Translate

Publicaciones

La Santa Trinidad

La Santa Trinidad fue una campaña de rol jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia entre los años 2000 y 2012. Este libro reúne en 514 páginas pseudonoveladas los resúmenes de las trepidantes sesiones de juego de las dos últimas temporadas.

Los Seabreeze
Una campaña de CdHyF

"Los Seabreeze" es la crónica de la campaña de rol del mismo nombre jugada en el Club de Rol Thalarion de Valencia. Reúne en 176 páginas pseudonoveladas los avatares de la Casa Seabreeze, situada en una pequeña isla del Mar de las Tormentas y destinada a la consecución de grandes logros.

viernes, 25 de octubre de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 7

Los Cuervos de Genhard. Un lobo en la noche.
Esa noche Symeon protegió de la mejor manera que pudo el Mundo Onírico alrededor de la casa de Ginathân, la cual, como ya era habitual, aparecía representada en el entorno grisáceo como un castillo dorado que se alzaba hasta donde la vista no alcanzaba a vislumbrar. Alzó varias salvaguardas y alarmas para estar prevenidos en caso de presencias no deseadas en la realidad paralela.

Previamente esa misma tarde, el errante había tenido sendos encuentros con lord Ginathân, con su senescal y con Somara para que esta tomara a su servicio a su hermana Violetha. La señora de la casa se había mostrado entusiasmada con la idea, y le prometió que con ella su hermana estaría a salvo y bien. Así que en cuestión de pocas horas, Violetha se trasladaba al ala norte de la casa, donde le proporcionaron una habitación.

Genhard, comandante de
Los Cuervos de Genhard
No había despuntado todavía el sol cuando Ginathân convocó al grupo a su presencia con carácter de urgencia. Según les explicó, había dos legiones de mercenarios esperando sus órdenes en la frontera con la región libre de Melzâr. El cuerpo de guerreros a sueldo era de origen kairk y se hacía llamar Los Cuervos de Genhard, por el nombre de su comandante. En un alarde de sinceridad, el noble ástaro reconoció que los mercenarios habían sido conseguidos gracias a un acuerdo al que había llegado con un grupo de nobles del Imperio del Káikar a cambio de la devolución de las Tierras Libres, que el Pacto de los Seis les hizo desalojar en su momento. Daradoth torció el gesto, incrédulo ante el hecho de que una simple concesión territorial de tierras prácticamente deshabitadas bastara para que los nobles kairks acudieran en ayuda de Ginathân. Cuando expresó sus sospechas, el ástaro le explicó que el Káikar era un territorio muy extenso, muy heterogéneo, compuesto por cerca de una quincena de "reinos" (de ahí su nombre de Imperio) muy distintos unos de otros, y que no todos estaban de acuerdo con la política de la emperatriz Markadia. Los acontecimientos no permitían que fueran selectivos con toda la ayuda que pudieran conseguir, y aquello era lo mejor y lo más inmediato de lo que disponían. 

El caso es que Ginathân los necesitaba debido a su capacidad de desplazarse rápidamente gracias al dirigible. Necesitaba que se desplazaran hasta la frontera sureste (cosa que, a bordo del ingenio, no les llevaría más que unas pocas horas) y transmitieran una frase en clave para que las tropas se pusieran en marcha rápidamente. Sus jinetes tardarían un par de días, y no podía permitirse tal retraso; no cuando la legión del rey estaba a punto de llegar a la capital y posiblemente desencadenar una masacre que haría que todo se fuera aún más de las manos; quizá ya era demasiado tarde incluso para eso, pero debían intentarlo. En todo caso, necesitaban las tropas si querían resistir (o vencer) al ejército real.

Yuria, con la insistencia de Galad, aceptó llevar el mensaje de Ginathân a bordo del Empíreo; no obstante, aquella petición planteaba un nuevo problema. A bordo del dirigible viajaban también dos ástaros del distrito de Galmia: los capitanes Dûnethar y Cirantor. Altos oficiales del ejército del Pacto, era más que probable que se negaran a colaborar con el grupo en su apoyo a los rebeldes. Ellos mismos habían demostrado en los días anteriores su rechazo a la revolución de "los mestizos" y la traición de "los renegados". Tendrían que hablar con ellos, y si no quedaba más remedio, deberían separar sus caminos allí. Al llegar al campamento oculto al pie del dirigible, Daradoth pidió a sus compañeros que lo dejaran un momento a solas con los ástaros, y así lo hicieron. Dûnethar y Cirantor se fueron mostrando cada vez más consternados a medida que el elfo les explicaba la situación, y la decisión que habían tomado de colaborar con la facción levantisca. Les propuso un encuentro con Ginathân para intentar acercar posturas; Dûnethar, aunque con muchas reticencias, aceptó hacerle una visita, pero Cirantor se mostró frontalmente en contra y apenado por el giro que habían tomado los acontecimientos. Expresó su deseo de marcharse cuanto antes, aunque esperaría el retorno de su compañero para partir juntos (si es que deseaba marcharse tras la visita). Daradoth no pudo discutir su decisión, así que pocos minutos después se dirigía con Dûnethar hacia la casa solariega mientras el resto del grupo partía a bordo del Empíreo a llevar el mensaje al ejército mercenario. Antes de la partida, Galad y Symeon relataron las visiones que Emmán había inspirado al paladín y lo que había visto el errante en el Mundo Onírico, intentando convencer al ástaro de que permaneciera con ellos, pero este no dio su brazo a torcer, esgrimiendo unos argumentos que por otra parte eran bastante sólidos:

 —La ley es la ley, y nadie es quién para ignorarla y provocar una revolución; los cambios se deben discutir ante el Alto Consejo del Pacto o ante el Consejo Militar, y no provocando un estallido de violencia. Además, por muchas visiones reveladoras que hayáis tenido, el rey Anerâk ha enviado más de media docena de legiones para enfrentarse al Enemigo en el Norte, ¿qué ha hecho Ginathân sino clavarle un puñal por la espalda aprovechando su compromiso? Con el debido respeto, he de decir que me habéis decepcionado, me habéis decepcionado profundamente —ante esto, el grupo poco pudo discutir, y con las miradas bajas embarcaron en el dirigible.

De vuelta en la mansión, Daradoth y Dûnethar fueron recibidos sin tardanza por lord Ginathân. Pero ni el elfo ni el noble pudieron convencer al capitán de reconsiderar su posición. Este habló de los rumores de apertura de un portal, de la vuelta de ogros y trolls, y de las escaramuzas en las tierras anexionadas del norte del río Meltuan.

 —Parece que aquello quede muy lejos de aquí, mi señor —dijo con énfasis el capitán—, pero si continuáis con este cisma, muy pronto el Enemigo estará derribando vuestras puertas y Aredia perderá su mejor barrera contra la Sombra. Y todo por vuestro capricho de matrimonio, cuando no habría sucedido nada si hubierais sido discreto en vuestro romance —Daradoth suspiró y miró al suelo, incapaz de ignorar la verdad en las palabras de Dûnethar.

Estas últimas palabras provocaron que Ginathân tornara su gesto amable en un rictus de seriedad, e hicieron que la conversación llegara a su fin poco después. Somara intentó mediar en la discusión con palabras amables, y en un momento dado intentó tocar el hombro del capitán, ante lo cual Dûnethar se apartó bruscamente, pidiendo por favor que no le tocara.

Así, poco después y con gran tristeza, Dûnethar y Cirantor se despedían de Daradoth y marchaban hacia el norte con una mochila de provisiones y el equipo necesario para sobrevivir en el viaje.

Unas tres horas más tarde el Empíreo llegaba a la vista del ejército acampado en la frontera. "Una visión magnífica" —pensó Yuria, al ver a los mercenarios vestidos completamente de negro a la manera kairk, con el cuervo coronado bordado en hilo dorado sobre el pecho. Los astiles de las picas eran también negros con volutas doradas, e incluso las gualdrapas del regimiento de caballería lucían esos mismos colores y el escudo. El grupo no tuvo mayores dificultades para reunirse con el comandante Genhard cuando enseñaron el sello de Ginathân y dijeron las palabras clave. El comandante era un kairk duro, curtido en mil batallas, que en cuanto recibió el mensaje comenzó a rugir órdenes a sus edecanes. Prometió que pondría en cuestión de unas horas a sus legiones en movimiento a marchas forzadas hacia Dársuma, y calculaba que llegarían allí en un plazo de entre tres y cuatro días. Dándose por satisfechos, Yuria y los demás volvieron a Arbanôr, donde poco después Daradoth les informaba de la partida de sus compañeros ástaros con el consiguiente sentimiento de duda y aflicción.

Reunidos de nuevo, discutieron sobre el sueño sobrenatural que Galad había tenido hacía un par de noches y la representación de la casa de Ginathân en el Mundo Onírico referida por Symeon. Daradoth y el errante manifestaron sus sospechas de que aquel lugar pudiera ocultar algo parecido a lo que habían encontrado bajo la iglesia de Rheynald. Así que los siguientes días y noches el grupo pasaría buscando señales de aquello por toda la mansión, los calabozos y los alrededores. Y también en el Mundo Onírico. Sin embargo, a pesar del convencimiento de Galad de que en los tapices había alguna pista oculta, no tuvieron ningún éxito en su búsqueda.

Después de la infructuosa búsqueda, Daradoth se desplazó hasta la caravana de los Volodhri (los errantes, "buscadores" en élfico) para investigar sobre el pasado de Somara, todavía con la mosca detrás de la oreja sobre sus gestos, maneras y capacidades. No tardó en encontrarse con el pastor Zavran. Tras beber un par de tés y comer un par de pasteles (que a Daradoth afectaban poco dada su natural resistencia), Zavran le contó que la madre de Somara había muerto durante el parto, y que —ante los ojos abiertos como platos del elfo— había nacido en los tiempos en los que la caravana ¡se encontraba de viaje por Doranna! Zavran no supo decirle quién era el padre, pues la madre de ella nunca quiso decirlo, pero el dato revelado abría las posibilidades a que Somara tuviera efectivamente ascendencia élfica. "Esto quizá cambiaría la situación si pudiera ser demostrado" —pensó Daradoth.

Tras revelarle todo esto, en el rostro de Zavran se vislumbró el arrepentimiento. Rogó a Daradoth que no le dijera nada a Somara, pues ella no sabía nada, y efectivamente creía que Laugos, el miembro de la caravana que la había criado, era realmente su padre. Daradoth le prometió no revelar nada de lo dicho; "al menos de momento" —pensó para sí.

Symeon aún averiguó más detalles en una conversación posterior con Zavran: el anciano había recordado que Somara había nacido en la península norte de Tramartos después de una estancia más o menos larga de la caravana en Doranna. Las fechas coincidían, y sí que era posible que la muchacha tuviera sangre élfica. No obstante, también era posible que algo raro hubiera sucedido durante la estancia en la pobre tierra de Tramartos, pues circulaban multitud de rumores y habladurías sobre las capacidades de sus habitantes en lo referente a brujerías y rituales sirviendo a oscuros dioses del mar...

Los siguientes dos o tres días, mientras Symeon y Galad (cuando tenía algún rato libre) buscaban signos que revelaran la presencia de algo arcano o extremadamente antiguo en la casa, Yuria y el propio paladín acudían a las reuniones del consejo de Ginathân. Durante una de las reuniones, un sirviente dio paso a un mensajero procedente de la capital. Según contó el hombre, uno de los líderes del pueblo (al que parecían conocer bien), un tal Arkâros, estaba haciendo uso de su excelente oratoria para enardecer a la multitud y ya se habían producido las primeras matanzas y ensañamientos. Hacía tres días que el mensajero había partido de Dársuma, así que no sabía si las legiones de los Cuervos ni las de Anerâk habían llegado, pero transmitió una extrema preocupación por lo que estaba sucediendo en la capital a raíz de los tremendamente persuasivos discursos de Arkâros a la plebe.

Por su parte, Daradoth, que se había convencido de la inutilidad de la búsqueda que seguían llevando a cabo sus compañeros, pasó gran parte del tiempo de esas jornadas con Somara.

Y algo empezó a crecer dentro de él. Un sentimiento que solo había experimentado en el pasado por una persona. Un sentimiento reconfortante, que incluso reprimió la angustia que había sentido desde que había sido poseído por el desconocido servidor de la Sombra en Eskatha. Cuando se dio cuenta de lo que sentía, trató de alejarse de la errante, pero ya le fue imposible; era más fuerte que él, y la compañía de Somara se le hacía cada vez más necesaria; ¿acaso era aquello una traición a Ethëilë? Si lo era, encontraría la manera de hacer acto de contrición, pero la dulzura de Somara, su tacto, su olor, era algo a lo que no estaba dispuesto a renunciar fácilmente...pero en el fondo de su corazón, sabía que tarde o temprano debería alejarse de ella, y eso lo entristeció.

Nuevos mensajeros llegaron informando de la llegada de la legión de Ginathân a Dársuma y varias masacres llevadas a cabo por ambos bandos. La situación en la capital se estaba haciendo insostenible, y no sabían si los Cuervos iban a mejorarla o todo lo contrario. Informaron también que seis busques de guerra habían bloqueado el puerto y se encontraban bombardeando la ciudadela con sus catapultas.

En el Mundo Onírico, Symeon siguió sin detectar ningún intruso ni nada extraño, y las visitas a Nirintalath cada vez eran más breves, pues el espíritu ni se dignaba a dirigirle palabra, y cuando levantaba la mirada hacia él era solo para causarle un dolor insoportable.

Galad pidió de nuevo a Emmán su inspiración divina para soñar con los padres de Somara.

Vio a dos errantes cogidos de la mano, cada vez más distantes uno de otro, cada vez sus brazos más extendidos y sus cuerpos más alejados, cada vez más tristes hasta derramar lágrimas. Finalmente, aunque se resistieron, no tuvieron más remedio que soltar sus manos; en ese momento, ella miró hacia arriba, donde podía ver una luz dorada, una luz dorada que la envolvió por completo, mientras ella se protegía los ojos del fulgor. Unos cortes como cuchilladas rasgaron la propia escena, unos cortes que desparramaron oscuridad por doquier y, como una bruma, borraron cualquier rastro de visibilidad. De la bruma oscura apareció una figura: sin duda el padre adoptivo de Somara, que llevaba un bebé lloroso en brazos.

Mientras Galad soñaba, Daradoth, que se encontraba leyendo el volumen De los Caminos del Cuerpo que había tomado prestado de la Gran Biblioteca, sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca. Poder. Alguien estaba usando el poder muy cerca de donde él se encontraba. Se levantó al punto, sacando la espada de su vaina con un grácil movimiento y dirigiéndose con apenas un par de silenciosas zancadas a la puerta de su habitación. La abrió despacio, y salió al pasillo tenuemente iluminado por unos candelabros. La sensación se hizo más intensa, mucho más. "Está aquí, está aquí —pensó—; si no los veo ahora mismo es porque están ocultos en las sombras". En ese momento escuchó un susurro, una palabra, que reconoció.

 —Sarilkän —el acento era extraño, pero pudo reconocer la palabra "ataca" en idioma Anridan, ¡el idioma común de los elfos!

Justo cuando iba a dar un grito de alarma para alertar a sus amigos, el rostro de un lobo se materializaba en el aire a pocos centímetros de él, en pleno salto para alcanzar su yugular, y mientras se echaba instintivamente hacia atras, veía el fulgor de una hoja de espada saliendo de la nada en un arco directo a su cabeza...


viernes, 11 de octubre de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 6

Lord Ginathân y Somara
Yuria y Taheem se mostraron vehementes respecto a que no deberían marcharse de allí sin más. Si, como alguien había expresado en voz alta, Somara estaba poseída por un kalorion o un apóstol como lo había sido lady Sarahid en el Imperio Vestalense, deberían hacer todo lo posible por averiguarlo; además, era posible que en tal caso lord Ginathân estuviera bajo su influjo y seguramente ellos podrían ayudarlo. Y por otra parte, ¿qué apoyos tenía? ¿Iban a dejar que miles de inocentes fueran a la guerra engañados por la Sombra? ¿Incluyendo una nutrida caravana de los errantes?

Lord Ginathân Elyoras
El resto del grupo no pudo sino ceder a los argumentos de la ercestre y el vestalense. Así, un par de horas después, Symeon, Daradoth, Galad y Yuria se dirigían hacia la puerta sur de la hacienda de Ginathân rodeando la caravana de errantes y atravesando uno de los puentes que cruzaba el río.

Los gritos se oían por doquier al norte del río, donde en los llanos entre la casa solariega y el río, varios grupos de soldados adiestraban a sendos contingentes de nuevos reclutas. Delante del muro de la propiedad del lord se habían levantado dos líneas de fortificaciones de madera; en el acceso de la primera de ellas, cuatro guardias —dos ástaros y dos comunes— salieron al encuentro del grupo. En ese momento, Daradoth decidió dejarse ver como lo que era, un elfo de Doranna. Con Galad presentándolo y haciendo las veces de traductor (pues Daradoth desconocía el idioma Lândalo), los rostros de los guardias mostraron en breves momentos signos de reconocimiento, y tres de ellos hincaron al punto una rodilla en tierra, presentando sus respetos a tan inesperado visitante. Por supuesto, los dejaron pasar sin más problemas.

Unos cincuenta metros más adelante llegaron a la puerta sur del muro que delimitaba la propiedad de Ginathân. De nuevo cuatro guardias les dieron el alto. Y se miraron cuando reconocieron la naturaleza de Daradoth. Esta vez solo uno de ellos realizó una genuflexión, pero fue suficiente. Él y otro de sus compañeros acompañaron al grupo al interior de la finca y los condujeron hacia la casa solariega, varios centenares de metros más allá. Dentro de la propiedad, que se extendía sobre varias hectáreas de terreno, pudieron ver campos de cultivo y diferentes animales pastando. Casas del servicio, barracones y almacenes se alzaban a lo lejos.

No obstante, lo que más les llamó la atención fue la presencia de dos templos, uno a cada lado de la casa principal. La imaginería y la simbología presente en ellos dejaban pocas dudas sobre a quién estaban dedicados ante los conocimientos religiosos de Galad y Symeon. El templo de la derecha, situado al sur de la casa, estaba dedicado a Valdene —en el Pacto llamada Cimandur—, la avatar de la fertilidad y el renacimiento. Y el templo de la izquierda, más al norte, se dedicaba sin ningún género de dudas al culto a Emmán —Viressar para los Páctiros—. De hecho, mientras se acercaban al edificio principal, Galad pudo oir cánticos procedentes de allí, declamados en Alto Lândalo, que apenas podía entender. Pero la sensación del paladín era clara: Emmán escuchaba a los allí congregados, y si era así, estos eran servidores de la Luz. Galad compartió esta información con sus compañeros, que no supieron si aquello debía aliviarles o inquietarles un poco más.

El pueblo de Arbanôr y la hacienda de lord Ginathân


Llegaron por fin a la gran mansión de Ginathân, cuya puerta estaba custodiada por dos guardias. Daradoth rebulló inquieto cuando reconoció en la empuñadura de sus espadas sendas runas falmor engarzadas en bronce. Nada menos que dos ástaros maestros de la esgrima guardando la casa del lord... aquello era remarcable, y haría que cualquiera se planteara dos veces entrar allí por la fuerza. Excepto Daradoth, el resto del grupo fue obligado a dejar sus armas y así pudieron acceder al interior.

Tuvieron que esperar cerca de media hora en una sala habilitada a tal efecto mientras alguien avisaba a lord Ginathân de la presencia del grupo allí y se realizaban los arreglos para su recepción. En ese tiempo, no menos de siete ástaros aparecieron para saludar educadamente a Daradoth e interesarse brevemente por la situación en Doranna y su presencia allí. Este intentó a duras penas ser amable con todos y procurar hacerse querer. Hasta que un sirviente los condujo a presencia de lord Ginathân. Atravesaron un amplio corredor con tapices que representaban la historia de la antigua Lândalor, y subieron las monumentales escaleras que conducían al piso superior. Cuando llegaron arriba, dos excelsos tapices les llamaron la atención, uno a cada lado del vestíbulo al que llegaban las escaleras. A la derecha, una figura humanoide, pero no reconocible como humana ni como elfa, que brillaba con luz dorada y daba su bendición a varios adoradores sobre un fondo de árboles frutales; se trataba, sin lugar a dudas, de una representación de Valdene. Y a la izquierda, una figura masculina, con los mismos rasgos enigmáticos que la mujer, tocada con una corona plateada, la mirada elevada a los cielos y empuñando una espada, que Galad reconoció como aquella que había empuñado en Tarkal y que le había hecho sentir tan cerca de su dios. Sin duda, aquel tapiz representaba a Emmán, y la espada era la llamada Églaras; el corazón del paladín se hinchió de gozo y esperanza.

Somara la errante
La mansión no contaba con nada parecido a una sala del trono, así que fueron conducidos a una especie de sala de reuniones más o menos grande, que se había habilitado como sala de guerra. Allí les recibieron media docena de personas además de lord Ginathân, un maduro y carismático ástaro de alta cuna, cabello salpicado de gris y elegantes ropajes, y Somara, su esposa errante. Ginathân saludó a los llegados afablemente y se mostró extremadamente educado en todo momento. Sobre todo con Daradoth, evidentemente. Galad no resultaba menos impresionante con su físico poderoso y el brillo de sus ojos, y su traducción era la única vía  de comunicación; Ginathân poseía unos conocimientos básicos de Anridan, pero no los suficientes para mantener una conversación fluida. Pocos instantes más tarde les presentaba con brillo en los ojos a su reciente esposa, Somara del pueblo errante. "En verdad entiendo que el corazón de este hombre haya sido raptado por esta muchacha" pensó Daradoth. Tal era la gracia que destilaban los movimientos de Somara, la vaporosidad de su cabello, el brillo de sus ojos y el candor de su rostro, que a nadie le habría extrañado que sangre élfica corriera por sus venas. Saludó con una sonrisa a cada uno de los cuatro visitantes, que se descubrieron pocos segundos más tarde con la mente ausente, fija solo en la muchacha. Fue cuestión de solo unos momentos que se apercibieran del incipiente embarazo que lucía Somara, hecho que fue confirmado por Ginathân unos minutos después.

Una vez que todos hubieron tomado asiento y Daradoth hubo esquivado las pertinentes preguntas respecto a Doranna y su presencia allí, pasó a relatar la historia que el grupo había acordado previamente: el elfo era un agente enviado por los reyes dorannios para investigar la situación en el Pacto de los Seis y recabar información para una posible vuelta continental de los elfos. Ginathân se mostró interesado, pero a la vez consternado, y le habló de la historia que ya conocían: su compromiso con Somara, su enfrentamiento con el Consejo de Pureza y, finalmente, el alzamiento que había provocado aprovechando la amenaza en el norte. En todo momento, el noble se mostró compungido y preocupado por lo que había hecho; les aseguró que había intentado llegar a un acuerdo negociado, pero el rey Anerâk era una persona inflexible, y mucho más el resto de miembros del Consejo de Pureza. Así que no había tenido más remedio que hacer uso de sus influencias y el descontento general para hacer estallar el conflicto. No pretendía más que forzar al rey a aceptar sus términos, pero, según les dijo contestando a una larga serie de preguntas, la revolución había prendido su mecha tambíen en al menos dos Distritos más (Hétera y Arlaria) y temía que era demasiado tarde para detenerla sin que, o bien fuera aplastada con puño de hierro, o bien consiguieran grandes cambios en la política y la sociedad del Pacto.

Ginathân parecía sincero en su pesar, y también parecía sinceramente enamorado de Somara. Era posible que estuviera bajo la influencia de algún agente de la Sombra, pero la mayoría del grupo ya no lo creía. Galad, que en campo abierto sí que había descubierto con la ayuda de la inspiración de Emmán algunos enemigos de su fe (algo que no se salía de lo normal), ahora no era capaz de detectar ninguno en la sala, lo que le tranquilizó aún más.

La cena fue bastante frugal, como correspondía a una cocina de tiempos de guerra, y por la que Ginathân pidió disculpas. Tras la cena, Symeon se las arregló para hacer un aparte con Somara; lejos de conseguir lo que quería, cuando ella le reveló que procedía de una de las caravanas de errantes que habían sido arrasadas en el imperio vestalense, él no tuvo más remedio que sincerarse y sacar entre lágrimas la culpa que le carcomía desde aquellos tiempos. Ella tornó su gesto en comprensión, y mirándolo con aquellos grandes y bellísimos ojos, lo tocó en el hombro, intentando darle consuelo. Symeon sintió como un calor crecía en su interior, desde su hombro a todo su ser, expulsando los malos pensamientos al calor de una luz sobrenatural. Sus lágrimas cesaron y su culpa cedió paso a la aceptación. Tras unos momentos de llanto silencioso, miró a Somara, que le sonreía, y le dio las gracias. El resto del grupo se dio cuenta de lo que sucedía, pero respetó la privacidad de Symeon (y aprovechó para distraer la atención del resto de reunidos).

Tras retirarse a los aposentos que les habían sido habilitados, el grupo se entregó a una larga discusión, pues lord Ginathân no era ni de lejos tal y como habían pensado antes de conocerlo. Ni tampoco Somara. Y los cultos a Emmán y Valdene sumaban puntos a favor.

Galad decidió acercarse al templo de Emmán. Este era de un estilo muy diferente al que estaba acostumbrado, lucía una imaginería más antigua, más... arcaica. No se le ocurría otra palabra. Desde luego, dudaba mucho que aquel templo tuviera menos de 412 años, que era el tiempo transcurrido desde el nacimiento de Emmán. Si era así, quería decir que su dios había tenido una encarnación anterior; lo que confirmaba todo lo que Daradoth les había explicado sobre los avatares. Galad se encogió de hombros y entró en el templo, donde se estaban celebrando las oraciones vespertinas; asistió a su conclusión con un silencio respetuoso. Después, se encontró con el clérigo que había oficiado la ceremonia, el padre Ayrar. Le preguntó acerca del tapiz de Viressar que colgaba en la mansión del duque. El clérigo, que se alegró de encontrarse con un ástaro extranjero que ostentaba el cargo de paladín de su dios, le confirmó que el tapiz procedía "del tiempo anterior a la caída". Debía de referirse a la caída de Lândalor, la tierra que los ástaros habían colonizado en otros tiempos más allá del océano. También le reveló que la espada que empuñaba Emmán en aquella representación era la llamada Églaras, la representación del Arcángel Primero de Emmán, que se decía que aparecía siempre en tiempos de necesidad para el avatar del Honor y los Altos Valores. Galad se sobrecogió ante la revelación: ¿Églaras era la representación física de un Arcángel? Y había hablado en su mente, diciéndole que era él el elegido; apenas pudo contener las lágrimas en sus ojos.

Galad también preguntó a Ayrar sobre posibles textos antiguos donde pudiera consultar información, y el clérigo le habló del Gran Templo de Narbaronn, en el centro del Pacto de los Seis, donde los cultos de todos los avatares tenían su templo principal y existía una biblioteca que quizá albergara lo que buscaba.

Ya entrada la noche, Symeon entró al mundo onírico. Allí pudo ver que la casa de Ginathân se representaba como un enorme castillo dorado que se alzaba hacia los cielos. Y aparte de las ocasionales visitas de los dormidos a aquella realidad, poco más.

Por su parte, Galad oró antes de dormir, pidiendo la inspiración de Emmán para su sueño. Manifestó su deseo de soñar con Somara y su futuro. Y Emmán le escuchó, y le envió sus visiones.

Somara, la grácil Somara, estaba envuelta en una luz dorada y rodeada de niños que la seguían y que reían con unas risas límpidas, cristalinas, reconfortantes. Ginathân apareció y abrazó a su esposa, que lucía ya un embarazo abultado y avanzado. A continuación, Galad se vio a sí mismo alejándose de la casa, volviendo a no sabía muy bien dónde, y acompañado de Yuria, Symeon y Daradoth (o eso supuso, porque sólo sentía sus presencias); de repente, el cielo se tiñó de un rojo sangre intenso, y un grito desgarrador que provenía de la casa conmovió su alma. Corrió de nuevo hacia la mansión durante lo que le pareció una eternidad; agotado, traspasó las puertas sin oposición y entró. Ante la mirada del tapiz de Emmán se erizó el vello de Galad, horrorizado ante lo que veía: la corte de Ginathân al completo había sido asesinada, y la cabeza del propio lord había sido cercenada; Somara estaba abrazada a su cadáver, desangrada ya sin vida, y con una herida que sin duda debía de haber acabado con la vida de su hijo no nato.

Galad despertó con ganas de vomitar, y no tardó en compartir sus visiones con el resto del grupo. Expresó su temor a marcharse de la casa; si lo hacían, no estaba seguro de que se cumpliera su sueño a rajatabla, pero algo malo sucedería con seguridad. No podrían marcharse a mediodía como habían previsto la jornada anterior.

Decidieron que deberían desandar los pasos dados en Dársuma y ayudar al duque. Después del desayuno, se dirigieron a hablar con él. Lo encontraron en la sala de guerra, dictando cartas y leyendo despachos, y se sinceraron. Le contaron que habían estado antes en la capital, habían hablado con el rey y habían ayudado a avisar a su ejército para que volviera lo antes posible a la ciudad. Le explicaron la situación en la Región del Pacto y el verdadero motivo por el que se encontraban allí, que no era sino entregar la carta del capitán Phâlzigar. El rostro de Ginathân mostró el atisbo de una sonrisa, y se recostó contra el respaldo.

 —No sabéis la alegría que me dais, pues ya iba a ordenar vuestra detención —alargó el brazo y entregó a Galad el papel que estaba leyendo. Era una nota procedente de Darsuma donde le informaban de la reunión que había mantenido un elfo, un ástaro ercestre, un errante y otros acompañantes con el rey Anerâk.

Ginathân cogió la carta, la arrugó y la desechó, y acto seguido estrechó las manos del grupo, agradeciéndoles su sinceridad. Cuando estos le informaron de que el ejército de Darsia debía de estar a punto de llegar a la ciudad, dio las órdenes pertinentes para informar a sus hombres allí. Además, el grupo expresó su deseo de concertar una reunión entre el duque y el rey, con la presencia de Somara. Ginathân no se mostró nada convencido con la idea, pues el rey era intransigente al extremo, pero aquel era un punto que "no deberían descartar".

viernes, 27 de septiembre de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 5

La Revolución de Dársuma
A bordo del Empíreo, el capitán Suras, la navegante Egrenia y la propia Yuria condujeron con seguridad al grupo compuesto por una veintena de personas a través de la frontera con el Imperio Vestalense, la marca de Arnualles, el Gran Estuario del Káikar, el propio Imperio del Káikar y las extensas praderas de las Tierras Libres hasta llegar a la vista de Dársuma, la capital del distrito de Darsia, uno de los seis "países" del homónimamente llamado Pacto de los Seis.

A instancias de Symeon buscaron un lugar seguro donde descender, a unos treinta kilómetros al este de la ciudad, dirección desde la que ellos llegaban. El errante localizó una especie de corona de colinas entre las que se encontrarían a buen resguardo. Daradoth confió a continuación el búho de ónice a Suras, con instrucciones de alejarse hasta la estribación más septentrional del los montes Dratios, que se encontraban a unos cien kilómetros más al este. Debería estar alerta para acudir urgentemente al punto que le indicaran en cuanto recibiera la orden de recogerlos.

Así, a resguardo y arrullados por una fina lluvia pasaron la noche Galad, Symeon, Daradoth, Yuria, Taheem, Faewald, y los ástaros Dûnethar y Cirantor. Por la mañana emprendieron el camino a pie hacia Dársuma, la populosa ciudad que por lo que habían visto la noche anterior, se extendía a lo largo de muchos kilómetros sobre el delta del caudaloso río Essel.

El Pacto de los Seis
Kilómetros y kilómetros de granjas y tierras de cultivo se extendían ante los ojos de los compañeros, a los que pronto llamó la atención la evidente ausencia de trabajadores en la cosecha otoñal. Aquí y acullá podían ver figuras aisladas, casi todas ellas mujeres o ancianos.

Pasado el ecuador del camino remontaron una loma y no tuvieron más remedio que detenerse. Allá a lo lejos, en un nivel más bajo, se podía divisar ya el mar, el enorme delta y la ciudad, y desde esta se alzaban al cielo una multitud de columnas de humo. Se miraron, preocupados. Aquel humo no había estado allí cuando habían sobrevolado la zona el anochecer del día anterior. Se habían mantenido a una altura segura, como siempre, pero algo así no les habría pasado desapercibido. Decidieron acercarse a preguntar a la primera mujer que vieron cercana realizando sus tareas en un maizal. Dûnethar, Galad y Symeon se acercaron a ella, y el ástaro llevó el peso de la conversación, dado su mayor dominio del idioma lândalo. Symeon y Galad pronto notaron que la mujer se mostraba hostil ante el recio oficial del pacto, y el paladín poseía los suficientes conocimientos del idioma para notar que Dûnethar dejaba translucir un deje despectivo hacia ella. A los pocos instantes de conversación, la mujer espetó algo y se alejó, dejando al ástaro con la palabra en la boca.

Consternado, Dûnethar les comentó que al parecer, había estallado una revolución en la ciudad, y posiblemente en otros puntos del Pacto. La mujer había dicho que "pasó lo que tenía que pasar, mi señor, el pueblo por fin se ha levantado contra vuestra estirpe". Acto seguido, tuvo una breve conversación en la que al grupo le quedó bastante claro que en el Pacto, la raza de los ástaros ocupaba una posición más alta que aquellos que ellos llamaban los "mestizos" o los "comunes". Las palabras de Dûnethar o de Cirantor no dejaban traslucir exactamente rencor o desprecio al describir aquella situación; simplemente, así era como debían ser las cosas según ellos, al menos dentro de las fronteras del Pacto. El caso es que todos los hombres capaces de empuñar un arma habían dejado sus herramientas y oficios y habían acudido a Dársuma a participar en la revolución. Aquello era sin duda un imprevisto sumamente peligroso para el futuro de Aredia. Decidieron continuar camino.

Pasados un par de kilómetros divisaron por primera vez un grupo de gente, reunida en la puerta principal de una casa cercana al camino. Daradoth se acercó con precaución, ocultándose entre el maíz y permaneciendo a una distancia considerable. El grupo estaba formado por una mujer, un niño, una pareja de ancianos, y cuatro hombres armados con tres hachas y una espada; todos se encontraban cariacontecidos alrededor del cuerpo sin vida de otro hombre, al que la mujer y el niño lloraban desconsolados. Los hombres armados intentaban reconfortarlos, sin éxito. A todas luces, una víctima del conflicto que debía de haber asolado la ciudad la noche anterior.

Cuando Daradoth vio cómo un grupo numeroso de hombres se acercaba por el camino desde la ciudad, decidió volver con sus compañeros, y todos ellos se mostraron de acuerdo en volver a la corona de colinas. Convocaron allí al Empíreo y tras descansar de la caminata por la noche, sobrevolarían al amanecer la ciudad para poder reconocer el terreno con seguridad. Y así lo hicieron; con el despuntar del alba remontaron el vuelo y en poco más de media hora ya sobrevolaban la ciudad.

Lo primero que pudieron ver (desde una altura tremenda, como siempre con Daradoth mirando a través del catalejo ercestre) fue una agrupación enorme de gente acampada alrededor de la posada que presidía la entrada a la ciudad desde el camino que habían recorrido el día anterior. Otra multitud se congregaba en la que parecía la plaza central, y grupos parecidos se apostaban en las entradas del norte y el noroeste. La lluvia que había caído toda la noche y que continuaba a aquella hora había apagado los fuegos y había disipado el humo, pero Daradoth pudo ver los restos de los destrozos que en varios barrios habían dejado los enfrentamientos.

En el puerto había dos barcos de guerra: uno de ellos estaba humeando y el otro se encontraba inmóvil. Dentro de la ciudadela en la parte alta de la ciudad había un pequeño contingente, que parecía haberse encerrado, pero que a ojos de Yuria era a todas luces exiguo para defender aquella fortificación. Decidieron descender sin perder más tiempo, ya sin importarles las miradas indiscretas. Pocos segundos más tarde la figura del dirigible bajaba sobre el patio de armas, donde varios ballesteros habían tomado posiciones, prevenidos contra posibles enemigos. Con una sábana haciendo las veces de bandera blanca y con Dûnethar presentando al grupo como aliado, pocos minutos más tarde eran recibidos por un militar que se presentó como el general Ardamâth. Dûnethar y Cirantor se cuadraron ante él, presentándose como capitanes del distrito de Galmia. A continuación presentaron al resto del grupo como valiosos aliados, y mencionaron la carta que traían desde Svelên destinada al rey Anerâk. Tras una mirada apreciativa del general, este les invitó a acompañarle al interior del palacio.

Media hora después eran recibidos por su majestad en la austera Sala del Trono. Después de la pompa y el boato de la corte Sermia, aquello a duras penas parecía una sede real, pero pronto dejaron atrás estos pensamientos para centrarse en los asuntos importantes. Tras las habituales expresiones de sorpresa y halago por la honra que suponía la presencia de un elfo de Doranna, lo primero que hicieron fue entregar la carta de Phâlzigar al rey Anerâk. A medida que la fue leyendo, este se mostró más y más consternado, pues como les explicó después, prácticamente todo el ejército había tenido que partir hacia el norte para participar en la inminente guerra contra el Cónclave, y como habían podido apreciar los pocos que quedaban apenas bastaban para contener a la turba levantisca.

Eso les llevó al asunto de la rebelión. Por lo que les explicó Ardamâth, los "comunes" y los "mestizos" reclamaban derechos que era imposible concederles, como la plena ciudadanía y la equiparación de impuestos con los ástaros; ello había llevado a aquella "chusma" ingrata a intentar conseguir los derechos por la fuerza. Pero lo que habían hecho la noche anterior no era algo que se pudiera conseguir sin un mínimo de organización y conocimientos de logística; y quizá también algo de dinero. Por eso, les transmitió sus sospechas de que la plebe no se encontraba sola en aquel asunto, tenían el convencimiento de que había gente del káikar infiltrada coordinándolos, y además debían de tener apoyos de algunos nobles y terratenientes. Y el más sospechoso de todos ellos era sin duda un tal lord Ginathân. Este era un duque acaudalado de alto rango que algunos meses antes había mostrado su intención de casarse con ¡una errante! Symeon rebulló, algo incómodo, pues había ocultado su verdadera condición para evitar problemas. El caso es que el Consejo de Pureza de Darsia había prohibido expresamente aquel matrimonio (más tarde les explicarían que el Consejo de Pureza velaba por la preservación de la pureza de la sangre ástara, y que los matrimonios con "comunes" estaban prohibidos, mucho más con aquellos llamados errantes), y el loco de Ginathân había hecho caso omiso de la prohibición. Al parecer, había perdido la cabeza por aquella mujer y había llevado a cabo el matrimonio asumiendo las consecuencias: su destitución, despojo de bienes y exilio. Pero muy oportunamente antes de que se hubiera dictado la sentencia había estallado aquella revolución... tenían serias sospechas de que había colaborado en su consecución.

La situación era desesperada, y el rey pidió a Daradoth (asumiendo que era el líder del grupo dada su raza) que utilizaran aquel maravilloso ingenio volador que habían traído para alertar a la última columna del ejército que había partido hacía una semana escasa de que volvieran a Dársuma para poder controlar la situación. El grupo aceptó ayudar al monarca del Pacto, pues aunque algunos de ellos no comulgaban con las ideas de aquella sociedad, era la única forma que veían de que el Cónclave y la Sombra no tomaran ventaja en el norte. Así que esa misma noche partieron bajo una fina lluvia en busca del ejército más rezagado. En media jornada llegaban a la vista de la columna que avanzaba por la calzada hacia el norte. Tras entregar la carta que les había dado el rey, el comandante se puso al frente de la mitad de su contingente y emprendió el camino hacia el sur, a marcha forzada.

Una vez conseguido aquel objetivo, el grupo decidió dirigirse hacia la casa solariega del tal lord Ginathân e investigar un poco los alrededores para ver si podían confirmar las sospechas de los páctiros. Lo primero que les llamó la atención y puso los ojos de Symeon como platos fue ver que una caravana de errantes acampaba en los aledaños de la casa fortificada. Al este de la casa se alzaba una población de tamaño considerable, y una pequeña multitud se concentraba en los alrededores. Por otro lado, había un tráfico continuado de jinetes que iban y venían desde el complejo en diferentes direcciones.

Descendieron a una distancia prudencial, y Symeon y Galad se acercaron por la parte de la caravana de errantes. En el camino vieron cómo grupos de guardias y de soldados (varios de ellos de raza ástara) se encontraban adiestrando a civiles en combate y tiro con ballesta; aquel hecho, unido al continuo trasiego de jinetes, dejaba pocas dudas de la implicación de Ginathân en los hechos violentos de la capital.

La caravana era bastante numerosa: la componían más de una cincuentena de carromatos pintados con los vivos colores habituales de los Buscadores, y Symeon, reconfortado por la presencia de sus congéneres, no tardó en presentarse a varios de ellos. Las mujeres les sonrieron cálidamente y no tardaron en ofrecerles pasteles y bollos calientes, que Galad intentó aceptar más de una vez, pero tuvo que rechazar a instancias de Symeon, que murmuró que "debían mantenerse alertas"; ahora que lo mencionaba, Galad notó que se encontraba un poco distinto, algo mareado y eufórico. Continuó rechazando pasteles, a su pesar.

Pocos minutos después, Symeon y Galad eran presentados al afable anciano pastor de la caravana, que se presentó como Zavran. Este, junto con otros cuantos ancianos, les invitó a un riquísimo tabaco fumado en pipa (que mareó un poco al paladín) y no tardó en confirmarles que efectivamente, lord Ginathân se había casado con una mujer de su caravana, bella y candorosa, llamada Somara.

 —De lo único que me arrepiento de todo esto —dijo el anciano, mirando al cielo—, es de esos diez muchachos que han dejado la caravana para servir en las filas de la guardia de Ginathân.

Symeon se atragantó con el  humo del tabaco y tosió profusamente. Expresó su sorpresa por la noticia, pero no pudo sino empatizar con aquellos diez chicos; tiempos difíciles se acercaban, y el pacifismo extremo de los errantes no parecía ser la mejor opción para afrontarlos. Prefirió cambiar de tema, y preguntó a Zavran si se habían incorporado a su caravana errantes procedentes del Imperio Vestalense; para su sorpresa, el anciano contestó afirmativamente. 

Inquieto por visitar a los errantes procedentes de vestalia, Symeon recomendó a los ancianos que se plantearan seriamente alejarse de allí para evitar el derramamiento de su sangre y acabó la conversación un poco precipitadamente. Tras preguntar a Zavran dónde podía encontrar a los errantes recientemente incorporados, se dirigió hacia los carromatos que este le indicó, seguido por Galad.

El corazón de Symeon dio un vuelco cuando entre un grupo de muchachos, reconoció un rostro familiar. Aquella que se encontraba organizando a los críos era ¡su hermana pequeña, Violetha! Corrió hacia ella, con lágrimas en los ojos. Violetha se giró, mirando a aquel extraño bronceado y con elegantes ropajes, y su boca rió y sus ojos se desbordaron cuando reconoció a su hermano y lo abrazó. Largo tiempo volteó Symeon a su hermana, levantándola con un fuerte abrazo, mientras ella hacía llover besos en su rostro. Galad miraba alrededor con media sonrisa, pues un grupo de gente contemplaba la escena, curiosa y alegre a su vez.

Una vez calmados, Symeon se preocupó por la cicatriz que su hermana lucía en el rostro, y ella le explicó que la había sufrido mientras huía de la masacre. Galad les dio espacio, y más tarde Symeon le transmitió su deseo de quedarse allí aquella noche; debía llevarse a su hermana de allí, y lo intentaría mientras ponían en común sus historias. El paladín volvió al campamento para no preocupar a sus compañeros, y la mañana siguiente bajo una fuerte lluvia, Symeon aparecía también allí, acompañado de Violetha, a la que presentó sin tardanza, y que cautivó a todos con su sonrisa y su dulzura.

Se refugiaron de la lluvia en la cabina del dirigible, donde deberían decidir qué hacer a continuación...

martes, 17 de septiembre de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 4

En Doedia. La Disyuntiva de Nirintalath
Largo rato discutieron acerca de la solución al problema de Nirintalath, la peligrosa espada verdemar guardada en Tarkal cuyo espíritu imbuido había dado un ultimátum en el  mundo onírico a Symeon. Finalmente se retiraron a descansar sin encontrar un curso de acción claro, tras declarar el errante que el uso de la kregora sobre el arma podría alterar en demasía al espíritu en la realidad paralela. Por otra parte, él se mostraba convencido de que era capaz de apaciguarla lo suficiente para evitar sus efectos perniciosos; el resto del grupo se miró, preocupados por si aquello era una creencia genuina o que quizá el espíritu de dolor se había infiltrado en los pensamientos de Symeon.

Menarvil I, rey de Sermia
El día siguiente decidieron visitar la Gran Biblioteca de Doedia, el centro de pensamiento más importante en todo el continente, con la intención de pasar allí el máximo número de horas posible y averiguar más sobre los asuntos que se traían entre manos.

Allí los recibieron los Bibliotecarios en la entrada, solicitándoles una identificación. No obstante, el que un elfo y dos Leyendas Vivientes fueran parte integrante de la comitiva, facilitó mucho las cosas en la Antesala. Sendos anillos fueron puestos en las manos de Yuria, Daradoth, Galad, Symeon y sus acompañantes. No hizo falta ser muy avispado para detectar una leve cantidad de poder en los objetos.

Los Bibliotecarios guiaron a Yuria a través de un laberinto de enormes estanterías móviles, mesas, escaleras y montones de pergaminos hasta la sección de Botánica/Exótica/Mítica/Flores, donde pasaría varias horas buscando toda la información que pudiera sobre la flor que habían conseguido hacía ya meses en el Imperio Vestalense y que se conservaba de forma milagrosa (excepto cuando Yuria acercaba su mano a ella, en esos momentos parecía marchitarse rápidamente). No tardaría mucho en encontrar un grabado de la flor en cuestión encabezando unas cuantas páginas escritas en cántico, el idioma de los elfos. Cuando más tarde lo consultó con Daradoth, resultó que el primer párrafo era el que describía su efecto y el resto relataba leyendas relacionadas con la flor. Esta recibía el nombre en cántico de Tannagaeth, y según el texto, se le atribuían propiedades milagrosas capaces de restaurar el alma a los cuerpos recién fallecidos. Tendrían que guardar aquella flor aún con más estima de lo que habían hecho ya.

Galad y Symeon fueron conducidos hasta la remota sección donde el último había estado hacía varias semanas, para seguir buscando información sobre Nirintalath y Églaras, la otra espada que tenían en la cámara de Tarkal y que según algunos autores había empuñado el profeta Ra'Khameer. Galad no podía dejar de pensar en la sensación que había tenido al empuñarla, como si el propio Emmán lo recibiera en su regazo y fuera capaz de hacer estallar el mundo con su Gracia. Dudaba firmemente que aquella espada hubiera sido la herramienta de un infiel. Transcurridas varias horas, el paladín se hizo por fin con un libro que contenía varias menciones a la espada, y comenzó a leerlo hasta que tuvieron que marcharse al anochecer. Lo retomaría el día siguiente.

Irmorë, reina de Sermia
Daradoth, por su parte, consiguió encontrar un libro llamado "Sobre los Caminos del Cuerpo", que le permitiría ahondar más profundamente en su conocimiento de las artes sobrenaturales de la Esencia. No sería fácil, y menos dada las dificultades para el estudio que había tenido siempre, pero si aquello contribuía a que aprendiera cómo evitar otro horrible episodio de posesión como el que había sufrido en Eskatha, valdría la pena el esfuerzo.


Ya bien entrada la tarde, se hizo evidente para los ojos de Symeon que no había ningún libro donde se mencionara a Nirintalath en las estanterías que había visitado previamente. Así que por la tarde se dirigió a los Bibliotecarios de la entrada comentándoles aquel hecho relativamente sorprendente. Los funcionarios le dijeron que necesitarían unas horas para consultar los registros, así que tendrían que volver el día siguiente.

Por la noche, los monarcas sermios organizaron una cena para agasajar a Ilaith y su consejo. La presencia de un elfo de Doranna fue la atracción de la primera parte de la noche. Aparte de eso y las molestias que supuso para Daradoth, el grupo agradeció la experiencia, pues era la primera vez en mucho tiempo que podían disfrutar del solaz de una fiesta. Y vaya fiesta. Los anfitriones y su corte resultaron ser muy agradables. La comida y el vino fueron excelentes; desde luego, los caldos sermios tenían una fama bien merecida. Pudieron disfrutar de unos más que graciosos bufones, de virtuosos bailarines y rapsodas y, por supuesto, de la actuación de los tres bardos de la corte, miembros de las afamadas Leyendas Vivientes; en un momento dado de la noche, Aythera y Harethann se unieron a ellos y los cinco interpretaron a coro la primera parte de la obra épica El Ciclo de las Eras; a pesar de que fue interpretada en sermio y el grupo no entendió prácticamente nada de lo que se decía, las lágrimas asomaron a sus ojos y se hinchieron sus corazones, pues tal era el sentimiento y la emoción transmitida por los bardos. Cuando pusieron punto y final a su actuación, la sensación de vacío se extendió por todos los presentes, que sintieron un nudo en el estómago; la ovación fue unánime. Finalmente la velada tocó a su fin y todos se retiraron a sus habitaciones, unos más serenos que otros.

Tristemente, el día siguiente tuvieron que volver a sus quehaceres. Mientras Ilaith y el resto quedaban en palacio para tratar asuntos políticos, el grupo volvió a la Gran Biblioteca, acompañado de nuevo por los dos Leyendas Vivientes. En el vestíbulo, los biblitecarios informaron a Symeon de que todos los libros por los que había preguntado el día anterior se los había llevado en préstamo un miembro de la Liga del Saber llamado Nuleinn. Hacía aproximadamente una semana desde que se los había llevado. Yuria, por su parte, intentó averiguar algo más sobre el talismán que llevaba al cuello o algún artefacto parecido, pero no tuvo éxito. Galad siguió con la lectura del libro que había dejado la noche anterior y se apercibió de que en uno de sus grabados (que representaba al profeta vestalense luchando contra sus enemigos) la espada que empuñaba Ra'Khameer era ligeramente diferente de aquella que él había empuñado en Tarkal; este hecho le reconfortó, pues se había negado a creer que aquel infiel hubiera podido tener el favor de su dios. El libro contaba cómo la espada había sido entregada al profeta por una manifestación de Vestán, y refería acontecimientos más o menos míticos, pero para  el paladín quedó convencido de que no se trataba de la misma espada.

La desaparición de los libros que mencionaban a Nirintalath y su posesión por parte de un miembro de la Liga del Saber convencieron a Symeon de que debía llevar más allá su investigación. Así que decidió hacer uso de la frase clave que le había confiado el erudito Faheem en el campamento errante del Imperio Vestalense. "Parece que hayan pasado siglos desde aquello" —pensó. Ni corto ni perezoso, insistió en que lo condujeran ante el Gran Bibliotecario Svadar. Y así lo hicieron.

Una vez ante el anciano de luenga perilla, Symeon pronunció, con vehemencia:

 —El pergamino es dorado y plateado para mí —Svadar se quedó inmóvil unos segundos, y su mirada pareció taladrar al errante, que mantuvo su gesto impasible.

 —¿Quién os encargó que me dijerais eso? —inquirió el bibliotecario.

 —Fue un hermano de la Liga del Saber llamado Faheem, ilustrísimo. Lo encontré durante nuestra epopeya a través del Imperio Vestalense —una vez pronunciadas estas palabras, Symeon aprovechó para entregar a su interlocutor el broche de la Liga que había encontrado años atrás.

Svadar, Gran Bibliotecario de Doedia
Svadar agradeció la devolución del broche, y pareció alegrarse de oir buenas nuevas sobre Faheem, que había desaparecido varios meses atrás. Acto seguido, se interesó por aquella "epopeya" que Symeon había mencionado a través de tierras vestalenses, y este le refirió todo su viaje con brevedad pero con la prosa más evocadora de la que fue capaz. Svadar se mostraba cada vez más sorprendido, y el episodio con el ra'Akarah acabó de colmar su asombro.

El bibliotecario tuvo ocasión de confirmar las palabras de Symeon con el resto de miembros de su grupo, y sentirse honrado a su vez por darle la oportunidad de conocer a uno de los míticos elfos de Doranna. Si le quedaba alguna duda sobre la veracidad de las palabras de Symeon, se despejó cuando Daradoth corroboró su versión de la historia. Así que reveló al errante que las palabras de Faheem no eran sino una clave para plantear la admisión a la Liga del Saber de aquel que transmitiera la frase. El corazón de Symeon dio un vuelco, emocionado ante la perspectiva de formar parte de los eruditos. Tal y como ya había hecho Faheem en vestalia, Svadar pidió té y un refrigerio para mantener una larga conversación con Symeon y comprobar su valía; más que para comprobar su valía, para tener claro cuáles eran las áreas de especialización de su contertulio. Así que pasaron varias horas conversando sobre metafísica y artefactos antiguos, y a medida que transcurría el tiempo, se iban incorporando a la tertulia más miembros de la Liga (de la que por cierto, Svadar formaba parte, claro). Una vez concluida la discusión, todos los Sapientes —pues así se hacían llamar— presentes dieron su aprobación a la inclusión de Symeon en la Liga. Normalmente, la ceremonia con todo el boato merecido tendría lugar en un plazo de quince días, pero Symeon no disponía de tanto tiempo, y cuando así lo hizo saber, se acordó celebrar una ceremonia más discreta y urgente que tendría lugar el día siguiente con al menos seis sapientes como testigos.

Aprovechando las nuevas influencias de Symeon, Daradoth pudo pedir en préstamo indefinido el volumen de Sobre los Caminos del Cuerpo, y a partir de entonces dedicaría una parte de su tiempo a su comprensión.

Por la noche, de vuelta a palacio, Ilaith aprovechó para presentarles a la doncella Eferë Serastil, sobrina de sus majestades los reyes y prometida de Progerion, que había sido tantas veces mencionada durante las reuniones en Eskatha. En verdad quedaron fascinados por la personalidad de la joven, que, si bien no estaba dotada de una belleza canónica, poseía unos ojos que recordaban a los de los elfos y una personalidad sumamente arrebatadora. Por otro lado, Eferë (novena en la línea de sucesión de Sermia) parecía tener una complicidad especial con Ilaith, casi como si fueran parientes cercanas... pero no podía ser... ¿o sí? Probablemente nunca lo sabrían. Desde luego, por lo que habían podido ver, la corte Sermia prácticamente al completo tenía en alta estima a Ilaith.

El mediodía del día siguiente tuvo lugar la reunión de los sapientes en la sala de conferencias del edificio de la Liga del Saber. La Gran Biblioteca, como el grupo ya sabía, estaba compuesta por una multitud de edificios de diferentes alas conectados entre sí, y uno de ellos correspondía a las celdas destinadas al alojamiento de los miembros de la Liga. Una especie de monasterio donde las Leyendas podían alojarse cuando y cuanto desearan, dedicándose a la investigación, la lectura y la propagación del conocimiento. Contra todo pronóstico, al menos dos docenas de miembros se congregaron para ser testigos de la admisión de Symeon. Tras un correcto discurso de Svadar y la pronunciación de varios juramentos por los que el errante se comprometía a preservar y propagar cualquier tipo de conocimiento, se procedió formalmente a la entrega del broche con forma de pergamino donde se habían engarzado las letras "SY" en plata. Y también se le entregó la llave de su celda en el edificio, celda cuya localización le fue mostrada en pocos minutos. Una coordinada ovación saludó a Symeon como nuevo sapiente y uno a uno, todos los hermanos reunidos se presentaron y le felicitaron.

Después de que Symeon hubo tomado posesión de su celda, todavía emocionado por la experiencia, se reunió de nuevo con sus compañeros y amigos para volver a palacio. Allí, acordaron el plan que llevaron a cabo sin demora: Symeon entró al Mundo Onírico para intentar averiguar algo en la habitación del tal Nuleinn —de la que había averiguado la situación durante el día, y que estaba cerrada a cal y canto—, ausente sin noticias desde hacía una semana. Todo lo que pudo ver el errante en la realidad paralela fue la manifestación de un libro de alquimia que no supieron relacionar del todo con Nirintalath.

A los pocos minutos Symeon despertaba y se reunían con Ilaith para hacerle saber todos los detalles. La canciller les aseguró que intentaría averiguar hacia dónde se había dirigido el sapiente, y también si iba acompañado. Volvieron a discutir largo tiempo sobre las acciones a realizar con Nirintalath antes de su partida hacia Darsuma en el Pacto de los Seis, y acordaron que, si Ilaith no sabía de ellos en un plazo razonable, aplicaría la solución de la kregora.

Sin más, la mañana siguiente, el grupo junto con Faewald, Taheem, los ástaros Dûnethar y Cirantor y algunos más embarcaron en el Empíreo para dirigirse hacia la capital del Distrito de Darsia, un viaje que calculaban que les llevaría unos diez días si el clima no les dificultaba el vuelo.

martes, 27 de agosto de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 3

Cambio de planes. Reunión con Sermia.
Algunas columnas de humo que se levantaban a lo lejos mientras el Empíreo surcaba los cielos de Nímthos ya habían delatado el inicio de las hostilidades en la frontera con Trapan. Tal punto fue confirmado por Ilaith cuando se reunió con el grupo pocos minutos después de su arribada a Eskatha y su descenso del dirigible.

(Con)Federación de los Príncipes Comerciantes


Los primeros informes de la invasión eran favorables, y la canciller se mostraba satisfecha de los planes trazados por Yuria y Loreas. Pero no se explayó mucho con las explicaciones y enseguida requirió los informes de la exploración de las islas de kregora. Las noticias no eran halagüeñas, y todos sintieron algo de alivio cuando Ilaith les informó de que la flota destinada a la agresión a las islas todavía no había partido de puerto. En el norte, en Korvan, se encontraba el almirante Theovan Devrid; allí tenía reunida a la flota en dos partes: treinta y cinco naves al norte de la barrera norte del Faistos y quince naves (entre ellas, seis excelentes navíos de guerra esthalios) ancladas al sur. Yuria acordó con la canciller que se desplazaría allí a bordo del Empíreo y hablaría personalmente con Devrid para trazar un curso de acción.

A continuación, Ilaith les informó de los acontecimientos de los últimos días. Al parecer, en Armir, el comerciante llamado Severan Boreas había iniciado una revolución para erigirse en príncipe y tomar el poder. Recordaban el nombre: Boreas era el primo bastardo de Knatos Tilad a quien la anciana Jasireth Derthad (en la actualidad desaparecida sin rastro alguno) quería poner al frente de Armir y para quien requirió el favor de Ilaith a cambio de conseguir el apoyo del príncipe en la votación por la Gerencia. Decidieron que darían permiso a los armirienses para volver a su tierra e intentar imponer la paz; les acompañarían varios espías que informarían puntualmente de la evolución; además, se asignaría a la pacificación una legión de Korvan, otra de Nímthos y otra de Adhëld que permitirían mantener el control del principado en caso de que hubiera un vuelco inesperado de lealtad.

Ilaith también reveló que había enviado mensajeros a Tarkal para que dos dirigibles más, el Surcador y el Nocturno, se trasladaran a Eskatha; su utilidad era manifiesta, y los desplazamientos con aquellos vehículos se realizaban con una celeridad del todo deseable. La conversación pronto derivó en la necesidad de contactar con los aliados; tras la exposición de varias alternativas, se decidió que, una vez hubieran llegado los dos nuevos dirigibles, la delegación de Tarkal partiría casi al completo con dos de ellos hacia Doedia, la ciudad capital de Sermia, para que Ilaith pudiera tener así una conversación en confianza con el rey Menarvil y su esposa la reina Irmorë. Podría así advertirles también de la amenaza en el sur. Una vez que los gobernantes de Sermia hubieran quedado informados del nuevo estatus de Ilaith y avisados sobre sus nuevos enemigos, la canciller y la mayoría de su séquito volverían a Eskatha, mientras que el grupo viajaría hacia el Pacto de los Seis para entregar la carta que llevaban procedente de la Región del Pacto y quizá conseguir más refuerzos para la unificación de la Federación. Karela Cysen, la princesa comerciante de Korvan, les acompañaría como representante política.

Theovan Devrid, Almirante Supremo
Aprovechando la espera previa a la llegada de los dirigibles, el día siguiente viajaron a Korvan para reunirse con el almirante Devrid. A bordo del Empíreo y gracias al clima sorprendentemente bueno, les llevó unas escasas dieciocho horas cubrir una ruta de varios días a caballo. No tardaron en encontrarse con el almirante, que lucía un luengo bigote y ropas oscuras al estilo kairk, adornadas con los correspondientes galones del nuevo cargo de Almirante Supremo. En la villa que este utilizaba como base pudieron reponer fuerzas y proceder sin dilación a exponer lo que sabían sobre la situación en las islas de la kregora. Devrid, marino sumamente experimentado, escuchó todo con gesto impasible, pero en un momento dado manifestó su opinión: si ya le había parecido una locura realizar aquella expedición con lo que sabían el día anterior, mucho más ahora que le habían hablado sobre cuervos gigantes y grandes navíos negros como la noche. Segun explicó Yuria haciendo gala de sus conocimientos de ingeniería, aquellas naves parecidas a galeones estaban especialmente adaptadas para la embestida y era evidente que ocultaban mecanismos de algún tipo para ayudar a tal función; por otra parte, no lucían un armamento particularmente interesante, pero nadie dudaba de su peligrosidad.

A la vista de los nuevos datos tuvo lugar un replanteamiento de los planes establecidos. Yuria asumió con renuencia su rol como vicaria de Ilaith que esta le había concedido tácitamente, y acordó la renuncia a la expedición a las distantes islas. Por el contrario, decidieron que se redirigirían todas las tropas y naves reunidas allí a la invasión inmediata de Mírfell. Así, la superioridad sería manifiesta. Con algo de suerte, el aumento de la presión sobre los enemigos aceleraría la caída de Trapan y en un plazo breve quizá podrían unificar su mando de cara a la invasión de Undahl. Así, las legiones de Tarkal y Mervan se unirían a las de Korvan y Bairien no ya para reforzar Ladris, sino para desembarcar directamente en Mírfell y provocar la caída de su parte de la barrera norte. Devrid ya había pensado largo y tendido en tal operación, y sugirió los nombres de dos calas (una al norte del estrecho y otra al sur) donde sus tropas podrían establecer una cabeza de puente; el único problema era conocer el estado de las defensas. Yuria y Galad sonrieron. "Eso no será un problema", aseguró la ercestre.

Un par de horas después, el Empíreo sobrevolaba la costa de Mírfell de norte a sur a una altura segura y Daradoth y Symeon oteaban la distancia en busca de enemigos. Ambas calas se hallaban libres de la presencia de tropas terrestres y la fotaleza del estrecho no se encontraba especialmente reforzada. Por otro lado, detectaron una escuadra al norte compuesta por media docena de barcos de guerra y dos barcos negros de la Sombra, y al sur una nutrida escuadra de doce navíos de línea. Aun así, su superioridad naval era evidente, con más de treinta barcos de guerra en el norte y quince en el sur incluyendo las seis excelentes fragatas esthalias. Así que el plan se reafirmó después de la exploración. El almirante Devrid quedó anonadado por la facilidad con la que habían podido explorar las filas enemigas y comentó a Yuria lo importante que iba a ser en la guerra a partir de entonces aquel maravilloso ingenio volador.

Con las tropas ya aprestadas y suministradas, llevó poco más de medio día trazar los planes y enviar las órdenes pertinentes para el inicio de la invasión. Al atardecer se despidieron del almirante dejándolo al mando de todas las operaciones y emprendieron el camino de regreso a Eskatha, donde compartieron con Ilaith el cambio de órdenes a la flota reunida en Korvan. Esta no pudo sino mostrarse complacida por la explicación de su mariscal y sus compañeros; los felicitó; aun así, no habría que posponer mucho la operación de castigo a las islas, pues no podían dejar que la Sombra dispusiera de un suministro indefinido de kregora; pero había sido una excelente decisión retrasarla, se congratuló la canciller. Además, les vendría también al pelo el incremento de tropas en Ladris, para asegurarse la lealtad del príncipe Deoran Ethnos.

Poco después llegaban a Eskatha el Nocturno y el Surcador. Este último y el Empíreo fueron los elegidos para trasladar hasta Doedia a Yuria, Galad, Symeon, Daradoth, Taheem, Faewald, los dos páctiros Dûnethar y Cirantor, la princesa Karela Cysen, Ilaith y sus guardaespaldas, las Leyendas Vivientes Aythera y Harethann y algunas otras personas de confianza.

Sobrevolaron Nímthos, Mervan y Tarkal y entraron en territorio sermio. Todos se conmovieron cuando al poco avistaron las majestuosas estatuas de la Casa de los Héroes en lo alto de los montes Darais. Y se sobrecogieron cuando un par de días más tarde avistaron en el horizonte las ciclópeas e inacabadas moles de las Torres Eternas, que se difuminaban entre las nubes. Un par de jornadas de mal tiempo les complicaron la última parte del viaje, pero finalmente llegaron a las inmediaciones de Doedia.

La última noche de viaje Symeon se atrevió a acceder de nuevo al Mundo Onírico, tras una temporada en la que lo había evitado por el temor a darse de bruces con algún kalorion o criatura de la Sombra. Ignorando el foco de luz plateada que era la Gran Biblioteca alzándose sobre una colina de penumbra gris, viajó a Tarkal para volver a encontrarse con el espíritu de dolor Nirintalath. No tardó en sentir los millares de pequeños alfileres clavándose en su carne cuando se acercó a ella. Dentro de la cámara de la fortaleza de Tarkal se encontraba Nirintalath con su aspecto de mujer joven. Su control en el Mundo Onírico era sorprendentemente bueno, aunque al parecer intuitivo, y de alguna manera, el que su forma física se encontrara encerrada en una cámara protegida le impedía también el movimiento en aquella dimensión. Cuando reconoció a Symeon, la sensación de dolor se hizo más fuerte y casi acaba con él; pero pudo sobreponerse y entablar unos segundos de conversación con el espíritu. Niritalath se encontraba a todas luces enojada, harta ya de encontrarse constreñida por su forma física.

 —Sácame de aquí o le llamaré. Te aseguro que le llamaré y me encontrará —amenazó al errante. Symeon supuso que hablaba del kalorion llamado Trelteran, y tragó saliva solo de pensar en encontrárselo allí. El dolor aumentó aún más y, antes de desmayarse, pudo oir cómo Nirintalath añadía con un tono algo burlón—: Te esperaré aquí de nuevo mañana, débil mortal. 


Aprovechando la niebla matutina descendieron de los dirigibles en un discreto paisaje de granjas, vacas y cebada. En un pueblo cercano consiguieron un carromato que hizo posible que Symeon pudiera recuperarse parcialmente de su experiencia nocturna (a lo que contribuyeron las especiales habilidades de Galad) y que les permitió desplazarse con un mínimo de dignidad hasta la capital. Allí, las Leyendas Vivientes e Ilaith no tardaron en hacerse respetar, y una escolta de guardias los acompañó hasta el palacio real, donde su majestad Menarvil I y la reina Irmorë les esperaban; la reina recibió a Ilaith muy amablemente, descendiendo incluso los pocos escalones de su trono y besándola levemente a la manera sermia; el rey mantuvo algo más la compostura, pero aun así se puso en pie ante el Trono de Marfil, saltándose ligeramente el protocolo.

La urgencia planteada por Ilaith hizo que las presentaciones fueran rápidas y que enseguida se reunieran en el Salón de Guerra. Allí acudieron los dos generales de Sermia presentes en Doedia y los nobles de más importancia. Por supuesto, la presencia de Daradoth causó el revuelo previsto e hizo que el grupo ganara inmediatamente el respeto de todos los presentes; los elfos, como el resto de las razas míticas, eran mayoritariamente reverenciados en Sermia, reino añorante de la era de la Gran Alianza.

Sin demora, informaron de la nueva amenaza que se había erigido en el sur y de los combates que ya habían librado contra los ejércitos de la Sombra. También de la nueva situación política de la Federación de Principados Comerciantes, y de su nueva canciller. Los reyes sermios felicitaron diplomáticamente a la dirigente de la Federación, y los generales acordaron desviar siete legiones hacia la frontera sur. Desgraciadamente, los vestalenses parecían estar activándose de nuevo en la frontera oriental y ya habían tenido lugar algunas escaramuzas, así que tenían que ser muy cautos en lo que respectaba a la retirada de tropas del frente de levante. También se mostraron de acuerdo en la conveniencia de pacificar la Federación cuanto antes, así que anunciaron el envío de tres de sus legiones a Tarkal por un plazo de un año; las tropas partirían hacia allí en un plazo no superior a una semana. Ilaith les agradeció de corazón la ayuda que le proporcionaban, y les prometió que en cuanto la situación en la Federación se estabilizara, las tropas sermias volverían y ella les proporcionaría la ayuda que necesitaran. Aprovechó, con la ayuda de los bardos y de Daradoth, para introducir la cuestión del conflicto entre Luz y Sombra y explicar que aquello tenía un alcance mucho mayor que unas escaramuzas fronterizas o un enfrentamiento entre reinos. Cuando el grupo explicó con la elocuencia de Galad y Meravor lo que había sucedido con el Ra'Akarah, su convencimiento acerca de su verdadera naturaleza y su estrecha implicación en los acontecimientos, todos los sermios guardaron silencio durante unos segundos y se lanzaron miradas de preocupación; el grupo lo interpretó como una buena señal de concienciación por parte de sus interlocutores.

Después, fueron los monarcas sermios los que pasaron a informar a Ilaith de algunas novedades. Según contaron, hacía aproximadamente una semana habían llegado mensajes desde Esthalia, informando de que el rey Randor había revocado todos los títulos de Grandes del Reino a aquellos nobles que los poseían, retirando también de paso todos los privilegios asociados. El título de Grande era el que más orgulloso había exhibido el duque Estigian; si le había sido retirado, los acuerdos a los que habían llegado con él se encontrarían ahora en un limbo poco claro. Aquello eran sin duda muy malas noticias. Pero la cosa no acababa ahí: el rey Menarvil también les reveló que hacía apenas unas horas, la noche anterior, habían comenzado a llegar rumores de una posible guerra civil en Esthalia. Cuando el grupo reveló el problema de lealtad del marqués de Anualles que habían descubierto hacía algunas semanas, el rostro del rey mostró algunas arrugas más en su frente. Lo último que necesitaba Sermia en ese momento era una Esthalia dividida y débil. Con un clima general de preocupación se dio por terminada la reunión.

Esa noche, Symeon volvió a visitar a Nirintalath en el Mundo Onírico; Galad canalizó la gracia de Emmán en el mundo de vigilia para intentar ayudarle en la dimensión paralela; lo consiguió de forma limitada: gracias a él, el errante pudo resistir los millones de astillas que Nirintalath provocaba a su alrededor y entablar unos segundos de conversación. El acuerdo con el espíritu fue directo y simple: dio un plazo de una luna a Symeon para sacarla de allí, o si no "le llamaría".

Después de que Galad reanimara a un más que magullado Symeon, este compartió la información con los demás. La revelación dio lugar a una nueva conversación sobre cuál debía ser su próximo movimiento. Yuria y Daradoth se mostraban partidarios de seguir con el plan original y viajar al Pacto de los Seis; Symeon abogaba por visitar la Gran Biblioteca de nuevo para averiguar más sobre la Espada del Dolor y la forma de controlarla; Galad se mostró algo indeciso; Ilaith, por su parte, propuso que deberían hacer uso de la kregora que fuera necesaria y aplicarla sobre la espada para inactivarla...

viernes, 16 de agosto de 2019

Aredia Reloaded
[Campaña Rolemaster]
Temporada 3 - Capítulo 2

Ilaith Canciller
Después de la experiencia con la posesión de Daradoth y de Nercier Rantor, Ilaith se reunió sin pérdida de tiempo con el príncipe Deoran Ethnos de Ladris y la princesa Diyan Kenkad de Ëvenlud. Los tres dirigentes se mostraron de acuerdo en proporcionar a todos los príncipes presentes en Eskatha una cantidad de kregora análoga a la que Ilaith lucía en su frente, y que parecía ayudar a evitar las posesiones de la Sombra. El día siguiente se repartieron diez anillos a aquellos de los príncipes que no poseían el mineral.

Galad y Eudorya tuvieron una reunión nocturna que a partir de entonces se convertiría en habitual, para comentar los acontecimientos de las últimas jornadas y darse consejo mutuo. La bisoña princesa de Nímthos expuso los problemas que tendrían las ambiciones de Ilaith en las filas de su consejo, y la necesidad que tenía de maniobrar con cuidado para evitar posibles levantamientos de los comerciantes nimthosi. Hablaron también de su amor y de su posible casamiento; era necesario planificar los esponsales rápidamente si no querían que posibles pretendientes se interpusieran entre ellos y las necesidades políticas obligaran a tomar decisiones no deseadas. Además, Galad seguía siendo fiel a su voto de castidad prematrimonial y aquello les permitiría por fin intimar de forma adecuada. Lo primero sería anunciar su compromiso públicamente, y acordaron hacerlo en un plazo corto pero en el momento justo.

Por la noche, Symeon escudó su sueño como era habitual, pero después de la experiencia en la reunión prefirió no exponerse al Mundo Onírico; la Luz sabía cuántas presencias indeseadas —y poderosas— podría encontrarse allí.

El día siguiente llegó por fin la reanudación de la Asamblea, con Ilaith como gerente. Apenas dejaron tiempo a reaccionar a nadie, y con un breve discurso a modo de prólogo, la princesa de Tarkal expuso la urgente necesidad de un cambio en la estructura política de la Confederación. Manifestó la necesidad de un nuevo cargo al que llamarían "canciller" y que tendría una prevalencia mucho mayor que la del actual "gerente". Los principados dejarían de tener tanta libertad, pero a cambio formarían un todo unitario mucho más fuerte para enfrentarse a las nuevas amenazas que habían surgido. 

Para hacer más impresionante su demostración de fuerza, Ilaith cedió la palabra primero a la barda Aythera Aldan —esta vez vestida de acuerdo a su estatus y con el pergamino dorado bien visible—, que habló en nombre de las Leyendas Vivientes y del reino de Sermia, otorgando su apoyo a Ilaith como cabeza de la Confederación; a continuación tomó la palabra Alexann Stadyr, que cumplió el papel que le había encargado el duque Estigian a la perfección: con vehementes palabras mostró el "apoyo" y "profunda voluntad de cooperación" del reino de Esthalia hacia "lady" Ilaith —era la primera vez que alguien daba tal tratamiento a la princesa de Tarkal o cualquiera de los príncipes comerciantes—. Los murmullos iban in crescendo en la sala, pero un aura de inevitabilidad se había extendido ya por ella. Ilaith estaba radiante. Y al parecer, los escribas habían estado muy ocupados las últimas noches, pues Delsin y sus colaboradores repartieron entonces copias de la gruesa Ley de Cancillería que habían redactado siguiendo las órdenes de su princesa.

Entonces llegó la parte más aburrida de la sesión: la lectura de la nueva ley, que se alargó varias horas. Los expertos legales de cada delegación tomaban sus notas y departían entre sí. Yuria y los demás se desesperaron, presas de la burocracia en su estado más puro.

Contra todo pronóstico, fue Progerion quien más objeciones puso a la ley (aparte de Wontur Serthad y la delegación de Armir, claro, que se oponían frontalmente a un cambio en la política de la Confederación), y hubo que corregir varios puntos para evitar lo que el gobernante de Bairien calificaba como "excesos en las atribuciones" del cargo. Se acordó entre otras cosas que el cargo sería elegible cada 2 años en tiempo de paz y cada cuatro años (si era posible) en tiempo de crisis. Así que Ilaith se aseguraba de momento un mandato de cuatro años. Esta matización pareció tranquilizar en cierta medida los ánimos de Armir y Adhëld, y finalmente los ujieres dieron por terminada la sesión, anunciando la celebración de la votación para el mediodía del día siguiente.

Por la noche, la delegación de Tarkal se reunió para acordar las maniobras militares que deberían ponerse en marcha inmediatamente, pero tras varias horas de discusión, la disparidad de opiniones y el agotamiento de todos los presentes hizo que Ilaith les instara a continuar aquella discusión una vez que se hubiera aprobado la ley de Cancillería y pudieran hablar con el resto de sus aliados.

El mediodía siguiente se celebró la votación después de que los leguleyos formalizaran los ajustes acordados por los príncipes en la maratoniana jornada anterior. Casi todo el mundo aplaudió o golpeó en la mesa cuando los votos positivos de Krül, Bairien, Nímthos, Ladris, Ëvenlud, Mervan, Korvan, y la propia Tarkal designaron a Ilaith como la primera Canciller de la Federación (no ya Confederación) de Príncipes Comerciantes.

Ilaith, majestuosa, subió al estrado para declamar uno de los discursos más importantes de su vida, y no defraudó. Aplicando a fondo todas sus habilidades de retórica expuso lo orgullosa que se sentía de sus "compatriotas" —ya podían llamarse así, pues habían puesto las bases para un estado unificado— y de la valentía que habían mostrado al atreverse a dar aquel paso. Acto seguido expuso su agenda de preferencias: castigar duramente a los principados rebeldes, asegurar las islas de kregora (una promesa que había hecho a sus aliados de Ladris) y dificultar las maniobras de la Sombra en su entorno colaborando con todos aquellos que se pusieran de parte de la Luz. Tranquilizó también a los príncipes de Armir, Ladris y Adhëld sobre el futuro de sus operaciones con la kregora y con los esclavos; evidentemente, el comercio de esclavos pasaba a estar prohibido a partir de entonces y era posible que el suministro de kregora tardara en restablecerse unos meses, pero se aplicarían las debidas exenciones sobre los impuestos y se otorgarían las facilidades necesarias para que los principados más afectados por el establecimiento de la Cancillería no vieran disminuida su prosperidad.

Además, Ilaith anunció la aplicación inmediata de uno de los puntos de la nueva ley: la conversión de Eskatha en Ciudad Abierta, repartida entre todos los principados, y el traslado de la capital de Nímthos a la ciudad de Serathia. Por supuesto, todo ello discutido previamente con Eudorya con la mediación de Galad.

Cuando la nueva canciller terminó su discurso, todo el mundo aplaudió.

Por la noche, Ilaith convocó un Concilio de Guerra en el Hemiciclo al que acudieron todos los príncipes y sus consejeros militares. Los príncipes de Ëvenlud y Ladris estaban especialmente preocupados por sus tierras, pues se encontraban encerrados entre los principados rebeldes. Ilaith y Yuria atendieron sus peticiones y les tranquilizaron alegando que se entraría en acción rápidamente para salvaguardar su integridad, y para eso estaban allí.

Se otorgó a Loreas Rythen el título de Comandante Supremo de los Ejércitos de la Confederación y a Theovan Devrid (marido de Karela Cysen y almirante de Korvan) el de Almirante Supremo de las Flotas. Fue un nombramiento de urgencia y no tuvo toda la pompa que la ocasión requería, pero todos fueron comprensivos al respecto.

A continuación se extendió un gran mapa de la Confederación provisto por Eudorya, y con la voz cantante de Loreas, Yuria y Galad, se procedió a trazar los planes necesarios para la reunificación de la Federación. Se acordó que, aparte de la defensa de Ladris y Ëvenlud, se enviaría una flota de 50 naves de guerra y dos legiones a asegurar las islas de kregora, y se procedería a enviar el grueso de las tropas con la intención de tomar Trapan en un plazo no superior a un mes. Yuria, haciendo gala de una visión estratégica fuera de lo normal, repartió los despachos necesarios para iniciar la invasión de Trapan en no más de diez días desde la fecha.


Tropas movilizadas para el enfrentamiento con los rebeldes.
Representadas en escala de legiones esthalias (1 águila = 1 legión)

Una vez puesta en marcha la movilización de tropas y los planes se hubieron trazado y sincronizado, el grupo, acompañado del cartógrafo Heddard Theuvos, se embarcó en el dirigible Empíreo para explorar la situación en las islas de kregora. Afortunadamente, el clima les fue favorable (para alivio de Yuria, que no sabía cómo reaccionaría la aeronave en caso de sufrir una tormenta en alta mar) y en poco más de seis días avistaban las islas.

Lo primero que pudieron divisar, siempre con la ayuda del catalejo ercestre y la profunda visión élfica de Daradoth, fue una patrulla de tres barcos de guerra, a todas luces del tamaño de galeones. No tuvieron problemas para evitar este primer obstáculo, investigar el primero de los islotes donde pudieron ver las plataformas y barcazas que revelaban una explotación de kregora, y pasar después a la segunda masa de tierra, más grande, y con una explotación más importante. Allí, anclados cerca de la instalación, se erguían dos enormes galeones negros cuya forma ya habían visto en su viaje alrededor del brazo sur del continente. Sin duda, naves de la Sombra procedentes del Cónclave del Dragón.

No pudieron explorar más a fondo, pues un escalofrío recorrió la espina dorsal de Daradoth cuando, a instancias de Symeon, que dijo haber oído una especie de graznido distante, identificó a lo lejos un familiar punto negro que volaba contra el viento hacia ellos: un corvax, una de aquellas aves infernales que les habían acechado en su viaje por el Imperio Vestalense. Sin dejar pasar ni un segundo, el elfo dio la voz de alarma y con una fuerte llamarada el dirigible se elevó por encima de la línea de nubes; Galad y Daradoth rezaron en silencio para no haber sido descubiertos: a bordo del dirigible serían presa fácil para uno de aquellos pájaros y sus jinetes. Por fortuna no fueron perseguidos pero aquello terminó de decidirles a girar en redondo y volver hacia la seguridad de Eskatha. Siete días más tarde aterrizaban en un prado cercano a la capital. En teoría, la ofensiva para la invasión de Trapan debía de llevar ya tres días en marcha...