Translate

Publicaciones

La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

jueves, 29 de abril de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 28

Una Noche Tranquila. Visita a Derbyshire.

"Hmmm...", pensó Sigrid, "¿qué hará McKeefe con esta gente? ¡Si es amigo íntimo de Ramiro!". Tomando nota mental de retomar ese hilo de pensamiento cuando pudiera, se recostó en el asiento del vehículo, mentalmente exhausta.

Derek y Moss inspeccionaron más a fondo el estado de Yatsenko.

—Artem está bastante mal —anunció el director de la CCSA—; deberíamos llevarlo a un hospital.

—Y esa pierna tuya tampoco tiene buen aspecto, Derek —añadió Tomaso.

—La verdad es que me duele como el infierno.

—Al hospital entonces. Gira por aquí, Sally —indicó Patrick. La periodista tomó el desvío que el profesor le indicó.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? —inquirió Sally, con cara de preocupación—. Aquí fuera se alcanzaban a escuchar unos gritos horripilantes. Inhumanos —añadió, en voz baja—.

—Así es, Sally —contestó Tomaso, sin medias tintas. Acto seguido, procedió a explicarle con bastante detalle todo lo que había sucedido en el interior de la mansión.

—Dios mío —fue lo único que alcanzó a decir ella—. Una historia por la que cualquier periodista daría todo lo que tuviera...

Llegaron al hospital. Para las heridas de Yatsenko dieron la explicación de que lo había atacado un jabalí. Los médicos pusieron cara de incredulidad ante la explicación, pues la herida más grave del ucraniano, que afectaba a prácticamente la mitad de su tronco era un feo y extraño hematoma de color azulado en el que los vasos capilares destacaban como zarcillos añiles. No obstante, una vez resuelto el tema del pago al sacar Patrick su talonario, no hubo mayor problema para que Artem se quedara ingresado en el hospital por un plazo de "entre una y dos semanas". Derek fue tratado también de su pierna, y le dieron los medicamentos necesarios para la cicatrización y el alivio del dolor, mientras que a Moss también le aplicaron el vendaje y el tratamiento necesario para tratar sus costillas rotas (que no parecía notar apenas).

Por fin, cerca de las tres de la madrugada, entraban en un hotel a descansar, cerca del hospital. Por la noche, antes de dormir, mientras Tomaso miraba por la ventana de la habitación para asegurarse de que no les habían seguido, Sally se acercó a él.

—Tomaso, quiero pedirte algo —dijo.

—Claro que sí —contestó Tomaso, obsrvando a Sally en el reflejo del cristal—; lo que sea, querida.

—Necesito recordar.

—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?

—Soy una persona, Tomaso, no una máquina —enfatizó ella—. Os estoy siguiendo ciegamente a todas partes, porque confío en vosotros, y porque te quiero. Pero tienes que ponerte en mi situación, cuando cada día veo que todos recordáis, y comentáis, una vida que yo también he vivido pero que soy incapaz de rememorar. Eso me mata, y me hace dudar de quién soy. Necesito recordar.

Tomaso se quedó en silencio unos momentos. A continuación, se giró y la abrazó, comprendiendo el sufrimiento por el que estaba pasando.

—Por la mañana hablaremos con Patrick —le dijo suavemente al oído—. Ahora, necesitamos descansar.

El sueño fue como un bálsamo para el grupo; despertaron bien entrada la mañana, con fuerzas renovadas, aunque varios de ellos con dolores en distintos puntos de su cuerpo.

Mientras desayunaban, Patrick pidió a Sigrid que, si podía contactar con Jacobsen, le solicitara la asistencia a la mansión de uno o varios buenos psicoterapeutas. Era un hecho que el grupo había estado sometido desde hacía mucho tiempo (un tiempo que se remontaba incluso a una realidad anterior) a un estrés mental desmesurado, y eso les había pasado factura. Los rasgos paranoides y solipsistas de varios de ellos se estaban acentuando, si no algo peor,  y Patrick veía acertadamente la necesidad de que todos ellos fueran tratados por un profesional si no querían que las consecuencias psicológicas fueran mucho peores y permanentes. Tomaso expresó sus reservas a que fuera Jacobsen quien les proporcionara tales profesionales, pero Sigrid se mostró de acuerdo y aseguró que haría lo que pudiera.

A continuación, Tomaso expuso a Patrick el asunto que Sally le había comentado antes de dormir. Esta tomó la palabra en un momento dado:

—Por favor, comprendedme. Estoy atravesando algo que podríamos llamar "crisis de identidad" al ver que vosotros recordáis cosas de una vida anterior que yo también tuve, y necesito que me integréis en esas vivencias.

—Por supuesto que te comprendo, Sally —dijo Patrick, detectando la zozobra de su amiga—. Pero, sinceramente, no estoy seguro de cómo hacerte recordar.

—Ya sabes —añadió Sigrid— que nosotros cuatro compartimos un vínculo especial... no sé, quizá sobrenatural, y gracias a eso creemos que Patrick pudo hacernos recordar.

—Así es —confirmó Patrick—. Pero te prometo que voy a intentar que recuerdes a toda costa, Sally. Vamos arriba, y vamos a intentarlo.

Patrick, lo intentó con todas sus fuerzas, contando con la ayuda de Tomaso para relatar con todo lujo de detalles todo lo que les sucedió en la existencia anterior desde el momento en que conocieron a Sally. El profesor puso toda la carne en el asador, y al cabo de unos tres cuartos de hora acabó su relato. Sally se volvió hacia él, con los ojos llorosos.

—No recuerdo nada —dijo, con voz temblorosa—. No recuerdo nada, Tomaso.

Tomaso apretó su mano, y Patrick la intentó tranquilizar, asegurándole que lo intentarían de nuevo en unos cuantos días, cuando estuvieran más tranquilos. Con esa promesa, la angustia de la periodista pareció menguar, para alivio del profesor, que se sumió en una breve disquisición: "Sigrid fue la que más costó que recordara", pensó, "y recurrí a nuestro vínculo kármico para llegar a lo más profundo de sus recuerdos.... pero, ¿qué podemos hacer con Sally? Ni siquiera estuvo en Tunguska cuando tuvo lugar la recreación, y en ese caso, ¿es posible que recuerde?".

Tras una breve y cauta visita al hospital para comprobar que Yatsenko se encontraba bien y estable, Derek llamó a Atkinson para informarle de lo que había pasado en la mansión, y solicitarle que enviara algo de ayuda para que velaran por el bienestar de Artem en el hospital. Como no podía ser de otra manera, sir John expresó su preocupación ante el relato de Derek, y la mención de la aberración tentacular y los sabuesos demoníacos. Un rato después le devolvió la llamada para confirmarle que dos Hijos de Mitra se desplazaban ya hacia el hospital para hacer guardia en la habitación de Artem.

Después se acercaron de nuevo discretamente a la mansión, con un vehículo alquilado para que no los identificaran. Derek y Patrick auparon a Tomaso para que pudiera echar un vistazo sobre el muro. La espesa vegetación del jardín le impidió ver si había alguien, pero pudo ver estacionados un furgón y un todoterreno, y darse cuenta de que todas las ventanas de la mansión habían sido abiertas. 

—Mejor nos marchamos y volvemos otro día, cuando todo se haya enfriado —sugirió Derek—. ¿Qué os parece si aprovechamos para hacer un viajecito y acercarnos a Derbyshire para buscar a sir Ian Stokehall? ¿Lo recordáis? Quizá pueda ayudarnos.

—Ese es tu... "mentor", ¿verdad? El que estuvo en Tunguska antes de la recreación. Claro, tendríamos que intentarlo.

Y así lo hicieron. Derek ya había intentado encontrar información acerca de las actividades y residencia de Stokehall sin éxito, y de nuevo lo intentó Tomaso, con idéntico resultado. Pero sí encontraron una referencia a la localidad de origen de la familia Stokehall, un pequeño pueblo cercano a Derby llamado Cromford. Así que se dirigieron hacia allí, en un viaje de unas cinco horas y media. 

Aproximadamente a las cinco de la tarde llegaron a Cromford. Tras visitar un par de pubs en la localidad, Derek dio por fin con alguien que le informó acerca de la localización de la casa de los Stokehall. Un tipo bien vestido, acompañado de su mujer, le informó de que los Stokehall tenían no una, sino varias mansiones; no conocía al tal "Ian", pero sin duda debía de tratarse de algún primo o tío del actual lord Stokehall, lord Stephen Stokehall. También le dio los detalles de cómo podía llegar a la finca principal, en las afueras de Derby, y mencionó el hecho de que los Stokehall eran nobles desde la Edad Media, y que era una familia muy discreta y poco dada a escándalos.

Durmieron en un hotel en Cromford para la mañana siguiente acercarse a la mansión Stokehall. Antes de salir para allá, Tomaso y Sally abrieron sus portátiles para buscar cualquier información que mencionara a la familia de lord Stephen, pero pronto se olvidaron de hacerlo cuando vieron la noticia que abría la casi totalidad de los diarios digitales.

—¡Mirad esto! —increpó Tomaso—. "Atentado en la más importante instalación militar en suelo Británico".

Todos acudieron rápidamente a leer las noticias y encendieron la televisión. Efectivamente, al parecer, la instalación militar reservada de Porton Down había sufrido un ataque terrorista la noche anterior. Todos los periodistas y expertos mostraban su perplejidad por el ataque, porque Porton Down era uno de los lugares con la seguridad más estricta y avanzada del mundo. Pero lo cierto es que una de las instalaciones científicas del complejo había sido atacada y posiblemente (la información no había trascendido) destruida, aunque las fuentes oficiales aseguraban que no había daños de consideración, ni conocían la motivación del ataque.

—Bufff....—resopló Patrick—. ¿Creéis que nuestros "amigos" han tenido algo...?

—¡Joder, mirad esto! —lo interrumpió Tomaso.

El italiano señalaba una foto que acompañaba al artículo de uno de los diarios digitales. El pie de foto rezaba: "el general Michael Reid informando del atentado" (Reid era el general que había puesto los controles de carretera para atrapar al grupo a su llegada a Inglaterra). Pero todos abrieron mucho los ojos cuando vieron la figura que Tomaso señalaba tras él. Aunque la foto era de una calidad mejorable, detrás del general se encontraban varias personas que sin duda formaban parte del personal de Porton Down, y ese hombre que tomaso señalaba...

—¡Es Robert! —dijo Sigrid.

—Sí, es él —corroboró Tomaso.

Un par de vídeos confirmaron la presencia de Robert entre los jerifaltes de Porton Down, vestido de paisano y con rostro serio. Y no solo eso. En uno de los vídeos de la rueda de prensa de Reid, una de las cámaras enfocaba brevemente al público (periodistas) asistente, y Sigrid se fijó en una de las mujeres que escuchaba al general:

—¡Espera Tomaso, para el vídeo! Mirad... mirad... —señaló una figura con el dedo—. ¿Esa no es...?

—¡¡Rebecca Clarkson!! —corearon varios al unísono.

Hubo unos segundos de silencio y de miradas preocupadas.

—¿Quizá acabamos de encontrar la primera pista hacia el Polvo de Dios? —se preguntó Tomaso en voz alta.

—Es posible —respondió Derek—, pero a ver cómo llegamos hasta él..

No tardaron en encontrar noticias relacionadas con el suceso, y una de ellas les llamó enseguida la atención: "La Secretaria General de Defensa de la UE, Dulce da Silva, anuncia medidas para la reconstrucción y la defensa común". Las noticias eran acompañadas del vídeo de la rueda de prensa que da Silva y su gabinete se habían apresurado a convocar:

—De inmediato —anunciaba la portuguesa— formaremos una comisión que se encargará de colaborar en la investigación y la reconstrucción de los daños. Esto es una ofensa y una amenaza para toda Europa, y no puede quedar así. Responderemos con toda la firmeza que sea necesaria, y colaboraremos estrechamente en todo lo que sea necesario.

Acto seguido pasaba a expresar sus condolencias por los militares muertos y los formalismos correspondientes.

—Parece que esto va a venir de perlas para los planes que tenga Dulce... —murmuró Patrick.

Tras discutir un rato la conveniencia (y la posibilidad) de hacer una visita a Porton Down, enviaron a Theo Moss en el hospital para que colaborara en la protección de Yatsenko y partieron hacia la mansión Stokehall. Allí, cuando Derek se anunció como amigo de Ian, les permitieron pasar a una sala de espera donde pocos minutos después hacían acto de presencia cinco tipos trajeados y con pinganillo, que más tarde averiguarían que pertenecían al servicio de seguridad, que había sido reforzado. Escoltados por aquellos cinco gorilas llegaron al despacho-biblioteca de lord Stephen, donde se encontraba él mismo, dos mujeres jóvenes  —sus dos hijas Sarah y Camilla—, su abogado, y otros dos tipos de seguridad. Sigrid observó a su alrededor con avidez cuando identificó multitud de antigüedades en la enorme sala; armas, armaduras, escudos, y objetos varios.

Tomaron asiento y les ofrecieron bebidas de una calidad excelsa, que Patrick aceptó de buen grado.

—Como ya sabrán, es altamente irregular —comenzó lord Stephen— que les reciba sin una cita previa, pero según me ha informado mi secretaria, que les ha atendido por el telefonillo, dice usted —miró a Derek— que es amigo de mi primo Ian.

—Así es —contestó el americano—. Lo conocí en Estados Unidos hace unos quince años, cuando se encontraba de visita en casa de unos amigos. Tengo su teléfono, pero por más que lo he intentado me ha sido imposible hacerme con él, así que no se me ha ocurrido otra cosa que venir a ver si su familia podría decirme cómo localizarlo.

—Ya veo... —el señor asintió con la cabeza, distraído, hasta que pareció reaccionar—: la verdad es, señor Hansen (en realidad utilizó el apellido falso que figuraba en el pasaporte), que ni usted ni nadie ha conseguido localizar a mi primo desde hace al menos cinco años.

—Yo creo —añadió su hija Sarah— que hace más tiempo, padre. Este año serán ocho.

—Vaya —dijo Derek, sinceramente sorprendido—. ¿Y puedo preguntar qué sucedió?

—Lo último que sabemos es que viajó a Egipto, y se le perdió la pista en El Cairo. Un día salió de su hotel y nunca más se supo.

—¿Y saben si estaba investigando algo en concreto? —preguntó Patrick.

—La verdad es que sí; Ian estaba muy interesado en los eventos relacionados con la Primavera Árabe, me la mencionó varias veces. Pero no le di mucha importancia; Ian siempre fue el "raro" de la familia, con un carácter muy... no sé cómo decirlo... se podría decir que era "raro". Tampoco es que yo tuviera una relación muy estrecha con él.

—Y, si no es mucho molestar, ¿nos pueden dar más detalles sobre qué fue lo último que le pasó en El Cairo?

—Creo que tengo el acta del MI5 aquí —dijo Sarah, trasteando en su móvil—. Aquí está, puede leerlo —tendió el móvil a Derek—. Al parecer, tenía previsto salir hacia las pirámides de Gizah y había contratado los servicios de dos guías locales, que no parecen existir. Pero no sabemos si se encontró con alguien o llegaron a salir para allá, su salida del hotel Farukh es su último rastro.

—¿Y compró billete de vuelta? —inquirió de nuevo Patrick.

—Sí —contestó Sarah—, para un més después de su llegada a Egipto. Y reservó habitación en el Farukh para una semana.

—Lo que es extraño —dijo Sigrid— es que nadie haya pedido un rescate, si es que fue secuestrado, como parece.

—Realmente no sabemos lo que ocurrió —contesó Sarah—. Nosotros ya esperamos lo peor.

—El problema —rubricó Stephen— es que Ian, que como ya les he dicho era algo esotérico, pasaba largos períodos ausente de Inglaterra, por eso al principio no dimos importancia a su desaparición en Egipto. Quizá deberíamos haber estado más pendientes —acabó, con un asomo de culpa en la voz.

Mientras se desarrollaba la conversación, Patrick aprovechó para observar las auras de Stephen y sus hijas, y no tardó en detectar una pequeña anomalía que relacionó con algunos rasgos parecidos del aura de Derek. "Mmmmh...", pensó, "¿qué quiere decir esto? ¿Tienen sangre atlante? Sí, seguro que es eso; pero mucha menos que Derek".

Stephen también resultó ser un gran aficionado a las antigüedades, y de hecho pidió la opinión de Sigrid sobre varias de ellas; incluso intercambiaron sus tarjetas, prometiéndose mutuamente estar en contacto si encontaban algo interesante.

Después de agradecerles su amabilidad y asegurar a lord Stephen que si averiguaban algo más sobre lo que le había sucedido a Ian se lo harían saber, el grupo se marchó.


jueves, 1 de abril de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 27

La Mansión de Newbridge (II)

Theo Moss se apresuró a través de las jambas sin puerta que daban acceso a la habitación donde se encontraba la aberración tentacular. Tras descerrajar un par de tiros sin efecto aparente, gritó:

—¡No parece que le afecten mis balas, pero es muy lento! ¡Quizá podamos evitarlo, simplemente!

—No, Theo —contestó Derek, que mientras tanto estaba arrastrando a Sigrid hacia la puerta de entrada de la mansión—. ¡No sabemos si puede haber más, hay que acabar con él!

—¡Derribaré la estatua sobre él! —exclamó Tomaso, refiriéndose a la estatua de Amón-Ra, y, dejando a Yatsenko, corrió hacia ella.

—Si la derribas, seguramente Sigrid ya no la podrá utilizar —advirtió Derek.

—Pero es posible que la estatua le esté dando el poder necesario, ¡hay que intentarlo!

Aberración Tentacular

Mientras Patrick rodeaba rápidamente a la monstruosidad, Moss siguió disparándole para atraer su atención y que Tomaso pudiera llevar a cabo su plan. Allí por donde el monstruo pasaba, un rastro de líquido baboso y ácido quedaba impregnando el suelo. Derek por fin llegó a la puerta de la calle y dejó a Sigrid delicadamente en un rincón mientras volvía a la acción y remataba al constructo caído que nunca había dejado de moverse espasmódicamente.

Tomaso, a la expectativa al lado de la estatua, vio por fin al horror reptante, y a punto estuvo de dejar caer su arma y salir corriendo, pero sacó fuerzas de su profunda fe y se sobrepuso al terror. Tragó saliva, estremecido por unos cuantos segundos.

En ese momento, Patrick y Moss vieron cómo unos orificios se abrían en la masa trémula de carne y unos chorros de ácido vomitivo salían despedidos hacia ellos. Afortunadamente, la criatura no era muy inteligente y pareció cortar los chorros antes de que impactaran en su objetivo.

Todos retrocedieron, asustados ante la capacidad de la criatura de atacarles a distancia. Patrick salió por la puerta sur y el resto se alejó un poco. Pero Yatsenko estaba tirado en el suelo a no mucha distancia, así que a Tomaso y a Moss no les quedó más remedio que acercarse a ayudarlo, mientras Derek se volvía hacia la derrumbada Sigrid. La criatura avanzó con su movimiento gelatinoso, y volvió a lanzar chorros de la asquerosa sustancia. Uno de ellos impactó de lleno en Derek, dejándole la pierna en carne viva, y otro en la espalda de Theo Moss. No obstante, se sobrepusieron al dolor, y mientras Patrick disparaba a la aberración, consiguieron poner a los caídos a salvo; Moss llevó a Yatsenko al interior de la mansión y Derek consiguió poner a salvo a Sigrid en el exterior.

Mientras el resto del grupo se alejaba del repugnante monstruo, Patrick decidió hacer uso de sus habilidades de alteración del continuo. Concentrándose como pudo, y alentado por la angustia que sentía en sus amigos a través de su enlace kármico, consiguió hacer que la estatua de Amón-Ra cayera encima de la masa informe. 

El monstruo, dañado por la caída del coloso de piedra y viéndose atrapado por su peso, empezó a gritar de una manera horrible, con un sonido rechinante y agudo que hizo que tuvieran que taparse los oídos. Como pudieron, siguiendo disparando a la nube de polvo que se había levantado, y Derek salió al exterior con Sigrid.

Patrick decidió dejar la escena atrás y subió las escaleras que estaban a pocos metros de él hacia el primer piso, alejándose del ensordecedor sonido.

Tomaso, Derek y Moss dispararon y dispararon y dispararon de nuevo a la masa de tentáculos, pero las balas no parecían hacer mella en ella. Finalmente, al empezar a sentir un incómodo dolor de cabeza debido al chillido, Derek cerró la puerta de la mansión, quedándose en el exterior con Sigrid y escuchando todavía el sonido, pero más apagado. Tomaso y Moss se dirigieron al interior de la mansión. El primero subió por las escaleras buscando a Patric, mientras el Hijo de Mitra ponía definitivamente a salvo a Yatsenko.

Mientras tanto, Patrick había explorado una pequeña parte del primer piso intentando ganar tiempo (y quizá encontrar el Libro de Tapas Negras). Pero cuando escuchó que los disparos se detenían decidió volver a bajar y se reencontró con Tomaso. Juntos, volvieron a subir, pero después de maniobrar unos segundos en la penumbra y abrir un par de puertas, escucharon el "bamf" que indicaba la teleportación de alguno de los guardianes que ya se habían encontrado en el piso de abajo.

—Vámonos, Patrick, necesitamos a los demás —dijo Tomaso cerrando la puerta bruscamente; acto seguido bajaban de nuevo las escaleras.

No tardaron en encontrarse con Theo Moss, que había dejado a Yatsenko en la terraza trasera. Decidieron salir por esa misma terraza para rodear la mansión y encontrarse con Derek, que suponían que debía de estar en la parte anterior de la casa.

Entre tanto, con un titánico esfuerzo y aplicando toda su capacidad para hacerla reaccionar, Derek había conseguido que Sigrid saliera de su estado de estupor catatónico.

—¡Derek! —gritó la anticuaria, reconociendo a su amigo ante sus ojos, y abrazándolo entre lágrimas—. ¿Viste a la criatura? ¡Era horrible! No creía que cosas así pudieran existir...

—Tranquila, Sigrid, sigue viva, pero creo que no nos molestará más.

—¿Eso que se oye es ella? Joder, es horripilante... ¡Y tu pierna! ¿Eso te lo ha hecho la criatura? 

Derek miró su pierna; el pantalón se había rasgado bajo los efectos del ácido y la carne del muslo no tenía buen aspecto.

—Pues... —empezó a decir.

—¡Eh! ¡Sigrid, Derek! —era la voz de Tomaso. Ambos se volvieron, y sonrieron cuando, bajo la lluvia, vieron aparecer al resto del grupo por la esquina de la mansión.

Tomaso y Moss llevaron a Yatsenko al coche con Sally, y mientras tanto, Patrick ayudaba a terminar de calmar a Sigrid. Con los dos primeros ya de vuelta, decidieron volver a entrar.

—Si nos vamos ahora —dijo Patrick—, no sé si alguna vez podremos volver.

Rodearon de nuevo la casa y volvieron a entrar por donde habían salido, ascendiendo rápidamente al primer piso. Exploraron primero la parte sureste, donde entraron en varias habitaciones vacías. Tomaso y Sigrid prepararon una fuga empalmando algunos cortinajes y descolgándolos por una ventana. Mientras tanto, el resto entraba a una nueva sala que tenía por todo mobiliario un piano muy antiguo y un taburete. Cuando más tarde Sigrid lo vio se quedó asombrada por su aspecto.

—Fascinante —murmuró. 

En realidad no era un piano, sino un clavicordio. Era un instrumento realmente antiguo, y su valor debía de ser exorbitante. Pero ni rastro de nada más en la sala, que había sido vaciada como el resto de la mansión, lo que se hacía evidente por la silueta del mobiliario retirado sobre las paredes. Patrick golpeó con suavidad algunas teclas tras destapar el teclado (cosa que Sigrid miró escandalizada), y sonaron bastante bien.

Siguieron con el recorrido. Entraron en otra habitación vacía que daba acceso a una gran armariada que observaron pormenorizadamente. Pero tras veinte minutos de examen exhaustivo, nadie encontró ninguna pista del libro.

Una nueva sala reveló en su interior un escritorio antiguo, que Sigrid miró con admiración (y algo de codicia) cuando lo identificó como un escritorio Louis XVI original. Lo tocó con las yemas de los dedos, con reverencia.

—Qué pena —dijo, mientras lo acariciaba, con una expresión de tristeza—. Este escritorio tendría un valor incalculable, si no fuera por estas marcas —efectivamente, toda la superficie del escritorio estaba echada a perder, porque alguien había grabado con cuchilla un montón de dibujos extraños.

La mesa tenía anexa una cajonera de tres cajones, que Patrick registró minuciosamente, además de buscar algún compartimento oculto; pero seguían sin encontrar nada, y su frustración iba en aumento.

—Vaya —dijo Tomaso, cuando se acercó al escritorio—, ¿no reconocéis esos símbolos? Son muy parecidos a los dibujos del círculo que vimos en la biblioteca arrasada, son glifos de la Orden de Hermes.

Tras unas cuantas habitaciones vacías más (siempre evitando la sala del centro de la planta donde Tomaso y Patrick habían oído el "bamf" la primera vez que habían subido), llegaron a una donde una treintena de grandes cajas de cartón se encontraban almacenadas. Un rápido examen reveló que todas las cajas estaban llenas de periódicos antiguos, bien doblados y conservados. Muchos eran de la década de 1900, pero durante cerca de media hora de examinarlos, tampoco consiguieron encontrar ninguna relación entre los periódicos ni entre los periódicos y el libro que buscaban. Hasta que Sigrid vio algo:

—Mira Derek, en este ejemplar viene la noticia de la muerte de Crowley. Según pone aquí, "Crowley utilizó el templo de Amón-Ra en Edimburgo para realizar sus depravados rituales demoníacos y sexuales".

Mientras Derek, Sigrid y Tomaso revisaban los periódicos, Patrick y Theo pasaban a la siguiente sala. En ella, por todo mobiliario había dos cómodas también de estilo Louis XVI valiosísimas; los cajones de ambas estaban repletos de fotos, muchas de ellas deterioradas. Así que Patrick, y más tarde Derek cuando este se hartó de revisar periódicos, se dedicaron a buscar en ellas.

—Joder, mira esto Patrick —dijo Derek en un momento dado—. ¿Este no es Saint Germain?

—Sí —respondió el profesor—, está algo cambiado, pero es él, sin duda. Y el otro es el tío de Crowley, el tal Tom Bond Bishop.

La foto mostraba a los dos hombres posando con uniforme de presos, o al menos de internos, en un entorno sombrío (o al menos eso se traslucía de los detalles que se podían observar a través del deterioro).

—Estas fotos nos las llevamos —anunció Derek.

Tras revisar las imágenes, el grupo al completo decidió acceder por fin a la gran sala central. Sincronizándose con los móviles, abrieron simuláneamente las tres puertas que daban acceso a ella. Alumbraron tenuemente con las linternas de sus teléfonos, y vieron que en el centro de la sala se encontraba una figura enorme, muy parecida al constructo que les había atacado en el vestíbulo de la planta baja. La figura comenzó a moverse.

Agónicamente, combinando las capacidades de alteración de la realidad de Patrick, las descargas antiquimánticas de Sigrid, las armas más mundanas de los demás, y finalmente un certerísimo disparo de Derek, el constructo cayó inerte.

Con las luces encendidas (alguien las había encendido ya al inicio del combate) y sin enemigos de los que preocuparse, se hizo evidente que la gran sala había sido en el pasado una biblioteca. Había estanterías por doquier.

—Ni un solo libro —dijo Sigrid, exasperada.

—Mirad esto —dijo Patrick, desde el centro de la sala, donde se había encontrado la estatua animada. Cuando el resto se acercó, vieron que el profesor se refería a un círculo dibujado en el suelo, repleto de símbolos muy parecidos a los que habían visto en la biblioteca arrasada en Viena—. Otra vez los signos de la Orden de Hermes.

—Parece ser que lo de la palabra "hermética" en el nombre "orden hermética de la Golden Dawn" no se añadió gratuitamente.

Pero de nuevo, al cabo de revisar la sala minuciosamente, no encontraron ni rastro del libro ni de ningún escondrijo secreto que lo albergara.

—Necesitamos que intentes volver a localizar el libro con tus poderes, Sigrid —dijo Patrick.

—Ya lo he intentado hace un rato, Patrick, y lo único que sé es que está en la mansión. Pero sí, podemos repetirlo... aunque no me quedan cargas; tendría que intentar usar las que tenga el clavicordio que hemos visto antes. Vamos para allá.

Tocando el clavicordio, Sigrid ejecutó la fórmula de antiquimancia que le permitía detectar la reliquia. A pesar de que estaba segura de que el hechizo no se ejecutó del todo bien, sintió que el libro estaba extremadamente cerca de donde ella se encontraba. Sintió un escalofrío. "Estamos muy cerca", pensó. Así llamó al resto del grupo, que todavía estaba rebuscando en la biblioteca, para que registraran la sala donde se encontraba. Pero nada.

—Está muy cerca, lo he sentido, os lo juro... extremadamente cerca —aseguró la anticuaria.

—¿No podrías hacer lo mismo que en Hastings, Sigrid? —preguntó Tomaso—. ¿Visualizar el momento en que...?

—Sí, precisamente quería comentaros eso —lo interrumpió Sigrid.

—Pues sería cuestión... —empezó Derek, pero se interrumpió cuando el móvil de Tomaso empezó a vibrar y este anunció que era Sally.

—¿Sí, Sally? —unos segundos de silencio, y Tomaso colgó—. Debemos irnos, y ya. Sally dice que un par de todoterrenos han aparcado en la puerta y unos tipos están entrando.

Patrick se asomó a la balconada a la que se accedía desde la biblioteca, y efectivamente, al menos ocho personas estaban entrando por la verja del muro principal. Todas sus auras revelaban  poder de algún tipo. Uno de ellos en concreto, mostraba un aura de poder muy parecida a la que tenía Sigrid antes de su descubrimiento de la antiquimancia.

Sigrid aprovechó para realizar el hechizo de visión del pasado precipitadamente. "Muéstrame el momento en el que escondieron el libro", pensó, y tocando el clavicordio con suavidad, extrajo las cargas necesarias. Pero el hechizo no le mostró nada. Falló.

—Mierda. No he podido ver nada. 

—Pues tenemos que irnos —urgió Derek—. Tendremos que volver en otro momento si queremos repetirlo.

Se descolgaron rápidamente  por las telas que Tomaso y Sigrid habían dejado preparadas, y rodearon la mansión. Aprovechando la cobertura de los setos y los árboles llegaron renqueantes a la parte delantera (Derek cojeaba con su pierna afectada por el ácido, y Tomaso con un tobillo torcido), desde donde vieron que la comitiva de recién llegados estaba accediendo ya a la entrada principal de la casa. Entre ellos, Sigrid reconoció a uno.

—¿Veis a aquel hombre rubio? —susurró—. Es Thomas McKeefe, un coleccionista de libros con el que he tratado varias veces.

—Pues no es solo un coleccionista, Sigrid —apostilló Patrick—, sé positivamente que es un bibliomante.

Se deslizaron hasta el camino de entrada, dejando definitivamente atrás los gritos de la horrible criatura tentacular, que ya sonaban más intermitentemente, y subieron rápidamente al furgón, que Sally arrancó y alejó de allí.

—Maldita sea —dijo Patrick—. Ahora seguro que se llevan el libro y no podremos encontrarlo nunca...

—No estoy de acuerdo —lo interrumpió Derek, vehemente—. Yo estoy convencido de que esa gente no sabe que el libro está en la mansión. ¿Qué sentido tiene todo lo que hemos visto si no? Una mansión vacía, casi abandonada... los guardianes deben de ser los que tuviera la Golden Dawn en su momento, pero pondría la mano en el fuego a que no saben que el libro está ahí, o al menos... —hizo un gesto de dolor—; joder, ¡cómo me arde la pierna!

—Creo que tienes razón, Derek —dijo Tomaso tras unos segundos pensativo—. Tenemos que recuperarnos y volver.


jueves, 18 de marzo de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 26

La Mansión de Newbridge

El grupo no tuvo más remedio que aplazar el dilema de Taipán una vez más, ante el callejón sin salida que se les planteaba. Aunque Tomaso se mostró insistente:

—Aunque evitemos a Taipán y no le granjeemos el acceso a la biblioteca de Jacobsen —dijo—, el hecho es que nos puede poner en los mismos problemas con una simple llamada; solo tiene que contarle a Emil o a Paula que os vendió el libro —miró a Patrick y a Sigrid— y tenemos ya montado el lío sin los beneficios que podemos obtener si le tendemos una trampa.

Después discutieron largo y tendido sobre la posible relación que existía entre Novikov y Crowley, y entre ellos y Taipán (debido a la presencia de la vietnamita en la foto del Orfeo de Viena), y Derek también sacó a colación su preocupación por la presencia del Conde Saint Germain en los momentos posteriores a la muerte de Crowley. Según Sigrid, el Conde parecía aturdido, o quizá despistado, y desde luego, sus ojos no transmitían lo que habían transmitido en la existencia anterior. ¿Era acaso una marioneta de Crowley o de Novikov? ¿Era una persona totalmente distinta? Cualquier opción parecía desastrosa.

La mañana siguiente, temprano, el grupo, Sally y los Vástagos de Mitra partían hacia Escocia. Paula y Anaya aparecieron en la puerta de la mansión.

—¿Os vais todos a Escocia? —preguntó la hermana de Emil, con gesto serio.

—Sí, Paula —respondió Sigrid—. Pero volveremos pronto.

—Eso espero, no está la situación como para permitirnos debilitar tanto nuestras filas. Emil teme que pronto suframos un ataque, y necesitaremos toda la ayuda posible.

—Intentad —añadió Anaya— que lo que sea que vais a hacer allí no os lleve más de un par de días, por favor.

Asegurándoles que un par de días deberían ser suficientes, el grupo se marchó en un furgón negro. Derek aprovechó el viaje para intentar contactar con su antiguo mentor, sir Ian Stokehall, confiando en que estuviera presente en algún lugar de Derbyshire, pero el teléfono al que llamó (cuyo número databa de hacía casi treinta años) no daba señal. También intentó contactar con Bertrand Leibner, por si acaso podía ponerle en contacto con Stokehall, pero a su llamada contestó una mujer que le aseguró no conocer al tal "señor Leibner". Derek resopló, ligeramente frustrado, aunque ya había temido que las cosas iban a salir más o menos así. "Parece que tendré que ir en persona a Derbyshire si quiero tener alguna oportunidad de encontrar a Stokehall", pensó.

Poco después de la hora de comer entraban en Escocia, y un rato después llegaban a Newbridge, donde Sigrid había tenido la visión de la mansión donde presuntamente se encontraba el Libro de Tapas Negras.

Al llegar, se dedicaron a recorrer todos los caminos que atravesaban las colinas, repletos de casas de campo. Y gracias a una fortuna inmensa, Sigrid llamó la atención de Patrick, que conducía el furgón, en apenas poco más de un par de horas:

—¡Para, Patrick, para! —exclamó, señalando por la ventanilla—. Es esta, ¡es esta mansión!

Efectivamente, a través de una verja que se abría en un muro de cinco metros de alto, se alzaba una mansión victoriana que la anticuaria reconoció nada más verla. Bajaron del coche y se acercaron. El césped al otro lado de la verja parecía descuidado, y todas las ventanas de la casa parecían cerradas, pero la propiedad distaba de parecer abandonada. Saltaba a ojos vista que no estaba habitada, pero se llevaba a cabo un mantenimiento de forma habitual. No parecía haber cámaras de vigilancia.

Patrick se concentró en la cerradura de la verja antes de que nadie comprobara si estaba abierta.

—Tomaso, ¿la verja está cerrada? —preguntó al cabo de unos segundos.

—Pues creo que sí...¡ah, no! ¡Está abierta! Qué raro es est... —se interrumpió, y miró a Patrick:— bueno, igual no es tan raro, ¿eh?, jeje.

El grupo entró a la propiedad, dejando a Sally en el furgón por si tenían que salir corriendo. Una rotonda presidía el centro de la finca, alrededor de la cual crecía un descuidado (que no abandonado) jardín con multitud de árboles. En el barro del camino y de la rotonda (no dejaba de caer una fina y fría lluvia) se podían ver huellas de neumáticos, signo evidente de que aunque no parecía habitada, en la casa había movimiento habitualmente. 

La Mansión de Newbridge

Patrick volvió a hacer uso de sus especiales dones para alterar la realidad y al comprobar la puerta principal, la encontró abierta; sonrió para sus adentros, franqueando el acceso del grupo a una oscura sala. Alguien encendió la luz, que por suerte funcionaba sin problemas, y que reveló un enorme vestíbulo sin apenas piezas de mobiliario, prácticamente vacío y sin polvo que denotara dejadez.

Una cosa llamó la atención del grupo al instante: en el centro de uno de los muros se alzaba una enorme estatua de unos tres metros y medio de alto que representaba a un ídolo egipcio.

—Increíble —dijo Sigrid, que se había acercado rápidamente al coloso—. Increíble. Increíble.

—¿Increíble qué? —preguntó Patrick, impaciente. Sigrid levantó la vista, saliendo de su asombro.

—Esto es una estatua egipcia auténtica sin duda ninguna —contestó—. Representa al dios Amón-Ra, y seguramente fue expoliada de alguno de los templos egipcios más importantes... no quiero ni imaginar cuál debe de ser su valor.

Sigrid volvió a concentrarse en la estatua, sintiendo el poder dentro de ella, que era capaz de percibir gracias a su nueva capacidad, la antiquimancia.

—Curioso —añadió Tomaso—, y más si tenemos en cuenta el hecho de que a finales del siglo XIX (creo que fue más o menos en 1893) la Golden Dawn fundó en Edimburgo el que llamaban "Templo de Amón-Ra". Eso debió de ser antes de que Crowley formara parte de la secta, pero es mucha casualidad, ¿no creéis?

—Desde luego —contestó Derek—. Pero hablamos de cosas que ocurrieron hace mas de un siglo.

—Bueno —zanjó Patrick—, desde luego, no lo vamos a averiguar estando aquí parados, vamos a seguir.

El grupo se adentró en el vestíbulo, hacia lo que parecía un distribuidor. Sigrid se quedó un poco retrasada, intrigada todavía por el ídolo egipcio, mientras los demás atravesaban un arco que daba acceso a un largo y oscuro pasillo. Encendieron la correspondiente luz, que iluminó medio corredor, dejando el otro medio en una incómoda penumbra. Mientras tanto, la anticuaria hacía uso de su antiquimancia para realizar un hechizo de localización. Sonrió levemente cuando sintió que el Libro de Tapas Negras se encontraba sin lugar a dudas en algún lugar de la mansión.

A ambos lados del enorme y abovedado pasillo se veía una pequeña multitud de cuadros, todos ellos retratos de hombres. Avanzaron con cautela, y se detuvieron al cabo de una docena de metros cuando reconocieron a Aleister Crowley en uno de los retratos. Debajo de cada una de las pinturas debía de haber habido en el pasado una placa con el nombre del retratado, como lo denotaba el contorno de polvo que  habían dejado los años en la pared, pero en algún momento se habían retirado. De repente, un ruido que procedía del otro extremo del corredor llamó la atención de todos. Un ruido intenso, como un golpe. En el acto, todos empuñaron las armas, y procedieron a avanzar cautelosamente por el corredor.

A tomaso se le erizó el vello de la nuca cuando escuchó, procedente de la oscuridad, una especie de gruñido bajo, muy grave y distorsionado extrañamente, algo sobrenatural. Levantó el brazo y susurró a los demás que se detuvieran.

Siguieron avanzando muy poco a poco, y se volvieron a detener cuando vieron cómo dos pares de puntos rojos se encendían en la penumbra del fondo. Con un brusco gesto, todos apuntaron los cañones de sus pistolas hacia allí, mientras el gruñido que apenas se escuchaba hace unos segundos, se convertía en rugidos amenazadores y espeluznantes.

—¡¿Pero qué hacéis?! —susurró lo más fuerte que pudo Patrick—. Dejad de avanzar, ¡venid hacia aquí!

Pero no hubo tiempo de recular. En ese momento, dos enormes sabuesos demoníacos que parecían estar envueltos en sombras se lanzaron a través del pasillo en busca de los cuellos de Derek y Tomaso. Sus ojos, rojos como la sangre, dejaban una estela del mismo color que se desvanecía casi al instante.

Los dos compañeros dispararon. Pero las balas no parecieron hacer ninguna mella en las monstruosas criaturas. Moss y Yatsenko dispararon a continuación, y sus disparos sí que afectaron a los sabuesos, pero no lo suficiente para detenerlos. Por suerte, Derek y Tomaso resultaron solo con heridas leves y pudieron retroceder, dejando a los Hijos de Mitra en primera línea. Entre estos últimos y la habilidad de descarga de antiquimancia de Sigrid, pudieron hacer que las bestias se desvanecieran, esperaban que definitivamente. 

Así, con Derek un poco renqueante pero sin ningún daño de importancia, pudieron llegar a la sala del fondo y encender las luces. La sala resultó ser bastante grande, y al igual que el vestíbulo principal, casi totalmente desprovista de mobiliario a excepción de lo que parecía una mesa de reuniones con pocas sillas para su tamaño. En la pared norte colgaba un gran sol hecho de bronce partido por la mitad (le faltaba la mitad inferior, como si fuera un sol al amanecer), y ante él, se podían apreciar los restos de un pequeño estrado, o quizá de un altar. Aparte de eso, la sala solo contenía dos espejos del tamaño de una persona en la pared sur. Tomaso rompió los dos espejos, sospechando que podían tener algo que ver con la aparición de las criaturas que les habían atacado.

El grupo volvió sobre sus pasos, explorando otra parte de la mansión donde encontraron varios distribuidores, cocinas, almacenes y estancias prácticamente vacías. Llegaron a una sala más grande, también sin mobiliario, donde lo único presente eran cinco espejos equiespaciados. Patrick sintió un escalofrío cuando en el único de ellos que veía en un ángulo más abierto pudo percibir una figura que se acercaba rápidamente, como si viniera desde el otro lado. Tomaso increpó al grupo:

—¡Vamos, de prisa! ¡Disparad a los espejos!

Sin embargo, solo tuvieron tiempo de romper dos de ellos antes de que desde los tres restantes, tres sabuesos de sombras se materializaran, saliendo de su propio reflejo. Se apresuraron a salir de la sala y cerraron la puerta.

—No creo que esto los contenga mucho tiempo —dijo Patrick, mientras al otro lado de la puerta se hacía el silencio—. ¿Qué hacemos?

—De momento, vamos a alejarnos un poco de la puerta —contestó Derek.

Algo indecisos, se situaron a unos cuantos metros de la puerta, decidiendo su próxima acción, hasta que al cabo de un par de minutos, Yatsenko avisó:

—¡Mirhad eso! ¡Cuidado!

La cabeza de un enorme sabueso de sombras había aparecido a través de la puerta, y el monstruo, aunque parecía costarle un poco atravesarla, lo estaba consiguiendo. Una segunda cabeza apareció a los pocos segundos.

—¡Corramos al vestíbulo —gritó Sigrid, saliendo a la carrera—, allí puedo utilizar el ídolo para alimentar mi poder!

Derek y  Patrick corrieron tras Sigrid, mientras Yatsenko cubría la retaguardia, apuntaba su arma a los sabuesos y disparaba, con Tomaso apoyándole. Mos permaneció entre los dos grupos.

Cuando Sigrid y los demás llegaron al vestíbulo de recepción, se detuvieron al oir un extraño sonido procedente del otro lado de la doble puerta situada en la pared oeste.

—¿Habéis oído eso? —dijo Sigrid.

—Sí —respondió Derek—. Ha sido como un "bamf", como si algo se materializara, ¿no?

—Joder, sí. Vamos, vamos —continuó Sigrid, mientras al otro lado de la puerta sur resonaban los disparos de Yatsenko.

Pero cuando la anticuaria estaba a punto de poder tocar la estatua y utilizar su poder, la doble puerta que estaba a su lado reventó con un potentísimo golpe que provocó un fuerte sobresalto en todos ellos. Una de las hojas que salió despedida golpeó a Sigrid, a Moss y a Patrick, pero por suerte no causó ninguna herida grave. Lo peor fue que tras el golpe, por el umbral sin puertas apareció una enorme figura, una especie de estatua de color blanco de unos dos metros y medio de alto que parecía hecha de mármol. Sigrid se refugió en el otro lado del ídolo, y el constructo recién aparecido avanzó hacia Patrick.

En el distribuidor de la parte sur, los lobos estaban poniendo en apuros a los Hijos de Mitra. Viendo el panorama, Tomaso decidió correr por el corredor que habían tomado nada más entrar a la mansión y dar un rodeo para llegar a la estancia donde habían aparecido los lobos para romper los espejos que servían de portal.

De vuelta en el vestíbulo, Patrick y Derek sintieron algo de alivio cuando vieron que el constructo blanco se movía lentamente. Mientras el director de la CCSA disparaba y el filósofo utilizaba sus habilidades para ralentizar al monstruo, los lobos abatían a Yatsenko, que caía malherido.

—¡Artem! —gritó Moss, mientras disparaba al sabueso que su amigo tenía encima—. ¡Artem ha caído! ¡Que alguien nos ayude!

Con el poder que le daba la estatua, Sigrid lanzó por fin su descarga hacia el constructo, mientras Patrick lo hacía caer y Derek le disparaba sin cesar. La estatua animada sufrió daño y cayó, pero se levantó para proseguir su ataque. Sigrid retrocedió hacia la puerta que había reventado el monstruo, y en ese momento oyó otro sonido parecido a una explosión sorda (como el que habían oído antes de la aparición del constructo) procedente de la oscuridad del otro lado de la sala.

Mientras tanto, Tomaso llegaba por fin a la sala de los espejos-portal y empezaba a romperlos, provocando la desaparición de los sabuesos, uno de los cuales había conseguido herir levemente al rocoso Theo Moss.

Sigrid decidió pasar a la sala oscura y encender la luz, mientras una puerta al otro lado era abierta bruscamente. La anticuaria se giró, y abrió mucho los ojos cuando vio aparecer una aberración terrorífica, una masa abotargada informe y tentacular, con ojos llorosos e inyectados en sangre distribuidos por toda su superficie, y supurando algo parecido a ácido por varios orificios de su repugnante cuerpo. Su mente no pudo soportarlo; algo se rompió dentro de ella, y se tiró al suelo, intentando protegerse haciéndose un ovillo.

Patrick corrió hacia ella, preocupado por su amiga, pero se detuvo un momento cuando vio a la nauseabunda aberración. Sin embargo, reaccionó mejor que la anticuaria y se sobrepuso al terror para llegar hasta ella. Mientras tanto, Derek dejaba al constructo casi incapacitado, Tomaso destruía el resto de espejos y Moss arrastraba a Artem hasta el vestíbulo principal.

En pocos segundos, Derek llegaba a la altura de Sigrid y la levantaba para sacarla de allí mientras Patrick buscaba algún espejo en la sala que pudiera romper, pero no encontró ninguno. Afortunadamente, el monstruo informe se movía muy lentamente. Patrick aprovechó para abrir las ventanas del lado norte, pero la escasa luz que entraba (fuera estaba el cielo cubierto) no pareció afectar en absoluto a la criatura. Todos se miraron, y Moss dejó en un sitio seguro a Yatsenko, disponiéndose a enfrentarse a la aberración.


jueves, 4 de marzo de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 25

Rebecca en Viena. La Muerte de Crowley.

El atardecer se les echaba encima, así que decidieron volver al furgón y buscar un sitio donde pasar la noche. Mientras Patrick conducía, Tomaso aprovechó para conectarse con el portátil y tratar de buscar algo más de información sobre la antigua casa de huéspedes. Pero una notificación no tardó en llamar su atención: una noticia urgente de Euronews. Abrió el enlace, y a los pocos segundos, tuvo que llamar a los demás:

—¡Venid, rápido, mirad esto! —Patrick detuvo rápidamente el furgón y se unió a los demás.

El titular al pie del vídeo decía: "Caos en el centro de Viena". Las imágenes, tomadas desde un helicóptero, mostraban a cuatro peatones caminando en contra de la dirección del tráfico en una avenida del centro de Viena. El desastre a su alrededor era mayúsculo, porque habían provocado varias colisiones múltiples. Pero eso no era todo: a medida que las cuatro figuras avanzaban, al parecer gritando algo, parecían repeler a los vehículos y personas que se les acercaban. Un reportero informaba: "las cuatro figuras no dejan de avanzar, y la policía no parece poder llegar a ellas". Las cámaras del helicóptero no tardaron en mostrar una imagen más cercana, y todos sintieron un escalofrío.

—Joder... —murmuró Derek—, Rebecca Clarkson... no, ¡cuatro Rebeccas Clarkson!

—Igual que en Times Square —añadió Sigrid, generando miradas de incomprensión en los hijos de Mitra, Jonathan y Sally, que no recordaban la escena a la que se refería—. Pero alteran su entorno mucho más brutalmente.

El reportero siguió con la narración: 

—Creo que ya podemos oír lo que gritan las mujeres, Karen —dijo, refiriéndose a su compañera en el estudio—, escuchad.

—¡Patrick! —gritó una de las Rebeccas.

—¡Patrick, ¿dónde estás?! —gritó otra unos segundos después.

—Parece que todas buscan a un tal Patrick, Karen, esto es algo extrañísimo.

Sigrid se dio cuenta de algo.

—¿Habéis visto hacia dónde se dirigen? —preguntó.

—Sí... —dijo Patrick, en voz baja—; aquello del fondo... es el Orfeo de Viena.

 

El Orfeo de Viena

 

—¿Pero de qué conocéis a esas mujeres? —intervino Jesus Cerro, confundido—. ¿Son cuatrillizas o qué?

Cuando Sigrid se disponía a contestarle, las cuatro Rebeccas se giraron de improviso y simultáneamente, mirando fijamente a la cámara que las enfocaba.

—¡¡¡PATRICK!!!! ¡¡¡¿¿DÓNDE ESTÁS??!!! —gritaron.

Era imposible que ese sonido lo emitieran los altavoces del ordenador. Todos esbozaron un rictus de dolor y se tuvieron que tapar los oídos ante la explosión de sonido que hizo retumbar el vehículo entero, y acto seguido el ordenador murió. Cuando Tomaso pudo reaccionar, intentó encenderlo de nuevo, pero se había estropeado definitivamente. La rabia lo invadió, e hizo amago de tirarlo por la ventanilla.

—¿Qué le ha pasado a tu portátil, Tomaso? ¿Por qué vas a tirarlo? —preguntó Sally, como si no hubiera pasado nada. Tomaso la miró, confundido por unos segundos, pero a los pocos momentos comprendió.

—Nada, parece que es la batería. Creo que se han fundido los circuitos.

Como ya había pasado con la anterior aparición de las Rebeccas en Times Square, todos los presentes excepto Tomaso, Derek, Sigrid y Patrick habían olvidado la escena que habían visto en el portátil. Así que los cuatro que sí la recordaban volvieron a narrarles lo que habían visto hacía pocos minutos. Nada más finalizar la explicación, Tomaso preguntó:

—¿Recordáis lo que os estoy diciendo?

—¿El qué? ¿A qué te refieres? —contestó Sally. Tomaso miró a sus tres amigos, con un gesto de impotencia. Era evidente que ellos cuatro eran los únicos que podían recordar aquellas extrañas apariciones de las Rebeccas.

Al cabo de un par de horas, ya más tranquilos y alojados en un hotel, se sorprendieron no tanto por la ausencia de noticias que refirieran la escena con las Rebeccas en Viena sino porque todos los medios se hacían eco del "tremendo terremoto" que había afectado a la capital austríaca. Un hecho "sin precedentes en la historia". Había sido un desastre humano y material del que Viena tardaría en recuperarse. 

—Bufff —resopló Sigrid—... algún día tendremos que intentar acercarnos a esas apariciones de las Clarkson.

Esa noche, Derek y Patrick se dirigieron a una taberna local con el fin de averiguar algo más sobre el edificio de apartamentos o de los últimos días de Crowley, pero no sacaron demasiado en claro.

Ya con Patrick y Derek de vuelta, más o menos a medianoche, Sally llamó a la puerta de la habitación de Sigrid, y le informó de que Omega Prime no había visto ni rastro de Ramiro en las cámaras de seguridad del aeropuerto de Milán; al parecer, no había llegado allí. Sigrid le agradeció la información, y se quedó compungida y triste por la noticia.


Por la mañana, se desplazaron hasta el edificio de apartamentos. Llamaron a los timbres, numerados del 1 al 8, fingiendo ser doctorandos que estaban realizando su trabajo sobre la vida y la muerte de Aleyster Crowley. Mencionando que estaban siguiendo la pista de "alguien famoso", consiguieron que una vecina les abriera la puerta. Una vez dentro, la vecina perdió todo su interés en los visitantes cuando le explicaron que el famoso era Aleyster Crowley, y les dio con la puerta en las narices. Pero ya estaban dentro, era lo que contaba. Un rápido vistazo reveló que las puertas de los extremos eran la 1 y la 8. A la 1 ya habían llamado previamente desde la calle y había contestado un anciano antipático, así que decidieron dirigirse a la 8. Llamaron, y nadie respondió.

—O no nos quieren abrir, o no hay nadie —afirmó Patrick.

—Confiemos en que sea lo segundo —añadió Derek.

Patrick miró fijamente la puerta y se concentró. "Si se la hubieran dejado abierta al salir, sería una suerte...", sus ojos se nublaron durante una décima de segundo, y sonrió.

—Abre Derek, creo que la puerta está abierta —dijo.

—Ah, pues sí, ¡muy bien! —contestó Derek, al principio ignorante de lo que había pasado en realidad, pero que pronto cayó en la cuenta, y devolvió la sonrisa a su amigo capaz de alterar la realidad.

Efectivamente, y por fortuna, en el apartamento solo estaba presente un gato. Los habitantes debían de haberse ido a trabajar. Se dirigieron rápidamente a la habitación de la esquina de la planta, donde Sigrid esgrimió el ankh egipcio que le había prestado Jacobsen, y utilizó el poder contenido en él. "Deseo ver los momentos alrededor de la muerte de Aleyster Crowley", murmuró en voz baja.

Mientras sus compañeros montaban guardia, los ojos de Sigrid fueron testigos de un cambio en el entorno. Como si las paredes y el mobiliario fueran líquidos, alteraron su forma hasta adoptar lo que debía ser la típica habitación de huéspedes de principios del siglo XX, oscura y algo maloliente. En la vetusta cama que ahora presidía la habitación, un agonizante Crowley respiraba con dificultad. Una enfermera entró y salió de la habitación. En la silla de madera que había al lado de la cama, un hombre de barba cerrada, rostro duro y ojos hundidos esperaba pacientemente, hablando con el moribundo. Pero Sigrid solamente veía, el hechizo no le permitía escuchar. Siguió mirando, como un fantasma, sin ser vista. Al cabo de un par de minutos, Crowley cogió un manuscrito de la mesilla de noche (posiblemente el mismo manuscrito del que Tomaso había conseguido los escaneos) y comenzó a leer en voz alta (sin sonido para Sigrid). Enseguida, el hombre de la silla, que sin duda debía de ser el tal señor Rowe, tras impedir que alguien entrara en la habitación con gestos secos, se trasladó al borde de la cama; Crowley y él se dieron la mano, en el típico gesto de agarrar el uno la muñeca del otro. Pocos instantes después, el mago expiraba, y el presunto señor Rowe sufría aparentemente un fuerte mareo; soltó la mano inane de Crowley y apoyó su cabeza en las manos durante unos segundos, ostensiblemente confundido. Después, se miró a sí mismo, las piernas, los brazos, el cuerpo, y se levantó para mirarse en el espejo, con gesto de triunfo. Transcurridos unos instantes, pareció reaccionar: se dirigió rápidamente a la cama, cogió el manuscrito que el difunto había dejado caer y salió al exterior.

—Vaya —dijo Sigrid, saliendo de su pequeño trance y dirigiéndose a sus amigos:— parece que, efectivamente, Crowley pasó al cuerpo del señor Rowe justo antes de morir. Salgamos de aquí, quiero ver lo que pasó en la habitación contigua después de morir Crowley.

En la habitación contigua, Sigrid volvió a esgrimir el ankh y se concentró en ver los instantes posteriores a la muerte de Crowley. Vio cómo la enfermera intentaba entrar en la habitación pero Rowe se lo impedía, y cómo pocos minutos después, Rowe aparecía con el manuscrito bajo el brazo. Allí le recibieron un hombre que por la información de la hemeroteca sabrían que era el dueño de la casa de huéspedes, la enfermera y un tercer hombre, más anciano. Como más tarde averiguarían en la hemeroteca, este no era otro que Tom Bond Bishop, tío de Aleyster Crowley con el que en teoría se había llevado a matar. Mientras Rowe daba explicaciones a los presentes, Bishop salió de la habitación, hacia el exterior. Aprovechando su ausencia, Rowe se largó, disculpándose según supuso Sigrid. Un par de minutos después, mientras la enfermera entraba a atender el cadáver y el propietario esperaba algo, aparecía de nuevo Bishop acompañado de otro hombre. Sigrid dio un respingo, al reconocer al recién llegado, de sus recuerdos de la anterior existencia. "¡El conde Saint-Germain!", pensó, con un escalofrío. Sin embargo, a pesar de que se trataba de él indudablemente, Sigrid se quedó fría al detectar en él un aire confundido, como si no supiera qué hacía allí. La visión se difuminó, dando paso a la habitación del moderno apartamento, y salieron sin más tardanza.

En el camino hacia la mansión de Jacobsen, una abrumada Sigrid contó todos los detalles de la escena a sus amigos, que decidieron detenerse para contratar a un dibujante que hiciera un retrato robot del presunto señor Rowe. En poco más de un par de horas ya tenían el dibujo en sus manos.

—No sé si nos servirá de algo —dijo Patrick—, porque si a estas alturas Crowley sigue vivo, debe de haber cambiado una o dos veces más de cuerpo, pero es mejor que nada.


De vuelta en la mansión Jacobsen, explicaron a Emil más o menos todo lo que habían averiguado, y la confirmación de sus sospechas de que Crowley seguía vivo en el cuerpo de alguna otra persona. Sigrid sacó el valiosísimo ankh, dispuesta a devolvérselo a su propietario, pero cuando Tomaso expresó su deseo de desplazarse a Escocia a inspeccionar los restos de Crowley en el cementerio donde presuntamente habia sido enterrado, Emil se lo devolvió.

—Mientras sea más útil en vuestras manos que en las mías, deberíais seguir usándolo —anunció, con una amabilidad desconocida para Sigrid en el pasado. "¿Estás fingiendo, Emil? ¿O estás realmente cuidándonos porque tal es tu necesidad de aliados? Mmmh...".

Ya a solas, Sally hizo llegar el retrato robot de Rowe a Omega Prime a requerimiento de Patrick. Los hackers tendrían que encargarse de realizar un cotejamiento con todas las fotos antiguas de Reino Unido desde mediados del siglo XIX, para intentar identificar el rastro del "señor Rowe". No era una tarea fácil, llevaría su tiempo, pero era una opción que no podían dejar de intentar.

Tomaso, por su parte, llamó a sus contactos en Milán. El primero fue el que había proporcionado los pasaportes a Ramiro y a Sara, para informarse de qué nombres falsos habían utilizado. Al segundo contacto le encargó la búsqueda de los desaparecidos con los nombres falsos.

Derek recibió una llamada de sir John Atkinson, el persa.

—Buenas tardes, señor Hansen —saludó el aristócrata—. Anoche departí con los contactos de los que le hablé en nuestro encuentro, y tengo información que le interesará: al parecer, los controles en las autovías del sur de Londres fueron establecidos siguiendo las órdenes del general Michael Reid.

—¿Conoce usted a ese Reid, señor? —preguntó Derek.

—Sí, por supuesto, es uno de los generales más influyentes del ejército británico, y alto mando del MI5, señor Hansen. Si se cuenta en las filas de sus enemigos, deben tener ustedes mucho cuidado. —"Vaya novedad", pensó Derek, "otro enemigo peligrosísimo".

—Lo tendremos, sir John, no se preocupe; y le prometo que pensaré en su oferta. Permaneceré en contacto.


Poco después, Jacobsen los convocaba a una reunión en su despacho.

—¿Habéis contactado ya con Taipán? —preguntó.

—La verdad es que aún no —contestó Tomaso—. Con el asunto de Crowley, no he tenido tiempo ni de pensar en ello. Lo intentaré mañana, Emil.

—De acuerdo —contestó el librero—, pero no lo dejéis pasar, Tomaso, es importante que le saquemos toda la información posible. Por nuestra parte, Paula y yo estamos intentando concertar una entrevista en Bruselas con Dulce da Silva, os avisaré si lo conseguimos.

—Por cierto, también queríamos informaros de que han atacado al menos dos bibliotecas más en Alemania. Crowley, o quien sea, no se han detenido.

—Pues tenemos más malas noticias —anunció Derek—. Según parece, el general Michael Reid fue quien dio las órdenes para establecer los controles militares al sur de Londres; uno de ellos fue el que trató de interceptarnos. ¿Os suena el nombre?

—Por supuesto —respondió Anaya—; un pez gordo del MI5, pero que yo sepa —miró a Paula y a Emil— nunca ha estado metido en el submundo ocultista.

—Bueno, eso no quiere decir nada —sentenció Sigrid—; a estas alturas, Crowley tendrá recursos de sobra para convencer, o intimidar, o chantajear a cualquiera, o casi.

—Por eso —zanjó Emil—, os pido que si viajáis a Escocia, lo hagáis rápido y no estéis fuera más de un par de días; necesitamos que el grupo esté unido en caso de sufrir algún ataque.

"No es que fuera a servir de nada si el ejército decide enviar un misil a la mansion, o un grupo de asalto...", pensó Derek, "pero hace bien, toda precaución es poca".


Ya reunidos a solas, discutieron sobre cómo afrontar el asunto Taipán. El problema era que la ladrona podría delatarlos y revelar que Sigrid sí que había adquirido en realidad el libro. En ese caso, no sabían cómo podrían reaccionar Emil y Paula...


jueves, 18 de febrero de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 24

De vuelta a la Mansión Jacobsen. Visita a Hastings.

Rodeando Londres en el coche, Tomaso y Derek intercambiaron algunas ideas sobre cómo hacer que Patrick no tuviera que llegar a la mansión de Jacobsen. El profesor ya les había transmitido su temor de que, si llegaba allí, ya no pudiera salir libremente. No obstante, la conversación fue bastante infructuosa y finalmente, sin ver cómo podían distraer la atención de Paula y los demás (y juzgando que en ese momento la mansión de Jacobsen debía de ser el lugar más seguro de Inglaerra), la comitiva al completo atravesaba las verjas que les daban acceso a la glorieta de la mansión.

Saltaba a la vista que Emil había reforzado la seguridad; si en su primera estancia allí les había parecido que tenía un fuerte cuerpo de seguridad, ahora daba más la impresión de una pequeña compañía mercenaria.

La Mansión Jacobsen

El corazón de Sigrid se confortó cuando vio a su hija Esther esperando su llegada ante la puerta de la mansión, con algunos miembros del servicio. Pocos instantes después se incorporaba al comité de bienvenida el propio Emil, acompañado de un par de guardaespaldas.

Apenas bajaron de los vehículos, Esther corrió al encuentro de su madre, con la que se fundió en un abrazo. El servicio corrió a interesarse por Paula y Anaya, así como Emil, a quien su hermana enumeró muy brevemente las bajas que habían tenido y lo difícil que había sido el viaje, recalcando lo que ya habían hablado por teléfono.

 —Las pérdidas son desoladoras... pero —dijo el bibliomante, con una ligera sonrisa y dirigiéndose al grupo al completo— me alegro de teneros a todos aquí de nuevo. Mi más efusiva bienvenida a las nuevas incorporaciones —miró a Derek, Sally y los Hijos de Mitra—. No puedo sino agradeceros de corazón la ayuda prestada a Paula y espero ansioso el relato de lo ocurrido desde vuestros respectivos puntos de vista. Pero antes, por favor, tomaos un tiempo para descansar y recuperaros; Paula ya me ha ido contando lo agitadas que han sido estas últimas jornadas. Adelante, adelante, por favor.

El servicio condujo al grupo a sus respectivas habitaciones, donde pudieron tomar un relajante baño y disfrutar de una comida y bebida excelentes.

Antes de la reunión con Emil y toda la comitiva, Sigrid, Derek, Tomaso y Patrick se reunieron en privado para discutir sobre qué hacer a continuación y la problemática que se planteaba si Jacobsen quería contar con los servicios de Patrick. También hablaron sobre la palabra que Sigird había dado a Taipán, prometiéndole facilitarle el acceso a la biblioteca de Jacobsen, e intentaron dar con la mejor forma de concedérselo, pero no llegaron a ninguna conclusión. Al final de la conversación, Sigrid recibió una nueva llamada de Ramiro; su marido le dijo que ya habían conseguido la documentación falsa, y que esa misma noche embarcarían en un vuelo hacia Londres en el aeropuerto de Milán. Prometiendo que llamaría de nuevo una vez que estuvieran embarcados, finalizó la llamada.

Poco más tarde tuvo lugar la reunión del grupo al completo con Jacobsen y algunas incorporaciones nuevas (adeptos que Emil había mantenido a su lado, y entre los que identificaron al menos a un epideromante y a algún otro "mante").

 —En primer lugar —empezó el bibliomante—, quiero recordar a aquellos que ya no están con nosotros y que mostraron tanta valentía, y volver a agradeceros la ayuda prestada. Espero que esto sea el principio de una sincera colaboración, porque como habéis podido sentir en vuestras propias carnes, nos enfrentamos a un enemigo común que supera todo lo visto hasta ahora. Bolas de fuego, constructos que surgen en pocos segundos de la tierra... yo no había oído nunca de nada parecido, al menos en tiempos recientes. Esas habilidades son más propias de las leyendas de la Edad Media.

 —Tú lo has dicho, Emil —respondió Sigrid, con el rostro serio de solemnidad—. Quiero remarcar tus propias palabras: esto va a ser una "colaboración", no un contrato de servicio ni un servicio sin más.

Jacobsen miró a la anticuaria unos instantes, serio, pero finalmente esbozó una ligera sonrisa.

 —No tengo ninguna objeción al respecto, Sigrid. Si así os sentís más cómodos y podemos disfrutar de una colaboración sincera y plena, mucho mejor; mi bolsillo lo agradecerá.

"Vaya, al final caeremos en lo mismo pero educadamente hemos rechazado cualquier pago", pensó Tomaso. "No es muy buen negocio, no".

 —Tu bolsillo lo agradecerá —repitió Sigrid, afirmando con la cabeza—, pero el prescindir de una transacción monetaria nos pone en condiciones de igualdad, a tu grupo y el mío, como "colaboradores", insisto.

 —Sí, muy bien, me parece estupendo mientras ofrezcamos un frente unido y fuerte contra lo que sea que estamos enfrentando. 

 —Al respecto de eso... —empezó Tomaso—, creo que tengo información que encontrará de utilidad, señor Jacobsen.

Tomaso decidió revelar todo lo que había descubierto sobre la Orden de Hermes Trimegisto y de Aleister Crowley. Todo excepto la existencia del pergamino. Pero contó cómo había llegado "por diversas fuentes" a averiguar que Crowley había conseguido perfeccionar los rituales herméticos y que sus compañeros y él sospechaban que el "Mago Negro", como habían llamado a Crowley en otra época, seguía vivo aunque posiblemente con una apariencia diferente de la original.

Emil escuchó atentamente la diatriba de Tomaso, y por primera vez Sigrid detectó cierto asombro en el poderoso bibliomante.

 —No puedo evitar sentirme algo confuso, Tomaso —dijo Emil—. Según la historia oficial, Crowley murió hace unos cien años. Esto que nos estás explicando queda más allá de las capacidades de cualquiera que yo conozca, pero si es verdad que nos estamos enfrentando al propio Crowley y que de algún modo ha alcanzado la forma de esquivar a la muerte, la amenaza es tan peligrosa como me imaginaba.

 —Además —añadió Paula—, si tienen unas influencias tales que les permiten movilizar al ejército y lanzar un ataque incluso en plena ciudad...

 —Sí —atajó Emil—; a colación de eso, quería revelaros algunos datos que hemos descubierto recientemente gracias a un par de contactos.

El bibliomante giró su silla e hizo uso de un mando a distancia para encender un proyector de diapositivas. En la pantalla que había en un extremo de la sala, apareció una foto.

 —Un par de buenos amigos periodistas me hicieron llegar hace algunos días estas fotos, mirad. Están tomadas en la salida del hotel Orfeo de Viena, donde tenemos las últimas noticias del grupo de Ramiro...que supongo que ya estará viniendo para acá —Sigrid hizo un gesto afirmativo, pero apenas consciente de las palabras de Jacobsen. Se había sorprendido al ver aquella primera instantánea. La fotografía mostraba a Dulce da Silva, a quien habían conocido tan bien antes de la recreación de la realidad, y a varias personas más.

 —Las fotos son de hace aproximadamente un mes, poco antes de los ataques a las bibliotecas —continuó Emil—. Esta mujer —dijo señalando a la figura central— es Dulce da Silva, secretaria general del Departamento de Defensa de la Unión Europea. El hombre que está un poco más atrás es Hugo Lechner, un magnate alemán de quien muy poca gente sabe que dirige gran parte del tráfico ilegal internacional de armas —Tomaso asintió; él sí que lo sabía—.

Emil pasó a la siguiente diapositiva.

 —Aproximadamente cuarenta y cinco minutos más tarde, salió también del Orfeo este hombre. Intenta ocultar su rostro con las solapas del abrigo y el sombrero —pasó unas cuantas diapositivas más—, pero aquí —se detuvo en una de ellas— se puede ver el rostro: es Matteo Krüger, ni más ni menos que un general de cuatro estrellas del ejército austríaco, y miembro de su Estado Mayor.

 —Eso explica la colaboración del ejército —dijo Anaya, en voz baja.

 —Seguramente —sentenció Emil—. El hecho es que estas tres personas se reunieron, o al menos se encontraban al mismo tiempo, en el hotel Orfeo Viena unos pocos días antes de los ataques y de que Ramiro y los demás se alojaran en él... es una casualidad que no podemos obviar.

 —Ni mucho menos —respondió Paula.

 Sigrid no escuchaba. En la foto que mostraba a Krüger, algo le había llamado la atención. Un grupo de tres personas más al fondo, en las que apenas nadie había reparado. Se levantó para observar la imagen más de cerca, haciendo que el resto de los reunidos la observara.

 —Esta de aquí... —dijo señalando a una mujer en el borde mismo de la imagen, cuyo rostro aparecía cortado y lo hacía difícil de reconocer—... ¿no es....?

 —Taipán —dijo Patrick—. Sí, es ella, ahora que la señalas la reconozco.

 —¿Cómo? —se sorprendió Jacobsen, que se acercó a Sigrid y observó fijamente a donde señalaba—. Creo que no la conozco lo suficiente para reconocerla en esa foto, pero... sí, tenéis razón. 

 —O sea —dijo Paula, con un deje de rabia en la voz—, podemos suponer que se reunió con toda esa gente una semana antes de ofrecernos el libro que Sigrid desechó por "no tener interés".

Las últimas palabras de Paula dejaban entrever una acusación, pero Sigrid la esquivó hábilmente, describiendo el libro de tal modo que convenció a todos de que no debía de tener un valor suficiente para la categoría de la colección Jacobsen.

 —Dejando aparte el posible valor del libro que nos ofreció —continuó Emil—, lo cierto es que todo es demasiada casualidad, y no puedo sino asumir que ese libro salió de alguna de las bibliotecas que fueron atacadas. Maldita sea.

Sigrid vio la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro. "Quizá pueda ayudar a Emil y librarme de la promesa que le hice a Taipán a la vez", pensó.

 —Taipán me parece más accesible que todos los demás —dijo—. Quizá podamos tenderle una trampa, Emil. ¿Cuál es su modus operandi? ¿Podemos contactar con ella?

 —Pues Taipán siempre es la que contacta con nosotros —dijo Paula—. Es escurridiza, y difícil de localizar. Y no compra libros, solo los vende. Sobre cómo consigue los que vende, hemos preferido no saberlo.

 —Quizá —intervino Tomaso— yo conozca a alguien que conoce a alguien que pueda ponernos en contacto con Taipán. —El italiano disimulaba, plenamente consciente de que Sigrid sí tenía los medios para ponerse en contacto con ella—. Si es así, deberíamos pensar en la manera de tenderle una trampa.

 —Desde luego, tu grupo es sorprendente, Sigrid —susurró Anaya—. Ya me contarás de dónde los has sacado.

 —Eso sería de agradecer, Tomaso —dijo Jacobsen—. Si consigues poder contactar con ella, concretaremos los detalles. Mientras tanto, Paula, Anaya, vamos a intentar concertar una reunión con Dulce da Silva para intentar sacarle información, o lo que sea. Usaremos todos los medios a nuestra disposición: personamancia, oniromancia, dipsomancia, lo que sea. Pero tenemos que llegar a ella.

Jacobsen dio por finalizada la reunión con esas dos vías de acción establecidas, pero antes de abandonar la sala, Sigrid llamó la atención de los reunidos. Desveló que ya no era capaz de utilizar las habilidades de bibliomante, porque su obsesión había cambiado y ahora había descubierto la manera de utilizar el poder escondido en las antigüedades, cosa que había bautizado como antiquimancia, ante la ausencia de cualquier otro referente.

Los reunidos se miraron, incrédulos. Jamás habían oído hablar de nadie que hubiera podido cambiar su obsesión, su área de poder. El manejo de cualquier "-mancia" requería un nivel de obsesión tal, que para todos era imposible su mutación. Paula insistió en lo extraordinario del hecho, y confirmó las sospechas de Sigrid: ninguno de los presentes tenía noticia de nadie que pudiera hacer algo así, con lo que la anticuaria era pionera en aquella escuela de magia. Extraordinario.

Jacobsen también aprovechó para mencionar lo útiles que habían sido las habilidades de Patrick, y aunque no pidió más detalles, dejó caer que su colaboración sería sin duda de gran valor en el futuro.

Tras disgregarse los reunidos, Sigrid se quedó a solas con Esther, y le pidió a Patrick que se uniera a ellas. Quería contarle a su hija todos los detalles de lo que les había pasado en las últimas semanas, y no quería que lo de su hermano la afectara. Así que Patrick la ayudó a asumirlo de la mejor forma posible, aunque no pudo evitar que Esther llorara desconsoladamente largo rato al saber los detalles de lo que le había ocurrido a Daniel.


Hacia la medianoche, un grupo se trasladó al aeropuerto para recibir a Ramiro y a Sarah, cuyo vuelo tenía previsto aterrizar a la una de la madrugada. Aproximadamente a la una y media, Paula recibía la llamada de los trasladados allí, y la compartía con Sigrid: el vuelo había llegado, pero ni Ramiro ni Sarah habían hecho acto de presencia con el resto del pasaje. El corazón de Sigrid se encogió. 

Tomaso llamó a su contacto en Milán, y este le confirmó que había dado los pasaportes a un hombre y una mujer que coincidían plenamente con la descripción de Ramiro y la hermana de Travis. Solo les quedaba recurrir a Omega Prime, y así lo hicieron. Sally les pidió que revisaran las grabaciones de las cámaras de seguridad, lo que les llevaría varias horas.


Por la mañana, Derek contactó de nuevo con sir John Atkinson, el antiguo embajador en EEUU e Hijo de Mitra. Un par de horas más tarde se trasladó junto con Patrick, Artem y Theo a su mansión. Derek explicó a Atkinson todo lo que había pasado en Viena y en el viaje a Londres, y parte de lo que habían averiguado sobre Crowley.  El antiguo embajador, como no podía ser de otra manera, se mostró sumamente preocupado por la irrupción de esos nuevos jugadores sumamente poderosos en el tablero ocultista.

 —Lo que quería preguntarle, sir John, es si hay Hijos de Mitra en el ejército británico. Que nos atacaran en Austria o en Alemania ya es gravísimo, pero si ni siquiera estamos a salvo en las islas...

 —Sí, claro, ya veo —respondió Atkinson—. Sí, por supuesto que hay Vástagos de Mitra en el ejército de su majestad. Y seguramente los vea pasado mañana. Intentaré averiguar todo lo que pueda sobre quién fue el responsable de asignar los controles en las carreteras de los que me ha hablado.

 —Muchas gracias, señor —agradeció Derek, ofreciendo su mano al ex-embajador para marcharse.

 —Oh, es un placer, señor Hansen —respondió el embajador, apretando su mano—. Y, una última cosa... ya tendrá claros los detalles acerca de nuestra Hermandad. Si le interesara pasar a formar parte de ella, el padrinazgo de dos soldados de Mitra —miró a Yatsenko y a Moss— sería más que suficiente para aceptar su participación en el rito de iniciación. Además, tener en nuestras filas al director de una agencia gubernamental estadounidense sería bienvenido. Piénselo, no hay prisa. En caso afirmativo, le podría poner en contacto con un persa en Estados Unidos que lo podría iniciar.

 —Muy bien, muchas gracias, señor. Es un honor. Le prometo que lo pensaré.


Ya de vuelta en la mansión de Jacobsen, el grupo decidió que realizarían una breve visita a la ciudad de Hastings, donde intentarían que Sigrid, con sus nuevos poderes de antiquimancia, tuviera una visión del momento de la muerte de Crowley. Pero para ello deberían encontrar el lugar exacto donde murió. Lo intentarían al menos.

Sin embargo, para que Sigrid utilizara sus habilidades, lo primero era hacerse con una antigüedad que le permitirera obtener el poder suficiente. Desde el incidente con los furgones en Viena, la pulsera minoica se había quedado agotada, así que decidió pedirle ayuda a Emil. Y, sorprendentemente, este aceptó proporcionarle lo que necesitaba sin problemas.

 —Si vuestro viaje a Hastings y prestarte una reliquia hace que averigüéis más cosas sobre nuestros enemigos, son recursos perfectamente empleados.

"Está realmente atemorizado por estos nuevos jugadores", pensó Sigrid. "El Emil de hace seis meses no me habría prestado nada tan fácilmente".

 —Te lo agradezco, Emil. De todas formas es posible que el viaje a Hastings sea en vano, porque aunque sospechamos que Crowley se transfirió al cuerpo del tal señor Rowe, según nuestros cálculos debería haber cambiado de cuerpo al menos una vez más para poder estar vivo hoy en día.

 —Bueno, eso es posible, pero ahora mismo necesitamos saber todo lo que podamos, Sigrid, sin escatimar recursos.

"Está realmente preocupado, no me lo esperaba", pensó la anticuaria.

Jacobsen la guió hasta su biblioteca personal, donde entre la ingente cantidad de libros, se alzaba una vitrina con varias antigüedades. La abrió y tendió uno de los objetos a Sigrid.

 —Esta es mi reliquia más valiosa. Un ankh de los tiempos del faraón Amenofis I. La conseguí en Moscú en un negocio con un marchante de dudosa reputación. ¿Será suficiente?

Sigrid vaciló. Era una reliquia realmente valiosa, y llevársela implicaba una responsabilidad grande. Estaba en un estado casi perfecto. Increíble.

 —Será más que suficiente, Emil. Muchas gracias, te prometo que te la devolveré sana y salva.

 —Está bien. Pero lo que cuenta es que averiguëis todo lo que podáis y que volváis lo antes posible. Necesitamos todos los efectivos disponibles. Cuidaré de Esther hasta entonces.

"El Emil de siempre", pensó, "no podía dejar pasar la oportunidad de volver a amenazarme con mi hija de rehén. Pero es una costumbre asimilada; ahora está asustado de verdad". Sigrid asintió con la cabeza, y volvió junto a sus amigos.

Sigrid, Patrick, Tomaso y Derek, junto con Jesús Cerro y los Hijos de Mitra como apoyo, se trasladaron a Hastings, con un plano antiguo de la ciudad. Encontrar el edificio que había albergado la casa de huéspedes donde presuntamente había muerto Crowley fue una tarea harto difícil. Haciendo uso de todas sus capacidades deductivas y con ayuda de los mapas antiguos, Derek dirigió al grupo y permitió que finalmente Tomaso quien diera con la localización definitiva. La antigua casa de huéspedes era un edificio de apartamentos ahora; afortunadamente se había respetado la construcción en gran medida, incluidas las dos alturas del edificio. Ahora, faltaba saber el lugar exacto donde debería situarse Sigrid para intentar visualizar la escena.

Para ello, se trasladaron a la hemeroteca. Allí, Jesús Cerro hizo uso de sus cargas bibliománticas y en pocos minutos tenía en su cabeza la noticia más descriptiva sobre la muerte de Crowley. Esta había tenido lugar en una "lúgubre habitación de una lúgubre casa de huéspedes", y la noticia iba acompañada de un tosco dibujo que denotaba que la habitación estaba en una esquina del edificio, con una ventana abierta en cada pared.

 —Muy bien —dijo Sigrid—. Contando entonces con que las habitaciones de huéspedes estaban en la mitad posterior del edificio según los planos antiguos, ya hemos reducido las opciones a solamente dos: las dos habitaciones que se encontraban en los extremos de la segunda planta.

 —Ahora solo tenemos que pensar cómo acceder al edificio y que nos dejen hacer lo que sea necesario —terció Derek—.

jueves, 4 de febrero de 2021

El Día del Juicio
[Campaña Unknown Armies/FATE]
Temporada 3 - Capítulo 23

Un Viaje Tenso. De Vuelta en Londres.

Con la intención de despistar a posibles perseguidores, decidieron viajar hacia el norte por carreteras secundarias hasta adentrarse un buen trecho en territorio de la República Checa antes de girar de nuevo hacia el oeste para dirigirse a París a través de Nüremberg y Metz. La nieve caía ligera pero sin cesar, y dificultaba los desplazamientos por carretera, sobre todo por las secundarias por las que el grupo se movió incialmente, así que el viaje se hizo largo y anodino. En una de las paradas para descansar y reponer fuerzas, Tomaso aprovechó para presentar a Sally, a quien Paula y Anaya ya habían mirado con sorpresa antes, pero habían ignorado el tema debido a lo atropellado de los acontecimientos.

Paula también aprovechó la parte inicial del viaje para llamar a su hermano e informarle de la verdadera naturaleza de Simonsson y su condición de espía de quienes quiera que fueran sus enemigos. Emil se mostró consternado con la revelación, Simonsson había sido un buen colaborador en el pasado, y temía que algún descuido le hubiera proporcionado información que sus enemigos pudieran usar en el futuro.  También dedicaron unas palabras a Sigrid, dándole las gracias por su colaboración y por los compañeros que había incorporado, y a Patrick, cuya participación sospechaban que había sido fundamental para desencadenar todo aquello.

—Si no le importa —dijo Jacobsen—, cuando vuelvan a Londres me gustaría mantener una larga y amistosa conversación con usted, señor Sullivan. 

Tras cambiar de vehículos, se alojaron en un hotel de la discreta población de Písek, antes de atravesar la frontera con Alemania. Se encontraban terriblemente agotados, pero antes de caer dormidos celebraron una reunión para decidir el itinerario de su viaje. Decidieron volver a las autovías principales cuando hubieran entrado en Alemania, considerando que serían seguras, pero pensaron muy bien cómo cruzar del continente a las islas británicas.

—Si nos quieren atrapar —dijo Derek—, y con los medios que parecen tener, es evidente que estarán controlando los aeropuertos, el Eurotúnel y las principales rutas de ferry, así que yo propongo que embarquemos aquí —señaló un punto en el mapa—, en Dieppe. No creo que puedan controlar todas las líneas, y esta parece lo suficientemente discreta.

Todo el mundo se mostró de acuerdo en que sería la ruta más segura, y acto seguido, prácticamente a las siete de la mañana, la mayoría cayeron dormidos casi en el acto. Sigrid aún aguantó un poco más para llamar a Esther e interesarse por la situación en Londres. Su hija le informó de que Emil había redoblado el pequeño ejército que tenía montando guardia, y que ella seguía estudiando y buscando los libros sobre los temas que le había pedido Sigrid.

A las cinco de la tarde, después de una buena comida, se pusieron en marcha de nuevo. Ya en territorio alemán dejaron atrás las nevadas y se incorporaron a la autovía principal, cosa que agradecieron mucho los conductores.

Pasado Nüremberg, Tomaso divisó la silueta de un helicóptero, aparentemente militar, en lo alto. Además, al remontar una elevación del terreno, vieron a lo lejos cómo los vehículos se detenían y se había formado una retención. 

 —¿Ves eso, Derek? —preguntó el italiano—. Joder, no serán ellos, ¿no? ¿O sí?

 —No lo sé —contestó Derek—, pero por si acaso, mira, hemos tenido suerte —indicó con la cabeza la siguiente salida de la autovía a trescientos metros entre ellos y el atasco—. Saldremos por aquí.

Nunca sabrían si el helicóptero los buscaba a ellos o el atasco había sido provocado por sus enemigos, porque afortunadamente nadie pareció seguirlos y tras unos ciento y pico kilómetros por la red secundria, volvieron a la autovía sin más complicaciones.

Sobre las cinco de la mañana del día siguiente se alojaban en un hotel en un pueblo cercano a la ciudad francesa de Metz. Desde allí, procedieron a la compra de billetes de avión a Londres con origen en Bruselas, para despistar a posibles perseguidores, y acto seguido volvieron a agradecer poder descansar. Mientras se inscribían en el hotel, Patrick aprovechó para mirar el aura de Anaya, todavía poco convencido de que no hubiera otro topo en el grupo. Lo que vio descartó tal posibilidad en la mujer: una lealtad inquebrantable, una susceptibilidad acerada, combinadas con una brutal sinceridad y un sincero enamoramiento por Paula, le dejaron tranquilo al respecto.

Poco más de una hora después, Sigrid se despertaba debido al sonido de su móvil. Un número largo, desconocido, brillaba en la pantalla. Decidió descolgar.

—¿Sigrid? Sigrid, ¿eres tú? —el corazón de la anticuaria dio un vuelco al reconocer la voz de Ramiro, su marido. Tuvo que respirar hondo para calmarse.

—¿¿Ramiro?? ¿Eres tú de verdad? —Sigrid zarandeó a Patrick, con quien compartía habitación, pero a este le costó despertar, agotado.

—Sí, claro que soy yo, Gridi. Dios, qué alegría oírte. —Los ojos de Sigrid se humedecieron cuando Ramiro utilizó el nombre cariñoso con el que solo la llamaba en privado—. ¿Dónde estás?

—Estoy de viaje —Sigrid estaba emocionada, pero los últimos acontecimientos habían disparado en ella la cautela, así que dio esa vaga respuesta antes de asegurarse de que aquel era Ramiro de verdad—. Pero, ¿dónde estás tú, cariño? ¡Llevas semanas desparecido!

Patrick por fin despertó, y abrió mucho los ojos al comprender con quién hablaba su amiga.

—¿Cómo, semanas? ¿Hablas en serio? —al otro lado del teléfono, Ramiro pareció sinceramente confundido—. Hmmmm... no lo sé, Sigrid, no lo sé. Recuerdo que hablamos por teléfono cuando yo estaba en aquel hotel... el Orfeo... y luego salimos, hacia la biblioteca, y... y... y ya está, he despertado aquí, en este hotel, en... deja que mire por la ventana...Budapest, sí. Y con Sarah Pearson en la otra cama; ahora está en el baño.

Sigrid miró a Patrick, que se encogió de hombros, sin saber qué decir. Pidiendo un momento a Ramiro, susurró a su amigo que su marido se encontraba en Budapest, acompañado de la hermana de Travis Pearson, su compañero. 

—Qué casualidad —susurró Patrick— que aparezcan ahora dos de los desaparecidos, y los únicos con familiares en nuestro grupo... —Sigrid asintió, de acuerdo con él.

—Ramiro, escúchame bien —continuó Sigrid al teléfono—. Quiero que Sarah y tú os mováis y salgáis de ahí. Id a Madrid, pero no en avión. Daos prisa, ¿tienes dinero?

—Sí, sí, aquí está mi cartera, con las tarjetas y todo —contestó Ramiro, aturullado.

—Pues lo dicho, largaos ya a Madrid. Yo voy a hablar con Travis, el hermano de Sarah, que está aquí conmigo, hablamos más tarde, y llámame enseguida si pasa algo.

—Vale, vamos para allá.

Sigrid y Patrick se dirigieron a la habitación de Travis, que como era habitual en un oniromante, se encontraba despierto. Cuando la anticuaria le contó lo que había sucedido, el británico se desesperó, pidiéndole más detalles sobre el paradero de su hermana y proponiendo ir hacia Budapest inmediatamente. No obstante, Sigrid lo tranquilizó, diciéndole que Ramiro ya estaría con ella camino de Madrid. Para asegurarse y tranquilizar a su compañero, Sigrid volvió a llamar a Ramiro mientras conversaban, y este le confirmó que ya se encontraban en la estación de tren, con destino a Milán, donde tendrían que cambiar de tren para dirigirse hacia España. Sigrid le pidió que pusiera en el manos libres a Sarah, y así lo hizo.

—¿Sarah? ¿Sarah? —preguntó Travis, con voz temblorosa—. ¿Eres tú? ¿Te encuentras bien, pequeña?

—Sí, estoy bien —respondió una voz de mujer joven—, pero...¿quién lo pregunta? ¿quién eres?

Sarah no reconocía a su hermano. Ni siquiera recordaba a su familia, lo que hizo que Travis desesperara. "Lo que sea que haya afectado a la memoria de Ramiro", pensó Sigrid, "ha sido mucho más grave en el caso de la hermana de Travis... pobrecillo". Travis se había derrumbado en la cama, sentado con la cabeza entre las manos. Patrick lo tranquilizó con su proverbial facilidad de palabra.

Después de dejar que el resto de la comitiva durmiera un poco más, celebrarían una reunión; pero antes se reunieron en privado Sigrid, Patrick, Tomaso y Derek, con Jonathan y Sally. Derek y Patrick no dudaron en exponer sus reservas ante la providencial llamada de Ramiro. Era mucha casualidad que justo ahora que los estaban buscando, aparecieran los dos familiares desaparecidos del grupo.

—Sí que es casualidad —dijo Sigrid—, pero ¿y si ellos también son víctimas? ¿Si son los verdaderos Ramiro y Sarah, pero con los recuerdos borrados? Aunque los estén usando como cebo, no los voy a abandonar a su suerte.

—Bueno, de momento has hecho bien en enviarlos a Madrid, nos ocuparemos de ellos en su momento —dijo Derek.

—Pues yo no opino lo mismo —añadió Tomaso—. Creo que deberían ir a Londres, y afrontar lo que sea que nos tienen preparado protegidos con los recursos de Jacobsen.

—Uf, sea lo que sea mejor discutirlo cuando hayamos dormido algo —sentenció Patrick.

Y así lo hicieron; unas horas después se reunía la compañía al completo, y se planteaba la situación. Paula y los demás se mostraron sorprendidos por la revelación, como no podía ser de otra forma. De todas formas, Sigrid dijo que iban camino de Londres y allí podrían manejar la situación. Patrick, Derek y Tomaso miraron a la anticuaria; al parecer le había parecido bien el consejo de Tomaso de que viajaran hacia Londres. Efectivamente, con la reunión ya terminada, Sigrid volvió a llamar a Ramiro:

—Hay cambio de planes, Ramiro —espetó—. Cuando lleguéis a Milán, coged el primer vuelo que haya a Londres; nos veremos allí.

—¿Pero te parece que eso es seguro? Seguramente así nos detectarán y puede que nos esperen en el destino.

—No os preocupéis —intervino Tomaso, con una media sonrisa—. Yo me encargo de eso.

El italiano llamó a sus contactos en Milán, y en poco más de veinte minutos consiguió que uno de ellos accediera a falsificar unos pasaportes para Ramiro y Sarah. Envió las fotos que requirieron, y al día siguiente Ramiro recogería los pasaportes (por un módico precio de 500 euros) en un sitio acordado.

Arreglado el asunto de Ramiro, continuaron su viaje sin incidencias. Llegaron  a Dieppe y embarcaron en el ferry. Patrick aprovechó la tranquilidad para mantener una charla con Anaya donde se sinceraron acerca de sus habilidades y crearon algunos lazos.

Un par de horas más tarde desembarcaban en Newhaven. Soltaron un suspiro de alivio cuando nadie les interceptó, y se incorporaron a la autovía hacia el norte. Se plantearon por un momento pasar por Hastings, el lugar donde murió Crowley, pero decidieron no hacerlo y ponerse a salvo lo antes posible.

No habían llegado a mitad de camino, cuando Derek notó algo raro. Una sensación parecida a aquellos zarcillos imaginarios que intentaban tocarlo cuando los demonios intentaban detectarlos, pero a la vez muy diferente. Algo o alguien intentaba dar con ellos, así que expandió su "burbuja atlante" (no se le ocurría un nombre mejor) y dejó que aquella presencia resbalara sobre ella sin tocarlos.

Un par de kilómetros más adelante pudieron ver tres vehículos militares detenidos en un ensanchamiento de la carretera. "Vaya", pensó Derek.

Como respondiendo a sus pensamientos, a los pocos segundos de que su comitiva de tres vehículos pasara como un rayo al lado de los militares, estos se pusieron en marcha.

—Vaya, pues sí que parecen amigos nuestros —anunció Derek, mirando por el retrovisor. 

Tomaso, a su lado, llamó rápidamente al resto de coches:

—Hay que acelerar e intentar dejarlos atrás —dijo—. Son vehículos militares, deberíamos ir más rápido que ellos.

Así lo hicieron, pero en una autovía llena de automóviles y camiones, la labor se demostró mucho más ardua de lo que en principio habían pensado. Varias veces alguno de los vehículos llegó a su altura y hubo intercambio de disparos.

Afortunadamente no sufrieron ningún accidente, y con muchas dificultades, disgregándose durante la persecución, consiguieron despistar a sus enemigos. Poco después conseguían volver a reunirse y continuaron por caminos secundarios hasta llegar a la vista de la capital. "Buf", pensó Patrick, "ahora a ver cómo puedo evitar ir a la mansión de Jacobsen".