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miércoles, 3 de agosto de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 50


Con Eltahim estabilizada y a salvo, Demetrius sufrió un ataque depresivo culpándose por no haber prevenido lo que había ocurrido.

Ezhabel se encontró con el capitán Tárion, el cual le informó de que había recibido órdenes de Rughar para mantener el perímetro del campamento rechazando posibles ataques.

Ayreon contactó gracias a su habilidad canalizadora con los paladines y con Robeld de Baun, transmitiéndoles su presencia allí.

Una turba se había congregado ya en el límite norte del campamento élfico, arrojando piedras e insultando a los soldados elfos. Por el momento, no suponían una amenaza, y se disgregaban tan pronto los elfos amagaban con una carga. Por otro lado, se había iniciado un goteo de llegadas de vestalenses al campamento. Aquellos que podían evitar la destrucción que se estaba llevando a cabo sobre su pueblo acudían al campamento élfico en busca de asilo. Ezhabel dio órdenes para que se les preparara una parte en el centro y fueran acogidos. El número de vestalenses fue creciendo poco a poco, pero ininterrumpidamente.

Selene se puso en contacto telepático con Ayreon, para ponerse al corriente de las circunstancias. Adens no tardó en transportar a Selene, a Willas Stalyr, a Rughar, a Ar'Thuran y a él mismo hasta el grupo. Con mucho esfuerzo consiguieron recuperar moralmente a Demetrius e iniciaron una discusión sobre qué harían para arreglar el caos reinante en Haster. Realmente, todo se les había ido de las manos. Barajaron la opción de evacuar la ciudad, defendida por Demetrius para salvar a su pueblo, aunque rápidamente la desestimaron. No obstante, Demetrius creó un portal a la Torre Emmolnir en el centro del campamento élfico por donde pusieron a salvo a Eltahim; también propusieron a los vestalenses que salieran de Haster por allí, pero la mayoría se negaron, alegando que gran parte de sus familias todavía se encontraban perdidas en la ciudad.

En un momento de las conversaciones, Selene, con una sonrisa sardónica, afirmó que si ellos lo deseaban, podría reclamar ayuda. Aunque el grupo al completo estaba bastante convencido de qué tipo de ayuda les podía procurar Selene, se interesaron e intentaron sacarle más información. Pero la kalorion esquivó las preguntas con su proverbial verborrea. Robeld de Baun no quería abandonar Haster bajo ningún concepto, y optaba por la lucha. Con Tôrkom y los brazos que allí había reunidos deberían ser rival suficiente para los Mediadores, según el marqués; desde luego, si abandonaban la ciudad, el Imperio se hundiría. Robeld les urgió a conquistar el palacio, alegando que sus guardias y los elfos del interior estarían siendo arrestados o atacados.

En un descanso de las discusiones, Ayreon se apercibió de un hecho relevante: en el cada vez más numeroso grupo de vestalenses, dos figuras llamaron su atención. Una de ellas era Yrm Ybden, el Supremo Badir, y entre su escaso séquito, también pudo reconocer una figura que le traía recuerdos de otra vida: Ordreith, Susurro de Creá y otrora su íntimo amigo. El grupo se reunió para visitarlos. Se interesaron por su bienestar y les pidieron información sobre su situación actual. Hablando con Ordreith, Ayreon le contó toda la historia de la runa de la creación y su antigua amistad antes del reinicio. El vestalense se extrañó, porque el paladín también le resultaba conocido, pero no llegó a creer del todo la historia y se mantuvo distante. Ayreon también insistió en el hecho de que los vestalenses serían acogidos pero los asesinos de Creá no tendrían asilo allí mientras no entregaran sus capas de camuflaje. Ordreith, indignado, le contestó que no se preocupara, que pondría remedio a ese hecho. Como más tarde se enteraría Ayreon, Ordreith y todos sus compañeros Susurros se marcharon para evitar problemas y no entregar sus capas, algo extremadamente sacrosanto para ellos.

Finalmente, se decidieron por seguir las estrategia de Robeld, y haciendo un esfuerzo titánico, Demetrius abrió un nuevo portal desde el campamento élfico a la ciudadela. Una parte del ejército élfico, los hidkas restantes, y la mayoría de los paladines de Emmolnir traspasaron el portal. No tardaron en tomar el palacio, porque los elfos de Rughar y los hidkas de Ar'Thuran ya se habían encargado de allanar el camino. Con un número mínimo de arcángeles en palacio no habían encontrado apenas resistencia. Turkon, indignado, les increpó y les juró que se vengaría. Lo hicieron preso en una de las habitaciones de palacio.

Con el palacio en sus manos, se reunieron con Ylma, Dorlen y los demás nobles, y discutieron sobre su siguiente movimiento. Robeld no pensaba irse, eso había quedado claro. Al preguntarle a lady Ylma si su ejército lucharía si permanecían allí, la mujer contestó que le parecía mejor idea marcharse, pero que por supuesto los apoyarían.

Ayreon elevó una súplica a Emmán. Y éste contestó. El paladín tuvo una fuerte visión donde se veía atravesando un portal junto a Demetrius mientras Haster se hundía en un abismo de fuego y tinieblas. Tras recuperarse, decidió no abandonar Haster a su suerte de ninguna manera.

Leyon se dirigió a hablar con el ejército de Dalryn, su enamorada fallecida en el mundo de los sueños. Convenció al capitán, Aglanâth, con promesas de futuros títulos nobiliarios para obtener un trato de mutua ayuda que satisfizo a ambas partes.

Demetrius y Ezhabel intentaron volver a hablar con el Supremo Badir y con Ordreith, pero éste y todos los asesinos de Creá parecían haber desaparecido para no perjudicar a su pueblo. Todos los vestalenses hablaban con reverencia de ellos. Eran unos héroes para su gente, muy al contrario que hacía tiempo, cuando los vestalenses los temían como cualquier otro pueblo. El Supremo Badir no pudo recibirlos. Así que Demetrius intentó contactar con Heratassë; y lo único que recibió fue una sensación de urgencia extrema por el metal que el dragarcano ya le había pedido antes.

Ylma, por su parte, les informó de que había estado negociando con los Iluminados, y los mercenarios también le habían ratificado su servicio.

Desesperados, decidieron ir en busca del metal pedido por Heratassë, y para ello aceptar la ayuda que les había propuesto Selene. Asumieron que las minas que se encontraban a unas treinta leguas al sur de la ciudad debían tener alguna veta de ese mineral, si eran tan valiosas para la Sombra como para no atacar Ercestria a cambio de ellas.

Al cabo de pocas horas, Selene los convocó a una reunión, y allí se encontraba la ayuda prometida. Sus aliados no eran otros que más kaloriones, claro: Murakh y Carsícores. Todos habían llegado acompañados de sus respectivos apóstoles. Tras las presentaciones y tensas conversaciones iniciales, se pusieron mutuamente al tanto de la situación, y para la sorpresa del grupo, los kaloriones no pusieron ninguna traicionera condición ni petición de ayuda. Era imposible que aquello lo hicieran altruistamente, pero no parecía haber ningún atisbo de traición en sus acciones.

Prepararon el viaje hacia el sur. Rughar los acompañaría, también Adens, así como Murakh y Selene. Carsícores se quedaría en palacio, ayudando. Evidentemente, los recién llegados no reverlarían sus verdaderas naturalezas, sino que se harían pasar por nobles, diplomáticos, mercenarios, soldados, o lo que fuera. Para ello pusieron en escena una pequeña representación en la que cada uno fue llegando a palacio con unos pocos centenares de soldados.

Sin más tardanza, se trasladaron al complejo de valles donde se encontraban las minas. Cientos de carretas iban de un lado a otro sin pausa ninguna. Se veían trolls y orcos por doquier. Sin muchos problemas, descubrieron el almacén y se abrieron camino hasta los pocos gramos de galvorn que se guardaban celosamente, masacrando varios trolls por el camino. Murakh los teleportó fuera de allí y volvieron rápidamente a Haster.

Después de avituallarse y pertrecharse con el equipo adecuado, Murakh los teleportó de nuevo, esta vez a la Meseta del Vyrd, donde se encontraban Heratassë y Elsakar. La Ciudadela Enana de Kirud-Khâr se encontraba sitiada y la estaban asaltando. De la montaña salían despedidos grandes trozos de roca que aplastaban a los enemigos. Fuegos y humo se veían por doquier. Gracias a las sensaciones enviadas por Heratassë no tardaron en encontrar la entrada a unos túneles que les llevarían a una puerta secreta de acceso a la fortaleza. Los kaloriones quedaron atrás, a la espera de ser convocados. Los demás fueron recibidos por guardias enanos, que los montaron en una vagoneta y los arrojaron a un vertiginoso viaje a través de abismos excavados en la roca.

Tras recorrer bellísimos y larguísimos corredores se reunieron finalmente con Elsakar, Heratassë y el comandante enano Aklôr, un viejo conocido. Los ojos de Heratassë brillaron cuando le enseñaron el metal. Lo cogió reverencialmente. Era una pequeña cantidad, pero sería suficiente. A continuación expuso que saldría él solo de la fortaleza por una puerta secundaria y que deberían cerrar todo y no salir hasta que todo se hubiera calmado en el exterior. Era muy importante que lo hicieran así, y les insistió en ello.

Heratassë salió al exterior y la fortaleza fue cerrada a cal y canto. Durante largo rato se oyeron explosiones, el suelo retumbó, y en un par de ocasiones pareció que la montaña se iba a venir abajo. Tras sentir una oleada de frío extremo que incluso dejó inconscientes a algunos enanos, se hizo el silencio.

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