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La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 21 de octubre de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 39

La Catedral de Lucerna

—A juzgar por las dificultades que ha tenido la gente de Omega Prime —dijo Sally—, en mi opinión, quien sea esa gente ha utilizado medios sobrenaturales para ocultar la información.

—Sí, es posible —acordó Sigrid. Respecto a la empresa que has mencionado, la "Golden Dusk", podríamos encargarle a Emil que utilice a sus bibliomantes para averiguar más cosas, mientras nosotros investigamos in situ.

—A mí me parece bien —contestó Derek.

—De todos modos, cuanta menos información demos a terceras personas, mejor —dijo Tomaso—. Yo también investigaré sobre esa Golden Dusk.

—Sí, estoy de acuerdo contigo Tomaso —manifestó Patrick—, pero Jacobsen tiene muchos recursos y en este caso deberíamos aprovecharlos.

—De acuerdo, como queráis —se resignó Tomaso, que contaba con el apoyo total de Theo en ese tema.

Llamaron a Jacobsen para informarle y pedirle que investigara sobre la Golden Dusk. El bibliomante transigió, pidiendo solapadamente que Yatsenko, que ya había salido del hospital, colaborara en la defensa de la mansión. Así lo acordaron.

Poco después partían en los vehículos hacia Lucerna, un viaje de poco más de una hora, para ver qué podían averiguar sobre el episodio del intento de incendio de la catedral y el enfrentamiento de los dos grupos bajo nubes y relámpagos.


Hofkirche de Lucerna

 

Mientras refrescaba sus conocimientos de demótico (lo necesitaba para poder leer el libro de Tapas Negras), Sigrid recordó algo:

—Patrick, ¿has vuelto a mirar cómo está el cubo que metimos en la mochila?

—La verdad es que hace días que no —respondió el profesor, que alcanzó la bolsa y la abrió.

Lo que vio le provocó un escalofrío. El cubo seguía allí, pero rodeado de una tenue neblina oscura.... más que una neblina, era como si el material del cubo estuviera interfiriendo de alguna manera en la luz de su alrededor, provocando un efecto parecido al de un tenue humo. Patrick calculó que la aureola de tinieblas tendría poco más de un centímetro de ancho. Hizo un par de comprobaciones, y vio que la neblina no era detenida por objetos físicos: ni por la mochila, ni por una hoja de papel, ni por una llave; parecía atravesarlos sin problemas, y era sobrenaturalmente estática, lo que descartaba inmediatamente que se tratara realmente de niebla o humo.

—Maldición, mirad esto —dijo al resto, que se miraron al ver el extraño efecto y recordar el monolito que decían haber visto en Tunguska.

—Uffff —resopló Tomaso—... ¿crees que los cubos pueden estar activándose de alguna forma, igual que el monolito de Tunguska? 

—No lo sé, prefiero no pensar en ello ahora, la verdad —Patrick cerró la mochila, mientras cerraba los ojos para atenuar el dolor de otra incipiente migraña. Los dolores no habían remitido desde que había alterado la realidad para salvar al grupo en la huida de Milán.

Transcurrida más o menos una hora, aparcaban en una zona discreta de Lucerna y se dirigían a la catedral. Según les dijo Sigrid, la catedral había sido construida sobre una antigua basílica romana que había sido pasto de las llamas en 1633.

Tras un rato de observación pululando entre los turistas, Derek se convenció finalmente de que no había ni rastro de incendios en el templo. No obstante, Patrick tuvo una sensación extraña. Cuando se concentró lo suficiente, su vello se erizó y sintió la comezón que había sentido cuando se habían acercado al Orfeo de Nueva York, solo que aquí la sensación era más leve y le había costado más percibirla. Susurró el hecho al resto del grupo:

—Estoy sintiendo lo mismo que en el Orfeo NY... allí había algo en el sótano. ¿Creéis que puede haber un nivel inferior en la catedral?

—No lo creo —contestó Sigrid—. En ninguna parte consta esa información. Aunque claro, construyeron esto encima de otro templo...

Tomaso, por su parte, buscó pistas esotéricas en las vidrieras, en las esculturas y en las inscripciones, pero no detectó ningún patrón ni ninguna pista; tampoco ningún símbolo fuera de lo común. Al cabo de aproximadamente una hora se reunieron de nuevo, dando cuenta de lo infructuoso de sus búsquedas y de la sensación de Patrick. Patrick y Sigrid decidieron salir al exterior, para evaluar lo lejos que el profesor podía llegar a sentir aquella comezón, y para que Sigrid encontrara un lugar desde el que tuviera una buena visión para, posiblemente, utilizar su antiquimancia.

Por su parte, Derek decidió quedarse un rato más centrando su búsqueda en el suelo, para ver si detectaba algún rastro del antiguo templo. Cuando llevaba unos veinte minutos abstraído en su búsqueda, alguien le tocó el brazo y le habló en alemán, rompiendo su concentración. Se giró, para encontrarse con un clérigo:

—Perdón —contestó en inglés—, no hablo alemán...

—Decía si puedo ayudarle en algo —dijo el monje, con un fuerte acento. 

Derek no supo distinguir qué categoría eclesiástica tenía, no era un experto en esas cosas, aunque dudaba que nadie pudiera distinguirlo por la sobria sotana que llevaba su interlocutor.

—Bueno, no creo —disimuló—, es que he perdido una lentilla.

—Ah. —"¿Acaso parece decepcionado?", pensó Derek con suspicacia—. Bueno, si podemos ayudarle en algo, nos avisa por favor.

—Sí, descuide —"¿nos?", al mirar a su alrededor vio que en la nave había entrado un grupo de clérigos, pero intentó no perder la concentración—.

Pocos minutos después, Derek identificaba bajo el púlpito y los bancos que había por debajo un par de losas de piedra que habían sido puestas recientemente (relativamente, calculaba unos años). Las dos losas formaban un rectángulo de aproximadamente uno y medio por dos metros. El director de la CCSA hizo un gesto de disimulo como si hubiera encontrado la lentilla, y sacó la cámara. En ese momento se dio cuenta de que un par de clérigos lo miraban con curiosidad; fingió hacer unas fotos como si fuera un turista, intentando enfocar el suelo, y se marchó. Patrick, que había entrado de nuevo en el templo y se encontraba junto a Derek, se concentró para ver el aura de uno de los monjes. Se sorprendió cuando identificó que tenía algún tipo de poder, concretamente algún tipo de mancia. Y no se parecía a ninguna de las que había visto anteriormente. Siguió a Derek al exterior, comentándole lo que había visto.

Ya en el exterior, Derek compartió lo que había descubierto, y elucubraron algunas posibilidades, hasta que Sigrid anunció:

—Creo que voy a utilizar mis habilidades desde aquí —desde donde se encontraban tenían una visión general del frente de la catedral. 

Todos se mostraron de acuerdo en esperar unos segundos, y la anticuaria se concentró. "Muéstrame el momento del intento de incendio, cuando se produjo el enfrentamiento entre grupos", pensó.

Al cabo de unos segundos, Sigrid se volvió hacia los demás, con un gesto de incredulidad que no era habitual en ella.

—Qué raro, no he visto nada, pero sé que no he fallado.

—Mmmmh... ¿puede ser que hayan ocultado el acontecimiento? —especuló Tomaso.

—No lo sé, no he notado ninguna resistencia, ni nada parecido. Mejor vámonos de aquí.

—Esperad un momento. —Patrick aguantó unos segundos, concentrándose, hasta que se giró hacia ellos—: No hay nada que hayan hecho para alterar el continuo; podemos descartar eso, vamos.

Sin más dilación volvieron a Zurich, con la intención de volver al día siguiente y evitar llamar demasiado la atención.

Ya en la casa de campo hablaron de nuevo con Jacobsen, que les informó de que Jodorowski, el psicomago, llegaría al día siguiente a la mansión. Tomaso aprovechó para buscar más información sobre la catedral de Lucerna. Sorprendentemente, no le llevó mucho tiempo encontrar algo: tres documentos que contenían unas tesis doctorales sobre el casco antiguo de Lucerna, que parecían contener bastantes menciones a la catedral y el antiguo templo romano. Afortunadamente, las tesis estaban escritas en inglés. Dado lo complejo y árido del tema tratado y conociendo la habilidad lectora de Patrick, Tomaso descargó los documentos y se los dio al profesor para que se encargara de leerlo. Este lo consiguió en un plazo de poco más de cuatro horas.

Ya entrada la noche, Sigrid cerró por fin sus libros de demótico, dándose por satisfecha con los conocimientos adquiridos. "Ahora solo me queda aprender árabe", pensó irónicamente.

—He acabado ya de leer las tesis doctorales que ha encontrado Tomaso —anunció Patrick por la mañana, una vez reunido de nuevo el grupo—. Hay un montón de datos inútiles sobre los métodos de construcción y los cascos urbanos de la Edad Media. Lo interesante es que se menciona en todas las tesis que la construcción de la catedral de Lucerna tuvo que ser detenida varias veces porque parece ser que un gran número de trabajadores sucumbía a la locura; cundían los suicidios, se volvían agresivos, hablaban en idiomas desconocidos...

—Muy parecido a lo que pasaba en Tunguska... —meditó en voz alta Sigrid.

—Sí —continuó Patrick—, y por otro lado, en una de las tesis se menciona una pequeña... no sé cómo decirlo... "irregularidad" que se cometió al iniciar la construción. Al parecer, en lugar de despejar los restos de la basílica romana, lo que hicieron fue derruirla sobre sí misma y compactar los escombros para construir sobre ellos. No era lo habitual.

—En mi opinión, todo apunta a que ahí había (o hay) un monolito —dijo Tomaso.

—Eso parece, desde luego —coincidió Derek.

A continuación, el grupo conversó acerca de lo que había pasado en Lucerna, y por qué Sigrid no había conseguido ver nada sobre el evento. Finalmente, tras un intenso proceso mental, Sigrid tuvo una pequeña iluminación:

—Mierda, ¿y si lo que ha pasado es que no hubo ningún intento de incendio? ¿O que no hubo enfrentamiento entre grupos? Si cualquiera de las dos cosas fuera falsa, claro, el fallo está en mi premisa.

—Es verdad —corroboró Derek—. Yo creo que lo más probable es que el intento de incendio haya sido una excusa para tapar algo más. Sí, bien pensado.

—Creo que lo mejor será que lo intentes otra vez dentro de la iglesia para ver qué pasó con lo que sea que tapan las losas que ha descubierto Derek —sugirió Patrick.

—Sí —secundó Tomaso—, pero creo que mejor si vemos el momento en que se abrió el agujero, no el momento en el que pusieron las losas. También es posible que hayan puesto las losas para evitar que algo saliera de ahí.

—Tendré que pensar cómo enunciar bien el momento entonces —dijo Sigrid.

Pocas horas más tarde llegaban de nuevo a Lucerna. Tomaso, Theo, Sally y Sigrid, intentando disimular en la medida posible su aspecto, entraron en la catedral. El resto esperaron fuera.

Fueron hasta tres los intentos infructuosos de Sigrid para ver los acontecimientos. Pero el cuarto tuvo éxito. "Muéstrame cómo abrieron el agujero que taparon con las losas", se concentró. A su alrededor todo se difuminó, y alrededor del punto donde ahora se encontraban las losas señaladas por Derek tomaron forma cuatro figuras, hombres y mujeres.

Habían apartado los bancos de la iglesia. Uno de ellos hablaba por teléfono, y de vez en cuando parecía que entraba y salían más personas. Los cuatro reunidos alrededor del punto eran de etnias heterogéneas. En un momento dado, dos de ellos metieron sus manos en sendos macutos que llevaban colgados del hombro. Sacaron algo de ellos, un puñado de pequeños objetos, y los lanzaron al suelo. Al fijarse más, Sigrid vio que lo que habían arrojado eran unos pequeños escarabajos, seguramente de metal aunque no podía asegurarlo, parecidos al que había atacado a Tomaso en el pecho.

A continuación, los dos sujetos gesticularon y dijeron algo, y los pequeños escarabajos, que hasta entonces habían permanecido inertes, se activaron. Con movimientos febriles, empezaron a girar en una procesión de círculos y a "comerse" el suelo. A toda velocidad empezaron a abrir un agujero en el suelo, que evidentemente no lucía las losas que había en la actualidad.

De repente, el individuo que estaba hablando por teléfono gritó instrucciones a los demás. Llegó un nuevo sujeto a la escena, y el resto, excepto una mujer que pareció quedarse a cargo de la "excavación", salieron corriendo. Pocos segundos después, la mujer era alcanzada por un relámpago que atravesó una vidriera, haciéndola añicos.

La visión se desvaneció. En el exterior, Derek, Patrick y Jonathan se pusieron alerta cuando vieron llegar un vehículo negro y grande. Bajaron de él dos personas. Patrick sintió un escalofrío al reconocer a dos de los hechiceros a los que se habían enfrentado en Milán.


jueves, 14 de octubre de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 38

Viaje a Madrid. Llegada a Zurich.

Tras comentarlo durante unos minutos, decidieron finalmente que intentarían triangular lo máximo posible el punto donde parecía encontrarse el Conde St. Germain. Para ello deberían desplazarse un número considerable de kilómetros, hasta una ciudad con un museo que albergara una antigüedad lo suficientemente importante para que Sigrid pudiera utilizar su poder simbólico.

Finalmente, tras varias horas de búsqueda, Derek dijo:

—Mirad, en Madrid he encontrado esto: la Universalis Cosmographia Secundum Ptolomae Traditium, de Americo Vespucio. Es de 1507... ¿valdría, Sigrid?

—Pues sí —contestó la anticuaria—, supongo que sí.

Poco más tarde subían a un furgón de alquiler seguidos por los dos hombres de Paolo en su propio vehículo para realizar el viaje de veinte horas por carretera que los llevaría a Madrid. Tomaso avisó a su hermano para  informarle de sus movimientos, y Patrick llamó a Jacobsen cumpliendo el protocolo habitual.

Mientras se desplazaban hacia la capital española, Sigrid descubrió otro objeto que seguramente sería más accesible que el que había encontrado Derek: un mapa de Juan de la Cosa en el Museo Naval de Madrid. Así que decidieron cambiar su objetivo. 

Carta Universal de Juan de la Cosa

Lo primero que hicieron fue descansar en un discreto hotel de un pueblo cercano a la ciudad. El día siguiente se dirigieron al Museo Naval, dejando para más tarde la visita a la tienda de Sigrid en la Puerta de Alcalá.

En el museo, Patrick intentó que les permitieran hablar con el director del museo, pero este se encontraba de viaje, así que los redirigieron al conservador jefe. Uno de los guardias acompañó a Patrick y a Sigrid a un recóndito despacho en los oscuros pasillos cerrados al público del vetusto edificio. Derek, Tomaso y los poseídos se quedaron rondando por el museo mientras Sally y Theo esperaban en los vehículos.

En el despacho una placa en la puerta mostraba la inscripción "Jorge Díez, Conservador Jefe". El guardia llamó, y alguien dio permiso desde el interior. Allí, un tipo alto, con el pelo descuidado y con unas pequeñas gafas redondas levantó la vista hacia ellos. 

—Señor Díez —anunció el guarda—, aquí hay unas personas que quieren hablar con usted.

Díez despidió a dos estudiantes que estaban sentados al otro lado de la mesa y asintió con la cabeza. Patrick y Sigrid entraron, dando las gracias al guarda.

—Díganme —dijo el conservador seriamente.

—Buenos días, señor Díez —dijo Sigrid—. Queríamos comentarle que nos ha extrañado no ver expuesta en el museo la Carta Universal de Juan de la Cosa.

—No, claro —contestó Díez—. No todos los artículos están expuestos... pero... dígame... ¿usted no es Sigrid Olafson?

"Mierda", pensó Sigrid, "ha tenido que reconocerme... ¿por qué?".

—Eh... sí, cierto —respondió Sigrid.

—Ajá. ¿Y a qué debemos el honor de que una anticuaria de tanto renombre visite nuestro museo? —Patrick no supo identificar si el conservador estaba siendo sincero o cínico, pero sí que se había puesto a la defensiva, seguramente debido a la mala fama de Sigrid.

—La verdad es que tengo información de una pieza muy similar, y quería examinar el original, a ser posible.

—Bueno.... les puedo dar a rellenar el formulario de solicitud, y cuando el director...

—No, pero no es necesario —interrumpió Patrick—; no deseamos llevarnos el mapa, sino solamente verlo unos minutos. Mi jefa, la señora Olafson, necesita cotejar unos datos que nos han llegado de otra fuente y hacen referencia a este mapa, por lo que necesitamos asegurarnos antes de gastarnos una fuerte suma de dinero.

—Sí, sí, si yo comprendo su necesidad —contestó Díez—. Pero los cauces son los cauces, y el director debe aprobar...

—Sí, claro, el director ya lo aprobó, ¿no lo recuerda? —Sigrid cogió su estatuilla en el bolsillo, y utilizó la Antiquimancia para intentar implantar el recuerdo en su interlocutor.

Díez la miró fijamente durante unos segundos.

—No sé qué está haciendo usted, señora Olafson —dijo—. Pero le rogaría que no siguiera utilizando sus... "artes". Si son tan amables, les puedo dar el formulario o les puedo acompañar a la puerta.

"Mierda", pensaron a la vez Sigrid y Patrick.

—¿Cuánto tardaría en procesarse el formulario? —reaccionó el profesor—. Es que necesitamos verlo hoy, es urgente de verdad. Se lo rogamos, señor Díez, es realmente importante, y tiene que ver con... bueno, con lo que veo que usted ya sabe.

El conservador pensó durante unos segundos. Finalmente, se levantó y los invitó a seguirlo:

—Muy bien, vengan por aquí.

Los dirigió a través de los pasillos hacia otra sala. En el camino, Patrick aprovechó para llamar a Derek e informarle de lo que estaba pasando.

Entraron a una especie de biblioteca, donde Díez abrió unos archivadores deslizantes especiales. Sacó una enorme carpeta y la puso sobre la mesa de investigación.

—Aquí tienen un facsímil del mapa, que pueden estudiar en profundidad.

—Está bien, pero nos gustaría ver el original.

—No se preocupen, el director volverá en un par de días, y podrá aprobar su solicitud.

Patrick aprovechó para visualizar su aura, y esta reveló a Jorge Díez como algún tipo de adepto, seguramente un cliomante.

Sigrid disimuló durante unos minutos observando la copia, y al cabo de un rato se marcharon, dándole las gracias a Díez. Se reunieron con Derek y Tomaso. Conversaron en voz baja durante unos momentos, y finalmente decidieron que tenían que revelar a Díez parte de la verdad. Así que pidieron al guarda que los volviera a conducir ante el conservador; lo consiguieron sin demasiados problemas.

Díez se sorprendió al verlos otra vez, y aunque transigió de nuevo en conversar, solamente dejó que pasara Sigrid a su despacho.

—No me había dado cuenta de quién, o mejor dicho, qué eres, lo siento —empezó Sigrid. 

—¿De lo que soy?

—Sí. Lo que eres y qué eres capaz de hacer. Adepto. Quiero ser totalmente sincera: necesito urgentemente poder tocar el mapa original. No sé si tienes noticias de lo que está sucendiendo en Europa con los bibliomantes, pero la situación es grave. Y necesito simplemente tocar el mapa para poder localizar a alguien. Espero que entiendas lo complicado de la situación y es mejor que el museo borre todo registro de mi visita —dirigió una mirada hacia el formulario— si no quieren exponerse a problemas mayores. Hay enemigos que nos superan a todos.

Díez se quedó callado un largo rato.

—Señora Olafson —dijo al fín—. Debe ser usted consciente de que no es una desconocida en nuestros círculos. Y se lo tengo que dejar muy claro: no me fío de usted. No sé si me va a robar o cualqueir otra cosa; ha venido usted con otras seis personas (que tenemos controladas), y no sé muy bien qué pretenden.

Sigrid abrió las manos, intentando parecer lo más sincera posible.

—Le aseguro que no tenemos ninguna intención oculta. me estoy abriendo a usted. Necesito simplemente tocar el mapa para sentir una dirección y...

—Tenía entendido que era usted una bibliomante, señora Olafson, esto no me cuadra.

—Ya no lo soy. Ahora tengo otras capacidades.

—Mmmmh... eso es algo extraordinario, no sé...

—Le aseguro que el mapa no sufrirá ningún desperfecto ni intentaré llevármelo, solo quiero entrar en contacto con él unos segundos. Puede hacer que me acompañe quien quiera.

—Bien.... agradecería algo más de información...

—Es demasiado peligroso, no sé si se ha enterado de lo que ocurre en Europa central, pero la cosa está muy difícil. Mejor evite problemas.

—Algún rumor he oído, y es verdad que son preocupantes; no quiero más problemas, así que...  bien, acompáñeme.

Díez y Sigrid salieron. La anticuaria hizo un gesto al grupo para que esperaran tranquilos, y después un guardia de seguridad se reunió con ellos. Pocos minutos después, Sigrid tenía el mapa ante sí, después de que Díez hiciera salir de la sala a tres doctorandos y el guardia esperase en el exterior de la puerta.

La anticuaria entró en contacto con el mapa, y concentrándose en St. Germain, a los pocos segundos sintió una dirección y una gran distancia.

—¿Sería tan amable de proporcionarme una brújula y una regla, por favor? —preguntó a Díez.

Con la brújula y la regla, Sigrid apuntó el rumbo.

—Muchas gracias —dijo al fin—. Ya he acabado.

—¿Ya? Debo decir que estoy algo confundido, nunca...

—No se preocupe. Mire, aquí tiene mi teléfono, llámeme si ocurre cualquier cosa. Y mejor destruya el formulario. Muchas gracias otra vez.

Ya tranquilamente en los vehículos, triangularon la dirección, y efectivamente, la línea desde Madrid se cortaba con la línea desde Venecia al sureste de Zurich.

—Maldición —dijo Tomaso—. Otra vez nos tendremos que meter en la boca del lobo.

—Sí, necesitaremos apoyo —confirmó Sigrid—. Tendremos que hablar con Paolo y con Emil.

 

A continuación, el grupo se dirigió a la tienda. Uno de los coches pararon ante la puerta y otro más alejado. Sigrid, Patrick y Theo bajaron del vehículo y entraron en el negocio. Cuando Lucía vio a Sigrid, se abalanzó sobre ella y la abrazó.

—Dios mío Sigrid —dijo la dependienta—, estaba muy preocupada.

—Sí, han pasado muchas cosas, tranquila Lucía, ya te contaré. Esther y los demás están bien, ahora, cierra la tienda y acompáñame que tenemos prisa.

Se dirigieron rápidamente al interior, donde Sigrid procedió a seleccionar varias antigüedades con cargas para ejecutar sus habilidades en el futuro.

En el exterior, transcurrido un buen rato desde que Sigrid y los demás habían entrado a la tienda, Derek reparó en un figura que se encontraba entre las sombras de los árboles a unos cincuenta metros de distancia. Cuando un coche la iluminó con sus luces, el director de la CCSA sintió un escalofrío. "Es Simeon bar Yohai, ¿cómo puede ser?". Por descontado, avisó a los demás inmediatamente. Se pusieron alerta, pero el presunto Yohai no parecía tomar ninguna acción. Estaba completamente inmóvil, mirando hacia la tienda.

No tardaron en avisar a través del móvil a Patrick de que bar Yohai los estaba vigilando. El profesor sintió un escalofrío en la espalda, e instó a Sigrid para que marcharse rápidamente. Después de que esta se despidiera de Lucía y le encargara cerrar la tienda dos o tres días, salieron para reunirse con los demás.

—¿Dónde está, Derek? —preguntó Patrick, una vez en el vehículo.

—Allí, al otro lado de la rotonda —señaló Derek. 

Patrick intentó ver el aura del judío, pero estaba demasiado lejos.

—Necesito ver su aura para ver si es el auténtico Simeon... —dijo—. Tomaso, Theo, ¿me acompañáis para ponernos un poco más cerca?

—Sí, vamos —acordó Tomaso.

A unos cincuenta metros de distancia, Patrick volvió a concentrarse. Pero por algún motivo, era incapaz de ver el aura del enorme judío. Lo que les llamó la atención fue que seguía mirando hacia la tienda, en lugar de fijar su atención en ellos o en el grupo que estaba en los vehículos.

—Nada, no puedo ver su aura —desistió Patrick—. Vámonos.

Se retiraron a descansar a un hotel alejado del bullicio de la capital, donde pudieron conciliar al fin el sueño. La mañana siguiente, durante el desayuno, Derek se unió a Sally en la habitual búsqueda de noticias para ver si mencionaban algún hecho extraño en Madrid o en Europa... pero se encontraron con algo totalmente inesperado.

Todos los periódicos, digitales o impresos, abrían con la misma noticia. La televisión estaba también copada por los mismos titulares. Más o menos, todos venían a decir lo siguiente:

"Rusia pierde el control sobre un presunto portal en Tunguska, y pide ayuda a Estados Unidos, China y Europa"

"El primer ministro ruso pide perdón por los años de ocultación"

En la televisión, un reportero explicaba que hacía siglos que existía un portal a no se sabía qué dimensión...

—Al parecer, todo el operativo que les había permitido controlarlo hasta ahora en secreto, se les vino abajo aproximadamente desde hace un mes y medio, desde el día de nochebuena. Y no han tenido más remedio que pedir perdón por el secretismo. Ahora dicen que el "portal" (así lo llaman) se ha salido de todo control posible...

—Gracias, Stefan —respondían desde el estudio—. Esperamos ansiosos la nueva conexión cuando llegues a Tunguska.

Se miraron, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—Mierda —dijo Sigrid—. ¿Desde el día de nochebuena?

—Justo cuando se recreó todo —confirmó Tomaso.

—Joder —continuó Sigrid—. Entonces... ¿quiere eso decir que Paolo y los demonios sí triunfaron?

El resto permaneció en silencio, mientras en la televisión hablaban de horribles sombras que parecían salir como una exhalación de la oscuridad que se había expandido de repente en varios kilómetros a la redonda en el remoto paraje siberiano:

—Además —continuaba una reportera—, nos han hablado del testimonio balbuceante de uno de los soldados que estaban de guardia y que acabaron enajenados que asegura haber visto un enorme monolito negro como el basalto aparecer de la nada antes de que sucediera la presunta "explosión de oscuridad que los envolvió y los arrastró al infierno".

—Y según nos han contado —decía otro periodista—, esa oscuridad parece estar deformando la realidad a su alrededor, como si fuera un imán que deformara todo. 

—Se habla también de varias expediciones enviadas por el Vaticano que intentaron sellar ese portal demoníaco, pero que no tuvieron éxito y han desaparecido en el intento.

Tras superar el impacto inicial y asimilar como buenamente pudieron la información, llamaron al padre Borkowski. Este manifestó también su sorpresa.

—Sabíamos que había algo en Tunguska —se sinceró—, pero no esperábamos algo tan brutal. Desde luego —bajó la voz—, algo sucedió en la recreación que no esperábamos...

El sacerdote les confirmó la desaparición de al menos una veintena de clérigos de la iglesia, y la falta de noticias de ellos. Quizá habían sido abducidos por la oscuridad, o se habían vuelto locos como los soldados, o los tenían los rusos.

Derek llamó a su vez al congresista Ackerman, que estaba ocupadísimo pero le atendió al poco tiempo. Ackerman le contó que estaba colapsado con las noticias desde Rusia, y cuando Derek le preguntó por alguna información confidencial, el congresista le dijo que nada, pero que si se enteraba de algo se lo diría en cuanto pudiera. El director de la CCSA aprovechó para ponerle al día de los enemigos a los que se estaban enfrentando en Europa.

—Está bien —se despidió el congresista—. Tened mucho cuidado, y espero que volváis pronto, que ya lleváis demasiado tiempo fuera.

—Philip, una última cosa... ¿tenemos algún contacto de confianza en Suiza? Si puede ser, de alto nivel.

—Pues... ahora mismo no sé decirte. Creo que no, ¿por?

—Porque nuestro siguiente paso nos lleva allí. No pasa nada, tranquilo, hablamos en breve.

Tras colgar, se quedaron en silencio unos instantes, observando más noticias sobre el tema.

—Necesitamos Polvo de Dios —dijo Patrick en un momento dado.

—Para ir a Tunguska tal vez —contestó Tomaso—; pero ahora mismo, nuestra prioridad es viajar a Zurich e intentar encontrar a Saint Germain para hacerlo recordar.

Una hora después, los dos vehículos se ponían en marcha en dirección a Suiza. Nada más arrancar, Tomaso llamó a Paolo para comentarle las noticias de Rusia. 

—¿Has visto las noticias, Paolo? 

—Pues no, hemos estado muy ocupados dejando la villa, ya no estamos allí.

—Bien, pues parece que lo de Tunguska tuvo consecuencias muy graves y los rusos han reportado una especie de portal demoníaco que se ha salido de control...

—Ah, eso en realidad ya lo sabía —contestó Paolo, dejando a Tomaso sorprendido.

—¿Ah, sí? —intervino Patrick a través del manos libres—. ¿Y sabes qué... "cosas" están saliendo de esa oscuridad?

—Sí claro, demonios. Es un portal al... infierno, por decirlo de alguna manera, a una dimensión más allá del Velo. No os niego que al principio me gustó, era lo que pretendía al recrear la existencia, pero se ha salido de control, y en realidad los demonios que salen de ahí no son... no sé cómo decirlo... "normales". Hay una especie de monolito raro que parece haber causado una ruptura demasiado grande en la realidad.

—Buf, realmente inquietante —dijo Patrick—. Nosotros hemos averiguado que el Conde St. Germain debe de encontrarse en algún lugar del sureste de Suiza, estamos yendo para allá. Nos vendría bien algo más de músculo por lo que podamos encontrarnos.

—Creemos —añadió Tomaso— que allí puede estar la sede de la Orden de Hermes.

—Pero tendréis que investigar algo más antes de intervenir o hacer nada, ¿no? Sed discretos.

—Sí, por supuesto, pero te avisamos ya para que sepas hacia dónde nos dirigimos y que seguro que necesitaremos refuerzos.


Después de otra agotadora jornada de conducción, llegaron cerca de Zurich. A instancia de Tomaso, Sally se encargó de encontrar una casa de campo en alquiler que serviría como su base de operaciones.

Lo primero que hizo Tomaso fue llevar a cabo una búsqueda exhaustiva en internet en busca de acontecimientos extraños en Suiza, preferiblemente en el sureste. Tras quemarse las pestañas durante horas, no encontró noticias sobre hechos fuera de lo normal, ni siquiera indicios. 

—No es normal —anunció—. Estoy seguro de que esa gente se ha dedicado a eliminar de alguna forma todas las pistas que nos puedan conducir a ellos.

—Quizá podríamos recurrir a Omega Prime... ¿Sally?

—Podemos intentarlo, claro —contestó la periodista, que realizó la llamada.

El día siguiente, Sally recibía la contestación de los hackers. Según les dijo, estaban sorprendidos de haberse encontrado con unas dificultades fuera de lo normal para escarbar en la información. Algo estaba sucediendo, desde luego.

—Me dicen que con muchísimo esfuerzo apenas han encontrado dos cosas. La primera es un acontecimiento ocurrido hace diez años en la ciudad de Lucerna, donde parece ser que hubo un intento de incendiar la catedral, y luego un presunto conflicto entre dos grupos donde algún que otro testigo relató la aparición de una niebla extraña, de "grandes nubes" sobre la escena y la caída de repetidos rayos y relámpagos. La segunda son varias referencias a una fiesta benéfica realizada hace aproximadamente seis años en una mansión de Zurich donde se mencionaba una empresa llamada "Crepúsculo Dorado" (en inglés, "Golden Dusk") dedicada al bienestar de los ancianos, donde tuvieron lugar varios asesinatos de los que no han podido averiguar mucho más...


jueves, 30 de septiembre de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 37

Huida in extremis. La Alianza con Paolo.

Jonathan empezó a disparar como un loco, hiriendo al conductor del coche más cercano. Se desencadenó un tiroteo desde ambos extremos de la calle.

—¡Rápido, subamos al coche! —gritó Derek a Patrick, con la esperanza de que Sigrid y Tomaso, al otro lado, también lo oyeran.

La calle de Milán

Tomaso ya había arrancado a correr para ponerse a cubierto al menos de una parte de los enemigos tras el vehículo, pero Sigrid permaneció en el suelo, aturdida. Patrick, que se encontraba prácticamente al lado de Derek, abrió la puerta trasera.

Sintió un pinchazo entre los ojos y su estómago se revolvió, sintiendo el vértigo existencial que ya había experimentado otras veces.

—¡No, Derek! —rugió—. ¡Hay que alejarse del coche! ¡Confía en mí!

Derek, que ya sabía de las corazonadas de Patrick y confiaba en ellas, se detuvo. "Pero... mierda", pensó, "el manuscrito de tapas negras está en el maletero". Se revolvió para pasar a la parte trasera sin salir del coche, mientras Patrick retrocedía, agachado.

Mientras Sally desenganchaba su coche y derrapaba para acercarse a sus amigos rápidamente y Theo Moss disparaba a discreción por la ventanilla, Sigrid se vio rodeada por una lluvia de disparos, que rompieron un hueso en su brazo derecho. La anticuaria soltó un aullido de dolor, pero consiguió revolverse, y rodando por el suelo, se acercó hacia la acera.

Con un movimiento de agilidad inusitada, Derek consiguió abrir uno de los asientos traseros y agarró una de las correas de la mochila que contenía el libro. Azuzado por los gritos de Patrick, que no dejaba de insistir en que debían alejarse del coche, salió desesperadamente por la puerta trasera que el profesor había dejado abierta, tan solo uno o dos segundos antes de que una fuerte explosión en el suelo lanzara el coche por los aires. La explosión fue extraña, no se pareció en nada a una bomba. "Es como si el suelo hubiera saltado hacia arriba", pensó Patrick; "incluso lo ha atravesado. Menos mal que tengo estas corazonadas". Derek dio un par de volteretas y llegó a la altura del profesor.

Tras la explosión, Tomaso se fijó mejor en los enemigos. "Unos esgrimen armas y otros hacen gestos, está claro quién es quién. Hechiceros". Una de ellos se tambaleó, claramente afectada por lo que acababa de hacer. El coche aterrizó tras uno segundos en un tejado cercano, mientras un relámpago caía del cielo dirigiéndose hacia Tomaso. Afortunadamente, consiguió moverse a tiempo para que el rayo lo dejara solamente un poco sordo y desconcertado, más aún por la nube de polvo y pequeños guijarros que caían del cielo.. Un chirrido fuerte y cercano lo devolvió a la realidad.

—¡¡Vamos, subid ya!! —bramó Sally. Con un trompo se había situado muy cerca del grupo, dándoles algo de cobertura—.  ¡¡Vámonos!!

—Pero... —empezó a decir Derek, que no podía levantarse debido al fuego cruzado de todos los enemigos con subfusiles. Theo disparaba sin cesar; fue alcanzado en un hombro, pero no pareció enterarse. El coche estaba bajo una lluvia de fuego.

De repente, sonó un fuerte impacto. La camioneta que unos segundos antes había visto Derek a lo lejos había llegado por fin y, sin frenar, se había estrellado contra los vehículos de los enemigos de la parte este de la calle. Varios de ellos saltaron por los aires.

Rápidamente, el grupo se metió en el vehículo, con Sigrid aullando de dolor por su brazo inerte y Theo ejerciendo de muro de protección contra los disparos, mientras de la camioneta recién estrellada bajaban Camil y otros tres poseídos, que la emprendían a golpes (por lo poco que pudieron adivinar entre el polvo) con los matones y los hechiceros.

—¡Cuidado! —gritó Sigrid.

Entre el polvo, habían aparecido dos figuras enormes, de unos dos metros y medio de altura, que se movieron rápidamente hacia ellos.

—¡Son esos malditos Golems, o lo que coj...!

Tomaso no pudo acabar la frase. Sally había arrancado en cuanto pudo, pero una de las dos figuras había llegado a su altura y propinó una embestida al vehículo. Aquellos que la vieron no pudieron evitar un escalofrío cuando vieron que el engendro estaba hecho de una especie de alquitrán cambiante e iridiscente. La superficie parecía descortezarse y regenerarse continuamente. El golpe fue tremendo, y el vehículo salió despedido, girando lateralmente. Afortunadamente, la pericia al volante de Sally y la sobrenatural suerte de Derek entraron en juego: consiguieron que el coche no volcara, y que, tras impactar con uno de los vehículos que había embestido la camioneta de los poseídos, se quedaran en una posición óptima para salir por el callejón perpendicular. La periodista pisó a fondo el acelerador, y se giró:

—¡No responde! —gritó—. ¡El coche no responde! ¡¿Qué hacemos?!

—Tranquila, dame un segundo —respondió Patrick, cansado y concentrándose con la mirada perdida un par de segundos.

El profesor consiguió, con sus capacidades de alteración, hacer que el coche revirtiera al estado que había tenido unos momentos antes. Las abolladuras desaparecieron, las grietas de los cristales desaparecieron. Al gastar sus útimas energías, sintió cómo la cabeza le daba vueltas.

—¡Prueba ahora! —dijo, con una incipiente migraña.

Sally apretó a fondo, y, quemando algo de goma, el coche arrancó bruscamente. Se dirigieron hacia el callejón, mientras Derek y Tomaso veían a través de la luna trasera cómo una de las difusas figuras de los engendros de alquitrán corría tras ellos, y el otro se dirigía hacia el combate con los poseídos. La camioneta de estos últimos empezó a moverse también. Al llegar a la esquina, Jonathan saltó sobre el coche y consiguió unirse al grupo, solo con alguna herida menor.

A unos cincuenta metros de distancia de la escena, ya con el engendro desistiendo de la persecución, vieron una enorme explosión que se producía más o menos donde se había encontrado el grupo de coches arramblado por la camioneta.

—Menos mal que Paolo ha enviado a Camil y los demás, si no no lo contamos —dijo Tomaso, que se volvió para mirar a los demás. El aspecto del grupo era lamentable: todos llenos de polvo, rasguñados, Sigrid llorando por el dolor en el brazo y la posible pérdida definitiva de Ramiro, Patrick encogido por las costillas rotas y la migraña que le había provocado el uso de su habilidad, Theo sangrando por varias heridas y todos ellos agotados. Tomaso puso una mano en el hombro de la anticuaria, intentando reconfortarla. 

Acto seguido, silenciando por pura fuerza de voluntad el amargo ardor de su pecho, cogió su teléfono; llamó a uno de sus contactos, que les proporcionó un apartamento seguro donde recuperarse y pasar la noche. Además, consiguió los servicios de un médico de confianza al margen del sistema sanitario oficial, que más tarde trataría las heridas del grupo y el brazo de Sigrid.

En el asiento de atrás, Derek y Patrick repararon en un pequeño objeto que había a sus pies: un cubo negro, liso, de unos diez centímetros de lado. Lo apartaron con cuidado con un pie, y a continuación decidieron guardarlo en una mochila.

Ya a salvo en el piso franco, Patrick hizo lo que pudo para consolar a Sigrid por la (presunta) pérdida de Ramiro y aliviar su desesperación. Tomaso telefoneó a Paolo con el manos libres:

—Hola, Paolo —dijo—. No sé si lo sabrás, pero finalmente hemos podido salir de la trampa que nos habían tendido gracias en parte a vuestra ayuda.

—Sí —contestó el que alguna vez había sido su hermano—, me ha llamado Camil hace unos minutos, bastante cabreado y mencionando una especie de Golems. Hemos sufrido dos bajas. Los dejasteis tirados.

—Siento oír eso —aseguró Tomaso.

—Lo sientes, pero no me parece bien que los dejarais allí a su suerte con más de una docena de enemigos y dos monstruos casi imparables.

—No estábamos en condiciones de luchar en ese momento —intervino Derek—. Patrick estaba inconsciente y Sigrid malherida. Si nos hubiéramos quedado, no sé si habríamos sobrevidido.

—No digo que lucharais, pero al menos —insistió Paolo— podríais haberles ayudado a escapar.

—Tienes razón —retomó la conversación Tomaso—, pero en ese momento no pudimos pensar más que en sobrevivir, egoístamente. Te pedimos perdón por eso.

Tras unos segundos de silencio sin obtener respuesta de Paolo, continuó:

—¿Os habéis ido ya de la villa?

—No, todavía no, pero lo haremos en breve, nuestras filas están reducidas y no quiero arriesgarme a que nos atrapen aquí. Aunque parece que tienen que "recargarse" de alguna forma y nos acabamos de enfrentar en Milán, mejor no arriesgarse.

—Nosotros nos deberíamos ir de Italia cuanto antes —propuso Patrick, con una voz apagada por la migraña.

—Ese no era el acuerdo —interrumpió Paolo—... ya os dije que dos de vosotros tienen que pasar a formar parte de nuestra... hermandad.

—Mañana volveremos a hablar, Paolo, ahora estamos agotados —y Tomaso colgó. 

Acto seguido, pasaron a discutir la conveniencia de volver a la mansión Jacobsen, con reservas, pues aquello también implicaba peligros en forma de Illuminati. Aprovecharon para cumplir el protocolo de mensajes con Paula. Y Patrick, se opuso firmemente (todo lo firmemente que pudo, dadas las circunstancias) al retorno a la mansión, aunque también planteó dudas, porque era urgente que Jodorowski tratara su estado mental (si es que tenía las mismas habilidades que en la realidad anterior).

—Y no olvidemos nuestra cita pendiente con Taipán —dijo Tomaso, mirando de reojo a una ausente Sigrid.

—Uf, ahora Taipán es la menor de nuestras preocupaciones —zanjó el tema Derek.

—Estoy de acuerdo —Tomaso afirmó vehementemente con la cabeza—. Pasemos a cosas más importantes... tenemos que encontrar al Conde Saint Germain y hacerle recordar de alguna manera. Os recuerdo que vimos que la Orden de Hermes parecía operar con un epicentro situado en Suiza.

Ante la mención de Saint Germain, Sigrid pareció reaccionar levemente.

—Quizá —dijo en voz baja y temblorosa— si encontramos un mapa lo suficientemente antiguo en algún museo, pueda hacer algo al respecto —Patrick le puso la mano cariñosamente en la espalda, satisfecho al verla salir de la oscuridad—.

—Sí —acordó Derek—, podemos buscar uno, seguramente...

—¡Mirad esto! ¡Mirad! —les urgió Sally de repente, llamando su atención sobre el televisor.

Las noticias abrían con una espectacular imagen de un barrio arrasado. Los titulares y los locutores hablaban de que al menos una decena de manzanas habían sido arrasadas en un barrio periférico de Milán. Tomaso se quedó en shock cuando mencionaron el barrio donde habían estado pocas horas antes, y la cantidad de muertos y desaparecidos que había. Los enemigos se habían asegurado de que no quedaran testigos.

—Dios mío... —susurró el italiano—.

—Uffff, madre mía —Derek apretó fuerte los dientes—.

Tomaso se vio impelido por la rabia, y se metió al baño, donde se desfogó dando golpes en la pared.

Pasada la impresión por la hecatombe de Milán, procedieron a buscar un museo que se adaptara a las necesidades de Sigrid para localizar al Conde St. Germain. Finalmente, creyeron que el mejor lugar donde podrían encontrar un mapa lo suficientemente relevante, sería el museo de Marco Polo en Venecia. En el catálogo, Sigrid pudo ver que tenían un mapa dibujado de puño y letra por el famoso viajero. 

El día siguiente, tras descansar todo lo que pudieron, salieron hacia Venecia en dos coches de alquiler. Tomaso recibió una llamada de Paolo.

—Tomaso, ¿vais a volver? —preguntó.

—No, no volveremos, necesitamos salir de aquí.

—Creía que teníamos un trato.

—Yo nunca aceptaría ese trato. Hablaré con los otros y en un rato te llamo —colgó.

Tomaso planteó el dilema al grupo, afirmando que, aunque Paolo tuviera a su hermana y sus sobrinos, nunca cambiaría sus vidas por las de otras dos personas aceptando el trato de su hermano.

—Yo estoy dispuesto a aceptar —dijo Jonathan de repente, sorprendiendo a todos.

—¿Cómo? —espetó Patrick.

—No me parece mala idea, seguro que puedo controlar al demonio que me intente poseer.

—No puedes estar seguro de eso, Jonathan...

—Yo también estoy dispuesta —interrumpió Sally. Tomaso la miró entre sorprendido e iracundo—. Creo que también podría mantener el control, y eso nos convertiría en activos mucho más valiosos para...

—No sigas, Sally —dijo Tomaso, horrorizado. Theo miraba a los otros dos, escandalizado—. Todo lo que ha dicho Paolo son palabras adornadas, y lo que quiere es controlaros.

—Claro que sí —ratificó Patrick.

Los siguientes minutos estalló una discusión entre el grupo; Sigrid apoyó la posición de Sally y Jonathan (y ella misma se planteaba prestarse a la posesión, buscando venganza de los asesinos de Ramiro), mientras Derek y Tomaso se oponían radicalmente, y Patrick trataba de mediar. Finalmente, dada la reacción radical de Tomaso y la oposición de la mayoría de los reunidos la cordura se impuso y decidieron no aceptar la oferta de posesión de Paolo y partir sin más hacia Venecia. 

Cuando el Príncipe poseído llamó de nuevo, Tomaso decidió no contestar y dejar el teléfono en la mesa; fue Patrick quien descolgó y puso el manos libres. Al principio, Paolo se mostró hostil, pero el profesor consiguió reconducir la negociación hacia otros términos y, finalmente, establecer un acuerdo de colaboración con el fin de poder resistirse a los hechiceros de Hermes. Paolo exigió un "flujo de información total", ante lo que Patrick y el resto del grupo accedieron.

—Además —añadió el poseído—, en breve plazo tenemos que hablar de la posible "recreación". Tengo unos términos que establecer en ella.

—Está bien —contestó el profesor—, pero no tengo ni idea de cómo o cuándo se producirá eso.

—Bueno, el caso es que tenemos que hablar de ello... ¿qué vais a hacer ahora?

—Nos vamos de Italia.

—De acuerdo. No importa, mientras nos reunamos en algún punto en los próximos días.

—En principio, vamos a ir en dirección a Croacia —el profesor no quiso darle la información exacta sobre Venecia.

—¿Vais a ir en busca de Saint Germain? 

—Vamos a intentar buscar más información, sí —confirmó Derek.

—¿Dónde? 

—No dónde —intervino Sigrid—, sino cómo. Yo lo voy a intentar con mis capacidades. Hay un objeto en un museo de Venecia que seguramente nos dará alguna pista.

—Muy bien —Paolo pareció satisfecho con la información—. Si me decís dónde estáis, os proporcionaré una escolta.

Theo se opuso con vehementes gestos a revelar su localización, pero Derek susurró: "Theo, nos han salvado el culo ya dos veces, tenemos que empezar a colaborar con ellos". Así que aceptaron revelar su localización y empezar una colaboración sincera.

Media hora más tarde, mientras esperaban en sus vehículos, llegaba un SUV negro del que salieron dos tipos con gafas de sol. La habilidad de ver las auras de Patrick confirmó que estaban poseídos, cosa que se confirmó cuando vieron las deformaciones (dientes puntiagudos, lengua bífida) que lucía uno de ellos, al que Tomaso reconoció como miembro de la familia Cataldo. Tras unas breves palabras de presentación (los poseídos se presentaron como Lorenzo y Fiódor) partieron por fin hacia Venecia.

Ya en el museo, Sigrid identificó dos objetos que juzgó adecuados para la localización de St. Germain: un sextante que perteneció a Marco Polo, y un mapa dibujado por él mimo, como ya había visto en el catálogo. Por supuesto, ambos objetos estaban protegidos por vitrinas. Pero eso no fue obstáculo para Sigrid, que haciendo uso de la antiquimancia hizo que el director de los conservadores creyera firmemente que se encontraba escribiendo una tesis sobre Marco Polo, y necesitaba inspeccionar personalmente los dos objetos en cuestión.

Pocos minutos después, la anticuaria tenía el espectacular sextante en sus manos. Sintió el poder contenido en el objeto, y se concentró en Saint Germain. Acudió a ella claramente una sensación de dirección y de distancia. Triangulándolo todo con calma con ayuda de una brújula y una regla en otro momento del día, averiguaron que el vector atravesaba Italia hacia el noroeste, pasando por Suiza, Francia (cerca de París), Inglaterra, Gales... Pero por lo que había sentido, Sigrid dijo:

—Estoy segura de que no está más allá de París.

—Pues la línea pasa muy cerca de Zurich —dijo Derek—. Qué casualidad que atraviese Suiza...

—Sí —dijo Sigrid—. ¿Estará en la guarida de la Orden de Hermes?


miércoles, 8 de septiembre de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 36

Salvando a Ramiro

La cara de Sigrid demostraba a todas luces su preocupación. El resto del grupo la miró, esperando ansiosos. La anticuaria suspiró y les contó:

—Ramiro ha hablado primero, y después lo ha interrumpido otro hombre. Ha dicho que salgamos de la mansión y esperemos su llamada.

—¿Pero estás segura de que era Ramiro? —preguntó Tomaso, tras unos segundos de silencio.

—Sí, seguro que era él, absolutamente.

—Entonces, ¿qué? ¿Quieren que salgamos ya? ¿En secreto? —inquirió Patrick.

—No lo ha especificado, pero por la manera en que lo ha dicho, supongo que será así.

Después de que Sigrid les diera más detalles e impresiones sobre la breve conversación que había tenido, Derek sentenció:

—Yo creo que deberíamos decírselo a Paolo, no quiero ocultarle cosas para meternos en otra trampa.

—Yo pienso que el del teléfono no era Ramiro —dijo Patrick—, pero evidentemente para mí es muy fácil decirlo... ante la duda debemos suponer que sí.

—Y si nos vamos de improviso —añadió Jonathan—, Paolo seguramente se llevará a la familia de Tomaso.

—Sí —acordó Sigrid, presionando sus lagrimales, como si le doliera la cabeza insoportablemente—. Supongo que lo mejor es decírselo, y aliarnos de alguna manera.

Theo Moss expresó en este punto sus reservas acerca de una alianza con Paolo, y cuáles serían las condiciones, pero no podían arriesgarse a que el marido de Sigrid sufriera algún daño pudiendo ayudarlo, así que finalmente, el grupo decidió por amplia mayoría llegar al acuerdo con los poseídos.

Media hora más tarde se reunían con Paolo, Camil y una decena de sus secuaces en la enorme cocina de la villa. Sigrid les explicó con todo lujo de detalles la llamada que había recibido.

Camil Rangelov

—¿No podrías pedirles una prueba en vídeo de que se trata de tu esposo? —preguntó Camil, con su fuerte acento de Europa oriental.

—Supongo que podré hacerlo una vez que hayamos salido —contestó Sigrid—. No puedo llamarles yo, tengo que esperar su llamada.

Paolo miró fijamente a Tomaso durante unos segundos, y con una ligera sonrisa, murmuró: "un gran revuelo, desde luego". A continuación, añadió:

—Entonces, ¿cuál es vuestro plan?

—Salir de la propiedad, esperar la llamada, pedir la prueba de vida, y negociar. Y si hay que luchar, luchar —dijo Sigrid.

—Lo malo —interrumpió Sally—, es que, por lo que yo entiendo, es que nos pidieron que saliéramos sin decírselo a nadie.

—Pero no lo especificaron —aclaró Patrick.

—Bueno, sí —siguió ella—, pero en mi opinión se sobreentendía. El caso es que, si es verdad que nos están vigilando, sabrán que se lo hemos contado a Paolo, y es posible que no nos llamen.

—Puede que sea así, pero lo hecho, hecho está —atajó Derek—. Preocupémonos de lo que podemos controlar.

Todos callaron cuando se dieron cuenta de que Paolo estaba en silencio, concentrado, introspectivo. Sus ojos cambiaban ligeramente de color cada pocos segundos. Sigrid, Derek, Patrick y Tomaso se miraron, mientras, por turno,  Paolo les sostenía la mirada fijamente durante unos segundos. Rebulleron en sus asientos. Al cabo de tres o cuatro minutos, habló:

—Vamos a ver... como ya le comenté a mi hermano, esto es demasiado revuelo, y el primer paso para nuestra alianza es la sinceridad... Necesito saber qué puede inducir a un grupo tan poderoso y con unos poderes tan fuera de lo común a seguiros de una manera tan insistente y tan implacable. Necesito saberlo. —Dudó durante unos instantes, y añadió—: En realidad no necesito saberlo, sois libres de marcharos cuando queráis, pero si queréis nuestra ayuda, ese es el primer paso en la negociación. Ya sé que tú —señaló a Derek—, tú —señaló a Tomaso— y tú —señaló a Patrick— sois poseedores de unas capacidades infrecuentes, es tontería que lo ocultéis.

Patrick y Sigrid intentaron dar largas y distraer la atención de esa sinceridad que requería Paolo, pero les fue imposible. Finalmente, Tomaso, que había estado callado durante toda la conversación, irrumpió:

—¿Quieres saber lo que soy capaz de hacer yo, Paolo? ¿En serio? —Paolo asintió con la cabeza, el rostro tenso ante las divagaciones de Sigrid y Patrick—. Te puedo mostrar de nuevo el camino hacia la Luz y limpiar tu alma. Soy un vehículo para el poder del Señor.

—Interesante, sí, tienes una conexión que no acabamos de entender... interesante... y el día de Tunguska... eso te convierte en nuestra némesis, por supuesto, y a su debido tiempo tendremos que tomar medidas... no ahora, por supuesto.

—Por mi parte —añadió Derek—, solo soy un atlante con suerte... diría que con mucha suerte.

—También me cuadra eso —dijo Paolo, y se volvió hacia Patrick.

El profesor se mostró reticente a revelar sus capacidades, lo que devino en una breve conversación acerca de la existencia, su probable próximo final, y la falta de un Conde St. Germain que pudiera salvarla. Finalmente, Paolo se hartó:

—Bueno, Patrick, tu resistencia a decirme cuál es tu don es muy significativa, y si no quieres hacerlo voluntariamente, voy a tener que averiguarlo yo mismo... —se puso de pie.

—Está bien, Paolo —contestó rápidamente Patrick, ante la amenaza—. Pero antes, solo quiero saber un par de cosas sobre las posesiones. Hasta donde yo sé, las posesiones son aleatorias, pero después de investigar un poco en esta realidad, me he dado cuenta de que eso no es así. Quiero saber si es posible dirigir una posesión hacia una persona voluntariamente. 

—Sí, es posible —Paolo sonrió.

—¿Y qué tiene que ocurrir para convertirse en alguien como tú?

—Tener una fuerza de voluntad casi sobrehumana, y ser poseído por entidades muy poderosas —siguió sonriendo Paolo.

—¿Y es una lucha constante?

—No tiene porqué.

—¿Y tú puedes hacer que otros demonios puedan poseer a determinadas personas a tu elección?

—Se puede decir así.

—¿Y por qué hay muchas más posesiones en esta existencia? ¿Qué ha ocurrido respecto a la anterior?

—Que el Velo es más fino, una de las cosas que conseguimos en Tunguska.

Patrick quedó pensativo unos segundos, al cabo de los cuales suspiró y espetó:

—Altero la realidad.

—Mmmmhhh... ¿en qué sentido? ¿Es algo que obtuviste en Tunguska?

—En la anterior realidad tenía algo parecido, pero ahora tengo una capacidad mucho mayor, y diría que mucho más peligrosa también.

—¿Podrías hacernos una demostración? —inquirió Paolo.

—No, no es demasiado seguro. Un ejemplo de lo que puedo hacer es —dijo recordando la demostración ante Jacobsen— marchitar una flor y luego devolverla a su estado original. O devolverla a su estado normal directamente cuando ya está marchita. O cualquier cosa que se te ocurra.

Uno de los pocos poseídos que controlaba el inglés lo suficiente como para entender a Patrick aparte de Paolo o Camil pareció reaccionar a las palabras del profesor:

—Entonces... —dijo, y Paolo y Camil se volvieron hacia él—, entonces... ¿¿es usted capaz de reducir la entropía??

—¿Cómo? —djo Patrick, sorprendido—. No sé lo que quiere decir.

—Santoro es nuestro aficionado a la ciencia —dijo Camil, irónico.

—Ya sabe... la entropía... segunda ley de la termodinámica... la entropía (el desorden para entendernos) en el Universo solo puede ir a más... y usted es capaz de reducirla... impresionante.

—¿Es lo suficientemente impresionante para que los persigan por toda Europa, Santoro? —preguntó Paolo.

—Si tenemos en cuenta... bueno... que es capaz de realizar algo imposible... pues diría que sí.

—Ufff... —continuó Paolo—. Esta revelación es tremenda... —De repente, pareció darse cuenta de algo, y añadió—: ¿Serías capaz de recrear la existencia, Patrick?

—No, eso lo veo imposible —respondió el profesor.

—El problema —intervino Sally— es que si Patrick cae en las manos de esa gente (o de cualquier otra), no sabemos lo que podrá pasar.

—Bien, bien, bien... entonces eso no podrá pasar. ¿Has pensado ya en mi oferta, Sigrid? —preguntó, refiriéndose a la propuesta que le había hecho de ser poseída unas horas antes.

Patrick y Derek intervinieron junto a Sigrid, alegando uno que debería asegurar el control de la anticuaria sobre cualquier entidad que albergara, y otro que no estaba de acuerdo en que fuera poseída.

—Ya os anticipo —cortó Paolo, algo enojado— que, si queréis que nuestra alianza continúe, al menos dos de vosotros deberán pasar a formar parte de... nuestro... club. Os voy a ayudar en esto, porque soy el primer interesado en que Patrick no caiga en malas manos, pero a continuación tendremos que plantearnos varias cosas. Volvamos al principio... ¿cuál es el plan?

Tras conversar un rato sobre las posibles contingencias, se acordó que un equipo de poseídos seguiría al grupo a buena distancia y tiempo para no levantar sospechas. Además estarían en contacto permanente e informarían a Paolo de todo lo que sucediera. Por otra parte, Patrick y Sigrid seguían informando a Jacobsen cada pocas horas según el protocolo acordado.

Después de pertrecharse con armas, aproximadamente a las tres de la madrugada, el grupo, Sally, Theo y Jonathan subieron a uno de los SUVs que había en la villa y se dirigieron hacia el exterior de la propiedad. A un par de kilómetros de la casa, Sigrid recibió una llamada. Puso el altavoz.

—Señora Olafson... ¿han salido discretamente? ¿Con las luces encendidas y en coche? Mmmmh...

—No tenemos problemas con Paolo y su gente, nos han dejado marchar libremente —mintió la anticuaria—. Antes de hacer nada más, necesito una prueba de vida de mi marido; no continuaré con esto si no me la envían.

—Está bien. En unos minutos se la enviamos. De momento, pónganse en marcha hacia Milán. Y solo ustedes cuatro.

Dejaron a Jonathan y los demás, que se marcharon hacia el pueblo en busca de un vehículo con el que dirigirse a Milán. El grupo salió hacia allí, después de que Patrick le pidiera a Sally que contactara con Omega Prime para intentar localizar el móvil de la llamada.

Al cabo de unos quince minutos, Sigrid recibió un enlace a un vídeo.

La cámara estaba en la oscuridad, en una habitacion en penumbra. A continuación, alguien encendió una linterna y enfocó el rostro de Ramiro, algo demacrado y descuidado. "Sigrid", dijo, "no les digas nada, no les digas nada, no trates con ellos". La linterna apuntó más abajo, igual que la cámara. Se vio la mano de Ramiro sobre una mesa; un cuchillo de carnicero bajó violentamente, cortándole el meñique. "¡Aaaaah! ¡Aaaah!", gritó. La cámara fue salpicada con gotas de sangre. Las lágrimas asomaron a los ojos de Sigrid.

Varios segundos más tarde, sonó de nuevo el móvil. Volvió a poner el altavoz.

—Esperamos que haya sido suficiente prueba. Conduzcan hasta Milán y salgan por la salida tangencial este.

Patrick intentó tranquilizar a Sigrid, alegando que igual al que habían visto no era Ramiro. La anticuaria estaba presa de un estado nervioso bastante acusado, pero el profesor consiguió controlarla. Tomaso condujo mientras tanto hacia el norte, tomando café para vencer el sueño e informando a Paolo del camino que les habían hecho tomar.

—No me parece demasiado buena idea, Tomaso —dijo Paolo.

—Ni a nosotros tampoco, pero la vida de Ramiro está en peligro... ya le han cortado un dedo de la mano. Son unos sádicos.

—Entonces, tengo que sacar de aquí a Andrea y a los niños.

—Prométeme que no los convertirás en poseídos.

—Te lo prometo, si eso sirve de algo —djo Paolo irónicamente—. Los pondré a salvo y dentro de unos minutos enviaré tras vosotros a Camil con algunos hombres.

A mitad de camino, el grupo decidió arriesgarse a provocar la ira de sus enemigos, y parar en un hotel de carretera a descansar al menos dos o tres horas. No sirvió de mucho, porque su sueño fue nervioso y superficial, pero psicológicamente fue un ligero alivio. No obstante, el descanso provocó que a las siete horas desde su partida, Sigrid recibiera una nueva llamada.

—Les dijimos que acudieran a Milán directamente, y no hay ni rastro de ustedes.

—Hemos tenido un problema que solucionar —contestó Sigrid—, pero llegamos en breve.

Al fondo de la conversación se oyó un aullido. Un escalofrío recorrió la columna de Sigrid al reconocer la voz de Ramiro.

—Me temo que su marido ha perdido otra parte, señora Olafson, no se detengan más, por favor —y colgó.

Con Patrick al volante, llegaron a Milán alrededor de mediodía y tomaron la salida que les habían indicado. Poco después, Sigrid recibía una nueva llamada. Lo único que dijo la voz al otro lado fue que se dirigieran a una determinada dirección. Por supuesto, la dirección fue enviada a Sally, Jonathan, Paolo y Camil.

Antes de acudir allí, lo primero que hicieron fue intentar esconder rápidamente el libro de tapas negras en una oficina postal. Cuando se detuvieron, Derek se dio cuenta de que un coche se detuvo cincuenta o sesenta metros para atrás.

—Nos siguen, no podemos entrar —dijo Derek, que disimuló inspeccionando los neumáticos y volvió a entrar en el vehículo. Decidieron esconder el libro en el coche.

La dirección les llevó a un barrio residencial con casas bajas adosadas. La dirección correspondía a una de ellas, bastante discreta y normal. En la puerta había una cámara. Derek, presa de una rabia prácticamente incontenible, la arrancó y sacó su pistola.

Tomaso llamó a la puerta, y esperó. No contestó nadie. Al cabo de unos segundos, empujó la puerta. Estaba abierta. Sigrid recibió una nueva llamada.

—Está abierto. Diríjanse a la cocina, y por favor no rompan más cámaras.

Se miraron. En voz baja, decidieron que entrarían Tomaso y Sigrid. Derek y Patrick esperaron en la acera; el barrio estaba tranquilo.

En el interior, Tomaso y Sigrid pudieron ver que las habitaciones estaban vacías, y lo único que había eran cámaras. Llegaron a la cocina. Se miraron cuando lo único que pudieron ver allí fue una pequeña mesa con cuatro vasos llenos de líquido. "Bastardos", pensó Sigrid, "¿beber sin negociación? No puedo entregar a mis amigos por mi marido".

—No, esto no... —empezó a decir.

En ese momento, mientras Tomaso cogía dos vasos en las manos y olía el contenido, Sigrid recibió una llamada. 

—Vámonos —dijo la anticuaria mientras contestaba al teléfono.

Comenzó a moverse hacia el exterior, seguida de cerca por Tomaso, mientras la voz les instaba a quedarse en la casa y beber el líquido. Sigrid no hizo caso.

Y la casa explotó.

—¡¡¡¡Patrick!!!! —le dio tiempo a gritar a Sigrid, pero el infierno se desató a su alrededor. Tomaso vio cómo todo acababa.

*****

En el exterior, Patrick, que esperaba cualquier cosa, reaccionó en una fracción de segundo al sentir la primera explosión y, sobre todo, la enorme angustia de sus amigos a través del vínculo kármico. "¡Mierda!", pensó, "¡Tomaso! ¡Sigrid! ¡¡No!!". Su mente reaccionó prácticamente por intuición, y, con un esfuerzo titánico de voluntad, consiguió detener el tiempo en el recinto de la casa. Comenzó a sangrar por la nariz, con las venas del cuello y la frente hinchadas por el esfuerzo. Derek apenas se dio cuenta de lo que pasaba hasta que Sigrid y Tomaso aparecieron en el umbral y Patrick ya no pudo resistir más. Dejando ir la burbuja temporal, la casa fue presa de cuatro explosiones prácticamente simultáneas que arrojaron a todos a varios metros de distancia.

Con los oídos pitando y la cabeza dándole vueltas, Derek pudo ver en una especie de niebla cómo varios coches llegaban por ambos lados de la calle. Otro coche se estrellaba contra uno de los primeros procedente de una calle perpendicular, y Jonathan salía por la ventanilla haciendo una acrobacia. Más allá, creyó ver una camioneta con Camil de copiloto...


martes, 31 de agosto de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 35

Viaje a Italia. La oferta de Paolo.

Antes de partir, Patrick planteó las posibilidades que implicaba el que Sigrid hubiera hecho recordar a Sally. Esta no había estado en Tunguska, y aun así había recordado. Aunque la anticuaria había tenido que utilizar una gran cantidad de poder y de fuerza de voluntad, según el profesor el hecho tenía "implicaciones muy profundas". Sigrid sacó a la luz la posibilidad de hacer recordar a Jacobsen, un tema que dejaron para después del viaje a Roma.

—Pero lo que sí deberíamos hacer —dijo Sigrid—, es encontrar lo antes posible al Conde St. Germain e intentar hacerle recordar.

—Sin duda, tienes razón —acordó Derek.

—Cuando volvamos de Italia —continuó la anticuaria— deberíamos consultar con Jacobsen o con quien sea un método para localizarlo, y hacernos con él. Creo que es fundamental que recuerde todo.

—Sí, cuando volvamos de Italia —dijo Tomaso.

Después de comer salieron hacia el aeropuerto acompañados de Jonathan, Theo y Sally. Al igual que había sucedido cuando se habían desplazado al Museo Británico, Derek se dio cuenta de que un par de vehículos les seguían. Uno de ellos los seguía más disimuladamente, y le costó darse cuenta de ello cuando ya se encontraban inequívocamente en la autovía hacia el aeropuerto. Decidieron dar un rodeo para despistarlos; para ello, se detuvieron en uno de los pueblos cercanos y abandonaron el coche para desplazarse en dos taxis. Por separado en dos grupos llegaron a la puerta de embarque y abordaron el avión, siempre con la inquietud de que pudieran estar observándolos.

Ya de noche aterrizaban en Roma y salieron precavidamente entre el gentío. La afilada intuición de Derek entró en juego:

—Hay dos tipos sospechosos que creo que nos están siguiendo —dijo en voz baja—. Están por allí —señaló discretamente—.

—Uno de ellos tiene un tatuaje extraño que le llega hasta la oreja —dijo Tomaso—. Y nos siguen, sí.

—Apartémonos en este pasillo —instó Patrick—. Intentaré ver su aura.

Y así lo hizo. Concentrándose y sobreponiéndose a la sobrecarga sensorial que suponía ver las auras de toda la multitud que se extendía ante él, pudo identificar algo:

—Veo claramente que tienen poderes sobrenaturales —susurró al resto—, y que son bastante poderosos. Son poderes que no he identificado nunca, así que me imagino que son del mismo palo que los de la orden de Hermes... —de repente, desvió la mirada hacia su derecha, hacia la otra dirección del pasillo de salida donde se encontraban—.

—¿Qué pasa? —urgió Derek.

—Se acercan otros tres tipos por aquella parte del pasillo, y veo sin duda que están poseídos.

—Pues larguémonos, rápido —instó Tomaso, iniciando la marcha hacia el exterior, hacia donde Patrick había identificado a los tres poseídos; todos ellos llevaban gafas de sol.

Los dos primeros tipos ya estaban muy cerca del grupo, que siguió a Tomaso rápidamente, con Sigrid, Jonathan y Patrick cerrando la marcha. 

De repente, algo muy frío tocó la nuca de Patrick, al que Sigrid vio desplomarse a su lado. Además, la anticuaria y Jonathan oyeron como alguien recitaba una letanía en un idioma que bien podría ser egipcio antiguo, y acto seguido, el suelo explotó más o menos en el centro de la comitiva, derribando a casi todos ellos, pero por suerte causándoles heridas de gravedad leve. Cuando Sigrid reaccionó y volvió a mirar hacia Patrick, este ya no se encontraba allí. La gente gritaba y corría en desbandada, en un caos brutal.

—¡Se llevan a Patrick! ¡Derek, Tomaso! ¡Se lo llevan! —gritó la anticuaria.

Medio aturdido por la explosión y la polvareda, Derek se dirigió hacia Sigrid, cuando una sombra pasó  a gran velocidad junto a él y Tomaso, que había cargado a Sally en su hombro. Mientras tanto, la anticuaria tuvo tiempo de lanzar una descarga al tipo que se había llevado a rastras a Patrick, y al que veía a duras penas entre la multitud. Tuvo éxito y el enemigo trastabilló, deteniéndose unos instantes, y permitiendo así que la sombra que había pasado junto a Derek unos segundos antes lo alcanzara.

"¿Joder, qué es eso?", pensó la anticuaria mientras lanzaba las cargas. Escuchaba cómo el otro tipo había empezado a recitar una nueva letanía. 

—¡Cuidado, otra explosión! —gritó a duras penas.

Apenas hubo acabado la frase y Derek hubo llegado a su altura, una nueva figura, con un salto sobrehumano que le permitió superar a no menos de una decena de personas, cayó sobre el hechicero, desbaratando su sortilegio y desequilibrándolo. Derek se lanzó también hacia él, propinándole un directo en la nariz que lo lanzó al suelo.

Tras dejar a Sally en un lugar seguro, Tomaso se acercó también al lugar del conflicto. Le dio tiempo a ver cómo un tercer individuo llegaba al punto donde se encontraba Derek. Sin mediar palabra, levantó el brazo, unas garras negras crecieron desde sus dedos y atravesó el pecho del tipo al que Derek había derribado. El tercer poseído, ataviado como los otros dos con gafas de sol, se giró hacia Sigrid, que había llegado a socorrer a Patrick. El atacante del profesor había desaparecido entre la multitud.

—Está vivo, no te preocupes —dijo sonriendo y con acento de Europa oriental—. Ahora, ¡vámonos de aquí! —hizo una seña a sus compañeros. Uno de ellos, el que había llegado envuelto en sombras, levantó a Patrick sin aparente esfuerzo, y todos corrieron sumándose a la estampida. 

Salieron rápidamente del aeropuerto mientras Patrick recuperaba la consciencia, y se dirigieron hacia un furgón donde los esperaban dos tipos más. Derek apaciguó a Theo y a Jonathan, a los que se notaba especialmente tensos. Mientras metían a Patrick y a Sally en el vehículo, el poseído que había sacado las garras y que parecía el jefe, se dirigió a Tomaso:

—Encantado de conocerte —dijo con su acento del este—. Yo soy Camil.

—Me gustaría decir que igualmente —contestó Tomaso—. Supongo que ya sabes quién soy.

—Evidentemente, sí, jejeje. Saludos de Paolo. No estábamos seguros de a qué aeropuerto llegaríais, pero por suerte parece que ellos tampoco —se encogió de hombros—; tampoco esperábamos que vinieras con tantos amigos.

Subieron todos al furgón, que se puso en marcha. Sigrid apoyó a Patrick en su hombro. Aunque el profesor ya había recuperado la consciencia, apenas podía abrir los ojos debido a un fuerte dolor de cabeza. Aun así, preguntó:

—¿Qué hacemos aquí?

—La gente de Paolo nos ha ayudado—dijo Sigrid—, y hemos decidido acompañarlos.

"Por lo menos, parece que Paolo no quiere a Patrick como los otros, si no ya se lo habrían llevado", pensó Tomaso. "Eso me tranquiliza".

—¿Sabéis quiénes son nuestros enemigos? ¿Y qué me han hecho? —alcanzó a preguntar Patrick.

—Son una especie de hechiceros, y no sabemos mucho de ellos, solo que nos enfrentamos a ellos en la villa hace unas noches —contestó Camil, que a continuación se apartó para llamar por teléfono.

—La nuca me está matando —susurró Patrick.

—Déjame verla —contestó Sigrid—. Uf, tienes un hematoma tremendo, pero bueno, no parece que sea muy grave.

Derek hizo una seña a Tomaso, dando a entender si deberían atacar a los poseídos. El italiano tuvo el impulso de dar vía libre para un ataque, pero cuando recordó que Paolo tenía a su hermana y a sus sobrinos, negó levemente con la cabeza. Derek hizo lo propio con Jonathan y Theo.

Llegaron a la villa. Mientras el furgón aparcaba, Patrick envió un mensaje a Emil Jacobsen cumpliendo con el protocolo de información que habían establecido. 

Tomaso bajó del vehículo, como siempre que llegaba a la villa con el corazón encogido por los recuerdos infantiles. Sonrió cuando vio en la escalinata de la villa a sus sobrinos gemelos y a su hermana. Los niños corrieron hacia él y lo abrazaron. Su hermana se mantuvo más serena, pues a su lado se encontraba Paolo, sonriendo también. Ambos salieron a su encuentro. Su hermana lo abrazó y le susurró al oído:

—Estamos bien, nos han tratado bien.

—Espero que esto acabe pronto —susurró a su vez Tomaso.

—Acabará pronto, no os preocupéis. —Paolo habló con su voz terrenal, con tranquilidad. Le dio la mano a Tomaso después de que Andrea se hubo retirado del abrazo. "Está helada", pensó Tomaso. Ese era el único rasgo que denotaba la posesión de Paolo. No llevaba gafas de sol, al contrario que sus secuaces, y no le hacían falta, porque ni siquiera sus ojos dejaban traslucir su condición. Paolo parecía tener un control total sobre su posesión, cosa que inquietó sobremanera a todo el grupo cuando los saludó unos segundos más tarde.

—Menudo lío habéis causado en todo el continente, ¿eh? ¡Pfiuuuu! —dijo Paolo, socarrón.

Le dio la mano a Sigrid, con una sonrisa. Aguantó el contacto durante unos segundos, cosa que incomodó algo a la anticuaria. Poco después, repitió el saludo con Derek, inclinando la cabeza, poniendo cara de interés. Después le dio la mano a Patrick, y este la rechazó. Pero cuando el profesor pasó a su lado, Paolo le tocó en el hombro, excusándose; cuando Patrick intentó zafarse de su contacto, Paolo lo impidió, apretando la mano sobre el hombro. 

—Hmmm... es usted muy interesante, señor Sullivan —dijo, afirmando con la cabeza—. ¡Bienvenidos, adelante, adelante!

Una vez dentro de la villa, donde fueron recibidos por el resto de secuaces de Paolo y acompañados por Camil, Patrick contó un total de ocho poseídos y al menos otros tantos humanos. 

—Primero quiero hablar a solas con mi hermano —dijo Paolo—, disculpadnos unos minutos, por favor.

En la cocina, a solas, Paolo puso un par de copas de vino y brindó "por la familia". A continuación, pasó a contar a Tomaso su experiencia de los últimos días. 

—Hace pocos días estaba de viaje, y dio la casualidad de que vine a Italia por una serie de asuntos que no vienen al caso. —"Para hacerte con el control de todas las familias, no creas que no lo sé...", pensó Tomaso—. El caso es que por algunos contactos me enteré de que había surgido un grupo que estaba trastocando los esquemas del submundo ocultista en Europa, y va y resulta... ¡que ese grupo es el tuyo! ¡Extraordinario!

—Ya... ¿y qué estamos trastocando exactamente? Porque no lo tengo muy claro, la verdad.

—Pues, hombre... después de lo que he visto... tus compañeros Derek y Patrick, parecen bastante interesantes... y eso por no mencionarte a ti, que has cambiado muchísimo. Los tres parecéis una recompensa muy apetecible. Y, bueno, por pura casualidad me enteré de los planes de ataque a la villa y pude llegar a tiempo. Y parece que se trata de un grupo nuevo, no de esos malditos Bizantinos, ni del club Bilderberg ni ninguno de los de siempre.

—Sí —ratificó Tomaso—, y te puedo incluso decir su nombre: la Orden de Hermes Trimegisto.

—Mmmmh... interesante...

—Capaces de hacer conjuros extraños e incluso bolas de fuego.

—También algo extraordinario. El caso es que me sentí en la obligación de proteger a la familia —sonrió—. Entonces... ¿no sabes el motivo por el que os están persiguiendo de esta manera tan implacable? Porque además he oído que ahora sois aliados de Jacobsen y esa chusma.

—Respecto a Jacobsen, digamos que de momento estamos en la misma onda. El motivo de la persecución no lo sé con seguridad, pero bueno, ya sabes... tú recuerdas, nosotros recordamos también, e igual eso tiene algo que ver.

Dieron por zanjada la conversación y se reunieron con el resto. Todos disfrutaron de una copa de vino de altísima calidad. Derek empezó preguntando a Paolo cuándo sospechaba que volverían a atacar la villa, y aunque este contestó que seguramente bastante tiempo (contaba con una docena de poseídos y una veintena de secuaces humanos que se encontraban vigilando la propiedad), finalmente habría que abandonarla, porque ya no era un punto seguro.

—En fin —dijo Paolo en un momento dado—, no sé qué sucedió durante nuestro encuentro en la iglesia de Nueva York, pero algo se sacudió dentro de mí, y han aflorado en mi mente unos recuerdos que mi hermano ha confirmado que todos vosotros tenéis... Quiero que sepáis, por tanto, que también recuerdo la recreación y que realmente, me soprendió saber que soy uno de sus artífices. Por cierto, supongo que tengo que daros la enhorabuena, sobre todo a ti, Tomaso, por frustrar mis planes en aquella ocasión.

—Algo que volvería a hacer —dijo solemne Tomaso.

—Bueno, el caso es que de la misma manera, he recordado cuáles eran las intenciones de mis antiguos aliados y enemigos, y seguro que os interesa conocerlas... He de suponer que a estas alturas ya conoceréis la existencia del Conde St. Germain, la Estadosfera, el Clero Invisible, los avatares...

—Sí, lo conocemos —le cortó Sigrid, impaciente—. Ve al grano, por favor.

—Bien, bien... La intención de los jázaros no era otra que acabar con el Conde St. Germain y de alguna manera, "dominar" la existencia y acabar con el Clero, las ascensiones y demás. Mis compañeros y yo intentamos que no fuera así (en beneficio propio también, no lo niego), pero creo que no lo conseguimos del todo. 

»Así que, cuando me enteré de que prácticamente todo el submundo ocultista de Europa os buscaba, pensé que tendría que ver algo con ello. Pero no lo parece, porque en realidad nadie recuerda la anterior existencia. Y después de hablar con ustedes y saludarles, me inclino más a creer que el motivo es por una circunstancia más... personal.

»Realmente, si ese grupo que me ha dicho Tomaso que os persigue... la Orden de Hermes no sé qué... es tan poderoso, deberíamos tomar cartas en el asunto y pasar a la acción. Lo que sí me gustaría es que fuerais todo lo sinceros que fuera posible, porque necesito saber de qué sois capaces para que un grupo nuevo y extremadamente poderoso haya decidido atacar a mi familia. Y espero una sinceridad total.

Derek intentó dar una explicación peregrina acerca de que habían descubierto las intenciones de los de Hermes y que por eso les perseguían para hacerles callar y no revelar sus secretos, pero Paolo lo cortó en un momento dado:

—No tengo paciencia para esas historias, Derek. Sé que al menos tres de vosotros tenéis capacidades extraordinarias, y que precisamente de entre ellos tres, tú eres un atlante... Tú, Tomaso, eres capaz de canalizar una energía extraordinaria... Tú, Sigrid, tienes un habilidad desconocida aunque no definitiva... Y tú, Patrick, eres el misterio que más me despista; Helen —un escalofrío recorrió la columna vertebral del profesor cuando Paolo mencionó a su esposa— no me ha comentado nada extraordinario sobre ti, y lo que he visto en ti me reconcome.

—Por mi parte —contestó Patrick—, te agradezco habernos salvado el culo en el aeropuerto, Paolo, pero nos estás pidiendo una confianza que no sé a qué corresponde.

—Bueno, digamos que estamos sentando las bases de una nueva relación...

—¿Y si no queremos cooperar? —planteó Derek.

—Si no queréis cooperar, tendremos que separar nuestros caminos y yo tendré que poner a mi familia a salvo... pero creo que realmente os conviene tenernos como aliados. Comprendo que es una oferta que tendréis que discutir y masticar lentamente, así que si os parece bien, nos retiraremos ahora a descansar. Pero antes, querría tener unas palabras en privado contigo, Sigrid, si eres tan amable.

Todos se retiraron y Sigrid quedó a solas con Paolo.

—Solo quería decirte —empezó el poseído— que me pareces la más cabal de los cuatro, y que mi intención es real. Sinceramente, creo que en el momento de la recreación sucedió algo que puede acabar con todos nosotros... pienso que fue una suerte que los sacrificios no funcionaran en su totalidad, porque habrían acabado con todo, pero algo fue tremendamente mal. Y yo creo que tú eres lo suficientemente inteligente para ver las posibilidades y ventajas de una alianza. Aparte de que sé que tu fuerza de voluntad es extraordinaria.

»Por eso quiero proponerte algo que a primera escucha puede parecer un poco locura, pero que te aseguro que no lo es tanto. ¿Has pensado en cómo podría ser enaltercer todas tus habilidades, tanto físicas como psíquicas en un plazo de pocos días? Porque yo te ofrezco esa posibilidad. Te la ofrezco si abres tu mente y estás dispuesta a entrar en una relación de simbiosis con un espíritu de más allá del Velo.

—Está bien —contestó la anticuaria, fingiendo todo el interés del mundo—. Pensaré en ello, te lo prometo.

Una vez con sus compañeros, Sigrid les contó lo que Paolo le había propuesto y su preocupación acerca de la recreación y el fin de la existencia que podría haber provocado.

—Una vez más —dijo— debemos elegir nuestros aliados...

No pudo acabar la frase. Su móvil recibió la llamada de un número desconocido, y descolgó.

—¿Sigrid? Sigrid, ¿eres tú? —la voz de Ramiro hizo que le diera un vuelco el corazón.

—¿¿Ramiro?? Ramiro, ¿dónde estás? —respondió desesperada Sigrid.

Tomaso se giró hacia ella en cuanto pronunció el primer "Ramiro".

—Sigrid, te pueden estar localizando...

—Sigrid, yo.... —continuó Ramiro, pero sus palabras se interrumpieron abruptamente. Otra persona habló:

—¿Señora Olafson? Salgan de la villa y esperen nuestra llamada.