Translate

Publicaciones

La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

miércoles, 24 de junio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 23

Creá, la Ciudad del Cielo (VII). Symeon despierta. Un extraño amuleto.

Eudorya Athalen de Nïmthos
Galad atravesaba los jardines de la mansión del Shaikh dirigiéndose a su habitual asignación de guardia de los huéspedes Príncipes Comerciantes, mientras estos se encontraban inmersos en una conversación relativamente acalorada, sostenida en su propio idioma. Bajo unas enredaderas, protegiéndose del calor, se habían reunido Progeryon, Eudorya y Déor de Ladris, junto con algunos sirvientes. Los conocimientos de estigio del paladín le permitieron entender algunos fragmentos sueltos de la discusión que le resultaron sumamente interesantes: de la boca de un acalorado Progeryon salían las palabras “alta tración” y “no debemos”, “honor y deber”; a Déor se le notaba cada vez más alterado, mirando contínuamente alrededor y contestando al joven príncipe de una forma algo brusca; Eudorya ejercía sin duda de intermediaria entre los dos, intentando calmar los ánimos e instándoles continuamente a bajar la voz. La conversación acabó cuando otro de los Príncipes, Knatos de Armir, se acercó al grupo. Todo pasó a ser más distendido y, finalmente el grupo se disolvió; Eudorya hizo ademán de acercarse a Galad, pero pareció pensárselo mejor y dando media vuelta se alejó en dirección contraria.

Más tarde, en la posada, se reunía el grupo al completo ante el lecho de Symeon, donde éste se agitaba inquieto y sufriendo contenidamente. Galad intentó ayudarle: tocando la mano del errante inconsciente canalizó hacia él un Aura de Protección. Lo siguiente no lo esperaba: una oleada de retroceso en forma de frío intenso invadió al paladín, que se mareó, sintiendo que algo iba tremendamente mal; el dolor de cabeza le provocó una mueca de dolor; pero al instante, la sensación cambió de manera que Galad no podría explicarlo más tarde, una sensación mucho más placentera y de seguridad, que lo confudió pero a la vez tranquilizó.

A medida que transcurría la tarde, Symeon fue presa de unos espasmos cada vez más incontrolados y bruscos. A Yuria y Daradoth sólo se les ocurrió ir al circo en busca de Serena, la Errante; en el pasado, otra Errante, Azalea, había podido ayudar a Symeon en un trance parecido, y no sabían si aquello era común a todas ellas; ante la falta de una alternativa mejor, se desplazaron a la gran explanada donde el circo estaba levantando su carpa y se reunieron con Serena. Pero esta se aterró cuando le sugirieron salir del recinto para cruzar media ciudad vestalense. Según les contó la muchacha, el camino hasta Creá había sido muy duro; tanto los dos enanos como maese Meravor habían sido acusados de brujería por un inquisidor, y mucha gente los había tratado como tales desde entonces. Así las cosas, Serena no entendía por qué Meravor había seguido insistiendo en marchar hacia Creá y meterse en el ojo del huracán. Pero aunque algunos miembros de la troupe habían planteado su incomodidad, Meravor gozaba de un gran ascendiente ante todos ellos y los había convencido de acudir a Creá, donde llevarían a cabo “la mejor función de su vida”. Yuria preguntó a la chica dónde se encontraban los enanos entonces, y esta le respondió que no tenía ni idea; pero a todas luces, estaba mintiendo. Decidieron no insistir más y en lugar de sacar a la errante del recinto, traerían a Symeon lo más discretamente que pudieran, al atardecer.

Serena la huérfana
Cuando estaban preparándolo todo para llevar a Symeon al circo, éste se incorporó de un salto, chorreando de sudor y con un fuerte alarido que puso a todos en guardia. Cuando Yuria acudió a ayudarle, el errante le propinó un violento empellón que la lanzó contra la pared, mientras él caía hacia atrás y quedaba tumbado, agotado y sin resuello. Durmió toda la noche.

Por la mañana, la memoria sobre lo que había sucedido en el Mundo Onírico era esquiva para el Errante, que sólo pudo balbucear leves impresiones de lo que le había sucedido en su inconsciencia, y mencionar algo acerca de unas figuras sombrías comandadas por una silueta irreconocible que parecía tener siempre una fuerte luz detrás. Con el paso de las horas, Symeon iría recobrando la memoria de lo que había sucedido, y compartiría la experiencia con el grupo (aunque estos no sabrían si se guardaba algo para sí). Varias figuras lo habían hecho prisionero y había conseguido escapar con la ayuda de un desconocido. No obstante, la actitud del Errante parecía haber cambiado desde que despertara: se mostraba más agresivo y algunos comentarios impropios del pacifismo de los errantes sembraron la duda en el grupo.

Más tarde, Yuria y Symeon, acompañados por Daradoth con un hechizo de ocultación, se dirigían al circo para intentar encontrarse con los enanos. Antes, Symeon pudo hablar con Serena, que se alegró sobremanera de verla (al contrario que Symeon, que parecía relativamente frío y distante). La muchacha le contó de nuevo los problemas que habían tenido por el camino, y veladamente le reveló en qué carromato se encontraban los enanos, que evidentemente seguían en el circo. Y aún siguieron hablando algo más, con la sugerencia de Serena de que ella y Symeon podrían incorporarse a alguna caravana de Buscadores cuando todo aquello pasara; Daradoth se sobresaltó cuando escuchó la respuesta de Symeon: lejos de mostrarse anhelante y feliz de que la muchacha le propusiera aquello, el Errante contestó con escuetos monosílabos y pasó a explicar por qué creía que su pueblo había estado equivocado hasta entonces, y que quizá deberían usar medios menos pacíficos para resolver los problemas; habría que reunir a su pueblo y definitivamente “cambiar las cosas”; Daradoth se quedó petrificado por la forma de hablar de su amigo; realmente le había ocurrido algo que lo había cambiado profundamente.

Daradoth hizo un aparte con Symeon cuando éste se despidió de Serena. Le reveló que lo encontraba demasiado cambiado como para ser un hecho normal, ante lo que Symeon no reaccionó bien y acabó con el intercambio bruscamente.

De vuelta a la posada, Symeon buscó a Galad para que lo confesara, como ya había hecho en el pasado con Aldur. Amparado por el secreto de confesión, el Errante contó al paladín cómo sentía estar traicionando a su pueblo al mostrarse más receptivo hacia las armas y la violencia, y al creer que todos los errantes deberían alzarse en armas; ahora creía en aquello sin duda y eso era lo que más lo aterraba.

Poco después, Fajeema hacía acto de aparición en la posada buscando a Yuria; la vestalense pretendía que todo volviera a la normalidad entre ellas, después del asunto de la tela varlagh. Yuria aceptó sus disculpas y retomaron la rutina de las visitas a los baños y la mezquita.

Después tuvo lugar la reunión que tenían pendiente entre el grupo, el Shaikh y la delegación ercestre. La reunión discurrió de una forma muy abstrusa, muy difícil. Después de que su petición fuera rechazada por los ercestres y la mujer del gobernador, el grupo pretendía que fuera lord Esmahäd quien les proporcionara las doscientas monedas de oro que solicitaba el antiguo compañero de Taheem, Ishfahän. Por supuesto, el shaikh necesitaba garantías, pues esa cantidad era una pequeña fortuna de la que no podía desprenderse así como así; cuando oyó al grupo mencionar un posible objeto de poder que el Ra’Akarah podía pretender conseguir al llegar a Creá, el gobernador pidió que le proporcionaran tal objeto a cambio. A esto, claro, el grupo se negaba, con lo que la conversación llegó varias veces a un punto muerto del que no creían que podrían salir.

Pero finalmente se llegó a un acuerdo, con la ayuda de la mediación ercestre; el grupo al completo tendría la ayuda del shaikh porque aceptaron realizar el juramento formal (especialmente vinculante en el caso del paladín). Juraron que intentarían por todos los medios a su alcance, fuera o no fuera el verdadero Ra’Akarah el individuo que se acercaba a Creá, impedir su llegada al poder (matándolo, desenmascarándolo o como fuera). Protegían así los intereses del shaikh y el desequilibrio en Aredia, todo en uno. No era el acuerdo más ventajoso que se podía obtener, pero era un acuerdo.

Mientras sus compañeros asistían a la reunión con los ercestres y el gobernador, Daradoth se había quedado en el Palacio Arzobispal; evitaría así que el shaikh lo relacionara con los demás, por si acaso. Pidió una audiencia con el Sumo Vicario y le fue concedida. El elfo tenía una petición que hacer: deseaba acceder a la parte prohibida de los Museos de los Santuarios. El Sumo Vicario se negó en primera instancia, preguntándole qué esperaba encontrar allí, pero ante la insistencia de Daradoth transigió; el día siguiente, el Cardenal Misdahäd le acompañaría en su acceso a los Museos, pero previamente, Daradoth debería jurar formalmente que no desvelaría a nadie nada de lo que allí pudiera ver. El elfo consiguió evitar a tiempo que una sonrisa asomara en su rostro.

Con la sensación agridulce del acuerdo alcanzado con el shaikh, se dirigieron ya de noche al circo, donde los artistas se encontraban preparando sus respectivas funciones. Sin demasiados problemas pudieron acceder al recinto interior y llegar al carromato de Narak y Zandûr. Tras saludarse fríamente, Zandûr presentó su artilugio a Yuria. Se trataba de una especie de farolillo que, con el pensamiento adecuado, lanzaba una lengua de fuego por uno de sus extremos; con eso Yuria podría calentar el aire de su globo. Como había prometido, proporcionó una copia de los planos al enano, y a continuación este pasó a explicarle a la ercestre cómo usar el aparato. Sin embargo, Yuria no fue capaz de sacar ni la más mísera llama del artefacto; no así Daradoth o Galad, que con suma facilidad lo hicieron arder. Por más que lo intentó, Yuria no fue capaz de hacerlo funcionar, lo que acrecentó aún más las sospechas del grupo de que algo en Yuria impedía la canalización del poder en su persona. Aún así, dándoles las gracias, Yuria guardó el pequeño aparato y la conversación derivó a los problemas que la troupe había tenido en su periplo hacia Creá; los enanos confirmaron las palabras de Serena y la extrañeza que les causaba que Meravor hubiera insistido en viajar hasta allí. Comentaron entonces las extrañas habilidades de Meravor, su verdadera naturaleza y sus posibles intenciones al ir hasta Creá, pero los enanos no pudieron confirmar nada.

Ya reunidos, Yuria decidió revelar sus cartas y confirmar algo que había venido sospechando desde la ceremonia de circuncision de Daradoth. Se quitó el colgante que le había regalado su tía Orestia e hizo la prueba de sacar fuego del artilugio de Zandûr; efectivamente, allí estaba: una llama firme y potente. Se puso el colgante de nuevo y fue incapaz de sacar ni el más mínimo rescoldo; los demás se miraron, extrañados. A petición de Galad, Yuria le dejó el colgante, y todos se precipitaron a ayudar al paladín cuando éste se desplomó inconsciente por los efectos de la joya. Más tarde les explicaría que había sido como si su ser se volcara al colgante hasta dejarlo agotado.

Después de un silencio meditabundo, todos coincidieron en que aquel objeto debía, de alguna manera, absorber el poder de su alrededor y anularlo; era algo que ni siquiera sabían que pudiera existir, pero quizá también algo que podía ayudarlos en lo que estaba por venir…


viernes, 12 de junio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 22

Creá, la Ciudad del Cielo (VI). Una mujer poderosa. ¿Resurrecciones?.

Según lady Ilaith, Fajeema y su esposo Rashid le habían ofrecido un nuevo producto, la tela de los varlagh por la que se había interesado Yuria unos días atrás. El comerciante, que ya tenía algunos acuerdos con los varlagh, había llegado en pocos días a formalizar unos tratos por los que se hacía con el monopolio de la tela, instado por su mujer, a su vez intrigada por la curiosidad que había despertado en su amiga ercestre. Y tras la conversación que Ilaith habia mantenido con Yuria, la intriga por la utilidad que ésta le querría dar a la tela también había hecho mella en ella. La princesa comerciante se había dado cuenta de la gran capacidad de Yuria para la innovación militar, y quería saber por qué motivo se había mostrado tan sumamente interesada en algo aparentemente tan mundano. Durante toda la explicación, Fajeema había mostrado un rostro culpable, pues evidentemente había traicionado la confianza de Yuria a sus espaldas.

Taheem, antiguo guardia y
Señor de la Esgrima
Cuando Yuria requirió quedarse a solas con lady Ilaith, ésta no se lo pensó e hizo salir a todo el mundo de la habitación. A cambio de la sinceridad de la ercestre, la princesa también se sinceró: explicó que los tiempos que se avecinaban eran inciertos, que el Ra’Akarah podía complicar mucho la situación en Aredia, y que las relaciones entre los propios Príncipes Comerciantes eran tirantes. Así que había decidido prepararse para lo que fuera que se avecinara, y rodearse de las mejores mentes y soldados que fuera posible conseguir; por supuesto, estaba interesada en los servicios de Yuria como comandante de sus tropas, y si ésta aceptaba, además de la previsible gloria que podría ganar, tendría riquezas como nunca había llegado a imaginar. Ante esto, Yuria tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para permanecer impasible y responder a Ilaith con respuestas vagas para dejar el asunto en suspenso. A continuación explicó a la princesa su idea del globo aerostático, y las posibilidades que podría tener para las operaciones militares y el transporte. Para contrastar informacion y opiniones, lady Ilaith convocó a su mejor asesor científico, un antiguo marino del Imperio del Káikar de cabeza despoblada y largo bigote, llamado Methan. Durante la conversación, el kairk no dejó de poner trabas a las explicaciones científicas de Yuria, basándose en sus conocimientos de náutica, pero la vehemencia y los superiores conocimientos de la ercestre terminaron por silenciar al hombre. Ilaith sonrió, complacida por la confirmación de no haberse equivocado con Yuria, y renovó su oferta por los servicios de la mujer. Yuria consiguió darle largas y dejar el asunto pendiente hasta que pasara todo el asunto del Ra’Akarah, pero mientras se dirigía a reunirse con el resto del grupo, su sonrisa era amplia; no era mala cosa que alguien tan poderoso como Ilaith se hubiera dado cuenta de su verdadera valía. Por supuesto, no todo eran buenas noticias: según había afirmado la princesa comerciante, no iba a renunciar a hacerse con el comercio de la exótica tela, e iba a aceptar el trato con Rashid; así que si la promesa de riquezas y gloria no era suficiente, tenía otro factor de presión: la única manera de que Yuria pudiera construir su globo aerostático era ponerse bajo las órdenes de Ilaith y tener así acceso ilimitado a las reservas de la manufactura varlagh, que ellos llamaban verr-ko-intag.


Cuando Yuria abandonaba la preencia de Ilaith, ésta se despidió con una inesperada frase: “recuerdos para lady Eleria”. La ercestre no pudo sino esbozar una sonrisa al sentirse halagada: Ilaith creía que era una espía de Ercestria nada más y nada menos que bajo el mando directo de la jefa del servicio; pero su sonrisa se borró enseguida cuando cayó en la cuenta de que el puesto de Eleria era un secreto de estado y se suponía que nadie debía saber que ella era la cabeza de su espionaje. Sin embargo, tenía preocupaciones más acuciantes y eso sería algo de lo que ocuparse más adelante.

Horas más tarde, con el grupo reunido al completo, Yuria les explicó todo lo que había sucedido durante la conversación con Ilaith y la generosa oferta que le había hecho. El grupo tomó la noticia con cautela, y para sorpresa de todos, fue Faewald quien se mostró más a favor de considerarla seriamente. Desde el principio del viaje, el hermano de sangre de Valeryan y Symeon había tenido el convencimiento de que el rey les había encomendado aquella misión para conducirlos a su muerte, y según sus palabras, quizá ya era tiempo de buscar nuevos horizontes fuera de Esthalia. Además, expresó su temor de que cuando volvieran a Rheynald, el duque o el hermano de Valeryan hubieran ocupado el puesto de éste al frente de la marca. Esto hizo pensar al resto sobre el futuro si conseguían sobrevivir al Ra’Akarah.

Después pasaron a compartir las experiencias extrasensoriales que la mayoría de ellos, excepto Yuria, habían sentido durante la ceremonia de circuncisión de Daradoth. La conversación derivó hacia la extraña resistencia que Yuria exhibía ante los fenómenos sobrenaturales, y dedicaron unos minutos a intentar clarificar aquel asunto. Daradoth intentó canalizar poder hacia ella, sin éxito, y al preguntársele, afirmó que no creía llevar nada encima que fuera capaz de hacerla inmune a tales fenómenos, pero pensaría seriamente sobre aquello. Todos sospecharon que Yuria sabía más de lo que afirmaba conocer, pero decidieron darle tiempo para sincerarse.

Poco rato después, al anochecer, se reunieron en un lugar discreto con Ishfahän, el antiguo compañero de Taheem en la guardia de los Santuarios. Como este último les había dicho, Ishfahän había perdido a un hermano a manos de los Inquisidores, acusados de brujería, y no sólo eso, sino también un par de parientes más. El hombre albergaba un odio profundo hacia los inquisidores y el giro que había adoptado el vestalismo con los últimos decretos; justo lo que necesitaban, sin duda. Pero lograr que les ayudara a entrar a los Santuarios traicionando a sus superiores era harina de otro costal, y el vestalense les preguntó insistentemente por sus motivaciones hasta que Faewald, desesperado, decidió contarle la verdad y revelarle su intención de matar al Ra’Akarah o, al menos, desenmascararlo como un farsante. Unos segundos de tenso silencio siguieron a esta revelación, hasta que Ishfahän movió la cabeza afirmativamente y cada uno de ellos lanzó un imperceptible suspiro de alivio. Sin embargo, el guardia afirmó que aquello no sería fácil y seguramente necesitaría rehacer su vida lejos de allí si les ayudaba; su ayuda tendría un precio: 100 monedas de oro para él y otras 100 para sobornos y posibles gastos imprevistos. El grupo se miró con preocupación; no reunían ni de lejos aquella suma, pero aquello era demasiado importante para dejarlo pasar por unas cuantas monedas, así que estrecharon la mano de Ishfahän, cerrando el trato.

Discutiendo después los pormenores, Ishfahän les sugirió que se olvidaran de los túneles bajo la colina, pues desde unos meses a esta parte, la mayoría habían sido cegados o cerrados con rejas; algunos seguían abiertos, pero la vigilancia era demasiado numerosa e intensa como para plantearse pasar por allí; no obstante, intentaría sobornar a suficientes guardas para poder pasar por uno de ellos si era necesario; pero la opción más segura pasaba por atravesar la parte oriental de los Santuarios, el monasterio donde los monjes cumplían sus votos más difíciles. Pero sin el dinero no se podría hacer nada. Se despidieron, acordando un lugar de reunión donde proporcionarían el dinero al guardia.

Tras esto, los ercestres convocaron al grupo a una reunión clandestina, como siempre. En el lugar se encontraron con Rania Talos y uno de los hombres de confianza del duque, con cara de preocupación. Los habían convocado porque tenían noticias que darles: desde varias fuentes muy fiables, les había llegado un preocupante rumor; meses atrás no le habrían dado importancia, tachándolo de exagerado y fantasioso, pero la conversación que habían tenido semanas atrás con Daradoth había cambiado la percepción que ahora tenían de todo. Al parecer, el Ra’Akarah y toda su comitiva se habían detenido en el Mausoleo de Ra’Khameer. En él se encontraban enterrados los descendientes de Khameer, el profeta y mártir fundador de la religión vestalense. Hasta ahí todo normal. El problema es que, según se contaba, el Ra’Akarah había invocado y canalizado el poder de Vestán y habían conseguido resucitar a los descendientes de Khameer, que ahora le acompañaban en su peregrinaje, como silenciosos guardianes de la Fe. La noticia era en verdad inquietante si era cierta, y en esto insistía vehementemente Rania. Daradoth sintió un escalofrío, preocupado por lo que podía significar aquello, y compartió sus preocupaciones con el resto. Que Rania también les contara que cada vez recibían menos informaciones de sus contactos en la Comitiva Sagrada aún contribuyó a preocuparlos aún más.

Al atardecer, Symeon decidió por iniciativa propia viajar a través del Mundo Onírico hasta el Mausoleo de Ra’Khameer, para investigar que podía estar sucediendo allí.

Y no fue una buena idea.

En las inmediaciones del Mausoleo todavía se encontraba acampada la comitiva del Ra’Akarah, con todo lo que eso significaba si éste era un ente de Poder o un servidor de la Sombra. En cuanto Symeon se Deslizó a través de la realidad onírica hasta las cercanías del monumento (que se mostraba claro y brillante en aquella realidad), pudo ver una pequeña multitud de figuras grises y borrosas alrededor; y lo peor, una fuerte presencia que le erizó el vello y le causó escalofríos, una presencia que a su vez se mostró sorprendida y soltó una imprecación al percibir al Errante. Éste intentó concentrarse para Deslizarse lejos de allí en cuanto percibió la amenaza, mientras giraba la cabeza para verla; no pudo ver mucho, pues la presencia se mostraba como una silueta oscura con una luz brillante detrás, un efecto que Symeon no tenía ni idea de cómo lograr tan perfectamente. Se desesperó cuando su Deslizamiento no tuvo efecto; algo le impedía progresar, algo lo retenía en aquel lugar; la presencia soltó una queda risa. No era oponente para aquel ser.

Por la mañana, Symeon no despertó. Por más que intentaron despertarlo, no lo consiguieron. Aquello sí que era un problema grave, pues Yuria supuso que algo le había sucedido en aquél Mundo Onírico que el Errante era capaz de visitar en sueños.

En el exterior, una alegre musiquilla y varios payasos anunciaban por fin una noticia que el grupo había estado esperando con ansiedad: el circo de maese Meravor llegaba por fin a Creá.


viernes, 5 de junio de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 21

Creá, la Ciudad del Cielo (V). Circuncisión y conspiraciones.

Cuando el grupo investigó un poco más, pululando por el campamento de las tropas de los Príncipes Comerciantes, se les hizo evidente que el contingente era esperado por los dirigentes vestalenses. Por lógica, una división de tropas como aquella no podía pasar inadvertida a través de medio país. Yuria y Symeon, los más versados en política y saber mundano, compartieron con los demás sus conocimientos acerca del número de principados comerciantes, su forma de gobierno mediante Cámara de Representantes, y sus sospechas de que aquello no era sino una delegación diplomática enviada para honrar los acuerdos de la Confederación con el Imperio; estas sospechas se confirmarían más tarde. En el Palacio Vicarial, conversando con varios clérigos, Daradoth se interesó por el hecho de que los Comerciantes fueran bien recibidos en Creá a pesar de no ser vestalenses, dado el fanatismo que los monjes mostraban con las gentes de a pie. Un par de miradas suspicaces le dieron a entender que no era buena idea seguir por ese camino. Algunas horas más tarde, la lujosa delegación salía del Palacio Vicarial y se dirigía a la Mansión del shaikh, escoltados por él en persona; se alojarían en la residencia del gobernador civil y no en el palacio del Sumo Vicario.

Santuarios de Creâ


Symeon siguió intentando hacer contactos en los bajos fondos con los pequeños ladronzuelos y pillastres varios, pero un par de monedas allí y la bolsa asomando por allá hicieron que tuviera que desistir momentáneamente en su empeño al descubrir varios sujetos que lo seguían con la intención de robarle y quién sabía qué más.

Daradoth se reunió con el cardenal Ikhran. El clérigo le confirmó que los Príncipes Comerciantes habían enviado una delegación, y que si era voluntad del Badir Supremo admitir infieles en sus tierras ellos no eran quiénes para oponerse.

Lady Ilaith Meral, Princesa Comerciante de Tarkal
La vida de Yuria después del incidente con la caravana de prisioneros pronto volvió a la rutina que ya había establecido en Creá. Tras el shock que supuso el episodio, su grupo de nuevas “amigas”, encabezado por Fajeema y Sorahid volvió a recomponerse y a visitar baños y tiendas con asiduidad. Pero a los pocos días, una nueva mujer se unió al grupo. Para la enorme sorpresa de Yuria, Fajeema le presentó a una nueva amiga, elegante, madura y bella, que no era otra que lady Ilaith Meral, Princesa Comerciante monarca de Tarkal. Durante la visita a los baños, Yuria notó como sus acompañantes habituales se desvivían por agradar a la princesa; la mayoría de ellas eran esposas de ricos mercaderes, y veían en la princesa una oportunidad de que sus maridos se enriquecieran aún más. Sin embargo, lady Ilaith huía de tales atenciones, e incluso parecían desagradarla según los expertos ojos de Yuria. Ésta no pudo sino sentirse a gusto desde el principio con la Princesa; la mujer de larguísimo pelo negro era inteligentísima y su mirada reflejaba la velocidad de sus pensamientos. Además, Ilaith enseguida adivinó el interesante pasado que Yuria ocultaba, y su animada charla y segundas intenciones acabaron por desarmar a la ercestre, que finalmente, casi sin darse cuenta, desveló más información de la que pretendía sobre su pasado. Yuria, además, animada por el interés y la actitud de la mujer, se pasó casi dos horas hablando acerca de sus ideas sobre tácticas y teorías militares. Para cuando se dio cuenta del tiempo que había estado hablando, Ilaith ya había despedido de su presencia al resto de aburridas mujeres, y Yuria calló incómoda; no obstante, se sintió ampliamente reconfortada cuando Ilaith calificó a los ercestres de “estúpidos” por haber forzado el exilio de una “joya visionaria” como ella. No pudo evitar que una sonrisa asomara en su rostro normalmente serio. Tras ello, las dos mujeres se despidieron con un beso y promesas de un pronto reencuentro.

Mientras Galad se dirigía a acompañar a lady Yuridh en su asignación periódica de protección a la esposa del shaikh, vio que ésta se encontraba en compañía de nuevos inquilinos de la casa. Varias damas de compañía y guardianes eunucos rodeaban a una bellísima joven de pelo negro y ojos felinos cuyos pómulos se arrebolaron visiblemente al acercarse el paladín. Yuridh se la presentó: la joven era Eudorya Arthalen, la hija del Príncipe Comerciante señor de Nimthos, uno de los principados más ricos de la Confederación. Las chispas de la atracción saltaron con el primer contacto de Galad y Eudorya; en la breve conversación formal que mantuvieron, ella no dejó de jugar con un bucle de su pelo, y el paladín apenas pudo dejar de mirar a sus maravillosos ojos. En un aparte, lady Yuridh dejó claro a Galad que esa muchacha podría tener gran importancia en el futuro; y ella los había puesto en contacto, así que esperaba que no desaprovechara la ocasión de sacar algo de tajada de la situación. En los días siguientes, con la ayuda de la esposa del shaikh no fue difícil que Galad entablara un par de discretas conversaciones con Eudorya; el paladín la interrogó lo más discretamente que le fue posible acerca del motivo de la presencia de la delegación en el Imperio Vestalense, la situación política en la Confederación y demás.

La atracción y el flirteo de la pareja iba en aumento con cada conversación sucesiva, y finalmente, un atardecer, no lo pudieron evitar y se besaron. Galad sintió enervarse cada fragmento de su ser, y el deseo creció peligrosamente para sus votos. Afortunada o desafortunadamente, cuando ya se encontraba estrechando a Eudorya entre sus brazos, ésta lo rechazó, apartándose a un lado y sollozando. El paladín sintió cosas que no le gustaban en su interior cuando la princesa le reveló que estaba prometida con un importante miembro de la nobleza de su país, y no podía hacer aquello, pues quería llegar pura al matrimonio; no era una exigencia, pero sí algo ampliamente aprobado por las costumbres de su país. Tranquilizándose, Galad la consoló y, aunque volvieron a besarse, no dejaron que la cosa fuera a mayores.

Y varios días después llegaba una nueva delegación a Creä. Un grupo nutrido de jinetes, cerca de un centenar de hombres serios y magníficos, hizo acto de aparición por el camino del norte. La gente no los recibió con ovaciones y sonrisas, como a los Príncipes Comerciantes; en su lugar, al paso de los enormes caballos, murmuraban y miraban con recelo. El grupo los reconoció sin tardanza: los orgullosos jinetes eran ástaros, Altos Hombres del Pacto de los Seis. Miraban orgullosos a su alrededor, con rostros lampiños salvo en contadas excepciones y gemas sostenidas por cordeles sobre el centro de sus frentes. Equipados con armadura y luciendo armas de gran calidad, sin lugar a duda eran militares; como más tarde se enterarían, procedían de la llamada “Región del Pacto”, una franja de tierra al norte del Imperio Vestalense que en pasado había impedido la expansión de éste a través de la península sur de Tramartos. La visión de los soldados era, sin lugar a dudas, intimidatoria; profundos ojos grises escrutaban a los presentes, haciendo sentir incómodo a aquel con cuya mirada se cruzaban; los caballos de guerra, los más enormes y lustrosos que el grupo hubiera visto, ayudaban a hacer aún más impresionante la altura y robustez de los Páctiros. Como antes habían hecho los Príncipes Comerciantes, se reunieron en la explanada principal ante los Santuarios con las fuerzas vivas de la ciudad al completo. Y ese no fue un encuentro relajado como había sido el de los Príncipes; enseguida surgieron las tensiones y, por requerimiento de los recién llegados, todos los inquisidores presentes en la delegación tuvieron que volver grupas y retornar al Palacio Vicarial, para indignación de los clérigos. Tras la resolución de la disputa, los páctiros fueron acompañados por el Sumo Vicario, el Shaikh y varios cardenales al interior del Palacio.

Daradoth fue convocado poco después a presencia del Sumo Vicario. Al enterarse de la presencia de un Alto Elfo en la ciudad, los páctiros habían reclamado al momento su presencia, intrigados. Al entrar a la sala principal, Daradoth se sintió un poco intimidado al volverse hacia él todas las miradas, sobre todo las profundas de los ástaros, pero mantuvo el paso firme y el porte erguido, como correspondía a un alto elfo entre simples humanos. Se sorprendió cuando los astari se levantaron en muestra de respeto y le saludaron formalmente; su sorpresa fue aún mayor cuando iniciaron una conversación en un Cántico (con fuerte acento). Se presentaron como lord Amâldir, comandante de los ejércitos del Pacto, Menelzâr, Tanadrik y Manalkhîbar. Por supuesto, como muchos antes de ellos, se interesaron por el motivo de la presencia de un elfo allí, emocionados pero a la vez preocupados con la idea de la salida de los elfos de Doranna. Lord Amâldir incluso le preguntó si era un noble entre los suyos, si deberían postrarse ante él; Daradoth estuvo a punto de contestar afirmativamente, pero se limitó a confirmar que sí era de noble cuna pero que no debían postrarse ante él por el momento (¡por el momento!). Mientras tanto, el malestar cundía en la sala; a los vestalenses no les gustaba ni un ápice que la conversación de la que eran anfitriones se estuviera desarrollando en un idioma que no conocían, e insistieron repetidas veces en que los ástaros y el elfo utilizaran el idioma vestalense. Cuando uno de los cardenales, el llamado Alakhem, insistió por enésima vez, lord Amâldir se giró y le ordenó callar con voz estentórea. La tensión se pudo palpar en la sala. Daradoth buscó instintivamente su espada, olvidando que no la llevaba. Siguieron unos segundos más de conversación en cántico, en la que Amâldir se interesó por la circuncisión y aceptación del vestalismo de Daradoth, cosa que le extrañaba. El elfo le dio una rápida explicación y, para calmar los ánimos, volvieron a utilizar el vestán. Así, Daradoth fue testigo de excepción del encuentro diplomático entre páctiros y vestalenses, donde los primeros explicaban que habían venido a presenciar el magno acontecimiento del advenimiento del Mesías y dieron a entender que no admitirían un pretendiente a desestabilizar el continente. Los vestalenses optaron por la prudencia y no dar respuestas agresivas; dieron la bienvenida a los páctiros a la ciudad y les ofrecieron alojamiento; pero éstos lo rechazaron, preferían acampar con sus tropas en las afueras, al norte. Acto seguido, Daradoth los acompañó hasta su campamento, haciendo caso omiso de las múltiples personas que los seguían por la ciudad. En el campamento, a salvo de oídos indiscretos, Daradoth les habló de tiempos pasados, de la amenaza de la Sombra y de sus sospechas acerca de que el Ra’Akarah no fuera sino uno de los kaloriones. Los ástaros abrían los ojos cada vez más con cada revelación; no llegaron a conceder mucho crédito a la teoría del kalorion, pero juraron que se mantendrían ojo avizor y no consentirían bajo ningún concepto que el Ra’Akarah despertara en los vestalenses deseos de supremacía, y menos si lo hacía en nombre de la Sombra.

Pocas horas después, el grupo al completo se reunía en una discreta taberna para ponerse al día de los últimos acontecimientos. Taheem traía buenas noticias: gracias al duque ercestre, había conseguido contactar con uno de sus antiguos compañeros, Ishfahan; éste había perdido un hermano, ajusticiado por la acusación de brujería, y veía muy posible que los ayudara a acabar con toda aquella locura. Acordaron reunirse con él después de la ceremonia de circuncisión de Daradoth, que se celebraría al día siguiente.

Y así, amaneció el día de la ceremonia de la primera circuncisión de un elfo sobre la faz de Aredia. La ceremonia se celebraría en la Basílica de Vestán, y desde primera hora de la mañana, una multitud ya se congregaba en el interior del recinto de los Santuarios y se extendía por las Escaleras del Cielo y la Explanada de los Peregrinos hasta perderse entre los edificios. Los monjes y cardenales habían tomado posiciones y el Sumo Vicario en persona oficiaría la ceremonia y realizaría el corte, un honor reservado a muy pocos. Dentro de la Basílica, los altos cargos vestalenses, el clero de alto rango y los enviados de diferentes países (Príncipes Comerciantes, páctiros y otros) obervaban expectantes; Galad gozaba de una posición privilegiada, como guardia de la esposa del shaikh. Multitud de monjes habían tomado posiciones en los diferentes altares y púlpitos de todo el recinto de los santuarios e incluso en el exterior.

Tras la oración y presentación inicial, proferida por el Sumo Vicario y repetida por los clérigos del exterior para que todo el mundo pudiera oírla, los cánticos empezaron a oírse como un susurro. Pero pronto el susurro aumentó de intensidad, y las loas a Vestán se pudieron oír por toda la ciudad. La luz pareció aumentar de intensidad en el interior de la basílica, y en el exterior, un ligero viento fresco comenzó a soplar. Los cánticos aumentaron aún más; y aún más; y aún un poco más, y el éxtasis de Fe de los vestalenses aumentaba a la par. Daradoth comenzó a sentirse extraño; percibía todo con mucha más claridad, y sentía cómo la fuerza de los miles de vestalenses reunidos se unía de una manera inexplicable; Galad alzó la vista sin saber muy bien por qué, pues una luz reclamaba su atención allí arriba. La luz fue en aumento, quemando sus ojos pero haciéndole sentir mejor de lo que se había sentido en su vida fuera de la Torre; sin duda se trataba de la Luz de Emmán, que se acercaba a él con un fuego purificador que lo llevaría hasta su presencia; las lágrimas hicieron acto de presencia en sus ojos. En el exterior, Yuria sintió fuertes pinchazos en el pecho, justo donde el colgante de su padre hacía contacto con la piel, y Symeon sufrió otro ataque de vértigo cuando la pirámide que ya había visto en el Mundo Onírico se materializó sobre él y lo cegó con su fulgor; Yuria tuvo que ayudarle para evitar que cayera. Los cánticos aún subieron más en intensidad, apagando cualquier otro sonido, hasta que todos los creyentes vestalenses presentes se fundieron en la armonía; los enviados extranjeros se encontraban confusos (algunos de los páctiros parecían encontrarse sufriendo un éxtasis parecido al de Galad), Daradoth preocupado por la dimensión sobrenatural que había adoptado todo, y Galad, ante la mirada extrañada de lady Yuridh, lloraba y sonreía, y cuando estaba a punto de arrodillarse para aceptar el fuego purificador, los cantos cesaron. Y la sensación de pérdida fue dura, aunque pronto pasó la sensación, a tiempo para escuchar el sermón que el cardenal Ikhran dirigió a la multitud justo antes de que sonaran los cascabeles que colgaban del bisturí del Sumo Vicario, anunciando el corte que convertía al elfo en un creyente de su Fe. El regocijo se extendió como la pólvora; gritos de “¡Bendito seas!”, “¡Vestán es grande!” y “¡El reino del Ra’Akarah será con todos!” se alzaron por doquier y todos aclamaron a Daradoth cuando hizo acto de aparición, acompañado del Sumo Vicario. Varios cardenales tomaron la palabra, y la ceremonia acabó con una diatriba del propio Sumo Vicario, que exaltó los corazones de todos los presentes mostrándoles el primero de los elfos que engrosaba sus filas, y que marcaba el inicio de una alianza que les llevaría al triunfo; los páctiros se miraron entre sí y a Daradoth, preocupados e indignados a partes iguales por la clara manipulación política del acto. A esto siguió una nueva oleada de cánticos, pero con efectos mucho más moderados que los anteriores, que poco a poco fueron poniendo fin a la impresionante ceremonia; en verdad se había removido un gran poder durante la celebración, lo que preocupaba sobremanera al grupo. El resto del día, Daradoth recibiría multitud de visitas y felicitaciones, que acabarían por hastiarle.

Más tarde ese mismo día, Yuria fue convocada por lady Ilaith a la casa del shaikh, donde se alojaba. La ercestre se sorprendió cuando llegó al lugar y la condujeron a una sala donde se encontraban lady Ilaith, Eudorya, varias personas más desconocidas, y Fajeema y su marido Rashidh. Le tranquilizó que la Princesa Comerciante le sonriera, ofreciéndole asiento. Acto seguido expuso los motivos por los que la había convocado:

—Os agradecería que fuerais tan amable de exlicarme por qué os interesasteis tanto el otro día en la tela de la que me ha hablado Fajeema, amiga mía.


martes, 19 de mayo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 20

Creá, la Ciudad del Cielo (IV). Nuevos contactos.
Durante su estancia en la mansión del shaikh, Galad intentó varios acercamientos al capitán de la guardia, Ahmaräd ra’Khoreen, con la intención de averiguar sus inclinaciones religiosas y su grado de fanatismo. Tras varios intentos estériles, consiguió entablar una conversación larga y distendida con él, y en ella se hizo evidente que Ahmaräd no era un fanático ni mucho menos, sino todo lo contrario, un hombre pragmático y preocupado mucho más por los asuntos terrenales que los filosóficos. Sondeando un poco más, a Galad le quedó también claro que el capitán era fiel ante todo a su señor el shaikh, que su lealtad para con el Imperio no le andaba a la zaga, y que albergaba poco menos que odio hacia los emmanitas. Sería un hueso duro de roer.

Symeon consiguió por fin entrar al Mundo Onírico, por primera vez desde que habían llegado a Creá, donde algo le dificultaba sobremanera traspasar el velo. Aun con todo, sólo consiguió entrar de forma muy somera, manteniendo a duras penas su presencia allí. Al principio, “despertado” en su habitación, todo pareció normal. La sorpresa vino cuando salió al “exterior” y giró una de las cambiantes esquinas que aparecían y desaparecían. De repente, una enorme mole ocupó todo su campo de visión, sustituyendo la colina donde se alzaban los Santuarios en el mundo real. Una pirámide dorada, colosal, ricamente ornamentada, se alzaba como una montaña ante él. Su tamaño le causó vértigo y su tremendo fulgor lo dejó ciego en un instante; al punto sintió la caída y despertó en su cama, con la visión empañada. Su corazón latía desbocado, aquello significaba algo, y algo muy importante, así que, aturdido, corrió para compartir lo que había visto con los demás. Todos se mostraron interesados y confundidos, pero ni siquiera Taheem pudo dar alguna pista sobre qué podía significar aquello.

Daradoth, por su parte, en una de sus visitas a la biblioteca consiguió pasar al apartado privado de las reliquias sagradas, intrigado todavía por la extraña columna de estilo pseudoélfico que había visto allí hacía unos días. Intimidando a uno de los estudiosos que pululaban por el lugar consiguió acceder y conseguir algo de información; pero nadie parecía saber nada sobre aquel misterioso resto arqueológico que llevaba allí largo tiempo.

También se celebró una nueva reunión con el duque Galan Mastaros y Rania Talos. En ella, el valido del rey Nyatar les informó de que tenía multitud de informes de sus agentes que apuntaban a la confirmación sin discusión de las palabras de Daradoth acerca de un enemigo mayor del que se dejaba entrever. Concretamente, les hablaron de varios milagros presenciados ante el Ra’Akarah, como plantas que crecían como por arte de magia, lluvia que aparecía de la nada, sueños colectivos y sucesos similares. Normalmente, Mastaros y su ayudante no habrían prestado oídos a tales informes, pero la diversidad de sus procedencias y las coincidencias tan enormes, además del discurso que Daradoth había hilado tan vehementemente varias jornadas antes, les producía un estremecimiento. Todo ello se agravaba por diversas masacres de miles de personas que habían tenido lugar al paso del Mesías en nombre de la Fe, quizá ordenadas por él mismo o sus adláteres.

Una vez puestos en antecedentes, Mastaros compartió con ellos su convencimiento de que algo grave estaba a punto de suceder, y que debían hacer algo. Les preguntó cuál era su plan una vez se les franqueara el acceso a los Santuarios, y realmente el grupo no supo qué responder, pues todavía no tenían un plan concreto. A pesar de ello, el duque ratificó su intención de ayudarles y facilitarles el acceso al complejo para que pudieran estudiar el entorno. Daradoth planteó la posibilidad de desenmascarar al Ra’Akarah como un impostor tomando inconsistencias con las Escrituras; en ese momento, Rania fue la que tomó la palabra; la ercestre había estudiado hasta la última palabra de los libros sagrados más conocidos junto con varios colaboradores, y expresó su convicción de la imposibilidad de desacreditar al Ra’Akarah tomando aquella vía. Todos los pasajes con referencias al Mesías eran lo suficientemente vagos como para que se pudiera argumentar a favor y en contra de ellos. Lo único que era invariable era la necesidad de que el Enviado peregrinara hasta Creá y fuera aceptado y reconocido por su pueblo. Si el pueblo no lo reconocía, no podría erigirse como lo que pretendía. Pero aquello se antojaba imposible, en vista de los miles de personas que se incorporaban a su séquito cada día, y el apoyo del Supremo Badir.

Taheem informó de sus progresos en los contactos con sus antiguos compañeros, pero estaba resultando una misión difícil, pues muchos de ellos estaban ya muertos o no servían en Creá. Lo que sí había descubierto es que quedaban en los Santuarios muy pocos Susurros, pues la mayoría se encontraban en los diversos frentes o en otras misiones. Eso, desde luego, eran buenas noticias para el éxito de la infiltración.

Al término de la reunión, mientras se dirigían hacia la posada donde se encontraban alojados, una voz conocida los increpó amistosamente: Sharëd y Faewald habían vuelto; abrazos y apretones de manos se sucedieron rápidamente, y a continuación les informaron de que todo había ido bien: Valeryan se encontraba a salvo con los Errantes y ellos habían tenido un viaje tranquilo por los caminos. Los refuerzos eran bienvenidos, desde luego.

Al cabo de un par de días, el shaikh Esmahäd volvió a Creá. Tras atender sus asuntos pendientes, Galad consiguió reunirse con él con la mediación de su esposa Yuridh. La conversación transcurrió en un clima de tensión, pues Yuridh presentó a Galad a su marido como “algo más que un guardia”, y Esmahäd sospechó desde un principio lo que quería decir. Ante las tentativas de Galad de afrontar el tema de su lealtad de forma discreta, él contestó abruptamente; no le gustaban los juegos de espionaje y prefería tratos directos y abiertos, no andarse con ingeniosos juegos de palabras o segundas intenciones. Hablando del Ra’Akarah como “nuestro amigo de azul”, Esmahäd dejó claro que no le gustaba lo que estaba pasando, y estaba muy enfadado y dolido por lo que había pasado recientemente en el Imperio. Pero de ahí a traicionar a su país iba un mundo. Ante la mención de sus amigos y las masacres fanáticas, el shaikh se quedó pensativo; quizá ahí estaba su punto débil. Sin embargo, enseguida reaccionó, argumentando que aunque el Sumo Vicario se entrometía demasiadas veces en los asuntos civiles de la ciudad, no quería ponerse en su contra, pues seguramente eso sería su perdición. No obstante, con mucho esfuerzo, Galad pareció convencer al gobernador de la necesidad de desenmascarar a ese Ra’Akarah que había traído tanta inestabilidad al Imperio. Esmahäd no se mostró en desacuerdo, pero prefirió postergar el asunto, alegando que en las próximas semanas iba a estar muy ocupado sacando a su esposa del lío en el que se había metido; iba a tener que hablar con mucha gente y mover muchos hilos, y cuando todo aquello acabara, podrían reunirse de nuevo, con sus compañeros al completo.

Cuando Galad se reunió con el resto del grupo para informarles de cómo se había desarrollado la reunión con el shaikh, acordaron que lo mejor sería que la próxima reunión fuera un encuentro a tres bandas incluyendo a Esmahäd, a los ercestres del duque y a ellos mismos. Esperaban que el apoyo de los ercestres pusiera más presión para que el gobernador colaborara. Contactarían con Mastaros e intentarían concertar el encuentro en un plazo razonable.

En su siguiente visita a la biblioteca, Daradoth percibió algo anormal desde el primer momento, cuando vio que en la puerta no sólo se encontraba el guardia que vigilaba habitualmente, sino que había tres guardias más acompañándole. El guardia habitual susurró algo a los otros, y éstos franquearon el paso al elfo sin problemas. El vestíbulo estaba tranquilo, pero en cuanto Daradoth entró a la primera sala, pudo ver varias figuras de espaldas ataviadas con los ropajes habituales de los clérigos, y cómo alguien describía el contenido de la estancia a una importante figura. Temiendo que aquella pequeña multitud no era otra que el séquito del Lord Inquisidor, interesado en el contenido de la biblioteca, Daradoth se deslizó a las sombras de otra sala y esperó hasta que todo se calmó.

Saliendo de su habitual visita a la mezquita, a Yuria y sus amigas les llamó la atención una larga comitiva muy peculiar. Ya se había congregado una multitud para presenciarla, pero aún así consiguieron abrirse camino hasta un lugar desde el que podían verla con todo lujo de detalles. Más de doscientas personas, encadenadas de pies y manos, con telas en la cabeza para impedirles ver o hablar, eran conducidas por varias decenas de guardias hacia el Palacio Vicarial. Cerrando la comitiva viajaban a caballo una media docena de jinetes pintorescos, que lucían extravagantes peinados y ropas, además de extraños tatuajes en sus rostros y brazos; al instante Yuria los reconoció: eran idénticos a los jinetes de los enormes cuervos negros. Como acto reflejo, levantó la vista hacia el cielo, y se estremeció cuando vio varios puntos en lo alto, pequeñísimos, pero que sin duda era un grupo de aquellos demoníacos pájaros observando la escena desde lo alto. La multitud aclamaba a los guardias, y pronto se levantó un clamor de alabanza a Vestán y al Ra’Akarah; muchos de los presentes se dirigían a los presos con palabras como “¡El Ra’Akarah salvará vuestras almas!” o “¡Vestán os perdonará y os acogerá!”. Yuria no tardó en descubrir que aquel nutrido grupo de prisioneros debían de haber sido acusados de brujería, como todos los quemados en las hogueras que habían visto, y habían visto sus vidas perdonadas por la reciente decisión del Badir Supremo de reunirlos en Creá para ponerlos en presencia del Mesías.

Los gritos de la multitud se convirtieron en un rugido de fanatismo ensordecedor. De súbito, una explosión a pocos metros de donde se encontraban las mujeres desató una ola de pánico. Varias personas se vieron envueltas en llamas y corrieron incendiando a otros de su alrededor; los gritos de alabanza pasaron a convertirse en aullidos de terror mientras los caballos de los guardias se encabritaban y una oleada de gente enloquecida amenazaba con arrasar todo a su paso, entre otras cosas a Yuria, que ya no veía a sus compañeras por ningún lado. Por pura suerte, y con la ayuda de algún desconocido, la ercestre pudo evitar caerse y ser aplastada por miles de pies. Mientras era arrastrada por la mutitud, le dio tiempo a ver cómo uno de los extraños jinetes alargaba la mano hacia el punto del que había procedido la explosión, donde un hombre se encontraba arrodillado, exhausto y con las ropas quemadas en un círculo de cenizas; sólo un leve impacto denotó que el jinete había utilizado algún tipo de poder sobrenatural. Desde el portal donde Yuria pudo refugiarse, vio cómo los guardias cogían al infeliz desnudo e inconsciente y lo encadenaban junto al resto de presos. A los pocos minutos, varios clérigos llegaron para difundir la palabra de Vestán y tranquilizar a la multitud, que se dispersó con un sabor amargo y varios muertos.

Ya en el Palacio Vicarial, un sirviente llamó a la puerta de Daradoth. El Lord Inquisidor, Su Ilustrísima Eminencia Hareem ra’Ilhalab, deseaba reunirse con él. El elfo no se demoró, y a los pocos minutos entraba al despacho de Hareem, una estancia que se había despojado de cualquier tipo de lujo superfluo y que revelaba claramente los gustos austeros del maduro hombre de escaso cabello y profundos ojos verdes. Por supuesto, la conversación versó, como otras antes que ella, sobre la sorpresa del inquisidor ante la presencia de un elfo allí, y la investigación de sus motivos, algo de lo que Daradoth comenzaba a estar hastiado, pero que requeriría toda la paciencia del mundo si quería salir con bien de aquello. El elfo negó (pero sin cerrar todas las puertas) acudir a Creá como representante de su raza, sino que estaba allí a título personal, como creyente Vestalense; no obstante, al afirmar que todos sus congéneres creían en vestán (cosa cierta, por otra parte), los ojos de Hareem casi se llenaron de lágrimas. El clérigo le hizo recitar el Juramento de Fe vestalense, y Daradoth lo hizo sin problemas, pues para él no era sino una versión menor del juramento de Salvación Universal, y Taheem se lo había repetido una y otra vez al grupo durante su viaje. Acto seguido, Hareem le preguntó si ya se había circuncidado, a lo que Daradoth, claro, respondió negativamente. Los ojos del inquisidor brillaron. Acordaron que en el plazo de una semana llevarían a cabo el ritual de circuncisión de Daradoth nada menos que en la Basílica de los Santuarios, todo un honor. Evidentemente, Daradoth vio en aquello más una maniobra política que religiosa, pero considerando la circuncisión un mal menor en comparación con los beneficios que podría obtener, accedió.

Dos jornadas después, la ciudad se conmovió con un nuevo acontecimiento. Una enorme caravana hacía acto de aparición por el camino del oeste. Cuernos, trompetas y tambores anunciaban su paso, y varios juglares se encargaban de anunciar a sus señores. Todos ellos vestidos con ricas sedas e hilo de oro. Sus claras voces pregonaban la llegada de una delegación de Príncipes Comerciantes. A los pocos minutos, por donde habían pasado los juglares y músicos, desfilaba la delegación en sí. La riqueza y la ostentación eran máximas; los Príncipes habían acudido a honrar al ra’Akarah haciendo gala de toda su riqueza y poder. Vagones tirados por los mejores caballos lucían los estandartes de la Confederación, y junto a los juglares anunciaban la presencia de los príncipes de Bairien, de Mírfell, de Nimthos, de Tarkal, de Ladris y de Armir. Decenas y decenas de elefantes barritaban y cargaban enormes habitáculos con personas y mercancías, y una compañía de soldados acompañaba a sus señores, acampando antes de entrar en la ciudad. Otros posibles aliados del ra’Akarah hacían acto de presencia, y lo que el grupo sabía de ellos (la Daga Negra mencionada por el marqués de Strawen había sido encontrada en un barco naufragado de la Confederación) no ayudaba precisamente a hacerles sentirse más tranquilos…


viernes, 8 de mayo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 19

Creá, la Ciudad del Cielo (III). Yuridh. Grimorios.


Grimorios en la Biblioteca de los Santuarios

En un arranque de sinceridad, Galad reveló al resto del grupo cuál era su relación con Rania Talos, la acompañante del duque ercestre. No compartían apellido por casualidad, pues la mujer no era otra que su madre adoptiva. Según la historia, un buhonero había encontrado al bebé Galad en el linde de los Bosques Esselios y la familia Talos había accedido a quedarse con él, apenados por su situación. Eso era todo lo que Galad decía saber sobre su nacimiento y posterior adopción.

Los días siguientes, Yuria continuó asistiendo a los rezos y los baños con sus nuevas amigas, lo que le permitió conocer en profundidad la ciudad y visitar cada uno de los mercados que se instalaban en sus diferentes barrios. En uno de ellos, el mercado de mercancías exóticas de Shamara, la ercestre descubrió algo que la fascinó. Una pareja de ancianos de piel oscura y dientes blancos como perlas procedentes de la región varlagh estaban haciendo una exhibición de una tela ignífuga y muy resistente. La tela podía ser expuesta largo tiempo al fuego sin que éste prendiera en ella, era muy resistente a los desgarros y además era muy ligera. Algo ideal para el proyecto de globo que tenía en mente. Se interesó por ella, y los varlaghs, en un vestalense con fuerte acento, le contaron que era una tela que sólo se podía obtener en el lejano sur, que sólo ellos tenían el secreto para tratarla y poder coserla, y que bajo ninguna circunstancia iban a revelar ese secreto. El precio era prohibitivo: seis monedas de plata por metro cuadrado; Yuria calculaba que necesitaría unos 600 ó 700 para poder elevar la carga que tenía intención de transportar, pero aún así lo compraría. El problema era que los ancianos sólo disponían de una media docena de metros allí. Yuria prometió volver en breve para acordar la compra de la tela que necesitaba. Todo el episodio sucedió bajo la atenta mirada de Fajeema y Sorahid, sorprendidas de que Yuria se mostrara tan interesada en aquel material.

Mientras Symeon seguía explorando discretamente la ciudad en busca de lugares discretos y vías de escape, Daradoth pudo ver cómo una comitiva de Inquisidores llegaba a alojarse al Palacio Vicarial; por supuesto, no se dejó ver en ningún momento.

Una jornada posterior, recién caída la noche, apareció en la posada Akhran, el hijo del contacto retirado de Galad, con extrema urgencia por encontrar al paladín. Con palabras entrecortadas, el vestalense les contó que acababan de secuestrar a “uno de sus compañeros” que podría revelar información muy sensible. Preocupados por aquello, Galad y los demás accedieron a ayudar al joven. Éste les condujo a través de callejones y oscuros rincones hasta una plaza, en cuyo extremo opuesto se alzaba ¡la puerta principal del Palacio Vicarial! El muro del palacio estaba vigilado por una media docena de guardias armados con algo parecido a alabardas, y algunas farolas de aceite alumbraban tenuemente la escena. A los pocos minutos, por una de las calles confluyentes, hicieron acto de aparición tres jinetes, vestidos abiertamente con la librea de la Guardia de Palacio; el tercero llevaba un cuerpo (a todas luces con vida) envuelto en una manta sobre el pomo de su silla. Akhran, que había estado todo el episodio preso de un estado de nervios evidente, no se lo pensó dos veces y cargó contra los enemigos. El resto le siguió. Afortunadamente, Taheem les había acompañado, y el vestalense se empleó a fondo en el combate que siguió conteniendo a los guardias del muro, aunque no quiso mostrar abiertamente sus habilidades en la esgrima. Gedastos sufrió una fea herida mientras los guardias restantes daban la voz de alarma en palacio. En el interior, Daradoth oyó el escándalo y saliendo a uno de los balcones pudo ver la escena en el exterior. Los jinetes fueron duros de derribar, pero el grupo por fin pudo dominarlos y huir rápidamente de la escena (separándose y huyendo unos a caballo, otros a pie) con el secuestrado.

Galad y Taheem ayudaron a Gedastos a llegar a la posada, entre gemidos de dolor del joven. Al poco llegó Torgen, y finalmente Symeon, que fue el que, saltando ágilmente al caballo, había sacado al secuestrado de allí. Su sorpresa fue mayúscula cuando resultó que el secuestrado no era un hombre, sino una mujer. Su nombre era Yuridh, y no era nada menos que ¡la esposa del gobernador de Creá!. Los primeros instantes fueron muy tensos al enterarse de su posición social, aunque Akhran no hacía más que decirles que se calmaran. Un gesto de Yuridh hacia Galad y unas pocas palabras tranquilizaron los ánimos: la mujer era un agente de la Torre en Creá; al menos Akhran no había mentido en eso. Era evidente que los dos tenían un affair amoroso, y, según sus propias palabras, los guardias habían irrumpido en la habitación donde se encontraban para sus encuentros carnales por sorpresa; afortunadamente, Akhran había podido saltar por una ventana y acudir en busca de la ayuda del grupo. Pero la seguridad de Yuridh ahora estaba comprometida y debía regresar a su mansión lo antes posible; su esposo se encontraba de viaje, pero no tardaría en volver.

Y Yuridh aún les dio otra información valiosa: según ella, su esposo el gobernador, el shaikh Esmahäd, no comulgaba bien con las nuevas políticas desarrolladas en el imperio ni con las continuas intromisiones del Sumo Vicario en los asuntos civiles de la ciudad, y creía que sería receptivo a un acercamiento por parte de Galad. Además, después de meditarlo largamente, acordaron que Galad, Torgen, Gedastos y Akhran pasarían a servir en su casa como parte de su guardia, donde se encontrarían más seguros. Y así lo hicieron. El mayordomo del gobernador enarcó una ceja cuando su señora llegó con nuevos reclutas para la guardia de su esposo, pero se abstuvo de presentar objeciones.

Con la connivencia de Yuridh, fue fácil para Galad colarse en el despacho del gobernador en busca de información. Tras varios intentos, consiguió abrir unos cajones cerrados con llave: en ellos pudo encontrar correspondencia del gobernador con varias personalidades donde se expresaba claramente su malestar con los últimos decretos y políticas del Badir. Al parecer, Esmahäd tenía jugosos negocios con la comunidad de inmigrantes de Creá y otras ciudades que se habían ido al traste con el decreto de expulsión. Además, amigos personales suyos habían sido expulsados o incluso algo peor. Galad esbozó una sonrisa al confirmar lo que Yuridh había dicho, pero aun así debería ser extremadamente cuidadoso; una cosa es que alguien estuviera en desacuerdo con sus dirigentes y otra muy distinta que fuera capaz de traicionarlos. La sonrisa se borró de su rostro al leer una carta remitida por un tal Akhred: en ella, éste advertía a Esmahäd que no debía fiarse de su mujer, pues le constaba que estaba reuniéndose subrepticiamente con gente de dudosa reputación.

Después de muchos días y muchas noches en vela, tras ver una hoja movida por el viento, Yuria consiguió deducir cómo dirigir su ingenio volador: las variaciones de altura deberían ser suficientes; Ya casi lo tenía.

Daradoth, con su fino discurso y haciendo uso de algo de sus “habilidades especiales”, pudo convencer al cardenal Ikhran para que le permitiera el acceso a la parte restringida de la Biblioteca. Y su corazón sufrió un vuelco cuando pudo ver lo que se ocultaba allí. Antiguos grimorios y manuscritos élficos y minorios, algunos en un estado más que aceptable; debían de datar de los tiempos de la colonización sermia del brazo sur, y los vestalenses no sabían el valor incalculable de aquellos libros y pergaminos; no debían de saberlo, o no los tendrían escondidos y olvidados. Cuatro volúmenes cuyo título rezaba (en Cántico Antiguo) “Sobre la Esencia”, el diario de un antiguo maestro alquimista y constructor elfo codificado con alguna clave que habría que descubrir, “La Amenaza de la Sombra”, “Otros Mundos”, “Sobre los Sueños”, “El Arte de la Inscripción Rúnica”, “Panteones y Héroes”, y muchos libros de historia y otras materias hicieron las delicias de Daradoth las jornadas siguientes, en las que se centró sobre todo en el primer y segundo volúmenes de “sobre la Esencia”. Mientras los leía, podía notar como algo se recolocaba en su mente, y cada vez era capaz de detectar de una manera más clara su fuente de poder. Además, los grimorios hablaban de unas “corrientes ocultas de la Esencia” que a veces devenían en furiosas tormentas de aspectos variados; Daradoth comenzó a sospechar que las tormentas oscuras que habían sufrido en el desierto podían tener que ver algo con aquello.

jueves, 16 de abril de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 18

Creá, la Ciudad del Cielo (II). El Archiduque.
Durante los primeros días de estancia del grupo en Creá pudieron experimentar los placeres de los baños públicos vestalenses, un lujo al alcance de toda la población al que no les costó aficionarse.

También les llamó la atención la maestría que los vestalenses habían alcanzado en la creación de espejos. Los espejos del resto de Aredia palidecían en comparación con la nitidez y claridad de los vestalenses; sólo los espejos ercestres se les podían comparar.

Galad y sus dos compañeros, Torgen y Gedastos, se hicieron visitantes habituales de los baños; previamente a su misión habían sido circuncidados y no temían ser descubiertos como impostores, al contrario que el resto del grupo. Yuria, por su parte, también se aficionó, y visitaba regularmente los baños femeninos (en tiempos recientes los vestalenses habían decidido separar los baños públicos por sexos, al contrario de lo que era habitual hacía años). La ercestre no tardó en trabar contacto con otras mujeres, sobre todo con la madura Fajeema y la jovencita Sorahid. Tras conocerse y convencerlas de que era una extranjera conversa, las mujeres se extrañaron de que no visitara habitualmente la mezquita, así que Yuria no tuvo más remedio que aceptar su invitación a hacerlo; desde entonces, no pudo evitar visitar prácticamente todos los días los baños y asistir a la oración en la mezquita.

Por otro lado, en una de sus visitas a los baños, los compañeros de Galad le llamaron la atención sobre la mancha de su hombro. Haciendo uso de los perfectos espejos vestalenses, el semblante del paladín transmitió cierta preocupación cuando vio los cambios sufridos por su “antojo”: parecía que éste se había expandido en multitud de filamentos que salían radialmente en forma de rayos de sol, extendiéndolo por su espalda y su brazo. Puso rápidamente una toalla sobre él.

Una vez asentados, Galad pasó a intentar comunicar con los contactos que le habían proporcionado en la Torre. Primero lo intentó con una florista llamada Najeera. En su lugar, encontró a la hija de ésta, Surey. La muchacha, sin poder evitar los sollozos, le contó que su madre había sido asesinada por unos maleantes mientras estaba haciendo un reparto; la habían violado y deformado horriblemente en el ataque. Tras dar su pésame a Surey, Galad se marchó, enojado por los hechos.

Daradoth siguió con sus excursiones a la ciudad. No tardó en darse cuenta de que un par de tipos le seguían sin disimulo, seguramente asignados a su protección por el cardenal Ikhran. Lo que realmente le preocupó fue ir dándose cuenta progresivamente de la pequeña multitud que parecía seguirle a todos lados disimuladamente. En un momento dado, un hombre educado, bien vestido y con claro acento ercestre le invitó a “reunirse con su señor” en la taberna del jabalí negro. Tras pensarlo unos momentos y dar unas cuantas vueltas tratando de despistar a sus perseguidores, el elfo decidió acudir. El mismo individuo que se había acercado a él en la calle lo condujo junto a otro tipo, un vestalense, a través del doble fondo de un armario, corredores, callejones y puertas, a una discreta casa cercana. Allí, aunque Daradoth ya lo había supuesto, fue una sorpresa reunirse con los cabecillas de la delegación ercestre que había llegado varias jornadas antes a la ciudad: el sirviente presentó a la pareja: el nombre de la mujer era Rania Talos; el hombre, que lucía una perfectamente recortada perilla, no era otro que el Archiduque Galan Mastaros. Tras las presentaciones tomaron asiento y trabaron el primer contacto. Tratándose de un elfo, el archiduque había decidido acudir al encuentro personalmente, cosa que no habría hecho ni de lejos en circunstancias normales. Mastaros se interesó por los motivos de la estancia de Daradoth en Creá, y le preguntó si venía en representación diplomática del pueblo elfo, con los ojos brillantes por el interés. El ercestre le confirmó que habían venido en misión diplomática y aunque Daradoth contestara negativamente, se mostraba convencido de que el motivo de su visita era el mismo. Los diplomáticos también le preguntaron por sus compañeros de viaje ercestres, cosa que hizo que Daradoth enarcara una ceja, y el archiduque expresó su deseo de repetir los encuentros y ganarse su confianza para poder ser lo más sinceros posible. La conversación tocó temas diversos, y pronto derivó también hacia el Ra’Akarah y la importancia que podría tener su advenimiento para el resto de Aredia; la voz de Mastaros dejaba traslucir algo de preocupación, algo quizá cuidadosamente calculado, y Daradoth decidió ser todo lo prudente que pudiera; el archiduque quería saberlo todo acerca de aquel mesías, y transmitió al elfo que confiaba en que pudieran intercambiar información y colaborar en desentrañar todo aquel asunto, aprovechando los conocimientos sobre lo arcano que seguro debía tener un habitante de Doranna. Tras casi dos horas de conversación, ambos expresaron su esperanza de volver a verse pronto. Algo sí le había quedado claro a Daradoth: el archiduque actuaba como valido del rey Nyatar, tenía plenos poderes para tomar decisiones que afectaran a las alianzas y el futuro ercestres, y eso lo convertía en una pieza extremadamente poderosa en el tablero.

La jornada siguiente, Galad acudió a encontrarse con su segundo contacto, el tratante de caballos Verrahim. Tenía un establo cerca del zoco, pero al llegar allí, el paladín se lo encontró cerrado. Ni rastro de Verrahim a pesar de que lo buscó insistentemente. Al cabo de un par de días, preguntando en el zoco, un viejo que vendía baratijas junto a su hijo le dio la información que buscaba: su amigo Verrahim había desaparecido hacía un par de semanas, y él mismo había visto cómo un grupo de hombres se habían llevado sus caballos; no iban vestidos como guardias, pero el viejo estaba convencido de que eran guardias de los Santuarios. Frustrado por la noticia de la desaparición de su segundo contacto, Galad hizo el gesto secreto de contacto con los confidentes al viejo; éste no pareció darse por aludido, pero para gran sorpresa del paladín, el maduro hombre que se encontraba a su lado, su hijo, le respondió. Cuando más tarde se encontró con él a solas, el hombre, llamado Akhran, le informó de que había dejado el servicio de confidente de la Torre ante las repetidas desapariciones de otros; debía de haber un traidor entre ellos, o eran muy ineptos y se habían delatado sin pretenderlo. Preocupado por estas palabras, Galad se despidió de él.

Poco después de retornar al Palacio Vicarial, Daradoth fue convocado a presencia del Sumo Vicario en persona. Por fin tenía el tiempo necesario para recibir a ese famoso elfo que había aparecido en Creá varios días atrás. Tuvieron una breve conversacion en presencia del cardenal Ikhran, que después acompañó a Daradoth de visita a los Santuarios por petición del elfo. Visitaron las capillas, vieron esculturas y reliquias varias. Además, visitaron la parte cerrada al público, donde se guardaban las reliquias realmente valiosas, que Daradoth miró con súbito interés. Allí, en lo profundo de los Santuarios, la comezón que sentía el elfo se notaba más claramente; sus ojos casi se salen de las órbitas cuando en una de las salas en penumbra pudo distinguir una columna dentro de una vitrina; a todas luces era de estilo élfico, y antigua, muy antigua. Al acercarse a ella, la confusión se adueñó de Daradoth, pues le pareció que oía una especie de melodía que nadie más sentía. Era como si su ser estuviera compuesto de pequeñas cuerdas que alguien tañera desde un lugar desconocido, una sensación muy extraña; era evidente para él que la columna vibraba de poder. Le pareció mejor mantener la discreción respecto a aquel asunto. Los vestalenses no parecían darle la importancia que merecía, y era mejor así. También pudo ver unas pulseras de espinas y varias armas, pero nada comparado a la columna. Después, Ikhran le franqueó el paso a la parte interna de la Biblioteca. Grimorios y pergaminos en Cántico y Minorio asomaban por todas partes. Se prometió volver a visitar aquello.

Pasados unos días, los hombres del archiduque Galan Mastaros volvieron a convocarlos, esta vez al grupo entero. Tras las revueltas habituales para despistar a los perseguidores y atravesar pasillos, pasadizos y puertas secretas, tuvo lugar la reunión. Galad parecía extrañamente tenso, y echaba miradas de soslayo a la mujer, a Rania, al igual que ella. Ambos eran ercestres, y para Symeon y Yuria, era evidente que tenían algún asunto pendiente. Yuria fue efusivamente saludada por ambos diplomáticos, expresando su pesar por la situación en la que se encontraba y, más adelante en la conversación, promesas de un futuro mejor. Estuvieron departiendo largo rato, hablando de posibles intereses comunes, posibles intenciones ocultas y la situación que se respiraba en el Imperio y el resto del continente. En un momento dado, Daradoth decidió poner las cartas sobre la mesa y pasar a temas más trascendentes: les habló de la Sombra y de sus sospechas de que se estaban enfrentando a un enemigo mucho mayor del que creían todos. Su intensidad, su honesta preocupación por lo que les acechaba y la vehemencia de sus palabras [persuasión 99+] llegaron a convencer a los ercestres. No podía saber en qué grado les había afectado su discurso, pero a juzgar por el largo silencio que se hizo cuando al fin terminó su explicación, a Galan y Rania les habían preocupado genuinamente las revelaciones de Daradoth. Rania aconsejó a Galan investigar aquello en profundidad, y el archiduque asintió. Rápidas palabras establecieron un acuerdo de mutua ayuda entre las partes, y a petición del grupo, Mastaros les aseguró que haría lo que pudiera para garantizarles el acceso discreto a los Santuarios.

jueves, 26 de marzo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 17

Creá, la Ciudad del Cielo

Las desgracias no habían acabado con la desaparición de Aldur. Al cabo de unos minutos, se apercibieron de que Valeryan no había despertado desde el paso de la tormenta, y se aprestaron a ayudarlo. Pero no hubo forma posible de despertar al joven conde. Había entrado en un coma profundo, o quizá su mente se había ido con el sobrenatural remolino negro, no había forma de saberlo. Entristecidos, encomendaron a Faewald y a Sharëd la tarea de llevar a su amigo inconsciente hasta el campamento de los Errantes de Aravros y Fahjeem. Preveían una estancia larga en Creá, así que allí podrían volver a encontrarse; Taheem dio a su hermano instrucciones para encontrarlos una vez que llegaran a la Ciudad del Cielo, y a continuación todos se despidieron con un abrazo, jurando honrar la memoria de sus dos amigos perdidos.

Más o menos una semana fue lo que duró la travesía por el desierto hasta el oasis de Jeghá. Allí se encontraron con que un pueblo que antaño se había erigido junto a la vegetación se encontraba totalmente arrasado. Entre los restos calcinados se erguían multitud de piras como las que ya habían visto a la entrada de Jeaväh, con los restos de personas atadas a postes con claros signos de haber sido quemadas vivas. Además, se respiraba un ambiente extraño; era fácil percibir poder en el ambiente, una especie de palpitación que afectaba sobre todo a Daradoth y a Galad, los más sensibles a lo sobrenatural. Tras tomar todas las precauciones imaginables con el agua del acuífero, decidieron marcharse sin tardanza, evitando lo que fuera que hubiera sucedido allí.

Se dirigieron hacia la que debía ser la última parada de su viaje antes de llegar a Creá: el modesto pueblo llamado Shaïr. Otra vez sintieron los mismos escalofríos cuando vieron el mismo tipo de piras de castigo a la entrada del pueblo. Galad y Taheem se adelantaron para investigar el terreno antes que los demás. La gente se encontraba congregada en la plaza principal, a la que la pareja no tuvo problemas para acceder. Allí se estaba celebrando un juicio público. Varios soldados vigilaban que no se desencadenara ningún disturbio. Al parecer, tres reos estaban siendo juzgados acusados de brujería, ante el malestar de la multitud congregada.

Tras unos breves alegatos, los tres fueron considerados culpables del delito de hechicería, y como tales les correspondería ser quemados en sendas piras. Pero sonriendo, el capitán convertido en juez les anunció que el Supremo Badir, con la intención de celebrar sus esponsales con su nueva esposa, había ordenado que ningún reo más fuera ajusticiado por brujería, sino que debían ser conducidos a Creá, donde el Badir en persona los examinaría con ayuda de la cúpula de la Iglesia vestalense.

Galad consiguió entablar una breve conversación con una anciana: ésta les comentó que los tres presos eran unos asesinos de niños y la mayoría del tiempo tenían los ojos negros y unas garras como ganchos; evidentemente exageraba, pero les llamó la atención que la vieja echó la culpa de aquello a las “extrañas tormentas” que tenían lugar desde hacía pocos meses y que hacía desaparecer a la gente y las cosas. Desde que habían empezado a desencadenarse, las cosas no andaban bien por allí.

Discretamente, reservaron habitación en la posada, donde más tarde se reunieron con los demás. En la taberna era habitual que entraran los soldados destacados en el pueblo a refrescarse, y eso aumentaba la tensión con los lugareños. Multitud de rumores llegaron a los oídos del grupo: habladurías sobre las tormentas negras, la boda del Supremo Badir con una bella noble sureña, extraños sueños que los habitantes del pueblo parecían compartir... Pudieron oír también cómo algunos soldados comentaban los movimientos que se estaban produciendo en la frontera con Sermia. En un momento dado, uno de los civiles presentes, familiar de uno de los reos juzgados y completamente borracho, increpó a los soldados de malos modos. Una trifulca estalló, y el hombre ebrio fue arrestado y llevado por los soldados a su campamento.

Tras una noche de descanso, salieron lo antes posible de Shaïr, ya dirigiéndose hacia Creá.

Dos jornadas de descanso tranquilas fueron el preámbulo para la peor situación vivida por el grupo desde el inicio de su viaje. El amanecer del tercer día sintieron cómo el viento les azotaba y la claridad del día se oscurecía con los signos de la formación de una nueva tormenta negra. Se apresuraron a recoger el equipo y huir de ella, cuando pudieron sentir cómo otra tormenta se formaba en el sentido contrario. Unos instantes de indecisión bastaron para que pudieran sentir cómo una tercera tormenta se formaba aún más cerca de ellos, y a continuación una cuarta. No tenían escapatoria posible, y se pertrecharon lo mejor que pudieron, rezando para salir con vida de aquello. No tardaron en quedar inconscientes por los efectos de las tormentas; Daradoth notó cómo su poder crecía insoportablemente, y lo desbordó, hundiéndolo también en las tinieblas de la inconsciencia.

Todos despertaron en un entorno de luz grisácea y difusa. Para muchos de ellos, era su primera experiencia en el Mundo Onírico, y no fue en las condiciones más agradables. Sin apenas tiempo para reaccionar, tras reconocerse unos a otros, la luz pareció menguar, y zarcillos de sombras los envolvieron, haciéndolos estremecerse con un frío que helaba el alma. Una especie de palpitación lo envolvía todo, y no tardaron en comprobar que aumentaba de intensidad a cada segundo. Algo los empujaba, una presencia que los aterraba y los atería. Las sombras la envolvían, pero era siniestra y terrible, tenía sin duda varios brazos, y su empuje les ocasionaba incluso dolor físico; Yuria y Taheem se quedaron paralizados de terror, mientras que Galad parecía perder el control de sí y una mancha en su hombro empezaba a brillar con una luz plateada y cegadora. Pronto, el resplandor se extendía por todo su cuerpo y sentía el poder recorrer sus venas. Una voz retumbó en sus tímpanos, poderosa y causante de mucho dolor:

 —Acéptame, hermano. Naciste para esto, aunque no lo sepas. ¡Acéptame y sirve a tu verdadero señor!

Cuando parecían a punto de no resistirlo más y de fallecer por aquél frío oscuro, algo tiró de ellos de una manera brutal. Sólo Symeon y Daradoth retuvieron la consciencia lo suficiente para ver unas figuras plateadas en forma de centauro que se alejaban a la velocidad del pensamiento.

Despertaron con la luz del mediodía, alejados unos pocos kilómetros hacia el norte de allí donde les había sorprendido la tormenta. Afortunadamente, pudieron recuperar los camellos suficientes para continuar su camino y llegar a Creá.

La ciudad era bellísima, sin duda. Capiteles y cúpulas se alzaban por doquier, y los majestuosos Santuarios dominaban el paisaje. Se integraron con la marea de personas que llegaban desde todas direcciones y se sorprendieron al ver una urbe cosmopolita: además de vestalenses, se veían personas de piel negra del sur, pigmeos de lugares remotos, nómadas y beduinos de los desiertos más recónditos de Aredia, y algunas figuras estrafalarias que no acertaron a identificar. La ciudad hervía de vida, y de expectación por la futura llegada del Ra’Akarah.

Ya alojados gracias a las influencias de Taheem, se enterarían de que el plazo estimado para la llegada del Mesías era de dos meses y medio. Tenían tiempo por tanto de investigar la ciudad y prepararse bien para lo que se avecinaba.

Ante lo variopinto de las gentes reunidas en Creá, Daradoth decidió mostrarse abiertamente para que comenzaran a propagarse los rumores de la presencia de un elfo en la ciudad. Lo que más le llamó la atención fue que, cuando se acercaba a los Santuarios, comenzaba a sentir el mismo picor que había sentido al acercarse a Rheynald por primera vez. “Interesante”, pensó el elfo. Galad, sin problemas para hacerse pasar por vestalense más allá de los que su altura o su porte le pudieran ocasionar, decidió pasar gran parte del tiempo en la biblioteca de los Santuarios. Symeon realizó varios intentos sobre el Mundo Onírico y se encontró con que le resultaba casi imposible acercarse siquiera a los Santuarios, exactamente igual que lo que le sucedía en Rheynald.

Al cabo de varios días, Galad encontró algo relacionado con la mancha de su hombro: el mismo símbolo. Le habían permitido el acceso a las salas de material más sensible y allí encontró un viejo manuscrito de los antiguos enclaves élficos del lago Írsuvil. Estaba escrito en Cántico, y no lo pudo entender; tampoco le permitieron sacar el pergamino de allí, obviamente, así que decidió copiarlo, cosa que hizo de forma medianamente aceptable al cabo de un tiempo.

Mientras tanto, Daradoth había sido abordado por el cardenal Ikhran, sorprendido de la presencia de un elfo en Creá. Después de las típicas preguntas interesándose por su presencia allí, el cardenal le ofreció alojamiento en el Palacio del Sumo Vicario, honrado por tan noble visitante. Daradoth aceptó, y a partir de entonces fue con muchísimo cuidado al reunirse con sus compañeros.

Al cabo de un par de días tuvo la oportunidad de traducir el pergamino que Galad había copiado un tanto burdamente, pero lo suficiente como para que el elfo tradujera su contenido:

“Temed, ¡oh Hijos de las Estrellas! a aquellos marcados con este símbolo [el símbolo del hombro de Galad], pues su poder liberará a las fuerzas de Señor de las Mentiras y desencadenará a las Legiones Infernales de la Sombra. Con ayuda de la Luz [...] ”

A todas luces sinceramente sorprendido, Galad explicó con consternación la historia de su nacimiento: los padres que lo habían criado no habían sido realmente sus padres biológicos, sino que al parecer, un buhonero les había encomendado al bebé después de encontrarlo en el linde de los Bosques Esselios. No tenía ni idea de qué significaba aquello.

Varias jornadas después, algo llamó la atención de Daradoth en la residencia del Palacio del Vicario: una caravana de varios carruajes y soldados entraba en el recinto. Y sus estandartes eran sin ningún género de dudas, ercestres. Desde la distancia pudo ver cómo los dos nobles que encabezaban la delegación, un hombre y una mujer, eran fuertemente escoltados a presencia del Sumo Vicario, que los recibió en compañía de algunos de sus cardenales. ¿Qué habrían venido a hacer allí? Daradoth rebulló, inquieto.


jueves, 12 de marzo de 2015

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 1 - Capítulo 16

Hacia el corazón del Imperio
Cuando se levantaban de sus asientos tras aplaudir a rabiar la función, Aldur no pudo evitar reparar en una figura conocida entre el público. Allí, varias filas más adelante y a la derecha se encontraba sin duda su antiguo compañero novicio en Emmolnir, Galad Talos. Iba ataviado al más puro estilo vestalense, y claramente acompañado de otros dos hombres; la duda asaltó a Aldur y al resto del grupo cuando compartió con ellos la identidad de su conocido: ¿se trataba de otro paladín enviado por la torre, o de un verdadero converso vestalense?
Por su parte, en su asiento, Galad también reconoció enseguida la enorme figura de su antiguo compañero. Aldur no era una presencia que pasara desapercibida fácilmente. Decidió esperarlos discretamente pero haciéndose notar.

Reunidos los dos grupos, unas pocas palabras susurradas disimuladamente bastaron para convencer a Aldur de que Galad se encontraba en el imperio en misión de la Torre, al igual que Averron, con quien se habían encontrado hacía varias semanas en Edeshet. Cuando llegaron al campamento, el resto del grupo se mostró reticente hacia los recién llegados; para acallar cualquier fricción, los dos paladines canalizaron un hilillo de poder el uno hacia el otro para convencerse completamente de que ambos seguían siendo fieles a Emmán. Realizado el pequeño ritual, ya no hubo duda de que ambos pertenecían al mismo bando y todo se tranquilizó.

El día siguiente se reunieron con Serena tal y como habían acordado, y ésta los condujo a presencia de maese Meravor, el dueño del circo. Daradoth dejó que el resto de sus compañeros se entrevistaran con Meravor, mientras él se dirigía al encuentro de los enanos Narak y Zandûr. Los enanos no se fiaban de los humanos y habían rechazado conversar con Yuria, por lo que el elfo se dirigió a ellos con la maqueta que la ercestre había construido modelando su proyecto de un globo volador. Aunque Narak rechazó la petición de Daradoth de encontrarse con la mujer, Zandûr se quedó mirando fijamente la maqueta y aceptó intercambiar ideas. Satisfecho, Daradoth se alejó hacia el carromato de Meravor, donde sus compañeros llevaban ya rato departiendo.

La conversación con Meravor giró alrededor de la posibilidad de que el grupo se incorporase a la caravana en su camino hacia Creá. Lógicamente, Meravor se mostró desconfiado ante tal petición, y comenzó a interrogarles -junto con su esposa- sobre cuál era el verdadero motivo por el que se encontraban allí, y por qué querían llegar a Creá con su circo. Mientras hablaba con ellos, Daradoth pudo sentir desde el exterior cómo alguien utilizaba el poder dentro del carromato, así que corrió hacia allí con una daga en la mano y abrió la puerta. Ante la irrupción, la mujer de Meravor dejó caer la bandeja con pastas y té que llevaba a la mesa y el dueño del circo se puso en pie sobresaltado. Al hombre de largas patillas no le gustó nada la irrupción y el secretismo que sus contertulios habían guardado; les pidió educada pero firmemente que se marcharan de allí, mientras otros miembros de la compañía hacían acto de presencia, alertados por el alboroto. No tuvieron más remedio que volver al campamento, frustrados por cómo se habían desarrollado los acontecimientos.

De vuelta en el campamento decidieron que viajarían a Creá a través del desierto, como habían hecho hasta entonces, y no se complicarían más la vida. Pero al atardecer, Yuria y Daradoth aún hicieron una nueva visita al circo, para hablar con Zandûr. Mientras se dirigían allí por un camino diferente -ya que habían trasladado su campamento en previsión de algún problema-, a la entrada de la ciudad pudieron ver dos grandes piras que ya habían sido consumidas por el fuego que llamaban la atención porque sobre ellas se podían ver los restos de dos cuerpos que habían sido encadenados a sendos postes y quemados. La cantidad de huellas que había alrededor demostraba que las dos personas habían sido quemadas delante de una multitud, sin duda en una ejecución pública. Pasaron de largo con un escalofrío.

Zandûr se encontró con ellos e intercambió ideas con Yuria de buena gana, impresionado por el proyecto que la mujer pretendía llevar a cabo. Le dijo que le ayudaría en la medida de sus posibilidades; Yuria le explicó más o menos lo que necesitaba para calentar el aire del interior, y Zandûr se citó con ellos en Creá dentro de algunas semanas, cuando el circo llegara allí. Esperaba que para entonces ya tendría listo el dispositivo que Yuria necesitaba. Por supuesto, la ercestre acordó darle todos los detalles del invento en el futuro para que él también pudiera crear su propio ingenio.

Antes de partir, Galad le hizo llegar una carta a Serena de parte de Symeon informándola de su viaje y de sus esperanzas de encontrarse en Creá. Además, por la noche, tuvo lugar una interesante conversación que comenzó versando sobre las “brujerías” que parecía ser capaz de obrar Meravor. Para los paladines y Valeryan, sólo Emmán era capaz de proporcionar el poder necesario para obrar “milagros”; todo lo demás no eran sino trucos o artes oscuras. Harto de tal estrechez de miras, Daradoth utilizó sus capacidades mágicas para hacer volver invisible la chaqueta de Galad. Demostraba así que no sólo el poder de Emmán era el existente en el mundo, y les habló de los diferentes reinos de Poder, de la Esencia, la Canalización y el Mentalismo, y de cómo él era capaz de manipular el primero de ellos. El resto no tuvo más remedio que aceptar lo que les decía, rendidos ya a la clara evidencia. Tras esto, bebiendo unos tragos, Faewald soltó la lengua y expuso su temor de que el rey Randor no los hubiera enviado a otra cosa que la muerte, quizá sabedor de sus contactos con Strawen y la reina; Valeryan aceptó la posibilidad, pero aún así seguiría adelante con su deber.

El viaje por el desierto transcurrió tranquilo, hasta la cuarta jornada. El amanecer del cuarto día volvió a azotarlos una de las tormentas negras que ya les habían afectado en la travesía del Mar Cambiante. El primero de esos fenómenos que sufrían Galad y sus acompañantes apenas les dio tiempo a prepararse. El viento comenzó a sacudirlos violentamente y a los pocos instantes ya se veían envueltos en las tinieblas y el frío. Todos cayeron inconscientes en un intervalo de tiempo corto. Symeon, en su inconsciencia, despertó en el Mundo Onírico. Al poco rato, notó a alguien a su lado: no era otro que Galad, la última incorporación del grupo. Se saludaron con un gesto, y mientras el Errante intentaba explicar al paladín dónde se encontraban, un escalofrío los sacudió, afectando fuertemente la descontrolada imagen onírica de Galad; una fuerte presencia física se acercaba hacia ellos; podían sentirla empujando, y también el frío intenso que la acompañaba. Symeon trató por todos los medios de sacarlos de allí mediante sus exóticas habilidades, pero aunque consiguió retrasar la aproximación de lo que quiera que fuera aquello, no consiguió dejarlo atrás. Empezaron a notar dolor, un dolor muy real, e incluso una sensación de entumecimiento causada por el frío; todo ello mientras el empuje de la presencia les hacía complicado guardar el equilibrio. Una especie de zumbido que pronto se convirtió en un grave bramido comenzó a oirse; la luz grisácea característica de aquella realidad parecía hacerse más tenue conforme la presencia se acercaba. De repente, una mancha plateada comenzó a brillar en el hombro de Galad, contrastando con la translucidez del resto de su cuerpo, la mancha aparecía clara, sólida y destellante; y Galad ya no parecía él: sus ojos se habían vuelto también plateados y comenzó a henchirse de poder a ojos vista. Symeon intentó llevárselo de allí una vez más, pero no pudo, pues el contacto del paladín le quemaba como hierro al rojo. “Naciste para esto, acéptalo”, oyó claramente Symeon en una voz oscura y rotunda. Sin duda, era la poderosa presencia que debía de estar dirigiéndose a Galad.

Cuando parecía que Galad estaba a punto de estallar, un nuevo actor entró en escena. Una veloz figura plateada se lanzó hacia las sombras que envolvían la presencia que se aproximaba, gritando “¡¡¡detente, engendro!!!”. Symeon se volvió, sorprendido, y pudo ver que se trataba de Aldur. El enorme y bravo paladín se lanzó contra las sombras, que lo envolvieron; al cabo de unos instantes, todo pareció estallar en una explosión de luz blanca.

La tormenta había pasado; todos despertaron poco a poco. Y, desesperados, descubrieron que Aldur no se encontraba ya junto a ellos. No pudieron descubrir ni rastro del paladín.