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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 6 de octubre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 10

Robert en peligro. El enviado del Vaticano.
Al atardecer, Patrick le pidió a Derek una conversación discreta, lejos de los oídos del resto del grupo. Le comentó que era consumidor habitual del Polvo de Dios, y que hacía tiempo que se había agotado. Estaba intentando buscar más, e insinuó que quizá la CCSA tuviera existencias que guardara como pruebas. Desafortunadamente, Derek le confirmó que la CCSA nunca había podido conservar el polvo, porque al abrir los plásticos envasados al vacío en los que se comerciaba, enseguida se degradaba y no quedaban restos aprovechables. También le comentó que en las escenas donde se sospechaba que se había consumido el Polvo se encontraba un ligerísimo remanente de radiactividad; nada peligroso para la salud (al menos el resto que quedaba tras su consumo), pero eso les hacía pensar que la droga tenía algún tipo de ingrediente inestable que hacía posible su conservación al aire libre más allá de unos pocos minutos. Patrick, por su parte, compartió sus experiencias con el polvo con Derek, hablándole de los extraordinarios efectos que causaba en él y su habilidad de ver las auras de las personas, y también de los efectos que parecía tener en personas con capacidades algo más… “extraordinarias”. El director de la CCSA NY escuchó con interés y tomó buena nota de todos los datos.

Un par de horas más tarde, una de las administrativas de la agencia aparecía ante Patrick con un paquete que había traído un mensajero de FEDEX a su nombre. Abrió el sobre acolchado y se encontró con una discreta caja de cartón. Al abrirla se quedó anonadado: en el interior había media docena de papelinas (de plástico envasado al vacío) de Polvo de Dios, con el inconfundible sello del vikingo rojo en ellas, y una nota. La leyó enseguida: “Procura que te dure un tiempo, porque va a ser muy difícil conseguir más en breve”. Patrick buscó al instante a Derek y le comentó el extraño envío, y además le proporcionó una de las papelinas para su posible estudio posterior.

Mientras tanto, Tomaso había enviado un mensaje a Robert con el fin de encontrarse con él en un bar del centro, y poco más tarde tomaban un café frente a frente. El italiano le comentó las intenciones que tenía el grupo de visitar el monolito y quería preguntarle si él los acompañaría a visitarlo y estudiarlo. La conversación transcurrió agradablemente durante unos pocos minutos, hasta que Tomaso se puso en guardia cuando su sentido del peligro le avisó de que un encapuchado estaba sin duda observándolos desde la otra parte de la avenida. Pidiendo a Robert que se quedara tranquilo y tomándose el resto de café, salió por la parte trasera del restaurante, un antiguo callejón con discreto acceso a la avenida. Rodeando una manzana, avistó por fin al sospechoso, con la capucha de la sudadera echada. Sin embargo, éste ya se había puesto en marcha, acercándose rápidamente hacia el bar y esnifando claramente una papelina de droga; otro encapuchado cruzaba por otra esquina, sin duda con intención de unirse al primero. Además, un hombre vestido impecablemente, con sombrero y chaqueta, ya se encontraba prácticamente en la entrada. Ante la imposibilidad de acercarse corriendo y discretamente, decidió desviarse y esquivar a los desconocidos. Mientras hacía esto, llamó a Derek, y le gritó que saliera rápidamente de allí, pues estaba convencido de que estaba en peligro; al instante vio a Derek aparecer por la puerta delantera; pero antes de que pudiera dar más que unos pocos pasos, algo sucedió. La gente alrededor del primer encapuchado desconocido comenzó a derrumbarse en el suelo mientras gritaban desesperados. Robert se sintió extraño durante un momento, y al instante sintió su piel arder; al mirarla, vio cómo empezaban a brotar bambollas y a reventar, con un dolor insoportable; cayó al suelo. Tomaso no entendía lo que sucedía, los afectados gritaban y se revolvían sin motivo aparente a sus ojos. El tercer extraño que había visto antes, el trajeado, cogió a Robert del suelo y lo introdujo en el bar, del que todo el mundo había salido al oír el escándalo; los otros dos lo siguieron rápidamente.

Con rapidez, Tomaso volvió a entrar por la puerta de atrás. Los dos encapuchados esperaban en la sala delantera del bar haciendo guardia, mientras el tercero había desaparecido junto con Robert. Se acercó a la puerta del baño, que estaba entreabierta. Pudo atisbar cómo el desconocido del traje extraía una aguja del cuello de Robert. Decidió irrumpir, golpeando al hombre por sorpresa. Sin embargo, resultó ser un hueso más duro de roer de lo que había creído y la trifulca se alargó más de lo previsto, lo que permitió acercarse a los otros dos. Uno de ellos hizo que Tomaso sintiera unas náuseas que casi lo incapacitan, y justo en ese momento alguien disparó al otro lado de la puerta, hiriendo al segundo encapuchado. Varios hombres con equipo paramilitar habían irrumpido en el bar y se enfrentaron a los tres primeros. Tomaso, encañonado por cuatro hombres con fusiles de asalto no pudo más que levantar las manos y dejarse arrastrar, mientras le hacían cargar con Robert. Salieron al callejón trasero, desde donde ya se podía ver un todoterreno negro esperándoles; llegaron al pequeño arco que daba acceso a la calle, y en ese momento un segundo vehículo apareció a toda velocidad, estampándose contra el todoterreno y llevándose por delante a dos de los paramilitares. Alguien gritó y alguien más lanzó un aullido de dolor, y en ese momento el joven italiano decidió que lo mejor era salir de allí. Consiguió escabullirse cargando a Robert y refugiarse entre los matorrales de un pequeño parquecillo unas pocas manzanas más allá. Agotado y sumamente dolorido llamó a Derek por el móvil encriptado.

Derek movilizó a algunos de sus hombres, y procedieron rápidamente a la extracción de Tomaso y Robert. Patrick les acompañó. En pocos minutos llegaban a la manzana donde se encontraba el parquecillo y salían del coche alertados por una seña de Tomaso. Mientras tanto, Patrick permanecía en el interior del coche, y algo llamaba su atención: un hombre encapuchado que se acercaba a unos cien metros por una bocacalle. El aura del desconocido no dejaba lugar a duda de sus extraordinarias capacidades, y además se acercaba directamente hacia ellos; sin embargo, a los pocos segundos el encapuchado se detenía, aparentemente confuso. No hubo tiempo para más: Tomaso y Robert ya estaban en los coches mientras a lo lejos se oían las sirenas de ambulancias y coches de policía, y partieron rápidamente. Al poco rato Patrick compartiría con ellos su visión del desconocido y su capacidad para ver auras.

Al llegar a la oficina se reunieron con Sigrid, que había permanecido allí preocupada por su hijo. Robert permanecía inconsciente, suponían que debido a lo que le habían inyectado. Tomaso recibió un mensaje de su primo: el enviado del Vaticano había llegado por fin; sonriendo, el italiano compartió la información con Sigrid, intentando tranquilizarla, porque creía que el recién llegado podría ayudarles con el problema de Daniel.

Poco después Robert despertaba, aunque no en las mejores condiciones: medio atontado, enseguida se dieron cuenta de que le habían inoculado algún tipo de sustancia para anular la voluntad. La conversación que siguió reveló por fin informaciones sumamente interesantes. Robert reconoció ser el creador de la droga conocida como Polvo de Dios, y les habló de un extraño mineral que componía la base de su fórmula; recientemente había destruido todas las existencias excepto la media docena de dosis que había enviado a Patrick. El profesor de filosofía se sorprendió al oír esto, nunca habría creído que Robert fuera tan considerado con él. Cuando Robert se espabiló pocos minutos más tarde, Patrick le agradeció su objeto.

Tomaso y Derek se marcharon para encontrarse con el enviado del Vaticano. En la iglesia los recibió Dominic, el primo de Tomaso, y en sus dependencias les presentó a Jan Borkowski, oriundo de Polonia y hombre de confianza del Vaticano en el noreste de los EEUU. Jan era un hombre en buena forma, cerca de los cuarenta y de ojos azules, vestido con camisa y pantalón negros. Tras unas breves presentaciones, Jan reconoció que se dedicaba a estudiar los fenómenos extraños que pudieran presentarse en el noreste del país y reportarlos al Vaticano. No era en realidad uno de los mejores exorcistas, pero estaba autorizado a llevar a cabo el ritual y si era necesario podría pedir refuerzos; todo ello lo hacía en deferencia al padre Bonelli, al que había conocido durante su juventud en Roma. Poco después, Tomaso, Derek y los dos sacerdotes llegaban a las dependencias de la CCSA.

Mientras Derek y Tomaso habían estado fuera, Omega Prime había enviado a Sally algunas grabaciones de “ecos de radio” —fuera lo que fuera aquello— que se habían obtenido en la escena del caos que había envuelto a Robert. Al parecer, un montón de gente se había congregado alrededor de la cafetería buscando a Robert, y entre ruido de estática se podían oír voces afirmando “lo tenemos”, o “¡seguidlos!¡Que no se lo lleven”. Casi al final de la grabación se podía reconocer a alguien diciendo: “¡Lo he localizado!¡Lo tengo de nuevo!”, de nuevo estática y al cabo de otros pocos segundos: “¡Lo he perdido! ¡Tienen algún tipo de escudo que me impide sentirlo!”. A partir de ahí las transmisiones policiales cubrían cualquier otra conversación.

Decidieron dejar el tema de Robert aparcado con la llegada del padre Borkowski. Éste pidió una información exhaustiva sobre Daniel, su infancia y su estado mental. Sigrid estuvo a punto de perder la paciencia por la aparente irrelevancia de muchas preguntas, y empezó a proferir cada vez más palabras en la extraña lengua. Este hecho y la información que le dieron sobre el “lenguaje viviente” decidió por fin a Borkowski a trabar contacto con el niño en la sala de interrogatorios. El sacerdote pareció sobrecogido por el aspecto que presentaban las inmediaciones, con la oscuridad casi palpable y las luces mortecinas. Tuvieron que sacar a Sigrid a rastras de la sala cuando intentó hablar con su hijo y no pronunció ni una sola palabra reconocible. Borkowski se equipó con su estola púrpura, el crucifijo y el agua bendita, y pasó a la sala. Tomaso se puso los auriculares para poder escuchar; durante unos minutos, el cura habló al niño en latín y en inglés, lo tocó con su crucifijo y lo roció con agua bendita; por su parte, el niño se limitó a hablar en su lengua, sin parecer asustado o enojado. A los cuatro minutos, decidieron que era peligroso que el sacerdote continuara en al sala, así que Tomaso y el biólogo encargado de sedar al niño pasaron a la sala. Al entrar, notaron una sensación realmente extraña, parecida a la que habían sentido en la primera planta de la academia militar: algo parecido aun vértigo acompañado de una sensación de ignorancia que los puso enfermos; el biólogo cayó inconsciente, mientras Tomaso se tambaleaba y vomitaba violentamente. Borkowski los ayudó a salir de allí, sin compartir su malestar.

Ya recuperados, pidieron la opinión de Borkowski y Bonelli. Este último no acertó a sugerir gran cosa, pues estaba profundamente conmovido por lo que había presenciado. El polaco respondió que no creía que se tratase de una posesión, pues el joven no había respondido como se esperaba al crucifijo ni al agua bendita, ni siquiera a las exhortaciones en latín. No obstante, debido a la urgencia que el grupo tenía por salir del país, sugirió el traslado de Daniel al Convento de las Hermanas Clarisas de Boston, donde la Iglesia disponía de instalaciones para tratar este tipo de casos extraños. Él se ofreció a contactar con otros sacerdotes que podrían visitar al niño en el convento. Patrick veía esta opción como la más viable, aún más después de observar las auras de los dos sacerdotes y no detectar nada extraño en ellas.


viernes, 23 de septiembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 9

Reunión con Simmons. Desencuentros.
Sigrid despertó poco después, y Tomaso, solícito, fue a su encuentro para interesarse por su estado. Ambos se encontraron a gusto y tuvieron la oportunidad de revelarse algunos secretos y compartir experiencias, lo que les unió un poco más. El encuentro tuvo al parecer un efecto terapéutico en Sigrid, que acabó la conversación sin pronunciar apenas palabras en la lengua extraña de la academia.

A mediodía, Tomaso se encontró con Robert; aunque intentó despistar a los demás, no lo consiguió, y Sigrid, Patrick, Derek y un par de agentes lo siguieron hasta las cercanías del punto de encuentro. Mientras Tomaso y Robert se saludaban y entraban en el edificio, los perseguidores decidieron esperar unos minutos antes de entrar. El edificio era típico del distrito financiero, destinado al alquiler de oficinas y despachos, y en uno de ellos los había citado Dan. Había controles de metales en la puerta, así que primero dejaron todos sus pertrechos comprometedores en una taquilla.

Una mujer muy arreglada, que se presentó como Helen Simpson, les recibió en la antesala del despacho. Después de saludarlos y comprobar su identidad, les hizo pasar a la sala principal; Dan Simmons se levantó con una sonrisa, moviéndose con demasiada agilidad para sus dimensiones corporales: parecía un jugador de baloncesto profesional, alto y fuerte. Impecablemente vestido, estrechó sus manos con un apretón firme y les presentó a su “hombre de confianza”, que también se encontraba en la sala: Juan Martínez. El latino parecía un anodino oficinista, en contraposición a la abrumadora presencia de su jefe.

El Hombre Malo, como prefería que le llamaran Simmons, no se anduvo con rodeos. Tras unos breves preámbulos en los que se habló de la empresa de Robert, el papeleo de los abogados, y cómo los abogados de Albany habían contactado con él, Simmons les habló de la situación real. Y lo que oyeron les dejó perplejos.El mundo ocultista estaba revolucionado con una droga nueva que había surgido hacía relativamente poco: el Polvo de Dios. Algunos elementos tenían conocimientos arcanos en disciplinas sobrenaturales (a los que Simmons llamó “Adeptos Postmodernos”) y eran capaces de realizar cosas extraordinarias, cosas que ni siquiera Simmons comprendía totalmente. El caso es que él sí conocía la existencia de unos rituales concretos, rituales de revelación y de impostación, que servían para guiar al adepto hacia un objetivo o todo lo contrario, despistarlo. Muchos rituales de revelación se habían lanzado últimamente para revelar a la persona en la que tenía su origen el Polvo de Dios. Que Simmons supiera, la mayoría no habían arrojado más que informaciones vagas sobre la localización de la persona, pero hacía varios días por fin uno había tenido éxito; de cómo se había enterado no quiso hablar, pero el ritual había revelado claramente la identidad de Robert McMurdock como el responsable de la creación del Polvo. Ahora, Robert y los que estuvieran a su alrededor corrían serio peligro, pues el Polvo se había convertido en una especie de Santo Grial de los Adeptos: potenciaba sus capacidades de formas que no alcanzaban a comprender, pero que les hacían capaces de cosas a priori imposibles.

Por supuesto, la verdadera razón por la que Simmons había convocado a Robert a aquella reunión era que estaba realmente interesado en la fórmula del Polvo, así que ofreció un intercambio de favores si McMurdock se la proporcionaba. Aún en shock por todo lo que habían oído, le pidieron tiempo para pensar, a lo que el Hombre Malo accedió con una sonrisa, no sin recomendarles que no demoraran mucho su decisión, porque estaba seguro de que otra gente llegaría pronto hasta Robert con métodos menos amistosos. Tras darles unas tarjetas personales, se despidieron.

Al llegar al ascensor, Robert y Tomaso se toparon de bruces con el resto del grupo. El primero hizo amago de evitarlos, pero le impidieron el paso. La intervención de Tomaso apaciguó los ánimos cuando sugirió que sería buena idea que los cinco compartieran una buena comida. Ya en el restaurante, Derek pronto demostró que había perdido la paciencia con McMurdock. Ante la reticencia del ejecutivo en confiar en sus compañeros y la posibilidad de que sus maniobras con Simmons pusieran en peligro al resto del grupo, Sigrid se marchó de la mesa indignada. Derek pidió a Robert que le devolviera el móvil encriptado que les había proporcionado el congresista Ackerman y se marchó, separando sus caminos.

Al marcharse Derek, Robert tuvo una corazonada de que algo malo iba a ocurrir, pero reprimió sus impulsos. También tuvo la angustiosa sensación al marcharse Tomaso, pero siguió negándose a dejarse llevar por esas sensaciones. Decidió que su plan de acción sería quemar todas las pruebas, vender las empresas y marcharse del país.

Más tarde Patrick se reunió con Tomaso, con la pretensión de intentar convencerlo para que le consiguiera algo de Polvo de Dios. Sin embargo, la conversación acabó con Patrick y Tomaso enemistados, pues el italiano no hablaba con sinceridad a ojos del profesor. Apaciguado por Sigrid, Patrick y ella discutieron la conveniencia de visitar el monolito o partir directamente hacia Inglaterra, donde Derek tenía esperanzas de encontrar al aristócrata que conoció en su infancia.


jueves, 8 de septiembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 8

Investigando. Dan Simmons.
Antes de dormir, Sigrid, como experta en antigüedades y leyendas nórdicas, explicó al resto del grupo sus referencias -muy interesantes- acerca del monolito de Robert y Michael: la primera, la más evidente y parte de la cultura popular, era la referencia al monolito negro que aparecía en “2001: una odisea espacial”. Su segunda teoría era puramente histórica y mencionaba un objeto real: el obelisco negro de Salmanasar III, una reliquia del Imperio Asirio, pero que se encontraba perfectamente localizado en el Museo Británico; esta era la teoría que Sigrid optaba más fácilmente descartable, pues el obelisco Asirio no coincidía con la descripción que había dado Robert del objeto presuntamente Arcano; era posible que estuvieran relacionados de alguna forma, pero no probable. La tercera teoría tenía que ver con el propio ámbito de conocimiento de Sigrid: la pasión por las leyendas nórdicas. Según recordaba, existía una recopilación de relatos orales llevada a cabo por un tal Sebastian Stallar alrededor del siglo XVIII donde se mencionaba un monolito negro; el problema era que no recordaba mucho más allá de esto, y para completar la información no le quedaría más remedio que recurrir a su biblioteca, donde guardaba uno de los pocos ejemplares que quedaban del trabajo de Stallar.

Agotados, decidieron dormir y descansar. Por la mañana, Robert intentó por enésima vez escabullirse de sus nuevos conocidos, aunque un agente frustró su intento y la excusa de tomar un café hizo que Derek y un par de agentes lo acompañaran a la cafetería.

Más tarde, a media mañana, se encontraron todos en la sala de reuniones, y con la ayuda de uno de los biólogos, levantaron el sedante al hijo de Sigrid, Daniel. Pronto, el muchacho comenzó a hablar en aquella lengua extraña, lo que hizo que Tomaso y Robert salieran de la sala, y la luz se atenuó hasta hacerse mortecina. Las palabras parecían deslizarse hacia las mentes de Patrick y Derek. El primero intentó varios trucos psicológicos para hacer reaccionar al niño, pero tuvieron que desistir ante el peligro de ser poseídos por aquella extraña situación. De repente, sonó la alarma de incendios, sacando a todos de su ensimismamiento.

Robert, que había conseguido escabullirse hacia la salida, había hecho saltar la alarma. Eso le permitió acceder a la escalera de incendios y correr hacia la calle. Tomaso y algún otro agente salieron corriendo tras él, pero no pudieron darle alcance antes de que los despistara y desapareciera de la escena subido en un taxi. Hacía varios minutos que el móvil de Robert vibraba sin parar, y una vez a salvo en el taxi decidió por fin cogerlo. Era una mujer que llamaba desde el psiquiátrico de Canadá, informando de que Michael Stevenson no había llegado allí, ni tampoco sus acompañantes; Robert maldijo para sus adentros. También habló con Alton Cook, quien insistió en que debían tratar del asunto de la compra y de los consejeros amenazados; Robert no tuvo más remedio que contestarle con evasivas, mientras el móvil sonaba con un número desconocido.

Al contestar, el hombre que hablaba al otro lado de la línea se presentó como Daniel Simmons. Robert conocía bien ese nombre por las conversaciones de sus compañeros y se preocupó cuando su interlocutor le informó de que se había enterado que había contactado con sus “socios” del bufete Jackson, Hickman & Toller, y que quizá sería adecuado que mantuvieran una conversación de negocios. Robert pidió que le diera un tiempo para poder confirmar la información y tratarlo con el resto de sus socios, a lo que Simmons respondió con un “por supuesto” quizá excesivamente jovial.

Durante el episodio de la alarma de incendios, Patrick y Derek tuvieron una discusión algo subida de tono: el profesor estaba hasta los mismísimos de que el grupo se preocupara por retener a Robert e instó al director a prescindir de él y evitar seguir perdiendo el tiempo. Derek era reticente a ello por todo lo que había pasado últimamente, pero no tuvo más remedio que planteárselo seriamente.

Poco después, Tomaso contactaba con su primo Dominic, haciéndole entrever que seguramente necesitaría un exorcista en los próximos días (para tratar Daniel). El padre Bonelli lo tranquilizó, afirmando que seguramente el contacto que esperaba del Vaticano podría ayudarle en su trance. Acto seguido, Tomaso contactó por móvil con Robert, extrañado y preocupado a la vez por su huida. Aunque le ofreció su ayuda, Robert no quiso revelarle su paradero, pero sí que le habló sobre la llamada que había recibido de Dan Simmons, lo que estremeció a Tomaso. Quedaron en que cuando Robert acudiera a la cita en La Representación, Tomaso lo acompañaría como hombre de confianza.

La mañana siguiente, una vez descansados, Tomaso compartió con el grupo la información que le había dado Robert sobre la llamada de Dan Simmons y además aprovecharon para investigar sobre las tres referencias de Sigrid sobre el monolito. Para su sorpresa, la teoría sobre 2001 no resultó descartable del todo, porque según algunos círculos conspiranoicos, Arthur C. Clarke habría utilizado información privilegiada sobre artefactos reales que el gobierno tenía buen cuidado de que no trascendieran, e incluso se decía que podía haber trabado contacto en algún momento con extraterrestres. El monolito de Salmanasar tampoco fue desechado: investigando un poco más allá de lo evidente, parecía haber una especie de maldición alrededor de los descubridores y los implicados en un intento de robo hacía varias décadas. Sobre la teoría de Sebastian Stallar no pudieron averiguar mucho más de lo que sabía Sigrid, que necesitaría viajar a su biblioteca para poder repasar sus fuentes.

Tomaso y Sally contactaron con Omega Prime para investigar sobre el caserón donde Robert decía que se encontraba el monolito. Y para su sorpresa -o no tanta-, no pudieron descubrir demasiado: algunas reseñas de turistas y senderistas que mencionaban una especie de mansión muy someramente y siempre en la lejanía era todo lo que encontraron, algo ciertamente extraño. Por otro lado, también investigaron el informe oficial de lo ocurrido en la academia militar, que hablaba de un accidente, incendios y muchos muertos. Pero Omega Prime consiguió información más solapada de círculos ocultistas, que hablaban de “Los Durmientes”, de que “habían vuelto a actuar” y que habían “borrado las evidencias y seguramente conseguido las grabaciones que habían desaparecido”. Todo era bastante críptico, pero evidenciaba lo que ya habían sospechado sobre Nikos Kostas, de su pertenencia a alguna organización ocultista que parecía llamarse “los Durmientes”. Cada vez parecían más implicados en las tramas que les habían ordenado evitar.

A mediodía intentaron hacer reaccionar de nuevo a Daniel en la sala de interrogatorios, a solas con una grabación de Sigrid intentando tranquilizarlo. Al principio se quedó sentado viendo la grabación de su madre en el televisor, pero al poco se acurrucó contra un rincón y comenzó a recitar una letanía en voz baja en aquella extraña lengua que lo estaba consumiendo. La luz bajó un poco de intensidad. Tras unos segundos, se incorporó y se acercó al cristal, con una profunda cara de tristeza, que hizo rebullir a los presentes al otro lado del espejo. Comenzó a llorar abiertamente y a suplicar golpeando el cristal entre sollozos. “Llevadme con mis hermanos” pudo leer Patrick en los labios del niño, siempre hablando con las palabras desconocidas. La luz iba y venía mientras el niño caía de rodillas, y el cristal pareció vibrar con la presión de sus palabras. Los agentes presentes en la escena se miraron, y aunque Derek intentó tranquilizarlos, uno de ellos presentó su dimisión a las pocas horas.

Decidieron dejar al niño consciente y sin atar, y más tarde despertaron a Sigrid, que había decidido mantenerse al margen voluntariamente para no interferir. Cuando la anticuaria se presentó ante el cristal de la sala de interrogatorios, el corazón le dio un vuelco al ver al niño tan desesperado, así que pulsó el botón de comunicación. Las palabras pronunciadas por Daniel escaparon de la sala, y rápidamente se deslizaron a la mente de Sigrid, que no pudo resistirlas: sus ojos se oscurecieron y comenzó a parlotear en el lenguaje desconocido; sus compañeros no tuvieron más remedio que sedarla. Acto seguido, pasaron a discutir qué hacer, pero como siempre, al hablar sobre la extraña lengua o los implicados en ella, las palabras parecían tomar forma en las mentes de Patrick y Derek, y Tomaso los oía proferir palabras extrañas cada dos por tres.

Robert confirmó lo que le había dicho Dan Simmons por teléfono con el resto de miembros del bufete, así que le devolvió la llamada, y concertó una reunión para el mediodía. A continuación informó a Tomaso, que a su vez tuvo que informar al resto del grupo y retrasar la visita que habían decidido hacer al monolito aquel mismo día, para indignación de Patrick, que no estaba de acuerdo en perder más tiempo con los asuntos de Robert.

jueves, 21 de julio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 7

La Academia Militar Valley Forge (II). Un Idioma Extraño.

Niños en Valley Forge
 
En Albany, Robert se reunió con los abogados del bufete Jackson, Fairbanks & Others. Llegó a un acuerdo con ellos por el que harían todo lo posible para desvincular las pocas empresas que a Robert le interesaba sacar del acuerdo con Himmel im Erde e investigarían cualquier atisbo de ilegalidad en la operación. Manifestó su deseo de dejar de recibir los servicios de Weiss Crane y transferir todas sus operaciones a los de Albany, cosa con la que éstos no se mostraron demasiado entusiasmados, pero la suma en juego era considerable y “verían cómo encargarse de ello”.

Después de la reunión, Robert se encargó de tratar con los contactos de Michael para no interrumpir el flujo de negocio; pero la falta de material para la fabricación seguía siendo un problema para la distribución, y volvió a intentar ponerse en contacto con Georg; no tuvo éxito. Ante ello, decidió llamar a Judith, que seguía en Tel Aviv y tan bella como siempre. La israelí también se mostró preocupada por la desaparición de su amigo común; ella le dijo que tenía familia en Rusia y que haría lo que pudiera por encontrar al joven desaparecido. No obstante, Robert empezó a prepararse mentalmente para un próximo viaje a Moscú, quizá con escala en Israel.

Por la noche, Robert puso rumbo a Canadá, junto con dos de sus guardaespaldas y Michael, para llevar a éste al psiquiátrico con el que ya había contactado previamente. No notó en ningún momento que los hombres de Derek habían estado siguiendo todos sus movimientos desde su salida de Nueva York.

Mientras tanto, en Wayne, Pennsylvania, el resto del grupo encontraba algunas dificultades para poder pasar el segundo control de policía y militares. Pero al ver que en los maleteros de los coches (coches de la CCSA) llevaban todo tipo de equipación para defensa NBQ con el logotipo de la CCSA, los guardias dejaron de lado las reticencias y permitieron el acceso de los dos coches, que se detuvieron en el aparcamiento. Los hombres del segundo coche, agentes de la CCSA, permanecieron en el parking a la espera y como apoyo, mientras el resto se enfundaba en los trajes y se dirigía hacia el centro de control que habían establecido los militares unos metros más allá.

Allí se reunieron con el director del centro, George Ripley, y diferentes autoridades de la policía militar, policía civil y el ejército. A Derek le seguía extrañando la rapidez con la que se había dado la alarma sanitaria sin que aparentemente ningún funcionario de sanidad hubiera acudido al lugar. Y lo rápido que se había movilizado al ejército, aunque se tratara de una emergencia en un centro militar, también llamaba la atención; deberían darse prisa porque aquello olía a cuerno quemado.

En el centro de control, el director y los oficiales les informaron de lo que había sucedido. Los alumnos del bloque “C” habían empezado a comportarse de forma extraña unas semanas atrás, hablando en un idioma que parecían haber inventado por mera diversión. Al principio no le dieron importancia, pero cuando varios miembros adultos del personal del centro empezaron a utilizar también palabras en aquel idioma las cosas empezaron a volverse preocupantes. Era muy extraño; el ambiente en el bloque había empezado a ser más enrarecido, la luz menos brillante, hasta que directamente las tinieblas se habían apoderado de él; los alumnos se habían hecho cada vez más reclusivos, apartándose de los demás, y finalmente la noche anterior, tanto algunos adolescentes como algunos adultos habían atacado violentamente al personal que había intentado sacarlos de allí, incluso con algunas armas de fuego. Acto seguido habían llamado a las autoridades pertinentes y en poco más de media hora se decretaba la alerta sanitaria no se sabía muy bien por parte de quién.

Todo aquello apestaba a ocultismo y a conspiración, pero el hijo de Sigrid se encontraba alojado en el bloque C, y ella no se marcharía de allí sin Daniel. Patrick y Tomaso manifestaron su firme deseo de acompañarla y ayudarla a sacar al chaval de allí. Despidiéndose apresuradamente de los oficiales, que por otra parte se encontraban muy ocupados desalojando a todos los internos, se dirigieron hacia el bloque

Un escalofrío los recorrió. Tal y como les habían dicho, el efecto ya era visible desde el exterior: en medio de la noche, el edificio se encontraba inmerso en una extraña penumbra que los focos de los militares traspasaban a duras penas. Se acercaron a la puerta principal, y al adentrarse en las tinieblas sus corazones se estremecieron; Sigrid no pudo aguantar y tuvo que alejarse, causándoles un retraso que los puso muy nerviosos; pero finalmente, con ayuda de Patrick pudo reponerse y volver a la puerta principal, donde Tomaso rompió el cristal y les facilitó el acceso al vestíbulo. Sus pequeñas linternas apenas alumbraban la oscuridad; encendieron las luces, pero al igual que los focos del exterior apenas generaban un resplandor mortecino.

No tardaron en ver a los primeros dos niños en el vestíbulo. Sombríos y serios, transmitían una sensación de congoja a la que el grupo consiguió sobreponerse. No tardaron en hablar, en un idioma que ninguno pudo reconocer, ni siquiera comparar a algún otro. Las palabras parecieron introducirse en las mentes de Derek y Patrick, y comenzaron pronto a entender qué decían los niños: preguntaban si se iban a quedar, y si pretendían sacarlos de allí. Poco después los chavales salían corriendo y el grupo seguía su camino; llegaron al pie de unas escaleras que conducían a las habitaciones del primer piso, donde se hospedaba Daniel. Un niño más pequeño que los anteriores estaba allí, sentado en el último escalón; se sobresaltaron al verle, pues la penumbra apenas dejaba visibilidad un par o tres de metros. El niño les empezó a preguntar acerca de su estancia allí y de sus intenciones, en aquel grotesco lenguaje. Las palabras se movían en la mente de Patrick, que se quedó con la mirada perdida durante varios minutos, y Tomaso y Derek también notaron cómo se enroscaban en su interior. Mientras el niño hablaba, el techo tenuemente iluminado pareció cobrar vida con multitud de sombras que comenzaron a pasar a toda velocidad de una parte a otra; el grupo fue capaz de reconocer algunas de ellas: un verdugo, un rey, un peregrino, un monje… Tan rápido como aparecieron, desaparecieron cuando el techo se envolvió de nuevo en penumbra. Todo acabó cuando el niño, frustrado por la falta de caso del grupo, comenzó a gritar y se alejó adentrándose en las sombras. Pero eso sólo había sido un pequeño prólogo para lo que encontrarían en el primer piso, totalmente alterado cuando llegaron: el pasillo no parecía tener suelo pisable, sino que se abría a un profundo espacio vacío, y las puertas de las habitaciones habían sido sustituidas por una especie de singularidades, como agujeros de gusano, que se dilataban y encogían en una inmensidad que sus mentes no alcanzaban a comprender; en un momento dado, de uno de los agujeros de gusano surgió una figura enorme, majestuosa, que sólo pudieron calificar como “cósmica”; la luz de millones de estrellas brillaba en su interior, y toda su silueta era una ventana a la inmensidad del universo. Sin embargo, lo que representaba la silueta en sí no era difícil de reconocer: a todas luces representaba el epítome de lo que habría sido un verdugo en la edad media: la capucha, el hacha… en la inmensidad indescriptible que era la figura, esos detalles eran fácilmente adivinables, lo que quizá la hacía aún más difícil de comprender.

Por suerte, antes de que las mentes del grupo estallaran en una explosión de entendimiento, todo desapareció y volvió a la normalidad, sin causa aparente y sin solución de continuidad. Tras unos segundos de aturdimiento, Sigrid reaccionó y se dirigió a la carrera hacia la habitación de Daniel. Mientras se dirigían hacia allá, Derek pudo ver por el rabillo del ojo que una de las habitaciones de su izquierda no era tal, sino que la puerta era una ventana a una vista de un inmenso desierto donde millares de personas se encontraban hacinadas en campos de refugiados muriendo de hambre y sed. Le picó la curiosidad, pero prefirió no detenerse.

Cuando llegaron a la habitación del hijo de Sigrid, ésta estaba en perfecto orden, con todo recogido y ningún detalle de color visible: austera y oscura. De Daniel no había rastro por ningún lado, así que decidieron seguir buscando. Al salir al pasillo, de nuevo el vértigo de lo incomprensible. El corredor ya no era tal, sino un enorme palacio cuyas simples dimensiones estuvieron a punto de volverlos locos; y alrededor del palacio centenares de plataformas se alzaban; y sobre cada una de ellas, una figura análoga a la que habían visto aparecer en el pasillo antes. Y podían distinguirlas todas: un rey, un tirano, un verdugo, una mujer con alas, un peregrino, una madre con su hijo en brazos… Tomaso y Sigrid se echaron de rodillas al suelo, soportando a duras penas la inmensidad de aquello. En breves instantes todo desapareció de nuevo, y fue en su mayoría olvidado por sus pobres mentes humanas y racionales. Pero la sensación de que allí estaba ocurriendo algo muy gordo persistía, y se apresuraron aún más.

Tras descender a la planta baja y tener algún encuentro más con niños y adolescentes, por fin oyeron voces al fondo de un pasillo. En ese momento pudieron ver a través de una ventana cómo llegaban a la parte trasera del bloque varios coches, civiles y militares; las voces de los hombres de Derek a través del pinganillo confirmaban sus sospechas: según decían, habían llegado más agentes de sanidad y militares y habían tenido que retirarse discretamente; tras dar las órdenes pertinentes, Derek y el resto se dirigieron a través del pasillo para desembocar en la sala de conferencias. Allí se encontraban reunidos todos los alumnos del bloque, y en el estrado algunos adultos y los adolescentes más mayores, algunos de ellos con armas. Hablaban en el idioma extraño, por supuesto, y parecían muy tranquilos. Todos se callaron de repente cuando el grupo apareció superando a los niños que vigilaban la puerta. Y entonces, hablaron todos a la vez, provocando un torrente de palabras en sus mentes que casi los sumen en la inconsciencia. Tomaso y Patrick fueron casi completamente poseídos por la lengua en ese momento [punto de destino de Sigrid]. Justo entonces comenzaron a oírse disparos en la parte delantera del edificio; poco a poco, calmadamente, los adultos y adolescentes del estrado fueron saliendo para dirigirse a defender a los suyos, y Tomaso y Patrick se incorporaron a ellos. Derek tuvo que actuar: dejó inconsciente a Patrick, pero a Tomaso no pudo alcanzarlo; mientras, Sigrid había encontrado a su en el anfiteatro de asientos. Confiando en que Tomaso podría cuidar de sí mismo, salieron de allí.

Segundos después, uno de los muchachos recibía un tiro en la cabeza al lado de Tomaso. Éste salió de su ensoñación [punto de destino] y de repente fue consciente de que estaba arriesgando su vida. Al lado de la entrada, varios civiles disparaban sus armas; unos cuantos militares yacían en el suelo con disparos en la espalda, Tomaso supuso que asesinados por los mismos civiles que ahora se cebaban con los adolescentes. El joven italiano se sorprendió al reconocer entre los civiles al tal Nikos Kostas, que el día anterior había hablado con sus compañeros en la cafetería; no pareció reconocer a Tomaso, que durante el encuentro había estado discretamente sentado en la barra. Propinando una fuerte patada a un tipo que tenía cerca, se impulsó hacia la parte de atrás. Salió por la misma puerta que el resto del grupo, alcanzándolos rápidamente. A pesar de que algunos civiles indicaron a un grupo de militares que los persiguieran, finalmente se reunían con los hombres de Derek y lograban escapar, con Daniel debidamente inmovilizado. Les llevaría horas asimilar aquella experiencia.

De vuelta a Nueva York, Derek recibía una llamada de sus hombres, informándole de que Robert había estado reunido varias horas en un bufete de abogados de Albany y luego reuniéndose con varias personas. En ese momento se dirigía hacia Canadá con Michael Stevenson y un par de guardaespaldas; y lo más raro era que al menos tres coches más se encontraban siguiendo los movimientos del magnate. Derek, cansado de aquello, ordenó que tomaran todas las medidas necesarias para traer a Robert a la oficina. De madrugada, los hombres de Derek esquivaban al resto de perseguidores, entraban en el hotel y sedaban a los guardaespaldas de Robert. Al despertar a éste y pedirle que los acompañara a la CCSA, el empresario pidió permiso para llamar a su jefe, y se lo concedieron: llamó indignado a Derek, y éste le aseguró que le tenía que contar algo muy gordo que les había ocurrido. A mitad de conversación Robert dejó de hablar; se había quedado con la mirada perdida, ante lo que los agentes pidieron instrucciones a su jefe. Las órdenes siguieron siendo las mismas (además de dejar instrucciones a los guardaespaldas para que llevaran a Michael al psiquiátrico), y pocas horas después aparecían en la oficina llevando a Robert en su estado de ausencia.

Mientras tanto, durante ese tiempo, el resto del grupo se reunió en la sala de interrogatorios para hacer pruebas con lo que podían recordar de la extraña lengua de la academia, mientras mantenían a Daniel sedado. Intentaron escribir algunas palabras, pero al transcribir a papel, al poco rato se daban cuenta de que lo que escribían era inglés. Además, cada vez que pronunciaban algunas palabras o escuchaban la grabación, sus mentes parecían traicionarles y empezar a formar nuevas palabras, así que prefirieron poner un punto y aparte en aquella investigación. Por su parte, Tomaso y Sally se dedicaron a investigar sucesos parecidos, pero no encontraron nada igual, únicamente algunas referencias a exorcismos.

Tras salir de su estado de ausencia, Robert despertó en la sala de reuniones de la CCSA, donde una agente lo vigilaba. Pronto se reunía el grupo al completo. Volvieron a preguntar a Robert sobre esos extraños estados de fuga, y éste volvió a contar que no había sufrido ninguno desde el tratamiento de Rhyckon Larsen/Henry Clarkson. Y que se habían originado al tocar el extraño monolito negro del que le había hablado Michael tras su estancia en la cárcel. Después de contar a Robert todo lo que les había ocurrido en la academia, la conversación derivó de nuevo hacia el extraño monolito. Quizá podrían hacer una visita rápida a la mansión donde decía Robert que se encontraba...

viernes, 8 de julio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 6

Nikos Kostas. La Academia Militar de Valley Forge.
Aprovechando que se encontraban a solas, Derek enseñó su posesión más preciada (a la vez que extraña) a Sigrid: el presunto mapa con extraños caracteres que alguien había hecho llegar a sus padres junto a él cuando todavía no era más que un bebé. Los ojos de la anticuaria centellearon cuando se dio cuenta de lo valiosa que debía de ser aquella pieza. Tras unos minutos de recapacitación, reconoció los caracteres a pesar de no tener conocimiento alguno de ellos: sin lugar a dudas había visto un conjunto de ellos en el mapa de Platón que se había puesto a la venta en la subasta del Excelsior. Los símbolos parecían influenciados por el egipcio antiguo y quizá por el arameo. La diferencia de la que estaba convencida era que en el mapa de Platón los símbolos parecían tener un carácter meramente decorativo, pero en este “mapa” —Sigrid tenía sus dudas acerca de poder llamarlo así— sí que parecían ser un texto real. Poco más podía decir del pergamino sin consultar obras de referencia en alguna biblioteca. Derek le agradeció la información, y le dio permiso para hacer algunas fotos y seguir con la labor de documentación.

También le enseñó el manuscrito que acompañaba al “mapa”, escrito ya en papel (aunque antiguo) con los mismos símbolos que aparecían en este. Sigrid lo fotografió minuciosamente, a la espera de poder investigarlo con tranquilidad.

Derek y Tomaso tuvieron después una comprometida conversación. El italiano se sinceró respecto a su profesión y su relación con el mundo de la mafia neoyorquina, aunque afirmó no participar en los asuntos más sangrientos. Se sinceró como muestra de buena voluntad, y así la aceptó Derek, que decidió confiar en que su mujer y sus hijos estarían a salvo en la mansión italiana donde vivía la hermana de Tomaso.

Mientras tanto, Sigrid recibía una llamada al móvil: se trataba de ¡Mark Archer! Por fin recibía noticias de uno de sus contactos anteriores a la explosión del hotel. Archer le transmitió su alegría al saber que estaba bien y la citó en una cafetería de Brooklyn. Hacia allí salieron Sigrid, Derek, Patrick y Tomaso. Archer se alegró sinceramente de ver a su colega anticuaria y acto seguido comentaron todo lo que había pasado en el hotel: Mark se había salvado milagrosamente al haber bajado a su habitación para coger unos papeles. Al ver correr a unos tipos con armas hacia la planta de arriba decidió no salir, y cuando se desató el caos corrió por las escaleras de servicio y huyó. A ojos de Patrick parecía sincero. Mientras Sigrid le preguntaba por los demás asistentes, alguien entró en la cafetería, un hombre vestido incluso mejor que Tomaso (que se había quedado apartado tomando algo en la barra discretamente) acompañado de dos tipos trajeados que parecían montañas. Se dirigió a la mesa, poniendo a todos los presentes en guardia. Mark Archer lo reconoció enseguida, y le estrechó la mano; lo presentó como Nikos Kostas. Sigrid reconoció el nombre: el millonario griego, estrecho colaborador del anticuario y librero Paul van Dorn, que también había estado presente en la subasta. Kostas presentaba algunos cortes en la cara, supuestamente testimonio de la explosión, y se disculpó ante Archer, pues según afirmó, lo había estado siguiendo con la esperanza de averiguar más cosas de lo sucedido en la subasta. El griego sonrió, e instantáneamente todos los presentes se sintieron (¿anormalmente?) cómodos con su presencia; parecía un tipo honesto y dispuesto a ayudar. Intentó averiguar todo lo que pudo sobre lo sucedido en la subasta, y ver si el grupo podía conducirle a alguien que supiera algo más. Se mencionó a Alex Abel y la Nueva Inquisicion, a los extraños gemelos Angel y Amir, que hicieron perder el control de los presentes la segunda noche, y lo extraño de que Sigrid fuera la única a la que habían dejado salir del hospital después de que el FBI decidiera poner la planta en aislamiento. No obstante, la vehemencia de Sigrid insistiendo en su ignorancia sobre lo que podía haber ocurrido y acerca de quién era aquella gente de la Nueva Inquisición pareció convencerle y decidió dejarles su tarjeta, despedirse (educadamente y pagando la cuenta) y marcharse.

Poco después se despedían también de Mark, deseándole suerte.

Desde la cafetería, Patrick se marchó directamente al restaurante con cuyo camarero había quedado varios días antes para conseguir más Polvo de Dios. Sin embargo, una vez allí el chaval no pudo venderle nada; aseguraba que hacía días se había interrumpido el suministro y no tenía nada para él. Las habilidades sociales de Patrick salieron a la luz con toda su fuerza, y consiguió convencer al camarero para que le diera el nombre de su suministrador. Tras hablar con un par de tipos y hacer unas cuantas averiguaciones, por fin llegó al que parecía el camello de más alto nivel, un tal Travish McHale. Pero la casa donde vivía, a las afueras de la ciudad, estaba fuertemente custodiada por tipos armados, así que decidió desistir de su intento de conseguir la droga y dejarlo para otro día. El alcohol debería bastar esa noche.

Entre tanto, Tomaso y Sally habían estado investigando sobre los nombres de todos los implicados en la subasta que Sigrid les había dado, pero no tuvieron éxito en descubrir nada que no fuera del dominio público.

Ya en la oficina, Patrick mencionó a la agente de la CCSA Stephanie (que había demostrado previamente su valía al averiguar hechos muy poco evidentes sobre Lupita y la situación en México) el nombre del narcotraficante, Travish McHale; seducida por la labia del procesor, Stephanie le reveló que el tal McHale había estado implicado hacía un par de noches en una operación de la CCSA, pero que ésta había sido frustrada debido a una filtración y la llegada de elementos imprevistos a la escena.

Robert se marchó a Albany por la mañana para encontrarse con los abogados, seguido de cerca por los hombres que lo vigilaban, que informaban puntualmente a Derek. Los agentes tambíen informaron de un trasiego de vehículos importante donde Robert se alojaba.

Más tarde, Derek, Patrick y Sigrid se dirigieron a una clínica privada para realizar el TAC de esta última y descartar que tuviera algún tipo de chip insertado en el cuerpo. Cuando todo estaba ya preparado, Patrick tuvo una horrible sensación de peligro y detectó en las auras de los doctores y enfermeros una clara intención de traición. Al punto, instó a sus compañeros a salir de allí sin hacer preguntas. El personal intentó por todos los medios retenerlos, y Derek incluso llegó a las manos con un guardia de seguridad; tras unos segundos de pelea y tensión, consiguieron salir a la calle, donde un par de vehículos frenaban bruscamente y tipos trajeados los abandonaban; Derek sacó su arma y comenzó a disparar. Eso les hizo ganar el tiempo suficiente para correr hasta la esquina y coger un taxi que les sacó de allí rápidamente. La intuición de Patrick había funcionado una vez más, por suerte.

A salvo en la oficina (bueno, todo lo a salvo que pudieran estar dada la situación), Sigrid aprovechó para llamar de nuevo a Valley Forge y ver cómo iban los trámites para que su hijo Eirik se marchara de allí. No esperaba lo que ocurrió. No hubo manera de hacerse con nadie en el bloque donde se encontraba internado Eirik, y todo el mundo con el que la transferían le contestaba dándole largas, diciendo que había problemas en las comunicaciones y excusas varias. Desde luego, algo no iba bien en la academia, y Sigrid no estaba segura de que tuviera algo que ver con las conexiones o la tecnología.

La anticuaria transmitió su preocupación al resto del grupo; cuando les contó todas las cosas extrañas que le habían puesto como excusa, todos empatizaron con ella y acordaron dirigirse hacia Valley Forge para sacar a Eirik de una vez por todas de allí y poder así abandonar el país. No esperaron, y pronto dos coches de la Agencia, uno con el grupo al completo (excepto Robert) y otro con agentes de Derek, tomaban la carretera hacia Wayne, Pennsylvania, a unos 150 km al suroeste de Manhattan. Poco después de tomar el desvío de la pequeña carretera que conducía al complejo, fueron detenidos por un control militar. Los soldados les explicaron que el acceso a la academia estaba restringido porque se había declarado una emergencia sanitaria. Automáticamente, Derek les enseñó su credencial de la CCSA y con un poco de charlatanería, entre él y Patrick convencieron a los militares de que todos ellos trabajaban para la agencia; tras consultar con un superior, los soldados les permitieron pasar. Además avisarían al segundo control que se encontraba a la entrada de su llegada.

Poco después avistaban el complejo, y el segundo control militar que se encontraba ante la verja de la entrada, equipados con mascarillas de protección.


viernes, 24 de junio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 5

El congresista Ackerman y la verdad sobre la CCSA
Durante el desayuno, con Robert de vuelta ya en la oficina de la CCSA, el grupo conversó acerca de la oferta que Himmel im Erde había ofrecido por Chemicorp y de cuál habría de ser su siguiente movimiento. Patrick manifestó su deseo de dirigirse a México para averiguar todo lo posible sobre su ahijada, contraviniendo las exigencias que los desconocidos les habían pretendido impone; los demás consiguieron convencerle para no actuar precipitadamente y meditar antes y de forma conjunta sus decisiones.

Durante la mañana, una de las agentes de Derek, Stephanie, apareció con novedades sobre la situación de México. Después de realizar una encomiable labor cruzando datos de distintos informes y noticias más o menos oscuras, Stephanie había podido deducir que en la zona de México donde vivía Lupita, varias poblaciones cercanas habían sido atacadas por no se sabía muy bien quién. La teoría más plausible era la de un grupo de narcos paramilitares, pero nadie lo afirmaba con rotundidad. Además, varias docenas de niñas de entre cuatro y seis años habían desaparecido de esos poblados, en un radio de pocos kilómetros. Abrumado por la cantidad de datos y la pericia que su subalterna había demostrado para cotejarlos, Derek la felicitó efusivamente. El descubrimiento de Stephanie, unido a las amenazas de los desconocidos, reafirmaron al director en su convicción de que antes de México deberían viajar a cualquier otro sitio, como por ejemplo a Inglaterra, para visitar a su antiguo conocido, sir Ian Stokehall; como ya había expuesto en alguna ocasión anterior, tenía la esperanza de que el aristócrata les pudiera revelar algo más de información.

Tomaso, por su parte, se marchó a visitar a su primo, el párroco Bonelli. Al manifestarle su intención de abandonar el país con urgencia, Dominic se mostró preocupado y expuso a su vez que en los últimos días parecía haber gente extraña rondando por la iglesia: creía que lo tenían bajo vigilancia, y algunos no habituales demasiado reservados se habían incorporado a las liturgias diarias. Tomado lo tranquilizó, y le aseguró que esa gente se marcharía en cuanto él dejara el país; mientras tanto, dejaba a Dominic encargado de cuidar a su madre. Se despidió y cerró el resto de sus asuntos.

A mediodía, Derek acudió por fin a reunirse con su amigo, el congresista Philip Ackerman. Después de cambiar varias veces de coche a instancias de los miembros del personal de seguridad, llegó a un discreto sitio al este del Bronx donde le esperaba Ackerman acompañado de una mujer joven, desconocida para Derek. Se saludó efusivamente con su amigo, que le presentó a la joven: se trataba de Sally Whitfield, periodista; ante el gesto de desconcierto de Derek, Philip se apresuró a explicarle que Sally le había sido de mucha ayuda pero que eso la había puesto en peligro, y había tenido que traerla a Nueva York. El congresista pasó a realizar una larga exposición sobre cosas extrañas que estaban ocurriendo en el congreso y las altas esferas políticas de los Estados Unidos. Día sí y día también se aprobaban confidencialmente medidas que de haberse hecho públicas habrían tenido un fuerte impacto en la opinión pública: movimientos de tropas, desplazamiento de armas, intervenciones militares… Sally había colaborado en la intención de exponerlas al público, y por eso ahora necesitaba desaparecer un tiempo, así que dejaba encargado a Derek de velar por su seguridad. La iniciativa de la identificación única, por ejemplo, era del dominio público, pero lo que poca gente sabía era que se había hecho en connivencia con los gobiernos de Rusia y de China, que estaban aplicando medidas similares. Además, le habló de lo que en realidad había pretendido al crear la CCSA: tener un organismo independiente de las grandes agencias que se encargara de todos los hechos extraños que estaban sucediendo últimamente. Los hechos extraños de los que Derek también le habló se habían multiplicado en los últimos meses en Washington e incluso en el entorno del gobierno, y eso preocupaba seriamente al congresista, que por otra parte se había apresurado a aglutinar en torno a sí un pequeño grupo de opositores a la política que se estaba llevando a cabo. Gente con miembros amputados, desangrada sin heridas visibles, personas que se comportaban como animales, otros que decían haber visto cómo un tío reventaba a otro con sólo señalarlo con el dedo… los acontecimientos aparentemente sobrenaturales se habían hecho frecuentes y eso no podía ser bueno. Ackerman también se mostró compungido al afirmar que había perdido la lealtad de las delegaciones de la CCSA en Los Ángeles y Chicago, y que sólo confiaba plenamente en Nueva York, donde Derek era el director. El punto álgido de la conversación llegó cuando el congresista dirigió un gesto a uno de sus hombres y éste acercó un portátil, donde el primero insertó un lápiz USB y arrancó la reproducción de un vídeo. El vídeo había sido filmado con una cámara oculta en los servicios del congreso, algo totalmente ilegal, pero que Ackerman, como miembro del comité de seguridad había creído conveniente hacer contraviniendo algunas leyes. A los pocos segundos de grabación, entraba en el servicio el congresista George Patterson, aquejado de una acusada cojera. Cerró la puerta principal del aseo y se situó ante el espejo. Acto seguido se quitaba la chaqueta y la camisa y comenzaba a hurgar en su costado; los ojos de Derek se abrieron mucho cuando, fuera de toda duda, el congresista parecía abrir literalmente sus carnes sin provocar una hemorragia y dejar ver un pequeño brillo en su interior; tras unos segundos de manipulación, volvía a ponerse la ropa y la cojera había desaparecido. Aquel vídeo demostraba que Patterson, al menos en parte, no era humano. Eso convenció totalmente a Derek de lo acertado de las elucubraciones de su amigo.

Con gesto serio, Philip entregó un maletín a Derek: contenía unos cuantos chips que insertados en el correspondiente teléfono encriptaban la comunicación de la forma más segura que existía. A partir de entonces no se comunicarían si no era de aquella manera. Derek también aprovechó para poner al tanto al congresista de su posible salida del país, pero sólo por unos días. Éste insistió en que no la prolongara demasiado, porque seguramente lo necesitaría en el futuro próximo. Al fin, se despidieron y Derek se llevó a Sally a la oficina.

Robert habló con Tomaso por teléfono, dado su bagaje, para intentar convencer al italiano de provocar un “accidente” que quitara de enmedio a los bastardos de Himmel im Erde. No obstante, Tomaso se opuso a tal método, lo que no dejó de sorprender a Robert. Tomaso sí atendió la segunda petición de Derek: que alguien de confianza registrara la sede de WCA; pero cuando el joven contactó con sus amigos de la mafia, todos se opusieron a tal cosa: WCA eran quienes se encargaban de arreglarles todos los asuntos legales.

De vuelta todos en la oficina, Derek les explicó (sin revelar la identidad de su amigo) lo que había averiguado. Presentó a Sally y les contó la verdad sobre la CCSA, de la que él mismo se había enterado hacía un par de horas escasas. La agencia se había creado para ser un organismo aparte de FBI, CIA y NSA, que estaban llenas de influencias de dudosas intenciones, lo que coincidía con los acontecimientos que habían vivido últimamente. Les contó lo de los hechos extraños (incluyendo el vídeo, que turbó profundamente a Patrick y provocó su consumo de una papelina de Polvo de Dios), y que el congresista le había contado que los documentos de la identificación única estarían equipados con chips que seguramente luego pretenderían implantar en las personas. Todos miraron a Sigrid y su dolor de nuca, escamados, pero la detección que habían llevado a cabo había dado resultados negativos y tendrían que volver a intentarlo con más medios (quizá con un TAC).

Tras unos segundos de silencio, Tomaso sugirió que todos los sentados a la mesa deberían sincerarse y exponer sus secretos a los demás. En ese momento, Robert recibió (muy oportunamente) una llamada de Alton Cook, instándole a reunirse; así que el ejecutivo aprovechó para excusarse y ausentarse. Derek, escamado, encargó a dos de sus agentes que lo siguieran.

Con Robert ausente ya, Sally pidió un portátil para presentar a unos amigos al grupo. Tapó la cámara para no revelar las identidades de los presentes y a los pocos segundos, un tipo con una máscara de V de Vendetta se veía en pantalla. Sally lo presentó como “Z”, del grupo de hackers Omega Prime. Gracias a ellos, Sally había podido escapar de un atentado contra su vida, y desde entonces se habían dedicado a ayudar a Ackerman en su particular cruzada. El grupo no tardó en pedirles los primeros trabajos: registros sobre los hermanos desaparecidos de Patrick e información sobre ocultismo y niños de 5 años.

Mientras Sigrid hablaba con la academia militar para sacar a su hijo de allí lo antes posible, Robert se reunía con Alton Cook, Ethan Ward, Michael Johnson y Shelley Goodal. Todos se mostraban en contra de vender la empresa y pedían un curso de acción común. Según Cook, Erde und Mahl era una empresa alemana ya operativa durante la Segunda Guerra Mundial, encargada del desarrollo de armas experimentales. Más tarde fue absorbida por multinacionales, fusionada, comprada… pero extrañamente siempre salió a flote el mismo nombre. Era una empresa de perfil bajo, extremadamente estable en bolsa, y no entendía por qué ahora se interesaban tanto por Chemicorp. Ethan Ward reveló que algunos de los miembros que se mostraban a favor de la venta (los hermanos Callum y Liah Woodman, y Mason Rose) estaban siendo coaccionados de alguna manera para vender su paquete de acciones. Fuentes que no reveló le habían enseñado ciertos correos electrónicos comprometedores, y estaba muy seguro de lo que decía. Robert sumó rápidamente; entre los presentes y los coaccionados sumaban un 54% de las acciones, suficiente para oponerse a la venta.

Acabada la reunión y muy preocupado, Robert tomó la decisión de desvincular sus empresas “fetiche” del grupo Chemicorp, para evitar su venta. Contactó con un bufete en Albany, y concertó una cita para el día siguiente.

jueves, 9 de junio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 4

Encuentros en la sombra. Una oferta sospechosa
Tras hacer algunos preparativos e investigaciones, partieron hacia el motel Green Oaks, siguiendo las instrucciones que la distorsionada voz había indicado a Patrick por teléfono. Derek encargó a un grupo de sus hombres que les siguiera a varios minutos de distancia por si ocurría algo.

El Motel Green Oaks
Partieron en dos coches, Derek en un cuatro por cuatro y el resto en un coche convencional. Se aseguraron de que nadie les seguía, y a pocos kilómetros del punto de encuentro intentaron acercarse por caminos distintos. Derek se desvió, tomando unas sendas que habían visto en imágenes satélite, pero no tardó en encontrarse con una barrera que le impedía el paso; un gran tronco bloqueaba el sendero que conducía hacia el motel por el este, y era evidente que alguien lo había situado así para evitar visitas inesperadas. El agente no tuvo más remedio que volver a la carretera y alcanzar a sus compañeros a toda prisa. Estos llegaron sin problemas al hotel, tras tomar el desvío que indicaba un desvencijado poste anunciador. Llegaron a la altura del edificio de recepción, donde una barrera impedía el paso. Tomaso levantó la barrera y pudieron echar un primer vistazo al lugar; el motel estaba abandonado desde hacía unos años, y el camino describía una amplia curva a cuya vera se levantaban una docena de bungalows, cada cual más desvencijado. No pudieron dejar de notar que una de las casas lucía un aspecto más cuidado que las otras. El camino se curvaba hasta volver hasta el edificio de recepción y la barrera. Cuando llegaban de nuevo a la entrada pudieron oír un motor: Derek llegaba por el camino, pisando a fondo.

Fuera de los coches pudieron disfrutar de una visión más amplia del lugar. A pocos metros se alzaba un poste de iluminación, y el ojo experto de Derek no tardó en detectar que sobre cada uno de los destrozados focos se encontraban cámaras en perfecto estado que seguramente estarían grabando cada uno de sus pasos.

Tras discutirlo unos instantes, y ante la manifiesta ausencia de cualquier presencia indeseada, decidieron entrar al bungalow que habían reconocido como más cuidado. Condujeron con todo el cuidado y el sigilo del mundo hasta la puerta. Pero una vez allí no se anduvieron con chiquitas: la puerta estaba cerrada, así que la reventaron con una escopeta recortada. Al abrir la puerta, la escena que contemplaron no era en absoluto lo que esperaban. La luz estaba encendida en la amplia estancia, que había sido vaciada y tenía por todo mobiliario una mesa con media docena de sillas. Y tres televisores colgados de sendas paredes. Patrick se estremeció cuando en uno de ellos reconoció la silueta de Sigrid, al parecer inconsciente pero viva. En las otras dos pantallas se podía ver la silueta de dos hombres en penumbra. Uno de ellos —la voz distorsionada— les invitó a pasar y sentarse a la mesa; así lo hicieron, mirando suspicazmente alrededor.

Lo primero que hicieron los desconocidos, ambos con la voz alterada, fue disculparse ante Robert y los demás por lo sucedido el día anterior en la mansión; les aseguraron que los responsables de tamaño salvajismo habían sido “debidamente amonestados” y apartados de su camino. A continuación siguió una conversación salpicada de amenazas veladas (y no tan veladas) sobre el papel que el grupo estaba tomando en ciertos acontecimientos que escapaban a su comprensión, en un entorno al que los desconocidos se refirieron como “círculos ocultistas” o “mundo oscuro”. Exigieron también detalles sobre lo sucedido en la subasta y no respondieron a ninguno de los requerimientos del grupo. Durante su discurso, se refirieron específicamente a cada uno de los presentes con distintos argumentos: se preguntaron qué hacía un señor como Robert con tales compañeros; a Derek le exigieron que acabara con la relación que le unía con el congresista Philip Ackerman; a Patrick le amenazaron con acabar con él si intentaba encontrar a “la niña” (Lupita, obviamente) y a Tomaso le dieron a entender que podrían perjudicar su vida de formas que no alcanzaría ni a imaginar. Para no llevar a cabo sus amenazas (según afirmaban estaban cansados de muerte y cadáveres), todo lo que pedían era que el grupo se apartara de los asuntos ocultistas en los que se estaban entrometiendo, y que salieran del país y mantuvieran un perfil bajo en adelante; además, como ya habían mencionado, que Derek cortara su contacto con Ackerman y que Patrick se olvidara definitivamente de Lupita. Se deberían marchar del país a Europa, a Sudamérica o a donde quiera que fuera, pero lo importante es que no volvieran a cruzarse en su camino.

—Podrán encontrar a su amiga en el edificio de recepción, sana y salva. Tomen esto como un acto de buena voluntad por nuestra parte —con esta frase, los televisores y la luz se apagaron, dejando al grupo en una incómoda penumbra.

Salieron de allí a toda prisa, y pudieron ver otro helicóptero negro como el que les había atacado muy arriba, apenas un punto. Como les habían dicho, en una mecedora situada en el porche del edificio de recepción se encontraba Sigrid, totalmente sedada. La recogieron y se largaron sin entretenerse.

Ya en las oficinas de la CCSA Sigrid consiguió recuperar la consciencia totalmente y recordar todo lo sucedido durante la subasta. Se alegró al reconocer a Patrick, y se apresuró a llamar a sus hijos y su marido. Éste no contestó a sus llamadas, y sus hijos parecían estar bien, aunque preocupados. En concreto, Daniel le comentó algunas cosas que le habían parecido extrañas en la academia militar y Sigrid, preocupada, envió algunos mensajes con la intención de sacarlo de allí durante unos meses.

Más calmada, la anticuaria se reunió con el resto del grupo para compartir sus experiencias mutuas. Durante la conversación, acabado el efecto de los sedantes, Sigrid comenzó a notar un dolor leve pero punzante en la nuca, como en algunos otros sitios de su cuerpo; no habían sido pocos los cascotes que la habían alcanzado en la explosión, y diversos moratones y brechas cosidas así lo atestiguaban. No obstante, en la nuca no parecía tener ninguna cicatriz.

Poco después, Robert recibía una llamada de uno de los miembros del consejo de administración de Chemicorp que menos odiaba, Alton Cook. El hombre le instaba a correr a la central “si quería conservar su empresa”. Aterrado, Robert ni siquiera se despidió de los demás; salió como una exhalación y no tardó en llegar a la sede, en el distrito financiero. Entró sin ceremonias en la sala de reuniones del consejo, donde doce de los catorce miembros le esperaban ya, avisados por recepción. Lewis Griffith, el subdirector del consejo y una de las personas más detestadas por Robert, le presentó a los dos únicos desconocidos presentes: Joel Harrod y Susan Coburn, de la multinacional Erde & Mahl. Robert arqueó las cejas: E&M era una empresa muy poco conocida, pero sobe la que él sí había investigado en el pasado; llamaba la atención su nivel de cotización en bolsa, un nivel estable incluso en épocas de crisis. Griffith le expuso también la situación: E&M estaba interesada en adquirir Chemicorp, ofreciendo por el paquete de acciones de control la bonita suma de un billón de dólares, además algunas otras prebendas complementarias. A continuación, pasaron a discutir los detalles de la posible operación, en un tira y afloja que duró un par de horas.

Mientras tanto, Patrick, indignado por la condescendencia con que habían sido tratados, decidió oponerse con todas sus fuerzas a aquellos malnacidos que intentaban controlarlos. Así que se reunió con Tomaso, a todas luces mucho más que un representante de modelos, y le pidió ayuda para tratar de encontrar a Lupita, investigar la situación en México, y averiguar algo más sobre el mundo ocultista. Derek, por su parte, recibía un mensaje de Robert pidiéndole que averiguara todo lo que pudiera sobre una empresa llamada Erde & Mahl.

Durante la conversación en la que los representantes de Erde & Mahl expusieron los detalles de la adquisición de Chemicorp, a Robert le quedaron claras algunas posturas: siete de los miembros del consejo (entre ellos Lewis Griffith) se posicionaban claramente a favor de la venta, y dos de ellos, Alton Cook y Nathan Ward, se mostraron absolutamente en contra. Cook expuso a Robert en voz baja sus sospechas de que algo olía a podrido en la rapidez con la que Griffith quería solventar la transacción, y que no iba a consentir que aquello tuviera lugar.

Una vez finalizada la exposición y limados varios puntos de fricción expuestos por los consejeros, Harrod y Coburn se despidieron de los reunidos. El primero, sonriente, estrechó la mano de Robert y se inclinó para poner su otra mano en su hombro.

—Tengo esperanzas de que lleguemos a un acuerdo satisfactorio para todos, señor McMurdock —dijo Harrod, e inclinándose aún más, susurró—, y más teniendo en cuenta que pronto tendrá que salir del país.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 3

Ataque Frontal. Una vieja amiga
Tras la charla con Michael, Tomaso fue informado por los criados de que el señor McMurdock ya había llegado. Al parecer, había pasado la noche fuera; y así era, pero en circunstancias algo extrañas: Robert no recordaba nada desde el momento en que le había colgado el teléfono a Michael la noche anterior hasta que había aparecido hacía escasos minutos en la verja de su mansión. Uno de sus hombres de seguridad, alertado, lo sacó de la ensoñación en la que aparentemente se encontraba inmerso. No era la primera vez que ocurría, así que tampoco cogió al servicio desprevenido.

Poco después, recuperado de la impresión aunque bastante cansado, Robert recibía a Tomaso en su despacho. El italiano le contó todo lo que había descubierto la noche anterior en su investigación en Internet: las menciones a la nueva inquisición y Alex Abel y la multitud de discusiones que había leído en torno al "loco suicida" del Excelsior -los medios habían recurrido a la explicación de un loco sin relación alguna con el jihadismo para no hacer cundir el pánico-. Unas aludían a un episodio similar sucedido en Tel Aviv en el 99, y otras hacían referencia a que había podido tratarse de una "Ascensión", fuera lo que fuera aquello. Decidieron llamar al resto del grupo para compartir la información con ellos; mientras Tomaso se encargaba de llamar a Derek, Robert llamaría a Patrick. Pero Robert no llegó a realizar la llamada: en esos instantes a solas, su cerebro empezó a racionalizar el episodio nocturno y su mente no pudo resistir el estrés: se desconectó durante unos minutos, dejándolo en estado catatónico. Cuando se recuperó vio a su alrededor a algunos miembros del servicio, a Michael y a Tomaso, que lo miraban con preocupación. Michael le dijo que había estado intentando llamar a su psicólogo, Rhyckon Larsen, pero había sido imposible contactar con él.

Aliviados al ver que Robert se recuperaba, el servicio volvió a sus quehaceres. El empresario y Michael salieron para tener una conversacion privada, a petición del segundo, y Tomaso se quedó en el despacho para llamar a Patrick, siguiendo la sugerencia de Robert. A solas con Michael en otra estancia, este le planteó sus sospechas hacia el grupo de "nuevos amigos" que había hecho, y la posibilidad de que los sueños hubieran sido inducidos para que confiara en ellos. También expresó su molestia respecto a la actitud de Robert respecto a él, porque últimamente parecía sospechar de sus acciones; llevaban años juntos, y no quería que existieran dudas respecto a su lealtad; pero algo en el tono de Michael le decía a Robert que había algo más, algo que su amigo parecía querer decir pero no llegaba a hacerlo. Antes de que Robert pudiera replicar su respuesta, llegó Charlie, uno de los miembros del servicio de seguridad, alegando que el señor McMurdock estaría muy interesado en ver una de las grabaciones. Robert y Michael entraron en la sala de monitores, y allí Charlie les enseñó cómo Tomaso, en el despacho de Robert, había estado trasteando en el teléfono fijo y sacando unas fotos, seguramente averiguando los últimos números a los que se había llamado. En ese momento, Michael pasó a explicar a Robert todo lo que había sucedido la noche anterior con Travish McHale y los “nuevos clientes”: le habló de la filtración que había habido y cómo había llegado Tomaso para arreglarlo todo; incluso algunos de los presentes lo habían reconocido y lo habían llamado “Mr. Fixer”, en referencia a su capacidad para arreglar las cosas. En opinión de Michael, Tomaso tenía estrechos lazos con los círculos mafiosos de Nueva York, quizá incluso más que eso. Preocupado pero no excesivamente sorprendido, Robert encargó a Michael que fuera a hablar con Tomaso con instrucciones específicas mientras él esperaba en el solarium a Patrick y a Derek.

En el despacho, siguiendo las instrucciones de Robert, Michael se sinceró con Tomaso, diciéndole que le había visto en una grabación y que debería tener con cuidado; también afirmó que Robert no sabía nada de aquello y así seguiría, pero que tendría que destruir las fotos que había tomado. Tomaso destruyó las fotos, pero no sin antes aprender de memoria el último número de teléfono, el que debía de pertenecer al psicólogo de Robert.

Reunido ya en el solarium con Robert, Tomaso quiso evitar malentendidos, y le reveló que había querido ayudarle a localizar a Rhyckon Larsen mediante el número de teléfono; su agencia le permitía tener muchos contactos que le podrían ayudar a localizarlo. McMurdock se dio por satisfecho con la explicación y prefirió no insistir en el tema. Enseguida llegaron Derek y Patrick.

Les llamó la atención la cojera de Patrick, y los rasguños que tenía en la cara y los brazos, así que este les contó toda su aventura en el hospital, lo extraño de los agentes del FBI que guardaban la planta de los heridos en el Excelsior y su precipitada huida, durante la que se había torcido un tobillo. Tomaso sugirió a Patrick que enviara fuera de la ciudad a sus seres queridos al menos temporalmente, con un gesto que dejó claro para el profesor de filosofía que el italiano era mucho más que un manager de modelos; no pudo evitar sugerir tal cosa, y las tensiones afloraron en una fuerte conversación que, por fortuna, acabó calmándose. De todas formas, Patrick siguió la sugerencia de Tomaso y llamó a una asombrada Helen para decirle que se marchara unos días.

A continuación fueron Derek y Tomaso los que compartieron sus experiencias de la pasada noche. El primero les habló del accidente que habían sufrido sus hombres; los hechos extraños parecían estar multiplicándose últimamente, y eso le llenaba de inquietud. Además, hizo una breve llamada para enterarse de si Patrick Sullivan había sido puesto en busca y captura: al poco su secretaria le respondía diciéndole que no, no había ninguna orden con ese nombre; esto alivió a todos.

Pero la conversación dio un giro inesperado cuando Tomaso expuso lo que había averiguado en su investigación en internet la pasada noche, igual que había hecho antes con Robert. Al mencionar a Henry Clarkson, todos dieron un respingo. Tanto Patrick como Derek y Tomaso habían conocido en el pasado a un tal Henry Clarkson, que había jugado un papel más o menos importante en sus vidas, y todas sus descripciones coincidían en señalarlo como un hombre de unos sesenta años aunque habían conocido al individuo en épocas muy distintas, separadas en el caso más extremo por tres décadas de diferencia. Robert también les habló de la experiencia de Michael en la cárcel, donde también conoció a Henry Clarkson, de aspecto idéntico al que describían. Pero el propio Robert era un cabo suelto: nunca había conocido a nadie por ese nombre; la clave vino con la descripción física de Clarkson y la memoria de Tomaso: con un chasquido de dedos, el italiano se apresuró a coger papel y lápiz, e hizo unos cuantos garabatos para demostrar su teoría: ¡el nombre del psicólogo de Robert, Rhyckon Larsen, no era sino un anagrama de Henry Clarkson!

Siguieron unos momentos de silencio, pues este hecho sí que fue definitivo para que todos se convencieran de que algo desconocido les unía y no tenían ni idea de por qué. Las animosidades quedaron aparte en favor de una muda reflexión de reconocimiento común.

Pocos minutos después, Robert invitaba a Michael a unirse a la comida, considerando que el hecho de que hubiera conocido también a Clarkson lo ponía en la misma situación que a ellos. Por supuesto, el compañero de Robert abrió mucho los ojos al enterarse de todo esto, y afirmó que desde luego, alguien que conocía la localización del extraño monolito del que ya les habían hablado en una ocasión anterior no podía ser una persona normal. Discutieron largo y tendido sobre qué o quién podía ser en realidad el tal Henry Clarkson. Robert se mostró convencido de que debía de ser una especie de ángel, enlazando con el concepto de “Ascensión” que Tomaso también había descubierto en los foros ocultistas.

Durante la conversación se hicieron también alusiones al comportamiento que Michael había tenido los últimos días, y finalmente Robert lo confrontó directamente, preguntándole por qué le había ocultado información sobre AIFC y WCA. La tensión fue demasiado para Michael, que se había ido mostrando cada vez más y más nervioso, y reaccionó de un modo que no esperaban: rompió a llorar y a gritar, encogiéndose sobre sí mismo pidiendo perdón a Robert:

 —¡Yo no quería hacerlo! ¡¡¡No quería hacerlo, te lo juro Robert!!! ¡¡¡Ellos me obligaron!!!

Quedó en el suelo, con la mirada perdida. Patrick trató de recuperarlo lo mejor que supo, con terapia de choque; al cabo de unos minutos Michael reaccionó violentamente. Con la mirada perdida todavía, exclamó:

 —¡Oh, no! ¡Venían para acá, estarán a punto de llegar! ¡Corred! ¡¡¡Correeeeeed!!!

En un instante se incorporó y corrió hacia el interior de la casa, con el resto del grupo inmóvil y confundido por lo que había pasado. ¿Qué quería decir? Se miraron extrañados.

Tomaso vio un punto en el cielo. Un punto que dejó pronto de serlo para revelar una figura que se acercaba. Haciendo visera con la mano lo pudo distinguir: un helicóptero. Completamente negro, y extrañamente silencioso. Lo señaló a los demás. El helicóptero tardó sólo unos segundos en hacerse claramente visible.

Y sólo unos pocos más en empezar a disparar.

El infierno se desató en la parte trasera de la mansión. Balas de un calibre desmesurado empezaron a silbar alrededor del grupo, que superada la primera impresión corrió hacia el interior de la mansión al completo, entre chispas y polvo. Robert intentó organizar al servicio y el personal de seguridad para poner a todos a salvo, pero no pudo evitar que varios criados fueran alcanzados por los enormes proyectiles; la visión de la carnicería fue demasiado para algunos de ellos. Robert comenzó a correr sin control, y Tomaso, presa de una rabia irracional, volvió a salir al exterior para disparar contra el helicóptero de forma suicida. Afortunadamente, Derek pudo arrastrarlo de nuevo al interior de la casa mientras varios militares se descolgaban ya del aparato. Corrieron hacia la parte delantera de la mansión, pero tuvieron que detenerse: a través de la ventana pudieron ver cómo dos hummers habían reventado la verja y varios militares o miembros de las fuerzas especiales vestidos de negro se acercaban hacia la puerta con una carga explosiva. Volvieron hacia atrás, y recordando una de las órdenes que Robert había gritado al servicio, comenzaron a buscar la entrada al garaje. No tardaron en encontrarla y en conseguir un coche, en cuyo asiento de conductor se encontraba Michael, en un estado de nervios tal que no había acertado a arrancarlo. Apartándolo, Patrick se hizo cargo del volante mientras los demás se acomodaban. Chirriando ruedas salieron de allí; un par de militares, que se dirigían a asegurar la salida del parking, les dispararon, hiriendo levemente a Tomaso y a Derek.

Poco después reconocían la figura de Robert corriendo por el arcén de la carretera. Al subirlo al vehículo les habló de su embarcadero, y hacia allí se dirigieron. Subieron al barco con los miembros del servicio y de seguridad que habían logrado llegar y zarparon hacia el centro del lago. Una vez tranquilos, Robert se dirigió a sus empleados y les ordenó que regresaran una temporada a sus casas; pagaría sus sueldos pero les concedía un permiso indefinido; alegó desconocer lo que había sucedido y no podía darles más detalles.

Unas horas después, Tomaso consiguió un coche haciendo uso de su natural seductor y se dirigieron a la oficina de Derek, la sede de la CCSA en el barrio de Tribeca.

Los hombres de Derek se preocuparon al ver el aspecto de su jefe, pero éste no sólo los tranquilizó al respecto, sino que aprovechó para reunirlos y dirigirles una charla para calmar sus dudas respecto a la agencia, como había hablado el día anterior con Jonathan.

Mientras Patrick trataba de sacar de su shock mental a Michael (que durante el viaje hacia el embarcadero había quedado inconsciente y ya no había despertado), Tomaso y Robert charlaron un rato a solas en uno de los despachos vacíos de la agencia. Y en esta conversación se sinceraron completamente sobre sus verdaderas naturalezas y actividades. Cuando Tomaso le comentó la multitud de escenas extrañas en las que el “Polvo de Dios” parecía estar involucrado, Robert le rebatió con todo convencimiento de que esa droga no tenía efectos adversos más allá que el anhelo de sentir sus efectos y que en sí no era algo que pudiera provocar los efectos de los que le hablaba Tomaso. Éste no pudo sino sentirse satisfecho con la explicación del empresario.

Patrick consiguió que Michael saliera de su inconsciencia, pero no de su estado de shock, que el profesor de filosofía diagnosticó a vuelapluma como catatonia. Después volvió a reunirse el grupo al completo. Patrick, harto de las “mentiras” (según él) de Tomaso y Derek, volvió a perder el control de su temperamento. Para tranquilizarlo, lo encerraron en lo que a todas luces era una sala de interrogatorios; esto tuvo el efecto contrario que pretendían, y aún molestó más a Patrick porque, ¿para qué demonios necesitaba una agencia sanitaria una maldita sala de interrogatorios? El profesor blasfemó y golpeó el cristal repetidas veces, hasta que consiguió calmarse y pidió disculpas.

Después de conversar brevemente sobre las pérdidas de memoria de Robert (que él achacaba a motivos esotéricos, pues le sucedían desde que había tocado el monolito), agotados, se acomodaron lo mejor que pudieron en la oficina y durmieron.

Por la mañana, al volver a encender su móvil, Patrick se sorprendió cuando vio que tenía unas cuantas llamadas perdidas desde el número de Sigrid. Esperanzado con que la anticuaria hubiera podido recuperarse de la explosión y salir del hospital, le devolvió la llamada. El teléfono sonó mucho rato antes de que alguien lo descolgara, y al otro lado sonó la voz de Sigrid, temblorosa:

 —¿Patrick?¿Patrick?¿Qué sucede? Está todo muy oscuro, y tengo frío, por favor, ¡ayúdame!

A continuación, la voz distorsionada de un hombre amenazó al profesor con que si quería volver a ver a su amiga con vida, debería acudir con el resto de sus “amigos” al motel Green Oaks, en la milla 73 de la carretera 363.

miércoles, 11 de mayo de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 2

Reunión y Accidente
Los nombres que figuraban en el libro de registro eran los siguientes: Dulce da Silva (a la que Patrick tuvo la oportunidad de conocer muy bien los días anteriores a la explosión), Emil Jacobsen, Frederic Turang, Duncan Arcen y Jack Lambert. Además, según Robert, el membrete del libro correspondía al escudo de armas de la familia Worthington, una rancia saga que se remontaba a los tiempos de la época colonial, antiguos aristócratas ingleses radicados en Delaware con extensas propiedades en los estados circundantes, entre ellos Nueva York.

Poco más tarde, conectado a Internet, Tomaso averiguó que Emil Jacobsen era uno de los coleccionistas de libros más importantes de Europa y que poseía una renombrada librería en Londres. También descubrió que Duncan Arcen era un abogado del bufete Weiss, Crane & Assocs, especializado en casos de estafa. Investigó también sobre la familia Worthington, pero la cantidad de información presente en internet lo superó de momento. Leyó sobre la enorme mansión de la familia en Wilmington y un poco más sobre la empresa de su propiedad que se encargó de la subasta, Worthington’s Classy, pero no obtuvo en claro más que información de dominio público, y nada comprometedor.

Por la tarde, Patrick y Robert se reunían en el club de campo de este último para compartir la información sobre la contabilidad de AIFC. Ante lo que Robert le contó, Patrick insistió en la necesidad de mantener a Michael bajo una estrecha vigilancia, y el magnate de Chemicorp no pudo sino mostrarse de acuerdo con él.

Derek, por su parte, llamó a su oficina y encargó a su secretaria Linda, que se pusiera en contacto con la policía para intentar conseguir el listado de heridos en el hotel.

Por la noche, se reunieron para cenar en Chez Louis, invitados por Tomaso. Se trataba de uno de los mejores restaurantes de la ciudad, sito en Tribeca, y por lo que se podía ver, Tomaso era cliente habitual y tratado con deferencia. No les dio tiempo a conversar durante mucho tiempo antes de que Derek recibiera una llamada de trabajo. Sus hombres le instaban a acudir a la esquina de 34 con Park Av., porque habían seguido la pista a una reunión de los traficantes que venían investigando desde hacía unas semanas. Así que Hanson se disculpó y se marchó rápidamente. Justo a continuación, Tomaso recibía otra llamada. Le urgían a acudir a 34 con Park, porque habían descubierto una filtración en las comunicaciones de cierta reunión que se estaba celebrando en un restaurante en aquel punto. No tuvo más remedio que disculparse y salir rápidamente para atender sus asuntos, previa carga a su cuenta de todo lo que se consumiera en la mesa. Una vez en la calle, subió rápidamente a su coche y condujo como loco hacia allí.

Y pocos segundos después era Robert quien recibía otra llamada. Michael le instaba a acudir a 34 con Park Av., porque estaban teniendo problemas en la negociación con Travis McHale, uno de sus contactos, y no trabajaría más con ellos si no se encontraba en persona con él. Robert se lo tomó con mucha calma, y Michael tuvo que insistir varias veces hasta que se decidió a reaccionar. Esa tranquilidad le permitió conversar unos veinte minutos a solas con Patrick, donde la bebida comenzó a correr abundantemente.

Con el fluir de la bebida, el escaso control que le quedaba a Patrick saltó por los aires. Sacó de su bolsillo la pequeña papelina que había estado tocando discretamente durante su conversación con Robert y la miró fijamente mientras este último conversaba con una camarera. Como siempre, el rostro de vikingo impreso en rojo sobre el plástico parecía mirarle acusador; tras unos instantes de duda, por fin se decidió a levantarse e ir al baño. Todo esto había sido presenciado por uno de los camareros, que siguió a Patrick al baño, fingiendo un encuentro con él. El camarero resultó ser conocedor de la extraña droga, y no sólo eso, sino que le dijo a Patrick que sabía que el polvo era muy difícil de conseguir pero que él podría hacerlo por un precio adecuado; obviamente, el profesor de filosofía se mostró muy interesado, y el camarero, que dijo llamarse simplemente “Bob” lo emplazó en el restaurante pasadas tres noches desde entonces. Bob se negó tajantemente a las insistentes demandas de Patrick de realizar el intercambio en otro sitio, alegando que el restaurante era el entorno más seguro para ello. Sin más, el camarero se marchó y dejó a Patrick con su subidón. Cuando éste volvió a la mesa bajo los increíbles efectos del Polvo, pudo ver e interpretar claramente el aura de Robert: su visión le decía que el magnate era en el fondo una buena persona, y que ejercía en aquel momento una influencia brutal en su vida, además de que separar sus caminos podría tener consecuencias desastrosas para ambos. Poco después, Robert se marchaba, atendiendo las insistentes llamadas de Michael, y Patrick se quedaba, observando su alrededor con la profunda comprensión que la droga le proporcionaba.

Mientras tanto, Tomaso llegaba al punto que le habían indicado, y haciendo uso de varias artimañas consiguió entrar discretamente. Allí se encontró con los reunidos (Michael entre ellos), que aunque se mostraron hostiles al principio, enseguida comprendieron con quién estaban hablando y se avinieron a hacer caso de lo que les decía. Desalojaron rápidamente el reservado donde se encontraban y salieron poco a poco, con toda la discreción de que fueron capaces.

Derek llegaba pocos minutos después a la furgoneta desde la que sus hombres trataban de seguir los movimientos de los traficantes. Allí, los agentes Stuart y Monica le informaron de que la reunión parecía haber acabado prematuramente y que sus compañeros Jonathan y Mark habían salido en persecución de uno de los coches en los que los maleantes habían abandonado la escena; seguían manteniendo contacto con ellos por radio. Informados del rumbo a tomar, pusieron inmediatamente en marcha la furgoneta, siguiendo las indicaciones de los agentes. Cuando informaban de que estaban a punto de llegar al puente de Manhattan, la comunicación se cortó. Segundos después, la emisora de la policía comunicaba un accidente al norte de Manhattan Bridge; la preocupación de Derek se confirmó cuando llegaron a la esquina de Canal Street: el coche de sus hombres se había estrellado contra un edificio. Afortunadamente, aunque Mark tenía que ser trasladado a un hospital, ninguno de los dos tenía daños graves y Jonathan, que se encontraba magullado pero en buen estado, les hizo notar el estado de los neumáticos del coche: los cuatro se encontraban reventados (no pinchados, ¡reventados!), y eso había sido la causa del accidente. Todas las ruedas parecían haber estallado a la vez, y a pesar de eso en la carretera no encontraron restos de clavos o cualquier otra cosa que pudiera haber provocado tal desastre. “Otro jodido hecho extraño que sumar a la lista”, pensó Derek. Jonathan puso palabras a los pensamientos de su jefe, y le contó que los “muchachos” estaban preocupados por las cosas sin explicación que habían visto últimamente; también sugirió que no sería una mala idea reunirlos a todos para intentar subir un poco la moral y rebajar el nivel de preocupación. Derek asintió, pensativo.

Por la noche, Tomaso se dedicó a cribar la información de las páginas ocultistas que había conseguido la tarde anterior. Concretamente, consiguió entrar en una de las protegidas tras superar una serie de acertijos lógicos (y no tan lógicos) y utilizar algunos trucos sucios que alguien le había enseñado en el pasado. Obviamente, no se trataba de una página de esoterismo y charlatanes al uso. Buceando en varias conversaciones y subforos, pudo llegar a descubrir conversaciones muy crípticas y menciones a Alex Abel, la Nueva Inquisición y la explosión en el Excelsior. Sobre este hecho, algunos decían que había sido “muy parecido a lo de Israel en el 99”, y otros que podría haberse tratado de “una Ascensión”. Todo aquello no tenía mucho sentido para Tomaso, toda vez que no encontró absolutamente ninguna referencia a una explosión parecida en el 99 en Israel que no hubiera sido contrastada como acto terrorista. Pero sus ojos se abrieron mucho cuando leyó aún otra conversación, donde alguien proponía la idea de que “debía de ser cosa del ‘Freak’ o algún otro ‘duque’”, y otra persona respondía que no lo creía, porque que se supiera, “en Manhattan sólo conozco a uno que se atreva a desafiar la ‘prohibición’: un tal Henry Clarkson”. Henry Clarkson, el viejo que lo había puesto en camino hacia el Excelsior… Tomaso tomó nota de todos los datos de los que fue capaz y cerró rápidamente la sesión, tomando precauciones para no ser rastreado.

Michael no volvió esa noche a casa de Robert. Según le dijo por el móvil, no estaba seguro de que la policía no lo estuviera siguiendo, y pasaría la noche de pub en pub asegurándose de que nadie lo siguiera.

Por la mañana, Derek enviaba a su mujer y a sus hijos fuera de la ciudad, a casa de unos familiares de Maggie en Buffalo. A continuación acudió a la oficina, donde Linda le informó de que la lista de heridos y las visitas al hospital habían sido restringidas por el FBI, así que habían podido averiguar muy poco. Sí que habían investigado sobre la matrícula del coche que Jonathan y Mark habían seguido, y resultó ser de un coche de alquiler de una empresa en Brooklyn. Cuando Jonathan y Derek se preparaban para ir a investigar a la empresa de alquiler, éste recibió una llamada al móvil: se trataba de Philip Ackerman, su amigo y congresista. Philip le llamaba desde un teléfono seguro, y lo instó a poner la televisión. Los informativos estaban dando una noticia urgente: en el congreso se había presentado una moción de ley para instaurar la identificación estatal única; la idea era instaurar un documento de identidad único en todo el país, para acabar con la posibilidad del anonimato de los maleantes. Ackerman mostró su rechazo con la iniciativa y dejó entrever ciertos motivos ocultos que le preocupaban aún más que el pisoteo de los derechos civiles. Informó a Derek de que pensaba desplazarse a Nueva York al día siguiente aprovechando ciertos actos oficiales, y que deberían reunirse un rato antes de la hora de comer. Así lo acordaron.

Entre tanto, Patrick decidió acudir al hospital para intentar enterarse del estado de Sigrid. El hospital estaba abierto, pero la segunda planta, donde se encontraban las víctimas del Excelsior, estaba clausurada y custodiada por agentes del FBI. Un par de agentes impidieron el paso de Patrick, que insistió vehementemente en que le dejaran conocer el estado de “su amiga Sigrid”. Un tercer agente pareció escuchar durante unos momentos su pinganillo y a continuación instó a los otros dos a dejar pasar a Patrick. Éste fue escoltado por dos agentes a través del pasillo, y a mitad de camino tuvo un mal presentimiento; las auras de aquellos hombres transmitían una sensación muy acusada de traición, y no quiso arriesgarse más. Haciendo uso de su especial carisma, consiguió que los hombres le permitieran “ir al baño”. Afortunadamente, el servicio tenía ventanuco y además lo suficientemente amplio como para que Patrick pudiera pasar por él. Con un gran esfuerzo y algo de suerte, consiguió descolgarse hasta el suelo, aunque sufrió una dolorosa torcedura en un pie. Atravesando varios pasillos de mantenimiento y disimulando su cojera lo mejor posible, consiguió salir del hospital camuflado entre la gente por la puerta principal. Antes de alejarse pudo observar cómo dos coches con dos agentes cada uno vigilaban atentamente el flujo de personas que entraban y salían, quizá alertados por su huida. Por suerte pudo desaparecer sin más contratiempos.

Esa misma mañana, Tomaso se dirigió a la mansión de Robert esperando que fuera Michael quien saliera a recibirlo después de su encuentro de la noche anterior. Y así fue. Michael le agradeció su ayuda de la noche anterior y Tomaso, por su parte, intentó sonsacarle todo lo que supiera sobre la extraña droga que llamaban “Polvo de Dios”, insistiendo también en saber si Robert estaba enterado. A Michael le costó mucho soltar prenda, por supuesto. Afirmó que había muchísima gente interesada en el Polvo, y que no podía trascender más información. Preguntó a Tomaso si “era Abel quien lo enviaba”, a lo que éste respondió con un rotundo “no”. Ante esta negativa, Michael sugirió a Tomaso que quizá le interesaría reunirse con “cierta gente” que seguramente estarían muy agradecidos de poder colaborar con él. Esto fue como un caramelo para la especial curiosidad de Tomaso, que por supuesto respondió afirmativamente. Como despedida, Michael ofreció al italiano una papelina del Polvo, que Tomaso rechazó tajantemente. Este se marchó con una sensación confusa, preocupado pero a la vez intrigado por la nueva perspectiva, y con la sensación de que Robert no tenía demasiada idea de en qué andaba metido su hombre de confianza.