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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 10 de noviembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 12

La Mansión. Distorsiones Espaciotemporales
No pasó mucho tiempo hasta que dejó de llover, pero la corriente no bajaría de intensidad en horas, así que Tomaso y Sigrid decidieron explorar los alrededores y quizá encontrar un paso más sencillo.

En su exploración corriente abajo pudieron ver una cuerda rota atada al tronco de un árbol ribereño a unos 60 metros de donde se encontraban los coches. Sigrid, más experimentada que Tomaso en las actividades en la naturaleza dejó atrás al italiano y se adentró un poco más en la espesura. No había recorrido más de un par de centenares de metros cuando una de sus piernas se hundió en el cieno. Tras muchos esfuerzos pudo por fin liberarse, falta de aliento, y una fuerte corriente de aire y un ruido la alertaron; el ruido había sido parecido al que haría un tronco de árbol partido a la fuerza. Todavía tumbada, giró la cabeza y se quedó petrificada: una figura enorme, de unos tres metros y medio de alto, sin ropa, de piel blanca como la luna y sin facciones en el rostro se encontraba a escasos tres metros de ella, parada y aparentemente abstraída, ignorante de su presencia. Todo alrededor de la figura parecía distorsionado, como borroso pero no exactamente así, no podía explicarlo. La presencia de ánimo de Sigrid no resistió; gritando, salió corriendo desbocada hasta que pudo refugiarse en un macizo de arbustos. Aparentemente, el extraño ser la había ignorado, y tras calmarse un poco, aunque con el corazón todavía en la boca, acudió rápidamente a reunirse con el resto del grupo. Todos expresaron su preocupación cuando Sigrid les contó lo que había visto, pero finalmente decidieron esperar a que bajara la corriente alerta en los coches.

La Mansión Abandonada

Al bajar la corriente, se dirigieron hacia donde Tomaso y Sigrid habían visto la cuerda rota atada al árbol, y la presencia de unas rocas donde podrían apoyarse les decidió a intentar pasar por allí. Lo consiguieron sin muchas dificultades, y al otro lado del río Derek descubrió un trozo de correa de mochila que parecía estar allí desde hacía muy poco tiempo. Alguien había cruzado antes que ellos, sin duda.

Emprendieron la penosa marcha hacia la mansión a través de un terreno escarpado donde no paraban de molestarles las ramas mojadas, el barro y el frío. En alguna que otra ocasión tuvieron que detener su avance debido a extrañas circunstancias. En todas ellas se repetían los mismos elementos: un ruido atronador, como de animal enorme, apartando árboles; en un par de ocasiones, gracias a su posición elevada respecto al entorno, pudieron ver cómo a lo lejos, efectivamente los árboles parecían moverse, apartados por la presencia de algún animal (o ser) enorme; sin embargo, la espesura no los dejó avistar nada concreto. La lentitud de la marcha hizo que les cayera encima el atardecer cuando avistaron la mansión. Rápidamente la luz cedió y se hizo la noche, mientras describían varias curvas que los conducirían a la “propiedad”. Cuando aún se encontraban a varios centenares de metros del lugar, otro hecho extraordinari los dejó helados: de repente, habían desaparecido las estrellas en el cielo. Descartaron que la causa fueran las nubes, pues la luna se veía bien brillante, y para colmo, aún más hechos acompañaron la desaparición de los luceros: las brújulas se quedaron apuntando a una dirección fija, los relojes habían dejado de funcionar y los móviles estaban fuera de servicio. En un destello de lucidez, Patrick dio con la explicación: todo lo que había entrado en “disfunción” eran elementos que estaban estrechamente relacionados con la percepción humana del espaciotiempo. El profesor de filosofía estaba en lo cierto, como comprobarían más adelante.

La “propiedad” de la mansión sólo se identificaba porque estaba totalmente despejada de árboles y la vegetación era escasa, no había ningún tipo de barrera que impidiera el paso; a ambos lados del camino, dos columnas de piedra bajas recibían a los caminantes. En una de ellas pudieron identificar una mancha de sangre, y haciendo de tripas corazón atravesaron las columnatas con extrema precaución. A los pocos metros, pudieron ver asomando de detrás de unos arbustos unas piernas, y al acercarse vieron que pertenecían a un cadáver. El tipo parecía haberse pegado un tiro a sí mismo en la cara, y estaba irreconocible. Pero se quedaron helados cuando Tomaso inspeccionó su cartera y Robert profirió un grito al reconocer la ropa y el pelo de su amigo Michael. Los documentos en la cartera lo confirmaban: el fallecido era Michael Stevenson, el hombre de confianza de Robert que había desaparecido mientras lo llevaban al internado de Canadá. Todos se miraron, consternados y muy preocupados.

En ese momento, Derek llamó la atención del grupo: varias luces de linterna se acercaban a lo lejos por el camino, por donde ellos habían venido. Había entre media docena y diez figuras, no podían distinguirlas muy bien. Pronto llegarían al punto del camino que se escondía tras la última colina y los perderían de vista, para luego aparecer muy cerca de ellos. Apagaron las luces rápidamente y decidieron esconderse y si era necesario tender una emboscada a los desconocidos. Se refugiaron entre los árboles de la falda de la colina, en una oscuridad total cuya ominosidad hizo que al cabo de unos minutos algunos de ellos encendieran una luz contra el suelo. Con el refugio de las tinieblas, Sigrid decidió adelantarse hacia la mansión, mientras el resto del grupo esperaba que aparecieran los desconocidos, cosa que nunca sucedió; pero incluso cuando el lapso de tiempo ya era claramente anormalmente largo para el trecho de camino que los intrusos tenían que recorrer, temiendo una contraemboscada decidieron permanecer quietos y en silencio. Hasta que los árboles empezaron a crujir a su alrededor.

Mientras tanto, durante ese tiempo Sigrid se había acercado al caserón, semiderruido en muchos puntos excepto en el cuerpo principal. Lo primero que vio fue una linterna en una de las ventanas del primer piso y alguien que miraba hacia fuera, pero no pudo distinguir nada más. Se acercó reptando, un poco más. A los pocos segundos, alguien salía corriendo por la puerta principal de la mansión presa de un pánico absoluto, gritando con voz ronca y alejándose en dirección contraria; a los pocos segundos Sigrid pudo escuchar unos disparos, seguramente realizados por el propio sujeto. Se armó de valor y decidió seguir acercándose, pero en ese momento oyó varios gritos y disparos procedentes de donde se encontraba el resto del grupo.

En la arboleda, todos habían comenzado a oír ruidos inquietantes a su alrededor, ruidos que iban in crescendo; Robert y los dos agentes de la CCSA que les acompañaban no pudieron resistir la tensión de los ruidos en la oscuridad y encendieron sus linternas, apuntando hacia el foco de sonido. Los dos agentes gritaron, dispararon y huyeron cuando vieron a la extraña figura: un ser humanoide de más de tres metros de alto, blanco como la nieve y sin facciones reconocibles en el rostro, el mismo que Sigrid había visto horas antes. Robert tuvo más presencia de ánimo y, después de disparar varias veces sobre el ente sin que este pareciera siquiera darse cuenta de su presencia, decidió acercarse; apuntó con la linterna a los pies del gigante para asegurarse de que no levitaba ni nada parecido. A los pocos pasos, de repente, el humanoide aparecía justo delante de él, y Robert sintió una sensación horrible, algo que sólo pudo definir después como “cercano a la muerte”. Corrieron todos, alentados por los gritos del magnate, y se refugiaron en la oscuridad del bosque. Sally y Derek entraron en pánico.

Sigrid se sintió tentada de volver, pero a los pocos segundos salió de la mansión un grupo de gente, con lo que tuvo que quedarse quieta y en silencio. Cuchicheaban, hablando de que estaban seguros de haber oído gritos y disparos. Las figuras se acercaron hacia su posición con cuidado, y el corazón de la anticuaria dio un vuelco cuando reconoció los rostros de Patrick, Derek, Robert y Tomaso. No era posible, los había dejado atrás y era del todo punto imposible que la hubieran adelantado. Las palabras de Patrick explicando los problemas espaciotemporales de la zona acudieron a su mente; ¿era posible que se hubieran teleportado, o que estuviera viendo el futuro o algo así? Los sujetos que parecían -o eran- sus amigos se separaron en parejas, tomando direcciones opuestas. Sigrid siguió avanzando, rodeando la mansión; al llegar a la altura de la puerta trasera, se dio de bruces con un cuerpo inerte; abrió mucho los ojos cuando reconoció su propia ropa y por fin, su propio rostro pero horriblemente seccionado por la mitad; lo que restaba de cerebro y la lengua habían resbalado fuera del cráneo ofreciendo una estampa realmente horripilante. No pudo soportar la visión; rompió a llorar y se abrazó las rodillas, dejándose caer en postura fetal.

Por sulado, el resto del grupo pudo recomponerse por fin, y decidió avanzar hacia el caserón. Ni rastro de Sigrid. Prefirieron evitar la puerta principal, y entrar por uno de los grandes ventanales de la planta baja. Pero no sirvió de nada; lo primero que sintieron fue el vértigo, un mareo y un vértigo abrumador que dejó a Derek inconsciente, mientras los demás tenían que apoyarse o sentarse para calmar la sensación. A los pocos segundos, Derek volvía a la consciencia con un grito de pánico desgarrador y, tras una segunda caída en la inconsciencia despertó de nuevo normalmente, con la voz algo ronca, pero sin recordar su situación ni a ninguno de sus compañeros. Los demás habían tenido tiempo de asimilar la extraña sensación (que no de recuperarse, pues la sensación de vértigo era continua) y preguntaron al director de la CCSA qué era lo último que recordaba, preocupados por su repentina amnesia. Tras pensarlo unos momentos, con un rictus sombrío, Derek afirmó que lo último que recordaba era a él mismo… suicidándose; con un fluido movimiento y los ojos vidriosos sacó su pistola, intentando apuntarse a la cabeza. Afortunadamente, Tomaso estuvo rápido y pudo frenar la mano de su amigo; Derek lo miró extrañado, prevenido ante un ataque violento del italiano y extrañado por su acción; no había ninguna pistola en la mano de Derek. Tomaso y Patrick se miraron consternados, y pidieron a Sally que confirmara lo que habían visto. Esta afirmó no haber visto lo que decían y dijo que todo aquello le parecía muy extraño; todo esto mientras sollozaba y apuntaba a los demás con la pistola de Derek en sus manos. Apuntó a Patrick y apretó el gatillo; Patrick se lanzó al suelo y Tomaso derribó a la periodista, que lanzó un grito de indignación, imprecando a Tomaso por lo que estaba haciendo. De nuevo, no había ninguna pistola en las manos de Sally, y esta miraba indignada a Tomaso.

Tras darse las correspondientes disculpas y unas rápidas explicaciones, se pusieron en movimiento. Entraron en otra estancia a través de unos escombros, y allí pudieron ver tres cadáveres. Los tres eran desconocidos para ellos, y uno de ellos parecía haber matado a los otros dos y luego haberse suicidado. Mientras el grupo se adentraba aún más en la mansión, Patrick no pudo resistirlo más: sacó discretamente un paquete de Polvo de Dios y lo esnifó. Y el viaje fue brutal. Lo único que vieron los demás fue que Patrick caía al suelo de espaldas, totalmente ido. En esos momentos, Patrick era testigo de millares, o quizá millones, de encarnaciones diferentes de sus amigos y de gente desconocida pasando por la mansión. Cuando su mente parecía estar a punto de sucumbir, se encontró de repente rodeado por un grupo de los entes níveos a cuyo alrededor todo parecía distorsionado; en un idioma ancestral pero que a la vez aún no existía, le hablaron:

—¿Eres el responsable del fin del Universo?—lo interrogaron.

—No, no soy yo —respondió Patrick después de unos pocos siglos.

—¿Y quién lo es?

—No lo sé —esta vez, a Patrick sólo le llevó unas cuantas décadas responder— ¿qué estoy haciendo aquí?.

A continuación, infinitas vidas pasaron ante los ojos del profesor de filosofía: se vio a sí mismo casado con Sigrid, casado con la hija de Sigrid, casado con Tomaso, viudo de tres mujeres, salvador del mundo… y otras tantas con sus compañeros.

Pocas cosas recordaba Patrick una vez que el Polvo de Dios agotó su efecto; una de ellas fue verse a sí mismo (en una de esas vidas alternativas) desintegrándose en silencio y ascendiendo a una esfera de Seres Superiores; una circunstancia muy críptica y de la que no pudo sacar nada en claro. En el estado de semiconsciencia en el que entró al final del período de efecto del Polvo, Patrick pudo ver a Sigrid inconsciente y con la cabeza seccionada en la parte trasera de la casa; avisó al resto del grupo y así encontraron los dos cuerpos de la anticuaria: el de la cabeza seccionada y el lloroso catatónico. Respiraron aliviados al encontrar al menos una versión de su amiga viva todavía. Mientras intentaban reanimar a la pobre Sigrid, Patrick jugueteaba con otro paquetito de Polvo de Dios de su bolsillo...

viernes, 21 de octubre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 11

Hacia el monolito
Los sacerdotes se reunieron con el grupo para indagar algo más sobre los hechos extraños que le habían sucedido a Daniel, y la conversación acabó derivando hacia la revelación de todos los acontecimientos que Tomaso y sus compañeros habían vivido en los últimos días. Les hablaron de la gente de habilidades extraordinarias, del evento en el bar, de Henry Clarkson, del Hombre Malo… este último llamó especialmente la atención de Borkowski, que no entendía cómo alguien podía hacerse llamar así. Lo que los clérigos sacaron en claro fue que el grupo estaba inmerso cual peón en una especie de juego de ajedrez que no comprendían. El polaco tomó notas de todo lo narrado, para su estudio posterior, y tras largo rato se despidió, dando un plazo de veinticuatro horas para que el grupo decidiera si se llevaba al niño a Boston.

El problema era que Sigrid no parecía tener sus facultades mentales en su mejor momento, ni por asomo. Y nadie quería la responsabilidad de decidir qué hacer con el niño. Tras un intento de retirarle el sedante que acabó con Sigrid profiriendo insultos sin pronunciar ni una sola palabra en un idioma mundano, Derek decidió contactar con John Stamos, un psiquiatra que había colaborado en alguna ocasión anterior con la CCSA. Afortunadamente, John no hizo demasiadas preguntas y además resultó ser un psicoanalista innovador y fuera de serie, uno de los pocos que seguía trabajando en ese campo. Entendió la situación de Sigrid, y haciendo uso de técnicas de inducción mental mediante grabaciones y de hipnosis, hizo que la anticuaria consiguiera instalar “barreras” en su cerebro para poder reprimir (aunque a duras penas) las palabras que reptaban en su mente en un plazo de poco más de un día. Eso sí, Stamos les advirtió que sería necesario renovar el tratamiento cada pocos días.

Sin embargo, ante la imposibilidad de que Sigrid reaccionara dentro del plazo que les había dado Borkowski, Derek tomó por la mañana la decisión de trasladar al niño a Boston. Junto con Tomaso, llevaron a Daniel a la iglesia, y se hicieron acompañar de dos agentes que irían a Boston escoltando al cura.

A mediodía, Tomaso pidió a Omega Prime que blindaran sus cuentas bancarias contra posibles bloqueos y ataques, a lo que los hackers se pusieron sin vacilar. Por otra parte, Sally apareció unas horas después de que Borkowski se llevara a Daniel a Boston. Había hecho unas investigaciones y había encontrado en una caché de un blog perdido lo que buscaba: una noticia aparecida en un periódico australiano (periódico que ya no existía) sobre un “evento zombi” en el sureste del país oceánico. Lo curioso es que la noticia no pertenecía a un medio amarillista o de dudosa reputación, sino a un periódico que parecía haber sido serio y de una tirada considerable. La noticia hablaba de cómo los muertos habían comenzado a levantarse en un éxtasis extraño, y aparecía una foto: en ella se veía un grupo de paramilitares en primer plano haciendo gestos hacia la cámara, y detrás de ellos asomaban los hombros y la cabeza de una figura que sin duda se trataba del padre Borkowski; además, el alzacuellos que lucía en la imagen lo delataba al cien por cien. Para más inri, el periódico donde había aparecido la noticia había cerrado de repente unos meses después de su publicación. Sally anunció su intención de contactar con Omega Prime para ver qué podían averiguar sobre el pasado del cura.

Por la tarde, bajo la supervisión de Stamos, a Sigrid le fue retirado toda dosis de sedante, y el tratamiento había funcionado: aparentemente, conseguía reprimir todo pensamiento que la llevara a pensar en su hijo o en la lengua. Patrick pasó de soslayo sobre el hecho de que Borkowski se hubiera llevado a Daniel, y la mente de Sigrid evitó pensar sobre ello dos veces.

Al atardecer, después de que los dos agentes que habían acompañado al padre Borkowski a Boston volvieron con un informe rutinario, salieron por fin hacia el monolito montados en dos todoterrenos, uno de la CCSA y otro adquirido expresamente por Robert.

La noche la pasaron en un hotel de la frontera con Canadá. De madrugada, Sally llamaba a la puerta de Derek, con una tablet en la mano. Omega Prime le había enviado todas las referencias que habían encontrado sobre el padre Borkowski, extremadamente difíciles de encontrar: la noticia de los zombis había sido lo primero, por supuesto; tras ella varias cosas más. Una foto de baja calidad donde aparecía Borkowski junto con otros jóvenes sacerdotes siendo bendecidos por el Papa Juan Pablo II, vistiendo un hábito con un par de bandas blancas verticales. Algunos oscuros correos electrónicos que se referían a los disturbios de San Francisco en los 90; estos disturbios se achacaban en general a la homofobia, pero en estos informes se mencionaba a “la Orden”, a Jan Borkowski y a la posibilidad de que estuviera allí para atentar en contra de los intereses de “los Durmientes”. Por último, unos escaneos de unos informes de un agente del FBI destacado en San Francisco llamado Jonathan Lennox. Los informes iban dirigidos al superintendente Paxton, e insistían sobre los hechos extraños que rodeaban los disturbios de San Francisco y su desacuerdo en “silenciar a la opinión pública”. En alguno de los informes se mencionaba a un sacerdote polaco de apellido “Borkaski o Barkowski”, cuya descripción correspondía inequívocamente al cura, y que actuaba junto con otros sacerdotes que tenían la particularidad de ir armados y realizar actos reprobables. En algún otro se mencionaba a alguien llamado “El Freak”, del que se decía que tenía mucho que ver en todo aquel follón, y a quien Lennox calificaba como “una especie de semidiós, capaz de los más extraordinarios actos”. Lennox fue despedido poco después de los acontecimientos de San Francisco, y se encontraba en paradero desconocido, y Paxton se encontraba ahora ocupando un cargo en la cúpula de la NSA.

Con el grupo reunido y la información compartida, Sally mencionó que lo más lógico para ella sería hablar con otros agentes o ex-agentes del FBI que hubieran estado destacados en San Francisco en la época del sacerdote, y ver qué podían averiguar. Todos estuvieron de acuerdo con la propuesta. A las pocas horas, Omega Prime enviaba por correo electrónico un listado de agentes que se encontraron en San Francisco durante los disturbios.

Muy temprano por la mañana continuaron el viaje. Al poco de cruzar la frontera comenzó a llover, y la lluvia se prolongaría todo el día. Atravesaron gran parte de la región de Quebec, dejando atrás las grandes poblaciones y adentrándose en los bosques, siempre acompañados por la cortina de agua. Salieron de las carreteras principales y se adentraron por vías cada vez en peor estado, agravado por la lluvia. Los árboles se erguían a su alrededor, majestuosos e impasibles. Durante horas condujeron por valles y laderas, dejando muy atrás la última aldea. Cuando Robert calculaba que sólo debían de estar a unos quince o veinte kilómetros de la mansión con el monolito, la escasa visibilidad jugó una mala pasada a Patrick, que conducía el primer coche: tras una curva descendente se encontró de frente con un coche aparcado en el camino; dio un volantazo, y resbaló en el barro, quedándose al borde de los restos de un puente que otrora había cruzado el río que ahora venía crecido. Sin embargo, Derek, que conducía el segundo coche, también se vio sorprendido e impactó al vehículo de delante, haciendo que cayera a la corriente. Siguieron unos minutos fríos y angustiosos, tras los que Tomaso, Sally y Derek consiguieron rescatar a Patrick, Robert y Sigrid.

Una vez pasado el momento crítico, evaluaron la situación: el todoterreno de Patrick había quedado inutilizado en el río (aunque afortunadamente pudieron salvar el material), pero a cambio, en medio del camino había un todoterreno aún mejor y más grande que el suyo con las llaves puestas y abierto. Se refugiaron rápidamente de la lluvia, dieron al contacto y funcionó; así que encendieron la calefacción y encontraron algo de alivio. Cuando investigaron un poco más pudieron ver que no había nada en el vehículo: ni documentación, ni equipo, nada.

El problema ahora era que tendrían que continuar a pie, al estar el puente de piedra derrumbado. Robert recordaba que el puente estaba en pie cuando él y Michael habían visitado el monolito, así que se tenía que haber derrumbado recientemente.



jueves, 6 de octubre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 10

Robert en peligro. El enviado del Vaticano.
Al atardecer, Patrick le pidió a Derek una conversación discreta, lejos de los oídos del resto del grupo. Le comentó que era consumidor habitual del Polvo de Dios, y que hacía tiempo que se había agotado. Estaba intentando buscar más, e insinuó que quizá la CCSA tuviera existencias que guardara como pruebas. Desafortunadamente, Derek le confirmó que la CCSA nunca había podido conservar el polvo, porque al abrir los plásticos envasados al vacío en los que se comerciaba, enseguida se degradaba y no quedaban restos aprovechables. También le comentó que en las escenas donde se sospechaba que se había consumido el Polvo se encontraba un ligerísimo remanente de radiactividad; nada peligroso para la salud (al menos el resto que quedaba tras su consumo), pero eso les hacía pensar que la droga tenía algún tipo de ingrediente inestable que hacía posible su conservación al aire libre más allá de unos pocos minutos. Patrick, por su parte, compartió sus experiencias con el polvo con Derek, hablándole de los extraordinarios efectos que causaba en él y su habilidad de ver las auras de las personas, y también de los efectos que parecía tener en personas con capacidades algo más… “extraordinarias”. El director de la CCSA NY escuchó con interés y tomó buena nota de todos los datos.

Un par de horas más tarde, una de las administrativas de la agencia aparecía ante Patrick con un paquete que había traído un mensajero de FEDEX a su nombre. Abrió el sobre acolchado y se encontró con una discreta caja de cartón. Al abrirla se quedó anonadado: en el interior había media docena de papelinas (de plástico envasado al vacío) de Polvo de Dios, con el inconfundible sello del vikingo rojo en ellas, y una nota. La leyó enseguida: “Procura que te dure un tiempo, porque va a ser muy difícil conseguir más en breve”. Patrick buscó al instante a Derek y le comentó el extraño envío, y además le proporcionó una de las papelinas para su posible estudio posterior.

Mientras tanto, Tomaso había enviado un mensaje a Robert con el fin de encontrarse con él en un bar del centro, y poco más tarde tomaban un café frente a frente. El italiano le comentó las intenciones que tenía el grupo de visitar el monolito y quería preguntarle si él los acompañaría a visitarlo y estudiarlo. La conversación transcurrió agradablemente durante unos pocos minutos, hasta que Tomaso se puso en guardia cuando su sentido del peligro le avisó de que un encapuchado estaba sin duda observándolos desde la otra parte de la avenida. Pidiendo a Robert que se quedara tranquilo y tomándose el resto de café, salió por la parte trasera del restaurante, un antiguo callejón con discreto acceso a la avenida. Rodeando una manzana, avistó por fin al sospechoso, con la capucha de la sudadera echada. Sin embargo, éste ya se había puesto en marcha, acercándose rápidamente hacia el bar y esnifando claramente una papelina de droga; otro encapuchado cruzaba por otra esquina, sin duda con intención de unirse al primero. Además, un hombre vestido impecablemente, con sombrero y chaqueta, ya se encontraba prácticamente en la entrada. Ante la imposibilidad de acercarse corriendo y discretamente, decidió desviarse y esquivar a los desconocidos. Mientras hacía esto, llamó a Derek, y le gritó que saliera rápidamente de allí, pues estaba convencido de que estaba en peligro; al instante vio a Derek aparecer por la puerta delantera; pero antes de que pudiera dar más que unos pocos pasos, algo sucedió. La gente alrededor del primer encapuchado desconocido comenzó a derrumbarse en el suelo mientras gritaban desesperados. Robert se sintió extraño durante un momento, y al instante sintió su piel arder; al mirarla, vio cómo empezaban a brotar bambollas y a reventar, con un dolor insoportable; cayó al suelo. Tomaso no entendía lo que sucedía, los afectados gritaban y se revolvían sin motivo aparente a sus ojos. El tercer extraño que había visto antes, el trajeado, cogió a Robert del suelo y lo introdujo en el bar, del que todo el mundo había salido al oír el escándalo; los otros dos lo siguieron rápidamente.

Con rapidez, Tomaso volvió a entrar por la puerta de atrás. Los dos encapuchados esperaban en la sala delantera del bar haciendo guardia, mientras el tercero había desaparecido junto con Robert. Se acercó a la puerta del baño, que estaba entreabierta. Pudo atisbar cómo el desconocido del traje extraía una aguja del cuello de Robert. Decidió irrumpir, golpeando al hombre por sorpresa. Sin embargo, resultó ser un hueso más duro de roer de lo que había creído y la trifulca se alargó más de lo previsto, lo que permitió acercarse a los otros dos. Uno de ellos hizo que Tomaso sintiera unas náuseas que casi lo incapacitan, y justo en ese momento alguien disparó al otro lado de la puerta, hiriendo al segundo encapuchado. Varios hombres con equipo paramilitar habían irrumpido en el bar y se enfrentaron a los tres primeros. Tomaso, encañonado por cuatro hombres con fusiles de asalto no pudo más que levantar las manos y dejarse arrastrar, mientras le hacían cargar con Robert. Salieron al callejón trasero, desde donde ya se podía ver un todoterreno negro esperándoles; llegaron al pequeño arco que daba acceso a la calle, y en ese momento un segundo vehículo apareció a toda velocidad, estampándose contra el todoterreno y llevándose por delante a dos de los paramilitares. Alguien gritó y alguien más lanzó un aullido de dolor, y en ese momento el joven italiano decidió que lo mejor era salir de allí. Consiguió escabullirse cargando a Robert y refugiarse entre los matorrales de un pequeño parquecillo unas pocas manzanas más allá. Agotado y sumamente dolorido llamó a Derek por el móvil encriptado.

Derek movilizó a algunos de sus hombres, y procedieron rápidamente a la extracción de Tomaso y Robert. Patrick les acompañó. En pocos minutos llegaban a la manzana donde se encontraba el parquecillo y salían del coche alertados por una seña de Tomaso. Mientras tanto, Patrick permanecía en el interior del coche, y algo llamaba su atención: un hombre encapuchado que se acercaba a unos cien metros por una bocacalle. El aura del desconocido no dejaba lugar a duda de sus extraordinarias capacidades, y además se acercaba directamente hacia ellos; sin embargo, a los pocos segundos el encapuchado se detenía, aparentemente confuso. No hubo tiempo para más: Tomaso y Robert ya estaban en los coches mientras a lo lejos se oían las sirenas de ambulancias y coches de policía, y partieron rápidamente. Al poco rato Patrick compartiría con ellos su visión del desconocido y su capacidad para ver auras.

Al llegar a la oficina se reunieron con Sigrid, que había permanecido allí preocupada por su hijo. Robert permanecía inconsciente, suponían que debido a lo que le habían inyectado. Tomaso recibió un mensaje de su primo: el enviado del Vaticano había llegado por fin; sonriendo, el italiano compartió la información con Sigrid, intentando tranquilizarla, porque creía que el recién llegado podría ayudarles con el problema de Daniel.

Poco después Robert despertaba, aunque no en las mejores condiciones: medio atontado, enseguida se dieron cuenta de que le habían inoculado algún tipo de sustancia para anular la voluntad. La conversación que siguió reveló por fin informaciones sumamente interesantes. Robert reconoció ser el creador de la droga conocida como Polvo de Dios, y les habló de un extraño mineral que componía la base de su fórmula; recientemente había destruido todas las existencias excepto la media docena de dosis que había enviado a Patrick. El profesor de filosofía se sorprendió al oír esto, nunca habría creído que Robert fuera tan considerado con él. Cuando Robert se espabiló pocos minutos más tarde, Patrick le agradeció su objeto.

Tomaso y Derek se marcharon para encontrarse con el enviado del Vaticano. En la iglesia los recibió Dominic, el primo de Tomaso, y en sus dependencias les presentó a Jan Borkowski, oriundo de Polonia y hombre de confianza del Vaticano en el noreste de los EEUU. Jan era un hombre en buena forma, cerca de los cuarenta y de ojos azules, vestido con camisa y pantalón negros. Tras unas breves presentaciones, Jan reconoció que se dedicaba a estudiar los fenómenos extraños que pudieran presentarse en el noreste del país y reportarlos al Vaticano. No era en realidad uno de los mejores exorcistas, pero estaba autorizado a llevar a cabo el ritual y si era necesario podría pedir refuerzos; todo ello lo hacía en deferencia al padre Bonelli, al que había conocido durante su juventud en Roma. Poco después, Tomaso, Derek y los dos sacerdotes llegaban a las dependencias de la CCSA.

Mientras Derek y Tomaso habían estado fuera, Omega Prime había enviado a Sally algunas grabaciones de “ecos de radio” —fuera lo que fuera aquello— que se habían obtenido en la escena del caos que había envuelto a Robert. Al parecer, un montón de gente se había congregado alrededor de la cafetería buscando a Robert, y entre ruido de estática se podían oír voces afirmando “lo tenemos”, o “¡seguidlos!¡Que no se lo lleven”. Casi al final de la grabación se podía reconocer a alguien diciendo: “¡Lo he localizado!¡Lo tengo de nuevo!”, de nuevo estática y al cabo de otros pocos segundos: “¡Lo he perdido! ¡Tienen algún tipo de escudo que me impide sentirlo!”. A partir de ahí las transmisiones policiales cubrían cualquier otra conversación.

Decidieron dejar el tema de Robert aparcado con la llegada del padre Borkowski. Éste pidió una información exhaustiva sobre Daniel, su infancia y su estado mental. Sigrid estuvo a punto de perder la paciencia por la aparente irrelevancia de muchas preguntas, y empezó a proferir cada vez más palabras en la extraña lengua. Este hecho y la información que le dieron sobre el “lenguaje viviente” decidió por fin a Borkowski a trabar contacto con el niño en la sala de interrogatorios. El sacerdote pareció sobrecogido por el aspecto que presentaban las inmediaciones, con la oscuridad casi palpable y las luces mortecinas. Tuvieron que sacar a Sigrid a rastras de la sala cuando intentó hablar con su hijo y no pronunció ni una sola palabra reconocible. Borkowski se equipó con su estola púrpura, el crucifijo y el agua bendita, y pasó a la sala. Tomaso se puso los auriculares para poder escuchar; durante unos minutos, el cura habló al niño en latín y en inglés, lo tocó con su crucifijo y lo roció con agua bendita; por su parte, el niño se limitó a hablar en su lengua, sin parecer asustado o enojado. A los cuatro minutos, decidieron que era peligroso que el sacerdote continuara en al sala, así que Tomaso y el biólogo encargado de sedar al niño pasaron a la sala. Al entrar, notaron una sensación realmente extraña, parecida a la que habían sentido en la primera planta de la academia militar: algo parecido aun vértigo acompañado de una sensación de ignorancia que los puso enfermos; el biólogo cayó inconsciente, mientras Tomaso se tambaleaba y vomitaba violentamente. Borkowski los ayudó a salir de allí, sin compartir su malestar.

Ya recuperados, pidieron la opinión de Borkowski y Bonelli. Este último no acertó a sugerir gran cosa, pues estaba profundamente conmovido por lo que había presenciado. El polaco respondió que no creía que se tratase de una posesión, pues el joven no había respondido como se esperaba al crucifijo ni al agua bendita, ni siquiera a las exhortaciones en latín. No obstante, debido a la urgencia que el grupo tenía por salir del país, sugirió el traslado de Daniel al Convento de las Hermanas Clarisas de Boston, donde la Iglesia disponía de instalaciones para tratar este tipo de casos extraños. Él se ofreció a contactar con otros sacerdotes que podrían visitar al niño en el convento. Patrick veía esta opción como la más viable, aún más después de observar las auras de los dos sacerdotes y no detectar nada extraño en ellas.


viernes, 23 de septiembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 9

Reunión con Simmons. Desencuentros.
Sigrid despertó poco después, y Tomaso, solícito, fue a su encuentro para interesarse por su estado. Ambos se encontraron a gusto y tuvieron la oportunidad de revelarse algunos secretos y compartir experiencias, lo que les unió un poco más. El encuentro tuvo al parecer un efecto terapéutico en Sigrid, que acabó la conversación sin pronunciar apenas palabras en la lengua extraña de la academia.

A mediodía, Tomaso se encontró con Robert; aunque intentó despistar a los demás, no lo consiguió, y Sigrid, Patrick, Derek y un par de agentes lo siguieron hasta las cercanías del punto de encuentro. Mientras Tomaso y Robert se saludaban y entraban en el edificio, los perseguidores decidieron esperar unos minutos antes de entrar. El edificio era típico del distrito financiero, destinado al alquiler de oficinas y despachos, y en uno de ellos los había citado Dan. Había controles de metales en la puerta, así que primero dejaron todos sus pertrechos comprometedores en una taquilla.

Una mujer muy arreglada, que se presentó como Helen Simpson, les recibió en la antesala del despacho. Después de saludarlos y comprobar su identidad, les hizo pasar a la sala principal; Dan Simmons se levantó con una sonrisa, moviéndose con demasiada agilidad para sus dimensiones corporales: parecía un jugador de baloncesto profesional, alto y fuerte. Impecablemente vestido, estrechó sus manos con un apretón firme y les presentó a su “hombre de confianza”, que también se encontraba en la sala: Juan Martínez. El latino parecía un anodino oficinista, en contraposición a la abrumadora presencia de su jefe.

El Hombre Malo, como prefería que le llamaran Simmons, no se anduvo con rodeos. Tras unos breves preámbulos en los que se habló de la empresa de Robert, el papeleo de los abogados, y cómo los abogados de Albany habían contactado con él, Simmons les habló de la situación real. Y lo que oyeron les dejó perplejos.El mundo ocultista estaba revolucionado con una droga nueva que había surgido hacía relativamente poco: el Polvo de Dios. Algunos elementos tenían conocimientos arcanos en disciplinas sobrenaturales (a los que Simmons llamó “Adeptos Postmodernos”) y eran capaces de realizar cosas extraordinarias, cosas que ni siquiera Simmons comprendía totalmente. El caso es que él sí conocía la existencia de unos rituales concretos, rituales de revelación y de impostación, que servían para guiar al adepto hacia un objetivo o todo lo contrario, despistarlo. Muchos rituales de revelación se habían lanzado últimamente para revelar a la persona en la que tenía su origen el Polvo de Dios. Que Simmons supiera, la mayoría no habían arrojado más que informaciones vagas sobre la localización de la persona, pero hacía varios días por fin uno había tenido éxito; de cómo se había enterado no quiso hablar, pero el ritual había revelado claramente la identidad de Robert McMurdock como el responsable de la creación del Polvo. Ahora, Robert y los que estuvieran a su alrededor corrían serio peligro, pues el Polvo se había convertido en una especie de Santo Grial de los Adeptos: potenciaba sus capacidades de formas que no alcanzaban a comprender, pero que les hacían capaces de cosas a priori imposibles.

Por supuesto, la verdadera razón por la que Simmons había convocado a Robert a aquella reunión era que estaba realmente interesado en la fórmula del Polvo, así que ofreció un intercambio de favores si McMurdock se la proporcionaba. Aún en shock por todo lo que habían oído, le pidieron tiempo para pensar, a lo que el Hombre Malo accedió con una sonrisa, no sin recomendarles que no demoraran mucho su decisión, porque estaba seguro de que otra gente llegaría pronto hasta Robert con métodos menos amistosos. Tras darles unas tarjetas personales, se despidieron.

Al llegar al ascensor, Robert y Tomaso se toparon de bruces con el resto del grupo. El primero hizo amago de evitarlos, pero le impidieron el paso. La intervención de Tomaso apaciguó los ánimos cuando sugirió que sería buena idea que los cinco compartieran una buena comida. Ya en el restaurante, Derek pronto demostró que había perdido la paciencia con McMurdock. Ante la reticencia del ejecutivo en confiar en sus compañeros y la posibilidad de que sus maniobras con Simmons pusieran en peligro al resto del grupo, Sigrid se marchó de la mesa indignada. Derek pidió a Robert que le devolviera el móvil encriptado que les había proporcionado el congresista Ackerman y se marchó, separando sus caminos.

Al marcharse Derek, Robert tuvo una corazonada de que algo malo iba a ocurrir, pero reprimió sus impulsos. También tuvo la angustiosa sensación al marcharse Tomaso, pero siguió negándose a dejarse llevar por esas sensaciones. Decidió que su plan de acción sería quemar todas las pruebas, vender las empresas y marcharse del país.

Más tarde Patrick se reunió con Tomaso, con la pretensión de intentar convencerlo para que le consiguiera algo de Polvo de Dios. Sin embargo, la conversación acabó con Patrick y Tomaso enemistados, pues el italiano no hablaba con sinceridad a ojos del profesor. Apaciguado por Sigrid, Patrick y ella discutieron la conveniencia de visitar el monolito o partir directamente hacia Inglaterra, donde Derek tenía esperanzas de encontrar al aristócrata que conoció en su infancia.


jueves, 8 de septiembre de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 8

Investigando. Dan Simmons.
Antes de dormir, Sigrid, como experta en antigüedades y leyendas nórdicas, explicó al resto del grupo sus referencias -muy interesantes- acerca del monolito de Robert y Michael: la primera, la más evidente y parte de la cultura popular, era la referencia al monolito negro que aparecía en “2001: una odisea espacial”. Su segunda teoría era puramente histórica y mencionaba un objeto real: el obelisco negro de Salmanasar III, una reliquia del Imperio Asirio, pero que se encontraba perfectamente localizado en el Museo Británico; esta era la teoría que Sigrid optaba más fácilmente descartable, pues el obelisco Asirio no coincidía con la descripción que había dado Robert del objeto presuntamente Arcano; era posible que estuvieran relacionados de alguna forma, pero no probable. La tercera teoría tenía que ver con el propio ámbito de conocimiento de Sigrid: la pasión por las leyendas nórdicas. Según recordaba, existía una recopilación de relatos orales llevada a cabo por un tal Sebastian Stallar alrededor del siglo XVIII donde se mencionaba un monolito negro; el problema era que no recordaba mucho más allá de esto, y para completar la información no le quedaría más remedio que recurrir a su biblioteca, donde guardaba uno de los pocos ejemplares que quedaban del trabajo de Stallar.

Agotados, decidieron dormir y descansar. Por la mañana, Robert intentó por enésima vez escabullirse de sus nuevos conocidos, aunque un agente frustró su intento y la excusa de tomar un café hizo que Derek y un par de agentes lo acompañaran a la cafetería.

Más tarde, a media mañana, se encontraron todos en la sala de reuniones, y con la ayuda de uno de los biólogos, levantaron el sedante al hijo de Sigrid, Daniel. Pronto, el muchacho comenzó a hablar en aquella lengua extraña, lo que hizo que Tomaso y Robert salieran de la sala, y la luz se atenuó hasta hacerse mortecina. Las palabras parecían deslizarse hacia las mentes de Patrick y Derek. El primero intentó varios trucos psicológicos para hacer reaccionar al niño, pero tuvieron que desistir ante el peligro de ser poseídos por aquella extraña situación. De repente, sonó la alarma de incendios, sacando a todos de su ensimismamiento.

Robert, que había conseguido escabullirse hacia la salida, había hecho saltar la alarma. Eso le permitió acceder a la escalera de incendios y correr hacia la calle. Tomaso y algún otro agente salieron corriendo tras él, pero no pudieron darle alcance antes de que los despistara y desapareciera de la escena subido en un taxi. Hacía varios minutos que el móvil de Robert vibraba sin parar, y una vez a salvo en el taxi decidió por fin cogerlo. Era una mujer que llamaba desde el psiquiátrico de Canadá, informando de que Michael Stevenson no había llegado allí, ni tampoco sus acompañantes; Robert maldijo para sus adentros. También habló con Alton Cook, quien insistió en que debían tratar del asunto de la compra y de los consejeros amenazados; Robert no tuvo más remedio que contestarle con evasivas, mientras el móvil sonaba con un número desconocido.

Al contestar, el hombre que hablaba al otro lado de la línea se presentó como Daniel Simmons. Robert conocía bien ese nombre por las conversaciones de sus compañeros y se preocupó cuando su interlocutor le informó de que se había enterado que había contactado con sus “socios” del bufete Jackson, Hickman & Toller, y que quizá sería adecuado que mantuvieran una conversación de negocios. Robert pidió que le diera un tiempo para poder confirmar la información y tratarlo con el resto de sus socios, a lo que Simmons respondió con un “por supuesto” quizá excesivamente jovial.

Durante el episodio de la alarma de incendios, Patrick y Derek tuvieron una discusión algo subida de tono: el profesor estaba hasta los mismísimos de que el grupo se preocupara por retener a Robert e instó al director a prescindir de él y evitar seguir perdiendo el tiempo. Derek era reticente a ello por todo lo que había pasado últimamente, pero no tuvo más remedio que planteárselo seriamente.

Poco después, Tomaso contactaba con su primo Dominic, haciéndole entrever que seguramente necesitaría un exorcista en los próximos días (para tratar Daniel). El padre Bonelli lo tranquilizó, afirmando que seguramente el contacto que esperaba del Vaticano podría ayudarle en su trance. Acto seguido, Tomaso contactó por móvil con Robert, extrañado y preocupado a la vez por su huida. Aunque le ofreció su ayuda, Robert no quiso revelarle su paradero, pero sí que le habló sobre la llamada que había recibido de Dan Simmons, lo que estremeció a Tomaso. Quedaron en que cuando Robert acudiera a la cita en La Representación, Tomaso lo acompañaría como hombre de confianza.

La mañana siguiente, una vez descansados, Tomaso compartió con el grupo la información que le había dado Robert sobre la llamada de Dan Simmons y además aprovecharon para investigar sobre las tres referencias de Sigrid sobre el monolito. Para su sorpresa, la teoría sobre 2001 no resultó descartable del todo, porque según algunos círculos conspiranoicos, Arthur C. Clarke habría utilizado información privilegiada sobre artefactos reales que el gobierno tenía buen cuidado de que no trascendieran, e incluso se decía que podía haber trabado contacto en algún momento con extraterrestres. El monolito de Salmanasar tampoco fue desechado: investigando un poco más allá de lo evidente, parecía haber una especie de maldición alrededor de los descubridores y los implicados en un intento de robo hacía varias décadas. Sobre la teoría de Sebastian Stallar no pudieron averiguar mucho más de lo que sabía Sigrid, que necesitaría viajar a su biblioteca para poder repasar sus fuentes.

Tomaso y Sally contactaron con Omega Prime para investigar sobre el caserón donde Robert decía que se encontraba el monolito. Y para su sorpresa -o no tanta-, no pudieron descubrir demasiado: algunas reseñas de turistas y senderistas que mencionaban una especie de mansión muy someramente y siempre en la lejanía era todo lo que encontraron, algo ciertamente extraño. Por otro lado, también investigaron el informe oficial de lo ocurrido en la academia militar, que hablaba de un accidente, incendios y muchos muertos. Pero Omega Prime consiguió información más solapada de círculos ocultistas, que hablaban de “Los Durmientes”, de que “habían vuelto a actuar” y que habían “borrado las evidencias y seguramente conseguido las grabaciones que habían desaparecido”. Todo era bastante críptico, pero evidenciaba lo que ya habían sospechado sobre Nikos Kostas, de su pertenencia a alguna organización ocultista que parecía llamarse “los Durmientes”. Cada vez parecían más implicados en las tramas que les habían ordenado evitar.

A mediodía intentaron hacer reaccionar de nuevo a Daniel en la sala de interrogatorios, a solas con una grabación de Sigrid intentando tranquilizarlo. Al principio se quedó sentado viendo la grabación de su madre en el televisor, pero al poco se acurrucó contra un rincón y comenzó a recitar una letanía en voz baja en aquella extraña lengua que lo estaba consumiendo. La luz bajó un poco de intensidad. Tras unos segundos, se incorporó y se acercó al cristal, con una profunda cara de tristeza, que hizo rebullir a los presentes al otro lado del espejo. Comenzó a llorar abiertamente y a suplicar golpeando el cristal entre sollozos. “Llevadme con mis hermanos” pudo leer Patrick en los labios del niño, siempre hablando con las palabras desconocidas. La luz iba y venía mientras el niño caía de rodillas, y el cristal pareció vibrar con la presión de sus palabras. Los agentes presentes en la escena se miraron, y aunque Derek intentó tranquilizarlos, uno de ellos presentó su dimisión a las pocas horas.

Decidieron dejar al niño consciente y sin atar, y más tarde despertaron a Sigrid, que había decidido mantenerse al margen voluntariamente para no interferir. Cuando la anticuaria se presentó ante el cristal de la sala de interrogatorios, el corazón le dio un vuelco al ver al niño tan desesperado, así que pulsó el botón de comunicación. Las palabras pronunciadas por Daniel escaparon de la sala, y rápidamente se deslizaron a la mente de Sigrid, que no pudo resistirlas: sus ojos se oscurecieron y comenzó a parlotear en el lenguaje desconocido; sus compañeros no tuvieron más remedio que sedarla. Acto seguido, pasaron a discutir qué hacer, pero como siempre, al hablar sobre la extraña lengua o los implicados en ella, las palabras parecían tomar forma en las mentes de Patrick y Derek, y Tomaso los oía proferir palabras extrañas cada dos por tres.

Robert confirmó lo que le había dicho Dan Simmons por teléfono con el resto de miembros del bufete, así que le devolvió la llamada, y concertó una reunión para el mediodía. A continuación informó a Tomaso, que a su vez tuvo que informar al resto del grupo y retrasar la visita que habían decidido hacer al monolito aquel mismo día, para indignación de Patrick, que no estaba de acuerdo en perder más tiempo con los asuntos de Robert.

jueves, 21 de julio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 7

La Academia Militar Valley Forge (II). Un Idioma Extraño.

Niños en Valley Forge
 
En Albany, Robert se reunió con los abogados del bufete Jackson, Fairbanks & Others. Llegó a un acuerdo con ellos por el que harían todo lo posible para desvincular las pocas empresas que a Robert le interesaba sacar del acuerdo con Himmel im Erde e investigarían cualquier atisbo de ilegalidad en la operación. Manifestó su deseo de dejar de recibir los servicios de Weiss Crane y transferir todas sus operaciones a los de Albany, cosa con la que éstos no se mostraron demasiado entusiasmados, pero la suma en juego era considerable y “verían cómo encargarse de ello”.

Después de la reunión, Robert se encargó de tratar con los contactos de Michael para no interrumpir el flujo de negocio; pero la falta de material para la fabricación seguía siendo un problema para la distribución, y volvió a intentar ponerse en contacto con Georg; no tuvo éxito. Ante ello, decidió llamar a Judith, que seguía en Tel Aviv y tan bella como siempre. La israelí también se mostró preocupada por la desaparición de su amigo común; ella le dijo que tenía familia en Rusia y que haría lo que pudiera por encontrar al joven desaparecido. No obstante, Robert empezó a prepararse mentalmente para un próximo viaje a Moscú, quizá con escala en Israel.

Por la noche, Robert puso rumbo a Canadá, junto con dos de sus guardaespaldas y Michael, para llevar a éste al psiquiátrico con el que ya había contactado previamente. No notó en ningún momento que los hombres de Derek habían estado siguiendo todos sus movimientos desde su salida de Nueva York.

Mientras tanto, en Wayne, Pennsylvania, el resto del grupo encontraba algunas dificultades para poder pasar el segundo control de policía y militares. Pero al ver que en los maleteros de los coches (coches de la CCSA) llevaban todo tipo de equipación para defensa NBQ con el logotipo de la CCSA, los guardias dejaron de lado las reticencias y permitieron el acceso de los dos coches, que se detuvieron en el aparcamiento. Los hombres del segundo coche, agentes de la CCSA, permanecieron en el parking a la espera y como apoyo, mientras el resto se enfundaba en los trajes y se dirigía hacia el centro de control que habían establecido los militares unos metros más allá.

Allí se reunieron con el director del centro, George Ripley, y diferentes autoridades de la policía militar, policía civil y el ejército. A Derek le seguía extrañando la rapidez con la que se había dado la alarma sanitaria sin que aparentemente ningún funcionario de sanidad hubiera acudido al lugar. Y lo rápido que se había movilizado al ejército, aunque se tratara de una emergencia en un centro militar, también llamaba la atención; deberían darse prisa porque aquello olía a cuerno quemado.

En el centro de control, el director y los oficiales les informaron de lo que había sucedido. Los alumnos del bloque “C” habían empezado a comportarse de forma extraña unas semanas atrás, hablando en un idioma que parecían haber inventado por mera diversión. Al principio no le dieron importancia, pero cuando varios miembros adultos del personal del centro empezaron a utilizar también palabras en aquel idioma las cosas empezaron a volverse preocupantes. Era muy extraño; el ambiente en el bloque había empezado a ser más enrarecido, la luz menos brillante, hasta que directamente las tinieblas se habían apoderado de él; los alumnos se habían hecho cada vez más reclusivos, apartándose de los demás, y finalmente la noche anterior, tanto algunos adolescentes como algunos adultos habían atacado violentamente al personal que había intentado sacarlos de allí, incluso con algunas armas de fuego. Acto seguido habían llamado a las autoridades pertinentes y en poco más de media hora se decretaba la alerta sanitaria no se sabía muy bien por parte de quién.

Todo aquello apestaba a ocultismo y a conspiración, pero el hijo de Sigrid se encontraba alojado en el bloque C, y ella no se marcharía de allí sin Daniel. Patrick y Tomaso manifestaron su firme deseo de acompañarla y ayudarla a sacar al chaval de allí. Despidiéndose apresuradamente de los oficiales, que por otra parte se encontraban muy ocupados desalojando a todos los internos, se dirigieron hacia el bloque

Un escalofrío los recorrió. Tal y como les habían dicho, el efecto ya era visible desde el exterior: en medio de la noche, el edificio se encontraba inmerso en una extraña penumbra que los focos de los militares traspasaban a duras penas. Se acercaron a la puerta principal, y al adentrarse en las tinieblas sus corazones se estremecieron; Sigrid no pudo aguantar y tuvo que alejarse, causándoles un retraso que los puso muy nerviosos; pero finalmente, con ayuda de Patrick pudo reponerse y volver a la puerta principal, donde Tomaso rompió el cristal y les facilitó el acceso al vestíbulo. Sus pequeñas linternas apenas alumbraban la oscuridad; encendieron las luces, pero al igual que los focos del exterior apenas generaban un resplandor mortecino.

No tardaron en ver a los primeros dos niños en el vestíbulo. Sombríos y serios, transmitían una sensación de congoja a la que el grupo consiguió sobreponerse. No tardaron en hablar, en un idioma que ninguno pudo reconocer, ni siquiera comparar a algún otro. Las palabras parecieron introducirse en las mentes de Derek y Patrick, y comenzaron pronto a entender qué decían los niños: preguntaban si se iban a quedar, y si pretendían sacarlos de allí. Poco después los chavales salían corriendo y el grupo seguía su camino; llegaron al pie de unas escaleras que conducían a las habitaciones del primer piso, donde se hospedaba Daniel. Un niño más pequeño que los anteriores estaba allí, sentado en el último escalón; se sobresaltaron al verle, pues la penumbra apenas dejaba visibilidad un par o tres de metros. El niño les empezó a preguntar acerca de su estancia allí y de sus intenciones, en aquel grotesco lenguaje. Las palabras se movían en la mente de Patrick, que se quedó con la mirada perdida durante varios minutos, y Tomaso y Derek también notaron cómo se enroscaban en su interior. Mientras el niño hablaba, el techo tenuemente iluminado pareció cobrar vida con multitud de sombras que comenzaron a pasar a toda velocidad de una parte a otra; el grupo fue capaz de reconocer algunas de ellas: un verdugo, un rey, un peregrino, un monje… Tan rápido como aparecieron, desaparecieron cuando el techo se envolvió de nuevo en penumbra. Todo acabó cuando el niño, frustrado por la falta de caso del grupo, comenzó a gritar y se alejó adentrándose en las sombras. Pero eso sólo había sido un pequeño prólogo para lo que encontrarían en el primer piso, totalmente alterado cuando llegaron: el pasillo no parecía tener suelo pisable, sino que se abría a un profundo espacio vacío, y las puertas de las habitaciones habían sido sustituidas por una especie de singularidades, como agujeros de gusano, que se dilataban y encogían en una inmensidad que sus mentes no alcanzaban a comprender; en un momento dado, de uno de los agujeros de gusano surgió una figura enorme, majestuosa, que sólo pudieron calificar como “cósmica”; la luz de millones de estrellas brillaba en su interior, y toda su silueta era una ventana a la inmensidad del universo. Sin embargo, lo que representaba la silueta en sí no era difícil de reconocer: a todas luces representaba el epítome de lo que habría sido un verdugo en la edad media: la capucha, el hacha… en la inmensidad indescriptible que era la figura, esos detalles eran fácilmente adivinables, lo que quizá la hacía aún más difícil de comprender.

Por suerte, antes de que las mentes del grupo estallaran en una explosión de entendimiento, todo desapareció y volvió a la normalidad, sin causa aparente y sin solución de continuidad. Tras unos segundos de aturdimiento, Sigrid reaccionó y se dirigió a la carrera hacia la habitación de Daniel. Mientras se dirigían hacia allá, Derek pudo ver por el rabillo del ojo que una de las habitaciones de su izquierda no era tal, sino que la puerta era una ventana a una vista de un inmenso desierto donde millares de personas se encontraban hacinadas en campos de refugiados muriendo de hambre y sed. Le picó la curiosidad, pero prefirió no detenerse.

Cuando llegaron a la habitación del hijo de Sigrid, ésta estaba en perfecto orden, con todo recogido y ningún detalle de color visible: austera y oscura. De Daniel no había rastro por ningún lado, así que decidieron seguir buscando. Al salir al pasillo, de nuevo el vértigo de lo incomprensible. El corredor ya no era tal, sino un enorme palacio cuyas simples dimensiones estuvieron a punto de volverlos locos; y alrededor del palacio centenares de plataformas se alzaban; y sobre cada una de ellas, una figura análoga a la que habían visto aparecer en el pasillo antes. Y podían distinguirlas todas: un rey, un tirano, un verdugo, una mujer con alas, un peregrino, una madre con su hijo en brazos… Tomaso y Sigrid se echaron de rodillas al suelo, soportando a duras penas la inmensidad de aquello. En breves instantes todo desapareció de nuevo, y fue en su mayoría olvidado por sus pobres mentes humanas y racionales. Pero la sensación de que allí estaba ocurriendo algo muy gordo persistía, y se apresuraron aún más.

Tras descender a la planta baja y tener algún encuentro más con niños y adolescentes, por fin oyeron voces al fondo de un pasillo. En ese momento pudieron ver a través de una ventana cómo llegaban a la parte trasera del bloque varios coches, civiles y militares; las voces de los hombres de Derek a través del pinganillo confirmaban sus sospechas: según decían, habían llegado más agentes de sanidad y militares y habían tenido que retirarse discretamente; tras dar las órdenes pertinentes, Derek y el resto se dirigieron a través del pasillo para desembocar en la sala de conferencias. Allí se encontraban reunidos todos los alumnos del bloque, y en el estrado algunos adultos y los adolescentes más mayores, algunos de ellos con armas. Hablaban en el idioma extraño, por supuesto, y parecían muy tranquilos. Todos se callaron de repente cuando el grupo apareció superando a los niños que vigilaban la puerta. Y entonces, hablaron todos a la vez, provocando un torrente de palabras en sus mentes que casi los sumen en la inconsciencia. Tomaso y Patrick fueron casi completamente poseídos por la lengua en ese momento [punto de destino de Sigrid]. Justo entonces comenzaron a oírse disparos en la parte delantera del edificio; poco a poco, calmadamente, los adultos y adolescentes del estrado fueron saliendo para dirigirse a defender a los suyos, y Tomaso y Patrick se incorporaron a ellos. Derek tuvo que actuar: dejó inconsciente a Patrick, pero a Tomaso no pudo alcanzarlo; mientras, Sigrid había encontrado a su en el anfiteatro de asientos. Confiando en que Tomaso podría cuidar de sí mismo, salieron de allí.

Segundos después, uno de los muchachos recibía un tiro en la cabeza al lado de Tomaso. Éste salió de su ensoñación [punto de destino] y de repente fue consciente de que estaba arriesgando su vida. Al lado de la entrada, varios civiles disparaban sus armas; unos cuantos militares yacían en el suelo con disparos en la espalda, Tomaso supuso que asesinados por los mismos civiles que ahora se cebaban con los adolescentes. El joven italiano se sorprendió al reconocer entre los civiles al tal Nikos Kostas, que el día anterior había hablado con sus compañeros en la cafetería; no pareció reconocer a Tomaso, que durante el encuentro había estado discretamente sentado en la barra. Propinando una fuerte patada a un tipo que tenía cerca, se impulsó hacia la parte de atrás. Salió por la misma puerta que el resto del grupo, alcanzándolos rápidamente. A pesar de que algunos civiles indicaron a un grupo de militares que los persiguieran, finalmente se reunían con los hombres de Derek y lograban escapar, con Daniel debidamente inmovilizado. Les llevaría horas asimilar aquella experiencia.

De vuelta a Nueva York, Derek recibía una llamada de sus hombres, informándole de que Robert había estado reunido varias horas en un bufete de abogados de Albany y luego reuniéndose con varias personas. En ese momento se dirigía hacia Canadá con Michael Stevenson y un par de guardaespaldas; y lo más raro era que al menos tres coches más se encontraban siguiendo los movimientos del magnate. Derek, cansado de aquello, ordenó que tomaran todas las medidas necesarias para traer a Robert a la oficina. De madrugada, los hombres de Derek esquivaban al resto de perseguidores, entraban en el hotel y sedaban a los guardaespaldas de Robert. Al despertar a éste y pedirle que los acompañara a la CCSA, el empresario pidió permiso para llamar a su jefe, y se lo concedieron: llamó indignado a Derek, y éste le aseguró que le tenía que contar algo muy gordo que les había ocurrido. A mitad de conversación Robert dejó de hablar; se había quedado con la mirada perdida, ante lo que los agentes pidieron instrucciones a su jefe. Las órdenes siguieron siendo las mismas (además de dejar instrucciones a los guardaespaldas para que llevaran a Michael al psiquiátrico), y pocas horas después aparecían en la oficina llevando a Robert en su estado de ausencia.

Mientras tanto, durante ese tiempo, el resto del grupo se reunió en la sala de interrogatorios para hacer pruebas con lo que podían recordar de la extraña lengua de la academia, mientras mantenían a Daniel sedado. Intentaron escribir algunas palabras, pero al transcribir a papel, al poco rato se daban cuenta de que lo que escribían era inglés. Además, cada vez que pronunciaban algunas palabras o escuchaban la grabación, sus mentes parecían traicionarles y empezar a formar nuevas palabras, así que prefirieron poner un punto y aparte en aquella investigación. Por su parte, Tomaso y Sally se dedicaron a investigar sucesos parecidos, pero no encontraron nada igual, únicamente algunas referencias a exorcismos.

Tras salir de su estado de ausencia, Robert despertó en la sala de reuniones de la CCSA, donde una agente lo vigilaba. Pronto se reunía el grupo al completo. Volvieron a preguntar a Robert sobre esos extraños estados de fuga, y éste volvió a contar que no había sufrido ninguno desde el tratamiento de Rhyckon Larsen/Henry Clarkson. Y que se habían originado al tocar el extraño monolito negro del que le había hablado Michael tras su estancia en la cárcel. Después de contar a Robert todo lo que les había ocurrido en la academia, la conversación derivó de nuevo hacia el extraño monolito. Quizá podrían hacer una visita rápida a la mansión donde decía Robert que se encontraba...

viernes, 8 de julio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 6

Nikos Kostas. La Academia Militar de Valley Forge.
Aprovechando que se encontraban a solas, Derek enseñó su posesión más preciada (a la vez que extraña) a Sigrid: el presunto mapa con extraños caracteres que alguien había hecho llegar a sus padres junto a él cuando todavía no era más que un bebé. Los ojos de la anticuaria centellearon cuando se dio cuenta de lo valiosa que debía de ser aquella pieza. Tras unos minutos de recapacitación, reconoció los caracteres a pesar de no tener conocimiento alguno de ellos: sin lugar a dudas había visto un conjunto de ellos en el mapa de Platón que se había puesto a la venta en la subasta del Excelsior. Los símbolos parecían influenciados por el egipcio antiguo y quizá por el arameo. La diferencia de la que estaba convencida era que en el mapa de Platón los símbolos parecían tener un carácter meramente decorativo, pero en este “mapa” —Sigrid tenía sus dudas acerca de poder llamarlo así— sí que parecían ser un texto real. Poco más podía decir del pergamino sin consultar obras de referencia en alguna biblioteca. Derek le agradeció la información, y le dio permiso para hacer algunas fotos y seguir con la labor de documentación.

También le enseñó el manuscrito que acompañaba al “mapa”, escrito ya en papel (aunque antiguo) con los mismos símbolos que aparecían en este. Sigrid lo fotografió minuciosamente, a la espera de poder investigarlo con tranquilidad.

Derek y Tomaso tuvieron después una comprometida conversación. El italiano se sinceró respecto a su profesión y su relación con el mundo de la mafia neoyorquina, aunque afirmó no participar en los asuntos más sangrientos. Se sinceró como muestra de buena voluntad, y así la aceptó Derek, que decidió confiar en que su mujer y sus hijos estarían a salvo en la mansión italiana donde vivía la hermana de Tomaso.

Mientras tanto, Sigrid recibía una llamada al móvil: se trataba de ¡Mark Archer! Por fin recibía noticias de uno de sus contactos anteriores a la explosión del hotel. Archer le transmitió su alegría al saber que estaba bien y la citó en una cafetería de Brooklyn. Hacia allí salieron Sigrid, Derek, Patrick y Tomaso. Archer se alegró sinceramente de ver a su colega anticuaria y acto seguido comentaron todo lo que había pasado en el hotel: Mark se había salvado milagrosamente al haber bajado a su habitación para coger unos papeles. Al ver correr a unos tipos con armas hacia la planta de arriba decidió no salir, y cuando se desató el caos corrió por las escaleras de servicio y huyó. A ojos de Patrick parecía sincero. Mientras Sigrid le preguntaba por los demás asistentes, alguien entró en la cafetería, un hombre vestido incluso mejor que Tomaso (que se había quedado apartado tomando algo en la barra discretamente) acompañado de dos tipos trajeados que parecían montañas. Se dirigió a la mesa, poniendo a todos los presentes en guardia. Mark Archer lo reconoció enseguida, y le estrechó la mano; lo presentó como Nikos Kostas. Sigrid reconoció el nombre: el millonario griego, estrecho colaborador del anticuario y librero Paul van Dorn, que también había estado presente en la subasta. Kostas presentaba algunos cortes en la cara, supuestamente testimonio de la explosión, y se disculpó ante Archer, pues según afirmó, lo había estado siguiendo con la esperanza de averiguar más cosas de lo sucedido en la subasta. El griego sonrió, e instantáneamente todos los presentes se sintieron (¿anormalmente?) cómodos con su presencia; parecía un tipo honesto y dispuesto a ayudar. Intentó averiguar todo lo que pudo sobre lo sucedido en la subasta, y ver si el grupo podía conducirle a alguien que supiera algo más. Se mencionó a Alex Abel y la Nueva Inquisicion, a los extraños gemelos Angel y Amir, que hicieron perder el control de los presentes la segunda noche, y lo extraño de que Sigrid fuera la única a la que habían dejado salir del hospital después de que el FBI decidiera poner la planta en aislamiento. No obstante, la vehemencia de Sigrid insistiendo en su ignorancia sobre lo que podía haber ocurrido y acerca de quién era aquella gente de la Nueva Inquisición pareció convencerle y decidió dejarles su tarjeta, despedirse (educadamente y pagando la cuenta) y marcharse.

Poco después se despedían también de Mark, deseándole suerte.

Desde la cafetería, Patrick se marchó directamente al restaurante con cuyo camarero había quedado varios días antes para conseguir más Polvo de Dios. Sin embargo, una vez allí el chaval no pudo venderle nada; aseguraba que hacía días se había interrumpido el suministro y no tenía nada para él. Las habilidades sociales de Patrick salieron a la luz con toda su fuerza, y consiguió convencer al camarero para que le diera el nombre de su suministrador. Tras hablar con un par de tipos y hacer unas cuantas averiguaciones, por fin llegó al que parecía el camello de más alto nivel, un tal Travish McHale. Pero la casa donde vivía, a las afueras de la ciudad, estaba fuertemente custodiada por tipos armados, así que decidió desistir de su intento de conseguir la droga y dejarlo para otro día. El alcohol debería bastar esa noche.

Entre tanto, Tomaso y Sally habían estado investigando sobre los nombres de todos los implicados en la subasta que Sigrid les había dado, pero no tuvieron éxito en descubrir nada que no fuera del dominio público.

Ya en la oficina, Patrick mencionó a la agente de la CCSA Stephanie (que había demostrado previamente su valía al averiguar hechos muy poco evidentes sobre Lupita y la situación en México) el nombre del narcotraficante, Travish McHale; seducida por la labia del procesor, Stephanie le reveló que el tal McHale había estado implicado hacía un par de noches en una operación de la CCSA, pero que ésta había sido frustrada debido a una filtración y la llegada de elementos imprevistos a la escena.

Robert se marchó a Albany por la mañana para encontrarse con los abogados, seguido de cerca por los hombres que lo vigilaban, que informaban puntualmente a Derek. Los agentes tambíen informaron de un trasiego de vehículos importante donde Robert se alojaba.

Más tarde, Derek, Patrick y Sigrid se dirigieron a una clínica privada para realizar el TAC de esta última y descartar que tuviera algún tipo de chip insertado en el cuerpo. Cuando todo estaba ya preparado, Patrick tuvo una horrible sensación de peligro y detectó en las auras de los doctores y enfermeros una clara intención de traición. Al punto, instó a sus compañeros a salir de allí sin hacer preguntas. El personal intentó por todos los medios retenerlos, y Derek incluso llegó a las manos con un guardia de seguridad; tras unos segundos de pelea y tensión, consiguieron salir a la calle, donde un par de vehículos frenaban bruscamente y tipos trajeados los abandonaban; Derek sacó su arma y comenzó a disparar. Eso les hizo ganar el tiempo suficiente para correr hasta la esquina y coger un taxi que les sacó de allí rápidamente. La intuición de Patrick había funcionado una vez más, por suerte.

A salvo en la oficina (bueno, todo lo a salvo que pudieran estar dada la situación), Sigrid aprovechó para llamar de nuevo a Valley Forge y ver cómo iban los trámites para que su hijo Eirik se marchara de allí. No esperaba lo que ocurrió. No hubo manera de hacerse con nadie en el bloque donde se encontraba internado Eirik, y todo el mundo con el que la transferían le contestaba dándole largas, diciendo que había problemas en las comunicaciones y excusas varias. Desde luego, algo no iba bien en la academia, y Sigrid no estaba segura de que tuviera algo que ver con las conexiones o la tecnología.

La anticuaria transmitió su preocupación al resto del grupo; cuando les contó todas las cosas extrañas que le habían puesto como excusa, todos empatizaron con ella y acordaron dirigirse hacia Valley Forge para sacar a Eirik de una vez por todas de allí y poder así abandonar el país. No esperaron, y pronto dos coches de la Agencia, uno con el grupo al completo (excepto Robert) y otro con agentes de Derek, tomaban la carretera hacia Wayne, Pennsylvania, a unos 150 km al suroeste de Manhattan. Poco después de tomar el desvío de la pequeña carretera que conducía al complejo, fueron detenidos por un control militar. Los soldados les explicaron que el acceso a la academia estaba restringido porque se había declarado una emergencia sanitaria. Automáticamente, Derek les enseñó su credencial de la CCSA y con un poco de charlatanería, entre él y Patrick convencieron a los militares de que todos ellos trabajaban para la agencia; tras consultar con un superior, los soldados les permitieron pasar. Además avisarían al segundo control que se encontraba a la entrada de su llegada.

Poco después avistaban el complejo, y el segundo control militar que se encontraba ante la verja de la entrada, equipados con mascarillas de protección.


viernes, 24 de junio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 5

El congresista Ackerman y la verdad sobre la CCSA
Durante el desayuno, con Robert de vuelta ya en la oficina de la CCSA, el grupo conversó acerca de la oferta que Himmel im Erde había ofrecido por Chemicorp y de cuál habría de ser su siguiente movimiento. Patrick manifestó su deseo de dirigirse a México para averiguar todo lo posible sobre su ahijada, contraviniendo las exigencias que los desconocidos les habían pretendido impone; los demás consiguieron convencerle para no actuar precipitadamente y meditar antes y de forma conjunta sus decisiones.

Durante la mañana, una de las agentes de Derek, Stephanie, apareció con novedades sobre la situación de México. Después de realizar una encomiable labor cruzando datos de distintos informes y noticias más o menos oscuras, Stephanie había podido deducir que en la zona de México donde vivía Lupita, varias poblaciones cercanas habían sido atacadas por no se sabía muy bien quién. La teoría más plausible era la de un grupo de narcos paramilitares, pero nadie lo afirmaba con rotundidad. Además, varias docenas de niñas de entre cuatro y seis años habían desaparecido de esos poblados, en un radio de pocos kilómetros. Abrumado por la cantidad de datos y la pericia que su subalterna había demostrado para cotejarlos, Derek la felicitó efusivamente. El descubrimiento de Stephanie, unido a las amenazas de los desconocidos, reafirmaron al director en su convicción de que antes de México deberían viajar a cualquier otro sitio, como por ejemplo a Inglaterra, para visitar a su antiguo conocido, sir Ian Stokehall; como ya había expuesto en alguna ocasión anterior, tenía la esperanza de que el aristócrata les pudiera revelar algo más de información.

Tomaso, por su parte, se marchó a visitar a su primo, el párroco Bonelli. Al manifestarle su intención de abandonar el país con urgencia, Dominic se mostró preocupado y expuso a su vez que en los últimos días parecía haber gente extraña rondando por la iglesia: creía que lo tenían bajo vigilancia, y algunos no habituales demasiado reservados se habían incorporado a las liturgias diarias. Tomado lo tranquilizó, y le aseguró que esa gente se marcharía en cuanto él dejara el país; mientras tanto, dejaba a Dominic encargado de cuidar a su madre. Se despidió y cerró el resto de sus asuntos.

A mediodía, Derek acudió por fin a reunirse con su amigo, el congresista Philip Ackerman. Después de cambiar varias veces de coche a instancias de los miembros del personal de seguridad, llegó a un discreto sitio al este del Bronx donde le esperaba Ackerman acompañado de una mujer joven, desconocida para Derek. Se saludó efusivamente con su amigo, que le presentó a la joven: se trataba de Sally Whitfield, periodista; ante el gesto de desconcierto de Derek, Philip se apresuró a explicarle que Sally le había sido de mucha ayuda pero que eso la había puesto en peligro, y había tenido que traerla a Nueva York. El congresista pasó a realizar una larga exposición sobre cosas extrañas que estaban ocurriendo en el congreso y las altas esferas políticas de los Estados Unidos. Día sí y día también se aprobaban confidencialmente medidas que de haberse hecho públicas habrían tenido un fuerte impacto en la opinión pública: movimientos de tropas, desplazamiento de armas, intervenciones militares… Sally había colaborado en la intención de exponerlas al público, y por eso ahora necesitaba desaparecer un tiempo, así que dejaba encargado a Derek de velar por su seguridad. La iniciativa de la identificación única, por ejemplo, era del dominio público, pero lo que poca gente sabía era que se había hecho en connivencia con los gobiernos de Rusia y de China, que estaban aplicando medidas similares. Además, le habló de lo que en realidad había pretendido al crear la CCSA: tener un organismo independiente de las grandes agencias que se encargara de todos los hechos extraños que estaban sucediendo últimamente. Los hechos extraños de los que Derek también le habló se habían multiplicado en los últimos meses en Washington e incluso en el entorno del gobierno, y eso preocupaba seriamente al congresista, que por otra parte se había apresurado a aglutinar en torno a sí un pequeño grupo de opositores a la política que se estaba llevando a cabo. Gente con miembros amputados, desangrada sin heridas visibles, personas que se comportaban como animales, otros que decían haber visto cómo un tío reventaba a otro con sólo señalarlo con el dedo… los acontecimientos aparentemente sobrenaturales se habían hecho frecuentes y eso no podía ser bueno. Ackerman también se mostró compungido al afirmar que había perdido la lealtad de las delegaciones de la CCSA en Los Ángeles y Chicago, y que sólo confiaba plenamente en Nueva York, donde Derek era el director. El punto álgido de la conversación llegó cuando el congresista dirigió un gesto a uno de sus hombres y éste acercó un portátil, donde el primero insertó un lápiz USB y arrancó la reproducción de un vídeo. El vídeo había sido filmado con una cámara oculta en los servicios del congreso, algo totalmente ilegal, pero que Ackerman, como miembro del comité de seguridad había creído conveniente hacer contraviniendo algunas leyes. A los pocos segundos de grabación, entraba en el servicio el congresista George Patterson, aquejado de una acusada cojera. Cerró la puerta principal del aseo y se situó ante el espejo. Acto seguido se quitaba la chaqueta y la camisa y comenzaba a hurgar en su costado; los ojos de Derek se abrieron mucho cuando, fuera de toda duda, el congresista parecía abrir literalmente sus carnes sin provocar una hemorragia y dejar ver un pequeño brillo en su interior; tras unos segundos de manipulación, volvía a ponerse la ropa y la cojera había desaparecido. Aquel vídeo demostraba que Patterson, al menos en parte, no era humano. Eso convenció totalmente a Derek de lo acertado de las elucubraciones de su amigo.

Con gesto serio, Philip entregó un maletín a Derek: contenía unos cuantos chips que insertados en el correspondiente teléfono encriptaban la comunicación de la forma más segura que existía. A partir de entonces no se comunicarían si no era de aquella manera. Derek también aprovechó para poner al tanto al congresista de su posible salida del país, pero sólo por unos días. Éste insistió en que no la prolongara demasiado, porque seguramente lo necesitaría en el futuro próximo. Al fin, se despidieron y Derek se llevó a Sally a la oficina.

Robert habló con Tomaso por teléfono, dado su bagaje, para intentar convencer al italiano de provocar un “accidente” que quitara de enmedio a los bastardos de Himmel im Erde. No obstante, Tomaso se opuso a tal método, lo que no dejó de sorprender a Robert. Tomaso sí atendió la segunda petición de Derek: que alguien de confianza registrara la sede de WCA; pero cuando el joven contactó con sus amigos de la mafia, todos se opusieron a tal cosa: WCA eran quienes se encargaban de arreglarles todos los asuntos legales.

De vuelta todos en la oficina, Derek les explicó (sin revelar la identidad de su amigo) lo que había averiguado. Presentó a Sally y les contó la verdad sobre la CCSA, de la que él mismo se había enterado hacía un par de horas escasas. La agencia se había creado para ser un organismo aparte de FBI, CIA y NSA, que estaban llenas de influencias de dudosas intenciones, lo que coincidía con los acontecimientos que habían vivido últimamente. Les contó lo de los hechos extraños (incluyendo el vídeo, que turbó profundamente a Patrick y provocó su consumo de una papelina de Polvo de Dios), y que el congresista le había contado que los documentos de la identificación única estarían equipados con chips que seguramente luego pretenderían implantar en las personas. Todos miraron a Sigrid y su dolor de nuca, escamados, pero la detección que habían llevado a cabo había dado resultados negativos y tendrían que volver a intentarlo con más medios (quizá con un TAC).

Tras unos segundos de silencio, Tomaso sugirió que todos los sentados a la mesa deberían sincerarse y exponer sus secretos a los demás. En ese momento, Robert recibió (muy oportunamente) una llamada de Alton Cook, instándole a reunirse; así que el ejecutivo aprovechó para excusarse y ausentarse. Derek, escamado, encargó a dos de sus agentes que lo siguieran.

Con Robert ausente ya, Sally pidió un portátil para presentar a unos amigos al grupo. Tapó la cámara para no revelar las identidades de los presentes y a los pocos segundos, un tipo con una máscara de V de Vendetta se veía en pantalla. Sally lo presentó como “Z”, del grupo de hackers Omega Prime. Gracias a ellos, Sally había podido escapar de un atentado contra su vida, y desde entonces se habían dedicado a ayudar a Ackerman en su particular cruzada. El grupo no tardó en pedirles los primeros trabajos: registros sobre los hermanos desaparecidos de Patrick e información sobre ocultismo y niños de 5 años.

Mientras Sigrid hablaba con la academia militar para sacar a su hijo de allí lo antes posible, Robert se reunía con Alton Cook, Ethan Ward, Michael Johnson y Shelley Goodal. Todos se mostraban en contra de vender la empresa y pedían un curso de acción común. Según Cook, Erde und Mahl era una empresa alemana ya operativa durante la Segunda Guerra Mundial, encargada del desarrollo de armas experimentales. Más tarde fue absorbida por multinacionales, fusionada, comprada… pero extrañamente siempre salió a flote el mismo nombre. Era una empresa de perfil bajo, extremadamente estable en bolsa, y no entendía por qué ahora se interesaban tanto por Chemicorp. Ethan Ward reveló que algunos de los miembros que se mostraban a favor de la venta (los hermanos Callum y Liah Woodman, y Mason Rose) estaban siendo coaccionados de alguna manera para vender su paquete de acciones. Fuentes que no reveló le habían enseñado ciertos correos electrónicos comprometedores, y estaba muy seguro de lo que decía. Robert sumó rápidamente; entre los presentes y los coaccionados sumaban un 54% de las acciones, suficiente para oponerse a la venta.

Acabada la reunión y muy preocupado, Robert tomó la decisión de desvincular sus empresas “fetiche” del grupo Chemicorp, para evitar su venta. Contactó con un bufete en Albany, y concertó una cita para el día siguiente.

jueves, 9 de junio de 2016

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 4

Encuentros en la sombra. Una oferta sospechosa
Tras hacer algunos preparativos e investigaciones, partieron hacia el motel Green Oaks, siguiendo las instrucciones que la distorsionada voz había indicado a Patrick por teléfono. Derek encargó a un grupo de sus hombres que les siguiera a varios minutos de distancia por si ocurría algo.

El Motel Green Oaks
Partieron en dos coches, Derek en un cuatro por cuatro y el resto en un coche convencional. Se aseguraron de que nadie les seguía, y a pocos kilómetros del punto de encuentro intentaron acercarse por caminos distintos. Derek se desvió, tomando unas sendas que habían visto en imágenes satélite, pero no tardó en encontrarse con una barrera que le impedía el paso; un gran tronco bloqueaba el sendero que conducía hacia el motel por el este, y era evidente que alguien lo había situado así para evitar visitas inesperadas. El agente no tuvo más remedio que volver a la carretera y alcanzar a sus compañeros a toda prisa. Estos llegaron sin problemas al hotel, tras tomar el desvío que indicaba un desvencijado poste anunciador. Llegaron a la altura del edificio de recepción, donde una barrera impedía el paso. Tomaso levantó la barrera y pudieron echar un primer vistazo al lugar; el motel estaba abandonado desde hacía unos años, y el camino describía una amplia curva a cuya vera se levantaban una docena de bungalows, cada cual más desvencijado. No pudieron dejar de notar que una de las casas lucía un aspecto más cuidado que las otras. El camino se curvaba hasta volver hasta el edificio de recepción y la barrera. Cuando llegaban de nuevo a la entrada pudieron oír un motor: Derek llegaba por el camino, pisando a fondo.

Fuera de los coches pudieron disfrutar de una visión más amplia del lugar. A pocos metros se alzaba un poste de iluminación, y el ojo experto de Derek no tardó en detectar que sobre cada uno de los destrozados focos se encontraban cámaras en perfecto estado que seguramente estarían grabando cada uno de sus pasos.

Tras discutirlo unos instantes, y ante la manifiesta ausencia de cualquier presencia indeseada, decidieron entrar al bungalow que habían reconocido como más cuidado. Condujeron con todo el cuidado y el sigilo del mundo hasta la puerta. Pero una vez allí no se anduvieron con chiquitas: la puerta estaba cerrada, así que la reventaron con una escopeta recortada. Al abrir la puerta, la escena que contemplaron no era en absoluto lo que esperaban. La luz estaba encendida en la amplia estancia, que había sido vaciada y tenía por todo mobiliario una mesa con media docena de sillas. Y tres televisores colgados de sendas paredes. Patrick se estremeció cuando en uno de ellos reconoció la silueta de Sigrid, al parecer inconsciente pero viva. En las otras dos pantallas se podía ver la silueta de dos hombres en penumbra. Uno de ellos —la voz distorsionada— les invitó a pasar y sentarse a la mesa; así lo hicieron, mirando suspicazmente alrededor.

Lo primero que hicieron los desconocidos, ambos con la voz alterada, fue disculparse ante Robert y los demás por lo sucedido el día anterior en la mansión; les aseguraron que los responsables de tamaño salvajismo habían sido “debidamente amonestados” y apartados de su camino. A continuación siguió una conversación salpicada de amenazas veladas (y no tan veladas) sobre el papel que el grupo estaba tomando en ciertos acontecimientos que escapaban a su comprensión, en un entorno al que los desconocidos se refirieron como “círculos ocultistas” o “mundo oscuro”. Exigieron también detalles sobre lo sucedido en la subasta y no respondieron a ninguno de los requerimientos del grupo. Durante su discurso, se refirieron específicamente a cada uno de los presentes con distintos argumentos: se preguntaron qué hacía un señor como Robert con tales compañeros; a Derek le exigieron que acabara con la relación que le unía con el congresista Philip Ackerman; a Patrick le amenazaron con acabar con él si intentaba encontrar a “la niña” (Lupita, obviamente) y a Tomaso le dieron a entender que podrían perjudicar su vida de formas que no alcanzaría ni a imaginar. Para no llevar a cabo sus amenazas (según afirmaban estaban cansados de muerte y cadáveres), todo lo que pedían era que el grupo se apartara de los asuntos ocultistas en los que se estaban entrometiendo, y que salieran del país y mantuvieran un perfil bajo en adelante; además, como ya habían mencionado, que Derek cortara su contacto con Ackerman y que Patrick se olvidara definitivamente de Lupita. Se deberían marchar del país a Europa, a Sudamérica o a donde quiera que fuera, pero lo importante es que no volvieran a cruzarse en su camino.

—Podrán encontrar a su amiga en el edificio de recepción, sana y salva. Tomen esto como un acto de buena voluntad por nuestra parte —con esta frase, los televisores y la luz se apagaron, dejando al grupo en una incómoda penumbra.

Salieron de allí a toda prisa, y pudieron ver otro helicóptero negro como el que les había atacado muy arriba, apenas un punto. Como les habían dicho, en una mecedora situada en el porche del edificio de recepción se encontraba Sigrid, totalmente sedada. La recogieron y se largaron sin entretenerse.

Ya en las oficinas de la CCSA Sigrid consiguió recuperar la consciencia totalmente y recordar todo lo sucedido durante la subasta. Se alegró al reconocer a Patrick, y se apresuró a llamar a sus hijos y su marido. Éste no contestó a sus llamadas, y sus hijos parecían estar bien, aunque preocupados. En concreto, Daniel le comentó algunas cosas que le habían parecido extrañas en la academia militar y Sigrid, preocupada, envió algunos mensajes con la intención de sacarlo de allí durante unos meses.

Más calmada, la anticuaria se reunió con el resto del grupo para compartir sus experiencias mutuas. Durante la conversación, acabado el efecto de los sedantes, Sigrid comenzó a notar un dolor leve pero punzante en la nuca, como en algunos otros sitios de su cuerpo; no habían sido pocos los cascotes que la habían alcanzado en la explosión, y diversos moratones y brechas cosidas así lo atestiguaban. No obstante, en la nuca no parecía tener ninguna cicatriz.

Poco después, Robert recibía una llamada de uno de los miembros del consejo de administración de Chemicorp que menos odiaba, Alton Cook. El hombre le instaba a correr a la central “si quería conservar su empresa”. Aterrado, Robert ni siquiera se despidió de los demás; salió como una exhalación y no tardó en llegar a la sede, en el distrito financiero. Entró sin ceremonias en la sala de reuniones del consejo, donde doce de los catorce miembros le esperaban ya, avisados por recepción. Lewis Griffith, el subdirector del consejo y una de las personas más detestadas por Robert, le presentó a los dos únicos desconocidos presentes: Joel Harrod y Susan Coburn, de la multinacional Erde & Mahl. Robert arqueó las cejas: E&M era una empresa muy poco conocida, pero sobe la que él sí había investigado en el pasado; llamaba la atención su nivel de cotización en bolsa, un nivel estable incluso en épocas de crisis. Griffith le expuso también la situación: E&M estaba interesada en adquirir Chemicorp, ofreciendo por el paquete de acciones de control la bonita suma de un billón de dólares, además algunas otras prebendas complementarias. A continuación, pasaron a discutir los detalles de la posible operación, en un tira y afloja que duró un par de horas.

Mientras tanto, Patrick, indignado por la condescendencia con que habían sido tratados, decidió oponerse con todas sus fuerzas a aquellos malnacidos que intentaban controlarlos. Así que se reunió con Tomaso, a todas luces mucho más que un representante de modelos, y le pidió ayuda para tratar de encontrar a Lupita, investigar la situación en México, y averiguar algo más sobre el mundo ocultista. Derek, por su parte, recibía un mensaje de Robert pidiéndole que averiguara todo lo que pudiera sobre una empresa llamada Erde & Mahl.

Durante la conversación en la que los representantes de Erde & Mahl expusieron los detalles de la adquisición de Chemicorp, a Robert le quedaron claras algunas posturas: siete de los miembros del consejo (entre ellos Lewis Griffith) se posicionaban claramente a favor de la venta, y dos de ellos, Alton Cook y Nathan Ward, se mostraron absolutamente en contra. Cook expuso a Robert en voz baja sus sospechas de que algo olía a podrido en la rapidez con la que Griffith quería solventar la transacción, y que no iba a consentir que aquello tuviera lugar.

Una vez finalizada la exposición y limados varios puntos de fricción expuestos por los consejeros, Harrod y Coburn se despidieron de los reunidos. El primero, sonriente, estrechó la mano de Robert y se inclinó para poner su otra mano en su hombro.

—Tengo esperanzas de que lleguemos a un acuerdo satisfactorio para todos, señor McMurdock —dijo Harrod, e inclinándose aún más, susurró—, y más teniendo en cuenta que pronto tendrá que salir del país.