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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

viernes, 21 de junio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 48

El Día del Juicio
Una vez que Anne Rush y la mayoría de Hijos habían llegado a Moscú, se convocó una reunión en el restaurante del hotel para decidir los pasos a seguir. El hotel había sido reservado en su totalidad por St. Germain, así que los reunidos estaban a salvo de oídos indiscretos (a excepción del propio personal del hotel, debidamente desalojado durante aquellos cónclaves).

Derek, Patrick, Sigrid y Tomaso

Durante el encuentro, se intentó hacer un recuento de todos los posibles aliados que podrían conseguir; Patrick mencionó a los Atlantes, Tomaso a los Adeptos de San Miguel (aunque tuvo cuidado de no revelar su nombre ni su naturaleza de momento, fiel al juramento que les había hecho en su juventud) y también a Jan Borkowski y la Orden de San Cecilio. Sigrid, por su parte, informó de que ya había contactado con los librero Van Dorn y Jacobsen y estaba esperando una contestación. Dan Simmons también informó que sus contactos con "sus amigos japoneses" y "sus colegas norteamericanos" seguían por buen camino.

El grupo también describió con todo lujo de detalles su odisea en Tunguska de hacía un par de meses. A medida que iban relatando la experiencia, los rostros de los reunidos expresaban una mayor preocupación. Si aquel lugar provocaba unas visiones y unas experiencias tan extremas —dijo Anne Rush— no podrían sobrevivir sin algún tipo de protección. Acto seguido pasaron a evaluar sus alternativas, y mientras se discutía sobre cómo entrar a la devastación del lugar, Patrick recordó que Lazarev y los rusos estaban extrayendo una gran cantidad de komerievo con la intención evidente de crear Polvo de Dios; eso quería decir que el Polvo debía de proteger de alguna manera de las enloquecedoras experiencias sobrenaturales. Y así lo expuso a los presentes. Dan Simmons esbozó una media sonrisa cuando el profesor reveló que les quedaban varias dosis, y que tenían la posibilidad de hacer más. Simmons afirmó que a aquellas alturas era una tontería andarse con tapujos y que él mismo y algunos más de los reunidos allí ya sabían que era Robert quien fabricaba el Polvo. Revelada aquella información, pronto se harían los preparativos para que Robert dispusiera de un laboratorio lo antes posible.   También se decidió que con las dosis disponibles se llevaría a Tunguska a dos sujetos de prueba para ver si la sustancia realmente era efectiva para protegerse de los efectos de la Estadosfera. Como Robert afirmó que, por su experiencia, más de una dosis de Polvo era inútil en una persona "normal", se decidió que los sujetos de prueba serían un "normal", John Ashton, y un adepto, Gerard. El día siguiente partirían junto con media docena de Hijos hacia Tunguska. Esa noche, ya a solas, tendría lugar una fuerte discusión entre Sigrid y Patrick por decidir cuántas de las cuatro dosis de las que disponían se proporcionarían para la prueba, y finalmente el profesor se marcharía molesto a emborracharse, arrojando las bolsitas de polvo rojo al suelo.

Una vez zanjado ese tema, Derek continuó ofreciendo opciones sacando de su bolsillo la esquirla del monolito que habían conseguido en la casa del profesor Nicholas. Lanzó al aire la cuestión de si a alguien se le ocurría cómo usar aquello. St Germain rebulló incómodo al reconocer el pequeño fragmento, pero no pudo encontrar ninguna utilidad para él. Solo que, según él, cuando acabaran con el asunto de Tunguska, "habría que dedicar todos los esfuerzos posibles a destruir aquel monolito del que hablaban".

También se mencionó la situación en Roma, pero aquello ya eran demasiados problemas para ser tratados a la vez. Así que, de madrugada ya, se desconvocó la reunión con diversos encargados de conseguir todos los aliados posibles, entre ellos varios de los miembros del grupo.

La mañana siguiente, Derek conseguía contactar por fin con Dulce da Silva, a la que expuso toda la situación e insistió sobre su gravedad. Consiguió convencerla de ello sin muchas dificultades, y ella le aseguró que haría todo lo posible por que "Cardoso" (el líder Atlante, Daniel Cardoso) accediera a mantener una conversación.

Previamente, Tomaso había hablado de madrugada con Jan Borkowski, a quien también había expuesto la situación en Tunguska y el posible apocalipsis al que se enfrentaban. Fue lo suficientemente incisivo para convencer a Jan de la urgencia de la situación y celebrar una reunión con él en el pueblecito cercano a su villa al norte de Roma. Así mataría dos pájaros de un tiro: se reuniría con Borkowski e intentaría contactar con los Adeptos de San Miguel.

Poco antes de mediodía, Sigrid recibía una llamada de Ramiro. Este puso el manos libres, y acto seguido, al otro lado de la línea saludaron Paul Van Dorn, Emil Jacobsen, Ian Stokehall, Jack y Rose y algunos más. Tras una primera tentativa fallida en la que los libreros colgaron el teléfono sospechando una trampa, la insistencia de Ramiro pudo vencer sus suspicacias. Sigrid se mostró gravísima en su exposición de la situación, y aquello pareció tener su efecto sobre los reunidos. Derek se unió a la conversación un poco más tarde, y saludó efusivamente a Stokehall, que pareció alegrarse sinceramente de oírle. Tras meditar unos momentos las palabras de Sigrid, los libreros y Stokehall le prometieron llamar de nuevo cuando hubieran discutido entre ellos el mejor curso de acción. No pasarían más de un par de días antes de que contactaran de nuevo con Sigrid y manifestaran su intención de acudir a Moscú en breve plazo; y no solo eso, sino que también les acompañaría la "familia Hamilton" y varios miembros de los Durmientes. Un éxito mayor que el esperado.

En Italia, Tomaso, Derek, Sally, Sigrid y Esther llegaban sin mayores complicaciones a la villa del primero. Allí Derek abrazó largamente a sus hijos y su mujer, y todos pudieron sentir por primera vez en meses una atmósfera de paz y felicidad. Tanta, que cada un de ellos sintió en algún momento la tentación de tomar un descanso indefinido allí; pero las urgencias eran grandes, y el deseo quedó simplemente en eso. La hermana de Tomaso y su esposo seguían en paradero desconocido, y aprovechó el tiempo para consolar a sus sobrinos. El día siguiente a su llegada se reunían con Jan Borkowski en la iglesia del pueblecito cercano; el polaco apareció con cinco hermanos de San Cecilio y su aspecto denotaba un agotamiento extremo. Tomaso y Derek consiguieron convencerle de la urgencia de lo que estaba sucediendo en Tunguska, a pesar de las reticencias del sacerdote. Según Borkowski, la Orden era el baluarte más poderoso en contra de los que abogaban por la destrucción total de Roma, y su partida sería catastrófica. Pero sus interlocutores le aseguraron que Tunguska superaba en importancia a todo, asi que Borkowski decidió acompañarles a Moscú con una docena de hermanos, y dejar al padre Luis Sierra al mando de las operaciones en la capital italiana.

Durante los siguientes dos días, Tomaso se dedicó a transitar el camino de peregrinos en el que había encontrado por primera vez a los miembros de los Adeptos de San Miguel. Rezó intensamente para que el Señor le pusiera en contacto con ellos, y, según él, sus súplicas fueron oidas, pues dos hombres lo detuvieron en el camino y le preguntaron acerca de "sus urgencias".

El día siguiente, Tomaso se personaba en una villa que le habían indicado los dos extraños. Allí reconoció a varios de los adeptos de San Miguel que le habían consolado muchos años atrás, y las lágrimas afloraron a sus ojos. Derek le acompañaba, ya que le habían dado permiso para traerlo. Ambos, adiestrados por Anne Rush y ya casi expertos, reconocieron entre los presentes a un par de Avatares (el avatar del "Creyente", y el avatar del "Hombre Santo", aunque ni Derek ni Tomaso llegaron a conocer los detalles de sus arquetipos). Los ojos de los Miguelitas brillaron cuando la pareja les habló de lo que estaba sucediendo en Tunguska. Su líder, un hombre alto y moreno llamado Ángelo, planteó si no sería aquella la prueba definitiva que Dios les enviaba para proteger al mundo del Mal Supremo, y los reunidos no tardaron en convencerse de que así era. Así que Tomaso y Derek volvían por la noche a su residencia con el compromiso de los Miguelitas de viajar con ellos a Moscú. Todo parecía ir a pedir de boca en la búsqueda de aliados en Italia.

Mientras tanto, en Moscú, Robert trabajaba ya a toda prisa en su laboratorio para crear unas 80 dosis de Polvo de Dios, las que el komerievo restante le permitía. Patrick se refugiaba en el bar del hotel más horas al día de las que sería conveniente; no obstante, eso le permitió estrechar su relación con Henry Clarkson, que siempre daba buenos consejos, y sobre todo trabar contacto con Stephanie Favre, la Hija de St. Germain que se había enfrentado a la autómata Tina Lovac en el museo d'Orsay. El profesor se sorprendió al descubrir a una joven inteligente, cultivada y refinada, y notaba que junto a ella sonreía más de lo que lo había hecho en los últimos seis meses. El tercer día que cenaron (y bebieron) juntos acabaron acostados en la habitación de Patrick (que se empezaba a sentir intensamente atraído por ella), donde este besó las cicatrices de Stephanie dulcemente y acabaron haciendo el amor dejándose llevar por la pasión.

Tras la reunión con los Adeptos de San Miguel, Derek recibía por fin la llamada de Dulce y de Cardoso. Los atlantes estaban preocupados por los ataques que habían recibido últimamente. Por los helicópteros que Dulce describió, los atacantes habían sido sin duda enviados por UNSUP. Como en ocasiones anteriores, Derek les habló del asunto Tunguska y no tardó en convencerles de la gravedad de la situación, avalado por la confianza de Dulce en él. Cardoso aceptó viajar a Moscú en el plazo de una semana. Derek colgó el teléfono, agotado pero satisfecho, mientras su mujer lo abrazaba desde detrás.

En Moscú, Patrick mantenía una charla con Dan Simmons. Le preguntó acerca del tal Timofei Novikov y la conveniencia de intentar conseguirlo como aliado. El Hombre Malo pareció más alterado de lo que nunca lo había visto Patrick cuando empezaron a hablar del ruso. Le aseguró que Novikov era una persona extremadamente peligrosa y uno de los pocos que habían sido capaces de "darle una tunda", y "una tunda especialmente fuerte". Se notaba el rencor en sus palabras, pero también la sinceridad cuando Simmons le dijo que Novikov tenía su propia agenda y era absolutamente incontrolable, ni siquiera por St. Germain.

Por fin, transcurrida poco más de una semana, Tomaso y los demás volvieron de Italia acompañados de Borkowski y los suyos y de los Adeptos de San Miguel. Poco después hacía acto de aparición otra pequeña multitud encabezada por los libreros, que se hacían acompañar de un nutrido número de guardaespaldas (entre ellos Mr Thorn y Meryl Shepherd), la familia Hamilton, Ian Stokehall y los Durmientes. Stokehall y Derek se saludaron con alegría contenida pero sinceramente, y más tarde mantuvieron una larga conversación sobre los años pasado. Con los Durmientes venía un viejo conocido, Nikos Kostas, y otro más, Simeon Bar Yohai, a quien habían conocido en Madrid.

El día siguiente el hotel se llenaba definitivamente con la llegada de los atlantes, encabezados por Dulce da Silva e Isabela Cardoso, hermana de Daniel, y con los aliados de Dan Simons, los yakuza japoneses y las bandas norteamericanas.

Las dos jornadas siguientes hubo dos reuniones multitudinarias en el restaurante del hotel que se prolongaron durante casi todo el día. En ellas, Van Dorn, el mayor experto en rituales de los reunidos (a excepción del propio St. Germain, que tenía un conocimiento intuitivo) afirmó que lo que quisiera que fuese aquel ritual del Tunguska debía de encontrarse ya en marcha (de ahí los seísmos), y que sin duda, la fecha límite de la que disponían era el solsticio de invierno. También trataron el tema de las pruebas: el grupo que había viajado a Tunguska ya había vuelto, y la misión había sido un gran fracaso. Bernard Tasse, el adepto, había tomado dos dosis del Polvo y tras adentrarse en la zona no había vuelto; el otro individuo, Ashton, había caído a los pocos minutos en un estado catatónico y habían tenido que correr a sacarlo de allí. Con las cosas así, a petición de Henry Clarkson, Patrick no tuvo más remedio que revelar su extraordinaria capacidad de alterar el Continuo.

 —Es posible que con la potencia que me proporciona el Polvo, pueda utilizar mi capacidad de alterar la realidad para proteger a toda la comitiva —dijo con reticencia el profesor. Tras unos segundos de silencio, todo el mundo empezó a hablar acaloradamente.

Muchos expresaron su preocupación por lo inseguro que parecía aquel método para entrar a Tunguska, otros transmitieron su confianza ciega en Patrick y St. Germain, y finalmente consiguieron mantener una conversación civilizada con los pros y los contras de aquel método. En realidad, no les quedaba más remedio que confiar en que funcionara, pues no tenían ninguna otra alternativa.


Cuando apenas faltaban un par de días para el solsticio, entre silencios incómodos y rostros adustos, la comitiva partía en caravana a bordo de una veintena de vehículos hacia Krasnoyarsk. Iban a llegar muy justos si realmente el solsticio era el límite de tiempo del que disponían, como había dicho Van Dorn. Además de algo cansados, porque evitaron detenerse en ninguna población de camino a Tunguska. Evitando los controles de carretera gracias a las capacidades de los oniromantes, llegaron por fin al límite sur de la desolación. De las 120 personas que habían viajado a Krasnoyarsk, un contingente de unas setenta, entre las que se contaban efectivos de los yakuza, los gangsters americanos, los atlantes, la CCSA, los Adeptos de San Miguel, los Hijos de St. Germain, la Orden de San Cecilio y los libreros, se aprestó a adentrarse en la zona mientras el resto quedaría allí formando una especie de "campamento base". Esperaron a que Patrick consumiera las dosis pertinentes de Polvo (tres en concreto) y estabilizara sus habilidades. Pocos minutos después, con un extraño resplandor rojizo en sus ojos, el profesor asentía y los Hijos de St. Germain daban la orden de avanzar, con el propio St. Germain protegido en el centro del pequeño ejército junto a Patrick y Derek, y con Dan Simmons acompañándole como su sombra.

A medida que se adentraban en el área devastada, Patrick notaba cómo la realidad iba ejerciendo una presión cada vez mayor sobre su "burbuja" de realidad. Pronto la presión se fue tornando en un regular y creciente batir que distraía sus sentidos. Cada dos horas aproximadamente, renovaba la dosis de Polvo.

Pronto empezaron los problemas. Nada más entrar en la devastación del antiguo evento, la tormenta de nieve había dejado de existir y sobre sus cabezas podían ver, con un poco de vértigo, el cielo oscuro sin estrellas. Y cuando apenas llevaban recorridos unos pocos kilómetros, empezaron a ver y notar una especie de "jirones de nieve" que se movían sin viento y parecían danzar alrededor de ellos. Según los libreros, aquello debía de ser lo que los rusos llamaban "Beliyye Teni" ("Sombras Blancas"). Aquellas sombras tenían la capacidad de congelar el alma de los humanos y hacer que se unieran a ellas, y pronto, una parte de la comitiva empezó a caer. Una de las primeras en quedar inconsciente fue Stephanie Favre, y a requerimiento de Patrick, Derek la cargó sobre un hombro para no dejarla atrás; aunque allí no había tormenta, el frío seguía siendo intenso, y sin la protección de Patrick, todo aquel que dejaran atrás no tardaría en enloquecer.

Durante varias horas caminaron con la agonía de ver cómo algunos de sus seres queridos quedaban atrás, tendidos sobre el suelo helado. Finalmente, llegaron al lugar donde los rituales de Sigrid revelaban que se encontraba el libro, pero no había rastro de nada ni de nadie. Patrick luchaba contra los embates que amenazaban con hundir su protección. Pronto dedujeron, recordando los túneles a los que habían caído en su anterior visita a la zona, que el libro se debía de encontrar en algún subterráneo, así que se aprestaron a buscarlo. En el ínterin, Stephanie, su hermano y algunos más que habían caído y el resto había juzgado demasiado valiosos para dejar atrás, fueron despertando.

Tras aproximadamente una hora, alguien dio la voz de alarma. Desde detrás de un macizo de rocas a a poco menos de un kilómetro de distancia había empezado a aparecer gente. En principio parecían humanos, pero pronto se dieron cuenta, por la velocidad con que algunos se movían hacia ellos, que no todos debían de serlo. Con un rugido, Tomaso y Dan Simmons corrieron al frente seguidos de los yakuza para oponerse a los que llegaban. Desde atrás, los adeptos y los religiosos comenzaron a lanzar sus pequeños rituales y pronto se unían también a la lucha. Se emplearon a fondo. Las figuras que se movían tan rápido no eran sino demonios, que manifestaban sus poderes descaradamente, suponían que ayudados por la especial situación de la realidad en aquella zona. La lucha fue cruenta y pronto empezó a diezmar las filas de los yakuza y los gangsters. Dan Simmons se encontró con un demonio enorme y el golpe que este le propinó en el esternón lo lanzó varias decenas de metros hacia atrás, para preocupación del grupito que acompañaba a St. Germain. Derek abandonó este grupo cuando se incorporó también a la lucha. Cuando ante los ojos del director de la CCSA Dan Simmons parecía a punto de sucumbir a las garras del demonio que lo había abatido, un brutal rayo negro procedente del este arrancó la cabeza del engendro. Un tercer grupo se incorporaba a la lucha, rodeados de una nube de pequeños ingenios mecánicos: Timofei Novikov y sus acólitos atacaban a un lado y a otro indistintamente, con una fuerza y un poder que no parecían poder ser igualados.

Mientras tanto, Patrick y el conde se dirigían sin detenerse hacia el macizo de rocas donde suponían que estaba la entrada de la que no paraba de salir aquella gente. Además de los demonios, y los efectos arcanos de la gente de Novikov, las balas sonaban a su alrededor, respondidas por disparos de sus propios hombres.

Desde un punto indeterminado en su retaguardia, alguien dio la voz de alarma: ¡¡¡Misil!!! Alguien equipado con un lanzamisiles había lanzado un proyectil hacia la zona donde se encontraba St. Germain; con un esfuerzo que le hizo sangrar la nariz, Patrick consiguió desviarlo evitando que causara bajas masivas en sus filas. Antes de que sus hombres pudieran acabar con el enemigo fuertemente armado, un segundo misil fue disparado. De nuevo Patrick desvió su trayectoria, aunque esta vez un poco menos, y el impacto afectó a varios de los suyos y de Novikov. La línea de atlantes e Hijos de St Germain entraron por fin de lleno en la refriega y (cayendo muchos en el esfuerzo) unidos a un Dan Simmons potenciado por una dosis de Polvo de Dios, dieron el empuje final necesario para que Patrick y St. Germain llegaran a la entrada de los túneles, de donde seguían saliendo enemigos. Afortunadamente, el vínculo que unía al grupo desde el rescate de Derek era fuerte y consiguió mantenerlos unidos durante toda la travesía hasta acceder a la entrada. Dan Simmons, Derek y Tomaso abrían paso por pura fuerza física hasta que en un momento dado alguien arrojó algo contra St. Germain. Uno de los endemoniados arrojó una pequeñísima esquirla negra muy parecida (si no igual) a la que Derek llevaba en el bolsillo y que había enseñado en la reunión del hotel. La esquirla alcanzó al conde en algún punto, y este se detuvo, lo suficiente como para recibir un tiro en la frente que...

El corazón de Patrick subió casi hasta su boca al ver la muerte de St. Germain tan de cerca, y su reacción fue prácticamente inconsciente e instantánea: sacando fuerzas de no sabía dónde, hizo retroceder el tiempo a su alrededor unos diez segundos, lo justo para poder advertir al conde que se agachara. El esfuerzo hizo que tuviera que consumir una nueva dosis del Polvo. Por fin, un último arreón de Dan Simmons y Tomaso enaltecidos por el Polvo de Dios y un túnel abierto en diagonal gracias a la capacidad de alterar el entorno de Patrick, permitió que el grupo se viera libre de enemigos a su alrededor y pudiera recuperar el aliento. A la escasa luz de sus linternas, se miraron unos a otros, con los músculos agarrotados; el contingente se había reducido al propio St. Germain, Patrick, Sigrid, Tomaso, Derek, Anne Rush y Dan Simmons.

Reanudaron penosamente la marcha, desembocando en otro túnel donde enseguida pudieron oir, además del estruendo de la batalla, cánticos a lo lejos. A medida que se acercaron a ellos pudieron distinguir las palabras, y a Sigrid no le costó reconocer que el idioma era, sin duda, latín. El corazón le dio un vuelco: si aquella gente había encontrado el De Occultis original en latín, sin duda el mundo estaba en un gran aprieto. Instó a sus compañeros a que se apresuraran, compartiendo con ellos sus sospechas.

Finalmente llegaron al final del túnel, una abertura más o menos amplia que se abría a una gran caverna de paredes extrañamente lisas, del tamaño de un campo de fútbol, iluminada por antorchas y fuegos y a la que confluían centenares de túneles como aquel en el que se encontraban. Los cánticos se habían hecho ya estruendosos, y la escena que se desarrollaba les sobrecogió. Al otro extremo de la sala, un hombre de mediana edad, moreno, con barba y ojos azules se sentaba en lo alto de un trono tallado con simbología judía, el único mobiliario presente en la caverna a excepción del atril situado unos tres metros delante y debajo de él,  donde un grupo de cinco personas sostenía el De Occultis Spherae y recitaba los rituales de sus páginas con estentóreas voces. En el centro de la caverna, en una depresión, se podía ver una roca de unos cinco metros de diámetro negra como la más oscura noche, muy parecida al monolito de Quebec. Y alrededor de ella una multitud de personas reunida. Pululando entre la gente distinguieron a Paolo, el hermano de Tomaso poseído por entidades demoníacas, y varios sujetos más con su mismo aspecto; algunos de ellos custodiaban a un grupo de seis personas entre los que Patrick reconoció a ¡Lupita! y a un anciano japonés que ya había visto en su incursión a la Estadosfera. Con las pocas fuerzas que le quedaban y lo poco que le permitía la enorme concentración en protegerse del entorno, susurró a sus compañeros que aquellos debían de ser sin duda los Nacidos Relevantes. Los demonios los mantenían muy cerca de la roca negra, encarados hacia ella. Lupita y otro niño lloraban desconsolados; eso le partía el corazón, y también el de Tomaso. El resto de la congregación lo componían gente en su mayoría desconocida, pero pudieron reconocer a los miembros del círculo neosuabo, varios humanos biomodificados, más poseídos, acólitos de Weiss & Crane (entre ellos ¡¡los propios Valentine Weiss y Alexander Crane!!), un nutrido grupo de avatares, y al otro lado de la roca negra —el corazón de Sigrid se desbocó al ver esto— ¡¡la autómata Tina Lovac sosteniendo a Daniel del Hierro, amordazado!! La anticuaria rebulló, desesperada por no poder correr hacia su hijo.

 —Tenemos que saltar —dijo St. Germain, con urgencia—. Tenemos que detener esto, o la existencia  perecerá. Vamos. ¡Vamos! —se miraron unos a otros, agobiados con la idea de meterse en aquel nido de víboras.

De repente, los cánticos cesaron. El suelo tembló con violencia y las cinco figuras encargadas de su lectura comenzaron a gritar salvajemente, pero de forma metódica. Sin duda debían darse prisa, porque los demonios pusieron en pie a los Nacidos Relevantes y Tina Lovac aflojaba la mordaza de Daniel. Derek lanzó un par de granadas hacia el trono, pero no explotaron (dejaban de funcionar al salir del área de influencia de Patrick), y lo que era peor, revelaron su presencia.

Providencialmente, una gran explosión desde otro de los túneles que desembocaba en la caverna precedió la aparición de varios de los acólitos de Novikov. Una parte de los demonios de Paolo corrieron a enfrentarse a ellos, igual que los acólitos de Weiss & Crane. Era la oportunidad del grupo, pero alguien cercano gritó "¡¡¡Están aquí!!!" refiriéndose a ellos; el resto de demonios corrió hacia su posición. Sin pensarlo más, Tomaso saltó, angustiado por el destino de Lupita y los niños; Derek le siguió de cerca; Dan Simmons saltó tras él con la intención de seguir las órdenes de St Germain y acabar con los Nacidos Relevantes. Mientras tanto, el conde comenzó a disparar contra los Nacidos intentando acabar con ellos antes de que los arrojaran a la piedra negra, pero falló todos sus intentos. Uno de los disparos, dirigido a Lupita, fue interceptado por Tomaso quien, como un titán, arrastraba a cuatro demonios que lo laceraban y lo intentaban derribar; él se los quitaba de encima con golpes más propios de un ente sobrenatural que de un humano, pero otros salían a su encuentro. Dan Simmons, poseído todavía por el éxtasis del Polvo de Dios, consiguió también abrirse paso hasta la fila de Nacidos, donde acabó con la vida de una mujer china poco antes de caer abatido por las descargas de los adeptos de los neosuabos.  Sigrid siguió el ejemplo de St Germain y, muy a su pesar, consiguió abatir de un disparo al anciano japonés. En ese momento, un demonio saltaba sobrenaturalmente hacia el conde y soltaba una pequeña astilla como la que ya le había afectado a la entrada de los túneles; con sus últimas fuerzas, Patrick consiguió desviarla y permitir así que el primer hombre rechazara al enemigo con un fuerte impacto. Entre tanto, Timofei Novikov y sus seguidores hacían una pequeña masacre en las filas de los avatares, que también se defendían cruentamente.


Finalmente la rémora de demonios consiguió tumbar a Tomaso, pero no antes de que este consiguiera gracias a la ayuda de Derek apartar a Lupita del entorno de la roca negra. El suelo tembló, esta vez haciendo que todos perdieran el equilibrio, y un pitido intensísimo taladró sus cerebros; Patrick tuvo que soltar por fin la protección, destrozado por el esfuerzo, y se encogió de dolor, igual que todos los demás.

*****

Despertó en su habitación, con Helen a su lado, con la sensación de que todo había sido un sueño. Se levantó confundido. Fue a la habitación de su hija Lupita antes de recordar que había sido poseída por un demonio y se encontraba custodiada en un convento. Pero eso no lo había vivido... ¿o sí? Algo estaba terriblemente mal, y fue totalmente consciente cuando recordó lo que había sucedido en la caverna en Rusia, su vida pasada y sus amigos —más bien familia—, a los que podía sentir en el fondo de su mente... lloró durante largo tiempo, frustrado, pero al fin se levantó, decidido a corregir lo que fuera que hubiera pasado. Lo primero era reunir el grupo de nuevo... esperaba que, como él, fueran capaces de recordar...


lunes, 3 de junio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 47

En busca del De Occultis Spherae (III). El Conde St. Germain.
Dada la urgencia de Sigrid por llegar a su hijo Daniel lo antes posible y estimando que un incursión en la antigua biblioteca de la orden de Los Descendientes no iba a ser de demasiada utilidad, el grupo decidió partir hacia Nápoles, y de allí dirigirse por carretera hacia Roma. Todos intentaron convencer a la anticuaria una última vez de renunciar a su viaje a Italia, pues los pocos vídeos que les daba  tiempo a ver en las redes sociales antes de que los censuraran daban a entender que la situación en la Santa Sede y ya en una parte importante de Roma era de una gravedad importante.
 
El Conde St. Germain
En poco más de un día desembarcaban de su avión en Nápoles. Cuando se dirigían hacia la salida, Derek y Tomaso hicieron detenerse al grupo, señalando en una dirección determinada. Todos se quedaron helados (sobre todo Patrick, que fue presa del terror) cuando reconocieron a lo lejos a Tina Lovac, la autómata que les había atacado cuando se encontraban reunidos con Anne Rush en el Museo d'Orsay (temporada 2, capítulo 29). Por suerte, la "mujer" no pareció advertir su presencia y continuó su camino sin prestar atención. Vieron que entraba en una empresa de alquier de coches. Sin duda, debía dirigirse también hacia Roma, lo que acentuó la angustia de Sigrid.
 
Alquilaron cuatro grandes vehículos (dado que el grupo se componía de diecisiete personas con la compañía de Andrea Bauer y sus hombres) y partieron por la autovía hacia Roma. Enseguida empezaron a darse cuenta de que en su sentido de la circulación apenas circulaba algún vehículo, mientras que en sentido contrario había tramos colapsados por el tráfico. Y se hacía más evidente conforme se acercaban a a la capital. Debían de haber empezado a evacuar la ciudad; no habían contado con aquello. Empezaron a plantear alternativas para poder  burlar los controles que pudieran encontrar en el camino y poder acceder a la ciudad.

Entonces, un camión que se incorporaba a la autovía giró bruscamente y, derrapando, se cruzó en la carretera. 

Con un respingo, Patrick, que iba en el automóvil de cabeza, pisó a fondo el freno e intentó controlar el vehículo, cosa que aunque consiguió por los pelos, no pudo evitar que recibiera el golpe del coche que circulaba tras ellos. Por suerte, todos pudieron detener los vehículos sin sufrir daños graves.

Mientras se recuperaban, se abrió la puerta del copiloto del camión. De él bajó una figura con andares fatigados, y se dirigió hacia el coche de Patrick, el más cercano. El profesor sintió un escalofrío cuando reconoció en el hombre a Henry Clarkson, un antiguo compañero interno del sanatorio de recuperación de adicciones con el que el resto del grupo había tenido relación de formas muy distintas. 
 
 —¡Qué difíciles sois de encontrar! —dijo el anciano, mientras subía al vehículo y, saludando a Patrick, le instaba a arrancar.
 
Clarkson recomendó al profesor que no se detuviera y saliera de la autovía por la próxima salida, pues a pocos kilómetros había un control militar que sin duda los pondría bajo custodia.

 —El mundo —afirmó, solemne— no puede permitirse ahora que unos soldados inútiles os aparten de vuestro destino.

Patrick y Sigrid se miraron, intentando darles algún significado comprensible a las palabras del viejo Henry, y el primero se apresuró a poner en marcha el vehículo y a instar al resto de la caravana a hacer lo mismo. Derek, que se había quedado de piedra al reconocer también a Clarkson, reaccionó también y siguió rápidamente a Patrick. 

Tras un corto recorrido en el que Patrick intentó (sin éxito) sonsacar más información a Clarkson, salieron de la autovía y se dirigieron a un área de servicio que permanecía relativamente tranquila.

El anciano les confirmó que el intenso tráfico en sentido contrario era debido a que estaban evacuando una gran parte de Roma. Con las nuevas habilidades aprendidas de Anne Rush y los Hijos de St. Germain, se hizo evidente ahora para el grupo que Clarkson era algún tipo de Avatar o Dioserrante. Por sus siguientes palabras, supusieron que se trataba del Dioserrante del Consejero:

 —La razón de mi existencia es dar Consejo —dijo—. Y el Consejo más urgente que debo dar en este momento, es que no vayáis a Roma. Al contrario, deberíais acompañarme a Moscú a conocer a un buen amigo.

Las palabras de Clarkson parecieron mitigar la ansiedad de Sigrid, que recibió de buen grado el consejo.

Mientras preparaban la partida hacia la capital Rusa, Sigrid recibió una llamada de Ramiro, su marido, pues ya le había enviado el número de teléfono seguro. Ramiro le informó de que él, Van Dorn, Jacobsen y algunos de sus seguidores se encontraban en la mansión de Ian Stokehall, en la campiña inglesa, donde el viejo sir les había dado una especie de asilo. Sigrid relató a su marido toda la odisea por la que había pasado Daniel, para preocupación de éste, pero la imposibilidad de ayudarlo era superior a todas las buenas intenciones que pudieran tener. Ramiro le aseguró que pediría consejo a los libreros al respecto.
 
***
 
En el avión con destino a Moscú, en un instante de tranquilidad nocturna, Sigrid se decidió a preguntar a Henry Clarkson acerca de su hermana, pues el anciano había estado ingresado en el mismo sanatorio donde la habían tratado a ella. Sigrid le contó que hacía poco que había desaparecido, secuestrada, y estaba muy preocupada por ella. Henry le contó lo que sabía: la mente de su hermana no era la única mente que habitaba su cuerpo. Al parecer, su hermano gemelo no había muerto en realidad; los dos hermanos habían tenido un vínculo tan fuerte que, cuando el chico perdió la vida, se refugió en su hermana, con lo que ahora, ella servía de huésped para ambos. Por eso su hermana había sido diagnosticada de síndrome de personalidad disociativa. Y no solo eso: durante aquellos años, la mente de su hermano había evolucionado de tal manera, que sin duda se había convertido en alguien genuinamente malvado. Sigrid no pudo evitar que las lágrimas se derramaran por sus mejillas a medida que Clarkson le revelaba todo aquello, hasta que por fin se durmió, agotada por las preocupaciones.

***

Ya en Moscú, Clarkson condujo al grupo al completo al restaurante de un lujoso hotel de cinco estrellas, donde se reunieron con su amigo. Este no resultó ser otro que Jack "Lovejoy" Lambert, un antiguo novio de Sigrid que también había estado presente en la subasta del Excelsior, hacía —aparentemente— tanto tiempo. Y, para rizar el rizo, Lambert estaba compañado de ¡Dan Simmons, el Hombre Malo! A Patrick casi le da algo al verlo, y prefirió sentarse en una mesa aparte para manifestar su desconfianza. Sin embargo, Clarkson les aseguró que no había ningún problema, y el resto del grupo se sentó con ellos.Mientras comían, Lambert sonrió e, irónicamente, no pudo dejar de decir:

 —Con que eras tú quien tenía el De Occultis Spherae, ¿eh Sigrid? Nunca me lo habría imaginado, jajaja. Siempre pensé que debía de tratarse de otra Sigrid.

Sigrid mantuvo la cara de poker, y el resto de la comida (en el caso de Patrick, bebida) transcurrió en su mayoría en un silencio incómodo. Una vez hubieron terminado, Lambert les pidió que le acompañaran a su suite, donde les presentaría a su jefe y podrían hablar más discretamente. Tranquilizados por la presencia de Henry Clarkson, el grupo le siguió.

Mientras Andrea Bauer y sus secuaces vigilaban en el exterior del hotel, el grupo llegaba a la última planta guiado por Lovejoy y Dan Simmons, que estaba intentando limar asperezas. Los condujeron a una suite ante la que hacían guardia dos personas: un hombre y una mujer impecablemente vestidos. No les pusieron problemas para pasar, y accedieron al interior. Patrick mensajeaba a Andrea con todos sus movimientos.

En el  interior de la suite había varios hombres más haciendo guardia, y en una especie de sala de reuniones les aguardaba sentado uno ya entrado en años, con la cabeza rapada pero con un físico envidiable, enfundado en un traje que le quedaba como un guante, que salió de la penumbra para saludarles. Todos sintieron cómo sus profundos ojos azules les traladraban hasta el alma. Aquel hombre no era un avatar, era sin duda algo más.

 —Permítanme que me presente, mi nombre es Robert G. Lorenz. Pero quizá me conozcan por otro apelativo: soy el Conde de St. Germain.

Todos se quedaron helados al estrechar la mano del Conde. Se movía con una gracia impropias no ya de su edad, sino de un humano, y sus ojos... sus ojos dejaban entrever todo lo que había visto desde el principio de los tiempos, y parecía ver mucho más allá del simple físico.

Los invitó a sentarse, y mientras sus hombres relataban el porqué de la presencia del grupo allí, permaneció en un discreto segundo plano, ofreciendo detalles aquí y allí. Según les contaron, estaba a punto de producirse una gran catástrofe metafísica debido a ciertos elementos que tenían intenciones algo dudosas respecto al Conde y al Clero Invisible. En ella tenían parte importante el De Occultis Spherae y, al parecer, Tunguska. Todo ello había hecho que el Conde se hubiera decidido a tomar parte activa en los acontecimientos y estuviera reuniendo todos los aliados posibles, como por ejemplo Dan Simmons, poco interesado en que el Universo se fuera al traste. Les explicaron las luchas de poder y las sucesivas alianzas entre los Jázaros, los Illuminati, el Círculo Neosuabo, la Nueva Inquisición, el Priorato de Sión y una pequeña multitud de bandos más. De entre ellos, los Jázaros y los Neosuabos eran los que habían conseguido encontrar la forma de acabar con el mundo tal y como lo conocían. Habría que impedírselo.

Patrick mencionó a los Nacidos Relevantes y cómo el Círculo Neosuabo había reunido a los nacidos en unas circunstancias especiales con oscuras intenciones. No esperaba que St. Germain reconociera no tener ni idea al respecto. Así que les reveló todo lo que sabía sobre ellos, relacionándolo con el control de población que se pretendía llevar a cabo en Estados Unidos y China. Todos los presentes mostraron su consternación por tal hecho. Y su sorpresa aún fue en aumento cuando Sigrid les narró los detalles de su reciente aventura en la propia Tunguska, su enfrentamiento contra los rusos y sus experiencias extranaturales; Clarkson miró a St. Germain con una sonrisa, y este les revelaba que lo que habían visto eran sin duda la racionalización de la Estadosfera, que era mucho más fuerte en Tunguska desde el "evento" de principios del siglo XX.

Las revelaciones de Patrick y del grupo reafirmaron aún más los planes de St. Germain y sus acólitos: deberían reunir en el más breve plazo posible el mayor número de aliados para llevar a cabo un asalto a Tunguska antes de que fuera demasiado tarde. Anne Rush y el resto de Hijos llegarían en un par de días al hotel. Lambert les pidió en nombre del Conde que si conocían a cualquier elemento que pudiera participar en la lucha, intentaran convocarlo a Moscú. Por supuesto, proporcionó a todos habitaciones en el hotel, que había cerrado por reserva para una "convención" de una empresa llamada "Germaine & Sons". "Fino sentido del humor" —pensaron. 
 
Por otra parte, Dan Simmons envió algunos agentes a investigar en el sur de China las extrañas explosiones, a requerimiento de Patrick y Sigrid.

El día siguiente llegaba Anne Rush acompañada de una docena de Hijos, entre ellos los gemelos Stephanie y Laurant Favre, Bernard y Gerrard, antiguos conocidos del grupo. Eran los pimeros de una cincuentena de Hijos convocados a Moscú. El grupo, por su parte, iba a intentar que Ian Stokehall y los libreros se unieran a su pequeño ejército...

 

miércoles, 22 de mayo de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 46

En busca del De Occultis Spherae (II).
Iglesia de Los Descendientes
Antes de salir hacia París, decidieron aprovechar su estancia en Archangelsk para visitar la iglesia abandonada que había sido el punto donde la hermandad llamada Los Descendientes había llevado a cabo sus reuniones y rituales. Se desplazaron hacia allí poco después del amanecer, para evitar les sorprendiera la oscuridad, dadas las circunstancias mentales de Tomaso y Patrick. El antiquísimo edificio se hallaba alejado al sureste de la ciudad actual, pasado un barrio que había sido abandonado hace tiempo. Aunque había sido reconstruido parcialmente un par de décadas atrás por los adeptos satánicos, el hielo y la vegetación habían vuelto a hacer estragos en la construcción.
Patrick, Sigrid, Tomaso, Derek y Jonathan atravesaron la maltrecha puerta, y los más sensibles de entre ellos no pudieron evitar sentir un escalofrío en su nuca, sintiendo el aura malsana que emanaba de aquel lugar.

Una rápida inspección no tardó en revelar varios casquillos de bala disparados recientemente en el lugar. Se miraron preocupados, al constatar que no debía de hacer más de dos o tres días desde que se habían utilizado. Desplazando un poco la nieve del suelo, no tardaron en descubrir un círculo satánico de cinco puntas cincelado en el suelo, con varios huecos que parecían destinados a recoger la sangre de sacrificios rituales. Y aunque la nieve dificultaba las cosas, era evidente que bastante gente había pasado por allí hacía muy poco tiempo. Otro descubrimiento aún más inquietante fue el descubrir entre todos los casquillos de bala, dos pequeños artilugios con forma de escarabajo exactamente iguales al que el tal Timofei Novikov había regalado a Sigrid. Se trataba sin duda de los mismos "bichos atrapa-balas", como los había llamado el ruso.

Dos leves manchas de sangre mostraron a los expertos ojos de Derek y Tomaso que al menos dos cuerpos había sido arrastrados hacia el exterior de la iglesia. Por otro lado, el antiguo altar había sido pasto de las llamas y, cuando ya creían que no podrían encontrar nada más, entre sus restos encontraron un teléfono móvil. Tomaso se apresuró a sacar todas las tarjetas del aparato. Mientras tanto, la tarde había llegado, y una multitud de cuervos se había empezado a congregar en la parte alta de la iglesia. Demasiados cuervos para ser algo normal, y todos parecían mirar al grupo. Jonathan arrojó un par de piedras intentando espantarlos, pero no se inmutaron lo más mínimo. Un poco acongojados por la actitud de los animales, decidieron marcharse antes de que se hiciera más oscuro.

De vuelta al hotel, Derek intentó contactar con el congresista Ackerman, que no le contestó. El padre Borkowski tampoco contestó a la llamada que Sigrid realizaba cada cierto tiempo para estar informada del estado de su hijo. Quien sí que contactó con la anticuaria fue Lucía, su empleada (y amiga) en su tienda de Madrid; esta le informó de que había recibido un SMS de Ramiro, el todavía marido de Sigrid, donde instaba a esta a contactar con él a través del foro de la tienda. Efectivamente, la página web de su negocio tenía un foro para anticuarios especializados y Sigrid no tardó en reconocer a "MarioR" uno de los alias/anagramas que solía utilizar Ramiro. Un mensaje aparentemente inocente tenía adjunto un archivo comprimido mediante una contraseña. Sigrid tardaría varios días en averiguar por fin la contraseña y poder abrir el archivo.

Las noticias traían novedades: algunas hablaban de fuertes enfrentamientos en el Congreso estadounidense; por lo que descubrireron investigando un poco más, los enfrentamientos eran debidos a la política de control que parte de los políticos querían aplicar a la población, a la que se oponía firmemente la facción liderada por Ackerman. Esta división política se estaba viendo ya reflejada en las calles de las grandes ciudades, con una campaña agresiva por parte de ambos bandos que estaba polarizando intensamente a la población. Además, dos senadores, uno por Texas y otro por Oklahoma, partidarios del no-control (y amigos personales de Ackerman), habían aparecido muertos en la última semana con señales evidentes de suicidio. "Demasiada casualidad", pensaron todos.

A Tomaso y Sally no les costó mucho extraer la información de las tarjetas del móvil que habían encontrado en la iglesia. Estaban en ruso, pero nada que no pudieran superar con las modernas herramientas de traducción. Enseguida llamaron su atención unos cuantos mensajes en una conversación con un tal "Vladimir": "Llegan desde el puerto", "No sabemos lo que quieren", "Estamos en peligro, necesitamos ayuda", "Se han llevado a Sergey e Ivana", "Quemaremos la Biblioteca", eran algunos de esos mensajes, en orden cronológico. También había varios mensajes escritos en ingles en una conversación con un tal Paolo (Tomaso sintió un temblor, al tener el convencimiento de que debía tratarse de su hermano): los mensajes, al igual que los enviados a Vladimir, solicitaban la ayuda de Paolo contra los llegados desde el puerto; Paolo había contestado que llegaría lo antes posible, pero que estaba lejos y tenía asuntos importantes entre manos.

Siguiendo las pistas de los mensajes, pronto descubrieron que un edificio de apartamentos al sur de la cuidad había sufrido un incendio hacía escasamente una semana, algo extremadamente inusual en esta época del año. Supusieron que el edificio habría albergado la Biblioteca de la que hablaban los presuntos Descendientes

El día siguiente, ante el hotel se detuvieron dos vehículos militares de los que pronto empezaron a descender efectivos; Derek los vio por pura suerte, y gracias a ello pudieron huir sin que los militares los interceptaran. Sin duda debían de haberlos seguido desde la iglesia esa noche.

Rápidamente subieron a un tren con destino a Moscú y una vez allí se apresuraron a llegar al aeropuerto y embarcar con destino a París. Allí los recibió Jodorowsky y otros dos psicomagos que había convocado Anne Rush cuando Sigrid se lo había pedido, y comenzaron el tratamiento sin apenas darles tiempo a respirar. Durante seis días sometieron a Derek, Tomaso y Patrick a una terapia intensiva que los dejó agotados pero restauró lo suficiente su salud mental para no caer en un estado de catatonia cada dos por tres.

Uno de esos días, Derek consiguió contactar con Ackerman. Este le informó de que otro congresista, George Patterson, le había denunciado por corrupción. Patterson había contratado al bufete llamado Weiss, Crane & Associates, en un claro intento por quitarse a Ackerman de en medio. De momento, el congresista tranquilizó a Derek, pero también le ordenó estar alerta y disponible por si requería sus servicios más "cercanos"; Ackerman temía por su seguridad personal debido a lo que estaba pasando con los senadores últimamente, aparecidos con signos de suicidio, pero con serias dudas por su parte. Por supuesto, Derek destinó inmediatamente a todos los agentes de la CCSA a la protección del congresista. Además, les encargó intentar destapar el montaje que sin duda WCA estaba intentando poner en pie.

El día siguiente, Dulce da Silva contactaba con Derek; este no reveló su localización ni sus acciones, pero ella no se mostró realmente interesada en eso, al menos aparentemente. La portuguesa informó de que la sede de los atlantes en Recife (Brasil) había sido atacada por paramilitares y aunque habían conseguido rechazarlos, habían decidido desalojarla por si acaso volvían con más fuerza. Llamaba para ver si Derek podía darle alguna pista de por qué había sucedido aquello; evidentemente, el norteamericano no pudo decirle nada concluyente.
Durante esos días, en las redes sociales y los medios de comunicación se sucedieron las noticias y los vídeos grabados con móvil relacionados con el Vaticano. Italia había cancelado los vuelos a Roma y los había desviado a los aeropuertos cercanos. En algunos vídeos se podían ver escenas de violencia con militares y policías presentes, reprimiendo a civiles que parecían proceder del interior de la Santa Sede. En algún vídeo grabado desde las alturas también se podía ver la especie de niebla oscura que engullía gran parte del Vaticano, siempre lejana, porque los militares parecían confiscar todos los móviles que se acercaban demasiado a la zona.

El cuarto día, Jan Borkowski devolvió la multitud de llamadas perdidas de Sigrid. La saludó, con voz grave y aparentemente agotado. Informó a la anticuaria por fin de que su hijo había sido trasladado hacía unas cuantas semanas al Vaticano porque no veía cómo solucionar el asunto en Boston. También le informó de que mucha gente había abogado por una solución drástica respecto a Daniel (acabar con su vida, sin duda), algo a lo que él se había opuesto firmemente, pero que ahora mismo dudaba de si no habría sido lo mejor. La lengua Alter se les había ido de las manos, y Daniel había superado todas las barreras que le habían puesto en su tratamiento. Ahora, casi todo el Vaticano estaba bajo su influjo y la única razón de que Roma resistiera era el perímetro que los militares habían establecido, con órdenes de disparar a todo aquel que intentara salir de la Santa Sede. Ahora mismo, el Santo Padre había sido puesto a salvo y Borkowski se encontraba reunido como consejero con el primer ministro y el Estado Mayor del ejército italiano. Según informó el padre, se estaba abogando por una solucion MUY drástica que pusiera fin a aquella pesadilla de una vez por todas. Sigrid estaba consternada. Gracias al cielo, los psicomagos habían hecho un trabajo excelente y habían erradicado la lengua de su mente, pues los recuerdos la removieron hasta la médula. En cuanto sus compañeros estuvieran restablecidos, la anticuaria viajaría a Roma e intentaría que la acompañaran, como la familia que eran ahora.

Otra noticia revelaba que se habían detectado explosiones de magnitud nuclear en suelo continental chino, y que al parecer habían estallado graves revueltas en el sur del país. Todo parecía provocado por el hecho de que la corporación Wèilái ("futuro", algunas investigaciones la revelaron participada por UnSup) había conseguido producir el "chip de conexión", a todos los efectos, un chip que conectaría a las personas a la red global y que permitiría descaradamente el seguimiento de todas sus acciones. Sin duda, aquello era la panacea para la facción del congreso estadounidense que perseguía el control poblacional.
La sexta jornada, Sigrid consiguió desencriptar el archivo que había enviado Ramiro. Se trataba de un mensaje de correo donde contaba lo que había sucedido en los últimos días. Al parecer, Emil Jacobsen y Paul Van Dorn no habían tenido más remedio que unir sus fuerzas —Sigrid se sorprendió profundamente al leer esto—; la sede de Emil en Nueva York había sido atacada por enemigos desconocidos y no habían tenido más remedio que huir hacia el norte del estado, donde se encontraba la residencia de van Dorn. Aunque los dos libreros se odiaban a muerte, un segundo ataque a la mansión de van Dorn con armamento pesado —donde estaba la mansión de van Dorn había ahora poco más que un cráter— los había convencido de unir sus (restantes) fuerzas  y huir; habían conseguido llegar a Inglaterra, donde se encontraban en ese momento en busca de aliados, e intentando comprender qué había ocurrido. Entre los atacantes había militares y gente con habilidades especiales fieles fuera de toda duda a Alex Abel. Estaban prácticamente seguros de que tambíen estaban implicados el FBI y la NSA. La cosa se había puesto muy fea para el submundo ocultista.

Pero lo más importante ahora para Sigrid era su hijo Daniel, y discutió largamente con el resto del grupo que tenían que viajar a Roma para intentar salvarlo. Todos intentaron que desistiera de tal propósito, viendo la locura que suponía, pero finalmente no tuvieron más remedio que aceptar acompañarla. Los vuelos a Roma habían sido desviados, y deberían viajar a un aeropuerto más alejado para luego viajar por tierra hasta la capital. Nuevos vídeos habían surgido en internet relacionados con el tema, donde se podía ver a militares disparando contra otros militares, y civiles gritando en la distancia, provocando el caos con lo que decían; en otro vídeo, un civil grababa a otro que a su vez grababa con su móvil, hasta que a los pocos segundos, este dejaba caer el móvil y empezaba a caminar tranquilamente hacia la oscuridad del Vaticano. Evidentemente, el grupo tenía buen cuidado de ver los vídeos quitando el sonido, pues sabían lo que podía ocurrir si escuchaban lo que decían los civiles que gritaban. Las noticias de los canales "oficiales" solamente decían que los vuelos a Roma se habían cancelado por "motivos logísticos".

Antes de la partida hacia Roma, Sally llamó la atención del grupo sobre una nueva noticia: varios medios de comunicación informaban acerca de un fuerte seísmo en la zona de Krasnoyarsk, en el centro de Rusia. Krasnoyarsk, como todos recordaban, era la zona donde se encontraba Tunguska...


martes, 7 de mayo de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies]
Temporada 2 - Capítulo 45

En busca del De Occultis Spherae.
Con Andrea Bauer y sus hombres, el grupo estaba compuesto ahora por una veintena de miembros, a todas luces demasiados para poder moverse con soltura. Así que decidieron que cuatro de ellos permanecerían allí, en Madrid, en las inmediaciones de la Biblioteca, para asegurar su protección.

Así, diecisiete personas (Sigrid, Tomaso, Derek, Patrick, Robert, Jonathan, Sally, Esther, Francis, Pierre, Andrea Bauer y los seis hombres restantes) embarcaron en un avión con destino a Varsovia, desde donde Pascal Weber había partido con el libro hacia Gdansk.

Investigaron las agencias de alquiler de automóviles del aeropuerto —alegando que Pascal Weber era un amigo suyo que había desaparecido y la policía no les hacía mucho caso—, y en una de ellas efectivamente resultó existir el registro del alemán como cliente. Pero para frustración del grupo y de la encargada que les atendía, no había ningún registro de reserva ni de pago con tarjeta; que no existiera el movimiento de pago entraba dentro de las posibilidades, pues según les había explicado Andrea, las tarjetas que usaban los Hijos de Sant Germain no dejaban rastro; pero que no existiera el registro de reserva ni de entrega sí que tenía a la empleada del alquiler consternada. Patrick le dio las gracias por su ayuda con una sonrisa embaucadora, y se dirigieron a hablar con el encargado de los check-in. Tras soltarle el mismo cuento, el hombre se avino a ayudarles, y efectivamente encontró en los archivadores físicos el recibo firmado por Weber. Pero tras realizar un par de llamadas nadie pudo confirmar que los coches (cuatro todoterrenos) habían sido entregados en Gdansk según lo previsto.

Las armas que Weber y sus hombres habían conseguido habían sido provistas por la gente de John Tradtford, después de que hubieran alquilado los coches, y así se lo confirmaron los propios proveedores a Andrea, sin poder darle ninguna otra información de interés.

Ya en el hotel, Tomaso y Sally se dedicaron varias horas a investigar en la red sobre acontecimientos extraños en las carreteras polacas. Finalmente, dieron con un oscuro rincón de la web de autovías donde se llevaba un registro de los accidentes ocurridos en ellas. En una horquilla de dos días alrededor de la desaparición de Weber y los demás, cuatro accidentes habían ocurrido en la autovía Varsovia-Gdansk. Tomaso repasó las fotografías, y en una de ellas su ojo experto reconoció el bulto de una pistola en el cinto de uno de los presentes. Los datos coincidían: ese debía ser el accidente que dejó fuera de circulación a los Hijos de Sant Germain. Tomó buena nota del punto kilométrico, y hacia allí se dirigirían el día siguiente.

A escaso un kilómetro antes del punto del siniestro se detuvieron en una estación de servicio. Uno de los camareros hablaba en alemán y Francis pudo traducir las preguntas del grupo. Tras vencer las suspicacias del hombre, este compartió con ellos los hechos de aquel día. Les habló de una gran explosión que se había oído a lo lejos; por su experiencia militar estaba convencido de que dicha explosión no podía ser atribuida al accidente de camión que más tarde explicarían todos los medios de comunicación. Además, al poco rato pudo ver un par de helicópteros militares que se alejaban de la escena hacia el noreste. Todos se miraron inquietos, y dieron las gracias al camarero por su ayuda.

Se acercaron a la escena del accidente por los caminos laterales. Pronto llegaron a la vista del punto de la calzada donde se veían frenazos y asfalto quemado. Saltaron la valla que daba acceso a la autovía y, sabiendo que estaba prohibido estar allí y que en cualquier momento podía aparecer la policía, Sigrid procedió a la realización del ritual lo más rápidamente posible. Efectivamente, la pluma de águila atada a la cuerda giró en el aire y calló al suelo recta como una flecha. Haciendo uso del material de orientación con el que se habían preparado debidamente tomaron nota de sus coordenadas y de la dirección apuntada por la flecha, y volvieron rápidamente al hotel.

Allí, haciendo uso de los mapas y los cálculos pertinentes, trazaron una línea recta desde su posición. Arquearon las cejas cuando el núcleo de población más importante atravesado por la raya resultó ser la ciudad de Archangelsk, al norte de Rusia. La distancia a la que se encontraba la ciudad era consistente con la sensación de distancia que había experimentado Sigrid al realizar el ritual, así que decidieron prepararlo todo para salir hacia allá. Dos días más tarde embarcarían con destino a Moscú, desde donde un tren les llevaría hasta Archangelsk.

Tras dejar el equipaje se dedicaron a hablar con los recepcionistas y a dar una vuelta por la ciudad. Según les dijeron, el turismo había sufrido un bajón importante en los últimos dos años, todo lo contrario que el puerto militar, que había sido ampliado hasta casi el triple de su superficie en la última década. Una corporación extranjera llamada Erde & Mahl había firmado unos acuerdos con el ejército ruso y ahora se desarrollaban unos proyectos muy importantes en el complejo del puerto; no supieron decirles más. No tardaron en averiguar que E&M formaba parte del entramado empresarial alrededor de UNSUP, y desde una loma cercana a la ciudad pudieron ver que en el interior del complejo del puerto militar se había puesto en marcha una pequeña central nuclear además de otros edificios de uso desconocido. Helicópteros militares iban y venían casi sin interrupción.

Un poco de investigación por parte de Tomaso también destapó que en los últimos diez años Archangelsk había tenido muchos problemas con una secta satánica llamada "Los Descendientes". La secta parecía heredera de una serie de hermandades secretas de los siglos XVII y XVIII relacionadas con la Golden Dawn y los Francmasones. Quizá podrían averiguar algo más por aquel camino.

De momento, optaron por ejecutar el ritual en la seguridad de su habitación de hotel. Y así procedió Sigrid, con mucho cuidado esta vez para no estropear su efecto. Parte del grupo se reflejaba en un gran espejo colgado en la pared frente a la cama. Y a Patrick se le erizó el vello de la nuca cuando vio que el reflejo de Robert se giraba hacia él con los ojos negros como el carbón. El reflejo salió de donde se encontraba entre las imágenes de Patrick y Tomaso y se dirigió hacia el primero, mutando en una sombra ominosa y extraña, muy parecida a las que Patrick recordaba de su experiencia ante el monolito de Canadá. Lo primero que se le ocurrió al profesor de filosofía fue tirar la esquirla que llevaba en el bolsillo; la sombra pareció entonces un poco confusa, y pareció que se ponía a olfatear el entorno; pero pronto se orientó de nuevo y extendió algo parecido a una mano hacia el espejo, hacia Patrick; increpó a Derek y Tomaso, instándoles a mirar al espejo, pero estos no vieron nada en él. Cuando Derek se acercó a Patrick, la sombra pareció confundirse de nuevo, y en ese momento, Sigrid completó el ritual. El espejo volvió a reflejar la escena de la habitación y Patrick suspiró aliviado, relajando la tensión con la que había estado apretando el antebrazo de Tomaso.

Después de tranquilizar a Patrick, tapar el espejo y realizar los cálculos pertinentes, una oleada de pánico recorrió las mentes del profesor y de Tomaso cuando la línea trazada desde su posición atravesaba claramente el punto de Tunguska donde habían pasado por la experiencia más traumática de sus vidas. Tomaso se sentó en la cama encogido como un  niño y Patrick comenzó a dar largos tragos de una botella de whisky, mientras Sigrid explicaba a Derek y los demás lo difícil que había sido salir de aquel lugar. 

Desde luego, la condición de ambos miembros del grupo dificultaba mucho la posibilidad de hacer algo útil en Tunguska, así que Sigrid propuso viajar primero a París para que fueran tratados por los psicomagos y ver si podían recuperarlos en el tiempo récord del que se suponía eran capaces.


martes, 30 de abril de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 26

La Asamblea de Eskatha (XIV). Victoria.
Pocos minutos después, varios mensajeros propagaban por la ciudad la designación del Hemiciclo como "Gran Sala de Guerra" por orden de Ilaith, y conminaban a todas las delegaciones a reunirse indefinidamente en el insigne edificio para coordinar la crisis en la que se hallaba inmersa la ciudad.

Yuria y Loreas expresaron pronto su preocupación por las tres legiones establecidas en la pequeña elevación y bosquecillos del noreste de Eskatha. Sin duda eran las que más peligro corrían, y si perdían esas tropas, la ciudad quedaría completamente aislada. Dieron órdenes de construir todas las fortificaciones de que fueran capaces, aunque no serían un obstáculo serio en caso de que los enemigos decidieran concentrar sus ataques sobre ellas.

Otro tema importante era el de la toma de la ciudadela. Si las legiones del exterior entraban en Eskatha, esta sería asediada y, en ese caso, necesitarían las provisiones que se guardaban en su interior y sus pozos. Dorias seguía acantonado en ella, y no podían correr el riesgo de un ataque desde el interior mientras se encargaban de la defensa exterior. Tras evaluar diferentes opciones (que implicaban, entre otras, el uso de las finas habilidades de Daradoth y de Symeon), Galad propuso la opción que se aceptó por gran mayoría: asaltarla utilizando el Empíreo, el dirigible de Tarkal. Una unidad de las mejores tropas sería descargada de noche en el interior de la ciudadela y con suerte podrían abrir las puertas para el resto de tropas. Pero obviamente, necesitarían una distracción desde fuera para no ser detectados demasiado pronto.

Esa noche Symeon entró al Mundo Onírico tras varias jornadas sin hacerlo, y lo primero que le llamó la atención fue que la ciudadela se encontraba mucho más definida, mucho más... nítida. Destacaba sin duda sobre el resto de edificios. Se acercó, con cuidado, y tocó el muro. Algo pasó. Symeon no pudo definirlo, pero supo con certeza que había provocado algún efecto oculto; así que decidió salir al mundo de vigilia sin más dilación, por suerte sin más problemas.

El día siguiente se ordenó la construcción de pequeñas catapultas para utilizar aceite y fuego y generar las distracciones necesarias para el descenso del dirigible. A mediodía llegaba un mensajero de Rakos Ternal, aceptando el parlamento que había propuesto Ilaith. Tras un tira y afloja y el envío de varios mensajes, se decidió que el parlamento se celebraría en la esquina sureste de la ciudad, unos desde lo alto de las murallas y otros desde la explanada ante ellas, en un terreno que garantizaba la seguridad de ambos bandos en caso de alguna agresión.

Se puso bajo estrecha vigilancia a la delegación de Armir, de la que todos sospechaban, y por la tarde el príncipe Nercier acudió por fin al hemiciclo; presentaba un aspecto un poco desmejorado, pero recuperaba fuerzas a ojos vista. Muchos le expresaron su alegría por poder reincorporarse a la vida política y militar de Eskatha. Justo a tiempo para acudir al cónclave de líderes de ambos bandos, que se celebraría a media tarde.

En primera línea sobre las murallas formaron los príncipes comerciantes acompañados cada uno de una persona de confianza, dejando al resto de integrantes del parlamento en segundo plano. El bando de Undahl hizo lo mismo, destacando un pequeño grupo de personas. A Rakos Ternal lo acompañaba la elfa oscura Helitzzë; el minotauro Hrarrh'Snagh, aún convaleciente de las heridas que Yuria le había causado; los príncipes de Mírfell y Trapan; los comandantes de las dos legiones de Nímthos fieles a Dorias; y cuatro semathalios con extraños peinados, trenzas y llamativos tatuajes: líderes de sus respectivos clanes, acompañados de sus segundos.

Rakos Ternal conminó a Ilaith a rendir la ciudad, vista la desventaja que obviamente tenía. Evidentemente, la nueva Gerente de la Confederación se negó a tal punto, y entraron en un tira y afloja que fue subiendo de tensión. Wontur Serthad apoyó a Ilaith sin dudas en aquel asunto, a pesar de sus reticencias hacia la princesa de Tarkal. Ya avanzada la conversación, Nercier tomó por fin la palabra, y comenzó a gritar a los líderes de clan semathalios en su idioma, que ninguno de los presentes parecía conocer aparte de ellos (y su intérprete, obviamente). Luego serían informados de que el príncipe de Mervan les había echado en cara aliarse con extranjeros y que se había mofado de ellos porque aquello no era sino una muestra de debilidad. Los semathalios se indignaron, como no podía ser de otra manera, e intercambiaron duros insultos con Nercier, que este pareció recibir divertido. Todos se miraron, confundidos y sorprendidos de la soltura con la que el príncipe de Mervan parecía relacionarse con los señores de los caballos.

Eudorya también intentó convencer a los comandantes de las dos legiones de Nímthos que acompañaban a los líderes de la Sombra de que ella era la nueva princesa legítima y debían abandonar sus posiciones. Evidentemente, los comandantes, presionados por la situación, hicieron caso omiso de la muchacha. 

Esa noche Symeon volvió a entrar al Mundo Onírico. Y esta vez, en el interior de la ciudadela sí que detectó unas perturbaciones preocupantes; presencias de gran entidad se encontraban allí ahora mismo, y no pudo sino reparar en el lejanísimo murmullo de Nirintalath que repetía con insistencia: "tráemelo, tráemelo, tráemelo". Temeroso de que los presentes en la ciudadela le pudieran detectar, se desplazó rápidamente a las cercanías de Nirintalath en Tarkal. El murmullo que había oído levemente en Eskatha devino entonces en un arrollador grito que casi abruma sus sentidos oníricos. No obstante, consiguió mantener la compostura lo suficiente como para percibir una poderosa presencia que se materializaba muy cerca de él. Haciendo uso de toda su fuerza de voluntad salió al mundo de vigilia, bañado en sudor.

Esa misma madrugada, los vigilantes avisaron de que las tropas del exterior habían empezado a moverse. Había llegado el momento que temían, el ataque a sus tropas fuera de las murallas. Yuria y Loreas reunieron a todo el consejo de guerra al punto, y aceleraron los acontecimientos. La ercestre se vistió para la batalla y se puso al frente de la legión interior, preparada en un tiempo récord para apoyar a sus aliados en el campo de batalla. Galad y sus paladines embarcaron en el Empíreo lo más discretamente posible en un rincón alejado del puerto y se elevaron, en espera de la señal que indicaría que debían asaltar la ciudadela. 

Mientras Yuria, acompañada a todas partes por los paladines de Olara, impartía órdenes en la plaza de acceso este de la ciudad, Nercier Rantor hacía acto de presencia con una nutrida escolta y la delegación esthalia; saludó a la ercestre y con mirada decidida salió de la ciudad para ponerse al mando de su legión de tropas, preparada ya para el combate en lo alto del cerro noreste. También apareció Wontur Serthad, embutido en su impresionante armadura de placas y seguido por su guarnición, y Diyan Kenkad, quien, con un brillo anhelante en los ojos, expresó su deseo de luchar codo con codo junto a Ilaith y Yuria. La princesa de Tarkal también se encontraba allí, con un aspecto impresionante, pero Yuria se aseguraría de dejarla en todo momento a salvo en segunda línea.

Los príncipes Nercier y Wontur cabalgaron rápidamente a lo alto de la colina y tomaron el mando de la legión de Mervan. Ilaith, Yuria y Diyan se colocaron a la cabeza de las tropas que saldrían de la ciudad con la señal establecida.

Con cuernos sonando y trompetas bramando anunciando el inminente choque de las tropas del exterior, el dirigible descendió rápidamente sobre la zona despejada de la ciudadela, cuyos guardias seguían con atención las maniobras del exterior a la tenue luz del amanecer. Daradoth saltó, aterrizando grácilmente y acallando a los pocos guardias que hubieran podido apercibirse de la presencia del ingenio volador. Acto seguido, Galad y los paladines descendieron haciendo uso de varias escalas. Una vez dentro, no tardaron en ser detectados por los guardias, que dieron la voz de alarma mientras los hombres de Galad se acercaban a la puerta y las tropas del exterior se concentraban en aquella parte. Lo que sucedió a continuación no lo esperaban, a pesar de estar prevenidos por Symeon de que algo raro había sucedido en la ciudadela la pasada noche. Dorias y lo que parecía su guardia personal salieron al imponente balcón del edificio principal y, con un rugido, el arribista de Nímthos y sus hombres se lanzaron al vacío, cayendo pesadamente sobre el pavimento del patio de armas. Lejos de sufrir ninguna herida por la caída de veinticinco metros, todos se pusieron en pie al instante y corrieron gritando hacia los paladines. Cuando estuvieron más cerca, se hicieron evidentes para todos sus ojos negros como el carbón; sin duda habían sido poseídos por entidades de la Sombra. Así que las pocas dudas que hubieran albergado los paladines se disiparon al punto: enlazados en círculos de seis efectivos, dirigieron todo su poder hacia los enemigos que se aproximaban, y Emmán respondió a sus oraciones. Una oleada de voluntad divina sacudió a Dorias y sus compañeros, abatiendo a la mayoría de ellos; el resto dirigió a su vez su poder oscuro contra los paladines, dejando inconscientes a varios y asesinando a uno de ellos. Por suerte, una segunda canalización barrió a los demonios restantes y los paladines que todavía no estaban agotados por el esfuerzo pudieron correr junto a Daradoth, los maestros de la Esgrima y Symeon y abrir las puertas y el rastrillo para que las tropas de Eudorya pudieran acceder al complejo. En ese momento, cerca de una veintena de barcos aparecían en el puerto: diez con la bandera esthalia y seis más con los colores de Korvan. Ninguna de las naves ancladas en el puerto de Eskatha era rival para los galeones esthalios, y las defensas portuarias habían sido desguarnecidas para reforzar otros frentes, así que poco a poco las escuadras fueron acabando con los enemigos y desembarcaron tropas de apoyo para los fieles a Ilaith entre vítores de la guarnición.

En el exterior, las tropas de la Sombra ya habían cargado contra las tres legiones fieles y la batalla rugía con toda su violencia. Nercier y los demás se veían obligados a recular poco a poco ante el empuje del contingente de minotauros y elfos oscuros. Yuria dirigió su legión hacia el flanco de los enemigos, pero las maniobras no fueron afortunadas y tardó más de lo previsto en llegar a entablar combate; no obstante, su llegada alivió la presión a la que estaban sometidas las tropas de Mervan y Korvan y pudieron recuperar el aliento durante unos minutos. Pero el alivio duró poco, pues varios cuernos anunciaron la carga de los jinetes de Semathâl, que salían de los bosquecillos dispersos del sur a toda velocidad hacia la zona de lucha. Las tropas montadas no parecían tener fin, y Yuria estuvo tentada de ordenar la retirada de las tropas para evitar una aniquilación total. Sin embargo, su experto ojo de táctica militar detectó algo extraño; parecía que una parte de los efectivos de Semathâl se mostraban reticentes a la lucha y se separaban del cuerpo principal. Aun así, el impacto de los jinetes fue brutal y a duras penas fue retenido por los lanceros de las legiones. La pura fuerza del liderazgo de Yuria, Ilaith y Nercier fue lo único que evitó que sus filas sucumbieran a la desmoralización. En la distancia, las miradas de la ercestre y del príncipe de Mervan se cruzaron, y este ¡sonrió! ¿Acaso se había vuelto loco? ¿La fiebre del combate lo había poseído? A pesar de su reciente recuperación, empuñaba firmemente la espada, que chorreaba sangre, y su mueca era sin duda una sonrisa; extraña, pero una sonriza al fin y al cabo. Dio una orden a alguien que cabalgaba a su lado, un músico. Este se llevó un cuerno a los labios y lo hizo sonar.

Varios cuernos más sonaron en las filas de la confederación. Y a esa llamada respondieron otros cuernos. Yuria se giró, con un escalofrío de regocijo. Eran cuernos de las tropas de Semathâl, del contingente que había evitado el combate. Como si fueran un ser vivo enorme, como una bandada de estorninos sincronizados perfectamente, los jinetes de segunda línea giraron y aumentaron su velocidad, cargando contra la retaguardia de las tropas de Undahl. Yuria rugió, alzando su espada con alegría, y ordenando a sus tropas un contraataque. Así lo hicieron también Nercier y Wonthur, arracimando las tropas enemigas entre ellos mismos y los jinetes de Semathâl. Tras un par de horas de intenso combate, las tropas de la Sombra se batían en retirada y las tropas de la Confederación estallaban en gritos de júbilo. Pocos minutos después Yuria veía cómo Nercier se encontraba con el líder de los jinetes que les habían ayudado y ambos estrechaban sus antebrazos en gesto de amistad.

 "Vaya vaya, Nercier, eres una caja de sorpresas"—pensó la ercestre, que vio también cómo Ilaith observaba fijamente al príncipe.

Poco después se oían nuevas trompetas desde el este. Dos legiones esthalias procedentes de Mervan llegaban en ese momento a Eskatha para unirse al combate, y sus comandantes pronto se reunían con el duque Estigian, Yuria, Nercier, Ilaith y los demás. La llegada de los dos nuevos contingentes decantó definitivamente la balanza a favor de Ilaith (que ahora contaba también con cuatro mil jinetes de Semathâl), así que pocas horas más tarde las tropas de la Sombra levantaban sus campamentos del sur y se marchaban controladamente por donde habían llegado. La euforia se desató en Eskatha, con vítores a Ilaith y los otros líderes que les habían conducido a una improbable y épica victoria.

Mientras tanto, en el interior la Ciudadela ya había caído y Galad había apresado a Dorias quien, aparentemente, había sido liberado de su posesión. La legión que controlaba hasta ese momento la parte oeste de la ciudad se había rendido y se había puesto por fin a las órdenes de Eudorya; los propios soldados habían puesto la cabeza del capitán Velyas en una pica y habían nombrado a un nuevo capitán, un tal Starasias.

Ilaith reunió sin tardanza al consejo de guerra de nuevo en el Hemiciclo, rebautizado como Gran Salón de Guerra. Habló de la necesidad de adoptar acciones de castigo y de los próximos movimientos militares que habría que planificar. Como ya había predicho Karela Cysen cuando se discutía si sería conveniente atacar a las legiones de la Sombra, el príncipe Knatos Tilad de Armir juró por fin lealtad a Ilaith como nueva Gerente y ofreció su ayuda para las expediciones de castigo. También conversaron en privado con Nercier Rantor sobre su inesperada alianza con los jinetes sureños y transmitieron el malestar por que lo hubiera mantenido en secreto. Él contestó que lo había hecho por mera seguridad, y aprovechó para presentarles a Arzsan, el líder del Mîsh-Roah-Khan, el Clan de la Crin Blanca, con quien al parecer le unía una estrecha amistad.

Más tarde, Ilaith transmitiría a Yuria su preocupación acerca del inesperado giro del príncipe Nercier y sus imprevistos aliados. Pero por el momento, lo que contaba era que habían logrado una gran victoria y que Ilaith había conseguido el primer objetivo en sus planes. Así lo atestiguaban los vítores que recibió la nueva Gerente a su salida del Hemiciclo...




lunes, 1 de abril de 2019

Aredia Reloaded
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Temporada 2 - Capítulo 25

La Asamblea de Eskatha (XIII). Comienzan las Hostilidades.
Por la tarde celebraron una reunión de emergencia para decidir las acciones a seguir. Los mariscales Loreas Rythen y Yuria Meristhenos llevaron la voz cantante durante la conversación, haciendo gala de sus conocimientos en el campo militar. Lo primero que deberían conseguir sería el asegurar la ciudad, conseguir el control de ella. Eso les daria un margen de maniobra más amplio, que necesitarían si querían coordinarse con el resto de principados y con las tropas del exterior (aparte de no ser arrestados o asesinados en cualquier momento).  Loreas y Yuria diferían en la forma de conseguir esto; el primero abogaba por que las legiones de Tarkal y Mervan deberían esperar a una distancia prudencial a unirse a las legiones que estarían a punto de llegar de Korvan; Yuria, sin embargo, defendía una intervención lo más rápida posible de la legión de veteranos y tropas de élite (la legión de Tarkal) para conseguir que accedieran a la ciudad sin dar tiempo a reaccionar a los enemigos. El problema de esta táctica sería el cansancio que tendrían acumulado los soldados de la primera legión; después de casi día y medio a marchas forzadas y el combate en el exterior, deberían afrontar la toma de la ciudad sin descanso, y eso igual les costaría demasiado caro.

La legión de Tarkal llega a Eskatha

 Galad apoyó a Yuria en su defensa de una intervencion rápida, pues el tiempo era algo que estaba lejos de sobrarles, y era imposible saber el progreso de las legiones de Korvan. Suponiendo que sus tropas vencieran a la legión del noreste en un plazo breve, podrían afrontar la toma de la ciudad coordinando los esfuezos de la propia legión, la parte de la guarnición fiel a Eudorya y las tropas que acompañaban a cada una de las delegaciones a favor de Ilaith, que unidas sumarían un número considerable.

Yuria, Galad, Daradoth, Symeon, Loreas y Delsin acudieron disfrazados como guardias de la ciudad a la sede de Nímthos, donde se reunieron con el capitán Ayluras y la princesa Eudorya, que había devuelto su cargo al oficial depuesto. Allí trazaron un plan atendiendo a la localización de las diferentes unidades de la guarnición y de las delegaciones; escribieron cartas con órdenes que deberían enviarse en el momento justo a cada contingente; para ello, Yuria dirigiría las operaciones de campo en el exterior de la ciudad poniéndose al mando de la legión, y Loreas dirigiría a las tropas del interior, observando en todo momento el campo de batalla con ayuda de las lentes ercestres. La correcta sincronización de unas y otras tropas sería fundamental si querían tener éxito. Además, se organizó una unidad "quirúrgica" que compondrían Daradoth, los maestros de esgrima Taheem y Khain, la paladín Aznele y los mejores guerreros de cada delegación, que deberían ejercer de punta de lanza de la rebelión en el interior de los muros para hacerse rápidamente con el control de las dos puertas orientales.

De madrugada, un pequeño grupo compuesto por Daradoth, Yuria, Galad y el ástaro Dûnethar se encaminó hacia el puerto, con la intención de salir a nado de la ciudad. En la reunión que habían mantenido hacía pocas horas, Dûnethar había ofrecido su colaboración a Yuria como comandante, pues en el Pacto de los Seis ostentaba el rango de capitán, y tenía bastante experiencia en dirigir tropas. Por su parte, Symeon, que era un pésimo nadador, franquearía los muros del este y se reuniría con ellos en una barriada extramuros que acordaron previamente. Mientras que el errante no tuvo apenas problemas para salir del recinto amurallado, el grupo que lo hizo a nado atravesó una pequeña odisea. Tuvieron que nadar casi un kilómetro y medio, lo que les dejó prácticamente exhaustos y en algún caso (Galad) con algún desgarro muscular; afortunadamente, reunidos ya con Symeon, pudieron descansar una hora y el propio paladín, invocando el favor de Emmán, reparó todo el daño que habían sufrido.

Ya aproximándose el amanecer, se apresuraron de nuevo, esta vez corriendo, para intentar atravesar las filas enemigas y encontrarse a una distancia prudencial con la legión que se aproximaba, debidamente advertida de tal hecho a través del búho de ónice por Daradoth. La guía de Symeon se probó fundamental para dejar atrás a los enemigos sin apenas problemas. Con el sol ya brillando a media mañana, se encontraban por fin con la legión de Tarkal, que los reconoció sin mayores problemas. Yuria tomó el mando de la legión y su centro, Dûnethar del flanco derecho y Saevras (el comandante que dirigía la legión hasta ese momento) el izquierdo. Galad, por su parte, se unió a los cuarenta paladines, que le saludaron efusivamente y se pusieron bajo su mando. Poco después, la legión avistaba a los enemigos y se formaban las filas de cada flanco, con los enanos en vanguardia del centro y los paladines a la izquierda, formando los vínculos que les permitirían canalizar el poder de Emmán para acabar con sus enemigos. Los paladines de Olara formaron a su vez en el flanco derecho, dorados y brillantes, contrapuestos al plateado de los emmanitas.

Sorprendida por la velocidad que desarrollaban las tropas aun tras día y medio de marcha forzada, Yuria dirigió el centro hacia la colina, mientras que los flancos la rodeaban para liberar los alrededores. Los paladines entonaban cánticos de alabanza a Emmán en daarita, mientras que los enanos rugían gritos de guerra que henchían los corazones de sus aliados. Pronto, la batalla se desencadenó; aunque llevó más tiempo de previsto, el flanco izquierdo consiguió romper a sus enemigos y girarse hacia la colina que defendían los enemigos con mayor ahínco del esperado. Pero una vez que los paladines se incorporaron a la lucha central, los defensores no pudieron resistir más y en la quinta hora se batían en retirada.

En el interior, el mariscal Rythen bramó las órdenes pertinentes y todos se pusieron en marcha inmediatamente. Aunque también con más dificultades de la previstas, las tropas del interior aprovecharon la sorpresa para sobrepasar a la legión apostada en la ciudad y a la guarnición enemiga, y consiguieron hacerse con el control de las puertas, a través de las que empezaron a acceder las tropas de Tarkal, ya con signos visibles de agotamiento en sus rostros.

Las escaramuzas urbanas se prolongaron hasta el atardecer, pero finalmente las tropas leales lograban expulsar a la legión y la guarnición enemigas al otro lado del río, y aislar la ciudadela donde se encontraba Dorias con unos trescientos efectivos. En el proceso, muchos guardias que habían sido fieles a Dorias juraron de nuevo lealtad a Ayluras y Eudorya, engrosando así un poco más las filas de Ilaith.

Un poco antes de la pacificación, la colina del noreste había sido ocupada ya por la legión de Mervan. Los de Undahl, que habían puesto en marcha ya dos legiones desde el sur hacia el norte, decidieron detener su avance y tomar de nuevo posiciones de asedio, lo que Yuria juzgó como un error, pues si en ese momento hubieran atacado, no estaba segura de que sus tropas hubieran resistido al agotamiento. A no ser que estuvieran esperando refuerzos...

La noche les concedió un más que merecido descanso.

El día siguiente, en un calma tensa, se decidió llevar a cabo una nueva sesión de la Asamblea. En el Hemiciclo, Ilaith declaró el estado de guerra; la noche anterior había convencido por fin a Adhëld y también a Ladris de la necesidad de sus tropas, con la ayuda de Galad y Meravor. Por supuesto, Wontur Serthad interrogó a Ilaith acerca de cuál eran sus intenciones para con los principados rebeldes (y los no rebeldes); la princesa anunció que Undahl sería anexionado sin duda, y el resto habría que decidirlo. Ilaith asumió el mando de comandante en jefe de los ejércitos de la Confederación, y los presentes votaron afirmativamente; la leve sonrisa de la nueva gerente y comandante mostraba lo satisfecha que se sentía.

El propio carisma de Ilaith y la visión de las tropas aclamándola bastó para que se desatara una oleada de habitantes de la ciudad (al menos de la parte oriental) que se incribían para formar parte de su contingente. Yuria frunció el ceño, pensando que lo mismo debía de estar sucediendo en alguna otra parte, pero a la inversa.

La siguiente mañana les despertó un ligero tembló de tierra, acompañado de un estruendo a lo lejos. Al asomarse a las murallas del sur de la ciudad, la visión les sobrecogió. A la luz del amanecer, un mar de jinetes bajaba por las llanuras del valle del Malvor hacia Eskatha. Según les informaron, eran jinetes de Semathâl, "bárbaros" del sur que adoraban a los caballos. Sin duda eran decenas de miles, claramente aliados con Undahl y sus secuaces. Ahí estaban los refuerzos.

El gabinete de crisis se reunió rápidamente. Ilaith anunció que enviaría emisarios para celebrar una reunión con los comandantes del ejército enemigo y ver si podían ganar algo de tiempo. Mientras se encontraban reunidos, al menos llegó una buena noticia: el príncipe Nercier de Mervan había despertado por fin de su extraña enfermedad.

Un par de horas después, sonaron cuernos en el noreste: las dos legiones de Korvan habían llegado por fin y tomaban posiciones al lado de la legión de Mervan. Comparadas con el número de jinetes sureños eran una pequeña fracción, pero todo apoyo era bienvenido.


miércoles, 20 de marzo de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 24

La Asamblea de Eskatha (XII). Nueva Gerencia.
Los guardias de la guarnición que habían irrumpido hacía un par de horas en el Hemiciclo desenvainaron sus armas, mirándose inseguros. El que había sido su capitán hasta hacía pocos días, Ayluras, se encaró a ellos como pudo, dado su estado. Sus palabras no surgieron con la fuerza que habría pretendido y Eudorya tampoco pudo ayudarlo en demasía, un poco sobrepasada por la situación.

Aproximadamente un tercio de los guardias de la sala (una docena o poco más) fueron afectados por las palabras de su antiguo capitán y de la hija de Gisaus Athalen. Los otros dos tercios aprestaron sus armas y corrieron para hacer frente a los recién llegados.

Desde las filas de la delegación de Nimthos, Rakos Ternal gritó "¡NO!", pero el minotauro Hrarrh'Snagh no pudo contenerse; se había levantado, y con un rugido saltó por encima de los estrados; sus pezuñas resonaron al subir por la escalera central directo hacia Daradoth. El elfo, aunque impresionado, esbozó una medio sonrisa, mirando de reojo las runas incrustadas en su espada. Mientras los ástaros Dûnethar y Cirantor, el propio Ayluras, Symeon y Taheem se encaraban a los guardias que llegaban por los costados, el elfo hizo uso de sus poderes sobrenaturales y saltó. Sobrepasó las astas de Hrarrh'Snagh y sin apenas tocar el suelo, le asestó un mandoble. El muslo del mastodonte recibió un tajo que le hizo tambalearse y sangrar profusamente.

Dorias gritaba, desgañitándose intentando que los guardias que no habían reaccionado intervinieran. Ilaith le gritó a su vez para acallarlo, y la propia facción del príncipe de Nímthos consiguió hacerlo callar, mientras algunos de ellos se ponían a salvo.

Galad corrió a conseguir una espada de los ujieres, junto con Khain Malavailos y la paladín de Olara, Aznele Erevan. Yuria echó mano de sus pistolas y se dirigió a trompicones al pasillo central, mientras veía con desesperación cómo la elfa oscura Helitzzë (o quizá su hermana gemela, pues Daradoth le había asegurado que había abatido a la elfa en la ciudadela) se dirigía a su vez hacia su amigo como una exhalación esgrimiendo el extraño objeto que siempre portaba y que parecía causar un dolor insoportable. Disparó, acertando a la elfa en un hombro y una pantorrilla, pero esta no pareció ni siquiera percibir las heridas. En breves segundos llegó a la espalda de Daradoth, y tocó su nuca con el objeto cilíndrico. El elfo se desplomó, abrumado por el dolor, dejando caer su espada.

Los dos ástaros ya se encontraban heridos y Symeon acorralado esgrimiendo su bastón cuando Galad, Khain y Aznele llegaron en su ayuda, aliviando un poco su situación. Entre las delegaciones cundía el caos mientras unos se esforzaban por conseguir un arma y otros por ponerse a salvo. Yuria llegó muy pocos segundos después a la espalda de la elfa oscura esgrimiendo su  talismán de kregora; el efecto del aro negro sobre Helitzzë fue instantáneo: al tocarla con él cayó fulminada al instante, mientras el extraño sonajero apagaba su brillo verdoso y el minotauro recuperaba el equilibrio, aturdido. La mirada del coloso astado se cruzó con la de Yuria, y esta, temiendo un posible ataque, echó mano de la espada de su amigo elfo. "¡Por Daradoth!" —gritó, descargando un mandoble con todas sus fuerzas sobre el minotauro, que acto seguido rodó por las escaleras malherido. Rakos y su delegación miraron a la ercestre con una furia apreciativa, mientras Ilaith y las delegaciones aliadas intentaba distraer la atención de todo el mundo.  Las campanas del hemiciclo comenzaron a tañir por orden de Dorias, llamando a más tropas al Hemiciclo, pero Ilaith hizo uso de toda su autoridad y pronto los ujieres detenían el toque de alarma.

Los maestros de esgrima Khain y Taheem abrieron pronto un hueco a su alrededor y ponían a los guardias a la defensiva, mientras Galad y Aznele brillaban envueltos en el poder de sus dioses e intimidaban a los más cercanos. Tras unos minutos se llegó así a un punto muerto en el que tanto Ayluras como Ilaith como Dorias como Racos gritaron órdenes y consignas. Finalmente, Eudorya subió al estrado y sobreponiéndose a la inseguridad provocada por su juventud y su falta de experiencia, consiguió convencer a más o menos la mitad de los presentes de que su tío no era sino un loco arribista que no merecía su lealtad. Contó cómo la había encerrado en los calabozos sin ningún motivo, y el encarcelamiento y tortura de Symeon y los ástaros. Tras un par de horas de tensión los guardias salieron del gran salón, se atendió a los heridos y los ujieres recuperaron el control del cónclave. Con Eudorya sentada en el extremo opuesto a Dorias de la delegación de Nímthos, el ujier decano anunció que la sesión del día siguiente sería dedicada exclusivamente a la elección de un nuevo gerente, de modo que volviera a existir una figura que impusiera un poco de cordura en todo aquel caos. Todo el mundo se retiró en un silencio sepulcral.

Al salir, las tropas de la plaza se notaban tensas y enfrentadas. Habían llegado más tropas al toque de las campanas, y los tenientes debatían acaloradamente. Eudorya y Ayluras intentaron apaciguar los ánimos, y consiguieron convencer a una parte más de la guarnición para dejar de apoyar a Dorias. Más o menos la mitad de las tropas presentes acompañaron a Eudorya hasta la sede de Nímthos (Dorias se alojaba en la ciudadela), dejando clara su lealtad.

De madrugada, alguien despertó a Yuria y a los demás, informando de que las puertas se habían abierto y había entrado una legión en la ciudad. Poco después, los heraldos decretaban el estado de sitio en Eskatha. En tiempo récord, la legión y la guarnición fiel a Dorias tomaron posiciones en las plazas y esquinas clave de la ciudad, para controlar a los transeúntes. Las puertas se cerraron y las torres de vigilancia recibieron órdenes de abatir cualquier ave mensajera no autorizada. Por suerte, Tarkal contaba con el búho de ónice de Daradoth. Dieron órdenes de que las legiones se pusieran en marcha y tomaran posiciones en el noreste de la ciudad, atacando si era necesario a las tropas enemigas apostadas allí.

En una calma vigilante, las delegaciones se reunieron de nuevo por la mañana en el Hemiciclo, dispuestas a elegir a su nuevo gerente. Todos rebulleron intranquilos cuando se reveló la no comparecencia de las delegaciones de Undahl, Trapan y Mírfell. Nímthos acudió sin su príncipe encabezándola, y con sus miembros separados por su lealtad a Dorias o Eudorya.

Después de un enervante discurso de Ilaith dando cuenta de la situación y lo insostenible que se estaba haciendo, se produjo la votación pues nadie quiso tomar la palabra para apoyarla o rechazarla. Aun faltando tres delegaciones y con otra sin poder votar (Mervan) por la enfermedad de su príncipe, la elección del gerente requeriría de una mayoría contra el total de principados, es decir, al menos siete votos a favor. Armir votó en contra. La propia Tarkal, Korvan,  Ëvenlud, Ladris, Krül y Bairien votaron a favor. Faltaba uno y no creían poder conseguirlo. Sin embargo, contra todo pronóstico, Adhëld emitió su voto a favor. Al parecer, el príncipe Wontur Serthad no aprobaba lo que estaba sucediendo bajo el liderazgo de Undahl, y había cambiado su apoyo. Todos suspiraron, aliviados. El ujier decano proclamó a Ilaith nueva gerente de la Confederación, y le dio la palabra. Normalmente, las campanas habrían sonado anunciando la noticia, pero por petición expresa de la princesa se mantuvieron en un discreto silencio para no provocar posibles reacciones de sus enemigos.

Ilaith agradeció los apoyos y declamó un breve discurso en el que aludía a la necesidad de tomar medidas drásticas en el futuro inmediato. Algunos aplaudieron, otros permanecieron expectantes. Tras el discurso y la entrega de la vara de mando por parte de los ujieres, se produjeron las habituales charlas informales de felicitación y agradecimiento. En una de las charlas, pudieron reunirse con cinco de los comerciantes de Nímthos que habían acudido al Hemiciclo a pesar de ser fieles a Dorias. El buen hacer del grupo (y de Meravor) pareció convencer a varios de ellos de la conveniencia de apoyar a Eudorya, aludiendo veladamente al apoyo que le prestaba Bairien y el resto de delegaciones alineadas con Ilaith. Con ellos, Eudorya tendría los apoyos suficientes para proclamarse princesa de Nímthos, pero habría que tratar aquello más en profundidad los días siguientes.

Progerion también tomó la palabra para felicitar a Ilaith y revelar el progreso que había tenido Tarkal en los últimos años. No albergaba dudas de que este era ahora el principado, si no el más rico (de lo cual albergaba solo dudas por el comercio de kregora de los principados occidentales), sí se había convertido en el más poderoso, y como tal habría que reconocerlo en una sesión posterior. Murmullos se alzaron por doquier por las palabras del príncipe, pero ni Ilaith ni Delsin parecían preocupadas; seguramente aquello respondía a sus planes y les beneficiaría haciendo que los demás principados se lo pensaran dos veces antes de cuestionar su autoridad.

Contar con prácticamente la mitad de la guarnición oriental (y el apoyo de siete principados) les daba la tranquilidad necesaria para salir a la plaza y volver a sus sedes sin temor a ser arrestados. A pesar de que los soldados fieles a Dorias los miraban con recelo, los príncipes no tuvieron problemas para volver a sus respectivos complejos en espera de la sesión del día siguiente, donde Ilaith, ya como gerente, plantearía los siguientes pasos a dar.

Poco después se enterarían de que las delegaciones que no habían asistido al hemiciclo habían abandonado la ciudad de madrugada; ello, unido al acantonamiento de Dorias en la ciudadela, parecía evidenciar que todo se encaminaba al conflicto y al uso de la fuerza...


miércoles, 6 de marzo de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 2 - Capítulo 23

La Asamblea de Eskatha (XI). La tensión aumenta.
La siguiente mañana transcurrió con una actividad frenética, con la ciudad alborotada por la llegada de las tropas que habían rodeado la ciudad. Los mensajeros y observadores de Yuria y Loreas averiguaron en cuestión de pocas horas la localización y número de las tropas recién llegadas: unas tres legiones de la Sombra habían tomado posesión del río y de las colinas del sur, y tres legiones más del propio principado de Nímthos estaban tomando posiciones al este (1) y al oeste (2).  En algún momento de la jornada, Rakos Ternal y su séquito hicieron una entrada triunfal a la ciudad por el río a bordo de una barcaza, dejando claro su dominio de la ruta fluvial.

Todas las delegaciones se visitaron unas a otras, atropelladamente. Más o menos a mediodía, las delegaciones de Krül y Korvan dejaron a un lado la discreción para visitar abiertamente la sede de Tarkal y dejar clara su alianza. Además, de una forma más discreta, también acudieron los representantes esthalios con el resto de la delegación de Mervan. Organizaron un cónclave y por supuesto estrecharon sus lazos. Karela Cysen enviaría la noche siguiente un mensajero a bordo de una de sus naves más veloces para poner en marcha a las dos legiones que tenía listas en puerto. Calculaba que podrían estar allí en un plazo aproximado de tres días, si podían esquivar el más que probable bloqueo marítimo de Eskatha.

Discutieron también sobre la conveniencia de revelar su alianza con Bairien. Eso les haría más fuertes, pero pondría todas las cartas sobre la mesa. Decidieron esperar un poco más.

Otro punto crítico para sus objetivos era conseguir la lealtad de la guardia de la ciudad. Pero estaban a ciegas en lo que respectaba a los paraderos e intenciones de los capitanes. Symeon decidió ausentarse y, disfrazado, comenzó a hacer averiguaciones sobre el capitán de la guarnición oriental, Ayluras. Sus pesquisas le llevarían toda la tarde. Por fin, al caer la noche, en una taberna de la parte baja descubrió que el nuevo capitán, el capitán Velyas (que escasamente un par de días antes ostentaba el rango de teniente), había dado orden bajo el mando de Dorias Athalen de deponer y apresar a Ayluras. El antiguo capitán se encontraba ahora en los calabozos de la ciudadela. Symeon sonrió, satisfecho, pero no se había dado cuenta de que tantas horas habían pasado factura a su disfraz. Su bigote y perilla postizas se habían despegado, y la mala suerte hizo que algunos guardias lo reconocieran. Notó cómo una mano apretaba su hombro desde detrás, y entendía a duras penas las palabras en demhano que profería el guardia que le amenazaba. Intentó escapar haciendo uso de su agilidad, pero el número de guardias era demasiado, y consiguieron que diera con sus huesos en el suelo. Lo ataron, y de malas maneras lo llevaron hacia la ciudadela.

Una vez allí, lo condujeron a una sala cerrada donde tras pasar unos pocos minutos fuertemente custodiado (liberado ya de sus ataduras gracias a sus habilidades y evaluando si debería enfrentarse a sus custodios), aparecieron el capitán Velyas y Helitzzë, la elfa oscura compañera de Rakos Ternal que lucía el extraño objeto parecido a un sonajero alargado en su cinto. Tras un breve intercambio de palabras (la elfa hablaba alguno de los idiomas que entendía el errante), a Symeon le fue administrada una droga que lo dejó inconsciente.

Mientras tanto, por la tarde había llegado a la sede una notificación de los ujieres por la que convocaban la continuación de la asamblea al día siguiente.

Por su parte, Daradoth se encontró por la noche con Progerion, y discutieron sobre la conveniencia de revelar la alianza Bairien-Tarkal. Finalmente decidieron esperar aún un poco más, creyendo que mantenerlo en secreto sería más ventajoso que reverlarlo.

Llegó la mañana y Symeon seguía sin aparecer, como hizo notar Galad bien temprano con semblante preocupado. Poco después, los informantes de Ilaith dieron la información de que el errante había sido conducido a los calabozos de la ciudadela por la guardia de la ciudad. Asimismo informaron de que tanto Eudorya como el (antiguo) capitán Ayluras también se encontraban encerrados allí. Se reunieron de nuevo con carácter de urgencia y se decidió que Daradoth intentaría infiltrarse en la ciudadela mientras el resto acudía al Hemiciclo para continuar la asamblea.

En el gran edificio de reuniones no tardaron en formarse dos bloques bien diferenciados: por un lado Undahl, Nímthos, Mírfell, Trapan y Armir (¡¡¡sin Jasireth Derthad en la delegación!!!); y por otro Tarkal, Korvan, Krül y, sorpresivamente, Ëvenlud. El resto de principados mantenían una prudente equidistancia. Seguían con la duda de si revelar el apoyo de Progerion o no. La delegación de Ëvenlud, por cierto, fue la última delegación en llegar; Dyan Kenkad mostraba signos del remanente de su enfermedad, pero verla llegar visiblemente recuperada hizo rebullir incómodamente a la delegación de Undahl. Los ujieres explicaron que la delegación de Mervan tendría opinión, pero no voto, debido a la ausencia de su príncipe por enfermedad; así se recogía en los estatutos, que solo contemplaban su sustitución en caso de fallecimiento; nadie se había preocupado de cambiarlos en decenios, y muchos protestaron pero de forma inútil. Ernass repasó rápidamente los libros de leyes y afirmó con la cabeza.

Con mucho cuidado y con el uso de sus habilidades arcanas, Daradoth se dirigió hacia la fortaleza. En el camino, vio cómo unos cincuenta efectivos de la guardia de la ciudad habían tomado posiciones en la puerta de la sede de Tarkal (consiguió esquivarlos no sin dificultad), y también pudo notar que en la plaza ante el Hemiciclo se había congregado también un número considerable de guardias. No obstante, no tenía tiempo que perder: aprovechó la salida de una unidad de la guarnición para colarse por las puertas de los tres bastiones. Una vez en el pequeño edificio de los carceleros mató a uno de ellos y bajó por las escaleras que daban acceso a los calabozos; allí se encontró con otro de los carceleros (le habían dicho que normalmente eran tres los que hacían guardia), que le amenazó con la antorcha y un cuchillo y a quien también tuvo que matar. Las runas enanas talladas en la espada de kuendar que Ilaith le había regalado destellaban con cada golpe a sus enemigos, y sin duda probaba ser un arma de lo más efectiva: allí donde la espada golpeaba a sus enemigos, parecía infligir graves quemaduras.

Transcurrieron unos angustiosos minutos entre el pobre alumbrado de las antorchas, la humedad y la estrechez de los pasillos y los bajos techos. Finalmente, Daradoth dio con la celda de Eudorya y abrió el pasador que la encerraba; la muchacha estaba débil, pero viva, y agradeció la ayuda del elfo para empezar a caminar. La dejó en un rincón seguro y se adentró en los pasillos; no tardó en oir gritos en un tono conocido: sin duda era Symeon, sufriendo. Se asomó a la esquina y pudo ver a dos figuras ante la puerta de su celda: dos elfos oscuros, uno de ellos luciendo un extraño artefacto en su cinturón, distinto al de Helitzzë, pero de factura parecida. Haciendo uso de sus capacidades, se acercó a ellos sigilosamente y sin ser detectado. Afortunadamente, allí el pasillo se hacía más ancho y pudo hacer uso de sus habilidades de Esgrima: ambos elfos oscuros fueron sorprendidos por varias estocadas rapidísimas a las que apenas pudieron contestar. En cuestión de segundos, ambos enemigos yacían abatidos en el suelo, uno con medio brazo cortado y otro con una herida mortal en la cabeza.

La puerta de la celda se abrió, y como un vendaval apareció Helitzzë, con su extraño artefacto en la mano, esgrimiéndolo contra Daradoth. No pudo hacer mucho contra la destreza del elfo y su flamante espada, que pronto hería mortalmente a la adepta de la Sombra. Symeon tenía un aspecto horripilante: sangraba por la nariz y la boca, lágrimas habían resbalado por su rostro ensangrentado, y era presa de ligeras convulsiones que afortunadamente remitieron pronto. Daradoth lo sacó de allí, dejándolo junto a Eudorya, que se apresuró a darle los cuidados que pudo. Unos minutos más de búsqueda revelaron el paradero no solo de Ayluras, sino también de los ástaros Dûnethar y Cirantor, que según le explicaron, habían sido encarcelados por orden de Dorias. Sus palabras revelaban un profundo rencor. Ayluras, por su parte, había sido encerrado junto a delincuentes comunes y había recibido una paliza que lo había dejado en una condición penosa. Tendrían que darle cuidados intensivos.

La salida no podría ser igual que la entrada, pues ahora eran cinco personas y no podrían pasar inadvertidos. Pero desde la casa de los carceleros Eudorya pronto reconoció al encargado de las perreras, Donethas. El hombre ya entrado en años, que la adoraba desde niña, pronto comprendió la situación y les proporcionó ropajes discretos con los que podrían salir entre los sirvientes al exterior. Con su ayuda no tuvieron más problemas, y los cinco se ponían pronto en camino hacia la sede de Tarkal.

Más tarde, Symeon les explicaría que mientras había estado encerrado se había visto a sí mismo en el Mundo Onírico presa de dolores insoportables que anulaban su voluntad, y que en un momento dado habían aparecido once figuras que habían impuesto sus manos sobre él, provocando un efecto extraño. Ya más tranquilo, Symeon encontraría después una explicación para aquello: sin duda, las figuras estaban intentando aumentar de alguna manera la Sombra de su ser, convirtiéndolo a su causa. Al despertar, tendría los mismos síntomas de la extraña enfermedad que había afectado a los nobles esthalios y a varios príncipes comerciantes, aunque con una intensidad mucho más suave; eso les reveló lo que debía de haber sucedido en los sueños de toda aquella gente (y con Robeld de Baun).

En el Hemiciclo, la sesión se prolongó durante horas. Acusaron a Ilaith de todos los males que acuciaban a la Confederación, y Rakos Ternal incluso pidió su detención en un momento dado. De hecho, la guardia de la ciudad incluso abrió las puertas del edificio e irrumpió en la asamblea. Invocando un oscuro artículo de las leyes de la Confederación, Rakos propuso su instauración como Dictador para superar la crisis. Todos se miraban, preocupados por la propuesta y la fuerza que le daba la guardia de la ciudad, armados dentro del hemiciclo, algo sin precedentes. Por supuesto, hubo objeciones y contraobjeciones que duraron horas; Rakos era un hombre tranquilo, pero llegó un momento en el que comenzó a perder la paciencia visiblemente.

Llegó el momento de votar el nombramiento de Rakos como dictador. Mírfell, Nímthos, Adhëld (después de que el príncipe Wontur lo evaluara muy concienzudamente), Armir, Trapan y Undahl. Seis votos. En contra votaron Tarkal, Krül, Ëvenlud y Korvan. Cuatro votos. Y faltaban por votar Ladris y Bairien. Cuando el príncipe Progerion se levantó para emitirlo, un revuelo en el exterior llamó la atención de todos. Gritos y ruidos parecían estar agitando a la guarnición aprestada en la plaza del exterior. Pocos minutos después, irrumpían en el Hemiciclo Daradoth, el capitán Ayluras (con un aspecto que impresionó a los presentes), Eudorya y Symeon, acompañados de parte de la guarnición de Tarkal. El capitán y Eudorya habían dividido a los guardias del exterior, ganándose el favor de la mayoría, que les había granjeado el acceso al gran salón. Entre el murmullo que se propagó en la sala, Dorias se levantó, gritando:

 —¡GUARDIAS! ¡Apresad a estos intrusos y cargadlos de cadenas!