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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

martes, 13 de junio de 2023

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 4

Udarven y Amenarven. Paso por Rheynald y llegada a Doedia.

Galad se alegró internamente al oír las palabras de Symeon:

—No creo que nos llevara más de un par de horas desviarnos para enterarnos mejor de qué está ocurriendo allí. ¿Qué opinas, Yuria?

—Sí, no más de unas horas. —Yuria se adelantó a la oposición de Daradoth y Faewald:— Necesitamos información, y si lo que está pasando en Udarven es muy grave, tendremos que ver qué podemos hacer. —Se giró hacia Galad, que se encontraba en actitud hierática, pensativo, mirando a babor, hacia el norte:— ¿Qué te preocupa Galad?

—Bueno —contestó el paladín—, aparte de lo obvio, como algunos ya sabéis, hacia allí está Udarven, y más allá Amenarven, donde se encuentra mi padre. —«Lo siento Serenn», pensó, recordando a su amigo encarcelado en Udarven, «pero tendrás que aguantar por ti mismo, mi padre es más débil que tú».

—Ya nos dijo Galan Mastaros que la situación en la frontera era complicada —añadió Symeon—. Al menos, tenemos que ver qué pasa.

Localización de Amenarven y Udarven

 Yuria viró el rumbo del Empíreo hacia el norte. Tras sobrevolar las accidentadas tierras de Drámara, ricas en carbón y mineral, y siempre en disputa entre el Káikar y Ercestria, llegaron a un paisaje más suave. Las humaredas que se veían en lontananza parecían enormes, y grandes en número también. Desde una altura segura pudieron ver por fin la gran ciudad fortificada de Udarven, uno de los dos grandes bastiones de la frontera occidental ercestre. 

—Maldición —susurró Yuria. La ciudad estaba bajo un fuerte asedio por parte de un enorme ejército con estandartes y uniformidad kairk —. Esto es muy extraño. Jamás el Káikar había conseguido cruzar el río lo suficiente como para amenazar seriamente Udarven sin una guerra abierta. Y mucho menos para asediarla. El río es una barrera formidable, y está lleno de multitud de puestos de guardia y patrullas. 

»Solo hay una forma de que haya podido ocurrir esto —añadió, mientras tendía el catalejo a sus compañeros—. Con traición o con fuerzas sobrenaturales. Ya hay incluso catapultas disparando hacia la ciudad.

—¿Y dónde están los cañones de los que nos has hablado? —preguntó Daradoth.

—No los deben de haber desplegado todavía en los puestos fronterizos, seguramente estarán en la fase de pruebas finales y no querrán que la información trascienda. Espero que, si llegan refuerzos, los traigan consigo. Lo que es seguro es que han conseguido pasar miles de tropas en un tiempo brevísimo, y sin apenas oposición. Lo siento por nuestra misión, Daradoth, pero tenemos que retrasarnos un poco más y navegar hasta Amenarven. Si Amenarven está en la misma situación que Udarven, con este tremendo asedio, me temo que no hay esperanza para Ercestria,  al menos tendríamos que ir a la capital a avisar de la situación y prevenirlos contra lo que sea que viene.

Tras unos minutos de discusión, el Empíreo puso rumbo al norte, dejando atrás el asedio de Udarven y remontando el río Arven, que daba nombre a ambas ciudades.

En pocas horas atravesaron los prados centrales y sobrevolaron los densos bosques arvenitas, que ejercían de segunda barrera natural ante cualquier invasión a gran escala. Ya bien entrada la tarde, tras sobrepasarlos, cuando los bosques se convertían en una especie de sabana, avistaron por fin Amenarven. Daradoth, vigilante con el catalejo, anunció:

—Todo parece tranquilo.

Yuria suspiró, aliviada, pero se mantuvo precavida y alerta.

—Mejor no confiarse —dijo.

Amenarven se encontraba más retirada del río que Udarven; aunque también poseía un puerto, no se encontraba integrado en la ciudad, sino que constituía un pueblo en sí mismo, al que se llegaba por un camino y varios puestos de guardia.

—Mirad allí —señaló Daradoth.

Cuando Yuria dirigió el catalejo hacia donde señalaba, pudo ver dos barcos que parecían haber sido pasto de las llamas varados en la orilla oriental del Arven. Dos rápidas chalupas de las que utilizaba la guardia fronteriza para patrullar el río.

—No es una visión inusual en la frontera —dijo la ercestre—, pero dadas las circunstancias, tendremos que estar alerta.

Pocos segundos más tarde, Daradoth señalaba un segundo grupo de restos de barcos. Esta vez eran tres, en las mismas condiciones que los dos anteriores. Y aún un tercer grupo de otras dos naves. Un par de ellos todavía humeaba.

—Esto ya no es tan habitual —sentenció Yuria, gravemente—. Seguramente no habremos visto todos.

Descendieron en un lugar seguro, varios kilómetros al oeste de Amenarven. Ya había caído la noche y el descenso, accidentado, requirió de las indicaciones de los elfos a bordo del Empíreo. Pero finalmente, en poco más de media hora, establecieron un campamento más o menos cómodo.

Después de contactar con Irainos y asegurarse de que la situación continuaba estable, Daradoth, Galad, Symeon y Faewald se dirigieron a pie hacia la ciudad. Tras un par de horas atravesando tierras de cultivo, llegaron por el camino a la vista de uno de los puestos de guardia que vigilaban la entrada oeste a Amenarven, la ciudad natal de Galad. Los recuerdos se agolparon en la mente del paladín, recuerdos de sus presuntos padres, de su infancia, y de años más recientes, de su lucha contra los invasores del Káikar. Tuvo que secar disimuladamente sus ojos. Cruzaron un pequeño puente sobre un canal, y llamaron la atención de los guardias. Estos miraron a Symeon con un poco de suspicacia, pero su diadema y su bastón despejaron cualquier problema que les hubieran podido plantear, tanto más cuando los guardias reconocieron a un paladín de Emmán sumamente carismático, y un legendario elfo de Doranna.

La escena se repitió poco después ante la muralla de Amenarven. Les franquearon el paso sin mayores problemas al interior de la ciudad, donde, para ser aquella hora de la noche, se podía escuchar bastante bullicio.

—¿Qué sucede a estas horas?  —preguntó Galad a uno de los guardias.

—Mi señor, no sé si estáis enterado de la situación, pero Udarven está siendo atacada, y se está preparando una leva para acudir en su ayuda.

—Sí, algo había oído. Han cruzado el río y están asediándola, según tengo entendido —disimuló.

—Sabíamos que habían cruzado el río, pero no que estaban asediándola. Lo que nos preocupa es que últimamente, por las noches... bueno, apenas quedan barcos patrulleros en este sector. Aparecen por la mañana totalmente calcinados y sin apenas supervivientes.

Galad los dirigió rápidamente hasta la casa de su niñez. Se cruzaron con algunas personas que iban de aquí para allá, atareadas. A lo lejos, se escuchaban las forjas y las casas de carpinteros, activas. Por lo que habían visto desde fuera, los barracones anexos a la ciudad también hervían de actividad.

Por fin llegaron ante una casa en el distrito noreste, el hogar de la familia Talos. Había luz dentro, y de la chimenea salía algo de humo. Galad llamó a la puerta, decidido.

—Un momento —contestó la voz de su padre desde el interior. Galad exhaló aire, aliviado.

Garedh Talos abrió la puerta. Estaba un poco más viejo de lo que lo recordaba.

—¡Oh, por mil rayos! ¡Galad! —el rostro del anciano se iluminó, y abrazó al que consideraba su hijo, aunque no fuera de su sangre. Galad le devolvió el abrazo.

—Padre, me alegro de que estés bien. 

—Claro, pero, pasad, pasad. ¿Qué os trae...? —se interrumpió cuando reconoció la figura de un elfo entre los acompañantes de su  hijo—. Es un honor —dijo, mientras los acompañaba cojeando al interior de su modesta vivienda. Galad ya les había contado que su padre había tenido un accidente en una explosión de pólvora cuando servía en el ejército.

Una vieja cota de malla y una espada se encontraban sobre la mesa.

—Padre, ¿qué es esto? —preguntó el paladín.

—Voy a unirme a la leva, hijo —dijo con orgullo—. No quiero ser durante más tiempo un inútil. Me estoy pudriendo aquí, solo.

—No puedes hacer eso, padre. Udarven está sitiada, y dentro de poco creo que Amenarven también lo estará. Vas a venir con nosotros. Puedes servir a Ercestria en otro lugar, tenemos una misión aún más importante que todo lo que sucede aquí.

Les costó muchísimo convencer a Garedh de dejar su ciudad y su país, hablándole del conflicto entre Luz y Sombra, y de lo importante que era detener a los invasores del norte, con aquellos insectos demoníacos. Pero el punto de inflexión vino cuando Symeon mencionó otro detalle:

—Tendremos un encuentro en breve con el propio duque Galan Mastaros, que es parte de todo este conflicto global. Seguro que podréis ayudar mucho más a Ercestria con nosotros que aportando simplemente una espada más.

Garedh dejó de poner trabas, y permaneció pensativo unos segundos.

—¿Está Rania con el archiduque? —preguntó a Galad. Este afirmó con la cabeza, apretando los labios.

—Está bien. Marchémonos entonces —sentenció Garedh, intentando mantener firme la voz. Acto seguido, hizo un hatillo con sus posesiones más preciadas, arregló la casa y dio instrucciones a sus vecinos.

En cuestión de tres horas más, llegaron al campamento del Empíreo y se reunieron con Yuria. Garedh expresó su asombro y admiración por tal artefacto, y mostró sus respetos a Yuria, reconociéndola como ercestre y orgulloso de que una compatriota hubiera creado tan grandioso ingenio. Su  asombro fue en aumento al conocer al resto de pasajeros del dirigible, elfos y enanos entre ellos. 

Se pusieron en marcha sin pausa, alternando el timón entre Suras y Yuria. Al amanecer llegaban a Udarven, cuya situación parecía algo peor, y volaron hacia el sur. A mediodía llegaban al Golfo de Nátinar, sobrevolando el mar pero sin perder nunca de vista la costa. Viraron hacia el sur. Poco después, muy a lo lejos se divisaron las blancuras de las ciudades de Nátinar y Nátinar Sur. El día siguiente sobrevolaron el sur de Esthalia, entrando por el límite del ducado de Gweden. A lo lejos, muy a lo lejos, Daradoth podía divisar varias humaredas.

—Deberíamos detenernos para reunirnos con el marqués de Strawen —insistió vehemente Faewald—. O al menos, para ver cuál es la situación en Rheynald. Creo que es una falta de respeto hacia mí no hacerlo, si nos pudimos desviar en su momento en las islas Ganrith o anteayer en Ercestria.

Realmente Rheynald quedaba prácticamente en su camino, así que finalmente decidieron descender en la fortaleza de Valeryan.

Afortunadamente, la fortaleza seguía en pie y el ejército vestalense que hacía meses había amenazado sus murallas había desaparecido.

Ante el asombro de los habitantes de Rheynald, el Empíreo descendió en el patio de armas. El grupo y sus acompañantes fueron recibidos por el castellano, Egwann de Vauwas, el senescal Elydann, el maestro de armas Siegard Brynn y la madre de Valeryan, lady Edyth. 

Fueron informados de que el duque Elydann, convocado por el rey Randor, se había puesto al frente de una de las legiones destinadas en Rheynald y había partido hacia el norte para combatir contra la rebelión de Arnualles.

—¿Y mi hijo? —preguntó lady Edyth—. ¿Donde está? Pensaba que vendría con vosotros

Symeon la tranquilizó lo mejor que supo, suavizando el hecho de que Valeryan se encontrara en coma y en medio del desierto.

—Está en buenas manos —sentenció—. Volveremos a por él en cuanto podamos, mi señora. Estad tranquila.

Acto seguido, pusieron al consejo de la fortaleza en antecedentes de lo que había sucedido en el imperio vestalense y la importancia de su misión actual. Y a continuación se dirigieron a inspeccionar la situación. 

Symeon y Faewald se encontraron, prácticamente entre lágrimas, con Rodren de Seggal y, más inesperadamente, con Wylledd y Yaronn quienes, contra todo pronóstico, habían conseguido atravesar Vestalia y llegar a Rheynald sanos y salvos. Tras expresar mutuamente su alegría por el reencuentro, Symeon les preguntó por los errantes, y le informaron de que, ante la situación de inestabilidad en el reino, habían decidido asentarse allí un tiempo, al igual que los Inmaculados, los herejes emmanitas que había rescatado el hermano Aldur.

—Debo reunirme con mis compañeros errantes —anunció Symeon al grupo—, volveré en breve. —Y partió junto con Faewald, Violetha y sus hermanos juramentados.

Yuria, Daradoth y Galad se dirigieron a ver cómo iban las obras de desescombro del mausoleo que habían descubierto bajo la iglesia de la fortaleza. Habían progresado bastante, y habían conseguido descubrir el enorme sarcófago más o menos hasta la altura de la cintura de la estatua tallada en él, que lucía una especie de loriga de tiras de un estilo desconocido que le caía hasta la rodilla. La familiar comezón que Daradoth había sentido en la nuca, había vuelto al aproximarse a Rheynald, y allí era mucho más intensa, como había notado ya en Creä y en las islas Ganrith.

Egwann, el castellano, les explicó que las obras habían decrecido en su ritmo debido a la falta de mano de obra ante la convocatoria a filas que el rey había hecho de las tres cuartas partes de los hombres capaces de luchar en Rheynald. Pero aun así, se las habían apañado para continuar.

Las paredes estaban cubiertas de runas talladas en un lenguaje desconocido, y la arquitectura era parecida a lo que Daradoth había visto en los subterráneos de los Santuarios de Creä. El elfo también se dedicó a buscar alguna juntura o grieta en el sarcófago, sin éxito. 

—Esta es una obra extraordinaria —dijo—. No tengo claro si el sarcófago está tallado en una pieza o es que ajusta tan perfectamente que las junturas son invisibles. Ya he visto en el pasado tallas enaniles que parecían de una pieza y no lo eran. Pero esto... es increíble.

Yuria hizo unos calcos de las runas de las paredes, con la intención de buscar algo parecido en la Biblioteca de Doedia. Al observarlos en papel de forma más clara, Daradoth tuvo un destello en sus recuerdos.

—Este símbolo... —dijo señalando uno de los glifos—, y este otro... recuerdo haberlo visto antes. En mis clases. ¡Ah, desearía haber sido mejor estudiante! Pero lo recuerdo...

—¿Qué recuerdas? —interrogó impaciente Yuria.

—Son antiguos símbolos élficos, sí, antiguos símbolos que fueron prohibidos hace muchísimo tiempo, no sé cuándo, no lo recuerdo.

—Y ahora que lo pienso... —añadió Yuria—. A mí también me suena este de aquí. Estoy segura de que aparece en el diario del alquimista que estoy intentando decodificar. —Más tarde, ya a bordo del Empíreo, verían que, efectivamente, en la apretadísima escritura de sus páginas, aparecían varios de los símbolos presentes en las paredes del mausoleo, aunque seguían sin tener ni idea de qué podían significar o a qué idioma pertenecían.

Al salir del subterráneo, ya en los niveles de los calabozos (cuyo acceso había sido ensanchado por las obras), Toldric, el muchacho deforme que era capaz de ver visiones del futuro, salió al encuentro de Yuria. Tras unos segundos dubitativos, se decidió a abrazarla, con lágrimas en los ojos. La ercestre le correspondió con un cálido abrazo, consciente de la importancia que tenía para el chico.

—Cómo me alegro de veros, Yuria, ¿os quedaréis?

—Me temo que no, mi buen muchacho, debemos partir de nuevo.

—Oh, me lo temía. ¿Volveréis?

—Por supuesto que sí.

Toldric se separó de ella, sonriendo, y también saludó cálidamente a Daradoth.

—Hemos de agradecerte el aviso que nos diste sobre aquella mujer, nos salvaste la vida, y te lo agradecemos. ¿Cómo te están tratando?

—La verdad es que me tratan mucho mejor. Mis mejores amigos siguen siendo los gatos, pero me tratan bien después de vuestra intervención.

—Me alegra oír eso.

—Pues parece vuestros problemas con las mujeres no han acabado.

—¿Cómo?

—Vais a tener problemas con otra mujer. Una casi tan bella como la anterior, con cabello de fuego y rodeada de sombra. Y vos, Daradoth, debéis cuidaros de la Corona de Sangre.

Daradoth miró a Yuria. «Pensaba que eso ya se había solucionado cuando Ilwenn me dijo que ya no la veía sobre mi». No dijo nada, y se despidieron de Toldric, prometiéndole que volverían pronto.

 

Cuando Symeon llegó al campamento errante junto a Violetha, su presencia no pasó desapercibida. Algunos gritaron su nombre, y Azalea se giró hacia él. Al verlo, salió corriendo y, a pesar de su extrañeza al verlo con aquella esplendorosa diadema y el poderoso bastón,  riéndose, lo abrazó. Symeon le devolvió el abrazo muy sentidamente, y le presentó a su hermana. 

—Cómo me alegro de volver a verte —dijo Azalea, maravillosamente ruborizada, y lo besó.

—Y yo también, mucho —coincidió Symeon, que sentía su corazón reconfortado por el reencuentro. «Las dos mujeres que más quiero junto a mí», pensó, «qué felicidad». Aunque este pensamiento se ensombreció ante el recuerdo de su esposa.

—Estás muy cambiado, Symeon, y esa diadema...

Se interrumpió cuando una voz familiar habló cerca de ellos.

—Symeon, qué alegría verte de nuevo —era Ravros, el patriarca de la caravana de Rheynald.

—Igualmente, patriarca —contestó sinceramente Symeon, con una sonrisa—. Aunque me temo que deberé continuar mi viaje en breve. Pero quería aprovechar para hablar con vosotros, si sois tan amables de invitarme a vuestro carromato...

—Por supuesto, hijo mío, por supuesto.

Una vez tranquilos en el carromato de Ravros, junto con Violetha, Azalea y Faewald, Symeon les relató lo que había sucedido en el imperio vestalense.

—En el desierto encontramos un campamento donde se habían refugiado varias caravanas de buscadores. Durante el viaje, mis recuerdos se hicieron muy vívidos, y cada vez me sentí más culpable, así que aproveché para comparecer ante el consejo de patriarcas y reconocí un gran pecado que cometí hace años. Para abreviar, os diré que me sometieron a juicio por ello, y el veredicto fue que, mientras no expíe lo que hice, no podré unirme a ninguna caravana del Pueblo Errante. Siento decir esto, pero es la verdad.

—Ya veo... te castigaron con el ostracismo, y tus pecados debieron de ser bastante graves para ello. No te preguntaré qué tipo de pecado cometiste, pero de todas maneras, quiero que sepas que aquí tienes una familia —miró a Azalea, cómplice— y estaremos esperándote hasta que vuelvas.

Lágrimas acudieron a los ojos de Symeon, que se quedó sin palabras y al que abrazaron Violetha y Azalea. Ravros puso una mano en su hombro, y continuó:

—Espero que tengas mucha suerte en tu viaje, hijo, y que encuentres el camino de vuelta. Ojalá nos lo muestres a todos.

Con un nudo en la garganta, Symeon se despidió, anunciando su intención de acudir a Doedia.

—Intentaré volver lo antes posible.


La mañana siguiente, tras despedirse de todo el mundo y organizar algunas cosas, el Empíreo continuó su viaje hacia el sur. Cruzaron el paso de Rheynald y entraron en territorio del imperio vestalense. Dejando las montañas a estribor, la mañana siguiente avistaron por fin la gran ciudad de Doedia, la capital del reino de Sermia. Y el complejo de la Gran Biblioteca se alzaba un poco más allá, esplendorosa sobre una colina.

Siguiendo la táctica habitual, aterrizaron a varios kilómetros de la zona poblada, hacia el norte, en la primera estribación de los montes Darais, imponentes en la lejanía. Se cubrieron con las capas, pues la lluvia caía fría, y Yuria, Symeon, Galad, Daradoth, Faewald y Taheem se dirigieron directamente hacia el enorme complejo de la Gran Biblioteca antes de buscar un alojamiento adecuado. Discretamente, se incorporaron a uno de los caminos que ascendía hacia la gran explanada en lo alto de la colina, en el centro de todas las construcciones. Como siempre, los alrededores de la biblioteca estaban muy concurridos, con multitud de gente yendo y viniendo.

Apenas llevaban un par de minutos de ascenso hacia el complejo, cuando Symeon alzó la vista, y se quedó helado. Su corazón pareció dejar de latir durante unos segundos. El silencio se hizo en sus oídos, y solo podía mirar hacia arriba, hacia una figura femenina, irresistiblemente atractiva, con el cabello largo del color del fuego rojo y cuyos ojos, aunque aún no alcanzaba a verlos, recordaba perfectamente del color de las esmeraldas.

Ashira.

La causante del genocidio que acechaba en los sueños de Symeon. Su esposa. Todo su amor y su odio concentrado en un mismo ser. Se quedó paralizado. Daradoth y Galad se dieron cuenta casi al instante de la zozobra de su amigo. El paladín dirigió su mirada hacia donde Symeon tenía la vista fija, y al ver a la bellísima mujer, comprendió. Daradoth también miró hacia ella, y un escalofrío recorrió su nuca: era un ser profundamente de Sombra.

—¿Es ella? —susurró Galad.

—Sí, lo es —contestó Symeon quedamente, y echó a andar hacia arriba, ágil.

Pero Daradoth y Yuria estuvieron rápidos, y consiguieron impedírselo. Galad le cogió del brazo e interpuso su enorme cuerpo entre Symeon y su mujer, para evitar reconocimientos indeseados. Esta miró curiosa la escena de los cuatro extraños que parecían discurtir, pero no prestó atención más de un segundo. Iba acompañada de dos hombres cargados de libros y pergaminos que conversaban animadamente con ella, deshaciéndose por llamar su atención.

Ashira, la esposa de Symeon

Symeon forcejeó con sus compañeros, intentando acercarse a Ashira, pero estos se lo impidieron.

—La Sombra es fuerte en ella, Symeon —reveló Daradoth—. No podemos dejar que nos pongas en peligro.

—La mujer de cabello de fuego contra la que nos advirtió Toldric —susurró Yuria.

—Pero... pero... no puede ser... es Ashira... mi Ashira....

—Averiguaremos más tarde dónde se encuentra, tranquilízate —le instó Galad.

—Yo me encargaré de averiguarlo —aseguró Faewald, que se había mantenido hasta entonces en un discreto segundo plano, y que se puso a caminar en pos de la mujer pelirroja y sus dos acompañantes. Yuria se marchó con él.

—Creo que es un buen momento para darnos un respiro y buscar un alojamiento —sugirió Taheem. Todos se mostraron de acuerdo.

Taheem y Yuria siguieron a una distancia prudencial a Ashira, hasta averiguar que se alojaba en las posesiones de un noble importante, el duque Datarian. Poco después se reunían con el resto del grupo, que había conseguido alojamiento en una de las mejores posadas de la ciudad.



miércoles, 17 de mayo de 2023

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 3

Hacia Doedia

—¿No puede esperar a mañana? —contestó Ginathân—. Me encuentro bastante cansado.

—Es importante, mi señor —insistió Galad.

Se dirigieron a los aposentos privados del noble, donde podrían hablar sin la amenaza de oídos indiscretos. Solo el grupo, el propio Ginathân, Somara y Violetha. Ginathân tomó asiento en la cama.

—No me andaré con rodeos, señor —continuó abruptamente Galad en cuanto los sirvientes hubieron salido—. Sabemos que vuestra esposa, Somara, tiene sangre élfica en sus venas.

El resto del grupo miró intensamente al paladín, sorprendidos por la rapidez con que había hecho la revelación.

—Creo que no os he entendido bien, hermano Galad —contestó Ginathân, mirándolo.

—Os he dicho que sabemos que por las venas de Somara corre sangre élfica.

Ginathân miró a unos y a otros, con el ceño fruncido.

—Si esto es una especie de broma...

—No es ninguna broma —interrumpió Symeon.

—No, amor, no es broma —dijo Somara, casi a la vez que el errante.

—El propio Emmán me lo mostró, inspirando mis sueños para ver el pasado de vuestra esposa. y su padre es elfo. —Ginathân aclaró su voz, y no alcanzó a decir nada, así que Galad continuó:— Sé que es complicado de aceptar, pero es así, no os miento.

Ginathân miró a su esposa.

—Yo tampoco lo sabía —confirmó ella—. Me enteré ayer. Pero el hermano Galad cuenta sin duda con el favor de Emmán, es su paladín, y no miente.

—Pero... ¿desde cuándo sabéis esto? —Ginathân no acertó a preguntar nada más.

—A ciencia cierta, desde hace muy poco —contestó Symeon. 

Ginathân bebió algo de agua.

—¿Sabéis todo lo que implica esto? —el rostro de Ginathân transmitía una sensación de fatiga extrema.

—Lo suponemos, sí. Habrá que encargarse de la rebelión —contestó Daradoth.

—De momento —continuó Galad— solo conocemos esta información los aquí presentes, el general Genhard y vuestro hijo, Ginalôr.

—¿¿Cómo?? ¿Se lo habéis dicho a Ginalôr? —se atragantó mientras bebía.

—Ha jurado que no saldrá de su boca palabra alguna sobre esta información durante dos semanas, y creo que nos podemos fiar de él —terció Symeon.

Tras unos segundos pensando, Ginathân preguntó:

—Galad, ¿vos estaríais dispuesto a jurar esto ante los gobernadores?

—Por supuesto —aseguró el paladín.

—Estoy abrumado —hundió la cabeza entre las manos—. No sé qué hacer.

—Lo mejor es que os preparen una tisana relajante y descanséis, podemos continuar conversando mañana —añadió Galad—. Solo me pareció adecuado que lo supierais lo antes posible.

—Sí, está bien, eso haré.

Para asegurarse de que el noble conciliaba el sueño, Daradoth utilizó sus habilidades sobrenaturales, y antes de que abandonaran las habitaciones, aquel ya dormía a pierna suelta.

Por la mañana, se reunieron de nuevo con Ginathân en la sala de cónclaves, haciendo salir a todos los nobles y sirvientes presentes, excepto a Genhard. El gobernador lucía un aspecto más descansado y saludable que el día anterior. Tras unas pocas palabras de cortesía, Ginathân dio rienda suelta a su preocupación:

—No puedo dejar de pensar en lo que me dijisteis ayer, y no os voy a mentir; la verdad es que no sé que hacer. La situación es muy comprometida.

—Deberíais seguir ejerciendo vuestra regencia, como hasta ahora —sugirió Symeon.

—Eso no es posible, no puedo seguir como hasta ahora. No puedo seguir con unos actos que ocasionan la muerte de compatriotas, sabiendo que luchan por una mentira. La lucha debe terminar. Incluso murió un gobernador.

—Fue una consecuencia, no fue culpa vuestra.

—No opino lo mismo.

—Lo que habría que hacer —interrumpió Galad— es encauzar la situación lo más pacíficamente posible. Hay mensajeros en camino para hablar con los demás gobernadores, y les acompañan los elfos del Vigía.

—Con un acuerdo basado en un hecho falso.

—Era verdadero entonces, no deberíais preocuparos por eso.

Symeon intentó desviar un poco la conversación para que Ginathân no se sintiera tan culpable:

—Si se hubiera sabido que Somara tenía sangre élfica desde el principio, ¿habría cambiado mucho la situación?

—Por supuesto, sin duda el Consejo de Pureza habría dado el visto bueno al matrimonio.

—Yo pensaba que vuestra opinión era que la situación no era justa para vos ni para nadie más. ¿O estoy equivocada? —explotó Yuria, que estaba advirtiendo una deriva peligrosa en las intenciones de Ginathân. Hasta entonces se había mostrado idealista, pero quizá había sido, como había dicho Ginalôr, por razones totalmente egoístas—. ¿Pensáis que es correcto lo que está pasando, o estáis en contra de ello más allá de vuestros motivos personales?

Ginathân y la ercestre se miraron unos segundos; hasta que el ástaro contestó:

—No os confundáis, Yuria. Ni nadie. Yo nunca quise lo que ha sucedido. Nunca quise ser gobernador, ni que muriera uno de ellos, ni tanta gente en un conflicto civil. Yo solo quería casarme en paz con Somara, por supuesto, y aprovechar para cambiar nuestras costumbres. Pero no matando y con tanta violencia. Se nos escapó de las manos.

—Tal como yo lo veo, solo os queda seguir adelante.

—No. No, no —contestó con desesperación Ginathân—. ¿Cómo voy a seguir adelante con esto? ¿Un distrito contra los otros cinco, con el enemigo en el norte y el Káikar en el sur?

—De una forma u otra —intervino Galad— la verdad se va a saber, así que desde esa base debemos partir.

—El destino lo ha querido así, por desgracia —añadió Symeon—, vos no sois culpable de nada.

—Personalmente pienso que debéis decirlo cuanto antes —terció Daradoth, cortante—. Nuestra urgencia empieza a ser insoportable.

—Pero necesitaría el testimonio del hermano Galad para eso... y si fuera así, ¿creéis que debería encarcelar a los líderes de la plebe? ¿Genhard?

El general habló por primera vez:

—Si finalmente reveláis la información sobre Somara, eso no va a agradar a nuestros... patrocinadores, ya sabéis. Mi contrato especifica que debo protegeros en el puesto de gobernador, así que eso harán mis hombres, contra la plebe o contra quien sea, si decidís encarcelar a sus líderes. Pero, estoy pensando... si esa información hiciera que os establecierais como gobernador legítimo y la situación con los otros distritos volviera a la normalidad, realmente podríamos dar por finalizado mi contrato, y sería libre de firmar uno nuevo. Aunque no sé si querríais hacer eso con las familias Kynkavos y Nastren detrás de vos...

—En mi opinión —intervino Galad—, deberíais revelar la verdad cuanto antes. Primero, porque es la verdad, y segundo, porque evitaréis muchas más muertes. Quizá acompañado de una amnistía general y la promesa de relajar las leyes de pureza.

—Aun así, seguiríamos teniendo el problema del Káikar. He hecho promesas, que debo respetar. Debo permitirles ocupar de nuevo las Tierras Libres.

—Si prometisteis eso, cumplidlo, qué remedio —Galad se encogió de hombros—. Si con ello se contentan y vos conseguís restablecer la paz en el Pacto, ese es un problema del que podréis encargaros más tarde.

Transcurrieron unos minutos más de discusión durante los que Ginathân permaneció pensativo, hasta que finalmente propuso:

—Quizá podría revelar la información primero a los demás gobernantes, evitando así un conflicto armado, mientras mantenemos el secreto ante la plebe, al menos hasta que volváis de vuestro viaje.

«¿Hasta que volvamos?», pensó Daradoth, «nada más lejos de mi intención».

—En ese caso —sugirió Symeon—, creo que deberíais hablar con vuestro hijo Ginalôr, para aclarar la situación y conseguir su apoyo.

Poco después, tres guardias acompañaron a Ginalôr hasta la sala, donde el ástaro hizo una ligera inclinación, desafiando tácitamente a su padre. Por suerte, este ignoró el gesto.

La conversación entre padre e hijo empezó extremadamente tensa. La actitud de Ginalôr ante Somara había cambiado bastante a la luz de la verdad, y cuando Ginathân le reveló los planes de hablar con el resto de los gobernadores, la situación finalmente se relajó.

—Veo que por fin habéis entrado en razón, padre —utilizó esta última palabra con toda la intención, pues en el pasado le había dicho a la cara que ya no lo consideraba tal—. ¿Creéis por ventura que hay alguna posibilidad de reparar nuestros lazos?

—Sé que tus intenciones eran sinceras, y por mi parte, no quiero más problemas. Sí. Bienvenido de nuevo, hijo —Ginalôr se despidió con una ligera sonrisa y una reverencia un poco más pronunciada que la anterior.

Symeon y Yuria se miraron. «Le está diciendo lo que quiere escuchar», pensó la ercestre. Symeon afirmó hacia ella, con un gesto de resignación. «No está diciéndolo de corazón». 

Acto seguido, Ginathân planteó al grupo la posibilidad de utilizar el Empíreo para visitar al resto de gobernadores. Pero el tiempo apremiaba, y Daradoth se opuso firmemente a tal petición. Finalmente, accedieron a viajar hacia el norte para encontrarse con la delegación que habían enviado hacia Arlaria e informar a Eyruvëthil de la verdad para que transmitiera las palabras de Ginathân. Además, llevarían a Ginalôr para que se uniera a la delegación y aportara un testimonio más, que vendría muy bien para convencer al gobernador Hiesher, de quien ya les habían advertido que tenía una relación cercana con el hijo de Ginathân.

Ginalôr no puso pegas a viajar con el grupo para unirse a la comitiva, e incluso se sintió honrado por la confianza y poder viajar en el Empíreo. Mientras remontaban el vuelo con el dirigible, una multitud reunida alrededor les ovacionó, aplaudiendo y gritando. 

Symeon aprovechó el viaje para entablar conversación con Ginalôr, conocerlo un poco más y quizá averiguar por qué el efecto tan luminoso de Somara no había hecho efecto en él. En un momento dado de la conversación, el errante pudo ver que un tatuaje asomaba por el extremo de la manga izquierda de Ginalôr.

—Curioso tatuaje —dijo, enseñando uno de sus propios tatuajes que recordaba a un laberinto.

—Sí, son símbolos Akhëryn del Vigía, símbolos protectores —Ginalôr no dio más explicaciones, y Symeon no quiso levantar ninguna sospecha, así que no insistió.

En menos de una jornada consiguieron encontrar a la delegación, acampada a un lado del camino. Poco después se reunían en un claro con Eyruvëthil, Dûnethar, Cirantor y Ciranâth, que se sorprendieron al ver a Ginalôr con el grupo. 

Daradoth hizo un aparte con Eyruvëthil y Galad, y transmitió toda la nueva información a la elfa. Su sorpresa fue mayúscula al enterarse de que Somara era hija de un elfo, por supuesto, y no tuvo más remedio que creerlo cuando Galad lo corroboró. Le informaron también de que Ginalôr se uniría a la delegación.

—Excelente idea —dijo ella—. Sin duda será fundamental para convencer a lord Hiesher de Galmia. Entiendo que el resto de la delegación deberá permanecer al margen de esto hasta que lleguemos a la corte.

—Sí, entendéis bien. De momento solo debe revelarse esto a los gobernadores para evitar más enfrentamientos. No se hará de dominio público hasta dentro de un tiempo, preferiblemente cuando hayamos vuelto de nuestro viaje.

—¿Vos no nos acompañaréis entonces, Galad?

—No —respondió el paladín—, me es imposible acompañaros, pero confiamos ciegamente en vos.

—Está bien, haré todo lo posible. Espero no tener problemas, al menos en Arlaria. Y con Ginalôr, seguramente tampoco en Galmia.

No perdieron tiempo, y tras despedirse volvieron rápidamente a Dársuma, donde llegaron por la mañana, también entre vítores. "¡Viva los libertadores!", pudieron escuchar. "¡Salve a los destructores de las antiguas leyes!". Se miraron, incómodos.

Durante esa mañana reabastecieron el dirigible y aprovecharon para despedirse de todo el mundo.

Violetha se encontró con Symeon:

—Hermano, yo viajaré con vosotros. No quiero arriesgarme a perderte otra vez. Lo siento por Somara, porque me he convertido en un pilar muy importante para ella, pero traspasaré mis contactos a otra de las doncellas y os acompañaré.

—No sabes lo que me alegra oír eso —dijo sinceramente Symeon, con lágrimas en los ojos y abrazando estrechamente a Violetha.

Yuria, por su parte, se reunió con Genhard. Hablaron del futuro y de los planes para las semanas siguientes. 

—Tendrás que estar preparado para la posibilidad de un cambio de contrato —dijo la ercestre.

—Sí, ya lo había pensado, claro. El problema es que la mitad de las tropas que dirijo son en realidad soldados regulares del Káikar, y no mercenarios. 

—Hay que separarlos, entonces.

—Sí, voy a empezar a hacerlo, lo más discretamente posible. Intentaré destinar a los soldados fuera de la ciudad y que queden aquí los aproximadamente 1000 cuervos de las dos legiones que quedan. El resto partieron al norte y no puedo dar la orden de retorno todavía.

—Muy bien, pero sé discreto, por favor. Espero encontrarte aquí al volver, y de una pieza —Yuria sonrió, y los ojos de Genhard la miraron de tal forma que sus mejillas se arrebolaron—. Por favor.

—No te preocupes. Estaré aquí. Ansioso.

Se miraron fijamente, sonriendo. Yuria sacudió la cabeza.

—Y, por cierto, ¿a cuánto podría ascender el contrato nuevo?

—Pues... mil quinientos Cuervos... unas doscientas y pico monedas de oro al mes. ¿Crees que Ginathân podrá pagarlo? Sin dinero, la cosa se pondrá difícil.

—No lo sé, pero los problemas, de uno en uno. Ahora me tengo que marchar. Cuídate mucho, por favor. Y cuida de Ginathân. Y de Somara y el bebé, sobre todo.

—Por supuesto.

Se despidieron con un maravilloso abrazo y un sentido  beso.

El primer día de viaje transcurrió tranquilo sobre los extensos prados del brazo oeste de Aredia, llamado Káikar, y que daba nombre al Imperio natal de Genhard. Pero la noche trajo novedades.

Symeon entró al mundo onírico tras un par de horas desde el atardecer. A su alrededor, pudo ver la representación onírica del Empíreo. Aún parecía más impresionante de lo que lo había sido en días anteriores, un magnífico galeón dorado resplandeciente y bellamente ornamentado, con velas enormes, etéreas y traslúcidas, y un espolón de proa maravillosamente trabajado. Las montañas de estribor se apreciaban como una gran masa gris, y abajo brillaban las llanuras con un resplandor difuso.

De repente, Symeon se quedó sin aliento —«¿acaso respiro aquí?»— cuando algo lo atravesó. Un resplandor plateado penetró por su espalda y salió por su pecho, rápido como un relámpago. El dolor en su torso casi le hace perder la consciencia. Un segundo bólido plateado llegó pocos instantes después, pero afortunadamente pudo evitar que lo impactara en el último momento, utilizando sus habilidades para desplazarse varias decenas de metros hacia un lado. Fuera del dirigible, claro, con lo que empezó a caer mientras veía la estela plateada alejarse. Aun cayendo al vacío, tuvo el temple necesario para concentrarse y observar la estela con sus capacidades especiales. Vio algo que le causó un escalofrío. «Por el bendito camino de retorno, ¿por qué motivo los centauros me estarán atacando de esta manera?».

Con sus últimas fuerzas, mientras caía, intentó salir al mundo de vigilia. Galad y Daradoth, viendo al errante agitarse y quejarse escupiendo algo de sangre, lo zarandearon para que despertara. Y afortunadamente, lo consiguió.

Pero en ese momento, el dirigible sufrió una sacudida violenta, que lo hizo descender dramáticamente. Yuria luchó contra el timón.

—¡Son los centauros! —gritó Symeon con la voz que le quedaba, mientras Galad rezaba a Emmán para curar sus heridas—. ¡Nos están atacando en el mundo onírico! ¡Despertad! ¡Yuria, cuidado!

El Empíreo se sacudió de nuevo, y aún otra vez, y se escoró a la derecha, entrando en caída libre. Yuria, con lágrimas en los ojos y sacudidas de dolor en sus brazos, bramó para que la ayudaran, pero los esfuerzos parecían inútiles. El Empíreo se precipitaba contra el suelo. Solamente un titánico esfuerzo acompañado de un aullido de dolor pudo evitar un destino fatal en el último momento [punto de destino]. El aterrizaje no fue suave, pero finalmente pudieron estabilizar el dirigible y anclarlo bien al suelo. En ese momento, cesaron las sacudidas y los comportamientos erráticos. Yuria necesitó que la ayudaran a bajar, pues estaba totalmente agotada.

Decidieron acampar, así que encendieron un fuego y prepararon algo de caldo, muy reconfortante.

—Symeon, ¿hay explicación para esto? —preguntó Daradoth—. ¿Nos han atacado desde el mundo onírico y ha tenido efectos en este?

—El Empíreo en el mundo onírico es... no sé cómo explicarlo. Es tan tangible como en el mundo real. Supongo que algo tiene que ver.

—Has dicho que eran los centauros. ¿Crees que nos están siguiendo?

—Sí, creo que sí. Y son demasiado poderosos.

—¿Podríamos despistarlos de alguna manera? —inquirió Yuria.

—Creo que sí, si viajamos de día y tomamos un pequeño desvío para que no puedan seguirnos simplemente siguiendo una línea recta, supongo que sí. Y si sobrevolamos el mar, seguro que sí.

—El viaje se retrasará aún más, entonces. Viajaremos solo de día hasta que lleguemos a la costa, y entonces, si queréis que nos arriesguemos, podemos sobrevolar el golfo de Nátinar para despistarlos definitivamente.

—Muy bien. Hagámoslo así.

El día siguiente avanzaron todo lo que pudieron. Symeon decidió entrar al mundo onírico a media tarde, cuando calculaba que sería más seguro y él podría entrar. Nada más acceder, se quedó helado. Sobre las velas de la representación del Empíreo, tranquilamente, dormía una enorme bestia con forma de oso que parecía enteramente compuesta de vidrio, y que reconoció por los relatos. «Maldita sea, ¿una bestia vidriosa? ¿Será cosa de los centauros? Espero que no».  Sus pensamientos se interrumpieron cuando detectó una especie de frecuencia extraña que el Empíreo estaba emitiendo. Los centauros habían hecho de alguna manera que el dirigible la generase. Intuitivamente, consiguió detenerla. En ese momento, la bestria vidriosa abrió los ojos y levantó su enorme cabeza.

Symeon despertó al instante, aforunadamente antes de que la bestia se diera cuenta de que estaba allí. Rápidamente, explicó a sus compañeros lo que había visto.

—Es posible que la presencia de la bestia nos venga incluso bien, si es que no han sido los centauros los que la han puesto allí. No lo creo —sentenció—, es más probable que haya sido atraída por la frecuencia de la que os he hablado.

—Bueno, si has conseguido anular esa... señal —dijo Yuria—, supongo que en un par de jornadas habremos podido despistarlos. Esperemos que esa bestia de la que hablas no afecte a nuestro viaje.

—No, no me parece que pueda hacerlo —la tranquilizó Symeon—. En ese sentido, creo que hemos sido afortunados, dentro de lo que cabe. Incluso me arriesgaría a viajar de noche a partir de ahora.

—Mejor esperemos un día más para eso —sugirió Daradoth, siempre precavido.

La mañana siguiente reanudaron la marcha. Al cabo de pocas horas, Daradoth señaló hacia el horizonte nororiental. Con la ayuda del catalejo ercestre, el resto pudo ver lo mismo que él: enormes humaredas que se alzaban detrás de las colinas.

—Mäs o menos en ese punto debe de quedar la ciudad de Udarven —dijo Galad, preocupado, pensando en su padre y sus hermanos. Y en Serenn, su amigo en Emmolnir, prisionero desde hacía años en aquella ciudad. Recuerdos muy dolorosos tomaron forma en su mente.


miércoles, 3 de mayo de 2023

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 2

La Regencia de Dársuma

Disfrutaron de una noche de sueño que, aunque inquieto, fue bastante reparador. A partir de ese momento, Yuria y Genhard compartieron su lecho cada noche, ante los contenidos (pero evidentes para Symeon) celos de Faewald.

Muy temprano, por la mañana, Yuria y Galad se dirigieron a la sala de Cónclaves para empezar su regencia. El paladín llevaba consigo el búho de ébano confiado por Daradoth para poder comunicarse en cualquier momento entre sí. En la sala se encontraron con lady Arinêth y algunos de los nobles, que esperaban para dar sugerencias y recibir instrucciones.

Pronto hizo acto de presencia Genhard, que se integró en las conversaciones apoyando a Yuria en todas sus decisiones. Al cabo de aproximadamente una hora, entró en la sala Svarald, el que parecía el más fiel de los tres ayudas de campo del general, sobre cuya actitud Genhard ya había expuesto sus temores. El recién llegado susurró algo al oído del recio general, que enseguida miró a Yuria  y Galad, y los llevó aparte.

—Parece que tenemos un problema con los prisioneros —anunció.

—¿De qué se trata?

—Aparentemente, todos los elfos han desaparecido. No hay señales; se han esfumado.

—¿Ginalôr también? —inquirió Yuria.

—No, parece que solo han desaparecido los elfos.

Se desplazaron hasta los calabozos, donde los guardias juraron y perjuraron que no habían visto pasar a nadie a través de las puertas. Las puertas de las celdas estaban cerradas a cal y canto cuando se habían dado cuenta. El propio Svarald había sido testigo de ello. Y ni rastro de túneles ni barrotes forzados; nada.

—¿Cómo es posible? —se preguntó Genhard.

—Magia —respondió lacónicamente Galad.

Pronto aparecieron Symeon y Daradoth, que habían podido escuchar todo a través del Ebyrïth.

—Quizá han escapado de alguna manera a través del mundo onírico, igual que hicieron una vez conmigo —dijo el errante.

Una voz les interrumpió desde el otro lado de los calabozos:

—No os lo preguntéis más —se trataba de Ginalôr, que no tenía visión hasta donde ellos estaban, pero hablaba alto para que lo escucharan—. Lord Symeon está en lo cierto. Los transportaron a través del mundo onírico. Es estúpido intentar ocultarlo.

—¿Estáis seguro de que fue así? —preguntó Galad que, con el resto, se desplazaron hasta la celda de Ginalôr.

—Sí. Yo podría haber escapado también.

—¿Os lo ofrecieron?

—Sí.

—¿Quién fue? —espetó Daradoth.

—Eso no puedo decíroslo.

El grupo (incluyendo por iniciativa de Yuria a Genhard, cosa que incomodó a alguno),  se reunió para tratar entre murmullos el asunto, evaluando la posibilidad de que aquello hubiera sido cosa de los centauros, los hidkas, o incluso los kaloriones. Pocos minutos después, Galad retomaba la conversación con Ginalôr:

—¿Por qué no escapasteis con ellos, si tuvisteis la oportunidad?

—La situación ha cambiado mucho, con vuestras revelaciones de ayer. No podía decirles nada para ser fiel a mi palabra, así que me quedé sin dar más explicaciones. No creo que sea necesario huir, y si en algún momento lo es, prefiero estar aquí para oponerme a mi padre.

—¿Y debemos preocuparnos por que hayan escapado?

—Creo que no, pero no soy en absoluto su líder. Si os lo aseguro, mentiría.

Callaron unos segundos, consternados. Galad expresó su preocupación:

—Si son tan poderosos, ¿por qué no han acabado con todos nosotros ya?

—No es tan fácil afectar a personas no cooperantes con las habilidades oníricas, Galad —aportó Symeon.

—Además —añadió Daradoth, dorannio de nacimiento—, si los visitantes del mundo onírico son realmente centauros, estoy convencido de que su sentido del honor les impediría hacernos daño. Son seres honorables y rectos. Si son de Luz, claro... 

—Si fueran de Sombra ya nos habrían atacado, seguro —coincidió Symeon—. Tiene sentido lo que acabas de decir, sí.

Genhard miraba a unos y a otros, con los ojos muy abiertos y a duras penas pudiendo contener su asombro ante todo lo que oía.

—Y si pueden llevar gente físicamente hacia y desde el mundo onírico, la única razón de que no nos hayan atacado ya de forma devastadora, tiene que ser la buena voluntad de los centauros. —Añadió Daradoth—. Si son centauros.

—En cualquier caso —dijo Symeon—, es muy difícil hacer eso, y la ventana de oportunidad es muy pequeña, pues cuanto más se alejen de la "hora más oscura" de la noche, más complicado se hace.

—Aun así, no está demás que redoblemos las guardias —sugirió Galad.

—Por supuesto, las redoblaremos —confirmó Yuria. Le hizo una seña a Genhard, y este, después de salir de su estado de sorpresa, partió a dar las órdenes pertinentes. A continuación, el grupo al completo se dirigió de nuevo a la sala de cónclaves, desde donde se dedicaron a dirigir la ciudad.

A media mañana hacían acto de presencia Galan y Eleria, acompañados de los nobles ercestres. Acudieron básicamente para ofrecer su apoyo al grupo (pues desde Creä, lord Galan estaba firmemente convencido de la necesidad de detener el avance de la Sombra) y para interesarse por el estado de salud de Ginathân. A continuación, Eleria y el archiduque hicieron un aparte con Yuria y Galad:

—No he podido evitar fijarme, Yuria —empezó la duquesa, con voz queda y preocupada—, en que Genhard y tú estáis trabando una relación realmente... cercana.

 

Lord Galan Mastaros, archiduque y valido de Ercestria
 
—Quizá así podamos hacer que el Káikar pierda a sus mercenarios.

—¿De verdad crees que los Cuervos pueden cambiar de bando? ¿Y romper su contrato?

—Al menos hay que intentarlo.

—Está claro que Genhard y tú sois ya más que amigos, Yuria...

—No lo niego.

—Y evidentemente, hay posibilidades de que él sí haga lo que deseas. Pero... ¿sus mil quinientos hombres lo harán? E incluso el propio Genhard, ¿será capaz de renunciar a una vida de honor y respeto a sus contratos?

—Se está luchando por cosas mucho más importantes, y él lo sabe. La existencia misma está en juego.

—Una afirmación grandilocuente, expresada así. ¿Y respecto a mi propuesta...?

—Imaginarás ya cuál es mi contestación —el rostro de Yuria mudó en un sincero gesto de consternación—. Mi honor y la lucha contra la Sombra está por encima de todo. Por supuesto, quiero lo mejor para Ercestria, y espero que podamos trabar una firme y honesta alianza, para ayudarnos en todo lo posible.

—Ya veo. —Eleria miró a su protegida fijamente—. No puedo decir que me parezca una decisión acertada, pero tampoco que la repruebe del todo. Me entristece, pero te comprendo. Aunque también es cierto que necesitamos ayuda. Sé que Galan negará esto —miró al archiduque, que esbozó una media sonrisa—, pero nuestro ejército no puede contener a tantos enemigos. Si nos quedamos aislados, Ercestria no durará más que unos pocos años; quizá meses. No podemos permitir bajo ninguna circunstancia que Darsia caiga en manos del Káikar. Bajo ninguna circunstancia.

—Entendido, mi señora.

—Yo querría añadir algo —intervino Galad—. Sería de gran utilidad tener alguna prueba de que el Káikar colabora con la Sombra, de cara a convencer a Ginathân de volverles la espalda. ¿Contáis con alguna?

—Pruebas en sentido estricto no —contestó Eleria—. Tenemos testimonios de presencia de extraños barcos negros en las costas del Káikar, y de hecho sabemos que uno naufragó y se encontraron a bordo muertos varios elfos oscuros y algunos cadáveres de los seres llamados drakken. Aberraciones. Pero pruebas, aparte de testimonios, no.

—Es una pena —volvió a retomar la conversación Yuria—. Y repecto a la orden de mi exilio... ¿creéis que podríais revocarlo?

En esta ocasión fue Galan quien contestó:

—No lo creo. Lo intentaremos, pero, de hecho, no vamos a comentar nada al príncipe Aryatar sobre vuestra decisión de no volver con nosotros. Estábamos convencidos de que volveríais con nosotros. No podíamos imaginarnos que renunciaríais al cargo de mariscal.

—Si hubierais visto y vivido lo que yo, también antepondríais la lucha contra la Sombra a todo lo demás. Debo declinar vuestra oferta, pues con Ilaith puedo dedicarme en cuerpo y alma a ella.

Acto seguido, Eleria y Galan conversaron privadamente durante un par de minutos. Cuando volvieron a acercarse, la duquesa propuso algo:

—Sé que tu relación con Elitena no es muy fraternal, pero, ¿creéis que sería posible que Rania os acompañara hasta Tarkal para ejercer como diplomática ante lady Ilaith? —Galad torció un poco el gesto ante la perspectiva de que su madre adoptiva los acompañara durante varias semanas, pero no dijo nada. 

—Quizá —lord Galan continuó donde lo había dejado Eleria— si pudiéramos coordinarnos y tomar partido, o intervenir de alguna manera, rápidamente, en la situación en Esthalia... Quizá así podríamos sofocar rápidamente el conflicto y recuperar el país para nuestra causa. Sería muy importante.

—¿Y no créeis que el asunto es lo suficientemente importante para acompañarnos vos misma en persona? —Yuria lanzó la sugerencia a lady Eleria.

Eleria y Galan lo pensaron seriamente durante unos instantes, pero cuando el grupo habló de sus planes más inmediatos, que los dirigían a la Gran Biblioteca de Doedia, descartaron la posibilidad. 

—Acudiré yo mismo en persona a lady Ilaith —dijo el propio Galan—. No obstante, será mejor que nos desplacemos a Eskatha por nuestros propios medios, no podemos esperar a que vosotros resolváis vuestros asuntos —zanjó finalmente Galan.

Tras esto, conversaron durante un rato más o menos largo sobre el sobrecogedor episodio con los mediadores. Poco pudieron explicar acerca de él, así que los ercestres se despidieron hasta el día siguiente.

Por la tarde, Galad mantuvo una breve conversación con Somara, preguntándole por el estado de Ectherienn en la pequeña redoma. La errante, acariciando ausente su abultado vientre de siete meses de embarazo,  le dijo que había habido un par de episodios de crisis, pero se espaciaban cada vez más, y había podido superarlos sin un esfuerzo demasiado acusado.

La mañana siguiente aprovecharon para hablar con los nobles que todavía estaban presos en los calabozos. A instancias de Ginathân y tras recibir promesas de colaboración y renuncia a intentos de fuga, decidieron mudarlos a uno de los edificios de la ciudadela para ponerlos en arresto domiciliario y no dañar más su dignidad. Galad aprovechó para interesarse por el estado de la relación de Genhard con sus ayudas de campo:

—Parece que Svarald ha aceptado de buen grado nuestra... colaboración —dijo el general—. Pero Vythen y Svaston no están tan de acuerdo. Temo que puedan organizar una rebelión para deponerme. Me respetan después de décadas a mi servicio, pero realmente comprendo que este cambio de rumbo los pueda haber descolocado. —Genhard miró a su alrededor, para asegurarse de que nadie estaba escuchando, y añadió en voz baja:— Además, hay un problema añadido. Junto con los Cuervos, hay tropas regulares de las casas Nastren y Vynkavos, y su lealtad ya entenderéis que no es para mí.

—Ya veo. ¿Y tenéis alguna idea del curso de acción a tomar?

—De momento no creo que haya peligro, ha pasado muy poco tiempo, y las casas del Káikar confían en mí. Por cierto, que mi cambio de opinión no va a anular mi honor. No voy a traicionar a mis empleadores, los contratos firmados por los Cuervos son sacrosantos. Antes dejaría el mando que hacer tal cosa.

—De hecho, me alegra oír eso, quiere decir que sois una persona de fiar. ¿Y podría saber cuáles son los detalles de ese contrato?

—A grandes rasgos, conseguir que Ginathân tome el poder de Darsia, y luego protegerlo de posibles contraataques. El contrato está firmado por Ginathân, pero hay un segundo acuerdo firmado con las casas insignes del imperio.

—Está bien. Tendremos que intentar solucionar este tema lo antes posible, ahora mismo hay mucho que hacer. Os agradezco la sinceridad, Genhard —se despidió Galad—. Si podemos hacer algo para mejorar la situación con vuestros oficiales, contad conmigo.

Poco tiempo después, el grupo se reunía de nuevo con lord Galan y los ercestres, para discutir sobre la posibilidad de su desplazamiento a la Confederación de Príncipes Comerciantes con una breve parada en Doedia para dejar a Symeon y Faewald en la Gran Biblioteca. Finalmente, dada la necesidad del archiduque de viajar con un séquito adecuado a su rango y sus necesidades de seguridad, se reafirmó en viajar con medios propios. Una vez que partieran de Dársuma hacia Ercestria, el viaje hasta Eskatha les llevaría entre tres y cuatro semanas embarcando en el puerto de Aucte.

El día siguiente discurrió relativamente tranquilo, con Yuria y Galad tomando firmemente las riendas de la ciudad. Los guardias que Daradoth había enviado para recabar información sobre la tos negra volvieron con noticias. Informaron de que habían descubierto varios casos, pero parecían aislados; además, todos los casos que habían descubierto afectaban a niños. No había adultos contagiados; por algún motivo aquel brote afectaba más a los menores. Los casos, además, se concentraban en la parte oriental de la ciudad, fuera de la ciudadela. La escasez y desconexión de los casos era tranquilizadora. Galad dio órdenes para que los clérigos de la ciudad atendieran por un precio razonable a pagar por el gobierno a todos los niños afectados.

La mañana siguiente, con los tañidos de todas las campanas de la ciudad, docenas de heraldos corrieron por toda Dársuma con buenas nuevas:

—¡Lord Ginathân ha despertado! ¡Por fin, lord Ginathân se ha recuperado! ¡Honrad a Burkadûn, a Anûdras y a Mitálmo! ¡Ginathân nos guiará!

Somara y Symeon se encontraban con el recién nombrado gobernador cuando el resto acudieron allí. La errante los llevó aparte para susurrarles algo:

—Ginathân me ha dicho que recuerda perfectamente un sueño que tuvo mientras estaba inconsciente, y que le angustió hasta casi detener su corazón. Al parecer, soñó con que cinco mediadores nos mataban a mí y a su hijo no nato. Dice que no le pareció un sueño, sino algo muy real. Y cinco mediadores...

—...fueron los que aparecieron en la sala de cónclaves, sí —terminó la frase Symeon—. Y por la descripción que ha dado, los de su sueño eran los mismos. Evidentemente, los sucesos están relacionados, sería muy inocente por nuestra parte pretender lo contrario. Pero, por el bien del gobernador, lo mejor es que nos mantengamos firmes en que no fue más que una simple pesadilla —con esto, dieron por zanjada la conversación.

Gracias a los cuidados de Symeon y Somara, Ginathân pudo ponerse en pie en un par de horas y en un par de horas más salía a las almenas de la muralla principal con el cetro en sus manos. La multitud reunida lo aclamó entre vítores.

Poco después, Ginathân se reunía con el grupo y los nobles en la sala de cónclaves. 

—Os agradecería —dijo con voz cansada, dirigiéndose a Yuria y Galad— que permanecierais en  la regencia al menos una jornada más, hasta que tenga las fuerzas suficientes para ejercer mi cargo.

—Claro, mi señor —contestó Yuria, mirando al resto; «otro día más de retraso», pensó—. Contad con nosotros.

A continuación, fue puesto en antecedentes de todo lo que había pasado, y de la situación de la ciudad. Luego, anunció que se retiraba a descansar. «Es un momento tan bueno como cualquier otro», pensó Galad.

—Mi señor —le susuró, acompañándolo fuera junto al resto del grupo—, hay algo que debemos hablar con vos en privado.

 

jueves, 20 de abril de 2023

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 4 - Capítulo 1

Tras la Coronación. Un Secreto se desvela.

El Grupo de Personajes Jugadores
No tardaron en enviar un par de guardias a buscar a la familia de Kadion y Adarâth, los carpinteros cuyos hijos estaban afectados por la tos negra. Al poco tiempo, volvían con el rostro desencajado y una terrible noticia. La familia había sido asesinada en su casa, y por el aspecto de los cadáveres, hacía muy poco tiempo. Solo uno de los niños, el más pequeño, había conseguido esconderse y sobrevivir. Lo habían traído con ellos.

El niño estaba profundamente traumatizado. Yuria intentó tranquilizarlo, con cierto éxito, pero el tiempo apremiaba y no tuvieron más remedio que sedarlo y extraer la sangre que necesitaban. Symeon tardó varias horas en fabricar el remedio que necesitaban, y finalmente consiguieron inyectarle una dosis que lo estabilizó definitivamente.

Mientras tanto, Yuria hizo compañía al chiquillo. El nombre del pequeño de cinco años de edad era Thomarian, y solo pudo decir que lo habían hecho correr a esconderse mientras un par de encapuchados mataban a sus padres, tíos y primos. Lloraba desconsolado. El corazón de Yuria casi se rompió de dolor, y durante esa jornada se dedicó a cuidarlo y consolarlo.

Por otro lado, Genhard se encargó de encerrar en los calabozos a todos los que eran sospechosos de haber intentado el golpe de estado. Ginalôr, Arinêth, varios líderes del Vigía y parte de las delegaciones de Hêtera, Arlaria y Galmia, entre ellos Dûnethar y Cirantor.

Galad se desplazó con un grupo de guardias hasta la casa de la familia, acompañado de Avriênne, la ástara del Vigía que los acompañaba. Sintió un escalofrío al ver los cadáveres de adultos y niñas. Fue precisamente Avriênne la que, observando minuciosamente la casa familiar, indicó a Galad en un rincón unos pequeños hilos plateados, que alguna vez habían formado parte de un bordado. Parecían fuera de lugar en una casa tan pobre.

—Buen trabajo, Avriênne —dijo el paladín—. Esto sin duda era parte de un bordado de las capas del Vigía.

—Sí que lo parece. Pero, entonces... ¿quieres decir que hermanos del Vigía han asesinado niños? No puede ser, deben de haberlos suplantado.

—Es posible. Tendremos que ser extremadamente cautos. Porque el trabajo que hicieron fue muy efectivo; sin duda eran asesinos con experiencia.

Galad dio órdenes para que los cuerpos fueran enterrados dignamente, y para que la casa fuera quemada en previsión de enfermedades. Acto seguido, volvieron a la ciudadela y Galad compartió la información con el resto, exponiendo sus temores sobre miembros del Vigía infectados por la Sombra. No tuvieron tiempo de discutirlo demasiado, porque alguien llamó a la puerta. Era Genhard. Y venía acompañado de Somara y Svarald, uno de sus lugartenientes.

—Disculpad la interrupción —dijo el general—. Solo quería deciros que Ginathân se encuentra estable y parece que sanará sin problemas, aunque, como dijo Symeon, la recuperación se prolongará varios días. Mientras tanto, tenemos varios problemas. Uno, tenemos que decidir qué hacer con los prisioneros. Dos, alguien tiene que hacerse cargo de la ciudad.

—Yo no quiero hacerlo, no me veo capaz —interrumpió Somara.

—Ahora mismo, en la sala de cónclaves —continuó Genhard— se encuentran discutiendo acaloradamente lord Aelar, lady Eyruvëthil y los demás nobles para decidir quién se hace cargo de la regencia. Ya os adelanto que mi apoyo no va a ser para ninguno de ellos; así que creo que deberíais acompañarnos a la reunión, urgentemente.

No pusieron ninguna objeción. Al llegar a la sala de cónclaves, se sorprendieron al ver presentes en la reunión a Galan Mastaros y los nobles ercestres Yoredas Vaseros y Saena Orgas. El archiduque esbozó una levísima sonrisa al verlos aparecer. «¿Es una sonria de alivio o de socarronería?», pensó Yuria. La discusión era acalorada, y no cesó mientras se sentaban.

Genhard golpeó la mesa, instando a los presentes a callarse:

—Mis disculpas por las formas, mis señores. Solo quiero dejar bien claro que, por mi parte, no voy a apoyar a ninguno de los presentes, excepto a lady Yuria, y puede que a lord Daradoth. Son los únicos que pueden regir este país con buen tino en ausencia de Ginathân. Nadie más es digno aquí de mi confianza.

Todos se miraron. Algunos sorprendidos, otros atemorizados, otros indignados. El grupo consiguió a duras penas guardar la compostura, asombrados como estaban por las palabras de Genhard. Daradoth rechazó educadamente tal responsabilidad, lanzando un alegato a favor de Yuria. El general kairk sonreía cuando el elfo acabó de hablar. Todos miraban a Yuria.

—Está bien —dijo ella—. Por el bien de la ciudad, acepto la responsabilidad si nadie se muestra en contra.

Nadie alegó nada.

—Lo primero es garantizar la seguridad de la población y la distribución de alimentos.

Acto seguido, se llamó a los oficiales y cargos civiles, para darles las órdenes pertinentes. «Esto ha sido más fácil de lo que pensaba», pensó Daradoth, que de repente se fijó en que todos los presentes abrían mucho los ojos  y centraban su mirada a la pared que había detrás de Yuria y él. A la vez, sintió un escalofrío en la nuca, y vio un gesto de náusea en el rostro de sus compañeros. «¿Qué pasa ahora?». Se giró a la vez que los demás, que también habían advertido la situación.

Se estremecieron al ver que, ante la pared, cinco figuras muy altas, de ojos grises y balanzas colgando de sus muñecas, contemplaban la escena con los brazos cruzados sobre el pecho. Se pusieron todos en pie, perturbados por aquellas miradas severas e impersonales. Reconociendo a uno de los cinco, Daradoth habló con tono levemente tembloroso:

—Bienvenido, Eyr'Riazann. ¿Qué se os ofrece?

El mediador observó a Daradoth con aquellos funestos ojos, y luego se dirigió a sus compañeros en su idioma, el ancestral.

—Les ha dicho "este es parte de la anomalía" —susurró Symeon rápidamente.

El que parecía el líder tomó la palabra, y dijo amenazante en lândalo:

—¿Qué estáis haciendo?

—Organizar la ciudad para...

—No. ¿¿Qué estáis haciendo con la Vicisitud?? —su tono se hizo mucho más agresivo.

—Podemos hablar en otro lugar..

 —¡No! Esto se dirimirá aquí y ahora. ¡No podéis seguir derribando los Velos!

Daradoth intentó explicar lo que les había sucedido en Essel, pero antes de que acabara la primera frase, los mediadores extendieron sus manos al unísono. Sus espadas desaparecieron de sus vainas para ser instantáneamente empuñadas. Algunos en la sala empezaron a gritar.

—¡Esperad, por favor, calmaos! —intentó seguir Daradoth.

—¡¡NO!! ¡Tiene que acabar! ¡Acabar! —gritó el mediador.

De repente, uno de los cinco miró hacia un lado. Preguntó algo, y al instante dejó caer su arma y se llevó las manos a la cabeza, mientras aullaba con un grito de agonía y caía de rodillas. Una fuerza física impactó contra los presentes, afectando sobre todo a Daradoth y Galad, que notaron cómo sus órganos internos se revelaban. Muchos de los nobles reunidos sintieron algo parecido, solo que con un efecto aún mayor.

Reprimiendo las náuseas, pudieron ver cómo un segundo mediador, sin ninguna causa aparente, salía despedido contra el muro que tenía detrás con tal ímpetu que, con un crujido estruendoso, incluso abrió grietas en él a lo largo de todo el perfil de su cuerpo.

Los otros tres mediadores miraban a su alrededor, aturdidos por la sorpresa. De repente uno de ellos se abalanzó sobre el grupo:

—¡Parad esto ya! —bramó.

Galad sacó su espadón lo más rápido que pudo, dispuesto a soportar el embate, mientras Daradoth lanzaba uno de sus hechizos, Yuria se disponía a empuñar su talismán y Symeon aprestaba su cayado de aglannävyr.

De repente, la luz desapareció, y todo se hizo oscuro. Un segundo de silencio, y aún más estruendo de gritos y caos en la sala. Galad notó cómo un potente cuerpo pasaba junto a él, desequilibrándole y chocando brutalmente contra la enorme mesa de reuniones.

Symeon utilizó el poder de su diadema élfica y consiguió, no sin gran esfuerzo, alumbrar lo suficiente como para que la oscuridad se convirtiera en una penumbra cerrada. «El poder desatado aquí debe de ser ingente si esto es todo lo que mi diadema es capaz de alumbrar», pensó. Rechinó los dientes, y la tensión pudo notarse en su rostro cuando intentó mantener la tenue iluminación, pero finalmente no lo consiguió: cuando sintió un latigazo de dolor en la cabeza, dejó ir el poder y la oscuridad volvió a adueñarse de la sala. No obstante, en los breves segundos que Symeon había podido mantener la penumbra, Galad vio cómo el líder de los mediadores miraba fijamente al errante, y con un gesto de rabia se abalanzaba sobre él. Saltó para interponerse en su trayectoria, en plena oscuridad. Daradoth hizo lo mismo, viendo peligrar la vida de su amigo. 

Pero ninguno llegó a tiempo. Los gritos se multiplicaron, y el suelo se hundió a sus pies. Con una sensación repugnante en sus estómagos, cayeron al vacío de oscuridad moviéndose en espirales descendentes. «Santo Señor, ¿qué está sucediendo?», la mente de Galad apenas podía procesar tal sucesión de eventos exóticos y buscó a Emmán, desesperado. Algo explotó allá abajo, y sintieron la onda expansiva alcanzándoles. La onda expansiva se convirtió en suelo sólido, y con un vértigo brutal rebotaron contra él, destrozando sus cuerpos.

Galad levantó la vista del suelo, irguiéndose. Todos a su alrededor en la sala de reuniones se encontraban tumbados en el suelo, muchos de ellos inconscientes. Somara lloraba desconsolada. Yuria, acostumbrada ya a no sentir los efectos sobrenaturales, y que apenas había notado el efecto de los gritos de los mediadores, estaba conmocionada pues sí que había sido afectada por la oscuridad y la caída. El paladín recordó la situación en la que se habían encontrado, y se enderezó rápidamente, mirando a su alrededor, alerta. Ni rastro de los mediadores. ¿Había sido todo aquello una simple ilusión? El pitido en sus oídos debido al estruendo de la última explosión lo desmentía.

—¡Lord Aelar no se mueve, no se mueve! ¡Ayuda! —gritó alguien.

Tras atender a los más afectados y superar el estado de nerviosismo en el que se habían visto inmersos, sacaron a toda la gente de allí. A pesar de todos los cuidados y tratamientos, lord Aelar permaneció en coma, no fueron capaces de reanimarlo.

—No sabemos lo que ha ocurrido —se dirigió Daradoth a todos ellos, con una vehemencia fuera de toda medida—, pero las cosas no han cambiado. Yuria regirá la ciudad hasta que Ginathân se recupere lo suficiente, y nos encargaremos de preservar el orden y la estabilidad. Tenemos que intentar transmitir tranquilidad a la plebe.

Todos los presentes asintieron levemente, mirando fijamente al elfo, con solemnidad, con el mayor de los respetos. «Por fin me reconocen como el gran líder que soy», pensó Daradoth, convencido de que cada vez se acercaba más a su objetivo final de destronar a Natarin. Ninguno puso objeciones por el hecho de que Yuria no tenía ni rastro de sangre ástara. Genhard, con el corazón henchido por las palabras de Daradoth, rugió:

—¡Enviad heraldos con las nuevas! ¡Lady Yuria es la nueva regente de la ciudad, con el apoyo unánime del consejo! ¡Lord Daradoth lo ordena!

Poco después llegaron el resto de los ercestres, interesándose por lo que había pasado. El grupo les dio una versión resumida de los hechos, y Eleria ("Selaria") quedó impresionada por la narración. Miró valorativamente a Daradoth, sopesando pensamientos que solo ella conocía.

Algunas horas después, ya más tranquilos, Genhard planteó la urgencia de encargarse de unos prisioneros que proclamaban ser fieles a Ginathân, y que los habían encarcelado por error. Entre los prisioneros también estaban todos los miembros del Vigía que habían podido capturar. Esto hizo que Daradoth mantuviera una conversación con Eyruvëthil:

—¿Qué ha sucedido con el Vigía, mi señora? —le preguntó.

—Bueno, supongo que vos nos abristeis los ojos a varios de nosotros, Daradoth. Existía un plan para sabotear la ceremonia, en el que se provocaría un accidente no mortal, pero al renegar algunos de nosotros de él, el resto debió de continuar con él, aunque con un enfoque más radical, como ya habéis visto.

—¿Os encargasteis vos de contactar con los carpinteros?

—No, no sabría deciros quién fue, quizá lord Anâthur se encargó. No estoy segura.

Acto seguido, armados y preparados, se dirigieron a los calabozos a interrogar a los prisioneros. Lo primero que oyeron al acceder, fue la voz de Dûnethar, increpándolos. Él y Cirantor habían sido detenidos por Genhard, al implicarlos lord Cirenâth en la trama, como coordinadores de las delegaciones reunidas allí. Pero el malentendido se solucionó rápidamente; los dos ástaros habían cambiado su  opinión tras la famosa reunión con Daradoth en la sala de cónclaves, y fueron inmediatamente liberados, con las disculpas pertinentes. Al requerirles que les dieran todos los detalles de los planes que habían urdido en el pasado, Dûnethar se los dio:

—El plan de sabotear la ceremonia fue de lord Kânar, de Hêtera. El estrado debía derrumbarse provocando heridas en Ginathân, pero sin matarlo. Eso permitiría ganar tiempo. Pero esos planes, que nosotros sepamos, se cancelaron. 

 »El mayor problema que tenéis ahora es que Ginalôr, el hijo de Ginathân, tiene el apoyo incondicional del gobernador Hiesher de Galmia, y sospechamos que también el de Girandanâth de Arlaria. No obstante, hemos acudido aquí como diplomáticos y hemos firmado un acuerdo vinculante, con lo que sus puntos deberían ser respetados por los gobernadores, pero realmente no somos validos, tampoco os podemos asegurar que se respeten.

—¿Tenéis idea de quién pudo coordinar todo con el Vigía y los nobles para continuar con el plan?

—Si tuviera que apostar, diría que lady Yorîth.

Poco después, liberaban también a lord Anâthur, lord Cirenâth, y a todos los que estuvieron en la reunión y fueron convencidos para la causa de Ginathân. 

Anâthur les habló de los contactos con los carpinteros, y cómo lady Yorîth se había encargado de tratar con ellos, así que se dirigieron al punto a interrogar a la noble de Hêtera.

—Imagino que sabéis por qué estáis aquí —empezó Daradoth.

—Eso creo. Pero si pretendéis que os dé información, no lo voy hacer. Su majestad Hiesher jamás aceptará el acuerdo firmado, esto es aberrante. Y muy extraño todo.

—Pero vuestros compañeros... no, vuestros superiores lo aceptaron.

—No sé qué brujerías utilizaríais para convencerlos, pero fue extremadamente raro. Qué casualidad que allá donde está vuestro grupo suceden cosas fuera de lo común.

—Esto nos está haciendo perder mucho tiempo, para nosotros lo importante es centrarse en la lucha del norte...

—Efectivamente —interrumpió Yorîth, resoplando burlona—, eso os digo yo. Estáis dificultando la lucha en el norte.

—Sois vos y vuestros aliados quienes la están dificultando.

—Sois más ciego de lo que pensaba. Y lanzáis un distrito entero en brazos del Káikar.

Daradoth calló durante unos segundos.

—No llegaremos a nada así —continuó—. ¿Quién maquinó para acabar con la vida de lord Ginathân?

—Todos. ¿Queréis el nombre de un líder?

—Sí.

—Fui yo —reconoció Yorîth sin atisbo de temor o arrepentimiento.

—¿Y cómo conseguisteis el veneno?

—No os diré eso.

—¿Pero fue cosa vuestra?

—Por supuesto.

«Está mintiendo descaradamente», juzgó Galad, que no pudo evitar espetar:

—Dejad de mentirnos. No os va a ayudar.

—Ni lo pretendo —contestó ella con una sonrisa torcida—. Espero que muráis todos muy pronto. Por traidores y apóstatas a todo lo que representa el Pacto. Estáis acabando con nosotros, recordad mis palabras.

—Asesinar a una familia de carpinteros inocentes merece el mayor de los castigos, es un acto de la Sombra; y no arrepentirse, aún más. Sois viles y crueles.

«La luz también es capaz de actos execrables, sin embargo», pensó Daradoth, que observó fijamente a la noble.

—Si finalmente, como decís, murieron, desapruebo esa acción —contestó ella, sincera—. Sin embargo,  en ocasiones las cosas escapan a nuestro control.

—¿Y qué va a ocurrir a partir de ahora? —preguntó Daradoth—. ¿Había algún otro plan?

—Ninguno. Supongo que ahora los demás distritos enviarán sus legiones y os aplastarán. Al menos lo deseo con todas mis fuerzas, por el bien de nuestra nación. Olara lo quiera así, aunque en el ínterin perdamos territorio en el norte.

—Ginathân cuenta con las legiones de los Cuervos.

—Mercenarios kairks —escupió—. Enviados por un país aliado de la Sombra. Tenemos informaciones que lo confirman.

—¿Tenéis pruebas? Nos vendrían muy bien.

—Ninguna, pero hay información fiable. Preguntad a vuestros amigos ercestres.

Ante la imposibilidad de llegar a nada más, se marcharon.

—Nos va a costar encontrar al responsable del intento de magnicidio —comentó Daradoth con los demás.

—Quizá ni siquiera esté en Dársuma y haya huido —sugirió Yuria.

—Me sigue rechinando todo lo relacionado con la tos negra, pero supongo que no averiguaremos más.

—Lo que deberíamos hacer —añadió Galad— es enviar a lady Eyruvëthil con Dûnethar, Cirantor y los diplomáticos de vuelta a los distritos fronterizos para intentar convencerlos de que respeten el pacto alcanzado. 

—Sí —concordó Yuria—. Con que convencieran a uno de ellos la situación se estabilizaría.

Poco después, organizaban todo para enviar la delegación conjunta hacia el norte e intentar mediar con los gobernadores norteños y con los disidentes del Vigía. Siempre por el tiempo durante el que se prolongara la lucha contra la Sombra en el norte. Cuando lo comentaron con Eyruvëthil, la elfa decidió que primero se dirigirían hacia Arlaria, pues el gobernador Hiesher de Galmia, a su juicio, quedaba fuera del alcance; tenía una implicación demasiado personal con Ginalôr. Saldrían la jornada siguiente a caballo.

Al anochecer volvieron a los calabozos para hablar con Ginalôr, el hijo de Ginathân. El ástaro, cargado de cadenas, tenía una actitud excesivamente orgullosa que parecía algo fuera de lugar.

—¿Os parece bien haber intentado matar a vuestro propio padre? —inquirió Daradoth, sin preámbulos.

—Mi padre es un traidor y un mezquino. Tuvo en los calabozos a su propio hijo durante semanas, solo por mostrar mi desacuerdo con él. No es mi padre. Pero yo no sabía nada de ese plan para asesinarlo.

—¿No sabíais nada, entonces?

—En absoluto.

—Entonces, no sois tan importante como para liderar esta rebelión.

—Seguramente. Solo deseo evitar el hundimiento de Darsia.

—Pero entonces... ¿solo sois otro peón de los rebeldes?

—Ya os lo he dicho. Sí. Mi padre lo ha echado todo a perder por esa... furcia —Daradoth apretó los dientes al oír esto—, y mi única pretensión es hacerle pagar y reparar el distrito.

—Queremos saber quién es el responsable del intento de asesinato.

—Yo lo conocía, pero no soy el responsable. No os puedo ayudar.

Daradoth se apretó los ojos, cansado. Galad continuó:

—Al final, ¿todo se resume a una historia de venganza entonces? Por estar enamorado de una mujer, ¿decidís que vuestro padre debe morir?

—No solo por eso, pero sí.

—¿No sabéis nada de su ascendencia ni de su pasado?

—Basta con saber que es una errante.

En ese momento, Galad tomó una importante decisión. «No podemos retener esto mucho más», pensó.

—¿Y si os dijera que Somara tiene sangre élfica? —Daradoth, Symeon y Yuria intentaron reprimir su conmoción al escuchar estas palabras.

—Me reiría.

—¿Por qué?

—Porque claramente sería la afirmación de un loco.

Galad sonrió.

—¿Os dais cuenta de con quién habláis? Un paladín de Emmán. ¿Dudáis?

Ginalôr se quedó sin palabras por primera vez. Al cabo de unos largos momentos, continuó:

—Sangre... sangre élfica. ¿Qué queréis decir? Acaso...

—Como sabéis —le interrumpió Galad—, o deberíais saber, los paladines puros y leales tenemos ciertas capacidades que nos concede nuestro señor. Emmán me concedió una visión sobre el padre de Somara. Y os aseguro por mi  honor y la gloria de mi señor que su padre es un elfo.

—Realmente... ¿realmente gozáis del favor de Emmán? —Ginalôr, con la voz ronca por la impresión, tragó saliva.

Galad lo miró muy serio. Recitó una pequeña oración en voz baja, y un aura plateada envolvió todo su ser, iluminando la celda durante unos segundos.

Una lágrima asomó a una de las mejillas del ástaro. Apretaba mucho los dientes, posando su mirada en  Yuria, Symeon y Daradoth.

—Si os fijáis en sus ojos —intervino Symeon—, si os fijáis bien, se nota el brillo especial en el iris, y sus manos... son evidentemente élficas.

—Pero... pero... eso lo cambia... ¡lo cambia todo! —La emoción poseía ya claramente las palabras de Ginalôr—. ¿Por qué... por qué no lo habéis dicho antes?  ¡Podíais haber acabado con todo esto sin conflicto alguno!

—No queríamos hacerlo más que como último recurso, porque no creemos que ni siquiera Somara lo sepa, mucho menos vuestro padre.

—Así es —rubricó Galad.

—Aparte de que con esta revelacióin, perpetuaremos lo que vuestro padre quería cambiar —añadió Daradoth.

—No os equivoquéis. Los motivos de mi padre eran totalmente egoístas, pues la revolución era motivada por su amor. Nunca fue un revolucionario convencido, os lo aseguro.

—Sí, pero ahora que está en marcha, esta revelación puede provocar un gran desastre.

—El caso es que vuestro padre sigue vivo, y se va a recuperar —dijo Galad—. Y tenemos que meditar cómo tratar esta información. Os ruego que no la reveléis a nadie mientras lo hacemos en los próximos días. Os lo pido por el bien de todos.

—Está bien. No sé de qué forma podría revelárselo a nadie desde aquí y cargado de cadenas, pero os lo juro por mi honor.

Después de dar órdenes para que descargaran a Ginalôr del suplicio de las cadenas y dejarlo con las justas y necesarias, se marcharon. Y poco después se reunían con Somara y Violetha.

Daradoth se acercó a la errante y la tomó de la mano. «Ah, qué sensación», pensó.

—Mi señora. La información que os vamos a revelar a continuación es muy importante. Muy sensible. Os pido que confiéis en nosotros, porque todo lo que os vamos a decir es cierto, por nuestro honor y nuestra esperanza de renacimiento.

 »La situación actual va a cambiar, todo va a cambiar cuando os diga lo que tengo que deciros. —Percibiendo la agitación de Somara, Daradoth decidió continuar sin pausa alguna—. Nuestro señor Emmán, a través del hermano Galad, que goza de su favor, nos confió una visión en la que descubrimos que vuestro padre no era un buscador, sino un elfo. Un noble elfo, aunque no sabemos exactamente quién.

Somara miró a todos, y a punto estuvo de derrumbarse.

—Sangre élfica corre por vuestras venas. No es una suposición, ni una invención. Es la realidad.

—¿Estáis... estáis seguros de esto? —se sentó, con las piernas temblorosas.

—Absolutamente —corroboró Galad.

—Entonces... ¿no hay posibilidad de que esa visión fuera interpretable? ¿No hay posibilidad de error?

—Ninguna, mi señora —volvió a confirmar.

—Entonces, esto... esto lo cambia todo. Claro...  —pensó en voz baja—, por eso de pequeña siempre dejaba a todos atrás, y saltaba más que nadie... ¿Desde cuándo lo sabéis?

—Hace un tiempo.

—¿¿Pero por qué no lo dijisteis?? ¿Sabéis lo que significa esto? ¡Mi esposo está luchando por una causa falsa!

—No es una causa falsa —rebatió Yuria—. Quizá sí para vuestro caso personal, pero no en general.

—¿Y por qué me lo decís ahora?

—Se lo hemos confiado hace unos minutos al hijo de Ginathân...

—¿¿Cómo??

—... y queremos acabar con las rencillas y el conflicto. Queremos controlar la información para decidir la mejor forma de utilizarla y enderezar la situación.

—Esperaremos que Ginathân despierte —dijo Galad.

—No creo que sea buena idea esa, Galad —rebatió Daradoth—. Sería mejor hacerlo antes, para evitar rumores y demostrar que Ginathân no tiene nada que ver con esto. Eso jugará a nuestro favor.

—Yo estoy con Galad —dijo Symeon—. Es mejor que Ginathân despierte.

—Si me permitís una sugerencia —intervino Violetha, para sorpresa de todos—, puedo ayudaros. Las doncellas tenemos oídos en todas partes; si os preocupa que la información se descontrole y dé lugar a rumores, podemos estar ojo avizor y avisaros si algo raro pasa. Así podréis esperar a que Ginathân despierte y decidir. Nadie se enterará de ningún rumor antes que yo, os lo aseguro.

—Está bien, así lo haremos si pensáis que es lo mejor —aceptó un sorprendido Daradoth.

En ese momento, Genhard reclamó a Yuria para revisar unos asuntos de organización de la ciudad, y la ercestre tuvo que marcharse. Abrazó y besó a Somara, como buenas amigas que eran, y se despidió.

—Por favor, Yuria —dijo la errante a su oído—, cuidad de la ciudad, y de todos nosotros. Y suerte con él —se refería a Genhard.

—Claro que sí, tranquila —sonrió.

Ya con Yuria y Genhard ausentes, Somara susurró:

—Veremos qué sucede cuando Genhard se entere de todo esto.

Poco después, Daradoth conversaba a través del búho de ébano con Irainos, para informarle de todo, incluyendo la misión de Eyruvëthil hacia el norte. Omitió la información sobre Somara. Irainos anunció que intentaría enviar a Eraitan para ayudar a la antigua princesa élfica.

Ya disponiéndose para irse a descansar, Symeon comentó a sus compañeros:

—Solo hay una cosa que me no me cuadra en todo esto. Y es que, aquellos centauros a los que me enfrenté en el mundo onírico me parecieron demasiado poderosos para ser enviados del Vigía.