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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 29 de enero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 14

Descenso a  la Oscuridad
Esa noche, Symeon volvió a entrar al Mundo Onírico. Y la influencia de la Sombra era evidente.

Al principio se encogió, abrumado por la intensidad de los susurros que ya había percibido en el mundo de vigilia, pero de forma mucho más atenuada. Sombras inmóviles le miraban (o así lo creía, pues eran negras como la más oscura noche) y le susurraban palabras de locura, mientras desde los afilados árboles, ojos brillantes sin cuerpo que los acompañara se giraban hacia él.

Con un esfuerzo sobrehumano consiguió alterar su entorno para apagar parcialmente las malditas voces que le susurraban al oído y así no ceder a la locura que había empezado a dar los primeros latigazos en su mente. Recuperando el aliento e ignorando a las sombras inmóviles, intentó revelar la verdadera naturaleza de los inquietantes ojos que le observaban desde las ramas; no tuvo éxito en tal intento, pero entonces, algo cambió. Algo nimio; un punto de luz, una estrella, se había iluminado allá en lo alto, pequeña, humilde, pero firme y claramente visible. Symeon sintió que el pequeño lucero le llamaba, le quería salvar, sacarlo de aquella oscuridad pegajosa. Así que inconscientemente recurrió a sus habilidades oníricas, y Viajó. Viajó como nunca había Viajado antes, hacia arriba, muy arriba, cada vez más cerca de la luz, de la esperanza.

Ya veía la estrella con el tamaño de una manzana, cuando algo tiró de él hacia atrás. Algo oscuro, frío, pegajoso. No miró; todos sus esfuerzos se centraron en seguir su viaje, continuar hacia arriba y salvarse. Unos segundos de agonía transcurrieron mientras aquel tirón elástico lo hacía retroceder; frenéticamente aplicó todas sus capacidades de Alteración y Control para librarse de aquella presa, y finalmente algo se partió. El errante volvió a acercarse hacia la estrella, bañándose cada vez más en su fulgor. De repente, sintió un frenazo brusco que casi le hace vomitar, y una luz cegadora y omnipresente lo envolvió bañándolo en un calor reconfortante, pero provocándole una incómoda falta de visión. Pocos segundos más tarde, unas voces polifónicas hablaron a su alrededor:

 —No estáis solos, maese buscador —dijo una de ellas.

Symeon parpadeó, confundido por el intenso resplandor y lo extraño de las voces, que parecían tener varios tonos, tanto de hombre como de mujer, en ellas.

 —De vuestras gestas depende el futuro de la Luz —afirmó otra—. No habéis pasado desapercibidos, en absoluto.

 —No desfallezcáis, por nada. Trataremos de ayudaros, buscador, pero nuestra fuerza es débil allí.

 —Debéis buscarnos, elegidos, y encontrar el destino.

Algo tocó la frente de Symeon, posiblemente una mano, pero no pudo estar seguro. Su frente pareció arder y despertó en el acto, con la sensación de que tenía una especie de marca en su interior, una marca de Luz que todavía no sabía cómo emplear. A su alrededor, Galad y los demás soltaron un suspiro de alivio, pues no era habitual que no hubieran podido despertarlo de un sueño muy agitado. El errante explicó toda su vivencia y refirió las palabras que le habían confiado de la forma más textual que le fue posible. ¿Quiénes habrían sido los dueños de aquellas voces? ¿Arcángeles? ¿Avatares? El grupo se sintió reconfortado y preocupado a partes iguales.

Los Santuarios de Essel en los tiempos antiguos


Tras el habitual sueño intranquilo e intermitente, se pusieron de nuevo en marcha en la oscuridad. Con el rudimentario entablillado realizado por Yuria la noche anterior, el grupo consiguió poner a Daradoth en camino, aunque tendrían que ir con sumo cuidado para que la herida del elfo no empeorara durante el esfuerzo.

Antes de partir, sin embargo, Faewald los reunió en un breve aparte. El esthalio se mostraba claramente afectado por los susurros del entorno (incluso contó que le hablaban sobre Rheynald y Valeryan), e insistió en que tendrían que pensar más en las palabras que el arcángel Dirnadel había dirigido en el Mundo Onírico a Symeon. Durante unos minutos durante el desayuno, discutieron sobre la conveniencia de intentar convencer a Igrëithonn de liberar al arcángel y que este tomara el control. Finalmente, decidieron hacerlo y entablaron con el antiguo príncipe una conversación sobre el tema. Pero este se mostró muy preocupado por tal posibilidad, y aseguró que no podría garantizar la integridad física del grupo en tal caso. Así que decidieron continuar el viaje como hasta entonces.

Esa mañana, Arakariann parecía más ausente que de costumbre, y aunque intentaron hacerle reaccionar, lo consiguieron de forma limitada; los susurros habían conseguido llegar a lo más profundo de su ser, como habían hecho con Talítharonn y Taheem. Tendrían que mantenerlo vigilado, igual que al vestalense.

A medida que fue transcurriendo el día y se iban acercando a los Santuarios, los susurros se iban haciendo más claros, y un escalofrío recorría su espina dorsal cuando alguien les musitaba algo justo detrás, tan cerca que incluso alcanzaban a sentir su aliento en el vello de la nuca o de la oreja. Solo aquellos con los nervios más acerados eran capaces de contener ya el malestar.

Por la tarde (siempre según sus soposiciones y el tiempo de viaje) vieron los primeros edificios que anunciaban la presencia de la ciudad alrededor de los Santuarios. Todos ellos en ruinas, por supuesto, algunos apenas reconocibles. Rodeando un edificio accedieron a una especie de antigua plaza, apenas invadida por la vegetación. Daradoth dio la orden de detenerse al grupo. Su habilidad de ver en la oscuridad le había permitido visualizar al otro lado de la explanada una figura inmóvil, que miraba hacia ellos.

 —Debió de ser un elfo hace tiempo —dijo el elfo—, pero ya no lo es. Es enjuto y lívido, y sus ojos son totalmente blancos y hundidos. Apenas hay carne en su cuerpo, y el hedor de la muerte lo rodea. Creo que es un retornado (así llamaban los elfos a los no-muertos).

Daradoth comenzó a caminar hacia atrás, presa del temor. Y ese momento de descanso fue terrible para casi todos los demás, pues los susurros fueron más presentes que nunca, y su claridad ahora hacía muy difícil ignorarlos. Galad cayó al suelo, sollozando y gritando que no era digno de su dios. Faewald salió corriendo, aterrado, pero Symeon, menos afectado, consiguió retenerlo lanzándose a sus pies y agarrándolo con fuerza. Taheem se arrodilló, desolado, y sacó su daga dispuesto a cortar los vasos sanguíneos de sus muñecas. Mientras Ginnerionn aguantaba estoicamente, Arakariann salió corriendo hacia una de las casas, apenas sugerida por la fuente de luz de Galad. Yuria comenzó a temblar cuando los susurros le hablaron de su tía y le sugirieron que sabían donde se encontraba su padre, pero consiguió resistir las ganas de correr hacia la oscuridad.

En ese instante, el elfo lívido comenzó a caminar hacia ellos, con un gesto entre cruel y enajenado en su rostro; sus ojos blancos parecían ir a salirse de las órbitas mientras se acercaba. Daradoth gritó con voz rota mientras corría (con peligro para su pierna) a refugiarse entre las enormes raíces del árbol a su espalda. Igrëithonn ignoró las órdenes de Dirnadel y sacó su segunda espada, evitando así enfrentarse al arcángel. Justo en el momento en que el retornado aparecía al alcance de la luz de la joya de su frente; una oleada de frío le precedía, y este mordió como un vampiro en las almas de todos los presentes. Yuria disparó una de sus armas y le impactó en el centro del pecho, pero para consternación de la ercestre la bala no pareció causar ningún efecto. Con un grito, Igrëithonn se enzarzó en combate con el engendro, que con un gesto impasible detuvo su golpe.

Mientras tanto, unos grandes golpes se habían oído acercándose desde detrás de la casa a su derecha. Los reflejos de combate de Yuria apenas bastaron para esquivar un enorme martillo que apareció desde la nada y que si la hubiera alcanzado la habría convertido en fosfatina. La oscuridad era casi absoluta, con Galad caído e Igrëithonn en combate, así que solo podía confiar en sus otros sentidos. Esquivó de nuevo otro impacto, y alcanzó a vislumbrar una figura enorme, vestida con una armadura de metal. "¿Hay alguien ahí dentro? Si lo hay, debe de ser uno de esos trolls", pensó. Afortunadamente, el gigantesco ser se movía lo suficientemente lento como para poder esquivarlo con solvencia, pero un paso en falso sería fatal.

Symeon respiró aliviado cuando Faewald dejó de patalear y forcejear y comenzó a sollozar hecho un ovillo. Estaba agotado por el esfuerzo, pero lo poco que podía ver con las variables luces de Galad e Igrëithonn era desolador. No obstante, aquella marca que alguien había implantado en él en el Mundo Onírico empezó a titilar. Y enseguida supo qué hacer. La dirigió hacia Galad y la lanzó sobre él, no supo cómo, pero lo cierto es que el paladín pareció reaccionar. Un aura apareció a su alrededor, un aura que a pesar de no iluminar alrededor le daba un aspecto impresionante; con un rostro sorprendentemente calmado y sobreponiéndose al halo de frío que emanaba del no muerto que tenía contra las cuerdas a Igrëithonn, Galad alzó el crucifijo que llevaba siempre encima desde su visita a Emmolnir. El objeto brilló con una luz plateada, y algo cambió en el engendro; el frío que despedía se apagó, se detuvo de repente, y chillando de una forma horrible dio la vuelta y se perdió en la oscuridad.

A continuación, Galad, Igrëithonn y Yuria trataron de hacer frente al enorme enemigo de la armadura, pero sus ataques no parecían hacer mella, así que reunieron al resto del grupo y huyeron; no les costó mucho dejarlo atrás y refugiarse en un edificio en ruinas. Cayeron extenuados y trataron de recobrar el aliento. El resto del día avanzarían más lentamente, haciendo uso de la capacidad de detectar enemigos de Galad y la visión en la oscuridad de Daradoth. Finalmente, tras dar un par de rodeos para evitar encuentros indeseados, acamparon en el sótano de un antiguo almacén. Tras la cena, Yuria consiguió arreglar el entablillado de Daradoth y hacerlo mucho más recio, de manera que el elfo podría someter su pierna a esfuerzos algo más intensos sin peligro.

Como siempre, maldurmieron con los susurros siempre presentes. Por su parte, Symeon decidió salir del Mundo Onírico tan pronto como entró, tal era el nivel de actividad que detectó.

El día siguiente siguieron en el mismo orden de marcha, avanzando de forma exasperantemente lenta, con Galad detectando y Daradoth oteando. Hasta que en un momento dado, Galad no tuvo más remedio que dejar de canalizar el poder de Emmán, pues apenas lo percibía. Allí la Sombra era fuerte, y su dios no parecía poder prestarle más que unas escasas gotas de su poder. Afortunadamente habían avanzado bastante y en una rápida caminata consiguieron llegar a la vista de uno de los bastiones —en ruinas— que daba acceso a las colinas donde se levantaban los Santuarios. Sorprendentemente, en el interior del recinto, los edificios parecían encontrarse en mucho mejor estado, según les informó Daradoth. Pero había un problema: en medio del camino se alzaba un coloso como el que se había enfrentado a ellos la jornada anterior y que casi aplasta a Yuria. Evitando el uso de iluminación y dada la oscuridad existente, era imposible rodearlo. Para colmo, unos minutos después, Daradoth comenzó a ver una especie de fulgor que iluminaba con un resplandor rojizo el contorno de algunos edificios. Y se movía hacia el coloso. Poco después aquello que despedía el brillo rojizo llegaba a la altura del enorme guardián inmóvil. Daradoth abrió los ojos y el corazón casi le estalla en el pecho cuando vio aparecer la brutal estampa de un demonio. Un demonio que le recordaba a Khamorbôlg, el kalorion que habían podido ver levemente en las tormentas del desierto vestalense. A duras penas pudo reaccionar a la impresión que le causó ver a aquel ser de pesadilla y describirlo a sus compañeros. Ahora sí que era imposible que rodearan el lugar sanos y salvos.

Los minutos de descanso, silencio y relativa calma fueron fatales de nuevo para la resistencia del grupo a los susurros. Esta vez ninguno fue capaz de resistir ya a la presión. Yuria, Daradoth, Galad, Symeon, Taheem, Faewald, Arakariann y Ginnerionn; todos ellos notaron cómo las voces vencían su resistencia y quebraban su cordura en mil pedazos. Los pensamientos se arremolinaron en un torbellino negro de depresión y autodestrucción.

De pronto, luz. Todos reaccionaron sorprendidos, olvidadas ya las ansias suicidas y homicidas cuando vieron a Igrëithonn frente a ellos, con Purificadora desenvainada y en alto, iluminando la escena con luz mortecina. El rostro del elfo daba cuenta de su lucha interna con el ser divino imbuido en el arma.

 —Sois la última esperanza —dijo, luchando denodadamente por que cada palabra saliera de sus labios. Dejó su Joya de Luz a Daradoth y asintió con un gesto que el grupo al completo devolvió. Acto seguido, su rostro se relajó y sus ojos adquirieron un fulgor dorado. Con un estruendoso grito, se abalanzó sobre el coloso y el demonio, perdiéndose los tres en la oscuridad tras los edificios en el fragor del combate.

Tras encender de nuevo las dos fuentes de luz, se precipitaron hacia el bastión de acceso a los Santuarios y lo cruzaron. Mientras avanzaban colina arriba, Daradoth pudo ver aparecer abajo una pequeña multitud de figuras que se dirigían hacia donde Igrëithonn y los enemigos combatían, y de los que solo alcanzaba a ver el resplandor que los envolvía.

Una vez en la cima de la colina, llegaron al pie de la fortaleza que guardaba los Santuarios, integrada en dos masivos árboles monumentales que formaban parte del complejo. Según les había contado Igrëithonn, los Santuarios habían devenido con el paso de los siglos en mucho más que un lugar de peregrinación y oración, se habían convertido en el verdadero centro neurálgico de la lucha contra la Sombra en la Era Legendaria, y por tanto además de haber dado lugar a varias poblaciones a su alrededor, se habían defendido con fortalezas, muros y bastiones. Y ahora se alzaba ante ellos uno de aquellos alcázares, sorprendentemente bien conservado. Cruzaron sin aliento la puerta destrozada y se sentaron a descansar, con la respiración entrecortada.

jueves, 23 de enero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 13

El Gran Bosque de Essel
Por la mañana y a la luz del sueño inspirado por Emmán, Galad no pudo evitar exponer sus serias dudas respecto a la búsqueda del orbe de Curassil. A toda la oscuridad y visiones que había presenciado había que sumar sus propias sensaciones, pues el sueño no era solamente una representación visual; todavía sentía frío en su interior, un frío que había helado su alma durante su ensoñación, y un sentimiento apocalíptico que sacudía su temple.

Durante largo rato discutieron sobre las reservas del paladín y su mejor curso de acción, pero poco podían hacer; según les aseguraban Igrëithonn y Erythyonn, el Pacto caería en cuestión de meses si no detenían a aquellos enjambres, y toda Aredia le seguiría poco después. Así que para todos estaba claro que tendrían que acompañar al elfo en su búsqueda, al menos en la primera etapa, transportándolo a bordo del Empíreo. En un momento dado, alguien mencionó la posibilidad de que el orbe pudiera ser usado solamente por el Brazo de Oltar y no fueran capaces de desatar su poder, resultando la toda búsqueda en un fiasco. Daradoth sacó entonces a colación a Somara, cuyas habilidades sobrenaturales le hacían sospechar que podía tener el favor de algún avatar, quizá incluso del mismísimo Oltar.

Así que Symeon buscó a Somara y la incorporó a la reunión. Cuando le explicaron la situación, sus sospechas y la posibilidad de que ella fuera la única que pudiera ayudarles a utilizar el orbe, su rostro, sincero siempre, transmitió su sorpresa y su angustia interior ante tal responsabilidad. No obstante, aunque (una vez asimiladas las revelaciones) no se opuso a ayudar al grupo con todas sus fuerzas, sí que pidió encarecidamente que la devolvieran a su hogar. Su vientre ya mostraba los síntomas de su embarazo, y anhelaba volver a ver a su familia y su marido. Yuria aceptó calcular un desvío de tres días en la trayectoria del dirigible, que sería suficiente para hacer descender a Somara en su mansión (si es que seguía en pie). La búsqueda planteaba muchísimos interrogantes y no era seguro que acabara bien para nadie, así que lo mejor sería dejar a Somara a salvo en Arbanôr a la espera de los acontecimientos.

El día siguiente, el Empíreo recibía a bordo al grupo, a Igrëithonn, a Talítharonn (el elfo capaz de predecir y controlar limitadamente el clima), a Somara y sus dos guardianes, y a los montaraces Arakariann y Ginnerionn. Además, cargaron un par de mulas y provisiones para dos meses. Más al norte recogieron a Neâderoth, uno de los monjes capaces de proyectar como arma ofensiva el aura de los talismanes de nulificación y, como Igrëithonn, uno de los pocos que había puesto pie en los Santuarios en los tiempos antiguos.

Poniendo rumbo al sur sin más incidentes (Talítharonn se mostró fundamental para evitar las grandes tormentas), llegaban en menos de dos semanas a Arbanôr y la mansión de Ginathân, aparentemente tranquila, donde dejaron a Somara. Según les informaron allí, la situación en Dársuma era bastante complicada, puesto que aunque Ginathân había conseguido tomar el control, los líderes de la plebe se encontraban enfrentados a él y le estaban poniendo en serios aprietos. Todo ello ante las tropas del Káikar, que podían decidir inclinar la balanza hacia un lado o hacia otro. Daradoth se despidió de Somara recomendándole que huyera hacia el norte si la situación se torcía, y sosteniendo su mirada largo tiempo.
Varios días después, más de mil kilómetros hacia el este, el Empíreo sobrevolaba el Gran Bosque de Essel.
Tras poco más de una jornada, al anochecer, Daradoth inspeccionaba el entorno en la proa. El viento invernal era frío, pero su naturaleza élfica lo encontraba más bien confortable. No obstante, no pudo reprimir un escalofrío cuando, urdidos entre los silbidos que el Gregal provocaba en las aletas del casco, llegaron hasta sus oídos unos susurros. Miró a lo lejos, asiendo con fuerza la regala, y aguzó el oído, pero los susurros debían de ser transportados desde muy lejos, pues no eran más que una promesa sugerida entre los zumbidos, siempre al límite de la audición. Un poco más atrás, Igrëithonn también se puso alerta, mirando hacia el horizonte en la oscuridad de la noche, y anunció:

 —Debemos detenernos aquí. Continuaremos a pie.

Y así lo hicieron. Cuando Yuria y el capitán Suras descubrieron un lugar adecuado, descendieron todos ellos y bajaron las mulas. De momento, el bosque no daba ninguna señal de la presencia de la Sombra, excepto por los levísimos susurros que solo los elfos parecían capaces de captar de momento. Para sorpresa de sus compañeros, Igrëithonn expresó su temor ante la ordalía que tenían ante sí, y por un momento todos temieron que hubiera perdido la cabeza cuando expresó sin ambages sus reservas a seguir el camino. Llegó incluso a sugerir que en lugar de continuar aquel sinsentido, deberían acudir a Doranna para pedir ayuda a los más sabios y poderosos de los recluidos allí.

Afortunadamente, la aparente enajenación de Igrëithonn no duró mucho, y pronto todos coincidían en que era demasiado tarde para volver atrás, había demasiadas cosas en juego como para retroceder. En breve tiempo habían establecido un campamento para pasar la noche y el Empíreo partía hacia el oeste para esperar en un sitio seguro las órdenes del grupo a través del búho de ébano.

Symeon entró al Mundo Onírico al poco rato, bajo el habitual hechizo protector de Galad. Lo primero que le llamó la atención y que le puso los pelos de punta era que todo parecía más oscuro de lo habitual. Las siluetas de los árboles eran negras como la noche y lucían las ramas desnudas, afiladas como cuchillas. En un rincón veía una pequeña llama que apenas iluminaba, y que debía de corresponder a su fogata del campamento; era la primera vez que veía que uno de sus fuegos tenía representación onírica, y aunque podía imaginar su significado, prefirió no pensarlo mucho; la llama era pequeña y titilante, languideciendo en la oscuridad del entorno. Abrió mucho los ojos (o lo pretendió) cuando, ante la pequeña lumbre, vio una figura dorada acurrucada, intentando conseguir algo de calor. Las alas de su espalda no dejaban duda sobre su identidad: sin duda debía tratarse de Dirnadel, el arcángel de Eryontar. El errante se encogió cuando la figura se levantó y dirigió hacia él las manchas doradas que eran sus ojos.

 —Debéis retroceder si no queréis morir todos, errante —dijo con una voz estremecedora.

 —Mi señor —contestó Symeon, tras tragar saliva—, entiendo lo que queréis decir, y lo comparto, pero si queremos tener una oportunidad de que Aredia se libre del yugo de la Sombra, debemos continuar y aceptar los sacrificios que sean necesarios.

Dirnadel lo miró fijamente, como taladrándolo, durante unos insoportables segundos. Y continuó:

 —Entonces, maese buscador, si queréis tener alguna posibilidad, debéis convencer a Eraitan —usó el verdadero nombre del príncipe— de que me libere.


La Sombra en los bosques esselios

Con la promesa de intentarlo, Symeon abandonó el mundo onírico exhalando un suspiro de alivio. El día siguiente todos se mostraron preocupados por lo que el errante les contó, pero juzgaron que era demasiado pronto para intentar convencer al elfo de lo que había recomendado el arcángel. De hecho, ni siquiera estaban seguros de que fuera una buena idea en ningún momento. Así que después de un frugal desayuno, comenzaron su camino a través de la espesura. Se dirigieron hacia el noreste, en busca de uno de los antiguos caminos; Igrëithonn confiaba en que se conservara lo suficiente como para ayudarles a encontrar los Santuarios.

Arakariann y Ginnerionn, los montaraces, se perdieron entre la espesura para vigilar los alrededores mientras el resto avanzaba con las mulas. El bosque, antiguo y colosal, era tupido, y en la penumbra avanzaron bastantes kilómetros entre el canto de los pájaros y el sonido del viento en el follaje. Agotados por la dura marcha, buscaron un sitio para acampar y pasar la noche. En el Mundo Onírico, Symeon vio que todo era básicamente igual que el día anterior, quizá los árboles tenían un aspecto algo más amenazador, pero eso era todo.

El segundo día de viaje transcurrió en una penumbra cada vez más profunda hasta que por fin, los montaraces reconocieron lo que en tiempos antiguos debía de haber sido un camino. Para el grupo, nada evidenciaba que por allí hubiera pasado una vía, pero los elfos se mostraban convencidos y su rumbo giró hacia el noroeste, siguiendo el supuesto vericueto en la medida de lo posible. Igrëithonn no dejaba de susurrar para sí mismo, canturreando en esa lucha interna  a la que ya se estaban acostumbrando.

A media  tarde, las mulas se negaron a continuar el camino, y por más que insistieron en hacerlas caminar, los animales permanecieron inmóviles. No tuvieron más remedio que descargarlas y repartir en distintos fardos el equipo y las provisiones, que llevarían a partir de entonces a cuestas. Esa noche en el Mundo Onírico Symeon ya percibió un cambio: sombras amenazantes siempre al límite de su campo de visión lo pusieron nervioso, y la representación onírica de la hoguera del campamento se redujo a la mínima expresión. Desde arriba, unos ojos brillanes lo observaban, parecidos a los de un búho, pero sin cuerpo que los acompañara. Los árboles mostraban directamente cuchillas en sus ramas, y cuando sintió que algo le punzaba la espalda se volvió. ¿Era su imaginación, o hace un momento allí no había habido ningún árbol? Decidió salir rápidamente al mundo de vigilia, pues si hasta los propios árboles eran capaces de atacarle, no creía ser capaz de sobrevivir mucho tiempo.

La tercera jornada de camino discurrió con el grupo ya casi en completo silencio, con el ánimo bajo y la quietud alterada solamente por los susurros de Igrëithonn. A media mañana de la cuarta jornada la oscuridad acabó envolviéndolos por completo, una oscuridad densa, como una niebla que se tragara la luz. Encendieron antorchas, pero estas pronto se revelaron inútiles; aunque eran capaces de ver el fuego, la llama no alumbraba más allá. Igrëithonn hizo uso de su gema de Luz para alumbrar el entorno, y esto sí que funcionó, aunque peor que en una oscuridad normal. Galad probó también a utilizar su colgante para iluminar, y a pesar de resultar en una iluminación más tenue que la gema de Luz, tambíen funcionó. Con esas dos únicas fuentes de luminosidad debería el grupo viajar a partir de entonces. Los cantos de los pájaros y el susurro del viento en las ramas habían desaparecido por completo; el frío iba en aumento, y el ambiente se hacía cada vez más opresivo. Y todos los elfos ya eran capaces de escuchar con claridad los susurros que venían del norte, susurros que gemían, gritaban y hablaban en un lenguaje desconocido. Los humanos comenzaron a escucharlos al final del día, o lo que suponían que era el final del día, pues ya no tenían ninguna luz natural con la que orientarse, y a partir de entonces solo podrían suponer en qué momento del día se encontraban; el ánimo de la comitiva se ensombreció aún un poco más.

Esa noche, como siempre, los elfos se estructuraron en dos turnos de guardia, alrededor de la luz que emitía la joya de Igrëithonn. Las guardias transcurrieron con mucha tensión, porque pronto se empezaron a oir multitud de ruidos en el límite de la visión de orígenes desconocidos; nunca avistaron nada, fuera animal o ser extraño, pero los sonidos hicieron que los nervios de los elfos se crisparan.

Por la mañana (lo que suponían que era la mañana), no tardaron en darse cuenta de que el hechicero del clima, Talítharonn, había desaparecido durante la noche. Y a pesar de los esfuerzos que los montaraces y el resto del grupo hicieron para encontrar su rastro, este se difuminó transcurridos unos pocos metros. Eso sí, según los rastreadores, parecía claro que se había marchado precipitadamente y por voluntad propia. Compungidos, continuaron el camino agobiados por los continuos susurros que llegaban ya desde todas partes; durante gran parte del tiempo, todos trataban de tapar sus oídos para protegerse de ellos.

En un momento dado de la jornada, Taheem se quedó mirando fijamente hacia las copas de los árboles. "¡Se mueve! ¡¡Se mueve!!", gritó. Al punto, hizo ademán de salir corriendo. Afortunadamente, Symeon y Galad reaccionaron con celeridad y consiguieron detenerle. Daradoth se giró alarmado ante lo que ocurría y un dolor punzante le llegó desde la pantorrilla; había sido alcanzado por una flecha desde la oscuridad, que le había atravesado de parte a parte la pierna. Segundos después, Neâderoth soltaba un gemido al ser alcanzado por otro proyectil en la espalda.

Todos desenfundaron las armas (excepto Galad y Symeon, ocupados en retener a Taheem) y de repente, dos figuras aparecieron desde la oscuridad profiriendo risotadas dementes. En el pasado debían de haber sido elfos, pero la Sombra había causado estragos en ellos: sus rostros estaban lívidos, sus dientes afilados, los ojos oscurecidos y su pelo níveo; ponían los pelos de punta. Se abalanzaron sobre Neâderoth, que a duras penas conseguía mantenerse en pie, y sobre Yuria. La ercestre cayó bajo los embates de uno de los enemigos armado con cimitarra y daga, y el elfo sufrió la brutal amputación de una pierna antes de que sus compañeros pudieran hacer nada por evitarlo. Igrëithonn, Faewald, Daradoth —cojeando— y los demás consiguieron dar cuenta de los atacantes, no sin dificultades por el entorno hostil, y aunque Galad pudo tratar después las heridas de Yuria, no pudieron hacer nada por salvar la vida de Neâderoth. La pierna de Daradoth también presentaba mal aspecto, y su curación completa quedaba más allá de las capacidades sanadoras de Galad, pero estas bastaron para reducir la gravedad de la herida y con los vendajes adecuados, conseguir que su amigo pudiera volver a caminar, aunque renqueante. Mientras el elfo era atendido, invocó su capacidad de ver en la oscuridad, y sorprendentemente esta se demostró efectiva; alcanzó a ver una figura correr rápidamente entre la vegetación, pero no pudo distinguir nada más.

El encuentro los había dejado maltrechos y a algunos de ellos (como Galad) agotados, así que decidieron pasar la noche allí mismo con los elfos que quedaban estableciendo un perímetro de vigilancia. Ya habían perdido a dos miembros del grupo, y por suerte habían podido evitar la pérdida de Taheem. "¡Y ni siquiera hemos llegado todavía a los Santuarios!", pensó en voz alta Yuria.

martes, 7 de enero de 2020

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 12

Pacificando el sur. Una nueva amenaza.
Galad despertó a Yuria, que dormía a pocos centímetros de él en el barracón que compartían con varios oficiales del Vigía y con el resto del grupo. Daradoth se encontraba despierto y acudió a su lado rápidamente, y también Symeon, que despertó a su vez al escuchar la agitación del paladín.

Este solo alcanzaba a ver un resplandor dorado cuando abría los ojos, que por suerte desaparecía al cerrarlos, y habló entrecortadamente sobre el visitante de su sueño, describiéndolo como un arcángel. Pero había sido muy diferente a como los describía la imaginería emmanita. Le había parecido mucho más... peligroso, más orgulloso, más... despiadado.

Poco después hacían acto de aparición Erythyonn e Igrëithonn, con semblantes preocupados. Cuando el grupo les reveló lo que Galad había relatado, intercambiaron una mirada fugaz, pero que no les pasó inadvertida. Al punto, llamaron a un sanador que intentó recuperar la visión del paladín. Pero la fuerte constitución de este ya había empezado a actuar, y la mancha dorada se fue debilitando poco a poco hasta desaparecer en las siguientes horas.

Después de descansar mal que bien el resto de la noche, por la mañana los llevaron a dar una ronda para que pudieran familiarizarse con las tropas y procedimientos del Vigía. Aunque Yuria expresó su interés y dirigió miradas apreciativas a las tropas, que hacían gala de un adiestramiento envidiable, la ronda no era más que una excusa para alejarse del campamento y poder tener una conversación en privado, resguardados por una docena de soldados de confianza que pronto establecieron un perímetro de seguridad alrededor del grupo y los generales.

 —Os pido disculpas por lo que sucedió anoche, maese paladín —dijo Igrëithonn, mirando de reojo sobre su hombro derecho la empuñadura aquilina de su espada, Purificadora—, y siento que os debo una explicación. Veréis —continuó—, hace unos años un contingente del Vigía tuvo que marchar hacia el norte, a lo más profundo del Cónclave del Dragón. Yo lo comandaba.

Igrëithonn les contó cómo su contingente había caído víctima de una emboscada cerca del puerto de Ovam. Sus recuerdos estaban borrosos, y en una secuencia de acontecimientos que apenas recordaba, finalmente él y sus fieles se vieron convocados al Mundo Onírico. Allí apareció el mismísimo Dirnadel, el primer arcángel de Eryontar (el avatar que representaba la locura y el caos incontrolado). De alguna manera, Dirnadel se imbuyó en Purificadora (o quizá la sustituyó) y gracias a sus poderes, unos pocos pudieron salir con vida del enfrentamiento. Igrëithonn suponía que se podía considerar el nuevo Brazo de Eryontar, aunque él nunca se había visto así, pero lo cierto es que Dirnadel había permanecido hasta ese día con la forma de su espada. Tras un lapso de varios segundos en los que pareció hablar consigo mismo, continuó:

 —Sin embargo, el ser elegido como Brazo no es algo baladí. Supongo que habréis notado ya cómo Dirnadel me habla a través de la espada, y lo que me cuesta mantenerlo a raya para que su voluntad no se imponga a la mía. Cada vez es más insistente, no obstante, y temo que en algún momento pueda perder el control; ya sabéis cuáles son los valores de Eryontar, y no sé lo que podría pasar en caso de que su arcángel me pudiera usar a su antojo.

Tras sacudir la cabeza, como despejándose, o quizá negando algo, continuó:

 —No tengo la más remota idea de por qué aparecería en vuestro sueño anoche, suponiendo que fuera Dirnadel —miró a Galad—, ni de por qué os dejó con esa ceguera temporal, pero al menos ahora ya sabéis la verdad.

El paladín expresó su sospecha de que el arcángel debía de haberse referido a Emmán (Elernatar para Eraitan) cuando dijo aquello de "no sé por qué él te ha elegido...", y los elfos no pudieron sino encogerse de hombros, manifestando su ignorancia acerca de las intenciones del ente divino.

Después de agradecer a Igrëithonn su sinceridad, pasaron a discutir la conveniencia de dirigirse a la Confederación Corsaria en busca del apoyo de su flota. Pero Yuria les hizo desestimar la idea; ya habían entrado de lleno en el invierno, como lo demostraba el intenso frío que experimentaban en ese momento, y era una locura intentar atravesar las montañas, incluso por los pasos. El Vigía tenía otros métodos para atravesar las montañas, así que deberían encargarse ellos de tal viaje.

Por tanto, decidieron que su siguiente curso de acción sería llevar a cabo la sugerencia de Zarkhu, el enano del consejo del Vigía. En un par de días viajarían hasta Árlaran para intentar convencer al rey de que les acompañara al sur e intentar así poner fin a la revolución de los plebeyos. En la capital de Árlaran, el rey Girandanâth no tuvo más remedio que dejarse convencer por aquel grupo tan variopinto al que acompañaba el propio Igrëithonn en persona, y un desconocido pero egregio elfo de Doranna. Un grupo que llegaba a bordo de un artefacto volador inventado por una de las mujeres que formaba parte de él, y que parecía tan imposible sin la ayuda de alta magia. Así que accedió a acompañarles junto a varios escoltas de élite.

Los siguientes veintiún días transcurrieron rápidamente para el grupo en su viaje por los distritos de Dahl y Katân. Acordaron  ignorar a Darsia, que tendría que ser subyugado más adelante, pues no solo se encontraba allí la revolución más recalcitrante, sino que además había presentes al menos dos legiones de Cuervos del Káikar. Symeon sugirió intentar llegar a algún tipo de acuerdo con Ginathân,  para expulsar a las tropas del Káikar a cambio de un cese de las hostilidades; el rey Girandanâth quedó pensativo y aceptó intentar llegar a una negociación con el rebelde. Durante aquellas tres semanas visitaron las cortes de los otros dos distritos y las principales ciudades, y ante la amenaza del norte, demostrada gracias al troll encadenado al Empíreo y el cuerpo sin vida del vulfyr, pusieron de su parte a la inmensa mayoría de la opinión pública de Dahl y Katân. Al cabo de un par de semanas todo el mundo hablaba del grupo que viajaba sobre el viento en un artefacto milagroso, enviados por los elfos para oponerse a la Sombra en el Norte. Por allí donde pasaban la gente hacía señales hacia el dirigible y gritaba con júbilo a los héroes enviados para unificar el Pacto.

Así, consiguieron que se firmaran sendos armisticios entre los líderes de las revoluciones y los monarcas de los distritos, vigentes al menos mientras el Pacto se viera amenazado por el Enemigo. Cuatro legiones fueron enviadas desde los distritos sureños hacia el norte para colaborar en la defensa del Meltuan, y el grupo se congratuló por el éxito en su empresa. En cuatro jornadas más se despidieron del rey Girandanâth —que en una rápida ceremonia los invistió como "ciudadanos de honor" y les entregó una carta que les serviría como salvoconducto en el Pacto— y llegaron a la vista de la fortaleza de Tirëlen.

El alma se les cayó a los pies cuando avistaron las primeras columnas de humo. El catalejo ercestre les confirmó lo que ya temían: la fortaleza había caído. Igrëithonn profirió maldiciones en voz baja, incrédulo. Tras un par de  horas sobrevolando los bosques a una distancia segura de Tirëlen, recibían por fin señales desde el suelo. Poco después descendían y se encontraban con Erythyonn y el resto de lugartenientes del Vigía.

Afortunadamente, sus tropas habían sufrido muy pocas bajas, y se habían refugiado a tiempo en los bosques. Cuando les preguntaron acerca de lo que había sucedido, Erythyonn dijo, en tono grave:

 —Los Erakäunyr han vuelto, mi señor.

Erakäunyr, los insectos demoníacos
El rostro de Igrëithonn se tornó lívido. "Fantasmas de los tiempos antiguos", murmuró, y pareció perderse en una de sus largas conversaciones consigo mismo, sin duda intentando aplacar la furia de Dirnadel.

Acto seguido los elfos explicaron que los Erakäunyr eran unos insectos demoníacos que habían sido utilizados por la Sombra durante las Guerras de la Hechicería y habían sido uno de los principales artífices de la pérdida de los Santuarios de Essel.

Igrëithonn, recuperado de su introspección y visiblemente cansado, les relató:

 —Nunca creí volverlos a ver en vida. Eran realmente imparables —este punto lo corroboraron los lugartenientes, que habían visto al enjambre actuar sobre Tirëlen—, y lo único que los pudo detener fue el Orbe de Curassil.

Curassil no era sino otro nombre para el avatar que Daradoth y Symeon conocían como Oltar. Era el avatar de la Luz, la Alegría y la Esperanza. Igrëithonn les contó cómo en la Segunda Guerra, Ecthërienn, por aquel entonces el Brazo de Curassil, había arrasado los enjambres de Erakäunyr gracias a la Luz pura que el orbe proyectaba. Pero en la Tercera Guerra Curassil se había perdido en la Sombra de Essel y nunca más había vuelto.

Symeon propuso una alternativa al Orbe mencionado por Igrëithonn. Habló de lo que había leído (y experimentado él mismo) sobre Nirintalath. La Espada de Dolor era capaz de unos estallidos que afectaban a todo y a todos, y seguramente aquellos insectos no serían inmunes a su poder. Sin embargo, una plétora de objeciones se alzó contra aquella sugerencia, pues nadie sabía cómo controlar el poder de la espada ni cómo hacer que sus estallidos no mataran a todo ser viviente que se encontrara en su radio de acción.

Al cabo de varias horas de evaluación de la situación y trazado de planes, Igrëithonn los reunió de nuevo y anunció:

 —Dadas las circunstancias, me temo que nuestras prioridades han cambiado radicalmente. Debemos encontrar el Orbe de Curassil, pues de otro modo me temo que toda Aredia perecerá pronto bajo los enjambres. Yo entraré personalmente en los bosques essselios y en los Santuarios en su busca; quien lo desee podrá acompañarme.

Algunos murmullos de desacuerdo se alzaron entre los elfos del Vigía; se notaba que algunos no consideraban acertada aquella vía de acción, pero la falta de una alternativa mejor y el ascendiente de Igrëithonn provocaron que pronto se desvanecieran.

Esa noche, Galad pidió la inspiración de Emmán para soñar con el Orbe de Curassil.

El Orbe era Luz, y la Luz era el orbe. Todo era alegría y pureza a su alrededor. Las meras sombras a duras penas podían medrar ante su presencia.
Pero finalmente apareció la Sombra, que se cernió sobre la brillante esfera. Muchas manos se alargaron hacia él, intentando cogerlo, siempre distante. Su fulgor palidecía ante la fuerza de la oscuridad que lo rodeaba.
Pero finalmente una mano lo agarró y lo empuñó con fuerza. 
El estallido de Luz fue casi como dolor puro, pero un dolor agradable; y el orbe cayó, cayó durante milenios, a lo que parecía ser un pozo sin fondo.


martes, 24 de diciembre de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 11

Eraitan vive.
La muerte del rey Anerâk no era una buena noticia de ninguna manera; pero en su fuero interno el grupo pensó que quizá no fuera tan mala cosa, pues allanaba el acceso de Ginathân a una posible sucesión; se trataría sin duda de un golpe de estado y no de una elección pacífica, pero lo que contaba era alcanzar la paz cuanto antes. No era el método óptimo, pero era un método.

Irainos, líder del Vigía
Durante la reunión subsiguiente con Irainos y el consejo se discutió sobre muchos asuntos de política y estrategia, y de la materialización del plan para llevar al sur las pruebas de la invasión de la Sombra. El enano Zarkhu sugirió que deberían viajar con el cuerpo del vulfyr y con el troll hasta Árlaran, donde requerirían que el rey Girandanâth les acompañara hasta el sur; su ascendiente sin duda ayudaría a hacer comprender al pueblo de los distritos meridionales la importancia de dejar las rencillas de lado ante el inminente conflicto. Ya transcurrido un largo tiempo de conversación, alguien habló a través del Ebyrïth, el búho de ónice que servía como comunicador. Irainos les presentó a Igrëithonn, el comandante en jefe de las fuerzas del Vigía al norte del Meltuan. El comandante había estado oyendo lo que el grupo y el consejo discutían, y sugirió que podrían intentar pedir ayuda a la Unión de Puertos Boreales. Ante las miradas de extrañeza de Yuria y los demás, Irainos les explicó que ellos seguramente conocerían a los Puertos Boreales con el nombre de Confederación Corsaria. Efectivamente, Yuria conocía de sobra a la nación de excelentes navíos y marinos sita al norte del Pacto. No obstante, ella tenía entendido que los corsarios (o borealitas como les llamaba Irainos) no eran gente de fiar; pero el líder del Vigía hizo que se replanteara su prejuicio cuando le explicó que en el pasado habían sido unos firmes opositores al Cónclave del Dragón y que en realidad se habían originado como el séptimo distrito de los ástaros de Lândalor.

Igrëithonn también pidió al consejo que enviaran un pelotón de minadores enanos a su posición. Él se encontraba en los bosques situados justo al sur de la fortaleza de Tirëlen, que el grupo había sobrevolado a bordo del Empíreo hacía varios días. Como ya habían visto en su vuelo, en la parte norte de la fortaleza se encontraba acampado un considerable ejército enemigo, y la oposición del Vigía en el bosque homónimo del sur era lo único que todavía impedía que Tirëlen hubiera sido totalmente rodeada y asediada. Igrëithonn necesitaba a los minadores en su plan de lanzar un ataque que pusiera a los enemigos en retirada, e insistió además en su sugerencia de pedir ayuda a los borealitas.

El grupo se mostró de acuerdo en utilizar el Empíreo para transportar a los minadores enanos hasta Tirëlen. Los ojos de Yuria brillaron ante la oportunidad de compartir unas horas de viaje con el pintoresco grupo de enanos; exprimiría sus conocimientos todo lo que pudiera. Desgraciadamente, como descubriría Yuria el día siguiente, los minadores no eran de mucho hablar y no permitieron que la ercestre vislumbrara ninguno de sus secretos (si es que había alguno). El viaje tendría lugar el día siguiente.

Por la tarde, Daradoth aprovechó para enlazar su Ebyrïth con el de Irainos y así poder estar en contacto en lo sucesivo. 

Al anochecer, los vigías informaron de varios tornados que se habían formado en las montañas circundantes. No era un fenómeno habitual allí, y nadie pudo explicar el porqué de su aparición hasta varias horas más tarde. Todos se retiraron pronto a descansar para afrontar el viaje lo más pronto posible por la mañana. Sin embargo, no transcurrió mucho tiempo antes de que los despertaran y los instaran a permanecer en vigilia, pues los centauros habían informado de que estaban siendo atacados en el mundo onírico. De hecho, Yuria se había despertado antes por sí misma, pues se había visto en una pesadilla donde un rebaño de lobos demoníacos había intentado acabar con su vida. Un escalofrío recorrió su espalda cuando más tarde le confirmarían que los enemigos en el mundo onírico tenían efectivamente forma de grandes aberraciones lobunas.

La ayuda de Symeon fue solicitada por Audemas y el centauro Soreliath. El errante retiró el anillo que habían puesto en su dedo corazón y cayó dormido en el acto. Pronto se vio envuelto en un torbellino de sombras lobunas y plateadas que luchaban a lo largo de todo el Valle. Su lectura del tomo que trataba sobre el Mundo Onírico y sus últimas experiencias salieron a la luz. Por dos veces salvó a sendos centauros de morir a manos de los monstruos, y finalmente el conflicto onírico se saldó con la pérdida de las vidas de dos de los guardianes centauros. Galad también probó su valía a lo largo de la noche cuando un grupo de guardianes elfos acudió en su busca para que ayudara a Soreliath, el líder de los noctámbulos centauros. El venerable ser estaba siendo sacudido gravemente en el conflicto onírico. Invocando el poder de Emmán entre fanfarrias y cánticos sobrenaturales, el paladín consiguió que el centauro sobreviviera a la difícil noche. Más tarde se lo agradecerían personalmente, y él y Symeon recibirían la petición formal para colaborar en la defensa nocturna del Valle cuando se encontraran allí.

Los torbellinos que rodeaban al Valle desaparecieron en cuanto los enemigos se marcharon. Según los centauros, habían sido la manifestación de algún tipo de efecto en el Mundo Onírico que no alcanzaban a entender muy bien.

Y tras una larga noche llegó por fin el alba. Somara y sus guardaespaldas se quedaron a salvo (eso esperaban) en el Valle,  mientras el grupo partía hacia el oeste para encontrarse con Igrëithonn. En escasas diez horas recibían señales desde tierra guiándolos para aterrizar en un claro de la gran foresta. Mientras descendían, un numeroso grupo de montaraces elfos salió a su encuentro y saludó a Daradoth y los demás.

Pocos segundos más tarde hacía acto de aparición desde el linde del bosque el comandante Igrëithonn, acompañado de su séquito de lugartenientes. Su porte era magnífico, a pesar de que caminaba algo encorvado y de que sus ojos mostraban el peso de los años que había vivido. Su figura estaba envuelta en una reluciente aura que le revelaba como un elfo del alba, en su frente portaba una de las Joyas de Luz que ya habían visto en los miembros del consejo del Vigía Eyruvëthil y Annagrâenn, y cruzada en su espalda lucía una reluciente espada con una empuñadura en forma de águila. Daradoth se estremeció cuando percibió el canto de poder del arma; efectivamente, parecía que entonaba un levísimo cántico ancestral justo en el límite de la audición élfica.

Igrëithonn, en realidad Eraitan,
Alto Príncipe de los Elfos
"Esa espada...la forma de águila...", pensó Daradoth. Se fijó un poco más en el elfo. "Ese mentón, esa nariz...", su mirada se desvió hacia una cicatriz que el señor elfo lucía desde la sien izquierda hasta la mejilla. "No puede ser...", un escalofrío recorrió la espalda de Daradoth cuando recordó las historias que hablaban de la espada aquilina llamada Sayrelëth (Purificadora), y acto seguido hincó una rodilla en tierra en la pose tradicional élfica. "Las viejas historias toman forma; este es, sin duda, el Alto Príncipe Eraitan, desaparecido desde los tiempos de la Gran Reclusión, la retirada definitiva a Doranna". Hasta un estudiante tan pésimo como Daradoth recordaba las historias que narraban las hazañas de Eraitan durante la Última Guerra de la Hechicería.

El resto de los compañeros de Daradoth siguieron su ejemplo con la genuflexión. Igrëithonn se sorprendió ante la reacción del grupo y, con voz suave pero firme, aseguró que no debían arrodillarse ante él. Todos se pusieron en pie, impresionados por la presencia del comandante.

 —Señoría —comenzó Daradoth—, es un honor sin parangón encontrarse ante la presencia de tan gran hé...

 —...solo un humilde sirviente del Vigía, me temo —contestó Igrëithonn, sin dejar que su interlocutor acabara su frase. Daradoth comprendió; tendría que dejar la admiración para otro momento—. Un ingenio impresionante, ese que os ha traído —añadió, mirando a Yuria valorativamente.

Tras la bajada de los minadores enanos y las correspondientes presentaciones, durante las que "Igrëithonn" se mostró más que correcto, este y sus compañeros condujeron al grupo por disimulados caminos entre la espesura. Por fin, llegaron a un campamento militar perfectamente camuflado entre la vegetación. Los elfos habían construido entre los árboles sus habitáculos de adobe, piedra y madera y habría sido imposible identificarlos desde el cielo.

Entraron en el barracón principal, bien calefactado con un ingenioso sistema de piedras radiantes que evitaba la generación de humo y el peligro de localización. Allí fueron agasajados con nutritivos alimentos élficos que, aunque frugales, bastaban para alimentar a un individuo durante horas, y quienes quisieron pudieron disfrutar de un excelente licor (que, a la postre, afectaría a Symeon y a Yuria) y un magnífico tabaco. Durante el esparcimiento pudieron dialogar con Igrëithonn y su consejo. El comandante se interesó un poco más por el dirigible, y preguntó a Yuria si no había pensado en construir un modelo más adaptado al combate. La ercestre contestó que desde luego que lo había pensado, pero que le haría falta mucha más de la tela especial que era necesaria y el uso de un metal menos pesado; aun así, afirmó que su intención era tener un prototipo en un plazo bastante breve. Igrëithonn quedó pensativo durante unos segundos, y ausente, susurró:

 —Ah, recuerdo cuando los espléndidos barcos voladores de Avaimas surcaban los cielos, antes de... —en ese momento, el comandante pareció darse cuenta de lo que estaba diciendo y calló, dando lugar a un silencio incómodo.

Durante la conversación, Yuria se apercibió de que Igrëithonn se interrumpía muchas veces y quedaba como ausente, hablando casi imperceptiblemente consigo mismo. Daradoth y Galad, por su parte, necesitaban ejercer toda su capacidad de concentración para no distraerse con el continuo cántico de poder de la espada aquilina. Galad percibía en ella una reminiscencia celestial, igual que la que al principio había notado en Églaras, la espada de Emmán custodiada en Tarkal.

Igrëithonn volvió a saca a relucir la posible alianza con la Confederación Corsaria. Ellos podrían traer su flota, que podría remontar el Meltuan y ser decisiva en mantener el río como una barrera infranqueable para los enemigos. Con el Empíreo no les costaría desplazarse allí en persona e intentar convencerlos cara a cara. La conversación fue interrumpida cuando, a través de los búhos de ónice, Irainos se puso en contacto desde el Valle para informar de que estaban siendo atacados de nuevo en el Mundo Onírico. Afortunadamente, más tarde volvería a informarles de que el ataque había sido rechazado de nuevo, pero con un par de bajas más.

Cuando más tarde Daradoth intentó sacar a relucir el tema de la Gran Reclusión de los elfos y la desaparición de Eraitan en aquel proceso, Erythyonn, uno de los lugartenientes del comandante, le interrumpió y se lo llevó fuera a pasear sobre la nieve. Según le informó, unos pocos del círculo de confianza sabían que Igrëithonn era en realidad el príncipe Eraitan de los tiempos antiguos, pero que siempre que se intentaba hacer aflorar aquel tema, el comandante reaccionaba de forma extraña. Y era evidente que no se sentía a gusto hablando de los tiempos antiguos, así que nadie lo hacía.

Erythyonn inspiró profundamente el aire helado de la noche, cogiendo con sus manos varios copos de nieve.

 —De todas maneras, se avecinan tiempos de héroes... decidme, Daradoth, ¿acaso no lo notáis en el aire, en la piel? ¿No notáis ese... aroma..., esa sensación? ¿La presencia de la Sombra? —Daradoth se concentró unos instantes, pero al fin se encogió de hombros y negó con la cabeza.

Siguieron caminando bajo la nevada, y Daradoth, a gusto y en intimidad por fin con uno de sus congéneres, habló de sus intenciones de cambiar las cosas en Doranna, y de deponer a Natarin. Erythyonn mostró su sorpresa y preguntó a Daradoth acerca de su abolengo. Cuando este contestó que no sabía realmente cuál era, el lugarteniente del Vigía sonrió y afirmó congratularse por ver que al fin alguien de Doranna restaba importancia a la ascendencia y la tradición.

 —Sois joven e impetuoso, pero vuestros ojos me dicen que lograréis grandes cosas, amigo. Pero... ¿en serio no sois capaz de sentir... esto? ¿No notáis esa picazón, ese erizarse del vello? Es... vibrante, no lo sentía desde hace mucho —los ojos de Erythyonn brillaban de anhelo.

Esta vez sí, Daradoth comenzó a notar una especie de sensación que no sabía explicar muy bien, pero que sin duda tenía que ver con la presencia de la Sombra, con el conflicto que se avecinaba. Su corazón se aceleró ligeramente, y sus músculos se tensaron. Erythyonn siguió hablando:

 —Espero que con el retorno de la Sombra, Eraitan —¡utilizó por primera vez el verdadero nombre del príncipe!— vuelva a ser el Alto Príncipe guerrero que necesitamos.

Daradoth se volvió hacia él, sorprendido por sus palabras, y Erythionn, abriendo los ojos y tensándose de repente, sacó sus dos espadas y se abalanzó hacia la izquierda.

Aquello puso en guardia a Daradoth, que en cuestión de décimas de segundo percibió cómo algo se movía a su derecha. Con un fluido movimiento de esgrima desenvainó su arma y se encaró hacia el enemigo que los había acechado. Se encogió un poco cuando reconoció la figura de un enorme vulfyr que rugió y se lanzó hacia él.

En el resto del campamento comenzaron a oirse sonidos de combate y ásperos rugidos. Galad y Yuria salieron al exterior junto con un grupo de elfos, y pronto se vieron envueltos en un combate con varios vulfyr y elfos oscuros. Afortunadamente, Erythyonn y Daradoth habían hecho saltar la voz de alarma con sus gritos y así habían evitado ser sorprendidos.

El conflicto parecía ya controlado después de sufrir varias bajas bajo los colmillos y garras de las terribles criaturas, cuando Yuria detectó un movimiento por el rabillo del ojo. Alguien había pasado como una exhalación por su lado y desaparecido hacia uno de los laterales del barracón. Ahora que lo pensaba, Igrëithonn seguía dentro. Se apresuró a asomarse por la esquina y, alumbrado por la luz que salía por la ventana lateral, pudo ver a un elfo oscuro. Este había roto ya las contraventanas de madera y parecía estar preparándose para algo. Y entonces reparó en Yuria, que se dirigía hacia él espada en ristre. Se miraron durante un instante, Yuria con la dificultad añadida de la oscuridad reinante en el exterior y la ligera nevada. El talismán de la ercestre, que le había sido devuelto al salir del Valle del Exilio, emitió la descarga que ella ya conocía tan bien; el elfo había intentado afectarla con un hechizo. No pudo distinguir la expresión del enemigo, que se había retirado de la luz, pero suponía que se habría sorprendido. Comenzó a avanzar esgrimiendo la espada, y un cuchillo pasó a escasos centímetros de su rostro; acto seguido, un látigo surgió de la oscuridad y se enrolló alrededor de su muñeca. El talismán generó una descarga más violenta que la anterior. Yuria tiró con todas sus fuerzas del látigo, intentando lanzar una estocada mortal a su enemigo, pero este, susurrando enojado, destrabó su latigo y desapareció en la noche.

No sin dificultades, Daradoth y Erythyonn habían podido dar cuenta de sus enemigos y dar la voz de alarma, y pocos minutos después todos se reunían de nuevo en el barracón, redoblando la guardia. Yuria les comentó a ellos en privado que Igrëithonn se había quedado ausente en el interior del barracón, y relató en público el extraño enfrentamiento con el elfo oscuro. Esto les convenció de que el objetivo del ataque había sido sin duda Igrëithonn. Además, la ercestre les comentó que el atuendo del elfo le había recordado mucho al de aquellas elfas oscuras que se hacían llamar maestras del Dolor. Pero en lugar de lucir el trasunto de sonajero que esgrimían aquellas, su arma era un látigo.

 —Debía de tratarse de un miembro de otra de las Sendas Tenebrosas —dijo Aryëlëth, una de los lugartenientes—, diría que de la Senda de la Locura. Ellos veneran al Vesánico, uno de los Rostros de Korvegâr, igual que los maestros del Dolor adoran al Tirano.

El grupo, estupefacto por la revelación, cruzó miradas y, evidentemente, pidieron a Aryëlëth toda la informacion que tuviera sobre esas sendas. La elfa tampoco pudo darles demsiada información, solo que conocía tres de las once sendas, el Dolor, la Locura y la Lujuria, y que cada una parecía rendir culto a un Rostro diferente de Korvegâr.

Por fin, bien entrada la madrugada, Yuria, Galad y Symeon cayeron en un profundo sueño, exhaustos.

Galad había atravesado desiertos infinitos. Las arenas habían desgarrado sus pies y el sol había masacrado su piel. Estaba agotado. Y entonces apareció un ser que le hizo dejar atrás la fatiga y el dolor. Un ser celestial, de luz dorada y cuatro majestuosas alas que lo miró desde su ingente altura.

—Tú...levántate...mírame... —mirar a la luz directamente dejó a Galad sin vista—. ¿Eres tú a quien ha elegido? ¡¡¡Demuéstralo!!!

El paladín despertó, sobresaltado aunque totalmente refrescado. Se estremeció cuando se dio cuenta de que todo lo que podía ver era una mancha de luz dorada.

martes, 10 de diciembre de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 10

Irainos y el consejo.
Sobre la nieve invernal, ya rodeados por una pequeña multitud de elfos y con arqueros apuntándoles desde todas partes, Yuria no tardó en ver cómo el resto de sus compañeros se desplomaba inconsciente a su alrededor. Mientras esto ocurría, su talismán dejaba sentir el empleo del poder sobre ella con pequeñas descargas en su piel. Intentó fingir que ella también caía, pero nunca se le habían dado demasiado bien las artes del engaño. Así que los elfos la forzaron a dejar sus armas  y se la llevaron bien atada. Por el rabillo del ojo pudo ver cómo varios de los presentes hablaban en voz baja y le lanzaban miradas suspicaces.

Poco tiempo más tarde, Daradoth despertaba en una sala mediocremente iluminada para encontrarse sentado junto a Yuria frente a una mesa en cuyo lado opuesto tres elfos les miraban fijamente con cara de pocos amigos. A su alrededor, varios guardias vigilaban que la escena permaneciera calmada. "Al menos han tenido la delicadeza de no atarnos a las sillas", pensó.

El joven elfo no tardó en comprender que lo habían llevado allí para ejercer de traductor con su compañera ercestre. Daradoth no tenía conocimientos de irthion, pero los tres interrogadores hablaban correctamente el anridan, un par de ellos con fuerte acento. Por sus vestimentas y su actitud debían de ser una especie de clérigos, o quizá monjes; lo que estaba claro es que su atención, para sorpresa de Daradoth, se centraba íntegramente en, según sus palabras, "el objeto de nulificación que la humana debía de llevar encima". Los tres elfos se mostraron amables en todo momento, cosa que reconfortó a la pareja; Yuria accedió a mostrar el aro negro que le envolvía en cuello, provocando miradas de estupefacción en sus interlocutores. Interrogada acerca del origen de aquel objeto, la ercestre dijo la verdad: que era un regalo de su padre, explorador del ejército ercestre, y que no sabía de dónde lo había sacado. Siguieron momentos tensos en la conversación cuando los monjes insinuaron que el padre de Yuria quizá hubiera robado el objeto en algunas de sus correrías, posiblemente de algún asentamiento élfico antiguo. No obstante, al ver el efecto causado por sus palabras, no tardaron en disculparse y la situación retornó a los derroteros de educación por los que había transcurrido. Cuando pidieron a Yuria que les entregara en préstamo el talismán, para que pudieran estudiarlo mientras ella permanecía en el Valle, la joven aceptó. Los elfos prometieron devolvérselo en caso necesario o cuando se marcharan de allí. "No me había dado cuenta de lo que pesa hasta que me lo he quitado", pensó, acariciando con suavidad las pequeñas escoriaciones de su cuello.

De nuevo con sus compañeros, pasaron varias horas encerrados en una sombría habitación de la torre que los elfos llamaban Tyr'Begaryth. Afortunadamente, la torre debía de disponer de una chimenea central y la temperatura no era insoportable. Además, desde las ventanas enrejadas podían contemplar directamente la explanada que se extendía entre la torre y otros edificios, y los caminos que venían del sur. A Daradoth y a Symeon les llamó la atención que la inmensa mayoría de los elfos que veían parecían ser muy jóvenes. Por otro lado, era sorprendente el alto número de semielfos que circulaban por los caminos. Y no solo ellos, puesto que las filas del Vigía parecían componerse también de enanos, ástaros, mestizos, y algún que otro centauro.

Por la tarde, un ligero escándalo hizo que Galad llamara a sus compañeros a reunirse en la ventana. Una cincuentena de montaraces elfos apareció desde el bosque por el camino del sur, remontando la pendiente de la colina sobre la que se elevaba la torre y los edificios anexos. Les encabezaba un elfo de porte noble, y precedían dos carros tirados por bueyes; en el primero de ellos, llevaban vivo y encadenado a un troll que rugía débilmente, visiblemente agotado. La visión del enorme y obsceno ser provocó escalofríos en el grupo. Escalofríos que se vieron prolongados por el extraño cuerpo sin vida que viajaba atado en el segundo de los carros: el cadáver de una especie de enorme lobo humanoide, que más tarde los vigías llamarían vulfyr, una extraña raza que no había sido vista nunca antes sobre la faz de Aredia. Aquellos seres debían de haber sido la fuente de los aullidos que habían oído en los bosques que rodeaban Meltuamâl. El enemigo disponía de seres de pesadilla; la Luz en Aredia estaba condenada si no podían encontrar la forma de hacer frente a aquellos engendros. Tras el segundo carruaje, una columna de enanos marchaba en silencio, en contraste con el sonido metálico que sus grevas hacían a su paso.

Por la noche, Symeon entró al Mundo Onírico. Al salir de la representación de la torre, lo que vio lo dejó algo aturdido. El Valle del Exilio era representado allí como una enorme fortaleza que brillaba con matices de plata que no había visto nunca antes. Y antes de que pudiera reaccionar, dos presencias a su alrededor. No pudo ofrecer ninguna resistencia, salvo apercibirse de que aquellos que lo expulsaban del Mundo Onírico no eran sino centauros. Intentó decir el nombre de la lady centaura a la que había intentado ayudar hacía una eternidad, en el Imperio Vestalense, pero no pudo articular sonido. Pocos minutos después, unos monjes aparecían para poner un anillo de plata en el dedo de un inconsciente Symeon, dando órdenes a sus compañeros de que no se lo quitara mientras permaneciera en el Valle o hasta que le dijeran lo contrario.

Poco tiempo después del amanecer el grupo era conducido a presencia del líder del Vigía, Irainos. Este se hallaba acompañado de su consejo (o de parte de él, como más tarde se enterarían). Irainos era uno de los pocos elfos que Daradoth había visto con aspecto envejecido y luciendo barba en su rostro; por supuesto, era el único elfo con tales características que el resto del grupo había visto nunca. Hablaba perfectamente tanto el irthion como el anridan y el cántico, y presentó a los miembros de su consejo que habían podido acudir. La elfa Eyruvëthil, los elfos Annagrâenn y Audemas, el enano Zarkhu y los monjes Neäderoth y Elywör. En la sala, austera y bastante grande, se podían ver varias decenas de guardias y oficiales de toda la variedad de razas presentes en el Valle. Symeon miró con curiosidad la espada que Eyruvëthil apoyaba en uno de los brazos de su sede, y las gemas que Annagrâenn y Audemas lucían en sus frentes... no pudo evitar que sus ojos se abrieran mucho al reconocer dos de las míticas Joyas del Alba, mencionadas en varios libros de estudios sobre la Era Legendaria. En la mesa ante el consejo se encontraba el talismán de Yuria, guardado en una pequeña urna de cristal.

El líder del Vigía lucía en sus manos una vara metálica y sobre una repisa pudieron ver un búho de ónice idéntico al que Daradoth había encontrado en las ruinas de Margen y que le permitía contactar con el Empíreo. Más tarde se enterarían de que el Vigía disponía de tres de tales figuras, enlazadas entre sí y a las que llamaban Ebyrithë (Ebyrïth en singular). La vara que Irainos alargó a uno de sus guardias resultó ser uno de los artefactos que los elfos llamaban Seïvarydh ("Varas de Juramento", seïvaradh en singular); estas servían para comprobar la sinceridad de aquellos que hacían promesas mientras la empuñaban. Su poder era tal que, si alguien intentaba mentir mientras empuñaba una, se quedaba sin palabras y era incapaz de enunciar el perjurio; además, los juramentos proferidos mientras la vara era sostenida se convertían en inquebrantables, siempre que el empuñante admitiera voluntariamente sostenerla.

Así, Irainos y el resto les instaron a jurar su lealtad a la Luz y su intención de no perjudicar en nada al Vigía ni revelar la localización del Valle. El primero en sostener la vara fue Daradoth, que declamó con convencimiento el Juramento Ancestral de Aredia:

 —Por mi honor, la gracia del Creador y mi esperanza de renacimiento, juro que no perjudicaré al Vigía de ningún modo, que soy un leal seguidor de la Luz y que no revelaré a nadie lo que sepa del Shur'Ekathälias, el Valle del Exilio.

Tras Daradoth, todos los demás enunciaron el juramento sin problemas, lo que hizo que el elfo soltara un imperceptible suspiro de alivio. Acto seguido, los guardias ofrecieron asiento al grupo.

La conversación que tuvo lugar a continuación trató diversos temas, y permitió que los miembros del Vigía conocieran más al grupo y establecer una relación de relativa confianza.

 —Debéis saber —empezó Irainos— que la única razón por la que no os abatimos durante vuestra inapropiada entrada en Ekathälias fue el que un elfo de Doranna formara parte de vuestro grupo. No es que seamos admiradores de los dorannios, desde luego, pero al fin y al cabo nos unen lazos desde tiempos remotos...

Según dejaron entrever Irainos y Annagrâenn, en realidad los elfos del Vigía despreciaban a los elfos de Doranna por su "cobardía" al llevar a cabo la Gran Reclusión y retirarse a su nación sellada, abandonando Aredia a su suerte. Pronto pasaron a interesarse por el talismán de Yuria y por el extraño artefacto volador con el que habían entrado al Valle. La niebla que normalmente protegía el enclave no había funcionado ese día y no tenían otro medio para ocultarse de ojos en el cielo. Ambas cosas atañían de cerca a Yuria, así que la ercestre les explicó lo poco que sabía sobre el objeto y su autoría en la creación de los dirigibles, entre ellos el Empíreo, del que habló con orgullo; el consejo le dirigió miradas apreciativas. Esto fue aprovechado por Daradoth para enumerar las muchas virtudes de Yuria como militar y sus numerosas gestas los pasados meses.

El enlace de acontecimientos llevó al grupo a exponer sus peripecias del último año, mencionando los acontecimientos de Rheynald, el éxodo por el Imperio Vestalense y la hazaña con el Ra'Akarah, las sospechas de que se enfrentaban de nuevo a kaloriones, su huida y la alianza con lady Ilaith de la Confederación de Príncipes Comerciantes. A pesar de la inexpresividad de los elfos, estos y el resto del consejo se mostraba cada vez más sorprendido. Además, el episodio de Symeon con los centauros de la noche anterior (de la cual el anillo que lucía en su dedo anular era un recordatorio) hacía inútil cualquier secreto al respecto, así que también contaron las experiencias del errante en el Mundo Onírico; y por supuesto, Galad se mostró orgulloso de su condición de paladín de Emmán y valedor de la Luz.

Irainos y los demás no pudieron sino expresar con palabras de asombro su opinión sobre los acontecimientos que habían rodeado al grupo, y que incluso ellos mismos habían provocado. Los juramentos sobre la vara invalidaban cualquier sospecha que los vigías pudieran haber albergado sobre su historia, y eso los hacía rebullir de inquietud. El elfo Audemas dirigía de vez en cuando algunas palabras en irthion a sus compañeros mientras el grupo narraba sus peripecias.

A continuación fue el turno de Daradoth de explicar el porqué de sus viajes en el exterior de Doranna. El joven elfo no ocultó prácticamente nada, habló de los problemas de su familia con lord Natarin, de su amada, de los desaparecidos, y de su exilio y su búsqueda, su posterior encuentro con sus actuales compañeros en Rheynald y la alianza de conveniencia con lady Ilaith. Más tarde esa misma noche, Daradoth pediría un encuentro a solas con Irainos y le hablaría de sus planes para volver a Doranna y "cambiar el estado de las cosas"; quizá el Vigía pudiera ayudarle a lograrlo. Irainos solo pudo mirarlo condescendientemente e intentar quitarle la idea de la cabeza, con alguna otra mirada de preocupación.

Después de darse por satisfechos con la explicación de Daradoth, el grupo pasó a exponer el verdadero motivo de su presencia en el Valle. Hablaron de Ginathân, de Somara y la rebelión. Esta había escapado a cualquier tipo de control y ya afectaba a todo el sur del Pacto, y hablaron del intento de asesinato y de por qué habían decidido tomar partido por el noble rebelde. Describieron las visiones de Symeon en el Mundo Onírico y los sueños de Galad, y expusieron su convicción de que el duque y su esposa eran fundamentales para la Luz.

Ante la magnitud de los temas tratados y la cantidad de tiempo transcurrido, el consejo decidió convocar otra reunión con el grupo para el día siguiente.

El resto del día fue aprovechado por Daradoth y sus compañeros para recorrer el valle y conocer sus varios pueblos y parajes. En un momento dado, el elfo se concentró para percibir el poder a su alrededor, y casi se desmayó. El Valle era un hervidero de poder, con multitud de hechizos activos. El frío se iba haciendo cada vez más intenso sin embargo, y se retiraron pronto a los aposentos que se habilitaron para ellos en los edificios de la guardia. Gracias a la comunicación que Daradoth podía mantener a través del búho, Yuria se aseguró de que la tripulación del Empíreo había encontrado un lugar adecuado donde guarecerse.

La mañana siguiente, Irainos, Annagrâen, el enano Zarkhu y la enana Akhartha (otra miembro del consejo que no había podido estar presente el día anterior) les condujeron hacia la parte norte de la colina donde se encontraban. Tras rodear unos edificios, llegaron a una especie de plaza en cuyo centro se encontraba el troll que habían visto el día anterior, encadenado a unos grilletes. También les enseñó el cuerpo del vulfyr, que habían clavado a una tabla, y un calabozo donde encerraban a un par de elfos oscuros y de drakos renegados (nativos del Cónclave del Dragón). Todo ello para que se dieran cuenta de la magnitud de la amenaza a la que se enfrentaban. Su intención era llevar al troll y al vulfyr (quizá también a los elfos oscuros) al sur para presentarlo ante los monarcas más lejanos y que, al darse cuenta de la amenaza, dejaran de lado sus diferencias para luchar contra el verdadero Enemigo. El grupo mostró su acuerdo con tal medida.

 —Y es aquí donde sería inestimable vuestra ayuda, pues ese ingenio volador podría trasladar las pruebas mucho más rápido que cualquier carreta.

Yuria y los demás se miraron, incómodos ante la petición de Irainos. La ercestre mostró sus dudas acerca de poder transportar algo tan brutal como un troll a bordo del Empíreo, y con esa excusa pudieron postergar su respuesta. Daradoth pasó a exponer seguidamente su deseo de que el consejo del Vigía recibiera en audiencia a Somara, a la cual habían traído en el dirigible. Irainos acordó que la recibirían el día siguiente, e insistió sobre la conveniencia de transportar rápidamente a los prisioneros hacia el sur. "Quizá no sea tan mala idea", pensó el elfo; "sería una forma de convencer a todos de cesar las hostilidades y plantear un frente común a los enemigos del norte".

El consejo también pidió la ayuda de Symeon para la defensa del Valle en el Mundo Onírico. Según les contó, los centauros habían informado de que la noche anterior habían expulsado a varios intrusos que se habían acercado en demasía al Valle, pero cuyo aspecto no habían podido ver. Symeon aceptó, por supuesto, y esa noche la pasaría de guardia junto a los centauros sin mayor problema; no pudo comunicarse apropiadamente con ellos por la barrera del idioma, pero se sintió honrado de trabajar a su lado.

Por la tarde, el monje Neâderoth reclamó la presencia de Yuria. La condujeron (junto con Daradoth) a una especie de campo de entrenamiento donde los monjes practicaban las artes marciales y otras técnicas mucho más esotéricas (concentración, chi...). Elywör, otro de los monjes que habían interrogado a Yuria sobre el talismán, llevaba el aro de la ercestre en la mano derecha. Y lo que Yuria vio a continuación la dejó helada; vio cómo el monje miraba hacia otro que se encontraba a unos diez metros de distancia, y que preparaba un hechizo; cuando este alargó sus manos para dirigir su sortilegio hacia Elywör, este alargó la mano que sostenía el talismán hacia él, y en cuestión de décimas de segundo, el contrincante se desplomaba.

 —Es increíble —dijo Neâderoth—. Tenemos otros talismanes en el Vigía, pero este supera con creces la capacidad de cualquier otro que hayamos visto. Normalmente, Elywör y algunos otros son capaces de anular los hechizos que se dirigen contra ellos, pero vuestro talismán no solo anula el efecto, sino que anula a quien lo realiza, totalmente.

Yuria no tenía palabras. ¡Habían usado su talismán de forma ofensiva! Ella lo había usado pasivamente, y nunca se le habría ocurrido que tuviera ese uso. Cuando preguntó al monje cómo se podía hacer aquello, este solo contestó que con muchos años de entrenamiento, una concentración sobrehumana y una voluntad de hierro. Planteó la conveniencia de que Yuria cediera el talismán al Vigía para ayudarles en su lucha, pero la mujer se negó en redondo.


El día siguiente tuvo lugar el encuentro entre el grupo, el consejo y Somara, que descendió grácilmente del dirigible. Daradoth esperaba que la gracia y la luz que la presunta errante desprendía inconscientemente cambiara el parecer de la cúpula del Vigía. Pero no fue así. No resultaron especialmente impresionados aunque tuvieron que reconocer que la Luz era fuerte en la mujer. Daradoth se sintió frustrado, pero por muchos argumentos que él y Galad esgrimieron no consiguieron convencer al consejo de la conveniencia de apoyar a Ginathân. Irainos también razonó que era muy diferente aceptar el encargo de un rey legítimo de quitar de en medio a un rebelde en la noche (como ya habían hecho) que deponer un rey de su cargo para beneficiar una rebelión fuera de control. Era posible que Ginathân y Somara fueran fieles servidores de la Luz, no lo dudaba; pero el rey Anerâk también lo era, sin duda. Había enviado sus legiones al norte para oponerse al Enemigo, arriesgando así su trono debido a la rebelión, y no había tenido más remedio que llamarlas de vuelta. Así que no apoyarían a quien había provocado aquello.

Daradoth discutió una y otra vez, desesperado, hasta que los más sabios del consejo llegaron a alterarse. El ser del joven elfo se vio conmovido ante la revelación de que los fieles a la Luz se estuvieran matando y traicionando entre ellos. ¿Acaso la traición y el ansia de poder no era cosa de la Sombra? ¿No eran los leales a la Luz justos y honorables? La respuesta que encontró en su interior y que más tarde sería confirmada por Irainos y Audemas, fue "no". Luz y Sombra no eran conceptos tan maniqueos como "bien" y "mal", y Daradoth tendría que asumirlo. Lágrimas de frustración asomaron a los ojos del elfo, pero las contuvo apretando los dientes; tendría que dejar el idealismo a un lado y asumir la cruda realidad.

Por la tarde, para empeorar las cosas, llegó desde el sur la noticia de que el rey Anerâk había muerto masacrado por la plebe, junto con toda su familia. Aquello pareció ensombrecer el ánimo de Irainos y los demás, pero aceptaron detener los ataques contra Ginathân de momento. Tres distritos estaban en llamas por la revolución, y debían detener aquello a toda costa.




viernes, 22 de noviembre de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 9

Hacia el Norte. El Valle del Exilio.
Decidieron reunirse para evaluar la situación antes de tomar una decisión precipitada. Tendrían tiempo de sobra de alcanzar a Ginathân y sus tropas en el camino a la capital, si decidían acudir allí.

Ya en la intimidad de sus habitaciones, discutieron largo y tendido sobre la conveniencia de apoyar al duque en la capital, quedarse en la casa o marcharse definitivamente del Pacto (los defensores más enérgicos de esta última opción eran, como siempre, Faewald y Taheem). Fue Daradoth quien se mostró más vehemente en su sugerencia acerca de qué rumbo tomar a continuación. El elfo insistió en que deberían viajar hacia la frontera norte del Pacto para intentar contactar con los elfos del Vigía. Y si era posible, llevar a Somara con ellos para que la vieran y pudieran ver el objeto de todo el conflicto que aquejaba al país. Después de que Symeon expusiera su preocupación por lo que pudiera suceder la noche siguiente, pues acababa el plazo que Nirintalath había dado, Galad y Yuria se mostraron de acuerdo en que contactar al Vigía podría ser la mejor opción.

Al cabo de pocos minutos se reunían con Somara para darle cuenta de sus intenciones, y su voluntad de que les acompañara en el dirigible al norte. La errante se mostró asombrada, y preocupada; bajo ningún concepto se marcharía de la mansión sin informar a su marido y a su consejo antes. Tras unos cuantos tiras y aflojas, el grupo no tuvo más remedio que transigir en su petición, así que aprestaron el dirigible y marcharon al encuentro de Ginathân. Cuando este los vio se mostró esperanzado de que le acompañaran hacia la toma de Dársuma, pero su expresión cambió cuando le expresaron sus intenciones, más aún cuando estas implicaban a Somara. No obstante, finalmente convencieron al duque de que la cabina del Empíreo era el lugar donde su esposa se encontraría más segura, mucho más que en la casa o con las tropas, y este accedió a que Somara partiera con ellos; eso sí, dando un plazo de no más de diez días para su retorno, y el juramento solemne de todos ellos de que no la pondrían en peligro en ningún momento. Otra condición fue que los dos maestros de la esgrima, Astholân y Nirûnath, los acompañarían en su viaje y no se separarían de Somara jamás.

Así, con el permiso de Ginathân volvieron a la casa, donde se pertrecharon y aprovisionaron para el viaje; al cabo de cuatro horas, el Empíreo tomaba rumbo norte, ante previsiones de tiempo inestable pero no especialmente malo por parte de Yuria. La ercestre no había podido estar más equivocada; unas seis horas después, el dirigible era sacudido por fuertes vientos que provocaban bruscos bandazos en la cabina y la cubierta, y que a punto estuvieron de provocar la caída de algún que otro tripulante. Y pocos minutos después, sin tiempo a recuperar el aliento, una tormenta estallaba a su alrededor con toda su furia; los relámpagos restallaban alrededor, y el dirigible fue atrapado en una corriente que lo escoró y lo llevó directamente hacia el suelo. Afortunadamente [punto de destino] Yuria pudo recuperar el control en el último momento con ayuda del capitán Suras y mantener el dirigble en el aire hasta que llegaron a un sitio adecuado para descender; la ercestre descendió a la cabina y se dejó caer en un jergón, agotada y temblando todavía por lo cerca que había visto la muerte.

Con el dirigible fuertemente anclado y asegurado pasaron la tormentosa noche en la cabina. Antes de que se cumpliera el plazo a medianoche, Symeon entró en el Mundo Onírico y se dirigió raudo al encuentro de Nirintalath. Ya en Tarkal, lo primero que vio fue que la jaula etérea que parecía encerrarla habitualmente había pasado de un color blanco brillante a un profundo color negro. El espíritu de Dolor se encontraba en el centro, encogida sobre sí misma con su aspecto de muchacha. Levantó la vista cuando percibió a Symeon haciendo todo lo posible por alterar la jaula con sus habilidades y poder sacarla de allí. La muchacha se puso en pie lentamente, mientras realizaba el gesto de hablar; pero ningún sonido salía de su garganta, al igual que había sucedido la última vez que el errante había estado allí.  Ella se fue alterando cada vez más, increpando a Symeon sin voz alguna, gritando cada vez más. Su rostro iba pasando del color verdemar habitual a un verde mucho más lívido, y la expresión era cada vez más aterradora; su aspecto fue cambiando hasta tomar el de una mujer madura. Las venas de su cuello se hincharon como cables, tal era la fuerza de sus gritos mudos. Y Symeon comenzó a sentir las punzadas de los millones de alfileres que ya le eran familiares, provocadas por Nirintalath. Las punzadas fueron en aumento, pero a pesar de ello consiguió levantar un escudo que amortiguó la oleada de dolor. Gracias a eso se salvó, pues el siguiente grito de Nirintalath vino acompañado de un estallido de pura agonía que el escudo de Symeon atenuó lo suficiente para que su yo onírico sobreviviera. Pero el escudo no le ayudaría ante un segundo estallido, así que decidió despertar sin más tardanza. Empapado en sudor, con ojeras de agotamiento y los ojos inyectados en sangre, con un dolor de cabeza palpitante, miró a Galad (quien como siempre lo había protegido parcialmente con uno de sus hechizos) y a los demás e hizo un ligero gesto de negación con la cabeza. Yuria se encogió de hombros:

 —Has hecho cuanto has podido, Symeon —dijo la ercestre—. Solamente nos queda esperar y confiar en que no suceda nada grave. Parece que Ilaith tomó la decisión correcta.

  —No obstante —contestó el errante, con la voz entrecortada de cansancio—, aunque Nirintalath no consiga contactar con nadie, su influencia en el Mundo Onírico debe de estar afectando a centenares de personas allá en Tarkal. No me hace ninguna gracia dejarlos a su suerte.

 —Así tendrá que ser por el momento, amigo —le consoló Galad—. No está en nuestras manos hacer más, confiemos en que lo que sea que haya hecho Ilaith tenga el efecto adecuado; ya intentaremos aplacar la furia del espíritu en mejores momentos.

Mientras en el exterior la tormenta iba amainando, todos intentaron descansar unas horas.

La mañana siguiente retomaron el viaje, sobrevolando las inmensas estepas llamadas Prados de Káikar, cuya extensión les conmovió. Horas después dejaban atrás el Gran Bosque Meltuano y traspasaban el río Meltuan, entrando en las Tierras Anexionadas. Unos cincuenta kilómetros más al norte acababa el bosque y avistaron una fortaleza coronando una colina. Según los cálculos de Yuria, debía de tratarse de la fortaleza de Tirëlen, y con preocupación transmitió que se debían de encontrar prácticamente en la línea de frente. Pocos segundos después sus palabras eran confirmadas; a los pies de la colina, más allá del linde del bosque, maniobraba un ejército. Una hueste de la Sombra compuesta por unos tres mil efectivos que de forma evidente que se aprestaba para un asedio.

Decidieron que era muy arriesgado descender allí, y que de hecho ya se habían expuesto demasiado a sí mismos, al Empíreo y a Somara, recordando la promesa que le habían hecho a lord Ginathân. Así que Yuria dio las órdenes para cambiar el rumbo y volver hasta el río Meltuan, que marcaba la frontera norte del Pacto.

Una vez llegados a la latitud del río, tomaron rumbo hacia el oeste, y no tardaron en avistar una nueva fortaleza, esta mucho más grande, que dominaba la parte sur de un enorme puente que cruzaba las aguas y que por su dimensión debía de ser un vestigio de las eras preimperiales1. Por los estandartes, la forma y la posición, Yuria identificó el colosal castillo como el llamado Meltuamâl ("refugio del Meltuan"). Se desplazaron unos cuantos kilómetros hacia el sur, y con ayuda de la lente ercestre pudieron ver cómo una legión se aproximaba hacia allí por la calzada de Arlaria. Descendieron y dejando en el dirigible a la tripulación, a Somara y a los maestros de la esgrima, llegaron a la población que se extendía al sur de la fortaleza por la misma calzada, que atravesaba el bosque.


Al pie de la muralla entablaron conversación con unos guardias (que como era habitual mostraron su sorpresa ante la presencia de un elfo de Doranna), preguntándoles por la situacion, y pocos minutos después llegaba un jinete ataviado con algún tipo de distintivo real. Los guardias le increparon, y a pesar de su fuerte acento Galad pudo entender casi toda la conversación:

 —Mensajero, ¿traes noticias del sur? ¿Llegarán pronto las cuatro legiones? —el jinete aminoró el paso del caballo y miró gravemente al guardia.

 —Me temo que desde el sur solamente llega una legión, sargento. Una revolución ha estallado allí, y parece que es tan grave que las tropas habrán de dedicarse a sofocarla antes de poder ayudarnos en el frente.

A continuación, el mensajero espoleó su montura y se dirigió al interior del castillo. El guardia soltó un improperio que Galad no consiguió entender. Por suerte, cuando pidieron paso libre y encontrarse con el general al mando, la presencia de Daradoth bastó para que los guardias accedieran y los condujeran a su presencia.

Ya cayendo la tarde, se encontraron con el general en la Sala de Guerra, donde toda la cúpula de la fortaleza acudió ante el reclamo de conocer a un elfo dorannio. Aquello resultaba ya fastidioso hasta para el henchido ego de Daradoth, que despachó las presentaciones de forma algo brusca. Acto seguido, presentando al elfo como un "observador", preguntaron por la situación en el frente. La información era descorazonadora, pues varias fortalezas se encontraban bajo asedio, y las tropas del Cónclave habían llegado hasta el propio río. Como una rúbrica a aquella información, Daradoth y Symeon empezaron a oír en el exterior una plétora de aullidos. Poco más tarde todos los presentes los escuchaban, en un silencio preocupado. Según les explicaron, hacía varias noches que sucedía aquello; los bosques de la ribera norte del río debían de haber sido tomados ya por la Sombra, que había traído lobos consigo. Varias de las partidas de exploradores no habían vuelto, de hecho.

 —Eso no son aullidos de lobos normales ni por asomo —dijo Yuria, con gesto sombrío. Su experiencia como exploradora en el ejército ercestre la había hecho encontrarse con lobos árticos muchísimas veces, y aquellos aullidos eran mucho más profundos y graves.

 —Así es —dijo el maestro de perreras, asintiendo—, ya había advertido que se trata de algo más grande y poderoso. Quizá huargos de la antigüedad, que el Enemigo ha conseguido conservar, o incluso algo peor.

Todos los presentes se miraron, genuinamente preocupados, algunos presa de escalofríos provocados por los espeluznantes aullidos.

—El caso —suspiró el general Egaldâth— es que esperábamos tres o cuatro legiones para proteger con solvencia la ribera del río, pero debido a los acontecimientos en el sur, de los que solo nos han llegado rumores, a corto plazo solo llegará una. Esperemos que la ayuda del Vigía sea suficiente en el ínterin.

Aprovechando la mencion al Vigía, el grupo preguntó al general dónde podrían encontrar a sus líderes. Egaldâth afirmó que más al este, en el bosque que se extendía entre el río y la fortaleza de Tirëlen, tenían muchos pueblos y puestos de guardia, pero que si lo que querían era encontrarse con la cúpula de su hermandad, lo mejor era que remontaran el curso del río hasta el llamado Valle del Exilio, donde el Vigía tenía su "sede central", por decirlo de alguna forma.

Pocas horas después, tras desear suerte al general y sus oficiales, partieron para dirigirse hacia el valle. Su partida se vio demorada durante un par de horas cuando Daradoth llamó la atención del resto del grupo sobre un punto en el cielo, que unos minutos más tarde identificó como una criatura voladora. Estaba demasiado distante para identificarla, pero el elfo aseguraba que no se trataba de uno de aquellos cuervos enormes llamados corvax, sino de algo distinto. Así que decidieron esperar hasta que la diminuta silueta hubo desaparecido hacia el norte, y partieron hacia el oeste.

Afortunadamente, el clima los respetó y tuvieron un viaje tranquilo remontando el curso del Meltuan. Sobrevolaron varias poblaciones y fortalezas, y un segundo puente tan enorme como el que partía de Meltuamân, y una jornada después llegaban a las primeras estribaciones de las Ádracen. Con las indicaciones del general no tardaron en identificar el lugar donde se encontraba el Valle del Exilio, protegido de miradas indiscretas desde el nivel del suelo por unas tupidas arboledas. Vieron cómo el valle estaba excelentemente protegido por varias torres  que se alzaban  en las elevaciones estratégicas.

Decidieron apostar el todo por el todo y descender en las colinas del sur, en un punto muerto; el capitán Suras dirigió el Empíreo con mano diestra y el grupo bajó rápidamente; el dirigible se elevaba de nuevo en un tiempo récord, pero los que quedaron en tierra pudieron ver cómo se acercaban desde la parte superior y de la parte inferior de la colina sendos grupos de elfos armados que corrían como el rayo. Varios de ellos no tardaron en rodearlos y apuntarles con sus largos arcos. Levantaron las manos, y Daradoth tomó la palabra, hablando en idioma irthion:

 —¡Paz, hermanos del Vigía! ¡No debéis temer nada de nosotros! ¡Mi nombre es Daradoth Ithaulgir, y vengo de Doranna para hablar de un asunto de extrema urgencia!

Varias voces se alzaron entre las líneas de elfos, y a pesar del fuerte acento, Daradoth consiguió entender algunas palabras ("traidores", "cobardes"...). Giró la cabeza y miró a sus compañeros de medio lado, diciendo:

 —Ammarië nos guarde... parece que los elfos de Doranna no son bienvenidos aquí...


Valle del Exilio