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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

lunes, 21 de marzo de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 21

El Edificio octogonal (II). Hacia el Foso.

Antes de ponerse a recorrer de nuevo el enorme edificio, el grupo discutió acerca de otros modos de localizar el orbe de Oltar. Daradoth puso en palabras sus pensamientos:

—¿No creéis posible que sea el propio orbe quien me está hablando en sueños? —preguntó, rascándose distraídamente la nuca; ahora que se fijaba, esa especie de picazón que había empezado a sentir al aproximarse al Aglannävyr y que era prácticamente igual que la que había sentido en Rheynald, había ido en aumento conforme se habían ido acercando al complejo central.

—Podría ser —contestó Symeon—, aunque no lo veo probable. Si el orbe es realmente un Arcángel, su manifestación debería ser más poderosa; aunque es posible que lo hayan sellado, o debilitado, o vete a saber qué.

—¿Y si —planteó Galad— hubieran ocultado el orbe en el cristal de ahí arriba y lo hubieran opacado para esconderlo? 

—¿Tú crees? —dijo Yuria, escéptica—. No sé, por lo que habéis descrito y por lo que parece, la opacidad del cristal es provocada por la sombra...

—Pero quizás, solo quizás —insistió Galad—, el cristal responda a las órdenes de los elfos igual que lo hacen las estatuas del exterior. 

—No perdemos nada con probar —se mostró de acuerdo Yuria.

Daradoth asintió con la cabeza, se acercó al enorme diamante y alzó sus brazos.

—Enciéndete —susurró en cántico, pero nada ocurrió. Lo probó de varias otras formas, pero ninguna tuvo efecto. Finalmente desistió, volviéndose hacia los demás—: Nada, no reacciona.

Yuria se había quedado callada durante todo ese rato, recorriendo la sala con la ayuda de la luz de Galad. Tras meditar unos segundos, dijo:

—¿Os habéis fijado? Hay exactamente ciento veintiún asientos en la sala.

—¿Y? —la invitó a seguir Galad.

—Ciento veintiunon son once veces once... once... otra vez ese número. Parece que la Sombra siempre manifiesta esas facetas... los once rostros de Korvegâr, las once vías de la Sombra, los once kaloriones con once apóstoles cada uno... ¿no os parece mucha casualidad?

—Desde luego —acordó Symeon, que se había acercado para oírla mejor—. Pero no creo que esta sala tuviera mucho que ver con la Sombra, por todo lo que hemos visto o soñado, más bien me inclino a creer que ese número debía de ser simbólico, representando la superioridad de la Luz.

Galad asintió vehementemente, Yuria también, pero no parecía tan convencida.

Tras unos segundos de reflexión, Daradoth cambió de tema:

—Creo que con las habilidades que me concedió Nassaröth podría localizar dónde se encuentra el poseedor de la voz que viene a mí en sueños, ¿creéis que debería intentarlo?

Todos se mostraron de acuerdo en que sí, que sería bueno que averiguaran de qué o de quién se trataba. Así que Daradoth se concentró mientras los demás hacían guardia, y la inspiración de Nassaröth le indicó una direcció y una distancia.

—Se encuentra a poco menos de trescientos metros hacia allá —anunció, señalando.

Galad, que tenía muy presente en la cabeza la distribución del complejo y las direcciones que habían tomado, calculó que Daradoth señalaba casi perfectamente hacia el norte.

—Señalas hacia el norte, Daradoth, hacia donde se encuentra la oscuridad impenetrable. Pero si la distancia es correcta, es la que más o menos nos separaría del foso. 

Cogieron la impedimenta y se dirigieron hacia allá, aprovechando para registrar bien el lugar en busca de pasadizos o puertas que pasaran inadvertidas. Tras atravesar varias salas y pasillos, llegaron a la vista (la vista de Daradoth, el resto seguía sin ver nada más allá de los cinco metros que alumbraba la tiara de Symeon) de una de las entradas, efectivamente la del lado norte, protegida por uno de los rastrillos de fulgor plateado. Cuando accedieron al zaguán, Daradoth y Galad volvieron a sentir el profundo latido que procedía de la zona de oscuridad, aunque amortiguado, suponían que debido a encontrarse en el interior del edificio. Los susurros seguían sin escucharse.

—Ya veo el rastrillo —anunció Daradoth—. Hay movimiento en el exterior. No lo distingo bien, pero hay gente. Quedémonos a cubierto.

—Lo que parece claro —dijo Yuria— es que, por lo que hemos recorrido, el origen de la voz debe estar más o menos en el foso.

—¿Y cómo accedemos a él? Hay que salir —planteó Symeon.

—Pues tendremos que planear algo —dijo Galad.

Y así lo hicieron. Pasaron un largo rato discutiendo cómo hacer que Daradoth pudiera salir usando sus poderes para pasar inadvertido sin exponerse a los ataques de los muertos vivientes, los elfos dementes y los demonios. La conversación se vio interrumpida un par de veces por sendas campanadas de Sombra, mucho más amortiguadas de lo que se sentían en el exterior. 

No obstante, decidieron que la salida al exterior la realizarían después del siguiente período de descanso. Así que dedicarían unas horas más a buscar en el edificio accesos a algún nivel subterráneo. Ya lo habían intentado antes sin éxito, pero vieron necesario insistir, porque les parecía raro que el edificio no tuviera cámaras o salas bajo el suelo. 

De nuevo, tras varias horas, su búsqueda fue infructuosa; así que, agotados, se retiraron a descansar en una sala cercana a la salida norte. Cuando fue el turno de dormir de Daradoth, la voz no tardó en volver. 

"Estáis tan cerca... tan cerca... hace tanto frío... necesito la Luz. Traedme la Luz, por favor, no la perdáis... no la perdáis...". 

"Tengo que pedirte un favor", pensó Daradoth, "cuando te encuentre, no puedes quedarte con toda mi Luz, no puedes".

"Pero... pero... es que, hace tanto frío... yo... si tú me dejas... si me dejaras...".

Daradoth, aterrado, notó como la presencia intentaba tomar el control de su mente, desplazándolo a él, algo muy parecido a lo que había sentido en Tarkal cuando el presunto kalorion lo había poseído. "No... ¡no, no!". El cuerpo dormido de Daradoth empezó a agitarse levemente, alertando a Taheem y a Yuria, de momento no le dieron importancia. Pero pronto, a medida que iba viéndose desplazado, el terror de Daradoth iba yendo en aumento y su cuerpo moviéndose más claramente.

"Tranquilo... no... tranquilo", dijo la voz. "Solamente necesito... necesito... esto...".

Daradoth empezó a agitarse violentamente, como si estuviera viviendo una pesadilla vívida. Yuria y Taheem corrieron a intentar despertarlo, despertando a varios más con el escándalo.

Mientras tanto, Daradoth empezó a recordar.

Estaba en la sala de guerra del Templo de la Luz, con seis de los mejores generales elfos. La guerra no iba bien. Impartió las órdenes necesarias para las siguientes jornadas de combate. Corte. La espada casi resbalaba de su mano por la cantidad de sangre de engendros de la sombra que chorreaba de ella. Un enano de ojos rojizos, mucho más grande de lo normal y con una Daga Negra se abalanzó sobre él. Corte. Todo estaba perdido. La oleada de Sombra era imparable. Y esa herida en su costado... esa herida...¿humeaba?

Yuria le asestó una patada en las costillas, desesperada por los estertores de su amigo. Pero ni aun así despertó. En ese momento sonó una nueva campanada. "¡Noooooooo!...", dijo la voz, que pareció alejarse instantáneamente. Daradoth despertó, con un fuerte dolor en el costado, sin aliento y extremadamente agitado.

Cuando pudieron calmarlo, les contó lo que había pasado.

—He vuelto a hablar con ese ser que contacta conmigo. Me ha enseñado cosas, o no sé si me las ha enseñado, pero las he visto. Creo que no es el orbe, sino el que fuera en tiempos su portador. Cómo era el nombre que nos dijo Eraitan...

—Ecthërienn —dijo Yuria—. Según nos dijo, se suponía que él era el portador del Obre de Curassil.

—Pues creo que es él, por las cosas que he visto cuando me ha desplazado de mi propia mente —describió las visiones, o los recuerdos, que había tenido; no estaba seguro si eran una cosa o la otra.

—Quizá has podido acceder a su mente, y él a la tuya —sugirió Symeon.

—Puede ser... en cualquier caso, creo que es él.

—¿Y si de alguna manera su esencia, o su alma, permaneció de alguna manera en el orbe? —sugirió Galad.

—Pues... con suerte, lo averiguaremos pronto —zanjó Symeon—. Ahora, deberíamos dormir de nuevo, es demasiado pronto.

Y así lo hicieron, pues la mayoría de ellos no había dormido más que un par de horas.

Un calor agradable se abrió paso a través del frío reinante para conforta a Symeon en su sueño. Poco después, un toque en la frente, que le recordó al contacto de su madre cuando se encontraba en la cuna, conmovió todo su ser e hizo acudir lágrimas a sus ojos. "Despierta, hijo mío", escuchó. Abrió los ojos, para tras unos momentos de emoción, encontrarse en el Mundo Onírico. Alrededor, la Sombra y la Luz bailaban un baile interminable, con los jirones de una y de otra apreciendo y desapareciendo sin cesar sucesivamente. Delante de él, una anciana de rostro angelical y ojos muy claros, con un libro en las manos, lo miraba. "Ninaith".

—Mi señora, es un...

—No tengo mucho tiempo, hijo —dijo la anciana, con una voz que conmovió hasta la última brizna del ser de Symeon—. Solo quiero deciros que no debéis desfallecer, que estamos con vosotros. Vuestro destino es muy alto, la Luz está en vuestras manos, y no debéis abandonar a aquel que habéis perdido... —su voz se fue haciendo más débil... —. Es muy importante, y confío en ti más que en ningún otro... no me decepcionéis... la Luz... el mundo, está en vuestras manos... no lo abandonéis, no... —fue haciéndose más indefinida—... el cristal... ¡el cristal! ¡La Joya!, es la clave.... es la.... —desapareció.

Symeon despertó rápidamente, no quería estar ni un segundo más de lo necesario en el Mundo Onírico sin la protección de la diosa. Despertó a todos de nuevo, relatándoles el contacto con Ninaith. 

—Me ha dicho que estamos destinados a lo más alto, y que la Luz está en nuestras manos. Y que no podemos abandonar a "aquel que hemos perdido" —informó—. Supongo que se refería a Eraitan. E insistió en que "el cristal", "la joya", era la clave. Eso no sé cómo interpretarlo.

Tras discutir durante unos minutos, completaron su descanso y despertaron a las pocas horas. Fue entonces cuando intentaron, haciendo uso de la Joya de Luz y de la tiara que llevaba Symeon, activar el gran cristal que flotaba a cinco metros sobre ellos. Pero no tuvieron éxito. "Si hubiérais podido decirme algo más, mi señora Ninaith...", se lamentó Symeon.

A continuación lo intentó Daradoth, también sin éxito. Aunque se fijaron en que, cuando la luz iluminaba algunos de los espejos que forraban la parte interior de la torre superior, estos se convertían en reflectantes durante unos minutos antes de volver a su estado opaco.

Tras muchos intentos y un rato de discusión, finalmente Galad decidió intentar canalizar algo de su poder ("del poder que Emmán me concede") hacia el enorme cristal. Así lo hizo; sin embargo, enseguida que trabó contacto con el objeto, notó un extraño frío a través del vínculo: sin lugar a dudas, un frío transmitido por la Sombra. Cortó la canalización al instante, sorprendido.

—Parece que, efectivamente, el cristal ha sido invadido por la Sombra —anunció—. Pero... no sé... tengo la sensación de que puedo hacerla retroceder de alguna manera...

—¿Crees que es seguro? —preguntó Symeon.

—Sí, creo que sí, siempre puedo romper el canal a tiempo, por lo que he visto.

—Entonces, deberías intentarlo.

Galad se aprestó a la segunda tentativa. Esta vez, se preparó para una transferencia mayor de su poder. Se concentró todo lo posible, y abrió un canal mucho más grande que el anterior. Pro supuesto, recibió un retroceso proporcional de Sombra. Pero el poder del paladín era mucho y su fe en Emmán inquebrantable, así que luchó con todas sus fuerzas. Perlas de sudor aparecieron en su frente, y su mandíbula se tensó cuando apretó los dientes. Pero la Sombra cedió, y finalmente alcanzó el objeto, continuando con su empuje.

—Mirad —susurró Symeon a los demás, que podían ver el diamante gracias a la luz que emitía su diadema—. 

—Sí —dijo Daradoth—, una de las facetas está reflejando la luz.

—Sigue, Galad —animó Yuria al paladín.

Pero Galad no podía más. Guardando una brizna de su poder para no caer inconsciente por el agotamiento (o algo peor si la Sombra conseguía alcanzarlo a través del vínculo), cortó el canal, jadeando y casi hincando una rodilla en tierra.

La faceta que había señalado Symeon siguió reflejando la luz durante unos minutos, y todos se quedaron mirándola hasta que volvió a opacarse poco a poco. No obstante, ahora tenían la esperanza de poder recuperar el cristal de alguna manera.

—Sin embargo —dijo Galad, agotado—, hace falta una cantidad de poder inmenso, que no sé cómo vamos a poder obtener.

—Lo único que se me ocurre es conseguir el orbe, y que pueda ayudarnos de alguna manera —sugirió Symeon.

—De acuerdo, pero yo ahora... necesito descansar... —Galad estaba agotado, así que se tendió para descansar.

Una vez descansados, procedieron a ejecutar su plan para que Daradoth pudiera salir del edificio y llegar hasta el foso, donde se suponía que estaba la presencia que le hablaba durante sus sueños. Necesitaría toda la ayuda posible, así que Symeon le tendió la tiara que habían conseguido en el Aglannävyr, pero a Daradoth le fue imposible acceder a sus poderes. No obstante, cuando Galad le tendió la Joya de Luz de Eraitan, el elfo sí pudo ahondar en sus secretos, y descubrió una capacidad que hasta ahora les había pasado inadvertida; la Joya le permitiría crear una esfera de Luz pura que podría ayudarle a acabar con los engendros de la Sombra. La ciñó a su frente, ceremonioso.

Galad y Symeon utilizaron sus habilidades para despejar la salida, y Daradoth, tras desnudarse y quedarse vestido con lo imprescindible, invocó sus poderes para ocultarse a la vista. 

—Cuidado, Daradoth —advirtió Galad—. Ahí fuera hay bastantes muertos vivientes. Por suerte, no parece haber demonios más acá del foso. Espera un momento.

Mientras Symeon invocaba los poderes de la tiara para distraer a los enemigos, Galad elevó una súplica a Emmán, en voz queda. Y su dios respondió. Un aura de vida pura emanó del paladín, que también ahuyentó a los muertos más cercanos. Daradoth aprovechó para abrir rápidamente el rastrillo, escabullirse al exterior, cerrar de nuevo, y desplazarse rápidamente hacia el foso. En línea recta, al final del camino de baldosas que llevaba a la puerta por la que acababa de salir, podía ver los restos de uno de los puentes que en otros tiempos habían dado acceso al edificio, con su correspondiente bastión interior y los restos calcinados del bastión exterior. Se estremeció cuando, al otro lado del foso, vio cómo miraban hacia él (pero, evidentemente, sin verlo) al menos dos docenas de demonios, entre ellos los dos que habían dirigido la marcha hacia el interior complejo y que, presumiblemente, se habían llevado a Eraitan hacia la oscuridad. Algunos de ellos empezaron a lanzar rayos de un fuego oscuro hacia el rastrillo que había dejado atrás. Pero lo que le inquietó más fue que, ya en el exterior del edificio, pudo sentir más claramente esa especie de latido que emitía el área de oscuridad, y que parecía haber acelerado su ritmo...


jueves, 10 de marzo de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 20

El Edificio octogonal

Symeon intentó detener a Daradoth, pero el elfo probó ser demasiado rápido y ágil aun a pesar de la carga que llevaba a su espalda, con la mochila y el enorme libro ("Las Vías de la Luz") que había atado a ella en el Santuario de Oltar. El errante apretó los dientes cuando falló un intento de agarrarlo y cayó al suelo aparatosamente; dio unas volteretas y volvió a levantarse, ignorando el dolor provocado por los golpes contra los escombros. "Maldición", pensó desesperado, "no voy a alcanzarlo, y ya tenemos que estar muy cerca de esos elfos muertos, ya noto el frío". Y así era, un frío entumecedor se empezaba a adueñar de sus articulaciones, y la Joya de Luz no revelaba dónde estaba su amigo. De repente, el frío desapareció. "¿Qué... cómo puede ser?", pensó.

La respuesta, como Symeon ya sospechaba, estaba más atrás. Galad había invocado los poderes concedidos por Emmán, y entonando sus plegarias —y no sin esfuerzo—, había conseguido rechazar a los dos engendros no-muertos.

"¿Pero qué dem...?", pensó Daradoth, al verse libre de la influencia de los horribles elfos. En ese momento, Symeon llegaba trastabillando a su altura, y comprendió. Sintió un escalofrío, recordando el momento en el que algún kalorion lo había poseído allá en Tarkal, pero el agotamiento y el errante no le dejaron caer en las tinieblas de la locura.

—Daradoth... ¡menos mal! —susurró Symeon a la mortecina luz de la joya—. Creo que Galad nos ha ayudado justo a tiempo. ¡Vamos! ¡No podemos parar aquí! ¡Vamos! —Se giraron para volver con sus compañeros, y en ese momento se oyó un gran estruendo  a su espalda, como un derrumbe de edificio, acompañado de gritos y rugidos.

Corrieron a reunirse con el resto, trastabillando varias veces debido al  puro agotamiento. Un rayo de fuego pasó a pocos centímetros de la cabeza de Daradoth, perdiéndose en la oscuridad. A ese rayo le siguieron varios otros, que por suerte no impactaron en su objetivo.

Más allá, Yuria gritó:

—¡Vamos, Galad! ¡Vamos a por Daradoth y Symeon! —instó con gestos a avanzar al paladín y a los demás.

—¡Vamos para allá, Yuria! —exclamó Daradoth, que había oído la voz de su amiga. 

El grupo se reunió por fin, y Daradoth aprovechó para, recuperando un poco el aliento, girarse. Se encogió cuando vio que una pequeña multitud había accedido a la plaza, compuesta por elfos deformes, algunos no-muertos, y un par de demonios que lanzaban los rayos de fuego impío. El elfo dirigió al grupo a una bocacalle hacia la izquierda, y se internaron por una estrecha callejuela, donde unas decenas de metros más allá aparecieron dos elfos sombríos, con su espeluznante risa demente. Tras un breve enfrentamiento, consiguieron ponerlos fuera de combate y, Galad, con su habilidad para detectar enemigos en el entorno, los guió hacia el edificio central. Daradoth invocó a su vez el poder de Nassaröth para crear una serie de barreras que les permitieron distanciarse de sus perseguidores.

Doblaron un par de esquinas y, en relativa tranquilidad, llegaron a lo que parecía una antigua plaza. En ese momento, Arakariann gritó algo en cántico, que Daradoth se apresuró a traducir:

—Dice que escucha un aleteo... ¡cuidado! —exclamó el elfo.

Una nube de criaturas voladoras los envolvió de repente, mordiéndolos por doquier, y fue Faewald el que quedó peor parado. El esthalio cayó inconsciente tras proferir un grito de sorpresa. Afortunadamente, las criaturas que penetraban en la esfera de luz de Symeon caían desplomadas a los pocos segundos, y eso les permitió seguir su avance sin lamentar más bajas. El errante intentó levantar a Faewald, pero las piernas le fallaron por el agotamiento y cayó de rodillas. El rostro de Galad transmitía toda la fatiga a la que estaba sometido debido a la extrema concentración que requería. Viendo el panorama, fue Yuria la que, sacando fuerzas de donde no sabía que tenía, levantó al ercestre y lo apoyó sobre su hombro.

—Vamos —instó a los demás, con la voz casi fallándole por el cansancio y la tensión—, no paréis. Vamos, Symeon —animó a su amigo, que se estaba levantando penosamente del suelo.

La gran plaza a la que habían llegado albergaba un gran anfiteatro que en el pasado debía de haber estado destinado a reuniones o ceremonias masivas. Lo rodearon por la derecha, siguiendo las instrucciones de Symeon, el que mejor se orientaba de ellos. El aleteo los seguía acompañando a lo lejos, y por el rabillo del ojo, Daradoth pudo ver que desde casi todas las bocacalles, sus perseguidores accedían por fin a la plaza.

—Vienen detrás —advirtió jadeando—. No sé si lo conseguiremos...

Por fin, rodearon el anfiteatro y llegaron a un antiguo templo que se conservaba mucho mejor que el resto de edificios que habían visto.  Atravesaron por un viejo jardín, arruinado en la actualidad, y llegaron a la otra parte. Y por fin, Daradoth vio muy cerca el edificio central, el de la forma octogonal con la torre en el centro que había visto Galad en su sueño. Detrás del edificio, más para allá, se encontraba la oscuridad impenetrable a donde habían llevado a Eraitan; y de ella parecía emanar una especie de latido que el elfo notaba ahora que se había detenido y recuperado el aliento. Symeon también lo percibía:

—¿Qué es ese latido, Daradoth? ¿Tienes idea?

—No —contestó el elfo—, pero parece proceder de la oscuridad impenetrable que vi desde el Aglannävyr. De todas maneras, tenemos problemas más inmediatos. El edificio parece estar protegido por un foso, y lo que hay dentro dejó de ser agua hace ya tiempo.

—¿No hay puente para cruzar? —preguntó Yuria.

—Parece que en tiempos hubo ocho, uno por fachada, pero no hay ninguno en pie. Solo hay unos bastiones que darían acceso en su momento. Lo que veo es que en cada  bastión hay una pareja de estatuas como las que vimos al entrar a los Santuarios y que obedecían mis órdenes.

—Pues intentemos pasar como podamos —dijo Yuria, desatando la cuerda de su mochila.

Después de ordenar en cántico a las estatuas que dejaran pasar a sus amigos e impidieran el paso a sus enemigos, atravesaron el bastión más cercano (donde se podían observar signos de lucha acontecida hacía muchos siglos) y se aprestaron para atravesar el foso con ayuda de las cuerdas y las habilidades especiales de Daradoth y Arakariann. Mientras tanto, detrás de ellos ya aparecían los enemigos rodeando el anfiteatro, y por los laterales de la explanada. Por suerte, las estatuas respondieron a las órdenes del elfo, y mantuvieron a raya a los engendros, al menos hasta que apareció media docena de demonios y un nutrido grupo de muertos vivientes, que las superaron.

Daradoth decidió invocar el poder de Nassaröth de la forma más destructiva posible. Se concentró, y mientras el resto de sus compañeros acababa de atravesar el foso, alzó sus brazos y gritó invocando a su avatar benefactor. Acto seguido, con un estruendo celestial, todos los engendros a la vista fueron alcanzados por sendos rayos de luz divina, provocando el caos en sus filas. El elfo sintió un repentino y extremo cansancio, lo que frustró sus ganas de sonreír al ver lo que acababa de ocurrir. Tuvo que ser ayudado por el resto para atravesar el foso, y por fin se tiraron todos sobre sus espaldas a recuperar el aliento. Por suerte, parecía que a esa parte del foso, los constantes susurros de la Sombra que les habían atormentado durante días, durante semanas, se habían acallado.

Sin embargo, no pudieron detenerse más que unos pocos segundos, porque volvieron a oír el aleteo quitinoso sobre ellos. Así que se levantaron penosamente una vez más y se dirigieron hacia el portalón del edificio. 

—El acceso está bloqueado por un rastrillo —dijo Daradoth mientras se acercaban—. Creo que... —se interrumpió, de repente, mirando hacia la izquierda. De detrás de la esquina habían  aparecido varias figuras humanoides y pequeñas, con los ojos rojos. Enanos. 

—Cuidado, vienen hacia nosotros unos enanos con los ojos rojos. Nunca había visto algo así. Tienen la barba oscura, como envuelta en sombras, y sus ojos dejan una estela de humo amarillento...  y sus hachas brillan con un fulgor ambarino.

—Enanos Ojos Ígneos —dijo Symeon—. Corrompidos por Sombra.

Por suerte, los enanos se aproximaban confiadamente, sin apresurarse. Tras ellos aparecieron un par más, y uno de ellos mostraba una forma física muy alterada, hinchado, con deformaciones horribles en el rostro, la barba convertida en púas y...

—Bendita Ammarië... —no pudo evitar musitar Daradoth—.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —inquirió Yuria, haciendo reaccionar a su amigo.

—¡Uno de ellos lleva una Kothmorui, una Daga Negra de Trelteran! ¡Vamos, entremos!

Se precipitaron a la puerta, donde el rastrillo brillaba con un levísimo fulgor plateado. El grupo ya empezaba a notar el frío que emanaba el impío objeto de los kaloriones. Tras varios intentos infructuosos de abrir la barrera por la fuerza, Yuria y Symeon urgieron a Daradoth a que intentara hacerlo de viva voz de forma semejante a lo que había hecho con las estatuas. Su orden no tuvo ningún efecto, pero cuando el elfo hizo intención de levantarlo, el rastrillo se alzó con gran velocidad.

Los enanos susurraron algo a sus espaldas, en su horripilante idioma. Daradoth cerró el rastrillo apresuradamente, y una de las hachas de los primeros impactó contra él con un sonido sobrenaturalmente fuerte. Los cuatro primeros enanos se asomaron a la otra parte de la reja, rugiendo improperios en su lengua. El grupo se alejó de la puerta prácticamente a rastras, y tras salir de la antesala, se derrumbaron por fin, completamente agotados. Tras comprobar que ningún enemigo entraba al edificio, buscaron un lugar adecuado y durmieron unas cuantas horas, cosa que necesitaban con extrema urgencia.

Durante el descanso, la voz volvió para hablar a Daradoth. "Estás cerca... ¡muy cerca! Date prisa, tienes que venir a sacarme de aquí, necesito Luz, la necesito...". El elfo intentó hablar con su desconocido interlocutor, pero no obtuvo respuestas aclaratorias a sus preguntas, ni le supo decir dónde ni a qué distancia se encontraba.

Al despertar, comieron algo de carne seca y té, lo que les hizo sentirse muchísimo mejor. Los constantes susurros habían cesado y al parecer, los enemigos no habían podido penetran en el complejo. Así que Symeon se levantó, desató su impedimenta y sacó la espada y la diadema que se había llevado del santuario al pie del Aglannävyr.

—Daradoth, deberíamos intentar utilizarlos, quizá nos puedan ayudar a salir de aquí.

—Sí, tienes razón.

Así que, apartados en un sitio tranquilo, se concentraron. Efectivamente, tanto la diadema como la espada resultaron ser objetos de gran poder, que sin duda les ayudarían en su búsqueda. Symeon conservó la diadema, mientras que Daradoth enfundó la espada, cuyas runas revelaban su nombre: Sannarialáth ("portadora de Luz").

A continuación, tras recuperar a Faewald (el descanso le había hecho mucho bien, pero Symeon lo notaba diferente, como si la Sombra fuera más fuerte en él; desde luego, su habitual alegría se había trocado en taciturnidad), se aprestaron a recorrer el edificio. Mientras se movían, Daradoth les informó de la nueva conversación que había mantenido mientras dormía con la voz desconocida.

—Según dice, estamos muy cerca, y es posible que se trate del orbe. No podemos descartarlo.

—Aun así, tenemos que tener cuidado. Por lo que cuentas, no sé si podemos fiarnos del todo.

El edificio era más grande de lo que parecía, así que recorrieron muchísimas salas, despachos, escribanías y bibliotecas, todas vacías o arruinadas por los años. 

Y por fin, llegaron a la que parecía la sala central, de forma octogonal. La sala estaba presidida por un púlpito que podía dar cabida a varias personas, con sendos atriles. Alrededor del púlpito se encontraban unos doscientos asientos estructurados en diferentes filas a distintas alturas, asientos para una audiencia mirando hacia el centro. Y, lo más sorprendente era que, a unos cinco metros sobre el púlpito, sin ningún sistema de fijación, flotaba un enorme cristal parecido a un diamante, facetado en centenares de caras. El cristal era opaco, aunque el grupo estaba convencido de que en tiempos debía de haber sido transparente. Sobre el cristal, una cúpula que daba acceso a la torre central, donde se veía un gran número de espejos que habían caído en el olvido y la oscuridad mucho tiempo atrás.

 

El Cristal de Luz

—¿Qué clase de ceremonias habrá visto esta sala? —se preguntó en voz alta Symeon—. Quizá era para ampliar el poder de Santuarios, o para protegerlo... no sé.

Una vez que habían recorrido toda la sala, decidieron explorar el resto del edificio, cosa que les llevó casi un día de atravesar almacenes, salas de reuniones, estudio, cocinas y demás. Por lo que vieron, todos los portalones que daban al exterior tenían rastrillos que parecían tener éxito en impedir la entrada de las criaturas de Sombra. Sin descubrir nada más de interés, volvieron de nuevo a la sala central para descansar.

Antes de dormir, Galad pidió de nuevo la inspiración de Emmán para soñar con el enorme diamante que presidía la estancia. Y, como prácticamente siempre, Emmán respondió.

Todo era Sombra. Pero poco a poco, la Sombra se fue retirando, gracias a un enorme diamante que brillaba como el Sol en el más claro día. Poco podían hacer las tinieblas frente a él. Y alrededor, una congregación de elfos antiguos, poderosos, entonando cánticos que se podían sentir en la piel, en el alma. La luz del cristal se hizo mucho más intensa. Pero, de repente, los elfos se callaron; la Luz se apagó, y Sombra lo cubrió todo.

Mientras Galad soñaba y el resto descansaba o hacía guardias, la voz volvió a la mente de Daradoth. "¿Por qué no vienes? Estás tan cerca... ven a mí, ven a mí. Demasiada oscuridad, demasiado frío...". El elfo intentó de nuevo que le diera indicaciones para encontrarlo. "Estoy en una sala con un gran diamante, ¿sabes cómo puedo llegar a ti?". La voz respondió esta vez: "Esa sala... esa sala... detectábamos la Sombra... la combatíamos... sí... y entonces... entonces... Sombra apareció... bendito Oltar... nunca debimos construir esa aberración... tanto, tanto frío... ¡necesito salir de aquí!". En ese momento, Daradoth sintió cómo la voluntad de la voz intentaba anular la suya propia, un intento débil, pero que lo alteró sobremanera. Despertó, sobresaltando a los demás y acabando el período de descanso.

Ya más tranquilo, Daradoth  les relató lo que había pasado. 

—Lo que parece quedar claro es que es un ser de Luz —dijo el elfo—, pero... que haya intentado poseerme, o lo que sea... —sintió un escalofrío; ¿acaso todo el mundo quería anular su voluntad? El kalorion en Tarkal, los muertos vivientes aquí, la propia voz ahora... ¡maldita sea!

—No sabemos realmente lo que es —contestó Yuria—. Sigo pensando que no debemos fiarnos.

—Estoy de acuerdo con Yuria —aportó Symeon.

—Y yo —rubricó Galad.

Galad les contó a su vez el sueño que le había inspirado Emmán, lo que provocó unos minutos de reflexión y discusión. Daradoth permaneció callado durante todo ese rato, hasta que sugirió algo.

—¿Y si dejara que la voluntad de la voz entrara en mi mente? Quiero decir, intentando controlarla, igual podría darnos algún...

—Ni hablar —le cortó Yuria—. No sé cómo puedes siquiera sugerirlo, sigo diciendo que no es de fiar.

—Antes de hacer algo tan arriesgado, si es que lo hacemos —dijo Galad—, creo que deberíamos investigar más a fondo, buscando recovecos y, quizá, algún pasadizo secreto que pueda haber en el edificio.

Todos se mostraron de acuerdo en esto último.

 

jueves, 24 de febrero de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 19

El Complejo Central. Descubiertos.

La esfera de protección de Galad se percibía casi físicamente, una especie de barrera cristalina, etérea, flotando al borde de su visión y amortiguando tanto los susurros como los tañidos de las campanas (que se habían detenido hacía unos segundos). Sin embargo, los estentóreos gritos de Eraitan/Dirnadel no eran amortiguados en absoluto, y cada uno de ellos se sentía conmovido hasta las entrañas por el sufrimiento que transmitían. Daradoth dudó unos segundos, pero finalmente renunció a separarse del grupo y continuaron su camino como pudieron, cual almas en pena, con los gritos resonando en sus oídos. 

Las ramas iban siendo más delgadas e irregulares, lo que provocó que algunos componentes del grupo resbalaran en varias ocasiones. Por suerte nada fue más allá que unos pequeños sobresaltos.

Al cabo de un rato, los gritos dejaron de oírse de repente. El grupo se detuvo. Y de pronto, un rugido gutural y sobrenatural se alzó desde el suelo:

—¡¡Ruarrrrrrrggggghhhhhhhhhhhhhhh!! ¡¡Azîn elarrath kathros-zirralkân!! ¡¡Kathros-zirralkân, Daradoth!! ¡¡Raghatâsh akurnitekal elarrathor Galad eka Symeon eka Yuria Meristhenos-gadh!! ¡¡Kothêghtar Valaukamash....

Todos se miraron, confundidos. Habían escuchado sus nombres en un rugido demoníaco.

—Está hablando en Raghaukar, la que algunos llaman Lengua  Negra —anunció Symeon, haciéndose oír sobre el pavoroso rugido.

Al oír esto, Galad entonó una breve oración, reclamando el poder de Emmán para ayudarle a entender la lengua de sus enemigos. Emmán le concedió el don, y al punto traducía los horripilantes bramidos:

—Dicen... engendros de la Luz... Daradoth, Galad, salid de donde estáis o moriréis condenando vuestras almas... Yuria, Symeon... entregaos, o nos llevaremos al elfo... lo someteremos a los peores tormentos que podáis imaginar... sufrirá, y lo convertiremos... Salid, Daradoth... o lo convertiremos en una criatura de Sombra... salid y entregaos....

Poco después, los rugidos cesaban, y volvieron a escucharse los gritos de agonía de Eraitan. En un esfuerzo supremo de voluntad, el príncipe elfo, o más bien el arcángel que lo poseía, alcanzó a gritar en cántico:

—¡¡¡No salgáis, ni se os ocurra!!! ¡Os matarán! ¡Tenéis que seguir! ¡¡Seguiddaaaaaah aaaAAARRRRGGGHHH!!

Arakariann, con lágrimas en los ojos, dijo:

—Tenemos que rescatarlo, ¡no podemos dejarlo así Daradoth! 

El resto del grupo, incluyendo a Daradoth, se mostró de acuerdo en que era poco menos que un suicidio bajar a intentar el rescate del príncipe.

—Pero —insistió Arakariann—... ¿no deberíamos al menos intentar ver qué le están haciendo? Igual se nos ocurre algo.

—Podría hacerlo —acordó Daradoth, también con los ojos vidriosos—, pero más allá de ver, no creo que podamos hacer gran cosa. Además, lo importante es cumplir nuestra misión, demasiada gente depende de nosotros. Toda Aredia, de hecho. Hay que parar a esos Erakäunyr a toda costa.  De momento, sigamos adelante —puso una mano en el hombro de Arakarian—; con suerte, podré ver qué pasa con Igrëithonn cuando giremos un poco por el ramaje.

Continuaron, sin poder evitar sentirse culpables, algunos de ellos con el sufrimiento reflejado en sus rostros. Durante el camino, ahora se alternaban los aullidos de agonía con los rugidos amenazantes. No obstante, al cabo de un tiempo, tras superar un nudo de la rama, esta dio un giro a la derecha para situarse alineada hacia el complejo central, y el follaje permitió a Daradoth (gracias a su visión en la oscuridad) visualizar la escena allá abajo.

En la explanada que se extendía desde uno de los campanarios de la muralla hasta el Aglannävyr, más allá de la multitud congregada a la entrada del santuario (que los dos colosos de metal seguían golpeando sin descanso), dos enormes demonios del Palio miraban hacia el árbol. Ambos agarraban unas formidables cadenas que mantenían alrededor del cuerpo de Eraitan... "¿o quizá de Dirnadel?", pensó Daradoth, pues el físico del príncipe había sido alterado: era más grande, sus ojos brillaban con un fulgor dorado, y su piel era blanca como el mármol. Las cadenas refulgían con un resplandor ígneo que parecía infligir graves quemaduras al prisionero, que se retorcía de dolor. El resplandor parecía ser provocado por los propios demonios, ya que sus propias manos estaban envueltas en él, y cuando parecían apretar con más fuerza, se hacía más potente.

"Ammarië bendita, tiene que estar sufriendo muchísimo", pensó Daradoth, apretando los dientes. El resto del grupo lo miró, preocupado por la tensión que transmitía.

En un momento dado, los dos demonios se miraron y hablaron entre sí. Y al cabo de unos pocos segundos, la cadena restalló al rojo blanco, arrancando un último grito que se diría que rompió la garganta de Eraitan, que cayó inconsciente. Apagando el fulgor de la cadena, los demonios comenzaron a arrastrar sin miramientos al príncipe élfico hacia la colina, más allá del complejo central, hacia donde se encontraba la oscuridad que ni la visión de Daradoth podía penetrar...

—Se están llevando a Eraitan —advirtió al resto del grupo, con la voz temblorosa por la impresión que le había provocado el último grito del príncipe—. Se lo llevan más allá de la muralla, hacia la oscuridad insondable del otro lado.

Arakariann bajó la cabeza, apesadumbrado. Pero no dijo nada, consciente de la imposibilidad de la situacion. Tanto él como Daradoth elevaron una pequeña oración a los avatares por el alma de Eraitan, y tras ello, recomponiéndose, continuaron su camino.

Pero poco después empezaron de nuevo los problemas. Precedido por una conocida descarga en el cuello de Yuria, un potentísimo tañir de campanas les sacudió, mucho más que los que habían sentido hasta el momento. Primero el impacto, y luego una oleada de frío intenso, hizo que el corazón de Daradoth se encogiera y sintiera un fuerte dolor de cabeza, como si el cerebro se le congelara durante unos momentos. Cayó inconsciente.  Faewald, Arakariann, Taheem y Galad fueron afectados en una menor medida, no llegaron a caer inconscientes, pero durante unos minutos estuvieron afectados por náuseas y una fuerte jaqueca. 

Las siguientes campanadas no fueron tan potentes, y además Galad invocó la bendición de Emmán para proteger al grupo. Ambos factores permitieron que nadie más fuera afectado, y pudieron continuar su camino llevando a cuestas a su compañero elfo. Agotados y acosados por los susurros continuaron como pudieron.

 En su inconsciencia, Daradoth volvió a oír la voz del desconocido que había escuchado varias noches antes. "¿Hola?... ¿qué pasa?... estás perdiendo tu Luz. No pierdas la Luz, consérvala, es lo más preciado que hay, y la necesito, la necesito...".

Finalmente, Daradoth despertó pasados unos minutos. Todo el mundo se interesó por su estado, pero más allá de un fuerte dolor de cabeza que remitiría al cabo de un rato, no pudieron apreciar ningún cambio en él. El elfo no sabía explicar muy bien cómo le había afectado la campanada:

—Solo noto que hay algo distinto en mi interior. Nada grave, pero diferente. Eso sí, mientras estaba inconsciente ha vuelto la voz que me habla cuando duermo, y ha dicho que estoy perdiendo mi Luz... ¿alguna idea de qué quiere decir?

—Sí —afirmó Symeon, inspirado por Ninaith—. Casi todo en la Vicisitud se compone de una parte de Luz y una parte de Sombra, y es posible que la parte de Sombra se haya hecho más fuerte en ti.

—¿Y es posible que haya seres que se alimenten de esa parte de Luz? —Preguntó Daradoth—. Porque esa voz me ha dicho que la necesita...

—Es posible —respondió el errante, pensativo—. Sí, claro que es posible.

—Uf —resopló Galad, con el ceño fruncido por la concentración que le exigía la esfera de protección—. Si las campanadas tienen ese efecto, mejor démonos prisa.

Así que, sin más dilación, se pusieron de nuevo en marcha, con los susurros y las campanadas acallados por el poder que el paladín canalizaba.

Al cabo de un rato, Daradoth anunció:

—Vale, hemos llegado al cruce de ramas. La rama que se acerca hacia el complejo central está a unos veinticinco metros por debajo de nosotros.

Empalmando las dos cuerdas que les quedaban, consiguieron bajar sin más dificultades a la otra rama, y justo cuando descolgaban la cuerda para recuperarla una nueva campanada de gran potencia les afectó. Faewald y Galad fueron afectados, aunque sin llegar a caer en la inconsciencia. Fue Arakariann esta vez quien fue conmovido en su ser interno por el sobrenatural tañido, con un efecto parecido al que había sufrido antes Daradoth.

A pesar de todo continuaron su camino, asistidos por Yuria, cuyo talismán la seguía protegiendo de todo daño. 

Al cabo de unos minutos de camino por la  nueva rama, Symeon se detuvo de repente.

—Mirad esto —susurró, señalando algo—. Una espina.

—Sí, y ahora que me fijo, la rama está cambiando de color, se está haciendo más oscura —dijo Daradoth.

—Debemos de estar alejándonos de la influencia del santuario, o del tronco —supuso Yuria.

—Otra cosa de la que debemos tener cuidado —apostilló Galad, con la voz ronca por el cansancio.

Efectivamente, a medida que fueron avanzando, fueron apareciendo espinas en la rama, cada vez más grandes y retorcidas. La rama estaba convirtiéndose en algo parecido a lo que eran los demás Aglannävyr que habían visto. Presentaba bordes afilados y retorcidos, la corteza resbaladiza y quebradiza, y el avance se iba haciendo cada vez más penoso. De hecho, Yuria sufrió un resbalón que hizo que se clavara una de las espinas de la rama; la herida no fue grave, pero sintió como si la punta le inyectara un poco de frío en su interior. Se quedó un poco aterida, pero pronto se recuperó, asistida por Taheem y Symeon.

Por suerte, ya en ausencia de follaje, Daradoth anunció:

—Estamos cerca, casi estamos. Vamos, un último esfuerzo.

—Ojalá fuera el último —respondió Galad, respirando pesadamente—, pero me temo que esto está lejos de acabar...

Al cabo de unos minutos, Daradoth los increpó. Habían llegado al punto óptimo para bajar.

—Estamos justo encima de una de las torres campanario —anunció—. Tenemos que bajar ya, no habrá nada más cercano. En las murallas hay vigías, pero ellas son enormes y ellos pocos, creo que podremos bajar sin que nos vean, parecen todos mirar hacia el Aglannävyr.

—Aprovechemos ahora que han cesado de tañir las campanas —instó Yuria.

Campanario en la Sombra de Essel

Empezaron a preparar el descenso hacia el tejado de la torre, aprovechando hasta el último centímetro de cuerda y ramas. En un momento dado, a Daradoth le pareció ver movimiento por el rabillo del ojo.

—¡Quietos! —exclamó entre susurros—. ¡Agachaos y apagad la luz, viene algo!

Un enjambre de seres parecidos a murciélagos pero con una envergadura de al menos metro y medio apareció desde el otro lado del Aglannävyr, revoloteando por un área más o menos grande. El resto del grupo escuchó el aleteo, pero no pudo ver nada más. Afortunadamente, la bandada parecía estar peinando las ramas del enorme árbol y se desvió hacia otro punto, perdiéndose de la vista y el oído.

Esperaron de nuevo hasta que la zona estuvo despejada de vigías, y fue Daradoth quien, utilizando sus habilidades sobrenaturales, bajó con un salto. Caminando fácilmente por la pared inclinada y después por la vertical, se asomó al interior del campanario. No había nadie. Avisó al resto del grupo y todos comenzaron el descenso, que aunque Yuria instaba a hacerlo lo más rápidamente posible, fue mucho más lento y penoso de lo que había sido el del elfo. Afortunadamente no hubo más campanadas, y los sururros estaban en su mayoría acallados por la protección de Galad; el sonido más fuerte que se escuchaba era el de los colosos de armadura arremetiendo todavía contra el Santuario de Oltar.

No fueron lo suficientemente rápidos. Cuando se encontraban todavía sobre el tejado de la torre, una nueva campanada les sacudió. Galad sintió cómo un impacto presionaba contra la esfera de protección que mantenía, y a continuación sintieron el frío. Pero esta vez resistieron mucho mejor, y no tuvieron que lamentar ninguna pérdida de consciencia. 

Pocos minutos después, aparecieron de nuevo los seres voladores; afortunadamente, Daradoth dio la voz de alarma a tiempo de nuevo, y consiguieron pasar desapercibidos (en teoría, al menos).

Finalmente, Symeon y Daradoth accedieron al habitáculo de la campana, nerviosos. Un tañido allí sería la perdición para ellos. Instaron al resto a que se dieran prisa. Pero en ese momento, unos rugidos se alzaron desde el suelo. Daradoth se asomó para poder ver.

—¡Maldición! —profirió el elfo—. No sé cómo, pero nos han descubierto. ¡Un demonio está dirigiendo a los muertos y a los engendros hacia aquí! ¡Vamos, corred! —exclamó, levantando la vista hasta sus compañeros todavía colgados de la cuerda.

Un par de resbalones sin más consecuencia fue lo único que les retrasó un poco. Una vez todos dentro, corrieron hacia la escalera que empezaba a descender justo debajo de la campana. Se precipitaron hacia abajo, llegando en pocos momentos al nivel del suelo. Una puerta bastante grande parecía dar acceso al interior del complejo. Galad lanzó su oración para detectar enemigos cercanos, y percibió la zona despejada.

—No hay enemigos cerca —dijo—. Abrámosla.

Empujando entre todos, consiguieron abrir la puerta. Galad, Faewald y Daradoth resbalaron durante el proceso, agotados. No sabían cuánto tiempo llevaban sin dormir ni comer, pero no podían detenerse ahora. Daradoth se asomó, siendo como siempre el único que podía ver más allá de unos pocos metros. Vio que todas las construcciones a la vista estaban bastante deterioradas, pero se fijó en una que le pareció un poco más segura: unos antiguos establos al pie de la muralla, a la izquierda.

Algo se movió cerca, aleteando. Daradoth retrocedió dejando que el enjambre de criaturas voladoras pasara de largo de nuevo. En cuanto dejaron de escucharse, salieron y corrieron hacia los establos, con las luces mortecinas habituales. Atravesaron el edificio esquivando los escombros como pudieron y salieron por el otro lado, intentando desviarse lo máximo posible hasta la construcción central, la de la torre octogonal. Entraron en un edificio de utilidad ya olvidada cuando oyeron los rugidos de los demonios que accedían a través de la muralla.

Salieron a una calle donde una antigua fuente había reventado y de la que manaba un líquido que ya distaba de ser agua pura. La calle daba acceso a una pequeña plaza, llena de estatuas en estado ruinoso. Superaron un montón de trozos de esculturas, y enseguida Daradoth se detuvo. Sintió un escalofrío.

—Hay dos figuras pálidas al otro lado de la plaza —informó a sus compañeros, desenvainando su espada—. Y nos han visto.

Aterrado, el elfo vio cómo las dos figuras extendían un brazo hacia ellos. Reaccionó, invocando el poder de Nassaröth. Alzó su propio brazo, y un rayo de luz descendió sobre uno de ellos, incapacitándolo. Pero, por desgracia, el segundo pudo actuar. Daradoth sintió cómo algo se deslizaba en su mente...

—¡¡¿Pero, qué infiernos...?!! —exclamó Galad, cuando Daradoth salió corriendo de repente hacia delante, perdiéndose pronto en la oscuridad.

Symeon se sobrepuso a la sorpresa, y comprendiendo en un instante lo que había pasado, corrió rápidamente detrás de su amigo.


viernes, 11 de febrero de 2022

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 18

Caminando por las Ramas

Continuaron subiendo la escalera de caracol. Llamarla escalera de caracol era una simple manera de entenderse, porque no era ni mucho menos uniforme en su ascenso. Había momentos en los que ni siquiera se intuía la curva de la escalera porque se alargaba por la parte más ancha del tronco, otros en los que apenas se ascendía, y otros en los que se estrechaba e inclinaba mucho más. Se notaba que era una cosa "viva", que crecía alrededor desde el árbol. Y los siglos pasados sin el cuidado de los elfos la habían hecho aún más irregular y difícil de transitar.

Un Aglannävyr

 El ascenso, cargados con el equipo y las armas, pronto adquirió un ritmo cansino, agravado aún más por la irregularidad del entorno.

—Calculo que debemos de haber subido ya unos trescientos metros —dijo Symeon entre jadeos.

La mayoría de los pisos se identificaba gracias a un arco de acceso de medio punto bellamente trabajado, y casi desde el inicio de la ascensión identificaban aberturas en la materia del árbol realizadas aprovechando una especie de nudos que tenía la madera. Pero ninguna lo suficientemente adecuada para salir al exterior. Afortunadamente, el agua ya no era un problema, multitud de pequeños arroyos discurrían por el árbol, en un circuito que no llegaban a comprender del todo.

Por fin, tras varias horas de ascenso, Daradoth vio un hueco que podría darles acceso a una rama con una corta trepa. 

Symeon salió al exterior, sujetando una cuerda entre los dientes para atarla y facilitar el ascenso a sus compañeros, y al salir, los susurros enloquecedores volvieron con fuerza. Sintió un escalofrío, pero se sobrepuso y continuó avanzando hasta llegar a un lugar seguro, un pliegue, en la enorme rama cercana. Ató la cuerda a la tenue luz de su joya élfica, e instó a los demás a seguirle. Lo mismo le sucedió a Daradoth cuando siguió a su amigo al exterior. Sin embargo, cuando treparon hasta la parte superior de la descomunal rama, el elfo se quedó consternado. 

—No veo ni el complejo central ni la oscuridad que vi más allá por ningún lado, Symeon —anunció—. Creo que hemos salido por la parte opuesta.

—Bueno, qué le vamos a hacer —respondió el errante—, bajemos y sigamos intentándolo. Además...—Symeon se interrumpió cuando las brutales campanadas del complejo central reanudaron su tañido, por suerte amortiguadas por la mole del aglannävyr.

Se apresuraron a entrar de nuevo al complejo. Primero bajó Daradoth, y Symeon le fue a la zaga. El errante se asustó cuando le pareció oir tras él un aleteo, pero no se giró; "de todas formas", pensó, "no creo que vea nada con la poca luz que da la joya". Poco después se reunían con sus compañeros, y Symeon comentaba lo del aleteo.

—No creo que se tratara de una bestia alada —dijo—, el aleteo era como de un pájaron normal.

—Mejor no comprobarlo —contestó Galad.

—Sí —sentenció Yuria—, si esa rama no sale en la dirección correcta, lo mejor es que sigamos subiendo hasta que encontremos otra. Esperemos que haya más aberturas...

Así que continuaron la penosa y agotadora subida por las escaleras duarnte horas, sin encontrar ninguna abertura que les permitiera salir al ramaje exterior. Finalmente, tuvieron que detenerse a descansar.

Durante su sueño, la temblorosa y ya conocida voz volvió a hablar en la mente de Daradoth.

Te alejas... te alejas... ¿por qué te alejas? Trae la luz, por favor... ¡Trae la luz!

—Aguarda un poco más —contestó el elfo, sin saber cómo—, aguarda. Estamos intentando buscar un paso para ir a buscarte.

Date prisa, por favor, date prisa... hace tanto, tanto frío... tráela por favor, ¡necesito tu luz!

Por su parte, durante el descanso, Galad intentó buscar un sueño inspirador de Emmán. "Señor, muéstrame la fortaleza central antes de que fuera invadida por la oscuridad", se concentró.

La fortaleza era una construcción resplandeciente y majestuosa, en lo alto de una verde y paradisíaca colina. Galad la veía desde lo alto de otra de las colinas cercanas. Impresionantes murallas blancas y torreones equiespaciados con campanarios que emitían unas campanadas límpidas, cristalinas como el rocío de la mañana, capaces de sanar el espíritu de aquellos que las oyeran. Sin duda, ese sonido era Luz pura. Sobre la mole de la ciudadela, destacaba un edificio, el situado en el punto más alto; el edificio tenía forma de octógono y albergaba una torre magnífica, bellísima, de cuya cúspide brotaba un rayo de luz hacia los cielos. Los cuatro aglannävyr que rodeaban la ciudadela la refugiaban bajo su enorme ramaje. El único punto despejado de ramas y hojas sobre el complejo era el que se encontraba justo encima del edificio central, dejando que la luz los traspasara y llegara a las alturas. Todo rebosaba poder, un poder ancestral y euforizante. 

Y más allá del complejo central, aún otra maravilla, más impresionante si cabe que lo anterior, y que dejó a Galad sobrecogido y con la boca abierta. Una inmensa pirámide que resplandecía, reflejando la luz de las estrellas. "Pero... es de día... ¿la luz de las estrellas?". Y vibraba... vibraba con un poder inmenso, un poder... ¿divino? Sí, sin duda, sin duda... "siento a Emmán... y algo más...", pensó Galad, pero no le dio tiempo a recrearse con el sentimiento, pues la pirámide explotó de repente, brutalmente, arrasando con todo.

Galad despertó sobresaltado. Agotado, volvió a dormir, y, ya cuando hubieron descansado lo suficiente, compartió el sueño presuntamente inspirado por su dios. Symeon se quedó pensando unos instantes.

—Cuando estuvimos en Creä —dijo el errante—, yo vi en el Mundo Onírico los Santuarios como si fueran una pirámide. Dorada, de unos ciento cincuenta metros de alto con una especie de fulgor dorado difuso... ¿era parecida?

—En tamaño sí, pero en el resto creo que no —respondió Galad.

—Ahora que recuerdo —intervino Yuria—... ¿os acordáis del libro del alquimista que llevo meses tratando de descifrar? Pues en él aparecen varios diagramas con construcciones piramidales, y al parecer el autor fue un elfo, un tal Avaimas.

Intentaron encontrar algún nexo entre los tres datos proporcionados, pero como Yuria no llevaba el libro encima no pudieron deducir gran cosa. Arakariann tampoco parecía saber nada de ninguna pirámide, pues había nacido después de la Gran Reclusión. Así que, después de comer algo y reponer fuerzas, continuaron su ascensión. Mientras recogían, Daradoth también contó que la voz le había vuelto a hablar, y lo que le había dicho. Faewald se sorprendió al escucharlo:

—¿Dices que quiere tu luz, Daradoth? ¿Y te fías de ella? ¿No será acaso que quiere consumir la luz que haya en ti?

—No lo creo, Faewald —contestó el elfo—; estoy seguro de que es un ser de Luz atrapado aquí. A continuación, discutieron durante unos minutos, en los que Faewald y Symeon expresaron sus reservas ante el convencimiento de Daradoth.

—Si tenemos en cuenta la cantidad de tiempo que estas tierras han estado sumidas en la oscuridad —sentenció Galad—, dudo mucho de que haya algún ser de Luz sano aquí.

—Bueno, podéis estar tranquilos, que tendré todo el cuidado del mundo cuando llegue el momento —zanjó Daradoth.

Continuaron la ascensión, y a partir de un momento dado, comenzaron a caminar entre bonitas plantas luminiscentes. Sin embargo, un par o tres de horas después, se detuvieron. Al parecer, los tejidos y el xilema del árbol habían crecido sin control y era imposible continuar hacia arriba.

—No nos queda más remedio que buscar aberturas recorriendo los niveles del aglannävyr —susurró Daradoth, un poco descorazonado.

—Pues venga, lo mejor será que no perdamos el tiempo —animó Galad.

Y dicho y hecho, se adentraron en el último nivel accesible del ciclópeo árbol en busca de alguna abertura al exterior. Atravesaron multitud de salas, grandes y pequeñas, con el mobiliario y los objetos engullidos hacía tiempo por la propia materia del árbol. "Con tantos siglos de crecimiento, seguro que la mayoría de los huecos al exterior se habrán tapado", pensó Yuria, que iba marcando el camino con su cuchillo.

Tuvieron que comer un par de veces y descansar, y después de un número indeterminado de horas, por fin encontraron dos aberturas en la parte superior de un gran salón, a unos quince metros de altura y separadas una de otra por unos treinta metros. Aunque en el pasado parecían haber sido romboidales, ahora eran sumamente irregulares. Daradoth y Symeon treparon rápidamente y se asomaron, resistiendo de nuevo el embate de los susurros (las campanas estaban en silencio). El errante no pudo ver demasiado, pero Daradoth sí fue capaz de ver, en su límite de visión por la derecha, la sombra impenetrable que se alzaba donde debía de haber estado (o quizá estaba todavía) la pirámide que Galad había visto en su sueño. Varias ramas, todas ellas de un tamaño descomunal, estaban a una distancia alcanzable por el grupo.

—Creo que podemos salir por aquí e intentar llegar hasta el complejo —anunció el elfo.

Así que treparon todos y salieron al exterior. Cuando llegó el turno de Faewald, el esthalio se quedó durante unos momentos congelado, mirando asustado hacia la oscuridad. Volvió rápidamente sobre sus pasos y canceló el ascenso. No obstante, como ya lo tenían atado con la cuerda de seguridad, con la ayuda de Taheem y Arakariann pudieron reducirlo y evitar males mayores. Una vez todos de nuevo dentro del árbol, Galad lo tranquilizó con sus poderes; no solo eso, sino que decidió, con las habilidades que le había proporcionado Emmán, aliviar su estrés y su desequilibrio de una manera más potente. Faewald cayó en un reparador sueño durante unas horas para después alzarse, renovado. Como no tuvieron más remedio que descansar hasta que el esthalio despertara, el paladín aprovechó para reforzar también el estado mental de Arakariann.

A continuación, procedieron a escalar, esta vez sí, hasta la rama. No sin dificultades, pues volvieron a sufrir de falta de luz en el exterior. Pero Symeon se esforzó en ayudar a todos con su joya, y finalmente consiguieron por fin llegar a la parte superior de la rama, de no menos de cincuenta metros de ancho. Eso sí, siendo tan enorme, cualquier irregularidad se convertiría en un obstáculo formidable.

Así, empezaron una caminata muy diferente de la que habían llevado a cabo en el interior del aglannävyr, entre susurros y batir intermitente de campanas, con la amenaza siempre de la caída al vacío (porque por muy ancha que fuera la rama, habitualmente tenían que circular cerca del borde debido a los obstáculos bajo las tenues luces de Symeon y Galad). Daradoth enalteció su oído y permaneció en todo momento atento a cualquier movimiento o batir de alas en los alrededores.

En un momento dado, Daradoth vio en otra rama, a lo lejos, algo que le llamó la atención: una especie de construcción sobre ella, que parecía un convento (en ruinas, casi absorbido por el propio árbol).

Al cabo de un par de horas de penosa caminata, llegaron a un lugar donde la rama se trifurcaba. Una subrama seguía hacia arriba a la izquierda, y la otra hacia la derecha.

—Pues a la derecha vamos —dijo Yuria, y siguieron en aquella dirección, cambiando a un brote más delgado que aquel por el que habían transitado, y por tanto más peligroso.

De repente, volvió el tañir de las campanas, más alto que nunca. Un brutal impacto físico seguido de una ola de frío los dejó helados durante unos instantes. A todos menos a Yuria, que lo único que sintió fue el familiar latigazo en el cuello y un impacto parecido al que provocaría una explosión lejana. Symeon, Arakariann y Taheem cayeron inconscientes, y Daradoth sufrió unas intensas náuseas, igual que Faewald. Tuvieron que detenerse.

Y a los pocos minutos, otro campanazo. Aunque este fue más ligero, los conmovió tambíen por dentro, con un latigazo de frío. Galad tomó medidas, y utilizó su poder divino para evitar males mayores, permitiéndoles resistir los horripilantes tañidos, al menos durante un tiempo. Cuando Symeon y los demás recuperaron la consciencia y se encontraron lo suficientemente bien, siguieron la marcha lo más rápido que pudieron.

Llegaron a una nueva trifurcación, y se desviaron hacia la derecha, porque Daradoth vio que pasaba por encima de otra rama a la que creía que podrían descolgarse. Esta rama era aún más delgada que la anterior, y por tanto más peligrosa. 

Las campanadas se detuvieron, lo que agradecieron sobremanera. "Menos mal, estaba llegando al límite...", pensó Galad, que detuvo sus pensamientos.

Un grito de agonía horrible, estentóreo, los dejó helados de nuevo. Venía de abajo, y resonó en sus oídos, lo que daba idea de su potencia.

—Por Ammarië —dijo Daradoth—, es la voz de Eraitan...

—La de Dirnadel más bien —corrigió Symeon.

—¡Arrrrrgh! ¡¡Aaaaaaaaaaah!! ¡¡AAAAAGGHHH!! —el sonido era horrible.

Daradoth miró hacia abajo, pero el follaje bloqueaba su visión. Miró al grupo, detenido en torno a las débiles luces de Symeon y Galad, evaluando qué hacer.


jueves, 30 de diciembre de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 42

Monolitos y Demonios

Derek encabezó la marcha del grupo pasando la fuente y hasta el pie de las amplias escaleras que daban acceso al pórtico de columnas corintias donde se alzaba la estatua de Mercurio/Hermes. Una veintena de escalones se alzaban ante ellos.

Patrick se detuvo en seco. Además de sentir más intensamente la ya familiar comezón que le había invadido en Canadá y en el Orfeo de Nueva York y que, en su opinión, delataba la presencia de un monolito, se le erizó el vello, fue víctima de fuertes escalofríos e incluso sufrió leves calambres en las piernas que le hicieron tropezar y le forzaron a parar. El resto del grupo se detuvo con él.

—Hay algo muy inusual aquí, y peligroso —susurró el profesor—. Ahora mismo siento muchas cosas, y ninguna... ninguna buena —el profesor tartamudeaba—. Estoy asustado.

—Coincido contigo —dijo Tomaso—. Yo siento algo tremendamente impío en este lugar, pero —continuó, poniendo una mano en el hombro de Patrick— tenemos que sobreponernos y entrar si queremos salvar la existencia.

Las palabras de su amigo reconfortaron el corazón de Patrick y le hicieron sobreponerse a la oposición de su subconsciente a avanzar.

—¿Crees que puede haber un monolito dentro, Patrick? —preguntó Sigrid.

—Creo que sí... estoy convencido. La ventaja es que, si esto es como en Nueva York, mis habilidades estarán potenciadas.

Mientras conversaban, Derek se fijó en todos y cada uno de los detalles de la mansión. Y aunque esta se encontraba en un estado muy bueno, no pudo evitar fijarse en cuatro o cinco puntos donde el edificio había sufrido desperfectos. Provocados por alguna acción física... "¿quizá disparos, o una pelea?", pensó.

De repente, a todos les sorprendió empezar a oír un fuerte sonido, un sonido de aspas de helicóptero, que se acercaba por detrás. Se miraron, confundidos. Tomaso cogió a Sally de la mano y todos corrieron hacia un lateral del edificio para ocultarse.

Desde su parapeto, uno de los muchos entrantes y salientes de la construcción, Tomaso y Derek se asomaron para echar un vistazo. Sin embargo, a pesar de que el sonido era fuerte y claro y cada vez más alto, no se veía nada; solo la fuente varias docenas de metros más allá, y oscuridad. De repente, el presunto helicóptero pareció sufrir una malfunción, y se oyó lo que a Tomaso le pareció una explosión del motor, o quizá un impacto contra algún objeto. Unos zumbidos irregulares como si las hélices perdieran la estabilidad y a continuación varios impactos muy duros contra el suelo, muy cercanos, tanto que Derek y Tomaso se cubrieron con los brazos, temerosos de que algo les golpeara. Pero nada. Silencio.

—¿Pero qué coj...? —empezó Derek, susurrando—. ¿Qué ha sido eso?

—Eso era un helicóptero, seguro —contestó Tomaso—. Pero... ¿invisible? ¿En otra dimensión? No sé.

—Veamos... —Derek empezó a moverse, para asomarse a la parte frontal de las escaleras, seguido por Patrick.

Al asomarse, vieron como había aparecido una especie de agujero, de rastro en la nieve en el suelo, que podría haber sido provocado perfectamente por un accidente de helicóptero. Derek se giró hacia los demás, llamándolos. En cuestión de segundos llegaron a su altura, y miraron hacia donde el director de la CCSA señalaba.

—¿Qué quieres que veamos? —preguntó Sigrid, confundida.

—Pues... —Derek había vuelto a mirar hacia el punto donde había estado el agujero segundos antes. Ya no había nada.

—Yo sé que había un agujero, Derek —le confortó Patrick—, no te has vuelto loco. Ha desaparecido.

Sigrid, que se encontraba un poco apartada del resto, sacudió la cabeza, y no pudo evitar mirar hacia lo alto, hacia el pórtico. Desde allí, entre dos columnas, unos puntos rojos, como si fueran ojos, la miraban. La recorrió un escalofrío.

—Eh....¡eh! ¡Mirad ahí arriba! —increpó al resto.

Pero cuando Patrick miró hacia donde le decía, los ojos habían desaparecido.

—Había dos ojos rojos allí arriba, que nos miraban, estoy segura.

—Uffff —dijo Patrick—, te creo, te creo. Tendríamos que movernos.

—Rodeemos el edificio —dijo Tomaso.

Así lo hicieron. No consiguieron descubrir ninguna otra entrada secundaria, cosa extraña. Seguramente habrían cegado las puertas secundarias. En lo que sí se fijaron, para añadir más incomodidad, fue en que su rastro de huellas era inestable. En un momento dado desaparecían las huellas que iba dejando Patrick, mientras en otro lo hacían las de Derek o de Tomaso o de Sigrid o de Sally. 

Llegaron de nuevo a las escaleras frontales. Justo en el momento en que se volvió a oír el sonido del helicóptero. Y ahora que Derek se había acostumbrado un poco más, lo reconoció como el sonido de un helicóptero de combate. Derek decidió subir las escaleras para refugiarse en el pórtico, mientras Sigrid acompañaba a Tomaso hacia un lateral y Patrick corría tras Derek. De repente, el director de la CCSA se detuvo en seco, al ver varias figuras de sombras que le rodeaban, con demoníacos ojos ígneos.

—¿Qué haces, Derek? —Patrick había llegado a su altura, e intentó empujarlo hacia delante, aunque sin éxito—. Vamos, vamos.

Derek vio con horror cómo una de las figuras lanzaba unos zarcillos de sombras hacia él y otra lo hacía hacia Patrick. Este no parecía ver nada de eso. El sonido del helicóptero volvió a derivar en los zumbidos irregulares y las explosiones, y en los impactos contra el suelo. De repente, a Derek y a Patrick los invadió una ola de calor intenso y sintieron cómo cientos de guijarros invisibles impactaban contra su carne. Salieron despedidos hacia delante presas de un dolor intenso y cayeron sobre la mitad de la escalera, inconscientes.

Tomaso, que había perdido de vista a sus amigos, salió de nuevo a la parte frontal, donde había aparecido de nuevo el boquete. Vieron a sus dos compañeros tendidos en los escalones.

—Vamos, rápido —urgió Sigrid a Tomaso y a Sally.

Corrieron hacia arriba. Pero al entrar en las escaleras, Sigrid se sintió morir. El corazón se le desbocó hasta casi reventar, sus huesos se rompieron y sus músculos se desgarraron. Se derrumbó como un títere sin hilos. Tomaso sufrió el mismo destino. Sally fue presa de las naúsesas y los mareos provocados por la hinchazón de sus venas, pero aguantó consciente con un esfuerzo supremo.

—¡Tomaso! ¡Tomaso, por favor! —imploraba la voz de Sally.

Tomaso abrió los ojos, con un dolor intensísimo de cabeza. Su primer intento de hablar casi lo deja inconsciente de nuevo. Con un gesto de sufrimiento, pudo articular:

—¿Qué...? ¿Cuánto... cuánto tiempo...? —intentó preguntar.

—Bastante tiempo —contestó Sally rápidamente, entendiendo la pregunta—. Los demás necesitan ayuda.

Cuando miró a su alrededor, Tomaso pudo ver que Sally los había sacado a todos fuera de las escaleras (lo que debía de haberle costado horrores, porque tenía una pinta de agotamiento horrible).

—Tuve que sacaros de ahí —explicó—, porque en este tiempo ha habido como veinte o treinta repeticiones del sonido del helicóptero estrellandose. No se ve nada, pero sea lo que sea afecta físicamente a lo que está en el frontal de las escaleras. Ahora, vamos a ver si podemos ayudar a los demás.

—Sí... claro... sí.

Contra todo pronóstico, el cuerpo de Tomaso respondió a su orden de levantarse, y se acercó a los demás. Derek no tardó en despertar; a Sigrid, y sobre todo a Patrick, les costó más volver a la consciencia. Temblaban; el frío estaba haciéndoles mella.

—¿P...por qué te detuviste en... en las escaleras, Derek? —preguntó temblando Patrick.

—¿Eh? Ah, sí... me rodearon varias figuras demoníacas con ojos rojos.

—Qué raro....yo... yo no vi nada...

—Tenemos que entrar ya —urgió Tomaso, justo en el momento en el que se volvió a escuchar el sonido del helicóptero. De nuevo la malfunción y de nuevo el choque contra el suelo.

—Otra vez —dijo Sally—; es insoportable...

—No te p...preocupes Sally, es solo un bucle temporal, o algo así —la tranquilizó Patrick—. Ahora, ¡vamos!

Tomaso cogió de la mano a Sally y siguió a Patrick, seguidos de Derek y Sigrid. La anticuaria, que iba la más rezagada, pronto adelantó al resto de sus compañeros.

—¿Pero qué demonios...? —se giró hacia ellos. 

Todos estaban arrodillados, presa de vómitos y perdiendo extrañamente el equilibrio. De algún modo, habían creído que los escalones giraban a su alrededor y caían en una espiral descendente hacia el infinito. Sobre todo Derek y Sally parecían afectados por el vértigo. Patrick y Tomaso se recuperaron gracias a la ayuda de Sigrid. En ese momento, Tomaso vio cómo desde detrás de la estatua de Hermes, que ya se veía más o menos cercana, aparecían dos figuras sombrías que los señalaban y se reían. Se quedó congelado, señalando hacia allá.

Sigrid miró a su alrededor, viendo cómo estaba el grupo, y decidió que su única oportunidad era darles fuerza a través del vínculo kármico que los unía. Con un gran esfuerzo de voluntad, hizo reaccionar a Tomaso, a Derek y a Patrick, justo en el momento en que se empezaba a oír de nuevo el helicóptero. 

—¡Vamos, corred! —gritó la anticuaria.

Tomaso cogió a Sally de la cintura, ya que el vínculo kármico no la englobaba a ella, y corrieron hacia el pórtico. Sin embargo, a medida que iban subiendo se iban sintiendo más mareados, y en concreto Patrick iba sintiendo una comezón en la nuca más acusada. "Nos estamos acercando al monolito", pensó; "esto va a ser muy difícil... ya solo subir estas escaleras nos está costando la vida". Mientras pensaba esto, se fijó en otro hecho inquietante: la estatua de Hermes estaba girando su cabeza, siguiéndolos con la mirada.

—¿Veis eso? —señaló la estatua.

—Sí, nos está observando —confirmó Tomaso—. Tened cuidado, siento que aquí hay algo extremadamente maligno, casi no puedo aguantarlo.

Llegaron al final de las escaleras y entraron en el pórtico. De la estatua de Hermes emanaba una sensación tenebrosa que les encogía el alma. Pararon a recuperar el aliento con el corazón desbocado, cosa que a Tomaso le costó bastante, debido a la sensación de malignidad del lugar. 

—Mirad —Derek señaló el suelo. 

Multitud de sombras parecían danzar en el suelo del pórtico sin figura física que las proyectara.

—¡¿Pero qué...?! —exclamó Tomaso, que había sentido cómo uno de sus pies se dormía y no podía despegarse del suelo.

—Mierda, ¡¿qué pasa aquí?! —exclamó Sigrid casi al mismo tiempo. Había sentido lo mismo.

Cuando miraron hacia sus pies, vieron cómo varias de las sombras del suelo estaban agarradas a los pies de Tomaso y Sigrid, impidiéndoles moverse, y entumeciéndoles la extremidad. Por más que pateaban, no podían librarse de ellas.

—¡Aaaah! —gritó Sally—. ¡No, no, no! —Varias de las sombras la habían agarrado hasta la cintura, tirando de ella hacia abajo.

Derek, pensando durante un par de segundos buscó la puerta de la mansión. Donde antes debía de haber habido un portón bastante grande, ahora solo había una gran boca de oscuridad. El americano apretó los dientes, con un gesto de frustración.

Tomaso, desesperado, tiró con todas sus fuerzas sin éxito, viendo cómo Sally se hundía poco a poco hasta la cintura en las sombras del suelo. 

—¡No! ¡Nooooo! —rugió. Se estiró lo indecible hasta que pudo agarrar los brazos de la periodista, su amada. 

Un resplandor plateado pareció envolver al italiano cuando tiró de ella con todas sus fuerzas, ayudado por Derek que había corrido también para intentar sacarla de allí. Ambos gritaron por el esfuerzo, y tras varios segundos de indecible agonía, las sombras cedieron; Sally fue liberada con un brusco tirón y Tomaso cayó hacia atrás, con su propio pie todavía inmovilizado.

Patrick, viendo angustiado todo esto, decidió acabar con lo que creía que provocaba todo aquello. Recurrió a su habilidad de alterar la realidad, y, muy fácilmente (lo que para él confirmaba la presencia de un monolito) consiguió destruir el pedestal donde se alzaba la estatua de Hermes, que cayó a plomo y se rompió en varios pedazos. En ese momento, todas las sombras presentes en el pórtico liberaron sus presas y empezaron a correr hacia Patrick.

El profesor no tardó en darse cuenta del peligro que corría, pero sintió algo de alivio al ver a sus compañeros liberados. Les hizo un gesto para que corrieran hacia el interior de la mansión, y él mismo volvió a alterar la realidad para realizar un salto sobrenaturalmente horizontal y cruzar de una sola vez la veintena de metros que le separaban de la boca de oscuridad. Lo consiguió, atrayendo a todas las sombras consigo. Cuando cruzó el umbral, pareció chocar contra un aire mucho más denso, y algo frío lo envolvió y lo aplastó contra el suelo, provocando un doloroso impacto.

El resto aprovechó para correr hacia el acceso al interior de la mansión, pero ahora las sombras estaban agolpadas en la "puerta". Afortunadamente para Patrick, parecía que no podían entrar, pero suponían un obstáculo para el resto del grupo. Aun así, saltando y dando volteretas consiguieron todos atravesar el umbral sin que las sombras los atraparan.

Sobreponiéndose a lo que parecía una mayor densidad del aire, Tomaso se alzó en la penumbra, sosteniendo a Sally y con Sigrid al lado. 

—Joder —alcanzó a decir el italiano. En la penumbra pudo ver dos figuras compuestas de sombras parecidas a jirones de humo y con los ojos como tizones. Ambas parecían ser capaces de proyectar su propia esencia en zarcillos, y de hecho lo estaban haciendo ahora mismo, aplastando contra el suelo a Patrick y a Derek.

Los dos engendros miraron a los recién llegados y lanzaron más zarcillos de sombras contra ellos. Afortunadamente no los alcanzaron en primera instancia.

—¡Ayúdalos Tomaso, por favor! —Gritó Sigrid—. ¡Debes poder hacer algo!

Tomaso se armó de valor, y echó mano de su más profunda fe. Aquello era sin duda la quintaesencia del mal, lo que él más odiaba, y lo iba a erradicar. Empezó a rezar en voz alta, cada vez más alto, hasta que rugió las palabras.

Cuando Derek y Patrick, asfixiados, creían que no iban a poder aguantar más e iban a perder la consciencia, de repente la presión cesó y pudieron recuperar el aliento y ponerse en pie. Las sombras se habían retirado y solo veían a Tomaso envuelto en un aura argéntea mostrando en su mano el crucifijo de su pecho y declamando potentemente palabras en latín.

Mientras tanto, Sigrid se había fijado en su entorno. El vestíbulo de entrada parecía iluminado por pequeñas hogueras invisibles que hacían que danzaran sombras por doquier a su alrededor. Al fondo, donde debería haber habido una puerta, un gran hueco en la pared que parecía haber sido abierto a toda prisa, daba acceso a una gran sala al fondo de la cual la oscuridad se hacía más acusada. Fijándose un poco más, pudo ver que esa oscuridad correspondía a un enorme monolito cúbico de unos dos metros y medio de lado. "Qué raro...", pensó, "es como si hubieran quitado la puerta de entrada y también la puerta de esa sala para dejar pasar el monolito... las medidas coinciden... ¿lo trajeron hasta aquí? ¿Cómo demonios lo hicieron?".

Mirándose unos a otros, un simple gesto bastó para que todos iniciaran la marcha reverentemente hacia el monolito, protegidos de las sombras por la voluntad de Tomaso. A una distancia prudencial, ya en el interior de la sala posterior (una enorme sala que coincidía con la descripción que les había dado Klaus Jürgen), Sigrid se detuvo:

—No es necesario que nos acerquemos más. Desde aquí puedo intentar ya ver la escena —todos se detuvieron al punto, excepto Patrick que, como en trance y con la vista fija en el monolito, avanzó un poco más.

Sigrid se concentró y concretó sus pensamientos: "Muéstrame lo que sucedió durante el ritual orgiástico en el que estuvo presente Klaus Jürgen". En los siguientes minutos, Sigrid describió en voz alta a sus compañeros lo que pudo ver.

Durante cierto tiempo, la sala fue recibiendo gente. Gente de dinero y poderosa, y en su mayoría ya entrada en años. Pero todos ellos acompañados por un séquito de hombres y mujeres jóvenes (y no tan jóvenes, entre ellos Klaus)

Todos ellos, auspiciados por aproximadamente una docena de personas vestidas con túnicas ceremoniales y encapuchadas, se fueron desnudando poco a poco, entre cánticos (que Sigrid no podía oír) y gestos rituales. Varias mujeres y hombres desnudos, todos sumamente atractivos, iban de un sitio a otro con jarras de una bebida extraña de la que llenaban sus copas todos los presentes, muchos de los cuales ya caían presa de la embriaguez. Progresivamente, el ambiente fue subiendo de temperatura, y la ceremonia derivó en una intensa orgía. La orgía duró horas y horas, y durante ella se llevaron a cabo varios rituales, casi todos ellos relacionados con la recogida del semen y una consagración extraña del mismo. 

En un momento dado, entre mucha ceremonia y boato, hizo acto de presencia el que parecía el líder de toda aquella locura, con una túnica escarlata y negra, y con capucha echada sobre su cabeza. Se situó en el altar que habían habilitado donde en la actualidad estaba el monolito negro, y en ese momento Sigrid pudo ver su rostro: el rostro de un hombre de unos cuarenta años con perilla canosa y ojos profundamente azules. "Así que ese es el aspecto que tenías hace seis años", pensó la anticuaria, "y supongo que seguirás más o menos igual". 

El vello de Sigrid se erizó cuando vio que poco después, en la mesa que tenía ante sí el presunto Aleister Crowley, sus secuaces depositaban tres bebés que dormían plácidamente. Apenas pudo ver lo que siguió, pero haciendo de tripas corazón, con lágrimas en los ojos y fuertes náuseas, vio cómo con una sangre fría extrema, arrancaban los corazones de los pobres niños, para acto seguido, Crowley comerse uno y dos de sus secuaces el resto. Corazones de bebé crudos. "Bastardos", pensó con rabia Sigrid, "malditos bastardos".

Tomaso sintió una repulsión extrema cuando su amiga fue relatando la escena. Apretó fuerte los puños y juró en silencio que mataría a aquel  hombre con sus propias manos. "Lentamente, poco a poco, apretaré su cuello y..." Al darse cuenta del hilo de sus pensamientos, rezó en silencio, desesperadamente.

La gente aplaudió a rabiar el infame acto de Crowley y sus seguidores, Sigrid esperaba que debido al efecto de las drogas. La sangre de los recién nacidos se puso en unos cuencos que fueron pasando por toda la sala. Poco después, algunos de los presentes empezaron a vomitar. Y no solo a vomitar el contenido de sus estómagos, sino que, junto con las sustancias, empezaron a expulsar sombras. Pocas al principio, pero al cabo de unos minutos una pequeña multitud de gente expulsaba enormes jirones de oscuridad por sus bocas, con un gesto de indescriptible sufrimiento en sus rostros. Algunos empezaron a expulsar sangre, y no tardaron en empezar a morir los primeros ancianos.

Las sombras expulsadas no tardaron en expandirse hasta cubrir prácticamente la totalidad de la escena. La visión de Sigrid se dificultó, pero alcanzó a ver cómo algunos jirones de sombras tomaban forma de seres demoníacos que ya habían encontrado hacía un rato. Esos "jirones vivientes" reventaban el cuerpo de la persona que los expulsaba cuando salían de ella, con lo que la sala también tardó poco en ser un pequeño lago de sangre y vísceras. La gente que no estaba lo suficientemente drogada gritó de terror, pero la mayoría era víctima de los efectos de los alucinógenos y no alcanzó a reaccionar.

La gente que iba vestida con túnica fue azuzada por su líder y finalmente parecieron reaccionar. Movieron sus manos y recitaron letanías, creando y lanzando luz, relámpagos y fuego. Estalló una batalla campal, y varias de las sombras consiguieron apresar al líder, el presunto Crowley. No obstante, la oscuridad se hizo ya tan densa que Sigrid no pudo ver nada más.

Sigrid cayó de rodillas, agotada y profundamente asqueada por todo lo que había visto.

—Madre mía... —rebufó Patrick.

—¿Has... has acabado, Sigrid? —preguntó Tomaso, rechinando los dientes. En todo ese tiempo no había dejado de concentrarse para canalizar la energía divina y proteger a sus compañeros de la oscuridad—. No puedo aguantar mucho más...

—Si, démonos prisa —acordó Derek, ayudando a levantarse a Sigrid—. Sigrid, ¿crees que podrías ver cómo apareció el monolito aquí?

—No lo sé, lo puedo intentar.

—Haz todo lo que puedas —intervino Patrick—, es importante.

Sigrid volvió a concentrarse.

Alrededor de Sigrid apareció una penumbra que no llegaba a ser ni de lejos una oscuridad cerrada. Aun así, por todas partes se habían encendido luces para combatirla (eléctricas, de combustión y de todo tipo), cosa que no se había conseguido totalmente. La puerta principal de la mansión había desaparecido y en su lugar había un hueco abierto manualmente; la puerta que daba acceso a la sala principal había sufrido el mismo proceso. Varias figuras vestidas sobriamente entraron por el hueco principal, con los brazos extendidos y un gesto de concentración en sus caras. Tras ellos, aún más personas, también usando sus poderes (¡entre ellos Svanur Simonsson, el que los había traicionado en Viena!), y un contenedor industrial que parecía haber sufrido varios desperfectos. El contenedor levitó lenta, agónicamente, hasta la parte posterior de la sala, donde en la escena anterior se había situado el altar. Allí lo dejaron caer y otras personas procedieron a retirar las planchas de metal, dejando a la vista el monolito que había en la actualidad.

Entre las figuras presentes se encontraba el líder de la ceremonia orgiástica y autor del asesinato de los bebés, el presunto nuevo huésped de Aleister Crowley. Lucía varias cicatrices en la cara, que no había tenido en el momento del ritual. Y la imagen se esfumó.

—Vaya —dijo Patrick—, o sea, que el monolito entró aquí después de la ceremonia...

—¿No arrasaron hace poco el Orfeo de Milan? ¿No es posible que sea el monolito que hubiera allí? —hizo notar Tomaso, con el rostro perlado de sudor por el esfuerzo que ya le suponía canalizar su poder—. Sea lo que sea, larguémonos de aquí —cada vez más sombras se agolpaban en el límite de la luz del italiano—.

Patrick utilizó su poder para reventar un hueco en la pared posterior de la mansión. Poco después empezó a reconstruirse por sí misma. El profesor decidió entonces, en un arrebato, correr hacia el monolito y tocarlo. Tras un segundo, una multitud de miles de una especie de pequeñas arañas hechas de sombras empezó a trepar por su piel. No pudo reaccionar; en cuestión de un parpadeo, todo su brazo estuvo envuelto en sombras, y a continuación toda su persona. A ojos de Tomaso, que se alejaba de espaldas hacia la puerta protegiendo a todos los demás, fue como si el monolito se tragara a su amigo tras envolverlo en aquellas sombras vivientes.

En aquel instante, todos ellos a través de su vínculo kármico sintieron una oleada de terror y de angustia extremadamente brutal. Tomaso estuvo a punto de perder pie e incluso el conocimiento cuando sintió el salvaje sufrimiento de su amigo, igual que Sigrid y Derek, a cuyos ojos acudieron lágrimas de tristeza. Pero este último consiguió rehacer a los otros dos y sacarlos a rastras de allí, ya casi sin fuerzas para moverse. En el pórtico volvía a erguirse la estatua de Hermes como si no hubiera sucedido nada. Los últimos coletazos del poder de Tomaso los protegieron de las sombras hasta que llegaron al pie de las escaleras.

—Han... han arrastrado a Patrick... lo han arrastrado al Averno... —gimió Tomaso, todavía presa del shock, cayendo de rodillas al suelo con Derek. La cordura de los dos había cedido por fin.

Entre Sigrid y Sally consiguieron arrastrar a sus dos compañeros hacia donde se encontraban los demás, hacia el coche. Sally no podía evitar llorar, desesperada. Afortunadamente, cuando se alejaron lo suficiente de la mansión, el resto comenzó a moverse de nuevo.

—¿Qué, qué ha pasado? —preguntó Theo Moss, sorprendido por los cambios a su alrededor.

Sigrid se unió a Sally en su llanto desconsolado.

 


FIN DE LA TERCERA TEMPORADA

 



jueves, 16 de diciembre de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 41

Buscando la Mansión de la Golden Dusk

Klaus no pudo contener el llanto al recordar las escenas horribles de la "fiesta benéfica".

—Será mejor que lo llevemos a su casa —dijo Tomaso, que ante la situación había decidido acercarse a la mesa donde se había producido la conversación—. No creo que sea buena idea continuar con esto así.

—El problema —respondio Derek, haciendo un aparte con su amigo— es que ahora recuerda, y si ahora va a la policía puede perjudicarnos mucho...

—Claro —coincidió Sally—, la policía puede estar comprada o compinchada con Crowley y compañía.

—Quizá le podría hacer olvidar —anunció Sigrid.

—En cualquier caso, llevémoslo a casa para que esté más tranquilo —insistió Tomaso. Y así lo hicieron.

Al levantarse, Patrick aprovechó para meter en la mochila el cubo negro que había aparecido en la mesa al hacer uso de sus habilidades.

No obstante, finalmente el grupo prefirió no llevar a Klaus a su casa ante el peligro de que acudiera a la policía. Su mujer y su hija tendrían que esperarlo un poco más, y les pusieron una excusa peregrina por teléfono para justificar el retraso de su marido. Evitando también las preguntas de Franz Neumann acerca del "extraño cubo negro que había aparecido de la nada", decidieron llevarse con ellos a Klaus en busca de la mansión donde había tenido lugar la presunta fiesta benéfica. Se despidieron del traductor y se marcharon en busca del complejo, hacia Affoltern.

Decidieron empezar su búsqueda en el pequeño museo local sito en el pueblo de Zwillikon, al norte de la comuna. Allí les recibió una amable señora a punto de entrar en la tercera edad, que por suerte hablaba algo de inglés. Patrick, acompañado por Derek, tomó la palabra:

—Buenos días, estamos haciendo un viaje de "turismo arquitectónico" por la zona —el profesor puso la mejor de sus sonrisas—, viendo edificaciones antiguas, y nos gustaría saber si en los alrededores hay alguna mansión interesante de ver. No sé si tendría algún registro, o fotos antiguas de la zona que pudiéramos ver para poder visitar.

La mujer se quedó pensativa unos segundos.

—Es algo extraño lo que usted me pide —dijo—. Me temo que no tengo fotos así, aunque conozco dos o tres mansiones muy bonitas que quizá estaría usted interesado en visitar, Rauhenhaus, Baumannshaus, o también Schneiderhaus.

—Sí, estamos sobre todo interesados en edificios que fusionen arquitectura centroeuropea con neoclásica, que tengan elementos neoclásicos como por ejemplo, no sé... —disimuló— estatuas de dioses griegos, columnas corintias y demás.

—Bueno... solo conozco una villa que reúna unos requisitos parecidos... Baumannshaus. Esa seguro que les gustará, es muy bonita.

Tras tomar buena nota de la localización de la villa, hacer una pequeña donación y agradecerle a la señora su amabilidad, se marcharon rápidamente hacia allí. Desde un otero y con ayuda de unos prismáticos observaron la mansión. Efectivamente, lucía una docena de estatuas griegas en su parte frontal, pero tras unos minutos se convencieron de que el lugar no se correspondía con lo que había descrito Jürgen.

—¿Qué hacemos ahora? —se preguntó Patrick.

Discutieron qué hacer a continuación, totalmente atascados. Intentaron avanzar preguntando a varios taxistas sobre una mansión con las características que conocían, sin éxito. Por fin, Derek propuso acudir a preguntar a guías turísticos, que serían los que mejor conocían la región. El grupo acordó que sería el mejor curso de acción. Una rápida búsqueda reveló tres empresas de turismo en el distrito de Affoltern. Ya caía la noche cuando visitaron la primera, una empresa moderna, atendida por dos bellísimas jóvenes en el mostrador; desgraciadamente, no sacaron nada en claro, con lo que se retiraron a dormir a su casa.

Aprovecharon para tener una conversación con Klaus, al que habían dormido con barbitúricos durante las horas que habían pasado buscando la mansión. Consiguieron tranquilizarlo y, al menos, postergar su intención de acudir a la policía (Derek le insistió en que la policía estaría seguramente compinchada); acto seguido, lo llevaron a su casa donde se reunió con su mujer y su hija.

Esa noche, Derek se despertó con un fuerte escalofrío. Vio un cuervo en la ventana, un cuervo con unos extraños ojos brillantes. "Otra vez", pensó. "Nos están buscando otra vez". En pocos instantes, el cuervo levantaba el vuelo. 

Durante el desayuno, Derek no tardó en revelar el hecho:

—Nos están  volviendo a buscar, he vuelto a ver cuervos en sueños.

—Tendremos que movernos rápido entonces —dijo Tomaso, ante el asentimiento general.

Acabando rápidamente el desayuno, acudieron a la segunda de las empresas turísticas que habían seleccionado el día anterior.

La oficina tenía un aspecto más descuidado que la del día anterior. Se notaba que había vivido momentos mejores y se encontraba en un momento económicamente delicado. Una chica les recibió amablemente, hablando un correcto inglés.

—Buenos días, señores. ¿En qué puedo ayudarles?

—Buenos días —empezó Patrick—. Realmente, venimos a preguntar por algo muy concreto. Estamos de vacaciones por la zona, y unos amigos que estuvieron también por aquí hace unos años nos hablaron de un par de mansiones muy pintorescas... sobre todo de una que lucía una estatua del dios Mercurio sobre una fuente. Personalmente, soy muy aficionado a la arquitectura y al clasicismo, y me interesaría mucho ver esa mansión... ¿tiene usted alguna idea de cuál puede ser y dónde encontrarla?

—Una fuente... un dios romano... pues realmente no sé qué decirle... quizá se trate de la mansión Baumannhaus...

—No, esa ya la hemos visto y no es la misma, tiene...

En ese momento, un hombre entrado ya en años, con barba blanca, ojeras y sin pelo entró en la oficina.

—Guten Morgen, Olga —dijo en alemán—. Buenos días señores, siento interrumpir —continuó en inglés, espero que frau Olga les esté atendiendo bien.

—Sí muy bien —le respondió Patrick con una amplia sonrisa.

Herr Beck —dijo la chica—, estos señores están interesados en una mansión con mármol rosa porticado, con una fuente y sobre ella una estatua del dios Mercurio... ¿le suena a usted?

Beck se quedó pensativo unos segundos.

—Ummm... ¿no es Baumannshaus?

—No, no es esa, venimos de allí.

—Pues la verdad es que no caigo, no... —se dio la vuelta para marcharse, y abrió la puerta de sus despacho mientras Parick se disponía a leer su aura. De repente, se detuvo—: Bueno... ahora que lo pienso... quizá ustedes están buscando la mansión Hausenbach...

—Es posible —dijo Tomaso, con Patrick concentrado en ver el aura del viejo.

—Oh, hace tantos años —dijo el anciano. Su aura tenía alteraciones que salían de lo normal. "Más que alteraciones", pensó Patrick, "es que tiene un aura especial".

—¿Cómo es esa mansión? —insistió Tomaso—. ¿Y dónde se encuentra?

—Oh, hace mucho ya... yo era mucho más joven. Pero lo recuerdo, sí, la estatua de Hermes, bellísima, y la fuente también. Está entre Arni y Oberwil-Lieli. Les puedo llevar allí si quieren, si contratan un tour privado.

—Por supuesto —contestó enseguida Derek, disfrutando del desatasco en su investigación.

—¿Sabe si está habitada o abandonada? —preguntó Tomaso.

—La verdad es que no, hace muchos años que estuve, como les digo, ni siquiera recuerdo por qué. Pero como les digo, les puedo guiar hasta allí.

Y así, tras firmar unos papeles y entregar unos billetes, El grupo se encontró en el interior de un minibus conducido por el propio Beck hacia el noroeste. Los hombres de Paolo los seguirían en su propio vehículo.

Media hora después pasaban el pueblo de Arni y se adentraban en las carreteras secundarias que atravesaban el bosque. Pocos minutos después de dejar el pueblo atrás, la visibilidad del grupo se vio reducida por la aparición de niebla alrededor. La niebla se fue espesando rápidamente dificultando la conducción, y Beck tomó varias bifurcaciones, hasta que reconocío haberse equivocado. Tuvieron que volver hacia atrás un par de veces y dirigirse hacia otra dirección. 

—Claramente —susurró Sigrid, la más experimentada en salidas a la naturaleza, al resto de sus compañeros— el recorrido que estamos haciendo es demasiado extenso para el área que se ve en el mapa entre los dos pueblos. Algo raro pasa aquí.

Ante las palabras de su amiga, Patrick se esforzó por intentar detectar lo que fuera que sucediera en la zona, pero no pudo controlar sus habilidades (por otra parte prácticamente incontrolables) para servir a tales fines. Los móviles tampoco funcionaban desde hacía rato, y entre la niebla y la espesura apenas había luz, prácticamente el entorno era nocturno.

Finalmente, tras tomar una pista forestal bastante ancha y cuidada, llegaron a una explanada que se abría en medio del bosque. La niebla y la oscuridad impedían ver más allá de unos pocos metros, y desde hacía unos minutos, desde que se acercaban al claro, Patrick se rascaba compulsivamente la nuca, sintiendo la misma sensación que ya le había invadido en el Orfeo de Nueva York y en la catedral de Lucerna. Y no solamente Patrick; en esta ocasión, también Tomaso sintió una especie de comezón, de incomodidad. 

—Este lugar... —susurró el italiano— es... malsano. Hay algo impío aquí —se santiguó.

Sin alcanzar a escuchar las palabras de Tomaso, que las había pronunciado en un tono bajo para que solo las oyeran sus amigos, herr Beck dijo, mirando a su alrededor:

—Sí.... recuerdo esta explanada, y este ensanchamiento de la vía... sin duda, la mansión tiene que estar aquí. Deberíamos haber cruzado ya la verja de entrada. Qué extraño... es como si hubiera desaparecido.

Algunos de ellos bajaron del vehículo, entre ellos Sigrid, que recogió algunas ramas lo suficientemente secas como para prenderlas.

—Mirad —increpó la anticuaria, señalando un punto donde la nieve era más clara—. A partir de aquí no crece la hierba. Una línea recta perfecta. ¿Es posible que coincida con donde estaba el muro, o la valla de la propiedad?

—Sí... —dijo Beck, tras meditarlo rascándose la cabeza—, sí, es muy posible. Estoy perplejo, la verdad.

Se unieron con los poseídos de Paolo, Lorenzo y Fiódor, que habían dejado el vehículo atrás y habían recorrido el último tramo andando. Varios continuaron a pie, con Sigrid clavando ramas para que sirvieran de guía por si acaso, hasta que el minibus, que iba por delante de ellos, se paró. No hubo manera de arrancarlo de nuevo hasta que lo empujaron unos metros hacia atrás. Pudieron volverlo a arrancar así, lo que les sacó suspiros de alivio.

—Uf —profirió Patrick—. ¿Qué hacemos? Debemos tener cuidado...

—Tenemos que seguir —dijo Tomaso—. No podemos volver ahora.

*****

Derek encabezó la marcha, rodeado de los demás, y pocos pasos más adelante, el resto se paró. El norteamericano se giró, extrañado.

—¿Qué pasa? ¿Por qué os detenéis? —ninguno pareció reaccionar, así que Derek retrocedió hacia ellos.

Sintió un escalofrío cuando todos sus compañeros, inmóviles y sin expresión, se limitaron a mirarlo fijamente mientras se movía. Se acercó a Tomaso.

—¿Qué pasa, Tomaso? Contéstame —el italiano se limitó a mirarlo, sin expresión; igual que todos los demás. Al cabo de unos momentos de intentos infructuosos, el terror a la soledad de Derek se disparó, y se desesperó, gritando a todos para que reaccionaran.

*****

Mientras caminaba casi a la altura de Derek, Tomaso sobrepasó al resto. Se habían quedado parados e inmóviles, mirándolo fijamente. Por más que lo intentó, no pudo hacerlos reaccionar, y empezó a rezar quedamente, profundamente inquieto ante sus miradas fijas en él. Ni siquiera pudo hacer reccionar a Sally, por más que le rogó y la zarandeó. Lorenzo y Fiódor también estaban inmóviles, mirándolo.

*****

Patrick caminó también hasta que se dio cuenta de que se había quedado solo. Todos sus acompañantes se habían detenido y lo miraban fijamente en la oscuridad. Tras varios intentos de hacerlos reaccionar, observó sus auras. Ninguno de ellos tenía ni rastro de aura, lo que provocó un fuerte temblor en el profesor, pero se sobrepuso, pensando sin parar.

*****

Sigrid clavó una nueva rama marcando el paso, y al levantarse se dio cuenta de que todos estaban inmóviles y mirándola fijamente.Después de intentar comunicarse con ellos y no conseguirlo, salió del círculo irregular que habían formado alrededor de ella, y sintió pánico al ver que la seguían con la mirada, sin hacer absolutamente nada más.

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Sigrid y Patrick hicieron de tripas corazón y, asumiendo que aquellos que estaban a su alrededor no eran sus amigos, avanzaron un poco más. Tomaso y Derek decidieron hacer uso del vínculo kármico que les unía. En ese momento, todos ellos se dieron cuenta de que la niebla había desaparecido, y era de noche. Y no había ni una sola estrella en el cielo, que ahora estaba despejado. Les recordó mucho a cuando habían estado en Quebec, en otra vida.

Avanzando un poco más, sobreponiéndose a la noche, al vértigo y la falta de estrellas, alumbrados por una luminiscencia sobrenatural, vieron delante una plazoleta presidida por una fuente, y más allá una mansión con mármol rosa, con un frontis porticado y unas amplias escaleras. El frontis cobijaba un altar coronado por una bonita estatua del dios Hermes.

Invocando su vínculo con la pura fuerza de voluntad, Derek, Tomaso y los demás consiguieron contactar los unos con los otros  y sacarse de aquella anomalía en la que se encontraban inmersos. Así, Sigrid, Patrick, Sally y los propios Tomaso y Derek se reencontraron por fin en medio de la noche, ante la mansión y con el resto de sus acompañantes congelados y mirándolos fijamente. Se miraron unos a otros y, con un acuerdo tácito, se giraron hacia el edificio.

—Bueno, vamos a ver qué nos encontramos ahora —dijo Derek, iniciando la marcha.