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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 24 de febrero de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 19

El Complejo Central. Descubiertos.

La esfera de protección de Galad se percibía casi físicamente, una especie de barrera cristalina, etérea, flotando al borde de su visión y amortiguando tanto los susurros como los tañidos de las campanas (que se habían detenido hacía unos segundos). Sin embargo, los estentóreos gritos de Eraitan/Dirnadel no eran amortiguados en absoluto, y cada uno de ellos se sentía conmovido hasta las entrañas por el sufrimiento que transmitían. Daradoth dudó unos segundos, pero finalmente renunció a separarse del grupo y continuaron su camino como pudieron, cual almas en pena, con los gritos resonando en sus oídos. 

Las ramas iban siendo más delgadas e irregulares, lo que provocó que algunos componentes del grupo resbalaran en varias ocasiones. Por suerte nada fue más allá que unos pequeños sobresaltos.

Al cabo de un rato, los gritos dejaron de oírse de repente. El grupo se detuvo. Y de pronto, un rugido gutural y sobrenatural se alzó desde el suelo:

—¡¡Ruarrrrrrrggggghhhhhhhhhhhhhhh!! ¡¡Azîn elarrath kathros-zirralkân!! ¡¡Kathros-zirralkân, Daradoth!! ¡¡Raghatâsh akurnitekal elarrathor Galad eka Symeon eka Yuria Meristhenos-gadh!! ¡¡Kothêghtar Valaukamash....

Todos se miraron, confundidos. Habían escuchado sus nombres en un rugido demoníaco.

—Está hablando en Raghaukar, la que algunos llaman Lengua  Negra —anunció Symeon, haciéndose oír sobre el pavoroso rugido.

Al oír esto, Galad entonó una breve oración, reclamando el poder de Emmán para ayudarle a entender la lengua de sus enemigos. Emmán le concedió el don, y al punto traducía los horripilantes bramidos:

—Dicen... engendros de la Luz... Daradoth, Galad, salid de donde estáis o moriréis condenando vuestras almas... Yuria, Symeon... entregaos, o nos llevaremos al elfo... lo someteremos a los peores tormentos que podáis imaginar... sufrirá, y lo convertiremos... Salid, Daradoth... o lo convertiremos en una criatura de Sombra... salid y entregaos....

Poco después, los rugidos cesaban, y volvieron a escucharse los gritos de agonía de Eraitan. En un esfuerzo supremo de voluntad, el príncipe elfo, o más bien el arcángel que lo poseía, alcanzó a gritar en cántico:

—¡¡¡No salgáis, ni se os ocurra!!! ¡Os matarán! ¡Tenéis que seguir! ¡¡Seguiddaaaaaah aaaAAARRRRGGGHHH!!

Arakariann, con lágrimas en los ojos, dijo:

—Tenemos que rescatarlo, ¡no podemos dejarlo así Daradoth! 

El resto del grupo, incluyendo a Daradoth, se mostró de acuerdo en que era poco menos que un suicidio bajar a intentar el rescate del príncipe.

—Pero —insistió Arakariann—... ¿no deberíamos al menos intentar ver qué le están haciendo? Igual se nos ocurre algo.

—Podría hacerlo —acordó Daradoth, también con los ojos vidriosos—, pero más allá de ver, no creo que podamos hacer gran cosa. Además, lo importante es cumplir nuestra misión, demasiada gente depende de nosotros. Toda Aredia, de hecho. Hay que parar a esos Erakäunyr a toda costa.  De momento, sigamos adelante —puso una mano en el hombro de Arakarian—; con suerte, podré ver qué pasa con Igrëithonn cuando giremos un poco por el ramaje.

Continuaron, sin poder evitar sentirse culpables, algunos de ellos con el sufrimiento reflejado en sus rostros. Durante el camino, ahora se alternaban los aullidos de agonía con los rugidos amenazantes. No obstante, al cabo de un tiempo, tras superar un nudo de la rama, esta dio un giro a la derecha para situarse alineada hacia el complejo central, y el follaje permitió a Daradoth (gracias a su visión en la oscuridad) visualizar la escena allá abajo.

En la explanada que se extendía desde uno de los campanarios de la muralla hasta el Aglannävyr, más allá de la multitud congregada a la entrada del santuario (que los dos colosos de metal seguían golpeando sin descanso), dos enormes demonios del Palio miraban hacia el árbol. Ambos agarraban unas formidables cadenas que mantenían alrededor del cuerpo de Eraitan... "¿o quizá de Dirnadel?", pensó Daradoth, pues el físico del príncipe había sido alterado: era más grande, sus ojos brillaban con un fulgor dorado, y su piel era blanca como el mármol. Las cadenas refulgían con un resplandor ígneo que parecía infligir graves quemaduras al prisionero, que se retorcía de dolor. El resplandor parecía ser provocado por los propios demonios, ya que sus propias manos estaban envueltas en él, y cuando parecían apretar con más fuerza, se hacía más potente.

"Ammarië bendita, tiene que estar sufriendo muchísimo", pensó Daradoth, apretando los dientes. El resto del grupo lo miró, preocupado por la tensión que transmitía.

En un momento dado, los dos demonios se miraron y hablaron entre sí. Y al cabo de unos pocos segundos, la cadena restalló al rojo blanco, arrancando un último grito que se diría que rompió la garganta de Eraitan, que cayó inconsciente. Apagando el fulgor de la cadena, los demonios comenzaron a arrastrar sin miramientos al príncipe élfico hacia la colina, más allá del complejo central, hacia donde se encontraba la oscuridad que ni la visión de Daradoth podía penetrar...

—Se están llevando a Eraitan —advirtió al resto del grupo, con la voz temblorosa por la impresión que le había provocado el último grito del príncipe—. Se lo llevan más allá de la muralla, hacia la oscuridad insondable del otro lado.

Arakariann bajó la cabeza, apesadumbrado. Pero no dijo nada, consciente de la imposibilidad de la situacion. Tanto él como Daradoth elevaron una pequeña oración a los avatares por el alma de Eraitan, y tras ello, recomponiéndose, continuaron su camino.

Pero poco después empezaron de nuevo los problemas. Precedido por una conocida descarga en el cuello de Yuria, un potentísimo tañir de campanas les sacudió, mucho más que los que habían sentido hasta el momento. Primero el impacto, y luego una oleada de frío intenso, hizo que el corazón de Daradoth se encogiera y sintiera un fuerte dolor de cabeza, como si el cerebro se le congelara durante unos momentos. Cayó inconsciente.  Faewald, Arakariann, Taheem y Galad fueron afectados en una menor medida, no llegaron a caer inconscientes, pero durante unos minutos estuvieron afectados por náuseas y una fuerte jaqueca. 

Las siguientes campanadas no fueron tan potentes, y además Galad invocó la bendición de Emmán para proteger al grupo. Ambos factores permitieron que nadie más fuera afectado, y pudieron continuar su camino llevando a cuestas a su compañero elfo. Agotados y acosados por los susurros continuaron como pudieron.

 En su inconsciencia, Daradoth volvió a oír la voz del desconocido que había escuchado varias noches antes. "¿Hola?... ¿qué pasa?... estás perdiendo tu Luz. No pierdas la Luz, consérvala, es lo más preciado que hay, y la necesito, la necesito...".

Finalmente, Daradoth despertó pasados unos minutos. Todo el mundo se interesó por su estado, pero más allá de un fuerte dolor de cabeza que remitiría al cabo de un rato, no pudieron apreciar ningún cambio en él. El elfo no sabía explicar muy bien cómo le había afectado la campanada:

—Solo noto que hay algo distinto en mi interior. Nada grave, pero diferente. Eso sí, mientras estaba inconsciente ha vuelto la voz que me habla cuando duermo, y ha dicho que estoy perdiendo mi Luz... ¿alguna idea de qué quiere decir?

—Sí —afirmó Symeon, inspirado por Ninaith—. Casi todo en la Vicisitud se compone de una parte de Luz y una parte de Sombra, y es posible que la parte de Sombra se haya hecho más fuerte en ti.

—¿Y es posible que haya seres que se alimenten de esa parte de Luz? —Preguntó Daradoth—. Porque esa voz me ha dicho que la necesita...

—Es posible —respondió el errante, pensativo—. Sí, claro que es posible.

—Uf —resopló Galad, con el ceño fruncido por la concentración que le exigía la esfera de protección—. Si las campanadas tienen ese efecto, mejor démonos prisa.

Así que, sin más dilación, se pusieron de nuevo en marcha, con los susurros y las campanadas acallados por el poder que el paladín canalizaba.

Al cabo de un rato, Daradoth anunció:

—Vale, hemos llegado al cruce de ramas. La rama que se acerca hacia el complejo central está a unos veinticinco metros por debajo de nosotros.

Empalmando las dos cuerdas que les quedaban, consiguieron bajar sin más dificultades a la otra rama, y justo cuando descolgaban la cuerda para recuperarla una nueva campanada de gran potencia les afectó. Faewald y Galad fueron afectados, aunque sin llegar a caer en la inconsciencia. Fue Arakariann esta vez quien fue conmovido en su ser interno por el sobrenatural tañido, con un efecto parecido al que había sufrido antes Daradoth.

A pesar de todo continuaron su camino, asistidos por Yuria, cuyo talismán la seguía protegiendo de todo daño. 

Al cabo de unos minutos de camino por la  nueva rama, Symeon se detuvo de repente.

—Mirad esto —susurró, señalando algo—. Una espina.

—Sí, y ahora que me fijo, la rama está cambiando de color, se está haciendo más oscura —dijo Daradoth.

—Debemos de estar alejándonos de la influencia del santuario, o del tronco —supuso Yuria.

—Otra cosa de la que debemos tener cuidado —apostilló Galad, con la voz ronca por el cansancio.

Efectivamente, a medida que fueron avanzando, fueron apareciendo espinas en la rama, cada vez más grandes y retorcidas. La rama estaba convirtiéndose en algo parecido a lo que eran los demás Aglannävyr que habían visto. Presentaba bordes afilados y retorcidos, la corteza resbaladiza y quebradiza, y el avance se iba haciendo cada vez más penoso. De hecho, Yuria sufrió un resbalón que hizo que se clavara una de las espinas de la rama; la herida no fue grave, pero sintió como si la punta le inyectara un poco de frío en su interior. Se quedó un poco aterida, pero pronto se recuperó, asistida por Taheem y Symeon.

Por suerte, ya en ausencia de follaje, Daradoth anunció:

—Estamos cerca, casi estamos. Vamos, un último esfuerzo.

—Ojalá fuera el último —respondió Galad, respirando pesadamente—, pero me temo que esto está lejos de acabar...

Al cabo de unos minutos, Daradoth los increpó. Habían llegado al punto óptimo para bajar.

—Estamos justo encima de una de las torres campanario —anunció—. Tenemos que bajar ya, no habrá nada más cercano. En las murallas hay vigías, pero ellas son enormes y ellos pocos, creo que podremos bajar sin que nos vean, parecen todos mirar hacia el Aglannävyr.

—Aprovechemos ahora que han cesado de tañir las campanas —instó Yuria.

Campanario en la Sombra de Essel

Empezaron a preparar el descenso hacia el tejado de la torre, aprovechando hasta el último centímetro de cuerda y ramas. En un momento dado, a Daradoth le pareció ver movimiento por el rabillo del ojo.

—¡Quietos! —exclamó entre susurros—. ¡Agachaos y apagad la luz, viene algo!

Un enjambre de seres parecidos a murciélagos pero con una envergadura de al menos metro y medio apareció desde el otro lado del Aglannävyr, revoloteando por un área más o menos grande. El resto del grupo escuchó el aleteo, pero no pudo ver nada más. Afortunadamente, la bandada parecía estar peinando las ramas del enorme árbol y se desvió hacia otro punto, perdiéndose de la vista y el oído.

Esperaron de nuevo hasta que la zona estuvo despejada de vigías, y fue Daradoth quien, utilizando sus habilidades sobrenaturales, bajó con un salto. Caminando fácilmente por la pared inclinada y después por la vertical, se asomó al interior del campanario. No había nadie. Avisó al resto del grupo y todos comenzaron el descenso, que aunque Yuria instaba a hacerlo lo más rápidamente posible, fue mucho más lento y penoso de lo que había sido el del elfo. Afortunadamente no hubo más campanadas, y los sururros estaban en su mayoría acallados por la protección de Galad; el sonido más fuerte que se escuchaba era el de los colosos de armadura arremetiendo todavía contra el Santuario de Oltar.

No fueron lo suficientemente rápidos. Cuando se encontraban todavía sobre el tejado de la torre, una nueva campanada les sacudió. Galad sintió cómo un impacto presionaba contra la esfera de protección que mantenía, y a continuación sintieron el frío. Pero esta vez resistieron mucho mejor, y no tuvieron que lamentar ninguna pérdida de consciencia. 

Pocos minutos después, aparecieron de nuevo los seres voladores; afortunadamente, Daradoth dio la voz de alarma a tiempo de nuevo, y consiguieron pasar desapercibidos (en teoría, al menos).

Finalmente, Symeon y Daradoth accedieron al habitáculo de la campana, nerviosos. Un tañido allí sería la perdición para ellos. Instaron al resto a que se dieran prisa. Pero en ese momento, unos rugidos se alzaron desde el suelo. Daradoth se asomó para poder ver.

—¡Maldición! —profirió el elfo—. No sé cómo, pero nos han descubierto. ¡Un demonio está dirigiendo a los muertos y a los engendros hacia aquí! ¡Vamos, corred! —exclamó, levantando la vista hasta sus compañeros todavía colgados de la cuerda.

Un par de resbalones sin más consecuencia fue lo único que les retrasó un poco. Una vez todos dentro, corrieron hacia la escalera que empezaba a descender justo debajo de la campana. Se precipitaron hacia abajo, llegando en pocos momentos al nivel del suelo. Una puerta bastante grande parecía dar acceso al interior del complejo. Galad lanzó su oración para detectar enemigos cercanos, y percibió la zona despejada.

—No hay enemigos cerca —dijo—. Abrámosla.

Empujando entre todos, consiguieron abrir la puerta. Galad, Faewald y Daradoth resbalaron durante el proceso, agotados. No sabían cuánto tiempo llevaban sin dormir ni comer, pero no podían detenerse ahora. Daradoth se asomó, siendo como siempre el único que podía ver más allá de unos pocos metros. Vio que todas las construcciones a la vista estaban bastante deterioradas, pero se fijó en una que le pareció un poco más segura: unos antiguos establos al pie de la muralla, a la izquierda.

Algo se movió cerca, aleteando. Daradoth retrocedió dejando que el enjambre de criaturas voladoras pasara de largo de nuevo. En cuanto dejaron de escucharse, salieron y corrieron hacia los establos, con las luces mortecinas habituales. Atravesaron el edificio esquivando los escombros como pudieron y salieron por el otro lado, intentando desviarse lo máximo posible hasta la construcción central, la de la torre octogonal. Entraron en un edificio de utilidad ya olvidada cuando oyeron los rugidos de los demonios que accedían a través de la muralla.

Salieron a una calle donde una antigua fuente había reventado y de la que manaba un líquido que ya distaba de ser agua pura. La calle daba acceso a una pequeña plaza, llena de estatuas en estado ruinoso. Superaron un montón de trozos de esculturas, y enseguida Daradoth se detuvo. Sintió un escalofrío.

—Hay dos figuras pálidas al otro lado de la plaza —informó a sus compañeros, desenvainando su espada—. Y nos han visto.

Aterrado, el elfo vio cómo las dos figuras extendían un brazo hacia ellos. Reaccionó, invocando el poder de Nassaröth. Alzó su propio brazo, y un rayo de luz descendió sobre uno de ellos, incapacitándolo. Pero, por desgracia, el segundo pudo actuar. Daradoth sintió cómo algo se deslizaba en su mente...

—¡¡¿Pero, qué infiernos...?!! —exclamó Galad, cuando Daradoth salió corriendo de repente hacia delante, perdiéndose pronto en la oscuridad.

Symeon se sobrepuso a la sorpresa, y comprendiendo en un instante lo que había pasado, corrió rápidamente detrás de su amigo.


viernes, 11 de febrero de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 18

Caminando por las Ramas

Continuaron subiendo la escalera de caracol. Llamarla escalera de caracol era una simple manera de entenderse, porque no era ni mucho menos uniforme en su ascenso. Había momentos en los que ni siquiera se intuía la curva de la escalera porque se alargaba por la parte más ancha del tronco, otros en los que apenas se ascendía, y otros en los que se estrechaba e inclinaba mucho más. Se notaba que era una cosa "viva", que crecía alrededor desde el árbol. Y los siglos pasados sin el cuidado de los elfos la habían hecho aún más irregular y difícil de transitar.

Un Aglannävyr

 El ascenso, cargados con el equipo y las armas, pronto adquirió un ritmo cansino, agravado aún más por la irregularidad del entorno.

—Calculo que debemos de haber subido ya unos trescientos metros —dijo Symeon entre jadeos.

La mayoría de los pisos se identificaba gracias a un arco de acceso de medio punto bellamente trabajado, y casi desde el inicio de la ascensión identificaban aberturas en la materia del árbol realizadas aprovechando una especie de nudos que tenía la madera. Pero ninguna lo suficientemente adecuada para salir al exterior. Afortunadamente, el agua ya no era un problema, multitud de pequeños arroyos discurrían por el árbol, en un circuito que no llegaban a comprender del todo.

Por fin, tras varias horas de ascenso, Daradoth vio un hueco que podría darles acceso a una rama con una corta trepa. 

Symeon salió al exterior, sujetando una cuerda entre los dientes para atarla y facilitar el ascenso a sus compañeros, y al salir, los susurros enloquecedores volvieron con fuerza. Sintió un escalofrío, pero se sobrepuso y continuó avanzando hasta llegar a un lugar seguro, un pliegue, en la enorme rama cercana. Ató la cuerda a la tenue luz de su joya élfica, e instó a los demás a seguirle. Lo mismo le sucedió a Daradoth cuando siguió a su amigo al exterior. Sin embargo, cuando treparon hasta la parte superior de la descomunal rama, el elfo se quedó consternado. 

—No veo ni el complejo central ni la oscuridad que vi más allá por ningún lado, Symeon —anunció—. Creo que hemos salido por la parte opuesta.

—Bueno, qué le vamos a hacer —respondió el errante—, bajemos y sigamos intentándolo. Además...—Symeon se interrumpió cuando las brutales campanadas del complejo central reanudaron su tañido, por suerte amortiguadas por la mole del aglannävyr.

Se apresuraron a entrar de nuevo al complejo. Primero bajó Daradoth, y Symeon le fue a la zaga. El errante se asustó cuando le pareció oir tras él un aleteo, pero no se giró; "de todas formas", pensó, "no creo que vea nada con la poca luz que da la joya". Poco después se reunían con sus compañeros, y Symeon comentaba lo del aleteo.

—No creo que se tratara de una bestia alada —dijo—, el aleteo era como de un pájaron normal.

—Mejor no comprobarlo —contestó Galad.

—Sí —sentenció Yuria—, si esa rama no sale en la dirección correcta, lo mejor es que sigamos subiendo hasta que encontremos otra. Esperemos que haya más aberturas...

Así que continuaron la penosa y agotadora subida por las escaleras duarnte horas, sin encontrar ninguna abertura que les permitiera salir al ramaje exterior. Finalmente, tuvieron que detenerse a descansar.

Durante su sueño, la temblorosa y ya conocida voz volvió a hablar en la mente de Daradoth.

Te alejas... te alejas... ¿por qué te alejas? Trae la luz, por favor... ¡Trae la luz!

—Aguarda un poco más —contestó el elfo, sin saber cómo—, aguarda. Estamos intentando buscar un paso para ir a buscarte.

Date prisa, por favor, date prisa... hace tanto, tanto frío... tráela por favor, ¡necesito tu luz!

Por su parte, durante el descanso, Galad intentó buscar un sueño inspirador de Emmán. "Señor, muéstrame la fortaleza central antes de que fuera invadida por la oscuridad", se concentró.

La fortaleza era una construcción resplandeciente y majestuosa, en lo alto de una verde y paradisíaca colina. Galad la veía desde lo alto de otra de las colinas cercanas. Impresionantes murallas blancas y torreones equiespaciados con campanarios que emitían unas campanadas límpidas, cristalinas como el rocío de la mañana, capaces de sanar el espíritu de aquellos que las oyeran. Sin duda, ese sonido era Luz pura. Sobre la mole de la ciudadela, destacaba un edificio, el situado en el punto más alto; el edificio tenía forma de octógono y albergaba una torre magnífica, bellísima, de cuya cúspide brotaba un rayo de luz hacia los cielos. Los cuatro aglannävyr que rodeaban la ciudadela la refugiaban bajo su enorme ramaje. El único punto despejado de ramas y hojas sobre el complejo era el que se encontraba justo encima del edificio central, dejando que la luz los traspasara y llegara a las alturas. Todo rebosaba poder, un poder ancestral y euforizante. 

Y más allá del complejo central, aún otra maravilla, más impresionante si cabe que lo anterior, y que dejó a Galad sobrecogido y con la boca abierta. Una inmensa pirámide que resplandecía, reflejando la luz de las estrellas. "Pero... es de día... ¿la luz de las estrellas?". Y vibraba... vibraba con un poder inmenso, un poder... ¿divino? Sí, sin duda, sin duda... "siento a Emmán... y algo más...", pensó Galad, pero no le dio tiempo a recrearse con el sentimiento, pues la pirámide explotó de repente, brutalmente, arrasando con todo.

Galad despertó sobresaltado. Agotado, volvió a dormir, y, ya cuando hubieron descansado lo suficiente, compartió el sueño presuntamente inspirado por su dios. Symeon se quedó pensando unos instantes.

—Cuando estuvimos en Creä —dijo el errante—, yo vi en el Mundo Onírico los Santuarios como si fueran una pirámide. Dorada, de unos ciento cincuenta metros de alto con una especie de fulgor dorado difuso... ¿era parecida?

—En tamaño sí, pero en el resto creo que no —respondió Galad.

—Ahora que recuerdo —intervino Yuria—... ¿os acordáis del libro del alquimista que llevo meses tratando de descifrar? Pues en él aparecen varios diagramas con construcciones piramidales, y al parecer el autor fue un elfo, un tal Avaimas.

Intentaron encontrar algún nexo entre los tres datos proporcionados, pero como Yuria no llevaba el libro encima no pudieron deducir gran cosa. Arakariann tampoco parecía saber nada de ninguna pirámide, pues había nacido después de la Gran Reclusión. Así que, después de comer algo y reponer fuerzas, continuaron su ascensión. Mientras recogían, Daradoth también contó que la voz le había vuelto a hablar, y lo que le había dicho. Faewald se sorprendió al escucharlo:

—¿Dices que quiere tu luz, Daradoth? ¿Y te fías de ella? ¿No será acaso que quiere consumir la luz que haya en ti?

—No lo creo, Faewald —contestó el elfo—; estoy seguro de que es un ser de Luz atrapado aquí. A continuación, discutieron durante unos minutos, en los que Faewald y Symeon expresaron sus reservas ante el convencimiento de Daradoth.

—Si tenemos en cuenta la cantidad de tiempo que estas tierras han estado sumidas en la oscuridad —sentenció Galad—, dudo mucho de que haya algún ser de Luz sano aquí.

—Bueno, podéis estar tranquilos, que tendré todo el cuidado del mundo cuando llegue el momento —zanjó Daradoth.

Continuaron la ascensión, y a partir de un momento dado, comenzaron a caminar entre bonitas plantas luminiscentes. Sin embargo, un par o tres de horas después, se detuvieron. Al parecer, los tejidos y el xilema del árbol habían crecido sin control y era imposible continuar hacia arriba.

—No nos queda más remedio que buscar aberturas recorriendo los niveles del aglannävyr —susurró Daradoth, un poco descorazonado.

—Pues venga, lo mejor será que no perdamos el tiempo —animó Galad.

Y dicho y hecho, se adentraron en el último nivel accesible del ciclópeo árbol en busca de alguna abertura al exterior. Atravesaron multitud de salas, grandes y pequeñas, con el mobiliario y los objetos engullidos hacía tiempo por la propia materia del árbol. "Con tantos siglos de crecimiento, seguro que la mayoría de los huecos al exterior se habrán tapado", pensó Yuria, que iba marcando el camino con su cuchillo.

Tuvieron que comer un par de veces y descansar, y después de un número indeterminado de horas, por fin encontraron dos aberturas en la parte superior de un gran salón, a unos quince metros de altura y separadas una de otra por unos treinta metros. Aunque en el pasado parecían haber sido romboidales, ahora eran sumamente irregulares. Daradoth y Symeon treparon rápidamente y se asomaron, resistiendo de nuevo el embate de los susurros (las campanas estaban en silencio). El errante no pudo ver demasiado, pero Daradoth sí fue capaz de ver, en su límite de visión por la derecha, la sombra impenetrable que se alzaba donde debía de haber estado (o quizá estaba todavía) la pirámide que Galad había visto en su sueño. Varias ramas, todas ellas de un tamaño descomunal, estaban a una distancia alcanzable por el grupo.

—Creo que podemos salir por aquí e intentar llegar hasta el complejo —anunció el elfo.

Así que treparon todos y salieron al exterior. Cuando llegó el turno de Faewald, el esthalio se quedó durante unos momentos congelado, mirando asustado hacia la oscuridad. Volvió rápidamente sobre sus pasos y canceló el ascenso. No obstante, como ya lo tenían atado con la cuerda de seguridad, con la ayuda de Taheem y Arakariann pudieron reducirlo y evitar males mayores. Una vez todos de nuevo dentro del árbol, Galad lo tranquilizó con sus poderes; no solo eso, sino que decidió, con las habilidades que le había proporcionado Emmán, aliviar su estrés y su desequilibrio de una manera más potente. Faewald cayó en un reparador sueño durante unas horas para después alzarse, renovado. Como no tuvieron más remedio que descansar hasta que el esthalio despertara, el paladín aprovechó para reforzar también el estado mental de Arakariann.

A continuación, procedieron a escalar, esta vez sí, hasta la rama. No sin dificultades, pues volvieron a sufrir de falta de luz en el exterior. Pero Symeon se esforzó en ayudar a todos con su joya, y finalmente consiguieron por fin llegar a la parte superior de la rama, de no menos de cincuenta metros de ancho. Eso sí, siendo tan enorme, cualquier irregularidad se convertiría en un obstáculo formidable.

Así, empezaron una caminata muy diferente de la que habían llevado a cabo en el interior del aglannävyr, entre susurros y batir intermitente de campanas, con la amenaza siempre de la caída al vacío (porque por muy ancha que fuera la rama, habitualmente tenían que circular cerca del borde debido a los obstáculos bajo las tenues luces de Symeon y Galad). Daradoth enalteció su oído y permaneció en todo momento atento a cualquier movimiento o batir de alas en los alrededores.

En un momento dado, Daradoth vio en otra rama, a lo lejos, algo que le llamó la atención: una especie de construcción sobre ella, que parecía un convento (en ruinas, casi absorbido por el propio árbol).

Al cabo de un par de horas de penosa caminata, llegaron a un lugar donde la rama se trifurcaba. Una subrama seguía hacia arriba a la izquierda, y la otra hacia la derecha.

—Pues a la derecha vamos —dijo Yuria, y siguieron en aquella dirección, cambiando a un brote más delgado que aquel por el que habían transitado, y por tanto más peligroso.

De repente, volvió el tañir de las campanas, más alto que nunca. Un brutal impacto físico seguido de una ola de frío los dejó helados durante unos instantes. A todos menos a Yuria, que lo único que sintió fue el familiar latigazo en el cuello y un impacto parecido al que provocaría una explosión lejana. Symeon, Arakariann y Taheem cayeron inconscientes, y Daradoth sufrió unas intensas náuseas, igual que Faewald. Tuvieron que detenerse.

Y a los pocos minutos, otro campanazo. Aunque este fue más ligero, los conmovió tambíen por dentro, con un latigazo de frío. Galad tomó medidas, y utilizó su poder divino para evitar males mayores, permitiéndoles resistir los horripilantes tañidos, al menos durante un tiempo. Cuando Symeon y los demás recuperaron la consciencia y se encontraron lo suficientemente bien, siguieron la marcha lo más rápido que pudieron.

Llegaron a una nueva trifurcación, y se desviaron hacia la derecha, porque Daradoth vio que pasaba por encima de otra rama a la que creía que podrían descolgarse. Esta rama era aún más delgada que la anterior, y por tanto más peligrosa. 

Las campanadas se detuvieron, lo que agradecieron sobremanera. "Menos mal, estaba llegando al límite...", pensó Galad, que detuvo sus pensamientos.

Un grito de agonía horrible, estentóreo, los dejó helados de nuevo. Venía de abajo, y resonó en sus oídos, lo que daba idea de su potencia.

—Por Ammarië —dijo Daradoth—, es la voz de Eraitan...

—La de Dirnadel más bien —corrigió Symeon.

—¡Arrrrrgh! ¡¡Aaaaaaaaaaah!! ¡¡AAAAAGGHHH!! —el sonido era horrible.

Daradoth miró hacia abajo, pero el follaje bloqueaba su visión. Miró al grupo, detenido en torno a las débiles luces de Symeon y Galad, evaluando qué hacer.


jueves, 30 de diciembre de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 42

Monolitos y Demonios

Derek encabezó la marcha del grupo pasando la fuente y hasta el pie de las amplias escaleras que daban acceso al pórtico de columnas corintias donde se alzaba la estatua de Mercurio/Hermes. Una veintena de escalones se alzaban ante ellos.

Patrick se detuvo en seco. Además de sentir más intensamente la ya familiar comezón que le había invadido en Canadá y en el Orfeo de Nueva York y que, en su opinión, delataba la presencia de un monolito, se le erizó el vello, fue víctima de fuertes escalofríos e incluso sufrió leves calambres en las piernas que le hicieron tropezar y le forzaron a parar. El resto del grupo se detuvo con él.

—Hay algo muy inusual aquí, y peligroso —susurró el profesor—. Ahora mismo siento muchas cosas, y ninguna... ninguna buena —el profesor tartamudeaba—. Estoy asustado.

—Coincido contigo —dijo Tomaso—. Yo siento algo tremendamente impío en este lugar, pero —continuó, poniendo una mano en el hombro de Patrick— tenemos que sobreponernos y entrar si queremos salvar la existencia.

Las palabras de su amigo reconfortaron el corazón de Patrick y le hicieron sobreponerse a la oposición de su subconsciente a avanzar.

—¿Crees que puede haber un monolito dentro, Patrick? —preguntó Sigrid.

—Creo que sí... estoy convencido. La ventaja es que, si esto es como en Nueva York, mis habilidades estarán potenciadas.

Mientras conversaban, Derek se fijó en todos y cada uno de los detalles de la mansión. Y aunque esta se encontraba en un estado muy bueno, no pudo evitar fijarse en cuatro o cinco puntos donde el edificio había sufrido desperfectos. Provocados por alguna acción física... "¿quizá disparos, o una pelea?", pensó.

De repente, a todos les sorprendió empezar a oír un fuerte sonido, un sonido de aspas de helicóptero, que se acercaba por detrás. Se miraron, confundidos. Tomaso cogió a Sally de la mano y todos corrieron hacia un lateral del edificio para ocultarse.

Desde su parapeto, uno de los muchos entrantes y salientes de la construcción, Tomaso y Derek se asomaron para echar un vistazo. Sin embargo, a pesar de que el sonido era fuerte y claro y cada vez más alto, no se veía nada; solo la fuente varias docenas de metros más allá, y oscuridad. De repente, el presunto helicóptero pareció sufrir una malfunción, y se oyó lo que a Tomaso le pareció una explosión del motor, o quizá un impacto contra algún objeto. Unos zumbidos irregulares como si las hélices perdieran la estabilidad y a continuación varios impactos muy duros contra el suelo, muy cercanos, tanto que Derek y Tomaso se cubrieron con los brazos, temerosos de que algo les golpeara. Pero nada. Silencio.

—¿Pero qué coj...? —empezó Derek, susurrando—. ¿Qué ha sido eso?

—Eso era un helicóptero, seguro —contestó Tomaso—. Pero... ¿invisible? ¿En otra dimensión? No sé.

—Veamos... —Derek empezó a moverse, para asomarse a la parte frontal de las escaleras, seguido por Patrick.

Al asomarse, vieron como había aparecido una especie de agujero, de rastro en la nieve en el suelo, que podría haber sido provocado perfectamente por un accidente de helicóptero. Derek se giró hacia los demás, llamándolos. En cuestión de segundos llegaron a su altura, y miraron hacia donde el director de la CCSA señalaba.

—¿Qué quieres que veamos? —preguntó Sigrid, confundida.

—Pues... —Derek había vuelto a mirar hacia el punto donde había estado el agujero segundos antes. Ya no había nada.

—Yo sé que había un agujero, Derek —le confortó Patrick—, no te has vuelto loco. Ha desaparecido.

Sigrid, que se encontraba un poco apartada del resto, sacudió la cabeza, y no pudo evitar mirar hacia lo alto, hacia el pórtico. Desde allí, entre dos columnas, unos puntos rojos, como si fueran ojos, la miraban. La recorrió un escalofrío.

—Eh....¡eh! ¡Mirad ahí arriba! —increpó al resto.

Pero cuando Patrick miró hacia donde le decía, los ojos habían desaparecido.

—Había dos ojos rojos allí arriba, que nos miraban, estoy segura.

—Uffff —dijo Patrick—, te creo, te creo. Tendríamos que movernos.

—Rodeemos el edificio —dijo Tomaso.

Así lo hicieron. No consiguieron descubrir ninguna otra entrada secundaria, cosa extraña. Seguramente habrían cegado las puertas secundarias. En lo que sí se fijaron, para añadir más incomodidad, fue en que su rastro de huellas era inestable. En un momento dado desaparecían las huellas que iba dejando Patrick, mientras en otro lo hacían las de Derek o de Tomaso o de Sigrid o de Sally. 

Llegaron de nuevo a las escaleras frontales. Justo en el momento en que se volvió a oír el sonido del helicóptero. Y ahora que Derek se había acostumbrado un poco más, lo reconoció como el sonido de un helicóptero de combate. Derek decidió subir las escaleras para refugiarse en el pórtico, mientras Sigrid acompañaba a Tomaso hacia un lateral y Patrick corría tras Derek. De repente, el director de la CCSA se detuvo en seco, al ver varias figuras de sombras que le rodeaban, con demoníacos ojos ígneos.

—¿Qué haces, Derek? —Patrick había llegado a su altura, e intentó empujarlo hacia delante, aunque sin éxito—. Vamos, vamos.

Derek vio con horror cómo una de las figuras lanzaba unos zarcillos de sombras hacia él y otra lo hacía hacia Patrick. Este no parecía ver nada de eso. El sonido del helicóptero volvió a derivar en los zumbidos irregulares y las explosiones, y en los impactos contra el suelo. De repente, a Derek y a Patrick los invadió una ola de calor intenso y sintieron cómo cientos de guijarros invisibles impactaban contra su carne. Salieron despedidos hacia delante presas de un dolor intenso y cayeron sobre la mitad de la escalera, inconscientes.

Tomaso, que había perdido de vista a sus amigos, salió de nuevo a la parte frontal, donde había aparecido de nuevo el boquete. Vieron a sus dos compañeros tendidos en los escalones.

—Vamos, rápido —urgió Sigrid a Tomaso y a Sally.

Corrieron hacia arriba. Pero al entrar en las escaleras, Sigrid se sintió morir. El corazón se le desbocó hasta casi reventar, sus huesos se rompieron y sus músculos se desgarraron. Se derrumbó como un títere sin hilos. Tomaso sufrió el mismo destino. Sally fue presa de las naúsesas y los mareos provocados por la hinchazón de sus venas, pero aguantó consciente con un esfuerzo supremo.

—¡Tomaso! ¡Tomaso, por favor! —imploraba la voz de Sally.

Tomaso abrió los ojos, con un dolor intensísimo de cabeza. Su primer intento de hablar casi lo deja inconsciente de nuevo. Con un gesto de sufrimiento, pudo articular:

—¿Qué...? ¿Cuánto... cuánto tiempo...? —intentó preguntar.

—Bastante tiempo —contestó Sally rápidamente, entendiendo la pregunta—. Los demás necesitan ayuda.

Cuando miró a su alrededor, Tomaso pudo ver que Sally los había sacado a todos fuera de las escaleras (lo que debía de haberle costado horrores, porque tenía una pinta de agotamiento horrible).

—Tuve que sacaros de ahí —explicó—, porque en este tiempo ha habido como veinte o treinta repeticiones del sonido del helicóptero estrellandose. No se ve nada, pero sea lo que sea afecta físicamente a lo que está en el frontal de las escaleras. Ahora, vamos a ver si podemos ayudar a los demás.

—Sí... claro... sí.

Contra todo pronóstico, el cuerpo de Tomaso respondió a su orden de levantarse, y se acercó a los demás. Derek no tardó en despertar; a Sigrid, y sobre todo a Patrick, les costó más volver a la consciencia. Temblaban; el frío estaba haciéndoles mella.

—¿P...por qué te detuviste en... en las escaleras, Derek? —preguntó temblando Patrick.

—¿Eh? Ah, sí... me rodearon varias figuras demoníacas con ojos rojos.

—Qué raro....yo... yo no vi nada...

—Tenemos que entrar ya —urgió Tomaso, justo en el momento en el que se volvió a escuchar el sonido del helicóptero. De nuevo la malfunción y de nuevo el choque contra el suelo.

—Otra vez —dijo Sally—; es insoportable...

—No te p...preocupes Sally, es solo un bucle temporal, o algo así —la tranquilizó Patrick—. Ahora, ¡vamos!

Tomaso cogió de la mano a Sally y siguió a Patrick, seguidos de Derek y Sigrid. La anticuaria, que iba la más rezagada, pronto adelantó al resto de sus compañeros.

—¿Pero qué demonios...? —se giró hacia ellos. 

Todos estaban arrodillados, presa de vómitos y perdiendo extrañamente el equilibrio. De algún modo, habían creído que los escalones giraban a su alrededor y caían en una espiral descendente hacia el infinito. Sobre todo Derek y Sally parecían afectados por el vértigo. Patrick y Tomaso se recuperaron gracias a la ayuda de Sigrid. En ese momento, Tomaso vio cómo desde detrás de la estatua de Hermes, que ya se veía más o menos cercana, aparecían dos figuras sombrías que los señalaban y se reían. Se quedó congelado, señalando hacia allá.

Sigrid miró a su alrededor, viendo cómo estaba el grupo, y decidió que su única oportunidad era darles fuerza a través del vínculo kármico que los unía. Con un gran esfuerzo de voluntad, hizo reaccionar a Tomaso, a Derek y a Patrick, justo en el momento en que se empezaba a oír de nuevo el helicóptero. 

—¡Vamos, corred! —gritó la anticuaria.

Tomaso cogió a Sally de la cintura, ya que el vínculo kármico no la englobaba a ella, y corrieron hacia el pórtico. Sin embargo, a medida que iban subiendo se iban sintiendo más mareados, y en concreto Patrick iba sintiendo una comezón en la nuca más acusada. "Nos estamos acercando al monolito", pensó; "esto va a ser muy difícil... ya solo subir estas escaleras nos está costando la vida". Mientras pensaba esto, se fijó en otro hecho inquietante: la estatua de Hermes estaba girando su cabeza, siguiéndolos con la mirada.

—¿Veis eso? —señaló la estatua.

—Sí, nos está observando —confirmó Tomaso—. Tened cuidado, siento que aquí hay algo extremadamente maligno, casi no puedo aguantarlo.

Llegaron al final de las escaleras y entraron en el pórtico. De la estatua de Hermes emanaba una sensación tenebrosa que les encogía el alma. Pararon a recuperar el aliento con el corazón desbocado, cosa que a Tomaso le costó bastante, debido a la sensación de malignidad del lugar. 

—Mirad —Derek señaló el suelo. 

Multitud de sombras parecían danzar en el suelo del pórtico sin figura física que las proyectara.

—¡¿Pero qué...?! —exclamó Tomaso, que había sentido cómo uno de sus pies se dormía y no podía despegarse del suelo.

—Mierda, ¡¿qué pasa aquí?! —exclamó Sigrid casi al mismo tiempo. Había sentido lo mismo.

Cuando miraron hacia sus pies, vieron cómo varias de las sombras del suelo estaban agarradas a los pies de Tomaso y Sigrid, impidiéndoles moverse, y entumeciéndoles la extremidad. Por más que pateaban, no podían librarse de ellas.

—¡Aaaah! —gritó Sally—. ¡No, no, no! —Varias de las sombras la habían agarrado hasta la cintura, tirando de ella hacia abajo.

Derek, pensando durante un par de segundos buscó la puerta de la mansión. Donde antes debía de haber habido un portón bastante grande, ahora solo había una gran boca de oscuridad. El americano apretó los dientes, con un gesto de frustración.

Tomaso, desesperado, tiró con todas sus fuerzas sin éxito, viendo cómo Sally se hundía poco a poco hasta la cintura en las sombras del suelo. 

—¡No! ¡Nooooo! —rugió. Se estiró lo indecible hasta que pudo agarrar los brazos de la periodista, su amada. 

Un resplandor plateado pareció envolver al italiano cuando tiró de ella con todas sus fuerzas, ayudado por Derek que había corrido también para intentar sacarla de allí. Ambos gritaron por el esfuerzo, y tras varios segundos de indecible agonía, las sombras cedieron; Sally fue liberada con un brusco tirón y Tomaso cayó hacia atrás, con su propio pie todavía inmovilizado.

Patrick, viendo angustiado todo esto, decidió acabar con lo que creía que provocaba todo aquello. Recurrió a su habilidad de alterar la realidad, y, muy fácilmente (lo que para él confirmaba la presencia de un monolito) consiguió destruir el pedestal donde se alzaba la estatua de Hermes, que cayó a plomo y se rompió en varios pedazos. En ese momento, todas las sombras presentes en el pórtico liberaron sus presas y empezaron a correr hacia Patrick.

El profesor no tardó en darse cuenta del peligro que corría, pero sintió algo de alivio al ver a sus compañeros liberados. Les hizo un gesto para que corrieran hacia el interior de la mansión, y él mismo volvió a alterar la realidad para realizar un salto sobrenaturalmente horizontal y cruzar de una sola vez la veintena de metros que le separaban de la boca de oscuridad. Lo consiguió, atrayendo a todas las sombras consigo. Cuando cruzó el umbral, pareció chocar contra un aire mucho más denso, y algo frío lo envolvió y lo aplastó contra el suelo, provocando un doloroso impacto.

El resto aprovechó para correr hacia el acceso al interior de la mansión, pero ahora las sombras estaban agolpadas en la "puerta". Afortunadamente para Patrick, parecía que no podían entrar, pero suponían un obstáculo para el resto del grupo. Aun así, saltando y dando volteretas consiguieron todos atravesar el umbral sin que las sombras los atraparan.

Sobreponiéndose a lo que parecía una mayor densidad del aire, Tomaso se alzó en la penumbra, sosteniendo a Sally y con Sigrid al lado. 

—Joder —alcanzó a decir el italiano. En la penumbra pudo ver dos figuras compuestas de sombras parecidas a jirones de humo y con los ojos como tizones. Ambas parecían ser capaces de proyectar su propia esencia en zarcillos, y de hecho lo estaban haciendo ahora mismo, aplastando contra el suelo a Patrick y a Derek.

Los dos engendros miraron a los recién llegados y lanzaron más zarcillos de sombras contra ellos. Afortunadamente no los alcanzaron en primera instancia.

—¡Ayúdalos Tomaso, por favor! —Gritó Sigrid—. ¡Debes poder hacer algo!

Tomaso se armó de valor, y echó mano de su más profunda fe. Aquello era sin duda la quintaesencia del mal, lo que él más odiaba, y lo iba a erradicar. Empezó a rezar en voz alta, cada vez más alto, hasta que rugió las palabras.

Cuando Derek y Patrick, asfixiados, creían que no iban a poder aguantar más e iban a perder la consciencia, de repente la presión cesó y pudieron recuperar el aliento y ponerse en pie. Las sombras se habían retirado y solo veían a Tomaso envuelto en un aura argéntea mostrando en su mano el crucifijo de su pecho y declamando potentemente palabras en latín.

Mientras tanto, Sigrid se había fijado en su entorno. El vestíbulo de entrada parecía iluminado por pequeñas hogueras invisibles que hacían que danzaran sombras por doquier a su alrededor. Al fondo, donde debería haber habido una puerta, un gran hueco en la pared que parecía haber sido abierto a toda prisa, daba acceso a una gran sala al fondo de la cual la oscuridad se hacía más acusada. Fijándose un poco más, pudo ver que esa oscuridad correspondía a un enorme monolito cúbico de unos dos metros y medio de lado. "Qué raro...", pensó, "es como si hubieran quitado la puerta de entrada y también la puerta de esa sala para dejar pasar el monolito... las medidas coinciden... ¿lo trajeron hasta aquí? ¿Cómo demonios lo hicieron?".

Mirándose unos a otros, un simple gesto bastó para que todos iniciaran la marcha reverentemente hacia el monolito, protegidos de las sombras por la voluntad de Tomaso. A una distancia prudencial, ya en el interior de la sala posterior (una enorme sala que coincidía con la descripción que les había dado Klaus Jürgen), Sigrid se detuvo:

—No es necesario que nos acerquemos más. Desde aquí puedo intentar ya ver la escena —todos se detuvieron al punto, excepto Patrick que, como en trance y con la vista fija en el monolito, avanzó un poco más.

Sigrid se concentró y concretó sus pensamientos: "Muéstrame lo que sucedió durante el ritual orgiástico en el que estuvo presente Klaus Jürgen". En los siguientes minutos, Sigrid describió en voz alta a sus compañeros lo que pudo ver.

Durante cierto tiempo, la sala fue recibiendo gente. Gente de dinero y poderosa, y en su mayoría ya entrada en años. Pero todos ellos acompañados por un séquito de hombres y mujeres jóvenes (y no tan jóvenes, entre ellos Klaus)

Todos ellos, auspiciados por aproximadamente una docena de personas vestidas con túnicas ceremoniales y encapuchadas, se fueron desnudando poco a poco, entre cánticos (que Sigrid no podía oír) y gestos rituales. Varias mujeres y hombres desnudos, todos sumamente atractivos, iban de un sitio a otro con jarras de una bebida extraña de la que llenaban sus copas todos los presentes, muchos de los cuales ya caían presa de la embriaguez. Progresivamente, el ambiente fue subiendo de temperatura, y la ceremonia derivó en una intensa orgía. La orgía duró horas y horas, y durante ella se llevaron a cabo varios rituales, casi todos ellos relacionados con la recogida del semen y una consagración extraña del mismo. 

En un momento dado, entre mucha ceremonia y boato, hizo acto de presencia el que parecía el líder de toda aquella locura, con una túnica escarlata y negra, y con capucha echada sobre su cabeza. Se situó en el altar que habían habilitado donde en la actualidad estaba el monolito negro, y en ese momento Sigrid pudo ver su rostro: el rostro de un hombre de unos cuarenta años con perilla canosa y ojos profundamente azules. "Así que ese es el aspecto que tenías hace seis años", pensó la anticuaria, "y supongo que seguirás más o menos igual". 

El vello de Sigrid se erizó cuando vio que poco después, en la mesa que tenía ante sí el presunto Aleister Crowley, sus secuaces depositaban tres bebés que dormían plácidamente. Apenas pudo ver lo que siguió, pero haciendo de tripas corazón, con lágrimas en los ojos y fuertes náuseas, vio cómo con una sangre fría extrema, arrancaban los corazones de los pobres niños, para acto seguido, Crowley comerse uno y dos de sus secuaces el resto. Corazones de bebé crudos. "Bastardos", pensó con rabia Sigrid, "malditos bastardos".

Tomaso sintió una repulsión extrema cuando su amiga fue relatando la escena. Apretó fuerte los puños y juró en silencio que mataría a aquel  hombre con sus propias manos. "Lentamente, poco a poco, apretaré su cuello y..." Al darse cuenta del hilo de sus pensamientos, rezó en silencio, desesperadamente.

La gente aplaudió a rabiar el infame acto de Crowley y sus seguidores, Sigrid esperaba que debido al efecto de las drogas. La sangre de los recién nacidos se puso en unos cuencos que fueron pasando por toda la sala. Poco después, algunos de los presentes empezaron a vomitar. Y no solo a vomitar el contenido de sus estómagos, sino que, junto con las sustancias, empezaron a expulsar sombras. Pocas al principio, pero al cabo de unos minutos una pequeña multitud de gente expulsaba enormes jirones de oscuridad por sus bocas, con un gesto de indescriptible sufrimiento en sus rostros. Algunos empezaron a expulsar sangre, y no tardaron en empezar a morir los primeros ancianos.

Las sombras expulsadas no tardaron en expandirse hasta cubrir prácticamente la totalidad de la escena. La visión de Sigrid se dificultó, pero alcanzó a ver cómo algunos jirones de sombras tomaban forma de seres demoníacos que ya habían encontrado hacía un rato. Esos "jirones vivientes" reventaban el cuerpo de la persona que los expulsaba cuando salían de ella, con lo que la sala también tardó poco en ser un pequeño lago de sangre y vísceras. La gente que no estaba lo suficientemente drogada gritó de terror, pero la mayoría era víctima de los efectos de los alucinógenos y no alcanzó a reaccionar.

La gente que iba vestida con túnica fue azuzada por su líder y finalmente parecieron reaccionar. Movieron sus manos y recitaron letanías, creando y lanzando luz, relámpagos y fuego. Estalló una batalla campal, y varias de las sombras consiguieron apresar al líder, el presunto Crowley. No obstante, la oscuridad se hizo ya tan densa que Sigrid no pudo ver nada más.

Sigrid cayó de rodillas, agotada y profundamente asqueada por todo lo que había visto.

—Madre mía... —rebufó Patrick.

—¿Has... has acabado, Sigrid? —preguntó Tomaso, rechinando los dientes. En todo ese tiempo no había dejado de concentrarse para canalizar la energía divina y proteger a sus compañeros de la oscuridad—. No puedo aguantar mucho más...

—Si, démonos prisa —acordó Derek, ayudando a levantarse a Sigrid—. Sigrid, ¿crees que podrías ver cómo apareció el monolito aquí?

—No lo sé, lo puedo intentar.

—Haz todo lo que puedas —intervino Patrick—, es importante.

Sigrid volvió a concentrarse.

Alrededor de Sigrid apareció una penumbra que no llegaba a ser ni de lejos una oscuridad cerrada. Aun así, por todas partes se habían encendido luces para combatirla (eléctricas, de combustión y de todo tipo), cosa que no se había conseguido totalmente. La puerta principal de la mansión había desaparecido y en su lugar había un hueco abierto manualmente; la puerta que daba acceso a la sala principal había sufrido el mismo proceso. Varias figuras vestidas sobriamente entraron por el hueco principal, con los brazos extendidos y un gesto de concentración en sus caras. Tras ellos, aún más personas, también usando sus poderes (¡entre ellos Svanur Simonsson, el que los había traicionado en Viena!), y un contenedor industrial que parecía haber sufrido varios desperfectos. El contenedor levitó lenta, agónicamente, hasta la parte posterior de la sala, donde en la escena anterior se había situado el altar. Allí lo dejaron caer y otras personas procedieron a retirar las planchas de metal, dejando a la vista el monolito que había en la actualidad.

Entre las figuras presentes se encontraba el líder de la ceremonia orgiástica y autor del asesinato de los bebés, el presunto nuevo huésped de Aleister Crowley. Lucía varias cicatrices en la cara, que no había tenido en el momento del ritual. Y la imagen se esfumó.

—Vaya —dijo Patrick—, o sea, que el monolito entró aquí después de la ceremonia...

—¿No arrasaron hace poco el Orfeo de Milan? ¿No es posible que sea el monolito que hubiera allí? —hizo notar Tomaso, con el rostro perlado de sudor por el esfuerzo que ya le suponía canalizar su poder—. Sea lo que sea, larguémonos de aquí —cada vez más sombras se agolpaban en el límite de la luz del italiano—.

Patrick utilizó su poder para reventar un hueco en la pared posterior de la mansión. Poco después empezó a reconstruirse por sí misma. El profesor decidió entonces, en un arrebato, correr hacia el monolito y tocarlo. Tras un segundo, una multitud de miles de una especie de pequeñas arañas hechas de sombras empezó a trepar por su piel. No pudo reaccionar; en cuestión de un parpadeo, todo su brazo estuvo envuelto en sombras, y a continuación toda su persona. A ojos de Tomaso, que se alejaba de espaldas hacia la puerta protegiendo a todos los demás, fue como si el monolito se tragara a su amigo tras envolverlo en aquellas sombras vivientes.

En aquel instante, todos ellos a través de su vínculo kármico sintieron una oleada de terror y de angustia extremadamente brutal. Tomaso estuvo a punto de perder pie e incluso el conocimiento cuando sintió el salvaje sufrimiento de su amigo, igual que Sigrid y Derek, a cuyos ojos acudieron lágrimas de tristeza. Pero este último consiguió rehacer a los otros dos y sacarlos a rastras de allí, ya casi sin fuerzas para moverse. En el pórtico volvía a erguirse la estatua de Hermes como si no hubiera sucedido nada. Los últimos coletazos del poder de Tomaso los protegieron de las sombras hasta que llegaron al pie de las escaleras.

—Han... han arrastrado a Patrick... lo han arrastrado al Averno... —gimió Tomaso, todavía presa del shock, cayendo de rodillas al suelo con Derek. La cordura de los dos había cedido por fin.

Entre Sigrid y Sally consiguieron arrastrar a sus dos compañeros hacia donde se encontraban los demás, hacia el coche. Sally no podía evitar llorar, desesperada. Afortunadamente, cuando se alejaron lo suficiente de la mansión, el resto comenzó a moverse de nuevo.

—¿Qué, qué ha pasado? —preguntó Theo Moss, sorprendido por los cambios a su alrededor.

Sigrid se unió a Sally en su llanto desconsolado.

 


FIN DE LA TERCERA TEMPORADA

 



jueves, 16 de diciembre de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 41

Buscando la Mansión de la Golden Dusk

Klaus no pudo contener el llanto al recordar las escenas horribles de la "fiesta benéfica".

—Será mejor que lo llevemos a su casa —dijo Tomaso, que ante la situación había decidido acercarse a la mesa donde se había producido la conversación—. No creo que sea buena idea continuar con esto así.

—El problema —respondio Derek, haciendo un aparte con su amigo— es que ahora recuerda, y si ahora va a la policía puede perjudicarnos mucho...

—Claro —coincidió Sally—, la policía puede estar comprada o compinchada con Crowley y compañía.

—Quizá le podría hacer olvidar —anunció Sigrid.

—En cualquier caso, llevémoslo a casa para que esté más tranquilo —insistió Tomaso. Y así lo hicieron.

Al levantarse, Patrick aprovechó para meter en la mochila el cubo negro que había aparecido en la mesa al hacer uso de sus habilidades.

No obstante, finalmente el grupo prefirió no llevar a Klaus a su casa ante el peligro de que acudiera a la policía. Su mujer y su hija tendrían que esperarlo un poco más, y les pusieron una excusa peregrina por teléfono para justificar el retraso de su marido. Evitando también las preguntas de Franz Neumann acerca del "extraño cubo negro que había aparecido de la nada", decidieron llevarse con ellos a Klaus en busca de la mansión donde había tenido lugar la presunta fiesta benéfica. Se despidieron del traductor y se marcharon en busca del complejo, hacia Affoltern.

Decidieron empezar su búsqueda en el pequeño museo local sito en el pueblo de Zwillikon, al norte de la comuna. Allí les recibió una amable señora a punto de entrar en la tercera edad, que por suerte hablaba algo de inglés. Patrick, acompañado por Derek, tomó la palabra:

—Buenos días, estamos haciendo un viaje de "turismo arquitectónico" por la zona —el profesor puso la mejor de sus sonrisas—, viendo edificaciones antiguas, y nos gustaría saber si en los alrededores hay alguna mansión interesante de ver. No sé si tendría algún registro, o fotos antiguas de la zona que pudiéramos ver para poder visitar.

La mujer se quedó pensativa unos segundos.

—Es algo extraño lo que usted me pide —dijo—. Me temo que no tengo fotos así, aunque conozco dos o tres mansiones muy bonitas que quizá estaría usted interesado en visitar, Rauhenhaus, Baumannshaus, o también Schneiderhaus.

—Sí, estamos sobre todo interesados en edificios que fusionen arquitectura centroeuropea con neoclásica, que tengan elementos neoclásicos como por ejemplo, no sé... —disimuló— estatuas de dioses griegos, columnas corintias y demás.

—Bueno... solo conozco una villa que reúna unos requisitos parecidos... Baumannshaus. Esa seguro que les gustará, es muy bonita.

Tras tomar buena nota de la localización de la villa, hacer una pequeña donación y agradecerle a la señora su amabilidad, se marcharon rápidamente hacia allí. Desde un otero y con ayuda de unos prismáticos observaron la mansión. Efectivamente, lucía una docena de estatuas griegas en su parte frontal, pero tras unos minutos se convencieron de que el lugar no se correspondía con lo que había descrito Jürgen.

—¿Qué hacemos ahora? —se preguntó Patrick.

Discutieron qué hacer a continuación, totalmente atascados. Intentaron avanzar preguntando a varios taxistas sobre una mansión con las características que conocían, sin éxito. Por fin, Derek propuso acudir a preguntar a guías turísticos, que serían los que mejor conocían la región. El grupo acordó que sería el mejor curso de acción. Una rápida búsqueda reveló tres empresas de turismo en el distrito de Affoltern. Ya caía la noche cuando visitaron la primera, una empresa moderna, atendida por dos bellísimas jóvenes en el mostrador; desgraciadamente, no sacaron nada en claro, con lo que se retiraron a dormir a su casa.

Aprovecharon para tener una conversación con Klaus, al que habían dormido con barbitúricos durante las horas que habían pasado buscando la mansión. Consiguieron tranquilizarlo y, al menos, postergar su intención de acudir a la policía (Derek le insistió en que la policía estaría seguramente compinchada); acto seguido, lo llevaron a su casa donde se reunió con su mujer y su hija.

Esa noche, Derek se despertó con un fuerte escalofrío. Vio un cuervo en la ventana, un cuervo con unos extraños ojos brillantes. "Otra vez", pensó. "Nos están buscando otra vez". En pocos instantes, el cuervo levantaba el vuelo. 

Durante el desayuno, Derek no tardó en revelar el hecho:

—Nos están  volviendo a buscar, he vuelto a ver cuervos en sueños.

—Tendremos que movernos rápido entonces —dijo Tomaso, ante el asentimiento general.

Acabando rápidamente el desayuno, acudieron a la segunda de las empresas turísticas que habían seleccionado el día anterior.

La oficina tenía un aspecto más descuidado que la del día anterior. Se notaba que había vivido momentos mejores y se encontraba en un momento económicamente delicado. Una chica les recibió amablemente, hablando un correcto inglés.

—Buenos días, señores. ¿En qué puedo ayudarles?

—Buenos días —empezó Patrick—. Realmente, venimos a preguntar por algo muy concreto. Estamos de vacaciones por la zona, y unos amigos que estuvieron también por aquí hace unos años nos hablaron de un par de mansiones muy pintorescas... sobre todo de una que lucía una estatua del dios Mercurio sobre una fuente. Personalmente, soy muy aficionado a la arquitectura y al clasicismo, y me interesaría mucho ver esa mansión... ¿tiene usted alguna idea de cuál puede ser y dónde encontrarla?

—Una fuente... un dios romano... pues realmente no sé qué decirle... quizá se trate de la mansión Baumannhaus...

—No, esa ya la hemos visto y no es la misma, tiene...

En ese momento, un hombre entrado ya en años, con barba blanca, ojeras y sin pelo entró en la oficina.

—Guten Morgen, Olga —dijo en alemán—. Buenos días señores, siento interrumpir —continuó en inglés, espero que frau Olga les esté atendiendo bien.

—Sí muy bien —le respondió Patrick con una amplia sonrisa.

Herr Beck —dijo la chica—, estos señores están interesados en una mansión con mármol rosa porticado, con una fuente y sobre ella una estatua del dios Mercurio... ¿le suena a usted?

Beck se quedó pensativo unos segundos.

—Ummm... ¿no es Baumannshaus?

—No, no es esa, venimos de allí.

—Pues la verdad es que no caigo, no... —se dio la vuelta para marcharse, y abrió la puerta de sus despacho mientras Parick se disponía a leer su aura. De repente, se detuvo—: Bueno... ahora que lo pienso... quizá ustedes están buscando la mansión Hausenbach...

—Es posible —dijo Tomaso, con Patrick concentrado en ver el aura del viejo.

—Oh, hace tantos años —dijo el anciano. Su aura tenía alteraciones que salían de lo normal. "Más que alteraciones", pensó Patrick, "es que tiene un aura especial".

—¿Cómo es esa mansión? —insistió Tomaso—. ¿Y dónde se encuentra?

—Oh, hace mucho ya... yo era mucho más joven. Pero lo recuerdo, sí, la estatua de Hermes, bellísima, y la fuente también. Está entre Arni y Oberwil-Lieli. Les puedo llevar allí si quieren, si contratan un tour privado.

—Por supuesto —contestó enseguida Derek, disfrutando del desatasco en su investigación.

—¿Sabe si está habitada o abandonada? —preguntó Tomaso.

—La verdad es que no, hace muchos años que estuve, como les digo, ni siquiera recuerdo por qué. Pero como les digo, les puedo guiar hasta allí.

Y así, tras firmar unos papeles y entregar unos billetes, El grupo se encontró en el interior de un minibus conducido por el propio Beck hacia el noroeste. Los hombres de Paolo los seguirían en su propio vehículo.

Media hora después pasaban el pueblo de Arni y se adentraban en las carreteras secundarias que atravesaban el bosque. Pocos minutos después de dejar el pueblo atrás, la visibilidad del grupo se vio reducida por la aparición de niebla alrededor. La niebla se fue espesando rápidamente dificultando la conducción, y Beck tomó varias bifurcaciones, hasta que reconocío haberse equivocado. Tuvieron que volver hacia atrás un par de veces y dirigirse hacia otra dirección. 

—Claramente —susurró Sigrid, la más experimentada en salidas a la naturaleza, al resto de sus compañeros— el recorrido que estamos haciendo es demasiado extenso para el área que se ve en el mapa entre los dos pueblos. Algo raro pasa aquí.

Ante las palabras de su amiga, Patrick se esforzó por intentar detectar lo que fuera que sucediera en la zona, pero no pudo controlar sus habilidades (por otra parte prácticamente incontrolables) para servir a tales fines. Los móviles tampoco funcionaban desde hacía rato, y entre la niebla y la espesura apenas había luz, prácticamente el entorno era nocturno.

Finalmente, tras tomar una pista forestal bastante ancha y cuidada, llegaron a una explanada que se abría en medio del bosque. La niebla y la oscuridad impedían ver más allá de unos pocos metros, y desde hacía unos minutos, desde que se acercaban al claro, Patrick se rascaba compulsivamente la nuca, sintiendo la misma sensación que ya le había invadido en el Orfeo de Nueva York y en la catedral de Lucerna. Y no solamente Patrick; en esta ocasión, también Tomaso sintió una especie de comezón, de incomodidad. 

—Este lugar... —susurró el italiano— es... malsano. Hay algo impío aquí —se santiguó.

Sin alcanzar a escuchar las palabras de Tomaso, que las había pronunciado en un tono bajo para que solo las oyeran sus amigos, herr Beck dijo, mirando a su alrededor:

—Sí.... recuerdo esta explanada, y este ensanchamiento de la vía... sin duda, la mansión tiene que estar aquí. Deberíamos haber cruzado ya la verja de entrada. Qué extraño... es como si hubiera desaparecido.

Algunos de ellos bajaron del vehículo, entre ellos Sigrid, que recogió algunas ramas lo suficientemente secas como para prenderlas.

—Mirad —increpó la anticuaria, señalando un punto donde la nieve era más clara—. A partir de aquí no crece la hierba. Una línea recta perfecta. ¿Es posible que coincida con donde estaba el muro, o la valla de la propiedad?

—Sí... —dijo Beck, tras meditarlo rascándose la cabeza—, sí, es muy posible. Estoy perplejo, la verdad.

Se unieron con los poseídos de Paolo, Lorenzo y Fiódor, que habían dejado el vehículo atrás y habían recorrido el último tramo andando. Varios continuaron a pie, con Sigrid clavando ramas para que sirvieran de guía por si acaso, hasta que el minibus, que iba por delante de ellos, se paró. No hubo manera de arrancarlo de nuevo hasta que lo empujaron unos metros hacia atrás. Pudieron volverlo a arrancar así, lo que les sacó suspiros de alivio.

—Uf —profirió Patrick—. ¿Qué hacemos? Debemos tener cuidado...

—Tenemos que seguir —dijo Tomaso—. No podemos volver ahora.

*****

Derek encabezó la marcha, rodeado de los demás, y pocos pasos más adelante, el resto se paró. El norteamericano se giró, extrañado.

—¿Qué pasa? ¿Por qué os detenéis? —ninguno pareció reaccionar, así que Derek retrocedió hacia ellos.

Sintió un escalofrío cuando todos sus compañeros, inmóviles y sin expresión, se limitaron a mirarlo fijamente mientras se movía. Se acercó a Tomaso.

—¿Qué pasa, Tomaso? Contéstame —el italiano se limitó a mirarlo, sin expresión; igual que todos los demás. Al cabo de unos momentos de intentos infructuosos, el terror a la soledad de Derek se disparó, y se desesperó, gritando a todos para que reaccionaran.

*****

Mientras caminaba casi a la altura de Derek, Tomaso sobrepasó al resto. Se habían quedado parados e inmóviles, mirándolo fijamente. Por más que lo intentó, no pudo hacerlos reaccionar, y empezó a rezar quedamente, profundamente inquieto ante sus miradas fijas en él. Ni siquiera pudo hacer reccionar a Sally, por más que le rogó y la zarandeó. Lorenzo y Fiódor también estaban inmóviles, mirándolo.

*****

Patrick caminó también hasta que se dio cuenta de que se había quedado solo. Todos sus acompañantes se habían detenido y lo miraban fijamente en la oscuridad. Tras varios intentos de hacerlos reaccionar, observó sus auras. Ninguno de ellos tenía ni rastro de aura, lo que provocó un fuerte temblor en el profesor, pero se sobrepuso, pensando sin parar.

*****

Sigrid clavó una nueva rama marcando el paso, y al levantarse se dio cuenta de que todos estaban inmóviles y mirándola fijamente.Después de intentar comunicarse con ellos y no conseguirlo, salió del círculo irregular que habían formado alrededor de ella, y sintió pánico al ver que la seguían con la mirada, sin hacer absolutamente nada más.

*****

Sigrid y Patrick hicieron de tripas corazón y, asumiendo que aquellos que estaban a su alrededor no eran sus amigos, avanzaron un poco más. Tomaso y Derek decidieron hacer uso del vínculo kármico que les unía. En ese momento, todos ellos se dieron cuenta de que la niebla había desaparecido, y era de noche. Y no había ni una sola estrella en el cielo, que ahora estaba despejado. Les recordó mucho a cuando habían estado en Quebec, en otra vida.

Avanzando un poco más, sobreponiéndose a la noche, al vértigo y la falta de estrellas, alumbrados por una luminiscencia sobrenatural, vieron delante una plazoleta presidida por una fuente, y más allá una mansión con mármol rosa, con un frontis porticado y unas amplias escaleras. El frontis cobijaba un altar coronado por una bonita estatua del dios Hermes.

Invocando su vínculo con la pura fuerza de voluntad, Derek, Tomaso y los demás consiguieron contactar los unos con los otros  y sacarse de aquella anomalía en la que se encontraban inmersos. Así, Sigrid, Patrick, Sally y los propios Tomaso y Derek se reencontraron por fin en medio de la noche, ante la mansión y con el resto de sus acompañantes congelados y mirándolos fijamente. Se miraron unos a otros y, con un acuerdo tácito, se giraron hacia el edificio.

—Bueno, vamos a ver qué nos encontramos ahora —dijo Derek, iniciando la marcha.


 

 


jueves, 11 de noviembre de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 40

Investigación en Zúrich. Deshaciendo un entuerto.

Derek hizo un gesto a Lorenzo y Fiódor, los dos hombres de Paolo, señalando a los recién llegados. Los poseídos se acercaron, preparándose para un posible enfrentamiento. Por su parte, Patrick llamó por teléfono a Tomaso para ponerle sobre aviso. Le conminó a salir de la catedral rápidamente, porque seis personas se apresuraban hacia allí, entre ellas dos de los hechiceros de Milán. Tomaso informó a Sigrid y, rápidamente, se dirigieron a un lateral del templo junto a Sally y Theo.

Tras esperar unos momentos ocultándose de los recién llegados entre las columnas, se dirigieron hacia la puerta. De repente, una mujer gritó a lo lejos:

—¡Eh! ¡Alto! ¡Allí, rápido!

Pero ya era tarde para detenerlos. Entre el magro gentío de fieles y de turistas, Sigrid y Sally empezaron a correr, seguidas por Tomaso y Theo. Pocos segundos después se reunieron con el resto y se perdían en las callejuelas anexas. 

Una vez a salvo en los coches y de camino de vuelta a Zúrich, charlaron largo y tendido sobre la visión que Sigrid había tenido en el interior de la catedral. Les habló del extraño grupo que al parecer había sido atacado por relámpagos y cómo habían usado unos escarabajos muy parecidos al que había atacado a Tomaso para deshacer el suelo. Pero no había podido llegar a ver nada más allá.

Ya tranquilos en la casa de campo, recapitularon sobre todo lo que había sucedido en Lucerna, y elucubraron con diferentes posibilidades.

—En la catedral sentí lo mismo que en el Orfeo de Nueva York pero más atenuado —dijo Patrick—. Aun así, creo que eso no debe de ser un monolito.

—Bueno, todo apunta a que sí lo es, no estoy de acuerdo contigo —rebatió Tomaso—. Pero no sé si vamos a sacar algo más en claro de Lucerna, y más habiéndolos puesto sobre aviso.

—Sí —acordó Derek—. Creo que deberíamos dejar que se relajaran un poco y mientras tanto dedicarnos a investigar lo de la fiesta donde sucedieron las muertes. Dentro de unos días, cuando las aguas se hayan calmado, podríamos intentar colarnos en la catedral por la noche.

—Estoy de acuerdo —anunció Sigrid.

—Bien... —continuó Patrick— entonces, ¿qué sabemos de la tal "Golden Dusk" aparte de que parecía una empresa dedicada al bienestar de la tercera edad (y cuyo nombre se parece mucho al de la Golden Dawn)? ¿Podríamos averiguar algo más?

—Lo dudo —intervino Sally—. A Omega Prime les costó exprimirse hasta la última gota para encontrar esos dos míseros fragmentos de información. Dudo que Jacobsen o nadie más pueda encontrar nada relacionado con ella.

—Sí, parecen haberlo borrado todo, incluso los registros empresariales y sociales —rubricó Tomaso.

Tras unos segundos en silencio, Patrick sugirió:

—Vale... entonces, si os parece bien, sugiero que contactemos con alguna otra empresa geriátrica de la ciudad para ver si les suena algo sobre ella, o sobre la fiesta benéfica, o alguna otra cosa.

Todos se mostraron de acuerdo. Una rápida búsqueda de Tomaso reveló (entre varias otras) tres importantes empresas de cuidados geriátricos en la ciudad. Así que, tras descansar esa noche, el día siguiente procederían a iniciar sus pesquisas.

Cuando ya se habían retirado, Sigrid recibió una llamada de Emil Jacobsen. A petición del bibliomante, la anticuaria reunió de nuevo al grupo y puso el manos libres. Jacobsen les informó de que habían encontrado al menos ocho empresas en todo el mundo con la denominación "Golden Dusk", pero ninguna que tuviera que ver con el cuidado de ancianos, y mucho menos en Suiza o alrededores. Esa vía no iba a llevar a ninguna conclusión válida.

—Pero —añadió Emil— lo más importante que quería compartir con vosotros es un vídeo que hemos encontrado por pura casualidad. Os lo he dejado en la nube, en el enlace que le acabo de mandar a Sigrid.

Tomaso intentó abrir el archivo, pero obtuvo un mensaje de error debido a un "formato incorrecto".

—Emil —dijo el italiano—, no puedo abrirlo, da un error de formato.

—Sí, es muy extraño. Tenemos que estar copiándolo cíclicamente en bucle porque al poco tiempo se corrompe; lo descubrió Stephen, nuestro cibermante. Ya lo han vuelto a subir. Probad ahora. Luego me explicáis qué es eso.

Esta vez sí que se lanzó la visualización.

El vídeo comenzaba al atardecer con dos jóvenes de unos veinte años preparando una cámara doméstica. Uno de ellos comenzó a hablar en italiano, que Tomaso fue traduciendo para sus compañeros:

—Aquí Sebastian Grillo, para el blog "las cosas más extrañas". Hemos conseguido colarnos en la zona cero de Milán,  el barrio que literalmente explotó y fue borrado del mapa hace unos días. Mirad cómo está. 

El otro joven hizo un barrido con la cámara, lo suficiente para que el grupo reconociera el barrio donde habían tenido el encuentro con los hechiceros de Hermes y se habían producido las explosiones. Theo tomó la palabra:

—Eso está demasiado arrasado para tratarse de unas explosiones terroristas. Lo han destruido a conciencia, para que no quedara nada. Esa gente es realmente peligrosa.

El joven diletante continuó hablando:

—El ejército tiene acordonada la zona, pero son un poco ineptos —soltó una risita—. Hemos conseguido colarnos y vamos a ver qué podemos encontrar, porque, ya sabéis, amigos de lo paranormal, lo que se dice sobre esto. Dicen que ha habido un "resurgir de los tiempos antiguos", y que esto ha sido obra de unos hechiceros... en fin, vamos a ver lo que podemos encontrar. Cuidado Carlo, que si nos ven nos meterán en el calabozo, o algo peor.

Tras unos pocos segundos de movimiento y cháchara, el cámara tomó la palabra:

—¡Sebastian, mira allí, mira allí! —le urgió, susurrando.

La cámara giró e hizo zoom hacia un lugar determinado. Entre los cascotes y restos, una mujer miraba alrededor, como en trance. 

—Joder, Rebecca Clarkson —dijo Derek—. Y ¿qué hace? ¿Está llorando? —efectivamente, parecía que a Rebecca le caían lágrimas por las mejillas. 

—Joder —fue lo único que aceptó a decir Patrick.

El joven periodista aficionado continuó:

—¿Qué demonios hace una mujer aquí? ¿Se ha colado como nosotros? ¿Y por qué está llor...?

No pudo acabar la frase. Rebecca levantó la cabeza y gritó algo. La imagen sufrió varios cortes de estática. El grito no se escuchó. La cámara se movió bruscamente.

—Joder, qué dolor de cabeza... —se oyó a Sebastian—. ¡Joder! ¡Joder!

—¡Sebastian! ¡Sebastian! ¿Estás...? —a través de la cámara, que había girado para enfocar al chico, pudieron ver que Sebastian cayó inconsciente, con los ojos en blanco.

—¡Mierda! ¡Mierda! ¿Qué está pasando? ¡Sebastian, joder! ¡Joder, qué dolor de cabeza coño! —la cámara enfocó de nuevo a Rebecca, que seguía gritando.

—Está gritando "Patrick" —susurró Derek—. ¿Lo veis...?

—Buah, no aguanto el dolor —continuó el tal Carlo—. Joder.... Unnnnnhhhhh....

La cámara siguió grabando unos segundos antes de que Carlo se desvaneciera y la dejara caer al suelo. Rebecca dejó de gritar, y miró al suelo. Se agachó, y tendió su mano. De entre los escombros surgió otra mano que se agarró a la suya. La mujer lo ayudó a salir. A Sigrid le dio un vuelco el corazón.

—Pero... es Ramiro... —el vídeo se detuvo, tras la aparición del marido de Sigrid con el cuerpo desnudo.

 Tomaso se precipitó a buscar el blog que Sebastian había mencionado. Lo único que había en el dominio era una gran imagen de un lazo negro. Nada más.

—Parece que estos chicos pasaron a mejor vida —anunció.

—Ese era Ramiro, ¿verdad?... No estoy soñando... —balbuceó Sigrid, todavía en shock.

—Sí, sí lo era —confirmó Patrick.

Jacobsen seguía al teléfono en el manos libres.

—Lo que hemos visto nosotros —dijo el bibliomante— es que la mujer que aparece en el vídeo grita claramente "Patrick". Una semana después de la explosión de Milán donde estuvisteis vosotros. Y después, presuntamente, resucita a Ramiro... creo que tenéis cosas que explicarme. Empezando por quién es esa mujer.

Tomaso le explicó someramente que habían visto a Rebecca en vídeos anteriores y parecía seguir los pasos de Patrick. Derek añadió que nunca habían coincidido con ella y que también era un misterio para ellos.

—Es muy extraño todo —dijo Emil—. Desde luego, nadie podría haber sobrevivido en el epicentro de una explosión de tal magnitud, y menos durante varios días... Bueno, intentaremos averiguar más cosas sobre esa mujer. Entiendo que tú intentarás contactar con Ramiro, ¿no, Sigrid?

—¿Eh? Sí, sí, claro, lo voy a intentar enseguida.

Los intentos de Sigrid por contactar con Ramiro fueron infructuosos, así que decidieron retirarse a descansar. La mañana siguiente se desplazaron a las residencias. Sigrid centraba toda su atención en sus libros de árabe, distrayéndose del episodio de Ramiro y obsesionada por leer cuanto antes el libro de tapas negras. Al llegar al primer centro, Patrick dijo:

—Creo que lo mejor será que entremos Derek y yo. Preguntaremos por empleados que lleven más de diez años trabajando en el centro, a ver si recuerdan algo de aquella fiesta benéfica.

En la primera de las residencias no sacaron nada en claro. En la segunda de ellas, Patrick y Derek entraron y preguntaron de nuevo por empleados que llevaran más de diez años trabajando allí, y el encargado del turno les presento a Klaus Jürgen, un alemán que llevaba media vida viviendo en Zúrich. Tras las presentaciones iniciales y un poco de charla, Patrick encontró el momento adecuado para mirar su aura.

Por pura casualidad pudo detectar una pequeña —pequeñísima— alteración en una de las capas del halo de Klaus. No sabía por qué lo sabía, pero Patrick estaba convencido de que esa anomalía indicaba que la mente de Klaus había sido alterada de alguna manera y que, además, se habían preocupado por esconderlo de manera magistral. Que él lo hubiera descubierto sin duda entraba en el terreno de lo extraordinario; "quizá me ha ayudado la suerte de Derek", pensó. Acto seguido, hizo unos gestos a su amigo, y salieron de allí con una educada despedida.

Klaus Jürgen

En el exterior Patrick compartió la información con el resto. Decidieron esperar a la salida de Jürgen (en teoría, acababa su turno a las nueve) e invitarle a unas cervezas, pues Patrick se había dado cuenta de su afición a la bebida. El problema era que Klaus no hablaba nada de inglés, había sido el encargado quien había tenido que traducir la conversación. Sigrid llamó a Emil para ver si podía proporcionarles un traductor, y el bibliomante le dijo que enviaría a Franz Neumann desde Vaduz, desde Liechtenstein, que llegaría al día siguiente; eso sí, el grupo tendría que encargarse de sus honorarios.

Patrick pasó una mala noche; tuvo un sueño poblado de pesadillas que luego no recordó. Derek, por su parte, no se despertó de madrugada, pero al despertar por la mañana, tuvo la sensación de que algo había intentado llegar a ellos. Como no pasó de ser una sensación, perfirió ser discreto y no decir nada. Ya despieto, en la inspección rutinaria, Patrick vio que el aura del pequeño monolito ya superaba levemente la tela de la mochila. Se preguntó si aquello había tenido algo que ver con la mala calidad de su sueño. Se hizo con unas pinzas por si en el breve plazo había que manipular el extraño objeto.

Por la mañana, pasadas un par de horas, el grupo se reunía con Neumann, un hombre elegante y extremadamente educado. Poco después, Derek, Patrick y el recién llegado se encontraban sentados en la mesa de una cafetería cercana con Klaus, mientras el resto del grupo se reunía en una mesa cercana.

Tras dos o tres pintas de cerveza, Derek acaparó la conversación (traducido por Neumann) para que Patrick pudiera concentrarse en alterar la realidad y deshacer lo que fuera que hubieran hecho con la mente de Klaus. Derek dirigió la conversación directamente a la Golden Dusk y a la fiesta benéfica de hacía seis años, provocando gestos de extrañeza en su interlocutor al detectar puntos de vacío de memoria más o menos por aquella época.

Patrick vio entonces su oportunidad, entrando en comunión con las partes más fundamentales de la realidad que componía la mente de Jürgen. Con la pura fuerza de su voluntad, sometió a diferentes vibraciones las fibras de los componentes últimos, y restauró lo que en el pasado se había alterado. Se llevó las manos a la cabeza cuando sintió un dolor fuerte detrás de los ojos y cómo la sangre se le agolpaba en la frente; su visión se empañó con una multitud de puntos de luz e hizo un gesto de dolor, cerrando los ojos.

—P.... pero... pero ¿qué demonios...? —espetó Jürgen, sorprendido, al recordar de nuevo lo que le habían hecho olvidar—. Dios mío, ¡oh, señor!

Derek no tardó en reaccionar:

—Tranquilo, Klaus —instó Neumann a que tradujera sus palabras rápidamente—. Sé cómo te sientes ahora, no vayas a hacer nada que...

—¡¿Qué dices?! —espetó el alemán, ¡en inglés, sin esperar la traducción!—. Oh, señor, tengo que ir a la policía... los mataron... los mataron... aquellos tipos...

—Tranquilo, tranquilo, vamos a hablar de ello —Derek se sobrepuso a la sorpresa de oír a Jürgen hablando en inglés—. Creemos que la policía puede estar compinchada con ellos, cálmate.

—No te preocupes —intervino Patrick, sobreponiéndose como pudo al dolor—, estás entre amigos, y lo que sucede es normal, fuiste víctima de artes oscuras, y... —el dolor de cabeza no le dejó continuar.

—¿De artes oscuras? ¿Qué mierda estáis diciendo? —Klaus hizo amago de levantarse; Tomaso y Jonathan se pusieron en guardia.

—Es la verdad —insistió Derek, deteniéndolo—. Ynecesitamos saber quién lo hizo para poder vengar aquellas muertes.

Klaus se volvió a sentar, y pareció relajarse tras unos segundos de tensión.

—Está bien... está bien —se notaba que luchaba contra la culpa y el horror. En ese momento, fijó la vista en algo que había sobre la mesa. Patrick y Derek dirigieron sus miradas al mismo sitio. Un cubo negro de unos diez centímetros de lado había aparecido entre los vasos. Derek lo quitó de en medio. Klaus se quedó confundido, pero de momento no le dio importancia, al contrario que Neumann, que se quedó con la mosca detrás de la oreja.

—¿Recuerdas la conversación que hemos mantenido en la última media hora? —preguntó Patrick, sin rodeos.

—Sí... sí, claro que la recuerdo. Lo recuerdo todo. Solo que ahora recuerdo lo que sucedió hace seis años en aquella fiesta. Pero... ¡si hasta hablo inglés!

—Sí, y bastante bueno. Pero centrémonos. Es importante, Klaus; necesitamos saber lo que sucedió en aquella mansión hace seis años.

Cuando  Jürgen trató de recordar, los sentimientos se agolparon en su mente.

—Ufffff... joder... es muy duro... no... es que, tenemos que ir a la policía... de verdad...

—No te preocupes, cuando terminemos de hablar, podemos acercarnos a una comisaría, pero de verdad que es urgente que nos lo cuentes.

Tras pensárselo unos segundos, el alemán continuó hablando:

—Sí... hace unos seis años me contrataron para un evento benéfico. Buscaban gente con experiencia en cuidado de ancianos, una empresa que se llamaba "Golden Dusk", que supongo que sí que sería una empresa real. Pero... los recuerdos son bastante difusos... creo que nos drogaron. Hubo una orgía... y luego todo lleno de sangre... 

»Su líder decía algo así como... "el renacimiento por el conocimiento" o algo parecido. No lo sé muy bien... pero desde luego, fue un baño de sangre, literalmente, asesinaron a muchísima gente... Dios mío, creo que yo mismo asesiné a alguien... oh, señor...

—¿Cuántas personas de tu residencia fuisteis? —preguntó Patrick antes de que Jürgen volviera a romperse.

—Fui solo yo, seguro.

—¿Y recordarías el rostro de su líder? ¿O su nombre?

—Su líder... no, no sé su nombre... pero recuerdo que se hacía llamar "Hijo de Toth"... —"El dios egipcio que acompañaba a los muertos", pensó Sigrid. Tomaso también lo escuchó: "Mmmmh... ¿Hermes Trimegisto no surgió del sincretismo de Toth y Mercurio? Sí, seguro...". Klaus también describió los rasgos que pudo recordar sobre el líder, pero de repente, espetó:—. Pero.. ¿cómo estoy recordando esto? ¿Y qué es ese cubo que habéis apartado? ¿Quiénes sois?

—El cubo solo era una ayuda para hacerte recordar —mintió Derek—, y nosotros somos simplemente unas personas que persiguen la verdad. Y necesitamos saber dónde estaba la mansión, y dónde se realizó la fiesta. La vida de mucha gente depende de lo que nos puedas decir.

Klaus se lo pensó durante unos instantes, luchando internamente contra sus sentimientos. Y finalmente espetó:

—Creo que estaba en Affoltern... sí, seguro estaba allí. Una gran casa de campo, muy antigua y lujosa, con una gran sala de baile habilitada para una gran orgía —a petición de Derek, Jürgen describió con todo el detalle que pudo el exterior de la mansión; un detalle que el alemán recordaba les pareció importante para identificarla: el cuerpo principal estaba coronado por una estatua de un dios con alas en los tobillos, seguramente el Hermes griego.

—¿Y viste si había gente con tatuajes o algún tipo de simbología? —siguió interrogando Derek.

—Sí, varios de los asistentes tenían tatuajes, sí. Pero no los recuerdo en detalle; solo recuerdo un símbolo grande que había en una pared, un símbolo de metal representando un sol poniéndose... o saliendo, no sé. Y que aquello debíó de durar tres días... me ausenté en viernes y volví en lunes, en junio, durante el solsticio de verano... —también les describió lo que recordaba acerca del sexo ritual y los sacrificios... el horror se adueñó de él cuando recordó a algunos encapuchados comiéndose los corazones de las víctimas... quizá también algún feto no nato... no pudo continuar.

"Los rituales sexuales que ha descrito", pensó Tomaso, "se parecen muchísimo a los que dicen que tenían lugar en la abadía de Thelema bajo el mando de Aleister Crowley... seguro que fue él también en esta ocasión".