad, se encontraron con que Robert había vuelto a desaparecer. Tomaso le llamó y no le fue difícil averiguar que se había dirigido al aeropuerto con la intención de volver a Nueva York. Afortunadamente, pudieron localizar rápidamente al magnate y hacerle entrar en razón: si volvía a Nueva York lo peor no sería que lo mataran, sino que lo capturaran o torturaran y le sacaran el secreto del Polvo de Dios. Gracias a su elocuencia, Robert entró en razón y decidió volver con sus compañeros.

Mientras tanto, la revisión de la pequeña parte del trabajo de Abornaz Hawk no había dado los frutos deseados. Aparte de algunas referencias al alfabeto de símbolos abenaki, Patrick y Sigrid no descubrieron nada interesante aún. Por la tarde, se dirigieron a una clínica privada donde Sigrid por fin pudo hacerse una resonancia de la nuca. Los médicos se mostraron sorprendidos. La anticuaria tenía un extraño cuerpo óseo adosado en la juntura de dos de sus vértebras a la altura de la nuca; además, algunos ligeros destellos mostraban la presencia de filamentos que partían desde el “parásito” a través del sistema nervioso de Sigrid, filamentos biológicos que contenían una ligerísima proporción de metal. Por un momento, Sigrid fue presa de la desesperación; los doctores no sabían qué podría acarrear la extirpación de una cosa tan extraordinaria, pero si realmente se trataba de un parásito, recomendaban extirparlo cuanto antes, además de poner el caso en conocimiento de expertos. Sigrid y Patrick salieron de allí rápidamente, dando las gracias a todos, sin querer que el asunto tuviera más transcendencia.

Tras reunirse con el resto del grupo e informarles sobre el parásito, Patrick y Tomaso decidieron visitar subrepticiamente al padre del doctor Hawk. Sally no había tardado en averiguar en qué sanatorio psiquiátrico se encontraba, y hacia allí fueron. Fingiendo ser un cliente interesado en ingresar a su padre, Tomaso pudo seducir a Laura Kraller, la encargada de nuevos clientes. Aprovechando tal cosa, Patrick subió hasta la planta donde se encontraba Hawk, que en psiquiátrico era apodado “el doctor”, y consiguió que una enfermera le franqueara el paso. Como le había dicho la enfermera, encontró a Abornaz dibujando; al parecer, estaba obsesionado y era su única interacción con el exterior. Siempre dibujaba lo mismo: una ominosa sombra humanoide en cada hoja de rayaba, rodeada por extraños símbolos (estos sí que variaban de folio a folio). Patrick reconoció las extrañas figuras al instante: se trataba sin duda de los símbolos que habían visto en la caverna del monolito. A pesar de los esfuerzos de Patrick el anciano no salía de su rutina de dibujo, hasta que el profesor decidió pintar un símbolo él mismo en un folio. En ese momento, el doctor se detuvo y lo miró fijamente, pero no hizo nada más. Observando un poco más, Patrick descubrió un portarretratos con una foto antigua en él, pero enseguida reconoció la imagen: sin duda se trataba de la remota mansión bajo la que se encontraba el monolito. Sin pensarlo demasiado, Patrick la cogió y en ese instante, el doctor pareció sufrir un ataque de pánico; empezó a chillar y a llorar como un poseso. Tras el incidente, Tomaso y Patrick fueron expulsados del lugar sin contemplaciones.


viernes, 23 de diciembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 15

Un retorno accidentado. Psicomagia.
Con la intención de volver a Nueva York lo antes posible, Robert llamó a varias compañías para contratar un vuelo chárter privado. Consiguió un par de posibilidades, un vuelo que saldría la siguiente noche, y un vuelo al mediodía del día siguiente compartido con un equipo de hockey hielo. Decidieron optar por el primero, para salir cuanto antes. Pero algunas horas más tarde, Robert recibía una llamada diciendo que el vuelo de la noche se había cancelado por mal tiempo (el avión no había podido llegar a Quebec) y el vuelo del equipo de hockey también había experimentado problemas debido al mal comportamiento del pasaje. La mujer que hablaba por teléfono insistió en que, si Robert le daba su localización, intentaría encontrarle otro vuelo en un aeródromo cercano. Aquello no le olió bien al magnate ni al resto de sus compañeros, así que decidieron prescindir de los servicios de la compañía.

Por su parte, Sigrid se dedicó a buscar un buen psicoanalista en la provincia. No fue cosa fácil, pero finalmente encontró uno en Montreal. Advirtió al profesional que la había atendido en Nueva York para que contactara con el canadiense y que por favor le explicara su caso de manera que no comprometieran demasiado la versión real de lo que le ocurría.

Mientras tanto, Sally y Derek investigaron la secuencia de números que Sigrid había arrancado del diario del grupo neonazi que habían encontrado en la mansión. Enseguida informaron a Patrick de que los números correspondían exactamente con las coordenadas de la aldea de Lupita, su futura hija adoptiva, y algunas poblaciones más alrededor de la suya. Aquello introducía un factor nuevo en la ecuación de las extrañas desapariciones de niños de cinco años en México.

Alternativamente al vuelo charter, decidieron comprar billetes para un vuelo normal a las siete de la tarde. No llegarían a cogerlo, porque a eso de las dos del mediodía, Tomaso recibía una nueva llamada de su primo Dominic: el párroco le advertía de que sabía con toda seguridad que habían sacado al hijo de Sigrid de Estados Unidos, y que todo apuntaba a que lo habían embarcado hacia Italia. Se temía lo peor respecto al niño, no sería el primero sacrificado en brutales exorcismos, según los rumores.

Con esta nueva información, decidieron reunirse de nuevo con Sigrid. Había cambio de planes, no viajarían a Nueva York con urgencia, porque no se fiaban de los controles a los que pudieran estar sometidos los aeropuertos. Juzgaron que lo más acertado sería dirigirse a Montreal para visitar al psicoanalista que Sigrid había encontrado; una vez que el estado mental de la anticuaria se fortaleciera (si es que eso era posible), ya podrían pasar a tratar el tema de su hijo sin ambages.

En el ínterin, Robert pidió a Sally que Omega Prime investigara sobre posibles bufetes de abogados en Ottawa y alrededores que no estuvieran implicados en posibles asuntos sucios, con Weiss, Crane & Associates, con UNSUP, o con los Illuminati. Pero al cabo de varias horas, Omega Prime respondía tajantemente: habían investigado multitud de bufetes de las zonas de Ottawa y de Quebec, y muchos del noreste de los Estados Unidos, y no había ni uno solo que en tercer o cuarto grado no tuviera conexiones con los enemigos del grupo o se hubiera visto envuelto en un escándalo o caso que tuviera que ver con sus trapicheos.

Derek contactó por la línea segura con el congresista Ackermann para que les recomendara un bufete de abogados de confianza fuera de la esfera de influencia de sus enemigos. El congresista aprovechó para poner al día a Derek de las iniciativas legislativas que se estaban tomando, de los grupos que se habían formado en el congreso, y le pidió que no descuidara la agencia y que, si era posible, ampliara su personal de cara a una posible crisis en el futuro cercano. Sin embargo, ni siquiera el bufete que Ackermann sugirió al grupo resultó estar limpio; Omega Prime pronto descubrió relaciones de su personal con asociados de Weiss Crane y clientes de Unsup. No parecía haber ningún sitio donde los tentáculos de los Illuminati no llegaran. Más de un centenar de bufetes habían sido investigados ya, y en todos existían relaciones de tercer o cuarto grado con los adversarios.

Llegaron a Montreal. Tras un par de días, Sigrid consiguió por fin que la secretaria del psicoanalista Rémy Lebescque le diera una cita. El psicólogo de Nueva York había contactado con él, y Lebescque le había hecho un hueco en cuanto había podido. La consulta no era una consulta al uso, pudieron ver multitud de objetos y arreglos que enseguida relacionaron con los cultos de santería caribeños, lo que no les causó una grata impresión. El aspecto de Rémy tampoco contribuyó a ello: al anunciar la secretaria la llegada del grupo, el menudo canadiense francoparlante salió del interior de la consulta. De pelo negro como el carbón, bajo de estatura aunque de complexión fuerte, lucía una poblada barba y una melena recogida en una trenza, con unas gafas redondas de cristales tintados que le daban un aspecto algo grotesco. Sus manos estaban llenas de anillos e incluso su ropa parecía fuera de lugar, extrañamente elegante en comparación con el resto de su aspecto físico. Les dio la bienvenida en inglés con un ligero acento francés, y les hizo pasar a su estudio.

Allí, Lebescque les explicó sus métodos más ortodoxos, y cómo había optado por la senda del psicoanálisis, una técnica denostada en los últimos tiempos pero que para él era la única vía de tratar ciertos traumas. No tardaron en darse cuenta de que Lebescque era un hombre extremadamente inteligente y aún más perspicaz; enseguida pareció advertir que en la dolencia de Sigrid había más de lo que el psicoanalista de Nueva York y ella misma le habían explicado. A Patrick le pareció que la mejor opción sería sincerarse y para causar el menor impacto posible, explicó todo el problema discretamente a Rémy. Entonces este pasó a otro nivel; les habló de su formación en algo llamado “Psicomagia”, una nueva vía de curación de trastornos mentales; este método había sido inventado pocos años atrás por el famoso Alejandro Jodorowsky ("sí, sí, el de las pelis y los cómics"), pero su método había sido reformulado y ampliamente mejorado por una comunidad de psicoanalistas franceses de cuyas filas había formado parte en aquella época Lebescque. Por lo que Patrick le había contado, este era un caso claramente apto para tratarlo con esa técnica, que reforjaría los procesos mentales de Sigrid e intentaría darle un nuevo punto de partida para que su psique se reconstruyera.

El proceso de tratamiento de Sigrid fue más duro de lo que Lebescque hubiera imaginado nunca. Con la ayuda de Patrick trataron a la anticuaria durante el resto del día, gran parte de la noche y parte del día siguiente. Lebescque estuvo a punto en un par de ocasiones de ser absorbido por la influencia del extraño idioma que se había adueñado de la mente de Sigrid y que sólo una ligerísima barrera implantada en Nueva York había podido mantener a raya. Tuvieron que descansar varias veces, porque las reservas de Rémy estuvieron a punto de agotarse. No obstante, finalmente, “estimulando los centros de dislexia” o algo así, el psicomago recompuso con éxito la psique de Sigrid y consiguió apartar de su inconsciente la influencia del idioma. Lebescque cobró una fuerte suma por el enorme esfuerzo y todas las consultas que había tenido que cancelar durante las 36 horas que había durado el tratamiento. No creía que se tratara de una curación definitiva, y se mostraba preocupado por aquello tan extraño que habitaba en la mente de la mujer y, por lo que le habían dicho, también de su hijo. Les dijo que no se veía capaz de repetir tal tratamiento si sufría una recaída, al menos no él solo. Si necesitaban repetir el proceso, habría que contactar con sus compañeros franceses y realizar una sesión múltiple; pero era posible que tal recaída ni siquiera se produjera; su mente era ahora fuerte y contaba con los medios para reprimir la invasión que había sufrido.

Se despidieron del psicomago, dando las gracias a Rémy por el titánico esfuerzo. A continuación, se dirigieron a cenar (una cena abundante en el caso de Sigrid y Patrick, para recuperar fuerzas). Más tarde, Tomaso, atormentado por la decisión de haber confiado a Daniel a la tutela del padre Borkowski, le contaría en privado a la anticuaria toda la verdad sobre su hijo. Por suerte, Lebescque parecía haber hecho bien su trabajo, y más allá del disgusto de Sigrid, no sucedió nada más.

Volvieron a evaluar todos los cursos de acción que se presentaban ante ellos. Lupita, Daniel y la relación que Sigrid había descubierto el día anterior entre los indios Abenaki y los primeros vikingos llegados a Terranova y Canadá. Decidieron como primer paso contactar con el padre Borkowski. Contra lo que se esperaban, el padre respondió al teléfono y no les puso ninguna traba en acudir a Boston si querían ver al niño. Finalmente, decidieron que Borkowski les haría llegar un vídeo demostrando que Daniel se encontraba en buen estado (aparte de su evidente problema) y que posiblemente se reunirían en Nueva York para tratar el asunto.


jueves, 1 de diciembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 14

Implosión. Nacimiento y muerte de un Universo.
Por suerte [punto de destino] Sigrid se dio cuenta a tiempo y pudo empujar a Patrick cuando sus dedos apenas habían rozado la superficie del hexaedro. Eso lo salvó de un destino fatal, y al cabo de un tiempo recuperaba la consciencia; con la cabeza embotada, eso sí.

Investigaron todos los alrededores. La cosa se dificultaba al no poder alejarse en demasía del monolito, pues en ese momento su mente se abría al infinito universo que lo circundaba y que no alcanzaban a comprender muy bien. En la cara norte de la caverna (o lo que creían que era el norte) había un derrumbe que claramente taponaba lo que en otro tiempo debía haber sido un pasaje, quizá a otra galería o quizá al exterior. Por otra parte, descubrieron que además de los extraños símbolos que poblaban la práctica totalidad de la caverna y que aparecían también en las posesiones heredadas de Derek, otro tipo de símbolos había sido tallado en suelo y estalagmitas en las cercanías del derrumbe, prácticamente formando un camino sobre los primeros ideogramas. A Sigrid no le costó reconocer estos segundos signos: sin duda pertenecían a una variante ritual de la escritura de una tribu de nativos americanos llamados Abenaki. La anticuaria no pudo decir mucho más aparte de esto, aunque creía recordar que la región donde se encontraban distaba en unos cientos de kilómetros de las tierras que habían habitado los Abenaki. Los símbolos amerindios parecían formar una especie de camino desde el derrumbe (antes pasaje) hasta el monolito, pero por más que intentaron encontrar una explicación, sobre todo Tomaso caminando sobre ellos, tocándolos o cualquier otra cosa, el resultado siempre era el mismo: al alejarse un poco caían en el vacío espacial y tenían que volver a presencia del monolito. Lo único que sacaron en claro por la disposición de todo lo visto era la secuencia de los acontecimientos: el monolito era sin duda lo más antiguo del lugar; luego, alguien había grabado durante años, quizá siglos, las paredes, suelo y salientes casi completamente con los símbolos desconocidos; más tarde se habían grabado los símbolos indios y por fin, se había producido el derrumbe y más tarde se había construido la casa encima de todo.

Después de horas de elucubración y frustración, Patrick decidió por fin sentarse y utilizar una de sus dosis de Polvo de Dios. Como siempre que consumía la sustancia, su mente se abrió, pero esta vez aún más… el Monolito aparecía más claro, más… perturbador; le pareció percibir su inmensidad, y en su interior comenzarona asomarse planetas, estrellas y galaxias; cúmulos enteros que vibraban con una frecuencia primordial y que parecían llamar a Patrick a su eternidad. Sigrid avisó a sus compañeros del estado del profesor de filosofía; había visto cómo esnifaba una de las dosis de polvo, y ahora estaba con los ojos muy abiertos mirando el monolito, completamente ido. Se dirigieron hacia él, pero antes de que Derek pudiera llegar a su lado, en cuestión de una fracción de segundo, Patrick estaba de pie ante el hexaedro, con una mano extendida.

Patrick era vagamente consciente de los lentísimos movimientos de sus compañeros a su alrededor mientras avanzaba hacia el objeto primordial. Estaba a punto de tocarlo, cuando el efecto de la droga empezó a remitir. La percepción de la vibración de los componentes primordiales de la materia bajó a su vez, y el monolito dejó de ejercer su atracción sobre el profesor. Cuando pudo recuperarse describió todo lo que había visto al resto del grupo, y su convencimiento de que podría enfrentarse al monolito si tomaba la suficiente dosis del Polvo, una dosis que permitiera a su mente abarcar la inmensidad del cuerpo cúbico.

Y así lo hizo. Las cuatro dosis que le quedaban subieron por su nariz sin pausa. Y su mente se expandió como nunca lo había hecho. Volvió a sentir todo lo anterior, pero aún más amplificado; podía sentir las cuerdas que componían la creación contenida en el monolito (y las de su propio mundo) vibrando. Extendió la mano y tocó una de las caras. Una explosión fuera de toda mesura lo recibió, una explosión primordial y absoluta que arrasó con su ser y lo convirtió en uno con la creación, aunque no con su creación, sino con una extraña, regida por leyes totalmente diferentes a las que él conocía; la gravedad, la luz, la velocidad... todo era distinto, y sin embargo igual, pero la frecuencia de vibración era lo que no cuadraba; sin duda, Patrick vibraba en una frecuencia distinta de todo aquello que le rodeaba; de todo aquello que tocaba mientras en el mundo real tocaba la cara lisa y oscura del monolito. La explosión pronto devino en expansión y en frío, en caos, en orden, en infinitud. Podía sentir la vibración en cada fibra de su ser; estrellas lo aplastaban y a la vez lo hacían expandirse quitándole el aliento; sus sentidos dejaron de transmitir sensaciones inteligibles. Sin duda su mente ya habría explotado sin lo que fuera aquel polvo que había esnifado hacía millones de años. Mundos se creaban y se destruían, trillones de vidas se encendían y apagaban casi al instante, entes que ni la mente del Dios más salvaje habría podido llegar a imaginar tomaron forma y se desvanecieron masacrando millones de vidas, y finalmente trescientas treinta y tres figuras lo rodearon. Algunas de ellas muy parecidas (si no iguales) a las que ya habían visto en el pasillo del piso superior de la academia militar donde el hijo de Sigrid había caído víctima de la Lengua del Clero Primordial, un idioma que sólo debería utilizarse en el Día del Juicio Final, el día en que el Universo acabaría y debería reencarnarse, como estaba a punto de pasar. Las extrañas figuras contemplaron la creación desde su atalaya metafísica, y sin un gesto, sin una palabra, detuvieron la vibración; la negrura estuvo a punto de consumir a Patrick, pero no todo estaba acabado. Un hilillo de vibración permanecía, atraído por un segundo hilo mucho más fuerte y vibrando en una frecuencia distinta, la frecuencia del propio Patrick. El primer hilillo se dirigió a su encuentro, y contra todo pronóstico no fue aplastado, sino que se hizo más fuerte, rodeando al segundo. El encuentro creció y devino en un conflicto que Patrick comprendió que debía detener; se interpuso entre las dos vibraciones, y con un esfuerzo supremo que casi acaba con él consiguió separarlas. El primer hilo se retrajo, y el segundo dejó de vibrar al instante, dejando a Patrick con un vacío que no pudo soportar, y que lo sumió en la oscuridad del olvido.

Lo único que vio el resto del grupo fue que en menos de un segundo Patrick se levantaba, tocaba el monolito y caía desmayado. Sin embargo, antes de caer inconsciente, algo sucedió a su alrededor. Una corriente de aire y una ligera atracción tiró de ellos hacia el hexaedro, nada que no pudieran evitar con un leve esfuerzo. Todos se abalanzaron a interesarse por el estado de Patrick.

Una voz gritó tras ellos algo ininteligible, hablando sin duda en idioma alemán. Por puro acto reflejo, Derek y Tomaso se irguieron, preparados para enfrentarse con lo que fuera. Las figuras que permanecían congeladas en el tiempo alrededor del monolito realizando aquella especie de ritual cobraron vida, y la mujer que había estado grabando la escena gritaba sorprendida. El resto parecían confundidos, y los cuatro individuos que habían visto en posición de tocar el monolito cayeron de espaldas.

A continuación siguió una media hora de tensión durante la cual Tomaso y Derek consiguieron aplacar los ánimos del grupo contrincante, explicando su presencia allí como la de meros aficionados al ocultismo (explicación que también proporcionó el otro grupo, a todas luces sin intención de revelar su verdadera naturaleza). Les explicaron lo que había pasado, y que en realidad les habían salvado de su congelación en el tiempo. La mujer, que se presentó como Sandra y que era la líder a todas luces, parecía no querer más problemas de los estrictamente necesarios y aplacó los ánimos de su grupo. Un grupo compuesto por personas de varias nacionalidades europeas y por estadounidenses, todos capaces de hablar un perfecto alemán y, los no nativos, un más que correcto inglés.

Finalmente, haciendo uso de unos dispositivos electrónicos borraron la información de todos los móviles (que habían empezado a funcionar correctamente en el momento en que Patrick se había desvanecido) e intercambiaron (¡¡¡!!!) información de contacto para compartir información. Por supuesto, también pidieron de vuelta el "diario" que los personajes habían cogido de una de las mochilas. En un momento dado, alguien se acercó a Sandra y le susurró algo; la mujer se volvió extrañada hacia Derek, con la cabeza ladeada, y le preguntó si era huérfano o quizá adoptado. Derek se sorprendió y respondió con evasivas; pero cuando Patrick despertara horas después, informado del hecho y extrañado por las palabras de la mujer, intentaría siempre que pudiera visualizar el aura de su amigo (cosa que no pudo hacer).

En una calma tensa, salieron de la mansión. Los extraños espacios a los que se habían enfrentado, el "universo de la caverna" y el sótano eterno habían vuelto a la normalidad, pero los cadáveres de los compañeros de aquellos que creían miembros de la Sociedad Thule seguían allí.

Mientras todo esto sucedía, Robert seguía esperando en el exterior, fuera del perímetro donde dejaban de verse las estrellas. Durante ese rato, pudo ver cómo salían de la casa dos grupos de personas diferentes que luego se perdían detrás de la colina para no volver a aparecer por el camino, y un par de horas más tarde pudo oir el ya característico ruido de árboles apartándose al paso de alguna criatura enorme. Sin mover un músculo, nadie ni nada detectó su presencia, pero eso sí, pudo oír cómo el segundo agente de la CCSA, el que había escapado corriendo junto a él cuando se habían enfrentado al ser pálido, profería un grito de pánico procedente del lugar donde el coloso que apartaba árboles se dirigía. Robert decidió continuar en su escondite hasta que por el camino aparecieron por fin el resto de integrantes del grupo, apresurados. Se unió a ellos y se dirigieron rápidamente hacia el río, para coger los coches antes de que los contrincantes se les adelantaran.

Sin más contratiempos llegaron a los coches. Mientras subían a ellos, pudieron ver pasar varios helicópteros dirigiéndose en dirección a la mansión. Antes de marcharse, seguiría un intento infructuoso de Derek, Jonathan (el agente de la CCSA que quedaba) y Sigrid por encontrar al agente que Robert había escuchado gritar. Ya anocheciendo, salieron hacia Québec. Durante el viaje, Patrick les contó su experiencia, tan vívidamente que los dejó sin habla. Fuera lo que fuera aquello, lo discutirían largo y tendido más tarde. Sigrid, por su parte, anotó lo poco que recordaba del diario de los alemanes: lo que eran a todas luces varias direcciones y una serie de números que le habían llamado la atención: varias parejas de números con varios decimales, que se relacionaban con una flecha con el número 6666666. No tenía ni idea de qué querría decir aquello, pero lo anotó por si acaso antes de que se le olvidara.

En el hotel de una ciudad cercana a la capital francófona, Tomaso recibió por fin una llamada, que le pareció la primera que recibía en siglos: era su primo Dominic, el padre Bonelli. Estaba realmente agitado. Pedía perdón a Tomaso por no haberle llamado antes, pero afirmaba haber recibido órdenes claras de la jerarquía eclesiástica. Sin embargo, su conciencia le había impedido callar por más tiempo. Dominic expresó sus sospechas de que Daniel, el hijo de Sigrid, se encontraba en un serio peligro, no estaba seguro de que Borkowski o la propia iglesia no fueran a hacerle algo malo; si algún miembro de la jerarquía se enteraba de que estaba diciéndole esto a un laico, sería expulsado. Tomaso intentó tranquilizar a su primo, y se reunió con el resto del grupo aparte de Sigrid para decidir un plan de acción. Finalmente, decidieron dar a la anticuaria la siguiente explicación: por temas personales, Derek, Robert y Tomaso tendrían que viajar en un vuelo privado a Nueva York; Sigrid debería quedarse con Patrick, Jonathan y Sally para investigar un poco más sobre el terreno acerca de los indios Abenaki, sus símbolos y sus creencias. Además, así permanecerían a salvo fuera de Estados Unidos mientras los "hombres de acción" se encargaban de poner en orden sus asuntos y volver lo antes posible.

jueves, 17 de noviembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 13

El Monolito
Seguían sin saber nada de Robert y del segundo agente desde que habían salido corriendo alejándose del gigante pálido que habían encontrado en la arboleda, pero tenían que seguir moviéndose, así que Patrick hizo todo lo que pudo para sacar a Sigrid de su estado de fuga cuanto antes.



La anticuaria repetía sin cesar una letanía ininteligible para sus compañeros, aterrada ante la visión de su propia muerte, aunque pronto comenzó a oír, ahogada y lejana, la voz de Patrick, que la guiaba hacia la luz de la cordura. Sintió como si emergiera a la superficie del mar después de haber pasado largo tiempo ahogándose sin remisión, todo para oír ya consciente el aullido de dolor, o quizá de terror, del profesor de filosofía. Derek se volvió sobresaltado: Patrick había sido atravesado por una especie de tentáculo compuesto de sombras que se extendía desde la puerta trasera de la casa, y al punto otro tentáculo brotaba del suelo y se dirigía hacia Sally; la muchacha gritaba, aterrada por lo que sucedía, y el suelo temblaba, a punto de estallar. Por suerte, Derek pudo empujar a tierra a Sally esquivando gran parte del impacto del tentáculo, aunque no todo. Y a continuación, mientras Patrick sentía un frío intenso que partiendo de su pecho se extendía a todo su cuerpo y le entumecía apagando su voz, el suelo estalló en un remolino de decenas de tentáculos que arrojaron al grupo a varios metros con un fuerte temblor. Jonathan, el agente de la CCSA que quedaba con ellos, disparaba como un poseso al tentáculo que atravesaba a Patrick, mientras gritaba de terror. Y en ese momento, detonó otro sonido: un helicóptero. Un helicóptero de combate se acercaba a la mansión y disparaba balas de un calibre desproporcionado contra ella; no tuvieron más remedio que echarse al suelo para evitar ser desintegrados por los proyectiles. Cuando Derek levantó la cabeza, todos se miraban, extrañados: ni rastro del helicóptero o de los tentáculos; una nueva alucinación, o visión de una realidad alternativa, o del futuro, o lo que demonios fuera aquello. El estrés, sin embargo, era muy real, y comenzaba a hacer mella en ellos: les costó un rato más reanimar a Sally y a Sigrid.

Mientras estaban haciéndolo, un bramido ensordecedor que procedía del bosque les hizo taparse los oídos. El horrible alarido parecía proferido por un millar de gargantas, y tenía una potencia tal que parecía capaz de hacerles explotar la cabeza; los árboles de la colina empezaron a sacudirse y a troncharse, dejando paso a algún tipo de ser que no podía ser otra cosa que horrible. El segundo alarido les aturdió aún más que el primero, y decidieron no esperar más: se internaron bruscamente en la casa a través del ventanal más cercano. La sensación de vértigo que habían sufrido la primera vez volvió, pero por supuesto la prefirieron a lo que fuera que hubiera habido allá fuera. Los vértigos sacudieron con especial virulencia a Sigrid y a Patrick, que quedaron unos minutos inconscientes; luego sólo recordarían que durante ese rato habían tenido sueños de vidas alternativas, pero nada concreto.

Rodearon varios escombros y consiguieron salir por fin al vestíbulo principal, donde se alzaban las grandes escaleras que daban acceso a los pisos superiores. Detrás de las escaleras era donde se encontraba la puerta que daba acceso al sótano, según las indicaciones de Robert. Nada más salir al vestíbulo, Patrick pudo ver a través de los ventanales delanteros que los bosques canadienses habían sido sustituidos por un paisaje mucho más extraño: un entorno que sólo podía calificarse como lunar, y una multitud de seres blancos (algunos incluso mucho más grandes que los que habían visto con anterioridad) se encontraba mirando (o eso parecía, pues no tenían rasgos que lo denotaran) fijamente al caserón. Prefirió no alertar a los demás sobre esto y giraron hacia el fondo del vestíbulo, para dar la vuelta a las enormes escaleras. Derek y Sally iban delante y absortos en observar su entorno no se dieron cuenta, pero el resto del grupo sí pudo ver otra escena ominosa a través de los ventanales traseros: ni rastro de los bosques canadienses; los ventanales eran aberturas al infinito, a la vasta inmensidad de algún lugar del Universo donde podían ver un ser primigenio y aberrante, compuesto de millares, quizá millones de tentáculos oscuros que extendía hacia una multitud de planetas, donde acababa sistemáticamente con todos los seres vivos que los habitaban. El grupo podía sentir el dolor de todos estos seres concentrado, latiendo en sus entrañas. Quedaron absortos durante unos segundos, hasta que Derek y Sally consiguieron hacerles reaccionar (muy a duras penas, pues Tomaso y Sigrid fueron realmente afectados por la experiencia.

Ya ante la puerta, una puerta recia, de madera negra, Derek y Sigrid se sorprendieron al ver los símbolos tallados en su superficie: sin lugar a dudas, pertenecían al mismo idioma que los símbolos del mapa heredado por Derek que Sigrid había empezado a estudiar. Apenas había empezado la anticuaria a calcar los símbolos en unas hojas de papel que todavía había podido rescatar de su mochila, cuando oyeron una potente voz procedente de la parte delantera de la casa.

 —¡¡¡¿Robert?¿Patrick?¿Derek?!!!¡¡¡¿Estáis ahí arriba?!!! —Patrick se estremeció cuando reconoció la voz de Dan Simmons, el Hombre Malo. Afortunadamente no los podía ver, pues la gran escalera se interponía en medio de la estancia.

Pasos de botas militares se oyeron subir por la escalera, pasos que pararon al llegar al primer descansillo, justo encima de las cabezas del grupo. Simmons empezó a rugir órdenes:

 —¿Oís eso?¿¿¿Lo oís??? ¡Tú, arriba! ¡Y tú, abajo!

Acto seguido, el hombre que bajaba la escalera empezaba a soltar ráfagas con un fusil de asalto, ráfagas que cesaron de repente cuando se oyó algo parecido a una hoja de acero cortar el aire y clavarse en su cuerpo. Simmons y el otro individuo corrieron hacia arriba, profiriendo gritos de pánico. ¿Era posible que en otro momento u otra realidad se hubieran aliado con el Hombre Malo?

Dejando a un lado los pensamientos inútiles, Derek tiró de la recia puerta, que se abrió de forma soprendentemente suave. Al pasar, Sigrid tocó la extraña madera, y en el acto su mano empezó a entumecerse, sensación que se empezó a extender por su brazo; más tarde se enteraría de que Derek no había notado tal sensación, lo que desataría aún más interrogantes.

Una antigua escalera de madera se adentraba en un sótano en apariencia normal, pero que pronto daba lugar a una situación fuera de lo común: llegaba un momento en el que las paredes laterales se hundían en la oscuridad y desaparecían, dando paso a un lugar aberrante, una eternidad de oscuridad con el suelo de madera que se extendía hasta donde alcanzaba la vista (que a la luz de las linternas no iba más allá de unos pocos metros). Hicieron varias veces la prueba de volver a subir la escalera, y efectivamente siempre llegaba un momento en que las paredes y la puerta de salida volvían a aparecer, lo cual les tranquilizó un tanto. Otro factor que contribuyó a su malestar fue que en el momento en que la oscuridad los engullía pudieron sentir una especie de latido que hacía vibrar su ser, un latido que parecía venir de todas partes y de ninguna.

Desde la base de la escalera, a la luz de las linternas, justo al límite de su rango de visión, se podía adivinar un par de cuerpos en el suelo. Temerosos de que todo el grupo abandonara la escalera, que en esos momentos se les antojaba como un faro en medio de la oscuridad, un par de ellos se adelantaron a inspeccionar los cadáveres: uno de los cuerpos lucía el rostro devorado por algún tipo de animal enorme, y el otro tenía la cabeza seccionada de forma excesivamente limpia, igual que el doble de Sigrid que habían visto en el exterior de la casa. Ambos individuos estaban desnudos y presentaban un físico musculoso. Les extrañó que sobre la piel los fallecidos llevaran tatuados multitud de símbolos de imaginería nazi (aunque se notaba que eran símbolos más modernos que los de la segunda guerra mundial, los calificaron como “nazis actuales”). Desde el punto donde se encontraban estos cuerpos ya se podía divisar, también al límite del alcance de las linternas, un tercer cadáver en línea recta desde la escalera. Derek y Patick se adelantaron esta vez, dejando a dos pequeños grupos atrás, Jonathan y Sally con el primer grupo de cadáveres y Tomaso y Sigrid en la escalera. Cuando el primer grupo llegaba al tercer cadáver, Sigrid y Tomaso comenzaron a sentirse incómodos y a oír leves respiraciones detrás suyo, que empezaron siendo contadas con los dedos de una mano pero que pronto se convirtieron en multitud, como una muchedumbre que los estuviera observando; no lo pudieron soportar y sin girarse salieron corriendo. Al acercarse de nuevo a la escalera, Derek y Patrick no detectaron respiraciones, pero vieron uno de los entes blancos, que se desplazaba al ritmo del latido omnipresente, teleportándose a pocos metros cada vez en direcciones aleatorias.

El ser blanco no parecía darse cuenta de su presencia, y finalmente desapareció del límite de visión. Decidieron reorganizarse de nuevo, y Derek y Sigrid inspeccionaron el tercer cadáver: más o menos era igual que los primeros, aunque esta vez estaba vestido y parecía que se había suicidado, pero con los mismos símbolos de imaginería nazi. Sigrid detectó un símbolo extraño común en todos ellos que no identificó con ningún tipo de nazis en principio, pero que seguramente los debía de identificar como miembros de alguna organización. Y desde este cadáver se podía ver más allá, en línea recta con la escalera de nuevo, un tercer grupo de cuerpos. Decidieron por fin abandonar la escalera y dirigirse en grupo hacia los nuevos cuerpos. Y pronto tuvieron la sensación de pisar algo blando.

Al alumbrar el suelo, se encontraron con el horror de encontrarse sobre un mar de centenares de miles, quizá millones de cadáveres. Cadáveres escuálidos, con un rictus de horror en sus rostros fenecidos. Sonó un estremecedor estruendo procedente de arriba, del cielo azul que ahora los cubría; el sonido era de tal magnitud que los aplastaba contra los cadáveres bajo sus pies, haciéndoles resbalar y hundiéndolos cada vez más entre los muertos. Tras casi sucumbir al horror y sin llegar a encontrar en ningún momento tierra firme bajo la pila de cadáveres, volvieron a verse rodeados de oscuridad, ante el tercer grupo de muertos del “sótano”. La tensión acumulada era mucha, y algunos de ellos comenzaban y a mostrar ticks en sus rostros o en su cuerpo debido al estrés. El tercer grupo estaba compuesto por dos mujeres y un hombre, una de ellas vestida y los otros dos desnudos; volvían a repetirse los tatuajes nazis en mayor o menor medida, y el símbolo que Sigrid había identificado. También habían sufrido muertes violentas. Pero había algo diferente: para su sorpresa, Sigrid identificó en la mujer desnuda multitud de texto tatuado en arameo, que parecían oraciones de protección a algún tipo de dioses. Le habría gustado dedicar más tiempo a estudiarlos, pero era tiempo que no tenían, y además Derek advertía en ese momento que unos pocos metros más allá se encontraba una escalera de caracol metálica que debía de ser la que Robert les había dicho que descendía a las grutas inferiores. A todos les pasó lo mismo: la escalera no era apreciable hasta que prácticamente se encontraban encima de ella.

Se encontraban agotados, pero aun así iniciaron el descenso por los estrechos escalones. Pocos metros más abajo se quedaron helados al ver que una figura, un hombre, se encontraba congelado en el gesto de subir corriendo, saltando varios escalones de una vez con una pistola en la mano. Cualquier acción que realizaban sobre las ropas o las pertenencias del individuo se revertía en brevísimos instantes, y era imposible afectarle a él de ninguna manera. Aun así, consiguieron esquivarlo y seguir bajando. Pero a medida que descendían el “latido” que ya habían notado continuamente en el sótano fue aumentando de intensidad, conmoviendo cada célula de sus cuerpos y haciendo que Sigrid y Patrick no pudieran resistirlo. Tuvieron que subir de nuevo a lo alto de la escalera para descansar y reponer fuerzas durante unas pocas horas.

Ya recuperados, volvieron a descender, esquivando al tipo que había quedado congelado en la escalera. Esta vez pudieron resistir la presión que sobre ellos ejercía el extraño latido y bajaron más de lo que habían previsto. En un momento dado, la escalera desapareció y se encontraron flotando en medio del Universo; estrellas y galaxias se extendían a su alrededor, y ellos podían acercarse a ellas con un solo pensamiento. Y allí, en el centro de todo aquello, a años luz de distancia, flotaba un monolito colosal, un cubo que brillaba negro como la noche, pequeño al principio; no obstante, a medida que se iban acercando a él con el simple poder de sus pensamientos, el monolito se hacía más grande; más y más grande, hasta que ya no pudieron abarcarlo con la vista. Sin duda era tan grande como una estrella, quizá más. Justo cuando pensaban que alargando un brazo podrían tocar su superficie, el Universo desapareció, dejando paso a una caverna enorme pero que les agobió después de la experiencia vivida. Toda la caverna lucía inscripciones en paredes, techo, estalagmitas y demás, escritas en los mismos símbolos que la puerta y el mapa de Derek; aquello sin duda era un tesoro arqueológico de una magnitud que heló a Sigrid. Y ante ellos, el monolito: una roca lisa, negra, un hexaedro perfecto de tres metros de arista. Se miraron, acongojados por la experiencia vivida; todo estaba tranquilísimo a su alrededor, y el latido había desaparecido. Alrededor del cubo había once figuras congeladas en el tiempo de forma semejante a la que habían visto en la escalera. En cada lateral del monolito, una persona desnuda alargaba su brazo, no sabían si a punto de tocar el objeto o justo después de haberlo tocado. Casi todos con símbolos nazis en sus pieles. Una mujer se encontraba congelada en la acción de grabar con su móvil la escena, y varios hombres más en actitudes difíciles de descifrar. Sus mochilas y equipo seguían amontonadas en un rincón, pero no dieron mucha información al grupo sobre sus motivaciones.

Después de mucho pensarlo, de intentar averiguar sin éxito qué había sucedido allí para que se hubiera desatado aquel caos y de argumentos y contraargumentos, Patrick decidió tocar el monolito. Y cayó inconsciente al instante, su corazón latiendo débilmente y su respiración apenas perceptible… no volvió a despertar.


jueves, 10 de noviembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 12

La Mansión. Distorsiones Espaciotemporales
No pasó mucho tiempo hasta que dejó de llover, pero la corriente no bajaría de intensidad en horas, así que Tomaso y Sigrid decidieron explorar los alrededores y quizá encontrar un paso más sencillo.

En su exploración corriente abajo pudieron ver una cuerda rota atada al tronco de un árbol ribereño a unos 60 metros de donde se encontraban los coches. Sigrid, más experimentada que Tomaso en las actividades en la naturaleza dejó atrás al italiano y se adentró un poco más en la espesura. No había recorrido más de un par de centenares de metros cuando una de sus piernas se hundió en el cieno. Tras muchos esfuerzos pudo por fin liberarse, falta de aliento, y una fuerte corriente de aire y un ruido la alertaron; el ruido había sido parecido al que haría un tronco de árbol partido a la fuerza. Todavía tumbada, giró la cabeza y se quedó petrificada: una figura enorme, de unos tres metros y medio de alto, sin ropa, de piel blanca como la luna y sin facciones en el rostro se encontraba a escasos tres metros de ella, parada y aparentemente abstraída, ignorante de su presencia. Todo alrededor de la figura parecía distorsionado, como borroso pero no exactamente así, no podía explicarlo. La presencia de ánimo de Sigrid no resistió; gritando, salió corriendo desbocada hasta que pudo refugiarse en un macizo de arbustos. Aparentemente, el extraño ser la había ignorado, y tras calmarse un poco, aunque con el corazón todavía en la boca, acudió rápidamente a reunirse con el resto del grupo. Todos expresaron su preocupación cuando Sigrid les contó lo que había visto, pero finalmente decidieron esperar a que bajara la corriente alerta en los coches.

La Mansión Abandonada

Al bajar la corriente, se dirigieron hacia donde Tomaso y Sigrid habían visto la cuerda rota atada al árbol, y la presencia de unas rocas donde podrían apoyarse les decidió a intentar pasar por allí. Lo consiguieron sin muchas dificultades, y al otro lado del río Derek descubrió un trozo de correa de mochila que parecía estar allí desde hacía muy poco tiempo. Alguien había cruzado antes que ellos, sin duda.

Emprendieron la penosa marcha hacia la mansión a través de un terreno escarpado donde no paraban de molestarles las ramas mojadas, el barro y el frío. En alguna que otra ocasión tuvieron que detener su avance debido a extrañas circunstancias. En todas ellas se repetían los mismos elementos: un ruido atronador, como de animal enorme, apartando árboles; en un par de ocasiones, gracias a su posición elevada respecto al entorno, pudieron ver cómo a lo lejos, efectivamente los árboles parecían moverse, apartados por la presencia de algún animal (o ser) enorme; sin embargo, la espesura no los dejó avistar nada concreto. La lentitud de la marcha hizo que les cayera encima el atardecer cuando avistaron la mansión. Rápidamente la luz cedió y se hizo la noche, mientras describían varias curvas que los conducirían a la “propiedad”. Cuando aún se encontraban a varios centenares de metros del lugar, otro hecho extraordinari los dejó helados: de repente, habían desaparecido las estrellas en el cielo. Descartaron que la causa fueran las nubes, pues la luna se veía bien brillante, y para colmo, aún más hechos acompañaron la desaparición de los luceros: las brújulas se quedaron apuntando a una dirección fija, los relojes habían dejado de funcionar y los móviles estaban fuera de servicio. En un destello de lucidez, Patrick dio con la explicación: todo lo que había entrado en “disfunción” eran elementos que estaban estrechamente relacionados con la percepción humana del espaciotiempo. El profesor de filosofía estaba en lo cierto, como comprobarían más adelante.

La “propiedad” de la mansión sólo se identificaba porque estaba totalmente despejada de árboles y la vegetación era escasa, no había ningún tipo de barrera que impidiera el paso; a ambos lados del camino, dos columnas de piedra bajas recibían a los caminantes. En una de ellas pudieron identificar una mancha de sangre, y haciendo de tripas corazón atravesaron las columnatas con extrema precaución. A los pocos metros, pudieron ver asomando de detrás de unos arbustos unas piernas, y al acercarse vieron que pertenecían a un cadáver. El tipo parecía haberse pegado un tiro a sí mismo en la cara, y estaba irreconocible. Pero se quedaron helados cuando Tomaso inspeccionó su cartera y Robert profirió un grito al reconocer la ropa y el pelo de su amigo Michael. Los documentos en la cartera lo confirmaban: el fallecido era Michael Stevenson, el hombre de confianza de Robert que había desaparecido mientras lo llevaban al internado de Canadá. Todos se miraron, consternados y muy preocupados.

En ese momento, Derek llamó la atención del grupo: varias luces de linterna se acercaban a lo lejos por el camino, por donde ellos habían venido. Había entre media docena y diez figuras, no podían distinguirlas muy bien. Pronto llegarían al punto del camino que se escondía tras la última colina y los perderían de vista, para luego aparecer muy cerca de ellos. Apagaron las luces rápidamente y decidieron esconderse y si era necesario tender una emboscada a los desconocidos. Se refugiaron entre los árboles de la falda de la colina, en una oscuridad total cuya ominosidad hizo que al cabo de unos minutos algunos de ellos encendieran una luz contra el suelo. Con el refugio de las tinieblas, Sigrid decidió adelantarse hacia la mansión, mientras el resto del grupo esperaba que aparecieran los desconocidos, cosa que nunca sucedió; pero incluso cuando el lapso de tiempo ya era claramente anormalmente largo para el trecho de camino que los intrusos tenían que recorrer, temiendo una contraemboscada decidieron permanecer quietos y en silencio. Hasta que los árboles empezaron a crujir a su alrededor.

Mientras tanto, durante ese tiempo Sigrid se había acercado al caserón, semiderruido en muchos puntos excepto en el cuerpo principal. Lo primero que vio fue una linterna en una de las ventanas del primer piso y alguien que miraba hacia fuera, pero no pudo distinguir nada más. Se acercó reptando, un poco más. A los pocos segundos, alguien salía corriendo por la puerta principal de la mansión presa de un pánico absoluto, gritando con voz ronca y alejándose en dirección contraria; a los pocos segundos Sigrid pudo escuchar unos disparos, seguramente realizados por el propio sujeto. Se armó de valor y decidió seguir acercándose, pero en ese momento oyó varios gritos y disparos procedentes de donde se encontraba el resto del grupo.

En la arboleda, todos habían comenzado a oír ruidos inquietantes a su alrededor, ruidos que iban in crescendo; Robert y los dos agentes de la CCSA que les acompañaban no pudieron resistir la tensión de los ruidos en la oscuridad y encendieron sus linternas, apuntando hacia el foco de sonido. Los dos agentes gritaron, dispararon y huyeron cuando vieron a la extraña figura: un ser humanoide de más de tres metros de alto, blanco como la nieve y sin facciones reconocibles en el rostro, el mismo que Sigrid había visto horas antes. Robert tuvo más presencia de ánimo y, después de disparar varias veces sobre el ente sin que este pareciera siquiera darse cuenta de su presencia, decidió acercarse; apuntó con la linterna a los pies del gigante para asegurarse de que no levitaba ni nada parecido. A los pocos pasos, de repente, el humanoide aparecía justo delante de él, y Robert sintió una sensación horrible, algo que sólo pudo definir después como “cercano a la muerte”. Corrieron todos, alentados por los gritos del magnate, y se refugiaron en la oscuridad del bosque. Sally y Derek entraron en pánico.

Sigrid se sintió tentada de volver, pero a los pocos segundos salió de la mansión un grupo de gente, con lo que tuvo que quedarse quieta y en silencio. Cuchicheaban, hablando de que estaban seguros de haber oído gritos y disparos. Las figuras se acercaron hacia su posición con cuidado, y el corazón de la anticuaria dio un vuelco cuando reconoció los rostros de Patrick, Derek, Robert y Tomaso. No era posible, los había dejado atrás y era del todo punto imposible que la hubieran adelantado. Las palabras de Patrick explicando los problemas espaciotemporales de la zona acudieron a su mente; ¿era posible que se hubieran teleportado, o que estuviera viendo el futuro o algo así? Los sujetos que parecían -o eran- sus amigos se separaron en parejas, tomando direcciones opuestas. Sigrid siguió avanzando, rodeando la mansión; al llegar a la altura de la puerta trasera, se dio de bruces con un cuerpo inerte; abrió mucho los ojos cuando reconoció su propia ropa y por fin, su propio rostro pero horriblemente seccionado por la mitad; lo que restaba de cerebro y la lengua habían resbalado fuera del cráneo ofreciendo una estampa realmente horripilante. No pudo soportar la visión; rompió a llorar y se abrazó las rodillas, dejándose caer en postura fetal.

Por sulado, el resto del grupo pudo recomponerse por fin, y decidió avanzar hacia el caserón. Ni rastro de Sigrid. Prefirieron evitar la puerta principal, y entrar por uno de los grandes ventanales de la planta baja. Pero no sirvió de nada; lo primero que sintieron fue el vértigo, un mareo y un vértigo abrumador que dejó a Derek inconsciente, mientras los demás tenían que apoyarse o sentarse para calmar la sensación. A los pocos segundos, Derek volvía a la consciencia con un grito de pánico desgarrador y, tras una segunda caída en la inconsciencia despertó de nuevo normalmente, con la voz algo ronca, pero sin recordar su situación ni a ninguno de sus compañeros. Los demás habían tenido tiempo de asimilar la extraña sensación (que no de recuperarse, pues la sensación de vértigo era continua) y preguntaron al director de la CCSA qué era lo último que recordaba, preocupados por su repentina amnesia. Tras pensarlo unos momentos, con un rictus sombrío, Derek afirmó que lo último que recordaba era a él mismo… suicidándose; con un fluido movimiento y los ojos vidriosos sacó su pistola, intentando apuntarse a la cabeza. Afortunadamente, Tomaso estuvo rápido y pudo frenar la mano de su amigo; Derek lo miró extrañado, prevenido ante un ataque violento del italiano y extrañado por su acción; no había ninguna pistola en la mano de Derek. Tomaso y Patrick se miraron consternados, y pidieron a Sally que confirmara lo que habían visto. Esta afirmó no haber visto lo que decían y dijo que todo aquello le parecía muy extraño; todo esto mientras sollozaba y apuntaba a los demás con la pistola de Derek en sus manos. Apuntó a Patrick y apretó el gatillo; Patrick se lanzó al suelo y Tomaso derribó a la periodista, que lanzó un grito de indignación, imprecando a Tomaso por lo que estaba haciendo. De nuevo, no había ninguna pistola en las manos de Sally, y esta miraba indignada a Tomaso.

Tras darse las correspondientes disculpas y unas rápidas explicaciones, se pusieron en movimiento. Entraron en otra estancia a través de unos escombros, y allí pudieron ver tres cadáveres. Los tres eran desconocidos para ellos, y uno de ellos parecía haber matado a los otros dos y luego haberse suicidado. Mientras el grupo se adentraba aún más en la mansión, Patrick no pudo resistirlo más: sacó discretamente un paquete de Polvo de Dios y lo esnifó. Y el viaje fue brutal. Lo único que vieron los demás fue que Patrick caía al suelo de espaldas, totalmente ido. En esos momentos, Patrick era testigo de millares, o quizá millones, de encarnaciones diferentes de sus amigos y de gente desconocida pasando por la mansión. Cuando su mente parecía estar a punto de sucumbir, se encontró de repente rodeado por un grupo de los entes níveos a cuyo alrededor todo parecía distorsionado; en un idioma ancestral pero que a la vez aún no existía, le hablaron:

—¿Eres el responsable del fin del Universo?—lo interrogaron.

—No, no soy yo —respondió Patrick después de unos pocos siglos.

—¿Y quién lo es?

—No lo sé —esta vez, a Patrick sólo le llevó unas cuantas décadas responder— ¿qué estoy haciendo aquí?.

A continuación, infinitas vidas pasaron ante los ojos del profesor de filosofía: se vio a sí mismo casado con Sigrid, casado con la hija de Sigrid, casado con Tomaso, viudo de tres mujeres, salvador del mundo… y otras tantas con sus compañeros.

Pocas cosas recordaba Patrick una vez que el Polvo de Dios agotó su efecto; una de ellas fue verse a sí mismo (en una de esas vidas alternativas) desintegrándose en silencio y ascendiendo a una esfera de Seres Superiores; una circunstancia muy críptica y de la que no pudo sacar nada en claro. En el estado de semiconsciencia en el que entró al final del período de efecto del Polvo, Patrick pudo ver a Sigrid inconsciente y con la cabeza seccionada en la parte trasera de la casa; avisó al resto del grupo y así encontraron los dos cuerpos de la anticuaria: el de la cabeza seccionada y el lloroso catatónico. Respiraron aliviados al encontrar al menos una versión de su amiga viva todavía. Mientras intentaban reanimar a la pobre Sigrid, Patrick jugueteaba con otro paquetito de Polvo de Dios de su bolsillo...

viernes, 21 de octubre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 11

Hacia el monolito
Los sacerdotes se reunieron con el grupo para indagar algo más sobre los hechos extraños que le habían sucedido a Daniel, y la conversación acabó derivando hacia la revelación de todos los acontecimientos que Tomaso y sus compañeros habían vivido en los últimos días. Les hablaron de la gente de habilidades extraordinarias, del evento en el bar, de Henry Clarkson, del Hombre Malo… este último llamó especialmente la atención de Borkowski, que no entendía cómo alguien podía hacerse llamar así. Lo que los clérigos sacaron en claro fue que el grupo estaba inmerso cual peón en una especie de juego de ajedrez que no comprendían. El polaco tomó notas de todo lo narrado, para su estudio posterior, y tras largo rato se despidió, dando un plazo de veinticuatro horas para que el grupo decidiera si se llevaba al niño a Boston.

El problema era que Sigrid no parecía tener sus facultades mentales en su mejor momento, ni por asomo. Y nadie quería la responsabilidad de decidir qué hacer con el niño. Tras un intento de retirarle el sedante que acabó con Sigrid profiriendo insultos sin pronunciar ni una sola palabra en un idioma mundano, Derek decidió contactar con John Stamos, un psiquiatra que había colaborado en alguna ocasión anterior con la CCSA. Afortunadamente, John no hizo demasiadas preguntas y además resultó ser un psicoanalista innovador y fuera de serie, uno de los pocos que seguía trabajando en ese campo. Entendió la situación de Sigrid, y haciendo uso de técnicas de inducción mental mediante grabaciones y de hipnosis, hizo que la anticuaria consiguiera instalar “barreras” en su cerebro para poder reprimir (aunque a duras penas) las palabras que reptaban en su mente en un plazo de poco más de un día. Eso sí, Stamos les advirtió que sería necesario renovar el tratamiento cada pocos días.

Sin embargo, ante la imposibilidad de que Sigrid reaccionara dentro del plazo que les había dado Borkowski, Derek tomó por la mañana la decisión de trasladar al niño a Boston. Junto con Tomaso, llevaron a Daniel a la iglesia, y se hicieron acompañar de dos agentes que irían a Boston escoltando al cura.

A mediodía, Tomaso pidió a Omega Prime que blindaran sus cuentas bancarias contra posibles bloqueos y ataques, a lo que los hackers se pusieron sin vacilar. Por otra parte, Sally apareció unas horas después de que Borkowski se llevara a Daniel a Boston. Había hecho unas investigaciones y había encontrado en una caché de un blog perdido lo que buscaba: una noticia aparecida en un periódico australiano (periódico que ya no existía) sobre un “evento zombi” en el sureste del país oceánico. Lo curioso es que la noticia no pertenecía a un medio amarillista o de dudosa reputación, sino a un periódico que parecía haber sido serio y de una tirada considerable. La noticia hablaba de cómo los muertos habían comenzado a levantarse en un éxtasis extraño, y aparecía una foto: en ella se veía un grupo de paramilitares en primer plano haciendo gestos hacia la cámara, y detrás de ellos asomaban los hombros y la cabeza de una figura que sin duda se trataba del padre Borkowski; además, el alzacuellos que lucía en la imagen lo delataba al cien por cien. Para más inri, el periódico donde había aparecido la noticia había cerrado de repente unos meses después de su publicación. Sally anunció su intención de contactar con Omega Prime para ver qué podían averiguar sobre el pasado del cura.

Por la tarde, bajo la supervisión de Stamos, a Sigrid le fue retirado toda dosis de sedante, y el tratamiento había funcionado: aparentemente, conseguía reprimir todo pensamiento que la llevara a pensar en su hijo o en la lengua. Patrick pasó de soslayo sobre el hecho de que Borkowski se hubiera llevado a Daniel, y la mente de Sigrid evitó pensar sobre ello dos veces.

Al atardecer, después de que los dos agentes que habían acompañado al padre Borkowski a Boston volvieron con un informe rutinario, salieron por fin hacia el monolito montados en dos todoterrenos, uno de la CCSA y otro adquirido expresamente por Robert.

La noche la pasaron en un hotel de la frontera con Canadá. De madrugada, Sally llamaba a la puerta de Derek, con una tablet en la mano. Omega Prime le había enviado todas las referencias que habían encontrado sobre el padre Borkowski, extremadamente difíciles de encontrar: la noticia de los zombis había sido lo primero, por supuesto; tras ella varias cosas más. Una foto de baja calidad donde aparecía Borkowski junto con otros jóvenes sacerdotes siendo bendecidos por el Papa Juan Pablo II, vistiendo un hábito con un par de bandas blancas verticales. Algunos oscuros correos electrónicos que se referían a los disturbios de San Francisco en los 90; estos disturbios se achacaban en general a la homofobia, pero en estos informes se mencionaba a “la Orden”, a Jan Borkowski y a la posibilidad de que estuviera allí para atentar en contra de los intereses de “los Durmientes”. Por último, unos escaneos de unos informes de un agente del FBI destacado en San Francisco llamado Jonathan Lennox. Los informes iban dirigidos al superintendente Paxton, e insistían sobre los hechos extraños que rodeaban los disturbios de San Francisco y su desacuerdo en “silenciar a la opinión pública”. En alguno de los informes se mencionaba a un sacerdote polaco de apellido “Borkaski o Barkowski”, cuya descripción correspondía inequívocamente al cura, y que actuaba junto con otros sacerdotes que tenían la particularidad de ir armados y realizar actos reprobables. En algún otro se mencionaba a alguien llamado “El Freak”, del que se decía que tenía mucho que ver en todo aquel follón, y a quien Lennox calificaba como “una especie de semidiós, capaz de los más extraordinarios actos”. Lennox fue despedido poco después de los acontecimientos de San Francisco, y se encontraba en paradero desconocido, y Paxton se encontraba ahora ocupando un cargo en la cúpula de la NSA.

Con el grupo reunido y la información compartida, Sally mencionó que lo más lógico para ella sería hablar con otros agentes o ex-agentes del FBI que hubieran estado destacados en San Francisco en la época del sacerdote, y ver qué podían averiguar. Todos estuvieron de acuerdo con la propuesta. A las pocas horas, Omega Prime enviaba por correo electrónico un listado de agentes que se encontraron en San Francisco durante los disturbios.

Muy temprano por la mañana continuaron el viaje. Al poco de cruzar la frontera comenzó a llover, y la lluvia se prolongaría todo el día. Atravesaron gran parte de la región de Quebec, dejando atrás las grandes poblaciones y adentrándose en los bosques, siempre acompañados por la cortina de agua. Salieron de las carreteras principales y se adentraron por vías cada vez en peor estado, agravado por la lluvia. Los árboles se erguían a su alrededor, majestuosos e impasibles. Durante horas condujeron por valles y laderas, dejando muy atrás la última aldea. Cuando Robert calculaba que sólo debían de estar a unos quince o veinte kilómetros de la mansión con el monolito, la escasa visibilidad jugó una mala pasada a Patrick, que conducía el primer coche: tras una curva descendente se encontró de frente con un coche aparcado en el camino; dio un volantazo, y resbaló en el barro, quedándose al borde de los restos de un puente que otrora había cruzado el río que ahora venía crecido. Sin embargo, Derek, que conducía el segundo coche, también se vio sorprendido e impactó al vehículo de delante, haciendo que cayera a la corriente. Siguieron unos minutos fríos y angustiosos, tras los que Tomaso, Sally y Derek consiguieron rescatar a Patrick, Robert y Sigrid.

Una vez pasado el momento crítico, evaluaron la situación: el todoterreno de Patrick había quedado inutilizado en el río (aunque afortunadamente pudieron salvar el material), pero a cambio, en medio del camino había un todoterreno aún mejor y más grande que el suyo con las llaves puestas y abierto. Se refugiaron rápidamente de la lluvia, dieron al contacto y funcionó; así que encendieron la calefacción y encontraron algo de alivio. Cuando investigaron un poco más pudieron ver que no había nada en el vehículo: ni documentación, ni equipo, nada.

El problema ahora era que tendrían que continuar a pie, al estar el puente de piedra derrumbado. Robert recordaba que el puente estaba en pie cuando él y Michael habían visitado el monolito, así que se tenía que haber derrumbado recientemente.



jueves, 6 de octubre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 10

Robert en peligro. El enviado del Vaticano.
Al atardecer, Patrick le pidió a Derek una conversación discreta, lejos de los oídos del resto del grupo. Le comentó que era consumidor habitual del Polvo de Dios, y que hacía tiempo que se había agotado. Estaba intentando buscar más, e insinuó que quizá la CCSA tuviera existencias que guardara como pruebas. Desafortunadamente, Derek le confirmó que la CCSA nunca había podido conservar el polvo, porque al abrir los plásticos envasados al vacío en los que se comerciaba, enseguida se degradaba y no quedaban restos aprovechables. También le comentó que en las escenas donde se sospechaba que se había consumido el Polvo se encontraba un ligerísimo remanente de radiactividad; nada peligroso para la salud (al menos el resto que quedaba tras su consumo), pero eso les hacía pensar que la droga tenía algún tipo de ingrediente inestable que hacía posible su conservación al aire libre más allá de unos pocos minutos. Patrick, por su parte, compartió sus experiencias con el polvo con Derek, hablándole de los extraordinarios efectos que causaba en él y su habilidad de ver las auras de las personas, y también de los efectos que parecía tener en personas con capacidades algo más… “extraordinarias”. El director de la CCSA NY escuchó con interés y tomó buena nota de todos los datos.

Un par de horas más tarde, una de las administrativas de la agencia aparecía ante Patrick con un paquete que había traído un mensajero de FEDEX a su nombre. Abrió el sobre acolchado y se encontró con una discreta caja de cartón. Al abrirla se quedó anonadado: en el interior había media docena de papelinas (de plástico envasado al vacío) de Polvo de Dios, con el inconfundible sello del vikingo rojo en ellas, y una nota. La leyó enseguida: “Procura que te dure un tiempo, porque va a ser muy difícil conseguir más en breve”. Patrick buscó al instante a Derek y le comentó el extraño envío, y además le proporcionó una de las papelinas para su posible estudio posterior.

Mientras tanto, Tomaso había enviado un mensaje a Robert con el fin de encontrarse con él en un bar del centro, y poco más tarde tomaban un café frente a frente. El italiano le comentó las intenciones que tenía el grupo de visitar el monolito y quería preguntarle si él los acompañaría a visitarlo y estudiarlo. La conversación transcurrió agradablemente durante unos pocos minutos, hasta que Tomaso se puso en guardia cuando su sentido del peligro le avisó de que un encapuchado estaba sin duda observándolos desde la otra parte de la avenida. Pidiendo a Robert que se quedara tranquilo y tomándose el resto de café, salió por la parte trasera del restaurante, un antiguo callejón con discreto acceso a la avenida. Rodeando una manzana, avistó por fin al sospechoso, con la capucha de la sudadera echada. Sin embargo, éste ya se había puesto en marcha, acercándose rápidamente hacia el bar y esnifando claramente una papelina de droga; otro encapuchado cruzaba por otra esquina, sin duda con intención de unirse al primero. Además, un hombre vestido impecablemente, con sombrero y chaqueta, ya se encontraba prácticamente en la entrada. Ante la imposibilidad de acercarse corriendo y discretamente, decidió desviarse y esquivar a los desconocidos. Mientras hacía esto, llamó a Derek, y le gritó que saliera rápidamente de allí, pues estaba convencido de que estaba en peligro; al instante vio a Derek aparecer por la puerta delantera; pero antes de que pudiera dar más que unos pocos pasos, algo sucedió. La gente alrededor del primer encapuchado desconocido comenzó a derrumbarse en el suelo mientras gritaban desesperados. Robert se sintió extraño durante un momento, y al instante sintió su piel arder; al mirarla, vio cómo empezaban a brotar bambollas y a reventar, con un dolor insoportable; cayó al suelo. Tomaso no entendía lo que sucedía, los afectados gritaban y se revolvían sin motivo aparente a sus ojos. El tercer extraño que había visto antes, el trajeado, cogió a Robert del suelo y lo introdujo en el bar, del que todo el mundo había salido al oír el escándalo; los otros dos lo siguieron rápidamente.

Con rapidez, Tomaso volvió a entrar por la puerta de atrás. Los dos encapuchados esperaban en la sala delantera del bar haciendo guardia, mientras el tercero había desaparecido junto con Robert. Se acercó a la puerta del baño, que estaba entreabierta. Pudo atisbar cómo el desconocido del traje extraía una aguja del cuello de Robert. Decidió irrumpir, golpeando al hombre por sorpresa. Sin embargo, resultó ser un hueso más duro de roer de lo que había creído y la trifulca se alargó más de lo previsto, lo que permitió acercarse a los otros dos. Uno de ellos hizo que Tomaso sintiera unas náuseas que casi lo incapacitan, y justo en ese momento alguien disparó al otro lado de la puerta, hiriendo al segundo encapuchado. Varios hombres con equipo paramilitar habían irrumpido en el bar y se enfrentaron a los tres primeros. Tomaso, encañonado por cuatro hombres con fusiles de asalto no pudo más que levantar las manos y dejarse arrastrar, mientras le hacían cargar con Robert. Salieron al callejón trasero, desde donde ya se podía ver un todoterreno negro esperándoles; llegaron al pequeño arco que daba acceso a la calle, y en ese momento un segundo vehículo apareció a toda velocidad, estampándose contra el todoterreno y llevándose por delante a dos de los paramilitares. Alguien gritó y alguien más lanzó un aullido de dolor, y en ese momento el joven italiano decidió que lo mejor era salir de allí. Consiguió escabullirse cargando a Robert y refugiarse entre los matorrales de un pequeño parquecillo unas pocas manzanas más allá. Agotado y sumamente dolorido llamó a Derek por el móvil encriptado.

Derek movilizó a algunos de sus hombres, y procedieron rápidamente a la extracción de Tomaso y Robert. Patrick les acompañó. En pocos minutos llegaban a la manzana donde se encontraba el parquecillo y salían del coche alertados por una seña de Tomaso. Mientras tanto, Patrick permanecía en el interior del coche, y algo llamaba su atención: un hombre encapuchado que se acercaba a unos cien metros por una bocacalle. El aura del desconocido no dejaba lugar a duda de sus extraordinarias capacidades, y además se acercaba directamente hacia ellos; sin embargo, a los pocos segundos el encapuchado se detenía, aparentemente confuso. No hubo tiempo para más: Tomaso y Robert ya estaban en los coches mientras a lo lejos se oían las sirenas de ambulancias y coches de policía, y partieron rápidamente. Al poco rato Patrick compartiría con ellos su visión del desconocido y su capacidad para ver auras.

Al llegar a la oficina se reunieron con Sigrid, que había permanecido allí preocupada por su hijo. Robert permanecía inconsciente, suponían que debido a lo que le habían inyectado. Tomaso recibió un mensaje de su primo: el enviado del Vaticano había llegado por fin; sonriendo, el italiano compartió la información con Sigrid, intentando tranquilizarla, porque creía que el recién llegado podría ayudarles con el problema de Daniel.

Poco después Robert despertaba, aunque no en las mejores condiciones: medio atontado, enseguida se dieron cuenta de que le habían inoculado algún tipo de sustancia para anular la voluntad. La conversación que siguió reveló por fin informaciones sumamente interesantes. Robert reconoció ser el creador de la droga conocida como Polvo de Dios, y les habló de un extraño mineral que componía la base de su fórmula; recientemente había destruido todas las existencias excepto la media docena de dosis que había enviado a Patrick. El profesor de filosofía se sorprendió al oír esto, nunca habría creído que Robert fuera tan considerado con él. Cuando Robert se espabiló pocos minutos más tarde, Patrick le agradeció su objeto.

Tomaso y Derek se marcharon para encontrarse con el enviado del Vaticano. En la iglesia los recibió Dominic, el primo de Tomaso, y en sus dependencias les presentó a Jan Borkowski, oriundo de Polonia y hombre de confianza del Vaticano en el noreste de los EEUU. Jan era un hombre en buena forma, cerca de los cuarenta y de ojos azules, vestido con camisa y pantalón negros. Tras unas breves presentaciones, Jan reconoció que se dedicaba a estudiar los fenómenos extraños que pudieran presentarse en el noreste del país y reportarlos al Vaticano. No era en realidad uno de los mejores exorcistas, pero estaba autorizado a llevar a cabo el ritual y si era necesario podría pedir refuerzos; todo ello lo hacía en deferencia al padre Bonelli, al que había conocido durante su juventud en Roma. Poco después, Tomaso, Derek y los dos sacerdotes llegaban a las dependencias de la CCSA.

Mientras Derek y Tomaso habían estado fuera, Omega Prime había enviado a Sally algunas grabaciones de “ecos de radio” —fuera lo que fuera aquello— que se habían obtenido en la escena del caos que había envuelto a Robert. Al parecer, un montón de gente se había congregado alrededor de la cafetería buscando a Robert, y entre ruido de estática se podían oír voces afirmando “lo tenemos”, o “¡seguidlos!¡Que no se lo lleven”. Casi al final de la grabación se podía reconocer a alguien diciendo: “¡Lo he localizado!¡Lo tengo de nuevo!”, de nuevo estática y al cabo de otros pocos segundos: “¡Lo he perdido! ¡Tienen algún tipo de escudo que me impide sentirlo!”. A partir de ahí las transmisiones policiales cubrían cualquier otra conversación.

Decidieron dejar el tema de Robert aparcado con la llegada del padre Borkowski. Éste pidió una información exhaustiva sobre Daniel, su infancia y su estado mental. Sigrid estuvo a punto de perder la paciencia por la aparente irrelevancia de muchas preguntas, y empezó a proferir cada vez más palabras en la extraña lengua. Este hecho y la información que le dieron sobre el “lenguaje viviente” decidió por fin a Borkowski a trabar contacto con el niño en la sala de interrogatorios. El sacerdote pareció sobrecogido por el aspecto que presentaban las inmediaciones, con la oscuridad casi palpable y las luces mortecinas. Tuvieron que sacar a Sigrid a rastras de la sala cuando intentó hablar con su hijo y no pronunció ni una sola palabra reconocible. Borkowski se equipó con su estola púrpura, el crucifijo y el agua bendita, y pasó a la sala. Tomaso se puso los auriculares para poder escuchar; durante unos minutos, el cura habló al niño en latín y en inglés, lo tocó con su crucifijo y lo roció con agua bendita; por su parte, el niño se limitó a hablar en su lengua, sin parecer asustado o enojado. A los cuatro minutos, decidieron que era peligroso que el sacerdote continuara en al sala, así que Tomaso y el biólogo encargado de sedar al niño pasaron a la sala. Al entrar, notaron una sensación realmente extraña, parecida a la que habían sentido en la primera planta de la academia militar: algo parecido aun vértigo acompañado de una sensación de ignorancia que los puso enfermos; el biólogo cayó inconsciente, mientras Tomaso se tambaleaba y vomitaba violentamente. Borkowski los ayudó a salir de allí, sin compartir su malestar.

Ya recuperados, pidieron la opinión de Borkowski y Bonelli. Este último no acertó a sugerir gran cosa, pues estaba profundamente conmovido por lo que había presenciado. El polaco respondió que no creía que se tratase de una posesión, pues el joven no había respondido como se esperaba al crucifijo ni al agua bendita, ni siquiera a las exhortaciones en latín. No obstante, debido a la urgencia que el grupo tenía por salir del país, sugirió el traslado de Daniel al Convento de las Hermanas Clarisas de Boston, donde la Iglesia disponía de instalaciones para tratar este tipo de casos extraños. Él se ofreció a contactar con otros sacerdotes que podrían visitar al niño en el convento. Patrick veía esta opción como la más viable, aún más después de observar las auras de los dos sacerdotes y no detectar nada extraño en ellas.


viernes, 23 de septiembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 9

Reunión con Simmons. Desencuentros.
Sigrid despertó poco después, y Tomaso, solícito, fue a su encuentro para interesarse por su estado. Ambos se encontraron a gusto y tuvieron la oportunidad de revelarse algunos secretos y compartir experiencias, lo que les unió un poco más. El encuentro tuvo al parecer un efecto terapéutico en Sigrid, que acabó la conversación sin pronunciar apenas palabras en la lengua extraña de la academia.

A mediodía, Tomaso se encontró con Robert; aunque intentó despistar a los demás, no lo consiguió, y Sigrid, Patrick, Derek y un par de agentes lo siguieron hasta las cercanías del punto de encuentro. Mientras Tomaso y Robert se saludaban y entraban en el edificio, los perseguidores decidieron esperar unos minutos antes de entrar. El edificio era típico del distrito financiero, destinado al alquiler de oficinas y despachos, y en uno de ellos los había citado Dan. Había controles de metales en la puerta, así que primero dejaron todos sus pertrechos comprometedores en una taquilla.

Una mujer muy arreglada, que se presentó como Helen Simpson, les recibió en la antesala del despacho. Después de saludarlos y comprobar su identidad, les hizo pasar a la sala principal; Dan Simmons se levantó con una sonrisa, moviéndose con demasiada agilidad para sus dimensiones corporales: parecía un jugador de baloncesto profesional, alto y fuerte. Impecablemente vestido, estrechó sus manos con un apretón firme y les presentó a su “hombre de confianza”, que también se encontraba en la sala: Juan Martínez. El latino parecía un anodino oficinista, en contraposición a la abrumadora presencia de su jefe.

El Hombre Malo, como prefería que le llamaran Simmons, no se anduvo con rodeos. Tras unos breves preámbulos en los que se habló de la empresa de Robert, el papeleo de los abogados, y cómo los abogados de Albany habían contactado con él, Simmons les habló de la situación real. Y lo que oyeron les dejó perplejos.El mundo ocultista estaba revolucionado con una droga nueva que había surgido hacía relativamente poco: el Polvo de Dios. Algunos elementos tenían conocimientos arcanos en disciplinas sobrenaturales (a los que Simmons llamó “Adeptos Postmodernos”) y eran capaces de realizar cosas extraordinarias, cosas que ni siquiera Simmons comprendía totalmente. El caso es que él sí conocía la existencia de unos rituales concretos, rituales de revelación y de impostación, que servían para guiar al adepto hacia un objetivo o todo lo contrario, despistarlo. Muchos rituales de revelación se habían lanzado últimamente para revelar a la persona en la que tenía su origen el Polvo de Dios. Que Simmons supiera, la mayoría no habían arrojado más que informaciones vagas sobre la localización de la persona, pero hacía varios días por fin uno había tenido éxito; de cómo se había enterado no quiso hablar, pero el ritual había revelado claramente la identidad de Robert McMurdock como el responsable de la creación del Polvo. Ahora, Robert y los que estuvieran a su alrededor corrían serio peligro, pues el Polvo se había convertido en una especie de Santo Grial de los Adeptos: potenciaba sus capacidades de formas que no alcanzaban a comprender, pero que les hacían capaces de cosas a priori imposibles.

Por supuesto, la verdadera razón por la que Simmons había convocado a Robert a aquella reunión era que estaba realmente interesado en la fórmula del Polvo, así que ofreció un intercambio de favores si McMurdock se la proporcionaba. Aún en shock por todo lo que habían oído, le pidieron tiempo para pensar, a lo que el Hombre Malo accedió con una sonrisa, no sin recomendarles que no demoraran mucho su decisión, porque estaba seguro de que otra gente llegaría pronto hasta Robert con métodos menos amistosos. Tras darles unas tarjetas personales, se despidieron.

Al llegar al ascensor, Robert y Tomaso se toparon de bruces con el resto del grupo. El primero hizo amago de evitarlos, pero le impidieron el paso. La intervención de Tomaso apaciguó los ánimos cuando sugirió que sería buena idea que los cinco compartieran una buena comida. Ya en el restaurante, Derek pronto demostró que había perdido la paciencia con McMurdock. Ante la reticencia del ejecutivo en confiar en sus compañeros y la posibilidad de que sus maniobras con Simmons pusieran en peligro al resto del grupo, Sigrid se marchó de la mesa indignada. Derek pidió a Robert que le devolviera el móvil encriptado que les había proporcionado el congresista Ackerman y se marchó, separando sus caminos.

Al marcharse Derek, Robert tuvo una corazonada de que algo malo iba a ocurrir, pero reprimió sus impulsos. También tuvo la angustiosa sensación al marcharse Tomaso, pero siguió negándose a dejarse llevar por esas sensaciones. Decidió que su plan de acción sería quemar todas las pruebas, vender las empresas y marcharse del país.

Más tarde Patrick se reunió con Tomaso, con la pretensión de intentar convencerlo para que le consiguiera algo de Polvo de Dios. Sin embargo, la conversación acabó con Patrick y Tomaso enemistados, pues el italiano no hablaba con sinceridad a ojos del profesor. Apaciguado por Sigrid, Patrick y ella discutieron la conveniencia de visitar el monolito o partir directamente hacia Inglaterra, donde Derek tenía esperanzas de encontrar al aristócrata que conoció en su infancia.


jueves, 8 de septiembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 8

Investigando. Dan Simmons.
Antes de dormir, Sigrid, como experta en antigüedades y leyendas nórdicas, explicó al resto del grupo sus referencias -muy interesantes- acerca del monolito de Robert y Michael: la primera, la más evidente y parte de la cultura popular, era la referencia al monolito negro que aparecía en “2001: una odisea espacial”. Su segunda teoría era puramente histórica y mencionaba un objeto real: el obelisco negro de Salmanasar III, una reliquia del Imperio Asirio, pero que se encontraba perfectamente localizado en el Museo Británico; esta era la teoría que Sigrid optaba más fácilmente descartable, pues el obelisco Asirio no coincidía con la descripción que había dado Robert del objeto presuntamente Arcano; era posible que estuvieran relacionados de alguna forma, pero no probable. La tercera teoría tenía que ver con el propio ámbito de conocimiento de Sigrid: la pasión por las leyendas nórdicas. Según recordaba, existía una recopilación de relatos orales llevada a cabo por un tal Sebastian Stallar alrededor del siglo XVIII donde se mencionaba un monolito negro; el problema era que no recordaba mucho más allá de esto, y para completar la información no le quedaría más remedio que recurrir a su biblioteca, donde guardaba uno de los pocos ejemplares que quedaban del trabajo de Stallar.

Agotados, decidieron dormir y descansar. Por la mañana, Robert intentó por enésima vez escabullirse de sus nuevos conocidos, aunque un agente frustró su intento y la excusa de tomar un café hizo que Derek y un par de agentes lo acompañaran a la cafetería.

Más tarde, a media mañana, se encontraron todos en la sala de reuniones, y con la ayuda de uno de los biólogos, levantaron el sedante al hijo de Sigrid, Daniel. Pronto, el muchacho comenzó a hablar en aquella lengua extraña, lo que hizo que Tomaso y Robert salieran de la sala, y la luz se atenuó hasta hacerse mortecina. Las palabras parecían deslizarse hacia las mentes de Patrick y Derek. El primero intentó varios trucos psicológicos para hacer reaccionar al niño, pero tuvieron que desistir ante el peligro de ser poseídos por aquella extraña situación. De repente, sonó la alarma de incendios, sacando a todos de su ensimismamiento.

Robert, que había conseguido escabullirse hacia la salida, había hecho saltar la alarma. Eso le permitió acceder a la escalera de incendios y correr hacia la calle. Tomaso y algún otro agente salieron corriendo tras él, pero no pudieron darle alcance antes de que los despistara y desapareciera de la escena subido en un taxi. Hacía varios minutos que el móvil de Robert vibraba sin parar, y una vez a salvo en el taxi decidió por fin cogerlo. Era una mujer que llamaba desde el psiquiátrico de Canadá, informando de que Michael Stevenson no había llegado allí, ni tampoco sus acompañantes; Robert maldijo para sus adentros. También habló con Alton Cook, quien insistió en que debían tratar del asunto de la compra y de los consejeros amenazados; Robert no tuvo más remedio que contestarle con evasivas, mientras el móvil sonaba con un número desconocido.

Al contestar, el hombre que hablaba al otro lado de la línea se presentó como Daniel Simmons. Robert conocía bien ese nombre por las conversaciones de sus compañeros y se preocupó cuando su interlocutor le informó de que se había enterado que había contactado con sus “socios” del bufete Jackson, Hickman & Toller, y que quizá sería adecuado que mantuvieran una conversación de negocios. Robert pidió que le diera un tiempo para poder confirmar la información y tratarlo con el resto de sus socios, a lo que Simmons respondió con un “por supuesto” quizá excesivamente jovial.

Durante el episodio de la alarma de incendios, Patrick y Derek tuvieron una discusión algo subida de tono: el profesor estaba hasta los mismísimos de que el grupo se preocupara por retener a Robert e instó al director a prescindir de él y evitar seguir perdiendo el tiempo. Derek era reticente a ello por todo lo que había pasado últimamente, pero no tuvo más remedio que planteárselo seriamente.

Poco después, Tomaso contactaba con su primo Dominic, haciéndole entrever que seguramente necesitaría un exorcista en los próximos días (para tratar Daniel). El padre Bonelli lo tranquilizó, afirmando que seguramente el contacto que esperaba del Vaticano podría ayudarle en su trance. Acto seguido, Tomaso contactó por móvil con Robert, extrañado y preocupado a la vez por su huida. Aunque le ofreció su ayuda, Robert no quiso revelarle su paradero, pero sí que le habló sobre la llamada que había recibido de Dan Simmons, lo que estremeció a Tomaso. Quedaron en que cuando Robert acudiera a la cita en La Representación, Tomaso lo acompañaría como hombre de confianza.

La mañana siguiente, una vez descansados, Tomaso compartió con el grupo la información que le había dado Robert sobre la llamada de Dan Simmons y además aprovecharon para investigar sobre las tres referencias de Sigrid sobre el monolito. Para su sorpresa, la teoría sobre 2001 no resultó descartable del todo, porque según algunos círculos conspiranoicos, Arthur C. Clarke habría utilizado información privilegiada sobre artefactos reales que el gobierno tenía buen cuidado de que no trascendieran, e incluso se decía que podía haber trabado contacto en algún momento con extraterrestres. El monolito de Salmanasar tampoco fue desechado: investigando un poco más allá de lo evidente, parecía haber una especie de maldición alrededor de los descubridores y los implicados en un intento de robo hacía varias décadas. Sobre la teoría de Sebastian Stallar no pudieron averiguar mucho más de lo que sabía Sigrid, que necesitaría viajar a su biblioteca para poder repasar sus fuentes.

Tomaso y Sally contactaron con Omega Prime para investigar sobre el caserón donde Robert decía que se encontraba el monolito. Y para su sorpresa -o no tanta-, no pudieron descubrir demasiado: algunas reseñas de turistas y senderistas que mencionaban una especie de mansión muy someramente y siempre en la lejanía era todo lo que encontraron, algo ciertamente extraño. Por otro lado, también investigaron el informe oficial de lo ocurrido en la academia militar, que hablaba de un accidente, incendios y muchos muertos. Pero Omega Prime consiguió información más solapada de círculos ocultistas, que hablaban de “Los Durmientes”, de que “habían vuelto a actuar” y que habían “borrado las evidencias y seguramente conseguido las grabaciones que habían desaparecido”. Todo era bastante críptico, pero evidenciaba lo que ya habían sospechado sobre Nikos Kostas, de su pertenencia a alguna organización ocultista que parecía llamarse “los Durmientes”. Cada vez parecían más implicados en las tramas que les habían ordenado evitar.

A mediodía intentaron hacer reaccionar de nuevo a Daniel en la sala de interrogatorios, a solas con una grabación de Sigrid intentando tranquilizarlo. Al principio se quedó sentado viendo la grabación de su madre en el televisor, pero al poco se acurrucó contra un rincón y comenzó a recitar una letanía en voz baja en aquella extraña lengua que lo estaba consumiendo. La luz bajó un poco de intensidad. Tras unos segundos, se incorporó y se acercó al cristal, con una profunda cara de tristeza, que hizo rebullir a los presentes al otro lado del espejo. Comenzó a llorar abiertamente y a suplicar golpeando el cristal entre sollozos. “Llevadme con mis hermanos” pudo leer Patrick en los labios del niño, siempre hablando con las palabras desconocidas. La luz iba y venía mientras el niño caía de rodillas, y el cristal pareció vibrar con la presión de sus palabras. Los agentes presentes en la escena se miraron, y aunque Derek intentó tranquilizarlos, uno de ellos presentó su dimisión a las pocas horas.

Decidieron dejar al niño consciente y sin atar, y más tarde despertaron a Sigrid, que había decidido mantenerse al margen voluntariamente para no interferir. Cuando la anticuaria se presentó ante el cristal de la sala de interrogatorios, el corazón le dio un vuelco al ver al niño tan desesperado, así que pulsó el botón de comunicación. Las palabras pronunciadas por Daniel escaparon de la sala, y rápidamente se deslizaron a la mente de Sigrid, que no pudo resistirlas: sus ojos se oscurecieron y comenzó a parlotear en el lenguaje desconocido; sus compañeros no tuvieron más remedio que sedarla. Acto seguido, pasaron a discutir qué hacer, pero como siempre, al hablar sobre la extraña lengua o los implicados en ella, las palabras parecían tomar forma en las mentes de Patrick y Derek, y Tomaso los oía proferir palabras extrañas cada dos por tres.

Robert confirmó lo que le había dicho Dan Simmons por teléfono con el resto de miembros del bufete, así que le devolvió la llamada, y concertó una reunión para el mediodía. A continuación informó a Tomaso, que a su vez tuvo que informar al resto del grupo y retrasar la visita que habían decidido hacer al monolito aquel mismo día, para indignación de Patrick, que no estaba de acuerdo en perder más tiempo con los asuntos de Robert.