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martes, 14 de junio de 2011

Sombras en el Imperio - Campaña de Arcana Mvndi Temporada 1 Capítulo 8

Dentro del Laberinto.

¿Dónde se encontraban? Los pulmones les quemaban, el sudor les resbalaba por la cara y las articulaciones les dolían; era posible que hubieran corrido durante kilómetros, y la oscuridad se cernía sobre ellos, amenazadora. ¿Habían bajado escaleras? No sabrían decirlo con seguridad. Por suerte habían sido precavidos y llevaban suficientes provisiones y antorchas que habían cogido en las estancias de fuera.

Comenzaron a andar, intentando salir de allí. Pero se encontraban completamente desorientados. Las galerías donde se encontraban lucían dos hileras de símbolos tallados en la pared, a unos dos metros y medio de altura. Una de ellas tenía cierta semejanza con el griego arcaico y la otra semejaba más bien el extraño lenguaje de los antiguos egipcios, pero con ciertas diferencias que el ojo experto podía notar. Algunos de los símbolos de esta segunda línea eran casi idénticos a los símbolos tallados en el disco robado por Idara. Caminaron durante lo que parecieron varios días, durante los cuales el ánimo decayó en varias ocasiones, aunque siempre lograron sobreponerse.

En ocasiones aparecían en las bifurcaciones de los pasillos escaleras de bajada, amplias y de escalones profundos, aptos para su uso por seres más grandes que un humano normal.

Ni siquiera podían descansar con tranquilidad, porque al poco rato de pararse, de forma sobrenatural se veían acuciados por diferentes alimañas, plagas que nunca supieron de dónde aparecían. En un par ocasiones se trató de escorpiones, en otras de arañas, escarabajos y serpientes. Siempre surgían de la nada, desde el techo o desde la oscuridad. No les costaba dejarlas atrás pero la falta de descanso hacía mella en ellos. En uno de aquellos episodios, tras librarse de la plaga de turno, Idara tómo la palabra: según la mitología griega, la mujer de Minos, Pasifae, había maldecido a su marido a expulsar de su cuerpo arañas, escorpiones y otras criaturas venenosas como castigo a sus muchas infidelidades, quizá eso tuviera algo que ver con los enjambres que los acosaban.

En su periplo pasaron por una amplia estancia compuesta de un cuerpo principal y seis salas anexas. En la sala central se alzaba la estatua de una mujer que lucía serpientes en lugar de cabellos. En esas salas pudieron descansar tranquilamente por primera vez desde que se internaron en los túneles. Sin embargo, su descanso se vio interrumpido por ruidos provenientes de la oscuridad. Una poderosa respiración que conocían bien, y el ruido de pezuñas rascando sobre el suelo rocoso. Se despertaron con un silencio sepulcral. Desde el otro lado, un bufido y otra respiración. Y aún otra más, más estentórea si cabía. Gruñidos y sonidos guturales acompañaban en todo momento a los amenazantes pasos. ¿Era posible que hubiera más de uno de esos monstruos terribles? ¿Acaso pasifae no había tenido un solo hijo con el Toro de Poseidón? Hubieran jurado que las criaturas los aventaban, así que sin pérdida de tiempo y sin el más mínimo ruido, se escabulleron sin llamar la atención a través de un corredor lateral. Aún tendrían un par más de sobresaltos parecidos los días que les quedaban en aquellos túneles.

A medida que andaban más y más fueron dándose cuenta de la disposición general de los pasillos que hollaban. Los pasillos principales siempre presentaban una ligera curvatura, mientras que los secundarios conectaban los primeros entre sí en línea recta; eso resultaba en una amalgama de pasillos curvos concéntricos unidos por corredores rectos formando una especie de espiral extraña. Muy parecida a la forma en que habitualmente se había venido representando el laberinto de Dédalo en Creta durante siglos. Esos túneles tampoco habían permanecido inmunes al paso del tiempo, y en ocasiones se veían obligados a desandar el camino debido a derrumbes o escombros extremadamente difíciles de superar.

El Laberinto
En un momento determinado, llegaron a lo que aparentemente era una enorme bóveda cavernosa, que según sus cálculos debía estar situada en el mismísimo centro del laberinto. De ella partían doce túneles de gran tamaño, y en su centro se alzaban varias estatuas representando al rey Minos, a la reina Pasifae, un minotauro y algunas otras personas que no reconocieron. Una de ellas estaba destrozada y sólo se veían los pies saliendo del pedestal. Las estatuas se encontraban rodeando una escalera de caracol que descendía a la oscuridad. Intentaron bajar por ella. No tardaron en llegar a una planta inferior a la que habían recorrido, pero no se internaron en ella y continuaron su periplo descendente, ya que la escalera seguía bajando. Aún se toparon con otro nivel más de suelo, pero siguieron bajando. Ya no veían más que tinieblas más allá de la débil y trémula luz que la antorcha arrojaba más allá de la barandilla que impedía su caída al vacío. Descendieron durante cientos de escalones. Idara empezó a mostrarse nerviosa, insoportablemente intranquila. ¿Acaso no tenía fin aquella escalinata? ¿Se estaban volviendo locos? Decidieron volver sobre sus pasos e intentar salir cuanto antes de aquel lugar que transgredía toda lógica.En una ocasión en que se vieron acorralados entre las plagas y las bestias cornudas tuvieron que recurrir a la extraña Sombra atada al colgante de Tiberio. Cada vez que el médico invocaba al oscuro ente la Sombra lo inundaba, pero en esa ocasión pudo resistir con entereza la incómoda sensación e incluso entabló una silenciosa conversación con el ser. Éste le reveló su nombre: Eugsynos del Telmapério. Y, refiriéndose al disco que portaba Idara, afirmó que se trataba de "uno de los Siete Sellos". No pudieron sacarle más información, tanto por las sensaciones negativas que sentían en su presencia como por la dificultad de entender lo que les transmitía.

Tiberio y Cneo, por su parte, habían estudiado con interés durante todo el periplo los símbolos de la primera hilera tallada en la pared, la única que tenían alguna esperanza de comprender gracias a su similitud con el griego. Finalmente, se mostraron bastante seguros de haber entendido unos cuantos de los conceptos encerrados en los símbolos del extraño lenguaje: "océano", "inmensidad", "infinito", "eternidad" y alguno más. Al parecer, los que tallaron tales anagramas eran unos apasionados de los círculos, de lo eterno y lo que se volvía a repetir una y otra vez. También consiguieron asociar tales conceptos con los de la hilera inferior, dándoles una base desde la que empezar una posible interpretación.

Tras el episodio en la estancia central, intentaron hacer lo contrario y dirigirse a la parte externa del laberinto. Tras varios encuentros con alimañas y sobresaltos con los minotauros, Lucio, inexplicablemente, se topó de bruces con la salida: una escalera ascendente se presentaba ante ellos. La escalera ascendía hasta una sala, la cual resultó al instante familiar para Tiberio. Su estilo era idéntico al de las ruinas donde había jugado en el pasado con sus primos. Atravesaron varias estancias, pasillos y escaleras. Se desgarraron ropas y carne atravesando estrecheces y derrumbes. El aire se presentaba cada vez menos viciado, lo que era buena señal. Finalmente, llegaron a una estancia grande, cegada en el lado opuesto por un derrumbamiento a todas luces reciente. Esta debía ser la sala a la que se accedía desde la cueva del acantilado. Unas breves observaciones así lo confirmaron. Lucio e Idara inspeccionaron la salida. Mientras tanto, Tiberio sacó el orbe negro que habían conseguido en las ruinas. Varias figuras aparecían reflejadas en su brillante superficie, ninguna de ellas perteneciente a los compañeros del médico. Ninguna de ellas presente en la sala cuando levantó la vista de la bola de vidrio. Debía de estar viendo otra dimensión, quizá más allá del Velo. Una de las figuras se acercó rápidamente, hasta poner la cabeza sobre su hombro. Sus rasgos estaban desdibujados, como si se hubiera difuminado con el tiempo, pero pronto no le cupo ninguna duda: era su primo, el que había muerto de adolescente. La figura movió unos labios desdibujados, y Tiberio percibió su voz a través del orbe: "¿Primo? ¿Has crecido en mi sueño?" Tiberio sintió un escalofrío. Con un hilillo de voz conversó con el muchacho, mientras los demás asistían interesados a la escena.

Fue un impacto terrible para su primo darse cuenta de que en realidad estaba muerto y no durmiendo. Según le contó, había soñado con un anciano, que se lo había llevado a visitar las ruinas donde se encontraban. El anciano le atemorizaba y él aún se encontraba soñando, o bueno, ya no, dijo entre sollozos.

A través del orbe, Tiberio vio cómo un anciano se acercaba rápidamente hacia él, de tal modo que incluso hizo un gesto reflejo para evitarlo. Estiró del muchacho y lo apartó de su lado. A continuación se giró hacia Tiberio:

   —Tú, ven conmigo —dijo, con una voz cavernosa que le puso los pelos de punta al médico.

Tiberio se sintió tentado a asentir y acompañarlo, pero algo le dijo que no lo hiciera, y consiguió resistirse. El anciano, que dijo llamarse Aroctryon, se alejó acompañado por su primo. Se sentó, abatido.

Entre tanto, Lucio se había dado cuenta de que la pared del acantilado había sufrido mucho con el derrumbamiento, y quizá forzando un poco éste podrían causar que se desprendiera, dejándoles el paso libre. Así lo hicieron. Lucio y Cornelio empujaron con todas sus fuerzas, hasta que las grietas se ensancharon y la pequeña cornisa cedió, cayendo al mar con gran estrépito. Ellos pudieron ponerse a salvo a tiempo y con un poco de esfuerzo el grupo al completo consiguió alcanzar la senda que descendía desde la parte superior del precipicio.

Tras varios traumáticos días, se dirigieron con celeridad hacia la villa, donde les esperaban Zenata y Rentzias. Se echaron a dormir, extenuados.

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