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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

viernes, 27 de septiembre de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 5

La Revolución de Dársuma
A bordo del Empíreo, el capitán Suras, la navegante Egrenia y la propia Yuria condujeron con seguridad al grupo compuesto por una veintena de personas a través de la frontera con el Imperio Vestalense, la marca de Arnualles, el Gran Estuario del Káikar, el propio Imperio del Káikar y las extensas praderas de las Tierras Libres hasta llegar a la vista de Dársuma, la capital del distrito de Darsia, uno de los seis "países" del homónimamente llamado Pacto de los Seis.

A instancias de Symeon buscaron un lugar seguro donde descender, a unos treinta kilómetros al este de la ciudad, dirección desde la que ellos llegaban. El errante localizó una especie de corona de colinas entre las que se encontrarían a buen resguardo. Daradoth confió a continuación el búho de ónice a Suras, con instrucciones de alejarse hasta la estribación más septentrional del los montes Dratios, que se encontraban a unos cien kilómetros más al este. Debería estar alerta para acudir urgentemente al punto que le indicaran en cuanto recibiera la orden de recogerlos.

Así, a resguardo y arrullados por una fina lluvia pasaron la noche Galad, Symeon, Daradoth, Yuria, Taheem, Faewald, y los ástaros Dûnethar y Cirantor. Por la mañana emprendieron el camino a pie hacia Dársuma, la populosa ciudad que por lo que habían visto la noche anterior, se extendía a lo largo de muchos kilómetros sobre el delta del caudaloso río Essel.

El Pacto de los Seis
Kilómetros y kilómetros de granjas y tierras de cultivo se extendían ante los ojos de los compañeros, a los que pronto llamó la atención la evidente ausencia de trabajadores en la cosecha otoñal. Aquí y acullá podían ver figuras aisladas, casi todas ellas mujeres o ancianos.

Pasado el ecuador del camino remontaron una loma y no tuvieron más remedio que detenerse. Allá a lo lejos, en un nivel más bajo, se podía divisar ya el mar, el enorme delta y la ciudad, y desde esta se alzaban al cielo una multitud de columnas de humo. Se miraron, preocupados. Aquel humo no había estado allí cuando habían sobrevolado la zona el anochecer del día anterior. Se habían mantenido a una altura segura, como siempre, pero algo así no les habría pasado desapercibido. Decidieron acercarse a preguntar a la primera mujer que vieron cercana realizando sus tareas en un maizal. Dûnethar, Galad y Symeon se acercaron a ella, y el ástaro llevó el peso de la conversación, dado su mayor dominio del idioma lândalo. Symeon y Galad pronto notaron que la mujer se mostraba hostil ante el recio oficial del pacto, y el paladín poseía los suficientes conocimientos del idioma para notar que Dûnethar dejaba translucir un deje despectivo hacia ella. A los pocos instantes de conversación, la mujer espetó algo y se alejó, dejando al ástaro con la palabra en la boca.

Consternado, Dûnethar les comentó que al parecer, había estallado una revolución en la ciudad, y posiblemente en otros puntos del Pacto. La mujer había dicho que "pasó lo que tenía que pasar, mi señor, el pueblo por fin se ha levantado contra vuestra estirpe". Acto seguido, tuvo una breve conversación en la que al grupo le quedó bastante claro que en el Pacto, la raza de los ástaros ocupaba una posición más alta que aquellos que ellos llamaban los "mestizos" o los "comunes". Las palabras de Dûnethar o de Cirantor no dejaban traslucir exactamente rencor o desprecio al describir aquella situación; simplemente, así era como debían ser las cosas según ellos, al menos dentro de las fronteras del Pacto. El caso es que todos los hombres capaces de empuñar un arma habían dejado sus herramientas y oficios y habían acudido a Dársuma a participar en la revolución. Aquello era sin duda un imprevisto sumamente peligroso para el futuro de Aredia. Decidieron continuar camino.

Pasados un par de kilómetros divisaron por primera vez un grupo de gente, reunida en la puerta principal de una casa cercana al camino. Daradoth se acercó con precaución, ocultándose entre el maíz y permaneciendo a una distancia considerable. El grupo estaba formado por una mujer, un niño, una pareja de ancianos, y cuatro hombres armados con tres hachas y una espada; todos se encontraban cariacontecidos alrededor del cuerpo sin vida de otro hombre, al que la mujer y el niño lloraban desconsolados. Los hombres armados intentaban reconfortarlos, sin éxito. A todas luces, una víctima del conflicto que debía de haber asolado la ciudad la noche anterior.

Cuando Daradoth vio cómo un grupo numeroso de hombres se acercaba por el camino desde la ciudad, decidió volver con sus compañeros, y todos ellos se mostraron de acuerdo en volver a la corona de colinas. Convocaron allí al Empíreo y tras descansar de la caminata por la noche, sobrevolarían al amanecer la ciudad para poder reconocer el terreno con seguridad. Y así lo hicieron; con el despuntar del alba remontaron el vuelo y en poco más de media hora ya sobrevolaban la ciudad.

Lo primero que pudieron ver (desde una altura tremenda, como siempre con Daradoth mirando a través del catalejo ercestre) fue una agrupación enorme de gente acampada alrededor de la posada que presidía la entrada a la ciudad desde el camino que habían recorrido el día anterior. Otra multitud se congregaba en la que parecía la plaza central, y grupos parecidos se apostaban en las entradas del norte y el noroeste. La lluvia que había caído toda la noche y que continuaba a aquella hora había apagado los fuegos y había disipado el humo, pero Daradoth pudo ver los restos de los destrozos que en varios barrios habían dejado los enfrentamientos.

En el puerto había dos barcos de guerra: uno de ellos estaba humeando y el otro se encontraba inmóvil. Dentro de la ciudadela en la parte alta de la ciudad había un pequeño contingente, que parecía haberse encerrado, pero que a ojos de Yuria era a todas luces exiguo para defender aquella fortificación. Decidieron descender sin perder más tiempo, ya sin importarles las miradas indiscretas. Pocos segundos más tarde la figura del dirigible bajaba sobre el patio de armas, donde varios ballesteros habían tomado posiciones, prevenidos contra posibles enemigos. Con una sábana haciendo las veces de bandera blanca y con Dûnethar presentando al grupo como aliado, pocos minutos más tarde eran recibidos por un militar que se presentó como el general Ardamâth. Dûnethar y Cirantor se cuadraron ante él, presentándose como capitanes del distrito de Galmia. A continuación presentaron al resto del grupo como valiosos aliados, y mencionaron la carta que traían desde Svelên destinada al rey Anerâk. Tras una mirada apreciativa del general, este les invitó a acompañarle al interior del palacio.

Media hora después eran recibidos por su majestad en la austera Sala del Trono. Después de la pompa y el boato de la corte Sermia, aquello a duras penas parecía una sede real, pero pronto dejaron atrás estos pensamientos para centrarse en los asuntos importantes. Tras las habituales expresiones de sorpresa y halago por la honra que suponía la presencia de un elfo de Doranna, lo primero que hicieron fue entregar la carta de Phâlzigar al rey Anerâk. A medida que la fue leyendo, este se mostró más y más consternado, pues como les explicó después, prácticamente todo el ejército había tenido que partir hacia el norte para participar en la inminente guerra contra el Cónclave, y como habían podido apreciar los pocos que quedaban apenas bastaban para contener a la turba levantisca.

Eso les llevó al asunto de la rebelión. Por lo que les explicó Ardamâth, los "comunes" y los "mestizos" reclamaban derechos que era imposible concederles, como la plena ciudadanía y la equiparación de impuestos con los ástaros; ello había llevado a aquella "chusma" ingrata a intentar conseguir los derechos por la fuerza. Pero lo que habían hecho la noche anterior no era algo que se pudiera conseguir sin un mínimo de organización y conocimientos de logística; y quizá también algo de dinero. Por eso, les transmitió sus sospechas de que la plebe no se encontraba sola en aquel asunto, tenían el convencimiento de que había gente del káikar infiltrada coordinándolos, y además debían de tener apoyos de algunos nobles y terratenientes. Y el más sospechoso de todos ellos era sin duda un tal lord Ginathân. Este era un duque acaudalado de alto rango que algunos meses antes había mostrado su intención de casarse con ¡una errante! Symeon rebulló, algo incómodo, pues había ocultado su verdadera condición para evitar problemas. El caso es que el Consejo de Pureza de Darsia había prohibido expresamente aquel matrimonio (más tarde les explicarían que el Consejo de Pureza velaba por la preservación de la pureza de la sangre ástara, y que los matrimonios con "comunes" estaban prohibidos, mucho más con aquellos llamados errantes), y el loco de Ginathân había hecho caso omiso de la prohibición. Al parecer, había perdido la cabeza por aquella mujer y había llevado a cabo el matrimonio asumiendo las consecuencias: su destitución, despojo de bienes y exilio. Pero muy oportunamente antes de que se hubiera dictado la sentencia había estallado aquella revolución... tenían serias sospechas de que había colaborado en su consecución.

La situación era desesperada, y el rey pidió a Daradoth (asumiendo que era el líder del grupo dada su raza) que utilizaran aquel maravilloso ingenio volador que habían traído para alertar a la última columna del ejército que había partido hacía una semana escasa de que volvieran a Dársuma para poder controlar la situación. El grupo aceptó ayudar al monarca del Pacto, pues aunque algunos de ellos no comulgaban con las ideas de aquella sociedad, era la única forma que veían de que el Cónclave y la Sombra no tomaran ventaja en el norte. Así que esa misma noche partieron bajo una fina lluvia en busca del ejército más rezagado. En media jornada llegaban a la vista de la columna que avanzaba por la calzada hacia el norte. Tras entregar la carta que les había dado el rey, el comandante se puso al frente de la mitad de su contingente y emprendió el camino hacia el sur, a marcha forzada.

Una vez conseguido aquel objetivo, el grupo decidió dirigirse hacia la casa solariega del tal lord Ginathân e investigar un poco los alrededores para ver si podían confirmar las sospechas de los páctiros. Lo primero que les llamó la atención y puso los ojos de Symeon como platos fue ver que una caravana de errantes acampaba en los aledaños de la casa fortificada. Al este de la casa se alzaba una población de tamaño considerable, y una pequeña multitud se concentraba en los alrededores. Por otro lado, había un tráfico continuado de jinetes que iban y venían desde el complejo en diferentes direcciones.

Descendieron a una distancia prudencial, y Symeon y Galad se acercaron por la parte de la caravana de errantes. En el camino vieron cómo grupos de guardias y de soldados (varios de ellos de raza ástara) se encontraban adiestrando a civiles en combate y tiro con ballesta; aquel hecho, unido al continuo trasiego de jinetes, dejaba pocas dudas de la implicación de Ginathân en los hechos violentos de la capital.

La caravana era bastante numerosa: la componían más de una cincuentena de carromatos pintados con los vivos colores habituales de los Buscadores, y Symeon, reconfortado por la presencia de sus congéneres, no tardó en presentarse a varios de ellos. Las mujeres les sonrieron cálidamente y no tardaron en ofrecerles pasteles y bollos calientes, que Galad intentó aceptar más de una vez, pero tuvo que rechazar a instancias de Symeon, que murmuró que "debían mantenerse alertas"; ahora que lo mencionaba, Galad notó que se encontraba un poco distinto, algo mareado y eufórico. Continuó rechazando pasteles, a su pesar.

Pocos minutos después, Symeon y Galad eran presentados al afable anciano pastor de la caravana, que se presentó como Zavran. Este, junto con otros cuantos ancianos, les invitó a un riquísimo tabaco fumado en pipa (que mareó un poco al paladín) y no tardó en confirmarles que efectivamente, lord Ginathân se había casado con una mujer de su caravana, bella y candorosa, llamada Somara.

 —De lo único que me arrepiento de todo esto —dijo el anciano, mirando al cielo—, es de esos diez muchachos que han dejado la caravana para servir en las filas de la guardia de Ginathân.

Symeon se atragantó con el  humo del tabaco y tosió profusamente. Expresó su sorpresa por la noticia, pero no pudo sino empatizar con aquellos diez chicos; tiempos difíciles se acercaban, y el pacifismo extremo de los errantes no parecía ser la mejor opción para afrontarlos. Prefirió cambiar de tema, y preguntó a Zavran si se habían incorporado a su caravana errantes procedentes del Imperio Vestalense; para su sorpresa, el anciano contestó afirmativamente. 

Inquieto por visitar a los errantes procedentes de vestalia, Symeon recomendó a los ancianos que se plantearan seriamente alejarse de allí para evitar el derramamiento de su sangre y acabó la conversación un poco precipitadamente. Tras preguntar a Zavran dónde podía encontrar a los errantes recientemente incorporados, se dirigió hacia los carromatos que este le indicó, seguido por Galad.

El corazón de Symeon dio un vuelco cuando entre un grupo de muchachos, reconoció un rostro familiar. Aquella que se encontraba organizando a los críos era ¡su hermana pequeña, Violetha! Corrió hacia ella, con lágrimas en los ojos. Violetha se giró, mirando a aquel extraño bronceado y con elegantes ropajes, y su boca rió y sus ojos se desbordaron cuando reconoció a su hermano y lo abrazó. Largo tiempo volteó Symeon a su hermana, levantándola con un fuerte abrazo, mientras ella hacía llover besos en su rostro. Galad miraba alrededor con media sonrisa, pues un grupo de gente contemplaba la escena, curiosa y alegre a su vez.

Una vez calmados, Symeon se preocupó por la cicatriz que su hermana lucía en el rostro, y ella le explicó que la había sufrido mientras huía de la masacre. Galad les dio espacio, y más tarde Symeon le transmitió su deseo de quedarse allí aquella noche; debía llevarse a su hermana de allí, y lo intentaría mientras ponían en común sus historias. El paladín volvió al campamento para no preocupar a sus compañeros, y la mañana siguiente bajo una fuerte lluvia, Symeon aparecía también allí, acompañado de Violetha, a la que presentó sin tardanza, y que cautivó a todos con su sonrisa y su dulzura.

Se refugiaron de la lluvia en la cabina del dirigible, donde deberían decidir qué hacer a continuación...

martes, 17 de septiembre de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 4

En Doedia. La Disyuntiva de Nirintalath
Largo rato discutieron acerca de la solución al problema de Nirintalath, la peligrosa espada verdemar guardada en Tarkal cuyo espíritu imbuido había dado un ultimátum en el  mundo onírico a Symeon. Finalmente se retiraron a descansar sin encontrar un curso de acción claro, tras declarar el errante que el uso de la kregora sobre el arma podría alterar en demasía al espíritu en la realidad paralela. Por otra parte, él se mostraba convencido de que era capaz de apaciguarla lo suficiente para evitar sus efectos perniciosos; el resto del grupo se miró, preocupados por si aquello era una creencia genuina o que quizá el espíritu de dolor se había infiltrado en los pensamientos de Symeon.

Menarvil I, rey de Sermia
El día siguiente decidieron visitar la Gran Biblioteca de Doedia, el centro de pensamiento más importante en todo el continente, con la intención de pasar allí el máximo número de horas posible y averiguar más sobre los asuntos que se traían entre manos.

Allí los recibieron los Bibliotecarios en la entrada, solicitándoles una identificación. No obstante, el que un elfo y dos Leyendas Vivientes fueran parte integrante de la comitiva, facilitó mucho las cosas en la Antesala. Sendos anillos fueron puestos en las manos de Yuria, Daradoth, Galad, Symeon y sus acompañantes. No hizo falta ser muy avispado para detectar una leve cantidad de poder en los objetos.

Los Bibliotecarios guiaron a Yuria a través de un laberinto de enormes estanterías móviles, mesas, escaleras y montones de pergaminos hasta la sección de Botánica/Exótica/Mítica/Flores, donde pasaría varias horas buscando toda la información que pudiera sobre la flor que habían conseguido hacía ya meses en el Imperio Vestalense y que se conservaba de forma milagrosa (excepto cuando Yuria acercaba su mano a ella, en esos momentos parecía marchitarse rápidamente). No tardaría mucho en encontrar un grabado de la flor en cuestión encabezando unas cuantas páginas escritas en cántico, el idioma de los elfos. Cuando más tarde lo consultó con Daradoth, resultó que el primer párrafo era el que describía su efecto y el resto relataba leyendas relacionadas con la flor. Esta recibía el nombre en cántico de Tannagaeth, y según el texto, se le atribuían propiedades milagrosas capaces de restaurar el alma a los cuerpos recién fallecidos. Tendrían que guardar aquella flor aún con más estima de lo que habían hecho ya.

Galad y Symeon fueron conducidos hasta la remota sección donde el último había estado hacía varias semanas, para seguir buscando información sobre Nirintalath y Églaras, la otra espada que tenían en la cámara de Tarkal y que según algunos autores había empuñado el profeta Ra'Khameer. Galad no podía dejar de pensar en la sensación que había tenido al empuñarla, como si el propio Emmán lo recibiera en su regazo y fuera capaz de hacer estallar el mundo con su Gracia. Dudaba firmemente que aquella espada hubiera sido la herramienta de un infiel. Transcurridas varias horas, el paladín se hizo por fin con un libro que contenía varias menciones a la espada, y comenzó a leerlo hasta que tuvieron que marcharse al anochecer. Lo retomaría el día siguiente.

Irmorë, reina de Sermia
Daradoth, por su parte, consiguió encontrar un libro llamado "Sobre los Caminos del Cuerpo", que le permitiría ahondar más profundamente en su conocimiento de las artes sobrenaturales de la Esencia. No sería fácil, y menos dada las dificultades para el estudio que había tenido siempre, pero si aquello contribuía a que aprendiera cómo evitar otro horrible episodio de posesión como el que había sufrido en Eskatha, valdría la pena el esfuerzo.


Ya bien entrada la tarde, se hizo evidente para los ojos de Symeon que no había ningún libro donde se mencionara a Nirintalath en las estanterías que había visitado previamente. Así que por la tarde se dirigió a los Bibliotecarios de la entrada comentándoles aquel hecho relativamente sorprendente. Los funcionarios le dijeron que necesitarían unas horas para consultar los registros, así que tendrían que volver el día siguiente.

Por la noche, los monarcas sermios organizaron una cena para agasajar a Ilaith y su consejo. La presencia de un elfo de Doranna fue la atracción de la primera parte de la noche. Aparte de eso y las molestias que supuso para Daradoth, el grupo agradeció la experiencia, pues era la primera vez en mucho tiempo que podían disfrutar del solaz de una fiesta. Y vaya fiesta. Los anfitriones y su corte resultaron ser muy agradables. La comida y el vino fueron excelentes; desde luego, los caldos sermios tenían una fama bien merecida. Pudieron disfrutar de unos más que graciosos bufones, de virtuosos bailarines y rapsodas y, por supuesto, de la actuación de los tres bardos de la corte, miembros de las afamadas Leyendas Vivientes; en un momento dado de la noche, Aythera y Harethann se unieron a ellos y los cinco interpretaron a coro la primera parte de la obra épica El Ciclo de las Eras; a pesar de que fue interpretada en sermio y el grupo no entendió prácticamente nada de lo que se decía, las lágrimas asomaron a sus ojos y se hinchieron sus corazones, pues tal era el sentimiento y la emoción transmitida por los bardos. Cuando pusieron punto y final a su actuación, la sensación de vacío se extendió por todos los presentes, que sintieron un nudo en el estómago; la ovación fue unánime. Finalmente la velada tocó a su fin y todos se retiraron a sus habitaciones, unos más serenos que otros.

Tristemente, el día siguiente tuvieron que volver a sus quehaceres. Mientras Ilaith y el resto quedaban en palacio para tratar asuntos políticos, el grupo volvió a la Gran Biblioteca, acompañado de nuevo por los dos Leyendas Vivientes. En el vestíbulo, los biblitecarios informaron a Symeon de que todos los libros por los que había preguntado el día anterior se los había llevado en préstamo un miembro de la Liga del Saber llamado Nuleinn. Hacía aproximadamente una semana desde que se los había llevado. Yuria, por su parte, intentó averiguar algo más sobre el talismán que llevaba al cuello o algún artefacto parecido, pero no tuvo éxito. Galad siguió con la lectura del libro que había dejado la noche anterior y se apercibió de que en uno de sus grabados (que representaba al profeta vestalense luchando contra sus enemigos) la espada que empuñaba Ra'Khameer era ligeramente diferente de aquella que él había empuñado en Tarkal; este hecho le reconfortó, pues se había negado a creer que aquel infiel hubiera podido tener el favor de su dios. El libro contaba cómo la espada había sido entregada al profeta por una manifestación de Vestán, y refería acontecimientos más o menos míticos, pero para  el paladín quedó convencido de que no se trataba de la misma espada.

La desaparición de los libros que mencionaban a Nirintalath y su posesión por parte de un miembro de la Liga del Saber convencieron a Symeon de que debía llevar más allá su investigación. Así que decidió hacer uso de la frase clave que le había confiado el erudito Faheem en el campamento errante del Imperio Vestalense. "Parece que hayan pasado siglos desde aquello" —pensó. Ni corto ni perezoso, insistió en que lo condujeran ante el Gran Bibliotecario Svadar. Y así lo hicieron.

Una vez ante el anciano de luenga perilla, Symeon pronunció, con vehemencia:

 —El pergamino es dorado y plateado para mí —Svadar se quedó inmóvil unos segundos, y su mirada pareció taladrar al errante, que mantuvo su gesto impasible.

 —¿Quién os encargó que me dijerais eso? —inquirió el bibliotecario.

 —Fue un hermano de la Liga del Saber llamado Faheem, ilustrísimo. Lo encontré durante nuestra epopeya a través del Imperio Vestalense —una vez pronunciadas estas palabras, Symeon aprovechó para entregar a su interlocutor el broche de la Liga que había encontrado años atrás.

Svadar, Gran Bibliotecario de Doedia
Svadar agradeció la devolución del broche, y pareció alegrarse de oir buenas nuevas sobre Faheem, que había desaparecido varios meses atrás. Acto seguido, se interesó por aquella "epopeya" que Symeon había mencionado a través de tierras vestalenses, y este le refirió todo su viaje con brevedad pero con la prosa más evocadora de la que fue capaz. Svadar se mostraba cada vez más sorprendido, y el episodio con el ra'Akarah acabó de colmar su asombro.

El bibliotecario tuvo ocasión de confirmar las palabras de Symeon con el resto de miembros de su grupo, y sentirse honrado a su vez por darle la oportunidad de conocer a uno de los míticos elfos de Doranna. Si le quedaba alguna duda sobre la veracidad de las palabras de Symeon, se despejó cuando Daradoth corroboró su versión de la historia. Así que reveló al errante que las palabras de Faheem no eran sino una clave para plantear la admisión a la Liga del Saber de aquel que transmitiera la frase. El corazón de Symeon dio un vuelco, emocionado ante la perspectiva de formar parte de los eruditos. Tal y como ya había hecho Faheem en vestalia, Svadar pidió té y un refrigerio para mantener una larga conversación con Symeon y comprobar su valía; más que para comprobar su valía, para tener claro cuáles eran las áreas de especialización de su contertulio. Así que pasaron varias horas conversando sobre metafísica y artefactos antiguos, y a medida que transcurría el tiempo, se iban incorporando a la tertulia más miembros de la Liga (de la que por cierto, Svadar formaba parte, claro). Una vez concluida la discusión, todos los Sapientes —pues así se hacían llamar— presentes dieron su aprobación a la inclusión de Symeon en la Liga. Normalmente, la ceremonia con todo el boato merecido tendría lugar en un plazo de quince días, pero Symeon no disponía de tanto tiempo, y cuando así lo hizo saber, se acordó celebrar una ceremonia más discreta y urgente que tendría lugar el día siguiente con al menos seis sapientes como testigos.

Aprovechando las nuevas influencias de Symeon, Daradoth pudo pedir en préstamo indefinido el volumen de Sobre los Caminos del Cuerpo, y a partir de entonces dedicaría una parte de su tiempo a su comprensión.

Por la noche, de vuelta a palacio, Ilaith aprovechó para presentarles a la doncella Eferë Serastil, sobrina de sus majestades los reyes y prometida de Progerion, que había sido tantas veces mencionada durante las reuniones en Eskatha. En verdad quedaron fascinados por la personalidad de la joven, que, si bien no estaba dotada de una belleza canónica, poseía unos ojos que recordaban a los de los elfos y una personalidad sumamente arrebatadora. Por otro lado, Eferë (novena en la línea de sucesión de Sermia) parecía tener una complicidad especial con Ilaith, casi como si fueran parientes cercanas... pero no podía ser... ¿o sí? Probablemente nunca lo sabrían. Desde luego, por lo que habían podido ver, la corte Sermia prácticamente al completo tenía en alta estima a Ilaith.

El mediodía del día siguiente tuvo lugar la reunión de los sapientes en la sala de conferencias del edificio de la Liga del Saber. La Gran Biblioteca, como el grupo ya sabía, estaba compuesta por una multitud de edificios de diferentes alas conectados entre sí, y uno de ellos correspondía a las celdas destinadas al alojamiento de los miembros de la Liga. Una especie de monasterio donde las Leyendas podían alojarse cuando y cuanto desearan, dedicándose a la investigación, la lectura y la propagación del conocimiento. Contra todo pronóstico, al menos dos docenas de miembros se congregaron para ser testigos de la admisión de Symeon. Tras un correcto discurso de Svadar y la pronunciación de varios juramentos por los que el errante se comprometía a preservar y propagar cualquier tipo de conocimiento, se procedió formalmente a la entrega del broche con forma de pergamino donde se habían engarzado las letras "SY" en plata. Y también se le entregó la llave de su celda en el edificio, celda cuya localización le fue mostrada en pocos minutos. Una coordinada ovación saludó a Symeon como nuevo sapiente y uno a uno, todos los hermanos reunidos se presentaron y le felicitaron.

Después de que Symeon hubo tomado posesión de su celda, todavía emocionado por la experiencia, se reunió de nuevo con sus compañeros y amigos para volver a palacio. Allí, acordaron el plan que llevaron a cabo sin demora: Symeon entró al Mundo Onírico para intentar averiguar algo en la habitación del tal Nuleinn —de la que había averiguado la situación durante el día, y que estaba cerrada a cal y canto—, ausente sin noticias desde hacía una semana. Todo lo que pudo ver el errante en la realidad paralela fue la manifestación de un libro de alquimia que no supieron relacionar del todo con Nirintalath.

A los pocos minutos Symeon despertaba y se reunían con Ilaith para hacerle saber todos los detalles. La canciller les aseguró que intentaría averiguar hacia dónde se había dirigido el sapiente, y también si iba acompañado. Volvieron a discutir largo tiempo sobre las acciones a realizar con Nirintalath antes de su partida hacia Darsuma en el Pacto de los Seis, y acordaron que, si Ilaith no sabía de ellos en un plazo razonable, aplicaría la solución de la kregora.

Sin más, la mañana siguiente, el grupo junto con Faewald, Taheem, los ástaros Dûnethar y Cirantor y algunos más embarcaron en el Empíreo para dirigirse hacia la capital del Distrito de Darsia, un viaje que calculaban que les llevaría unos diez días si el clima no les dificultaba el vuelo.

martes, 27 de agosto de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 3

Cambio de planes. Reunión con Sermia.
Algunas columnas de humo que se levantaban a lo lejos mientras el Empíreo surcaba los cielos de Nímthos ya habían delatado el inicio de las hostilidades en la frontera con Trapan. Tal punto fue confirmado por Ilaith cuando se reunió con el grupo pocos minutos después de su arribada a Eskatha y su descenso del dirigible.

(Con)Federación de los Príncipes Comerciantes


Los primeros informes de la invasión eran favorables, y la canciller se mostraba satisfecha de los planes trazados por Yuria y Loreas. Pero no se explayó mucho con las explicaciones y enseguida requirió los informes de la exploración de las islas de kregora. Las noticias no eran halagüeñas, y todos sintieron algo de alivio cuando Ilaith les informó de que la flota destinada a la agresión a las islas todavía no había partido de puerto. En el norte, en Korvan, se encontraba el almirante Theovan Devrid; allí tenía reunida a la flota en dos partes: treinta y cinco naves al norte de la barrera norte del Faistos y quince naves (entre ellas, seis excelentes navíos de guerra esthalios) ancladas al sur. Yuria acordó con la canciller que se desplazaría allí a bordo del Empíreo y hablaría personalmente con Devrid para trazar un curso de acción.

A continuación, Ilaith les informó de los acontecimientos de los últimos días. Al parecer, en Armir, el comerciante llamado Severan Boreas había iniciado una revolución para erigirse en príncipe y tomar el poder. Recordaban el nombre: Boreas era el primo bastardo de Knatos Tilad a quien la anciana Jasireth Derthad (en la actualidad desaparecida sin rastro alguno) quería poner al frente de Armir y para quien requirió el favor de Ilaith a cambio de conseguir el apoyo del príncipe en la votación por la Gerencia. Decidieron que darían permiso a los armirienses para volver a su tierra e intentar imponer la paz; les acompañarían varios espías que informarían puntualmente de la evolución; además, se asignaría a la pacificación una legión de Korvan, otra de Nímthos y otra de Adhëld que permitirían mantener el control del principado en caso de que hubiera un vuelco inesperado de lealtad.

Ilaith también reveló que había enviado mensajeros a Tarkal para que dos dirigibles más, el Surcador y el Nocturno, se trasladaran a Eskatha; su utilidad era manifiesta, y los desplazamientos con aquellos vehículos se realizaban con una celeridad del todo deseable. La conversación pronto derivó en la necesidad de contactar con los aliados; tras la exposición de varias alternativas, se decidió que, una vez hubieran llegado los dos nuevos dirigibles, la delegación de Tarkal partiría casi al completo con dos de ellos hacia Doedia, la ciudad capital de Sermia, para que Ilaith pudiera tener así una conversación en confianza con el rey Menarvil y su esposa la reina Irmorë. Podría así advertirles también de la amenaza en el sur. Una vez que los gobernantes de Sermia hubieran quedado informados del nuevo estatus de Ilaith y avisados sobre sus nuevos enemigos, la canciller y la mayoría de su séquito volverían a Eskatha, mientras que el grupo viajaría hacia el Pacto de los Seis para entregar la carta que llevaban procedente de la Región del Pacto y quizá conseguir más refuerzos para la unificación de la Federación. Karela Cysen, la princesa comerciante de Korvan, les acompañaría como representante política.

Theovan Devrid, Almirante Supremo
Aprovechando la espera previa a la llegada de los dirigibles, el día siguiente viajaron a Korvan para reunirse con el almirante Devrid. A bordo del Empíreo y gracias al clima sorprendentemente bueno, les llevó unas escasas dieciocho horas cubrir una ruta de varios días a caballo. No tardaron en encontrarse con el almirante, que lucía un luengo bigote y ropas oscuras al estilo kairk, adornadas con los correspondientes galones del nuevo cargo de Almirante Supremo. En la villa que este utilizaba como base pudieron reponer fuerzas y proceder sin dilación a exponer lo que sabían sobre la situación en las islas de la kregora. Devrid, marino sumamente experimentado, escuchó todo con gesto impasible, pero en un momento dado manifestó su opinión: si ya le había parecido una locura realizar aquella expedición con lo que sabían el día anterior, mucho más ahora que le habían hablado sobre cuervos gigantes y grandes navíos negros como la noche. Segun explicó Yuria haciendo gala de sus conocimientos de ingeniería, aquellas naves parecidas a galeones estaban especialmente adaptadas para la embestida y era evidente que ocultaban mecanismos de algún tipo para ayudar a tal función; por otra parte, no lucían un armamento particularmente interesante, pero nadie dudaba de su peligrosidad.

A la vista de los nuevos datos tuvo lugar un replanteamiento de los planes establecidos. Yuria asumió con renuencia su rol como vicaria de Ilaith que esta le había concedido tácitamente, y acordó la renuncia a la expedición a las distantes islas. Por el contrario, decidieron que se redirigirían todas las tropas y naves reunidas allí a la invasión inmediata de Mírfell. Así, la superioridad sería manifiesta. Con algo de suerte, el aumento de la presión sobre los enemigos aceleraría la caída de Trapan y en un plazo breve quizá podrían unificar su mando de cara a la invasión de Undahl. Así, las legiones de Tarkal y Mervan se unirían a las de Korvan y Bairien no ya para reforzar Ladris, sino para desembarcar directamente en Mírfell y provocar la caída de su parte de la barrera norte. Devrid ya había pensado largo y tendido en tal operación, y sugirió los nombres de dos calas (una al norte del estrecho y otra al sur) donde sus tropas podrían establecer una cabeza de puente; el único problema era conocer el estado de las defensas. Yuria y Galad sonrieron. "Eso no será un problema", aseguró la ercestre.

Un par de horas después, el Empíreo sobrevolaba la costa de Mírfell de norte a sur a una altura segura y Daradoth y Symeon oteaban la distancia en busca de enemigos. Ambas calas se hallaban libres de la presencia de tropas terrestres y la fotaleza del estrecho no se encontraba especialmente reforzada. Por otro lado, detectaron una escuadra al norte compuesta por media docena de barcos de guerra y dos barcos negros de la Sombra, y al sur una nutrida escuadra de doce navíos de línea. Aun así, su superioridad naval era evidente, con más de treinta barcos de guerra en el norte y quince en el sur incluyendo las seis excelentes fragatas esthalias. Así que el plan se reafirmó después de la exploración. El almirante Devrid quedó anonadado por la facilidad con la que habían podido explorar las filas enemigas y comentó a Yuria lo importante que iba a ser en la guerra a partir de entonces aquel maravilloso ingenio volador.

Con las tropas ya aprestadas y suministradas, llevó poco más de medio día trazar los planes y enviar las órdenes pertinentes para el inicio de la invasión. Al atardecer se despidieron del almirante dejándolo al mando de todas las operaciones y emprendieron el camino de regreso a Eskatha, donde compartieron con Ilaith el cambio de órdenes a la flota reunida en Korvan. Esta no pudo sino mostrarse complacida por la explicación de su mariscal y sus compañeros; los felicitó; aun así, no habría que posponer mucho la operación de castigo a las islas, pues no podían dejar que la Sombra dispusiera de un suministro indefinido de kregora; pero había sido una excelente decisión retrasarla, se congratuló la canciller. Además, les vendría también al pelo el incremento de tropas en Ladris, para asegurarse la lealtad del príncipe Deoran Ethnos.

Poco después llegaban a Eskatha el Nocturno y el Surcador. Este último y el Empíreo fueron los elegidos para trasladar hasta Doedia a Yuria, Galad, Symeon, Daradoth, Taheem, Faewald, los dos páctiros Dûnethar y Cirantor, la princesa Karela Cysen, Ilaith y sus guardaespaldas, las Leyendas Vivientes Aythera y Harethann y algunas otras personas de confianza.

Sobrevolaron Nímthos, Mervan y Tarkal y entraron en territorio sermio. Todos se conmovieron cuando al poco avistaron las majestuosas estatuas de la Casa de los Héroes en lo alto de los montes Darais. Y se sobrecogieron cuando un par de días más tarde avistaron en el horizonte las ciclópeas e inacabadas moles de las Torres Eternas, que se difuminaban entre las nubes. Un par de jornadas de mal tiempo les complicaron la última parte del viaje, pero finalmente llegaron a las inmediaciones de Doedia.

La última noche de viaje Symeon se atrevió a acceder de nuevo al Mundo Onírico, tras una temporada en la que lo había evitado por el temor a darse de bruces con algún kalorion o criatura de la Sombra. Ignorando el foco de luz plateada que era la Gran Biblioteca alzándose sobre una colina de penumbra gris, viajó a Tarkal para volver a encontrarse con el espíritu de dolor Nirintalath. No tardó en sentir los millares de pequeños alfileres clavándose en su carne cuando se acercó a ella. Dentro de la cámara de la fortaleza de Tarkal se encontraba Nirintalath con su aspecto de mujer joven. Su control en el Mundo Onírico era sorprendentemente bueno, aunque al parecer intuitivo, y de alguna manera, el que su forma física se encontrara encerrada en una cámara protegida le impedía también el movimiento en aquella dimensión. Cuando reconoció a Symeon, la sensación de dolor se hizo más fuerte y casi acaba con él; pero pudo sobreponerse y entablar unos segundos de conversación con el espíritu. Niritalath se encontraba a todas luces enojada, harta ya de encontrarse constreñida por su forma física.

 —Sácame de aquí o le llamaré. Te aseguro que le llamaré y me encontrará —amenazó al errante. Symeon supuso que hablaba del kalorion llamado Trelteran, y tragó saliva solo de pensar en encontrárselo allí. El dolor aumentó aún más y, antes de desmayarse, pudo oir cómo Nirintalath añadía con un tono algo burlón—: Te esperaré aquí de nuevo mañana, débil mortal. 


Aprovechando la niebla matutina descendieron de los dirigibles en un discreto paisaje de granjas, vacas y cebada. En un pueblo cercano consiguieron un carromato que hizo posible que Symeon pudiera recuperarse parcialmente de su experiencia nocturna (a lo que contribuyeron las especiales habilidades de Galad) y que les permitió desplazarse con un mínimo de dignidad hasta la capital. Allí, las Leyendas Vivientes e Ilaith no tardaron en hacerse respetar, y una escolta de guardias los acompañó hasta el palacio real, donde su majestad Menarvil I y la reina Irmorë les esperaban; la reina recibió a Ilaith muy amablemente, descendiendo incluso los pocos escalones de su trono y besándola levemente a la manera sermia; el rey mantuvo algo más la compostura, pero aun así se puso en pie ante el Trono de Marfil, saltándose ligeramente el protocolo.

La urgencia planteada por Ilaith hizo que las presentaciones fueran rápidas y que enseguida se reunieran en el Salón de Guerra. Allí acudieron los dos generales de Sermia presentes en Doedia y los nobles de más importancia. Por supuesto, la presencia de Daradoth causó el revuelo previsto e hizo que el grupo ganara inmediatamente el respeto de todos los presentes; los elfos, como el resto de las razas míticas, eran mayoritariamente reverenciados en Sermia, reino añorante de la era de la Gran Alianza.

Sin demora, informaron de la nueva amenaza que se había erigido en el sur y de los combates que ya habían librado contra los ejércitos de la Sombra. También de la nueva situación política de la Federación de Principados Comerciantes, y de su nueva canciller. Los reyes sermios felicitaron diplomáticamente a la dirigente de la Federación, y los generales acordaron desviar siete legiones hacia la frontera sur. Desgraciadamente, los vestalenses parecían estar activándose de nuevo en la frontera oriental y ya habían tenido lugar algunas escaramuzas, así que tenían que ser muy cautos en lo que respectaba a la retirada de tropas del frente de levante. También se mostraron de acuerdo en la conveniencia de pacificar la Federación cuanto antes, así que anunciaron el envío de tres de sus legiones a Tarkal por un plazo de un año; las tropas partirían hacia allí en un plazo no superior a una semana. Ilaith les agradeció de corazón la ayuda que le proporcionaban, y les prometió que en cuanto la situación en la Federación se estabilizara, las tropas sermias volverían y ella les proporcionaría la ayuda que necesitaran. Aprovechó, con la ayuda de los bardos y de Daradoth, para introducir la cuestión del conflicto entre Luz y Sombra y explicar que aquello tenía un alcance mucho mayor que unas escaramuzas fronterizas o un enfrentamiento entre reinos. Cuando el grupo explicó con la elocuencia de Galad y Meravor lo que había sucedido con el Ra'Akarah, su convencimiento acerca de su verdadera naturaleza y su estrecha implicación en los acontecimientos, todos los sermios guardaron silencio durante unos segundos y se lanzaron miradas de preocupación; el grupo lo interpretó como una buena señal de concienciación por parte de sus interlocutores.

Después, fueron los monarcas sermios los que pasaron a informar a Ilaith de algunas novedades. Según contaron, hacía aproximadamente una semana habían llegado mensajes desde Esthalia, informando de que el rey Randor había revocado todos los títulos de Grandes del Reino a aquellos nobles que los poseían, retirando también de paso todos los privilegios asociados. El título de Grande era el que más orgulloso había exhibido el duque Estigian; si le había sido retirado, los acuerdos a los que habían llegado con él se encontrarían ahora en un limbo poco claro. Aquello eran sin duda muy malas noticias. Pero la cosa no acababa ahí: el rey Menarvil también les reveló que hacía apenas unas horas, la noche anterior, habían comenzado a llegar rumores de una posible guerra civil en Esthalia. Cuando el grupo reveló el problema de lealtad del marqués de Anualles que habían descubierto hacía algunas semanas, el rostro del rey mostró algunas arrugas más en su frente. Lo último que necesitaba Sermia en ese momento era una Esthalia dividida y débil. Con un clima general de preocupación se dio por terminada la reunión.

Esa noche, Symeon volvió a visitar a Nirintalath en el Mundo Onírico; Galad canalizó la gracia de Emmán en el mundo de vigilia para intentar ayudarle en la dimensión paralela; lo consiguió de forma limitada: gracias a él, el errante pudo resistir los millones de astillas que Nirintalath provocaba a su alrededor y entablar unos segundos de conversación. El acuerdo con el espíritu fue directo y simple: dio un plazo de una luna a Symeon para sacarla de allí, o si no "le llamaría".

Después de que Galad reanimara a un más que magullado Symeon, este compartió la información con los demás. La revelación dio lugar a una nueva conversación sobre cuál debía ser su próximo movimiento. Yuria y Daradoth se mostraban partidarios de seguir con el plan original y viajar al Pacto de los Seis; Symeon abogaba por visitar la Gran Biblioteca de nuevo para averiguar más sobre la Espada del Dolor y la forma de controlarla; Galad se mostró algo indeciso; Ilaith, por su parte, propuso que deberían hacer uso de la kregora que fuera necesaria y aplicarla sobre la espada para inactivarla...

viernes, 16 de agosto de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 2

Ilaith Canciller
Después de la experiencia con la posesión de Daradoth y de Nercier Rantor, Ilaith se reunió sin pérdida de tiempo con el príncipe Deoran Ethnos de Ladris y la princesa Diyan Kenkad de Ëvenlud. Los tres dirigentes se mostraron de acuerdo en proporcionar a todos los príncipes presentes en Eskatha una cantidad de kregora análoga a la que Ilaith lucía en su frente, y que parecía ayudar a evitar las posesiones de la Sombra. El día siguiente se repartieron diez anillos a aquellos de los príncipes que no poseían el mineral.

Galad y Eudorya tuvieron una reunión nocturna que a partir de entonces se convertiría en habitual, para comentar los acontecimientos de las últimas jornadas y darse consejo mutuo. La bisoña princesa de Nímthos expuso los problemas que tendrían las ambiciones de Ilaith en las filas de su consejo, y la necesidad que tenía de maniobrar con cuidado para evitar posibles levantamientos de los comerciantes nimthosi. Hablaron también de su amor y de su posible casamiento; era necesario planificar los esponsales rápidamente si no querían que posibles pretendientes se interpusieran entre ellos y las necesidades políticas obligaran a tomar decisiones no deseadas. Además, Galad seguía siendo fiel a su voto de castidad prematrimonial y aquello les permitiría por fin intimar de forma adecuada. Lo primero sería anunciar su compromiso públicamente, y acordaron hacerlo en un plazo corto pero en el momento justo.

Por la noche, Symeon escudó su sueño como era habitual, pero después de la experiencia en la reunión prefirió no exponerse al Mundo Onírico; la Luz sabía cuántas presencias indeseadas —y poderosas— podría encontrarse allí.

El día siguiente llegó por fin la reanudación de la Asamblea, con Ilaith como gerente. Apenas dejaron tiempo a reaccionar a nadie, y con un breve discurso a modo de prólogo, la princesa de Tarkal expuso la urgente necesidad de un cambio en la estructura política de la Confederación. Manifestó la necesidad de un nuevo cargo al que llamarían "canciller" y que tendría una prevalencia mucho mayor que la del actual "gerente". Los principados dejarían de tener tanta libertad, pero a cambio formarían un todo unitario mucho más fuerte para enfrentarse a las nuevas amenazas que habían surgido. 

Para hacer más impresionante su demostración de fuerza, Ilaith cedió la palabra primero a la barda Aythera Aldan —esta vez vestida de acuerdo a su estatus y con el pergamino dorado bien visible—, que habló en nombre de las Leyendas Vivientes y del reino de Sermia, otorgando su apoyo a Ilaith como cabeza de la Confederación; a continuación tomó la palabra Alexann Stadyr, que cumplió el papel que le había encargado el duque Estigian a la perfección: con vehementes palabras mostró el "apoyo" y "profunda voluntad de cooperación" del reino de Esthalia hacia "lady" Ilaith —era la primera vez que alguien daba tal tratamiento a la princesa de Tarkal o cualquiera de los príncipes comerciantes—. Los murmullos iban in crescendo en la sala, pero un aura de inevitabilidad se había extendido ya por ella. Ilaith estaba radiante. Y al parecer, los escribas habían estado muy ocupados las últimas noches, pues Delsin y sus colaboradores repartieron entonces copias de la gruesa Ley de Cancillería que habían redactado siguiendo las órdenes de su princesa.

Entonces llegó la parte más aburrida de la sesión: la lectura de la nueva ley, que se alargó varias horas. Los expertos legales de cada delegación tomaban sus notas y departían entre sí. Yuria y los demás se desesperaron, presas de la burocracia en su estado más puro.

Contra todo pronóstico, fue Progerion quien más objeciones puso a la ley (aparte de Wontur Serthad y la delegación de Armir, claro, que se oponían frontalmente a un cambio en la política de la Confederación), y hubo que corregir varios puntos para evitar lo que el gobernante de Bairien calificaba como "excesos en las atribuciones" del cargo. Se acordó entre otras cosas que el cargo sería elegible cada 2 años en tiempo de paz y cada cuatro años (si era posible) en tiempo de crisis. Así que Ilaith se aseguraba de momento un mandato de cuatro años. Esta matización pareció tranquilizar en cierta medida los ánimos de Armir y Adhëld, y finalmente los ujieres dieron por terminada la sesión, anunciando la celebración de la votación para el mediodía del día siguiente.

Por la noche, la delegación de Tarkal se reunió para acordar las maniobras militares que deberían ponerse en marcha inmediatamente, pero tras varias horas de discusión, la disparidad de opiniones y el agotamiento de todos los presentes hizo que Ilaith les instara a continuar aquella discusión una vez que se hubiera aprobado la ley de Cancillería y pudieran hablar con el resto de sus aliados.

El mediodía siguiente se celebró la votación después de que los leguleyos formalizaran los ajustes acordados por los príncipes en la maratoniana jornada anterior. Casi todo el mundo aplaudió o golpeó en la mesa cuando los votos positivos de Krül, Bairien, Nímthos, Ladris, Ëvenlud, Mervan, Korvan, y la propia Tarkal designaron a Ilaith como la primera Canciller de la Federación (no ya Confederación) de Príncipes Comerciantes.

Ilaith, majestuosa, subió al estrado para declamar uno de los discursos más importantes de su vida, y no defraudó. Aplicando a fondo todas sus habilidades de retórica expuso lo orgullosa que se sentía de sus "compatriotas" —ya podían llamarse así, pues habían puesto las bases para un estado unificado— y de la valentía que habían mostrado al atreverse a dar aquel paso. Acto seguido expuso su agenda de preferencias: castigar duramente a los principados rebeldes, asegurar las islas de kregora (una promesa que había hecho a sus aliados de Ladris) y dificultar las maniobras de la Sombra en su entorno colaborando con todos aquellos que se pusieran de parte de la Luz. Tranquilizó también a los príncipes de Armir, Ladris y Adhëld sobre el futuro de sus operaciones con la kregora y con los esclavos; evidentemente, el comercio de esclavos pasaba a estar prohibido a partir de entonces y era posible que el suministro de kregora tardara en restablecerse unos meses, pero se aplicarían las debidas exenciones sobre los impuestos y se otorgarían las facilidades necesarias para que los principados más afectados por el establecimiento de la Cancillería no vieran disminuida su prosperidad.

Además, Ilaith anunció la aplicación inmediata de uno de los puntos de la nueva ley: la conversión de Eskatha en Ciudad Abierta, repartida entre todos los principados, y el traslado de la capital de Nímthos a la ciudad de Serathia. Por supuesto, todo ello discutido previamente con Eudorya con la mediación de Galad.

Cuando la nueva canciller terminó su discurso, todo el mundo aplaudió.

Por la noche, Ilaith convocó un Concilio de Guerra en el Hemiciclo al que acudieron todos los príncipes y sus consejeros militares. Los príncipes de Ëvenlud y Ladris estaban especialmente preocupados por sus tierras, pues se encontraban encerrados entre los principados rebeldes. Ilaith y Yuria atendieron sus peticiones y les tranquilizaron alegando que se entraría en acción rápidamente para salvaguardar su integridad, y para eso estaban allí.

Se otorgó a Loreas Rythen el título de Comandante Supremo de los Ejércitos de la Confederación y a Theovan Devrid (marido de Karela Cysen y almirante de Korvan) el de Almirante Supremo de las Flotas. Fue un nombramiento de urgencia y no tuvo toda la pompa que la ocasión requería, pero todos fueron comprensivos al respecto.

A continuación se extendió un gran mapa de la Confederación provisto por Eudorya, y con la voz cantante de Loreas, Yuria y Galad, se procedió a trazar los planes necesarios para la reunificación de la Federación. Se acordó que, aparte de la defensa de Ladris y Ëvenlud, se enviaría una flota de 50 naves de guerra y dos legiones a asegurar las islas de kregora, y se procedería a enviar el grueso de las tropas con la intención de tomar Trapan en un plazo no superior a un mes. Yuria, haciendo gala de una visión estratégica fuera de lo normal, repartió los despachos necesarios para iniciar la invasión de Trapan en no más de diez días desde la fecha.


Tropas movilizadas para el enfrentamiento con los rebeldes.
Representadas en escala de legiones esthalias (1 águila = 1 legión)

Una vez puesta en marcha la movilización de tropas y los planes se hubieron trazado y sincronizado, el grupo, acompañado del cartógrafo Heddard Theuvos, se embarcó en el dirigible Empíreo para explorar la situación en las islas de kregora. Afortunadamente, el clima les fue favorable (para alivio de Yuria, que no sabía cómo reaccionaría la aeronave en caso de sufrir una tormenta en alta mar) y en poco más de seis días avistaban las islas.

Lo primero que pudieron divisar, siempre con la ayuda del catalejo ercestre y la profunda visión élfica de Daradoth, fue una patrulla de tres barcos de guerra, a todas luces del tamaño de galeones. No tuvieron problemas para evitar este primer obstáculo, investigar el primero de los islotes donde pudieron ver las plataformas y barcazas que revelaban una explotación de kregora, y pasar después a la segunda masa de tierra, más grande, y con una explotación más importante. Allí, anclados cerca de la instalación, se erguían dos enormes galeones negros cuya forma ya habían visto en su viaje alrededor del brazo sur del continente. Sin duda, naves de la Sombra procedentes del Cónclave del Dragón.

No pudieron explorar más a fondo, pues un escalofrío recorrió la espina dorsal de Daradoth cuando, a instancias de Symeon, que dijo haber oído una especie de graznido distante, identificó a lo lejos un familiar punto negro que volaba contra el viento hacia ellos: un corvax, una de aquellas aves infernales que les habían acechado en su viaje por el Imperio Vestalense. Sin dejar pasar ni un segundo, el elfo dio la voz de alarma y con una fuerte llamarada el dirigible se elevó por encima de la línea de nubes; Galad y Daradoth rezaron en silencio para no haber sido descubiertos: a bordo del dirigible serían presa fácil para uno de aquellos pájaros y sus jinetes. Por fortuna no fueron perseguidos pero aquello terminó de decidirles a girar en redondo y volver hacia la seguridad de Eskatha. Siete días más tarde aterrizaban en un prado cercano a la capital. En teoría, la ofensiva para la invasión de Trapan debía de llevar ya tres días en marcha...


viernes, 2 de agosto de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 1

El Camino a la Cancillería
Tras el baño de multitudes y un merecido descanso, la delegación de Tarkal al completo se reunía de nuevo en su Sede.

Heddard Theuvos,
marino y cartógrafo del Káikar
Ilaith mostró su preocupación por el asunto de Nercier Rantor, el príncipe de Mervan, que había resultado ser un falso peón en el juego que se desarrollaba en Eskatha. No obstante, quitó hierro a sus palabras aludiendo a la relación con Eshtalia: según ella, si podía llegar a una relación de confianza con el reino de los emmanitas, no creía que tuvieran problemas con la lealtad de Nercier.

Y tras el breve preludio del problema Nercier, la princesa de Tarkal expuso el asunto que más le preoocupaba en ese momento: preguntó a sus consejeros si les parecía buena idea que, aprovechando la improbable victoria y la fama de la que ahora gozaban, propusiera inmediatamente (la siguiente asamblea se había convocado para dentro de dos días) la aprobación de una ley para convertir su cargo de Gerente en el cargo de Canciller con muchas más potestades que el primero. Evitaba así la palabra "reina" y sus posibles connotaciones indeseables para los asistentes a la Asamblea. Delsyn y Ernass ya estaban ultimando el primer borrador de esa ley, en previsión de los acontecimientos.

Pasaron a evaluar cuáles eran los principados que les brindarían su apoyo en caso de la propuesta de la Ley de Cancillería, y llegaron a la conclusión de que podrían contar con el apoyo de Korvan (Karela Cisen), Krül (Vanius Eloras), Ëvenlud (Diyan Kenkad),  Mervan (Nercier Rantor), Nímthos (Eudorya Athalen), Bairien (Progerion Ónethas) y ellos mismos. Aun cuando Armir (Knatos Tilad) y Adhëld (Wontur Serthad) votaran en su contra y sobre Ladris (Deoran Ethnos) albergaran dudas, todavía contarían con los suficientes apoyos para sacar adelante la ley sobre el total de principados, incluso considerando a los ausentes. Para disipar cualquier género de dudas, Ilaith guardaba en la manga su estrecha relación con el reino de Sermia; no hacía falta recordar que en la mesa donde se encontraban se sentaban desde el principio dos bardos sermios de incógnito: Harethann Rehen y Aythera Aldan. Como ya sabía bien Symeon, esta última escondía entre los pliegues de su ropa el pergamino dorado que la revelaba como miembro de las respetadas Leyendas Vivientes. Todo apuntaba a que era el momento ideal para que Ilaith revelara sus aspiraciones, así que decidieron que en la siguiente asamblea se propondría la aprobación de la nueva ley; además, tendrían que hablar previamente con los ujieres para asegurar que los principados traidores no se tuvieran en cuenta de cara al total de votos.

Una vez tomada la decisión de hacer pública la aspiración de Ilaith, Daradoth y Yuria recordaron también el principio de acuerdo al que habían llegado con Alexann Stadyr, miembro de la delegación esthalia e hijo del marqués de Strawen: una posible alianza con la reina Armen. No tenían demasiado claro si aquella alianza los beneficiaría o perjudicaría, pero la apuesta era clara y tendrían que ir avanzando pasos en ese sentido, aun a riesgo de que el ganador en el conflicto que se avecinaba fuera el rey Randor o el propio marqués de Arnualles. Decidieron que cuando los esthalios se marcharan a su reino, les acompañaría Keriel Danten, el primo de Ilaith, consumado político. Tendría la misión de insistir en que fueron ellos los que informaron en primera instancia del problema con Robeld de Baun y ganarse así el favor tanto de Armen como de Randor.

También se mencionó la falta de rastros de la anciana Jasireth Derthad, que se suponía que les iba a facilitar el apoyo del principado de Armir. Decidieron dejar el asunto de lado por el momento, pero no olvidarlo.

Symeon volvió a reunirse con Noelan de los Ruevos para compartir algo de tiempo con su gente y volver a interesarse por el estado de su pueblo. Noelan le confirmó que los errantes en el principado de Mervan debían de contarse ya por millares, y que era posible que hubieran llegado allí algunos miembros de su antigua caravana. El rostro de su maldita esposa, Ashyra, acudió a la mente de Symeon desde sus oscuros recuerdos... algún día ajustaría cuentas con ella... algún día.

Pocas horas después el grupo y la gente de Ilaith se reunían con Nercier Rantor y sus consejeros. No se anduvieron con rodeos, y deseando que reinara un clima de total confianza entre los dos principados, Ilaith expuso crudamente su deseo de votar la ley que la proclamara Canciller de la Confederación.  Nercier esbozó una ligera mueca que no supieron si interpretar como sonrisa o preocupación.

 —Normalmente me habría opuesto con todas mis fuerzas a tamaña pretensión, mi señora —dijo el príncipe de Mervan—. Sin embargo, los tiempos cambian, y con ellos debemos cambiar nosotros y nuestras voluntades, así que —miró a sus consejeros, algunos de los cuales no se mostraban tan convencidos como él ante la revelación— podéis contar con nuestro apoyo.

Un suspiro de alivio fue disimulado por la mayoría de miembros de la delegación de Tarkal. El primer paso estaba dado. Acto seguido, Nercier pasó a explicar su relación con Arzsan del Clan de la Crin Blanca y la situación en la que se encontraban en ese momento los semathâlios y el resto de pueblos del sur. Miradas de preocupación se cruzaron cuando el príncipe de Mervan les explicó que de unos años a esta parte, muy lejos al sureste, se había establecido un nuevo poder. El grupo rebulló intranquilo al recordar las torres y enormes arcos que se estaban construyendo en los estrechos de Akkra, por donde habían navegado procedentes de la Región del Pacto, y también al recordar los dromones que habían avistado en la costa de las tierras varlagh. Según Nercier, ese nuevo estado había dado en llamarse "Señorío de Batania", pero no era más que una serie de enclaves militares del Cónclave del Dragón. Los ástaros renegados habían aprovechado lo remoto de aquellas tierras para establecer una base de operaciones y aglutinar con cierto grado de éxito a todos los pueblos considerados "bárbaros" del brazo sur de Aredia. De esta manera, por el sur se había extendido el nombre "Gran Imperio de las Cinco Naciones" para designar una improbable alianza de los jinetes de Semathâl, los Bárbaros Batanios, los Varlagh, los Sureños (habitantes de los desiertos) y el propio Señorío de Batania. Esa alianza estaba realmente materializándose, y a pesar de que había traído mayor estabilidad y prosperidad (a las clases dominantes), los ástaros exigían una plena dedicación a su causa, que no todo el mundo veía con buenos ojos. Así, muchos de los semathâlios, entre ellos el clan de Arzsan, que rendían el culto al caballo y cuyo dios no era sino el mismo cielo, no admitían señores terrenales que les dictaran lo que debían o no debían hacer; según ellos, no eran "esclavos de nadie" e iban solo donde el viento les dictaba. Nercier y Arszan se conocían desde muchos años atrás, y el príncipe había aprovechado la reticencia del señor de los jinetes para atraerlo hacia su bando y luchar contra los arribistas del Señorío. El problema era que al haberse enfrentado a las huestes de la Sombra, su gente estaba ahora en peligro, y Nercier expresó la necesidad de acoger a su pueblo en las tierras de la Confederación, quizá en la depresión del Bair donde había enormes pastos, al menos mientras se prolongara el conflicto.

La preocupación de Nercier por los semathâlios parecía genuina, para sorpresa de Ilaith y muchos de los presentes. Así que la princesa aceptó la sugerencia de su homólogo de Mervan prometiéndole que, como Canciller, se encargaría personalmente de honrar su acuerdo por muchas reticencias que plantearan el resto de príncipes. Se enviaron al punto mensajeros para movilizar a la gente de Arzsan y ponerlos en marcha hacia el norte. Se evitarían así sangrientas represalias por parte de los enemigos.

Sonriendo, Nercier alargó la mano para estrechar el antebrazo de Ilaith en un gesto de reconocimiento mutuo. Pero antes de que pudiera extender su brazo, se desplomó, dormido, sobre la mesa. En el mismo instante, Ilaith cayó dormida también, así como Galad, Daradoth, Delsyn, y más de la mitad de los reunidos. Yuria no notó nada extraño, y Symeon, a pesar de sentir que los párpados le pesaban una tonelada víctimas de una sensación de sueño abrumadora, consiguió resistir despierto.

Yuria, Symeon y Taheem se levantaron en el acto, sorprendidos.  A los pocos segundos, Nercier y Daradoth despertaban, pero saltaba a la vista para aquellos que los conocían que habían cambiado. La puerta de la sala se abrió violentamente y dos guardias irrumpieron, esgrimiendo sus alabardas y corriendo hacia donde se encontraba Ilaith. En la sala estaban prohibidas las armas, pero Yuria siempre llevaba encima sus pistolas, bien escondidas, y Symeon también tenía su bastón cerca. La ercestre desenfundó lo más rápido que pudo y con sendos disparos afortunados acabó con los guardias, que estuvieron a punto de herir gravemente a la princesa de Tarkal. Mientras tanto, Symeon se había movido como un rayo y haciendo gala de su gran agilidad había llegado a la puerta donde rechazó a un tercer guardia controlado y consiguió atrancarla.

Nercier, tras unos momentos de duda, pareció decidirse y correr hacia la ventana. ¿Se iba a lanzar por ella? Yuria gritó algo a Taheem, y este saltó por encima de la mesa; esquivando velozmente  a los dormidos, detuvo al príncipe poseído. Mientras tanto, Daradoth gesticulaba de forma extraña y hablaba en un idioma desconocido y oscuro; extendiendo su brazo, intentó afectar a Yuria con un hechizo; la ercestre sintió una pequeña descarga procedente del colgante de su cuello, y cómo algo resbalaba extremadamente cerca de su piel, pero sin tocarla. Tanto ella como quien fuera que se encontrara en la mente de Daradoth quedaron estupefactos. El huésped del elfo no tardó en reaccionar, sin embargo. Esta vez habló en el mismo idioma desconocido, pero a voz en grito, y con gestos mucho más exagerados.

Daradoth veía toda la escena aterrado. Su cuerpo no le respondía, y sentía como su mente era desplazada por una presencia mucho más poderosa y oscura. Era como encontrarse encerrado en una pequeña y fría celda que se estrechaba cada vez más. Por unos momentos estuvo a punto de rendirse a la presión, pero pronto reaccionó e intentó debatirse, a pesar de que se sentía como una hormiga debía sentirse al inentar mover un castillo.

El segundo hechizo de Daradoth fue mucho más potente, y se sintió como una oleada de poder. Yuria sintió una descarga bastante más intensa de su colgante, y la misma sensación de deslizamiento cerca de su piel. Pero el resto de los presentes en la sala no resistió tan bien, sus almas fueron temporalmente desplazadas de sus cuerpos y todos quedaron inconscientes, incluyendo a Taheem y Symeon. Yuria miró a su alrededor, asustada. Daradoth y Nercier se miraron, sorprendidos por la resistencia de la ercestre. Y frustrados. Daradoth alargó su brazo de nuevo y un torrente de fuego salió disparado hacia Yuria, que se protegió con los brazos, encogiéndose. El mismo efecto: una leve descarga y el fuego pasando a su alrededor sin tocarla. Se palpó a sí misma, sorprendida pero a la vez eufórica. Al ponerse en pie de nuevo, vio que el huésped de Daradoth había quedado unos momentos pensativo, mientras Nercier corría a coger una de las alabardas de los guardias y esgrimirla contra la inconsciente Ilaith.

Daradoth, el verdadero Daradoth —al menos era lo que él creía— luchó contra el frío y la oscuridad. La celda en la que se encontraba apenas le dejaba respirar... "¿acaso necesito respirar?", pensó. Y gritó; gritó con todas sus fuerzas, intentando deshacerse del frío y el horror. Ahí estaba la luz, ahí estaba su cuerpo...

Yuria tuvo que tomar una decisión rápida.  Viendo pasivo y con la mirada perdida al poseedor de Daradoth, corrió con todas sus fuerzas hacia Nercier, que estaba a punto de atravesar a Ilaith con la alabarda. Yuria resbaló, pero por pura casualidad [Punto de Destino] eso la benefició y consiguió golpear con su codo en la nuca del príncipe de Mervan; lo suficiente para que este cayera al suelo y dejarlo inconsciente al tocarlo con su colgante.

De repente, el silencio se había hecho en la sala, solo roto por los guardias del exterior, que golpeaban la puerta para derribar la barricada de Symeon. Sin embargo, varios de los reunidos habían empezado ya a reaccionar y despertaban del sueño, entre ellos la barda sermia Aythera; comprendiendo rápidamente la situación, comenzó a cantar con una voz sedosa y suave; Yuria sintió un escalofrío al escucharla; Aythera era una Leyenda Viviente y hacía honor a su título. Poco a poco el ruido del exterior se fue apagando a medida que los guardias quedaban inconscientes —o quizá libres de su posesión—.

Yuria se giró y pudo ver a Daradoth de rodillas en el suelo y encorvado sobre sí mismo. La experiencia de posesión debía de haber sido tremendamente traumática... por suerte habían podido salir bien de aquello; la ercestre dio silenciosamente las gracias a su padre por el increíble regalo que le había hecho al otorgarle aquel colgante, y se dirigió a atender a su amigo elfo.

*****

Pasaron varias horas antes de que la reunión pudiera reanudarse con todos los presentes más o menos recuperados. Los ataques habían sido dirigidos claramente hacia Ilaith y Nercier, y era como si los demás no hubieran importado en absoluto, lo que permitió que no sufrieran ninguna baja grave. Tampoco entendían por qué, si los kaloriones (no creían que hubiera nadie más con el poder suficiente para un acto como aquel) eran capaces de hacer lo que habían visto, les habían atacado justo cuando se encontraban en una reunión con más gente que les pudiera proteger; no encontraron explicación alguna. Discutieron sobre cómo encontrar una defensa contra aquel tipo de ataques, pero lo único que sacaron en claro fue que habría que proporcionar a todos los príncipes leales un poco de kregora, pues esta había parecido funcionar para evitar la posesión de Ilaith.

Nercier e Ilaith retomaron su pacto de colaboración y pudieron por fin sellarlo al estrechar sus brazos. La delegación de Mervan se marchó como un firme aliado.

Ya a solas, Yuria explicó al resto del grupo lo que había sucedido en la sala. Daradoth rebulló incómodo, agitándose dentro de él sensaciones que no quería volver a experimentar. Cuando mencionó cómo el fuego elemental había pasado a su alrededor sin causarle ningún daño, una luz se encendió en los recuerdos de Symeon. Recordó haber leído algo sobre unos artefactos llamados "talismanes de nulificación", hechos de un extraño material negro y cuyo origen se perdía en la bruma de los tiempos anteriores a la edad de los elfos. Según les explicó, había llegado un momento en el que los elfos, los hidkas y los enanos se habían puesto de acuerdo para destruirlos todos, y se creía que así habían desaparecido todos ellos. Realmente si se trataba de uno de aquellos talismanes, había sido un valiso regalo de su padre. Yuria volvió a hablar del mapa con las extrañas islas que obraba en su posesión, y todos se mostraron de acuerdo en que deberían visitarlas cuando tuvieran tiempo y supieran dónde se encontraban.


Poco después los guardias de la sede de Tarkal anunciaban la llegada de un muchacho que portaba una carta destinada a Yuria, y que solo la entregaría en mano. La ercestre le dio una moneda al chiquillo, que se marchó con una sonrisa de oreja a oreja, y abrió el lacre. La carta estaba firmada por H.T. y rezaba así:

Mi señora, que la Gracia sea con vos.
Pude escapar de puro milagro y temo por mi vida. Me encuentro en El Capricho de la Doncella, en Sherk.
No sé cuánto tiempo podré estar aquí.

Que Alhiman os guarde.

La frase final era una fórmula habitual de despedida en el Imperio del Káikar, así que a Yuria le quedaron pocas dudas: H.T. eran las iniciales de Heddard Theuvos, el viejo cartógrafo kairk que acompañaba a la delegación del príncipe Rakos Ternal de Undahl.

Aun a riesgo de tratarse de una trampa, se apresuraron a buscar al hombre, que quizá les podría proporcionar una buena información acerca de los planes de Ternal y la Sombra. Por fortuna, no se trataba de ninguna trampa y Theuvos se encontraba realmente en la posada que había indicado, con un par de compañeros. En un viaje rapidísimo volvieron a la sede de Tarkal sin más incidencias, al abrigo de la noche.

Una vez a salvo, Heddard, con su habitual gesto de mesarse el largo bigote, les explicó que hacía tiempo que su camino, el del Imperio y el de la Confederación habían divergido, pero que no había encontrado el momento de abandonarlos. Ahora, con Ilaith fuerte y gente que le parecía mucho más recta al frente de la Confederación (y, sobre todo, capaz de protegerle de los muchos enemigos que lo buscarían a partir de ahora) había aprovechado para escapar discretamente. Yuria le tranquilizó con la más sincera de sus sonrisas; ella había admirado siempre el trabajo de aquel anciano, y ahora lo tenía por compañero. Los conocimientos del kairk también les serían útiles si en algún momento tenían que investigar el kaikarésta o los territorios del Imperio. De momento, su conocimiento de las islas de kregora probó su utilidad cuando confirmó que el contorno de las islas dibujadas en el mapa del padre de Yuria no correspondían con ninguna de las islas de las explotaciones del mineral; y lo podía decir con total seguridad, pues él mismo se había encargado de cartografiar la mayoría de ellas. Por lógica, las islas de Yuria debían de encontrarse, por tanto, aún más hacia el oeste o hacia el sur (si es que era verdad que su padre las situaba en el Océano Astario).

Aquella misma noche se reunieron de nuevo con la delegación de Esthalia. El duque Estigian y los nobles renovaron su compromiso con Ilaith y la Confederación, que juzgaban ahora en buenas manos, y anunciaron su retorno a Nátinar. Decidieron por otra parte que en Eskatha se quedaría Alexann como delegado. A su vez, como ya habían decidido los de Tarkal en una conversación anterior, Keriel Danten acompañaría a los esthalios a su patria natal con poderes para la negociación. Y para honrar la alianza que había negociado el duque como valido de Esthalia, este dio autorización a Alexann para anunciar en el Hemiciclo el apoyo de Esthalia a las aspiraciones de Ilaith a la Cancillería. La Gerente de la Confederación sonrió complacida, y miró al grupo con un destello de orgullo en sus ojos.


jueves, 18 de julio de 2019

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 2

Buscando Respuestas
Llegó el día de  Nochebuena. Patrick había "despertado" a su nueva vida la madrugada del día 22 de diciembre, el solsticio de invierno, justo cuando había tenido lugar el ritual de Tunguska, y tanto él como Sigrid, acompañados de sus parejas, decidieron visitar a sus respectivos hijos poseídos por demonios. Ambos se encontraban custodiados casualmente (o quizá no tan casualmente) en el mismo convento, el convento de la Iglesia del Redentor, en Brooklyn. Patrick prefirió interactuar mínimamente con Lupita, muy a su pesar; por su parte, Sigrid consiguió entablar unos momentos de conversación con su hijo a través de la  ventana de su habitación, e incluso pudo acariciarlo con lágrimas en sus ojos cuando él le pidió que lo sacara de allí; pero cuando el adolescente cogió la mano de su madre con una fuerza excesiva, sus ojos se tornaron sombras y su voz cambió a un tono más grave para proferir varias blasfemias, la monja supervisora dio una orden al guardián, que liberó a Sigrid del agarrón y cerró la ventana. El peso de los acontecimientos y los nuevos recuerdos cayó de lleno sobre la anticuaria, que sufrió una crisis de ansiedad. Afortunadamente, Patrick consiguió aliviarla con unos minutos de charla.

Convento de la Iglesia del Redentor


El día siguiente, después de pasar una noche agridulce con sus familias, todos se reunieron de nuevo en la sede de la CCSA. Decidieron echar un vistazo entre todos a los informes sobre los que el congresista Ackerman había llamado la atención de Derek. No tardaron en poner en común los nombres de los principales sospechosos de cada caso: Edward H.(Henry) Freeman, Henry Count y Rebecca Clarkson. Intercambiaron miradas de preocupación, pero también una renovada esperanza acudía a sus ojos; alguna parte del nombre de Henry Clarkson aparecía en cada uno de los sospechosos... ¿Qué querría decir aquello? No lo sabían, pero estaban dispuestos a averiguarlo. No había fotos ni de Clarkson ni de Freeman, y donde debería haber estado la foto de Count adjunta al dossier, alguien la había perdido o arrancado. Así que la apariencia de los sospechosos les era esquiva. En los expedientes Clarkson y Freeman se daban algunos datos sobre los posibles domicilios de los sospechosos, pero muy vagamente; el dato más fiable estaba en el dossier de Count; en él se reseñaba que este se encontraba ingresado en el hospital psiquiátrico Grasshopper Hills, sito en el condado de Westchester; Sigrid se sintió extraña al reconocer el nombre del sanatorio donde su hermana había estado internada en su anterior vida. Al parecer, los doctores habían diagnosticado a Henry Count con el único caso conocido en el mundo de Dejà Vu constante, lo que le incapacitaba para llevar una vida normal; eso, unido al hecho de que lo perseguían los acontecimientos extraordinarios, había provocado que el estado lo internara en una habitación de vigilancia intensiva.

Mientras departían acerca de los nombres y de lo extraño de la ausencia de fotos surgió el tema de las diferencias en el mundo en que vivían en ese momento y el de su vida anterior; era evidente que todo parecía más... oscuro, más sombrío, en esta nueva realidad; sin duda, los demonios presentes durante la ceremonia de Tunguska habían tenido algo que ver con ello. Además, Patrick sugirió que deberían tener claro qué había cambiado en los hechos históricos de uno y de otro. En esto, los conocimientos de Sigrid resultaron importantes, puesto que era la única con los conocimientos (y recuerdos) de historia necesarios procedentes de la realidad anterior. Varios hechos resultaron haber cambiado entre una encarnación de la realidad y otra: primero, la existencia del Imperio Bizantino se había prolongado al menos un par de siglos más que en la realidad anterior, y además su disolución se había producido de forma pacífica, disgregándose en estados más pequeños o anexándose a los de su alrededor; se decía que los bizantinos habían contraído matrimonio con las líneas sucesorias de todos los reinos y estados importantes de la historia. Además, algo había cambiado a partir del reinado del emperador León IV, conocido como "el Jázaro" (¡ese nombre otra vez!). Mientras que en la realidad anterior León había sido asesinado por Juan I Tzimiskes, en esta existencia había sido totalmente al revés. De esa manera, la dinastía de León (descendientes de los Jázaros por el matrimonio de los padres de León, Constantino V e Irene Tzitzak) había perdurado hasta el final del Imperio... Por otro lado, como más tarde averiguaría Tomaso, en varias páginas web conspiranófilas se hablaba de que la sangre de León se había mantenido pura hasta la actualidad, y que sus descendientes formaban la élite que controlaba el mundo en la sombra. Y no solo eso, sino que a lo largo de la historia se les conectaba con multitud de movimientos relacionados con la brujería, artes ocultas y filosofías esotéricas; incluso se afirmaba en algunas fuentes que el Gran Mago y otrora Gran Maestre del Ordo Templi Orientis Aleister Crowley no era sino uno más de los descendientes de la línea jázara. El corazón de Tomaso latió más rápido; ¿era posible que aquello fuera el origen de todo Mal?

Al parecer, los Jázaros, de los que ya les habían hablado Anne Rush y St. Germain antes de Tunguska, debían de haber conseguido al menos uno de sus objetivos con el ritual, si todo aquello era cierto.

Las diferencias en la historia no acababan allí; Sigrid también encontró disparidades en la Revolución Francesa, el Imperio de Napoleón, la Segunda Guerra Mundial (que se había prolongado un par de años más) y la Unión Soviética, pero no parecían tan importantes como las encontradas en la línea del Imperio Bizantino. También encontraron referencias al Conde St. Germain en esta realidad, referencias datadas en los siglos XVII y XVIII, semejantes a las de la realidad anterior.

Poco antes de la hora de comer, y a petición de Tomaso, los cuatro se trasladaron al domicilio de Sally. Allí, los tres compañeros del italiano corroboraron y apoyaron la historia que le había contado a la periodista, y a ella, tras muchos años de confianza, no le quedó otro remedio que creerlos. No tardó en preguntarles acerca de detalles de "la otra realidad", interesándose por qué relación tenían, cómo era ella... tras responderle lo mejor que pudieron, le prometieron que harían todo lo que fuera posible para que recordara. Por otra parte, después de que Patrick le explicara los detalles de la recreación de la existencia, Sally se quedó pensativa; a los pocos momentos se levantó, diciendo que había recordado algo. Cuando regresó, llevaba en la mano un ejemplar de la revista llamada Nuevo Amanecer, que Tomaso conocía muy bien, pues trataba sobre temas esotéricos y ocultistas. En la portada podía leerse el título de varios artículos que daban a entender que los articulistas estaban bastante bien informados sobre la realidad del Submundo Ocultista... así lo daban a entender títulos como "El poder simbólico de los Libros" y  "Parásitos dimensionales: ¿entre nosotros?". Pero el artículo que más llamaba la atención era uno titulado "¿Es esta realidad una farsa?", firmado por un tal ¡H. Clarkson! La "H" correspondía al nombre "Howard", pero otra vez se trataba de una casualidad demasiado extraña. En el artículo, Clarkson hacía referencias a la recreación cíclica del Universo y a una figura que el grupo entendió que correspondía al Conde St Germain.

Tras una breve investigación, Sally y Tomaso averiguaron que el tal Howard Clarkson había sido asesinado poco después de la publicación de su artículo, hacía un par de meses. Su cara había resultado destrozada y no había fotos de él ni ningún registro en internet antes de su colaboración en Nuevo Amanecer, así que metieron al articulista en el mismo saco que los sospechosos de la CCSA.

Al atardecer se trasladaron por fin al sanatorio "Grasshopper Hills" con la intención de visitar al tal Henry Count. Pero las identificaciones de la CCSA probaron no ser lo suficientemente intimidatorias, así que el encargado de planta les impidió el paso sin una orden judicial. El grupo se reunió con uno de los doctores encargados del tratamiento de Count, un tal Williams, intentando convencerle de que había un problema de alerta sanitaria relacionado con él, pero no lo consiguieron.

 —Vaya, alguien ha metido la pata aquí —dijo el doctor Williams, con cara de pocos amigos.

El doctor les mostró el informe de Count que traía consigo, y justamente donde debería haber estado su rostro en la foto, alguien había derrmado un poco de café que impedía su identificación. La frustración fue en aumento cuando, consultando el dossier informático, todas las fotos del paciente parecían haberse corrompido. Increíble.

Para complicar aún más la situación, Derek pudo ver por el rabillo del ojo cómo uno de los dos guardas de seguridad que les habían recibido en la entrada sacaba una foto del grupo mientras hablaban con el doctor. El guarda se marchó rápidamente, sin dar tiempo a reaccionar al director de la CCSA NY. Finalmente, Patrick consiguió un acuerdo con el doctor por el que le permitirían echar un rápido vistazo a la habitación de Count al menos para tratar de identificarlo físicamente; así lo hicieron, pero en los breves segundos en los que permitieron la apertura de la puerta de la habitación Patrick no pudo ver al paciente, porque se encontraba sentado en un sillón de espaldas; parecía que las casualidades conspiraban para que no pudieran ver el rostro de ninguno de los sospechosos de los expedientes. Ante la negativa del doctor y los vigilantes a abrir de nuevo la puerta debido a la peligrosidad de interactuar con Count, Patrick desistió y se marchó, frustrado.
Escamados por cómo se habían desarrollado los acontecimientos en el sanatorio, Derek y Jonathan decidieron quedarse por la noche para vigilar. Alejaron el vehículo (en las calles de la zona no había prácticamente automóviles aparcados, mucho menos por la noche) y se apostaron tras unos arbustos. Efectivamente, tal y como habían supuesto, no tardó mucho en haber movimiento. Sobre la una de la madrugada, varios vehículos hacían acto de aparición: dos coches de policía encabezando y cerrando una comitiva compuesta por dos todoterrenos negros y una ambulancia, en completo silencio. Transcurridos cuarenta minutos, la comitiva se marchó por donde había venido, igual de discreta.

El día siguiente, Derek consiguió con algunos problemas una orden judicial para poder visitar a Henry Count en el sanatorio, aunque el grupo ya no tenía muchas dudas de que debían de haberlo trasladado. Y así era: una vez que llegaron allí, otro de los doctores encargados de su supervisión les confirmó que el paciente había sido trasladado por la noche. En el registro informático figuraba su traslado a eso de la una de la mañana con destino al hospital militar de Saint John. Al parecer, los traslados nocturnos no eran la norma, pero tampoco podía decirse que fuera algo excepcional. Irritados, pidieron que les dejaran ver las grabaciones de seguridad de la noche anterior, y contra todo pronóstico, los encargados accedieron. Tomaso sintió un escalofrío cuando de uno de los todoterrenos bajó un tipo delgado, cetrino y bien vestido que identificó como Salvatore Leone. Salvatore era el hijo de don Francesco Leone, uno de los mafiosos más importantes del estado de Nueva York, que había contratado sus servicios en más de una ocasión. Nadie más del grupo reconoció a ningún otro de los individuos que salieron de los coches. Al cabo de una media hora, la comitiva volvió a salir del hospital llevando en una camilla al que debía ser Henry Count; no obstante, fueron incapaces de identificarlo porque en ningún momento su rostro fue captado por la cámara: durante todo el intervalo de grabación algún obstáculo (uno de los guardianes, su propio pelo...) interfería en la visión de su cara. Y eso era todo; un equipo de enfermeros y tipos trajeados se había llevado de un sanatorio mental a un interno bajo la supervisión de un importante mafioso... aquello apestaba a podrido.

Por supuesto, más tarde se trasladarían al hospital de Saint John, pero antes querían hablar con el guardia de seguridad que les había tomado la foto el día anterior. Al infomarse de que el guarda no entraría hasta el turno de noche, decidieron ir a su casa; su nombre (Robert Heart) y dirección fueron proporcionados por uno de los celadores a cambio de unos pocos billetes.

El tal Heart resultó vivir en un edificio de apartamentos bastante aceptable en Bronx. El grupo no tardó en plantarse en el rellano ante su puerta. Dentro, se oía la televisión. Llamaron al timbre varias veces, pero no recibieron contestación alguna. Así que Tomaso y Derek decidieron echar la puerta abajo. Algunos vecinos salieron al rellano e increparon al grupo por el ruido, aunque los ánimos se acallaron cuando se identificaron como "agentes federales". Derek y Tomaso se quedaron petrificados cuando accedieron al apartamento y vieron a Heart y a las que debían de ser su mujer y su hija muertos sobre sus platos de comida, en una mesa ante el televisor. Todo daba a entender que la familia había sido envenenada, seguramente con la bebida; una inspección rápida reveló un broche con motivos orientales que se apresuró a recoger. Parecía estar hueco y seguramente había contenido el veneno que acabó con la vida de los tres comensales. En la habitación del matrimonio encontraron dinero y armas, y justo antes de que llegara la policía a la escena se apropiaron del teléfono de la mujer; el de Robert había desaparecido, como ya esperaban.

Tras esquivar sin mayores problemas a la policía gracias a su condición de agentes federales y dando unas erráticas explicaciones sobre emergencias sanitarias, se dirigieron al hospital militar donde la comitiva nocturna había trasladado a Henry Count. Allí no tuvieron problemas en acceder utilizando la orden judicial y en que les permitieran la entrada a la habitación de Count. Este no hablaba, mostraba un estado de catatonia bastante avanzado. Patrick por fin pudo ver su rostro, pero su aura delataba una normalidad que no coincidía con los sucesos extraordinarios que provocaba. Sin duda habían ingresado allí a un sustituto; eran bastante parecidos físicamente, por lo poco que habían podido ver de espaldas y en fotos corrompidas, pero evidentemente aquel no era Henry Count. Decidieron disimular y marcharse satisfechos con lo que habían visto, por si acaso alguien los observaba, pero por dentro la desesperación era mayúscula.

Visitaron también la empresa a la que pertenecía la ambulancia que presuntamente había trasladado al paciente desde Westchester (y que, como les informó Tomaso, pertenecía a la familia Leone), pero el joven que estaba allí a cargo no parecía saber nada ni les puso ningún impedimento para inspeccionar el vehículo, que se encontraba allí aparcado. Tampoco extrajeron ninguna información útil del GPS, así empezaron a darle vueltas a la idea de que quizá tendrían que acudir directamente a la única pista que tenían, a Salvatore Leone.