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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 14 de agosto de 2014

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 3

Resistiendo. La Biblioteca.
En la mesa de guerra presidida por el marqués de Arnualles, se hicieron los preparativos y los planes necesarios para resistir un asedio prolongado. Se enviaron mensajeros al resto de fortalezas fronterizas para dar y obtener información de su estado lo antes posible. La inmensa mayoría de los nobles partiría inmediatamente a sus tierras, y Robeld de Baun prometió a Valeryan enviar una parte importante de sus tropas lo antes posible. Algunos de los caballeros y nobles menores reunidos en Rheynald decidieron quedarse a luchar, reclamando tropas propias mediante mensajeros. Lord Elidann, el hijo de la duquesa de Gweden, decidió quedarse también, aprendiendo el arte de la guerra y reclamando tropas a su vez.

En la calma del mediodía, Valeryan se reunió con Yuria, con la intención de conocer un poco más a la mujer. Estaba claro por lo que había demostrado que sus conocimientos de logística y estrategia eran amplios y por tanto ratificaba el cargo de oficial que sus ropas sugerían. Pero no podía dejar el mando de su ejército en manos de una desconocida, así que intentó informarse más sobre ella; sin embargo, Yuria se mostró bastante opaca en cuanto a revelar alguna información. Así que Valeryan decidió confiar la misión de descubrir más cosas sobre el pasado de la ercestre a Hawald, su capitán de la guardia, que ya había hecho buenas migas con la extranjera. Hawald pasó largo tiempo con ella en las horas que siguieron, mientras Yuria aplicaba sus conocimientos de ingeniería a la reparación de las puertas de caballería, y su misión fue un éxito: la ercestre le reveló bastantes datos sobre su pasado y el porqué de su presencia en Rheynald. Valeryan se enteraría más tarde por boca del capitán que Yuria había sido más o menos “desterrada” de Ercestria por desavenencias con altos cargos militares; la mujer demostraba tener un dominio enorme de la táctica en batalla, además de logística, estrategia e ingeniería, y de alguna manera había llegado al convencimiento de que debía renovar el sistema de combate de su país natal; eso la había enfrentado a ciertos elementos influyentes y había acabado por tener que abandonar el país. Hawald también transmitió a su señor que, en su opinión, podían fiarse de la mujer, pues le parecía que se mostraba obsesionada por demostrar su valía y eso podía revertir en mucho bien para la casa de Rheynald.

Symeon pasó largas horas en la biblioteca, intentando recabar información sobre el Ra’Akarah vestalense. Mientras tanto, Aldur se reunió con los Errantes para asegurarse de que estaban bien y eran respetados. Los dos se encontraron cuando Symeon se dirigía hacia la biblioteca, y éste pidió al paladín que transmitiera a Valeryan lo que había descubierto sobre el Mesías vestalense. Aldur no lo pensó un instante, inquieto por la revelación, y se dirigió a toda prisa a hablar con el marqués. La mesa de guerra ya se estaba disgregando, y Valeryan se encontraba manteniendo una conversación con el hijo de la duquesa de Gwedenn, de la que se mantuvo prudentemente apartado. Elidann se mostró indignado por la facilidad que la que todos los nobles habían olvidado la desaparición de su madre, y reclamó la ayuda de Valeryan para encontrarla. Había oído rumores muy extraños sobre lo que había pasado por la noche en los aposentos de su madre y quería confirmación. Valeryan no se atrevió a mentir, y confirmó los rumores, asegurándole que no se había olvidado en absoluto de la duquesa, pero que tenían preocupaciones más acuciantes de las que ocuparse. Lord Elidann se calmó con las explicaciones de Valeryan; quería saber más sobre lo que había pasado, pero Valeryan no pudo darle más información que la que tenía, así que el duque en funciones se retiró. Una vez acabada la conversación, Aldur transmitió a Valeryan la información que le había confiado Symeon. El señor de Rheynald abrió mucho los ojos, y se mostró algo incrédulo, pero unas cuantas preguntas entre los refugiados huidos de Vestalia confirmaron la historia: el Ra’Akarah se había hecho carne y según los vestalenses, los llevaría a la victoria. El ánimo de Valeryan se ensombreció; rechinó los dientes y miró al cielo. Aldur desenvainó su espada y la clavó en el suelo, poniendo una mano sobre la cruz del pomo e invitando a Valeryan a hacer lo mismo; el marqués puso su mano enguantada sobre la del paladín, y así sellaron silenciosamente un pacto de amistad y lucha contra los enemigos de Emmán.

Mientras tanto, Daradoth había seguido pululando por la fortaleza, intentando encontrar el origen de aquella extraña sensación que le había invadido desde que había avistado la ciudadela. En algún momento le había parecido estar a punto de encontrar alguna clave que le condujera al origen de todo aquello, pero fueron falsas alarmas. En un momento dado, cuando salía a toda prisa de uno de los sótanos de Rheynald, alguien lo increpó, saludándolo. Se trataba de lord Elidann, el hijo de la duquesa de Gwedenn, a la que el extraño elfo (para Daradoth a todas luces el kalorion llamado Trelteran) se había llevado la noche anterior. El duque quería recuperar a su madre a toda costa, con lo que quería toda la información que el elfo pudiera darle. Había acudido a él ya que los rumores decían que el que se había llevado a su madre parecía un extraño elfo. Daradoth no quitó del todo las esperanzas a Elidann, pero sí le dijo que su madre podía encontrarse muy lejos ya a aquellas alturas, y que lo mejor sería preocuparse por sobrevivir a la guerra que tenían encima, pues el joven lord tenía ante sí ahora una gran responsabilidad; ante la insistencia del duque, también dio información sobre la Sombra, sus comandantes (llamados kaloriones), y sobre la leyenda de Trelteran, el más poderoso de ellos. Por supuesto, Elidann se mostró escéptico al principio, pero lo cierto es que Daradoth estuvo muy convincente, y finalmente el humano le creyó; aquello parecía increíble, ¿la Sombra? ¿Kaloriones? Pero lo cierto es que la información salía directamente de la boca de un elfo, el pueblo largo tiempo desaparecido, con lo que Elidann acabó afirmando y retirándose tras una extremadamente cortés despedida. Mientras se marchaba, Daradoth insistió de nuevo en la gran responsabilidad que tenía ahora como duque de Gwedenn, con la guerra a sus puertas.

El día siguiente, mientras Yuria se encontraba totalmente absorbida por su labor en el arreglo de las puertas con los herreros y masones procedentes de la ciudad, Valeryan reunía al resto del grupo. En el exterior, las rocas volvían a amartillar los muros de Rheynald. El joven noble pidió la firme ayuda de los presentes en los trances que se avecinaban, y la necesidad de defender los ideales de Emmán frente al nuevo mesías que los vestalenses afirmaban tener. Daradoth aprovechó para iniciar una conversación sobre metafísica y religión, en la que hizo revelaciones que no gustaron a todos los presentes, particularmente a Valeryan; su afirmación de que Emmán no era el único dios verdadero no fue bienvenida, por lo que optó por dejar la conversación para algún momento posterior. El elfo también habló sobre lo ocurrido en los aposentos de lady Rhyanys hacía dos noches; les habló de la Sombra, de las antiguas Guerras de la Hechicería, de los comandantes de los ejércitos oscuros y de Trelteran. También expuso sus sospechas acerca de que el Ra’Akarah pudiera ser uno de esos “kaloriones”, como él los llamaba. Con la conversación derivando a derroteros de sorpresa e incredulidad a partes iguales, un sirviente apareció gritando y reclamando a lord Valeryan en el muro, pues una comitiva vestalense se acercaba a Rheynald enarbolando bandera blanca.

El grupo al completo subió al Muro, junto con Yuria, Sir Hawald y lord Elidann. Unos treinta jinetes a caballo se detuvieron a unas decenas de metros del muro principal. Valeryan demostró hablar un fluido vestalense en las breves frases que intercambió con la comitiva, y no pudo evitar la sensación de que el cabecilla le recordaba a alguien. El joven marqués no alargó mucho la conversación: los vestalenses le instaron a rendir el castillo para mayor gloria de su Ra’Akarah, y tras un breve intercambio de agrias respuestas, Valeryan dio la orden de disparar a los ballesteros; algunos de ellos se miraron dubitativos, y Aldur, Daradoth y Symeon abrieron mucho los ojos; pero Valeryan no vaciló: con su estentórea voz rugió de nuevo la orden de disparar, y varias docenas de venablos volaron hacia la comitiva, causando la muerte de varios de ellos y la huida de otros tantos. ¿Quiénes se creían que eran aquellos malnacidos para exigirle rendir el castillo? ¿Acaso no temían la justicia de Emmán? Él se encargaría de mostrársela. Ante las miradas reprobatorias de todos los de su alrededor sintió un escalofrío de arrepentimiento, pero aun así sostuvo sus miradas, desafiante. Daradoth, Aldur y Symeon se marcharon sin decir una palabra, dejando claro su descontento con la actitud de Valeryan. Yuria quedó mirando la escena, pensativa.

Ante lo que había sucedido, Symeon fue a conversar con Ravros y los Errantes, para sugerirles marcharse de allí lo antes posible. La acción de Valeryan podía desencadenar una cruel matanza, y se sentiría mejor si sus compatriotas se marchaban hacia el norte, lejos de aquella guerra; además aprovechó para sincerarse con el anciano y contarle parte de su historia pasada, interesándose por si habían visto a alguno de sus parientes, a lo que Ravros respondió negativamente. Mientras intentaba convencer al líder Errante, una muchacha llamó su atención, una joven Buscadora bellísima que le sonreía y que se acercó a él cuando acabó de departir con Ravros. La muchacha decía llamarse Azalea, y siempre con una bellísima sonrisa y un olor a jazmín que casi vuelve loco de deseo a Symeon, se interesó en su historia. Symeon prefirió ser cortés y despedirse lo más rápidamente posible de ella, pero su sonrisa y los bucles de su pelo negro azabache quedaron grabados a fuego en su mente. Al regresar al castillo, Symeon se encontró de nuevo con Valeryan, con el que pensaba mantener una conversación sobre lo ocurrido, pero no fue necesario: el noble, reunido también con Hawald, reconoció que se sentía incómodo con lo ocurrido, y que había sido fruto de un arrebato; también se mostró preocupado por si había heredado el carácter de su padre.

Aldur y Daradoth mantuvieron una breve conversación después del desgraciado incidente en el muro. Aquello no había gustado a ninguno de los dos, e intercambiaron sus impresiones. El elfo sugirió que quizá sería buena idea que Aldur mantuviera unas charlas sobre sus creencias con Valeryan. Daradoth también habló al paladín de la extraña sensación, aquella comezón, que le había invadido en cuanto había avistado Rheynald. Hasta entonces Aldur no se había dado cuenta, pero era cierto que quizá en Rheynald notaba la Luz de Emmán más cercana. Sí que era extraño.

Poco después, uno de los dos grupos de exploradores que previamente habían enviado a investigar al ejército asediante volvían a Rheynald. Informaron de que el ejército vestalense se componía aproximadamente de cinco mil efectivos al mando del shaikh de Issakän,  Hafeereth ra'Issakh, con Ibraham ra'Koreen, el antiguo señor de Shia'Ohmagar como general. Claro, de aquello le sonaba el cabecilla de la comitiva a Valeryan; sin duda debía de tratarse de Muraham, el hijo de Ibraham, cuya fortaleza los Rheynald habían arrasado hacía unos quince años, en la primera expedición en la que participó Valeryan. También llegó un mensajero del bastión norte informando de la precariedad de su situación, ante lo que Yuria se trasladó allí para encargarse de las defensas; tras sopesar los pros y los contras de la defensa del bastión norte, aconsejó destinar allí a 200 hombres de la legión, cosa que se hizo sin tardanza; Yuria también recomendó acumular una gran cantidad de sal y azufre en ambos bastiones, y aunque Valeryan no entendió para qué, decidió colaborar con la mujer, enviando sirvientes en busca de todo lo que pudieran acumular.

Entre tanto, Symeon pasó la mayor parte de los días en la biblioteca de la iglesia, intentando recopilar información sobre el Mesías vestalense, y por pura casualidad, mientras movía unos libros de sitio, una estantería se vino abajo, revelando un agujero en la pared. Al parecer había habido un derrumbe muchos años atrás que nadie se había preocupado en despejar, sino que se había construido una pared delante. Los ladrillos cedieron fácilmente, dejando un hueco por el que cabía un brazo. Excitado, Symeon tocó papel al otro lado: rollos de pergamino, sin duda. Al otro lado del edificio, Aldur y Valeryan habían coincidido en la iglesia para rezar ante el altar de Emmán. En una breve conversación, el segundo se mostró preocupado por lo que había pasado en el muro, pues no quería caer en los mismos pecados que su padre. En ese momento, un movimiento borroso entre los bancos de la iglesia llamó su atención, y se giraron cuando oyeron la voz de Symeon gritar desde la biblioteca. Otro destello reveló una figura borrosa cerca de ellos: no podía tratarse sino de Susurros de Creá, la hermandad de asesinos vestalense; Valeryan llamó a los guardias a voz en grito, que en breves momentos hicieron acto de aparición, mientras Aldur y él corrían para ayudar a Symeon. El Errante había sido apuñalado por sorpresa en un costado, afortunadamente sin gravedad. Era extraño que los famosos asesinos de Creá fallaran en su propósito, pero gracias a Emmán que habían podido salir de aquello sin mayores consecuencias. Los Susurros suponían un reto para la defensa de la fortaleza, deberían extremar las precauciones. De hecho, como más tarde les informarían, diez guardias perdieron la vida durante la noche a manos de atacantes desconocidos; debían idear algo para protegerse de los Susurros o poco a poco irían diezmándolos. Era extraño que la hermandad atacara tan organizadamente en una operación militar, pero si el Ra’Akarah había aparecido, podría haberlos convencido de que colaboraran con el ejército.

Cuando se hizo la calma, Symeon les habló de su descubrimiento. Un brillo acudió a los ojos de Aldur, también ávido de conocimiento, pero el Errante se aseguró de leer primero todos los manuscritos. Descubrió un rollo de pergaminos que hablaba de la creación de la ciudadela de Rheynald; en el manuscrito se hacía un informe detallado de la multitud de extraños arrebatos de locura e improbables accidentes en su construcción. Otro de los manuscritos, en un estado penoso, relataba las extrañas leyendas sobre la región que databan de los tiempos de los minorios, los hombres ancestrales: en él se hablaba de seres enormes que rozaban las nubes y que eran capaces de destruir las montañas con su ira. También de extrañas construcciones que parecían flotar en el aire y que más parecían producto de los delirios de un loco que de algo real. Todo tipo de historias extrañas que no parecían tener ninguna conexión con la realidad, pero que hacían pensar a Symeon que Rheynald no se encontraba en un lugar cualquiera...

miércoles, 6 de agosto de 2014

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Temporada 1 - Capítulo 28

Un cambio

Antes de partir hacia Edimburgo, McNulty llamó a la casa donde sus contactos mantenían a su familia a salvo. Para su sorpresa (y preocupación), la voz que sonó al otro lado le era demasiado conocida: no era otro que su hermano Liam. Después de saber que su mujer había tenido un lío con él no le hacía ninguna gracia que estuviera en la casa. Según le dijo Liam, había limado asperezas con la organización en los últimos años, y había vuelto al redil. McNulty no le creyó del todo, pero no tuvo más remedio que disimular; a continuación, fue su mujer la que se puso al teléfono, con un deje nervioso en la voz. Jonas intentó sonsacarle con preguntas disimuladas si pasaba algo raro, pero lo único que sacó en claro fue que su hermano llevaba allí sólo unos pocos días. También intentó que su mujer comprendiera que acudiría pronto en su rescate, y que intentara estar en el piso de arriba el mayor tiempo posible (pensando en el rescate en helicóptero).

McNulty decidió no esperar más. Nada más colgar el teléfono, se pertrecharon y subieron al avión de von Klausen. Durante el viaje de Berlín a Edimburgo, un par de noticias llamaron su atención en internet y la TV. Una hacía referencia a la opacidad por parte del gobierno egipcio sobre un accidente que había sucedido hacía un par de días en una “obra de rehabilitación” de las pirámides de Gizeh. Al parecer, el gobierno se negaba a dar detalles sobre tal obra, que se había iniciado de repente, y se había levantado una gran barrera que impedía la visión de la misma. Además, el ejército había establecido una zona de exclusión aérea alrededor de los monumentos, cosa que al grupo le olió claramente a UNSUP. La segunda noticia no era menos preocupante: en varios países africanos se había desatado una violencia extrema, que había provocado decenas de miles de muertos en pocos días; los europeos residentes estaban aterrados y las salidas masivas del continente habían colapsado las comunicaciones. La crisis del Uranio ya era generalizada y las bolsas habían comenzado a desplomarse, con la quiebra de varias compañías y el comienzo del recorte energético en ciertos puntos de occidente. La cosa pintaba muy mal.

En un aeródromo militar de Edinburgo, se encontraron con los militares escoceses que les esperaban con dos helicópteros Black Hawk preparados. Dos pilotos y dos artilleros era lo que Novikov había podido conseguir. Debería bastar para sacar a Rachel y Patrick McNulty del país. Tras una breve presentación, los helicópteros alzaban el vuelo, cruzando el mar hasta la casa de campo cerca de Belfast donde se encontraba la familia de McNulty alojada.

Desde lejos, la casa parecía tranquila, con un vigilante ataviado con gafas de sol sentado en el porche. A McNulty y a Finnegan no les hizo falta acercarse mucho más para darse cuenta de que el tipo del porche no estaba vigilando, sino que estaba muerto; varios detalles de su posición así lo señalaban. No iba a ser una extracción limpia; empuñaron las armas y situaron los helicópteros sobre la casa, bajando con los arneses.

Dentro de la casa, los recibió la oscuridad y el silencio. Tres tíos del Sinn Feynn que McNulty reconoció estaban muertos; encontraron a otro agonizante en el baño, que entre estertores y esputos sanguinolentos acertó a darles ciertas pistas de lo que había ocurrido. Entendieron ago así como “eran demonios…”, “Liam no era humano…”, “África, iban a África…”. Acto seguido expiró. McNulty rechinó los dientes de rabia.

Alzaron el vuelo con los helicópteros y contactaron con Novikov. El ruso les proporcionó en tiempo récord un listado de todos los vuelos con destino a África (ahora muy pocos debido a los disturbios) desde aeropuertos cercanos a Belfast. Y tras investigar un poco más, descubrieron que uno de ellos estaba a nombre de una empresa perteneciente al holding de Westchester Associates. Y salía desde el aeropuerto de Derry, al noroeste, así que pusieron rumbo hacia allí. Sin embargo, por la hora que era no iba a ser posible que llegaran a tiempo, así que McNulty decidió llamar a sus contactos para que intentaran retrasarlo. Así lo hicieron: un aviso de alijo de droga había retenido al aeroplano de UNSUP cuando el grupo llegó al aeropuerto.

Dejaron todas las armas que no fueran las “pistolas invisibles” de Novikov y pudieron pasar por los controles. Una vez dentro, McNulty y Jessica tuvieron que emplearse a fondo para engañar a los policías que custodiaban el acceso a la pista y convencerles de que venían de Scotland Yard a inspeccionar el avión. Pero por fin consiguieron acceder a la pista y al aparato. Cuando llegaron a él, algunos policías ya habían accedido al avión y otros se encontraban en el exterior, vigilantes. Fueron estos los que detuvieron al grupo, pidiéndoles identificaciones y explicaciones; pero justo en ese momento, el avión encendió los motores, y estalló el caos. Algunos de los policías sacaron sus armas y se giraron asustados, y Jonas, Jessica y Jack no se lo pensaron. El irlandés saltó por la escalerilla e irrumpió pesadamente en el interior del avión, seguido de cerca por Jack y por Jessica, que tuvieron dificultades para franquear la entrada. En el interior del avión les recibieron varios miembros de UNSUP, entre ellos un enorme subsahariano de la sección S y el hermano de Jonas, cuyos ojos lucían un color negro como el ébano y su boca una expresión de rabia que erizó el pelo de McNulty. Y para poner la guinda al pastel también se encontraba en el avión Jennifer O’Hara, la hermana de Thomas, con la misma expresión aterradora de Liam McNulty. A duras penas, McNulty esquivó los golpes del negro, mientras Jennifer extendía una mano hacia Jessica y recitaba una especie de ensalmo en una lengua desconocida: una expresión de pánico acudió al rostro de la agente cuando su corazón y su respiración parecieron detenerse por unos instantes. Afortunadamente, Jessica pudo resistir lo que fuera que hubiera sido aquello, entre Finnegan y McNulty pudieron echar al negro del avión, y Jennifer no había perdido del todo su humanidad, lo que la hizo dudar al atacar al grupo. El cuarto sicario en el avión amenazó en cierto momento con matar a la mujer y el hijo de Jonas (que también se encontraban a bordo), pero un certero disparo lo abatió, mientras otro tiro dejaba inconsciente a Jennifer. El enorme negro pudo escapar al caer del avión.

Al salir del aeroplano, magullados y heridos, recibieron la ayuda de los policías del exterior, justo para descubrir que a lo lejos se acercaban los verdaderos agentes de Scotland Yard; sin saber ni cómo, consiguieron evadir la vigilancia de los agentes y montando en uno de los camiones de transporte, llegar al avión de Novikov, que despegó inmediatamente. Por fin McNulty se reunía con su mujer e hijo, con los que se fundió en un fuerte abrazo.

Los pilotos de la aeronave consiguieron llevarlos sin más sobresaltos hasta Azerbayán, a la base de Novikov. Allí se asearon y descansaron, agotados. Al recuperarse, Kostas Estepháneos les confirmó lo que ya sospechaban: Jennifer servía como huésped de una o varios demonios; sin duda había sometido al ritual o lo que fuera que hacía UNSUP con sus acólitos. Por su parte, Novikov les transmitió su inmensa preocupación por la situación en Europa y África, y transmitió a Thomas la conveniencia de adelantar la reunión de San Petersburgo. Aprovechando la conversación el grupo le enseñó la copia que habían hecho del texto del diario de Napoleón de von Klausen. Novikov se quedó en shock durante unos instantes; recordaba haber estado allí, pero no recordaba qué buscaba el emperador, era todo una bruma nublada por siglos de distancia. Novikov también les informó de la conveniencia de evitar Egipto, Arabia Saudí y la India en sus viajes, pues eran países donde UNSUP ejercía un control absoluto.

Tras hacer unas cuantas llamadas, Thomas consiguió adelantar la reunión en San Petersburgo y convocar allí a sus clientes en tan sólo tres días. Además, O’Hara aprovechó la llamada a Kupchenko para pedirle ayuda con el príncipe Mohab: le pidió que intentara convencerle de acudir a la reunión; Dimitri, con su voz estentórea y campechana de siempre, preguntó a Thomas si era realmente importante que el príncipe acudiera a la reunión; cuando O’Hara le respondió que era cuestión de vida o muerte, un profundo cambio en la voz de Kupchenko le puso el pelo de punta; con una voz pausada y grave, el lituano le aseguró que “pondría todo de su parte”.

La Mansión-Fortaleza de Timofei Novikov
 
Al cabo de tres días, por la mañana comenzaron a llegar los convocados a la reunión en la Mansión/Fortaleza de Novikov en San Petersburgo: Berenice Girard ya se encontraba allí, así como Jürgen von Klausen. A lo largo de la mañana fueron llegando más invitados ilustres: Nicola Ferretti, Louis Lindon, Meredith Gender (la jefa de operaciones de la CIA en África), Andrei Popov (político ruso), Sergei Salenko y Yuri Raskolnikov (destacados miembros de la mafia rusa), Vladimir Vodrov (ex-alto cargo de la KGB), Nursultán Nazarbáyev (el mismísimo presidente de Kazajistán) y varios otros políticos y hombre de negocios menores procedentes de distintos países de Europa Oriental, conocidos de Novikov.

El último en llegar, ya cerca del mediodía, fue Kupchenko. Para regocijo de Thomas y los demás, venía riendo y con una mano dando palmaditas en el hombro del príncipe Mohab ben Azir. Como con el resto de los invitados, O’Hara, Novikov y los demás salieron a su encuentro, presentándose con un apretón de manos.

Y en ese momento, sucedió algo.

Algo que no supieron explicar, pero de pronto les asaltó la convicción de que todo había cambiado. El cielo de verano sin apenas nubes, se oscureció, de repente, como si hubiera habido un eclipse no previsto; estalló una gran tormenta eléctrica y la temperatura descendió en picado, helándolos hasta el tuétano; el estómago de todos pareció volverse del revés, y una horrible voz, la voz deformada de Jennifer entretejida con otras cuatro o cinco, rugió claramente desde el interior de la mansión:


—¡¡¡YA HA LLEGADO!!! ¡¡¡LA NOCHE HA LLEGADO!!!



jueves, 31 de julio de 2014

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 2

Extranjeros en Rheynald
Valeryan se sobrecogió al oír las campanas dando la alarma. ¿La conmoción provocada por la muerte de su padre había hecho que los enemigos los cogieran desprevenidos? Sin tardanza, corrió hacia las almenas del muro de contención, increpando a los guardias de la puerta de la habitación de la duquesa, que se habían quedado murmurando sobre lo increíble que era lo que había pasado hacía unos segundos. Fustigados por las palabras de Valeryan, reaccionaron y corrieron junto a él. Aldur corrió a ponerse el peto y prepararse para la batalla, y Symeon acompañó a su amigo hacia arriba. Daradoth se quedó unos minutos investigando en la habitación para intentar descubrir algún indicio de qué había pasado allí, pero tras escudriñar unos momentos y no encontrar nada, subió también rápidamente a las almenas.

La lluvia caía en el exterior. No llegaba a ser una cortina de agua, pero sí lo suficientemente densa como para obstaculizar incluso la visión élfica de Daradoth. Cuando Valeryan llegó al exterior, pudo ver una multitud de pequeños fuegos que identificó como antorchas acercándose a la fortaleza. Pero su orden distaba mucho de ser el de un ejército organizado. No así los fuegos que se podían ver en el horizonte, donde grandes hogueras se habían encendido. Confirmando las sospechas de los presentes, se empezaron a oir gritos procedentes del exterior, gritos que pedían auxilio y que abrieran las puertas por piedad.

Mientras tanto, una figura menuda —una mujer— se había ido acercando a caballo a Rheynald. El sonido de las campanas tocando a rebato era como un arrullo para Yuria, una circunstancia que le proporcionaba cierto placer culpable. Recibió el sonido con la calidez con que se recibe a un viejo conocido ausente largo tiempo. Una batalla se acercaba, y así lo atestiguaban las filas de los hombres de la legión destinada en Rheynald que se estaban formando a las afueras de la ciudad; espoleó a su caballo bajo la lluvia hasta el portón principal de la ciudadela. Allí dos guardias le dieron el alto, mirando extrañados las modernas ropas de la ercestre: un tres cuartos de cuero negro de altísima calidad, una elegante chaqueta de cuello alto con capucha, guantes ligeros también de cuero y unas calzas de talle ajustado con botas de media caña, todo ello en color negro. La mujer les informó de que lord Garedh de Jorwen la había enviado allí, con un tono que no admitía réplica; los guardias, preocupados por la urgencia con la que la mujer se expresaba, decidieron conducirla hasta Siegard Brynn, el maestro de armas de Rheynald, que se encontraba en lo alto del muro principal, muy cerca de donde Valeryan se encontraba en ese momento oyendo los primeros gritos de desesperación procedentes del exterior. Éste percibió por el rabillo del ojo la presencia de la mujer, que al decir algo que no pudo oír provocó una carcajada en Brynn. Con gesto adusto y voz grave, Valeryan llamó la atención de su maestro de armas, que al punto acalló su risa y presentó a Yuria. El ojo viajado de Valeryan reconoció enseguida los extraños ropajes que llevaba la mujer: sin duda pertenecían a un alto cargo de ejército ercestre. Yuria explicó rápidamente las razones de su presencia allí: la recomendación de lord Garedh y su intención de ayudar en lo que pudiera, lo que por lo visto era bastante. El joven noble esthalio no lo pensó demasiado: si una alta oficial de Ercestria le ofrecía su ayuda, no la iba a rechazar. Así que la asignó como la asesora de Brynn.

En ese momento, una pausa en la lluvia permitía a Daradoth discernir claramente a la multitud que se acercaba. Se trataba sin duda de refugiados procedentes de las tierras del imperio vestalense, y a lo lejos pudo ver también una multitud de vagones (unos 70 u 80) que identificó sin duda como pertenecientes al Pueblo Errante. Cuando compartió esta información con los demás, Symeon sintió un escalofrío en la espalda; al punto corría para bajar a ayudar a sus compañeros Buscadores, seguido muy de cerca por Daradoth y por Aldur. Justo en ese momento, un gran impacto los hizo tambalearse. De la oscuridad y la lluvia comenzaron a aparecer grandes piedras amartillando la muralla una y otra vez. Pronto comenzaron a impactar también bolas de cerámica rellenas de brea que empezarona sembrar el pánico y la desorganización de forma limitada en las filas de la bien adiestrada guardia. Entre tanto, la primera oleada de refugiados había llegado al portón de caballería del muro, y gritaban desesperadamente para que los dejaran entrar. Valeryan dio la orden de que abrieran las tres puertas que permitían franquear el mucho a las fuerzas de caballería para acoger a los refugiados; Daradoth, Aldur y Symeon ya se encontraban allí para ayudar a los guardias a levantarlas. Mientras esto sucedía, Yuria comenzaba a dar sus primeras órdenes en el muro para protegerse de las bolas de brea ardiente que llovían del cielo. El enemigo debía de tener los escorpiones sobre las lomas que en un día claro no tendrían dificultad en ver. En el muro, hicieron su aparición gran parte de los nobles guerreros alojados en el castillo: Arnualles, Strawen y los demás.

En cuanto la tercera y más exterior de las puertas de caballería se abrió lo suficiente, una multitud de refugiados se precipitó al interior de Rheynald, sobrepasando a los guardias que tenían que controlar la entrada de elementos hostiles. Las figuras que no llevaban capuchas pertenecían a multitud de etnias distintas; pudieron ver incluso cómo pasaban por las puertas dos hombres de piel negra como el ébano, rarísimas de ver por esas latitudes.

El destello del acero llamó por suerte la atención de Symeon y Daradoth. Varias figuras encapuchadas se habían vuelto y con movimientos ágiles y mano experta comenzaron a propinar puñaladas contra los guardias, Daradoth y Aldur. Symeon también fue atacado, pero se retiró ágilmente y no le concedieron mayor importancia al no llevar armas a la vista. Sin embargo, los guardias no tardarían en caer y el paladín y el elfo se vieron en serios problemas al enfrentarse a varios enemigos. Symeon, por su parte, pudo ver cómo por la puerta entraban más encapuchados, sin duda vestalenses, esta vez armados con cimitarras y alguno de ellos equipado con pequeñas esferas de un material extraño. El Errante dio la alarma, gritando que los intrusos llevaban algún tipo de explosivo. Acto seguido, Symeon corrió a pedir ayuda a los soldados del patio interior de la fortaleza. Allí, Valeryan ya se había reunido con un pequeño pelotón de caballería de la legión que había llegado precipitadamente a la fortaleza, y a alertados por las palabras de Symeon, cargaron rápidamente hacia la puerta. Mientras tanto, Daradoth, que se encontraba a punto de caer inconsciente por varias heridas de daga, estaba a punto de recibir el golpe de gracia por la espalda, pues un vestalense armado con cimitarra ya estaba descargando su golpe al cuello; afortunadamente, Yuria se había desplazado hasta las barbacanas desde las que se dominaba la puerta y actuó: un ruido sordo y potente se oyó en el corredor, y al instante el vestalense de la cimitarra caía muerto con el cuello destrozado por un proyectil que nadie pudo ver. Daradoth le dio las gracias con una mirada, mientras caía al suelo debilitado por la sangre. Aldur, por su parte, recibía las cuchilladas de tres ágiles tipos que apenas le daban tregua para respirar, y la sangre también manchaba su peto. Afortunadamente, Valeryan y la caballería hicieron acto de aparición y no sin esfuerzo consiguieron acabar con todos los enemigos que pudieron ver. Sin embargo, para su desesperación, cuando la situación se calmó un tanto, pudieron ver que los extraños artilugios que los vestalenses habían traído habían hecho su labor: los mecanismos de control de las puertas estaban extrañamente derretidos e inservibles. Si ahora les atacaba un ejército, no sabía si podrían defender la fortaleza con garantías.

Cuando alguien gritó que los vagones de los Errantes comenzaban a ser pasto de las llamas, Symeon corrió al exterior, sin pensar en su propia seguridad. Al llegar a la caravana, habló con los Errantes para intentar convencerlos de que abandonaran los vagones, pero aunque algunos le hicieron caso, la mayoría se negó, pues los vagones eran su vida y tenían familias en ellos. Un grupo de exploradores vestalenses a lomos de camellos era el que estaba atacando a la caravana de Errantes en la parte final, y cada vez más vagones eran pasto de las llamas. Desesperado, Symeon vio cómo raptaban e incluso en algún caso violaban o apalizaban a jóvenes chicas inocentes. Sus dientes rechinaron de desesperación, y gritó a sus compatriotas que abandonaran la caravana. Uno de los exploradores le atacó, identificándolo como peligroso; afortunadamente, Symeon pudo esquivarlo y en ese momento se comenzó a oír un potente trapaleo de cascos de caballo al galope, acercándose: Valeryan acudía con un par de centenares de soldados de caballería en su auxilio. Los exploradores huyeron, sabiendo que no eran enemigo para los recién llegados, y entre Valeryan y Symeon azuzaron a los Errantes para abandonar la comitiva y apresurarse al interior de la fortaleza: unos 400 gitanos pertenecientes a unas seis tribus diferentes sobrevivieron, entre ellos el más importante de sus líderes, llamado Ravros. Cuando se encontraban cerca de la fortaleza, un fuerte estruendo se alzó a sus espaldas: el ejército de caballería vestalense, a lomos de caballos y camellos, se acercaba rápidamente hacia las puertas estropeadas; cuando llegaron a la fortaleza, la puerta exterior fue sellada mediante brea y fuego, que dio al traste con el plan de los vestalenses y frenó su carga de caballería. El estrépito de las rocas golpeando el muro de la fortaleza también fue espaciándose poco a poco; todos suspiraron aliviados y agradecidos por la pausa.

Daradoth y Aldur fueron tratados de sus heridas, y Yuria inspeccionó los mecanismos de las puertas. Por accidente, hizo saltar el de la puerta interior, que se cerró con un fuerte estruendo; al menos tenían una puerta cerrada, aunque se podía levantar mediante palancas y fuerza. Sin embargo, su ojo experto calculó que harían falta al menos un par de días por mecanismo, herreros y masones para arreglarlos del todo. Valeryan dio instrucciones para que los soldados convocaran a todos los artesanos de la ciudad y los trajeran a la fortaleza.

A continuación, se formó una mesa de guerra con Valeryan, Yuria y los nobles principales. Los soldados inspeccionaron a los refugiados en busca de traidores, encontrando a un par de elementos de dudoso origen, y se tomaron decisiones para la defensa de la fortaleza.

Mientras reposaban, Daradoth y Aldur mantuvieron una larga conversación sobre sus creencias respectivas, y principalmente sobre Emmán. El elfo se dio cuenta de que el paladín tenía una visión no demasiado fanática de la religión, y eso le confortó. Por su parte, tras hablar un poco más con Yuria y sopesar sus decisiones, Valeryan la admitió como consejera en materia militar.

Symeon fue informado por Ravros del decreto que se había promulgado varios días atrás en el Imperio Vestalense, por el cual todos los extranjeros e infieles deberían abandonar el territorio vestalense en un plazo inmediato o convertirse. Transcurrido el plazo, todo aquél que no se hubiera convertido en un digno fiel de Vestán sería ajusticiado. Pero el edicto no era lo peor: para asombro de Symeon, según le contó Ravros, el Supremo Badir del Imperio había promulgado tal decreto debido a la influencia del que los vestalenses llamaban el Ra’Akarah, el Mesías que esperaban desde hacía siglos, llamado a convertir el vestalismo en la doctrina única del mundo. Symeon no tardó en compartir esta información con sus compañeros, y sobre todo Valeryan se mostró consternado; si era cierto que el Mesías Vestalense había llegado, había que prepararse para una guerra larga y cruel.

jueves, 17 de julio de 2014

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 1

Funeral en Rheynald
Una ligera lluvia caía sobre la multitud congregada en Rheynald. Tanto nobles como plebeyos se habían dado cita en la fortaleza fronteriza para atestar un patio interior donde el cardenal Wadryck Pryenn presidía la ceremonia funeraria de lord Walran Rheynald. Valeryan daba gracias por la lluvia que disimulaba las lágrimas que no podía evitar derramar mientras transportaba el féretro lentamente a través de la multitud junto a sus amigos juramentados, con los que había huido hacía varios meses de una prisión vestalense. De tanto en tanto, alguna mujer entre la multitud entonaba espontáneamente un cántico fúnebre esthalio, y todos ellos sin excepción erizaban el vello y provocaban un vuelco en los corazones. La madre de Valeryan, lady Edyth, lloraba desconsoladamente acompañada por sus otros hijos Woddan y Juwyth. Valeryan pensó en Eygène, el segundo de los hermanos, y lo maldijo íntimamente por encontrarse ausente en el funeral de su propio padre. Junto a lady Edyth se encontraba también Symeon, al que algunos de los presentes todavía lanzaban miradas de recelo, a pesar de que sabían que se había convertido en un amigo inseparable de Valeryan.

Mientras el féretro realizaba su desesperantemente lento recorrido entre los congregados hacia el altar donde esperaba el cardenal junto con dos clérigos venidos especialmente de la Sede Clerical para la ocasión, una enorme figura llevando de las riendas a un no menos enorme caballo atravesaba el portón que daba acceso al patio de armas, ataviada con la túnica y la armadura de los paladines de Emmán. Symeon no pudo sino sobresaltarse ante el tamaño de aquel orgulloso exponente de la Iglesia Emmanita; las miradas de los presentes también comenzaron a volverse hacia él a medida que cundía el rumor de su entrada. Aldur entregó las riendas de su castrado a un mozo de cuadras y se quedó plantado en actitud solemne, entonando rezos a su señor Emmán en honor del fallecido. Los congregados murmuraban sin parar: si todos los paladines de Emmán eran como aquél y habían decidido ayudarles en la guerra, la victoria estaba asegurada.

El centro de atención en que se había convertido Aldur permitió a Daradoth entrar discretamente en el patio y situarse bajo una de las muchas balaustradas que rodeaban el patio, siempre encapuchado. Afortunadamente, la lluvia hacía que muchos de los congregados tuvieran sus capuchas alzadas y Daradoth no llamara la atención. Sin embargo, un golpe de viento lo descapuchó brevemente, apenas un par de segundos que permitieron a Symeon darse cuenta de la verdadera naturaleza del extraño: sin duda se trataba de un elfo; y su gracia en los movimientos no hacían sino corroborar su percepción. Un hecho extraordinario, sin duda; decidió acercarse a él lo antes posible, curioso por saber qué podía haberle llevado allí.

Finalmente, el féretro terminó su peregrinaje y llegó al pie del altar, deteniendo los tambores y los murmullos que se habían iniciado ante la presencia del paladín. Fue el cardenal Wadryck quien tomó la palabra, exaltando las virtudes de lord Walran y loando a Emmán, que sin duda les había otorgado su bendición al haberles enviado tan orgulloso miembro de la orden de sus paladines. Acto seguido invitó a Aldur a acercarse y a decir unas palabras; Aldur asintió, un poco compungido pero voluntarioso, y profirió un breve discurso que exaltó los corazones y provocó gestos de aprobación en los presentes, que todavía lo miraban asombrados. Sus dos metros cuarenta y la coraza con la que iba equipado lo convertían en una visión gloriosa para los fieles emmanitas, muchos de los cuales veían en él poco menos que un titán. El propio Valeryan olvidó por un momento la pena, inspirado por las palabras y la presencia del paladín, al que agradeció su presencia y con el que se citó más tarde.

Tras Aldur tomaron la palabra con sendos discursos el padre Hender y el padre Thergald. El primero hizo un discurso de exaltación de los valores emmanitas, de xenofobia y de llamada a la muerte de los vestalenses, algo que no fue muy del gusto de Aldur ni de Valeryan. Sus palabras escondían un profundo odio y fanatismo que, si cuajaban en las mentes del pueblo, podrían hacer que la guerra se les fuera fácilmente de las manos. Por el contrario, Thergald tuvo una intervención más discreta, con una oración a Emmán y un breve discurso mucho más moderado que el de su compañero, un discurso que incluso se podría calificar de pacifista que levantó algunas palabras de recriminación en la multitud y también en el padre Hender. Pero antes de que la cosa fuera a más, el cardenal tomó de nuevo la palabra y con unas palabras inspiradoras, dio su bendición para que lord Walran fuera enterrado en el túmulo junto a sus antepasados.

Cuando el féretro fue depositado en la fosa y enterrado, fue cuando Valeryan empezó a recibir el pésame de todos los congregados, por turno, mientras se dirigía hacia el interior del castillo. Muchos de los presentes se disculpaban por haber acudido en lugar de sus señores, pues muchos de ellos estaban enfermos. Las dos o tres primeras veces, Valeryan no le concedió importancia, pero al menos ocho de los presentes le informó de la enferemedad de sus señores, lo que le hizo interesarse. Más tarde averiguaría que los síntomas que presentaban los enfermos eran idénticos a los que había tenido su padre, algo bastante extraño. Recibió las condolencias de muchos marqueses, barones y señores, y también de los duques de Estigia y la duquesa Rhyanys de Gwedden, acompañada de su hijo Elydann. La duquesa, a simple vista una mujer madura poco atractiva, cambió completamente al hablar con Valeryan; al sonreírle, el joven creyó ver el sol en sus ojos, y la Luz en sus labios y dientes. ¿Como podía no haber reparado antes en esta mujer? La duquesa parecía ejercer esa influencia en los demás presentes también: su mera presencia los eclipsaba y los alegraba. Tras darle el pésame, la mujer se retiró y todo volvió a ser gris para Valeryan, que volvió a ver alejarse a una mujer entrada en años e incluso algo encorvada.

Mientras tanto, Symeon había conseguido acercarse al elfo, y se dirigió abiertamente hacia él. Daradoth decidió no esquivarle, pues lo reconoció al instante como un Errante, y también le picó la curiosidad en lo tocante a encontrar a uno de ellos allí, solo y, al parecer, asentado. Tras presentarse e informarse mutuamente con evasivas de sus asuntos allí, Symeon acordó con Daradoth que saldría más tarde junto a lord Valeryan para encontrarse con él y seguramente ofrecerle un alojamiento en el castillo.
Aldur, bajo la lluvia, contempló la escena intrigado, mientras sostenía una conversación con el cardenal Wadryck. Éste era "buen amigo" del padre Markald, con quien Aldur se carteaba a menudo. Mantuvieron una interesante conversación sobre los preceptos emmanitas y las cruzadas.

Al poco tiempo, Symeon salía de nuevo al patio de armas acompañado de Valeryan. La lluvia había arreciado y hacía todo mucho más discreto. El joven noble dio un respingo de sorpresa al ver el verdadero aspecto del elfo. Symeon ayudó al encuentro como maestro de ceremonias, y al poco, entraban al castillo seguidos a distancia prudencial por Aldur. Tras acomodar a Daradoth en una discreta habitación, Valeryan y Symeon salieron al pasillo para encontrarse cara a cara con Aldur, que presentó sus respetos al nuevo lord de Rheynald y expuso su misión allí para ayudar en lo que estaba por venir. Por supuesto, Valeryan aceptó la ayuda de Aldur y lo sellaron con un apretón de manos y una bendición emmanita. Varios curiosos se habían asomado a la gran puerta del Salón de Bailes donde se encontraba la gran mayoría de nobles reunidos en espera de ser convocados para el banquete nocturno en honor del fallecido. El sonido de las charlas les llegaba claro desde el salón. Y en ese momento hizo acto de aparición lady Rhyanys, la duquesa de Gwedden, llevada del brazo por su hijo. Para sorpresa de Symeon, la actitud de sus compañeros cambió radicalmente. De la seriedad con que estaban hablando pasaron a sonreír sinceramente a la duquesa, que expresó sus esperanzas en el nuevo señor de Rheynald y alabó las aptitudes del paladín de Emmán. Éste se sintió extrañamente enaltecido por las palabras de la mujer; enervado, juró cumplir con los designios de Emmán aplastando al enemigo vestalense, y sacó su gran espada a dos manos, gritando "¡POR LA VICTORIA!¡POR EMMÁN!". La risa de lady Rhyanys se propagó por el pasillo, cristalina, y llegó hasta el salón. Alguien secundó el grito del paladín, y después alguien más, hasta que en el salón al completo y los reunidos en el pasillo gritaban a pleno pulmón: "¡POR EMMÁN!¡POR EMMÁN!¡POR EMMÁN!". Symeon miraba todo, estupefacto. Fuera lo que fuera aquello, había exaltado a los presentes hasta extremos indecibles, pero él permanecía tranquilo. Finalmente, el senescal Elydann (con el mismo nombre que el hijo de la duquesa) pareció romper el momento al anunciar que la cena estaba preparada. Los gritos se fueron apagando, mientras muchos se miraban extrañados y la duquesa se dirigía del brazo de su hijo hacia el Salón Principal, acompañada por un todavía arrebolado Aldur.

La cena transcurrió agradablemente. En un momento dado, el juglar Rodren de Seggal, amigo jurado de Valeryan, comenzó a cantar con una voz cristalina, demostrando su origen sermio. Cantó canciones de guerra y de amor, con las que los presentes vibraron y lloraron. Incluso Valeryan y Daradoth se sorprendieron al oír la representación del juglar. A pesar de que el joven noble había oído cantar antes a su amigo, algo aquella noche hizo que su actuación fuera especialmente memorable, y que sus palabras y notas fueran dignas de los mejores bardos. La pasión de Emmán interpretada al laúd y el arpa levantó escalofríos entre los presentes, y devino en un solemne silencio que ponía los pelos de punta. En ese momento, lady Rhyanys tomó la palabra, con voz queda y respetuosa: “¿No lo notáis, lord Valeryan? ¿No lo notáis en los huesos, en las entrañas? Ha sucedido algo aquí hoy… ha sucedido algo que no sé explicar, pero muchas de vuestras ilustrísimas ya sabéis que la gracia de Emmán me concedió cierta capacidad de precognición que no sé explicar en absoluto. Hoy ha habido aquí encuentros, coincidencias, que estoy segura que van a cambiar el destino de muchos de nosotros, quizá del país, incluso de Aredia entera; espero que para mayor gloria de Nuestro Señor.”

Los comensales se miraron unos a otros, meditando las palabras de la duquesa. La mayoría sabía que ella no emitía esas premoniciones a la ligera, y alguien lanzó un vítore. Pronto, la sala estallaba en gritos exaltados y aclamaciones a Esthalia y a Emmán. Hasta que Rodren reanudó su actuación y todo volvió a la normalidad.

Tras el banquete, tuvo lugar un corto baile durante el que los nobles pudieron dedicarse a intercambiar información y hablar de sus diferentes situaciones. El estado de los muchos señores enfermos preocupaba a la mayoría. Valeryan se incorporó a una reunión de varios marqueses donde se encontraban el marqués de Strawen, el poderoso marqués de Arnualles Robeld de Baun, el marqués de Kwadd, el señor de Waddal, el marqués de Eghenn, el marqués de Egwadd y algún otro. Comentaron a Valeryan la necesidad de empezar ya con las cruzadas, y la inutilidad de la decisión del rey de retrasarlas. Algunos con más convicción que otros, abogaban por una política de hechos consumados: realizar una incursión en el Imperio Vestalense y así, cuando el rey Randor viera el éxito obtenido, no tendría más remedio que autorizar a los nobles a comenzar la guerra santa. El nuevo marqués de Rheynald sospechó que muchos de aquellos señores nobles tenían en sus pupilas el brillo de las riquezas que esperaban conseguir fruto de la invasión, y que la gloria de Emmán quedaba en un segundo plano para muchos de ellos; a punto estuvo de soltar algún improperio, pero fue prudente y se contuvo. Poco tiempo después, todo el mundo se retiró a sus aposentos.

Symeon no pasó una buena noche. Tuvo algunos de sus sueños vívidos, y algo que le había sucedido en contadas ocasiones desde su llegada a Rheynald: una sensación realmente incómoda de mareo y embotamiento durante su experiencia onírica.

La mañana trajo una desagradable sorpresa: poco después de desayunar, un sirviente informaba a Valeryan que la duquesa Rhyanys se encontraba enferma esa mañana, decía palabras sin sentido y no parecía percibir su entorno. A Valeryan le dió un vuelco el corazón: los mismos síntomas que su padre, pero mucho más rápidamente. Corrió, junto a Symeon y Aldur a ver a la duquesa. Efectivamente, estaba aquejada de la extraña enfermedad que parecía afectar sólo a nobles influyentes de la frontera. Valeryan pidió consejo y ayuda a Daradoth, pero éste tampoco supo explicar el origen de aquel mal. Sin embargo, Symeon sí tenía ciertas sospechas, que compartió de manera velada con el resto… algo referente a un mundo de sueños y gente capaz de acceder a él cuando dormía. Según él, algunos vestalenses parecían haber desarrollado tal capacidad y aquello quizá fuera alguna artimaña suya. Palabras de incredulidad brotaron de todas las bocas, excepto de Daradoth, que, corroborando las palabras de Symeon, acabó con cualquier objeción. No estaba claro que aquello fuera obra de alguien en el Mundo Onírico, pero ello no quitaba razón a las palabras del Errante. El ánimo en toda la fortaleza se ensombreció cuando trascendió la noticia de la enfermedad de la duquesa. Quizá su profecía de la noche auguraba malos tiempos, en lugar de la gloria de Emmán.

Valeryan dio órdenes a sus soldados para que peinaran la zona en un radio de varios kilómetros, informando de cualquier cosa que pareciera sospechosa. Mientras tanto, a media mañana, recibía la visita de Alexadar Stadyr, marqués de Strawen. El noble, uno de los más influyentes de la frontera, le preguntó por su opinión sobre la conversación tan comprometida de la noche anterior. Strawen a su vez le confió que le parecía una locura, y que los designios del rey o de la reina no deberían ser discutidos por ellos. Acto seguido, pasó a hablar con palabras más crípticas: “¿Qué pensaríais si os dijera que hay un enemigo mucho peor que los vestalenses que escapa a nuestra atención?” —dijo. Ante esta pregunta, Valeryan se mostró mucho más interesado por los pensamientos de Strawen, pero éste no soltó prenda. Aduciendo que la información era muy sensible como para tratarla a la ligera, Stadyr sugirió a Valeryan tener una reunión en un par de semanas en terreno neutral, a lo que Valeryan accedió.

Poco después de mediodía, un soldado llegaba sin aliento para transmitir un mensaje a Valeryan. En una de las estribacoines de las montañas del sur de Rheynald habían encontrado cuatro cadáveres, al parecer de vestalenses. El grupo se desplazó rápidamente hasta el bastión sur, donde les proporcionaron caballos; en pocos minutos se encontraban en la escena: un discretísimo campamento con los restos de una hoguera en un agujero, y cuatro cadáveres de vestalenses ataviados con extrañas capas iridiscentes que los disimulaban en el entorno. Según Symeon, sin duda aquellos debían ser los que habían estado rondando en sueños por la fortaleza. Por desgracia, ya no había manera de sacar ninguna información de ellos. Quemaron los cadáveres y volvieron al castillo.

El día transcurrió sin más novedad. En apenas 48 horas tendría lugar la ceremonia de toma de posesión de Valeryan y todo volvería a la normalidad, al menos en lo que a habitantes de Rheynald se refería. Pero la noche trajo nuevas sorpresas.

Symeon fue el primero. En sueños, sintió una amenaza tan grande, que despertó con un grito y empapado en sudor, con el corazón latiéndole tan fuerte que dolía. Daradoth también vio su meditación interrumpida: una sensación de malignidad había eclipsado la comezón que sentía continuamente desde que había avistado Rheynald. Un escalofrío lo hizo salir de la habitación, para encontrarse en el pasillo con Valeryan, Aldur y Symeon, que había avisado a sus compañeros del peligro. Algo se disparó en la percepción natural de Daradoth, una sensación inexplicable de miedo y frío en lo más profundo de su mente; diciendo en susurros que la duquesa se encontraba en peligro, salió corriendo a una velocidad inalcanzable para los demás, que a su vez corrieron en pos suyo. Cuando llegó a la puerta de los aposentos de la duquesa, los guardias se estremecieron visiblemente al reconocer el rostro de un elfo ante ellos, pero no quisieron dejarle pasar hasta que por el pasillo apareció lord Valeryan, gritando que se apartaran. Al hacerlo, Daradoth abrió la puerta con su espada en la mano, y lo que vieron en el interior les dejó helados. Lo primero, un vestalense vestido con una capa que parecía borrarlo por momentos de la visión, que parecía seriamente indispuesto, apoyado en la pared. Los dos guardias que velaban el sueño de lady Rhyanys se encontraban muertos a los pies de la cama, y ante ésta, una figura de espaldas que levantaba a la duquesa en brazos, una figura totalmente vestida de negro, con el pelo largo y blanco, que al oir la puerta abrirse se giró hacia ellos: en el inconfundible rostro de un elfo, una nariz aguileña y unos ojos rojos como ascuas les helaron la sangre; casi sintieron cómo el tiempo se detenía y las sombras de su alrededor crecían cuando aquel individuo que no podía ser sino un dios oscuro les miró y esbozó una levísima sonrisa. Pero tras lo que les costó dar un leve parpadeo, en la estancia ya no había nadie, ni vestalense, ni duquesa, ni elfo maligno. Y las luces de la estancia parecieron ganar en intensidad con su ausencia.

Sin darles tiempo a pensar en lo que habían visto, un guardia llegó, gritando a pleno pulmón: “¡¡mi señor, mi señor, un ejército a las puertas!!”. Las campanas de la Iglesia tocaban a rebato.

lunes, 7 de julio de 2014

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Prólogo




PRÓLOGO


Aredia, año 411 de la Era Emmanita.

El Reino de Esthalia vive una época convulsa. Mientras el rey Randor prepara sus Cruzadas contra el infiel Imperio Vestalense, varias herejías emmanitas se han originado en el norte del reino, herejías que han hecho que el inicio de las Cruzadas se retrase para frustración de su aliado el Reino de Sermia y de los nobles fronterizos, que cada vez soportan más presión en los pasos entre ambas naciones.
Lord Walran de Rheynald, uno de los más importantes protectores de la frontera, ha muerto después de una extraña y fulminante enfermedad que ha acabado con su vida en pocos días, y su hijo, Valeryan, tiene que tomar el mando de la casa y aprestar la legión destinada en sus tierras. Muchos de los nobles del sur del reino se han reunido en Rheynald para dar su despedida a lord Walran y seguramente también para tratar otros asuntos menos honorables. El corazón de Valeryan rebosa de rabia y de un intenso sentimiento de venganza contra los vestalenses que lo tuvieron prisionero hasta hace poco junto a varios de sus compañeros y el errante Symeon.

Mientras tanto, varios viajeros se aproximan a Rheynald, desconocedores del destino que les aguarda...


DRAMATIS PERSONAE

Valeryan de Rheynald, noble esthalio y guardián de la frontera.
[Ficha][Historial]
Symeon Simavrosláv el errante, del pueblo de los Buscadores.
[Ficha][Historial]
Aldur Astherion, un gigantesco paladín de emmán.

[Ficha][Historial]

Daradoth Ithaulgir, un joven noble elfo de Doranna, viajando por Aredia.
[Ficha][Historial]

Yuria Meristhenos, oficial militar y científica ercestre.
[Ficha][Historial]

FUENTES


jueves, 26 de junio de 2014

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Temporada 1 - Capítulo 27

Tras dejar en ruinas la mansión de Antonov, los hombres de Von Klausen transportaron al grupo hasta la península de Crimea, donde Polaris tenía una base cerca del puerto militar de Sebastopol. Allí, Thomas y el grupo se encontraron por fin con Von Klausen. Sin dudarlo, compartieron con el alemán (casi) todo lo que les había sucedido las últimas semanas; le hablaron de UNSUP, de la trama conspiranoica en la que estaban metidos, de los seres demoníacos, del uranio y los hechos extraños en África. Von Klausen permaneció escéptico ante muchos de los hechos, pero les creyó en lo que respectaba a UNSUP y sus influencias. De hecho, hacía tres días él mismo había sufrido un atentado contra su vida del que salió ileso por pura suerte. Además, toda su colección de reliquias antiguas y esotéricas había sido robada; y sus medidas de seguridad no eran moco de pavo, alguien había utilizado medios muy avanzados para poder apoderarse de ellas. Lo único que le quedaba estaba guardado en una caja fuerte en un banco de Berlín. Ante la mención de tal colección, Mulder abrió mucho los ojos y los oídos.

Ante la insistencia del grupo y sobre todo de Mulder, von Klausen les reveló cuáles eran las reliquias que le quedaban: una Biblia Negra, el Manuscrito Voynich, y la que consideraba la estrella de su colección: un diario secreto de la campaña africana de Napoleón, del que conocían su existencia sólo un puñado de personas. Thomas, por su parte, expuso a von Klausen la necesidad de reunirse con Novikov y los demás en San Petersburgo en un plazo de dos semanas, a lo que el alemán accedió reticentemente.

El siguiente paso que dieron fue viajar a Berlín, para consultar los libros de von Klausen en el Staatbank de la capital alemana. Los incunables resultaron ser una valiosa fuente de información sobre rituales infernales y datos ocultos sobre la estancia de Napoleón en Egipto. Sobre todo les llamó la atención un pasaje, que se incluye a continuación:

El Cairo, 28 de Julio de 1798
Una victoria gloriosa. Los mamelucos no eran rival para nuestros valientes y disciplinados soldados. Las Grandes Pirámides fueron testigo de una victoria espléndida que será registrada en los anales de la Historia. Egipto no tardará en caer, y después Siria y Oriente Medio. Los ingleses tiemblan ante nuestro avance, y hacen bien, pues no podrán detenernos. Ahora es tiempo de pausa y de iniciar la búsqueda. Sulkowski me aconseja establecer un campamento con los sabios al pie de la pirámide más cercana al río; así lo haré.
Si mi búsqueda tiene éxito, me convertiré sin duda en el digno sucesor de Alejandro, y colmaré a mis fieles de riquezas. Desde luego, Sulkowski confía en ello. No obstante, aunque ha probado su lealtad en combate, ese aire de misterio y de distancia del polaco me repele. Espero que esté en lo cierto en cuanto a sus suposiciones. El equipo que hemos traído ha ido en detrimento del número de soldados, y eso puede ser un error fatal.

El Cairo, 31 de Julio de 1798
La búsqueda prosigue a buen ritmo. La primera de las pirámides contempla un gran campamento al que hemos incorporado a buena parte de la población local. Según Sulkowski, los cristianos coptos sienten especial curiosidad por nuestras actuaciones y podrían llegar a ser un problema, pues se muestran bastante hostiles. Pero con diez mil buenos soldados en la zona, no entiendo qué es lo que hay que temer.
Eso sí, debo aprovisionar la tropa del este, para ello los víveres de Tebas [… datos de logística áridos y aburridos…]

El Cairo, 5 de Agosto de 1798
¿Acaso esta búsqueda está condenada al fracaso? Me he obsesionado demasiado, y mi falta de atención ha hecho que ese maldito Nelson haya acabado con nuestra flota. Brueys ha probado ser un inepto, y si no hubiera muerto en la batalla yo mismo le habría quitado la vida.
Para colmo, diez de los sabios han fallecido en un accidente esta mañana. Pero la recompensa merece la pena…

El Cairo, 10 de Agosto de 1798
A pesar de que siento que estamos cerca, hemos de partir ya. La búsqueda sigue siendo infructuosa, pero no puedo dejar que los Otomanos cierren nuestra retaguardia. La tropa del este se ha portado bien, y el norte está asegurado, pero nuestro siguiente paso debe ser cruzar el canal y pacificar palestina y Siria, como estaba previsto. No quiero desviarme de los deseos del Directorio.
Dejaré a Sulkowski y a Lombard al mando de un regimiento y de los sabios más aptos para la búsqueda. Espero que tengamos noticias suyas pronto.

Durante su estancia en Berlín, O'Hara recibió una llamada de la Fundación von Klausen: de la propia Edith von Klausen, sobrina de Jürgen. Para sorpresa de Thomas, la mujer le dijo que por desgracia su tío había fallecido en un accidente y que ahora el dinero que manejaba el financiero pertenecía a la Fundación y deberían celebrar una reunión urgentemente. Sin saber muy bien qué hacer o decir, O'Hara se disculpó diciendo que llamaría en otro momento porque estaba muy ocupado. Después recibió otra llamada de Friedrich Müller (otro miembro del consejo de la fundación), que le informaba más o menos de lo mismo. Al parecer Jürgen estaba siendo víctima de un complot de su propia familia. Tras poner la información en común y superar la incredulidad y la ira iniciales, acordaron que lo mejor sería celebrar una cita en 48 horas en la sede de la Fundación, en Frankfurt, y así lo acordó Thomas con Edith mediante la preceptiva llamada telefónica.

McNulty, por su parte, recibió una llamada del Sinn Feyn, que deseaban pedirle un favor. Tras hablar con su mujer y su hijo y comprobar que estaban bien, Jonas accedió y realizó junto a Finnegan un viaje relámpago a Bruselas. Allí se encontró con un viejo conocido, John Green, que le dio un sobre. Cuando más tarde lo abrió, se quedó helado: en el sobre había una foto de Jürgen von Klausen y el encargo de acabar con su vida. Finnegan compartió con Jonas su inquietud y su desconfianza acerca de von Klausen, y este último aprovechó el viaje y la intimidad que les proporcionaba para relatar a Jack la verdad sobre su vida pasada: su pasado terrorista, y su más reciente pasado como asesino al que incluso habían contratado para acabar con el propio Finnegan. Los lazos entre los dos se estrecharon así un poco más. McNulty telefoneó a Arthur Sullivan, intentando averiguar quién había contratado a su organización para acabar con von Klausen; lo único que le pudo dar Sullivan fue un número de cuenta; más tarde, McNulty proporcionaría el número de cuenta a O'Hara y éste descubriría que la cuenta se encontraba a nombre de Westchester Associates. También hizo una llamada a Novikov; si no acababa con la vida de von Klausen necesitaría sacar a su familia de Belfast lo antes posible, para lo cual pidió ayuda al ruso. Éste contestó afirmativamente, y que le indicaría qué hacer lo antes posible.

Mientras tanto, Jessica recibía por teléfono la respuesta de Ben Katzowitz a una petición de información con la que éste le advirtió de que von Klausen había participado años atrás en actividades de grupos neonazis. Y que Polaris había incurrido en varios casos de crímenes de guerra que habían quedado impunes. O'Hara tambíen recibía una llamada informativa de Novikov en la que le informaba de que más de la mitad de World Interlaced pertenecía a empresas relacionadas con von Klausen, un hecho inquietante como poco.

Cuando se reunieron de nuevo, Jessica hizo un aparte con McNulty, y le contó lo del pasado neonazi de von Klausen, que deberían vigilarlo pero le parecía que podían fiarse de él. Tras unos momentos de indecisión (Jonas se sintió seriamente tentado a cumplir el encargo del Sinn Feyn hasta el último momento) McNulty se reunía con Jürgen y le revelaba todo lo que había pasado durante el viaje, incluido el encargo de matarle. Von Klausen llegó incluso a sonreír, ante la cantidad de amenazas que de repente se cernían sobre su persona. Agradeció profundamente su sinceridad a Jonas y le dijo que no quedaría sin recompensa. El irlandés le pidió a cambio la puesta a salvo de su familia; por supuesto, Jürgen le dijo que haría todo lo que pudiera, pero Gran Bretaña no era como Ucrania o África, y había que resolver ciertos asuntos diplomáticos o ser extremadamente sigilosos en la operación.

Al poco, McNulty recibía la llamada de Novikov. En Edimburgo había dos helicópteros, dos pilotos y dos hombres esperando su llegada y sus instrucciones. Le había resultado imposible conseguir algo más, pero allí los tenía a su entera disposición.

A las pocas horas, se aireó en televisión una entrevista que von Klausen había concedido poco después del accidente a una periodista, así que anularon los planes de la reunión en la Fundación, porque ya no tenía razón de ser. Al intentar contactar con los sobrinos del alemán, éstos no dieron señales de vida. En la conversación que derivó después, McNulty sugirió a von Klausen que O'Hara sería un director perfecto para su fundación, y que debería considerarlo. Lejos de rechazar la idea, el magnate alemán la aceptó casi inmediatamente, para sorpresa de todos. Pronto tomaría las medidas necesarias.

El día siguiente, McNulty se despidió de los demás, diciendo que debía partir hacia Edimburgo para rescatar a su familia. No pidió ayuda. No obstante, a pesar de ello, el resto del grupo al completo le exigió aceptar su compañía e ir todos juntos; Jonas no pudo evitar dejar escapar alguna que otra lágrima ante la lealtad de aquellos compañeros que, sin duda, se habían convertido en sus amigos.

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 2 Capítulo 10

Acusados. El juicio por combate
Mientras el grupo estaba discutiendo la conveniencia de ser acompañados o no por el presunto ex-maestre, una potente voz los conminó a salir inmediatamente del vagón donde se encontraban. Al salir, se sorprendieron al ver que se encontraban rodeados por una veintena de capas doradas, cuyo capitán les instó a dejar las armas y les informó de que estaban arrestados por alta traición. Todos suspiraron, sabiéndose víctimas de otro tejemaneje de sus enemigos. Por su parte, el enjuto individuo que había estado hablando con ellos se había escabullido a un lugar discreto y permanecía observando la escena desde una distancia prudencial.

Fueron conducidos hasta la Fortaleza Roja, donde tras unas horas de espera daría inicio el juicio. Cuando entraron al salón del Trono, no pudieron evitar encogerse ante la presencia de todos los allí reunidos. El rey, la reina, el consejo del rey al completo, los Lannister, la Guardia Real, muchos de los nobles presentes en Desembarco del Rey y una pequeña multitud de plebeyos a los que se había permitido la entrada. El rey Robert parecía hastiado de todo aquello, todo lo contrario que los Seabreeze, que sentían que en aquel momento se jugaban no sólo el futuro de su casa, sino también de sus vidas. El Gran Maestre Pycelle pasó a exponer los motivos por los que se encontraban allí: alta traición por tráfico de Fuego Valyrio e intento de atentar contra la vida del rey.

Las acusaciones y las alegaciones en defensa de los Seabreeze llegaron largo tiempo. Ancel llevó el grueso de las conversaciones, como no podía ser de otra manera, y durante el proceso se hizo evidente (para aquellos expertos en esas lides) que todo aquello no era sino obra de lord Baelish. Largo rato se debatió sobre la inocencia o culpabilidad de los Seabreeze, y muchos fueron los testigos implicados, entre ellos el propio Roben Tudbury, que nunca llegó al muro gracias a la intervención de Meñique, o de Orten Lugus, un viejo conocido de la casa.

Cuando la acusación llegó a un punto muerto y quedó en la palabra de los Seabreeze contra la de todos los demás, se hizo evidente que se requerían medidas desesperadas para que no fueran condenados a vestir el negro o algo peor. Jeremiah y Breon exigieron un Juicio por Combate. Entonces fue cuando el rey Robert empezó a mostrar algo de interés, incorporándose en su asiento, y expresó su acuerdo con tal idea. Tras consultar unos momentos el consejo real, la acusación y el propio rey, se aceptó el Juicio por Combate, pero el delito era de tal calibre que el combate se dirimiría en un Juicio a Siete. Siete guerreros que apoyarían a los Seabreeze se enfrentarían a siete campeones de la acusación. Tenían dos días para recabar los apoyos que necesitaran.

Tras mucho intentar buscar apoyos, los Seabreeze consiguieron finalmente la ayuda de Ser Loras Tyrell y de lord Beric Dondarrion. Sin embargo, les faltaba un guerrero para completar el grupo de siete, y no había mucha gente que pareciera dispuesta a apoyarles. Finlamente consiguieron el séptimo guerrero nada más y nada menos que en la persona de Ser Barristan Selmy, el lord Comandante de la Guardia Real, por motivos que no venían a cuento.

Llegó así el momento en el patio de armas de la Fortaleza Roja, ante una multitud enardecida. Jeremiah, Breon, Ancel, Allyster, Loras, lord Beric y Ser Barristan se enfrentarían a los guerreros de la acusación: Ser Gregor Clegane la Montaña, Ser Jaime Lannister, Ser Aron Santagar, Ser Jacelyn Bywater, Ser Lothor Rykker y los Kettleback, Osfryd y Osmund. Lo malo es que Jeremiah se encontraba gravemente herido de la refriega en el burdel, y ser Allyster también tenía algunas contusiones que dejaban a los Seabreeze en una aparente inferioridad.

Pero cuando empezó el combate, se demostró que ambos grupos no se encontraban en condiciones tan dispares. Ser Barristan se enfrentó a La Montaña, Breon a Jaime Lannister, Jeremiah a Jacelyn Bywater, Ancel a ser Lothor Rykker, Allyster a Osfryd Kettleback, Loras a Osmund y lord Beric a Ser Aron Santagar. Tras unos minutos de tanteo, La Montaña se lanzó rugiendo hacia ser Barristan, que pareció sucumbir a sus potentes golpes; pero el anciano caballero era un hombre de amplios recursos y pronto dio la vuelta al combate. Breon no pasó apenas dificultades ante Jaime Lannister, que recibió en un par de ocasiones fuertes golpes del mandoble del caballero de Rocagrís. Por su parte, Ancel se deshacía de ser Lothor y lord Beric de ser Aron, mientras que ser Loras pasaba serios apuros con ser Osmund y Allyster con ser Osfryd. Jeremiah, a pesar de sus heridas, resistió como una roca ante ser Jacelyn, y finalmente, con la ayuda de los que habían triunfado en sus enfrentamientos individuales, el grupo de la acusación cayó derrotado. Para frustración de Breon, ser Jaime no llegó a morder el polvo, sino que salvó los muebles resistiendo hasta que todos sus compañeros estuvieron derrotados o rendidos. En ese momento, el matarreyes, que había sufrido dos feas heridas del espadón de Breon, hizo un gesto de impotencia e histriónicamente manifestó su rendición. Con esto, el grupo de los Seabreeze se alzaba con la victoria, entre los vítores del público, y gestos divididos de aprobación y rechazo entre los nobles congregados.



De vuelta en el Salón del Trono, los Seabreeze recibían -de nuevo- las efusivas felicitaciones del rey Robert y las más discretas de lord Varys. Y también las disculpas del Gran Maestre y de los nobles que habían dudado de ellos; no así de lord Petyr Baelish, que había encontrado alguna excusa para encontrarse ausente de la ciudad en ese momento, pero que manifestó sus disculpas mediante una nota que leyó el Gran Maestre. Restablecido el honor de los Seabreeze, los mejores maestres se asignaron para restañar las heridas de los combatientes, y el viaje de la comitiva real al norte seguiría los planes establecidos: el día siguiente sería el día de la despedida, como estaba previsto.

jueves, 15 de mayo de 2014

Los Seabreeze - Campaña Canción de Hielo y Fuego Temporada 2 Capítulo 9

Preparativos para el viaje
Jeremiah y Vanna llegaron primero a la posada. La mujer se encontraba bastante malherida, así que Ancel decidió salir en busca de un maestre junto a uno de sus guardias. Al poco de salir Ancel llegó Allyster, que había evitado miradas indiscretas moviéndose por callejuelas secundarias; le acompañaba Roslyn, la joven muchacha que había sacado del burdel. Tras interesarse por el estado de los heridos, dejó a Roslyn con ellos y bajó a la sala común de la posada, para vigilar el entorno; la decisión probó ser acertada, pues al poco hacían acto de aparición tres individuos que traerían problemas.

A los tres individuos los pudo ver Breon desde la distancia, pues volvía del conflicto en el burdel acompañado por Garrett. Tres jinetes armados y con armadura descabalgaban frente a la posada y entraban apresuradamente, dejando los caballos al cuidado de un cuarto individuo, un muchacho que tenía toda la pinta de ser un escudero. El caballero del león se acercó al chico, y le interrogó acerca del propósito de sus compañeros allí; el escudero se estremeció visiblemente, y claramente mintió al decir que no lo sabía, así que Breon decidió amenazarlo violentamente, desenvainando su espada. El chico fue presa del terror y huyó entre las patas de uno de los caballos; Breon, impulsivamente, lanzó un mandoble al cuello del animal y lo derribó, pero no fue suficiente para atrapar al escudero. La gente en la calle se detuvo, mientras el resto de caballos se encabritaba.

Mientras tanto, en el interior, uno de los individuos se había acercado al posadero y hecho un aparte con él en la trastienda, mientras los otros dos permanecían apoyados en la barra, observando la sala con aire de superioridad; al parecer, ninguno reparó en Allyster. Pasaron unos momentos hasta que se pudo oír el jaleo que Breon había armado en el exterior. Los dos tipos de la barra desenvainaron y salieron precipitadamente del local mientras el resto de gente se agolpaba en puerta y ventanas para poder ver la calle, cosa que Allyster aprovechó para acercarse sigilosamente a la trastienda. Entró con la espada en la mano y precuación, y menos mal que fue así, pues el tipo que se había llevado al posadero estaba esperándole tras la puerta. Un destello en la hoja del presunto caballero lo delató. El combate fue difícil, pero el reducido espacio de la estancia redundó en favor de Allyster, que con un arma mucho más ligera acabó abatiendo a su enemigo; el posadero, por su parte, había permanecido apartado y tembloroso en una esquina; según dijo, el tipo había preguntado por su grupo, pero no le había dicho nada de interés; Allyster no sabía si fiarse, pero finalmente decidió dejar en paz al hombre.

En el exterior, los dos hombres que habían salido de la posada se habían enfrentado a Breon y Garrett. Resultaron ser bastante diestros con sus espadas, y el resultado de la lucha, aunque favorable a los Seabreeze, fue costoso, pues Garrett sufrió varias heridas bastante feas.

El escándalo no pasó desapercibido, y cuatro capas doradas acudieron a los pocos momentos a la posada, mientras Allyster, Breon y Garrett subían rápidamente a sus habitaciones. Al llegar los guardias, todos se pusieron en tensión, pues si estaban a sueldo de Meñique seguro que iban a tener muchos problemas. Afortunadamente no fue así, y tras una tensa conversación en la que el oficial de los guardias interrogó a los Seabreeze acerca de las muertes de la planta baja y la calle, éstos les convencieron de que todo había sido en legítima defensa y no sabían por qué habían sido atacados. Los capas doradas parecieron satisfechos con la explicación y se marcharon sin poner más problemas. Ancel, que ya había vuelto, sugirió abandonar la posada y trasladarse al campamento donde la comitiva real se estaba congregando para partir hacia Invernalia; todos se mostraron de acuerdo y pronto, las habitaciones de los Seabreeze quedaron vacías, Jeremiah compraba un lujoso vagón para el viaje (de tal manera que la dificultad de las tiradas de recuperación para Vanna y Jeremiah se reduciría a 12), y establecieron su campamento en el propio vagón, junto a los demás viajeros. Una vez en el campamento, Jeremiah contrató los servicios de un buen maestre de otra casa, que también viajaría con ellos (5D en curación). Breon, por su parte, hizo todo lo posible por ponerse en contacto con Varys antes de partir, pero no tuvo éxito en sus intentos, el eunuco parecía esquivarlo.

En el campamento, Allyster mantuvo una interesante conversación con Roslyn, que le proporcionó bastante información. La muchacha había llegado hacía pocos días al burdel, y todavía la estaban adiestrando cuando Allyster la sacó de allí. Su conocimiento de la puerta secreta por la que había escapado el grupo de hombres encapuchados se debía a que el día anterior había visto aparecer por ella a varios hombres: uno de ellos coincidía enteramente con la descripción de lord Petyr Baelish, y otro con el Gnomo, Tyrion Lannister; Meñique iba describiendo al Gnomo el burdel, y después le presentó a las chicas, para que eligiera las que más le gustasen. Respecto a los hombres que habían torturado a Vanna, no podía decir demasiado porque siempre iban encapuchados fuera de la habitación donde la retenían; sólo pudo decir que uno tenía el labio superior partido y le faltaban un par de dientes (y que había intentado violarla, y lo habría conseguido si no hubiera sido por la intervención de la señora Lysa), y otro tenía una cicatriz en ceja y ojo, y un lunar asqueroso en la mejilla.

El día siguiente, apareció ante su vagón un hombre maduro y enjuto, casi completamente calvo y de nariz aguileña. Las miradas más perspicaces pudieron ver que en el cuello lucía señales como las que dejaban las cadenas de maestre, pero no llevaba la cadena en sí misma. Se encontró con Breon y Vanna, y se presentó con la frase "vengo de parte de un amigo común, que se disculpa por no haber podido acudir, ser Breon". Acto seguido, se ofreció a prestarles su servicios, acompañándoles en su viaje hacia el Norte. Esto desató una discusión en el grupo, entre los que eran partidarios, junto a Breon, de que el tipo les acompañara en el viaje, y los que se oponían frontalmente, como Vanna, que no se fiaba de él. Según la mujer, había establecido unas palabras clave para las comunicaciones con Varys, y el extraño no tenía ni idea de ellas, así que no confiaba en que el eunuco lo hubiera enviado realmente.

jueves, 8 de mayo de 2014

La Verdad os hará Libres
[Campaña Substrata]
Temporada 1 - Capítulo 26

Tour por Europa(II). Asalto en Ucrania
La siguiente parada prevista era Arabia Saudí. Allí deberían encontrarse con el príncipe Mohab ben Azir. Como Thomas no había podido hacerse con él en ningún momento, volvió a intentarlo una y otra vez. Ante la imposibilidad de pasar la barrera de secretarias que contestaba al teléfono, O'Hara decidió dejar un mensaje alarmista sobre las inversiones del príncipe, para intentar que éste fuera quien le llamara. Al poco tiempo recibía una llamada entrante, pero no del príncipe en persona, sino de uno de sus asesores, Tarek ben Mezir. Éste se mostró preocupado por el mensaje que Thomas había dejado, y dijo que no entendía nada, porque el príncipe se encontraba reunido en aquellos momentos con el "socio" de O'Hara, el señor Croix-Parker. Thomas colgó rápidamente al oír aquel nombre, pero Mezir volvió a llamarle. Bien pensado, si le había revelado aquella información abiertamente, el asesor no debía de estar en el ajo, así que Thomas descolgó. Mezir se mostró extrañado por todo aquello, y compartió con Thomas la descofianza que albergaba sobre ciertos argumentos que Croix-Parker había presentado ante el príncipe. O'Hara se convenció poco a poco de que Tarek podía serle de utilidad para llegar al príncipe, pero transcurridos unos minutos de conversación, la comunicación se cortó de repente. Intentó volver a hacerse con el asesor por todos los medios, pero no le fue posible; en su lugar, otro de los asesores se ofreció a tratar con él, disculpando a Mezir, que no parecía estar localizabel. O'Hara decidió no insistir.

Mulder y el padre Estepháneos, entre tanto, buscaban desesperados en internet información sobre el De Occultis Spherae, sin éxito. Lo que sacaron en claro fue que alguien se había dedicado concienzudamente a borrar cualquier rastro de información que hubiera podido quedar acerca del libro en la red. Las pistas conducían a dominios cerrados, páginas abandonadas o mensajes inexistentes.

La situación del príncipe Mohab no era nada clara, así que el grupo decidió hacer escala en Suez, donde habían quedado un par de días más tarde con Dimitri Kupchenko. Thomas llamó al potentado lituano para ver si podían adelantar la cita, y éste, con su estentórea voz característica, le confirmó que ya se encontraba en un helicóptero sobre el Mar Rojo y llegaría a Suez a medianoche. Quedaron en el hotel Coleridge a esa hora más o menos.

En el hotel, el grupo tomó posiciones alrededor de la casi desierta cafetería por si surgía algún imprevisto, pero demostraron no ser necesarias; Kupchenko llegó procedente del helipuerto de la azotea con un par de gorilas y sin ningún contratiempo a la mesa donde le esperaban Thomas y Jessica. El lituano se quedó obnubilado con la agente del FBI, y no cesó de lanzarle cumplidos y lascivas miradas durante todo el encuentro. Cuando Thomas le expuso la situación, Kupchenko se mostró receptivo y afirmó que confiaba en él para sus inversiones, no dejaría que Campbell le comiera el coco; a lo que se mostró más reticente fue a la reunión en San Petersburgo con "ese bastardo de Novikov". Como condición para asistir a la reunión, pidió sucintamente a Jessicar salir esa noche a cenar, y ella no tardó en aceptar. La noche acabó con Kupchenko y la mujer haciendo el amor en su habitación de hotel. Tras la bebida y el sexo, el lituano se quedó dormido profundamente, cosa que Jessica aprovechó para registrar sus pertenencias. En la cartera llevaba varias tarjetas extrañas a las que hizo fotos con su móvil, y en el correo electrónico del móvil del hombre también encontró cosas interesantes: un correo de Ekanem Anouh, un señor de la guerra nigeriano, que esperaba un envío que no había llegado en plazo; un correo de Ruslan Antonov (el cliente ucraniano de O'Hara), en ruso, al que le hizo fotos; y mensajes de varios árabes, entre ellos el príncipe Mohab, que se mostraba descontento con los servicios de Kupchenko.

Tras la reunión con Kupchenko y su promesa de acudir a la reunión de San Petersburgo, decidieron viajar a Azerbayán, donde se encontrarían de nuevo con Hans Haller. Lo del príncipe Mohab no estaba nada claro y no querían arriesgarse a llegar a Arabia Saudí a ciegas, como les había pasado en Mónaco.

Durante el vuelo, Jessica compartió con el resto la información que había obtenido de las pertenencias de Kupchenko. Novikov tradujo el mail de Antonov; en el mensaje, el ucraniano daba las gracias a Kupchenko por algún negocio desconocido, y le invitaba a acudir a Ucrania para "discutir sobre el asunto". Las tarjetas fotografiadas, por otra parte, correspondían a clubes exclusivos de ultramillonarios, pero había una en concreto que Novikov no conocía. Mulder le echó un vistazo, y sin lugar a dudas reconoció el símbolo: era la antigua llama y cruz invertida del Club Fuego Infernal, con un diseño más moderno. El ansia de conocimiento del canadiense se agitó en su interior, al descubrir que una secta que se creía desaparecida podía continuar viva. Por supuesto, compartió la información con los demás, y además dio alguna información extra sobre el Club, como que se dedicaban a realizar ritos de magia sexual. Cuando Jessica oyó esto, recordó que durante la noche con Kupchenko, éste parecía rejuvenecer unos veinte años cuando se acercaba al éxtasis...

En Azerbayán aterrizaron en el complejo montañoso de Novikov, y allí les recibió Hans Haller, que dijo tener buenas noticias para McNulty. Parecía que iba a ser capaz de devolverle sus recuerdos. Y así fue, tras un proceso bastante doloroso, el irlandés recuperó la memoria y durante unos minutos permaneció en estado de shock.

Tras comer algo, Novikov los condujo a la armería, donde se pertrecharon con equipo que creían que les sería útil. Entre otras cosas, les proporcionaron dos inhaladores que hacían que las capacidades físicas aumentaran hasta ser comparables a las de los soldados de la Sección S. Finnegan y Jessica los guardaron en sendos bolsillos, mientras Hans Haller les advertía que no abusaran de las dosis, pues podían llegar a ser letales para el organismo.

El próximo paso que decidieron dar fue ir a reunirse con Ruslan Antonov. Novikov volvió a sugerirles mucha precaución en el encuentro. Tras arreglar el ruso la entrada de uno de sus aviones a Ucrania, el grupo partió hacia Kaniv, la ciudad relativamente cercana a Moscú, en cuyas afueras se encontraba la mansión de Antonov, anexa al río Dnieper. O'Hara se puso en contacto con Antonov, intentando concertar una cita en territorio neutral, pero el ucranio insistió en hacer de anfitrión y que la reunión fuera en su casa, así que Thomas no tuvo más remedio que acceder.

La mansión tenía varias hectáreas de terreno vallado. Decidieron que, por seguridad, se separarían. Thomas, Jonas y Mulder entrarían en la mansión, mientras que Jack y Jessica esperarían fuera, observando a través de binoculares por si surgía algún imprevisto. En la mansión, los tres visitantes fueron cacheados y tras comprobar que no llevaban armas, Antonov salió en persona a recibirlos. Acto seguido, fueron conducidos a su despacho en el piso superior y tomaron asiento. La mansión parecía una fortaleza, con tanto guardia repartido por allí. Cuatro guardias tomaron posiciones a su alrededor, y de una puerta lateral hicieron acto de aparición dos figuras conocidas, al menos para McNulty: una de ellas no era otro que Sergei Yurikov, y el otro era el viejo alemán que había secuestrado en una ocasión a John Gibbons en un helicóptero para luego lanzarlo al vacío. En ese momento se hizo evidente la trampa. Varios seguros de subfusiles sonaron cuando los guardias empuñaron las armas. Mientras Antonov hablaba sobre la tración de los PJs a la Compañía y cómo pronto el orden mundial cambiaría para dejar paso a los individuos realmente competentes, Mulder consiguió [punto de relato] hacer una llamada para poner sobre aviso a Finnegan. Mientras tanto, Thomas recibía una llamada en su móvil de un número desconocido, y con una actitud confiada y condescendiente, Antonov y los demás le permitieron cogerlo e incluso salir al balcón a atenderla (vigilado en todo momento, eso sí). Thomas apenas pudo disimular su sorpresa cuando reconoció la voz con fuerte acento alemán que le hablaba desde el otro lado de la línea: Jürgen Von Klausen. El alemán le contó que habían intentado atentar contra su vida y había averiguado que el suegro de O'Hara estaba por medio. Al preguntarle dónde estaba y responderle Thomas que en la mansión de Antonov, Von Klausen se sorprendió y con palabras disimuladas le preguntó si estaba en problemas; cuando O'Hara contestó afirmativamente, el alemán le dijo que no colgara el teléfono, que iba para allá. Así que Thomas tuvo que disimular durante el jaleo que se formaría los siguientes minutos, hasta que Von Klausen apareciera.

En el exterior, Jack y Jessica decidieron darse un chute de los inhaladores que les había proporcionado Novikov y saltando la valla con facilidad corrieron a una velocidad endiablada hasta la casa. No les costó encargarse de los guardias que había en el exterior, y de una poderosa patada que arrancó la puerta de entrada de sus goznes se precipitarion al vestíbulo de la planta baja. Allí, varios guardias apostados les dispararon, sin acierto. Los siguientes minutos se desató el caos en la casa: guardias empezaron a aparecer de todas partes mientras Jack y Jessica los cosían a balazos con sus pistolas y los subfusiles conseguidos de los propios guardias. Cuando el efecto del primer chute del inhalador desapareció, ambos consumieron un segundo (de un total de tres cada uno). Mientras tanto, arriba, Thomas podía ver cómo llegaban dos de los helicópteros negros de UNSUP y aterrizaban en el patio posterior, entre la mansión y el río. Yurikov, Antonov y el alemán salieron del despacho por una puerta trasera, y los guardias se quedaban custodiando a McNulty, O'Hara y Mulder con una tensión evidente, mientras abajo se oían los disparos, y los veinte hombres de UNSUP que habían llegado en los helicópteros pertrechados para una acción militar se acercaban a la casa. Pocos segundos después, Antonov y compañía subían a un helicóptero y el aparato remontaba el vuelo, alejándose.

Jack saltó por una de las ventanas posteriores de la cocina para evitar ser tiroteado por los guardias del interior, todo para encontrarse rodeado de tipos con uniforme y cascos que le apuntaban con subfusiles ordenándole que levantara las manos. Sin pensarlo, volvió a saltar, de espaldas, por la misma ventana y se metía en el interior de la casa. Sin darse cuenta, como por el contrario sí lo hizo Thomas en el balcón de arriba, que tres helicópteros se acercaban a lo lejos desde el otro lado del río y soltaban unas estelas de luz a toda velocidad, que no podían ser otra cosa que misiles. Al otro lado del teléfono, alguien le recomendó a O'Hara que se pusieran a salvo, y éste se lanzaba hacia el interior gritando "¡cuerpo a tierra!"; así lo hicieron sus compañeros, no así los guardias que en su mayoría resultaron destrozados por las explosiones. En la planta baja, el infierno se desató en torno a Jack, al que le cayó un trozo de techo encima; su pánico a las explosiones, unido al bajón que sufrió al pasarse el efecto del inhalador, hicieron que quedara hecho un ovillo entre los escombros y el fuego.

Los hombres de Von Klausen no tardaron en hacer acto de aparición, así como McNulty y los otros, ensordecidos por el ruido. No tardaron en liquidar o rendir a los pocos guardias que habían dejado Jack y Jessica y en encargarse del resto de los hombres de UNSUP que no habían exterminado los misiles. Un alemán, el líder del grupo de hombres armados, entró gritando el nombre de O'Hara en la casa, y el grupo no tardaba en ser conducido a los helicópteros y puesto a salvo hacia el oeste, mientras atrás quedaban las ruinas ardientes de la mansión de Antonov. Tanto los uniformes de los paramilitares como los helicópteros, llevaban un símbolo que Jessica y McNulty reconocieron como el escudo cruzado de los Polaris, un ejército privado que al parecer era propiedad del tal Von Klausen...