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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 29 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 14

Sentencia y Baile. Llegada a Jeaväh.

Mientras los conducían ante el consejo,Valeryan, indignado, gritó que aquello era un ultraje, e intentó oponerse a aquella situación. Sin embargo, Aldur le susurró al oído que temía que Symeon se suicidara si no se sentía liberado de sus pecados por sus compatriotas, así que Valeryan decidió ver qué sucedía.

El juicio a Symeon se desarrolló de una manera bastante informal, en el espacio que rodeaban los carromatos semihundidos en la arena. Era evidente para todos que tal acontecimiento tenía lugar en muy raras ocasiones, con lo que nadie tenía muy claro lo que debía hacer, y se notaba que en ocasiones improvisaban. En primer lugar, Aravros expuso el caso por el que se encontraban allí reunidos en asamblea. Según dijo, el mayor castigo que podría sufrir Symeon era someterlo al “ostracismo”, grabándole la “marca del olvido” a fuego en la mejilla (bajó la mirada y rebulló al mencionar este castigo). Acto seguido, Symeon pasó a relatar la historia de cómo él y su esposa habían robado el fragmento del Libro de Aringill expuesto en los Santuarios de Creá, y cómo eso había devenido en la persecución y posterior masacre de la muchos Errantes que en ese momento se encontraban en Vestalia. Todos los presentes se miraron, incómodos.

El jurado estaba compuesto por el consejo de la caravana, compuesto por Lauvos, Daevros, Stalar, Mirabel, y Nínive. Excepto las dos mujeres (Mirabel y Nínive) los miembros del consejo eran demasiado jóvenes para pertenecer a él si las circunstancias hubieran sido normales; sobre todo Stalar, que fue el que más crítico y agresivo se mostró en todo momento respecto al castigo que merecía Symeon. Según reveló, su familia había muerto por la persecución de Buscadores que había desencadenado el robo de Symeon. Por supuesto, se mostró partidario de ostracizarlo. Todo el grupo intervino en defensa de Symeon en sucesivos turnos de palabra, y sus argumentos y la capacidad de liderazgo de Valeryan resultaron decisivos para convencer a los presentes.

Mientras el jurado se retiraba a deliberar, Fajjeem se acercó al grupo. Al oir la revelación de Symeon sobre el Libro de Aringill su curiosidad de erudito había despertado. Les preguntó si tenían alguna idea de dónde se podía encontrar el libro en aquellos momentos. Los ojos del vestalense brillaban de interés; y mientras le preguntaba a Symeon acerca del paradero del libro, Daradoth sintió una sensación extraña, como si se le erizara el vello de la nuca. Aquel hombre utilizaba algún tipo de poder que posiblemente ni él mismo comprendiera. Decidieron acabar la conversación rápidamente.

Por otro lado, Yuria se sobresaltó cuando sintió que alguien tiraba de una de sus pistolas. Al girarse, se encontró con el rostro asustado de un niño que salió corriendo y se refugió entre las faldas de su madre. Ésta se mostró consternada cuando Yuria le contó lo que había hecho su hijo y le pidió disculpas, que la ercestre aceptó. Al cabo de un rato, en agradecimiento por su amabilidad, la madre del niño le trajo a Yuria una deliciosa empanada, que devoró con la boca hecha agua por el suculento aroma. Pronto empezó a sentir los efectos de la comida, que sin duda albergaba ingredientes secretos: sus sentidos se hicieron mucho más agudos, y su mente empezó a hilar pensamientos frenéticamente. No pudo evitarlo y comenzó a diseñar de forma febril, dibujando sin ton ni son a la velocidad del rayo. Al cabo de un rato, cuando el cansancio hizo mella en ella y no le quedó más remedio que sentarse y dormitar, alguien le devolvió los papeles en los que había dibujado unas cosas extrañísimas [Nota: entre ellas, el diseño de un globo aerostático, que Yuria todavía no sabe muy bien qué es, por su tirada de “100”]. Tendría que pedirle a la madre del niño alguna empanada más...

El jurado hizo acto de presencia de nuevo, y tras tomar asiento y acabar de reunir a la asamblea, Aravros se puso en pie e hizo saber a los presentes su veredicto. No encontraban a Symeon merecedor del castigo de ostracismo, pero sí consideraban que el robo había desencadenado la muerte de muchos errantes y lo declaraban culpable. su castigo sería hacer todo lo posible para devolver el libro cuanto antes a sus legítimos propietarios, los clérigos de Creá. Mientras no completara tal tarea, no podría unirse a ninguna caravana de Buscadores, ni adoptar ni ser adoptado por ninguno de ellos, ni contraer matrimonio, ni participar en ninguno de sus ritos ni festividades. En breve se tomarían las medidas necesarias para propagar la sentencia a otras caravanas. Aunque tal veredicto era bastante duro para un Errante, Symeon suspiró aliviado por haber compartido su carga con sus congéneres. Pero en el tiempo futuro la sentencia probaría ser una dura prueba para Symeon.

Por la noche, la caravana celebró un baile para celebrar la llegada de los invitados. Aunque no fue una Ceremonia de Búsqueda en toda regla, tuvo el habitual efecto embriagador que los bailes de los Errantes provocaban en todos los extranjeros a su cultura. Symeon, obedeciendo el castigo que le habían impuesto, se mantuvo apartado, aunque encontró el modo de bailar a su vez: accediendo al Mundo Onírico, bailó con los breves destellos de realidad que identificaban a sus congéneres, con lágrimas en los ojos. Las mujeres errantes hacían honor a su fama, y pronto Aldur se retiró, preocupado por la lujuria que sentía crecer en su interior. El resto se dejó llevar por la vorágine de la fiesta, y pronto intentaron algo más que bailar con las muchachas, que sin embargo tenían prohibido cualquier tipo de contacto carnal esa noche. Pronto empezaron a circular más empanadas como la que antes había comido Yuria, y eso los hizo disfrutar aún más de la fiesta. Los hombres Errantes no estaban sometidos a las mismas restricciones que las muchachas, así que Yuria se dejó llevar a una noche de sudor y lujuria en la que yació con hasta tres errantes (que pudiera recordar).

Tras pasar una de las mejores noches de sus vidas, el día siguiente vino acompañado de una sensación de pérdida infinita (además de una fuerte resaca), como siempre les pasaba a los extraños que participaban en los bailes de los Buscadores. Tras reponerse un poco, acudieron a hablar con Fajjeem, para preguntarle por el colgante que llevaba (pues Symeon tenía en su poder uno igual) que lo identificaba como miembro de la Liga del Saber, por las extrañas tormentas y algunos asuntos más de los que debía de poder informarles como erudito que era. En un momento dado de la conversación, mientras hablaban de las “Tormentas Negras” -así las llamaba Fajjeem-, el anciano se quedó mirando durante unos momentos a Yuria, anonadado. Cuando Symeon preguntó a Fajjeem acerca de cómo entrar a formar parte de la Liga, éste le preguntó si se consideraba preparado, y le hizo varias preguntas aparentemente sin importancia; pero entonces la conversación derivó en un diálogo entre Symeon y Fajjeem sobre asuntos trascendentales de filosofía y metafísica. Sin darse cuenta, diez horas transcurrieron entre argumentos y réplicas. Al acabar, Symeon se encontraba mentalmente exhausto. Fajjeem lo miró valorativamente y, afirmando, le dijo que se dirigiera a la Gran Biblioteca de Doedia, donde debería encontrarse con el Gran Bibliotecario Svadar y decirle las palabras “el pergamino es dorado y plateado para mí”. No sabía si quedaban todavía muchos Sapientes, pero el bibliotecario le pondría en contacto con ellos, si podía. Por su parte, Yuria consiguió deducir el significado de los bocetos que alguien había metido en sus bolsillos después de dibujarlos: un globo que volaba; pero todavía no supo cómo podría llevarlo a cabo, debería estudiar el diseño más a fondo.

Tras mucho discutir sobre cómo ayudar a la caravana, decidieron que lo más seguro era que siguieran permaneciendo allí, ocultos de ojos indiscretos, y les dejaron una docena de monedas de oro con las que podrían sobrevivir un par de meses si los vestalenses podían seguir trayéndoles provisiones discretamente. Tras una emotiva despedida continuaron viaje, acompañados de Taheem y Sharëd.

Al cabo de unos días, tras algún que otro avistamiento de los enormes pájaros sin consecuencias, llegaron a la vista del enorme río Ladtarim, y de la ciudad de Jeaväh, que se extendía en la orilla opuesta. En la orilla más cercana se había levantado un suburbio alrededor del amarradero del transbordador que facilitaba el cruce del río.


viernes, 16 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 13

Movilización inesperada y nuevos aliados

Finalmente, tras mucho discutirlo, el grupo optó por no incorporarse a ninguna de las caravanas de peregrinos que viajaban hacia Creá. En vez de eso, decidieron seguir viajando solos y a través del desierto, así que aprovecharían la jornada para aprovisionarse de los suministros que necesitaban en mercados y tiendas lo más discretamente posible.

Mientras Valeryan y Yuria se encontraban en uno de los varios mercados de los alrededores de Edeshet y el resto permanecía a la espera en la posada, comenzaron a sonar trompetas por toda la ciudad. La gente alrededor de la pareja en el mercado y dentro de la posada corrían hacia las fuentes de los sonidos, pues estos anunciaban que los heraldos del Badir de Ahemmu estaban a punto de promulgar un edicto o anunciar algún hecho importante. Valeryan y Yuria acudieron a la plaza donde se podía ver al heraldo y algunos guardias en lo alto de una plataforma, esperando a que se reuniera la multitud. Por supuesto, se quedaron en un discretísimo segundo plano, intentando no llamar la atención.

Una vez se acalló el clamor de las trompetas, el heraldo pasó a anunciar una orden del badir; en resumidas cuentas, ésta instaba a todo varón en edad de empuñar un arma a acudir a los centros de guardia en un plazo de tres días para formar una leva que partiría en pocas jornadas hacia el frente de batalla. La incomparecencia acarrearía penas de prisión. El discurso estuvo adornado por una arenga enalteciendo los valores vestalenses y el advenimiento del Ra’Akarah, que llevaría al imperio a una victoria aplastante. Los rumores de indignación fueron creciendo alrededor de Valeryan y Yuria, que intentaron sonsacar algo más a la gente allí reunida. Al parecer, hacía varios lustros que no se daba la orden de formar una leva en las tierras del imperio, y la gente no estaba nada contenta. Muchos de los presentes se apresuraron a marcharse para salir de la ciudad cuanto antes, y la pareja decidió acudir rápidamente a la posada para establecer un curso de acción.

Allí no hubo lugar a mucha discusión. Decidieron enseguida que debían marcharse, y sin dilación se dirigieron hacia los establos mientras Valeryan saldaba cuentas con la posadera e intentaba sonsacarle más información. Pero la mujer, apocada y discreta no pudo serle de mucha ayuda, sólo alcanzó a recomendarle que tuvieran cuidado porque seguramente en esos momentos el señor de Edeshet estaría aprestando guardias alrededor de la ciudad. Una generosa entrega de monedas por parte de Valeryan aseguró el silencio de la mujer, y éste corrió hacia los establos. Allí ya se encontraban los demás con los camellos casi preparados. El establo estaba medio vacío, se notaba que muchos de los huéspedes ya se habían marchado, espoleados por el anuncio de la leva.

Una pareja de vestalenses se encontraba también allí, sacando sus caballos y ensillándolos. En un momento dado, inesperadamente, el más alto de los dos se acercó al grupo y les saludó. Se presentó a sí mismo como Taheem, y a su acompañante como su hermano Shared. Con aire de complicidad, Taheem les hizo notar que se presentaban a sí mismos como un grupo de peregrinos extranjeros convertidos, pero no llevaban ningún guía espiritual vestalense consigo, lo que denotaba su desconocimiento de la situación en el imperio y las normas tácitas que imperaban en los peregrinajes a Creá por parte de extranjeros. Además, les hizo notar que la presencia entre ellos de un errante, de un gigante y de un ser extraño (un elfo) no les beneficiaba para nada. Acto seguido, Taheem pasó incluso a ofrecerse a acompañarles; tenía cierto bagaje como aprendiz de los caminos de la Fe, y podría hacerse pasar por su guía hacia la Ciudad Santa. La desconfianza acudió al grupo, sobre todo a Daradoth, cuyo ojo experto le revelaba que aquel hombre era mucho más de lo que parecía, pues la gracia de sus movimientos lo delataba como un espadachín extremadamente hábil. No obstante, tras deliberarlo unos momentos, los personajes decidieron que con las debidas precauciones podrían beneficiarse de la compañía de los dos hermanos y aceptaron la oferta.

Taheem y Shared partieron de inmediato, deseosos de no perder tiempo, y quedaron con el grupo en una granja de las afueras. Al grupo le llamó la atención que además de sus caballos de montar, llevaban un enorme percherón cargado hasta los topes con lo que parecía agua y provisiones. Los personajes tardaron algo más al tener que cargar la mayoría de sus suministros todavía, pero en cuestión de media hora estaban ya en camino, alerta por lo que pudieran encontrar.

No tardaron en atravesar lo poco que había hasta la granja. En el camino, pudieron ver cómo una de las caravanas de peregrinos que había intentado huir era detenida por un grupo de guardias, que recurrieron a un conato de violencia para deternerlos.

Pronto llegaron a la vista de la granja donde habían estblecido la cita con los hermanos vestalenses, y mientras se acercaban, vieron que sin duda habían tenido problemas: los dos estaban montados en sus alazanes, rodeados de cinco cuerpos caídos. Se trataba de cinco guardias de la ciudad, y uno de los Inquisidores; éste todavía se encontraba con vida, aunque herido, y eso levantó ciertas sospechas en Daradoth. Valeryan se encargó de acabar con él discretamente, aplastando su cráneo con la pezuña de su camello.

Sin más contratiempos, tras una hora y media siguiendo el camino, se desviaron y comenzaron a atravesar la zona semidesértica que rodeaba a Edeshet. El viaje fue tenso al principio, pero con el paso de las horas la situación se fue relajando, y poco a poco los extraños fueron descubriendo información unos de otros. Los hermanos hablaban estigio con un fuerte acento y, para sorpresa de Yuria y Aldur, un fluido ercestre.

La primera noche se desarrolló una conversación algo tensa cuando los vestalenses plantearon el tema de la confianza, interesados en si podían confiar en el grupo. Tras muchos tiras y aflojas (convencidos también por la presencia de Symeon en el grupo, por razones que serán evidentes más adelante), finalmente los ánimos se calmaron y Taheem decidió sincerarse con ellos. Symeon no pudo disimular su sorpresa cuando los hermanos les revelaron que su presencia en Edeshet se debía a que necesitaban llevar suministros a una caravana de errantes que se encontraba escondida en medio del desierto, protegida por unos pocos vestalenses que no comulgaban con los crueles edictos que se habían promulgado en el imperio últimamente. Taheem y Shared pertenecían al susodicho grupo de guardianes. Los hermanos se habían acercado al grupo al reconocer la presencia Symeon, un errante, con ellos. El silencio se hizo durante unos momentos; Shared desenvainó su espada y con gráciles movimientos se dirigió hacia Symeon; el grupo se puso en guardia, pero se relajaron al ver que clavaba su espada en la arena ante el errante y se arrodillaba, con lágrimas acudiendo a sus ojos. Le pidió perdón encarecidamente. Taheem también murmuró unas palabras de arrepentimiento en vestalense, y pasó a contarles el porqué de aquella acción: los dos hermanos habían servido en la guardia de élite de los Santuarios del Sumo Capellán de Creá, y a lo largo de los años habían cometido algunos actos reprobables, entre ellos la muerte de muchos errantes, hasta que finalmente habían encontrado la iluminación y habían renunciado a seguir con aquello. Symeon, con los ojos vidriosos, les preguntó acerca de la caravana a la que había pertenecido, y también sobre su esposa, pero no supieron darle ninguna información reveladora.

El día siguiente, Daradoth, Taheem, Shared y Valeryan acordaron entrenar un rato con sus espadas. Durante el entrenamiento, fue evidente para el elfo que los vestalenses habían recibido un adiestramiento en combate que iba mucho más allá de lo habitual. Era más evidente en Taheem, con mucho el mejor espadachín de los dos. Ante la insistencia en las preguntas, finalmente el vestalense dio a entender tácitamente que efectivamente los Señores de la Esgrima de las leyendas no habían desaparecido completamente y aún quedaban unos pocos; en ningún momento reconoció ser uno de ellos, y su espadas por otra parte no lucían ningún distintivo, pero la evidencia era difícil de negar. También reveló que había pasado una larga temporada en Ercestria y por eso hablaba tan bien el idioma. Aquellos dos hermanos eran ciertamente interesantes...

La noche del segundo día, Symeon, cuyo pasado había sido dolorosamente removido por las confesiones de los dos hermanos, no pudo aguantar más el peso solitario de sus secretos, y decidió compartirlos en confesión emmanita con el hermano Aldur. No estaba preparado todavía para compartir con el resto del grupo su vergüenza, y de momento se liberaría con el secreto de confesión. Le contó a Aldur la historia de sus robos de reliquias, su obsesión por los artefactos antiguos, y cómo él y su esposa habían irrumpido en los Santuarios de Creá, llevándose el fragmento original del Libro de Aringill. Cuando los Guardias de Creá y los Susurros acudieron para reclamarlo, su esposa había huido con el libro, y su caravana fue masacrada. No sólo eso, sino que aquello degeneró en una espiral de violencia y el asesinato de casi todos los errantes en el Imperio. Symeon sentía que era el culpable de la muerte de cientos, quizá miles de errantes, y aquello estaba a punto de acabar con él. Aldur aceptó su confesión y le otorgó el perdón de Emmán, además de palabras de consuelo, lo que sirvió para calmar la ansiedad de Symeon y hacer más soportable su pena. Tenía que compartir aquello con sus amigos, pero no estaba preparado para que lo juzgaran aún.

A todo esto le siguieron cuatro días más de camino, tras los que llegaron al oasis de Itzar’Hakeem, bastante transitado pero por el que pasaron sin problemas. Tras refrescarse y descansar un poco, siguieron cinco horas más de discreta marcha por el desierto a través de multitud de dunas, hasta que finalmente divisaron lo que eran indudablemente carromatos de errantes, descoloridos por el sol y semienterrados en la arena. Al llegar al círculo de carros, algo sorprendió y horrorizó a Symeon a partes iguales: varios jóvenes errantes se encontraban recibiendo clases de combate con espada de un instructor vestalense. En total se veían aproximadamente una docena de vestalenses acompañando a la caravana; a todas luces insuficientes en caso de sufrir un ataque. Tras levantar miradas curiosas de los acampados, se acercó rápidamente a ellos el líder de los vestalenses reunidos allí: un hombre de avanzada edad pero no anciano todavía, que saludó efusivamente a Taheem y Shared. Lo primero que llamó la atención de Valeryan, Symeon y Faewald fue el colgante en forma de pergamino que colgaba del cuello del vestalense. Éste se presentó como Fajjeem, y confirmó sus sospechas: era uno de los miembros de la Liga del Saber. Según les explicó, los miembros de su hermandad también habían caído víctimas de los edictos que se habían promulgado últimamente en el Imperio, y varias heridas y vendas que lucía él mismo así lo atestiguaban; sólo se había podido salvar gracias a la intervención de Taheem y su hermano. Contentos de encontrar a gente moderada y no haberse metido de cabeza en una trampa, todos se dirigieron al carromato del líder de la caravana, Aravros. El anciano sonrió al ver a recién llegados, pero presentaba un aspecto general de abatimiento y varios vendajes que atestiguaban las dificultades que habían atravesado él y su pueblo últimamente.

Tras las presentaciones se desarrolló una conversación de intercambio de experiencias, en la que Fajjeem les reveló que antes de ser perseguido, había sido uno de los componentes rotativos del Consejo de Palacio en Denarea, y se encontraba en la corte en el momento del advenimiento del Ra’Akarah, un hombre bastante normal por otra parte, pero con un poder de convicción más allá de toda medida. La gente decía que había llegado desde el cielo, que había caminado sobre las aguas y que había resucitado a varios muertos de un poblado arrasado en la frontera con Sermia. Tras un largo rato, Symeon pidió con aire sombrío que lo dejaran a solas con Aravros. Los demás se extrañaron pero respetaron su deseo y salieron del carromato.

Acto seguido, Symeon procedió a contar su historia al anciano errante, cuya consternación fue en aumento hasta casi derramar lágrimas de tristeza. Symeon le transmitió su deseo de ser sometido a juicio por el consejo de la caravana. Aunque Aravros no quería considerarlo como culpable y su voluntad era de perdonarle, se plegó a los deseos de expiación de Symeon y le aseguró que transmitiría su petición al consejo, por otra parte diezmado y compuesto casi todo él de miembros más jóvenes de lo que desearía.

El grupo no tardó en tener una tienda a su disposición, y allí se derrumbaron para descansar, agotados.

Al atardecer, un enviado del consejo apareció reclamando la presencia de Symeon para someterse a juicio. El resto del grupo intercambió miradas de extrañeza, y acompañó al cabizbajo errante hasta el carromato de Aravros, frente al cual se había reunido el consejo. Cuando, ante el sombrío silencio de Symeon, preguntaron a sus acompañantes de qué cargos se le acusaba, estos sólo respondieron con una palabra: “genocidio”.


viernes, 2 de enero de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 12

Un viejo conocido
Ante la intensa desazón que le había causado la experiencia extrasensorial mientras había estado inconsciente, Aldur no tuvo más remedio que compartirla con el resto del grupo; el desahogo le vino bien, y para su sorpresa, Daradoth le dio una gran importancia, pues el elfo vio en su “sueño” trazas de una maldad ancestral de la que los eruditos elfos hablaban en ocasiones. Volvieron a discutir sobre el “Enemigo”, el enemigo con mayúsculas, que sin duda era algo más importante a lo que enfrentarse que aquellos vestalenses que batallaban por su religión. Aldur también compartió su frustración por no haber sabido distinguir a Emmán de un ser a todas luces maligno, y eso le preocupaba, pues le hacía plantearse si era digno de la gracia de su Señor. Los demás le tranquilizaron, y aunque el apoyo de sus amigos sirvió para calmarlo, no quedó tranquilo del todo.

La conversación sobre el enemigo mayor derivó después hacia Daradoth, que fue una vez más cuestionado sobre los motivos que le habían llevado a emprender un viaje tan largo y cuál era la situación en Doranna. El elfo planteó que quizá pudieran conseguir apoyo de su gente en Doranna, para lo cual igual sería buena idea viajar hasta allí; Valeryan se interesó sobremanera por la argumentación de Daradoth, e intentó sonsacar más información: le preguntó al elfo si su puesto era alto entre sus semejantes, si era un príncipe o algo así, a lo que Daradoth contestó negativamente; Symeon también preguntó, haciendo una analogía con Valeryan y ante las críticas del elfo a la misión que estaban llevando a cabo, si Daradoth seguiría las órdenes de su rey como lo estaba haciendo el noble Esthalio; la respuesta de Daradoth a esa pregunta fue un breve silencio, que planteó aún más dudas sobre el origen de su viaje.

Tras un par de días de duro pero tranquilo viaje por el desierto, el amanecer de la tercera jornada les saludó con un hecho inesperado: un extraño remolino oscuro se formaba hacia el oeste, a mucha altura. Más que oscuro, el remolino parecía rasgar el cielo azul del amanecer, dejando ver a su través un cielo estrellado y nocturno; a pesar de la innegable belleza del fenómeno, la brisa que comenzaba a levantarse procedente de aquel punto los hizo salir de cualquier ensoñación y huir lo más deprisa que pudieron a través de la arena y las dunas. Pasadas un par de horas, podía verse ya claramente que el remolino a lo lejos se convertía en un pequeño tornado que iba in crescendo rápidamente. Sin duda, se trataba del germen de una de las brutales tormentas sobrenaturales que parecían estallar en aquellos desiertos. Cuando el viento arreció y la arena empezó a azotarles, azuzaron aún más a los camellos; la mala suerte se cebó con Symeon, cuyo camello se rompió una pata y él mismo se desgarró algunos tendones en el hombro, retrasando su camino mientras recibía los cuidados de Aldur y de Faewald.

Por suerte, pudieron escapar de la tormenta con poco más que unos leves mareos, pues ésta se marchó en dirección contraria a ellos mientras se formaba. Poco después, entre el viento y la arena veían una decena de cuervos aparecer por el horizonte, y dirigirse hacia la nueva tormenta. Ocultándose como pudieron parecieron escapar a su atención, y nunca los vieron volver.

Tras cuatro jornadas más de marcha llegaban, agotados y quemados por el sol a Edeshet. La ciudad, un nudo de comunicaciones en medio del desierto, se asentaba sobre un trozo de tierra fértil alimentada por varios oasis y corrientes subterráneas, y tras atravesar varias granjas desperdigadas, fueron Symeon y Valeryan los que abrieron camino y reservaron habitaciones en una posada. Al atardecer, el grupo al completo entró en la ciudad y se dirigió a conseguir un anhelado descanso. Aquí y allá pudieron ver grupos organizados en campamentos, y lo poco que pudieron entender de lo que allí se decía les reveló que la mayoría eran cónclaves de peregrinos que viajaban (o que iban a iniciar viaje) juntos hacia Creá para ver al Ra’Akarah y recibir su bendición. Además, mientras veían todo esto, algo más serio llamó su atención: un carromato y varios jinetes que vestían ropajes negros y que lucían la enseña de los Heraldos de Vestän. La visión de los inquisidores les hizo arrebujarse en sus túnicas y capuchas, y por suerte, entre tanta gente, no llamaron su atención. Más tarde se enterarían de que en Edeshet se encontraba una de las Casas de Heraldos más importantes de todo el Imperio. Ya en la posada, en la sala común algo llamó la atención de Aldur, pero el cansancio hizo que no pudiera distinguir qué; sólo pensaba en una cama y una tinaja de agua que echarse por encima. Fue después, cuando ya llevaba un par de horas dormido cuando cayó en la cuenta de lo que había visto: uno de los presentes en la sala común de la taberna tenía el rostro de uno de sus antiguos compañeros novicios (y más tarde paladín), Averron. Se despertó lleno de lucidez y bajó a la sala común, pero a aquellas horas intempestivas ya no había nadie. No obstante, más tarde por la noche, alguien llamó a la puerta de su habitación, mientras Daradoth hacía guardia y el resto dormía (Aldur entre ellos). Daradoth abrió para encontrarse cara a cara con un desconocido vestido como vestalense y de aspecto indefinido que preguntaba por Aldur. Por supuesto, el elfo sospechó de sus intenciones y le hizo marcharse.

El día siguiente lo dedicaron a conseguir provisiones y equipo, y Aldur compartió con los demás la presencia en Edeshet de su compañero paladín. Su descripción coincidía con la del individuo al que Daradoth no había querido recibir en la habitación; aunque dedicaron el resto del día a buscarlo, no pudieron dar con él; tampoco podían mostrarse mucho, pues Aldur y, en menor medida, Daradoth, llamaban la atención allí donde iban y no querían provocar más problemas de los imprescindibles.

Pero por la noche se repitió la escena, y Averron vovió a llamar a la puerta de la habitación del grupo. Con un silencio contenido, Aldur y él se abrazaron, ambos reconfortados por la presencia de un antiguo amigo. En susurros, Averron contó que no estaba solo, le acompañaban al menos otro paladín y varios Hijos de Emmán; el Gran Maestre los había enviado tras un intenso adiestramiento en el idioma y las costumbres vestalenses para averiguar lo que pudieran de aquel misterioso Ra’Akarah e intentar infiltrarse en las filas enemigas. Incluso habían sido circuncidados para no levantar ningún tipo de sospecha. También les contó que él y sus compañeros se encontraban en una de las caravanas de peregrinos que iba a partir hacia Creá el día siguiente. Aldur, por su parte, aunque no explicó en su totalidad los detalles de su presencia allí, dejó claro que la intención era hacer algo muy drástico con el Ra’Akarah, lo que asomó una expresión de preocupación al rostro de Averron. Tras desearse suerte mutuamente y una breve oración a Emmán, Averron se marchó esperando que se unieran a su caravana la jornada siguiente o verles sanos y salvos más tarde.
Y así quedó el grupo de nuevo a solas, planteándose la conveniencia de practicarse realmente la circuncisión y quizá unirse a la caravana de peregrinos de Averron y los demás.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 11

Tormentas
El desastre de no encontrar el oasis los puso ante una grave disyuntiva: continuar camino arriesgándose a que en la siguiente parada les pasara lo mismo, o asegurarse y volver hacia atrás, perdiendo dos semanas de viaje. En el primer caso, Symeon no estaba seguro de que pudieran llegar con vida al final del viaje, pero en el segundo corrían el riesgo de exponerse a ser capturados por los vestalenses que ya debían de haber dado orden de busca y captura contra ellos.

Finalmente optaron por la opción de volver atrás, aunque Symeon planteó la posibilidad de utilizar el agua contenida en la joroba de los camellos para hacer posible el viaje.

Tras dos jornadas transcurridas de camino de vuelta, Daradoth pudo avistar a tiempo a dos de los enormes cuervos exploradores, pero mantuvieron siempre una gran distancia y no parecieron apercibirse de la presencia del grupo. El tercer día de camino tuvo lugar un evento más preocupante: una nueva tormenta que, aunque no se acercó a ellos, sí les provocó mareos y ligeras náuseas. Yuria fue la única, que, mirando a los demás extrañada, no pareció sentir ningún efecto adverso. La vista de la tormenta a lo lejos bastaba para amedrentarlos; en verdad debía de tratarse de fenómenos sobrenaturales, pues no creían que la fuerza de la naturaleza bastara para provocar aquellos ciclones.

El día siguiente, mientras atravesaban penosamente las dunas esperando no encontrarse con ninguna sorpresa desagradable, Valeryan le señaló algo a Daradoth, algo en lontananza que había brillado, llamando su atención. Acercándose un poco, el elfo no tardó en reconocer un oasis, para consternación de Symeon, que juraba que en los mapas no figuraba ningún oasis en aquella posición. Pero sin duda se trataba de uno, y para aún mayor frustración del errante, sin duda se trataba del oasis del que, cuatro días atrás, no habían podido encontrar rastro. Era como si se hubiera movido de sitio; si aquello lo provocaban aquellas tormentas, razón de más para evitarlas.

Dejando de lado las preocupaciones por un momento, se regocijaron por poder refrescarse, bañarse y beber agua fresca y clara. Pero al poco rato, Daradoth daba la voz de alarma: tres cuervos se acercaban al pequeño bosquecillo. Todos corrieron a esconderse, camuflando también a los camellos. Los tres cuervos descendieron a poca distancia de los árboles, y se posaron con un estruendoso aleteo. Volvieron a ver la misma disposición: los extraños jinetes quedaban a lomos de los pájaros, mientras los dos vestalenses de cada uno descendían al suelo. Uno de los vestalenses se acercó, con cuidado y cara de extrañeza, y tocó varias hojas de arbustos y el tronco de un árbol. Relajándose a ojos vista, se giró hacia sus compañeros y en su áspero idioma les dijo “no hay que preocuparse, es real”. Los vestalenses empezaron a discutir entre ellos, diciendo que aquello era increíble y no entendían qué podía haber pasado. “Si los jinetes hablaran nuestro idioma, quizá podrían explicarnos esto”, dijeron. Acto seguido, tras beber y refrescarse, volvieron a los cuervos y remontaron el vuelo de nuevo. El grupo suspiró aliviado.

Tras la marcha de los vestalenses, aprovecharon para forrajear y buscar algunas hierbas útiles que se criaban en los oasis, y reaprovisionarse de agua. Aquello les permitiría volver a retomar la dirección original, y así lo hicieron, dirigiéndose de nuevo hacia el este.

Tras diez duros días de viaje, pudieron avistar a lo lejos el segundo oasis, afortunadamente no había desaparecido, y se alegraron por ello. Pero las sonrisas no acudieron a sus rostros, pues alrededor del oasis había un ejército vestalense acampado. Aldur apretó los puños, frustrado, y Valeryan chasqueó la lengua. No tuvieron más remedio que desmontar y refugiarse tras una duna, a salvo de las miradas de los enemigos, mientras la noche caía e improvisaban un refugio. Decidieron esperar para ver si las tropas levantaban el campamento y continuaban viaje. Pero algo imprevisto sucedió antes de que llegara el día siguiente: una nueva tormenta estalló de repente, sorprendiendo al ejército y provocando de nuevo que el grupo sintiera sensaciones extrañísimas. La tormenta era especialmente fuerte, y no tardaron en ser sepultados por la arena, mientras Symeon, Valeryan, Faewald, Aldur y Daradoth caían inconscientes uno a uno. Incluso Yuria sintió esta vez los efectos, suponía que debido a la intensidad del fenómeno y la prolongada exposición.

La inconsciencia envió a Aldur a un mundo distinto, quizá una esfera superior, donde una luz le tocó y le reconfortó. Extasiado, sintió cómo la Luz le tocaba físicamente, elevándolo a las alturas y diciéndole que se abriera a ella. ¿Acaso aquello no podía ser otra cosa que Emmán? Aldur abrió su ser a aquella Luz, aquella presencia majestuosa que sin duda lo acogería en su seno, llevándolo a un plano superior de existencia y bañándolo en su gloria… o quizá no, pues la Luz pronto comenzó a proyectar sombras, sombras que tocaron su alma y la congelaron, haciéndole sentir una agonía que apenas fue capaz de soportar. Una risa resonó en los más recónditos recovecos de su mente, burlándose de él y sus creencias: “SI TODOS SOIS TAN FÁCILES DE CONVENCER SERÁ INÚTIL TEMEROS, Y MUY FÁCIL ACABAR CON VOSOTROS”. Las carcajadas fueron en aumento hasta convertirse en un chillido absolutamente insoportable, mientras una mano helada agarraba lo más profundo del espíritu de Aldur e intentaba arrancarlo.

A oscuras en la tremenda ventisca, Aldur gritaba y se agitaba, sangrando profusamente por la nariz. Desesperados, en la más absoluta oscuridad, Yuria y Daradoth intentaban que el refugio no se hundiera bajo el peso de la arena; pero el elfo se sentía cada vez más y más mareado, y el aura que lo rodeaba aumentaba de intensidad, permitiendo que Yuria pudiera ver en la penumbra cómo se derrumbaba, con gritos de dolor; la propia Yuria no pudo aguantar sola el peso de la arena, y la lona se precipitó sobre ellos, aplastándolos, mientras la ercestre comenzó a respirar con dificultad debido a los fuertes vómitos que la sacudieron.

Daradoth no sabía lo que estaba ocurriendo; sentía un dolor indescriptible, y algo dentro de él parecía a punto de reventarlo y volverlo del revés. Afortunadamente, el joven elfo comprendió a tiempo lo que le sucedía, e intentó canalizar aquella mare que lo desbordaba en algo útil, mientras las venas de sus brazos y su cuello se tensaban como cables y su cabeza ardía con todas las llamas del infierno.



***



El silencio los envolvió de repente, con un estruendo sordo. La calma se hizo a su alrededor y el peso de la arena sobre ellos desapareció. Symeon, Yuria, Faewald y Valeryan recuperaron la consciencia, sorprendidos, mientras Aldur brillaba intensamente en el centro de la burbuja protectora que había erigido contra la tormenta, y gritaba. Un grito mudo que no eran capaces de oír, pero que se notaba en la carne, en los huesos. Aldur dejó de estremecerse mientras la sombra que le helaba el alma parecía escurrirse fuera de él gritando “¡NOOOOOOOOOO!”. El paladín recuperó la consciencia agarrotado, dolorido y con la sensación de haber sido mancillado, pero vivo al fin y al cabo.

Tras un intervalo de tiempo que nadie fue capaz de calcular, finalmente el aura que rodeaba a Daradoth desapareció, su rostro pareció relajarse, y cayó de bruces, inconsciente. La tormenta ya había pasado y se encontraban al raso, bajo un hermoso cielo estrellado, pero claramente desplazados hacia el sur unas diez leguas según los cálculos de Symeon.

Tras socorrer a Daradoth y descansar unas horas, se apresuraron a volver al oasis donde la tormenta les había sorprendido. Como esperaban, el ejército vestalense también había sido afectado, y sólo quedaban unos pocos restos de él alrededor del oasis, que por suerte había permanecido inalterado, aunque la mayoría de los árboles habían sido arrancados de cuajo. Capturaron a un superviviente, intentando sonsacarle información sobre sus propósitos y aquellas extrañas tormentas, pero no les pudo dar ninguna información útil.

Tras reunir varios camellos que se encontraban por los alrededores y reaprovisionarse de agua y comida, reanudaron su viaje hacia Edeshet conspicuos y pensativos. Sobre todo Aldur y Daradoth, cuyas respectivas experiencias habían dejado una marca que tardarían en borrar, si es que podían hacerlo.


jueves, 20 de noviembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 10

Hacia el enemigo (II)
La posada La Flor de Arena prometía descanso y buena comida para el grupo. El amable y orondo posadero y sus tres bellas y coquetas hijas contribuían a dar aquella sensación cuando Yuria, Aldur, Valeryan y sus hermanos juramentados pidieron algo de comer y de beber; aunque la única bebida alcohólica que vendían era cerveza de baja gradación, sería suficiente después del duro camino. Varias otras mesas estaban ocupadas, y el ambiente parecía distendido; aunque al identificarse como extranjeros tres comensales con hábitos negros sentados en otra mesa habían lanzado algunas miradas hacia ellos, pronto volvieron a centrar la atención en sus platos.

Las cosas cambiaron cuando unos minutos después, Daradoth y Symeon entraban en la taberna. El espigado elfo llamó instantáneamente la atención de los tres clérigos de túnicas oscuras, que también reconocieron a Symeon como errante a pesar del empeño con el que ambos trataban de pasar desapercibidos. El resto del grupo podía verlo todo desde su mesa, mientras Daradoth y Symeon se acodaban en la barra de la taberna. Momentos después, uno de los clérigos que Symeon ya había reconocido como Heraldos de Vestän (el equivalente a los inquisidores vestalenses) salío de la taberna, mientras los otros dos se dirigían a la barra, claramente a confrontar a los dos extraños. Nervioso por la línea que estaban tomando los acontecimientos, Valeryan trató de distraer la atención de todos, con un discurso acerca de las virtudes del vestalismo y el anuncio de la ceremonia de circuncisión que estaban a punto de llevar; al oír esto último, Daradoth y Symeon trataron de escabullirse, acercándose a la mesa de los demás y fingiendo interesarse por la ceremonia. Pero no tuvieron éxito, y los Heraldos se acercaron junto a ellos. Así se inició una tanda de preguntas acerca de la razón por la que estaban allí y de sus convicciones religiosas cuyas respuestas no les convencieron. La situación se iba haciendo cada vez más tensa, y estalló cuando el posadero rogó a los clérigos que dejaran en paz a sus clientes, que parecían unos buenos fieles vestalenses y habían venido en paz; al instante, uno de ellos se giró y estrelló el sello que llevaba en uno de sus dedos contra la cara del hombre, que cayó al suelo con una brecha en la frente. Aldur se levantó bruscamente, lo que asustó un poco a los clérigos, pero instado por Yuria, que fingía ser su esposa, volvió a sentarse con los puños crispados. El reconocimiento por parte de Symeon de no ser un converso fue la gota de colmó el vaso, al tener en cuenta el edicto de expulsión de extranjeros: los dos inquisidores instaron a Symeon y a Daradoth a acompañarles, y éstos así lo hicieron; pero antes de atravesar la puerta a través de la cual ya se oían ruidos de gente armada, Daradoth fingió un gran dolor y se abrió un poco la herida de la pierna, que comenzó a sangrar profusamente; esto provocó la indecisión en los vestalenses, que el grupo tuvo que aprovechar al instante.

Aldur agarró a uno de los clérigos clavándole una daga en la espalda, y con un fulgurante movimiento, Daradoth atacó al otro cercenando limpiamente su cuello; la gente empezó a gritar cuando la sangre empezó a manar a chorro desde el cuello del inquisidor decapitado. El posadero, con los ojos muy abiertos, empezó a gritar llamando a la guardia con lágrimas en sus ojos; lo apartaron sin muchos miramientos y se dirigieron a la parte trasera, a las cocinas, mientras las hijas del posadero acudían a ayudar a su padre. Unos minutos antes Yuria ya se había escabullido y salido de la posada por la trastienda en busca de los caballos, y el resto del grupo siguió sus pasos. En las cocinas se encontraron con la que debía ser la mujer del posadero, que salía en esos momentos hacia la sala común con un cuchillo de carnicero en la mano; a pesar de su corpulencia, la mujer no fue un obstáculo para Aldur, que de un empellón la arrojó contra una pared y sin más obstáculos alcanzaron el callejón trasero y rodearon la posada para llegar a los establos, donde Yuria ya tenía la mayoría de caballos preparados.

Su desconocimiento de la ciudad y los rodeos que tuvieron que dar para esquivar las patrullas en las calles les hicieron perder un tiempo precioso, de modo que cuando llegaron a la puerta Este, en ella ya se había reunido un pequeño pelotón de guardias que se había detenido el transito y se aprestaba a cerrar el rastrillo. Sin pensarlo más, cargaron viendo en aquel momento su última oportunidad de poder salir de la ciudad; con la primera carga varios de ellos pudieron pasar de largo y conseguir salir, pero Willedd y Yaronn no lo consiguieron y Valeryan no lo pensó dos veces a la hora de volver a por ellos, así que todos le siguieron de nuevo al combate, justo cuando veían que Yaronn caía malherido del caballo. Desdesperado, Valeryan luchó con denuedo por llegar junto a su amigo, y con la ayuda de Aldur consiguieron levantarlo del suelo y huir in extremis, cuando otro grupo de guardias ya disparaba sus ballestas contra ellos.

Por la noche, ante el aspecto de las heridas de Yaronn, el grupo decidió enviarlo de vuelta a Rheynald acompañado de Wyledd para recuperarse. Ambos se resistieron a volver, pero finalmente la cordura se impuso y se despidieron del grupo; viajarían de noche y evitarían a los extraños todo lo que pudieran.

Acto seguido, el grupo continuó su viaje, dirigiéndose hacia Esstalab, la que habría sido la primera etapa si Valeryan no hubiera insistido en pasar por Issakän. El noble decidió dejar la búsqueda de su medio hermano para un momento mejor, cuando la situación se hubiera calmado en la ciudad.

El segundo día de camino, Daradoth avistó de nuevo uno de los monstruosos cuervos negros y gracias a ello pudieron camuflarse y evitar su detección. Valeryan dio gracias por contar con un elfo en el grupo que era capaz de avistar a aquellos pájaros a tan larga distancia; quizá eso supusiera la diferencia entre la vida y la muerte durante el viaje.

A los pocos días llegaban a la vista de Esstalab. Ésta era una ciudad más pequeña que Issakän, sin murallas ni puertas vigiladas, con lo que no tuvieron mayor problema para pasar desapercibidos entre los viajeros e integrarse. Aldur levantaba miradas sorprendidas aquí y allá, pero nadie osó acercarse a interesarse por el gigantesco hombre de mirada torva y pelo rapado. Tras una breve negociación consiguieron vender sus caballos y comprar varios camellos que les vendrían muy bien para cruzar el desierto, y en un mercadillo local también pudieron hacerse con varias hierbas curativas y otras hierbas más extrañas que el matrimonio que las vendía tenía “sólo para clientes especiales”. Uno de los objetos que compraron fue una extraña flor en un recipiente de vidrio que tenía un aspecto sobrenatural; la vendedora no pudo decirles cuál era su efecto, pues no lo conocía , pero aún así la compraron, intrigados por el leve fulgor y calor que desprendía.

Después de Esstalab, se adentraron en el Mar Cambiante, el desierto que se interponía entre ellos y la siguiente ciudad, Edeshet. Los primeros días transcurrieron tranquilos, con un calor soportable y las molestias lógicas que sufrían por no estar acostumbrados a viajar a lomos de camellos.

El cuarto día se levantó un fuerte viento y al poco, lo que parecía ser una tempestad de arena avanzaba hacia ellos. Pero pronto se hizo evidente que no se trataba de una tormenta cualquiera: lo primero que sintieron fue un frío intensísimo, a todas luces sobrenatural, y cuando la tormenta les alcanzó también lo hizo una sensación de mareo que dejó a varios de ellos inconscientes. A medida que la tormenta rugía sobre ellos, sintieron que sus cabezas estallaban y todo se volvía negro como la más oscura cueva; los relámpagos restallaban a su alrededor, provocando que su vello se erizara y la arena se derritiera; únicamente Yuria soportaba la tormenta con estoicismo, mirando preocupada cómo sus compañeros salían y entraban de la inconsciencia a intervalos, desenterrándolos para que no se asfixiaran cuando quedaban inconscientes. Tras lo que pareció una eternidad, finalmente la tormenta pasó de largo, dejándolos extenuados, pero vivos al menos; los camellos estaban casi completamente enterrados en arena, pero habían resistido bien, con lo que tras descansar unas horas y recuperarse pudieron continuar su camino. No sin preocupación por lo que fuera aquello que les había pasado por encima.

Tras un par de jornadas más, llegaban por fin al punto donde debía encontrarse el oasis que los mapas de Demetrius marcaban y donde debían aprovisionarse de agua y descansar para continuar camino, pero una nueva sorpresa les aguardaba: el oasis no estaba, y todo lo que veían era arena. ¿Era posible que hubiera sido sepultado por las fuertes tormentas?...

viernes, 7 de noviembre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 9

Hacia el enemigo
La noche anterior a la marcha hacia el corazón del Imperio Vestalense, Valeryan reveló al resto del grupo su intención de detenerse en la ciudad de Issakän. El juramento que había hecho a su padre en su lecho de muerte le obligaba a detenerse en la ciudad y buscar a su presunto hermano; dejó claro que no quería obligar a nadie a acompañarle, y dio a los demás la opción de esperarle o continuar viaje sin él, pero nadie quiso dejar a Valeryan a su suerte, e insistieron en ayudarle. Issakän se encontraba a apenas ochenta kilómetros de Rheynald, y el desvío que necesitarían hacer no les apartaría mucho de su camino.

Al amanecer, la pintoresca compañía compuesta por Valeryan, Symeon, Daradoth, Yuria, Aldur, Faewald, Yaronn y Wylledd se despedía de sus seres queridos. Symeon se había despedido de Azalea y Ravros la noche anterior; Valeryan se abrazaba a su madre, lady Edith, y a su hermana, Juwyth, prometiéndoles que tendría cuidado y volvería. Lady Edith le transmitió sus dudas acerca del duque y lo poco que se fiaba de su liderazgo. Valeryan le prometió volver lo antes posible. Aldur se despidió de Podrido, que acudió corriendo en cuanto se enteró de que el paladín se marchaba; el enorme hombre prometió que cuando volviera haría a Aldric su escudero y no consentiría que nadie más lo llamara “podrido”. Para confirmar sus esperanzas, Aldur pudo percibir un aura alrededor del muchacho que revelaba el potencial que tenía. Yuria bajó una vez más a los calabozos para dar las últimas instruccinoes del desescombro y despedirse de Toldric. Éste se apenó sobremanera cuando se enteró de la partida de la mujer, y le rogó que tuviera cuidado y volviera pronto; durante un momento, se quedó en total silencio, silencio que coincidió con un breve mareo de Yuria. Acto seguido, lo que dijo sorprendió a la ercestre: Toldric le dijo que si en algún momento encontraba a una mujer de pelo negro y liso hasta la cintura, de ojos verdes y labios carnosos debía huir de ella rápida como el viento. Intrigada por sus palabras, Yuria quiso saber más; Toldric le reveló que a veces veía cosas alrededor de las personas, la mayor parte de las veces cosas que podían ponerlas en peligro, y que desde pequeño lo había ocultado; pero Yuria había sido tan amable con él que sabía que podía confiar en ella. Tomando buena nota mental de las palabras de Toldric, la militar se despidió amablemente de él. Más tarde, durante el viaje, Yuria compartiría la advertencia de Toldric con Daradoth, pero éste se mostró algo escéptico, afirmando que no había que creer todo lo que decía la gente; aun así, Yuria estaría muy atenta por si aparecía la mujer contra la que el deforme carcelero la había advertido…

Pronto, el grupo salía de territorio esthalio más allá del bastión sur, con la intención de evitar a los ejércitos acampados al otro lado del muro. Las tropas vestalenses no supusieron un obstáculo, y pronto llegaban a las inmediaciones de Sar’Edeafar; allí comenzaron a avistar puntos negros en lo alto que delataban a los enormes cuervos que ya habían visto en Rheynald. Intentaron mantenerse a cubierto de la vista de aquellos engendros, pero el terreno semidesértico no hacía que fuera una tarea fácil. A las pocas horas de dejar atrás Sar’Edeafar comenzó a atardecer; se encontraban ya cerca de Issakän, pero no querían llegar de noche, así que tras encontrar un sitio adecuado para acampar, pasaron la noche al raso.

Despertaron con el alba y desayunaron carne seca, pan y algo de queso. Ya se aprestaban a retomar el camino cuando una sombra recortándose contra el sol naciente llamó su atención: uno de los enormes cuervos descendía hacia donde se encontraban, haciéndose cada vez más enorme y revelando una envergadura de alas de al menos veinte metros. Los ojos del cuervo brillaban rojos como ascuas, las garras de sus patas parecían fuertes como el diamante, y las álulas estaban sobrenaturalmente hiperdesarrolladas resultando en espolones de aspecto amenazador. Tres jinetes montaban el enorme animal, dos de ellos armados con ballestas. Cuando el pájaro se posó a unos metros frente a ellos, varios componentes del grupo ya estaban paralizados por el terror que sentían; Daradoth fue especialmente afectado, aunque se sobrepondría más tarde. Al posarse, dos de los jinetes, vestidos como vestalenses, pusieron pie en tierra armados con ballestas, mientras el tercero, también vestido como vestalense pero con un corte de pelo estrafalario y extraños tatuajes en las partes visibles de su piel, se quedaba en el lomo; al parecer, este último era el encargado de dirigir al pájaron en su vuelo; sin embargo, no se veían riendas ni arreos de ningún tipo que le permitieran dicho control.

El grupo fue instado a tirar las armas y sobresaltados por un agudo grito del enorme cuervo así lo hicieron. Acto seguido procedieron a un breve interrogatorio, interesándose por la procedencia y el destino del grupo. Valeryan y Symeon intentaron convencerlos de que no eran sino peregrinos conversos que se dirigían a ver los Santuarios. Pero las explicaciones no convencieron a los exploradores vestalenses, que miraron hacia atrás haciendo un gesto. En ese momento, un fuerte ruido sobresaltó a todos, y uno de los ballesteros se dobló de dolor; Yuria le había disparado con uno de sus extraños artilugios, que ella llamaba “pistolas”. Todos reaccionaron, y se entabló un breve pero sangriento combate: mientras Valeryan y Aldur daban cuenta de los ballesteros, Daradoth realizaba un salto increíble alcanzando una altura de unos cinco metros, buscando derribar al jinete del cuervo. Éste extendió su mano y una descarga eléctrica pasó rozando al elfo, poniéndole los pelos de punta. Con un fluido movimiento, el brazo del jinete fue cercenado por la espada larga de Daradoth, y al instante caía inconsciente al suelo. No obstante, el cuervo tuvo tiempo de revolverse y clavar su pico en el elfo, provocándole una fea herida en el muslo que lo dejaría renqueante durante los siguientes días. Afortunadamente, sin la guía del jinete, el enorme animal remontó el vuelo y desapareció en el horizonte.

Consiguieron capturar vivo a uno de los ballesteros con la intención de sacarle información. Sin embargo, después de un violento interrogatorio no pudo o no quiso darles la información que pretendían, ante lo cual, Valeryan estimó que lo mejor sería quitarle la vida. Algunos de los demás, sobre todo Symeon, se mostraron en desacuerdo con aquella decisión, pero la resolución de Valeryan era firme y el vestalense fue asesinado rápidamente.

Al poco rato, estructurados en dos grupos, llegaban a las puertas de Issakän, una ciudad de unos sesenta mil habitantes, amurallada y muy transitada. Daradoth y Symeon integraban el primer grupo y pudieron acceder sin problemas a la ciudad. Sin embargo, el segundo grupo integrado por los otros seis, fue detenido por los guardias. Justo cuando las preguntas comenzaban a volverse muy comprometidas, el grupo tuvo la suerte de la aparición de un clérigo, el padre Khemel, que se encontraba en los alrededores y había sido convencido por las explicaciones de Valeryan de que eran recién conversos en peregrinaje a Creá. Khemel habló en favor del grupo ante los guardias, instándoles a respetar a todos los fieles vestalenses (aquí el adiestramiento que Symeon había impartido al resto en materia de costumbres vestalenses se reveló fundamental) y más aún a los recién conversos a su Fe. Tras franquearles el paso a la ciudad, el padre les preguntó si ya habían sido circuncidados, como muestra definitiva de su conversión. Ante las respuestas negativas, Khemel se ofreció a llevar a cabo él mismo la ceremonia, si así lo deseaban; tras recomendarles una buena posada, los citó en una de las mezquitas de Issakän para concretar detalles y adiestrarlos en la fe, tras lo cual se despidió de ellos. Valeryan respiró aliviado; por fin se encontraban entre los muros de Issakän y podría comenzar su búsqueda.

jueves, 23 de octubre de 2014

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 8

El retorno de Aldur. ¿La Sombra en Esthalia?
Las fanfarrias de cuernos y trompetas saludaron la llegada de Aldur y sus acompañantes. Lo primero que llamó la atención del grupo fue la cantidad de gente: aparte de los soldados a cuyo frente había partido el paladín, los acompañaban unos tres o cuatro centenares de personas más, demacradas y agotadas. Tras poner a lord Aryenn y los heridos al cuidado de las Hermanas del Salvador, Aldur pasó a explicar a Valeryan y los demás la historia de la gente que los acompañaba, los Inmaculados. Valeryan no pudo por menos que apiadarse de ellos, y les proporcionó asilo, dejándolos aparte de los demás y fuertemente custodiados; su cabeza daba vueltas sin cesar a las consecuencias que podía tener alojar unos herejes en su ciudadela, pero no podía dejar a aquella gente a su suerte, no estaría bien, y menos después de que el hermano Aldur y todos sus compañeros apoyaran aquella decisión.

También se encargaron de los prisioneros, el alcalde de Jorwenn, Faldric, el padre Shurann y los consejeros Algert, Faedric y Woldan. Cuando el grupo oyó la historia y cómo Aldur acusaba a Shurann y otro de ellos de apóstatas dudaron durante unos instantes, pero su confianza en el paladín y el favor de Emmán del que gozaba comenzaba a ser plena, y a los pocos minutos, los cinco integrantes del consejo de Jorwenn daban con sus huesos en los calabozos.

Por su parte, el paladín abrió mucho los ojos cuando Valeryan, Daradoth, Yuria, Symeon y el duque Elydann le contaron la misión que el rey les había encomendado. Nada menos que capturar o matar al Ra’Akarah... sin duda una empresa algo descabellada, pero no veían el modo de desobedecer una orden directa del rey en persona.

Después de la conversación, Valeryan se reunió a solas con el duque con la intención de ganarse de nuevo su confianza, pues estaba receloso al sentir que el señor de Rheynald ocultaba algo. Para ello, le reveló lo que habían descubierto en realidad en las catacumbas bajo los calabozos, y le habló de su confianza ciega al dejar Rheynald a su cuidado. El duque le agradeció su sinceridad, le prometió discreción y se despidió de él más relajadamente.

Como no querían tener a tres inocentes encerrados mucho tiempo en las duras condiciones de los calabozos, nada más atardecer se aprestaron a realizar el interrogatorio del consejo de Jorwenn. Por turnos los hicieron pasar a una sala donde se encontraban, además del grupo, los hermanos juramentados de Valeryan y el duque Elydann. Uno tras otro, Aldur fue pidiendo el favor de Emmán para que le revelara cuál de ellos era el apóstata, y finalmente fue el comerciante llamado Algert el designado por el paladín. El alcalde Faldric no paró de quejarse acerca de lo injusto y denigrante que era el trato que estaban sufriendo, pero no tuvo más remedio que transigir con todas las pruebas por las que le hicieron pasar.

Tras liberar a los tres inocentes, primero interrogaron a Algert. El hombre parecía compungido, quizá arrepentido. Al preguntarle acerca de posibles visitantes o comportamientos extraños, se encogió; afirmaba que no podía hablar de ello, o seguramente moriría. Decidieron dejarlo para el día siguiente.

Aquella noche, Symeon la dedicó a preparar el viaje, guardando mapas y repasando cuanto sabía acerca de los usos y costumbres vestalenses.

Por la mañana, lord Elydann se reunió con Valeryan, agradeciéndole su sinceridad del día anterior y transmitiéndole su confianza. Charlaron de pequeñeces y de los planes de Valeryan para la misión en Vestalia, y a continuación fue el duque quien se sinceró con el señor de Rheynald. Le reveló que, con su madre desaparecida y sin haber realizado ceremonia alguna de traspaso de poderes, temía por su título, pues sabía de buena tinta que el marqués de Arnualles había intentado convencer al rey de que le cocediera el ducado de Gwedenn. Afortunadamente, Robeld de Baun había caído enfermo, y eso había impedido que continuara con sus pretensiones, pero aunque no había pasado todavía con nadie aquejado de aquella extraña enfermedad, cabía la posibilidad de que sanara y volviera a retomar sus aspiraciones. Valeryan tranquilizó al duque diciéndole que podía contar con su apoyo, y éste estrechó su mano con un gran agradecimiento, sellando su alianza.

Por la tarde procedieron al interrogatorio, convocando de nuevo a Algert. Le engañaron diciendo que el padre Shurann ya había hablado y no tenía nada que perder, y eso hizo que soltara algo la lengua. Les habló de extrañas ceremonias donde se sacrificaba gente (obviamente, la gente desaparecida de Jorwenn), de una extraña cueva en el bosque donde habían erigido un altar oscuro, y de cómo obraba el maestro de ceremonias (presuntamente el padre Shurann) en aquellos cónclaves. Les reveló también la identidad de algunos otros asistentes, pero muchos de ellos no eran ni siquiera del pueblo. También descubrieron una marca en su cuerpo: una pequeña cicatriz en forma de llama que había sido provocada con un metal ardiente, en el extremo del pecho casi pegado a la axila. Sin embargo, se negó (o, más bien, no pudo) a revelarles quién era su líder o a qué dios brindaban los sacrificios. Una vez que Algert se retiró, Daradoth habló acerca de la sombra y cómo esos rituales estaban sin duda dedicados a uno de los dioses oscuros; tenían seguidores de la Sombra detrás de sus filas, y eso entrañaba un gran peligro. Turbados por estas revelaciones, convocaron a su presencia al padre Shurann.

La actitud del sacerdote una vez que se apercibió de que el grupo sabía la verdad, fue muy distinta de la actitud apocada de Algert. Todo lo contrario, se mostraba hasta confiado y disimuladamente desafiante. Afirmó, con una voz y un tono conciliadores, que él no era más que un buen Emmanita, y no entendía por qué lo trataban de aquella forma. Todos los presentes excepto Yuria y Symeon comenzaron a creer que se habían equivocado, mientras la diatriba de Shurann iba haciendo que cada vez estuvieran más convencidos de la inocencia del sacerdote y la terrible equivocación que estaban cometiendo. Daradoth incluso comenzó a acercarse lentamente a él con la intención de liberarlo. Pero un fuerte ruido los sacó a todos del influjo del sacerdote; de repente, éste se dobló, se derrumbó, y una mancha de sangre apareció en su abdomen; Yuria lucía un extraño instrumento en su mano, humeando por un extremo y apuntando al apóstata. Todos se dieron cuenta de lo que había pasado, y de la sobrenatural influencia que el hombre había ejercido sobre ellos. A continuación, vino la tortura. Daradoth hizo gala de su falta de escrúpulos y se aplicó en hacer sentir el infierno a Shurann, que no soltó prenda hasta que finalmente, gritó. “¡Mi señor Khamorbôlg acabará con vosotros!¡¡¡Os matará a todos!!!”. A los pocos segundos, expiró, incapaz de seguir resistiendo la herida de su abdomen y la tortura del elfo.

Mientras tanto, el duque comentaba con Valeryan que se encontraba atónito, que estaba profundamente turbado por las fuerzas que habían presenciado y que deberían ajusticiar inmediatamente a Algert, el otro prisionero. Y efectivamente así lo hicieron; silenciosamente, en un rincón de los calabozos, la vida de Algert acabó a manos de un sombrío verdugo. A continuación, el duque anunció que contactaría en breve con el marqués de Jorwenn para que adoptara las medidas necesarias para acabar con los apóstatas que quedaban tan pronto como fuera posible.

Solucionado el problema más urgente de los traidores a Emmán, pasaron a tratar el asunto de los Inmaculados. El duque no estaba tranquilo respecto a tenerlos alojados en Rheynald, pues el propio rey había decretado su exterminio (tal y como Sir Valdann había contado en una reunión previa), pero honrando el nuevo pacto y la renovada amistad que había establecido con Valeryan, no pondría pegas de momento. Además, Aldur y Daradoth le hablaron de los preceptos emmanitas, de las enseñanzas de su dios, y la charla probó ser profundamente aleccionadora tanto para el duque como para Valeryan, que decidieron que dejar a aquellas personas a su suerte sufriendo un genocidio los convertiría sin duda en individuos execrables, indignos de llamarse emmanitas.

Acto seguido, pasaron a planificar el viaje. Según las palabras de Symeon, la mayoría de su camino (si no la totalidad) podía transcurrir a través del desierto, y si tenían cuidado y algo de suerte, podrían no cruzarse con ningún vestalense hasta que llegaran a su objetivo. Eso tranquilizó a los demás. También hablaron de la disyuntiva que se les había planteado entre seguir la senda marcada por el rey u optar por el camino de la reina. Daradoth se mostraba claramente a favor de esta última, pues secundaba la opinión de la reina transmitida por Strawen de que se enfrentaban a un peligro mayor que el enemigo fronterizo. No obstante, como la segunda reunión de la que les había hablado el marqués no tenía todavía fecha definida, decidieron postergar el asunto hasta que retornaran de su misión (si es que lo hacían, claro).

Pocas horas después, una monja llegaba anunciando que lord Aryenn de Colina Roja había salido de su inconsciencia. El grupo se reunió con el señor, débil y malherido. Éste les habló en voz baja del ataque en el que había sucumbido su fortaleza; los enormes cuervos con ballesteros en sus lomos que sembraban el terror y la muerte por doquier, de la sobrenatural velocidad con que los vestalenses habían cavado minas bajo sus muros. Claramente, Esthalia se enfrentaba a nuevas fuerzas que estaban más allá del ejército vestalense que había conocido en años pasados, y algo había que hacer al respecto.

Por la noche, Azalea y Symeon se reunieron como otras tantas veladas pasadas. Pero esa noche la muchacha intentó llegar a algo más. Se había enamorado realmente del errante, y el encuentro pasó a un estado más romántico de lo habitual. Sin embargo, Symeon se contuvo, pues sus recuerdos le causaban todavía mucho dolor. Ella comprendió silenciosamente, y de nuevo en terrenos menos comprometidos, mostró su preocupación por el destino que aguardaba a Symeon en Vestalia y de lo feliz que la haría si decidía unirse a su caravana y retomar la Búsqueda con ellos. Symeon prefirió dejar esos asuntos pendientes y retomarlos cuando retornase de su comprometida empresa.

domingo, 12 de octubre de 2014

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 7

Una nueva Fe
Aldur salió al frente de su compañía, compuesta por dos centenares de infantes comandados por los capitanes Ergald y Hárno, cincuenta cazadores al mando de Torrhen, el jefe de perreras de Rheynald y veinte jinetes de caballería de la legión destinada a Rheynald, con el capitán Khorald de Marlanta a su frente.

Nada más salir de Rheynald, pusieron rumbo hacia Jorwen, un pueblo de tamaño medio que se encontraba en el linde del gran bosque de Rowen, en la ruta que Aldur juzgó más probable que los supervivientes de Colina Roja seguirían. La cabalgata transcurrió plácida hasta mitad de camino, momento en el cual Torrhen hizo notar a Aldur unos puntos en el cielo que se movían contra el viento; sin duda, los enormes cuervos de los que había hablado el soldado de Colina Roja y que ya habían avistado los vigías de Rheynald. A partir de entonces, miradas preocupadas se lanzaban continuamente al cielo, que por otro lado se cubrió de nubes e hizo más difícil los avistamientos. Pero de vez en cuando uno de los pájaros bajaba por debajo de la capa nubosa y los cazadores lo señalaban, nerviosos. Afortunadamente, la presencia de los pájaros se limitó a labores de observación y no tuvieron ningún problema en el camino; por fin, tras atravesar varias granjas y cruzarse con algunos viajeros, llegaron a las afueras de Jorwen.

Por lo visto, el rumor de su llegada había cundido entre los lugareños, pues a la entrada del pueblo ya había una comitiva esperándoles: las fuerzas vivas del pueblo, compuestas por el alcalde Faldric, el sacerdote Shurann y tres comerciantes y artesanos llamados Algert, Faedric y Woldan. A su alrededor se había reunido una pequeña multitud curiosa por ver al ya famoso paladín de Emmán de lord Valeryan, gritando por que les diera su bendición. Con una sonrisa, el alcalde Faldric le pidió disculpas por el alboroto y lo llevó a la posada de su propiedad, donde podrían hablar más calmadamente. Durante el camino, Aldur lanzaba gestos de bendición a la plebe, que eran recibidos con gritos de agradecimiento. El alcalde también rogó a Aldur que disculpara la ausencia de alguien más importante, pues el marqués de Jorwen estaba aquejado de la extraña enfermedad que ya había acabado con la vida del marqués de Rheynald, y su hijo se hallaba ausente. Ya en la posada, el consejo preguntó al paladín por los motivos de tan agradable visita, y Aldur no tuvo problema en contarles que iba al rescate de los supervivientes de Colina Roja. Cuando el consejo se enteró de que pensaba adentrarse en el bosque, sus rostros se ensombrecieron y le contaron que en los últimos tiempos habían sufrido varias desapariciones de habitantes del pueblo en la espesura. Preocupado por tal información, Aldur dio órdenes para que varias patrullas vigilaran el entorno del pueblo por si eran atacados. Por supuesto, a Aldur y a sus oficiales les ofrecieron alojamiento gratis en la posada; los hombres acamparían en la plaza anexa.

A las dos de la mañana, el capitán Ergald despertó a Aldur. Una de las patrullas había capturado a un chiquillo que intentaba salir a hurtadillas del pueblo. El paladín salió al aire helado de la plaza para interrogar al muchacho, sujeto por uno de sus hombres. Pero el chico no soltó prenda, no hablaba por mucho que le insistiera o intimidara. En ese momento, Shurann el sacerdote hizo acto de aparición en la plaza, y se acercó hacia donde estaban. El cura no tardó en reconocer al chico como su monaguillo, Mark. En voz baja para que el muchacho no se enterara, el padre Shurann contó a Aldur que Mark era un poco retrasado, que casi nunca hablaba, y que gustaba de torturar animales, por eso sus hombres debían de haberlo encontrado saliendo hacia el bosque a cazar alguno. Satisfecho con la explicación y apenado por el muchacho, Aldur lo dejó ir y volvió a su cama.

Por la mañana temprano, Aldur y sus hombres se aprestaron para salir hacia el bosque, a la vista del consejo y los habitantes del pueblo, que se reunieron para despedirlos. Intercambiando unas palabras de despedida, Aldur tuvo un destello de duda, y preguntó al padre Shuran qué hacía a las dos de la mañana con el frío que hacía paseando por el pueblo. Éste le respondió que estaba aquejado de insomnio, palabras que rubricaron los comerciantes y el alcalde. Aldur se despidió y montó a caballo, pero no muy convencido, así que se concentró e imploró a Emmán que le descubriera a los enemigos que le rodeaban. Y obtuvo respuesta: en el grupo del consejo del pueblo había dos enemigos, dos apóstatas a su fe. El sacerdote era uno, sin duda; lo malo es que no estaba seguro de quién podía ser el otro, así que llamando a varios de sus hombres y a algunos de la guardia del pueblo (soldados del marqués de Jorwen) se acercó al consejo. El paladín intentó no faltar a la verdad: les contó que Emmán le había hablado y varios de ellos se encontraban en peligro, así que debían ser confinados para su seguridad. Dejó a diez de sus hombres y la guardia de la ciudad custodiando al consejo, con órdenes estrictas de no dejarlos salir bajo ninguna circunstancia hasta que él volviera del bosque.

Hecho todo lo anterior, el contingente partió, adentrándose en la vegetación dispersa al principio. Sin embargo, pronto se hizo difícil viajar a caballo y tuvieron que poner pie en tierra y quitarse algunas piezas de armadura. El primer día de viaje pasó y acamparon en la humedad de la espesura, sin contratiempos.

A las pocas horas de retomado el camino por la mañana, un grupo de cazadores llegó apresurado, informando a Aldur de que habían visto un campamento hacia el norte. No le pudieron dar más detalles, pues lo único que habían visto eran varios hombres y alguna tienda, pero por el sonido que habían escuchado se trataba de bastante gente. Aldur dio al instante las instrucciones para envolver la zona en una pinza que cerrarían en el último momento. Tras un avance tenso, un grito se oyó cercano, y el sonido de espadas chocar comenzó. Aldur gritó la orden de avanzar, y el caos estalló. El entorno, oscuro y lleno de vegetación, contribuyó a aumentar tal confusión; Aldur se vio envuelto junto a su grupo en un combate contra varios hombres, claramente esthalios lo que le causó confusión e incluso le pareció ver algún niño correr. Superado el primer obstáculo, siguieron avanzando y se dieron de bruces con otro grupo, que les esperaba empuñando sus armas. Lo que parecía un grupo de soldados vestidos con restos de armaduras se encaraba hacia ellos mientras un grupo de cuatro clérigos, claramente emmanitas, se parapetaba tras los primeros. Los clérigos no cesaban de gritar que detuvieran aquella locura, que no tenía ningún sentido luchar entre hermanos; ante eso, Aldur también gritó órdenes de cesar las hostilidades, pero no pudo evitar que los enemigos, acorralados, cargaran contra ellos. Aún así, tras unos momentos de violencia, las órdenes del paladín y las peticiones de los clérigos calmaron a los contendientes y poco a poco se hizo el silencio, mientras los grupos se gritaban la situación unos a otros. Los lamentos de mujeres y niños se podían oir por la espesura; Aldur se precipitó a ayudar cuando oyó el llanto de una mujer que gritaba que salvaran la vida de su pequeño. El paladín hizo todo lo que pudo, pero no pudo salvar al chiquillo, y en ese momento vio que algunos niños más habían muerto. Rompió a llorar, ante las miradas de amigos y extraños; profirió un gutural grito y en ese momento, Emmán brilló a través de él: todos los presentes sintieron un fuerte y doloroso empuje procedente de la enorme figura y muchos de ellos cayeron al suelo; algunas ramas se quebraron y un par de árboles se prendieron fuego espontáneamente; tal fue la rabia del paladín ante la muerte de inocentes. Cayó de rodillas y al poco tiempo una mano se posaba en su hombro, consolándole. Era uno de los clérigos que había visto con los enemigos, que le sonreía, profiriendo palabras de absolución. Aldur agradeció profundamente la comprensión de aquel sacerdote desconocido al que se unieron los otros tres en un gesto de apreciación.
Cuando se recuperó pudo ver cómo todos, tanto conocidos como extraños, le miraban con un temor reverencial y una devoción renovada. Tal gesto le ganó la simpatía de los presuntos enemigos, y todos se pusieron a trabajar codo con codo para tratar a los heridos y enterrar a sus muertos, pocos afortunadamente. Los clérigos presentaron a Aldur y al cabecilla de su grupo, Sir Valdann de Sothar. En el ínterin, varias fórmulas rituales empleadas por los clérigos y las quemaduras en el dorso de sus manos o en sus muñecas hicieron evidente para el paladín que el grupo de extraños profesaba una herejía de la religión emmanita: la de aquellos que se hacían llamar Inmaculados. Y así se lo confirmaron: aquel campamento pertenecía a un grupo de refugiados de la herejía Inmaculada, cuyos pueblos habían sido arrasados por lord Egmund de Grothan al frente de dos legiones del rey, siguiendo las órdenes de éste. Sir Valdann se lo contó con lágrimas en los ojos, recordando cómo su familia había sido masacrada por soldados que no tenían ninguna compasión, y habían llevado a cabo realmente un genocidio. Aldur sintió una pena inmensa, y sugirió a los Inmaculados que viajaran con él a Rheynald a su vuelta. Sin embargo, éstos estaban tan cansados de persecuciones que no aceptarían si Aldur no juraba públicamente protegerlos con su vida. El paladín no lo dudó un instante y con su estentórea voz, juró proteger a aquellas personas con su vida si era necesario; levantó vítores entre los soldados, los ancianos y las mujeres de los Inmaculados, y para su sorpresa, sus propios hombres también lo aclamaron, entregados totalmente a su liderazgo.

Cuando todo se calmó, tuvo lugar una interesante conversación entre los clérigos y Aldur, referente a la masacre de los kathnitas (otra herejía emmanita) en la que habían participado hacía varios años los clérigos de Emmán. Eso les hacía sentirse incómodos, pues no sabían cómo iba a reaccionar la orden de los paladines ante la promesa de Aldur.

—Yo no soy la orden —contestó el paladín, con gesto grave y convicción en sus ojos.

Confortados por sus palabras, pero visiblemente preocupados, los sacerdotes y sir Valdann acordaron acompañar a Aldur en su vuelta a Rheynald, donde según el paladín, lord Valeryan les otorgaría refugio sin duda. Así que Aldur envió a los Inmaculados al sur, a un punto concreto donde los recogerían cuando regresaran de su misión. Los Inmaculados partieron con muchas caras de ilusión renovada entre sus filas.

Esa noche Aldur descansó en un duermevela incómodo, y al llegar la mañana le informaron de algo extraño: una patrulla había desaparecido sin dejar rastro. Desplazados al lugar donde debían de estar haciendo la ronda la noche anterior, un grupo de cazadores descubrió varios raspones en la corteza de los árboles circundantes, pero extrañamente, ningún signo de violencia ni de enfrentamiento. Habían desaparecido sin más. Diciéndose que debían acabar con aquella misión cuanto antes, Aldur puso en marcha a sus hombres.

Tras caminar varias horas seguidas, al atardecer ya se podía distinguir el sonido del agua del río Rowen. Un grupo de exploradores informó de su descubrimiento precipitadamente a los capitanes y a Aldur. Al otro lado del vado hacia el que se dirigían se alzaba un gran campamento con estilo claramente vestalense. Y estaban despejando un trozo de bosque y erigiendo una construcción de piedra; al parecer querían quedarse allí a largo plazo. Además, habían visto una especie de cercado con prisioneros y tres personas crucificadas (todavía vivas) a la orilla del río.

Tras enviar varias patrullas en busca de signos de presencia de lord Aryenn sin éxito, los exploradores confirmaron a Aldur que los prisioneros del campamento vestalense debían de ser los supervivientes de Colina Roja. Así que el paladín decidió enviar un pequeño grupo de sus mejores hombres para que rápidamente pudieran rescatar a lord Aryenn al menos, ante la imposibilidad de sacar a los prisioneros en su totalidad. Sin embargo, cuando el resto de su contingente se encontraba ya levantando su campamento e iniciando la marcha hacia el sur, uno de los enviados volvió, afirmando que Aldur debía acudir junto a ellos, pues algo raro estaba sucediendo. El paladín llevó consigo a sus oficiales, dejando al resto de los soldados en espera. Al llegar a la orilla del río, efectivamente lo que vio le puso los pelos de punta. Un hombre, vestatalense, al otro lado del río, se encontraba declamando extrañas palabras en un idioma desconocido ante los tres crucificados, flanqueado por sendos engendros que Aldur no pudo identificar más que como “lobos de sombras”. Mucho más grandes que un lobo normal, parecían desvanecerse un momento y concretarse al siguiente, fundiéndose en la noche, pero lo que era invariable eran sus ominosos ojos rojos y sus fauces oscuras. Los árboles parecían inclinarse amenazadoramente hacia Aldur y sus compañeros, y una niebla sobrenatural se levantaba todo alrededor; aquí y acullá se podían ver pequeños zarcillos de bruma que los buscaban y rozaban su piel. Sus hombres, esperando en esta parte del río, se habían quedado dormidos, sin duda inducidos por aquella extraña niebla. Unos cuantos zarandeos les devolvió la consciencia y los puso de nuevo alerta. Todo el mundo miraba a Aldur en busca de consejo, inquietos por lo que estaban viendo, a todas luces un acto de brujería maligna. Afortunadamente, lo que había afectado a sus hombres también parecía afectar al campamento, y no se veía un alma alrededor.

En un momento dado, el hechicero pareció darse cuenta de la presencia de alguien al otro lado del río, mirando fijamente hacia donde se encontraba Aldur. Uno de los lobos de sombras cruzó la corriente, flotando sobre el agua. Y con un rugido se lanzó hacia delante. Los hombres de Aldur, alentados por el paladín, se enfrentaron valientemente a él, pero sus armas no parecían hacer mella en el engendro. Así que Aldur invocó el poder de Emmán y con un esfuerzo supremo consiguió asestar finalmente un golpe que hizo desvanecerse a la criatrua. Pero todo ello ya había llamado la atención del segundo lobo y del hechicero, que interrumpió la ceremonia que estaba llevando a cabo. Aldur dio la señal que había convenido previamente con sus cazadores, y tres de ellos salieron rápidamente de su escondite, lanzando una lluvia de flechas sobre el hechicero. Algunas de ellas alcanzaron a la figura desprevenida, que cayó al suelo sin estrépito. El segundo lobo fue un reto aún más duro que el anterior, y tres de los hombres de Aldur cayeron muertos uniéndose a uno que ya había matado el primer lobo; pero finalmente el paladín pudo abatirlo con uno de sus ataques sagrados. Corriendo todo lo deprisa que pudieron, cruzaron el río y descolgaron a los crucificados. Sin embargo, alguien en alguna parte dio la voz de alarma, y no pudieron continuar liberando prisioneros. El capitán Hárno reconoció entre los crucificados a lord Aryenn y su hijo, con lo que se dieron por satisfechos con recuperar al noble señor de Colina Roja y se retiraron mientras llegaba el contingente de Rheynald en su ayuda.

Los vestalenses no los siguieron, y a duras penas pudieron mantener con vida a lord Aryenn y los otros dos, pero finalmente llegaron al lugar donde les esperaban los Inmaculados para posteriormente salir del bosque, llegando a Jorwenn algo maltrechos. Allí se encontraron con los soldados que habían dejado y nuevos soldados del duque Elydann que habían acudido a la llamada de Aldur. Sin más contemplaciones, el paladín ordenó que los sacaran de la posada y los llevaran a Rheynald. En pocas horas avistaban por fin la fortaleza de lord Valeryan, mientras una comitiva de jinetes que lucía el estandarte real se cruzaba con ellos, viajando hacia el sureste.

Entre Luz y Sombra
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 6

Una Visita Inesperada

Valeryan tomó las disposiciones necesarias para que sólo un grupo reducido de guardias pudiera acceder al complejo subterráneo y para iluminar los nuevos niveles descubiertos. Con la estancia ya iluminada, pudieron observar mejor los detalles: las runas de gran tamaño talladas en la pared no estaban en realidad talladas, sino que consistían en un material iridiscente incrustado de alguna manera en la roca; además, no cabía duda de que el gran bloque de mármol situado en el centro y sepultado en gran parte por rocas, era alguna especie de sarcófago. En la parte superior del trozo visible se podían observar dos piernas talladas, calzadas con botas altas. Desde luego, si era un sarcófago en realidad, debía de albergar a alguien enorme, de la talla de un gigante de al menos seis metros de alto; además, por más que investigó Daradoth, no fue capaz de encontrar ninguna abertura que permitiera abrir la tapa ni uno de los laterales: parecía tallado de una sola pieza. Lo que sí percibió gracias a sus habilidades fue el poder que albergaban las runas, difuminado y disminuido, supuso que por el tiempo y los desperfectos. El sofocante calor no permitía hacer grandes esfuerzos allí abajo, y el agotamiento hacía pronto mella en todos ellos, lo que dificultaba la investigación.

En el exterior, lo primero que oyó Yuria fueron los rumores acerca de derrumbes bajo la Torre de la Iglesia. Extrañada, se dirigió hacia allí y al encontrarse por el camino con Valeryan, éste se lo explicó todo. Por supuesto, el noble no tuvo inconveniente en que la mujer bajara, por el contrario se dirigía a proponérselo cuando la encontró. Recuperada de la sorpresa, semidesnuda debido al calor, la ercestre estudió con ojo experto la estancia y los derrumbes, y a petición de Valeryan comenzó a hacer cálculos sobre el despeje de la estancia. Según ella, podrían abrir un túnel en la roca avanzando un metro cada tres o cuatro días aproximadamente. Pocas horas más tarde, un número seleccionado de trabajadores comenzaría a trabajar en la excavación, y se daban las órdenes necesarias para propagar el rumor de que lo que se había descubierto eran en realidad los túneles que los vestalenses estaban cavando para socavar los cimientos de la fortaleza.

Con la intención de que le ayudaran a expandir el rumor, Symeon visitó a Ravros en el campamento improvisado de los errantes, donde se veían cada vez más carromatos construidos. Aquella noche correspondía a una de las muchas fiestas que el pueblo errante celebraba, y se estaba celebrando un baile. Symeon miró hacia donde las parejas danzaban alrededor de los fuegos con una punzada en el corazón. Ravros le ofreció de nuevo un hogar en su caravana, si él así lo deseaba, pero Symeon contestó con evasivas, muy amablemente y profundamente agradecido al viejo patriarca; Ravros no puso pegas al esparcimiento del rumor, y aseguró que al día siguiente todo el mundo hablaría de las minas descubiertas. Despidiéndose del viejo, Symeon hizo gesto de marcharse, pero en ese momento vio a Azalea, bellísima como siempre y bailando con varios jóvenes de un atractivo innegable. Se unió al baile, ante la sincera sonrisa de la muchacha; pronto, Symeon se embriagó con la danza; un cambio de pareja, otro, y otro; una vuelta y un paso lateral, la mano de una muchacha cogiendo la suya… recordó, y una lágrima asomó a sus ojos; la muchacha que se encontraba ante él se dio cuenta y lo miró con preocupación, y acto seguido Symeon rompió a llorar calladamente; la chica, dándose cuenta de su tristeza lo abrazó, y él recibió su contacto con gratitud. Al instante regresó al presente y apartando gentil pero firmemente a la muchacha, se marchó entre sollozos.

Al llegar a su habitación, Symeon decidió entrar de nuevo al Mundo Onírico para intentar averiguar algo sobre la estancia subterránea y, por qué no, evadirse de los dolorosos recuerdos. Contra todo pronóstico, consiguió acceder a él, pero seguía tan inestable o más que las noches anteriores: pronto se encontraba cayendo en un vacío infinito y llegando a un océano de color verde azulado que le causó un dolor insoportable. Por la mañana no despertó.

Tras el desayuno, un sirviente avisó a Valeryan de que Symeon no despertaba esa mañana. Efectivamente, su buen amigo se encontraba en un coma profundo del que no parecía poder salir. Sin saber muy bien qué hacer, Valeryan convocó a Daradoth, que comentó algo sobre el Mundo Onírico, y llamó también a Ravros, el patriarca errante, que apareció con un bellísima muchacha de bucles negros azabache y olor a jazmín que se presentó ante lord Valeryan como Azalea Stavroslâva. Al ver a Symeon postrado en la cama, el rostro de la muchacha se ensombreció al instante, transmitiendo su preocupación. El sanador de Rheynald, Storan, sólo acertó a proponer un tratamiento con sanguijuelas, ante lo que Ravros propuso llamar a su propia curandera, Rosa. La mujer, ya madura, investigó a fondo el cuerpo de Symeon, y a los pocos segundos, llamaba la atención de los presentes sobre una especie de venitas o sarmientos de color verde azulado que surgían de las axilas de Symeon, y que parecían crecer lentamente; desgraciadamente, Rosa no conocía tratamiento para aquello que fuera que aquejaba al joven errante. Valeryan, preocupado por su amigo y deduciendo la relación entre Azalea y Symeon, susurró al oído de la muchacha que intentara traerlo de vuelta, que le hablara para ver si reaccionaba de alguna manera. Azalea no lo dudó ni un instante y se sentó en la cama, inclinándose sobre el oído de Symeon y cogiendo su mano. El contacto físico pareció causar una reacción extraña en la muchacha. Entró en una especie de trance y su rostro adquirió enseguida un rictus de dolor; lágrimas acudieron a su rostro, y empezó a temblar hasta que fue apartada de Symeon. Sin aliento, susurró que el pobre debía de estar pasando un infierno si era aquello lo que sentía. Mientras Azalea se recuperaba, Daradoth y los demás intentaron conectar con Symeon igual que lo había hecho ella, pero sin éxito. Así que Azalea no tuvo más remedio que volver a intentarlo, y lo hizo de buen grado; se le notaba genuinamente preocupada por el joven. A los pocos instantes de coger la mano de Symeon, Azalea comenzó a estremecerse de dolor. Aun así, se sobrepuso y comenzó a susurrar en su oído.

Perdido en un infierno de dolor verdemar, Symeon oyó a lo lejos una voz familiar; una voz deformada por las punzadas ardientes de millones de alfileres en su piel, pero aun así familiar. Guiado por la voz y con la esperanza de alcanzar a su propietaria, cuyo rostro comenzaba a tomar forma difusa en su mente, Symeon se esforzó de una manera de la que nunca se habría creído capaz, y consiguió llegar a la orilla de aquel océano metafísico, mientras varias figuras de su pasado le rogaban que no se marchara, que se quedara con ellos en la oscuridad que lo rodeaba ahora. Por un momento sintió el deseo de abandonarse allí, pero la voz era insistente, no cejaba en su empeño de guiarlo.

Con un estertor, Symeon recuperaba la consciencia a la vez que Azalea caía inerte por el dolor y Daradoth la sujetaba. La muchacha lo había conseguido; no sabían muy bien qué había hecho, pero Symeon estaba vivo y con un sueño estable, lo que alegró a todos. Mientras Rosa se quedaba a cuidar a Azalea en otra estancia, Daradoth, Valeryan y Ravros permanecieron con Symeon hasta que éste despertó, media hora después. Aliviados, le explicaron lo que había hecho Azalea, y al punto Symeon salió a buscarla, bamboleante y sin recordar apenas nada de su sueño. Se sentó en la cama de la muchacha, profundamente agradecido, y besó su frente mientras le susurraba que su dulce voz le había mostrado el camino; ella despertó levemente y sonrió al reconocer en la bruma del sueño el rostro de Symeon; le pidió que se quedara con ella, y el errante se recostó, quedándose dormido también casi al instante. Rosa, que había estado cuidando de Azalea, se marchó discretamente.

Mientras tanto, Valeryan y los demás partieron para ir al encuentro del marqués de Strawen, con el que se había citado poco después del funeral para tratar de algún asunto desconocido que requería de un sitio discreto. Tras una ligera cabalgata, pronto llegaron a la casa de pastores donde les esperaba lord Alexadar. Éste se encontraba acompañado por su hijo, Alexann, y se reunió a solas con Valeryan. La información que Strawen transmitió a Valeryan era tan sensible, que al volver de la reunión prefirió no compartirla con nadie hasta que no hubiera meditado bien sus consecuencias. El camino de vuelta transcurrió en un silencio sepulcral, mientras el señor de Rheynald meditaba sobre lo que le había dicho Strawen.

Al llegar al Rheynald, el duque Elydann se interesó por las razones de su ausencia. Valeryan le respondió con evasivas, diciendo que había ido a conseguir refuerzos del marqués de Strawen para ayudarles en su lucha. Elyhdann, más avispado de lo que Valeryan se imaginaba, se ofendió al considerar que el marqués de Rheynald le estaba ocultando algo y se marchó airado.

A continuación, el grupo tuvo una reunión de urgencia (todos excepto Aldur, que se encontraba ausente). Valeryan les contó lo que le había revelado el marqués de Strawen, y recalcó la importancia que tendría una decisión. Alexadar le había hablado de la inconveniencia de las cruzadas, pues en unas costas que no había querido precisar, pero muy cercanas a su posición, había naufragado un barco de la Confederación de Príncipes Comerciantes llevando a bordo un cargamento que demostraba que estaban a punto de enfrentarse a un enemigo mucho más grande que los vestalenses. De hecho, lo mejor según la reina (contraviniendo las órdenes del rey) sería hacer la paz con los vestalenses para prepararse para lo que viniera. El marqués había hablado de elfos oscuros -muertos- a bordo del barco, de seres horriblemente deformados, de cartas portadas por los elfos en un idioma desconocido pero sin duda horrible, de una bolsita de unas extrañas gemas negras fuertemente custodiadas, y de una daga negra que era lo más protegido del barco. Sin duda, debía de tratarse de un objeto terrible, pues Strawen se había mostrado especialmente vehemente en lo que se sentía cuando uno se encontraba en presencia de la daga. Daradoth se estremeció al oír esto; les habló de las Kothmorui, las dagas oscuras de los kaloriones, pero sin duda aquella no podía ser una de ellas… ¿o sí? Strawen también había hablado de extraños rumores que llegaban del lejano norte, más allá del Pacto de los Seis, acerca de un reino llamado “Cónclave del Dragón”, que al parecer preparaba un ataque a gran escala contra el Pacto, que quizá estuviera relacionado con todo aquello. Valeryan pasó a evaluar las consecuencias: alinearse con la reina y Strawen supondría traicionar al rey, y aquello no sabía a donde podía llevarles; lo cierto es que Strawen le había prácticamente convencido, y le había convocado a otra reunión en un plazo indeterminado junto con otros nobles en un sitio por determinar; Valeryan había accedido a acudir a la cita, así que de momento lo dejarían todo en suspenso hasta que esa reunión se celebrara, y decidirían entonces. Daradoth se encontraba intrigado y nervioso por la revelación, y afirmó vehementemente que si se daba tal conflicto contra el enemigo desconocido, debían ser los elfos los que comandaran las filas de sus ejércitos. Los demás se miraron incómodos ante las grandilocuentes palabras y la insistencia del elfo, pero no dijeron nada.

Tras la reunión, Symeon volvió a encontrarse con Azalea, pidiéndole que le recordara algo de lo que había pasado. La muchacha le habló de vaguedades, en realidad, de una sensación de dolor verdemar intensísima, de presencias extrañas y de una especie de mano imaginaria que había tendido a Symeon para sacarlo de allí. Symeon expresó de nuevo su profundo agradecimiento.

El día siguiente por la mañana llegaba a Rheynald un emisario real, anunciando una comitiva que llegaría a Rheynald en dos días, con órdenes del rey Randor. Valeryan ordenó que prepararan todo para recibirlos con honores.

Mientras esperaban al enviado del rey, intentaron abrir un agujero en el sarcófago; el herrero más fuerte con el que contaban lo golpeó con un pico de hierro, y no fue muy buena idea: el sarcófago pareció estallar allí donde había recibido el golpe, impactando a todos los presentes y destrozando el pico que lo había golpeado; el herrero tuvo que ser llevado urgentemente a los sanadores. Durante unos minutos, todos quedaron cegados y ensordecidos.

Durante esos dos días, Symeon pasó gran parte del tiempo con Azalea, sintiéndose cada vez más atraídos el uno por el otro.

En el momento previsto, llegó el enviado real, entre fanfarrias y grandilocuentes anuncios. La comitiva estaba formada por el líder, Sir Carven de Rowal, el gran maestre de la orden Argion lord Gwintar de Hasalon, el general de los Argion Sir Awald de Tharenn, y algunos caballeros más entre los que se encontraba Sir Wodhran de Narvan. Tras los recibimientos y bienvenidas adecuados, el grupo y el duque Elydann se reunieron con la comitiva ansiosos por saber cuáles eran las órdenes que el rey deseaba transmitir al señor de Rheynald. A petición de Sir Carven, se reunieron en un lugar especialmente seguro, y entonces vino la sorpresa.

Quitándose un par de postizos, Sir Wodhran reveló su verdadera identidad: se trataba ni más ni menos que del propio rey, Lord Randor Undasil, cabeza insigne de la casa Undasil, señor de Esthalia, defensor del reino y abanderado de Emmán en la tierra. Al punto, Valeryan y los demás pusieron rodilla en tierra, intimidados por la magnitud de la figura que tenían delante; lord Randor era todo lo que se suponía que debía ser un rey: alto, fuerte, atractivo, con una personalidad magnética que cautivaba allá donde iba. Daradoth fue el único que respondió con una sencilla reverencia, ante la mirada de reprobación del rey y sus acompañantes; hasta que descubrieron su verdadero origen. Tanto lord Randor como su séquito se interesaron por los asuntos que podían haber traído a un representante de la legendaria raza élfica a Rheynald, y las explicaciones que dieron los personajes (por supuesto no muy concretas) parecieron satisfacerle. Superada la sorpresa de la presencia de Daradoth, el rey pasó a exponerles sus órdenes, pues realmente había venido con una misión para Valeryan y su cada vez más famosa “pintoresca compañía”. La fama de Rheynald había crecido como la espuma en el reino a raíz de su enconada defensa del paso, y las maravillas que se contaban de lord Valeryan y sus ayudantes habían decidido al rey a hacer aquel viaje para conocer de primera mano su destacado baluarte y los objetos de las habladurías. Según sus palabras, por sus proezas y sus pasados, eran los más adecuados para llevar a cabo la misión que les iba a encomendar. Pasó a hablar del Ra’Akarah, el profeta vestalense y la inspiración que causaba en sus enemigos; el grupo respondió que ya conocían la información acerca de él y de su peligro. Conforme hablaban, Valeryan se fue imaginando qué pretendía el rey que hicieran, pero cuando la petición se concretó, no pudo por menos que sentir algo de temor y frustración. Lord Randor quería que Valeryan, Symeon y quien tuviera que acompañarles se adentraran en Vestalia y acabaran con la vida del maldito profeta que había exaltado los corazones vestalenses hasta tal punto de atreverse a golpear con una fuerza inaudita la frontera Esthalia. Según la información que tenía, el Ra’Akarah estaba en esos momentos comenzando un viaje de peregrinaje desde Denarea hasta los Santuarios de Creá, y se presentaba ante ellos una oportunidad inmejorable de acabar con su vida (o capturarlo si era posible). Sería Valeryan el encargado de organizarlo todo para traerle la cabeza del Profeta, tenía fe ciega en él y su capacidad; y, según sus palabras, viendo la valía de los hombres de los que se había rodeado, estaba seguro de que tendría éxito. Mientras tanto, varias legiones se dirigían al frente para contener los puntos donde los vestalenses habían roto la línea de fortalezas esthalias.

Varias horas después, tras enseñar al rey el estado de la fortaleza y los bastiones y conseguir una promesa de tropas de refresco, la comitiva real partía con el monarca de nuevo disfrazado. Tras entregar al duque el mando de la fortaleza mientras se encontraban fuera, el grupo se reunió para prepararlo todo, digiriendo todavía la importancia de la misión que les habían encomendado…