Translate

Publicaciones

La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

domingo, 22 de marzo de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 17

Hacia el Bastión Interior. En el Aglannävyr.
Galad no tardó en sostener la cabeza de Arakariann entre sus manos mientras elevaba quedamente sus súplicas a Emmán. Su dios no tardó en responderle, y un fulgor dorado calmó al elfo casi al instante, haciéndolo dormir plácidamente. El paladín informó a sus compañeros que Arakariann solo necesitaría unas horas de sueño para sanar del todo.

Superado un problema, tuvieron que afrontar el siguiente: los susurros eran allí mucho más intensos que antes de atravesar el muro al pie de la colina, y los nuevos prodigios que la gracia de Emmán había concedido a Galad, aunque suficientes para poder conciliar el sueño confortablemente,  no bastaban para que sus compañeros pudieran resistir con garantías la influencia de las voces durante un turno entero de guardia. Largo rato discutieron, acosados por los continuos bisbiseos, y finalmente decidieron que esa noche no harían guardias. Confiarían en las habilidades de Yuria para rodear el perímetro del lugar donde se encontraban (una posición ventajosa, en un antiguo descansillo intermedio de unas escaleras de mármol) de trampas de alarma, a lo que la ercestre se aprestó afanosamente durante una media hora. Después, con los susurros atenuados gracias a los hechizos del paladín y con la ayuda de una tisana tranquilizante, todos se echaron a descansar.

Galad y Symeon se despertaron al sentir una ligera, pero evidente, ola de frío de la que las mantas no les protegieron. Al despertar, los susurros acudieron de nuevo con fuerza, con lo que el paladín tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para invocar a Emmán y acallarlos de nuevo en el área. Optaron por despertar a todo el mundo, pues sin duda reconocían aquel frío, provocado por los engendros no muertos que una vez habían sido elfos. Otra breve oración permitió a Galad abrir su percepción a los posibles muertos vivientes que hubiera en los alrededores y, efectivamente, percibió a algunos cerca. No obstante, tranquilizó al grupo (que ya sentía el frío sobrenatural) cuando sintió que ninguno de ellos se acercaba peligrosamente al lugar donde se encontraban. "De algún modo les pasamos desapercibidos", pensó con alivio el paladín.

Una vez dieron por finalizado el descanso, sin más sobresaltos, se aprestaron en la oscuridad iluminada por las joyas a continuar su camino. Daradoth se encaramó hasta la parte alta del edificio haciendo uso de su Visión en la Oscuridad. Aparte de la mole del bastión central, en cuya muralla se alzaban varios campanarios, le llamaron la atención cuatro de los Aglannävryl, los enormes árboles monumentales oriundos de la zona. Los dos más cercanos y el que se alzaba al noreste un poco más allá del bastión central lucían las deformaciones causadas por la Sombra que ya habían visto en su camino hacia allí: las ramas estaban grotescamente retorcidas y las hojas se habían convertido en espinas, quizá incluso venenosas. Pero para sorpresa del elfo, el cuarto árbol, el que se alzaba más al noroeste, un poco más acá del horizonte de la colina, lucía un aspecto extrañamente saludable, como si la Sombra no hubiera sido capaz de tocarlo durante todos aquellos siglos. Volvió su mirada hacia el bastión central, y negó para sí mismo cuando vio dos figuras entre sus murallas que refulgían con un brillo azulado y blanquecino; no estaba seguro de si se trataba de no muertos o de demonios, pero el vello de su nuca se erizió, incluso a aquella distancia. Descendió y explicó lo que había visto a sus compañeros, que decidieron seguir la única vía que vieron posible: acercarse al Aglannävyr que lucía el aspecto normal e intentar refrescarse un poco allí, más cerca del bastión central. 

 —Con suerte podremos hallar algún templo o santuario que todavía no haya caído totalmente en manos de la Sombra —anunció Daradoth.

El camino fue trabajoso, como siempre a la mortecina luz de la Joya y el talismán de Galad y confiando en la visión de largo alcance de Daradoth. Se mantuvieron a una distancia prudencial del bastión interior, y finalmente llegaron a la salida a una gran explanada, cuyo propósito se había perdido en las brumas de tiempos pasados. Galad invocó a Emmán para que le revelara la presencia de posibles enemigos, y pudo notar que los alrededores del solar hervían de ellos. Así que decidieron dar un rodeo aún más largo al amparo de los edificios hacia el oeste.

Calculaban que se encontraban ya a medio camino de superar la explanada, cuando una onda de choque golpeó sus pechos, dejándolos casi sin aliento. Y unos segundos despues, otra. Y otra. Las acompañaba un sonido ominoso y potente que procedía del bastión interior. Cuando Daradoth tuvo la oportunidad de asomarse, pudo ver cómo las campanas de la muralla interior, otrora de vidrio transparente y de las que se decía que en la antigüedad sonaban límpidas como el rocío de la mañana, lucían ahora un profundo gris oscuro mientras eran tañidas y provocaban aquel estruendo tan desagradable. Algo se removía en el interior de todos ellos con cada badajazo; eso, unido a los susurros que acudían en los breves intervalos de silencio, empezó a crispar sus nervios. Los rostros de Faewald y Arakariann empezaron a mostrar muecas de tensión. "Debemos llegar al Aglannävyr cuanto antes", pensó Symeon, "no resistiremos mucho más".

Llegaron a las primeras raíces del enorme árbol con el sonido incesante. Las raíces pronto se hicieron tan altas como una persona, y después como dos, pero había senderos entre ellas. De repente, un graznido surgió desde lo alto. Daradoth alzó la vista. Un horrible pájaro parecido a un cuervo pero más grande y con los ojos rojos como ascuas les miraba, y a los pocos segundos comenzó a graznar como un poseso, remontando el vuelo. El vello de la nuca de Daradoth se erizó.

 —¡¡Corred!! —gritó el elfo—. ¡Hemos sido descubiertos! ¡¡¡Vamos, seguidme!!!

Celebdel,
demonio élfico de tiempos antiguos
Apenas llevaban unos metros de carrera cuando un ligero zumbido indicó que algo se había materializado tras ellos. Symeon, que había tenido cuidado de iluminar el camino a los más rezagados, no pudo evitar ver a los recién llegados. Dos Celebdel, demonios élficos ancestrales. Sus rostros horribles y lívidos y su aura de terror afectaron profundamente al errante que, presa del pánico, huyó corriendo a una velocidad endiablada.

 —¡Symeon! —gritó Yuria—. ¡¿Qué sucede?! ¡Daradoth, necesitamos guía!

Daradoth volvió hacia ellos, y entonces vio en la oscuridad las mismas figuras horribles que había visto Symeon. Solo que a él le habían atormentado en su infancia, como a otros muchos niños elfos, así que su espíritu se encogió de terror. Rompió a correr igual que había hecho Symeon, y ambos se perdieron en las tinieblas.

El aura de muerte que precedía a los demonios pronto afectó al resto del grupo, en especial a Galad y a Faewald, los más lentos de la compañía. Faewald quedó inconsciente por el efecto, y lo arrastraron entre los demás a duras penas. Mientras tanto, por delante, Symeon y Daradoth sufrían sendas caídas; el errante fue más afectado, y sufrió un duro golpe en la espalda que lo dejó inmóvil durante unos segundos. Daradoth, por su parte, se levantó con un fluido movimiento y continuó su carrera.

Con la tenue luz de su talismán alumbrando el camino mientras Yuria y él mismo acarreaban a Faewald, Galad notó cómo una mano etérea tocaba su nuca e intentaba hurgar en ella; los Celebdel debían de estar lanzando sus hechizos de destrucción  de la mente que había mencionado Symeon unos días atrás. Pero el paladín rechazó el toque inconscientemente, y la mano no logró su objetivo. Cuando llegaron a la altura de Symeon, uniendo las dos luces y tomando unos segundos de pausa, se dieron cuenta de que Ginnerionn ya no se encontraba con el grupo. Galad hizo amago de volver a por él, pero Yuria le convenció de que no lo hiciera cuando sintió una descarga considerable en el talismán de su cuello y a su vez el paladín sintió de nuevo que algo intentaba llegar hasta su mente. Así que continuaron con su carrera entre las raíces, con Symeon gimiendo de dolor.

Mientras tanto, Daradoth llegó a la entrada lateral de un santuario integrado en la parte oriental del Aglannävyr, que no habían visto antes. Subió precipitadamente las escaleras de mármol de profundos escalones, y atravesó el pórtico, huyendo desesperadamente de aquellos... se detuvo, calmado de repente. Además, el frío continuo y el estruendoso campaneo se habían visto atenuados sobremanera. En aquel lugar, la Sombra no había podido expulsar a la Luz todavía; en el interior de aquel templo la oscuridad ya no era tan acusada y, aunque la penumbra lo dominaba todo, ya era posible ver (a duras penas, pero ver al fin y al cabo) sin necesidad de un hechizo o una fuente de luz. Se regocijó en la sensación, pero entonces se acordó de sus compañeros y de los horribles engendros que había dejado atrás. Volvió al arco de acceso, deteniéndose en el escalón superior cuando vio aparecer enter las enormes raíces a sus amigos, mientras uno de los demonios se materializaba muy cerca de ellos y alargaba su mano hacia el grupo. Sintió un vuelco en el estómago cuando las horribles historias en las que sus tutores mencionaban a los Celebdel tomaron forma de nuevo en su mente; sin embargo, ver a sus amigos en peligro le hizo sobreponerse. Alzando su espada, invocó a voz en grito la ayuda de Nassaröth, mientras Yuria sentía de nuevo un calambre en el cuello, Arakariann sufría el ataque de un par de los enormes cuervos,  y Symeon caía inconsciente debido al aura de muerte de los demonios. Sendos rayos plateados cayeron del cielo directos a los engendros del Palio, causándoles el suficiente efecto como para permitir que el grupo subiera la escalinata y pudiera atravesar el pórtico de acceso al santuario, donde cayeron derrumbados de cansancio y estrés, pero reconfortados por la atmósfera más cálida del interior y por el alivio de no sentir los impactos de las campanadas. Daradoth entró tras ellos, mientras los demonios retrocedían a la oscuridad.

Tuvieron que apagar la luz de la Joya y dejar encendida solamente la de Galad, pues pronto se dieron cuenta de que aquel santuario estaba repleto de espejos que hacían rebotar los haces de luz y la potenciaban a extremos inimaginables. La tímida luz del amuleto del paladín se amplificaba tanto que bastaba para iluminar perfectamente todo el interior del enorme edificio. La disposición de los espejos era parecida a la que ya habían visto en el templo de Oltar, poco después de entrar en el complejo.

 —¿Lo notáis? —preguntó Taheem—. ¡No hay susurros!

 —Es cierto —contestó Yuria, con alivio; todos sonrieron cuando se dieron cuenta del silencio, roto solo por los ahogados impactos de las campanas del exterior.

Tras recuperar el aliento, devolver a Symeon a la consciencia y lamentar la pérdida de Ginnerionn, se aprestaron a explorar el lugar. En el centro del ala principal se alzaba un altar con una estatua dorada en el centro; tenía forma de mujer semidesnuda y sostenía sobre la palma de su mano un pequeño sol, así que al instante la reconocieron como Oltar. Alrededor del altar, donde se cruzaban cuatro pasillos entre columnas, había cuatro atriles. Tres de ellos estaban vacíos, pero sobre el cuarto resposaba un libro de gran tamaño. Daradoth leyó su título: "Las Vías de la Luz". Una escritura extremadamente pequeña y apretada sobre páginas enormes reveló la dificultad que tendrían para leerlo. Les pareció que no podían dejar pasar aquella oportunidad, así que un poco más tarde, cuando reanudaran el camino, Daradoth ataría el libro a su mochila y se lo llevaría.

Cerca del atril que quedaba por detrás de la estatua de Oltar pudieron ver también varios pedestales, y se les heló la sangre cuando sobre ellos reconocieron sendos cuerpos inertes e incorruptos de antiguos elfos. Los elfos tenían aspecto de nobles, y se encontraban totalmente equipados para el combate, pero a todas luces muertos; y de alguna manera se habían conservado perfectamente hasta ese día. Prefirieron no tocar ninguno de los cadáveres.

Al acercarse a las distintas puertas del enorme santuario (pues suponían que aquel era uno de los edificios que daban nombre al complejo) lo que vieron era muy diferente: una pequeña multitud de esqueletos todavía equipados con armaduras era todo lo que quedaba de una compañía de soldados elfos que habían luchado hacía muchos siglos defendiéndose de los invasores. Daradoth entonó una oración silenciosa por sus almas y tocó su frente con sus dedos índice y corazón, en el típico gesto élfico de respeto. Symeon escogió —con la aprobación de los demás— una espada y una diadema que parecían tener alguna capacidad especial y se dirigieron de nuevo hacia la parte interior, donde descansarían un buen rato.

Pero no pudieron reposar durante mucho tiempo, pues transcurridas apenas un par de horas comenzaron a oir (y sentir) unos fortísimos golpes que parecían impactar sobre la fachada delantera del templo. Un rápido y discreto vistazo bastó para que identificaran a tres de los grandes colosos utilizando algún tipo de artilugio para intentar destrozar las paredes del santuario. No parecían tener demasiado éxito, pero los pavorosos retumbos decidieron al grupo a poner tierra de por medio; así que se dirigieron hacia la parte trasera, donde Daradoth había visto desde el exterior que la construcción se unía al enorme Aglannävyr.

No tardaron en llegar a unas enormes escaleras que trazaban una prolongada curva hacia la izquierda. Los primeros escalones de mármol pronto dieron paso a otros construidos en una madera nívea y desconocida para todos ellos, cada vez con una forma menos geométrica y más orgánica. El entorno arquitectónico dio paso a un entorno más natural, donde pronto empezaron a ver los primeros signos de las raíces del enorme árbol. Poco a poco la escalera se iba integrando en el entorno, como si creciera desde el propio árbol en lugar de estar tallada o construida. No obstante, la sensación de mayor calidez que habían sentido desde que habían entrado al santuario no desapareció. La ausencia de los espejos se hizo manifiesta, y Symeon tuvo que encender de nuevo la Joya de Luz y Daradoth recurrir a su visión en la oscuridad para seguir avanzando. Las escaleras dieron paso a un corto corredor que llegaba a un arco orgánico; este estaba custodiado por dos estatuas muy similares a aquellas que se habían encontrado al acceder al complejo de los Santuarios. Tras ordenarles Daradoth que permitieran el paso a sus acompañantes, pasaron sin problemas a través de la pequeña bóveda  y accedieron ya de lleno al interior del Aglannävyr, donde nada parecía artificial, ni tallado, ni excavado, ni montado: todo lo que les rodeaba parecía haber sido hecho crecer (o encoger) en colaboración con el gigantesco vegetal. Unas preciosas escaleras de caracol subían hacia arriba, y varios pasillos partían en distintas direcciones; optaron por subir las escaleras.

Poco tiempo después llegaban a una especie de coliseo repleto de plantas que parecían crecer de la propia fibra vegetal del Aglannävyr. La imaginería del lugar les hizo suponer que aquello no era sino un santuario dedicado a Valdene. De varias fuentes manaba un agua cristalina que, para enorme regocijo del grupo, resultó ser pura y fresca. Yuria suspiró, aliviada, pues su preocupación por las reservas de agua era ya mayúscula. Rellenaron sus cantimploras y pellejos (sin las mulas para acarrearlas y con el cansancio acumulado, iban a notar el peso sin duda) y aprovecharon para refrescarse y reponer fuerzas con la carne seca y el pan de los elfos. Por fin pudieron dormir sin la amenaza de los susurros y con los sonidos del exterior totalmente amortiguados, y eso les hizo mucho bien, más del que podían imaginar.

El "día siguiente" exploraron el entorno.  El coliseo tenía doce salidas equiespaciadas, que se alejaban hacia el perímetro del árbol; pero optaron por seguir una escalera de caracol que ascendía ininterrumpidamente, perdiéndose en lo alto entre ramificaciones, nudos y columnas de albura.

Tras varias docenas de metros de subida, la escalera daba acceso a una especie de enorme balconada en forma de anfiteatro en el exterior del árbol. Daradoth, Galad y Symeon salieron al exterior, aunque el errante pronto volvió adentro cuando se hizo evidente que las luces no servirían de mucho allí. Desde el borde del gran añadido circular el elfo vio a lo lejos, allá abajo, cómo cuatro de aquellos constructos enormes seguían impactando contra las paredes del santuario, haciendo mella ya. Y los constructos no estaban solos; dos enormes demonios del Palio observaban sus evoluciones, y alrededor de ellos, una pequeña multitud de no muertos y tres celebdel. Cuando uno de estos pareció volverse para mirar en su dirección, Daradoth retrocedió con un escalofrío. Y entonces notó otra cosa que le perturbó: desde donde se encontraban ya podían ver más allá de la línea de horizonte de la colina principal, y al norte de esta, hasta entonces oculta por la propia colina, el elfo vio una enorme mancha de sombra que ni siquiera podía penetrar con sus poderes sobrenaturales de visión. Y no solo eso; al quedarse helado por la impresión, pudo notar que entre los omóplatos y en su nuca sentía la misma picazón que había percibido hacía ya tanto tiempo, al acercarse a Rheynald...

De nuevo en el interior, compartió todas sus impresiones con el resto del grupo, muy menguado respecto al que había empezado aquel viaje. "Qué pocos somos", pensó, "¿bastaremos para superar a toda esta Sombra?". Después de discutir acerca de aquella área de sombra impenetrable y la conveniencia de acercarse o no a ella, volvieron a detenerse para descansar; debían aprovechar mientras los susurros les concedieran tregua. En el mundo onírico, Symeon pudo ver que el árbol era como una fortaleza recia y antigua, pero pudo sentir cómo la Sombra lo presionaba e impactaba; las campanadas eran tan claras allí como en el mundo de vigilia, lo cual le sorprendió, así que prefirió no salir al exterior del árbol. Por su parte, Galad, que había pedido la inspiración de Emmán de nuevo para soñar con el Orbe de Oltar, no sacó nada en claro pues lo único que obtuvo fueron visiones muy abstractas y mucha gente muriendo alrededor del objeto, cada vez más apagado.

Al despertar volverion a evaluar sus opciones y la conveniencia de dirigirse o bien a la fortaleza central o bien al área de Sombra.

—Entrar en esa zona de Sombra —dijo Symeon— será un suicidio a menos que no sea una zona, sino una especie de velo que impide que se vea dentro; pero considero esto harto improbable.

Cuando Galad anunció que no había podido sacar nada en claro del sueño de Emmán, Arakariann sugirió que quizá no deberían preocuparse tanto por la localización del orbe y confiar en la inspiración que Ninaith había concedido a Symeon para que este fuera quien los guiara hasta él. El errante tomó entonces la primera decisión: su corazón le decía que deberían evitar la zona de Sombra y dirigirse hacia la fortaleza central.

 —Si hemos de dirigirnos hacia allí —dijo Galad, con gesto grave—, salir por donde hemos entrado no es una opción, con todos esos engendros congregados a la entrada del santuario; debemos encontrar otra forma de llegar, y volando no creo que pueda ser.

Todos se miraron con gesto grave, de acuerdo con la afirmación del paladín. Entonces, algo se iluminó en la mente de Yuria.

 —Volando seguro que no —dijo, con media sonrisa—, pero por arriba quizá sí. Este... árbol... es ciclópeo. Debe de tener un ramaje acorde. Daradoth —continuó, girándose hacia el elfo— ¿crees que las ramas de este...Aglannävyr... podrían permitirnos llegar hasta la fortaleza? ¿O al menos lo suficientemente cerca?

Daradoth hizo un gesto, y sus ojos parecieron refulgir con un brillo extraño. Salió a la balconada y miró hacia arriba y hacia el este. Volvió a entrar.

 —Sin duda —afirmó con la cabeza—. Las ramas se extienden centenares de metros, y algunas parecen llegar prácticamente hasta el interior de la muralla.

Galad puso una mano sobre el hombro de Yuria, sonriéndole, y todos se aprestaron a continuar subiendo por la escalera de caracol.


sábado, 29 de febrero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 16

Detectados. Huida a ciegas.
Todos vieron cómo los ojos de Daradoth lucían más o menos el mismo aspecto que los de Galad, con el iris repleto de puntos brillantes parecidos a estrellas en miniatura. Sin duda, Nassaröth le había otorgado su favor al elfo, igual que Emmán había hecho con el paladín. Al contrario que Galad, a  Daradoth le costó contener el flujo de poder que ahora corría por su cuerpo, pues no estaba acostumbrado a canalizar el poder de ningún avatar, e incluso hubo un momento en el que parecía que iba a estallar, con lo que Yuria estuvo a punto de tener que anular su poder con el talismán de nulificación. Gracias a la realización de algunos ejercicios de meditación con Symeon pudo calmar sus ánimos y conseguir estabilizarse; por suerte, su habitual dispersión había desaparecido y ahora se notaba mucho más enfocado y capaz de concentrarse, así que finalmente consiguió volver a la normalidad.

Inseguros acerca de si alguien más en el grupo contaba con el favor de algún avatar, el siguiente período de descanso decidieron pasarlo en otro de los templos. Se trataba del templo de Savainnë1, aunque nunca llegaron a saber con seguridad a quién estaba consagrado. Las nuevas habilidades de Galad sirvieron para acallar lo suficiente los omnipresentes murmullos y poder tener un sueño reparador.

Sabueso de Sombra
Mientras Yuria y el propio Galad se encontraban de guardia junto con Arakariann, a la ercestre le pareció escuchar un ruido, algo parecido a un gruñido. Avisó con un gesto a sus compañeros. Se pusieron en guardia, y pronto pudieron oír una especie de olfateo seguido de un ligerísimo gruñido al otro lado de las maderas que habían amontonado para protegerse. Algo estaba a punto de rodear el parapeto, y vería su luz. La hoja de Galad se deslizó suavemente por la vaina, sin ruido, lentamente, mientras contenía la respiración y sus ojos estrellados se cruzaban con los de Yuria en una comunicación muda pero muy expresiva.

Al punto, el paladín se lanzó al ataque mientras la ercestre y el elfo despertaban a los demás. Su talismán de luz no tardó en alumbrar la figura de uno de aquellos enormes lobos que parecían hechos de sombras que ya habían visto alguna noche anterior. Sus ojos rojos parecían arder mientras daba un salto atrás. La hoja consagrada a Emmán arrancó jirones de sombra de la bestia, pero no pudo evitar que esta aullara. El aullido, con una reverberación sobrenatural, restalló en los oídos de todo el grupo, causándoles un intenso dolor de cabeza, aturdiéndolos y despertando a aquellos que todavía estaban dormidos. Sin duda, aquello alertaría a los enemigos que se encontraban buscándolos.

Un segundo lobo llegó pocos segundos después, y el combate se recrudeció. Yuria y Daradoth se incorporaron a la refriega, y mientras la espada del elfo hería una y otra vez al enorme engendro, el talismán de la ercestre probaba ser inútil al entrar en contacto con él, pues atravesaba sin efecto las extrañas fumaradas que lo componían. Faewald fue alcanzado por una dentellada en el brazo, que se lo dejó inútil.

Mientras tanto, Symeon, Arakariann y Ginnerion  intentaban despejar la parte de atrás del templo, que se encontraba derruida y cubierta de espesa vegetación. Las hachas de los elfos subían y bajaban a gran velocidad, mordiendo los troncos y dejando algo parecido a un túnel. La espada de Galad daba ya cuenta del primer lobo mientras el segundo aullaba de nuevo con la misma reverberación dolorosa del primero.

Entonces, el suelo comenzó a estremecerse. Enormes impactos acompañados de un estruendoso ruido y del correspondiente temblor en el suelo revelaban la presencia de uno de aquellos impresionantes colosos de acero negro con los que ya se habían cruzado en alguna ocasion. En pocos segundos, el techo del templo empezó a sacudirse víctima de sobrecogedores golpes que empezaron a arrojar grandes cascotes al suelo. Uno de ellos a punto estuvo de impactar en Yuria, que lo esquivó en el último momento. Por suerte, esos mismos cascotes provocaron una ligera retirada de los sabuesos oscuros, lo cual dio un momento de respiro a los combatientes del grupo.

 —¡¡Vamos!! —rugió Symeon—. ¡Arakariann y Ginnerion ya han despejado el camino! ¡¡¡Corred, deprisa!!!

Esquivando los enormes trozos de mampostería que ya caían por doquier, Daradoth, Yuria y Galad rodearon los parapetos, treparon por las rocas y se escabulleron rápidamente por el hueco abierto por sus compañeros. Arañados por las zarzas y rasgados por los cardos, salieron por fin al exterior, cubierto por un bosque tupido. Pero un nuevo aullido sobrenatural reveló la presencia de sus perseguidores, más cerca de lo que habrían deseado. Comenzaron así un penoso pasaje a través de la vegetación que les llevó varias horas desesperantes.

En un momento dado, mientras se abrían paso a través del bosque, se dieron de bruces con un muro. Superándolo, se vieron en lo que parecía ser el patio trasero de un edificio que según todos los indicios parecía un templo. Así que decidieron atravesar una de las puertas que daba acceso al interior. La puerta daba acceso a una especie de capilla donde, sobre un altar, se erguía una estatua de márol níveo con forma de sirena. "Si esto es un templo y eso es una sirena, seguramente estamos en suelo consagrado a Sephinöth2", pensó Symeon. Pero no pudo divagar mucho en sus pensamientos, pues casi al punto Daradoth les advirtió:

 —La Sombra es fuerte aquí —el elfo notaba la incómoda picazón que Erythyonn le había enseñado a detectar en los dominios del Vigía— deberíamos marcharnos, corremos peligro.

Galad se sobresaltó cuando levantó la vista de nuevo hacia la estatua, y esta parecía haber girado la cabeza para mirarle a los ojos.

 —Sí, salgamos de aquí, rápido —asintió hacia Daradoth.

Ya se aprestaban a volver por donde habían venido cuando una voz extraña, aunque reconociblemente femenina, habló a sus espaldas.

 —¿Dónde vais, viajeros? —interrogó, meliflua—. Parecéis cansados, ¿no os apetece dormir un rato a salvo de todo? Os prometo que yo os protegeré...

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de todo el grupo cuando el poder de la Sombra los intentó poseer. Yuria notó cómo Daradoth se paraba, y advirtió a Galad y Faewald, que tuvieron que forcejear con él para obligarlo a seguir, mientras por el rabillo del ojo veían que la estatua ya no se encontraba en lo alto del altar. Salieron de nuevo al patio posterior y saltaron el muro, agotados, mientras otro aullido resonaba cerca de ellos. Galad, el último en cruzar, pudo ver brevemente cómo la sirena los observaba desde la puerta del templo, mientras proyectaba su voz en quedos susurros en sus oídos. Sacudió la cabeza, y se dejó caer al otro lado, donde se reunió con el resto.

Atravesaron varios trozos de suelo pavimentado que revelaba la presencia de antiguas calles del complejo y tramos de tupida vegetación intentando despistar a sus perseguidores. Por fin, agotados y considerando que ya los habían despistado, llegaron a una pequeña plaza donde se alzaba un edificio en un estado aceptable, así que decidieron entrar a descansar. La construcción había sido víctima de uno o varios incendios, pero a pesar de eso se conservaba bastante bien. Unas escaleras de mármol daban acceso al piso de arriba, y allí se les hizo evidente que el edificio debió de ser en tiempos una  biblioteca, pues aún sobrevivían varias estanterías enormes repletas de libros. Por los títulos (en Cántico), Daradoth dedujo que debía de tratarse de un lugar íntegramente dedicado al estudio de las dimensiones y del viaje dimensional. Por desgracia, en cuanto trataban de sacar alguno de los libros, se deshacía en mil pedazos; les fue imposible encontrar uno en el suficiente buen estado como para ser leído. Galad aprovechó para curar con el poder de Emmán a Faewald de sus heridas.

Sin embargo, no tuvieron oportunidad de reposar mucho tiempo. Transcurrido un intervalo más o menos breve, un nuevo aullido sobrenatural resonó en el vestíbulo por el que habían entrado. Así que recogieron rápidamente todas las mochilas y paquetes y se precipitaron por una de las ventanas de la parte trasera, abierta y semiderruida.

Salieron a lo que parecía un ágora, el centro de varios edificios que desembocaban en ella,  y atravesaron una de las salidas en la dirección en la que creían que se encontraba el complejo central de los Santuarios. Poco después llegaban al pie de uno de los enormes árboles (llamados Aglannävryl) . Un túnel se adentraba en las entrañas del árbol, pero prefirieron rodearlo porque si los atrapaban en el túnel ya no podrían salir de allí. Hacia la derecha, Daradoth no tardó en detectar unas placas de obsidiana colgadas de algunas de la raíces, y recordó que así era como enterraban los elfos antiguos a sus muertos, al pie de árboles, marcando el lugar con aquellas placas. El recuerdo de los horribles no muertos de espeluznantes sonrisas dentadas le causó un escalofrío; así que instó al grupo a no continuar por allí. De modo que se dirigieron en dirección contraria para rodear el árbol por la izquierda. Pero pronto tuvieron que desistir de esa idea, pues un resplandor rojizo y amarillento revelaba la presencia de uno de los grandes demonios que ya habían visto enfrentándose con Igrëithonn.

No tuvieron más remedio que volver sobre sus pasos e intentar rodear el árbol por la derecha a través de los presuntos cementerios, en una marcha que se había convertido ya en más que penosa a través de raíces, rocas y barro. Intentaron dar un rodeo más largo para evitar los cementerios en la medida de lo posible, y consiguieron dejar el enorme árbol atrás.

Todos se sobresaltaron cuando Arakariann y Taheem soltaron sendos gritos de dolor. Habían sido alcanzados por cuchillos arrojadizos procedentes de la oscuridad, y de sus heridas manaban jirones de sombra. Todos dejaron caer el equipaje y aprestaron las armas, presas ya de un estado de estrés considerable. Daradoth recurrió a su hechizo de visión en la oscuridad (que había tenido que dejar de activar, pues el agotamiento ya era considerable) y se estremeció cuando pudo ver que alrededor de ellos se habían congregado no menos de una docena de los elfos demoníacos con aquellas sonrisas de dientes puntiagudos, y que por las ramas encima de ellos había también varios elfos deformes y enajenados que comenzaban a lanzar cuchillos sobre el grupo. Los no muertos se acercaban lentamente, seguros de atrapar a su presa, que no parecía advertir su presencia.

 —Estamos rodeados —advirtió Daradoth; otro cuchillo rebotó en la bota de Faewald—, y son demasiados. Coged las mochilas y corred, ¡vamos!

Cuando el primer no muerto entraba en el círculo de luz precedido por su aura de frío y se disponía a desenvainar su espada dentada, el grupo ya corría con todas sus fuerzas alejándose de allí. Galad y Symeon quedaron un poco retrasados, pero por suerte, sus mochilas los protegieron de los cuchillos que de otro modo se habrían clavado en sus espaldas. No tuvo la mima suerte Faewald, y uno de los cuchillos se clavó en su cuello, atravesando una vértebra y dejándolo inconsciente y quizá algo peor; Galad se agachó y lo recogió, mientras un lobo de sombras se acercaba peligrosamente a ellos, gruñendo y aullando. Daradoth pasó como una exhalación a su lado y descargó un par de golpes con la brillate espada de kuendar, haciendo que la bestia se disipara con un chillido. Alcanzó después el elfo al paladín y le ayudó a acarrear a Faewald, respirando pesadamente por la fatiga acumulada.

Quizá fue por haber acabado con el sabueso que les perseguía, quizá por la travesía a través del bosque, o quizá por pura suerte, pero al cabo de un rato les pareció que por fin se habían librado de la persecución. Entraron en un edificio de gran tamaño repleto de estatuas en penoso estado, y encontrando un lugar bien resguardado, se tumbaron, agotados y estresados. Antes de dormir, Galad canalizó su poder para curar la herida de Faewald y refrescar un poco al resto del grupo. Los susurros seguían allí, pero no afectaron a nadie esa noche, inconscientes de puro agotamiento.

Ya despiertos y hambrientos (ya que el día anterior "¿o quizá habían sido dos días?" no habían tenido oportunidad de comer apenas) aprovecharon para hacer un desayuno con doble ración. Yuria observó preocupada las cantimploras de agua, que mostraban un nivel cada vez más bajo, pero prefirió no erosionar aún más los ánimos del grupo.

Haciendo uso de su visión en la oscuridad, Daradoth ascendió hasta el tejado del edificio, desde donde pudo ver la mole de la colina principal. Así pudieron orientarse de nuevo después de la locura de la travesía de la última jornada, y comenzaron el camino de nuevo.

Aquella jornada fue tranquila, para variar, lo que agradecieron sobremanera después de todo lo que habían pasado antes del último descanso. La visión en oscuridad de Daradoth probó ser fundamental para esquivar a los enemigos; el elfo pudo ver en un par de ocasiones a lo lejos a lo que reconoció como demonios élficos, antiguos Celebdel y Thauredhel, con cuyas historias los niños elfos se estremecían. Symeon advirtió del peligro que corrían si se encontraban con uno de ellos, pues tenían la capacidad de destruir las mentes y los recuerdos.

Al cabo de un número indeterminado de horas (Symeon calculó unas diez), llegaron por fin al pie de los muros que protegían la colina central, y decidieron descansar allí, agotados de nuevo por la tensa marcha. Durante su guardia, Daradoth pudo ver en lo alto de la colina el resplandor y la silueta de un demonio, que más tarde reconocerían como un Demonio del Vacío. Esperaba no encontrar ninguno de aquellos engendros en su búsqueda, tenía serias dudas de que pudieran sobrevivir a sus poderes, incluso con los favores que los avatares les habián concedido.

El día siguiente, tras desayunar, afrontaron la superación del muro, lo cual hicieron a través de un derrumbe. No tuvieron ningún percance, pero una vez al otro lado, Daradoth pudo ver cómo un gran número de no muertos acudían hacia la colina desde el anillo exterior, así que se apresuraron y rodearon varios edificios, hasta que se detuvieron en uno de ellos para descansar y despistar a los posibles perseguidores.

Entonces se dieron cuenta de que los susurros allí eran mucho más claros y potentes... Arakariann no pudo resistirlos, y sollozando, cayó al suelo en posición fetal, mientras los demás hacían uso de toda su fuerza de voluntad para no caer bajo su influjo.



1. Savainnë es la avatar de la Suerte, la Fortuna y las Empresas Imposibles.
2. Sephinöth es el avatar del Mar, del Agua, de la Inmensidad, y las Profundidades Insondables, de los Conocimientos Ocultos y lo Desconocido.

martes, 18 de febrero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 15

Entrada a los Santuarios. Los Templos.
Después de recuperar lo suficiente el aliento, se pusieron en marcha de nuevo en la oscuridad más absoluta. Sin Igrëithonn en el grupo Galad abriría ahora la marcha, Symeon utilizaría la Joya de Luz y Daradoth seguiría guiándolos con su capacidad de ver en la oscuridad, renqueante, desde más atrás y ayudado por Yuria y Taheem.

No tardaron en darse cuenta de que aquella fortaleza no era sino una especie de laberinto destinado a dificultar el acceso al complejo de los Santuarios. Y las dificultades se agravaban debido a los múltiples derrumbamientos que los edificios habían sufrido a lo largo de los siglos (aunque, como ya habían visto desde fuera, se encontraban sorprendentemente conservados) y la dificultad para caminar de Daradoth por la herida en su pierna.

Pasaron varias horas sorteando obstáculos, retirando rocas, ampliando grietas y subiendo y bajando tramos de escaleras que aún dificultaban más la orientación. En alguna ocasión escucharon ruidos de pasos y seguramente el claqueteo de armaduras en los pasillos anexos: sin duda los estaban buscando; afortunadamente no tuvieron que lamentar ningún encuentro con enemigos, ni con aquellos horripilantes elfos no muertos. No obstante, la desesperación hizo mella en ellos cuando, tras todo el esfuerzo de la jornada, Yuria reconoció una de las marcas que había ido dejando en el camino.

 —Me temo que hemos caminado en círculo —dijo, soltando un suspiro de desesperación.

Con los ánimos por los suelos, decidieron descansar y "pasar noche" allí. Con el descanso vinieron de nuevo los susurros, pero el grupo estaba tan agotado que en su mayoría quedaron dormidos antes de verse afectados por ellos. Transcurridas un par de horas, Daradoth comenzó a oir una voz, débil, pero muy diferente de los susurros que les acuciaban. "Demasiada oscuridad", musitó la voz. "Demasiado frío y oscuridad; un poco de luz, por favor ¡Un poco de luz!". El elfo despertó con un respingo y miró a su alrededor sobresaltado en la oscuridad. A la escasa claridad de la Joya de Luz, la presencia de un Taheem vigilante le reconfortó. El vestalense se preocupó por el sobresalto de su amigo, pero Daradoth le mandó callar con un gesto. Sin embargo, ya no oyó nada, excepto aquellos malditos susurros. Más tarde compartió la experiencia con sus compañeros, y estos se mostraron extrañados, algunos preocupados y otros esperanzados de que allí hubiera alguien más aparte de los malditos murmullos, sobre todo si buscaba algo de luz.

La "noche" no fue muy tranquila, y transcurrió con varios sobresaltos provocados por las alimañas,  murciélagos y ratas, que eran multitud allí. Muchas ratas poseían unos brillantes ojos rojos y un aspecto horripilante, al parecer fruto de sus años de exposición a la Sombra. Algunas eran demasiado atrevidas, y tuvieron que liquidar unas cuantas en el transcurso de las horas.

La jornada siguiente consiguieron ponerse de nuevo en marcha con un gran esfuerzo de voluntad. Después de un arduo camino y de esquivar un par de veces a los enemigos que los buscaban, decidieron detenerse de nuevo a descansar, agotados por los nervios y la depresión de la continua oscuridad. Daradoth volvió a escuchar la voz de la noche anterior en su sueño. "Tú eres diferente... eres diferente, sí. La Sombra no te ahoga. Tráeme luz, por favor, traéme luz... Sácame de esta oscuridad...¡¡¡Sácame de aquí!!". El profundo grito lo sacó de su sueño como la noche anterior. Mientras tanto, Symeon había entrado en el Mundo Onírico para intentar detectar alguna presencia, pero la abrumadora presencia de los susurros, la oscuridad y el frío hicieron que tuviera que abandonarlo a los pocos instantes.

Una vez más retomaron el camino, en una marcha silenciosa y apagada. Tras varias horas, sintieron algo de aire fresco venir desde el pasillo. Efectivamente, Daradoth pudo ver que más adelante había una salida a lo que parecía un patio interior, protegida por un rastrillo que impedía el paso. En la pared izquierda, un derrumbe parecía haber abierto un paso al piso superior. Galad y Symeon decidieron trepar para ver si podían levantar el rastrillo desde arriba, pero una vez allí, en lo que parecía una sala de guardia, pudieron ver que el mecanismo estaba absolutamente destrozado. Así que decidieron ayudar a los demás a subir y buscar un paso por allí. Una vez todos reunidos de nuevo en la sala de guardia, efectivamente vieron que una puerta daba acceso a la parte opuesta del rastrillo.

Nadie oía nada al otro lado, así que Galad se decidió a abrirla. Pero los siglos habían hecho mella en la madera, y tan pronto como forzó el tirador hacia sí, la hoja de la puerta se deshizo en mil pedazos. Y en la oscuridad del otro lado, unos ojos blancos sobre una sonrisa maligna de dientes afilados le miraron.

 —¡Cuidado! ¡Aquí! —gritó el paladín—. ¡Emmán, dame fuerza!

Con dificultades debido al reducido espacio, Galad se enfrentó a los elfos no muertos que esgrimieron sus armas contra él. Dos de ellos consiguieron colarse en la habitación, emitiendo un aura gélida que aterió a todo el grupo. Todos acudieron a ayudar a su amigo mientras otros dos engendros accedían a la sala.

Y entonces, el suelo se hundió bajo sus pies.

Un pequeño infierno de polvo y escombros se abatió sobre ellos mientras se esforzaban por agarrarse a las rocas de la pared. Galad sufrió la rotura de su brazo izquierdo, y Symeon de la nariz, que sangró profusamente. Todos resultaron más o menos magullados (excepto Daradoth, que hizo uso de sus habilidades sobrenaturales) y Yuria quedó inconsciente por un fuerte golpe en la cabeza. Afortunadamente, los muertos vivientes quedaron en el piso de arriba, o enterrados bajo las rocas. Tosiendo profusamente debido al polvo y sobreponiéndose al dolor, se movieron. El rastrillo quedaba ahora a su espalda, y no tardaron en atravesar la puerta que daba acceso al patio interior.

A la vista de un no muerto que los miraba fijamente desde el ventanuco del piso superior (donde debía hallarse la sala de guardia que se había derrumbado) y que provocaba escalofríos a Daradodth, Galad utilizó el escaso poder que Emmán le podía canalizar para curar su brazo y la nariz de Symeon. Pero quedó agotado. Faewald tuvo que ayudarlo sujetándolo con su hombro para llegar al otro extremo del patio, donde otro rastrillo cerraba el paso a un segundo edificio. Por suerte, esta reja estaba en peor estado que la anterior y uno de los laterales tenía un hueco lo suficientemente amplio como para que pasaran. Una vez hubieron entrado al complejo, obstruyeron el hueco lo mejor que pudieron con rocas y se internaron varias docenas de metros para poder descansar de nuevo.

"Debemos de tener un aspecto penoso", pensó Symeon. Desde luego, el grupo había vivido tiempos mejores. Con las ropas desgarradas, manchas de sangre seca, llenos de polvo, heridos, magullados, paranoicos y deprimidos, su aspecto era lastimoso. Y aun así tendrían que seguir adelante. A pesar de que Igrëithonn les había advertido, aquello era aún peor de lo que habían imaginado.

Para colmo, esa noche los susurros afectaron con fuerza a Daradoth y a Galad. El resto del grupo no tuvo más remedio que dejarlos inconscientes con sendos golpes para evitar que se perdieran o intentaran algo peor. Y el elfo volvió a escuchar la voz en su sueño. "Tú tienes luz, sí, tienes luz. Hace tanto tiempo...". Daradoth intentó comunicarse con él, lanzando preguntas mentalmente, intentando averiguar su nombre y su identidad. "No... no... no lo recuerdo...", contestó la voz. "Hace tanto... tanto tiempo... tanto frío... todo tan oscuro... ¿quien soy? No lo sé, pero necesito luz... luz... ¡¡¡por favor!!!".

Más tarde esa noche, Symeon oyó una voz cercana, una voz de mujer, conocida. Su corazón dio un vuelco cuando olió el perfume de Ashira, su esposa, que lo llamaba desde el extremo del pasillo. Caminó hacia ella. Cuando ya se encontraba intentando arrancar las rocas con las que habían atrancado el rastrillo, notó un tirón que lo apartó de ellas. Era Galad, acompañado de Faewald. Habián notado la ausencia del errante y por suerte habían podido dar con él a tiempo. Al otro lado del rastrillo se congregaban ya varios muertos vivientes que seguían la escena con sus ojos blancos y sus rictus de sonrisas letales. El paladín y el esthalio arrastraron a Symeon hasta su campamento de nuevo, dejándolo inconsciente.

Estatua Guardián
Descansaron algo más de lo que era habitual para dar tiempo a recuperarse a Symeon y a Yuria, y a continuación siguieron el camino. En aquel complejo parecía que el laberinto no era tan intrincado, y además se conservaba en mejor estado, lo que permitió que en solo una jornada llegaran al otro extremo. Un pasillo relativamente corto acababa en un arco que conducía al exterior. El único problema era que el arco estaba custodiado a ambos lados por sendas estatuas metálicas armadas con enormes alabardas; el grupo no tardó en detectar hechizos activos e imbuidos en la salida. Se detuvieron a pensar, pero la pausa no podría prolongarse más que unos pocos minutos, pues ya escuchaban el ruido de sus perseguidores acercándose.

Daradoth decidió hacer uso de sus hechizos para atravesar con un enorme salto la arcada. Así lo hizo; con un salto de más de quince metros de longitud, pasó rápidamente entre las estatuas y bajo el arco, y salió al exterior sin más problemas. Aterrizó sobre el césped irregular de la colina, y se giró rápidamente. Las estatuas permanecian quietas y sus compañeros seguían indecisos. Los instó a avanzar, y Symeon así lo hizo. Pero cuando el errante se encontraba a unos tres o cuatro metros de las dos moles, estas se movieron bruscamente, girando el torso y la cabeza para mirarlo, y con un estruendo metálico, cruzaron las alabardas ante la puerta. Symeon retrocedió rápidamente. El grupo se miró a la escasa luz de la Joya y el talismán, cansados y asustados.

Todo se aclaró cuando Arakariann y Ginnerionn se acercaron a las estatuas, y estas permanecieron inmóviles. Desenvainaron sus armas y con mucho cuidado, acongojados, atravesaron la puerta; nada sucedió. Con cada uno del resto de integrantes del grupo, las estatuas se comportaron de igual modo que con Symeon; parecía que solo permitían pasar a aquellos con sangre élfica en sus venas. Y detrás de ellos, los pasos y los sonidos metálicos eran cada vez más claros; y además, un rugido sobrenatural les dejó la sangre helada. Por allí detrás no solo venían muertos vivientes; algo peor se acercaba. Galad, Faewald y Taheem desenvainaron sus armas, prestos a oponerse a cualquier enemigo que doblara la esquina; cada uno elevó sus propias oraciones, preparados para vender cara su vida.

De repente, algo se iluminó en la mente de Symeon.

 —¡Daradoth! —increpó el errante—, ¡danos permiso para pasar por la arcada! ¡Es nuestra última oportunidad!

 —¡Dejad pasar a mis acompañantes, guardianes! —gritó el elfo en Alto Cántico. Miró a sus amigos, maldiciendo el dolor de su pierna y sintiéndose impotente. Lágrimas asomaron a sus ojos; desenvainó su espada en un gesto fútil.

Symeon reunió a los demás y les instó a avanzar hacia el pórtico. Lentamente al principio. Pero cuando el primer enemigo apareció por el corredor profiriendo un grito espantoso, rompieron a correr.

 —¡Si no lo conseguimos no desfallezcas, amigo mío! —gritó Symeon—. ¡Aredia está en tus manos!

 —¡Calla y apresuraos! —contestó Daradoth, apretando el puño de la espada. Señaló con el dedo a las estatuas y volvió a rugir en cántico—: ¡Dejadlos pasar! ¡No os mováis! ¡¡¡No os mováis, maldita sea!!!

Un escalofrío recorrió la espalda del elfo cuando sus amigos llegaron a la altura de las estatuas, y la relajación y el alivio que sintió fueron inmensos cuando estas permanecieron inmóviles y el grupo pisó por fin el césped. Los primeros no muertos los seguían de cerca, pero cuando Daradoth se aprestaba a mandar a las estatuas que atacaran, la orden se reveló innecesaria, pues estas volvieron a realizar sus bruscos movimientos, y el primero de los enemigos, que brillaba en un fuego azul, rebotó literalmente contra los mangos de las alabardas. Daradoth prefirió asegurarse:

 —¡Que no pasen! —ordenó—. ¡Acabad con ellos! ¡Con todos ellos!

Reunidos de nuevo, abrazándose brevemente confortados por el calor de la amistad en medio de la fría hostilidad de aquel lugar, dieron media vuelta y se apresuraron pendiente abajo mientras las estatuas bloqueaban el portal. Solo Daradoth era capaz de ver más allá de unos cuantos metros, y la magnificencia del lugar le sobrecogió. El complejo de los Santuarios se extendía a lo largo de muchos kilómetros cuadrados, y abarcaba varias colinas. Aquella en la que se encontraban dominaba todo el entorno, y desde ella se podían ver multitud de edificios; en lo alto de la colina central se encontraba el complejo principal, pero antes de ella se alzaban multitud de templos y enormes edificios que no pudo identificar. Todo ello intercalado con el bosque y los ciclópeos árboles de Essel.

Corrieron sobre el césped seco hasta llegar a un pequeño complejo de muretes y plantas muertas dispuestas en hileras ordenadas. Una estatua dominaba todo el conjunto, a todas luces destrozada intencionadamente. Recuperando el aliento, se hizo claro para el grupo que aquel complejo era sin duda un templo al aire libre, y por lo que dedujeron, seguramente un templo dedicado a Valdene1. Siguieron corriendo hasta llegar a un edificio aceptablemente conservado en una de las hileras de edificios principales, y allí se derrumbaron.

No tardaron en darse cuenta de que en el interior de aquel edificio los susurros eran mucho más tenues, y de que no hacía tanto frío. Se apretaron los unos contra los otros, reconfortados. Por fin podrían descansar un poco. Daradoth no tardó en recibir de nuevo la visita de la desconocida voz. "Estás cerca, te siento más cerca. Tu luz me consuela. Pero aún hace tanto frío...".  El elfo volvió a preguntar por la identidad de quien le hablaba, que a esas alturas tenía claro que era un elfo. "No recuerdo... hace tanto tiempo... tanto... y el frío...". Daradoth preguntó si conocía a algún kalorion, quizá a Trelteran. "Trelteran... ¡Trelteran! Es el frío encarnado, la mentira, ¡la oscuridad! Lo recuerdo, ¡lo recuerdo! Y recuerdo a Nagardazîr... maldito... fue muy duro... ¡pero hace tanto! Pobre, pobre Nagardazír". A continuación, Daradoth le preguntó por el antiguo brazo de Oltar del que les había hablado Igrëithonn, Ecthërienn. "Ecthërienn... Ecthërienn... lo recuerdo... lo recuerdo, sí... mucha Luz... aguerrido... pero la Sombra... la Sombra acabó con él... y el frío... el frío...". Hasta ahí llegó la conversación.

Galad despertó a un entorno de color gris pálido, aunque demasiado oscuro para su gusto, y comprendió que estaba soñando. Symeon estaba a su lado, sorprendido por encontrarse en el Mundo Onírico. Pero el entorno estaba mucho más tranquilo de lo que lo había estado la última vez que había entrado hacía un par de días, apenas era distinto del Mundo Onírico más tranquilo que conocía. Miró al paladín, que tenía la vista fija en lo alto, sin poder despegar la mirada.

 —Aquella estrella... aquella estrella me llama... —susurró Galad.

Symeon lo tranquilizó, y levantó la vista. Efectivamente, una estrella igual que la que le había atraído a él mismo  hacía unos días se veía en lo alto, pequeña, titilante, humilde. Y Galad no podía dejar de mirarla. "¿Habrá dado la casualidad de que el templo donde estamos era precisamente el consagrado a Emmán? Hemos tenido suerte, pues", pensó Symeon, recordando las palabras que había recibido de los entes celestiales varias noches atrás. Decidió poner toda la carne en el asador y llevarlos a los dos hacia la estrella; para su sorpresa, consiguió hacerlo; Galad y él se acercaron rápidamente hacia el lucero, que pronto fue creciendo en tamaño y en brillo. Pero el esfuerzo era supremo, y pronto el errante se sintió agotado; así que haciendo acopio de todas sus fuerzas, propinó algo parecido a un empujón al yo onírico de Galad, y él se dejó caer, liviano como una pluma, hacia el suelo.

La estrella pronto ocupó todo el ángulo de visión del paladín, cegándolo y llenándolo de su calor. Algo le tocó en el hombro mientras se posaba sobre un suelo invisible y caía irremediablemente de rodillas, mientras Él le miraba. La luz lo inundaba todo, pero la visión de Galad alcanzaba lo suficiente para reconocer la silueta de un hombre ataviado con túnica, de larga melena, luenga barba, y ojos brillantes como la mañana. Su voz, aunque sobrenatural y polifónica, era amable en el fondo.

 —Mucho hay en juego, hijo mío. Mucho depende de vosotros. La propia Luz ha depositado sus esperanzas en este viaje.

 —Santísimo Padre —contestó Galad, los ojos empañados por las lágrimas—, no sé si soy digno de tamañas esperanzas. Somos solo unos pobres mortales sin nada especial...

 —Tu humildad te honra, hijo mío, y me regocijo al escucharla. Por eso, Yo te elijo, y te ofrezco mi guía. Ten fe y sigue mis preceptos.

Acto seguido, Emmán —"¿pues quién si no puede ser?"— tocó la frente de Galad con su mano. El paladín sintió cómo una Luz abrasadora lo inundaba, quemaba su mente y luego su cuerpo, y todo explotó. Emmán le había concedido un don, y así lo percibió cuando despertó junto a Symeon en el Mundo Onírico. El errante lo miró aliviado, pero también preocupado cuando Galad se giró bruscamente al oír una voz. "Tú... tú también eres portador de luz. Pero eres diferente... por favor, dile al otro que me traiga la luz, que se acerque más... hace mucho frío... está muy oscuro... oscuro...". Antes de recordar la voz onírica que Daradoth ya había mencionado, Galad buscó el origen de tales palabras, en vano. Symeon optó por sacarlos rápidamente al mundo de vigilia. Ya despiertos, todos se fijaron en que los ojos de Galad despedían un fulgor especial (sus iris rebosaban de pequeños puntitos de luz), y su aspecto y voluntad se encontraban renovados: Emmán le había concedido su favor. Con él, el paladín curó fácilmente la herida de Daradoth y recuperó un poco la moral del grupo.

Daradoth, por su parte, se notaba henchido de poder desde que habían cruzado el pórtico de las estatuas gracias a los enormes árboles que se encontraban por todo el recinto, y esa noche, como pasaría ya cada noche posterior, volvió a recibir la visita de la voz en su sueño. La conversación fue muy parecida a la del día anterior, para frustración del elfo.

Al despertar, Symeon los reunió para recordarles las palabras que le habían revelado los avatares hacía unos días. "Los elegidos tenían que buscarlos y encontrarlos". Por lo que parecía, Galad ya había conseguido encontrar a Emmán, y no sabían cuántos de ellos habían sido elegidos por los dioses, así que sugirió que los siguientes días deberían pernoctar en cada uno de los templos que se alzaban a lo largo del siguiente kilómetro y medio. Los edificios estaban deteriorados, y las estatuas y reliquias hacía tiempo que habían sido destrozadas, pero aun así podían identificar a qué avatar estaba dedicado cada uno de ellos gracias a los relieves y la simbología; así empezó un periplo de varios días por los templos. Afortunadamente, en la mayoría de ellos los susurros eran mucho más tenues y el frío y la oscuridad menos intensos, con lo que no fue una experiencia tan dura como atravesar los bastiones.

La siguiente "noche" acamparon en el templo consagrado a Ninaith2. Ante la fuerza que esa noche mostraron los susurros, Galad no tuvo más remedio que hacer uso del don de Emmán y erigir una esfera de protección que evitara que fueran afectados por ellos. Por otro lado, fue Symeon quien se vio convocado al Mundo Onírico y vio la estrella de nuevo. Ascendió como había hecho varias noches atrás, y allí una voz polifónica pero predominantemente femenina le habló:

 —Mucho hay en juego, hijo mío. No dudes de ti mismo, pues estoy segura de que encontrarás el camino de vuelta algún día —estas últimas palabras conmovieron profundamente a Symeon, que no pudo evitar derramar sus lágrimas—. El conocimiento será tu guía —a continuación, un suave toque en la frente provocó una explosión de luz. Ninaith le concedió su don, una especie de inspiración divina que agudizaría en lo sucesivo la intuición de Symeon y le proporcionaría recuerdos que nunca supo que tenía.

El siguiente período de descanso fue en el templo dedicado a Oltar3. Ese descanso los recuperó bastante, pues el templo de Oltar resultó ser el que más resistía todavía a la Sombra. Mientras Arakariann y Galad se encontraban de guardia, el suelo tembló levemente, sacudido por unos fuertes golpes metálicos. Todo el grupo despertó, alarmado. En breves momentos dos enormes colosos, sin duda constructos sobrenaturales ataviados con armaduras negras y enormes hachas, se detuvieron ante la puerta del templo. Eran mucho más altos que la abertura, que solamente permitía verlos hasta la altura del pecho. De repente, algo rugió órdenes en una lengua áspera y desconocida, y los constructos volvieron a ponerse en marcha; el grupo al completo suspiró, aliviado. Aparte de eso, nada más ocurrió; nadie resultó ser el elegido de Oltar.

Cambiaron su campamento entonces al templo dedicado a Demmerë4. En el interior brillaba todavía una llama, pequeña y titilante, pero viva. La llama eterna de Demmerë, que Daradoth les explicó que se mantenía encendida en todos sus templos. Era increíble que aquí no se hubiera apagado aún, y dieron gracias por ello, pues era señal de que la Luz todavía sobrevivía allí. Efectivamente, los susurros dejaron de ser audibles, y el frío prácticamente desapareció. Nadie fue convocado al Mundo Onírico esa noche, por desgracia. Pero mientras Symeon y Daradoth se encontraban de guardia, una figura enorme, una especie de lobo hecho de sombras y con los ojos rojos como ascuas se acercó a la entrada. El vello de Daradoth se erizó, y empuñó silenciosamente su espada. Symeon vio cómo el "lobo" intentaba "olfatear" algún vestigio de poder en los alrededores ("¿cómo sé que está haciendo eso?", pensó), pero no tuvo éxito y decidió continuar su búsqueda en otros lares. Por otra parte, el elfo recibió de nuevo la visita de la voz, que se mostró más enfadada que de costumbre, pues "hacía días que no se acercaban y necesitaba la luz".

En vista de la excelente protección que les había brindado el templo de Demmerë, decidieron pasar a partir de entonces los "días" allí, mientras turnaban la pernoctación en el resto de templos.

La siguiente parada fue en el templo de Ammarië5. En el exterior, el movimiento de buscadores fue en aumento, pero no consiguieron dar con ellos. Desgraciadamente, tampoco nadie fue convocado al Mundo Onírico.

Decidieron acampar después en el templo consagrado a Nassaröth6. Esta vez fue Daradoth quien se vio a sí mismo en el Mundo Onírico junto a Symeon. El errante lo condujo hacia la estrella que lo llamaba igual que había hecho con Galad, cayendo a mitad de camino mientras empujaba a su amigo.

 —Mucho hay en juego, hijo mío —la letanía fue pronunciada esta vez por una voz potentísima; con la misma tesitura polifónica que las demás, pero donde dominaba una voz de hombre arrolladora y grave—. Mucho has cambiado en los últimos tiempos, y me llena de gozo, pero esto solo es el principio. Tu destino es un alto monte lleno de espinas y grietas, mas debes cumplirlo, no te desvíes; mantente digno, y no desfallezcas. Ahora, ¡ve y destrúyelos!

Una mano tocó la frente de Daradoth, que notó miles de descargas eléctricas por todo su cuerpo mientras desde su frente se propagaba un calor abrasador y solo podía ver un resplandor blanco. Se encontró junto a Symeon de nuevo. "¡Sí! ¡Sí!", volvió la voz, "La luz, necesito la luz... ven rápido, por favor, ven rápido... te he esperado tanto tiempo... sácame de aquí, por favor... hace demasiado frío, demasiado...¡ven! ¡VEN YA!".

Cuando Symeon lo sacó al mundo de vigilia, sus ánimos estaban renovados y se sentía capaz de acabar con un ejército sin ninguna ayuda...


1. Valdene es la avatar de la Fertilidad, la Vida, el Renacimiento, la Feminidad, la Tierra y sus frutos.
2. Ninaith es la avatar del Saber, el Conocimiento, el Discernimiento, la Razón, la Intuición y la Erudición.
3. Oltar es el avatar de la Luz, el Día, el Aire, la Alegría y la Esperanza. 
4. Demmerë personifica los valores de la Belleza, el Arte, la Inspiración, el Caos Creador y el Fuego. 
5. Ammarië es la avatar de la Eternidad, las Estrellas, el Cielo y el Destino.
6. Nassaröth es el avatar de la Fuerza, los Logros Inesperados y la Superación Personal.

miércoles, 29 de enero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 14

Descenso a  la Oscuridad
Esa noche, Symeon volvió a entrar al Mundo Onírico. Y la influencia de la Sombra era evidente.

Al principio se encogió, abrumado por la intensidad de los susurros que ya había percibido en el mundo de vigilia, pero de forma mucho más atenuada. Sombras inmóviles le miraban (o así lo creía, pues eran negras como la más oscura noche) y le susurraban palabras de locura, mientras desde los afilados árboles, ojos brillantes sin cuerpo que los acompañara se giraban hacia él.

Con un esfuerzo sobrehumano consiguió alterar su entorno para apagar parcialmente las malditas voces que le susurraban al oído y así no ceder a la locura que había empezado a dar los primeros latigazos en su mente. Recuperando el aliento e ignorando a las sombras inmóviles, intentó revelar la verdadera naturaleza de los inquietantes ojos que le observaban desde las ramas; no tuvo éxito en tal intento, pero entonces, algo cambió. Algo nimio; un punto de luz, una estrella, se había iluminado allá en lo alto, pequeña, humilde, pero firme y claramente visible. Symeon sintió que el pequeño lucero le llamaba, le quería salvar, sacarlo de aquella oscuridad pegajosa. Así que inconscientemente recurrió a sus habilidades oníricas, y Viajó. Viajó como nunca había Viajado antes, hacia arriba, muy arriba, cada vez más cerca de la luz, de la esperanza.

Ya veía la estrella con el tamaño de una manzana, cuando algo tiró de él hacia atrás. Algo oscuro, frío, pegajoso. No miró; todos sus esfuerzos se centraron en seguir su viaje, continuar hacia arriba y salvarse. Unos segundos de agonía transcurrieron mientras aquel tirón elástico lo hacía retroceder; frenéticamente aplicó todas sus capacidades de Alteración y Control para librarse de aquella presa, y finalmente algo se partió. El errante volvió a acercarse hacia la estrella, bañándose cada vez más en su fulgor. De repente, sintió un frenazo brusco que casi le hace vomitar, y una luz cegadora y omnipresente lo envolvió bañándolo en un calor reconfortante, pero provocándole una incómoda falta de visión. Pocos segundos más tarde, unas voces polifónicas hablaron a su alrededor:

 —No estáis solos, maese buscador —dijo una de ellas.

Symeon parpadeó, confundido por el intenso resplandor y lo extraño de las voces, que parecían tener varios tonos, tanto de hombre como de mujer, en ellas.

 —De vuestras gestas depende el futuro de la Luz —afirmó otra—. No habéis pasado desapercibidos, en absoluto.

 —No desfallezcáis, por nada. Trataremos de ayudaros, buscador, pero nuestra fuerza es débil allí.

 —Debéis buscarnos, elegidos, y encontrar el destino.

Algo tocó la frente de Symeon, posiblemente una mano, pero no pudo estar seguro. Su frente pareció arder y despertó en el acto, con la sensación de que tenía una especie de marca en su interior, una marca de Luz que todavía no sabía cómo emplear. A su alrededor, Galad y los demás soltaron un suspiro de alivio, pues no era habitual que no hubieran podido despertarlo de un sueño muy agitado. El errante explicó toda su vivencia y refirió las palabras que le habían confiado de la forma más textual que le fue posible. ¿Quiénes habrían sido los dueños de aquellas voces? ¿Arcángeles? ¿Avatares? El grupo se sintió reconfortado y preocupado a partes iguales.

Los Santuarios de Essel en los tiempos antiguos


Tras el habitual sueño intranquilo e intermitente, se pusieron de nuevo en marcha en la oscuridad. Con el rudimentario entablillado realizado por Yuria la noche anterior, el grupo consiguió poner a Daradoth en camino, aunque tendrían que ir con sumo cuidado para que la herida del elfo no empeorara durante el esfuerzo.

Antes de partir, sin embargo, Faewald los reunió en un breve aparte. El esthalio se mostraba claramente afectado por los susurros del entorno (incluso contó que le hablaban sobre Rheynald y Valeryan), e insistió en que tendrían que pensar más en las palabras que el arcángel Dirnadel había dirigido en el Mundo Onírico a Symeon. Durante unos minutos durante el desayuno, discutieron sobre la conveniencia de intentar convencer a Igrëithonn de liberar al arcángel y que este tomara el control. Finalmente, decidieron hacerlo y entablaron con el antiguo príncipe una conversación sobre el tema. Pero este se mostró muy preocupado por tal posibilidad, y aseguró que no podría garantizar la integridad física del grupo en tal caso. Así que decidieron continuar el viaje como hasta entonces.

Esa mañana, Arakariann parecía más ausente que de costumbre, y aunque intentaron hacerle reaccionar, lo consiguieron de forma limitada; los susurros habían conseguido llegar a lo más profundo de su ser, como habían hecho con Talítharonn y Taheem. Tendrían que mantenerlo vigilado, igual que al vestalense.

A medida que fue transcurriendo el día y se iban acercando a los Santuarios, los susurros se iban haciendo más claros, y un escalofrío recorría su espina dorsal cuando alguien les musitaba algo justo detrás, tan cerca que incluso alcanzaban a sentir su aliento en el vello de la nuca o de la oreja. Solo aquellos con los nervios más acerados eran capaces de contener ya el malestar.

Por la tarde (siempre según sus soposiciones y el tiempo de viaje) vieron los primeros edificios que anunciaban la presencia de la ciudad alrededor de los Santuarios. Todos ellos en ruinas, por supuesto, algunos apenas reconocibles. Rodeando un edificio accedieron a una especie de antigua plaza, apenas invadida por la vegetación. Daradoth dio la orden de detenerse al grupo. Su habilidad de ver en la oscuridad le había permitido visualizar al otro lado de la explanada una figura inmóvil, que miraba hacia ellos.

 —Debió de ser un elfo hace tiempo —dijo el elfo—, pero ya no lo es. Es enjuto y lívido, y sus ojos son totalmente blancos y hundidos. Apenas hay carne en su cuerpo, y el hedor de la muerte lo rodea. Creo que es un retornado (así llamaban los elfos a los no-muertos).

Daradoth comenzó a caminar hacia atrás, presa del temor. Y ese momento de descanso fue terrible para casi todos los demás, pues los susurros fueron más presentes que nunca, y su claridad ahora hacía muy difícil ignorarlos. Galad cayó al suelo, sollozando y gritando que no era digno de su dios. Faewald salió corriendo, aterrado, pero Symeon, menos afectado, consiguió retenerlo lanzándose a sus pies y agarrándolo con fuerza. Taheem se arrodilló, desolado, y sacó su daga dispuesto a cortar los vasos sanguíneos de sus muñecas. Mientras Ginnerionn aguantaba estoicamente, Arakariann salió corriendo hacia una de las casas, apenas sugerida por la fuente de luz de Galad. Yuria comenzó a temblar cuando los susurros le hablaron de su tía y le sugirieron que sabían donde se encontraba su padre, pero consiguió resistir las ganas de correr hacia la oscuridad.

En ese instante, el elfo lívido comenzó a caminar hacia ellos, con un gesto entre cruel y enajenado en su rostro; sus ojos blancos parecían ir a salirse de las órbitas mientras se acercaba. Daradoth gritó con voz rota mientras corría (con peligro para su pierna) a refugiarse entre las enormes raíces del árbol a su espalda. Igrëithonn ignoró las órdenes de Dirnadel y sacó su segunda espada, evitando así enfrentarse al arcángel. Justo en el momento en que el retornado aparecía al alcance de la luz de la joya de su frente; una oleada de frío le precedía, y este mordió como un vampiro en las almas de todos los presentes. Yuria disparó una de sus armas y le impactó en el centro del pecho, pero para consternación de la ercestre la bala no pareció causar ningún efecto. Con un grito, Igrëithonn se enzarzó en combate con el engendro, que con un gesto impasible detuvo su golpe.

Mientras tanto, unos grandes golpes se habían oído acercándose desde detrás de la casa a su derecha. Los reflejos de combate de Yuria apenas bastaron para esquivar un enorme martillo que apareció desde la nada y que si la hubiera alcanzado la habría convertido en fosfatina. La oscuridad era casi absoluta, con Galad caído e Igrëithonn en combate, así que solo podía confiar en sus otros sentidos. Esquivó de nuevo otro impacto, y alcanzó a vislumbrar una figura enorme, vestida con una armadura de metal. "¿Hay alguien ahí dentro? Si lo hay, debe de ser uno de esos trolls", pensó. Afortunadamente, el gigantesco ser se movía lo suficientemente lento como para poder esquivarlo con solvencia, pero un paso en falso sería fatal.

Symeon respiró aliviado cuando Faewald dejó de patalear y forcejear y comenzó a sollozar hecho un ovillo. Estaba agotado por el esfuerzo, pero lo poco que podía ver con las variables luces de Galad e Igrëithonn era desolador. No obstante, aquella marca que alguien había implantado en él en el Mundo Onírico empezó a titilar. Y enseguida supo qué hacer. La dirigió hacia Galad y la lanzó sobre él, no supo cómo, pero lo cierto es que el paladín pareció reaccionar. Un aura apareció a su alrededor, un aura que a pesar de no iluminar alrededor le daba un aspecto impresionante; con un rostro sorprendentemente calmado y sobreponiéndose al halo de frío que emanaba del no muerto que tenía contra las cuerdas a Igrëithonn, Galad alzó el crucifijo que llevaba siempre encima desde su visita a Emmolnir. El objeto brilló con una luz plateada, y algo cambió en el engendro; el frío que despedía se apagó, se detuvo de repente, y chillando de una forma horrible dio la vuelta y se perdió en la oscuridad.

A continuación, Galad, Igrëithonn y Yuria trataron de hacer frente al enorme enemigo de la armadura, pero sus ataques no parecían hacer mella, así que reunieron al resto del grupo y huyeron; no les costó mucho dejarlo atrás y refugiarse en un edificio en ruinas. Cayeron extenuados y trataron de recobrar el aliento. El resto del día avanzarían más lentamente, haciendo uso de la capacidad de detectar enemigos de Galad y la visión en la oscuridad de Daradoth. Finalmente, tras dar un par de rodeos para evitar encuentros indeseados, acamparon en el sótano de un antiguo almacén. Tras la cena, Yuria consiguió arreglar el entablillado de Daradoth y hacerlo mucho más recio, de manera que el elfo podría someter su pierna a esfuerzos algo más intensos sin peligro.

Como siempre, maldurmieron con los susurros siempre presentes. Por su parte, Symeon decidió salir del Mundo Onírico tan pronto como entró, tal era el nivel de actividad que detectó.

El día siguiente siguieron en el mismo orden de marcha, avanzando de forma exasperantemente lenta, con Galad detectando y Daradoth oteando. Hasta que en un momento dado, Galad no tuvo más remedio que dejar de canalizar el poder de Emmán, pues apenas lo percibía. Allí la Sombra era fuerte, y su dios no parecía poder prestarle más que unas escasas gotas de su poder. Afortunadamente habían avanzado bastante y en una rápida caminata consiguieron llegar a la vista de uno de los bastiones —en ruinas— que daba acceso a las colinas donde se levantaban los Santuarios. Sorprendentemente, en el interior del recinto, los edificios parecían encontrarse en mucho mejor estado, según les informó Daradoth. Pero había un problema: en medio del camino se alzaba un coloso como el que se había enfrentado a ellos la jornada anterior y que casi aplasta a Yuria. Evitando el uso de iluminación y dada la oscuridad existente, era imposible rodearlo. Para colmo, unos minutos después, Daradoth comenzó a ver una especie de fulgor que iluminaba con un resplandor rojizo el contorno de algunos edificios. Y se movía hacia el coloso. Poco después aquello que despedía el brillo rojizo llegaba a la altura del enorme guardián inmóvil. Daradoth abrió los ojos y el corazón casi le estalla en el pecho cuando vio aparecer la brutal estampa de un demonio. Un demonio que le recordaba a Khamorbôlg, el kalorion que habían podido ver levemente en las tormentas del desierto vestalense. A duras penas pudo reaccionar a la impresión que le causó ver a aquel ser de pesadilla y describirlo a sus compañeros. Ahora sí que era imposible que rodearan el lugar sanos y salvos.

Los minutos de descanso, silencio y relativa calma fueron fatales de nuevo para la resistencia del grupo a los susurros. Esta vez ninguno fue capaz de resistir ya a la presión. Yuria, Daradoth, Galad, Symeon, Taheem, Faewald, Arakariann y Ginnerionn; todos ellos notaron cómo las voces vencían su resistencia y quebraban su cordura en mil pedazos. Los pensamientos se arremolinaron en un torbellino negro de depresión y autodestrucción.

De pronto, luz. Todos reaccionaron sorprendidos, olvidadas ya las ansias suicidas y homicidas cuando vieron a Igrëithonn frente a ellos, con Purificadora desenvainada y en alto, iluminando la escena con luz mortecina. El rostro del elfo daba cuenta de su lucha interna con el ser divino imbuido en el arma.

 —Sois la última esperanza —dijo, luchando denodadamente por que cada palabra saliera de sus labios. Dejó su Joya de Luz a Daradoth y asintió con un gesto que el grupo al completo devolvió. Acto seguido, su rostro se relajó y sus ojos adquirieron un fulgor dorado. Con un estruendoso grito, se abalanzó sobre el coloso y el demonio, perdiéndose los tres en la oscuridad tras los edificios en el fragor del combate.

Tras encender de nuevo las dos fuentes de luz, se precipitaron hacia el bastión de acceso a los Santuarios y lo cruzaron. Mientras avanzaban colina arriba, Daradoth pudo ver aparecer abajo una pequeña multitud de figuras que se dirigían hacia donde Igrëithonn y los enemigos combatían, y de los que solo alcanzaba a ver el resplandor que los envolvía.

Una vez en la cima de la colina, llegaron al pie de la fortaleza que guardaba los Santuarios, integrada en dos masivos árboles monumentales que formaban parte del complejo. Según les había contado Igrëithonn, los Santuarios habían devenido con el paso de los siglos en mucho más que un lugar de peregrinación y oración, se habían convertido en el verdadero centro neurálgico de la lucha contra la Sombra en la Era Legendaria, y por tanto además de haber dado lugar a varias poblaciones a su alrededor, se habían defendido con fortalezas, muros y bastiones. Y ahora se alzaba ante ellos uno de aquellos alcázares, sorprendentemente bien conservado. Cruzaron sin aliento la puerta destrozada y se sentaron a descansar, con la respiración entrecortada.

jueves, 23 de enero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 13

El Gran Bosque de Essel
Por la mañana y a la luz del sueño inspirado por Emmán, Galad no pudo evitar exponer sus serias dudas respecto a la búsqueda del orbe de Curassil. A toda la oscuridad y visiones que había presenciado había que sumar sus propias sensaciones, pues el sueño no era solamente una representación visual; todavía sentía frío en su interior, un frío que había helado su alma durante su ensoñación, y un sentimiento apocalíptico que sacudía su temple.

Durante largo rato discutieron sobre las reservas del paladín y su mejor curso de acción, pero poco podían hacer; según les aseguraban Igrëithonn y Erythyonn, el Pacto caería en cuestión de meses si no detenían a aquellos enjambres, y toda Aredia le seguiría poco después. Así que para todos estaba claro que tendrían que acompañar al elfo en su búsqueda, al menos en la primera etapa, transportándolo a bordo del Empíreo. En un momento dado, alguien mencionó la posibilidad de que el orbe pudiera ser usado solamente por el Brazo de Oltar y no fueran capaces de desatar su poder, resultando la toda búsqueda en un fiasco. Daradoth sacó entonces a colación a Somara, cuyas habilidades sobrenaturales le hacían sospechar que podía tener el favor de algún avatar, quizá incluso del mismísimo Oltar.

Así que Symeon buscó a Somara y la incorporó a la reunión. Cuando le explicaron la situación, sus sospechas y la posibilidad de que ella fuera la única que pudiera ayudarles a utilizar el orbe, su rostro, sincero siempre, transmitió su sorpresa y su angustia interior ante tal responsabilidad. No obstante, aunque (una vez asimiladas las revelaciones) no se opuso a ayudar al grupo con todas sus fuerzas, sí que pidió encarecidamente que la devolvieran a su hogar. Su vientre ya mostraba los síntomas de su embarazo, y anhelaba volver a ver a su familia y su marido. Yuria aceptó calcular un desvío de tres días en la trayectoria del dirigible, que sería suficiente para hacer descender a Somara en su mansión (si es que seguía en pie). La búsqueda planteaba muchísimos interrogantes y no era seguro que acabara bien para nadie, así que lo mejor sería dejar a Somara a salvo en Arbanôr a la espera de los acontecimientos.

El día siguiente, el Empíreo recibía a bordo al grupo, a Igrëithonn, a Talítharonn (el elfo capaz de predecir y controlar limitadamente el clima), a Somara y sus dos guardianes, y a los montaraces Arakariann y Ginnerionn. Además, cargaron un par de mulas y provisiones para dos meses. Más al norte recogieron a Neâderoth, uno de los monjes capaces de proyectar como arma ofensiva el aura de los talismanes de nulificación y, como Igrëithonn, uno de los pocos que había puesto pie en los Santuarios en los tiempos antiguos.

Poniendo rumbo al sur sin más incidentes (Talítharonn se mostró fundamental para evitar las grandes tormentas), llegaban en menos de dos semanas a Arbanôr y la mansión de Ginathân, aparentemente tranquila, donde dejaron a Somara. Según les informaron allí, la situación en Dársuma era bastante complicada, puesto que aunque Ginathân había conseguido tomar el control, los líderes de la plebe se encontraban enfrentados a él y le estaban poniendo en serios aprietos. Todo ello ante las tropas del Káikar, que podían decidir inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro. Daradoth se despidió de Somara recomendándole que huyera hacia el norte si la situación se torcía, y sosteniendo su mirada largo tiempo.
Varios días después, más de mil kilómetros hacia el este, el Empíreo sobrevolaba el Gran Bosque de Essel.
Tras poco más de una jornada, al anochecer, Daradoth inspeccionaba el entorno en la proa. El viento invernal era frío, pero su naturaleza élfica lo encontraba más bien confortable. No obstante, no pudo reprimir un escalofrío cuando, urdidos entre los silbidos que el Gregal provocaba en las aletas del casco, llegaron hasta sus oídos unos susurros. Miró a lo lejos, asiendo con fuerza la regala, y aguzó el oído, pero los susurros debían de ser transportados desde muy lejos, pues no eran más que una promesa sugerida entre los zumbidos, siempre al límite de la audición. Un poco más atrás, Igrëithonn también se puso alerta, mirando hacia el horizonte en la oscuridad de la noche, y anunció:

 —Debemos detenernos aquí. Continuaremos a pie.

Y así lo hicieron. Cuando Yuria y el capitán Suras descubrieron un lugar adecuado, descendieron todos ellos y bajaron las mulas. De momento, el bosque no daba ninguna señal de la presencia de la Sombra, excepto por los levísimos susurros que solo los elfos parecían capaces de captar de momento. Para sorpresa de sus compañeros, Igrëithonn expresó su temor ante la ordalía que tenían ante sí, y por un momento todos temieron que hubiera perdido la cabeza cuando expresó sin ambages sus reservas a seguir el camino. Llegó incluso a sugerir que en lugar de continuar aquel sinsentido, deberían acudir a Doranna para pedir ayuda a los más sabios y poderosos de los recluidos allí.

Afortunadamente, la aparente enajenación de Igrëithonn no duró mucho, y pronto todos coincidían en que era demasiado tarde para volver atrás, había demasiadas cosas en juego como para retroceder. En breve tiempo habían establecido un campamento para pasar la noche y el Empíreo partía hacia el oeste para esperar en un sitio seguro las órdenes del grupo a través del búho de ébano.

Symeon entró al Mundo Onírico al poco rato, bajo el habitual hechizo protector de Galad. Lo primero que le llamó la atención y que le puso los pelos de punta era que todo parecía más oscuro de lo habitual. Las siluetas de los árboles eran negras como la noche y lucían las ramas desnudas, afiladas como cuchillas. En un rincón veía una pequeña llama que apenas iluminaba, y que debía de corresponder a su fogata del campamento; era la primera vez que veía que uno de sus fuegos tenía representación onírica, y aunque podía imaginar su significado, prefirió no pensarlo mucho; la llama era pequeña y titilante, languideciendo en la oscuridad del entorno. Abrió mucho los ojos (o lo pretendió) cuando, ante la pequeña lumbre, vio una figura dorada acurrucada, intentando conseguir algo de calor. Las alas de su espalda no dejaban duda sobre su identidad: sin duda debía tratarse de Dirnadel, el arcángel de Eryontar. El errante se encogió cuando la figura se levantó y dirigió hacia él las manchas doradas que eran sus ojos.

 —Debéis retroceder si no queréis morir todos, errante —dijo con una voz estremecedora.

 —Mi señor —contestó Symeon, tras tragar saliva—, entiendo lo que queréis decir, y lo comparto, pero si queremos tener una oportunidad de que Aredia se libre del yugo de la Sombra, debemos continuar y aceptar los sacrificios que sean necesarios.

Dirnadel lo miró fijamente, como taladrándolo, durante unos insoportables segundos. Y continuó:

 —Entonces, maese buscador, si queréis tener alguna posibilidad, debéis convencer a Eraitan —usó el verdadero nombre del príncipe— de que me libere.


La Sombra en los bosques esselios

Con la promesa de intentarlo, Symeon abandonó el mundo onírico exhalando un suspiro de alivio. El día siguiente todos se mostraron preocupados por lo que el errante les contó, pero juzgaron que era demasiado pronto para intentar convencer al elfo de lo que había recomendado el arcángel. De hecho, ni siquiera estaban seguros de que fuera una buena idea en ningún momento. Así que después de un frugal desayuno, comenzaron su camino a través de la espesura. Se dirigieron hacia el noreste, en busca de uno de los antiguos caminos; Igrëithonn confiaba en que se conservara lo suficiente como para ayudarles a encontrar los Santuarios.

Arakariann y Ginnerionn, los montaraces, se perdieron entre la espesura para vigilar los alrededores mientras el resto avanzaba con las mulas. El bosque, antiguo y colosal, era tupido, y en la penumbra avanzaron bastantes kilómetros entre el canto de los pájaros y el sonido del viento en el follaje. Agotados por la dura marcha, buscaron un sitio para acampar y pasar la noche. En el Mundo Onírico, Symeon vio que todo era básicamente igual que el día anterior, quizá los árboles tenían un aspecto algo más amenazador, pero eso era todo.

El segundo día de viaje transcurrió en una penumbra cada vez más profunda hasta que por fin, los montaraces reconocieron lo que en tiempos antiguos debía de haber sido un camino. Para el grupo, nada evidenciaba que por allí hubiera pasado una vía, pero los elfos se mostraban convencidos y su rumbo giró hacia el noroeste, siguiendo el supuesto vericueto en la medida de lo posible. Igrëithonn no dejaba de susurrar para sí mismo, canturreando en esa lucha interna  a la que ya se estaban acostumbrando.

A media  tarde, las mulas se negaron a continuar el camino, y por más que insistieron en hacerlas caminar, los animales permanecieron inmóviles. No tuvieron más remedio que descargarlas y repartir en distintos fardos el equipo y las provisiones, que llevarían a partir de entonces a cuestas. Esa noche en el Mundo Onírico Symeon ya percibió un cambio: sombras amenazantes siempre al límite de su campo de visión lo pusieron nervioso, y la representación onírica de la hoguera del campamento se redujo a la mínima expresión. Desde arriba, unos ojos brillanes lo observaban, parecidos a los de un búho, pero sin cuerpo que los acompañara. Los árboles mostraban directamente cuchillas en sus ramas, y cuando sintió que algo le punzaba la espalda se volvió. ¿Era su imaginación, o hace un momento allí no había habido ningún árbol? Decidió salir rápidamente al mundo de vigilia, pues si hasta los propios árboles eran capaces de atacarle, no creía ser capaz de sobrevivir mucho tiempo.

La tercera jornada de camino discurrió con el grupo ya casi en completo silencio, con el ánimo bajo y la quietud alterada solamente por los susurros de Igrëithonn. A media mañana de la cuarta jornada la oscuridad acabó envolviéndolos por completo, una oscuridad densa, como una niebla que se tragara la luz. Encendieron antorchas, pero estas pronto se revelaron inútiles; aunque eran capaces de ver el fuego, la llama no alumbraba más allá. Igrëithonn hizo uso de su gema de Luz para alumbrar el entorno, y esto sí que funcionó, aunque peor que en una oscuridad normal. Galad probó también a utilizar su colgante para iluminar, y a pesar de resultar en una iluminación más tenue que la gema de Luz, tambíen funcionó. Con esas dos únicas fuentes de luminosidad debería el grupo viajar a partir de entonces. Los cantos de los pájaros y el susurro del viento en las ramas habían desaparecido por completo; el frío iba en aumento, y el ambiente se hacía cada vez más opresivo. Y todos los elfos ya eran capaces de escuchar con claridad los susurros que venían del norte, susurros que gemían, gritaban y hablaban en un lenguaje desconocido. Los humanos comenzaron a escucharlos al final del día, o lo que suponían que era el final del día, pues ya no tenían ninguna luz natural con la que orientarse, y a partir de entonces solo podrían suponer en qué momento del día se encontraban; el ánimo de la comitiva se ensombreció aún un poco más.

Esa noche, como siempre, los elfos se estructuraron en dos turnos de guardia, alrededor de la luz que emitía la joya de Igrëithonn. Las guardias transcurrieron con mucha tensión, porque pronto se empezaron a oir multitud de ruidos en el límite de la visión de orígenes desconocidos; nunca avistaron nada, fuera animal o ser extraño, pero los sonidos hicieron que los nervios de los elfos se crisparan.

Por la mañana (lo que suponían que era la mañana), no tardaron en darse cuenta de que el hechicero del clima, Talítharonn, había desaparecido durante la noche. Y a pesar de los esfuerzos que los montaraces y el resto del grupo hicieron para encontrar su rastro, este se difuminó transcurridos unos pocos metros. Eso sí, según los rastreadores, parecía claro que se había marchado precipitadamente y por voluntad propia. Compungidos, continuaron el camino agobiados por los continuos susurros que llegaban ya desde todas partes; durante gran parte del tiempo, todos trataban de tapar sus oídos para protegerse de ellos.

En un momento dado de la jornada, Taheem se quedó mirando fijamente hacia las copas de los árboles. "¡Se mueve! ¡¡Se mueve!!", gritó. Al punto, hizo ademán de salir corriendo. Afortunadamente, Symeon y Galad reaccionaron con celeridad y consiguieron detenerle. Daradoth se giró alarmado ante lo que ocurría y un dolor punzante le llegó desde la pantorrilla; había sido alcanzado por una flecha desde la oscuridad, que le había atravesado de parte a parte la pierna. Segundos después, Neâderoth soltaba un gemido al ser alcanzado por otro proyectil en la espalda.

Todos desenfundaron las armas (excepto Galad y Symeon, ocupados en retener a Taheem) y de repente, dos figuras aparecieron desde la oscuridad profiriendo risotadas dementes. En el pasado debían de haber sido elfos, pero la Sombra había causado estragos en ellos: sus rostros estaban lívidos, sus dientes afilados, los ojos oscurecidos y su pelo níveo; ponían los pelos de punta. Se abalanzaron sobre Neâderoth, que a duras penas conseguía mantenerse en pie, y sobre Yuria. La ercestre cayó bajo los embates de uno de los enemigos armado con cimitarra y daga, y el elfo sufrió la brutal amputación de una pierna antes de que sus compañeros pudieran hacer nada por evitarlo. Igrëithonn, Faewald, Daradoth —cojeando— y los demás consiguieron dar cuenta de los atacantes, no sin dificultades por el entorno hostil, y aunque Galad pudo tratar después las heridas de Yuria, no pudieron hacer nada por salvar la vida de Neâderoth. La pierna de Daradoth también presentaba mal aspecto, y su curación completa quedaba más allá de las capacidades sanadoras de Galad, pero estas bastaron para reducir la gravedad de la herida y con los vendajes adecuados, conseguir que su amigo pudiera volver a caminar, aunque renqueante. Mientras el elfo era atendido, invocó su capacidad de ver en la oscuridad, y sorprendentemente esta se demostró efectiva; alcanzó a ver una figura correr rápidamente entre la vegetación, pero no pudo distinguir nada más.

El encuentro los había dejado maltrechos y a algunos de ellos (como Galad) agotados, así que decidieron pasar la noche allí mismo con los elfos que quedaban estableciendo un perímetro de vigilancia. Ya habían perdido a dos miembros del grupo, y por suerte habían podido evitar la pérdida de Taheem. "¡Y ni siquiera hemos llegado todavía a los Santuarios!", pensó en voz alta Yuria.

martes, 7 de enero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 12

Pacificando el sur. Una nueva amenaza.
Galad despertó a Yuria, que dormía a pocos centímetros de él en el barracón que compartían con varios oficiales del Vigía y con el resto del grupo. Daradoth se encontraba despierto y acudió a su lado rápidamente, y también Symeon, que despertó a su vez al escuchar la agitación del paladín.

Este solo alcanzaba a ver un resplandor dorado cuando abría los ojos, que por suerte desaparecía al cerrarlos, y habló entrecortadamente sobre el visitante de su sueño, describiéndolo como un arcángel. Pero había sido muy diferente a como los describía la imaginería emmanita. Le había parecido mucho más... peligroso, más orgulloso, más... despiadado.

Poco después hacían acto de aparición Erythyonn e Igrëithonn, con semblantes preocupados. Cuando el grupo les reveló lo que Galad había relatado, intercambiaron una mirada fugaz, pero que no les pasó inadvertida. Al punto, llamaron a un sanador que intentó recuperar la visión del paladín. Pero la fuerte constitución de este ya había empezado a actuar, y la mancha dorada se fue debilitando poco a poco hasta desaparecer en las siguientes horas.

Después de descansar mal que bien el resto de la noche, por la mañana los llevaron a dar una ronda para que pudieran familiarizarse con las tropas y procedimientos del Vigía. Aunque Yuria expresó su interés y dirigió miradas apreciativas a las tropas, que hacían gala de un adiestramiento envidiable, la ronda no era más que una excusa para alejarse del campamento y poder tener una conversación en privado, resguardados por una docena de soldados de confianza que pronto establecieron un perímetro de seguridad alrededor del grupo y los generales.

 —Os pido disculpas por lo que sucedió anoche, maese paladín —dijo Igrëithonn, mirando de reojo sobre su hombro derecho la empuñadura aquilina de su espada, Purificadora—, y siento que os debo una explicación. Veréis —continuó—, hace unos años un contingente del Vigía tuvo que marchar hacia el norte, a lo más profundo del Cónclave del Dragón. Yo lo comandaba.

Igrëithonn les contó cómo su contingente había caído víctima de una emboscada cerca del puerto de Ovam. Sus recuerdos estaban borrosos, y en una secuencia de acontecimientos que apenas recordaba, finalmente él y sus fieles se vieron convocados al Mundo Onírico. Allí apareció el mismísimo Dirnadel, el primer arcángel de Eryontar (el avatar que representaba la locura y el caos incontrolado). De alguna manera, Dirnadel se imbuyó en Purificadora (o quizá la sustituyó) y gracias a sus poderes, unos pocos pudieron salir con vida del enfrentamiento. Igrëithonn suponía que se podía considerar el nuevo Brazo de Eryontar, aunque él nunca se había visto así, pero lo cierto es que Dirnadel había permanecido hasta ese día con la forma de su espada. Tras un lapso de varios segundos en los que pareció hablar consigo mismo, continuó:

 —Sin embargo, el ser elegido como Brazo no es algo baladí. Supongo que habréis notado ya cómo Dirnadel me habla a través de la espada, y lo que me cuesta mantenerlo a raya para que su voluntad no se imponga a la mía. Cada vez es más insistente, no obstante, y temo que en algún momento pueda perder el control; ya sabéis cuáles son los valores de Eryontar, y no sé lo que podría pasar en caso de que su arcángel me pudiera usar a su antojo.

Tras sacudir la cabeza, como despejándose, o quizá negando algo, continuó:

 —No tengo la más remota idea de por qué aparecería en vuestro sueño anoche, suponiendo que fuera Dirnadel —miró a Galad—, ni de por qué os dejó con esa ceguera temporal, pero al menos ahora ya sabéis la verdad.

El paladín expresó su sospecha de que el arcángel debía de haberse referido a Emmán (Elernatar para Eraitan) cuando dijo aquello de "no sé por qué él te ha elegido...", y los elfos no pudieron sino encogerse de hombros, manifestando su ignorancia acerca de las intenciones del ente divino.

Después de agradecer a Igrëithonn su sinceridad, pasaron a discutir la conveniencia de dirigirse a la Confederación Corsaria en busca del apoyo de su flota. Pero Yuria les hizo desestimar la idea; ya habían entrado de lleno en el invierno, como lo demostraba el intenso frío que experimentaban en ese momento, y era una locura intentar atravesar las montañas, incluso por los pasos. El Vigía tenía otros métodos para atravesar las montañas, así que deberían encargarse ellos de tal viaje.

Por tanto, decidieron que su siguiente curso de acción sería llevar a cabo la sugerencia de Zarkhu, el enano del consejo del Vigía. En un par de días viajarían hasta Árlaran para intentar convencer al rey de que les acompañara al sur e intentar así poner fin a la revolución de los plebeyos. En la capital de Árlaran, el rey Girandanâth no tuvo más remedio que dejarse convencer por aquel grupo tan variopinto al que acompañaba el propio Igrëithonn en persona, y un desconocido pero egregio elfo de Doranna. Un grupo que llegaba a bordo de un artefacto volador inventado por una de las mujeres que formaba parte de él, y que parecía tan imposible sin la ayuda de alta magia. Así que accedió a acompañarles junto a varios escoltas de élite.

Los siguientes veintiún días transcurrieron rápidamente para el grupo en su viaje por los distritos de Dahl y Katân. Acordaron  ignorar a Darsia, que tendría que ser subyugado más adelante, pues no solo se encontraba allí la revolución más recalcitrante, sino que además había presentes al menos dos legiones de Cuervos del Káikar. Symeon sugirió intentar llegar a algún tipo de acuerdo con Ginathân,  para expulsar a las tropas del Káikar a cambio de un cese de las hostilidades; el rey Girandanâth quedó pensativo y aceptó intentar llegar a una negociación con el rebelde. Durante aquellas tres semanas visitaron las cortes de los otros dos distritos y las principales ciudades, y ante la amenaza del norte, demostrada gracias al troll encadenado al Empíreo y el cuerpo sin vida del vulfyr, pusieron de su parte a la inmensa mayoría de la opinión pública de Dahl y Katân. Al cabo de un par de semanas todo el mundo hablaba del grupo que viajaba sobre el viento en un artefacto milagroso, enviados por los elfos para oponerse a la Sombra en el Norte. Por allí donde pasaban la gente hacía señales hacia el dirigible y gritaba con júbilo a los héroes enviados para unificar el Pacto.

Así, consiguieron que se firmaran sendos armisticios entre los líderes de las revoluciones y los monarcas de los distritos, vigentes al menos mientras el Pacto se viera amenazado por el Enemigo. Cuatro legiones fueron enviadas desde los distritos sureños hacia el norte para colaborar en la defensa del Meltuan, y el grupo se congratuló por el éxito en su empresa. En cuatro jornadas más se despidieron del rey Girandanâth —que en una rápida ceremonia los invistió como "ciudadanos de honor" y les entregó una carta que les serviría como salvoconducto en el Pacto— y llegaron a la vista de la fortaleza de Tirëlen.

El alma se les cayó a los pies cuando avistaron las primeras columnas de humo. El catalejo ercestre les confirmó lo que ya temían: la fortaleza había caído. Igrëithonn profirió maldiciones en voz baja, incrédulo. Tras un par de  horas sobrevolando los bosques a una distancia segura de Tirëlen, recibían por fin señales desde el suelo. Poco después descendían y se encontraban con Erythyonn y el resto de lugartenientes del Vigía.

Afortunadamente, sus tropas habían sufrido muy pocas bajas, y se habían refugiado a tiempo en los bosques. Cuando les preguntaron acerca de lo que había sucedido, Erythyonn dijo, en tono grave:

 —Los Erakäunyr han vuelto, mi señor.

Erakäunyr, los insectos demoníacos
El rostro de Igrëithonn se tornó lívido. "Fantasmas de los tiempos antiguos", murmuró, y pareció perderse en una de sus largas conversaciones consigo mismo, sin duda intentando aplacar la furia de Dirnadel.

Acto seguido los elfos explicaron que los Erakäunyr eran unos insectos demoníacos que habían sido utilizados por la Sombra durante las Guerras de la Hechicería y habían sido uno de los principales artífices de la pérdida de los Santuarios de Essel.

Igrëithonn, recuperado de su introspección y visiblemente cansado, les relató:

 —Nunca creí volverlos a ver en vida. Eran realmente imparables —este punto lo corroboraron los lugartenientes, que habían visto al enjambre actuar sobre Tirëlen—, y lo único que los pudo detener fue el Orbe de Curassil.

Curassil no era sino otro nombre para el avatar que Daradoth y Symeon conocían como Oltar. Era el avatar de la Luz, la Alegría y la Esperanza. Igrëithonn les contó cómo en la Segunda Guerra, Ecthërienn, por aquel entonces el Brazo de Curassil, había arrasado los enjambres de Erakäunyr gracias a la Luz pura que el orbe proyectaba. Pero en la Tercera Guerra Curassil se había perdido en la Sombra de Essel y nunca más había vuelto.

Symeon propuso una alternativa al Orbe mencionado por Igrëithonn. Habló de lo que había leído (y experimentado él mismo) sobre Nirintalath. La Espada de Dolor era capaz de unos estallidos que afectaban a todo y a todos, y seguramente aquellos insectos no serían inmunes a su poder. Sin embargo, una plétora de objeciones se alzó contra aquella sugerencia, pues nadie sabía cómo controlar el poder de la espada ni cómo hacer que sus estallidos no mataran a todo ser viviente que se encontrara en su radio de acción.

Al cabo de varias horas de evaluación de la situación y trazado de planes, Igrëithonn los reunió de nuevo y anunció:

 —Dadas las circunstancias, me temo que nuestras prioridades han cambiado radicalmente. Debemos encontrar el Orbe de Curassil, pues de otro modo me temo que toda Aredia perecerá pronto bajo los enjambres. Yo entraré personalmente en los bosques essselios y en los Santuarios en su busca; quien lo desee podrá acompañarme.

Algunos murmullos de desacuerdo se alzaron entre los elfos del Vigía; se notaba que algunos no consideraban acertada aquella vía de acción, pero la falta de una alternativa mejor y el ascendiente de Igrëithonn provocaron que pronto se desvanecieran.

Esa noche, Galad pidió la inspiración de Emmán para soñar con el Orbe de Curassil.

El Orbe era Luz, y la Luz era el orbe. Todo era alegría y pureza a su alrededor. Las meras sombras a duras penas podían medrar ante su presencia.
Pero finalmente apareció la Sombra, que se cernió sobre la brillante esfera. Muchas manos se alargaron hacia él, intentando cogerlo, siempre distante. Su fulgor palidecía ante la fuerza de la oscuridad que lo rodeaba.
Pero finalmente una mano lo agarró y lo empuñó con fuerza. 
El estallido de Luz fue casi como dolor puro, pero un dolor agradable; y el orbe cayó, cayó durante milenios, a lo que parecía ser un pozo sin fondo.