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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

martes, 26 de mayo de 2020

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 6

El Albergue Orfeo. Reunión con Taipán.

Ante la urgencia que le había transmitido Patrick, Tomaso llamó por teléfono a su primo Dominic, el párroco de la Iglesia del Salvador. Cuando le preguntó acerca de la posibilidad de contactar con algún exorcista, Dominic le contestó que a priori le parecía imposible.

Dominic Bonelli, primo de Tomaso
 —Todos los exorcistas de Nueva York —afirmó—, y prácticamente todos los de la Costa Este, fueron reclamados a Roma hace unos días, Tomaso. Quizá quede alguno en el estado, pero no tengo ni idea de quién, si es que lo hay. De todas maneras, te voy a dar el teléfono de uno de ellos; un buen amigo pero que, como te digo, seguramente se encontrará en el Vaticano ahora mismo.

Tomaso le dio las gracias y llamó al teléfono que le proporcionó. Tras un par de intentos, una voz le contestó en italiano: el padre Giuliano De Luca, uno de los exorcistas que hasta hace poco se encontraba en Nueva York, y que ahora, efectivamente, le confirmó que se encontraba en la Ciudad Santa. Cuando le dijo que llamaba de parte de Dominic Bonelli, De Luca se mostró solícito en todo momento, y dejó que Tomaso le contara su caso; este le comentó que algo muy gordo estaba a punto de suceder en la ciudad de Nueva York, y necesitaban urgentemente los servicios de un sacerdote exorcista, intentando convencerlo para ver si podía volver de nuevo a EEUU a ayudarles. 

 —De verdad que me gustaría poder ayudarte, hijo —contestó el padre De Luca—, y más siendo primo de mi buen amigo Dominic. Pero ahora mismo la Iglesia... nuestras filas... —dudó al elegir las palabras—, están sometidas a un... proceso de "reestructuración" que requiere de nuestra presencia aquí.

La conversación prosiguió con Tomaso insistiendo sobre la importancia de lo que estaba a punto de suceder en la Gran Manzana; pero cuando De Luca le pidió más detalles y Belgrano le comentó que "era como si Dios mismo se lo estuviera diciendo", el exorcista cambió su tono, se disculpó de manera educada y colgó. "Mierda", pensó Tomaso, "creo que me he pasado de vehemente...". Decidió dejar pasar un tiempo antes de volver a intentar hablar con el padre Giuliano.

Pero volvió a llamar a su primo, a Dominic, interesado por el "proceso de reestructuración" del que le había hablado De Luca. Si aquello había dejado prácticamente sin exorcistas a todo el mundo, debía de tratarse de algo muy gordo. Bonelli dudó y le contestó con evasivas, pero ante la insistencia de su primo no le quedó más remedio que ceder. Al parecer, se había demostrado por fin que las mujeres tenían una mayor capacidad para realizar exorcismos que los hombres, y ese hecho había causado conmoción en las filas de una entidad (los exorcistas, y por extensión, la Iglesia) profundamente reaccionaria y machista.

 —Por lo que he oído —prosiguió Dominic bajando instintivamente la voz—, ha estallado una verdadera guerra en el seno de la Iglesia entre los partidarios y los detractores de incorporar a las mujeres a las filas de los exorcistas.

"Con la mierda hasta el cuello", pensó Tomaso, "y que tengamos que aguantar esto a estas alturas". Dio las gracias a su primo por la información, y prosiguió:

 —Pero, Dominic, tengo un amigo, un muy buen amigo, que necesita con urgencia los servicios de un exorcista. Si los sacerdotes se han marchado a Roma, ¿no podríamos conseguir los servicios de otra persona? ¿Un iniciado? ¿Quizá una mujer, como has dicho?

Dominic calló durante unos segundos, consternado. Tomaso insistió, subrayando la urgencia del asunto, y su primo transigió por fin, pero antes exigió una vídeoconferencia para ver a Patrick y hacerle unas preguntas. 

En poco tiempo, Patrick y Tomaso hablaban en una videollamada con Dominic, y tras conversar unos minutos, este les comentó que seguramente podrían conseguir los servicios de alguna "monja dotada" en alguno de los tres conventos de Manhattan. Uno de los tres conventos era el de la Iglesia del Redentor, donde se encontraba internada Lupita. Patrick insistió en que se encontraran al día siguiente a primera hora, pero Dominic se excusó, diciendo que tenía una audiencia con el Obispo y no podría ser hasta la tarde. El profesor le pidió que hiciera todo lo que pudiera para posponer la audiencia y acudir al convento a primera hora, quizá incluso hasta rayar en la mala educación con su insistencia, ante lo cual, Dominic no le prometió nada.

Sigrid, mientras tanto, recibió por fin una llamada de Ramiro. Este se disculpó por no haberle podido coger el teléfono, pero había tenido unas últimas horas realmente difíciles. Poco después de llegar a Viena, el grupo de Jacobsen y de la logia europea se había reunido con Franz Liszt, que era el Bibliomante cuya biblioteca había sido saqueada. Sigrid sintió un escalofrío, al reconocer el nombre de una vida anterior. Durante la reunión, alguien les había atacado, realizando descargas de poder a diestro y siniestro. Afortunadamente, algunos de ellos (incluido el propio Franz Liszt) habían podido escapar y ponerse a salvo en un sitio llamado "Hotel Orfeo".

 —¿Cómo? —dijo Sigrid, sorprendida—. Repíteme el nombre.

 —"Hotel Orfeo", ¿por qué?

 —No lo sé muy bien, pero ya sabes que no creo en las casualidades, Ramiro, y últimamente me he encontrado ese nombre demasiadas veces. Salid de ahí en cuanto podáis, por favor.

 —Sí, no te preocupes —la tranquilizó Ramiro, con un deje de extrañeza; y bajó la voz:—, mañana intentaremos recuperar la Biblioteca de Liszt y rastrearemos los ejemplares que se hayan llevado, así que no creo que pasemos aquí mucho tiempo.

Sigrid aprovechó para comentarle también que había hecho que Esther viajara hasta Londres, preocupada por los dos extraños que habían sido grabados borrosamente por las cámaras de seguridad de su tienda. Ramiro intentó tranquilizarla sobre eso también, asegurándole que "Martha e Irving la cuidarían bien". Sigrid se relajó, ante la mención de sus dos viejos amigos.

Derek destinó a una pareja de agentes de la CCSA a vigilar el apartamento de Tomaso donde se encontraba Jimmy "el Sonriente". Pidió también que le consiguieran unos planos más antiguos del alcantarillado, para ver si podía fijarse en algún túnel que hubiera sido cegado y que condujera bajo el edificio en un nivel inferior, pero le informaron de que no había planos más antiguos que los que ya tenían.

Esa noche, en el hospital, un susurro despertó a Patrick. Su mujer hablaba en sueños, con aquella voz grave y horrenda. El profesor se concentró, e intentó observar el aura de su esposa. Pero algo fue muy mal; de repente, una sensación de extremo vértigo y náuseas lo dejaron inconsciente.

Se despertó cuando el teléfono vibró y sonó en su bolsillo, mareado y con un fuerte dolor de cabeza. Cuando al otro lado de la línea el padre Dominic le informó de que no podría acudir al Convento hasta las seis de la tarde, Patrick explotó y le habló de muy mala manera. Acto seguido, Dominic llamó a Tomaso para tratar de que este tranquilizara a Patrick, cosa que consiguió a medias, haciéndole ver que sin su primo, sería imposible conseguir ayuda de las hermanas del convento.

Por fin, el sábado había llegado, y Sigrid debía hacer frente a los encargos de van Dorn y de Jacobsen. Reunidos todos de nuevo en la CCSA, decidieron que Sigrid acudiría a la reunión de las doce del mediodía (la de van Dorn) y Patrick se reuniría con Taipán a las tres de la tarde, fingiendo ser el enviado de Jacobsen. Tomaso le quitó la petaca a Patrick en un brusco gesto, viendo que el profesor se estaba pasando con los tragos; no serviría de mucho, porque este pronto compraría otra.

Después de la reunión, Derek y Tomaso partieron con varios efectivos de la CCSA de nuevo hacia las alcantarillas, donde con un martillo neumático intentarían perforar el primero de los muros para franquearse el paso hacia el edificio del albergue Orfeo. Al cabo de unas pocas horas, conseguirían hacer el hueco suficiente en el muro para pasar, y unos cuantos metros hacia delante llegarían hasta la rejilla en el techo que daba acceso a la subida al jardín del albergue. La rejilla estaba asegurada con cadena y candado, así que tendrían que volver con una buena cizalla o una radial, pero al menos ya sabían que contaban con la posibilidad de acceder por allí.

Mientras tanto, Sigrid acudía a mediodía al "albergue". En la verja exterior, dos guardias solicitaron ver su tarjeta, y la anticuaria la mostró. No le pidieron nada más de momento, y le franquearon el acceso. Pasó al jardín interior, y un camino recto de unos veintipocos metros la condujo hasta la puerta giratoria que daba acceso al edificio. Varias cámaras observaban sus pasos. Tras atravesar la puerta giratoria, fue recibida en un vestíbulo decorado de forma sorprendentemente moderna por tres tipos, todos muy bien vestidos: dos muy fornidos (casi tanto como Derek), y otro que parecía un gigante aun al lado de sus dos compañeros; Sigrid reprimió un respingo cuando el tipo gigantesco parpadeó y la miró; aquella no era una mirada ni un gesto humano, sin duda se trataba de una especie de autómata a semejanza de aquella Tina Lovac que los había perseguido en la otra realidad. Los dos guardias menos grandes se dirigieron a ella con una sonrisa en la cara, y uno de ellos, un tipo atractivo con perilla y pelo largo, le pidió amablemente su tarjeta. Sigrid se la proporcionó, y a continuación se la pasó al enorme autómata; este observó la tarjeta durante unos cuantos segundos, y finalmente asintió silenciosamente y se guardó la tarjeta en un  bolsillo interior.

 —Bienvenida —dijo el tipo de la perilla, con su atractiva sonrisa—, disfrute de su estancia.

Sigrid soltó un suspiro de alivio, y se dirigió a la recepción, donde dos mujeres atendían a los clientes. Una de ellas le pidió su nombre, y no tardó en encontrar su cita.

 —Aquí está, Sigrid Olafson —dijo—. Su reunión tendrá lugar en el reservado número 3 de la cafetería, puede pasar, la tiene al fondo a la izquierda.

Atravesó la cafetería, donde había varias personas tomando unas copas, hasta una puerta donde figuraba la inscripción "R3". Pasó y se sentó, abriendo el maletín con su material, sus catálogos y documentación. Al cabo de unos minutos, se abrió la puerta, pero no era una mujer la que llegaba, sino un hombre: ¡el propio Salvatore Leone!, a quien la anticuaria reconoció por las fotos que habían visto en la CCSA. "Algo ha ido mal", pensó, "¿debería huir?". Sopesó todas las opciones que tenía, pero viendo que era imposible escapar de allí sin enfrentarse a los gorilas del vestíbulo y más tranquila cuando Salvatore le sonrió y se sentó, desechó la idea.

 —Estoy encantado de conocerla, señora Olafson —al menos la conversación empezaba amistosamente—. Su fama como marchante de libros es... como decirlo... muy importante. Permítame que me presente —alargó su mano, que Sigrid estrechó—, soy Salvatore Leone.

Salvatore explicó que llevaba muy poco tiempo en "el mundillo" (Sigrid no supo demasiado bien a qué se refería, pero prefirió no abundar en el tema), y que ella era muy "admirada" en los círculos que presentaban interés por las antigüedades y, concretamente, por los libros.

 —Como ve, hemos construido aquí un refugio para la gente que desempeña... ciertas actividades, usted ya me entiende —Sigrid asintió, con el rostro serio—. Y a mí... a nosotros... nos gustaría saber que podemos contar con sus servicios, si eso no entra en conflicto con su deber para con Paul van Dorn, claro.

 —Mi relación con van Dorn no es problema —contestó Sigrid con su habitual aire de superioridad—. Evidentemente soy libre de aceptar otros encargos, señor Leone.

 —Me alegra oir eso, señora Olafson; siendo así, aquí tiene mi tarjeta —Salvatore alargó un trozo de cartón hacia Sigrid, y esta hizo lo propio con una de sus tarjetas—. Muchas gracias por su atención, estaremos en contacto. Encantado.

Salvatore se marchó del reservado, y pocos momentos después llegaba "Taipán" (no era más que un apodo, el nombre de una de las serpientes más venenosas del mundo), una menuda pero muy bella mujer vietnamita que debía de rondar los treinta y cinco años y que Sigrid reconoció al instante gracias a las fotos que van Dorn y Jacobsen le habían proporcionado.

Tras proceder a las oportunas presentaciones, Taipán sacó de su maletín la "joya" que iba a presentar para su compra a muy poca gente. Desenvolvió un paño de algodón, y reveló un libro bastante ajado y sin inscripciones  en la cubierta ni en el lomo.

 —Esto, señora Olafson —dijo la vietnamita—, es un verdadero tesoro. Al parecer, Napoleón Bonaparte escribió un diario secreto durante sus campañas, y me atrevería a decir que se pueden contar con los dedos de una mano las personas que conocen su existencia...

Alargó el manuscrito hacia Sigrid, y esta sacó su lupa y su portátil. Efectivamente, el libro estaba manuscrito en francés, e incluso presentaba algunas ilustraciones; en una página, la anticuaria pudo ver un esbozo de las pirámides de Guiza. Tras unos veinte minutos de análisis y cotejo, Sigrid concluyó con cierto asombro que el libro era efectivamente auténtico; pudo traducir algunos pasajes que efectivamente daban a entender que se trataba de un diario muy personal de Napoleón. Taipán observó todo el proceso bebiendo una copa de vodka y con una media sonrisa.

 —Efectivamente —anunció Sigrid—, es auténtico y sorprendentemente desconocido. Estoy en posición para ofrecer por cuenta de mi cliente dos millones ochocientos mil dólares —sus cálculos de tasación ascendían a unos tres millones—.

Los ojos de la vietnamita brillaron al escuchar la oferta, pero mantuvo el semblante lo más inexpresivo posible. Le dio las gracias a Sigrid, y le dijo que la avisaría en cuanto terminara la ronda de contactos. Acto seguido, le dio las gracias y se despidió.

Timofei Nóvikov
Sigrid recogió todo su material en su maletín y salió del reservado. Apenas había dado unos pasos cuando oyó una voz a su espalda, que reclamaba su atención. Se giró, y se quedó helada; aquel que le hablaba y que se dirigía hacia ella no era otro que Timofei Novikov, el ruso que en otra vida le había dado el escarabajo de acero que era capaz de detener balas al vuelo. Tuvo que recordarse a sí misma que esta era otra existencia, y no se conocían de nada.

No obstante, Novikov sí que parecía conocerla, pues la llamó por su nombre, y se presentó. El ruso lucía exactamente el mismo aspecto peligroso que Sigrid ya conocía, y sin duda conocía el motivo de su presencia allí. Novikov se presentó con un nombre falso y la invitó a tomar algo; se sentaron.

 —Señora Olafson, no me andaré con rodeos; sé por qué está usted en este... "albergue", y me interesa saber a cuánto asciende la oferta que le ha hecho a Taipán.

Sigrid rebulló en el asiento, incómoda. Pero finalmente optó por decirle la verdad. Acto seguido, Novikov sacó de su bolsillo una chequera, y pidió un bolígrafo a uno de los hombres que lo escoltaban. escribió algo en ella, arrancó la hoja y se la ofreció a Sigrid.

 —Es un cheque por valor de dos millones ochocientos mil dólares extendido a su nombre —aclaró el ruso—. Lo podrá cobrar sin problemas si le transmite a van Dorn que no merece la pena comprar el libro de Taipán.

Sigrid aceptó; ¿qué otra cosa podía hacer? Además, ¿qué importaba proporcionarle aquel libro a van Dorn o no? Era un trato extremadamente lucrativo. Estrecharon las manos, y Sigrid cogió el cheque mientras se levantaba.

 —Solo una cosa más —se despidió Novikov, haciendo un gesto hacia su bolígrafo—; como usted comprenderá debo cubrirme las espaldas, así que esta conversación ha sido grabada.

 —Por supuesto; no tiene usted de qué preocuparse, señor Novikov.

Sigrid le dedicó la mejor de sus sonrisas, mientras notaba la confusión del ruso cuando se dirigió a él por su nombre real. Una pequeña victoria; pírrica, pero la hizo sentir mejor.

En ese mismo instante, Patrick sintió un vértigo que iba mucho más allá de la simple sensación física. Algo había ido tremendamente mal. Temió por sus amigos, pero a través del vínculo kármico detectó que estaban todos bien, así que debía de haber sido algo distinto.

Los demás sintieron la angustia y posterior alivio de Patrick a través de su vínculo, incluida Sigrid, que más tarde relacionaría junto a Patrick el momento de la aceptación del trato con Novikov como el acontecimiento que había desatado la angustia del profesor. Ya en la CCSA, Sigrid adiestró en una escasa media hora a Patrick en lo que tenía que hacer para aparentar ser un experto en libros antiguos; tenía mucho ganado, pues ya sabían de qué libro se trataba y en cuánto había sido tasado. Hablaron también del hecho de que ese libro era algo importante, y no parecía bueno para nadie que cayera en manos de Novikov.

Así que Patrick llegó puntual a las tres de la tarde al Albergue Orfeo, justo en el momento en que Derek y Tomaso conseguían llegar a la reja encadenada que les separaba del acceso al jardín. Al contrario que Sigrid, Patrick no reparó (afortunadamente, dada su fobia a la inteligencia artificial) en que el gigantón de la entrada era en realidad un autómata, y accedió a la recepción. Allí surgió algo de lío, porque el registro de la reunión estaba también a nombre de Sigrid. Tuvo que llamar a esta por teléfono y contestar a algunas preguntas incómodas antes de que le admitieran como sustituto de ella. Pero finalmente, pocos minutos después se encontraba en el mismo reservado de la cafetería, esperando a Taipán. Cuando la vietnamieta llegó esbozó una sonrisa irónica, bromeando con que "la señora Olafson parecía muy ocupada", y que esperaba que Patrick le hiciera justicia. El profesor procedió a ejecutar el paripé que Sigrid le había enseñado cuando Taipán le alargó el libro, y teniendo presente lo que había sentido cuando su amiga había renunciado al libro, tomó una decisión; "ese libro no puede caer en malas manos bajo ningún concepto", pensó.

 —Mi cliente está en posición de ofrecer tres millones y medio de dólares —dijo gravemente.

 —Y, si no le molesta la pregunta... ¿quién es ese cliente del que hablamos? —la sonrisa traviesa volvió a acudir a los labios de la mujer, y la hacía endiabladamente atractiva.

 —El señor Emil Jacobsen, evidentemente.

Taipán clavó sus profundos ojos marrones en los de Patrick durante unos segundos, obervándolo valorativamente. Finalmente asintió y, dándole las gracias por la generosa oferta, se despidió diciéndole que le llamaría ("a él o a Sigrid, jejeje")  en cuanto hubiera recibido todas las ofertas. El profesor salió del hotel sin más problemas; afortunadamente, Novikov no apareció; quizá esperaba de nuevo a Sigrid y que fuera él en su lugar había trastocado sus planes; Patrick esperaba que fuera así...




miércoles, 13 de mayo de 2020

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 5

El Suicidio de Helen. Refugiando a Jimmy.

Helen Atkin, la esposa de Patrick
Aún pasaron un buen rato en las alcantarillas, buscando recovecos y posibles pasadizos disimulados por donde pasar hacia los subterráneos del edificio gótico al que, según la tarjeta que ya obraba en posesión de Sigrid, habían dado en llamar "Albergue Orfeo"Patrick y Derek se dedicaron a buscar en los alrededores del primer muro, mientras que Sigrid y Tomaso lo hacían en torno al segundo.

Finalmente, Sigrid palpó algo que le pareció una trampilla en el suelo bajo el agua opaca y sucia del túnel donde se encontraban. Así lo transmitio a Tomaso, pero por más esfuerzos que hicieron, la fuerza del agua, unida a la repugnante suciedad y a la escasa visibilidad hicieron que finalmente desistieran de intentar acceder a la trampilla. Lo dejaron para una mejor ocasión, cuando trajeran un equipo más adecuado para abrirla. 

Fatigados, el grupo al completo se reunió a la salida de las alcantarillas, donde esperaban varios operarios de la CCSA. Sigrid compartió con los demás su descubrimiento, y decidieron que volverían a intentar abrir la posible compuerta; eso sí, Derek mostró sus dudas, porque en los mapas del alcantarillado no habían visto ningún acceso a la zona en un nivel inferior.

Mientras se encontraban cambiándose y aseándose en la carpa, Patrick oyó una voz a sus espaldas.

 —¿¿Esto es lo que haces, Patrick?? ¿¿En serio?? —era su esposa, Helen—. ¡¿Me dejas tirada, y dejas tu trabajo con nuestra hija poseída?! ¡Sabes que hay que pagar el convento, ¿no?! ¡¡Eres un malnacido y un desagradecido!! ¡¡Malnacido!!

Patrick miraba a su alrededor, afrontado, y Helen salió corriendo, entre sollozos y gritos de rabia. El profesor restó importancia al episodio, y afirmó que "ya lo arreglaría al volver a casa", encogiéndose de hombros. Volvieron a la CCSA, donde descansaron merecidamente durante un par de horas.

Por la tarde, Sigrid recibió un mensaje, que le daba instrucciones para recoger un paquete de parte de Emil Jacobsen en una de las oficinas de FedEx. Lo recogió rápidamente, y de él extrajo la mima foto de la tal Taipán que ya le había enviado Paul van Dorn, y el habitual dossier con instrucciones para la operación. Sigrid ya era persona de confianza de Emil, y sabía que este confiaba en ella para saltarse las instrucciones del documento si lo juzgaba conveniente; pero si se enteraba de que estaba haciendo negocios con van Dorn a la vez... un escalofrío le recorrió la columna vertebral solo de pensarlo; "no vale la pena preocuparse, saldré de esto, como siempre", pensó. En el fondo del paquete, como ya sospechaba, había también una pequeña tarjeta dorada, también idéntica a la que ya había recibido de van Dorn. La miró fijamente durante unos segundos, abstraída; acto seguido, soltó un suspiro, metió todo en el paquete y se encaminó junto con Jonathan hacia la Biblioteca Pública, a leer todo lo que pudiera.

Tomaso, por su parte, llamó a Jimmy "el sonriente", pero este no le contestó. Al cabo de una hora aproximadamente, el guardaespaldas le devolvió la llamada. Hablaba en voz baja.

 —Me están siguiendo, Tomaso, estoy en peligro. Me tienes que ayudar, por favor.

Quedaron en una esquina del West Side, previa advertencia de que debería esconderse bien y evitar que nadie le siguiera. Tomaso disponía de un apartamento seguro en Brooklyn, por si en algún momento había alguna emergencia, y había llegado el momento de utilizarlo. Derek lo llevó hasta el punto de encuentro. 

Allí, en un portal, en la sombra, se encontraba Jimmy. Corrió hacia el coche, como le indicaba Tomaso, y entró rápidamente. Le dieron ropa nueva, y detectaron un localizador en su zapato, así que tiraron el calzado por la ventana y le proporcionaron un nuevo par. Le preguntaron por el "albergue", pero él poco les pudo decir; había entrado unas pocas veces acompañando a Luciano, el hermano pequeño de Salvatore, y allí había presenciado (incluso participado) en sus orgías. Pero había áreas en las que incluso él tenía vetado el acceso, y no tenía ni idea de qué se llevaba a cabo en ellas. Eso sí, sabía de buena tinta (aunque no lo había visto con sus propios ojos) que gente muy importante había visitado en los últimos tiempos el Albergue, y entre ellos se contaba el mismísimo alcalde de Nueva York, Dan Simmons.

Dando un par de vueltas, llegaron por fin al apartamento de Tomaso en Brooklyn, donde dio instrucciones concretas a Jimmy para que no saliera y mantuviera el móvil apagado para usarlo solo en caso de emergencia extrema. Jimmy se lo agradeció encarecidamente, llamándolo "fratello" ("hermano", también era italiano)  y abrazándolo.

Por la noche, la agente Lewis proporcionó a Derek un dossier con las direcciones de Patrick O'Leary y Saul Elvas, los dos periodistas que se habían hecho eco de la muerte de Howard Clarkson, misteriosamente sin rastro. Patrick, por su parte, se fue a casa, sin ninguna gana de llegar allí. Pero cuando llegó se le heló la sangre. Su mujer se encontraba tendida en la cama, sin respirar, con los ojos abiertos y la mirada perdida, y un bote de pastillas vacío sobre la mesa.

El profesor se precipitó hacia la botella de whisky, de la que empezó a dar largos tragos mientras llamaba a una ambulancia e intentaba hacer reaccionar a su mujer a base de palmadas en la cara. Le metió los dedos en la boca, pero no hubo manera de que vomitara. Cuando la ambulancia llegó, no tardó en reunirse un grupo de vecinos curiosos, que murmuraban muy serios, mencionando sus continuas discusiones estos últimos días. Los ojos de Patrick estaban húmedos, y no solo por el efecto de la bebida; no esperaba que Helen intentara suicidarse, y se sentía como una mierda. Y apestaba a whisky, cosa que los vecinos y los sanitarios no tardaron en percibir. Subió a la ambulancia y se dejó llevar, en la bruma de la embriaguez.

El ruido de los electroshocks que aplicaban a Helen le sacó de su ensimismamiento.

 —¡Diablos! —gritó alguien, un tipo vestido con bata—. ¡No hace efecto, no hace efecto! ¡La perdemos!

 —Solo un intento más, Mike —contestó su compañero, un poco desganado—. Si no, mala suerte.

Algo se removió dentro de Patrick. Sobreponiéndose al mareo y el embotamiento, hizo uso de sus extrañas habilidades, vestigio de una vida pasada. Percibió los átomos que componían las placas del electroshock, los flujos de corriente eléctrica, la respiración entrecortada del sanitario, la circulación sanguínea detenida de su mujer, el calor que se extinguía de su cuerpo... e hizo bailar todo eso y muchas cosas más cuando la descarga sacudió el cuerpo de Helen; la electricidad se dirigió de forma precisa a su corazón y a su cerebro.

 —¡Hay pulso! ¡Hay pulso! ¡Respira! —gritó el compañero, más animado—. Increíble Mike, no habría dado un centavo por que esta mujer viviera.

Una lágrima resbaló por el rostro de Patrick, cuyo cuerpo empezó a doler con fuertes pinchazos; la maniobra había requerido un nivel de esfuerzo supremo, y había tensado dolorosamente cada uno de sus músculos, sobre todo los de la espalda. Se dejó caer agotado, dolorido y ebrio. Pasaría esa noche en el hospital, como buenamente pudiera.

Mientras tanto, Sally y Tomaso, ignorantes de la epopeya de Patrick y previamente ayudados por el propio profesor, investigaban todo lo posible sobre la tal Taipán. No encontraron demasiado. Al parecer, era vietnamita y en unos círculos muy reducidos se la mencionaba como ladrona y contrabandista que hacía uso de muy malas artes para sus negocios. Si esa era la mujer con la que tenía que tratar Sigrid, la anticuaria tendría que tener mucho cuidado.

Esa misma noche volvieron a la CCSA los agentes Margaret y Stuart, procedentes del lugar donde se había producido el atentado contra Weiss, Crane & Assocs. Informaron de que había acudido mucha gente muy influyente por allí.

 —No teníamos ni idea de que WCA fuera tan importante —dijo Margaret—. Allí acudió la flor y nata: concejales, dirigentes de grandes empresas, el gobernador, el alcalde...

Según informaban todos los medios, y también la policía, el atentado se había producido por medio de una bomba fabricada con explosivo plástico pero que parecía de fabricación casera, y había afectado al menos a una docena de trabajadores del bufete además del personal de limpieza, mantenimiento, etcétera. Y todo eso, a las dos de la madrugada... nada común.

De madrugada, Patrick llamó a los padres de Helen, Robert y Martha. Estaba borracho, y sus explicaciones debieron de ser bastante confusas. Creía recordar que Martha había empezado a llorar mientras hablaba, y suponía que saldrían hacia Nueva York lo antes posible. Se sentía como una mierda, y mientras la cabeza le daba vueltas, se quedó dormido.

Amaneció por fin el viernes 30 de diciembre. Sigrid se dirigió a la Biblioteca y Patrick permaneció en el hospital junto a su mujer. Llamó por fin a los demás para explicarles lo que había ocurrido, y para decirles que todo estaba bien, que no se preocuparan.

Derek ordenó preparar el operativo para buscar y abrir la puerta de la alcantarilla con la que había dado Sigrid. Reunir la maquinaria y el equipo necesarios llevaría algo de tiempo, mejor empezar cuanto antes. Por la mañana, Tomaso y él mismo acudieron a visitar los domicilios de los periodistas que habían conseguido la noche anterior. 

El primero se encontraba en Bronx, y cuando llegaron allí vieron que la casa se encontraba a la venta. Preguntaron a los vecinos, y les contaron que O'Leary se marchó de repente, sin avisar y sin dar ninguna señal, hacía unos tres meses. La dirección de Saul Elvas se encontraba en Queens, y al llegar se encontraron con que la casa había sido pasto de un incendio y todo lo que quedaba eran unas ruinas ennegrecidas. Los vecinos les contaron que Elvas no era una persona muy sociable y que el incendio había ocurrido hacía unos tres meses. Derek y Tomaso se miraron, suspicaces. Según les informaron, Elvas había sufrido quemaduras muy graves y había sido evacuado en una ambulancia, seguramente hacia el hospital St. Louis.

Por la tarde, Tomaso y Derek, acompañados de varios operativos, volvieron a las alcantarillas, donde montaron de nuevo la carpa y entraron con equipo de buceo y linternas potentes. Ya ante el segundo muro, Tomaso se sumergió, y lo que habían tomado por una trampilla en realidad era una tapa de alcantarilla, que debía de llevar a un colector en una cota inferior. Haciendo uso de las palancas que habían traído y con muchísimo esfuerzo, consiguieron abrirla. La corriente de agua resultante casi se lleva por delante a Tomaso y a Derek, pero ayudándose mutuamente pudieron evitar caer a plomo por el hueco y esperar a que el agua se estabilizara, agotados. Una vez todo calmado, Tomaso se descolgó con ayuda de una cuerda y arnés. Quince metros más abajo llegó a otro colector que discurría en perpendicular al túnel de arriba (no se dirigía hacia el edificio, pues) y por él dicurría un nutrido flujo de aguas fecales. Decidieron dar por terminada la misión y volver a la CCSA a reponerse.

Mientras tanto, en la Biblioteca, Sigrid recibió a mediodía una llamada de Esther, su hija. Los recuerdos de la anterior encarnación acudieron a su mente, aturdiéndola. Esther le informó de que hacía un rato, un par de tipos con ojeras muy pronunciadas habían entrado en la tienda, mirándolo todo muy fijamente. Le habían dado "muy mal rollo", y al final ella y Lucía (la dependienta) habían tenido que insistirles en comprar algo o marcharse.

 —Salid de ahí ya, Esther —la instó Sigrid—. No os quedéis ahí ni un minuto más; cerrad, activad la alarma y salid hacia Londres.

 —De acuerdo, mamá —contestó Esther, sin discutir nada, detectando la urgencia en el tono de su madre—, no te preocupes, ahora mismo cerramos.

Aproximadamente un par de horas más tarde, Sigrid hablaba de nuevo con su hija, que se dirigía ya hacia el aeropuerto. Sigrid ya había podido ver las grabaciones de seguridad, y los rostros de los visitantes aparecían en todo momento difusos, igual que ya había pasado con el rostro de Pierre Lesnes en su visita a la tienda de Madrid en la realidad anterior, cuando había secuestrado a Esther para protegerla de sus enemigos. Esther también mencionó que los tipos hablaban muy raro; no un idioma raro, que a eso estaba acostumbrada, sino con una entonación y una pronunciación que no parecían normales. Sigrid insistió en que cogiera el primer avión a Londres; Lucía no podría, porque tenía una familia de la que cuidar, pero ahora lo importante era poner a salvo a Esther. A lo largo del resto del día, llamó varias veces a Ramiro por teléfono, pero no obtuvo contestación.

Más o menos también a mediodía, el vello de Patrick se erizó. Por pura casualidad, se le había ocurrido ver el aura de su esposa, y sin duda presentaba los primeros síntomas de una posesión. Corrió a recepción, donde habló con la encargada de planta, preguntando por las pruebas de posesión. La encargada le contestó que las pruebas habían sido realizadas sobre Helen Atkin, como era habitual en cualquier ingreso que hubiera implicado una cercanía a la muerte, y no habían revelado nada. De hecho, preguntó con cara de pocos amigos a Patrick por qué "ahora le venía con aquello", a lo que este contestó con evasivas.

Así que decidió acudir al Convento del Redentor, donde estaba ingresada Lupita, con la intención de encontrar algún exorcista con el que hablar. Allí le recibió la hermana Teresa, que intentó calmarlo, sin éxito. Patrick insistía en ver a un exorcista; según la monja, aquel no era el procedimiento, pero haría todo lo posible por ayudarlo; lo dejó esperando en una sala austera pero bien iluminada. Al cabo de una hora y media, la monja volvió, desolada; no había podido conseguir ningún exorcista. Estaban colapsados, como habitualmente pasaba, así que tendría que pedir cita, como todo el mundo. Frustrado, Patrick desestimó lo de la cita, pero pidió ver a Lupita. Por supuesto, lo condujeron hasta su celda. Allí, la niña presentaba su habitual aspecto enfadado y sombrío; mostraba cada vez menos su verdadero aspecto de niña adorable, y eso causaba un dolor indecible en el corazón de Patrick, que buscó inconscientemente la petaca en el bolsillo de su chaqueta; afortunadamente, no lo había traído. Su familia se había desmoronado..."¿Pero es mi familia?", pensó, "¿en serio?". Conforme pasaba el tiempo, los recuerdos de esta realidad se hacían más vívidos, y los de la anterior se difuminaban... "no voy a dejar que ocurra eso, ¡ni hablar!". Lupita, o más bien el ser que habitaba en su interior, pareció percibir la zozobra de Patrick, y esbozó una sonrisa malévola.

 —Tu mujer pronto estará con nosotros —dijo con una voz rasposa, muy distinta de la voz que debería tener una niña de seis años—. Y no podrás hacer nada por evitarlo, malnacido.

Malnacido. Así lo había llamado su mujer el día anterior. Patrick apretó los dientes, mientras no podía evitar que las lágrimas acudieran a sus ojos. 

 —Sé que has probado el sexo anal, malnacido —prosiguió el monstruo—. Y sé también que te ha...

A un gesto suyo, los guardias cerraron el ventanuco de la celda de Lupita. Se marchó, compungido, y volvió al hospital, donde realizó una visita al bar y llamó a Tomaso, para ver si este conocía algún exorcista. El italiano contestó que había tenido contacto con dos; uno de ellos había muerto, y con el otro había perdido el contacto hacía tiempo, pero haría todo lo posible por localizarlo. Patrick se lo agradeció, y pronto se quedó dormido ante su vaso, agotado después de dos días sin apenas dormir.



jueves, 30 de abril de 2020

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 4

En las Cloacas. Una Tarjeta Dorada.

En la CCSA y con Tomaso ya de vuelta después de despistar a sus perseguirores refugiándose en la iglesia de su primo, Derek pidió los planos del alcantarillado debajo y en los alrededores del edificio gótico de los Leone. Los planos llegarían al día siguiente. Investigaron también sobre la existencia en esta nueva realidad de Robert Mc Murdock y el Polvo de Dios. Al parecer, Robert se había retirado de la vida pública hacía un par de años y ahora vivía en su mansión de Suiza; del Polvo de Dios no había rastro por ningún lado; intentaron buscar también información sobre el polvo rojo procedente de meteoritos que en su vida anterior se había llamado komerievo, pero tampoco encontraron nada.

El Edificio Leone
Omega Prime contactó con Sally. Según les contó la periodista, los hackers se habían hecho con varias páginas borradas hacía tiempo en las que se reportaba que "una extraña columna de sombras" se había alzado del edificio Leone hacía quince años, en el dos mil.  Un poco más de investigación por parte del grupo, reveló que a lo largo del mundo habían sucedido acontecimientos muy similares. Concretamente, en el mismo año otra columna se había alzado en Varsovia, y en años anteriores y posteriores en Los Ángeles, Singapur, San Petersburgo, y sobre las pirámides de Gizeh. Cuando se enteró de esto, Patrick envió sendos correos a profesores amigos suyos en San Petersburgo y Los Ángeles, pidiéndoles ayuda veladamente sobre los eventos de las columnas de sombra.

Investigando un poco más sobre Casandra, la prometida de Salvatore Leone, no les costó nada averiguar que era una de las hijas del don de la familia Gambini, de Nueva Jersey. "¿Quizá se está gestando una alianza entre los Leone y los Gambini?", pensó Tomaso, interesado por las consecuencias que podía tener aquello en el equilibrio de poder en la Comisión.

Ya en casa, Patrick vivió otra de las habituales riñas con su mujer, Helen. Ella le echó en cara que últimamente no apareciera por casa y su extraño comportamiento en los últimos días. Lloraba desconsoladamente, y el profesor, con la habitual copa de whisky en la mano, descargaba su estrés y frustración sobre ella. El alcohol finalmente logró su efecto y Patrick durmió mientras su esposa se acurrucaba en otra habitación.

Sigrid, por su parte,  llamó a Ramiro, su marido, para ver si le podía dar algo de información sobre la existencia de "cábalas sexuales", porque gracias a los conocimientos adquiridos en la realidad anterior, sospechaba que quizá la relativamente nueva afición de Salvatore Leone a los servicios de prostitución tenía que ver algo con aquello. Ramiro le confirmó que conocía la existencia de adeptos de ese tipo, pero no le pudo dar ninguna otra información de interés.

El día siguiente Derek recibió los planos del alcantarillado y gracias a las habilidades bibliománticas de Sigrid, esta pudo leerlos sin problemas; indicó todas las salidas al recinto del edificio y las posibles entradas a una distancia razonable. También señaló varios túneles interesantes que pasaban justo debajo de la mole gótica. A continuación, el grupo entabló una larga discusión sobre la conveniencia de entrar o no al edificio. Sally se mostró especialmente precavida sobre el plan que propuso Derek: pedir un permiso para realizar una inspección del alcantarillado dentro del edificio.

 —Ahora mismo contamos con el factor sorpresa si decidiéramos acceder por el subsuelo —dijo la periodista, vehemente—; pero si entramos allí para inspeccionar las bocas de alcantarillado, es posible que lo único que logremos es llamar su atención sobre algo que ni siquiera habían reparado hasta ahora.

Todos vieron la lógica en lo que decía Sally, así que dejaron de lado de momento el plan de la inspección sanitaria. Aun así, Derek dio la orden para iniciar la tramitación del permiso; no haría daño tenerlo. En lo que sí se mostraron todos de acuerdo fue en pedir también un permiso para sobrevolar la zona en helicóptero. Si les denegaban el permiso o sucedía algo raro, desde luego sabrían a qué atenerse. Por tanto, iniciaron también el trámite del permiso de sobrevuelo.

A continuación, Derek destinó a los agenetes Margaret y Stuart para vigilar el entorno del edificio donde vivía Tomaso habitualmente (en ese momento le habían habilitado un despacho de la CCSA como habitación y dormía allí). No pasó mucho tiempo antes de recibir noticias: a mediodía los agentes reportaron que habían visto al menos a dos personas sospechosamente interesadas en la actividad del edificio.

Mientras tanto, Sigrid recibía una llamada de Emil Jacobsen. Después de afables saludos y frases amables, el bibliomante ordenó a Sigrid que reservara el sábado. Le informó de que tenía un negocio importante entre manos, y el sábado debería encontrarse con un contacto, una mujer, que le iba a proporcionar "una mercancía muy jugosa". Emil se despidió diciendo que le daría más información durante la semana, a medida que fuera concretando cosas.

Una vez acabada la reunión, Patrick se desplazó a las inmediaciones del edificio Leone para hacer uso de su especial habilidad para percibir alteraciones del continuo de la realidad. Y, efectivamente, detectó una alteración bastante importante por debajo del nivel del suelo. Agitado, volvió rápidamente para compartir la información con sus amigos. Eso le convenció de la conveniencia de acceder a través del alcantarillado, pues podría acercarse al punto de la discontinuidad y quizá averiguar más cosas.

Tomaso se dedicó a investigar más profundamente sobre el edificio gótico, y al cabo de unas horas dio con la información ocultista que había sospechado que existía, y que le apasionaba. El edificio había sido construido en el siglo XIX sobre una especie de templo de alguna extraña secta de la que no obtuvo referencias. Y durante las primeras décadas de su existencia había servido de refugio a diabolistas y personas acusadas de brujería. Se mencionaban posesiones en su interior, y la creencia durante muchos años de que el lugar estaba maldito (de ahí su uso como refugio de gentes malditas).

También investigaron acerca de la candidatura de Dan Simmons, que había devenido en su elección como alcalde. "El Hombre Malo" (en realidad no parecía apodarse así en esta existencia) se había presentado como candidato independiente, y aquella era la primera ocasión que un candidato independiente se había alzado con la victoria en una ciudad importante. Rascando un poco más, llegaron a un dato revelador: la empresa UltraMarket había sido una de las que había contribuido a la campaña de Simmons. Todos se miraron al descubrir este hecho y darse cuenta de que volvían a estar en el juego de un entramado corporativo con muy mala pinta.

Por la tarde, Sigrid se dirigió de nuevo a leer a la sección  de libros raros de la Biblioteca Pública, protegida por Jonathan, como ya había hecho en ocasiones anteriores. Las cargas bibliománticas le parecían más necesarias que nunca, y no podía dejar pasar la ocasión de obtenerlas ni un día más. Así pasó varias horas, y cuando se encontraba recogiendo para volver a la CCSA, recibió otra llamada importante: el nombre de Paul Van Dorn brillaba en la pantalla de su móvil. Se saludaron amigablemente, pero el rostro de la anticuaria no tardó en mudar a un semblante de seriedad cuando Van Dorn utilizó prácticamente las mismas palabras que Jacobsen e instó a Sigrid a reservar el sábado para "encargarse de un negocio importantísimo".

 —El sábado tendrás que encontrarte con la marchante, una tal "Taipán".

Sigrid intentó hacer ver que el sábado ya lo tenía cubierto, pero Van Dorn se mostró inflexible, y su voz tornó en un tono amenazador, así que la anticuaria no tuvo más remedio que callar y aceptar. Pocos segundos después de colgar, llamó a Ramiro de nuevo, pidiéndole información y consejo. Ramiro no pudo decirle gran cosa, sólo que la tal Taipán le sonaba de los corrillos ocultistas, pero poco más.

 —Ya te dije que no deberías jugar ese doble juego, Sigrid —le adviertió el librero español—. Si alguno de los dos se entera de que estás haciendo negocios con el otro, no sé lo que va a pasar. Es tu puñetero complejo de creerte más lista que los demás, espero que no tengas que arrepentirte... y además...

 —¿Además, qué, Ramiro?

 —Mañana salgo hacia Austria; parece que algo gordo ha pasado allí. Uno de los bibliomantes de la Logia Europea tiene algún problema y hay que prestarle ayuda.

Unos minutos después colgaron, recomendándose tener cuidado el uno al otro.

La mañana siguiente amaneció con todos los informativos reportando un atentado terrorista en el sur de Manhattan, concretamente en la sede de ¡Weiss, Crane & Associates! Todos sintieron un escalofrío; era la primera noticia que tenían sobre el bufete de abogados en esta encarnación. El atentado se había producido a las dos de la mañana, y lo más extraño era que se reportaban al menos diez muertos y otros tantos heridos en el personal de la empresa. ¿Era normal que trabajara tanta gente hasta altas horas de la mañana en una oficina del distrito comercial? Dirían que no, pero tratándose de WCA, sus mentes ya no podían sino pensar en algún tipo de conspiración. Derek no tardó en enviar a Margaret y Stuart a investigar en el entorno del bufete.

Poco después, Tomaso recibía una llamada telefónica de Jimmy el Sonriente.

 —Tomaso, ¿qué has hecho? —Jimmy parecía conmocionado— ¿qué has hecho, por el amor de Dios? Los Leone me han despedido, y no sé nada de los otros con los que estuvimos la otra noche de fiesta. Y creo que hay unos tipos que me siguen. Apenas me acuerdo de nada de aquella noche, joder qué resaca tenía. ¿Te dije algo que no debía? Tienes que ayudarme, colega, no sé qué pasa.

Tomaso le colgó rápidamente, diciéndole que él le llamaría, e informó al resto. A los pocos minutos, se encontraban montados en la parte de atrás de una furgoneta para que Tomaso contactara de nuevo mientras se encontraba en movimiento. Volvió a hablar con Jimmy, y quedó con él en encontrarse en un sitio público y controlado; el maleante insistió en que alguien le seguía y que tenían que verse cuanto antes, pero Tomaso le contestó dándole largas; aquello apestaba a trampa.  

Más tarde, el grupo decidió ponerse en marcha y dirigirse a explorar las alcantarillas del entorno del edificio Leone. Se pertrecharon con todo lo necesario, movilizaron a otros cinco agentes, y se dirigieron hacia allá. 

Justo en ese momento, Sigrid recibió otra llamada. Un mensajero tenía un paquete muy importante para ella. Decidió desviarse hacia su ático mienras el resto del grupo montaba la carpa y abría una de las bocas de alcantarilla para acceder al subsuelo. Una vez en su portal, se encontró con un muchacho joven, sin uniforme ni distintivo, que esperaba en conserjería. El chico le entregó el paquete y se marchó rápidamente llamando por su móvil, sin pedirle firma ni entregar justificante alguno. El paquete tenía como remite las iniciales "PVD"; Van Dorn. El paquete era una carpeta que contenía varios papeles; entre ellos, una foto de la tal Taipán, un informe con instrucciones sobre la negociación que debería mantener, y una tarjeta dorada, que llamó la atención de Sigrid. La tarjeta tenía varios hologramas impresos, seguramente también algún chip, y en letras de un dorado más oscuro, se podía leer:

ALBERGUE ORFEO
Uso Único

Abrió mucho los ojos. Sin duda, aquella era una de las tarjetas que proporcionaban acceso al edificio gótico propiedad de los Leone. Tras quedarse inmóvil unos segundos, guardó toda la documentación y volvió con sus compañeros, que no ocultaron su sorpresa cuando les enseñó la tarjeta. Una vez más, sus habilidades bibliománticas le permitieron leer los planos y junto con otro de los agentes guió a sus compañeros en la dirección del edificio.

Hasta que llegaron a un muro que no debería estar allí. El túnel donde se encontraban acababa abruptamente en una pared que era a todas luces más moderna que todo su entorno. Se miraron, suspicaces. Patrick no pudo detectar ninguna alteración del continuo de la realidad a pesar de que se encontraba mucho más cerca de lo que lo había estado en el exterior; pero era una habilidad traicionera, y esta vez casi se desmaya; el mareo resultante le duraría varias horas.

Sigrid vio en los planos una posible vía alternativa, y los condujo hacia allí. El camino era más difícil, con más agua, ratas y mierda. "Menos mal que llevamos equipo impermeable y máscaras", pensó Patrick, "si no, habría vomitado ya varias veces".

Distinto muro, pero mismo resultado: camino cerrado. Derek dio un puñetazo contra la pared. 

 —Hay una tercera vía —informó Sigrid, señalando un punto en el plano—, pero más impracticable aún.

Decidieron, ya que tenían el equipo adecuado, seguir la tercera vía. Esta vez el agua superaba la altura de su cintura, y en más de una ocasión sintieron algo que les rozaba las piernas. Hasta que tuvieron que detenerse de nuevo.

Limpiando el vaho del visor de su máscara antigás, Patrick maldijo en silencio; el paso estaba taponado por una reja de grueso acero que cubría todo el túnel; dejaba pasar el agua, pero nada más.


sábado, 11 de abril de 2020

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 3

Vigilando a Salvatore. La Emboscada.
Decidieron que el mejor curso de acción sería poner bajo vigilancia a Salvatore Leone; Derek aprestaría turnos de patrullas para controlar los pasos del maleante y Tomaso, por su parte, intentaría inquirir por medio de sus contactos en qué "negocios" se hallaba involucrado últimamente el bueno de  Salvatore.

Salvatore Leone,
hijo de Francesco Leone
Durante el turno en que Derek y Sigrid ejercían la vigilancia del capo mafioso, lo único reseñable fue que visitó junto con cuatro de sus hombres un lujoso burdel al norte del distrito. Nada denotaba que fuera un burdel a simple vista, pero un par de consultas en Internet bastaron para identificarlo como tal. Por investigaciones previas y por los contactos de Tomaso, habían averiguado previamente que Salvatore estaba prometido con una tal Casandra; los contactos de Tomaso incluso habían asegurado que Salvatore se había hecho muy aficionado a las prostitutas en los últimos tiempos. 

 —Haz todas las fotos que puedas, Sigrid —dijo Derek—. Quizá si tenemos evidencias de sus visitas a burdeles ganemos la ventaja que necesitamos para presionarle.

Patrick aprovechó para pasar ese día algo de tiempo con su mujer, Hellen, que llevaba realmente mal la posesión de Lupita, su pequeña hija adoptiva. Pero como por desgracia venía siendo habitual (en esta vida nueva), acabó bebiendo más de la cuenta y discutiendo con ella.

Por la noche, Tomaso se encontró con varios de sus contactos mafiosos para "tomar una copa". No fue solo una copa, porque quería hacerles soltar la lengua, y la noche se hizo larga. Habló sobre la yakuza, y su posible implicación en un crimen en Brooklyn (el asesinato de Robert Heart y su familia); Seb Castelli,  uno de sus compañeros, afirmó que eso "le parecía muy raro", y que "era imposible"; si los "putos japos" asomaban la cabeza por la ciudad, no tardarían en tener a La Comisón al completo arrancándoles la piel a tiras. "Interesante".

Fue otro de sus colegas de juerga, Jimmy "el sonriente" Duke, "proveedor de servicios" para la familia Leone, quien le comentó algunas cosas curiosas sobre Salvatore. Aparte de su aparente obsesión por el sexo con prostitutas, Jimmy le habló del nuevo negocio del "niño" (así llamaban al joven capo).

 —¿Por qué preguntas eso? —espetó el maleante, arrastrando las "s" más de la cuenta—. ¿Es por ese nuevo negocio en el que anda metido el "niño"? ¿No te has enterado? Parece que la familia Leone es la flamante nueva propietaria de un edificio, una antigua embajada de no sé qué país, y han montado una especie de hotel al que se accede solo por invitación.

Jimmy le proporcionó la localización del hotel, que luego, con una resaca terrible, Tomaso compartió con sus compañeros en la sede de la CCSA. En esa reunión, en la que también se encontraba Sally (a la que habían hecho miembro de la compañía a todos los efectos),  decidieron pedir a los Omega Prime que investigaran si Salvatore estaba metido en algún negocio que su padre Francesco no supiera. También comentaron las características del broche que habían encontrado en el apartamento de Robert Heart, y donde, por cierto, los científicos de la CCSA habían encontrado trazas de cianuro. Lo que sí parecía evidente era que el  broche tenía imaginería Yakuza, y no tardaron en relacionar eso con el Dan Simmons de antes de ra recreación; pero ni Patrick ni Sigrid creían que los asesinos japoneses fueran tan torpes como para dejar una evidencia semejante en el lugar del crimen, a no ser que alguien hubiera interferido en el proceso; no obstante, en el apartamento no había signos de enfrentamiento, con lo que para el procesor y la anticuaria, era evidente que aquel broche había sido "plantado" en la escena para desviar la atención o quizá para incriminar a los japoneses.

Derek no tardó en acercarse a la localización del edificio que había conseguido Tomaso. "Pintoresco, cuanto menos", pensó. El edificio lucía una línea gótica muy al estilo de los comics de Batman, casi parecía sacado de Arkham City. Era bastante grande, y ocupaba toda la manzana dode se encontraba. Las paredes eran austeras y en la planta baja no había negocios, lo único que se podía ver eran cristales tintados que no dejaban ver el interior. En lo alto, volutas y gárgolas se alzaban amenazantes. En realidad, ahora que Derek lo pensaba, no era raro encontrar estos edificios en Nueva York en esta nueva existencia; no era la norma, pero tampoco raro. Sin embargo, por lo que recordaba, los edificios góticos de este tipo no solían ser tan grandes como este. Tras un par de averiguaciones, pudo dar con el dato de que este edificio había sido en el pasado la embajada de Polonia. 

Mientras tanto, Sigrid se encontraba en la Biblioteca Pública de Nueva York, donde había obtenido recientemente acceso a la división de Libros Raros; ya era hora de obtener cargas para sus poderes bibliománticos, así que se puso a leer a toda prisa una copia de la Carta Magna, que podría completar en apenas dos días con su velocidad de lectura.

A mediodía, Derek recibió una llamada de Jonathan. El agente le informó de que Salvatore Leone se dirigía al aeropuerto acompañado de varios matones. El director salió hacia allá rápidamente; llamó a Tomaso por el camino, pero entre la resaca y la imposibilidad de llegar a tiempo, decidió acudir solo. Una media hora después se encontraba con Jonathan. Este le informó de que los mafiosos se habían encontrado con otros tipos que iban en otras dos furgonas, y juntos se habían metido en un área restringida del complejo. "Maldita sea", pensó el director, que optó por no jugársela intentando entrar con sus credenciales en un área restringida. Dejó encargada a una patrulla de vigilar la salida de aquella zona y se marchó hacia la CCSA con Jonathan, donde al atardecer comentó todo con los demás.

Ya reunidos por la noche, investigaron sobre el edificio. Después de haber servido como embajada, había sido reformado hacía diez años para servir como edificio de apartamentos, y recientemente, cosa de seis meses, había sido adquirido por una empresa llamada UltraMarKet. A partir de ahí, poco más pudieron averiguar, pues la empresa se perdía en un entramado de fondos de inversión, holdings e inversores imposible de seguir. Decidieron encargarle el trabajo a Omega Prime, que ya habían informado de que, aparte de lo habitual, no podían dar más datos sobre Salvatore Leone. Sally se encargaría de transmitirles el nuevo encargo: averiguar todo lo que pudieran sobre UltraMarKet y su relación con el edificio gótico de Manhattan.

Una vez acabada la reunión, Tomaso volvió a intentar tirar de contactos para intentar conseguir esa misma noche una tarjeta de invitación para el "hotel" de los Leone. Pero los pocos que habían oído hablar de aquello, incluso Jimmy "el sonriente", se hicieron los locos.

La mañana siguiente, Derek y Patrick se desplazaron a la morgue del distrito, con la intención de investigar más sobre la muerte del articulista de Nuevo Amanecer Howard Clarkson. Allí les recibió el anciano doctor Smith, que operaba los ordenadores de la oficina con cierta dificultad ante la ausencia de su ayudante, Randy. Efectuaron la búsqueda  en un intervalo de dos semanas alrededor de la fecha de la defunción, pero nada. No había ingresado ningún cadáver con ese apellido. Algunos Howards, pero todos bien documentados y ni aproximados a su perfil. Tampoco los no identificados coincidían en el tiempo ni en la descripción del suceso. Finalmente no tuvieron más remedio que desistir; podrían intentarlo en otras morgues más alejadas, pero Patrick tenía la firme sensación de que no serviría de nada.

Mientras tanto, Tomaso recibía  un mensaje en el móvil de "trabajo":

Nuevo encargo, donde siempre, a las once a.m.

Tomaso se vistió y arregló meticulosamente, como era habitual en él, y se dirigió a Strawberry Fields, al punto de Central Park al que se refería la frase "donde siempre". Su intuición no tardó en advertirle de que algo no marchaba bien, pero quizá demasiado tarde, pues ya se encontraba muy cerca.

Se detuvo. Fingió que alguien le llamaba al móvil. Y a los pocos segundos, vio cómo al menos tres individuos dejaban de fingir leer el periódico, pasear o lo que quiera que estuvieran haciendo y corrían hacia él mientras hacían ademán de sacar sus armas. 

Tomaso se precipitó a través de unos arbustos, mientras un par de balas silbaban muy cerca de él. En breves segundos llegó al muro que delimitaba el parque, y con ágiles movimientos (que por desgracia echaron a perder su elegante traje de Armani) trepó y se descolgó al otro lado. Pero antes esperó unos segundos, y cuando el brazo de uno de sus perseguidores asomó por encima del borde, retorció su muñeca y su codo hasta que oyó un grito de dolor procedente del otro lado; el matón se dejó caer y debió arrastrar a su compañero con él, porque el italiano oyó un par de aullidos de dolor. No se entretuvo más; corrió ignorando un par de semáforos en rojo, y se perdió entre los edificios del West Side. Desde allí se dirigió a la iglesia de su primo, Dominic Bonelli. Allí pasaría unas horas resguardado.

Por su parte, mientras Sigrid seguía con la lectura del manuscrito en la Biblioteca Pública, Derek y Patrick se dirigieron a la comisaría del distrito, muy cercana a la morgue de donde acababan de salir. Allí les atendió el sargento Sullivan, bastante malcarado y antipático; pero gracias a la labia de Patrick les concedió acceso con la credencial de la CCSA.

 —Pasen a aquel puesto de allá —dijo señalándoles a una mujer ya madura, muy maquillada—; Mildred podrá atenderles, pero no se alarguen mucho.

Con la ayuda de la simpática Mildred, procedieron a efectuar la búsqueda de los expedientes sobre Howard Clarkson, pero no había ningún registro informático, al igual que en la morgue. Pidieron acceder al archivo de registros físicos, y Mildred les acompañó. Pero en ventanilla les aseguraron que no constaba ningún registro con ese nombre. Finalmente, el sargento Sullivan les pidió bruscamente que se marcharan, harto ya de la presencia de aquellos dos tipos extraños de "sanidad" que ni siquiera traían una orden para poder buscar en los archivos.

 —Quiero que quede claro que esto es muy irregular, sargento —dijo Patrick, con aire digno—. Faltan informes sobre un asesinado en este barrio hace dos meses, y sepa que vamos a dar parte de ello.

Estas palabras acabaron de enojar al enorme sargento, que poco menos que los empujó fuera de la comisaría, indignado.

Con las opciones de la morgue y la comisaría agotadas, lo único que les quedaba eran los nombres de los dos únicos periodistas que habían escrito sobre la muerte de Howard Clarkson, Patrick O'Leary y Saul Elvas, ambos contratados por pequeñas publicaciones dedicadas al esoterismo y lo paranormal.



domingo, 22 de marzo de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 17

Hacia el Bastión Interior. En el Aglannävyr.
Galad no tardó en sostener la cabeza de Arakariann entre sus manos mientras elevaba quedamente sus súplicas a Emmán. Su dios no tardó en responderle, y un fulgor dorado calmó al elfo casi al instante, haciéndolo dormir plácidamente. El paladín informó a sus compañeros que Arakariann solo necesitaría unas horas de sueño para sanar del todo.

Superado un problema, tuvieron que afrontar el siguiente: los susurros eran allí mucho más intensos que antes de atravesar el muro al pie de la colina, y los nuevos prodigios que la gracia de Emmán había concedido a Galad, aunque suficientes para poder conciliar el sueño confortablemente,  no bastaban para que sus compañeros pudieran resistir con garantías la influencia de las voces durante un turno entero de guardia. Largo rato discutieron, acosados por los continuos bisbiseos, y finalmente decidieron que esa noche no harían guardias. Confiarían en las habilidades de Yuria para rodear el perímetro del lugar donde se encontraban (una posición ventajosa, en un antiguo descansillo intermedio de unas escaleras de mármol) de trampas de alarma, a lo que la ercestre se aprestó afanosamente durante una media hora. Después, con los susurros atenuados gracias a los hechizos del paladín y con la ayuda de una tisana tranquilizante, todos se echaron a descansar.

Galad y Symeon se despertaron al sentir una ligera, pero evidente, ola de frío de la que las mantas no les protegieron. Al despertar, los susurros acudieron de nuevo con fuerza, con lo que el paladín tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para invocar a Emmán y acallarlos de nuevo en el área. Optaron por despertar a todo el mundo, pues sin duda reconocían aquel frío, provocado por los engendros no muertos que una vez habían sido elfos. Otra breve oración permitió a Galad abrir su percepción a los posibles muertos vivientes que hubiera en los alrededores y, efectivamente, percibió a algunos cerca. No obstante, tranquilizó al grupo (que ya sentía el frío sobrenatural) cuando sintió que ninguno de ellos se acercaba peligrosamente al lugar donde se encontraban. "De algún modo les pasamos desapercibidos", pensó con alivio el paladín.

Una vez dieron por finalizado el descanso, sin más sobresaltos, se aprestaron en la oscuridad iluminada por las joyas a continuar su camino. Daradoth se encaramó hasta la parte alta del edificio haciendo uso de su Visión en la Oscuridad. Aparte de la mole del bastión central, en cuya muralla se alzaban varios campanarios, le llamaron la atención cuatro de los Aglannävryl, los enormes árboles monumentales oriundos de la zona. Los dos más cercanos y el que se alzaba al noreste un poco más allá del bastión central lucían las deformaciones causadas por la Sombra que ya habían visto en su camino hacia allí: las ramas estaban grotescamente retorcidas y las hojas se habían convertido en espinas, quizá incluso venenosas. Pero para sorpresa del elfo, el cuarto árbol, el que se alzaba más al noroeste, un poco más acá del horizonte de la colina, lucía un aspecto extrañamente saludable, como si la Sombra no hubiera sido capaz de tocarlo durante todos aquellos siglos. Volvió su mirada hacia el bastión central, y negó para sí mismo cuando vio dos figuras entre sus murallas que refulgían con un brillo azulado y blanquecino; no estaba seguro de si se trataba de no muertos o de demonios, pero el vello de su nuca se erizió, incluso a aquella distancia. Descendió y explicó lo que había visto a sus compañeros, que decidieron seguir la única vía que vieron posible: acercarse al Aglannävyr que lucía el aspecto normal e intentar refrescarse un poco allí, más cerca del bastión central. 

 —Con suerte podremos hallar algún templo o santuario que todavía no haya caído totalmente en manos de la Sombra —anunció Daradoth.

El camino fue trabajoso, como siempre a la mortecina luz de la Joya y el talismán de Galad y confiando en la visión de largo alcance de Daradoth. Se mantuvieron a una distancia prudencial del bastión interior, y finalmente llegaron a la salida a una gran explanada, cuyo propósito se había perdido en las brumas de tiempos pasados. Galad invocó a Emmán para que le revelara la presencia de posibles enemigos, y pudo notar que los alrededores del solar hervían de ellos. Así que decidieron dar un rodeo aún más largo al amparo de los edificios hacia el oeste.

Calculaban que se encontraban ya a medio camino de superar la explanada, cuando una onda de choque golpeó sus pechos, dejándolos casi sin aliento. Y unos segundos despues, otra. Y otra. Las acompañaba un sonido ominoso y potente que procedía del bastión interior. Cuando Daradoth tuvo la oportunidad de asomarse, pudo ver cómo las campanas de la muralla interior, otrora de vidrio transparente y de las que se decía que en la antigüedad sonaban límpidas como el rocío de la mañana, lucían ahora un profundo gris oscuro mientras eran tañidas y provocaban aquel estruendo tan desagradable. Algo se removía en el interior de todos ellos con cada badajazo; eso, unido a los susurros que acudían en los breves intervalos de silencio, empezó a crispar sus nervios. Los rostros de Faewald y Arakariann empezaron a mostrar muecas de tensión. "Debemos llegar al Aglannävyr cuanto antes", pensó Symeon, "no resistiremos mucho más".

Llegaron a las primeras raíces del enorme árbol con el sonido incesante. Las raíces pronto se hicieron tan altas como una persona, y después como dos, pero había senderos entre ellas. De repente, un graznido surgió desde lo alto. Daradoth alzó la vista. Un horrible pájaro parecido a un cuervo pero más grande y con los ojos rojos como ascuas les miraba, y a los pocos segundos comenzó a graznar como un poseso, remontando el vuelo. El vello de la nuca de Daradoth se erizó.

 —¡¡Corred!! —gritó el elfo—. ¡Hemos sido descubiertos! ¡¡¡Vamos, seguidme!!!

Celebdel,
demonio élfico de tiempos antiguos
Apenas llevaban unos metros de carrera cuando un ligero zumbido indicó que algo se había materializado tras ellos. Symeon, que había tenido cuidado de iluminar el camino a los más rezagados, no pudo evitar ver a los recién llegados. Dos Celebdel, demonios élficos ancestrales. Sus rostros horribles y lívidos y su aura de terror afectaron profundamente al errante que, presa del pánico, huyó corriendo a una velocidad endiablada.

 —¡Symeon! —gritó Yuria—. ¡¿Qué sucede?! ¡Daradoth, necesitamos guía!

Daradoth volvió hacia ellos, y entonces vio en la oscuridad las mismas figuras horribles que había visto Symeon. Solo que a él le habían atormentado en su infancia, como a otros muchos niños elfos, así que su espíritu se encogió de terror. Rompió a correr igual que había hecho Symeon, y ambos se perdieron en las tinieblas.

El aura de muerte que precedía a los demonios pronto afectó al resto del grupo, en especial a Galad y a Faewald, los más lentos de la compañía. Faewald quedó inconsciente por el efecto, y lo arrastraron entre los demás a duras penas. Mientras tanto, por delante, Symeon y Daradoth sufrían sendas caídas; el errante fue más afectado, y sufrió un duro golpe en la espalda que lo dejó inmóvil durante unos segundos. Daradoth, por su parte, se levantó con un fluido movimiento y continuó su carrera.

Con la tenue luz de su talismán alumbrando el camino mientras Yuria y él mismo acarreaban a Faewald, Galad notó cómo una mano etérea tocaba su nuca e intentaba hurgar en ella; los Celebdel debían de estar lanzando sus hechizos de destrucción  de la mente que había mencionado Symeon unos días atrás. Pero el paladín rechazó el toque inconscientemente, y la mano no logró su objetivo. Cuando llegaron a la altura de Symeon, uniendo las dos luces y tomando unos segundos de pausa, se dieron cuenta de que Ginnerionn ya no se encontraba con el grupo. Galad hizo amago de volver a por él, pero Yuria le convenció de que no lo hiciera cuando sintió una descarga considerable en el talismán de su cuello y a su vez el paladín sintió de nuevo que algo intentaba llegar hasta su mente. Así que continuaron con su carrera entre las raíces, con Symeon gimiendo de dolor.

Mientras tanto, Daradoth llegó a la entrada lateral de un santuario integrado en la parte oriental del Aglannävyr, que no habían visto antes. Subió precipitadamente las escaleras de mármol de profundos escalones, y atravesó el pórtico, huyendo desesperadamente de aquellos... se detuvo, calmado de repente. Además, el frío continuo y el estruendoso campaneo se habían visto atenuados sobremanera. En aquel lugar, la Sombra no había podido expulsar a la Luz todavía; en el interior de aquel templo la oscuridad ya no era tan acusada y, aunque la penumbra lo dominaba todo, ya era posible ver (a duras penas, pero ver al fin y al cabo) sin necesidad de un hechizo o una fuente de luz. Se regocijó en la sensación, pero entonces se acordó de sus compañeros y de los horribles engendros que había dejado atrás. Volvió al arco de acceso, deteniéndose en el escalón superior cuando vio aparecer enter las enormes raíces a sus amigos, mientras uno de los demonios se materializaba muy cerca de ellos y alargaba su mano hacia el grupo. Sintió un vuelco en el estómago cuando las horribles historias en las que sus tutores mencionaban a los Celebdel tomaron forma de nuevo en su mente; sin embargo, ver a sus amigos en peligro le hizo sobreponerse. Alzando su espada, invocó a voz en grito la ayuda de Nassaröth, mientras Yuria sentía de nuevo un calambre en el cuello, Arakariann sufría el ataque de un par de los enormes cuervos,  y Symeon caía inconsciente debido al aura de muerte de los demonios. Sendos rayos plateados cayeron del cielo directos a los engendros del Palio, causándoles el suficiente efecto como para permitir que el grupo subiera la escalinata y pudiera atravesar el pórtico de acceso al santuario, donde cayeron derrumbados de cansancio y estrés, pero reconfortados por la atmósfera más cálida del interior y por el alivio de no sentir los impactos de las campanadas. Daradoth entró tras ellos, mientras los demonios retrocedían a la oscuridad.

Tuvieron que apagar la luz de la Joya y dejar encendida solamente la de Galad, pues pronto se dieron cuenta de que aquel santuario estaba repleto de espejos que hacían rebotar los haces de luz y la potenciaban a extremos inimaginables. La tímida luz del amuleto del paladín se amplificaba tanto que bastaba para iluminar perfectamente todo el interior del enorme edificio. La disposición de los espejos era parecida a la que ya habían visto en el templo de Oltar, poco después de entrar en el complejo.

 —¿Lo notáis? —preguntó Taheem—. ¡No hay susurros!

 —Es cierto —contestó Yuria, con alivio; todos sonrieron cuando se dieron cuenta del silencio, roto solo por los ahogados impactos de las campanas del exterior.

Tras recuperar el aliento, devolver a Symeon a la consciencia y lamentar la pérdida de Ginnerionn, se aprestaron a explorar el lugar. En el centro del ala principal se alzaba un altar con una estatua dorada en el centro; tenía forma de mujer semidesnuda y sostenía sobre la palma de su mano un pequeño sol, así que al instante la reconocieron como Oltar. Alrededor del altar, donde se cruzaban cuatro pasillos entre columnas, había cuatro atriles. Tres de ellos estaban vacíos, pero sobre el cuarto resposaba un libro de gran tamaño. Daradoth leyó su título: "Las Vías de la Luz". Una escritura extremadamente pequeña y apretada sobre páginas enormes reveló la dificultad que tendrían para leerlo. Les pareció que no podían dejar pasar aquella oportunidad, así que un poco más tarde, cuando reanudaran el camino, Daradoth ataría el libro a su mochila y se lo llevaría.

Cerca del atril que quedaba por detrás de la estatua de Oltar pudieron ver también varios pedestales, y se les heló la sangre cuando sobre ellos reconocieron sendos cuerpos inertes e incorruptos de antiguos elfos. Los elfos tenían aspecto de nobles, y se encontraban totalmente equipados para el combate, pero a todas luces muertos; y de alguna manera se habían conservado perfectamente hasta ese día. Prefirieron no tocar ninguno de los cadáveres.

Al acercarse a las distintas puertas del enorme santuario (pues suponían que aquel era uno de los edificios que daban nombre al complejo) lo que vieron era muy diferente: una pequeña multitud de esqueletos todavía equipados con armaduras era todo lo que quedaba de una compañía de soldados elfos que habían luchado hacía muchos siglos defendiéndose de los invasores. Daradoth entonó una oración silenciosa por sus almas y tocó su frente con sus dedos índice y corazón, en el típico gesto élfico de respeto. Symeon escogió —con la aprobación de los demás— una espada y una diadema que parecían tener alguna capacidad especial y se dirigieron de nuevo hacia la parte interior, donde descansarían un buen rato.

Pero no pudieron reposar durante mucho tiempo, pues transcurridas apenas un par de horas comenzaron a oir (y sentir) unos fortísimos golpes que parecían impactar sobre la fachada delantera del templo. Un rápido y discreto vistazo bastó para que identificaran a tres de los grandes colosos utilizando algún tipo de artilugio para intentar destrozar las paredes del santuario. No parecían tener demasiado éxito, pero los pavorosos retumbos decidieron al grupo a poner tierra de por medio; así que se dirigieron hacia la parte trasera, donde Daradoth había visto desde el exterior que la construcción se unía al enorme Aglannävyr.

No tardaron en llegar a unas enormes escaleras que trazaban una prolongada curva hacia la izquierda. Los primeros escalones de mármol pronto dieron paso a otros construidos en una madera nívea y desconocida para todos ellos, cada vez con una forma menos geométrica y más orgánica. El entorno arquitectónico dio paso a un entorno más natural, donde pronto empezaron a ver los primeros signos de las raíces del enorme árbol. Poco a poco la escalera se iba integrando en el entorno, como si creciera desde el propio árbol en lugar de estar tallada o construida. No obstante, la sensación de mayor calidez que habían sentido desde que habían entrado al santuario no desapareció. La ausencia de los espejos se hizo manifiesta, y Symeon tuvo que encender de nuevo la Joya de Luz y Daradoth recurrir a su visión en la oscuridad para seguir avanzando. Las escaleras dieron paso a un corto corredor que llegaba a un arco orgánico; este estaba custodiado por dos estatuas muy similares a aquellas que se habían encontrado al acceder al complejo de los Santuarios. Tras ordenarles Daradoth que permitieran el paso a sus acompañantes, pasaron sin problemas a través de la pequeña bóveda  y accedieron ya de lleno al interior del Aglannävyr, donde nada parecía artificial, ni tallado, ni excavado, ni montado: todo lo que les rodeaba parecía haber sido hecho crecer (o encoger) en colaboración con el gigantesco vegetal. Unas preciosas escaleras de caracol subían hacia arriba, y varios pasillos partían en distintas direcciones; optaron por subir las escaleras.

Poco tiempo después llegaban a una especie de coliseo repleto de plantas que parecían crecer de la propia fibra vegetal del Aglannävyr. La imaginería del lugar les hizo suponer que aquello no era sino un santuario dedicado a Valdene. De varias fuentes manaba un agua cristalina que, para enorme regocijo del grupo, resultó ser pura y fresca. Yuria suspiró, aliviada, pues su preocupación por las reservas de agua era ya mayúscula. Rellenaron sus cantimploras y pellejos (sin las mulas para acarrearlas y con el cansancio acumulado, iban a notar el peso sin duda) y aprovecharon para refrescarse y reponer fuerzas con la carne seca y el pan de los elfos. Por fin pudieron dormir sin la amenaza de los susurros y con los sonidos del exterior totalmente amortiguados, y eso les hizo mucho bien, más del que podían imaginar.

El "día siguiente" exploraron el entorno.  El coliseo tenía doce salidas equiespaciadas, que se alejaban hacia el perímetro del árbol; pero optaron por seguir una escalera de caracol que ascendía ininterrumpidamente, perdiéndose en lo alto entre ramificaciones, nudos y columnas de albura.

Tras varias docenas de metros de subida, la escalera daba acceso a una especie de enorme balconada en forma de anfiteatro en el exterior del árbol. Daradoth, Galad y Symeon salieron al exterior, aunque el errante pronto volvió adentro cuando se hizo evidente que las luces no servirían de mucho allí. Desde el borde del gran añadido circular el elfo vio a lo lejos, allá abajo, cómo cuatro de aquellos constructos enormes seguían impactando contra las paredes del santuario, haciendo mella ya. Y los constructos no estaban solos; dos enormes demonios del Palio observaban sus evoluciones, y alrededor de ellos, una pequeña multitud de no muertos y tres celebdel. Cuando uno de estos pareció volverse para mirar en su dirección, Daradoth retrocedió con un escalofrío. Y entonces notó otra cosa que le perturbó: desde donde se encontraban ya podían ver más allá de la línea de horizonte de la colina principal, y al norte de esta, hasta entonces oculta por la propia colina, el elfo vio una enorme mancha de sombra que ni siquiera podía penetrar con sus poderes sobrenaturales de visión. Y no solo eso; al quedarse helado por la impresión, pudo notar que entre los omóplatos y en su nuca sentía la misma picazón que había percibido hacía ya tanto tiempo, al acercarse a Rheynald...

De nuevo en el interior, compartió todas sus impresiones con el resto del grupo, muy menguado respecto al que había empezado aquel viaje. "Qué pocos somos", pensó, "¿bastaremos para superar a toda esta Sombra?". Después de discutir acerca de aquella área de sombra impenetrable y la conveniencia de acercarse o no a ella, volvieron a detenerse para descansar; debían aprovechar mientras los susurros les concedieran tregua. En el mundo onírico, Symeon pudo ver que el árbol era como una fortaleza recia y antigua, pero pudo sentir cómo la Sombra lo presionaba e impactaba; las campanadas eran tan claras allí como en el mundo de vigilia, lo cual le sorprendió, así que prefirió no salir al exterior del árbol. Por su parte, Galad, que había pedido la inspiración de Emmán de nuevo para soñar con el Orbe de Oltar, no sacó nada en claro pues lo único que obtuvo fueron visiones muy abstractas y mucha gente muriendo alrededor del objeto, cada vez más apagado.

Al despertar volverion a evaluar sus opciones y la conveniencia de dirigirse o bien a la fortaleza central o bien al área de Sombra.

—Entrar en esa zona de Sombra —dijo Symeon— será un suicidio a menos que no sea una zona, sino una especie de velo que impide que se vea dentro; pero considero esto harto improbable.

Cuando Galad anunció que no había podido sacar nada en claro del sueño de Emmán, Arakariann sugirió que quizá no deberían preocuparse tanto por la localización del orbe y confiar en la inspiración que Ninaith había concedido a Symeon para que este fuera quien los guiara hasta él. El errante tomó entonces la primera decisión: su corazón le decía que deberían evitar la zona de Sombra y dirigirse hacia la fortaleza central.

 —Si hemos de dirigirnos hacia allí —dijo Galad, con gesto grave—, salir por donde hemos entrado no es una opción, con todos esos engendros congregados a la entrada del santuario; debemos encontrar otra forma de llegar, y volando no creo que pueda ser.

Todos se miraron con gesto grave, de acuerdo con la afirmación del paladín. Entonces, algo se iluminó en la mente de Yuria.

 —Volando seguro que no —dijo, con media sonrisa—, pero por arriba quizá sí. Este... árbol... es ciclópeo. Debe de tener un ramaje acorde. Daradoth —continuó, girándose hacia el elfo— ¿crees que las ramas de este...Aglannävyr... podrían permitirnos llegar hasta la fortaleza? ¿O al menos lo suficientemente cerca?

Daradoth hizo un gesto, y sus ojos parecieron refulgir con un brillo extraño. Salió a la balconada y miró hacia arriba y hacia el este. Volvió a entrar.

 —Sin duda —afirmó con la cabeza—. Las ramas se extienden centenares de metros, y algunas parecen llegar prácticamente hasta el interior de la muralla.

Galad puso una mano sobre el hombro de Yuria, sonriéndole, y todos se aprestaron a continuar subiendo por la escalera de caracol.