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lunes, 23 de mayo de 2011

La Santa Trinidad - Campaña en Aredia [Rolemaster] Temporada 4 Capítulo 5


Tras la tensión inicial tras la partida de lady Ylma, el resto de la cena transcurrió de forma más relajada.

Al terminar, Demetrius quedó a solas con Vairon, interesándose por las pesadillas que el noble había dicho que sufría cada noche, y su enfermizo aspecto. El bardo ofreció su ayuda a Vairon, por lo cual el noble le dio las gracias y le tomó la palabra.

Ayreon abordó a Noras Borander, el líder de los Pastores de Emmán en Haster, preguntándole -quizá no con el suficiente tacto- sobre si eran ciertos los rumores que circulaban por la ciudad de que los paladines torturaban y ejecutaban de forma indiscriminada a los que ellos llamaban herejes. También hizo constar el odio que gran parte del pueblo sentía hacia los paladines emmanitas, y se interesó por las razones que lo hubieran podido originar. Ante tales preguntas, Noras fue torciendo cada vez más el gesto, hasta que de forma cortante, el Pastor le respondió:

—¿No habéis pensado, mi amigo paladín renegado, que es posible que el pueblo nos odie debido a vuestra traición?

Ayreon, totalmente sorprendido, no pudo sino quedarse callado ante estas palabras. ¿Era posible que la runa de la Creación hubiera cambiado la historia de los paladines hasta tal punto?
Sin dilación, Noras se dio la vuelta y se marchó.

Mientras tenían lugar estas conversaciones, Mauvros se acercó a Leyon, con una sonrisa conciliadora en los labios. "Bueno, pues finalmente parece que no ha ido tan mal, ¿verdad?" El presunto heredero del Imperio y el noble adastrita mantuvieron una agradable conversación.

Una vez en sus aposentos, Ayreon elevó sus plegarias en busca de un tipo de respuestas que no podría conseguir en el mundo terrenal. Por primera vez en meses conseguía percibir claramente la esfera celestial. Pero algo iba mal. Algo parecía terriblemente equivocado en los cielos. Tenía que ser más agresivo. Tenía que perseguir la herejía. Emmán aprobaría la tortura y la crueldad si así extendía su palabra. Noras estaba en lo cierto, había renegado de sus creencias. Los herejes no merecían otra cosa que la muerte... ¡la muerte! y él se encargaría de...de... "¡Ayreon!¡¡AYREON!!" -la voz de Ezhabel gritando su nombre mientras lo zarandeaba para despertarlo del trance cortó la extraña influencia. La semielfa lucía un semblante de preocupación mientras que Nirintalath, a su lado, le sonreía. Hacía rato que había amanecido.

La noche había transcurrido tranquila, con Ezhabel vigilante.

El día siguiente, Demetrius procedió a convocar escalonadamente a los diferentes nobles. Unos acudieron, y otros, como lady Ylma, ignoraron la llamada.

En una breve reunión con Namtor, éste les explicó todo lo que sabía sobre la situación de los países del entorno. Por lo que parecía, la mayoría de los países estaban controlados por la Sombra, pero existían grandes regiones todavía libres, controladas por los Paladines de Emmán y otros diversos grupos. ¿Habían hecho un trato con el invasor? ¿Estaban resistiendo?

Ezhabel aprovechó para dormir por la mañana, y tuvo su mala experiencia habitual con Nirintalath en sus sueños.

Después del desayuno, Leyon se dirigó a los aposentos de lady Ylma, para intentar hablar con ella y arreglar la situación, pero la noble sermia se había marchado y no se encontraba allí. Al parecer, se había marchado de madrugada con algunos criados. Cuando volvía hacia la sala del trono, el Senescal Dorton le abordó urgentemente, y le informó de que otro tumulto se había originado en el barrio este. Por otra parte, cuatro Paladines de Emmán se encontraban en la Sala del Trono esperando ver a "aquel que esté al cargo". Ignorando a los paladines, Leyon salió hacia el barrio este rápidamente, acompañado de Demetrius y una escolta de cincuenta hombres. Mientas los dos salían de palacio, Dorton les informó que al parecer, el tumulto era debido a una caravana de gitanos que había llegado a la ciudad.

Una vez que llegaron allí, pudieron ver cómo una multitud se había formado y había impedido el acceso de los chillones carruajes de los gitanos al recinto interior de la ciudad. Un par de ellos estaban sangrando de sendas heridas en la cabeza. Se dirigieron al primero de los carromatos. Lo que Demetrius había esperado ver en lo más profundo de su corazón, pero sin reconocerlo en su cabeza, estaba allí. Azalea. Tan bella como siempre con sus ojos verdes almendrados y su pelo negro azabache cayéndole en bucles por la espalda. Junto a ella estaba su padre, sobre el pescante. Al punto, Azalea reconoció al bardo y una sonrisa de oreja a oreja cruzó su cara. ¡Qué hermosa es! -pensó Demetrius. La muchacha se lanzó a sus brazos y lo apretó con fuerza.

Hechas las presentaciones pertinentes, Leyon consiguió acallar a la multitud, y escoltaron la caravana hacia el interior del recinto de palacio. Ya podían oír el sonido de las herrerías y del campo de entrenamiento cuando alguien exclamó a su espalda: "¡¡Traicióoooon!!" Seis paladines de Emmán cabalgaban hacia ellos, con semblante adusto. A pesar de que parecía que el conflicto armado era inevitable, la diplomacia de Leyon y Demetrius dio sus frutos y los paladines se calmaron lo suficiente como para explicar lo que había sucedido:

—Lord Noras Borander ha sufrido un intento de asesinato esta madrugada. Se encuentra gravemente herido y ¡seguro que han sido esa escoria, esos gitanos!

Con la promesa de que se encargarían del tema y los visitarían en breve, los paladines dejaron marchar a la caravana a regañadientes.

Demetrius y Azalea conversaron una vez que se quedaron a solas. La gitana le explicó que al poco de escapar con Roland, éste le pegaba y la maltrataba. Quería dejarlo desde hacía tiempo. Después, recordaba una especie de explosión verdemar, y al instante siguiente se encontraba en el campamento de su padre, en una cama, recuperándose de sus heridas. Desde entonces había sentido una sombra en el corazón que le impedía reír, hasta que vio a Demetrius. Acto seguido hicieron el amor.

Informado de todo el asunto, Ayreon partió a interesarse por el estado de Noras. Le recibió un Pastor vestido de púrpura intenso, el Hermano Jasafet. Éste informó al paladín de que "la herida tenía restos de un veneno extraño, desconocido incluso para él".

Una vez agotada la conversación sobre el estado del Capitán, Jasafet preguntó de improviso a Ayreon:

—¿Por qué os apartasteis del camino, Ayreon?¿Cuál fue la razón por la que matasteis a Elos Menelyutar?

A Ayreon el corazón le dio un vuelco y se quedó absolutamente helado.

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