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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 18 de julio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 2

Buscando Respuestas
Llegó el día de  Nochebuena. Patrick había "despertado" a su nueva vida la madrugada del día 22 de diciembre, el solsticio de invierno, justo cuando había tenido lugar el ritual de Tunguska, y tanto él como Sigrid, acompañados de sus parejas, decidieron visitar a sus respectivos hijos poseídos por demonios. Ambos se encontraban custodiados casualmente (o quizá no tan casualmente) en el mismo convento, el convento de la Iglesia del Redentor, en Brooklyn. Patrick prefirió interactuar mínimamente con Lupita, muy a su pesar; por su parte, Sigrid consiguió entablar unos momentos de conversación con su hijo a través de la  ventana de su habitación, e incluso pudo acariciarlo con lágrimas en sus ojos cuando él le pidió que lo sacara de allí; pero cuando el adolescente cogió la mano de su madre con una fuerza excesiva, sus ojos se tornaron sombras y su voz cambió a un tono más grave para proferir varias blasfemias, la monja supervisora dio una orden al guardián, que liberó a Sigrid del agarrón y cerró la ventana. El peso de los acontecimientos y los nuevos recuerdos cayó de lleno sobre la anticuaria, que sufrió una crisis de ansiedad. Afortunadamente, Patrick consiguió aliviarla con unos minutos de charla.

Convento de la Iglesia del Redentor


El día siguiente, después de pasar una noche agridulce con sus familias, todos se reunieron de nuevo en la sede de la CCSA. Decidieron echar un vistazo entre todos a los informes sobre los que el congresista Ackerman había llamado la atención de Derek. No tardaron en poner en común los nombres de los principales sospechosos de cada caso: Edward H.(Henry) Freeman, Henry Count y Rebecca Clarkson. Intercambiaron miradas de preocupación, pero también una renovada esperanza acudía a sus ojos; alguna parte del nombre de Henry Clarkson aparecía en cada uno de los sospechosos... ¿Qué querría decir aquello? No lo sabían, pero estaban dispuestos a averiguarlo. No había fotos ni de Clarkson ni de Freeman, y donde debería haber estado la foto de Count adjunta al dossier, alguien la había perdido o arrancado. Así que la apariencia de los sospechosos les era esquiva. En los expedientes Clarkson y Freeman se daban algunos datos sobre los posibles domicilios de los sospechosos, pero muy vagamente; el dato más fiable estaba en el dossier de Count; en él se reseñaba que este se encontraba ingresado en el hospital psiquiátrico Grasshopper Hills, sito en el condado de Westchester; Sigrid se sintió extraña al reconocer el nombre del sanatorio donde su hermana había estado internada en su anterior vida. Al parecer, los doctores habían diagnosticado a Henry Count con el único caso conocido en el mundo de Dejà Vu constante, lo que le incapacitaba para llevar una vida normal; eso, unido al hecho de que lo perseguían los acontecimientos extraordinarios, había provocado que el estado lo internara en una habitación de vigilancia intensiva.

Mientras departían acerca de los nombres y de lo extraño de la ausencia de fotos surgió el tema de las diferencias en el mundo en que vivían en ese momento y el de su vida anterior; era evidente que todo parecía más... oscuro, más sombrío, en esta nueva realidad; sin duda, los demonios presentes durante la ceremonia de Tunguska habían tenido algo que ver con ello. Además, Patrick sugirió que deberían tener claro qué había cambiado en los hechos históricos de uno y de otro. En esto, los conocimientos de Sigrid resultaron importantes, puesto que era la única con los conocimientos (y recuerdos) de historia necesarios procedentes de la realidad anterior. Varios hechos resultaron haber cambiado entre una encarnación de la realidad y otra: primero, la existencia del Imperio Bizantino se había prolongado al menos un par de siglos más que en la realidad anterior, y además su disolución se había producido de forma pacífica, disgregándose en estados más pequeños o anexándose a los de su alrededor; se decía que los bizantinos habían contraído matrimonio con las líneas sucesorias de todos los reinos y estados importantes de la historia. Además, algo había cambiado a partir del reinado del emperador León IV, conocido como "el Jázaro" (¡ese nombre otra vez!). Mientras que en la realidad anterior León había sido asesinado por Juan I Tzimiskes, en esta existencia había sido totalmente al revés. De esa manera, la dinastía de León (descendientes de los Jázaros por el matrimonio de los padres de León, Constantino V e Irene Tzitzak) había perdurado hasta el final del Imperio... Por otro lado, como más tarde averiguaría Tomaso, en varias páginas web conspiranófilas se hablaba de que la sangre de León se había mantenido pura hasta la actualidad, y que sus descendientes formaban la élite que controlaba el mundo en la sombra. Y no solo eso, sino que a lo largo de la historia se les conectaba con multitud de movimientos relacionados con la brujería, artes ocultas y filosofías esotéricas; incluso se afirmaba en algunas fuentes que el Gran Mago y otrora Gran Maestre del Ordo Templi Orientis Aleister Crowley no era sino uno más de los descendientes de la línea jázara. El corazón de Tomaso latió más rápido; ¿era posible que aquello fuera el origen de todo Mal?

Al parecer, los Jázaros, de los que ya les habían hablado Anne Rush y St. Germain antes de Tunguska, debían de haber conseguido al menos uno de sus objetivos con el ritual, si todo aquello era cierto.

Las diferencias en la historia no acababan allí; Sigrid también encontró disparidades en la Revolución Francesa, el Imperio de Napoleón, la Segunda Guerra Mundial (que se había prolongado un par de años más) y la Unión Soviética, pero no parecían tan importantes como las encontradas en la línea del Imperio Bizantino. También encontraron referencias al Conde St. Germain en esta realidad, referencias datadas en los siglos XVII y XVIII, semejantes a las de la realidad anterior.

Poco antes de la hora de comer, y a petición de Tomaso, los cuatro se trasladaron al domicilio de Sally. Allí, los tres compañeros del italiano corroboraron y apoyaron la historia que le había contado a la periodista, y a ella, tras muchos años de confianza, no le quedó otro remedio que creerlos. No tardó en preguntarles acerca de detalles de "la otra realidad", interesándose por qué relación tenían, cómo era ella... tras responderle lo mejor que pudieron, le prometieron que harían todo lo que fuera posible para que recordara. Por otra parte, después de que Patrick le explicara los detalles de la recreación de la existencia, Sally se quedó pensativa; a los pocos momentos se levantó, diciendo que había recordado algo. Cuando regresó, llevaba en la mano un ejemplar de la revista llamada Nuevo Amanecer, que Tomaso conocía muy bien, pues trataba sobre temas esotéricos y ocultistas. En la portada podía leerse el título de varios artículos que daban a entender que los articulistas estaban bastante bien informados sobre la realidad del Submundo Ocultista... así lo daban a entender títulos como "El poder simbólico de los Libros" y  "Parásitos dimensionales: ¿entre nosotros?". Pero el artículo que más llamaba la atención era uno titulado "¿Es esta realidad una farsa?", firmado por un tal ¡H. Clarkson! La "H" correspondía al nombre "Howard", pero otra vez se trataba de una casualidad demasiado extraña. En el artículo, Clarkson hacía referencias a la recreación cíclica del Universo y a una figura que el grupo entendió que correspondía al Conde St Germain.

Tras una breve investigación, Sally y Tomaso averiguaron que el tal Howard Clarkson había sido asesinado poco después de la publicación de su artículo, hacía un par de meses. Su cara había resultado destrozada y no había fotos de él ni ningún registro en internet antes de su colaboración en Nuevo Amanecer, así que metieron al articulista en el mismo saco que los sospechosos de la CCSA.

Al atardecer se trasladaron por fin al sanatorio "Grasshopper Hills" con la intención de visitar al tal Henry Count. Pero las identificaciones de la CCSA probaron no ser lo suficientemente intimidatorias, así que el encargado de planta les impidió el paso sin una orden judicial. El grupo se reunió con uno de los doctores encargados del tratamiento de Count, un tal Williams, intentando convencerle de que había un problema de alerta sanitaria relacionado con él, pero no lo consiguieron.

 —Vaya, alguien ha metido la pata aquí —dijo el doctor Williams, con cara de pocos amigos.

El doctor les mostró el informe de Count que traía consigo, y justamente donde debería haber estado su rostro en la foto, alguien había derrmado un poco de café que impedía su identificación. La frustración fue en aumento cuando, consultando el dossier informático, todas las fotos del paciente parecían haberse corrompido. Increíble.

Para complicar aún más la situación, Derek pudo ver por el rabillo del ojo cómo uno de los dos guardas de seguridad que les habían recibido en la entrada sacaba una foto del grupo mientras hablaban con el doctor. El guarda se marchó rápidamente, sin dar tiempo a reaccionar al director de la CCSA NY. Finalmente, Patrick consiguió un acuerdo con el doctor por el que le permitirían echar un rápido vistazo a la habitación de Count al menos para tratar de identificarlo físicamente; así lo hicieron, pero en los breves segundos en los que permitieron la apertura de la puerta de la habitación Patrick no pudo ver al paciente, porque se encontraba sentado en un sillón de espaldas; parecía que las casualidades conspiraban para que no pudieran ver el rostro de ninguno de los sospechosos de los expedientes. Ante la negativa del doctor y los vigilantes a abrir de nuevo la puerta debido a la peligrosidad de interactuar con Count, Patrick desistió y se marchó, frustrado.
Escamados por cómo se habían desarrollado los acontecimientos en el sanatorio, Derek y Jonathan decidieron quedarse por la noche para vigilar. Alejaron el vehículo (en las calles de la zona no había prácticamente automóviles aparcados, mucho menos por la noche) y se apostaron tras unos arbustos. Efectivamente, tal y como habían supuesto, no tardó mucho en haber movimiento. Sobre la una de la madrugada, varios vehículos hacían acto de aparición: dos coches de policía encabezando y cerrando una comitiva compuesta por dos todoterrenos negros y una ambulancia, en completo silencio. Transcurridos cuarenta minutos, la comitiva se marchó por donde había venido, igual de discreta.

El día siguiente, Derek consiguió con algunos problemas una orden judicial para poder visitar a Henry Count en el sanatorio, aunque el grupo ya no tenía muchas dudas de que debían de haberlo trasladado. Y así era: una vez que llegaron allí, otro de los doctores encargados de su supervisión les confirmó que el paciente había sido trasladado por la noche. En el registro informático figuraba su traslado a eso de la una de la mañana con destino al hospital militar de Saint John. Al parecer, los traslados nocturnos no eran la norma, pero tampoco podía decirse que fuera algo excepcional. Irritados, pidieron que les dejaran ver las grabaciones de seguridad de la noche anterior, y contra todo pronóstico, los encargados accedieron. Tomaso sintió un escalofrío cuando de uno de los todoterrenos bajó un tipo delgado, cetrino y bien vestido que identificó como Salvatore Leone. Salvatore era el hijo de don Francesco Leone, uno de los mafiosos más importantes del estado de Nueva York, que había contratado sus servicios en más de una ocasión. Nadie más del grupo reconoció a ningún otro de los individuos que salieron de los coches. Al cabo de una media hora, la comitiva volvió a salir del hospital llevando en una camilla al que debía ser Henry Count; no obstante, fueron incapaces de identificarlo porque en ningún momento su rostro fue captado por la cámara: durante todo el intervalo de grabación algún obstáculo (uno de los guardianes, su propio pelo...) interfería en la visión de su cara. Y eso era todo; un equipo de enfermeros y tipos trajeados se había llevado de un sanatorio mental a un interno bajo la supervisión de un importante mafioso... aquello apestaba a podrido.

Por supuesto, más tarde se trasladarían al hospital de Saint John, pero antes querían hablar con el guardia de seguridad que les había tomado la foto el día anterior. Al infomarse de que el guarda no entraría hasta el turno de noche, decidieron ir a su casa; su nombre (Robert Heart) y dirección fueron proporcionados por uno de los celadores a cambio de unos pocos billetes.

El tal Heart resultó vivir en un edificio de apartamentos bastante aceptable en Bronx. El grupo no tardó en plantarse en el rellano ante su puerta. Dentro, se oía la televisión. Llamaron al timbre varias veces, pero no recibieron contestación alguna. Así que Tomaso y Derek decidieron echar la puerta abajo. Algunos vecinos salieron al rellano e increparon al grupo por el ruido, aunque los ánimos se acallaron cuando se identificaron como "agentes federales". Derek y Tomaso se quedaron petrificados cuando accedieron al apartamento y vieron a Heart y a las que debían de ser su mujer y su hija muertos sobre sus platos de comida, en una mesa ante el televisor. Todo daba a entender que la familia había sido envenenada, seguramente con la bebida; una inspección rápida reveló un broche con motivos orientales que se apresuró a recoger. Parecía estar hueco y seguramente había contenido el veneno que acabó con la vida de los tres comensales. En la habitación del matrimonio encontraron dinero y armas, y justo antes de que llegara la policía a la escena se apropiaron del teléfono de la mujer; el de Robert había desaparecido, como ya esperaban.

Tras esquivar sin mayores problemas a la policía gracias a su condición de agentes federales y dando unas erráticas explicaciones sobre emergencias sanitarias, se dirigieron al hospital militar donde la comitiva nocturna había trasladado a Henry Count. Allí no tuvieron problemas en acceder utilizando la orden judicial y en que les permitieran la entrada a la habitación de Count. Este no hablaba, mostraba un estado de catatonia bastante avanzado. Patrick por fin pudo ver su rostro, pero su aura delataba una normalidad que no coincidía con los sucesos extraordinarios que provocaba. Sin duda habían ingresado allí a un sustituto; eran bastante parecidos físicamente, por lo poco que habían podido ver de espaldas y en fotos corrompidas, pero evidentemente aquel no era Henry Count. Decidieron disimular y marcharse satisfechos con lo que habían visto, por si acaso alguien los observaba, pero por dentro la desesperación era mayúscula.

Visitaron también la empresa a la que pertenecía la ambulancia que presuntamente había trasladado al paciente desde Westchester (y que, como les informó Tomaso, pertenecía a la familia Leone), pero el joven que estaba allí a cargo no parecía saber nada ni les puso ningún impedimento para inspeccionar el vehículo, que se encontraba allí aparcado. Tampoco extrajeron ninguna información útil del GPS, así empezaron a darle vueltas a la idea de que quizá tendrían que acudir directamente a la única pista que tenían, a Salvatore Leone.



martes, 9 de julio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 1

Una Nueva Encarnación
Poco después del amanecer Patrick encontró por fin las fuerzas necesarias para ponerse en marcha después de asimilar la paradoja de su nueva vida no vivida. Por fortuna, la existencia de sus amigos hacía vibrar un pequeño rincón de su mente y esperaba poder reunirse con ellos pronto.


Derek, Patrick, Sigrid y Tomaso

Mientras desayunaba en una cafetería cercana, el profesor casi se atraganta cuando vio un programa matutino en la televisión donde presentaban al "excelentísimo alcalde de Nueva York" ¡¡¡Dan Simmons!!! Dio un respingo, pero mantuvo la calma; era posible que Simmons fuera una persona completamente diferente en esta existencia; esperaba que así fuera.

Tras un par de averiguaciones, descubrió que Derek seguía siendo el director de la CCSA en Nueva York en esta encarnación; "menos mal, eso hará más fáciles las cosas", pensó. Llamó a la central, donde le dijeron que resultaría imposible que el director Hansen lo recibiera por encontrarse de baja laboral; si lo deseaba, podría encontrarse con la subdirectora Margaret Berger. Patrick rechazó el encuentro con la subalterna y recurrió a su lazo kármico con Derek para intentar encontrarlo por pura intuición. Fue costoso, pero tras dar algunas vueltas llegó por fin al edificio donde debía de encontrarse su amigo; su vínculo así lo revelaba.

*****

Derek bebió un sorbo de su vaso de whisky, preocupado porque tenía la sensación de que el rostro de su compañera —y amante— Susan se estaba difuminando en sus recuerdos. Ya hacía dos meses que la había encontrado muerta en aquella cochambrosa habitación de hotel, a ella y Ethan Philips, otro valioso agente de la CCSA. El congresista Ackerman le había obligado a coger unos meses de descanso mientras se alargara el tratamiento psicológico, pero él no había cejado en su empeño de investigar qué había pasado. Poco antes de su muerte, Susan le había telefoneado diciéndole que en la guantera de su coche tenía una copia del informe sobre sus pesquisas; había gente realmente importante implicada en "algo muy gordo". Después de gritar desesperado por la muerte de Susan en la habitación del hotel, había corrido al coche, que se encontraba en llamas, y había podido salvar algunos de sus papeles. Con paciencia y mucho cuidado por su mal estado, había conseguido deducir algunos nombres: Dan Simmons (el alcalde), Tomaso Belgrano (este nombre le sonaba de algo), Alex Abel (un multimillonario de color bastante conocido), y un tal Edward Freeman (totalmente desconocido para él). Se estaba rompiendo la cabeza desde hacía días intentando descubrir alguna conexión entre ellos, pero de momento no había tenido éxito. Y ahora alguien llamaba al timbre de su puerta.

Patrick tuvo que insistir tres o cuatro veces antes de que Derek reaccionara, algo molesto por la interrupción. Pero cuando el director de la CCSA abrió la puerta, el enfado pasó para dar paso a otro sentimiento... una especie de... reconocimiento familiar. Así las cosas no hizo falta mucha insistencia para que hiciera caso de la petición de Patrick de salir juntos a tomar algo a una cafetería cercana. Allí, el profesor le contó a Derek la verdadera historia de su vida, lo que habían pasado juntos y lo que había sucedido en Tunguska. La extrema elocuencia de Patrick tuvo su efecto al cabo de una media hora: los recuerdos acudieron en tropel a la mente de Derek, que tuvo que contener un gesto de dolor y una sensación de náuseas que casi da con él en el suelo. Patrick llevó a su amigo hasta los servicios, donde tuvo que aplicar al máximo sus conocimientos de psicología para que no colapsara. Al cabo de un rato, tras haberse abrazado y derramado alguna lágrima, volvían a la mesa para evaluar qué había sucedido y cómo reunirían de nuevo al grupo. Por otro lado, Derek puso al día a Patrick de la tragedia que había vivido (¿o no vivido?) recientemente, y la investigación que estaba llevando a cabo.

Todo aquello convenció a Derek de que ya era hora de regresar a la CCSA para ponerse al mando de las operaciones y poder emplear sus recursos para encontrar al resto de sus amigos e intentar arreglar la situación; Patrick se mostraba convencido de que la existencia se aproximaba a un desastre y la palabra de su amigo bastaba para poner todo su empeño en remediar aquello. Ya en la CCSA, Derek presentó al profesor como un nuevo agente (y realmente ordenó su contratación)  experto en psicología. Gracias a su carisma y a la excelente presentación que hizo Derek, Patrick cayó en gracia a todos los reunidos, que le acogieron de forma muy cálida. Haciendo uso de los recursos de la agencia no les costó averiguar la direción de Sigrid, un lujoso ático junto a Central Park. Con Tomaso no hubo tanta suerte, así que dejaron su descripción a un par de agentes a los que encargaron su búsqueda en las bases de datos.

*****

Sigrid parloteaba sin cesar al teléfono cerrando un importante negocio para Emil Jacobsen, haciendo uso de los contactos proporcionados por Paul van Dorn. Si cualquiera de ellos se enteraba de sus relaciones con el otro, sin duda se cabrearían, y eso hacía que el rostro de la anticuaria esbozara una sonrisa de superioridad. Casi compensaba los recientes problemas que había tenido con la administración por evasión fiscal. Afortunadamente, los bibliomantes tenían trucos suficientes para que sus denuncias desaparecieran como por arte de magia, nunca mejor dicho; ya tenía suficientes problemas con la posesión de Daniel y su custodia en aquel puñetero convento del Bronx.

Tuvo que interrumpir la conversación cuando el conserje llamó por la línea interna; a través de la cámara de recepción le informó de que había dos hombres que deseaban encontrarse con ella. Al ver a Patrick y a Derek a través de la imagen, Sigrid tuvo una sensación que solamente pudo calificar de "extraña". No supo por qué, pero le dijo al conserje que los dejara subir. Pocos instantes más tarde, abría la puerta ella misma, rechazando con un gesto displicente a su mucama. La sensación en sus entrañas e aguzó aún más cuando tuvo a los extraños en persona ante ella; sin saber todavía muy bien por qué, los invitó a pasar. Esta vez Patrick no lo tuvo tan fácil. La aversión de Sigrid por el desorden material y espiritual no dejó que hablara más que unos pocos minutos antes de que ella, horrorizada, los invitara a abandonar su apartamento. Patrick, buen conocedor del carácter de su amiga, juzgó que sería mejor marcharse y volver a intentarlo pasado un tiempo prudencial, mientras asimilaba lo poco que había podido relatarle hasta el momento.

De vuelta a la CCSA, la subdirectora Berger tenía noticias: la descripción que habían dado de Tomaso coincidía con el retrato de un sospechoso relacionado con la mafia italoamericana del que solo constaba el apodo "Mr. Fixer". Un rápido vistazo al retrato permitió que lo identificaran sin ninguna duda como Tomaso. Por desgracia, no había ni rastro de algo parecido a una dirección; eso sí, llamaba la atención que había sido visto en las inmediaciones del crimen de la agente Susan.

Al carecer de ninguna pista, Derek y Patrick decidieron intentar utilizar el vínculo kármico tal y como el profesor había hecho para encontrar a Derek en primera instancia.

*****

Tomaso se encontraba en una de sus cafeterías preferidas, compartiendo un café con su amiga (en realidad, algo más que amiga) Sally Whitfield. La información que ella le proporcionaba solía serle de gran utilidad, gracias a ese grupo de hackers con el que se encontraba siempre en contacto, los  Omega Prime. Siempre había noticias nuevas en las páginas web conspiranoicas que aparecían y desaparecían en cuestión de días. Ahora mismo le estaba ayudando a averiguar por qué sus contactos en la familia parecían mostrarse tan reticentes a encontrarse con él. Todo había empezado hacía un par de meses, con el asesinato de la tipa aquella... Susan Sanders creía recordar que se llamaba, una especie de agente federal edulcorada... no había podido llegar a tiempo, pero aquello no podía eclipsar años de arreglos con éxito... ¿o sí? Había alguien moviendo los hilos muy arriba, seguro, y si alguien podía averiguar quién, esa era Sally y su grupito de frikis informáticos...

Cuando vio aparecer por la puerta al tío de la barba y al rubio nórdico sintió un escalofrío. La sensación que siguió fue extraña, pero en realidad agradable. Era como si los conociera de toda la vida, aunque estaba seguro de que nunca los había visto. Sin entender muy bien por qué, invitó a sentarse a su mesa a Patrick y a Derek, y a petición de estos, Sally se marchó para que pudieran hablar a solas.

Tuvieron una larga conversación durante la que Tomaso no pareció reaccionar de ningún modo, a excepción de esa sensación de familiaridad que reconoció sentir. Así que Patrick decidió pasar a cosas mayores; haciendo uso (bastante peligroso) de su habilidad de alteración del continuo, consiguió inundar la mente de Tomaso con sus recuerdos. El italiano no pudo llevarlo tan bien como lo había hecho Derek, y se vio colapsado por el súbito aluvión de memorias. Hubieron de sacarlo de allí entre sollozos y mareos, y no pudo reaccionar más que al cabo de un par de horas. Le parecía increíble lo que había pasado, pero abrazó a sus amigos estrechamente, con ese sentimiento de complicidad que daba el sospechar que serían de los poquísimos en el mundo que sabían lo que había sucedido realmente con la Creación, si es que realmente había algún otro que lo recordaba.

Por la tarde, Tomaso iría a sincerarse con Sally mientras Patrick llamaba a la Universidad para informar que dejaría de asistir algunos días y visitaba el convento (en Bronx) donde tenían bajo custodia a Lupita. A Sally le costó mucho creer la historia de su amigo, pero ante la insistencia de este comenzó a dudar. Tomaso comprendía su reticencia; si él hubiera estado en el lugar de ella, seguramente habría reaccionado mucho peor. A Patrick le permitieron ver a Lupita a través de un estrecho ventanuco; no pudo observarla durante mucho rato, pues no se parecía en nada a la dulce niña que había amado (o no) los pasados años. Las posesiones parecían estar a la orden del día en esta nueva encarnación de la existencia, al menos desde los pasados cien años o cosa así; en el convento se encontraban custodiados varias decenas de niños, y solo en la ciudad de Nueva York había al menos una docena más de edificios parecidos a este.

El día siguiente, reunidos de nuevo los tres, se dirigieron a visitar de nuevo a Sigrid. Patrick volvió a insistir durante el desayuno en que debían actuar porque la existencia estaba... "mal". Estaba seguro de que la realidad se encontraba en un estado inestable y que no iba a hacer más que ir a peor. No sabía realmente qué significaban exactamente sus palabras, solo que podía sentir esa especie de inestabilidad metafísica de fondo que abocaba a la existencia al desastre.

Sigrid volvió a recibirles en su apartamento con algo de impaciencia, porque justo en ese momento se estaba arreglando para una importante comida con Emil Jacobsen, con otros libreros y con Franz Liszt, ministro de cultura de Austria. Esta vez no se anduvieron con chiquitas: recurrieron a los recuerdos más traumáticos de la anticuaria para intentar hacerla reaccionar; mencionaron a su hijo Daniel, la lengua Alter, su período de posesión, su tratamiento de choque... y por fin su mente se abrió. El impacto sobre su consciencia fue incluso mayor que el de sus compañeros, pues ella había sido (o no sido) una persona mucho peor en esta encarnación. Su Yo sufrió mucho con aquella revelación, pero afortunadamente se encontraban en un sitio privado y seguro y pudo emplear todo el tiempo que fue necesario para asimilar los recuerdos y recuperarse. Evidentemente, tuvieron que excusarla ante Emil Jacobsen fingiendo una enfermedad repentina.

Cuando Sigrid se recuperó lo suficiente fue el momento del emotivo reencuentro; el cuarteto estaba al completo por fin. El silencio cómplice se alternó con la charla preocupada en la que intentaron decidir su curso de acción. Hablaron sobre Tunguska, sobre el Conde St. Germain, sobre las sensaciones apocalípticas de Patrick, y sobre el Polvo de Dios. Al parecer, en aquella realidad, Robert se había retirado de la vida pública hacía unos pocos años, y el Polvo no parecía existir.

A media tarde alguien llamó al timbre. La cámara reveló la presencia en el vestíbulo de Emil Jacobsen y los libreros Jack y Rose. Y tenían pinta de cabreados. Sigrid los recibió con ropa de casa y fingiendo encontrarse fatal, mientras el resto del grupo se ocultaba. Finalmente, Emil y los demás se marcharon, poco convencidos y bastante molestos.

Se trasladaron a la CCSA, donde Derek les concedió un pase de colaborador, y este recibió una llamada de Philip Ackerman. El congresista dio la bienvenida al director, y tras asegurarse de que se encontraba recuperado de su trauma con Susan llamó su atención sobre tres casos que la subdirectora Berger había tramitado durante su ausencia. Los casos resumían la esencia de aquello para lo que había sido creada la CCSA, puesto que todos ellos giraban alrededor de sujetos implicados en sucesos extraordinarios, quizá incluso sobrenaturales. Cada sujeto tenía un nombre real y un nombre en clave; los nombres en clave eran "Extraño", "Extremadamente Peligrosa", e "Inestable". El corazón de Derek dio un vuelco cuando leyó el nombre real del tercer sujeto, de Inestable: Edward Freeman. El cuarto nombre, desconocido, que figuraba en los papeles del informe de Susan... tendría que estudiar aquello más a fondo. Además, aquello le recordó que Tomaso también figuraba entre los implicados. Derek también aprovechó la llamada del congresista para preguntarle por su relación personal con el alcalde, Dan Simmons. Ackerman no respondió otra cosa sino lo que el grupo esperaba: nunca se había llevado bien con Simmons, porque era un tipo sucio. Su carisma empequeñecía cualquier asunto turbio que lo implicara, pues la gente lo adoraba; pero Ackerman afirmaba que eran conocidos por un pequeño círculo los contactos del alcalde con la mafia, los yakuza, las tríadas y quién sabía qué más; se rumoreaba (en voz muy muy baja) que él mismo era la cúspide de un imperio del crimen de extensión internacional.



viernes, 21 de junio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 48

El Día del Juicio
Una vez que Anne Rush y la mayoría de Hijos habían llegado a Moscú, se convocó una reunión en el restaurante del hotel para decidir los pasos a seguir. El hotel había sido reservado en su totalidad por St. Germain, así que los reunidos estaban a salvo de oídos indiscretos (a excepción del propio personal del hotel, debidamente desalojado durante aquellos cónclaves).

Derek, Patrick, Sigrid y Tomaso

Durante el encuentro, se intentó hacer un recuento de todos los posibles aliados que podrían conseguir; Patrick mencionó a los Atlantes, Tomaso a los Adeptos de San Miguel (aunque tuvo cuidado de no revelar su nombre ni su naturaleza de momento, fiel al juramento que les había hecho en su juventud) y también a Jan Borkowski y la Orden de San Cecilio. Sigrid, por su parte, informó de que ya había contactado con los librero Van Dorn y Jacobsen y estaba esperando una contestación. Dan Simmons también informó que sus contactos con "sus amigos japoneses" y "sus colegas norteamericanos" seguían por buen camino.

El grupo también describió con todo lujo de detalles su odisea en Tunguska de hacía un par de meses. A medida que iban relatando la experiencia, los rostros de los reunidos expresaban una mayor preocupación. Si aquel lugar provocaba unas visiones y unas experiencias tan extremas —dijo Anne Rush— no podrían sobrevivir sin algún tipo de protección. Acto seguido pasaron a evaluar sus alternativas, y mientras se discutía sobre cómo entrar a la devastación del lugar, Patrick recordó que Lazarev y los rusos estaban extrayendo una gran cantidad de komerievo con la intención evidente de crear Polvo de Dios; eso quería decir que el Polvo debía de proteger de alguna manera de las enloquecedoras experiencias sobrenaturales. Y así lo expuso a los presentes. Dan Simmons esbozó una media sonrisa cuando el profesor reveló que les quedaban varias dosis, y que tenían la posibilidad de hacer más. Simmons afirmó que a aquellas alturas era una tontería andarse con tapujos y que él mismo y algunos más de los reunidos allí ya sabían que era Robert quien fabricaba el Polvo. Revelada aquella información, pronto se harían los preparativos para que Robert dispusiera de un laboratorio lo antes posible.   También se decidió que con las dosis disponibles se llevaría a Tunguska a dos sujetos de prueba para ver si la sustancia realmente era efectiva para protegerse de los efectos de la Estadosfera. Como Robert afirmó que, por su experiencia, más de una dosis de Polvo era inútil en una persona "normal", se decidió que los sujetos de prueba serían un "normal", John Ashton, y un adepto, Gerard. El día siguiente partirían junto con media docena de Hijos hacia Tunguska. Esa noche, ya a solas, tendría lugar una fuerte discusión entre Sigrid y Patrick por decidir cuántas de las cuatro dosis de las que disponían se proporcionarían para la prueba, y finalmente el profesor se marcharía molesto a emborracharse, arrojando las bolsitas de polvo rojo al suelo.

Una vez zanjado ese tema, Derek continuó ofreciendo opciones sacando de su bolsillo la esquirla del monolito que habían conseguido en la casa del profesor Nicholas. Lanzó al aire la cuestión de si a alguien se le ocurría cómo usar aquello. St Germain rebulló incómodo al reconocer el pequeño fragmento, pero no pudo encontrar ninguna utilidad para él. Solo que, según él, cuando acabaran con el asunto de Tunguska, "habría que dedicar todos los esfuerzos posibles a destruir aquel monolito del que hablaban".

También se mencionó la situación en Roma, pero aquello ya eran demasiados problemas para ser tratados a la vez. Así que, de madrugada ya, se desconvocó la reunión con diversos encargados de conseguir todos los aliados posibles, entre ellos varios de los miembros del grupo.

La mañana siguiente, Derek conseguía contactar por fin con Dulce da Silva, a la que expuso toda la situación e insistió sobre su gravedad. Consiguió convencerla de ello sin muchas dificultades, y ella le aseguró que haría todo lo posible por que "Cardoso" (el líder Atlante, Daniel Cardoso) accediera a mantener una conversación.

Previamente, Tomaso había hablado de madrugada con Jan Borkowski, a quien también había expuesto la situación en Tunguska y el posible apocalipsis al que se enfrentaban. Fue lo suficientemente incisivo para convencer a Jan de la urgencia de la situación y celebrar una reunión con él en el pueblecito cercano a su villa al norte de Roma. Así mataría dos pájaros de un tiro: se reuniría con Borkowski e intentaría contactar con los Adeptos de San Miguel.

Poco antes de mediodía, Sigrid recibía una llamada de Ramiro. Este puso el manos libres, y acto seguido, al otro lado de la línea saludaron Paul Van Dorn, Emil Jacobsen, Ian Stokehall, Jack y Rose y algunos más. Tras una primera tentativa fallida en la que los libreros colgaron el teléfono sospechando una trampa, la insistencia de Ramiro pudo vencer sus suspicacias. Sigrid se mostró gravísima en su exposición de la situación, y aquello pareció tener su efecto sobre los reunidos. Derek se unió a la conversación un poco más tarde, y saludó efusivamente a Stokehall, que pareció alegrarse sinceramente de oírle. Tras meditar unos momentos las palabras de Sigrid, los libreros y Stokehall le prometieron llamar de nuevo cuando hubieran discutido entre ellos el mejor curso de acción. No pasarían más de un par de días antes de que contactaran de nuevo con Sigrid y manifestaran su intención de acudir a Moscú en breve plazo; y no solo eso, sino que también les acompañaría la "familia Hamilton" y varios miembros de los Durmientes. Un éxito mayor que el esperado.

En Italia, Tomaso, Derek, Sally, Sigrid y Esther llegaban sin mayores complicaciones a la villa del primero. Allí Derek abrazó largamente a sus hijos y su mujer, y todos pudieron sentir por primera vez en meses una atmósfera de paz y felicidad. Tanta, que cada un de ellos sintió en algún momento la tentación de tomar un descanso indefinido allí; pero las urgencias eran grandes, y el deseo quedó simplemente en eso. La hermana de Tomaso y su esposo seguían en paradero desconocido, y aprovechó el tiempo para consolar a sus sobrinos. El día siguiente a su llegada se reunían con Jan Borkowski en la iglesia del pueblecito cercano; el polaco apareció con cinco hermanos de San Cecilio y su aspecto denotaba un agotamiento extremo. Tomaso y Derek consiguieron convencerle de la urgencia de lo que estaba sucediendo en Tunguska, a pesar de las reticencias del sacerdote. Según Borkowski, la Orden era el baluarte más poderoso en contra de los que abogaban por la destrucción total de Roma, y su partida sería catastrófica. Pero sus interlocutores le aseguraron que Tunguska superaba en importancia a todo, asi que Borkowski decidió acompañarles a Moscú con una docena de hermanos, y dejar al padre Luis Sierra al mando de las operaciones en la capital italiana.

Durante los siguientes dos días, Tomaso se dedicó a transitar el camino de peregrinos en el que había encontrado por primera vez a los miembros de los Adeptos de San Miguel. Rezó intensamente para que el Señor le pusiera en contacto con ellos, y, según él, sus súplicas fueron oidas, pues dos hombres lo detuvieron en el camino y le preguntaron acerca de "sus urgencias".

El día siguiente, Tomaso se personaba en una villa que le habían indicado los dos extraños. Allí reconoció a varios de los adeptos de San Miguel que le habían consolado muchos años atrás, y las lágrimas afloraron a sus ojos. Derek le acompañaba, ya que le habían dado permiso para traerlo. Ambos, adiestrados por Anne Rush y ya casi expertos, reconocieron entre los presentes a un par de Avatares (el avatar del "Creyente", y el avatar del "Hombre Santo", aunque ni Derek ni Tomaso llegaron a conocer los detalles de sus arquetipos). Los ojos de los Miguelitas brillaron cuando la pareja les habló de lo que estaba sucediendo en Tunguska. Su líder, un hombre alto y moreno llamado Ángelo, planteó si no sería aquella la prueba definitiva que Dios les enviaba para proteger al mundo del Mal Supremo, y los reunidos no tardaron en convencerse de que así era. Así que Tomaso y Derek volvían por la noche a su residencia con el compromiso de los Miguelitas de viajar con ellos a Moscú. Todo parecía ir a pedir de boca en la búsqueda de aliados en Italia.

Mientras tanto, en Moscú, Robert trabajaba ya a toda prisa en su laboratorio para crear unas 80 dosis de Polvo de Dios, las que el komerievo restante le permitía. Patrick se refugiaba en el bar del hotel más horas al día de las que sería conveniente; no obstante, eso le permitió estrechar su relación con Henry Clarkson, que siempre daba buenos consejos, y sobre todo trabar contacto con Stephanie Favre, la Hija de St. Germain que se había enfrentado a la autómata Tina Lovac en el museo d'Orsay. El profesor se sorprendió al descubrir a una joven inteligente, cultivada y refinada, y notaba que junto a ella sonreía más de lo que lo había hecho en los últimos seis meses. El tercer día que cenaron (y bebieron) juntos acabaron acostados en la habitación de Patrick (que se empezaba a sentir intensamente atraído por ella), donde este besó las cicatrices de Stephanie dulcemente y acabaron haciendo el amor dejándose llevar por la pasión.

Tras la reunión con los Adeptos de San Miguel, Derek recibía por fin la llamada de Dulce y de Cardoso. Los atlantes estaban preocupados por los ataques que habían recibido últimamente. Por los helicópteros que Dulce describió, los atacantes habían sido sin duda enviados por UNSUP. Como en ocasiones anteriores, Derek les habló del asunto Tunguska y no tardó en convencerles de la gravedad de la situación, avalado por la confianza de Dulce en él. Cardoso aceptó viajar a Moscú en el plazo de una semana. Derek colgó el teléfono, agotado pero satisfecho, mientras su mujer lo abrazaba desde detrás.

En Moscú, Patrick mantenía una charla con Dan Simmons. Le preguntó acerca del tal Timofei Novikov y la conveniencia de intentar conseguirlo como aliado. El Hombre Malo pareció más alterado de lo que nunca lo había visto Patrick cuando empezaron a hablar del ruso. Le aseguró que Novikov era una persona extremadamente peligrosa y uno de los pocos que habían sido capaces de "darle una tunda", y "una tunda especialmente fuerte". Se notaba el rencor en sus palabras, pero también la sinceridad cuando Simmons le dijo que Novikov tenía su propia agenda y era absolutamente incontrolable, ni siquiera por St. Germain.

Por fin, transcurrida poco más de una semana, Tomaso y los demás volvieron de Italia acompañados de Borkowski y los suyos y de los Adeptos de San Miguel. Poco después hacía acto de aparición otra pequeña multitud encabezada por los libreros, que se hacían acompañar de un nutrido número de guardaespaldas (entre ellos Mr Thorn y Meryl Shepherd), la familia Hamilton, Ian Stokehall y los Durmientes. Stokehall y Derek se saludaron con alegría contenida pero sinceramente, y más tarde mantuvieron una larga conversación sobre los años pasado. Con los Durmientes venía un viejo conocido, Nikos Kostas, y otro más, Simeon Bar Yohai, a quien habían conocido en Madrid.

El día siguiente el hotel se llenaba definitivamente con la llegada de los atlantes, encabezados por Dulce da Silva e Isabela Cardoso, hermana de Daniel, y con los aliados de Dan Simons, los yakuza japoneses y las bandas norteamericanas.

Las dos jornadas siguientes hubo dos reuniones multitudinarias en el restaurante del hotel que se prolongaron durante casi todo el día. En ellas, Van Dorn, el mayor experto en rituales de los reunidos (a excepción del propio St. Germain, que tenía un conocimiento intuitivo) afirmó que lo que quisiera que fuese aquel ritual del Tunguska debía de encontrarse ya en marcha (de ahí los seísmos), y que sin duda, la fecha límite de la que disponían era el solsticio de invierno. También trataron el tema de las pruebas: el grupo que había viajado a Tunguska ya había vuelto, y la misión había sido un gran fracaso. Bernard Tasse, el adepto, había tomado dos dosis del Polvo y tras adentrarse en la zona no había vuelto; el otro individuo, Ashton, había caído a los pocos minutos en un estado catatónico y habían tenido que correr a sacarlo de allí. Con las cosas así, a petición de Henry Clarkson, Patrick no tuvo más remedio que revelar su extraordinaria capacidad de alterar el Continuo.

 —Es posible que con la potencia que me proporciona el Polvo, pueda utilizar mi capacidad de alterar la realidad para proteger a toda la comitiva —dijo con reticencia el profesor. Tras unos segundos de silencio, todo el mundo empezó a hablar acaloradamente.

Muchos expresaron su preocupación por lo inseguro que parecía aquel método para entrar a Tunguska, otros transmitieron su confianza ciega en Patrick y St. Germain, y finalmente consiguieron mantener una conversación civilizada con los pros y los contras de aquel método. En realidad, no les quedaba más remedio que confiar en que funcionara, pues no tenían ninguna otra alternativa.


Cuando apenas faltaban un par de días para el solsticio, entre silencios incómodos y rostros adustos, la comitiva partía en caravana a bordo de una veintena de vehículos hacia Krasnoyarsk. Iban a llegar muy justos si realmente el solsticio era el límite de tiempo del que disponían, como había dicho Van Dorn. Además de algo cansados, porque evitaron detenerse en ninguna población de camino a Tunguska. Evitando los controles de carretera gracias a las capacidades de los oniromantes, llegaron por fin al límite sur de la desolación. De las 120 personas que habían viajado a Krasnoyarsk, un contingente de unas setenta, entre las que se contaban efectivos de los yakuza, los gangsters americanos, los atlantes, la CCSA, los Adeptos de San Miguel, los Hijos de St. Germain, la Orden de San Cecilio y los libreros, se aprestó a adentrarse en la zona mientras el resto quedaría allí formando una especie de "campamento base". Esperaron a que Patrick consumiera las dosis pertinentes de Polvo (tres en concreto) y estabilizara sus habilidades. Pocos minutos después, con un extraño resplandor rojizo en sus ojos, el profesor asentía y los Hijos de St. Germain daban la orden de avanzar, con el propio St. Germain protegido en el centro del pequeño ejército junto a Patrick y Derek, y con Dan Simmons acompañándole como su sombra.

A medida que se adentraban en el área devastada, Patrick notaba cómo la realidad iba ejerciendo una presión cada vez mayor sobre su "burbuja" de realidad. Pronto la presión se fue tornando en un regular y creciente batir que distraía sus sentidos. Cada dos horas aproximadamente, renovaba la dosis de Polvo.

Pronto empezaron los problemas. Nada más entrar en la devastación del antiguo evento, la tormenta de nieve había dejado de existir y sobre sus cabezas podían ver, con un poco de vértigo, el cielo oscuro sin estrellas. Y cuando apenas llevaban recorridos unos pocos kilómetros, empezaron a ver y notar una especie de "jirones de nieve" que se movían sin viento y parecían danzar alrededor de ellos. Según los libreros, aquello debía de ser lo que los rusos llamaban "Beliyye Teni" ("Sombras Blancas"). Aquellas sombras tenían la capacidad de congelar el alma de los humanos y hacer que se unieran a ellas, y pronto, una parte de la comitiva empezó a caer. Una de las primeras en quedar inconsciente fue Stephanie Favre, y a requerimiento de Patrick, Derek la cargó sobre un hombro para no dejarla atrás; aunque allí no había tormenta, el frío seguía siendo intenso, y sin la protección de Patrick, todo aquel que dejaran atrás no tardaría en enloquecer.

Durante varias horas caminaron con la agonía de ver cómo algunos de sus seres queridos quedaban atrás, tendidos sobre el suelo helado. Finalmente, llegaron al lugar donde los rituales de Sigrid revelaban que se encontraba el libro, pero no había rastro de nada ni de nadie. Patrick luchaba contra los embates que amenazaban con hundir su protección. Pronto dedujeron, recordando los túneles a los que habían caído en su anterior visita a la zona, que el libro se debía de encontrar en algún subterráneo, así que se aprestaron a buscarlo. En el ínterin, Stephanie, su hermano y algunos más que habían caído y el resto había juzgado demasiado valiosos para dejar atrás, fueron despertando.

Tras aproximadamente una hora, alguien dio la voz de alarma. Desde detrás de un macizo de rocas a a poco menos de un kilómetro de distancia había empezado a aparecer gente. En principio parecían humanos, pero pronto se dieron cuenta, por la velocidad con que algunos se movían hacia ellos, que no todos debían de serlo. Con un rugido, Tomaso y Dan Simmons corrieron al frente seguidos de los yakuza para oponerse a los que llegaban. Desde atrás, los adeptos y los religiosos comenzaron a lanzar sus pequeños rituales y pronto se unían también a la lucha. Se emplearon a fondo. Las figuras que se movían tan rápido no eran sino demonios, que manifestaban sus poderes descaradamente, suponían que ayudados por la especial situación de la realidad en aquella zona. La lucha fue cruenta y pronto empezó a diezmar las filas de los yakuza y los gangsters. Dan Simmons se encontró con un demonio enorme y el golpe que este le propinó en el esternón lo lanzó varias decenas de metros hacia atrás, para preocupación del grupito que acompañaba a St. Germain. Derek abandonó este grupo cuando se incorporó también a la lucha. Cuando ante los ojos del director de la CCSA Dan Simmons parecía a punto de sucumbir a las garras del demonio que lo había abatido, un brutal rayo negro procedente del este arrancó la cabeza del engendro. Un tercer grupo se incorporaba a la lucha, rodeados de una nube de pequeños ingenios mecánicos: Timofei Novikov y sus acólitos atacaban a un lado y a otro indistintamente, con una fuerza y un poder que no parecían poder ser igualados.

Mientras tanto, Patrick y el conde se dirigían sin detenerse hacia el macizo de rocas donde suponían que estaba la entrada de la que no paraba de salir aquella gente. Además de los demonios, y los efectos arcanos de la gente de Novikov, las balas sonaban a su alrededor, respondidas por disparos de sus propios hombres.

Desde un punto indeterminado en su retaguardia, alguien dio la voz de alarma: ¡¡¡Misil!!! Alguien equipado con un lanzamisiles había lanzado un proyectil hacia la zona donde se encontraba St. Germain; con un esfuerzo que le hizo sangrar la nariz, Patrick consiguió desviarlo evitando que causara bajas masivas en sus filas. Antes de que sus hombres pudieran acabar con el enemigo fuertemente armado, un segundo misil fue disparado. De nuevo Patrick desvió su trayectoria, aunque esta vez un poco menos, y el impacto afectó a varios de los suyos y de Novikov. La línea de atlantes e Hijos de St Germain entraron por fin de lleno en la refriega y (cayendo muchos en el esfuerzo) unidos a un Dan Simmons potenciado por una dosis de Polvo de Dios, dieron el empuje final necesario para que Patrick y St. Germain llegaran a la entrada de los túneles, de donde seguían saliendo enemigos. Afortunadamente, el vínculo que unía al grupo desde el rescate de Derek era fuerte y consiguió mantenerlos unidos durante toda la travesía hasta acceder a la entrada. Dan Simmons, Derek y Tomaso abrían paso por pura fuerza física hasta que en un momento dado alguien arrojó algo contra St. Germain. Uno de los endemoniados arrojó una pequeñísima esquirla negra muy parecida (si no igual) a la que Derek llevaba en el bolsillo y que había enseñado en la reunión del hotel. La esquirla alcanzó al conde en algún punto, y este se detuvo, lo suficiente como para recibir un tiro en la frente que...

El corazón de Patrick subió casi hasta su boca al ver la muerte de St. Germain tan de cerca, y su reacción fue prácticamente inconsciente e instantánea: sacando fuerzas de no sabía dónde, hizo retroceder el tiempo a su alrededor unos diez segundos, lo justo para poder advertir al conde que se agachara. El esfuerzo hizo que tuviera que consumir una nueva dosis del Polvo. Por fin, un último arreón de Dan Simmons y Tomaso enaltecidos por el Polvo de Dios y un túnel abierto en diagonal gracias a la capacidad de alterar el entorno de Patrick, permitió que el grupo se viera libre de enemigos a su alrededor y pudiera recuperar el aliento. A la escasa luz de sus linternas, se miraron unos a otros, con los músculos agarrotados; el contingente se había reducido al propio St. Germain, Patrick, Sigrid, Tomaso, Derek, Anne Rush y Dan Simmons.

Reanudaron penosamente la marcha, desembocando en otro túnel donde enseguida pudieron oir, además del estruendo de la batalla, cánticos a lo lejos. A medida que se acercaron a ellos pudieron distinguir las palabras, y a Sigrid no le costó reconocer que el idioma era, sin duda, latín. El corazón le dio un vuelco: si aquella gente había encontrado el De Occultis original en latín, sin duda el mundo estaba en un gran aprieto. Instó a sus compañeros a que se apresuraran, compartiendo con ellos sus sospechas.

Finalmente llegaron al final del túnel, una abertura más o menos amplia que se abría a una gran caverna de paredes extrañamente lisas, del tamaño de un campo de fútbol, iluminada por antorchas y fuegos y a la que confluían centenares de túneles como aquel en el que se encontraban. Los cánticos se habían hecho ya estruendosos, y la escena que se desarrollaba les sobrecogió. Al otro extremo de la sala, un hombre de mediana edad, moreno, con barba y ojos azules se sentaba en lo alto de un trono tallado con simbología judía, el único mobiliario presente en la caverna a excepción del atril situado unos tres metros delante y debajo de él,  donde un grupo de cinco personas sostenía el De Occultis Spherae y recitaba los rituales de sus páginas con estentóreas voces. En el centro de la caverna, en una depresión, se podía ver una roca de unos cinco metros de diámetro negra como la más oscura noche, muy parecida al monolito de Quebec. Y alrededor de ella una multitud de personas reunida. Pululando entre la gente distinguieron a Paolo, el hermano de Tomaso poseído por entidades demoníacas, y varios sujetos más con su mismo aspecto; algunos de ellos custodiaban a un grupo de seis personas entre los que Patrick reconoció a ¡Lupita! y a un anciano japonés que ya había visto en su incursión a la Estadosfera. Con las pocas fuerzas que le quedaban y lo poco que le permitía la enorme concentración en protegerse del entorno, susurró a sus compañeros que aquellos debían de ser sin duda los Nacidos Relevantes. Los demonios los mantenían muy cerca de la roca negra, encarados hacia ella. Lupita y otro niño lloraban desconsolados; eso le partía el corazón, y también el de Tomaso. El resto de la congregación lo componían gente en su mayoría desconocida, pero pudieron reconocer a los miembros del círculo neosuabo, varios humanos biomodificados, más poseídos, acólitos de Weiss & Crane (entre ellos ¡¡los propios Valentine Weiss y Alexander Crane!!), un nutrido grupo de avatares, y al otro lado de la roca negra —el corazón de Sigrid se desbocó al ver esto— ¡¡la autómata Tina Lovac sosteniendo a Daniel del Hierro, amordazado!! La anticuaria rebulló, desesperada por no poder correr hacia su hijo.

 —Tenemos que saltar —dijo St. Germain, con urgencia—. Tenemos que detener esto, o la existencia  perecerá. Vamos. ¡Vamos! —se miraron unos a otros, agobiados con la idea de meterse en aquel nido de víboras.

De repente, los cánticos cesaron. El suelo tembló con violencia y las cinco figuras encargadas de su lectura comenzaron a gritar salvajemente, pero de forma metódica. Sin duda debían darse prisa, porque los demonios pusieron en pie a los Nacidos Relevantes y Tina Lovac aflojaba la mordaza de Daniel. Derek lanzó un par de granadas hacia el trono, pero no explotaron (dejaban de funcionar al salir del área de influencia de Patrick), y lo que era peor, revelaron su presencia.

Providencialmente, una gran explosión desde otro de los túneles que desembocaba en la caverna precedió la aparición de varios de los acólitos de Novikov. Una parte de los demonios de Paolo corrieron a enfrentarse a ellos, igual que los acólitos de Weiss & Crane. Era la oportunidad del grupo, pero alguien cercano gritó "¡¡¡Están aquí!!!" refiriéndose a ellos; el resto de demonios corrió hacia su posición. Sin pensarlo más, Tomaso saltó, angustiado por el destino de Lupita y los niños; Derek le siguió de cerca; Dan Simmons saltó tras él con la intención de seguir las órdenes de St Germain y acabar con los Nacidos Relevantes. Mientras tanto, el conde comenzó a disparar contra los Nacidos intentando acabar con ellos antes de que los arrojaran a la piedra negra, pero falló todos sus intentos. Uno de los disparos, dirigido a Lupita, fue interceptado por Tomaso quien, como un titán, arrastraba a cuatro demonios que lo laceraban y lo intentaban derribar; él se los quitaba de encima con golpes más propios de un ente sobrenatural que de un humano, pero otros salían a su encuentro. Dan Simmons, poseído todavía por el éxtasis del Polvo de Dios, consiguió también abrirse paso hasta la fila de Nacidos, donde acabó con la vida de una mujer china poco antes de caer abatido por las descargas de los adeptos de los neosuabos.  Sigrid siguió el ejemplo de St Germain y, muy a su pesar, consiguió abatir de un disparo al anciano japonés. En ese momento, un demonio saltaba sobrenaturalmente hacia el conde y soltaba una pequeña astilla como la que ya le había afectado a la entrada de los túneles; con sus últimas fuerzas, Patrick consiguió desviarla y permitir así que el primer hombre rechazara al enemigo con un fuerte impacto. Entre tanto, Timofei Novikov y sus seguidores hacían una pequeña masacre en las filas de los avatares, que también se defendían cruentamente.


Finalmente la rémora de demonios consiguió tumbar a Tomaso, pero no antes de que este consiguiera gracias a la ayuda de Derek apartar a Lupita del entorno de la roca negra. El suelo tembló, esta vez haciendo que todos perdieran el equilibrio, y un pitido intensísimo taladró sus cerebros; Patrick tuvo que soltar por fin la protección, destrozado por el esfuerzo, y se encogió de dolor, igual que todos los demás.

*****

Despertó en su habitación, con Helen a su lado, con la sensación de que todo había sido un sueño. Se levantó confundido. Fue a la habitación de su hija Lupita antes de recordar que había sido poseída por un demonio y se encontraba custodiada en un convento. Pero eso no lo había vivido... ¿o sí? Algo estaba terriblemente mal, y fue totalmente consciente cuando recordó lo que había sucedido en la caverna en Rusia, su vida pasada y sus amigos —más bien familia—, a los que podía sentir en el fondo de su mente... lloró durante largo tiempo, frustrado, pero al fin se levantó, decidido a corregir lo que fuera que hubiera pasado. Lo primero era reunir el grupo de nuevo... esperaba que, como él, fueran capaces de recordar...


lunes, 3 de junio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 47

En busca del De Occultis Spherae (III). El Conde St. Germain.
Dada la urgencia de Sigrid por llegar a su hijo Daniel lo antes posible y estimando que un incursión en la antigua biblioteca de la orden de Los Descendientes no iba a ser de demasiada utilidad, el grupo decidió partir hacia Nápoles, y de allí dirigirse por carretera hacia Roma. Todos intentaron convencer a la anticuaria una última vez de renunciar a su viaje a Italia, pues los pocos vídeos que les daba  tiempo a ver en las redes sociales antes de que los censuraran daban a entender que la situación en la Santa Sede y ya en una parte importante de Roma era de una gravedad importante.
 
El Conde St. Germain
En poco más de un día desembarcaban de su avión en Nápoles. Cuando se dirigían hacia la salida, Derek y Tomaso hicieron detenerse al grupo, señalando en una dirección determinada. Todos se quedaron helados (sobre todo Patrick, que fue presa del terror) cuando reconocieron a lo lejos a Tina Lovac, la autómata que les había atacado cuando se encontraban reunidos con Anne Rush en el Museo d'Orsay (temporada 2, capítulo 29). Por suerte, la "mujer" no pareció advertir su presencia y continuó su camino sin prestar atención. Vieron que entraba en una empresa de alquier de coches. Sin duda, debía dirigirse también hacia Roma, lo que acentuó la angustia de Sigrid.
 
Alquilaron cuatro grandes vehículos (dado que el grupo se componía de diecisiete personas con la compañía de Andrea Bauer y sus hombres) y partieron por la autovía hacia Roma. Enseguida empezaron a darse cuenta de que en su sentido de la circulación apenas circulaba algún vehículo, mientras que en sentido contrario había tramos colapsados por el tráfico. Y se hacía más evidente conforme se acercaban a a la capital. Debían de haber empezado a evacuar la ciudad; no habían contado con aquello. Empezaron a plantear alternativas para poder  burlar los controles que pudieran encontrar en el camino y poder acceder a la ciudad.

Entonces, un camión que se incorporaba a la autovía giró bruscamente y, derrapando, se cruzó en la carretera. 

Con un respingo, Patrick, que iba en el automóvil de cabeza, pisó a fondo el freno e intentó controlar el vehículo, cosa que aunque consiguió por los pelos, no pudo evitar que recibiera el golpe del coche que circulaba tras ellos. Por suerte, todos pudieron detener los vehículos sin sufrir daños graves.

Mientras se recuperaban, se abrió la puerta del copiloto del camión. De él bajó una figura con andares fatigados, y se dirigió hacia el coche de Patrick, el más cercano. El profesor sintió un escalofrío cuando reconoció en el hombre a Henry Clarkson, un antiguo compañero interno del sanatorio de recuperación de adicciones con el que el resto del grupo había tenido relación de formas muy distintas. 
 
 —¡Qué difíciles sois de encontrar! —dijo el anciano, mientras subía al vehículo y, saludando a Patrick, le instaba a arrancar.
 
Clarkson recomendó al profesor que no se detuviera y saliera de la autovía por la próxima salida, pues a pocos kilómetros había un control militar que sin duda los pondría bajo custodia.

 —El mundo —afirmó, solemne— no puede permitirse ahora que unos soldados inútiles os aparten de vuestro destino.

Patrick y Sigrid se miraron, intentando darles algún significado comprensible a las palabras del viejo Henry, y el primero se apresuró a poner en marcha el vehículo y a instar al resto de la caravana a hacer lo mismo. Derek, que se había quedado de piedra al reconocer también a Clarkson, reaccionó también y siguió rápidamente a Patrick. 

Tras un corto recorrido en el que Patrick intentó (sin éxito) sonsacar más información a Clarkson, salieron de la autovía y se dirigieron a un área de servicio que permanecía relativamente tranquila.

El anciano les confirmó que el intenso tráfico en sentido contrario era debido a que estaban evacuando una gran parte de Roma. Con las nuevas habilidades aprendidas de Anne Rush y los Hijos de St. Germain, se hizo evidente ahora para el grupo que Clarkson era algún tipo de Avatar o Dioserrante. Por sus siguientes palabras, supusieron que se trataba del Dioserrante del Consejero:

 —La razón de mi existencia es dar Consejo —dijo—. Y el Consejo más urgente que debo dar en este momento, es que no vayáis a Roma. Al contrario, deberíais acompañarme a Moscú a conocer a un buen amigo.

Las palabras de Clarkson parecieron mitigar la ansiedad de Sigrid, que recibió de buen grado el consejo.

Mientras preparaban la partida hacia la capital Rusa, Sigrid recibió una llamada de Ramiro, su marido, pues ya le había enviado el número de teléfono seguro. Ramiro le informó de que él, Van Dorn, Jacobsen y algunos de sus seguidores se encontraban en la mansión de Ian Stokehall, en la campiña inglesa, donde el viejo sir les había dado una especie de asilo. Sigrid relató a su marido toda la odisea por la que había pasado Daniel, para preocupación de éste, pero la imposibilidad de ayudarlo era superior a todas las buenas intenciones que pudieran tener. Ramiro le aseguró que pediría consejo a los libreros al respecto.
 
***
 
En el avión con destino a Moscú, en un instante de tranquilidad nocturna, Sigrid se decidió a preguntar a Henry Clarkson acerca de su hermana, pues el anciano había estado ingresado en el mismo sanatorio donde la habían tratado a ella. Sigrid le contó que hacía poco que había desaparecido, secuestrada, y estaba muy preocupada por ella. Henry le contó lo que sabía: la mente de su hermana no era la única mente que habitaba su cuerpo. Al parecer, su hermano gemelo no había muerto en realidad; los dos hermanos habían tenido un vínculo tan fuerte que, cuando el chico perdió la vida, se refugió en su hermana, con lo que ahora, ella servía de huésped para ambos. Por eso su hermana había sido diagnosticada de síndrome de personalidad disociativa. Y no solo eso: durante aquellos años, la mente de su hermano había evolucionado de tal manera, que sin duda se había convertido en alguien genuinamente malvado. Sigrid no pudo evitar que las lágrimas se derramaran por sus mejillas a medida que Clarkson le revelaba todo aquello, hasta que por fin se durmió, agotada por las preocupaciones.

***

Ya en Moscú, Clarkson condujo al grupo al completo al restaurante de un lujoso hotel de cinco estrellas, donde se reunieron con su amigo. Este no resultó ser otro que Jack "Lovejoy" Lambert, un antiguo novio de Sigrid que también había estado presente en la subasta del Excelsior, hacía —aparentemente— tanto tiempo. Y, para rizar el rizo, Lambert estaba compañado de ¡Dan Simmons, el Hombre Malo! A Patrick casi le da algo al verlo, y prefirió sentarse en una mesa aparte para manifestar su desconfianza. Sin embargo, Clarkson les aseguró que no había ningún problema, y el resto del grupo se sentó con ellos.Mientras comían, Lambert sonrió e, irónicamente, no pudo dejar de decir:

 —Con que eras tú quien tenía el De Occultis Spherae, ¿eh Sigrid? Nunca me lo habría imaginado, jajaja. Siempre pensé que debía de tratarse de otra Sigrid.

Sigrid mantuvo la cara de poker, y el resto de la comida (en el caso de Patrick, bebida) transcurrió en su mayoría en un silencio incómodo. Una vez hubieron terminado, Lambert les pidió que le acompañaran a su suite, donde les presentaría a su jefe y podrían hablar más discretamente. Tranquilizados por la presencia de Henry Clarkson, el grupo le siguió.

Mientras Andrea Bauer y sus secuaces vigilaban en el exterior del hotel, el grupo llegaba a la última planta guiado por Lovejoy y Dan Simmons, que estaba intentando limar asperezas. Los condujeron a una suite ante la que hacían guardia dos personas: un hombre y una mujer impecablemente vestidos. No les pusieron problemas para pasar, y accedieron al interior. Patrick mensajeaba a Andrea con todos sus movimientos.

En el  interior de la suite había varios hombres más haciendo guardia, y en una especie de sala de reuniones les aguardaba sentado uno ya entrado en años, con la cabeza rapada pero con un físico envidiable, enfundado en un traje que le quedaba como un guante, que salió de la penumbra para saludarles. Todos sintieron cómo sus profundos ojos azules les traladraban hasta el alma. Aquel hombre no era un avatar, era sin duda algo más.

 —Permítanme que me presente, mi nombre es Robert G. Lorenz. Pero quizá me conozcan por otro apelativo: soy el Conde de St. Germain.

Todos se quedaron helados al estrechar la mano del Conde. Se movía con una gracia impropias no ya de su edad, sino de un humano, y sus ojos... sus ojos dejaban entrever todo lo que había visto desde el principio de los tiempos, y parecía ver mucho más allá del simple físico.

Los invitó a sentarse, y mientras sus hombres relataban el porqué de la presencia del grupo allí, permaneció en un discreto segundo plano, ofreciendo detalles aquí y allí. Según les contaron, estaba a punto de producirse una gran catástrofe metafísica debido a ciertos elementos que tenían intenciones algo dudosas respecto al Conde y al Clero Invisible. En ella tenían parte importante el De Occultis Spherae y, al parecer, Tunguska. Todo ello había hecho que el Conde se hubiera decidido a tomar parte activa en los acontecimientos y estuviera reuniendo todos los aliados posibles, como por ejemplo Dan Simmons, poco interesado en que el Universo se fuera al traste. Les explicaron las luchas de poder y las sucesivas alianzas entre los Jázaros, los Illuminati, el Círculo Neosuabo, la Nueva Inquisición, el Priorato de Sión y una pequeña multitud de bandos más. De entre ellos, los Jázaros y los Neosuabos eran los que habían conseguido encontrar la forma de acabar con el mundo tal y como lo conocían. Habría que impedírselo.

Patrick mencionó a los Nacidos Relevantes y cómo el Círculo Neosuabo había reunido a los nacidos en unas circunstancias especiales con oscuras intenciones. No esperaba que St. Germain reconociera no tener ni idea al respecto. Así que les reveló todo lo que sabía sobre ellos, relacionándolo con el control de población que se pretendía llevar a cabo en Estados Unidos y China. Todos los presentes mostraron su consternación por tal hecho. Y su sorpresa aún fue en aumento cuando Sigrid les narró los detalles de su reciente aventura en la propia Tunguska, su enfrentamiento contra los rusos y sus experiencias extranaturales; Clarkson miró a St. Germain con una sonrisa, y este les revelaba que lo que habían visto eran sin duda la racionalización de la Estadosfera, que era mucho más fuerte en Tunguska desde el "evento" de principios del siglo XX.

Las revelaciones de Patrick y del grupo reafirmaron aún más los planes de St. Germain y sus acólitos: deberían reunir en el más breve plazo posible el mayor número de aliados para llevar a cabo un asalto a Tunguska antes de que fuera demasiado tarde. Anne Rush y el resto de Hijos llegarían en un par de días al hotel. Lambert les pidió en nombre del Conde que si conocían a cualquier elemento que pudiera participar en la lucha, intentaran convocarlo a Moscú. Por supuesto, proporcionó a todos habitaciones en el hotel, que había cerrado por reserva para una "convención" de una empresa llamada "Germaine & Sons". "Fino sentido del humor" —pensaron. 
 
Por otra parte, Dan Simmons envió algunos agentes a investigar en el sur de China las extrañas explosiones, a requerimiento de Patrick y Sigrid.

El día siguiente llegaba Anne Rush acompañada de una docena de Hijos, entre ellos los gemelos Stephanie y Laurant Favre, Bernard y Gerrard, antiguos conocidos del grupo. Eran los pimeros de una cincuentena de Hijos convocados a Moscú. El grupo, por su parte, iba a intentar que Ian Stokehall y los libreros se unieran a su pequeño ejército...

 

miércoles, 22 de mayo de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 46

En busca del De Occultis Spherae (II).
Iglesia de Los Descendientes
Antes de salir hacia París, decidieron aprovechar su estancia en Archangelsk para visitar la iglesia abandonada que había sido el punto donde la hermandad llamada Los Descendientes había llevado a cabo sus reuniones y rituales. Se desplazaron hacia allí poco después del amanecer, para evitar les sorprendiera la oscuridad, dadas las circunstancias mentales de Tomaso y Patrick. El antiquísimo edificio se hallaba alejado al sureste de la ciudad actual, pasado un barrio que había sido abandonado hace tiempo. Aunque había sido reconstruido parcialmente un par de décadas atrás por los adeptos satánicos, el hielo y la vegetación habían vuelto a hacer estragos en la construcción.
Patrick, Sigrid, Tomaso, Derek y Jonathan atravesaron la maltrecha puerta, y los más sensibles de entre ellos no pudieron evitar sentir un escalofrío en su nuca, sintiendo el aura malsana que emanaba de aquel lugar.

Una rápida inspección no tardó en revelar varios casquillos de bala disparados recientemente en el lugar. Se miraron preocupados, al constatar que no debía de hacer más de dos o tres días desde que se habían utilizado. Desplazando un poco la nieve del suelo, no tardaron en descubrir un círculo satánico de cinco puntas cincelado en el suelo, con varios huecos que parecían destinados a recoger la sangre de sacrificios rituales. Y aunque la nieve dificultaba las cosas, era evidente que bastante gente había pasado por allí hacía muy poco tiempo. Otro descubrimiento aún más inquietante fue el descubrir entre todos los casquillos de bala, dos pequeños artilugios con forma de escarabajo exactamente iguales al que el tal Timofei Novikov había regalado a Sigrid. Se trataba sin duda de los mismos "bichos atrapa-balas", como los había llamado el ruso.

Dos leves manchas de sangre mostraron a los expertos ojos de Derek y Tomaso que al menos dos cuerpos había sido arrastrados hacia el exterior de la iglesia. Por otro lado, el antiguo altar había sido pasto de las llamas y, cuando ya creían que no podrían encontrar nada más, entre sus restos encontraron un teléfono móvil. Tomaso se apresuró a sacar todas las tarjetas del aparato. Mientras tanto, la tarde había llegado, y una multitud de cuervos se había empezado a congregar en la parte alta de la iglesia. Demasiados cuervos para ser algo normal, y todos parecían mirar al grupo. Jonathan arrojó un par de piedras intentando espantarlos, pero no se inmutaron lo más mínimo. Un poco acongojados por la actitud de los animales, decidieron marcharse antes de que se hiciera más oscuro.

De vuelta al hotel, Derek intentó contactar con el congresista Ackerman, que no le contestó. El padre Borkowski tampoco contestó a la llamada que Sigrid realizaba cada cierto tiempo para estar informada del estado de su hijo. Quien sí que contactó con la anticuaria fue Lucía, su empleada (y amiga) en su tienda de Madrid; esta le informó de que había recibido un SMS de Ramiro, el todavía marido de Sigrid, donde instaba a esta a contactar con él a través del foro de la tienda. Efectivamente, la página web de su negocio tenía un foro para anticuarios especializados y Sigrid no tardó en reconocer a "MarioR" uno de los alias/anagramas que solía utilizar Ramiro. Un mensaje aparentemente inocente tenía adjunto un archivo comprimido mediante una contraseña. Sigrid tardaría varios días en averiguar por fin la contraseña y poder abrir el archivo.

Las noticias traían novedades: algunas hablaban de fuertes enfrentamientos en el Congreso estadounidense; por lo que descubrireron investigando un poco más, los enfrentamientos eran debidos a la política de control que parte de los políticos querían aplicar a la población, a la que se oponía firmemente la facción liderada por Ackerman. Esta división política se estaba viendo ya reflejada en las calles de las grandes ciudades, con una campaña agresiva por parte de ambos bandos que estaba polarizando intensamente a la población. Además, dos senadores, uno por Texas y otro por Oklahoma, partidarios del no-control (y amigos personales de Ackerman), habían aparecido muertos en la última semana con señales evidentes de suicidio. "Demasiada casualidad", pensaron todos.

A Tomaso y Sally no les costó mucho extraer la información de las tarjetas del móvil que habían encontrado en la iglesia. Estaban en ruso, pero nada que no pudieran superar con las modernas herramientas de traducción. Enseguida llamaron su atención unos cuantos mensajes en una conversación con un tal "Vladimir": "Llegan desde el puerto", "No sabemos lo que quieren", "Estamos en peligro, necesitamos ayuda", "Se han llevado a Sergey e Ivana", "Quemaremos la Biblioteca", eran algunos de esos mensajes, en orden cronológico. También había varios mensajes escritos en ingles en una conversación con un tal Paolo (Tomaso sintió un temblor, al tener el convencimiento de que debía tratarse de su hermano): los mensajes, al igual que los enviados a Vladimir, solicitaban la ayuda de Paolo contra los llegados desde el puerto; Paolo había contestado que llegaría lo antes posible, pero que estaba lejos y tenía asuntos importantes entre manos.

Siguiendo las pistas de los mensajes, pronto descubrieron que un edificio de apartamentos al sur de la cuidad había sufrido un incendio hacía escasamente una semana, algo extremadamente inusual en esta época del año. Supusieron que el edificio habría albergado la Biblioteca de la que hablaban los presuntos Descendientes. 

El día siguiente, ante el hotel se detuvieron dos vehículos militares de los que pronto empezaron a descender efectivos; Derek los vio por pura suerte, y gracias a ello pudieron huir sin que los militares los interceptaran. Sin duda debían de haberlos seguido desde la iglesia esa noche.

Rápidamente subieron a un tren con destino a Moscú y una vez allí se apresuraron a llegar al aeropuerto y embarcar con destino a París. Allí los recibió Jodorowsky y otros dos psicomagos que había convocado Anne Rush cuando Sigrid se lo había pedido, y comenzaron el tratamiento sin apenas darles tiempo a respirar. Durante seis días sometieron a Derek, Tomaso y Patrick a una terapia intensiva que los dejó agotados pero restauró lo suficiente su salud mental para no caer en un estado de catatonia cada dos por tres.

Uno de esos días, Derek consiguió contactar con Ackerman. Este le informó de que otro congresista, George Patterson, le había denunciado por corrupción. Patterson había contratado al bufete llamado Weiss, Crane & Associates, en un claro intento por quitarse a Ackerman de en medio. De momento, el congresista tranquilizó a Derek, pero también le ordenó estar alerta y disponible por si requería sus servicios más "cercanos"; Ackerman temía por su seguridad personal debido a lo que estaba pasando con los senadores últimamente, aparecidos con signos de suicidio, pero con serias dudas por su parte. Por supuesto, Derek destinó inmediatamente a todos los agentes de la CCSA a la protección del congresista. Además, les encargó intentar destapar el montaje que sin duda WCA estaba intentando poner en pie.

El día siguiente, Dulce da Silva contactaba con Derek; este no reveló su localización ni sus acciones, pero ella no se mostró realmente interesada en eso, al menos aparentemente. La portuguesa informó de que la sede de los atlantes en Recife (Brasil) había sido atacada por paramilitares y aunque habían conseguido rechazarlos, habían decidido desalojarla por si acaso volvían con más fuerza. Llamaba para ver si Derek podía darle alguna pista de por qué había sucedido aquello; evidentemente, el norteamericano no pudo decirle nada concluyente.
Durante esos días, en las redes sociales y los medios de comunicación se sucedieron las noticias y los vídeos grabados con móvil relacionados con el Vaticano. Italia había cancelado los vuelos a Roma y los había desviado a los aeropuertos cercanos. En algunos vídeos se podían ver escenas de violencia con militares y policías presentes, reprimiendo a civiles que parecían proceder del interior de la Santa Sede. En algún vídeo grabado desde las alturas también se podía ver la especie de niebla oscura que engullía gran parte del Vaticano, siempre lejana, porque los militares parecían confiscar todos los móviles que se acercaban demasiado a la zona.

El cuarto día, Jan Borkowski devolvió la multitud de llamadas perdidas de Sigrid. La saludó, con voz grave y aparentemente agotado. Informó a la anticuaria por fin de que su hijo había sido trasladado hacía unas cuantas semanas al Vaticano porque no veía cómo solucionar el asunto en Boston. También le informó de que mucha gente había abogado por una solución drástica respecto a Daniel (acabar con su vida, sin duda), algo a lo que él se había opuesto firmemente, pero que ahora mismo dudaba de si no habría sido lo mejor. La lengua Alter se les había ido de las manos, y Daniel había superado todas las barreras que le habían puesto en su tratamiento. Ahora, casi todo el Vaticano estaba bajo su influjo y la única razón de que Roma resistiera era el perímetro que los militares habían establecido, con órdenes de disparar a todo aquel que intentara salir de la Santa Sede. Ahora mismo, el Santo Padre había sido puesto a salvo y Borkowski se encontraba reunido como consejero con el primer ministro y el Estado Mayor del ejército italiano. Según informó el padre, se estaba abogando por una solucion MUY drástica que pusiera fin a aquella pesadilla de una vez por todas. Sigrid estaba consternada. Gracias al cielo, los psicomagos habían hecho un trabajo excelente y habían erradicado la lengua de su mente, pues los recuerdos la removieron hasta la médula. En cuanto sus compañeros estuvieran restablecidos, la anticuaria viajaría a Roma e intentaría que la acompañaran, como la familia que eran ahora.

Otra noticia revelaba que se habían detectado explosiones de magnitud nuclear en suelo continental chino, y que al parecer habían estallado graves revueltas en el sur del país. Todo parecía provocado por el hecho de que la corporación Wèilái ("futuro", algunas investigaciones la revelaron participada por UnSup) había conseguido producir el "chip de conexión", a todos los efectos, un chip que conectaría a las personas a la red global y que permitiría descaradamente el seguimiento de todas sus acciones. Sin duda, aquello era la panacea para la facción del congreso estadounidense que perseguía el control poblacional.
La sexta jornada, Sigrid consiguió desencriptar el archivo que había enviado Ramiro. Se trataba de un mensaje de correo donde contaba lo que había sucedido en los últimos días. Al parecer, Emil Jacobsen y Paul Van Dorn no habían tenido más remedio que unir sus fuerzas —Sigrid se sorprendió profundamente al leer esto—; la sede de Emil en Nueva York había sido atacada por enemigos desconocidos y no habían tenido más remedio que huir hacia el norte del estado, donde se encontraba la residencia de van Dorn. Aunque los dos libreros se odiaban a muerte, un segundo ataque a la mansión de van Dorn con armamento pesado —donde estaba la mansión de van Dorn había ahora poco más que un cráter— los había convencido de unir sus (restantes) fuerzas  y huir; habían conseguido llegar a Inglaterra, donde se encontraban en ese momento en busca de aliados, e intentando comprender qué había ocurrido. Entre los atacantes había militares y gente con habilidades especiales fieles fuera de toda duda a Alex Abel. Estaban prácticamente seguros de que tambíen estaban implicados el FBI y la NSA. La cosa se había puesto muy fea para el submundo ocultista.

Pero lo más importante ahora para Sigrid era su hijo Daniel, y discutió largamente con el resto del grupo que tenían que viajar a Roma para intentar salvarlo. Todos intentaron que desistiera de tal propósito, viendo la locura que suponía, pero finalmente no tuvieron más remedio que aceptar acompañarla. Los vuelos a Roma habían sido desviados, y deberían viajar a un aeropuerto más alejado para luego viajar por tierra hasta la capital. Nuevos vídeos habían surgido en internet relacionados con el tema, donde se podía ver a militares disparando contra otros militares, y civiles gritando en la distancia, provocando el caos con lo que decían; en otro vídeo, un civil grababa a otro que a su vez grababa con su móvil, hasta que a los pocos segundos, este dejaba caer el móvil y empezaba a caminar tranquilamente hacia la oscuridad del Vaticano. Evidentemente, el grupo tenía buen cuidado de ver los vídeos quitando el sonido, pues sabían lo que podía ocurrir si escuchaban lo que decían los civiles que gritaban. Las noticias de los canales "oficiales" solamente decían que los vuelos a Roma se habían cancelado por "motivos logísticos".

Antes de la partida hacia Roma, Sally llamó la atención del grupo sobre una nueva noticia: varios medios de comunicación informaban acerca de un fuerte seísmo en la zona de Krasnoyarsk, en el centro de Rusia. Krasnoyarsk, como todos recordaban, era la zona donde se encontraba Tunguska...


martes, 7 de mayo de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 45

En busca del De Occultis Spherae.
Con Andrea Bauer y sus hombres, el grupo estaba compuesto ahora por una veintena de miembros, a todas luces demasiados para poder moverse con soltura. Así que decidieron que cuatro de ellos permanecerían allí, en Madrid, en las inmediaciones de la Biblioteca, para asegurar su protección.

Así, diecisiete personas (Sigrid, Tomaso, Derek, Patrick, Robert, Jonathan, Sally, Esther, Francis, Pierre, Andrea Bauer y los seis hombres restantes) embarcaron en un avión con destino a Varsovia, desde donde Pascal Weber había partido con el libro hacia Gdansk.

Investigaron las agencias de alquiler de automóviles del aeropuerto —alegando que Pascal Weber era un amigo suyo que había desaparecido y la policía no les hacía mucho caso—, y en una de ellas efectivamente resultó existir el registro del alemán como cliente. Pero para frustración del grupo y de la encargada que les atendía, no había ningún registro de reserva ni de pago con tarjeta; que no existiera el movimiento de pago entraba dentro de las posibilidades, pues según les había explicado Andrea, las tarjetas que usaban los Hijos de Sant Germain no dejaban rastro; pero que no existiera el registro de reserva ni de entrega sí que tenía a la empleada del alquiler consternada. Patrick le dio las gracias por su ayuda con una sonrisa embaucadora, y se dirigieron a hablar con el encargado de los check-in. Tras soltarle el mismo cuento, el hombre se avino a ayudarles, y efectivamente encontró en los archivadores físicos el recibo firmado por Weber. Pero tras realizar un par de llamadas nadie pudo confirmar que los coches (cuatro todoterrenos) habían sido entregados en Gdansk según lo previsto.

Las armas que Weber y sus hombres habían conseguido habían sido provistas por la gente de John Tradtford, después de que hubieran alquilado los coches, y así se lo confirmaron los propios proveedores a Andrea, sin poder darle ninguna otra información de interés.

Ya en el hotel, Tomaso y Sally se dedicaron varias horas a investigar en la red sobre acontecimientos extraños en las carreteras polacas. Finalmente, dieron con un oscuro rincón de la web de autovías donde se llevaba un registro de los accidentes ocurridos en ellas. En una horquilla de dos días alrededor de la desaparición de Weber y los demás, cuatro accidentes habían ocurrido en la autovía Varsovia-Gdansk. Tomaso repasó las fotografías, y en una de ellas su ojo experto reconoció el bulto de una pistola en el cinto de uno de los presentes. Los datos coincidían: ese debía ser el accidente que dejó fuera de circulación a los Hijos de Sant Germain. Tomó buena nota del punto kilométrico, y hacia allí se dirigirían el día siguiente.

A escaso un kilómetro antes del punto del siniestro se detuvieron en una estación de servicio. Uno de los camareros hablaba en alemán y Francis pudo traducir las preguntas del grupo. Tras vencer las suspicacias del hombre, este compartió con ellos los hechos de aquel día. Les habló de una gran explosión que se había oído a lo lejos; por su experiencia militar estaba convencido de que dicha explosión no podía ser atribuida al accidente de camión que más tarde explicarían todos los medios de comunicación. Además, al poco rato pudo ver un par de helicópteros militares que se alejaban de la escena hacia el noreste. Todos se miraron inquietos, y dieron las gracias al camarero por su ayuda.

Se acercaron a la escena del accidente por los caminos laterales. Pronto llegaron a la vista del punto de la calzada donde se veían frenazos y asfalto quemado. Saltaron la valla que daba acceso a la autovía y, sabiendo que estaba prohibido estar allí y que en cualquier momento podía aparecer la policía, Sigrid procedió a la realización del ritual lo más rápidamente posible. Efectivamente, la pluma de águila atada a la cuerda giró en el aire y calló al suelo recta como una flecha. Haciendo uso del material de orientación con el que se habían preparado debidamente tomaron nota de sus coordenadas y de la dirección apuntada por la flecha, y volvieron rápidamente al hotel.

Allí, haciendo uso de los mapas y los cálculos pertinentes, trazaron una línea recta desde su posición. Arquearon las cejas cuando el núcleo de población más importante atravesado por la raya resultó ser la ciudad de Archangelsk, al norte de Rusia. La distancia a la que se encontraba la ciudad era consistente con la sensación de distancia que había experimentado Sigrid al realizar el ritual, así que decidieron prepararlo todo para salir hacia allá. Dos días más tarde embarcarían con destino a Moscú, desde donde un tren les llevaría hasta Archangelsk.

Tras dejar el equipaje se dedicaron a hablar con los recepcionistas y a dar una vuelta por la ciudad. Según les dijeron, el turismo había sufrido un bajón importante en los últimos dos años, todo lo contrario que el puerto militar, que había sido ampliado hasta casi el triple de su superficie en la última década. Una corporación extranjera llamada Erde & Mahl había firmado unos acuerdos con el ejército ruso y ahora se desarrollaban unos proyectos muy importantes en el complejo del puerto; no supieron decirles más. No tardaron en averiguar que E&M formaba parte del entramado empresarial alrededor de UNSUP, y desde una loma cercana a la ciudad pudieron ver que en el interior del complejo del puerto militar se había puesto en marcha una pequeña central nuclear además de otros edificios de uso desconocido. Helicópteros militares iban y venían casi sin interrupción.

Un poco de investigación por parte de Tomaso también destapó que en los últimos diez años Archangelsk había tenido muchos problemas con una secta satánica llamada "Los Descendientes". La secta parecía heredera de una serie de hermandades secretas de los siglos XVII y XVIII relacionadas con la Golden Dawn y los Francmasones. Quizá podrían averiguar algo más por aquel camino.

De momento, optaron por ejecutar el ritual en la seguridad de su habitación de hotel. Y así procedió Sigrid, con mucho cuidado esta vez para no estropear su efecto. Parte del grupo se reflejaba en un gran espejo colgado en la pared frente a la cama. Y a Patrick se le erizó el vello de la nuca cuando vio que el reflejo de Robert se giraba hacia él con los ojos negros como el carbón. El reflejo salió de donde se encontraba entre las imágenes de Patrick y Tomaso y se dirigió hacia el primero, mutando en una sombra ominosa y extraña, muy parecida a las que Patrick recordaba de su experiencia ante el monolito de Canadá. Lo primero que se le ocurrió al profesor de filosofía fue tirar la esquirla que llevaba en el bolsillo; la sombra pareció entonces un poco confusa, y pareció que se ponía a olfatear el entorno; pero pronto se orientó de nuevo y extendió algo parecido a una mano hacia el espejo, hacia Patrick; increpó a Derek y Tomaso, instándoles a mirar al espejo, pero estos no vieron nada en él. Cuando Derek se acercó a Patrick, la sombra pareció confundirse de nuevo, y en ese momento, Sigrid completó el ritual. El espejo volvió a reflejar la escena de la habitación y Patrick suspiró aliviado, relajando la tensión con la que había estado apretando el antebrazo de Tomaso.

Después de tranquilizar a Patrick, tapar el espejo y realizar los cálculos pertinentes, una oleada de pánico recorrió las mentes del profesor y de Tomaso cuando la línea trazada desde su posición atravesaba claramente el punto de Tunguska donde habían pasado por la experiencia más traumática de sus vidas. Tomaso se sentó en la cama encogido como un  niño y Patrick comenzó a dar largos tragos de una botella de whisky, mientras Sigrid explicaba a Derek y los demás lo difícil que había sido salir de aquel lugar. 

Desde luego, la condición de ambos miembros del grupo dificultaba mucho la posibilidad de hacer algo útil en Tunguska, así que Sigrid propuso viajar primero a París para que fueran tratados por los psicomagos y ver si podían recuperarlos en el tiempo récord del que se suponía eran capaces.